Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la grandiosa Meyer, la historia tampoco, solo hago una adaptación, cualquier cosa que les resulte conocida tampoco es mía. Al final de la historia diré el nombre de la novela. Gracias por leer.

Summary: Bella es una amable maestra de niños sordos, su mayor sueño es viajar a París, justo cuando su sueño se hace realidad se dará cuenta que las dos cosas qué le heredó su papá, el amor por el francés y la lengua de signos no fueron al azar. Las divertidas aventuras y alguien muy especial que irrumpirá en su vida harán que el regreso a Estados Unidos sea más difícil de lo que pensó.


Capitulo 25: De ahora en adelante.

-Pero… - Se extraño Carlisle cuando Edward les explicó el motivo de su llegada intempestiva.

Esme le dio un ligero codazo para que no hiciera más preguntas. Era obvio que su marido no entendía nada de nada. Por el contrario, ella no le extrañó tanto verlo aparecer a aquellas horas de la noche con intensión de quedarse a dormir. Algo que no había hecho jamás. Desde el momento en que Edward les comentó que Bella había regresado a su país esa misma tarde, comprendió que su hijastro no le caía la casa y el vacio se le hacía insoportable.

-Pues claro que no es molestia. Ahora mismo preparo la habitación de invitados. – decidió. – Hace unos días empecé a cambiar la ropa de temporada y ahora mismo encima de la cama hay una montana de prendas.

-¿A estas horas te vas a poner a organizar? – cuestionó Carlisle. – Puede dormir con Seth.

Esme miró dudosa a Edward.

-¿Seguro que dormirás a gusto en una cama nido?

-Claro que sí.

-Pues vamos. – lo invitó; era tarde y el pequeño se había acostado hacia un rato. – Si aun está despierto, se va a poner muy contento cuando te vea. Este tipo de novedades para los niños son como una fiesta.

Subieron al piso superior y Seth se entusiasmó en cuanto lo vio a través de la puerta abierta.

-¡Hola!

Cuando su madre le dijo que Edward se quedaba esa noche, dejó a un lado el ordenador infantil con el que estaba jugando y se puso a dar saltitos. Esme lo regaño por no estar durmiendo todavía y por saltar en la cama.

-Bajo un rato a hablar con papá y subo enseguida, ¿de acuerdo campeón? – informó Edward a la vez que ayudaba a Esme a sacar la cama de abajo.

Como solían invitar a algún amiguito, siempre estaba dispuesta con sabanas limpias.

-Sí, pero no tardes. – pidió Seth.

Carlisle y Edward compartieron conversación y un chupito de Armañac. Los acompañó Esme, con una taza de infusión. Cuando regresó al dormitorio, Seth estaba ya dormido.

No fue la mejor noche de su vida en aquel colchón tan estrecho, pero al menos descansó de un tirón sin despertarse ni una sola vez. Cuando abrió los ojos, su pequeño hermano lo observaba desde la cama de arriba.

-¿Por qué duermes en calzoncillos?

-Primero, se dice "buenos días".

-Buenos días. ¿Por qué no llevas el pijama?

-No uso.

-¿Por qué?

Edward se tapó la cara con el antebrazo. A esas horas de la mañana, no tenía ganas de caer en esa trampa sin fin del porqué por qué por qué. Era sábado y no había colegio. Su padre no trabajaba en fin de semana, pero había dicho que tenía una reunión en la cadena de televisión, y recordó que Esme también había comentado que iria al súper mercado a primera hora para hacer la compra semanal.

Estaban solos en casa y al parecer todo el mundo había dado por hecho que él ejercería de niñera hasta que regresase cualquiera de los dos.

Seth bajó de la cama, se quitó el pijama y comenzó a vestirse con la ropa que su madre le había dejado en orden sobre una silla.

-¿Por qué no te gusta dormir en tu casa?

Edward hizo lo mismo, cogió los vaqueros y se los puso.

-Porque está muy vacía.

-¿Se ha marchado Bella?

-Sí.

-¿Y no va a volver?

-Sí lo hará, cuando se lo permita su trabajo.

-Ah.

Si fuera un adulto, Edward no habría mostrado tanta paciencia. Pero como no sabía cómo hacerlo callar sin sonar brusco, le dio la espalda mientras se metía el polo por la cabeza, para Seth no le viera la cara y no notara cuanto le dolía hablar de Bella.

El crio se coloco las zapatillas, se sentó en la cama y levantó un pie, como un pequeño rey ante su lacayo, para que le atara los cordones. Edward pensó que ya empezaba a tener edad para hacerlo él solo. O bien sus padres estaban muy ocupados o lo tenían muy arropado. No en ese momento, pero un día de estos el mismo le ensenaría. Cuando se los hubo anudado, se sentó al lado de Seth para ponerse los calcetines y calzarse.

-La echas mucho de menos ¿verdad? – preguntó el niño. – Como a tu mamá.

Edward guardó un segundo de silencio.

-De otra manera. – respondió, dado que a los niños no entendían las respuestas sin palabras.

- Mi mama dice que a veces estás triste porque la tuya se fue al celo y la echas de menos. – añadió mirándolo fijo, Edward le revolvió el pelo con cariño. - no tienes que estar triste porque nos tienes a nosotros. Me tienes a mí.

El peso que Edward sentía en ese momento en el pecho casi le impedía respirar. Qué grande era ese tipo de amor limpio y sincero. Era increíble que un chiquillo de seis años lo dejara para el arrastre emocional.

-Lo sé. – murmuró, ofreciéndole el puño.

Seth chocó el suyo con un puñetazo de colegas.

-Vamos a ver qué encontraremos en la cocina para desayunar. – decidió. - ¿Tú que tomas por las mañanas? ¿Cereales?

-Sí, pero cuando es fiesta papá y mamá me llevan a la pastelería del señor Hulot que vende muffins y donuts y me dejan elegir lo que yo quiera.

-Hoy no es fiesta.

-Casi. – dijo con cara de súplica.

-Yo no sé donde está esa pastelería.

-Está muy cerca. – aseguró con alegría. – Yo sí se ir y, si nos perdemos, podemos preguntar.

Edward empezaba a asentir que el pequeño manipulador lo estaba metiendo en una encerrona. ¿Él era así con su edad? No, definitivamente, no era tan despabilado. Vio ir a Seth hasta la estantería de los cuentos y hurgar dentro de una hucha. Luego volvió a su lado mostrándole todo su capital en la palma de la mano.

-Invito yo, ¿vale? – agrego a fin de convencerlo.

Edward se quedó mirando el solitario euro y los cuarenta céntimos que le hacían compañía. Que onota es la inocencia que desconoce el valor del dinero.

-Tú invitas, pero s falta algo lo pongo yo. – se ofreció con cuidado de no herir su orgullito. - ¿hay trato?

.

.

.

.

.

.

.

Era un hecho oficial. Irina y Laurent se hallaban románticamente encadenados por una hipoteca. Como no hubo manera de convencerlo de compartir los gastos y Laurent insistió en echarse ese peso a sus espaldas, ella decidió emplear sus ahorros y su sueldo íntegro de los meses venideros en la reforma del futuro hogar. El enorme apartamento de Kate era una maravilla, pero Irina no estaba dispuesta a ducharse toda su vida en una bañera herrumbrosa ni a dormir en invierno con los conductos de la calefacción sonando toda la noche como un saxofonista borracho. En una semana comenzarían las obras. Irina era quien decidiría que tabique echar abajo, los colores de las paredes o el nuevo tono de la tarima, para descanso que Laurent quien confiaba en su atinado criterio en cuestiones decorativas, y por eso la dejaba hacer y deshacer a su gusto.

Esa tarde celebraban la despedida, ates de los albañiles lo invadiesen todo, como más les gustaba a los dos: retozando sin prisa entre las sabanas. Un rato después de hacer el amor por segunda vez, Irina yacía oca arriba, semi aplastada por Laurent. Ella le acariciaba la cabeza, que descasaba sobre sus senos, mientras contemplaban el vaivén del visillo movido por la brisa que se colaba por el balcón.

-¿No me vas a decir que has puesto? – murmuró Laurent con voz perezosa.

-No.

-Me muero de curiosidad. – suplicó con la machaconería propia de un niño y no de un hombre de treinta y tres años.

Irina llevaba una semana redactando los votos que iba a pronunciar en su propia boda. Quería que fuese sorpresa para Laurent y no pensaba desvelarle lo que había escrito. Tendría que esperar a escucharlo de sus labios en la ceremonia.

-¿Ni una palabra?

-Que no.

-¿Por qué?

Ella le zarandeó suavemente la cabeza para que dejara de preguntar. Su chico sabía cómo conseguir cuanto se proponía a base de insistir hasta que vencía sus defensas por puro agotamiento.

-Solo un poquito, si me prometes que no harás más preguntas.

-Mmm

Como promesa, aquel mugido no era gran cosa, pero Irina decidió darlo por válido.

-Pues nada que no puedas imaginar. He escrito sobre las cosas que de verdad importan: el amor, la lealtad, el compromiso de afrontar de la mano los momentos buenos y malos, la fidelidad…

Al escuchar eso último, Laurent se incorporó apoyándose en los antebrazos, para verle la cara en la penumbra de la última hora de la tarde. Ella le acarició y pellizcó con cariño las mejillas.

-La fidelidad es muy importante.

-Lo es. – musitó ella, emocionada.

Cuánta esperanza veía en los ojos de Laurent; no podía negar que estaba loco por ella. Irina nunca había imaginado que otro ser humano pudiese llegar a amarla tanto, solo de pensarlo le entraban ganas de llorar.

-Por qué tú no mirarás a otros…

Ella se echó a reír. Era broma y los dos lo sabían. Pero cuando Laurent jugaba a fingirse celoso, se ponía de lo más tonto.

-A ninguno. ¿Cómo voy a mirar a otro teniendo este cuerpo todo entero para mí? – ronroneó arañándole el pecho con picardía.

-No quiero competidores.

-Imposible que los tengas, doctor sexy.

A Irina le halagaba muchísimo que un hombre tan guapo necesitase escuchar a todas horas que para ella no existía otro. Y no se trataba de inseguridad, era obvio que Laurent sabía que su insistencia hacia feliz a Irina. Adularse noche y día como dos adolescentes los mantenía vivos.

Laurent esbozó una lenta sonrisa muy canalla.

-Ahora mismo voy a librarme de mi único rival.

A ella no le dio tiempo a preguntar. Él estiró el brazo y abrió el cajón de la mesilla, y a la palpa revolvió entre tanto trasto. Irina trató de impedírselo. Bobo fisgón, ¿cómo se atrevía a cotillear entre sus cosas?

Cuando dio con su objetivo, Laurent saltó de la cama y blandió el trofeo ante sus ojos.

-Hasta nunca, novio con pilas.

Parecía la estatua de la libertad, pero en versión masculina, mulata y porno.

-Devuélveme ese vibrador ahora mismo.

Laurent estudio el apara tejo morado. Lo encendió y el zum zum como el de un moscardón le arranco una risotada. Acto seguido, comparo aquello que no dejaba de vibrar con lo que la naturaleza le había dado.

-Vaya birria, Irina. Este cacharrito no me hace justicia.

Ella trató de quitárselo pero Laurent dio un salto hacia atrás y huyó por el pasillo. Exasperada, se enrolló la sábana a modo de túnica romana, agarró unos calzoncillos del suelo y salió en su busca.

-¡Laurent! ¡Ven aquí! – gritó. - ¡Que los balcones están abiertos y pueden verte los vecinos!

-Despídete para siempre de Robocop. – anunció a voz de grito.

Sin hacerle caso, se dedicó a corretear desnudo por toda la casa. E Irina a perseguirlo con los calzoncillos en la mano.

.

.

.

.

.

.

.

Entre tanto, varios pisos más abajo, el matrimonio Laka charlaba con Madame Kachiri en el jardín interior. Acababan de cerrar y, mientras la frutera daba una última barrida a la entrada de la trastienda, la médium les contaba su alegría porque su libro de autoayuda para mejorar la vida sexual de mujeres acababa de publicarse y ya se había convertido en un nuevo éxito de ventas.

-Pues no sabes cuánto me alegro, Kachiri. – comentó la mujer.

-Y yo, - afirmó esta. – Es un orgullo saber que mis libros sirven para hacer felices a los demás.

La señora Laka rebufó. Felicidad sexual, sí… sí… detuvo el barrer y miró de reojo a su esposo, sentado en el banquito junto a la puerta de la trastienda, la mar de entretenido con Depardieu. Ella dándole a la escoba y el muy huevón no tenía otra cosa que hacer más que tentar al gato con una lonchita de jamón de York; y el minino venga a dar saltos.

-Ahora que. – continuó la señora Laka. – De haber sabido que tuviste problemas con el título, yo te habría sugerido unos cuantos.

Madame Kachiri acababa de comentar lo preocupada que la tuvo ese asunto, pero era fiel a su promesa y no reveló gracias a qué conocida rubita halló la inspiración, aquella noche en el hospital.

-Por ejemplo, Cambio cincuentón por dos de veinticinco.

Miro a su marido de soslayo; habría jurado que reía por dentro. El frutero, que era listo y sabia que replicar cuando las féminas son mayoría era lo más parecido a un suicidio, mantuvo la boca cerrada.

-Porque ya me gustaría saber a mí dónde se va la pasión cuando pasan los años. – añadió, soliviantada por el silencio del aludido.

-Ah, ¿Qué ya no…? – susurró Madame Kachiri señalando al frutero con disimulo.

-Uy, sí, sí. – se apresuró a rebatir en defensa de la virilidad de su hombre, que por cierto se hacía el sordo. – Todavía sí. Pero no como antes.

-Oh, descuide, que ya le regalaré yo un ejemplar dedicado de mi libro. – se ofreció.

-Pues te lo agradezco, Kachiri. A ver si así damos con la solución. Porque tal como aumentan las arrugas, menguan la lujuria, las ganas y los revolcones a cualquier hora.

-¿Y si pedimos ayuda? – sugirió Madame Kachiri; hizo un remolino en el aire con el dedo, dando a entender que se refería a sus contactos ultra terrenales.

-¿Al cielo? – cuestionó la señora Laka con guasa, ya que consideraba el circo mediático de su vecina una grandísima patraña.

En ese mismo instante, los tres se llevaron un susto mortal por culpa de un objeto que alguien lanzó por el balcón y rebotó con un golpetazo sordo en los adoquines del patio. Depardieu sacó las uñas y erizó el lomo como si estuviera endemoniado. Todos observaron plasmados un artilugio de sex-shop que zigzagueaba por el suelo con un run run mecánico.

-Ahí lo tienes. – sentenció el señor Laka. – La respuesta a tus plegarías.

Riendo por debajo del bigote, contempló a su gato que, pasado el susto, jugaba entusiasmado con aquel consolador que parecía vivo.

La frutera observó a la médium, que contemplaba el dildo venido del cielo con los ojos tan abiertos como ella. De pronto, Madame Kachiri la miró con ojillos alucinados y levantó el dedo índice.

-Han sido ellos. – afirmó señalando las nubes. – Nos lo envían desde el más allá.

.

.

.

.

.

.

-No me lo puedo creer. – le decía Bella a Edward, una semana después de su regreso a Seattle.

-Pues es verdad. Y lo mejor de todo es que lo disfruté. Los niños son increíblemente receptivos.

Él narró con todo detalle el coloquio al que le invitaron para hablar de su recen estrenado cortometraje "Buscando París" en la clase de Seth. La profesora estuvo de acuerdo en programar la actividad de aquella película sobre la ciudad de la que esos días tanto hablaba la prensa. Actividad propuesta con insistencia por el orgullosísimo hermano pequeño del director de la cinta, como Bella imaginaba. Ella se alegró de saber que Edward había superado su reticencia a tratar con niños y que, incluso, le empezaba a coger el gusto.

Lo escuchaba al teléfono a la vez que disfrutaba del agradable ambiente de aquella tarde, un día lluvioso y algo fresco en la eterna ciudad húmeda de los Estados Unidos.

Edward, entre tanto, continuaba contándole su aventura escolar.

-Allí en medio de la clase me sentía un tipo importante. ¿A ti te pasa también con tus alumnos?

-Un poco. – confesó echándose a reír.

Más se rió todavía cuando él le contó que, a la salida del colegio, le dijo a Seth que lo invitaba a una hamburguesa por lo bien que se habían portado durante su charla. El pequeño, le preguntó si podía llevar con ellos a algún amiguito, Edward en un alarde entusiasta, no se le ocurrió nada mejor que decirle que podía invitar a todos los que quisiera. Bella se doblaba de la risa mientras le relataba su excursión hasta McDonald's con diecisiete niños y el mal rato que pasó hasta que le confirmaron que allí aceptaban el pago con tarjeta de crédito.

-Pero lo pasaste genial, seguro.

-Sí, fue divertido. – reconoció. – y Hablando de niños, ¿ya estás preparada para la vuelta al cole?

Bella le explicó que lo más seguro es que le asignaran la tutoría de un curso de segundo y las ventajas que tenia trabajar con niños de siete años, porque a esa edad aun la veían como una heroína y un poco más mayores ven a los maestros como enemigos cuyo único propósito consiste en hacer de su vida un infierno.

-Tengo ganas de verte. – concluyó, cambiando de tema.

-Yo también- confesó él. – Muchas. Cualquier día tomó el primer vuelo y te doy una sorpresa. – dejó caer, y rápidamente cambio tema. –Y tu madre, ¿ya se encuentra mejor?

-Sí, por suerte, solo fue un esguince.

Edward le transmitió su alegría. Bella supo que era absolutamente sincero al decirle, a pesar del fastidio que les había supuesto el hecho de que su madre le pusiera tanto drama a una torcedura de tobillo.

Después de pulsar el icono de fin de llamada en la pantalla, se quedó pensando en ello. Dio un sorbo a su taza de humeante café y apoyó las manos en el regazo. No fue más que un esguince de los más leves, porque el médico les había asegurado que en quince días le retirarían el vendaje compresivo. Y por ese motivo su querida madre le había alarmado hasta el punto de hacerla regresar a su lado ipso facto.

No era el regreso a casa la causa de su malestar. Más tarde o más temprano lo habría hecho dada la oferta laboral del colegio. A Bella le irritaba haber caído una vez más en la trampa acaparadora de cariño de su madre.

La enervaba reconocer ante sí misma cuánto necesitaba a Edward. Desde que no lo tenía, las relaciones a distancia ya no la convenían. Los años habían pasado y la espera por volver a ver a Edward no podía compararse con la ilusión de una niña que añora el regreso de su padre. La separación del hombre que más deseaba a su lado se le hacía muy dura, más de lo que supuso.

Cerró los ojos y alzó el rostro ante una repentina brisa fresca que cruzó el callejón y movió las cortinas de su balcón. Se estaba bien allí, mirando como las enormes gotas de lluvia lavaban las puertas de cristal doble de su apartamento. Muchos decían que la ciudad perfecta para vivir podría ser Sn Francisco, después Seattle. Pero ni el azul del luminoso cielo, ni el clima privilegiado podían compararse con el cielo plomizo, los chaparrones y las aceras mojadas, de París, ahora que formaban parte de sus mejores recuerdos.

Tener a Edward tan lejos la ponía melancólica. Bella miró a su alrededor , se negaba a creer que lo único tangible que le quedaba de Paris fuera su libreta llena de notas y aquel Antique café con su vitrina de tartas y sus sillas de forja con el respaldo en forma de corazón. .

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.


Mil gracias por sus comentarios! De verdad! Ya se que las deje mil picadas, pero asi estarán estos capítulos, algo más cortos porque ya estamos casi en la recta final! -….

Gracias a Yolki y Chiarat por sus comentarios, espero que no mueran hoy de un ataque al corazón por dejarlas así jajaja

Mil gracias también a los anónimos, me hacen el día con sus ocurrencias jaja de verdad…

Y bueno este capitulo va dedicado a Cathy que creo que ayer se quedó con solo los dedos y cero uñas…

En fin,,, las dejo… ya saben , trato de subir capítulos a diario si el tiempo me lo permite. un beso y dsfruten.

….