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Capítulo 25: Hermano (II)
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Era una gigantesca bóveda de piedra, húmeda y oscura, con sus muros de roca repletos de antorchas y el alto, invisible techo, perdiéndose en la negrura sobre sus cabezas. Había barriles y cajas de madera desparramados por todos lados, llenos a rebosar de víveres, mantas, medicamentos y agua. El espacio allí era considerable, dado el tamaño de la caverna, pero aún así la gente se apiñaba una sobre la otra.
"Como si estar cerca de verdad fuera a hacerles olvidar lo que está sucediendo afuera" se dijo Ástrid, no sin cierto resentimiento.
La muchacha observó con el ceño fruncido a su alrededor, sentada de brazos cruzados contra una de las húmedas paredes. La gente se sentaba directamente sobre el suelo de piedra, en ronda, formando pequeños grupos. Hablaban en murmullos, en forma atropellada y nerviosa. Las llamas ondulantes de las antorchas cubrían de sombras sus rostros, dejando ver a la perfección, no obstante, el temor de sus expresiones. Ástrid podía oírlos a la perfección. Las mismas palabras una y otra vez.
—El combate se ha extendido demasiado…
—No tendremos oportunidad si se acercan a los túneles…
—No digas eso…estamos como a cien metros bajo tierra, y las entradas están ocultas. No les será fácil llegar hasta aquí.
—Nos encontramos a kilómetros de las Doce Casas, con miles de toneladas de piedra sobre nuestras cabezas, y aun así podemos escuchar a la perfección las explosiones. Esos demonios son tan fuertes como los mismísimos caballeros de oro. ¿Crees que unos cuantos metros de tierra y roca les impedirán llegar hasta nosotros?
—Basta, no sigas…los niños te están escuchando.
—Ellos también pueden oír lo que está pasando allí afuera, ¿qué diablos quieres ocultarles?
Un lejano estallido, como un trueno, pudo oírse de repente. El suelo y los muros temblaron levemente, haciendo caer una fina capa de polvo y tierra desde el techo oculto en la negrura. Los fuegos de las antorchas oscilaron. Habían transcurrido muchas horas desde que los soldados del Santuario los condujeron hasta los túneles, pero era más que evidente que el combate todavía continuaba. Las explosiones, de hecho, parecían más violentas y cercanas que antes. Todos, incluidos los niños, podían oírlo. Ástrid frunció aún más el ceño. La discusión continuaba.
— ¿Vieron cuantos eran en el pueblo, al final de la evacuación?
— ¿El pueblo fue atacado?
—Claro…ustedes fueron los primeros en salir y llegar a los túneles, no los vieron.
—Yo si los vi…eran cientos, cientos y cientos de esos malditos de negro. Superaban completamente en número a los caballeros de bronce y plata. Y no estaban solos… Vi a los generales en los tejados, cubiertos por sus túnicas negras. Los santos no tienen oportunidad de vencerlos, son demasiados…
—Los caballeros los han vencido antes… Cuando atacaron por primera vez el pueblo lograron rechazarlos.
—Muchos santos murieron esa vez, incluso Pliers de Cáncer y Aldebarán de Tauro fueron derrotados. Ahora están atacando el Santuario con todas sus fuerzas…y el dios Ares está con ellos.
La sola mención de ese nombre llenó el aire de tensión. El miedo en los rostros se acentuó aún más bajo la luz de las antorchas.
—No pudieron evitar su resurrección en la Galia…y ahora está aquí…
—No hay modo alguno de vencer a un dios…
—Y sus demonios han ingresado al mismísimo Santuario…podemos oírlos…
—Están cada vez más cerca…
— ¿Qué será de nosotros?
"Cobardes" pensó Ástrid, observándolos con desprecio. "Malditos cobardes. Solo piensan en ellos mismos, no les interesa en lo más mínimo Kárel y los demás, que están ahí afuera, arriesgando sus vidas para protegerlos. Nadie ni siquiera menciona a los caballeros que están luchando y muriendo por ellos"
Apretó los puños. Estuvo a punto de levantarse y decirles todo lo que se merecían, pero alguien se le adelantó.
— ¡No teman, buenas gentes!—una muchacha se plantó ante el grupo más cercano y numeroso, que no paraba de lamentarse—Es cierto que los esbirros de Ares han alcanzado el Santuario… ¡Pero no hay que temer lo peor! Los santos de plata y bronce vigilan los alrededores, y los caballeros de oro protegen el paso a las Doce Casas. ¡Ellos vencerán!
Ástrid la observó atentamente. Tenía la impresión de haberla visto antes. Era una chica flacucha, no más alta que ella, de largos y lisos cabellos castaños atados en una alta cola de caballo. Tenía unos ojos bastante extraños, de un lila pálido que no recordaba haber visto nunca en nadie.
—Khenma de Aries protege el primer templo—continuó la muchacha, con un claro orgullo en su voz—Él es uno de los más poderosos santos que existen, no permitirá que nadie avance ni un solo paso, se los aseguro. Y él no está solo. Adelphos de Géminis guarda la tercera casa, Léander espera en Leo, Liang…—la voz de la chica tembló ligeramente—Liang en Libra…Stelios en Escorpio y Kárel en el templo de Piscis. Estamos a salvo. ¡Los enemigos de Athena no podrán con ellos!
—Los caballeros de oro ya fueron vencidos antes—exclamó una de las aldeanas, apretujando contra sí a dos niños pequeños y aterrados— ¡Pliers de Cáncer y Aldebarán de Tauro murieron la noche que el pueblo fue atacado! ¿Acaso lo has olvidado?
—Es verdad…—reconoció la chica—Pero ellos…
— ¡Y no se olviden de Ávicus de Capricornio!—gritó un campesino con la voz quebrada y los ojos contraídos por el pánico—Todos lo vimos en Rodorio cuando Gáel de Acuario llevó su cuerpo en brazos hasta el Santuario. Estaba frío y muerto, todos lo vimos. ¡Nos falló!
— ¡Claro que no!—un muchachito de unos trece años, vestido con las ropas de entrenamiento de los aprendices, se ubicó de un salto ante el campesino, casi amenazándolo con sus puños. El hombre retrocedió bruscamente— ¡Ávicus no nos falló! ¡Murió en combate, enfrentándose a dos generales a la vez!
— ¡Y logró llevarse a uno al infierno!—otro jovencito se sumó al primero. Ambos tenían el cabello negro y alborotado y los ojos muy grises— ¡Ávicus fue un héroe! ¿Qué has hecho tú, granjero? ¡No permitiremos que nadie ose manchar la memoria de nuestro hermano!
— ¡Los caballeros de oro nos han fallado!—aulló alguien. Su voz no tardó en hacerse coros rápidamente.
— ¡Sí!
— ¡No pueden hacer nada para defendernos!
— ¡Los demonios vendrán por nosotros ahora!
— ¡Buenas gentes!—la chica de cabellos castaños agitaba los brazos con gesto compungido, tratando de poner orden—Es el miedo el que habla por ustedes… No dejen que…
— ¡Estamos perdidos!—vociferó alguien, en medio de las voces cada vez más fuertes.
— ¡Vuelve a decir algo como eso y haré que te tragues todos los dientes, campesino!—los dos jovencitos de cabellos negros discutían a gritos con el hombre que había recordado la muerte de Ávicus.
De repente, una explosión mucho más fuerte que las anteriores hizo temblar los túneles como si estuvieran siendo sacudidos por un terremoto. Aquello fue la gota que terminó de rebalsar el vaso.
Lo que había empezado como una pequeña chispa comenzó poco a poco a transformarse en un furioso incendio. Los gritos retumbaban haciendo eco entre los muros del túnel. Los niños lloraban.
— ¡Debemos salir de esta caverna antes de que los demonios lleguen aquí! ¡Huyamos mientras están distraídos en la lucha!
— ¡No, no salgan!—la muchacha trataba en vano de calmar a la gente. Parecía a punto de echarse a llorar— ¡Es peligroso!
— ¡Cállate niña!—le ladró alguien— ¡Vámonos de aquí! ¡Huyamos!
— ¡Sí!—la gente comenzaba a empujarse— ¡Huyamos antes de que Ares y sus espectros vengan aquí a destruirnos!
Ástrid decidió que ya había tenido suficiente.
—Perfecto, huyan, huyan como las malditas ratas cobardes que son—lo dijo con voz tranquila pero fuerte, muy fuerte. Muchos voltearon hacia ella. Se ganaba la vida a diario vendiendo sus productos en el mercado. Sabía cómo gritar y hacerse oír— ¿Cuánto creen que durarán en cuanto pongan un pie ahí afuera?
—Mientras…mientras los demonios pelean con los santos nosotros aprovecharemos para huir.
— ¿Acaso se piensan que solo los generales de Ares han venido hasta aquí?—Ástrid chasqueó la lengua—Se ve que ya ni escuchan lo que se dicen entre ustedes. Los hombres de las legiones los acompañan. En cuanto salgan caerán sobre ustedes como buitres sobre un cadáver. Aquí en cambio, estamos mucho más seguros de lo que se creen. Nadie sabe que estos túneles existen. ¿Por qué se molestarían en venir a buscarnos, como muchos de ustedes claman a gritos, si ni siquiera saben que estamos aquí abajo?—los campesinos se miraron entre sí, confusos. Ástrid resopló—Pero bueno, si quieren salir corriendo háganlo. Y mueran. Es lo que se merecen unos cobardes que solo se preocupan por su propio pellejo. ¿Alguno de ustedes ha pensado siquiera en los santos que combaten en el Santuario?—Ástrid los perforó con la mirada—Todos ustedes me dan asco. Los caballeros están luchando en estos mismos instantes por ustedes. Fueron ellos quienes nos ayudaron a llegar hasta estos túneles cuando tranquilamente podrían habernos dejado a merced de Ares en Rodorio, atrincherándose en el Santuario. Y son ellos los que combaten ahora contra la amenaza que nos destruirá si fracasan. Están ahí peleando y muriendo por nosotros, por el mundo. ¿Y cómo lo agradecen ustedes? Diciendo que nos han fallado, que ya han perdido, que no vale la pena quedarse aquí porque no pueden protegernos—la imagen de un par de ojos color violeta, fríos pero hermosos, pasó por su mente. Ástrid alzó la cabeza—Pues yo no creo eso, en absoluto. Yo creo en ellos. Sé que vencerán, y esperaré aquí hasta que todo haya terminado. Ustedes…—volvió a sentarse contra el muro, cruzándose de brazos—…ustedes hagan lo que quieran.
Un silencio incómodo llenó el enorme túnel. Muchos de los pobladores de Rodorio se observaron avergonzados entre sí. Otros tantos miraron a Ástrid con gesto hosco, pero ninguno replicó nada. Muy lentamente todos comenzaron a sentarse en los mismos pequeños y cercanos grupos, llenando la caverna con el murmullo de las conversaciones entre susurros.
—Te lo agradezco.
Ástrid alzó la mirada. La muchacha de cabellos castaños estaba de pie ante ella, observándola con gesto amigable. Se encogió de hombros.
—Solo les dije la verdad.
—Sí, pero dio resultado. No podemos dejar que el pánico se extienda entre la gente en un momento tan delicado como este—se llevó una mano a la nuca, sonriendo avergonzada—Lo intenté, pero sin duda tú tienes mejores argumentos que yo. Ah, por cierto, mi nombre es Reshi. ¿Tú cómo te llamas?
—Ástrid.
—Bien, mucho gusto Ástrid. Y gracias de nuevo.
Ástrid volvió a encogerse de hombros.
—De nada.
—Ehh…si no te molesta, creo que yo también me sentaré un poco.
La chica llamada Reshi se sentó a su lado, contra la pared, abrazándose las rodillas. Durante un buen rato ambas permanecieron en silencio, observando a la gente amontonada en el centro de la inmensa gruta.
— ¿De verdad crees todo lo que dijiste?—le preguntó Reshi de pronto.
—Claro que sí. ¿Tú no?
Reshi se abrazó con más fuerza, apoyando el mentón sobre las rodillas.
—Si…por supuesto que sí. Confío en él…—se sobresaltó—Es decir, en ellos. Pero…pero en el fondo tengo miedo. Trato de dominarlo, pero cada vez que escucho una de esas explosiones a lo lejos yo…
Se calló de repente, mordiéndose el labio. Ástrid la observaba de reojo.
—Ya veo. Te preocupas mucho por él, ¿no es así?
— ¿Por él?—la chica se sonrojó levemente— ¿A quién te refieres?
—Al caballero de Libra, por supuesto. Su nombre es Liang, ¿no? Tu voz y tu expresión cambiaron cuando hablaste de él. También cuando mencionaste a Khenma, pero ahí se trataba de orgullo. Esto es algo diferente.
—Eres muy…atenta—Reshi sonrió nerviosa.
— ¿Acaso me equivoco?
—No…no te equivocas. Khenma…él es mi hermano.
— ¿Eres la hermana de uno de los doce caballeros dorados?
—Si… Khenma es mi hermano mayor. Lo amo más que a nada en el mundo, siempre hemos estado juntos. Confío en él, y sé que sobrevivirá a esta maldita guerra.
—Vi una vez a Khenma en Rodorio, hace muchos años—reflexionó Ástrid—Todo un suceso. La gente lo rodeaba y le hacía reverencias como si fuera un dios bajado del Olimpo. Ahora que lo pienso, se parece mucho a ti. Los dos tienen el mismo pelo castaño y los mismos ojos. Liang, en cambio, no se parece en nada a ti—la miró con perspicacia—No me irás a decir que él también es tu hermano, ¿verdad?
—No, claro que no… Conozco a Liang desde hace mucho tiempo. Él y yo…—Reshi se sonrojó furiosamente—…él y yo…bueno, nosotros…tenemos algo. Creo…
—Te comprendo a la perfección—suspiró Ástrid, alzando absorta la mirada hacia el techo. La imagen de unos helados y bellos ojos violeta volvió a pasar fugazmente por su cabeza—Yo también creo tener algo con uno de esos idiotas de oro…
—¿En serio?—Reshi se volvió tan bruscamente hacia ella que casi la hizo caerse de espaldas. De repente, la joven hermana del santo de Aries parecía muy pero que muy interesada—¿Con quién?
Ástrid la midió unos instantes con la mirada, planteándose si debía contestar o no. La verdad era que no conocía de nada a esa chica, y a la vez solía ser muy celosa de su vida privada. Por otro lado, no obstante, ella misma se lo había buscado al murmurar que también tenía "algo" con un caballero. Ni siquiera estaba pensando en lo que decía. Volvió a encogerse de hombros.
—Con Kárel. Supongo.
— ¿El caballero de Piscis?
—Ese mismo.
—Vaya, jamás me lo hubiera imaginado. Él parece tan…—Reshi frunció el ceño—…tan…
— ¿Antipático?
—No, no quise decir e…
—No te preocupes, yo pienso lo mismo. Kárel es un antipático sin remedio. También es frío, desconsiderado, soberbio, poco delicado, brusco y maleducado—una vena palpitaba cada vez más fuerte en la sien de Ástrid a medida que enumeraba, uno a uno, los defectos del santo. Una marcada gota de sudor resbalaba por la frente de Reshi al escucharla—Pero aun así…yo me preocupo mucho por él. Quiero que ese imbécil gruñón vuelva sano y salvo conmigo. Por eso es que me enfurece tanto la actitud de la gente del pueblo. Kárel, Liang y todos los demás están jugándose la vida para protegerlos, no solo a ellos, sino a todo el mundo. Y mira como lo agradecen. No entiendo a esta gente.
—Yo tampoco solía entenderla—dijo alguien.
Ástrid y Reshi voltearon hacia su derecha. Una hermosa joven de cabellos rubios estaba sentada a solo unos cuantos pasos de ellas, apoyada contra la misma pared. Ni la habían visto acercarse.
—Pero al final terminé comprendiendo que simplemente están asustados—continuó la recién llegada—Como todos.
—Yo te conozco—Ástrid la miró de arriba a abajo—Tu nombre es Helena, ¿verdad? Te he visto en el pueblo. El santo de Lira y tú eran…mmmm…bueno…
—Mucho—la joven llamada Helena les sonrió—Él y yo éramos mucho, demasiado para describirlo con palabras.
—Oh, entonces tú eres Helena—Reshi se removió incómoda—Liang me comentó lo que sucedió en la Galia. Yo…lo siento mucho, de verdad. No llegué a conocer personalmente a Arion, pero por todos es sabido lo poderoso y noble que era, un santo de planta tan fuerte como uno de oro. Fue una gran inspiración para mí, como aprendiz, ¿sabes? De verdad que lo siento…
Helena le sonrió tristemente. Era muy, muy hermosa. El cabello le caía como una cascada de oro sobre los hombros. Tenía la piel tan lisa, blanca y suave como el mármol, con un par de enormes ojos verdes que, pese a la tristeza de su rostro, no perdían un brillo de dulzura.
—Nadie, ni siquiera los dioses, puede cambiar lo ya ocurrido—declaró Helena—Ese era el destino escrito para Arion…Yo he de aceptar el mío ahora.
El silencio se hizo de repente entra las tres. Reshi se mordía los labios, Ástrid fruncía el ceño. Helena sonreía con tristeza.
—No deben culpar a la gente—repitió la joven rubia—Solo están asustados, por ellos y por sus hijos. Son personas simples que no están acostumbradas a algo tan grande como los asuntos entre los dioses.
—Lo sé, pero eso no les da derecho a comportarse como idiotas, o a hablar mal de los hombres que los están defendiendo a costa de sus vidas—Ástrid resopló—Tú mejor que nadie debes entender como nos sentimos al oír semejantes cosas.
—Si…lo entiendo. Después de lo que sucedió en la Galia estuve enojada con el mundo durante mucho tiempo. Me enfurecía a sobremanera al escuchar a la gente decir que los santos habían fracasado, que no habían conseguido nada al marchar hacia la Galia, como si la muerte de Arion y los demás no hubiera tenido ni el más mínimo significado…Pero ya no pienso en ello—Helena se llevó inconscientemente una mano hacia el vientre, acariciándolo con ternura—En todo lo que puedo pensar ahora es en el futuro, en un futuro, en la posibilidad de un mañana, para mí…y para todo los que me importan. Por eso es que confío en los caballeros de Athena, los camaradas de Arion. Sé que vencerán, sé que nos permitirán vivir ese futuro que tanto anhelo.
—Sí, tienes razón—Reshi sonrió con optimismo, dibujándose un par de hoyuelos en sus mejillas—Tienes toda la razón. Yo también creo en ellos, en Liang en Kárel y en todos los demás. ¡Sé que vencerán al final!
Ástrid sonrió de lado, asintiendo firmemente con la cabeza. Durante unos breves y maravillosos segundos las tres se permitieron creer de verdad en lo que decían. Lo creyeron y lo anhelaron con todas sus fuerzas.
Al instante siguiente, Ástrid notó la extraña sustancia negra escurriéndose entre las grietas en los muros.
Era una sustancia oscura, viscosa, que se derramó desde las paredes hasta el suelo como un repulsivo fango movido por voluntad propia. Aquello cayó al suelo con un ruido húmedo, como de burbujas reventando en un pantano. Los aldeanos no tardaron en ver como la sustancia se contraía sobre sí misma en el suelo, entre las cajas y los barriles, aumentando poco a poco su tamaño, extendiéndose como un liso lago de oscuridad por la roca.
Los gritos no tardaron en hacerse oír.
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Leánder avanzó a paso decidido a través del largo pasillo de la casa de Leo. La capa blanca ondeaba a sus espaldas, las antorchas en las paredes reflejaban difusas líneas de fuego en su armadura y sus cabellos dorados. Se detuvo ante una gran pared de piedra, flanqueada por dos altas columnas que se perdían en su ascenso hacia el techo. En el centro del muro, adherida a un soporte a modo de ornamento, descansaba una espada. Era un arma al estilo de los legionarios romanos, de hoja ancha, no demasiado larga.
Se quedó allí unos instantes, contemplando en silencio la espada. Con solo observar la empuñadura, recubierta de suave cuero negro, pudo sentir un casi olvidado hormigueo trepando por la palma de su mano. Leánder estiró el brazo, tomando cuidadosamente el arma. Durante un segundo fue como si pudiera oír de nuevo el clamor y la euforia desenfrenada del público; los gritos de dolor, piedad y victoria retumbando entre las gradas.
"¡Má-ta-lo, má-ta-lo!"
Dio media vuelta, haciendo girar la espada en su mano con un hábil y complicado molinete. Afirmándose sobre el suelo, lanzó un fulgurante tajo de revés, dibujando una estela que hizo silbar el aire. Hacía años que no empuñaba aquella espada, pero la hoja seguía tan afilada y mortal como la última vez que la blandió en la arena. Lo recordaba a la perfección. El sol caía despiadado sobre su cabeza, haciéndolo sudar bajo el metal y el cuero recalentado. El familiar clamor llenaba el aire, los gritos y exclamaciones bramaban su nombre, ebrios de vino y de muerte. Múltiples enemigos lo rodeaban, muchos más de lo que cualquier hombre, y mucho menos un niño, podría haber enfrentado. La espada danzaba en el aire hirviente del mediodía, regando la arena reseca de rojo.
Leánder se movió con la agilidad de un gato entre los amplios pasillos del quinto templo. Casi como si ejecutara una danza, midió, atacó y contrarrestó con una pulida y avanzadísima técnica de esgrima. Los tajos y estocadas eran tan veloces que el aire chirriaba y se distorsionaba. Finalizó con una complicada pirueta, abanicando el brazo en un golpe tan fuerte que las propias llamas de las antorchas vacilaron. Luego se quedó inmóvil, bajando la espada hasta apuntar al suelo. Lentamente, muy lentamente, el familiar sonido de los gritos y la batalla se fue apagando en sus oídos.
Volvía a estar en el Santuario.
Una media sonrisa asomó en sus labios.
—Bien, bien—se dijo con voz alegre, apoyando la hoja sobre el hombro—Se acabó esto de esperar pacientemente a que alguien pase por aquí. Mi mente y mi brazo todavía recuerdan a la perfección como era todo antes, cuando mataba por matar, pero creo que ya ha llegado el momento de empezar a quitar vidas por una buena causa—se encogió de hombros—O lo que sea. Vamos allá.
Echó a andar rumbo a la salida, hacia las largas escaleras que conectaban el templo de Leo con el de Cáncer. Sencillamente estaba harto de esperar. Durante cerca de tres horas se había limitado a escuchar como las colisiones de cosmos sacudían Rodorio, Aries y Géminis. Era cierto que tenía órdenes explícitas, órdenes impuestas por el mismísimo Magnus. Leánder respetaba a Magnus, no porque fuera el patriarca sino porque era la única persona que había logrado derrotarlo. Eran sus órdenes las que estaba a punto de desobedecer, ¿pero qué sentido tenía esperar cuando toda la acción se desarrollaba casas abajo? Leánder tenía muchas virtudes, pero la paciencia y la obediencia no formaban parte del repertorio. Sería lo mismo, incluso mejor, si bajaba a dar una mano a Adelphos y todos los demás. Sin mencionar que se moría de aburrimiento.
Afuera el aire era fresco y agradable. Ni una nube en el cielo perturbaba la visión de un hermoso cielo estrellado. Era una bonita noche, sin duda, pero Leánder notó que algo no estaba bien incluso antes de ver aquello que reptaba a través de las escaleras. Se detuvo en seco en la entrada, mirando con el ceño fruncido hacia abajo. Una asquerosa sustancia negra se extendía por todos y cada uno de los escalones que descendían colina abajo, conectando los cinco primeros templos. Leánder entrecerró los ojos, intentando procesar lo que estaba viendo. Aquel alquitrán repugnante se movía como si fuera un ser vivo, trepando escaleras arriba a un ritmo lento pero constante. No tardó demasiado en llegar hasta las altas columnas de mármol que delimitaban la entrada a la casa de Leo.
— ¿Pero qué diablos es esta porquería?—exclamó, francamente sorprendido.
La porquería en cuestión pareció responder al sonido de su voz. Con un movimiento asombrosamente rápido, la sustancia se elevó de un salto, abriéndose hacia los lados y lanzándose sobre él como una hedionda ola de podredumbre. Leánder reaccionó por reflejo. Con igual velocidad agitó el brazo en un invisible mandoble horizontal. La hoja cortó a través de la sustancia como si fuera agua, dispersándola en chorros que se esparcieron en todas direcciones. Pero la impresión de que aquello tenía vida propia no era errada. Las espesas gotas se movieron por si solas ni bien cayeron al suelo, rodeando a Leánder y arrojándose de nuevo sobre él. Esta vez no pudo escapar. Los gotones se pegaron a su cuerpo como un centenar de enormes sanguijuelas.
— ¿Pero qué…es esto?
Leánder se sintió débil de repente. Terriblemente débil. El líquido negro comenzó a extenderse a través de su armadura, colándose entre los pliegues de las placas para adherirse a su piel. Se sentía como una especie de aceite extrañamente frío. De hecho, era tan frío que lo quemaba como si fuera hielo seco. Intentó quitárselo de encima pero se dio cuenta de que aquella cosa era terriblemente fuerte. Le estaba literalmente drenando las fuerzas a una velocidad espantosa. Leánder trastabilló, doblando una rodilla sobre el suelo. La espada se escapó de sus dedos, cayendo ruidosamente contra las baldosas de la entrada.
—No te pienses que la tendrás tan fácil…
Fuera lo que fuera aquella cosa, Leánder no estaba dispuesto a entregarse así como así. Encendió violentamente su cosmos en un estallido de energía que rodeó todo su cuerpo. La sustancia se retiró un tanto, pero al instante volvió a echarse sobre él con un ahínco todavía mayor. Otra brusca succión de vitalidad volvió a sacudirlo, pero Leánder no se amedrentó. Volvió a liberar su cosmos hasta elevarlo más allá del Séptimo Sentido, como solo un caballero de oro podría hacer.
— ¡AAHHHH!
Múltiples rayos y descargas doradas brotaron de su cuerpo, literalmente quemando el líquido que lo cubría. La porquería cayó al suelo en viscosas gotas oscuras, retorciéndose como gusanos que se evaporaron al instante. Leánder cayó de bruces, apoyando las manos en las baldosas para no desvanecerse. La respiración escapaba agitada de su boca, acompañada por el rápido subir y bajar de su pecho y sus hombros. Estaba terriblemente agotado. Alzó la mirada. El lago de oscuridad que se extendía ante él avanzaba lentamente, implacable, cerrándose poco a poco a su alrededor.
En ese momento no podía saber que no solo él, sino absolutamente todas las personas del Santuario, incluso aquellas ubicadas por debajo del mismo, en los túneles, estaban en mortal peligro.
Aquella cosa jamás se detendría, ni siquiera ante un caballero dorado.
Solo había una opción.
Eliminar la maligna fuente de donde la oscuridad provenía.
Y eso era imposible.
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La pendiente de la montaña ascendía como una inmensa pared de piedra negra, cientos y cientos de metros, tan alto que apenas podían distinguir las lejanas formas del Santuario a lo lejos. Protos avanzaba ágilmente, trepando a través de la pendiente con amplios agarres y brazadas. Adelphos lo seguía de cerca con igual agilidad. Tenía el semblante serio, lúgubre, con sus ojos dispares clavados en la silueta de su hermano por encima de él.
—Hemos llegado—sonrió Protos, alzándose al fin en la cumbre de la montaña—Aquí, Adelphos, dame la mano.
El mayor de los gemelos estiró el brazo, tomando a su hermano de la mano. Adelphos se dejó ayudar sin decir una sola palabra. Seguía extrañamente silencioso, ajeno a todo. Protos no parecía notarlo. Le dio la espalda con la misma sonrisa de siempre en el rostro. Frente a ellos, como brotada de la rocosa cima, se alzaba una destartalada cabaña de piedra y madera.
—Star Hill—exclamó Protos, señalando la cabaña con un ademán—La montaña más alta de las muchas que rodean el Santuario, el mítico lugar donde el patriarca ha leído el destino en las estrellas desde tiempos inmemoriales…—sonrió—Es bueno estar de vuelta, ¿verdad hermano?
Adelphos no dijo nada.
Por supuesto, no era la primera vez que ambos estaban allí. Habían escalado la montaña más veces de las que podían recordar, sin que nadie los viera, siempre al finalizar las arduas sesiones de entrenamiento. No sabían exactamente por qué lo hacían. Una vez simplemente se retaron el uno al otro a trepar la montaña lo más rápido posible, y una vez allí se dieron cuenta de que les gustaba bastante lo que veían. Poco a poco se convirtió en su lugar secreto, más teniendo en cuenta que supuestamente nadie salvo el patriarca tenía permiso de subir hasta la cima. Por supuesto, siempre se aseguraban de no toparse con Magnus en sus escapadas. Por lo demás, a Protos le agradaba subir y recostarse contra las paredes de la cabaña, observando la imponencia del firmamento. Según él, no había ningún otro lugar donde pudieran contemplarse las estrellas y las constelaciones de aquel modo, tan cercanas que hasta daba la sensación de que uno podía tocarlas con solo estirar la mano. A Adelphos, en cambio, le complacía la imagen blanca del Santuario a lo lejos. Él vivía ahí, sabía lo enorme que era todo el recinto, y sin embargo, desde allí arriba todo se veía tan…pequeño.
Sin saber muy bien por qué se acercó al borde del abismo y extendió lentamente el brazo, colocando una mano sobre el lejano contorno de las Doce Casas. A pesar de que ya era más de medianoche el Santuario se veía a la perfección bajo la luz de la luna. El mármol de la Torre del Reloj, de las Doce Casas, de las habitaciones del patriarca y de la estatua de Athena, todo se veía blanco y diminuto a la distancia. Tan diminuto, tan pequeño…era como si pudiera abarcarlo todo con sus dedos.
Y destruirlo.
Adelphos cerró firmemente la mano en un puño. Y entonces su existencia cambió para siempre.
No lo recordaría a la mañana siguiente. No lo recordaría en todo el día. Recién al anochecer, de pie ante la gran pira funeraria, embargado por el terrible dolor de su pérdida, recordaría lo que ocurrió aquella noche.
Algo reptó en su interior. Algo que de algún modo siempre había estado con él, oculto en lo más profundo de su alma. Algo que siempre había ignorado, pero que aun así había entrevisto cada vez que Protos, su querido hermano gemelo, lo vencía una y otra vez, lo superaba una y otra vez, lo humillaba una y otra vez; cada vez que su hermano, su propio hermano, lo alejaba más y más del sueño, no, de la ambición, de convertirse en el caballero dorado de géminis. Algo que bullía dentro de él cada vez que veía a alguien como Magnus sentado en el trono del patriarca, dirigiendo con mano blanda lo que debía hacerse con mano de hierro. Ese algo emergió en su interior, brotó desde la profunda oscuridad a la que pertenecía.
Y en ese instante, en ese terrible instante, ya no fue más él. Fue alguien más. Alguien que lo acompañaría y lo torturaría durante los siguientes quince años.
Se llevó una mano al rostro, sintiendo un agudo dolor en su ojo izquierdo, tan intenso que no pudo ahogar un débil quejido. Algo caliente se deslizó entre sus dedos.
— ¿Adelphos? ¿Te encuentras bien?—Protos se acercó a él con gesto preocupado—Me pareció oírte…
El mayor de los gemelos se detuvo en seco, contemplándolo con los ojos muy abiertos. Adelphos había volteado muy lentamente hacia él, atravesándolo con la mirada. En la oscuridad de la noche su ojo izquierdo, el rojo, brillante como un carbón encendido. Una fina línea de sangre le corría por la mejilla, manando directo desde la pupila.
Protos advirtió el repentino cambio en la expresión de su hermano, vio el gélido brillo en su mirada, pero ni siquiera en esos momentos dudó de él. Era su hermano. Jamás desconfió, jamás se le atravesó por la cabeza que algo así pudiera suceder. Se acercó con tranquilidad, apenas ligeramente extrañado del oscuro semblante de Adelphos. Se acercó con la guardia baja, y ese fue su error. Después de todo, Protos era más fuerte que él, mucho más fuerte. Siempre lo había sido, siempre había sido él el destinado a vestir la armadura de Géminis y tal vez incluso a convertirse en el patriarca algún día. Y eso era algo que aquello que acababa de despertar en Adelphos no podía soportar.
— ¿Te encuentras bien?—repitió Protos, observándolo con curiosidad— ¿Qué te ocurr…?
El puño de Adelphos se movió como un relámpago. Fue un relámpago. Protos soltó un grito sordo, ahogado por la sangre que brotó de repente de su boca. Un rayo dorado lo atravesó limpiamente a la altura del pecho, de lado a lado, liberando un torrente rojo que emergió de su espalda, salpicando el muro de roca de la montaña. Protos trastabilló, derrumbándose sobre un Adelphos inmóvil como una columna, sujetándose a él para no caer. Adelphos lo sujetó por el cuello de la casaca, mirándolo fijamente. Sus labios estaban curvados en una sonrisa cruel, un gesto que Protos jamás le había visto antes. Su ojo izquierdo lloraba sangre, el derecho, lágrimas.
— ¿Por…por qué?—susurró débilmente el mayor de los hermanos, con la vista nublada. No había ni ira ni miedo en su expresión, ni si siquiera dolor. Estaba asombrado, estaba increíblemente asombrado—Adelphos…tú… ¿p…por qué?
—Porque te odio…—respondió lentamente, remarcando cada palabra—Porque no soporto la idea de que alguien tan ingenuo e idealista como tú me prive de vestir la armadura dorada de Géminis. El imbécil remilgado de Adelphos ya se había resignado a cedértela…pero yo no estoy dispuesto a permitirlo.
Protos abrió mucho los ojos, sus labios temblaron. Durante un instante, un brillo de repentina comprensión atravesó su mirada.
— ¿Quién…quién eres tú?
El joven que ya no era Adelphos estiró su malvada sonrisa.
—El futuro dios de este mundo.
Entonces extendió el brazo, empujándolo al vacío. Protos se derrumbó, cayendo de espaldas hacia atrás, pero en el último segundo atinó a estirar el brazo, intentando sujetarse a sus ropas. No lo consiguió. Sus dedos tensados por la sorpresa y el entumecimiento rasgaron el rostro de su hermano, abriéndole un profundo corte en la ceja derecha, casi hasta media mejilla. Adelphos soltó un gruñido de furia y dolor, llevándose una mano a la cara.
El grito de Protos, mientras caía, arrancó escalofriantes ecos entre los muros pétreos de Star Hill. Quien antes había sido Adelphos, sin embargo, sonreía lúgubremente, apretando una mano contra la herida en su rostro.
A través de sus dedos extendidos el ojo rojo brillaba intensamente.
.
Adelphos parpadeó varias veces.
Hacía años que las imágenes de aquella lejana noche en Star Hill se entremezclaban una y otra vez, constantes e incansables en su mente. En sus sueños. En cada uno de sus pensamientos. Incluso en ese instante, cuando se enfrentaba a una muerte segura, las imágenes, el tormento y el remordimiento lo atravesaban una y otra vez con sus agudos colmillos. Lo que hizo aquella noche jamás lo abandonaría, jamás lo dejaría ir. No importaba si incluso la misericordiosa Athena lo había bendecido con su perdón. Nada podía borrar lo que había hecho ese día, ni lo que luego, controlado por la maligna oscuridad que vivía en él, intentó hacer en los aposentos del patriarca.
Durante un breve instante, rememoró el día en que Stelios lo citó en las afueras del Santuario para saldar cuentas.
"En verdad merezco morir…"
—Entre todos los posibles momentos, este es el más inoportuno para pensar algo así…Adelphos.
El santo de Géminis volvió a pestañear, inclinando levemente la mirada hacia un lado. Arhat de Virgo, desaparecido desde hacía semanas, y a quien todos daban por muerto, estaba de pie allí, a su lado. Lo observó detenidamente. A simple vista, estaba exactamente igual que la última vez que lo había visto. Alto y erguido, calmo como las aguas de un arroyo, con la larga y lacia cabellera negra cayéndole atada sobre las espaldas.
Sin embargo, Adelphos notó al instante los signos de que algo no iba bien. Arhat estaba más delgado y pálido de lo que recordaba. Tenía ojeras. No llevaba su regia capa blanca, de la que nunca se separaba, y tenía los ojos abiertos y alertas, algo poco usual en él. Sus movimientos, además, presentaban una levísima, casi imperceptible, falta de coordinación, como si estuviera aturdido. O adolorido.
Adelphos se dio cuenta de que Arhat había sido herido hacía no demasiado tiempo. Herido de gravedad. Y aún no se recuperaba del todo. Quién pudo haber sido capaz de hacerle algo semejante, no lo sabía. Arhat era sencillamente el caballero más poderoso que conocía.
—Quién sea que te haya hecho esto—comentó—debe haber sido alguien muy duro.
Arhat lo observó de reojo con una media sonrisa.
—Sigues tan observador como siempre.
—Arhat, el caballero dorado de Virgo—la voz grave y oscura de Deimos se cernió como una tormenta sobre ellos—El hombre más cercano a nosotros, los dioses, si tal blasfemia es posible.
Ambos caballeros volvieron seriamente sus miradas hacia adelante. El Dios del Terror, cubierto por su túnica negra, los observaba iracundo desde el centro de lo que quedaba de la casa de Géminis: un suelo salpicado de inmensos cráteres y columnas caídas, con una gigantesca abertura que daba a la noche en lugar de techo.
Claro que ninguno de los dos prestaba mucha atención al deteriorado estado del templo. Sus ojos estaban fijos en el río de podredumbre negra que se extendía bajo los pies de Deimos. Era una masa de raíces oscuras y aceitosas que latían lentamente, moviéndose como serpientes que se expandían en todas direcciones. Fuera lo que fuera esa cosa, reptaba por el suelo como un fango denso y asqueroso, trepando a través de los muros derruidos y las pocas columnas que aún quedaban en pie. Tanto Arhat como Adelphos no necesitaban salir a mirar para darse cuenta de que aquella porquería estaba extendiéndose por todo el Santuario, con la casa de Géminis como su epicentro. Deimos, al tanto de sus miradas, les sonrió ferozmente.
—Veo que les agrada lo que mi sangre ha hecho. En poco menos de una hora esta encantadora sustancia habrá engullido por completo al Santuario y a todos sus habitantes, sorbiéndoles la vida hasta reducirlos a un montón de huesos. Pero aun así tendrán una oportunidad…—Deimos los señaló con un vago ademán—Tengo ante mí a los dos caballeros más poderosos de la orden de Athena, sin lugar a dudas. Si logran vencerme, este río de oscuridad morirá conmigo. ¿Qué dicen? ¿Se sienten capaces de lograr semejante milagro, humanos?
Arhat se adelantó lentamente un paso.
—En breve lo averiguarás.
—Oh si, Arhat de Virgo. Volvamos a ti un segundo—Deimos clavó sus repulsivos ojos en él—Se suponía que estabas muerto. O eso es lo que cualquiera se esperaría sabiendo que te enfrentaste a Radamanthys, un gusano sumamente poderoso.
Adelphos observó de reojo a Arhat. ¿Radamanthys? Las cosas empezaban a tener más sentido. El santo de Virgo había partido a Oriente con la vital misión de reforzar el sello de Hades. Era de esperarse que el juez del inframundo estuviera vigilando la zona. Tal como la señorita Athena les confirmó luego, Arhat había tenido éxito al sellar a Hades, pero eso no era lo única que había hecho. En el camino se había enfrentado a uno de los tres jueces del inframundo, y, en contra de lo que todos pensaban, había logrado sobrevivir a la misión. Ahora entendía porque lo notaba herido. El poder de Radamanthys, el juez de Hades, era legendario incluso entre los caballeros de Athena.
Deimos al parecer tenía una opinión similar.
—De cualquier manera, y como era de esperarse, veo que no saliste indemne del combate—los ojos del dios se entrecerraron hasta formar dos delgadas rendijas color púrpura—Tienes dos costillas aún recuperándose de una fractura, el brazo izquierdo prácticamente inutilizado, rastros de una hemorragia interna y una clara baja en las defensas de tu sistema inmunológico—sonrió con burla—Dime, ¿acaso has tenido fiebre últimamente? ¿El vapor del volcán en la isla Kanon no fue suficiente?
Adelphos volvió a observar de reojo a su compañero. No habría sido capaz de elaborar un diagnóstico tan preciso como el de Deimos, pero ahora era más que evidente que Arhat había sobrevivido a un durísimo combate. Aquello incluso explicaba por qué no había regresado inmediatamente al Santuario desde Oriente, luego de sellar a Hades. Las heridas del santo de Virgo debían de ser tan graves que se había visto obligado a pasar las últimas semanas recuperándose en el volcán de la isla Kanon, cuyas propiedades sanadoras eran por todos conocidas. Resultaba obvio ahora que Arhat habría deseado estar completamente recuperado antes de regresar, pero la invasión de Ares al Santuario había terminado por acelerar los acontecimientos, obligándolo a volver. Aquello, sin embargo, no importaba. Si Arhat tenía al menos la mitad de resistencia que Adelphos, entonces aquellas heridas no significarían nada para él.
—Adelphos…—Arhat habló en voz baja, mirando de soslayo el fango negro que se retorcía en el suelo—No nos mintió al decir que tenemos menos de una hora antes de que esta sustancia destruya el Santuario. Se trata de su misma esencia divina, de su poder extendido a través de su sangre… Leánder, Liang, Stelios, Kárel…ni siquiera ellos podrá evitar que esta oscuridad se extienda y devore el refugio. Tú acabas de experimentar por ti mismo este poder…—Arhat enderezó su postura, entrelazando las manos a la altura del pecho en un complejo mudra. Sus mirada parda se volvió tan dura y fría como el acero— ¿Estás listo para hacerle frente una vez más?
Adelphos soltó una seca carcajada, entrechocando sus puños. Su boca se torció en una desagradable sonrisa, sus ojos, gélidos como témpanos de hielo, se clavaron en el dios del Terror.
—Ya estaba listo mucho antes de que aparecieras.
Aquella fue la señal. Sin siquiera dedicarse una última mirada, ambos caballeros se lanzaron a la carga, tan veloces que sus cuerpos parecieron esfumarse en el aire. Adelphos fue el primero en caer como una tromba sobre el dios. Su puño se extendió en un fantasmal latigazo, liberando un verdadero vórtice de luces y rayos dorados que se entrelazaban entre sí. Deimos se movió a través del ataque como si estuviera hecho de humo. Su cuerpo apareció y desapareció en forma parpadeante entre los rayos de luz, situándose ante el caballero de Géminis en un abrir y cerrar de ojos. El brazo del dios trazó un semicírculo en el aire, golpeando con una energía invisible que distorsionó el espacio entre él y el santo.
Adelphos apenas atinó a echarse a un lado. Había logrado anticipar el movimiento, pero aun así Deimos fue tan rápido que su golpe lo alcanzó de lleno en el hombro. La hombrera dorada de Géminis estalló en una nube de esquirlas. El santo pudo sentir como la piel y la carne de su hombro se abrían hasta el hueso, el cual se fisuró con un macabro crujido. Un dolor cegador lo envolvió mientras salía volando con fuerza hacia atrás, arrastrándose de espaldas por el suelo. Deimos alzó un brazo y le apuntó con el dedo índice, pero al instante se volvió sobre los talones como una exhalación, mirando fijamente hacia arriba. Arhat levitaba en pleno aire, varios metros sobre el suelo, con las manos entrelazadas a la altura del pecho en un complejo signo. Una resplandeciente aura dorada lo rodeaba.
— ¡Om!
El cosmos de Arhat se expandió circularmente a su alrededor, liberando una tormenta de ondas y rayos de energía que cayó como si fuera una cascada. Deimos ni se inmutó. Rápidamente llevó un brazo hacia un lado, concentrando una especie de vacío esférico en la palma de su mano. El ataque de Arhat redujo bruscamente su velocidad, siendo atraído y absorbido por el poder concentrado en la mano del dios. Deimos sonrió, cerrando bruscamente la mano en un puño. La poderosa ofensiva del caballero de Virgo quedó reducida a diminutos puntos de luz que brotaron inofensivos desde sus dedos.
—Bonito intento…
Deimos alzó ambos brazos hacia arriba, listo para contraatacar, pero en ese instante Adelphos cayó de nuevo sobre él. El dios no se lo esperaba. No había logrado alcanzarlo de lleno antes, pero había supuesto que el santo de Géminis ya no volvería a ponerse de pie, no luego de casi arrancarle de cuajo el hombro. Sin embargo, nuevamente se equivocaba al subestimar la resistencia de aquel mortal. Adelphos se abalanzó sobre él en un violento torbellino de puñetazos con la misma fuerza, ímpetu y velocidad que al principio. Deimos logró evitar cada uno de los golpes con rapidísimos bloqueos de manos y antebrazos, pero aun así estaba terriblemente enfurecido. No solo no había logrado tumbar a aquel gusano, sino que se había atrevido a interrumpirlo cuando estaba a punto de ultimar al otro insecto. No estaba dispuesto a pasar por alto algo así.
Deimos giró la cabeza hacia un lado, eludiendo un feroz golpe de puño a la par que inmovilizaba al santo por el hombro herido. Adelphos soltó un gruñido de dolor, pero incluso así intentó golpearlo de nuevo con un sorpresivo giro de cadera. Deimos lo evitó desplazándose un ágil paso hacia su derecha. Al mismo tiempo aumentó la presión sobre el hombro de su rival, empujándolo brutalmente hacia un lado.
Adelphos volvió a salir despedido violentamente, pero, una vez más, Deimos no tuvo oportunidad de rematarlo. Mientras se deshacía de él, su sobrenatural percepción notó un muy leve movimiento a sus espaldas, casi imperceptible, así que se volvió al instante, disparando una bestial descarga de energía oscura a quemarropa. El caballero de Virgo, aún en pleno aire, se desplazó hacia un lado a toda velocidad, materializándose como una aparición justo detrás de él. La palma del santo, impregnada de una poderosa aura dorada, se lanzó como una serpiente hacia la espalda de Deimos.
Durante un segundo creyó que lo tenía, pero Arhat ni siquiera llegó a ver cuándo el dios dio media vuelta. Si vio, en cambio, como movía una mano hacia él, deteniendo su poderoso ataque solo con la punta del dedo índice. Ambos se quedaron cara a cara, a centímetros de distancia, uno presionando hacia adelante con todas sus fuerzas, el otro, mortalmente serio, reteniéndolo con la fuerza de uno solo de sus dedos. Entonces, de repente, el resplandor dorado que unía sus manos fue reemplazado por un torrente de miasma oscuro. El brazal de Virgo se cubrió de numerosas grietas que se extendieron hasta el codo, estallando en una explosión de sangre y esquirlas doradas. Arhat cayó bruscamente de espaldas contra el suelo, muy cerca de un aturdido Adelphos. El brazal de su armadura había desaparecido del codo para abajo, dejando al descubierto un brazo rojo y humeante.
Ambos se pusieron en pie muy lentamente. La hombrera izquierda de la armadura de Adelphos ya no existía. Su hombro sangraba desde un herida tan profunda que podía verse el hueso. El brazo derecho de Arhat, el cual le colgaba inerte a un costado, tampoco estaba en mejor estado. Aun así, ninguno de los dos dijo una sola palabra. Sus movimientos, pese a las terribles heridas, continuaban siendo fríos y calculados, como si el dolor no los afectara en absoluto. Sus ojos tampoco reflejaban nada. Duros como piedra, estaban fijos en el implacable enemigo que avanzaba con tranquilidad hacia ellos.
— ¡Cuanta soberbia!—exclamaron las voces superpuestas del dios del Terror—Atreverse a intentar igualarme en una lucha cuerpo a cuerpo. Debo admitir que no lo hacen nada mal, pero son unos ilusos si de verdad creen que tienen oportunidad de ponerme un dedo encima.
Ninguno de los dos dijo nada.
—En fin…eso no importa. Ya es hora de ponerle fin a este patético juego.
Deimos se detuvo. Su túnica negra de sacerdote se sacudió de un modo casi imperceptible, temblando ligeramente a la altura de los hombros, y, entonces, la tela se rasgó en un brusco estallido. Dos enormes alas negras brotaron de su espalda, desgarrando la túnica en pedazos. Los restos de la prenda cayeron lentamente al suelo, revelando una terrible y soberbia armadura. Era negra, sobrecargada, tan brillante que casi parecía vibrar. Las placas se unían entre sí como las escamas de una serpiente, dando forma al peto, las hombreras y las protecciones de brazos y piernas. Pequeños y agudos pinchos sobresalían de los nudillos de los guanteletes, de las rodilleras y de las voluminosas hombreras, las cuales se curvaban hacia abajo en tres afiladas garras de dragón. Las alas, las cuales se habían abierto a sus espaldas, estaban compuestas por placas afiladas como cuchillas, dándole el aspecto de un enorme murciélago.
Deimos ladeó la cabeza, haciendo sonar fuertemente los huesos del cuello. Al instante, las piezas de un fino casco emergieron desde los bordes traseros de las hombreras, acomodándose a los contornos de su rostro casi como si de un mecanismo se tratara. El casco tenía la forma de una delgada diadema escamada, la cual cubría la frente y los lados del rostro hasta la barbilla. Un enorme diamante púrpura, octogonal, brillaba en el centro, justo sobre la frente.
Deimos sonrió, haciendo crujir sus puños. El aire alrededor de él se contrajo de repente, levantando en el aire las pequeñas rocas que yacían sobre el suelo. Arhat y Adelphos se dieron cuenta al instante de lo que iba a suceder. Nuevamente sin decir una sola palabra, como si supieran de antemano lo que debían hacer, ambos se colocaron espalda contra espalda, alzando los brazos en forma enfrentada. Las palmas de sus manos, extendidas hacia el dios, se encendieron en un resplandor dorado en el mismo instante en que Deimos alzaba la propia hacia el firmamento.
— ¡La Oscura Providencia!
Un anillo de oscuridad brotó del cuerpo del dios, extendiéndose en una omnipotente e ineludible onda de devastación. El tiempo pareció detenerse en ese instante. Casi en cámara lenta, Arhat y Adelphos pudieron ver el suelo levantándose y saltando en pedazos, el polvo cayendo furiosamente desde las columnas y lo restos del techo. La onda oscura avanzaba hacia ellos arrasando con todo a su paso, sacudiendo los mismos cimientos de la casa de Géminis. Pudieron sentir como eran impulsados hacia atrás incluso antes de que Deimos finalizara su exclamación, y aun así se las arreglaron para reaccionar como solo ellos dos eran capaces de hacerlo. Sus manos enfrentadas brillaron en un fulgor blanco y dorado, liberando el ataque combinado más poderoso que dos santos jamás hubieran hecho antes.
— ¡La Rendición del Señor de las Tinieblas!
— ¡Explosión de Galaxias!
Un verdadero pilar de luz dorada salió al encuentro de Deimos y su monstruoso ataque. El choque fue colosal, tanto que por un muy breve instante ambos lados parecieron estar igualados. Arhat y Adelphos presionaban con todo el poder de sus cosmos, sin ceder un centímetro. El Dios del Terror reía a carcajadas, con la cabeza echada hacia atrás y el brazo firmemente extendido hacia ellos. Su escalofriante risa podía escucharse como un trueno por sobre el bramido ensordecedor del choque de poderes, el cual era tan brutal que incluso la sustancia negra surgida de la propia sangre divina retrocedía, disolviéndose en el suelo en nubes de vapor oscuro. Un inmenso cráter se abrió en torno a la colisión. Las columnas cayeron. Las pocas porciones del techo que aún resistían se desplomaron. La risa de Deimos se escuchaba cada vez más y más fuerte. Su poder, en ese momento lo comprendieron, estaba más allá de lo imaginable.
El resplandor dorado cedió de repente. La oscuridad liberada por Deimos avanzó como una avalancha, devorando todo rastro de luz. Arhat y Adelphos fueron alcanzados de lleno, sobrepasados, absorbidos. Los fragmentos dorados de sus armaduras al quebrajarse cubrieron el aire como un polvo de estrellas. Si un observador lejano hubiera levantado la vista hacia las Doce Casas en ese momento, habría visto como una inmensa lanza oscura emergía de uno de los muros del templo de Géminis, continuando su avance implacable hasta perderse en el horizonte.
El silencio fue repentino.
La oscuridad que cubrió por completo la tercera casa, apagando toda esperanza, también lo fue.
. . .
Liang había recorrido las escaleras que unían las Doce Casas cientos de veces, pero era la primera vez que le estaba costando tanto hacerlo. Por debajo de la armadura dorada de Libra, cada hueso y músculo de su cuerpo parecía latir y quejarse a medida que ascendían hasta el templo de Aries.
Habían dejado atrás el pueblo de Rodorio hacía más de media hora, pero los efectos del terrible combate librado allí se hacían sentir cada vez más sobre su cuerpo. Tal como se había esperado desde un principio, Cicno había demostrado ser un rival formidablemente peligroso. Había tenido que emplearse a fondo para vencerlo, recurriendo incluso al Último Dragón, su técnica más poderosa, y aun así a punto había estado de no contarlo.
Liang resopló, tomando aire para subir un nuevo tramo de escalones. No podía ni debía lamentarse por lo ocurrido. Era uno de los doce caballeros de oro, estaba entrenado para soportar una batalla como aquella y mucho más. No podía detenerse, ni, mucho menos, demostrar debilidad alguna.
Tenía un muy bueno motivo para hacerlo.
Andriev, Dasha, Syaoran y Calíope lo seguían de cerca, unos cuantos escalones más abajo. Syaoran ayudaba a Démian de Unicornio a subir, pasando un brazo sobre sus hombros. Calíope hacía lo propio con una casi inconsciente Denna, la amazona de plata de Águila. Liang volvió la vista al frente, intentado que la preocupación no se reflejara en su rostro. Los chicos de bronce y plata habían peleado duro para defender la entrada al Santuario, y también habían salido gravemente heridos durante el combate. Debía mantenerse firme por ellos. Demasiados santos habían muerto ya, y no estaba dispuesto a permitir que nadie más cayera.
Pero claro que no solo se trataba de eso.
Liang debía llegar cuanto antes a la casa de Géminis. Desde hacía unos instantes podía sentir el oscuro y descomunal cosmos que había descendido allí. Posiblemente el peor combate desde que iniciara la guerra se estaba librando en esos mismos momentos. Sabía que Adelphos era quizás el más poderoso caballero de oro, pero el poder al que estaba haciendo frente no era normal.
—Puedes sentirlo, ¿verdad?
Liang desvió la mirada hacia su derecha. Andriev se había adelantado hasta colocarse justo a su lado. El santo de Cisne lucía tan serio e inexpresivo como siempre. Si bien había recibido múltiples heridas, el caballero de Libra notó que su armadura no tenía ni un solo rasguño. Era comprensible. No por nada él y Khenma habían derramado su sangre sobre las corazas de bronce al repararlas. Sus pensamientos se centraron de inmediato en el santo de Aries.
"Khenma…"
Estaba sumamente preocupado por su amigo. No había visto ni rastro de él cuando bajó a Rodorio, y si la lucha se había trasladado a Géminis era porque el paso entra las casas estaba libre. Apretó los puños. No podría volver a mirar a Reshi a la cara si algo le sucedía a su hermano.
— ¿Liang?
Sacudió levemente la cabeza, centrando su atención en Andriev. Los ojos del santo de bronce estaban fijos en lo más alto de las escaleras, como si quisiera atravesar la piedra con la mirada.
—Sí, yo también lo siento. Como para no hacerlo… Adelphos está luchando en estos mismos instantes.
—Su rival…—Andriev apretó los dientes—…no es alguien ordinario. Su poder es incluso superior al del general al que acabas de derrotar.
No había forma de debatir eso. Liang se hacía una idea muy clara de quien podía estar en la tercera casa. De hecho, ya había sentido antes ese descomunal cosmos, cuando él y Leánder fueron atacados por el demente de Enio.
—Es uno de los dioses hermanos—susurró—Muy probablemente se trate de Deimos.
La expresión de Andriev no se alteró en lo más mínimo, pero Liang pudo ver un leve temblor en sus ojos grises.
—Entonces Deimos y Fobos ya están aquí.
—Ya lo creo, y no solamente ellos—Liang elevó la mirada hacia el firmamento. El cielo repleto de estrellas, sin una sola nube, se alzaba majestuoso sobre sus cabezas. No había ni rastro de le película dorada que había envuelto por completo al Santuario unas pocas horas antes—La barrera que la señorita Athena levantó en torno al recinto ha desaparecido. Solamente Ares sería capaz de derribar una protección como esa.
—Deimos, Fobos y…Ares.
Liang asintió seriamente. Si Deimos estaba en el tercer templo, ni siquiera alguien como Adelphos tenía oportunidad de vencer. Debía unirse a él cuanto antes. Miró de reojo a Andriev, tratando de no aminorar el paso.
—Escúchame muy bien Andriev, en cuanto lleguemos al templo de Géminis tú y los demás continuarán hasta la casa de Leo. Yo me quedaré a ayudar a Adelphos.
—Ni hablar—el santo de Cisne lo atravesó con una fría mirada—Somos caballeros de Athena. No huiremos como cobardes.
—Esto no se trata de demostrar que tan valiente eres, Andriev. Ni tú ni los demás pueden hacer nada para ayudarnos contra un enemigo como ese. Seguirán hasta Leo para reunirse con Leánder. Es una orden y la cumplirás, ¿de acuerdo?
Andriev lo observó más gélidamente que nunca, para nada impresionado.
—No.
—Pero si serás cabez…
—Muchachos…
Ambos miraron por encima del hombro. Dasha estaba detrás de ellos, observándolos a través del metal de su máscara. La armadura azul de la muchacha, al igual que la del joven Cisne, también parecía intacta.
— ¿Qué ocurre?
—Se trata de Démian y Denna—susurró la chica—Sus heridas son graves…no están en condiciones de seguir andando, y mucho menos de luchar.
—Si…—Liang asintió—Lo he notado.
— ¿Qué podemos hacer?
—Desafortunadamente, mis habilidades en el uso curativo del cosmos no son tan avanzadas como las de Arhat o Khenma. Por otro lado, todos los sanadores del Santuario deben haber bajado a los túneles junto con la gente del pueblo.
— ¿Entonces?
—Debemos dejarlos atrás—aseveró Andriev, sin siquiera parpadear.
— ¿Dejarlos atrás?—Dasha parecía horrorizada— ¡Son nuestros amigos! No podemos simplemente dej…
—No me gusta la idea, pero Andriev está en lo cierto—la interrumpió Liang—No pueden seguir por sí solos y nosotros no podemos cargarlos.
— ¿Qué propones entonces? ¿Dejarlos aquí tirados en las escaleras?
—No, aquí no—Liang señaló hacia arriba con un movimiento de cabeza—En la casa de Aries. La batalla se ha trasladado a Géminis, y Khenma logró vencer a uno de los doce generales en su templo. Eso quiere decir que ya no quedan enemigos a nuestras espaldas. Esto es lo que haremos… Syaoran y yo trataremos de sanar todo lo que podamos las heridas de Démian y Denna con nuestros cosmos, nuestro maestro nos enseñó cómo hacerlo. Luego los dejaremos en la casa de Aries. Ahí estarán seguros. Nosotros, por nuestra parte, seguiremos nuestro camino—Liang los miró severamente —Yo me quedaré en Géminis a ayudar a Adelphos, ustedes, Syaoran y Calíope seguirán hasta la casa de Leo. No pienso aceptar ni berrinches ni discusiones, harán lo que les digo.
—Pero Liang…
Antes de que el santo de Libra pudiera decirle a Dasha que se callara e hiciera caso, el brazo de Andriev se interpuso como una barrera ante ellos. El joven Cisne se había detenido de golpe, impidiéndoles el paso. Liang notó al instante por qué. Habían llegado al último tramo de escalones, el cual daba paso a la enorme plaza de mármol que se extendía entre la primera casa y las escaleras.
El lugar continuaba tan devastado como en el camino de ida hacia Rodorio: la plaza, un inmenso rectángulo de mármol blanco flanqueado por columnas, se encontraba casi totalmente cubierta por un enorme cráter. El corto tramo de escaleras que llevaba hasta la fachada de la casa de Aries, así como las columnas que sostenían la entrada, seguían plagadas de grietas y rajaduras. Incluso el menudo cuerpo de Nix, la diosa de la noche, seguía allí, inerte en el centro del cráter.
Todo lucía exactamente igual.
Salvo por la indescriptible sustancia que cubría la entrada al primero de los templos.
Los tres dieron un inconsciente paso hacia atrás, y lo mismo hicieron Syaoran y Calíope al alcanzarlos, con Démian y Denna a cuestas.
— ¿Pero qué…?—balbuceó la amazona de Ofiuco, observando con los ojos muy abiertos el horrendo espectáculo.
Lo que a simple vista parecía un lodo negro y fangoso se adhería como una repulsiva película al suelo, los escalones, las columnas y los muros de la fachada de Aries. La sustancia parecía, de hecho, brotar del interior de la casa hacia afuera. Toda aquella porquería latía y se movía como si estuviera viva, extendiéndose, trepando y adhiriéndose a literalmente todo lo que se le cruzaba en el camino. Liang notó que la sustancia ya había cubierto por completo los escalones de entrada, desplazándose lentamente hacia el enorme cráter en la plataforma. Con un escalofrío notó también que el cráter era lo único que se interponía entre ellos y aquella cosa. Se afirmó sobre sus pies, echando una rápida mirada por encima del hombro. Atrás quedaba el largo tramo de escaleras que bajaba hasta el inicio de la colina. Habían recorrido un muy largo camino como para retroceder.
—Muy bien—murmuró observando a sus compañeros de uno en uno—No tengo ni la menor idea de que es esta cosa, ni de donde salió, pero debemos seguir nuestro camino hasta la casa de Géminis. Syaoran, Calíope, sujeten bien a Démian y a Denna. Dejarlos aquí ya no es una opción.
— ¿Debemos correr a través de esta porquería?—susurró Dasha. Parecía más asqueada que asustada.
Liang, en cambio, tenía un muy mal presentimiento. Podía sentir algo extraño en el líquido negro que descendía por la fachada de la primera casa. Extraño e intrínsecamente…maligno. Intentó reprimir una repentina oleada de pánico que le heló las entrañas. No estaba asustado... ¿qué diablos era esa sensación? Era como si el miedo y la desesperanza inundaran en forma invisible el aire. Sacudió la cabeza, intentando concentrarse.
—Parece que no tenemos otra opción… Es atravesar este mar de inmundicia o retroceder.
—Ni hablar—proclamó Andriev.
— ¿A la cuenta de tres?—se animó a preguntar Calíope, colocando a la inconsciente Denna a sus espaldas, con los brazos en torno a su cuello.
—De acuerdo—asintió Liang, esbozando una media sonrisa— ¡TRES!
Los cinco se lanzaron a la carrera al instante, Syaoran y Calíope con sus compañeros heridos a espaldas, el resto abriendo la marcha. Bordearon el cráter por lados opuestos, con increíble sincronización, avanzando a toda velocidad a través de lo que quedaba de la plataforma. Al llegar al pie de los escalones que llevaban a la entrada de Aries, la sustancia se contrajo sobre sí misma, retrocediendo, y entonces se lanzó sobre ellos con una rapidez aterradora. Liang se colocó de un salto al frente del grupo, encendiendo su poderoso cosmos. Con un amplio movimiento del brazo, trazó un arco en forma de medialuna que, en un estallido verde-dorado, rechazó la sustancia haciéndola estallar en cientos de enormes gotas negras. Al instante siguiente alzó el brazo izquierdo hacia arriba, colocando el puño derecho a la altura de la cadera.
— ¡Puño Dragón!
Una esfera de energía verde salió disparada hacia adelante, abriéndose paso a través del asqueroso río oscuro que llenaba la casa de Aries. Un largo camino, como un pasillo en medio de un mar negro, quedó abierto ante ellos. Liang no lo dudó un segundo y se lanzó rumbo al interior del templo. Por el rabillo del ojo notó como sus compañeros lo seguían a toda velocidad. Debían atravesar la primera casa lo más rápido posible y encaminarse hacia Tauro.
Eran caballeros de Athena, podían correr lo suficientemente rápido como para cruzar de lado a lado una construcción tan grande en cuestión de segundos, pero la misteriosa sustancia que los rodeaba fue incluso más veloz. El camino se cerró en menos de un parpadeo, cerniéndose sobre ellos como una helada avalancha de oscuridad.
Liang sintió que las fuerzas le fallaban. El mero contacto con aquella cosa pareció drenarlo de energía de un solo golpe. Dobló una rodilla, sintiendo como los gotones negros se pegaban a su cuerpo como si fueran enormes babosas de hielo. El cuerpo le pesaba una tonelada. Unas náuseas horribles le acuchillaban el estómago. Su vista se nubló de repente. La misma energía que lo mantenía vivo era absorbida poco a poco. A su alrededor, Andriev, Syaoran y los demás se debatían al igual que él, cubiertos de pies a cabeza por aquel repulsivo lodo.
—No…lo…pienso… ¡permitir!
Liang abrió los ojos, separando los brazos con fuerza. El increíble cosmos que había utilizado para derrotar a Cicno volvió a rodearlo en un torbellino dorado. La sustancia salió disparada en todas direcciones, disolviéndose y liberándolo al fin. Tan poderoso fue el estallido que incluso Andriev, ubicado justo detrás de él, se vio favorecido. El líquido que cubría al santo de Cisne vaciló ante la repentina onda de cosmos liberada por Liang. Andriev no dejó pasar la oportunidad y encendió al máximo su propia cosmo-energía, liberándose de las asquerosas ataduras. Sin perder un segundo dobló una rodilla sobre el suelo, apoyando una mano impregnada de cosmos blanco-plateado sobre las baldosas.
— ¡Polvo de Diamante!
Una gruesa capa de hielo se extendió a una velocidad asombrosa por el suelo, expandiéndose en un radio circular de más de diez metros. El hielo cubrió rápidamente la sustancia, incluyendo aquella que inmovilizaba al resto de los santos, congelándola y haciéndola estallar en mil pedazos. De repente, todos estaban libres, agotados y jadeantes, de pie en una pequeña isla en un mar de oscuridad viscosa que se retorcía y avanzaba cautelosamente hacia ellos, casi como si los acechara.
—Pero por todos los dioses… ¿Qué rayos es esta cosa?—susurró Dasha.
—La sangre del señor Deimos, por supuesto…
Todos se volvieron al unísono. Ninguno de ellos, ni siquiera el santo de Libra, había sentido llegar al joven que ahora los observaba sonriente desde la entrada al primero de los templos. Liang abrió enormemente los ojos, sintiendo que el estómago se le encogía.
—Tú…
El recién llegado echó a caminar tranquilamente hacia ellos, sin dejar de sonreír. Ninguno de los presentes pasó por alto el hecho de que la sustancia negra, la cual los rodeaba a una distancia prudente, pareció retroceder asustada ante el avance de aquel joven, alejándose rápidamente de él. Liang lo miró con los dientes apretados. Se veía exactamente igual que la última vez. Cortos cabellos oscuros, piel tersa y pálida…ojos tan rojos y brillantes como la armadura que lo cubría de pies a cabeza, una armadura cuajada en toda su superficie por diminutos e indescifrables glifos negros. Liang se adelantó un paso, colocándose una vez más al frente del grupo.
—Enio…
El muchacho se detuvo a solo un par de metros de distancia, clavando sus ojos sangrientos en él. Su sonrisa se amplió desagradablemente.
—Tú, te recuerdo—tenía una hermosa voz que no encajaba en absoluto con la oscura expresión de su rostro—Estabas con el otro tipo dorado en el bosque. No fuiste para nada divertido la última vez.
Liang le sonrió con los labios apretados, avanzando un paso más.
—Puede ser…pero quizás te lleves una sorpresa hoy, maldito psicópata—Liang miró de reojo hacia atrás, hablando ahora en un susurro—Andriev, llévate ahora mismo a los demás y continúen hasta la casa de Géminis. Por nada del mundo intenten enfrentarse a Deimos, traten de pasar de largo a toda costa. Nos veremos en el templo de Leo…
Fue Syaoran el que le respondió.
—Mira bien, Liang. Esta porquería negra nos rodea en todas direcciones, probablemente también esté cubriendo las escaleras que llevan hacia las casas de Tauro y Géminis. Allí el mismísimo dios del Terror combate contra Adelphos. Nos pides que huyamos de aquí atravesando esta sustancia e ignorando luego el combate en la tercera casa—Syaoran dejó cuidadosamente a Démian en el suelo, alzando el rostro con una expresión tan feroz como decidida—No sé quién sea este sujeto, pero lo siento, prefiero quedarme aquí y darte una mano con él. Luego todos juntos podemos ver cómo nos las ingeniamos para llegar hasta Géminis a ayudar a Adelphos.
—Estoy de acuerdo—Calíope se colocó hombro con hombro con Syaoran, dejando a Denna en el suelo—No te dejaremos solo, Liang.
—Ni nosotros—Dasha y Andriev se unieron a los demás—No tiene ningún sentido intentar disuadirnos. Ya hemos oído bastante.
Liang volvió la vista hacia al frente, sonriendo con resignación.
—No saben en lo que se meten…
Indudablemente, ninguno de ellos, ni siquiera él, lo sabía.
No había terminado de susurrar esas palabras cuando Enio pareció materializarse ante él, observándolo cara a cara. Todos se asombraron. Aquel movimiento había sido sencillamente invisible, ni siquiera en el increíble combate en Rodorio, donde un caballero de oro y alguien de su mismo nivel habían intentado matarse el uno al otro con todas sus fuerzas, habían visto algo semejante. Liang intentó echarse hacia atrás, tan sorprendido como los demás, pero el puño de aquel endemoniado sujeto se estrelló con la fuerza de un meteoro sobre su hombro. De repente, el santo de Libra estaba incrustado de espaldas contra uno de los muros, a más de veinte metros de distancia.
— ¡Liang!
Syaoran y Andriev se lanzaron simultáneamente contra Enio, quien se había quedado de pie en el sitio, con ambos brazos colgando a los lados del cuerpo. Ninguno de los dos tuvo tiempo para siquiera comenzar a elevar el cosmos. Enio se movió como una sombra entre ellos, incorpóreo, invisible. Ni siquiera lo vieron cuando los golpeó a ambos al mismo tiempo. La hombrera y el peto del Cisne, las mismas piezas que resistieron uno tras otro los ataques de Cicno en Rodorio, estallaron en mil pedazos. Andriev sintió como si lo hubiera embestido un toro. Su cuerpo salió despedido hacia atrás dando vueltas en el aire, partiendo una columna por la mitad al estrellarse contra ella. Syaoran se llevó la peor parte. El golpe que lo alcanzó en la unión entre el pectoral y el hombro fue tan fuerte y repentino que no pudo evitar desmayarse. Ya estaba prácticamente inconsciente cuando los fragmentos verdes de la armadura del Dragón volaron en todas direcciones, mezclados con un rocío de sangre.
Dasha y Denna intentaron rodear a la sombra roja que, increíblemente rápida, cayó agazapada en el centro de la habitación. Fue inútil. Sin siquiera alzar la cabeza hacia ellas, Enio abrió bruscamente los brazos. Una onda invisible sacudió los muros de la casa de Aries, incluso el lodo negro que cubría el suelo, el cual se había alejado del centro del combate, dejando un gran círculo de mármol blanco en una suerte de arena, retrocedió ante la poderosa onda de choque, desintegrándose con un sonido escalofriantemente similar al chillido de un animal. Dasha y Denna recibieron de lleno el impacto. Cuando cayeron de cara al suelo, las armaduras de Lince y Ofiuco crujieron cubiertas por cientos de rajaduras.
Enio se incorporó lentamente, sonriendo con la boca abierta, y, al instante, se volvió sobre sus tobillos, alzando una mano. Liang estaba de frente a él, asombrado, con el brazo extendido en un golpe de puño que jamás debería haber sido detenido. El joven berserker amplió su grotesca sonrisa. Justo antes de que se inclinara levemente, apenas doblando las rodillas, Liang pudo ver una hilillo de sangre resbalando desde uno de sus viperinos ojos rojos. Vio venir los golpes, pero no puedo hacer absolutamente nada por evitarlos. La mano libre de Enio se movió en un borrón escarlata, asestándole cinco brutales puñetazos al mismo tiempo en el abdomen.
Liang dobló una rodilla, sintiendo como si estuviera a punto de vomitar las entrañas. Aun así se las arregló para alzar ambas manos y atajar a Enio, sujetándolo por el hombro y por el brazo derecho. Los dientes del berserker se cerraron a escasos centímetros de su rostro, con un sonido similar al de dos tablas chochando entre sí. Sintió un profundo escalofrío. De no haberlo parado, aquel demente le habría arrancado un trozo de cara de un solo mordisco. Se lo sacó de encima con un brusco empujón, asqueado, colocándose al instante en guardia, pese a que el horrible dolor de los golpes se extendía como un ácido por todo su torso, trepando hasta los hombros y los brazos.
— ¡¿Cuál demonios es tu problema?!—jadeó, intentando recobrar el aliento.
Enio alzó la mirada hacia él. Liang reprimió el impulso de dar un paso hacia atrás al verle la cara. Los ojos rojos del muchacho brillaban con el más absoluto y terrible odio. No había nada en ellos, nada aparte de aquella ira animal que parecía cubrir de sombras su expresión. Y entonces, de pronto, Enio sonrió. Su boca se curvó macabramente hacia arriba, observando de reojo hacia los lados. Liang también miró. El asqueroso alquitrán que los rodeaba, el cual parecía intimidado ante la presencia del berserker, se acercaba cautelosamente hacia ellos, cerrando cada vez más el círculo que había abierto al iniciarse el combate. El semblante de Enio se relajó de repente.
—Muy bien señor Deimos, como ordene—susurró, enderezándose lentamente—Seguiré adelante. Aún queda trabajo por hacer.
Sin decir absolutamente nada más, y sin siquiera dirigirles una última mirada, el joven dio media vuelta, echando a andar a buen paso hacia la salida. El líquido negro que cubría el suelo se abrió hacia los lados, dejándolo pasar. Liang parpadeó varias veces, confundido, observando como Enio se alejaba.
—Espera…
No podía dejarlo ir. Si aquel maldito loco se unía a Deimos en Géminis todo estaría perdido. Se enderezó no sin cierto esfuerzo, listo para lanzarse al ataque, pero olvidaba que la presencia de Enio era lo que había mantenido a raya a la repulsiva sustancia que inundaba la casa de Aries. El líquido oscuro volvió a abalanzarse sobre él como si fuera una ola, pegándose a su armadura y a su piel con una fuerza espeluznante. Liang cayó sobre sus rodillas, sintiendo como las fuerzas lo abandonaban poco a poco. A través de sus párpados casi cerrados por el cansancio, el letargo y el dolor, pudo ver como los santos de bronce y plata que lo había acompañado hasta allí, inconscientes sobre el suelo, eran cubiertos poco a poco por la extraña sustancia.
"No…" fue lo último que llegó a pensar antes de que la oscuridad lo envolviera por completo.
. . .
—Pobre muchacho… tan joven, tan prometedor, con un futuro tan brillante.
—Jamás volveremos a ver a alguien como él… ¡Qué gran caballero habría sido!
—Los dioses lo tengan en la gloria.
— ¡Los dioses en la gloria y nosotros en nuestros recuerdos!
Las palabras sonaban horriblemente huecas a oídos de Adelphos. Tenía la mirada clavada en la columna de humo grasiento y oscuro que trepaba hacia el firmamento. La pira era alta, ornamentada, coronada en su cúspide por un soberbio féretro de madera que ardía en llamas rojas y anaranjadas, arrojando una lluvia de chispas en todas direcciones. Adelphos observaba, incapaz de apartar los ojos. La madera ardía, el humo se elevaba hacia un cielo repleto de estrellas, la gente reunida en torno a la pira hablaba sin parar, ensalzando a Protos como si lo hubieran conocido, como si de verdad alguien tan grande como su hermano necesitara que personas tan patéticas lo compadecieran y enaltecieran. El humo ascendía, pegándose a la ropa como si quisiera grabar para siempre su hedor en la tela. Adelphos tenía ganas de vomitar.
¿Por qué?
¿Por qué estaba ocurriendo eso? ¿Por qué estaba de pie ahí, mirando arder el monumento fúnebre de su propio hermano? No podía entenderlo, no podía aceptarlo. ¿Por qué? Un dolor agudo, casi físico, le oprimía el pecho como un manojo de agujas calentadas al rojo. Un enorme nudo le cerraba la garganta. Quería llorar. Quería romper su imagen de templanza y dureza y echarse a llorar como el niño que en realidad era.
¿Por qué estaba ocurriendo aquello?
¿Por qué?
Al pie de Star Hill, le dijeron. Allí encontraron a Protos. Lo que quedaba de él. Solo había una explicación para haberlo hallado ahí, despedazado contra las rocas, y Adelphos se negaba a aceptarla. El día anterior había visto a su hermano lleno de vida y optimismo, como siempre. No podía ser. Simplemente no podía ser…
—La muerte de su madre fue demasiado para el pobre chico—afirmó alguien.
—Sí, primero su padre, cuando era apenas un niño, y luego su madre, hace solo unos meses.
—Quién sabe lo que estaría pasando por su cabeza cuando decidió hacerlo…
—Una carga demasiado pesada llevaba. La presión de convertirse en el más poderoso de los caballeros de Athena, ¡puede que incluso en el futuro gran patriarca! Y entonces su madre, a la que tanto amaba, muere de un día para el otro.
Adelphos negó lentamente con la cabeza, apartando por fin la mirada.
—No…—susurró—No…
Protos jamás se habría quitado la vida. Aquello no tenía sentido, no podía tenerlo. Sintió que alguien le apoyaba una mano en el hombro en una enésima muestra de lástima. La rechazó bruscamente, alejándose entre la multitud a trompicones. De repente se había dado cuenta de que no soportaba estar ahí. Debía alejarse, debía hacerlo cuanto antes.
Avanzó apartando a la gente con muy poca delicadeza. Nadie le dijo nada, por supuesto. Todos apartaban la vista, vinculando enseguida su forma de actuar con el dolor ante semejante pérdida. Se llevó una mano al lado derecho del rostro. El horrible corte que le cruzaba la ceja y el ojo palpitaba y dolía como una llaga abierta. No conseguía recordar cómo demonios se lo había hecho. Tampoco podía recordar en qué momento se había separado de Protos el día anterior o cuando fue la última vez que lo vio. Aquello lo asustaba. ¿Por qué no podía recordarlo?
Sabía que ambos habían entrenado hasta bien entrada la tarde en el gran coliseo. Luego habían visitado la casa de Géminis, contemplando la armadura que algún día alguno de los dos vestiría. Y después…después… No podía recordarlo. Sus recuerdos se volvían extrañamente difusos a partir de ese momento. ¿Qué diablos había sucedido cuando salieron de la tercera casa?
La imagen golpeó repentinamente en lo más hondo de su mente.
Durante un segundo vio la silueta de Protos por encima de él, trepando por la ladera de una montaña. Star Hill.
Un sudor helado le recorrió la espalda.
Adelphos echó a correr entre la masa de gente que lo rodeaba, sintiendo como el corazón le palpitaba con fuerza. En pocos segundos se encontró a sí mismo en las afueras del Santuario, completamente a solas. Respiraba agitado, sintiendo como un súbito temor le trepaba por la boca del estómago, como si fuera un enorme gusano hecho de hielo. ¿Star Hill? ¿Había estado en Star Hill con su hermano la noche anterior? ¿Había estado en la cima de la montaña desde la que…?
¿Desde la que supuestamente saltó Protos?
— ¿Saltar? ¿Saltar dices? Vamos… no seas ingenuo. Sabes muy bien que fue lo que pasó.
— ¡¿Quién está ahí?!
Adelphos volteó bruscamente, poniéndose en guardia.
No había nadie allí.
El temor se transformó en el más absoluto terror, en un pánico desesperado, cuando notó que había sido él mismo quien había hablado.
—Claro, eso es—sus labios se movían por sí solos, incapaz de controlarlos—No hay nadie más aquí, solo tú y yo.
— ¿Pero qué…? ¿Cómo…?—balbuceó— ¿Quién habla? ¿Quién eres?
— ¿Qué quién soy? La verdad es que no tengo nombre. Pero puedo decirte algo muy interesante—sus labios se curvaron por sí solos en una horrible sonrisa—Puedo decirte que no soy Adelphos. Soy alguien que vive en el interior de Adelphos. Alguien que ha tenido las agallas de hacer aquello que Adelphos no se atrevía a hacer.
—No…no puede ser—Adelphos retrocedió varios pasos, horrorizado—No puede ser…yo…yo no…
—Sí, tú. Nosotros—su interlocutor alzó una mano, cerrándola en un puño—Con estas mismas manos nos deshicimos del obstáculo que se interponía en nuestro camino. ¿No lo recuerdas? Bien, te lo explicaré. Star Hill, ayer por la noche. Protos y tú en la cima de la gran montaña. La oportunidad perfecta para allanar el terreno hacia la armadura de Géminis…y el mundo. Bastó con un simple empujón.
Las piernas le temblaban. Adelphos cayó de rodillas al suelo, sintiendo como las lágrimas corrían por sus mejillas. Aquello no podía ser. Se negaba a creerlo. Era imposible.
¿Él? ¿Había sido él? ¿Con sus propias manos había…había…?
—Si…—la espantosa sonrisa volvió a estirar por si sola los músculos de su rostro—Oh, si… Sospecho que este va a ser el comienzo de una larga amistad… Adelphos de Géminis.
.
Adelphos parpadeó varias veces.
La imagen oscura y solitaria de Star Hill se desvaneció lentamente ante sus ojos. Cuando finalmente logró abrirlos del todo, el dolor lo golpeó como un ariete. Adelphos contuvo la respiración, apretando los dientes con fuerza. Durante unos instantes se sintió incapaz de moverse, tirado de espaldas sobre el suelo destruido, sintiendo como cada centímetro de su cuerpo se quejaba adolorido.
—Vamos…levántate…—se susurró a sí mismo, saboreando la sangre en cada palabra.
Primero un brazo, apoyando el codo sobre el suelo, luego el otro. Las piernas, separarlas un poco, con mucho cuidado. Inclinarse hacia adelante, haciendo fuerza para incorporarse, le costó horrores. Fragmentos dorados de su armadura cayeron al suelo mientras se levantaba. Adelphos no necesitaba mirar hacia abajo para saber que la coraza de Géminis estaba prácticamente destruida. Las rajaduras que antes cubrían el peto y el espaldar habían sido reemplazadas por múltiples grietas y agujeros. La falda y la hombrera derecha habían desaparecido, al igual que los bordes ornamentados de los brazales y las canilleras. La terrible herida en su hombro, abierta hasta el hueso, no paraba de sangrar.
—Pero sigo vivo…
Sacudió la cabeza, intentando enfocar la mirada. Aunque lo hubiera logrado, tampoco habría podido ver mucho. Una espesa niebla de polvo y humo cubría el aire, reduciendo la visión a solo unos cuantos pasos. Aun así, Adelphos sabía que había alguien delante de él. Frunció el ceño, avanzando con cuidado. Primero un paso, luego otro. Estaba tan agotado y dolorido que prácticamente sentía como si estuviera aprendiendo a caminar otra vez.
Frente a él, poco a poco, los contornos dorados de una armadura comenzaron a hacerse visibles entre la bruma. Su portador estaba sentado en el suelo, de espaldas a él, con las piernas cruzadas y las manos descansando entrelazadas sobre el regazo.
Adelphos avanzó a paso lento hasta detenerse a un lado de Arhat.
La coleta que sujetaba el cabello del santo de Virgo había desaparecido, dejándolo caer largo y desordenado sobre sus espaldas. Su armadura no estaba en mejores condiciones que la de Adelphos, prácticamente deshecha en algunos puntos. Arhat, no obstante, tenía los ojos cerrados y una expresión increíblemente tranquila en el rostro. Ambos se quedaron allí en silencio durante varios segundos. A diferencia de su compañero, Adelphos observaba intranquilo en todas direcciones, buscando con la mirada aquello que escapaba a su percepción.
—Él está ahí adelante, oculto entre el humo—dijo de pronto Arhat, con una voz tan tranquila como su rostro—Nos observa entre furioso y complacido de que hayamos sobrevivido a su ataque. Aún desea hacernos sufrir.
Adelphos entrecerró los ojos.
—Puede seguir intentándolo. Le haré frente una y otra vez…hasta que esto se termine.
No se hacía ilusiones. Había combatido a Deimos con absolutamente todas sus fuerzas, sin conseguir hacerle el más mínimo rasguño. Sabía que no tenían chance de vencerlo, ni siquiera combinando sus poderes, pero no le importaba. Él no iba a retroceder. Lo enfrentaría hasta que el último aliento de vida abandonara su cuerpo. Era lo que su honor como caballero y la deuda que tenía con Athena y su hermano, Protos, le exigía. Iba a morir allí, en la Casa de Géminis, defendiendo el paso. Y lo haría con gusto. Con ese último acto demostraría que la oscuridad que surgió en su interior aquella terrible noche, la que aún lo perseguía en sueños, jamás fue más fuerte que él.
Arhat volvió la cabeza hacia él, sonriéndole.
—No tienes nada que demostrar, Adelphos.
— ¿Qué…?
El santo de Virgo se puso de pie y echó a andar hacia adelante.
—Tendremos una última oportunidad.
— ¿A qué te refieres?
—Fue un error intentar sobrepasarlo en una lucha cuerpo a cuerpo—Arhat se alejaba lentamente, sin voltear hacia él—Ni siquiera combinando nuestras fuerzas podríamos ser más veloces o más fuertes que él en los microsegundos en los que una lucha mano a mano se decide. Pero aún hay algo que puedo hacer—Arhat por fin lo observó por encima del hombro. Sonreía—Presta atención, Adelphos. Solo tendrás una oportunidad.
El caballero de Géminis estaba demasiado aturdido y dolorido para entenderlo en un primer momento. Vio cómo su compañero se perdía entre la niebla con paso grácil y decidido, como si no hubiera recibido el mismo daño que él unos minutos antes.
Aún no lo comprendía.
Pero no tardaría en hacerlo.
.
Arhat era un hombre que estaba preparado para morir.
Jamás había temido a la muerte, y estaba más que dispuesto a entregar su vida para proteger a la señorita Athena y a la humanidad. Estaba seguro de que esa era su misión en el mundo; ese era el motivo por el que Dios lo había hecho tan sabio y poderoso, incluso entre sus pares. Para proteger a los que carecían de fuerza. Para preservar el balance. Para defender a la encarnación de la bondad y la misericordia en el mundo. Athena.
No, no temía morir.
Pero lo cierto era que jamás, ni siquiera en su duro combate contra Radamanthys, se había enfrentado de verdad a una muerte certera. El juez del inframundo había demostrado ser un enemigo formidable, pero el verdadero motivo por el que a Arhat le había costado tanto derrotarlo fue porque, sencillamente, desconocía los límites de su propia fuerza. En ese momento, había empleado la cantidad de poder que había considerado que sería suficiente para acabar con alguien como Radamanthys. La determinación del espectro, sin embargo, le había demostrado que estaba equivocado. Había tenido que emplearse más a fondo para vencerlo, luego de recibir un daño considerable a causa de su propio descuido. En pocas palabras, lo había subestimado. Había sido descuidado. Radamanthys lo había llevado más allá que nunca antes. Había tenido que acercarse peligrosamente a los verdaderos límites de su fuerza para ganar aquel combate.
Ahora las cosas eran diferentes. Arhat había pensado que si él y Adelphos enfrentaban a la vez a Deimos, forzando las posibilidades de su avatar mortal, tendrían una oportunidad de vencerlo. Se había equivocado. Y si bien no había empleado absolutamente todas sus fuerzas aún, si bien no había alcanzado ese límite que desconocía, sabía que incluso lográndolo no sería capaz de igualar el poder del dios. Al menos no durante mucho tiempo. Pero... ¿qué pasaba entonces si lograba alcanzar ese increíble poder durante al menos un breve segundo?
Ahí residía su última esperanza.
Arhat avanzó tranquilamente a través de la bruma formada por el polvo y el humo que brotaban de los restos de la casa de Géminis. Cada paso lo acercaba más y más a la pulsante presencia que estaba allí, delante de él, oculta entre la niebla. Podía sentir la inquina de Deimos como una brisa helada que le mordía la piel. También podía ver los gusanos de brea negra que se retorcían en el suelo, a su alrededor, trepando por los muros derruidos y extendiéndose hacia afuera, devorando poco a poco cada centímetro del Santuario. Entrecerró los ojos, observando aquella sustancia oscura y asquerosa. No quedaba demasiado tiempo. Si no hacía algo pronto toda forma de vida en el recinto sería irremediablemente consumida. Se detuvo, sintiendo como la amenazadora presencia salía a su encuentro. Sus ojos se entrecerraron hasta transformarse en dos brillantes rendijas color ámbar. Había llegado el momento de descubrir cuál era el verdadero límite de aquel al que llamaban el Hombre Más Cercano a los Dioses.
— ¡Arhat de Virgo!—Deimos emergió entre la bruma como una aparición. Tenía la boca torcida en una pérfida sonrisa, y sus opacos ojos púrpuras resplandecían con odio—Sigues con vida. A pesar de haber recibido todo el poder de mi Oscura Providencia aún sigues con vida. No dejas de sorprenderme, humano, he de ser sincero contigo—el Dios del Terror separó bruscamente las piernas, alzando los brazos en una amenazadora pose defensiva. Las placas de su terrible armadura brillaban como si fueran escamas hechas de metal—Esto me da la oportunidad de divertirme un rato más contigo... ¡Veamos cuánto tiempo más eres capaz de permanecer de pie!
Cualquier caballero de plata, incluso de oro, se hubiera quedado paralizado ante la onda de pavor que emergió de pronto de Deimos, un aura maligna y corrosiva capaz de congelar de terror al más valiente de los hombres. Arhat, en cambio, se sentó calmadamente en el suelo, cruzando manos y piernas en posición de loto. Deimos alzó exageradamente una ceja, borrando por completo todo rastro de sonrisa.
— ¿Te estás…burlando de mí…mortal?
Arhat no respondió. Cerró los ojos y se concentró. Se concentró como jamás se había concentrado en toda su vida, transformando su carne, su sangre, su alma, sus siete sentidos, en pura y absoluta determinación. Cada célula, cada molécula de su cuerpo se entregó total y absolutamente a una única tarea: hacer arder al máximo su cosmos.
En toda su existencia, la posibilidad de una muerte segura jamás había sido tan certera para Arhat como lo era ahora. Aun quemando su cosmos hasta el límite desconocido de su propia fuerza, no tenía ninguna garantía de que podría acercarse al poder de Deimos. Pero debía intentarlo. Debía hacerlo porque sabía que detrás de la demencial fuerza del dios había un avatar mortal, un cuerpo humano tan frágil como el suyo propio lo era. Si lograba aunque fuera por un segundo neutralizar ese cuerpo mortal entonces tendrían una posibilidad.
Un torrente de energía dorada, un verdadero aluvión de poder, rodeó el cuerpo de Arhat. Los cimientos de la casa de Géminis temblaron, las pocas columnas que aún se mantenían en pie se tambalearon y cayeron al suelo. Incluso Deimos, el dios del Terror, el todopoderoso hijo de Ares y Afrodita, frunció el ceño ante el indescriptible despliegue del santo.
—Muy bien, si, así se hace…—murmuró, volviendo a sonreír amenazadoramente— ¡Pero no tienes ninguna oportunidad contra un dios, mortal!
Deimos alzó el brazo, decidido a liberar el devastador ataque que pondría fin a todo. El tiempo, sin embargo, pareció detenerse para Arhat. De repente había comprendido cuál era el verdadero límite de su poder. Lo había vislumbrado mientras quemaba su cosmos más allá de sus posibilidades, mientras el aura que lo rodeaba adquiría la forma de transparentes pétalos de loto abriéndose en flor. Lo había vislumbrado y sabía que no sería suficiente para detener al Dios del Terror.
Al menos que…
Arhat abrió los ojos, sonriendo tristemente.
— ¡El Tesoro del Cielo!
Habría sido completamente inútil intentar privar a Deimos de los cinco sentidos básicos del cuerpo humano. Aún encerrado en ese avatar mortal, el poder del dios era tan terrible que podría haberlo matado estando ciego, sordo e inmóvil. Se habría servido simplemente de su terrible y avasallador cosmos para dejarlo reducido a polvo mientras intentaba privarlo, uno por uno, de sus cinco sentidos. Era la increíble potencia del cosmos final de Deimos, su Séptimo Sentido, más grande que el de cualquier mortal, lo que lo hacía tan peligroso. El error de Arhat y Adelphos había sido intentar igualar al dios en una lucha cuerpo a cuerpo, cuando, sirviéndose de ese todopoderoso Séptimo Sentido, el cual le confería una fuerza, velocidad y habilidades inigualables, era imposible superarlo. La única verdadera posibilidad que tenía era neutralizar ese sentido para volverlo vulnerable, aunque fuera solo por una fracción de segundo. Arhat había llegado al límite de su poder, a todo lo que su cuerpo y su espíritu eran capaces de dar. Y sabía que no sería suficiente para aletargar el cosmos final de Deimos…
…Al menos que quemara no solo su cosmos, sino su propia esencia, su vida, en el intento.
— ¡Erradicación del Séptimo Sentido!
El tiempo volvió a correr a su vertiginoso ritmo habitual. En el instante en que el dios terminaba de alzar su brazo para atacar, el cosmos de Arhat estalló hacia adelante, hacia atrás, hacia los lados, en todas direcciones, generando un universo de coloridos tapices superpuestos. La imagen de Buda observaba severa a Deimos desde cientos de ángulos diferentes a la vez. De pie allí, en medio de ese espacio imposible, donde no había ni arriba ni abajo, rodeado de místicas imágenes, Deimos, el Dios del terror, experimentó por primera vez en su larga existencia lo que era el miedo.
No podía moverse.
Estaba allí, de pie, con el brazo extendido y listo para atacar. Pero no podía moverse. No podía dar un solo paso. Y no solo era eso… ¡Tampoco podía liberar su cosmo-energía! Incrédulo notó como la increíble presión que brotaba de Arhat, quien seguía allí, tranquilamente sentado ante él, lo atravesaba de lado a lado, aplastando su cosmos hasta neutralizarlo por completo. El temor fue rápidamente reemplazado por la más terrible y absoluta de las iras.
— ¡¿TE ATREVES A DESAFIARME, HUMANO!? ¡¿A MÍ, AL TERROR PERSONIFICADO?!
Su todopoderoso cosmos se agitó en su interior, liberándose un poco de las cadenas invisibles que lo retenían. Pudo sentir como la presión emitida por Arhat vacilaba, pudo ver como delgados hilos de sangre brotaban de la nariz del santo a causa del tremendo esfuerzo que estaba haciendo para retenerlo. Deimos sonrió como una bestia, notando como los dedos de su mano temblaban levemente, recuperando poco a poco la movilidad.
— ¡Te veré en el infierno, Arhat de Virgo!—cerró su mano en un puño de metal y púas negras. Ya casi era libre— ¡LA OSCURA PROV…!
Algo lo detuvo.
Dolor.
Terrible, agudo y lacerante dolor.
Deimos gritó, observando con los ojos abiertos como platos la mano que lo sujetaba por la muñeca de su brazo extendido, retorciéndosela hasta partírsela por la mitad. Adelphos de Géminis estaba de pie ante él, tan cerca que podía verle las gotas de sudor resbalando por su pálido e inexpresivo rostro. El santo lo sujetaba firmemente por la muñeca con una mano, destrozándosela. Su otra mano estaba empuñada a la altura de la cadera, lista para lo que venía. El dios abrió aún más los ojos.
— ¡Tú!—ladró—¡No te dej…!
Adelphos no lo dejó terminar. El puño del santo trazó un movimiento brutal, atravesando su armadura, enterrándose como una lanza en su estómago hasta la muñeca. Deimos volvió a gritar, escupiendo un grueso chorro de sangre negra. Pudo sentir como la mano de Adelphos, sumergida en sus entrañas, se abría y tensaba los dedos. Los ojos dispares del santo de Géminis brillaron.
Deimos, preso de un dolor y una ira demenciales, echó la cabeza hacia atrás, sujetando a su vez a Adelphos por el hombro herido. Sus ojos púrpuras, inyectados en sangre y odio, se clavaron en los del Santo. Abrió la boca ensangrentada en una mueca de ira, sintiendo que por fin recuperaba del todo la movilidad.
Demasiado tarde.
— ¡Explosión de Galaxias!
— ¡La…Oscura Providencia…!
La colina de las Doce Casas se iluminó en un cegador resplandor.
Un torbellino de energía dorada y negra se elevó como una delgada columna de luz hacia el firmamento, devorando los últimos restos de la Casa de Géminis.
. . .
— ¡Atrás!
Reshi miró por encima del hombro a la gente que se amontonaba a sus espaldas. Hombres, mujeres y niños retrocedían a trompicones, trepando por las cajas y barriles con víveres, tropezándose y amontonándose unos contra otros. La caverna, que antes se le había antojado tan grande y ancha, parecía achicarse a medida que los aterrados pobladores de Rodorio se alejaban del lago de oscuridad que avanzaba poco a poco, lento por constante, hacia ellos.
Reshi se afirmó sobre sus pies, sintiendo como el corazón le latía alocado. No tenía ni la más remota idea de lo que era aquella cosa. Parecía una especie de fango entre líquido y espeso, negro como la brea, pero desprovisto de todo brillo. Todo parecía indicar que, de algún modo, se había filtrado por los muros y el alto techo de roca que colgaba sobre sus cabezas, escurriéndose entre las piedras como goteras en un día lluvioso. Se preguntaba cómo era posible algo semejante, considerando que estaban a casi cien metros de la superficie, separados de ella por toneladas de tierra y roca.
— ¡Cuidado!
Reshi se acuclilló haciéndose un ovillo, dejando que el aura plateada de su cosmos la rodera, y entonces salió disparada como una flecha hacia su izquierda…hacia los dos niños de apenas cinco o seis años que huían aterrados del río de oscuridad. Reshi cayó sobre ambos en menos de un parpadeo, rodeándolos entre sus brazos justo en el instante en que la sustancia se levantaba del suelo, abriéndose como un manto sobre los chiquillos. La joven no lo dudó y extendió un brazo, liberando una poderosa onda de energía plateada. La sustancia retrocedió bruscamente, repelida, cayendo al suelo como un baldazo de pestilente agua podrida.
— ¡Corran!—ordenó Reshi, volviéndose hacia los niños— ¡Es peligroso quedarse aquí!
Los pequeños no se movieron. Estaban paralizados, observando con los ojos abiertos como platos el macabro espectáculo que se extendía ante ellos. Reshi también lo notó. Era como si su mente hubiera intentado ignorarlo deliberadamente hasta ese preciso instante. Se volvió lentamente, y entonces vio lo que los niños veían.
El inmenso espacio de piedra donde antes se habían sentado los cientos de habitantes de Rodorio, estaba cubierto por un lago de una sustancia oscura como la tinta y espesa como la brea. Aquella cosa latía, se movía como si estuviera viva, avanzando lentamente, trepando por los muros de rocas y extendiendo sobre ellos unas venas viscosas que parecían raíces. Pero no era eso lo que tenía paralizados de terror a los niños… Aquí y allá, sobresaliendo entre la sustancia como piezas sueltas de un naufragio, Reshi pudo ver manos y brazos extendidos, piernas…rostros.
La gente que no había logrado huir a tiempo cuando aquello se les echó encima yacía allí, consumida hasta los huesos. Notó con asco como los cuerpos, impregnados aún por la sustancia, se habían convertido en unos esqueletos apenas cubiertos por un poco de piel y músculos. Sus calaveras, con las bocas increíblemente abiertas, parecían observarla acusadoras desde el fondo de sus cuencas vacías.
—Hu…huyan…—repitió Reshi, tragando saliva, con sus ojos clavados en los cuerpos negros y torturados—Por favor…corran…
Los niños no se movían.
— ¡Corran!
—Nosotras nos encargaremos…
Reshi se volvió bruscamente hacia un lado. Ástrid y Helena estaban de pie junto a ella sujetando a los chiquillos por la mano. Las observó atentamente. Helena respiraba muy agitada, y, aunque su expresión no lo denotaba, en sus ojos podía vislumbrarse el miedo. Ástrid, en cambio, parecía furiosa. Tenía un profundo corte a la altura de la ceja izquierda y la ropa sucia y ennegrecida, como si se hubiera sacudido aquella porquería de encima con las manos. Notó que sujetaba una larga e irregular barra de hierro en su diestra, de la cual goteaban pequeñas volutas oscuras. Ástrid le devolvió duramente la mirada.
— ¿Qué rayos es esta cosa?
—No lo sé…—Reshi se mordió el labio.
—Parece que tuviera vida propia…—murmuró Helena. Sus grandes ojos verdes estaban fijos en los cuerpos devorados que parecían flotar en aquel río de muerte.
Reshi asintió en silencio.
—No solo es como si estuviera viva, puedo sentir…algo en esta sustancia.
— ¿Qué?
—No estoy segura…es algo poderoso…y maligno. Pero no tiene entidad propia.
— ¿A qué te refieres?
—Es difícil de explicar, pero es como si…—tragó saliva—…es como si fuera parte de algo más grande. No es un cosmos lo que siento en esta cosa…es…es el desprendimiento de un cosmos.
—No entiendo—Ástrid frunció el ceño.
Reshi volvió a morderse el labio. No les había contado todo. Había algo más, algo que ellas seguramente también podían sentir. Una invisible nube de terror parecía llenar la caverna. Era un pesado miasma que provocaba un miedo animal, antinatural. Aquel horrible efecto solo podía ser causa de esa porquería negra que las rodeaba poco a poco. Y era dolorosamente consciente de quienes eran capaces de emplear el miedo y el horror como armas…
—Chicas…—Helena señaló temblorosamente hacia adelante.
Reshi miró hacia donde la joven le indicaba. Hasta ese momento la sustancia se había desplazado lentamente sobre el suelo, preocupándose por llenar cada pequeño espacio. Ahora, en cambio, comenzaba a bullir como un caldero hirviendo, formando burbujas que estallaban en forma repulsiva. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, se abalanzó sobre ellas en incontables olas oscuras. Reshi extendió rápidamente ambos brazos hacia los lados, apretando tanto los dientes que se hizo daño.
— ¡Ástrid, Helena, huyan!—una tenue aura plateada comenzó a rodearla— ¡Llévense a los niños con los demás e intenten conducirlos hacia la salida del túnel!—A sus espaldas la gente gritaba y huía en un caos que difícilmente alguien podría llegar a controlar. Tampoco tenía ninguna seguridad de que aquella cosa no estaría afuera, esperándolos cuando salieran a la superficie, pero no tenían ninguna otra alternativa— ¡Rápido!
Ástrid se plantó ante ella, nerviosa pero firme.
— ¿Qué harás tú?
Reshi, muy a su pesar, sonrió.
—Detenerla todo lo que pueda. Ahora… ¡Corran!
Ástrid y Helena no esperaron a que se los pidiera por segunda vez. Alzaron a los niños entre sus brazos y echaron a correr entre el laberinto de cajas, barriles destrozados y gente aterrorizada que se extendía a sus espaldas. El aura que rodeaba a la joven lemuriana se intensificó.
— ¡Muro de Cristal!
Una cristalina barrera de energía blanca se formó ante ella, extendiéndose hacia arriba y hacia los lados hasta cubrir todo el largo y ancho de la caverna. La sustancia impactó contra el muro un segundo después. Reshi se estremeció. Fue como si una inmensa ola marina hubiera chocado con toda su fuerza contra un acantilado. Pudo ver, asombrada, como múltiples rajaduras se extendían por toda la superficie del Muro de Cristal. Durante un instante estuvo a punto de perder la concentración y el control sobre la técnica, lo cual le habría supuesto una muerte segura.
Estaba incrédula.
Pese a ser solo una aspirante a amazona de plata, Reshi era sumamente poderosa. El Muro de Cristal, por otro lado, era una técnica defensiva perfecta. Aquella cosa había estado a punto de destruir esa soberbia defensa en el primer impacto, y era consciente de que, a pesar de que estaba intentando reforzar la barrera sirviéndose de absolutamente toda su cosmo-energía, no era capaz de lograrlo. La presión de aquel repugnante río de oscuridad contra el muro iba a destruirlo.
Ni siquiera tuvo tiempo de gritar cuando el Muro de Cristal cedió finalmente, estallando en cientos de miles de diminutos fragmentos plateados. La onda del estallido arrojó a Reshi hacia atrás como si fuera una simple muñeca de trapo. Cayó de espaldas, sintiendo las lágrimas en sus ojos, alzando inútilmente los brazos para cubrirse el rostro. Una fugaz imagen atravesó sus pensamientos a toda velocidad. Labios estirados en una bella sonrisa.
"Liang…"
Reshi cerró los ojos y se preparó para morir.
Se oyó un sonido extraño.
Algo similar a papel viejo y quebradizo siendo rasgado de repente.
Pudo sentir un sabor acre, como a polvo, llenándole la boca. Reshi abrió los ojos. Aún tenía los brazos cruzados sobre el rostro. Lentamente los descruzó, y, más lentamente aún, se sentó sobre el duro suelo de roca de la caverna. Lo que vio la dejó sin habla.
El mar de sustancia oscura seguía allí, ante ella, pero ya no era oscura, ni líquida. Se había transformado en una especie de escultura de piedra de lo que hacía menos de un segundo atrás había sido. El mar furioso y pestilente que se abalanzaba sobre ella en grandes olas de podredumbre ahora era un cuadro inmóvil. Muerto.
Volvió a escuchar el mismo sonido raspante y entonces supo de dónde provenía. Las olas oscuras, ahora convertidas en piedra, comenzaban a resquebrajarse. Poco a poco, como en un sueño, todo lo que antes había sido un mar negro de muerte comenzó a desmenuzarse, a deshacerse. A convertirse en polvo.
Reshi se encontró a sí misma, atónita, sentada en el medio de una caverna cubierta de cuerpos dispersos y de polvo. Sin un solo rasguño.
A salvo.
. . .
"Aire…"
Abrió y cerró la mano varias veces, intentando extender el brazo a través del helado manto que lo envolvía.
"Necesito aire…"
Era imposible.
Viscosos dientes de hielo lo mordían, filtrándose por debajo de su armadura, cubriendo cada centímetro de su piel. Las fuerzas lo abandonaban. Podía sentir como cada pequeña partícula de cosmos lo abandonaba. Era más fuerte que él. Era más fuerte que la resistencia que cualquier caballero dorado podría llegar a ofrecer. No había escapatoria.
Sus dedos perdieron tensión, el brazo cayó lentamente, sumergiéndose más en el frío y la oscuridad. Entonces abrió los ojos.
"No…lo tendrás…tan…fácil…"
Volvió a intentarlo. Eso era lo que hacía, lo que siempre había hecho. Volver a intentarlo. No rendirse. Como en aquellos lejanos días, cuando se encontraba a sí mismo arrodillado en la arena, solo, sangrando por mil heridas y rodeado de enemigos. ¡No sucumbiría!
— ¡No lo haré!
En un principio pensó que las fuerzas que antes habían sido drenadas volvían de repente. Creyó que fue, una vez más, su inquebrantable fuerza de voluntad la que hacía que su brazo por fin emergiera a la superficie. Pero no era del todo así. La helada fuerza que lo apresaba había cambiado repentinamente. Ya no era el frío lodo de antes, que se colaba por cada pliegue de su armadura. Se había vuelto…sólido, terroso y frágil, tan frágil que comenzaba a desmenuzarse.
Léander, el santo dorado de Leo, emergió totalmente de la montaña de polvo en la que ahora estaba sepultado, sintiendo por fin el fresco aire nocturno contra su torturada piel. Se puso en pie lentamente, tambaleándose, y miró más allá de las escaleras que conducían hasta la quinta casa. Un finísimo polvo gris cubría el aire, elevándose desde el suelo hacia el cielo.
La sustancia negra que antes había desbordado las escaleras y aquel lado de la colina había desaparecido por completo. Cenizas y polvo era lo único que quedaba.
Léander se dejó caer nuevamente al suelo, doblando una rodilla sobre el reluciente mármol. Su pecho subía y bajaba a causa de la agitación y la sorpresa.
— ¿Pero qué demonios…?
. . .
Andriev se sentó pesadamente sobre la primera fila de escalones que unían la casa de Aries con la de Tauro. No podía encontrar palabras para describir lo que había ocurrido. Dasha se sentó a su lado, apoyando la cabeza sobre su hombro. Ella también se había quedado sin palabras.
A sus espaldas Syaoran y Calíope depositaban cuidadosamente a Démian y Denna, inconscientes, contra uno de los muros de la casa de Aries. Ellos tampoco habían dicho nada aún, pero Andriev sabía que estaban tan sorprendidos y aturdidos como él.
Liang, solo Liang, quien había sobrevivido al brutal encuentro con Cicno, pudo reunir las fuerzas suficientes para dar el primero paso y recorrer los escalones que lo llevarían hasta la segunda casa. Aun así, incluso él se tomó un segundo para detenerse y contemplar con gesto confuso, al igual que todos ellos, la niebla de polvo que brotaba desde el suelo, las columnas y los muros; desde cada pequeño espacio que antes había ocupado la misteriosa sustancia negra.
Habían estado a punto de morir, asfixiados por una helada opresión que les absorbía la vida. Pero entonces, tan repentinamente como había aparecido, aquella cosa se había ido. Se había convertido en piedra, en tierra, se había fragmentado hasta transformarse en polvo y desaparecer. No sabían por qué, no sabían cómo.
Pero seguían con vida.
Y la noche estaba muy lejos de terminar.
Andriev se puso de pie, siguiendo los pasos de Liang. Miró largamente a Dasha, y luego a Syaoran y Calíope, quienes ya se habían colocado a su altura con gesto serio. Todos estaban agotados, todos estaban heridos. El breve encuentro con Enio había dejado su marca en los jóvenes santos de bronce y plata. Pero ninguno se quejó, ninguno dejó entrever nada. Sonrió, orgulloso.
—Vamos.
Todos obedecieron al instante.
Aún les quedaba un largo camino por recorrer.
. . .
Adelphos había vivido los últimos diez años de su vida en la casa de Géminis. Entre esos muros había comido, dormido y ocultado su desgracia al mundo. Allí se había despertado cada noche gritando de dolor, de remordimiento, de ira y de vergüenza. Allí había reprimido con toda la fuerza de su voluntad al oscuro y maligno ser que habitaba en su interior. Dentro del propio Santuario, aquel lugar, pese a todo, había sido lo más cercano a un hogar que jamás había tenido.
Ahora, lo único que quedaba de la tercera casa era un gigantesco hoyo en el suelo. Nada más. Las escaleras que llevaban hasta allí desde Tauro concluían en aquel inmenso cráter, de cuyo centro brotaba una silenciosa columna de humo gris.
Allí, en el fondo del rastro dejado por la colosal explosión, se hallaba Deimos. El dios del Terror estaba de pie, en una postura tan recta y orgullosa como siempre. Su aspecto, sin embargo, era un claro reflejo de lo que había ocurrido, y de lo que aún quedaba por ocurrir. La soberbia armadura negra se caía literalmente a trozos de su cuerpo. No había un centímetro de su pulida superficie que no estuviera cubierta de rajaduras. Delgadas líneas de sangre negra resbalaban por la comisura de sus labios apretados, de sus ojos y de sus oídos. Tenía ambos brazos colgando a los lados del cuerpo, con los puños tan apretados que le temblaban. Cuando echó a andar ni siquiera dirigió una mirada al cuerpo inmóvil de Adelphos, tendido a sus pies.
Deimos avanzó con paso enérgico a través del cráter, ascendiendo hacia los elevados bordes exteriores. Su boca se abrió levemente mientras subía, mostrando unos dientes afilados y apretados en una mueca de ira absoluta. Sus ojos brillaban llenos de un odio demencial, fijos en la lejana silueta sentada al borde del cráter. Cualquiera que lo hubiera visto en ese momento se habría dado cuenta de que todo en Deimos, su expresión, su postura, sus movimientos, irradiaban una furia indescriptible.
Finalmente llegó al borde del cráter, deteniéndose ante el inmóvil y silencioso caballero de Virgo. Arhat estaba sentado en posición de loto, como antes, con una expresión calma y serena que contrastaba terriblemente con la del dios. No se inmutó cuando Deimos se plantó ante él, extendiendo un brazo para sujetarlo por el cuello, alzándolo como a un fardo.
—Tú…—susurró, fulminándolo con sus ojos violetas inyectados en sangre—Maldito humano… tú has…
Arhat no respondió. No hizo nada por detener la mano que poco a poco, con dificultad, comenzaba a apretarle el cuello. Sus claros ojos pardos miraban con indiferencia a Deimos, como si ya no tuviera nada que hacer ahí. El Dios del Terror tosió repentinamente, vomitando una sustancia negra y espesa.
—Tú, un simple mortal, has podido…has podido…—delgadísimas grietas comenzaron a dibujársele en la piel, como si su cara y sus manos estuvieran hechas de fina porcelana. Una especie de gas oscuro comenzó a brotar de las pequeñas rajaduras—…Tú has podido sellar mi cosmos… ¡A MÍ! ¡EL DIOS DEL TERROR!
La mano de Deimos se cerró con más fuerza en torno al cuello del santo, apretando más y más. Quería estrangularlo, quería destrozarle el cuello hasta que su cabeza rodara tierra abajo, quería…
Los dedos de Deimos estallaron.
Las diminutas grietas que se extendían por su piel alcanzaron su mano y sus dedos, cuarteándolos hasta que explotaron como si fueran de vidrio. Deimos soltó un alarido animal, retrocediendo varios pasos. Libre del agarre, Arhat cayó pesadamente al suelo de rodillas, tan silencioso como una tumba. El dios, en cambio, se debatía enfurecido, observándose incrédulo el brazo. La mano había desaparecido por completa, reemplazada por un informe muñón del que manaba sangre mezclada con la misma sustancia gaseosa y oscura. Desvió la mirada hacia el santo, loco de ira y de dolor.
—Esto no puede ser posible…yo…el Dios del Terror…yo…—miró desesperado por encima del hombro, hacia el centro del cráter, donde Adelphos yacía inmóvil como una roca—Ustedes…unos humanos…unos simples humanos…Ustedes han…
Deimos gritó, echando la cabeza hacia atrás con los brazos extendidos. Un poderoso torbellino de energía negra lo envolvió, lanzando descargas oscuras en todas direcciones. El propio suelo comenzó a temblar, dispersándose el polvo en un radio circular de varios metros. Arhat, aún de rodillas ante él, ni siquiera alzó la cabeza.
— ¡No pienso permitir que esto se quede así!—exclamó con sus terribles voces superpuestas— ¡Los enviaré al infierno ahora mismo! ¡Los…!
La pierna izquierda de Deimos, al igual que su mano, estalló como un cristal roto. Cayó de cara al suelo, gritando de dolor e incredulidad. En el último instante pudo alzar la cabeza hacia el caballero de Virgo, atravesándolo con una última mirada llena de locura.
—Pagarán, mortales…pagarán por esto…—el rostro de Deimos se había vuelto blanco como el papel. Gruesas venas negras se le marcaban debajo de la piel, estallando en pequeñas nubes gaseosas. Sus ojos eran inhumanos, bestiales, tan contraídos en sangre que parecían a punto de reventar. Espuma le brotaba de la comisura de la boca, mostrando unos afilados dientes de bestia—Pa…pagarán…
Todo su cuerpo se quebró en ese momento, como si fuera un enorme muñeco hecho de cerámica. Un gran charco de sangre negra y viscosa se formó alrededor de aquel cuerpo quebrado. La sustancia gaseosa manó de los restos en delgados hilillos oscuros, disolviéndose poco a poco en el aire. Luego de eso, el silencio volvió a reinar en el Santuario.
Adelphos nunca sabría cuanto tiempo transcurrió hasta que recuperó del todo la conciencia. Tampoco sabría cuanto demoró en trepar a trompicones por los empinados muros del cráter, emergiendo finalmente a la superficie. Arhat seguía allí arrodillando en el suelo con la cabeza gacha. El macabro espectáculo de aquella estatua de carbón, quebrada en el suelo, aún yacía ante él. Adelphos observó durante un largo rato el cuerpo destrozado de Deimos antes de hablar.
—Lo…lo lograste…—susurró.
—No…—Arhat no levantó la cabeza hacia él, pero pudo escuchar su voz con toda claridad—Lo logramos.
Adelphos guardó silencio. Su mirada recorrió lentamente los alrededores destruidos de la casa de Géminis, buscando, pero la sustancia negra que había crecido alrededor de Deimos, como un monstruoso tumor, ya no estaba. Había desaparecido.
—La sangre de Deimos—murmuró—Ya no está.
—Se ha convertido en polvo—explicó Arhat—Decía la verdad. Solo acabando con él podíamos evitar que su esencia maligna devorara el Santuario. Ahora, los santos de Athena vuelven a tener una oportunidad.
El caballero de Géminis desvió la mirada hacia la figura informe en el suelo. El cuerpo de Deimos había comenzado a contraerse, despidiendo cada vez más de aquel extraño vapor negro. Estaba muerto. Lo habían logrado.
—Lo hicimos...—murmuró. No podía creerlo.
Arrodillado a su lado, Arhat no respondió.
—Jamás habría podido golpearlo directamente si tú no lo hubieses inmovilizado—continuó Adelphos—Demonios, jamás creí que fuera posible retener a alguien como él… Pero lo hiciste. Arhat…tú neutralizaste el Séptimo Sentido de un dios, lo hiciste con tu propio cosmos…—lo observó fijamente, mirándolo no con los ojos, sino con toda su percepción. Se horrorizó al comprender lo que Arhat había tenido que hacer para lograrlo—Y lo has hecho a cambio de tu…
—Era la única alternativa que teníamos—lo interrumpió el santo de Virgo—Solo neutralizando su cosmos, aunque fuera un breve instante, podríamos provocarle un daño directo a su cuerpo mortal…y no se me ocurre nada más directo que un golpe de adentro hacia afuera. Has sido muy inteligente.
—Y aún así él pudo liberar un último ataque…—Adelphos estaba haciendo un gran esfuerzo para no desplomarse. Era muy consciente de lo que Arhat había tenido que hacer para lograr semejante milagro, y quería permanecer firme ante él hasta el final.
—Si…el último ataque…de los tres…—Arhat levantó por fin el rostro hacia él, observándolo con una cálida sonrisa. Adelphos notó con dolor que los ojos que lo miraban habían perdido todo rastro de brillo—Me equivoqué contigo, Adelphos. Siempre pensé que llegaría un momento en que ya no serías capaz de retener a la oscuridad que vivía en tu interior. Pero lo hiciste. La superaste, la erradicaste, y al hacerlo te convertiste en el gran caballero que ahora eres…el santo que triunfó sobre la oscuridad y detuvo su puño antes de lastimar a nuestra diosa, el santo que esta noche ha dado muerte al dios del Terror con sus propias manos. Me alegra que seas tú quien me acompañe en estos últimos momentos…—Arhat cerró los ojos, relajando su expresión. Su sonrisa se volvió más dulce, más triste—Ha sido un honor pelear a tu lado…amigo mío.
Fue como el suave polen de las flores al ser arrastrado por el viento. La piel, la carne, los huesos, el cuerpo material de Arhat, se transformó en un fino y bello polvo dorado que la brisa elevó en el firmamento. Las piezas de la armadura de Virgo, libres del cuerpo del valeroso santo que las había llevado hasta el final, cayeron suavemente al suelo. Adelphos bajo la cabeza. Sus largos cabellos negros no lograron ocultar del todo la lágrima que resbaló por su mejilla.
—Tu propia vida…—susurró—No solo empleaste absolutamente todo tu cosmos, al final debiste recurrir a la energía vital de tu propia existencia, de todo tu ser, para darme la oportunidad de vencer a este terrible oponente. Me alegra no haberte decepcionado, amigo mío—Adelphos alzó la cabeza. Sonreía, por primera vez en muchos, muchísimos años, sonreía sinceramente, sin intentar ocultar las lágrimas que empapaban su rostro—El honor ha sido mío, Arhat. Ha sido mío…—se desplomó de rodillas, clavando por última vez sus ojos dispares en la lejana cima de la colina, donde la recámara del patriarca se alzaba. La señorita Athena debía estar allí en esos momentos—Protos…hermano…voy contigo ahora. Ha llegado el momento de que Arhat y yo nos convirtamos en estrellas para vigilar junto a ti, desde el cielo, a nuestra amada señora…
Adelphos cayó finalmente al suelo, de costado.
"Señorita Athena…lo he logrado. Lo que siempre he querido. He luchado hasta el final por usted, honrando la segunda oportunidad que me dio. Lo he logrado, señorita Athena… He caído defendiéndola. Me despido como un verdadero caballero, no un asesino, no un miserable que alza la mano ante su propia diosa. Adios, Ellisa, adiós Athena. Hasta siempre…"
Cerró los ojos.
Una serena sonrisa adornaba su expresión, como si al fin, luego de tantos, tantos años, hubiera logrado hallar la paz que jamás conoció en vida.
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Continuará…
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