Advertencias

Los personajes, salvo excepciones, no me pertenecen

La historia contiene escenas explicitas de sexo, violencia y lenguaje soez.

NO soy escritora, esto es por diversión, estoy abierta a cualquier duda o crítica fundamentada y respetuosa.

No todos sale de mi imaginación, con lo que es posible hallar diálogos, escenas, etc inspiradas o tomadas de los juegos u otros lugares. Igualmente, el hilo argumental de la historia coincide en puntos con los de los primeros juegos, pero sólo será en parte, otras cosas serán inventadas y no coincidirán.

Capítulo 25

Nuray podía sentir los latidos de su corazón en sus oídos, tapando el ruido que la rodeaba mientras se hallaba por fin, tras algo más de dos semanas, frente a la puerta de su casa.

Había pensado día y noche en aquel momento, pero se encontraba descubriendo lo inútil de su planificación cuando se quedó en blanco ante la madera, temiendo entrar.

Tras unos instantes más, la mujer abrió la puerta suspirando, adentrándose en su antiguo hogar, ahora envuelto en un halo de tristeza y silencio mientras contenía el aliento hasta llegar al cuarto de su madre. En aquel recorrido infinito, no dejó de pensar en mantener una actitud fuerte.

Al entrar en el umbral de la puerta observó a su madre alzar la vista hasta sus ojos, encontrando en ellos la sorpresa y el gozo de verla de nuevo, a pesar de que también los halló apagados y cansados.

-Nuray... No deberías haber venido. –Susurró la castaña con una leve sonrisa mientras su hija se acercaba, sentándose en la cama, a su lado. La morena tomó la mano de la enferma, devolviéndole el gesto.

-Madre, claro que sí. ¿Cómo te encuentras?

Nuray se sorprendió al ser capaz de no llorar, pero pronto se dio cuenta que se debía al horror que la embriagaba al ver a su madre en un estado tan decrépito. La enfermedad la había consumido dejándola delgada, pálida y sin brillo en su hermoso cabello castaño. Todo en ella ahora era tenue.

-No voy a engañarte, hija. Mal, he empeorado bastante.

Nuray apretó los labios sin dejar de mirar a la mayor, para volver a hablar con confianza tras tragar saliva.

-¿Qué es lo que te ocurre? ¿Qué tienes?

-No lo sabemos. Empezó siendo una fiebre, pero cada vez era más alta, hasta que se detuvo en un punto y empezaron el resto de síntomas. Estoy muy débil, no puedo moverme por el inmenso dolor de todo mi cuerpo.

La mujer se detuvo en su narración cuando comenzó a toser con violencia, tapando rápidamente su boca con un pañuelo cercano.

-¿Podría ser peste? –Preguntó su hija con horror al ver sangre en su pañuelo, mientras su interlocutora negaba.

-No, no hay bubones. Es algo desconocido. Debes marcharte, Nuray; No sabemos si es contagioso.

-No voy a dejarte sola, madre. Necesitas cuidados.

-No se puede hacer nada por mí, la muerte me espera, niña. No me queda mucho. No quiero llevarte a ti también.

La asesina tuvo que desviar la mirada de su progenitora, sintiendo la rabia y la pena azotar su alma, pero continuó reteniendo las lágrimas que empezaban a formarse dentro de sus ojos. Adara se dio cuenta de aquello, y trató de desviar el tema, haciéndola pensar en otros menesteres.

-Dime, ¿qué tal tu tiempo en Italia? ¿Cómo van las cosas con Ezio?

-Decidí darnos una oportunidad. –Respondió con algo de rubor, no pudiendo evitar esbozar una leve sonrisa.

-Oh, cómo me alegro de oír eso. Me gusta para ti, es un buen hombre.

-Sí. Pero no estamos aquí para hablar de eso. He venido para estar contigo, madre, para cuidarte.

Adara notó como sus lágrimas rodaban por sus mejillas, posando una de sus manos en el rostro de su hija, la cual esta tomó para besarla dejando que el silencio se hiciera protagonista, pues ninguna necesitaba palabras en aquel instante.


Ezio suspiró tras haberse liberado de su camisa sucia después del largo viaje que lo había llevado por fin fuera de Roma y sus alrededores, acabando en Venecia.

El italiano visualizó la habitación en que se hallaba, recordando la última vez que había estado en el burdel de Teodora Contanto, quien le había ayudado mucho en su última misión en la ciudad de los canales.

Ezio comenzó a lavarse, empezando por su cara, llenándose las manos en el recipiente de cerámica que lo contenía mientras no podía evitar pensar en que aquella vez todo era muy diferente: El peligro y el miedo eran mayores.

El sonido de la puerta lo distrajo de sus pensamiento, haciendo que girara su cabeza para mirar a Yusuf entrar en la estancia. El turco se sentó en la cama mientras observaba a su amigo continuar con su tarea, volviendo a su estado de absentismo.

-Ezio, deberías dejar de torturarte. Tu familia estará bien, ya has escuchado lo que te dijo Teodora; Sólo se han retrasado, llegarán pronto.

-Sé que mi madre y hermana vendrán en cualquier momento, no es eso lo que me tiene así, Yusuf. Atacaron mi casa, casi las matan por mi culpa.

-Íbamos de camino, no es tu culpa. Esos patanes buscan el Fruto, empezaron por tu hogar para buscarlo, pero tienes buenos amigos y ellas son mujeres valientes.

-Todo ha sido pura suerte. –Susurró apoyando sus manos en la mesa que tenía delante, perdiendo su mirada en las ondas del agua. Tras un suspiro volvió a hablar. –También pienso en Nuray. Hace casi un mes que se marchó y no sabemos nada de ella.

-Iremos pronto a mi tierra y podrás estar a su lado. –Alentó Yusuf al moreno, quien se apartó de la mesa pensando en aquellas palabras.

-Ella me necesita ahora y no estoy allí. Odio eso.

-Nuray lo entiende, todo el mundo lo hace. No va a reprochártelo, ni siquiera creo que sienta nada como para tan siquiera pensarlo.

Mientras un nuevo silencio invadía el cuarto, las pasos acelerados de alguien al otro lado alertaron a los hombres, que pudieron vislumbrar la entrada de Teodora en la sala, anunciando la llegada de Claudia y María.

Ezio corrió rápido en busca de las mujeres, encontrándolas en el vestíbulo vacío del local a aquellas horas de la mañana, abrazando con fuerza a ambas, comenzando por su hermana.

-Cuánto me alegro de veros. ¿Estáis bien? -Preguntó preocupado cuando rompió el abrazo con su madre, escudriñando el rostro de ambas.

-Sí, hijo. Por suerte logramos escapar sin un rasguño. No tienes que preocuparte más.

-Siento mucho que esto haya pasado, yo...

-Ezio, no es tu culpa -intervino Claudia, interrumpiéndolo-. No puedes estar en todas partes. ¿El artefacto está a salvo, hermano?

-Sí, eso creo. Está en Constantinopla desde mediados de agosto, pero no hemos vuelto a tener noticias.

En aquel momento Yusuf apareció entrando en escena, saludando a ambas mujeres, que le respondieron con la misma alegría de volver a verlo.

María, extrañada de encontrarlos a los dos solos, preguntó mirándolos. Pronto dedujo por la cara de los hombres que algo había ocurrido.

-¿Dónde está Nuray? Tenía entendido que en Roma estabais los tres.

-Su madre está muriendo. Recibió la noticia y abandonó Italia hace tres semanas. Ella se llevó el Fruto para esconderlo.

-Pobre muchacha –murmuró la madre de Ezio mientras se santiguaba–. Debéis ir con ella, os necesita.

-Podrían descubrir que estáis aquí, madre.

-También podrían no hacerlo. Vamos, Ezio. Sé que estás deseando irte, y es tu deber. Aquí todo está controlado.

-Además –intervino Claudia–, si el fragmento del Edén está allí, también lo está la misión de los asesinos.

-Tienen razón, amigo.

El italiano miró sonreír levemente a Yusuf, y después a su madre y hermana, para después aceptar que estaban en lo cierto y partir escaleras arriba pensando en poner todo en orden para partir cuanto antes hacia Estambul.


El sonido suave de unos nudillos llamando a la puerta hicieron que Ezio diera permiso de entrar en la habitación, encontrando que era su madre la persona que había al otro lado.

-¿Cuándo zarpáis? –Preguntó María sentándose junto a su hijo en la cama.

-Mañana al mediodía. Hemos tenido suerte.

-Dime, ¿qué pasó finalmente con esa muchacha? No he sabido nada desde que vinisteis a Florencia.

Ezio sonrió levemente mirando a la mujer, quien había sacado el tema intencionadamente a pesar de conocer la respuesta, tratando de aliviar la pena de su hijo, más que reconocible para ella en su rostro pensativo.

-Finalmente me dio la oportunidad.

-Hacéis muy buena pareja. Era cuestión de tiempo que estuvierais juntos.

Ante el leve gesto del hombre por asentir con ilusión, María se entristeció al sentir el dolor que carcomía a su hijo, posando una mano en su espalda mientras con la otra cogía su mentón con dulzura.

-Pronto estarás a su lado y podrás reconfortarla en su dolor.

-Cuando llegue seguramente su madre habrá muerto. ¿Qué voy decirle? No hay palabras de consuelo que sirvan cuando muere alguien de tu familia.

-No le digas nada, hijo. Sólo abrázala y recuérdale a cada instante que ahora tú eres y serás su familia, y que no estará sola.

María sonrió al recibir la primera sonrisa sincera de Ezio, quien no tardó ni un segundo en envolver a la castaña entre sus brazos, dándole las gracias.

Gracias a todos por leer!