Debería estar guardando cama, pues he pillado un resfriado de los gordos (anda que empiezo bien el otoño, el primer día voy y me resfrío. Con un par) pero me estaba aburriendo, así que me he puesto a escribir para matar el tiempo. Y aquí que surgió otro cap.
He de decir que este fic pronto va a concluirse, pues llevo ya varios meses con él y quiero explotar otras historias que tengo en mente, pero que hasta que no termine alguno de los fics que ahora mismo están en proceso, no las voy a subir. Seguramente, cuando acabe este arco, vendrá el arco conclusorio (no sé si existe esa palabra) y el fic quedará terminado.
Y ya dejo de daros la brasa para que os pongáis con el cap, que sé que es lo que queréis. Aunque antes de leer... quiero avisar de algo:
AVISO: hay contenido sensible. Si decides leerlo, hazlo bajo tu propio riesgo.
Castiel no dejaba de golpearse contra la pared de madera. A pesar del dolor que notaba cada vez que su cuerpo impactaba contra la misma, no cesaba en su empeño. Tomaba impulso, chocaba contra la pared, rebotaba. Y otra vez a empezar. No había parado desde que los dejaron en aquella especie de granero, entre montones de paja que prefería no saber a qué olían. Chocaba, chocaba y volvía a chocar. Notaba su hombro magullado, pero la opción de quedarse quieto a merced de aquella gente era peor que intentar tirar aquel muro, aún a pesar de ser consciente de que no lo iba a conseguir.
—Vas a acabar haciéndote daño si sigues así —murmuró Kentin, sin quitarle ojo, cosa que hacían los demás. No había nada más interesante que ver a Castiel golpear la pared una y mil veces.
—Si consigo hacer aunque sea una muesca, habrá servido para algo —masculló el chico entre jadeos. Era complicado cargar contra el muro teniendo en cuenta que sus manos, como las de los demás, se encontraban atadas a su espalda.
—¿En serio crees eso? —ahora fue Armin quien metió baza. A Castiel le sorprendió que hablase, pues desde que enterró a su hermano en el bosque no había vuelto a abrir la boca —Supón que consigues abrir un pequeño agujero en la misma por azares del destino. ¿Qué harías, mirar por él a la gente ir y venir? Esto es el fin, está claro —añadió con cierta resignación —Conseguimos burlar al caníbal porque nos organizamos en un buen ataque, pero ahora somos la mayoría quienes estamos aquí. Dudo que Nathaniel y Karim vengan a ayudarnos por el simple hecho de que si se aproximan, también los retendrán a ellos.
—¿Cuándo he mencionado yo algo de que espere que esos dos vengan a salvarnos? —el pelirrojo sonó algo irritado —La gente es egoísta por naturaleza, no creo que ellos vayan a mover un dedo por nosotros.
—Lo hicieron la otra vez por Lysandro y Avna —respondió Kentin con calma —Quizás piensas así porque realmente serías tú el que no se arriesgaría a ayudarnos si alguna vez te tocase a ti ese papel. Como bien se dice, el ladrón siempre cree que los demás son de su misma opinión —recitó, ganándose de paso una mirada de odio del aludido.
Castiel guardó silencio, quedándose quieto por primera vez desde que los encerraron en aquel lugar. Se sentía extraño lejos de la unidad del grupo, durante los días previos había aprendido a convivir con ellos, llegando a verles como a una especie de segunda familia, una familia que se encontraba dividida. No sabía dónde habrían llevado a las chicas ni qué sería de Nathaniel o de Karim, pero en lo que a ellos respectaba, tenía pocas esperanzas.
—Pues yo preferiría que no viniesen —el murmullo de Lysandro le hizo salir de sus pensamientos. Se giró hacia el chico, que estaba sentado apoyado contra la pared, sus piernas encogidas y su barbilla apoyada sobre las mismas.
—¿Quieres pasarte aquí el resto de tu vida o qué? —Castiel usó un tono más rudo del que hubiera querido, pero tampoco estaba por la labor de controlarse. No soportaba el derrotismo, le recordaba a su infancia, a cuando él era así. Había sido esa actitud en parte la culpable del trato de sus compañeros hacia él.
—Quiero que, al menos, alguien del grupo pueda sobrevivir —rebatió él —No creo que ninguno de nosotros o de las chicas logremos salir de esta, necesitaríamos demasiada suerte, y creo que ya hemos abusado demasiado de ella. Pero si Nathaniel y Karim siguen adelante, tal vez puedan encontrar una forma de salvarse, la que sea. Y eso sería en cierto modo un triunfo para todos, ¿no?
Todos guardaron silencio ante aquellas palabras, no queriendo decir que compartían su opinión porque eso equivaldría a verbalizar que habían sido derrotados. Lograr sobrevivir a una explosión nuclear, a un ataque de lobos, a un caníbal, e incluso a la radiación, había sido inútil: acabarían falleciendo en aquel lugar, por cualquier motivo, sin haber conseguido aprovechar la oportunidad de vivir que se habían encontrado. Todos se maldijeron internamente por haber seguido a la niña; a pesar de que Ella había sido la principal interesada cualquiera de ellos podría haberla retenido y negarse, pero prefirieron seguirla. Habían querido creer en la inocencia de la pequeña y ahora estaban pagando por ello.
—Al menos lo hemos intentado —murmuró Kentin —Mejor o peor, pero lo intentamos. Hemos podido hacer algo que, de haber muerto en el ataque, nunca habríamos llevado a cabo.
—He tenido la oportunidad de despedirme de mi hermano —la voz de Armin sonó tomada al pronunciar aquellas palabras —Si no hubiera sobrevivido, o si no me hubiese arriesgado a salir de la ciudad, no podría haberlo hecho. Eso ha valido la pena.
—Yo he conseguido demostrarme a mi mismo que puedo controlar cualquier situación si me centro, como hice la noche en que los lobos intentaron atacarnos —señaló Kentin en voz baja.
—He encontrado a una especie de familia cuando no tengo recuerdo alguno de la mía —añadió Lysandro.
Castiel dejó escapar un suspiro antes de pronunciar las palabras.
—Y yo he tenido algo parecido a amigos por primera vez en mi vida.
Volvieron a guardar silencio, cada uno sumido en sus pensamientos, reflexionando sobre las palabras pronunciadas. No supieron el tiempo que pasaron así, simplemente, cuando un hombre hizo acto de presencia junto con otros cuantos y los obligó a levantarse, salieron de sus pensamientos al mismo tiempo que eran conducidos a la fuerza al exterior.
Weasel se dejaba llevar por aquellas mujeres, sintiendo que flotaba fuera de su cuerpo, que estaba viendo todo lo que estaba sucediendo desde arriba, como si ya hubiera muerto.
Morir no le daba miedo, de hecho le era totalmente indiferente. Lo veía como un tránsito que antes o después iba a tener que realizar, de modo que mejor era no temer a un proceso tan natural como era la muerte. Era ese pensamiento el que la animaba a caminar con la cabeza alta, manteniendo la máscara de falsa docilidad que se había puesto desde que se la llevaron a parte.
Su resignación ante la idea de morir aquella misma noche era reciente, a raíz de haber madurado bien el plan trazado. En un principio había contado con que, de conseguir efectuarlo, por simple que fuera, podría tener alguna opción, pero después de haber visto la ciega obediencia de aquellas personas mientras la preparaban, recitando con tono devoto las palabras de aquel malnacido, fue consciente de que, de conseguir lo que planeaba, acabarían con su vida. Pero por primera vez en su existencia, sacrificarse por otras personas no le importó mucho, sobre todo cuando vio que, tras ellas, las demás chicas eran sacadas a rastras al exterior.
Si había de ser sincera, dudaba que todos pudieran escapar con vida de allí, pero quería creer que algunos lo conseguirían, y eso le bastaba. Su mayor deseo era que Lysandro fuera uno de los que se salvasen, no por que sintiera algo especial por él, sino porque no olvidaba la deuda que aún tenía con él: la había salvado del lobo que intentó matarla y desde entonces no había cesado en su empeño por devolverle el favor. Tal vez esa noche lo conseguiría de una vez y se quedaría tranquila.
Las mujeres la condujeron a ella y a Avna hacia la misma explanada de tierra donde habían sido apresados cuando llegaron. A pesar de saber que era la misma, la luz que proyectaban las antorchas y las fogatas que habían encendido en la misma le daban un aire nuevo, amenazante, como si hubiera una especie de bestia acechando entre las sombras, dispuesta a saltar sobre las piezas de carne fresca que aquel culto fuera a ofrecerle.
No se sorprendió cuando la situaron en el centro de la misma, junto con Avna. Las antorchas iluminaban mortecinamente los rostros de los asistentes, un enjambre de locos sedientos de sangre que parecían dispuestos a disfrutar viendo cómo ella y Avna eran violadas. El odio que sintió fue tan repentino que sintió que su visión se volvía roja de la misma ira, pero se forzó a controlarse; necesitaba frialdad para ejecutar su treta.
Dejó vagar sus ojos por los asistentes y sintió una punzada de regocijo al ver, en un lateral del recinto y colocados en primera fila, bien vigilados, a los chicos. Su mirada se detuvo unos segundos sobre Lysandro, pero luego apartó el rostro de ellos, fijando su vista en el frente, en nada en concreto. No quería dar señales a nadie de lo que tenía en mente; sólo Avna era consciente de que tramaba algo y por el simple hecho de que ella debía colaborar pidiendo que Weasel fuera la primera elegida.
El murmullo que flotaba sobre los congregados fue silenciado rápidamente cuando el famoso padre Clark hizo acto de presencia, ataviado con una túnica blanca donde lucía el mismo símbolo de la estrella de ocho puntas que habían dibujado sobre las dos vírgenes. Weasel sintió deseos de vomitar al recordar que, si todo marchaba como debía, no tardaría en tenerle empujando entre sus piernas.
—"Piensa que es otra persona" —se dijo, obligándose a mantenerse serena —"Piensa que no es él, puedes inventarte que es un hombre diferente, incluso algún personaje de un libro."
—¡Hijos míos! —la voz de sapo de aquel hombre no ayudaba precisamente a crear la ilusión en su mente, pero Weasel se esforzó con todas sus ganas —¡El Creador nos ha brindado una época llena de dones! Primero los infieles fueron erradicados con la lluvia de fuego y ahora nos envía a estas dos elegidas para portar su semilla!
El bramido que siguió a sus palabras fue casi ensordecedor. Weasel se centró en llegar a ese lugar de su mente donde todo desaparecía y lo único que parecía real era todo aquello que ella se inventaba.
—¡Celebremos estos dones! —prosiguió, avanzando hacia las jóvenes con paso firme —¡Celebremos que la semilla del Creador pronto germinará en el vientre de estas infieles!
Avna dejó escapar un débil sollozo, Weasel fue capaz de escucharlo. Sintió deseos de decirle que no llorase, que se mantuviera alerta para, cuando llegase el momento, corriera con todas sus fuerzas. Sus manos estaban atadas, pero sus pies no tenían prisión alguna. Si por ella fuera, echaría a correr ahora mismo, con todas sus fuerzas, y no pararía hasta que su cuerpo colapsara por el agotamiento. Correría lejos, lejos, sin mirar atrás, sola o acompañada, le daba igual.
Observó que Clark se acercó primero a ella y tragó saliva. Eso quería decir que le quedaba menos de media hora de vida, pero no se arrendó ante ello. En su lugar dejó que las mujeres desataran las cuerdas de sus muñecas, que aquel tipejo la arrastrara hasta el centro de la explanada y la tirase al suelo con poca delicadeza, subiéndole la túnica hasta los muslos.
Cerró los ojos para no ver, para centrarse, pero a pesar de que se esforzaba en mantener su concentración, su cuerpo no podía dejar de sentir con tanta facilidad. Pudo notar las repugnantes manos de aquel hombre hurgando en su interior con ninguna delicadeza. Cuando la presión de sus dedos dejó de molestarla, supo que era el momento de crear su fantasía... claro que no tenía a muchos candidatos para semejante situación; había pasado casi toda su vida en el psiquiátrico, y los que había conocido cuando vivía con su familia no eran más que niños. No había muchas personas a la que ella estuviera dispuesta a pasar por un momento semejante... hasta que recordó el rostro acongojado de Lysandro antes, observándola desde la penumbra. Tal vez, sólo tal vez...
Pero no tuvo tiempo, pues todo fue demasiado rápido. Notó una fuerte intrusión en su interior que la hizo doblarse de dolor mientras dejaba escapar un alarido y su mente se quedaba en blanco, cruzada por un relámpago de agonía. No quería gritar, pero no podía evitarlo. Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas de dolor, lágrimas que encendieron el fuego que siempre llevaba en su interior, un fuego alimentado por la rabia y el odio.
Se aferró a ese fuego con toda su alma, alimentándolo, dejando que la envolviera. Siempre se decía que en situaciones límites una persona podía encontrar fuerzas que ni siquiera sabía que tenía, y a pesar de que era una chica escuálida, notó que la ira alimentaba sus brazos de tal modo que, si quisiera, podría aplastar rocas.
—¡Grita, infiel! —mascullaba el padre Clark sobre ella, sin dejar de empujar.
Fueron esas palabras el aliciente para que Weasel explotase, consumida por su ira. Con una fuerza que ni ella misma hubiera sospechado, cruzó sus piernas sobre el cuerpo del hombre, aprisionándole con las mismas, forzándole a quedarse inmóvil. Confiaba en que el gesto fuera visto desde fuera como un arrebato de deseo más que como una maniobra de inmovilización, cosa que realmente era.
Weasel abrió los ojos, cegada por el odio, dejando que este la condujera, como tenía planeado. No lo dudó un segundo a la hora de engarfiar sus dedos y engancharlos en los ojos del padre Clark, hundiéndolos. No paró, no paró, hasta que el hombre se retorció, apartándose de ella, momento en que dejó que la incercia que él usó para alejarse la impulsara hacia arriba, cayendo sobre él, sus rodillas sobre su garganta, apretando, apretando, hasta que notó que él se quedó completamente quieto bajo ella.
Un bramido siguió a aquella acción, pero Weasel sabía qué había que hacer ahora. Miró a Avna, que parecía petrificada, y apenas moviendo los labios, articuló una palabra: "corre".
No se molestó en ponerse en pie, en intentar hacer algo, era consciente de que vendrían a por ella y no tendría muchas opciones. Parecía que aquel grupo no había preparado objetos filosos para aquel ritual, por lo que seguramente su muerte sería más lenta que si tuvieran a mano un cuchillo. Notó una miríada de manos posarse sobre su cuerpo, dispuestas a matarla, pero entonces un olor acre mordió su nariz, un olor que se fue haciendo más y más intenso.
—¡Fuego! —gritó alguien, grito que pronto empezó a ser coreado —¡Se queman las construcciones!
La presión de las manos fue soltándose poco a poco de ella, hasta que una mano, más firme que las anteriores, la aferró por el antebrazo, tirando de ella, alejándola de aquel grupo.
Espero que os haya gustado. La verdad es que quería explorar un poco los sentimientos de algunos personajes ante la idea de una muerte más que segura, sobre todo en el caso de Weasel.
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