Nota: si pueden escuchar "stronger than ever" de C. Agui-lera, háganlo.

Capítulo XXV

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La luz de la sala aún permanecía encendida, llenado de una suave penumbra la habitación. Mi corazón latía tranquilo, quizás con aquella tranquilidad resignada, de quién ya no tiene nada que perder, porque lo ha perdido todo. Bill estaba abrazado a mí. Sus piernas enlazadas con las mías. Podía sentir el latido de su corazón contra mi espalda, y su suave respiración acariciando mi oído y parte de mi nuca, removiendo sutilmente mi cabello. Mi mano enlazada con la suya, se acunaba contra mi pecho, y yo me contraría alrededor de ese toque. Quería mantenerlo junto a mí, de este modo. Siempre.

Quizás por eso me había negado a cerrar los ojos. Tal vez, por eso, quería que el tiempo que aún me quedaba a su lado, no se perdiera en medio de mi sueño. Y aunque él no hablaba, y parecía tranquilamente dormido, sabía que tampoco lo estaba. Y habían sido sus caricias desesperadas, y sus besos suplicantes, los que me habían llevado a comprender, que sólo nos quedaban unas horas más, quizás minutos. Y que entonces nuestro amor tendría que volver a dormir. Porque ni él ni yo, podíamos aún unirnos para siempre.

- Después de esta noche… no puedo volver… - me susurró aún abrazado a mí. Cómo supuse, él tampoco estaba dormido. Yo apreté un poco más la mano que mantenía contra mi pecho.

- Lo sé… - susurré yo. Conteniendo la enorme incapacidad que sentía. No podía hacer nada. Sentí sus labios presionando contra mi cuello, y cerré los ojos, con un ligero escalofrió recorriéndome la espalda, a pesar de que Bill me cubría. Ese beso se repitió, casi en el mismo lugar, comprendiendo que ha había nada sexual en él. Había ternura, angustia, quizás algo que yo compartía. Dolor.

Me giré en medio del abrazo, intentando mantenerme todo el tiempo rozando alguna parte de su piel, desnuda como la mía, bajo la sábana. Lo miré a los ojos, que brillaban gracias a la luz que entraba por la puerta. Estaban fijos en los míos, aunque dudaba que pudiera distinguirlos muy bien, ya que de mi lado solo vería sombras.

Noté la suave caricia de su aliento tibio, contra mi rostro.

- Tengo que irme… - murmuró.

Sentí como la amenaza de las lágrimas se cernía sobre mí, y la desesperación de la soledad me oprimió con su fría garra de acero. Mi pecho se pegó a su pecho, mis muslos a sus muslos, y mis labios a los suyos. En un beso tan hambriento, desolado y suplicante, que Bill me oprimió contra su cuerpo ahogándome.

- Una vez más… - le supliqué, asfixiada, contra su boca –…déjame sentirte… sólo una vez más… - acaricié, casi con timidez, sus labios contra los míos.

- Arien… - habló entonces, con clara tristeza. Quería explicarse, quería que yo lo comprendiera, pero ya lo hacía. No tenía que ser fácil imaginar una vida junto a una persona como yo.

Pegué con algo más de decisión mis labios a los suyos.

- Shhh… - pedí contra ellos. Bill se quedó un momento, muy quieto, para a continuación, responder a mi beso.

No esperé más, me acomodé sobre sus caderas, aún besándolo, sintiendo sus manos delicadas, removiendo mi cabello a un lado de mi hombro, para que no se formara una cortina oscura que le impidiera adivinar mi rostro. Me alcé sobre él, y lo miré desde la posición que ahora tenía, sentada sobre él, observando sus ojos atentos, la forma en que su nariz, perfectamente perfilada se abría dando paso al aire, como si necesitara cada vez más oxigeno. Notando bajo mi cuerpo, la presión de su carne, creciendo poco a poco. Él también me estaba observando, y aunque fui consciente de ello, no dejé de mirarlo, de recorrer la forma preciosa de sus labios. Adornados por el brillo de aquel piercing, que parecía ensombrecerse cuando mis ojos captaban el lunar que había bajo su labio, y que a su vez se difuminaba, cuando su lengua húmeda se asomaba para humedecer su boca. Me sentía deslumbrada por su potente belleza. Cada vez que descubría algo que me parecía lo más hermoso, Bill me distraía con una nueva belleza mayor.

Su pecho subía y bajaba, más agitado. Llevé mi mano hasta el piercing de su pezón, y lo acaricié formando lentos círculos alrededor de él. La presión que iba aumentando de tamaño en él, me mareo, cuando sentí que intentaba abrirse pasó en medio de mí, con suaves movimientos de su cadera, sólo para sentir un poco de la humedad cálida que estaba brotando de mi interior.

Entreabrí los labios buscando aire, igual que hacía él.

Cuando me sentí, un poco más dueña de mí, y un poco menos desorientada, por el mareo repentino que me estaba apresando. Dejé que mis dedos jugaran con las líneas que se dibujaban a lo largo de su costado. Su respiración se agitó aún más, y el simple sonido del aire, entrando y saliendo por su boca, me hacía desearlo más aún. Notando entre mis piernas, la firmeza de su sexo. Moví mi cadera adelante y atrás, acariciándolo con los pliegues húmedos de mi intimidad, que se iba abriendo poco a poco. Cerré los ojos, perturbada por el placer que aquel roce me estaba produciendo.

Bill jadeo enterrando sus uñas en mis muslos. Abrí los ojos, e intenté centrarme nuevamente en las líneas que decoraban su piel.

- ¿Qué dice?... – murmuré. Segura, de que mi voz había sonado muy baja, comprimida por el ansia.

Por un instante sólo sonaban en la habitación, el murmullo de las sabanas, antes el movimiento lento que ejercíamos uno contra el otro, frotando nuestros sexos, en busca del acoplamiento, del momento preciso para encajarnos nuevamente. Y nuestras respiraciones.

- Wir hören… - comenzó a decir. Seguramente hablando en alemán - … nie auf zu schreien… - y aunque no lo comprendía, no podía dejar de pensar en que aquello era simpkemente producto de la pasión - …wir kehren zum… - así que dejé que mis caderas se movieran, guiando a su sexo hasta la entrada del mío, y me acoplé en él, justo cuando Bill intentaba hablar, permitiendo a mis oídos, llenarse de las más excitantes palabras jadeadas, por su voz susurrada y abrumada, que jamás había oído - … ursprung zurück…

Su espalda se arqueó, sus uñas se clavaron aún más en mi piel, sujetándome con fuerza contra él, su cadera se elevó, permitiéndole entrar aún más en mí. Creo que yo misma jadeé angustiada ante la fuerza con que su cuerpo buscaba partirme en dos. Y entonces cedió, mansamente, débilmente incluso. Me incliné sobre su boca, buscando un beso de consuelo, por aquella erupción de pasión, que Bill respondió, lamiéndome los labios, introduciendo su lengua en mi boca, sin egoísmo, con delicadeza. Y el movimiento de mi cadera comenzó, primero como una insinuación, apenas perceptible, como si temiera al arranque febril del que podía hacerme presa. Bill fue relajando el agarré que mantenía en mis muslos, y sólo entonces noté dolor, pero no quise quejarme, no quería que él se asustara.

- Ahora dímelo… que yo lo entienda… - le pedí acariciando las palabras de su costado.

- ¿Ah?... – me preguntó algo extraviado. Y no pude evitar sonreír, a pesar de las sombras que cubrían mi alma.

Mis caderas giraban sobre él, un poco más rápido, buscando, incitando, necesitando. Me alcé nuevamente, quedando sentada sobre él.

- Has vuelto… - contuve el aliento, ante el movimiento que acababa de hacer él, permitiéndome sentirlo en un punto de mi interior que me desvanecía de placer cuando el ritmo era mayor. Me centré nuevamente - … a hablar… en alemán…

- Oh… - exclamó suavemente cuando me comprendió.

- Sí… oh… - susurré yo, cuando su movimiento volvió a tocar aquel punto, cerrando los ojos.

- Ven… - me pidió agitado.

Abrí los ojos y me dejé caer sobre su pecho. Notando la presión de su mano suave, contra el final de mi espalda, en tanto los dedos de su otra mano, se enredaban en mi cabello, sosteniendo mi cabeza contra su hombro. Mi respiración agitada, consumía el escaso aire que había entre ambos. Sus movimientos comenzaban a ser un poco más exigentes, alzando su cadera contra mí, con rítmicos golpes que me hacían perder ligeramente el aire.

- Nunca pararemos de gritar… - me susurró, podía escuchar como sus jadeos se iban haciendo cada vez más superficiales y continuos - … volveremos a los orígenes…

Terminó de decir.

Me abracé con más insistencia a él.

- Vuelve siempre al origen… - le pedí, besando su cuello.

Noté la presión de sus manos, en los dos puntos en los que se encontraban.

- Siempre volveré… - me susurró, girando un poco su cabeza, para besar mi mejilla, que era a lo único que podía llegar, debido a la posición. Y antes de que sus labios dejaran de tocarme, lo escuché gemir fieramente. Otra vez, como antes, nos acoplamos en un carrera veloz y despiadada, por llegar a esa culminación que nos convertía en uno sólo ser, indivisible y único.

Lo escuchaba respirara agitadamente, mientras sus caderas se golpeaban sin piedad contra mí, causándome un dolor que agradecía, un dolor que me recordaría por un poco más de tiempo, que él era real, y no parte de un sueño que no volvería a soñar.

Mis uñas se aferraban a sus hombros, sin que pudiera evitar arañarlo, necesitaba que el dolor del alma, fuese también físico, de lo contrario no podría contenerlo. Así que se lo pedí.

- …más fuerte… - supliqué, deseando que los huesos de su cadera, se clavaran en el nacimiento de mis muslos. Apretando los ojos cada vez que su embestida parecía desgarrarme por dentro. Notando el dolor en medio del placer que su golpe me producía. Ya no estaba segura de si el orgasmo que ondulaba por mi vientre, era mental o físico, pero sabía que me mareaba, que me abrasaba y que suplicaba por que Bill encontrara el punto exacto para liberarlo.

Bufé de frustración, cuando sus movimientos, por rápidos y fuertes que fueran, no lograban que alcanzara ese punto que tanto anhelaba.

- … no puedo… - murmuré girando mi cabeza contra su hombro, frustrada, quizás por la tristeza que ahora mismo experimentaba mi alma, sintiéndome incapaz de llegar al final - … no puedo… - quería llorar de frustración, de amor, de tristeza acumulada. Pero me había prometido que no lo haría, no hasta que estuviera sola.

- … tranquila… no tenemos que hacerlo… - me susurró Bill, soltando el agarre férreo que mantenía con sus manos, acariciándome con ellas, con la respiración agitada.

¿Cómo podía ser yo tan egoísta? ¿No estaba pensando en él?

Volví a girar la cabeza hacía su cuello, encontrándome con su mandíbula, elevándome con el movimiento de si pecho jadeante.

-… pero quiero… te quiero a ti… - quería sentirlo dentro de mí, derramarse y bramar de placer cuando lo hiciera. Quería sentir las embestidas brutales que me daba cuando arrojaba dentro de mí, las últimas convulsiones de su sexo. Quería que me regalara esas gotas de vida palpitante - … quiero… que me marques por dentro… - se atropellaron las palabras al salir de mi boca, como una súplica casi silenciosa, pero tan potente que Bill, agitado buscó mi mirada.

- … por qué… por qué lo quieres… - me preguntó con la voz oscurecida por el deseo.

- … porque quiero llevarte conmigo siempre…

Se quedó en silencio un momento. No se movía, sólo respiraba. Hasta que se giró de medio lado, conmigo de camino, acariciando con la mano que estaba en mi cabeza, mi columna, mi espalda, mi cintura.

Besó mi hombro, y yo dejé caer mi cabeza todo lo que me fue posible, para que él me besara más.

- … nunca nos separaremos… - mordió mi cuello suavemente, removiéndose hasta quedar apoyado en un brazo - … aunque estemos lejos…

Quise girarme para quedar frente a él, cuando note que se iba acomodando sobre mí.

- No… - me pidió - hacía el otro lado…

Al principio no lo entendí, pero me moví hasta quedar boca abajo, pensando que quizás le entendería mal.

- Así… - susurró contra mi nuca, cuando sus labios se posaron en ella, en tanto su mano despejaba mi cabello, liberando mi espalda.

Quise abrir las piernas, así recostada, para dejarle el acceso libre.

- Shhh… - fue lo que escuché de él, que besaba mi espalda, arrancándome pequeños espasmos, aprisionando mis piernas entre las suyas.

Y lo sentí buscar mi entrada desde esa posición, con su intimidad lista para ello. Removiéndose hasta que la humedad que se generaba, por la expectativa y la excitación, lo guió.

Lo sentí empujarse dentro de mí, lentamente, en un movimiento que recordaba haberle visto en alguna presentación, y que me nublo la razón, mil veces más que cuando lo vi sobre aquella moto. Cerré los ojos y jadeé, sólo por el estremecimiento que me causo sentirlo montarme a mí, como hacía con aquella moto. Con una pierna a cada lado de mi cadera. Sintiendo su sexo hundido en mi cuerpo.

Sabía que iba a llegar a mi culminación, lo sabía, porque se arremolinaba en mi vientre, sólo con la segunda estocada. Aferré las sábanas, esperando que me sostuvieran cuando el abismo que se abría bajo mi cuerpo, quisiera engullirme. Bill se inclinó un momento sobre mi espalda, y sentí sus labios tocar mi cuello. Se me secó la boca casi de inmediato. Y entonces el movimiento de su cadera comenzó a ser más violento, con un ritmo endemoniado que me arrancó el más absoluto gemido de confirmación para sus oídos. Jamás había experimentado un orgasmo tan fulminante e inmediato. Además de extenso, porque por más que mis pulmones se quedaban sin aire, la sensación seguía ahí, y Bill con sus movimientos profundos y rápidos, extendía aún más mi agonía. Hasta que me escuché suplicando.

- … por favor… por favor… - oía a lo lejos mi propia voz. Y lo escuché ahogarse en su propio placer, notando la fuerza con que su cuerpo se vaciaba dentro de mí. El agarre de sus manos sobre mis caderas era bestial. Y su cuerpo se convulsionaba sobre el mío, empujándose de forma violenta, como si no quisiera que se quedara nada dentro de él.

Me estaba entregando todo lo que tenía.

Y lo sentí caer sobre mí, apoyando su pecho húmedo contra mi espalda.

- … Ahí está… - jadeó, tenía el corazón tan disparado como el mío -… ya no tengo vida… te la has llevado toda…

Y las lágrimas cayeron por mis ojos, ocultas por las sombras, los jadeos y las sabanas.

Mi espalda también se humedeció, por algo que adiviné, no era sudor. Pero no dije nada, como no lo hizo Bill tampoco.

Minutos más tarde. La luz de la sala se apagó, mientras yo desde la cama escuchaba la puerta de salida cerrarse. Bill se había ido, ninguno de los dos dijo adiós.

- Adiós Bill… - hablé en medio del silencio, la soledad y la oscuridad.

Yo lo haría por los dos.

Continuará…

Ainssss…. Qué capítulo más triste!... Uffff… ni modo, la vida no siempre es color de rosa ¿verdad?

Espero que les gustara, tiene una carga emotiva enorme. Y espero que hayan escuchado la canción que les dejé, creo que tiene toda esa emotividad que encierra el capítulo.

Besos y espero sus comentarios.

Siempre en amor.

Anyara.