XXV
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—¿No es preciosa? Mírala.
—Has dicho eso tres veces.
—Es que es verdad. Mira qué carita.
Haruka sacude la cabeza, sonriendo a su pesar al bebé que lo mira desde los brazos de Rin. Para su sorpresa, ella le devuelve la sonrisa.
Pese a que estuvo a punto de atragantarse con su propia lengua cuando Gou anunció su embarazo ("¡Llevamos casi un año casados! ¿Qué esperabas?"), Rin adora a su sobrina. Apenas tiene ocho meses y Haruka empieza a sospechar que será una niña increíblemente consentida. A juzgar por la prohibición de que le traigan un regalo cada vez que viajan para alguna competición (que Rin ignora con una maestría francamente impresionante), Gou también debe de estar ligeramente preocupada por el asunto.
La única que no está contenta con la llegada de Kiyoko es Mielga, que ha visto su ración diaria de mimos mermada ahora que hay otra criatura a la que malcriar. La perra ha adoptado la costumbre de tumbarse en el regazo de Haruka y gimotear lastimeramente cada vez que el bebé está cerca.
—Gou se enfadará —comenta Haruka, rascando tras las orejas de Mielga distraídamente, mientras Rin hace reír a Kiyoko con su nuevo sonajero.
—Entonces no se lo digas —Rin se tumba de espaldas y sostiene a su sobrina con los brazos extendidos, sonriendo al verla dar palmas. Aparta la mirada del bebé y observa a Haruka—. ¿Quieres cogerla?
—¿Eh?
—Nunca la coges —aclara Rin, incorporándose y poniendo a Kiyoko en el suelo sin soltarla. El bebé apoya los pies en el suelo con cautela—. ¿No te gustan los bebés, o qué?
Haruka se encoge de hombros. No le disgustan los niños; y, si bien es cierto que no había tenido a ningún bebé en brazos desde que Ran y Ren dejaron de cansarse tras diez minutos andando, siempre le han agradado. Pero desde que nació Kiyoko ha descubierto que ver a Rin jugando con ella es extrañamente relajante.
—Si quieres… —replica, extendiendo los brazos para cogerla. Pesa considerablemente más que la última vez que la tuvo en brazos, pero ya puede mantener la cabeza erguida y tiene algo de coordinación. No tarda en coger la pulsera de la muñeca de Haruka, que Rin le regaló hace tiempo, y empezar a darle vueltas con curiosidad.
Mielga se aparta de Haruka, haciendo que por un momento se sienta como si acabase de cometer una traición imperdonable. Al ver que Rin se acerca a él, la perra se da por vencida y sale al jardín con las orejas gachas.
—¿Crees que está celosa? —inquiere Rin, como si se le acabase de ocurrir.
—Supongo —Haruka prefiere no decirle que incluso él siente cierta envidia hacia su sobrina por su habilidad para acaparar toda la atención de Rin sin ni siquiera intentarlo.
—Oh —Rin emite un silbido que atrae la atención de Kiyoko—. ¡Mielga! ¡Ven aquí, pegajosa!
La perra tarda tres segundos en trotar hasta él, y cinco en arrepentirse de hacerlo cuando Rin trata de compensar el poco tiempo que le dedica últimamente abrazándola y rascándole la panza. Haruka se siente tentado de intervenir, pero Kiyoko lo distrae al cerrar las manos que Rin no se cansa de observar en torno a sus dedos. Con su mano libre revuelve el cabello rojizo de su sobrina, haciéndola sonreír.
Está tan ocupado admirando por enésima vez el parecido de la niña con Gou –y, por ende, con Rin– que da un respingo cuando los labios del joven dejan un beso en la comisura de su boca. Rin suelta una carcajada, alarmando a Mielga, que aún está en su regazo.
Haruka lo fulmina con la mirada.
—No tiene gracia.
—Sí que la tiene —replica Rin, tratando sin éxito de reprimir la risa—. Tenías que haberte visto la cara.
Haruka vuelve a ponerle a Kiyoko en brazos, intentando no sonreír cuando Rin le hace carantoñas.
