Por un segundo Fersen pensó que Oscar había recuperado la cordura cuando la vio dar un giro brusco a caballo y abandonar el camino a Versalles para meterse entre unas acacias: pero luego comprendió con exasperación que Oscar había visto lo que él sólo vio unos minutos luego, que era la entrada de Versalles completamente bloqueada por parisinos a pie y en carromatos, gritando y maldiciendo, cantando y empujando las verjas de Versalles en donde unos guardias espantados intentaban mantenerlas cerradas y rechazar a la multitud. La verdad, no menos de un escuadrón de fusileros habría podido rechazar a la multitud, que debía ser de cinco mil personas, incluyendo niños y mujeres. Oscar había picado espuelas y dado la vuelta para rodear Versalles y meterse por la entrada oeste del canal, que aunque bien oculta entre tupidos bosques de robles daba a una cinta de tierra entre las dos bocas del canal, luego a un puentecito endeble de quince centímetros de ancho y luego a una sucesión de cercos. Oscar no podría haber elegido una carrera de obstáculos más difícil, pero era cierto que era el camino más expedito que tenían para entrar a Versalles.
Fersen sólo maldijo porque el porcentaje del grupo que tenía algo entre las piernas iba a ODIAR esa ruta llena de saltos bruscos. Les iban a quedar color uva.
André le gritó algo a Oscar, pero ella los ignoró o ni siquiera los oyó, y hop, estaba al otro lado del seto y moviéndose entre los árboles como un zorro con la jauría detrás. Fersen y los demás tuvieron que bajar la velocidad para no acabar estrellados en algún tronco o de hocico en una zanja: y cuando salieron a los canales, Oscar ya había atravesado el puentecito y volaba a través del jardín de rosas, sin importarle cuántos pétalos de rosas de invierno volaban bajo los cascos de su caballo. Cuando al fin atravesó los jardines y se encaramó a caballo en la gran escalinata de mármol que daba a la Puerta de los Delfines, iba a desmontar, cuando se detuvo en seco y sus ojos se dilataron.
Podía oír tiros en las verjas al otro lado del masivo edificio…
- Oscar!- oyó la voz de André atrás, muy atrás aún. No tenía tiempo que perder: saltó del estribo a la balaustrada de la terraza, se enderezó y se propulsó al balcón, se agarró de la barandilla de hierro forjado y se propulsó, maldiciendo el peso adicional que el embarazo le había dado y que le hizo doler las muñecas al encaramarse. Pero estaba dentro de Versalles, y con el alivio que muy pocos conocían esa entrada.
No tenía tiempo de esperar a nadie. Con el conocimiento que le daban años de recorrer Versalles, se coló por un viejo vestidor, dio vuelta en una galería y salió...
...salió a un pandemonium.
Con los guardias todos afuera, no había quien pusiera orden, y los pasillos estaban salpicados de nobles histéricos, moviéndose como una masa asustada de un lado a otro, huyendo incomodados por sus majestuosas ropas. Oscar vio a damas que conocía bien y a caballeros cuyo rancia nobleza les había precludido hablarle en ninguna ocasión sollozando, corriendo y aferrando algunos valuables, los sirvientes detrás de ellos cargados como ladrones. Oscar esquivó varios, apresurándose hacia el ala de la Reina: pero incluso a través de los ventanales podía ver como muchos que se encogían a cada sonido de un tiro, corrían enloquecidos por los salones y balcones. Algunos lloraban de miedo, hombres adultos encogidos como niños: otros gritaban y daban órdenes furiosas que nadie escuchaba, y otros pocos parecían en shock, desconcertados e incrédulos.
Junto con los tiron, había un rumor como el rumor del mar, un sonido que inundaba la paz de Versalles y reverberaba en el exquisito rococó. Era, aún lejos y tenue, pero amenazante, el sonido de muchas, muchas voces gritando...
Oscar descendió escalinatas de tres en tres, directo a los aposentos privados de la Reina. El miedo por lo que pudiera ocurrirle a María Antonieta la forzó a continuar aunque sentía que empzaba a faltarle el aire y le dolía el costado: pero cuando al fin entró a las salas decoradas en celeste, con alivio la vio sentada sola en una otomana junto al fuego, sin doncellas, sin damas de compañía.
Cuando ella levantó la vista y se miraron, había algo espantoso en el rostro de la Reina. Era el rostro de una mujer derrotada, una mujer a la que se le han apagado los ojos. Estaba allí quieta mientras todos en Versalles corrían y gritaban, y Oscar sintió miedo al ver su inmovilidad, temerosa de su expresión.
Podía la Reina haber perdido el juicio...
- Oscar?- musitó ella, como si no la viera, y extendió la mano como una mujer ciega. Su peinado estaba deshecho: su rostro tan hinchado y húmedo que había perdido toda su belleza. Oscar avanzó y sin ningún reparo por las convenciones la tomó en sus brazos, para oírla gemir en voz quebrada las palabras más horribles que una mujer puede oír de otra mujer.
- Mi hijo ha muerto...-
Oscar sintió el ramalazo de horror, y la oprimió en sus brazos, sin palabras, sin voz. Qué ímportaban los cientos empujando las verjas, la corte asustada, qué importaban los Estados Generales y las palabras de libertad o censura ante esa simple realidad, la de una madre que lloraba a su hijo? Qué sentido tenía tratar de hablarle a la Reina de honor, comprensión, generosidad? Alguien le mostraba esos dones a ella?
Si a la multitud le importaba tan poco su dolor, porqué a ella debían importarle sus exigencias?
Oscar sintió lágrimas en los ojos, de impotencia y furia y lástima. Pero despacio, despacio a pesar de los tiros, el peligro, Versalles enloquecido, la sentó en la otomana y se arrodilló a sus pies, sus pulgares yendo a secarle las mejillas.
- Lo siento... lo siento...- musitó Oscar, mientras ella sollozaba. Las manos de Oscar fueron a las de ella, y las dos mujeres, sus frentes juntas, derramaron lágrimas por el muchachito que debió haber sido rey, el pálido y angelical niño que moría ahora, como morían los sueños de los reyes. No era aún más trágico que la muerte de un delfín pasara desapercibida entre tantos niños muertos en París?- Majestad... están invadiendo Versalles.-
- Déjalos que vengan...- gimió ella, la cabeza recostada en su hombro.
- Pueden hacerle daño...!-
- No me importa.-
- No permitiré que la lastimen!- susurró Oscar.- Y el rey?-
- Con sus consejeros. Siguen discutiendo... seguirán discutiendo mientras los matan... no saben qué hacer...- susurró ella, su vista en el techo decorado con nubes y angelitos.
- Majestad, tengo que ponerla a salvo!- dijo ella, tironeándole el brazo, pero María Antonieta, los ojos vidriosos, no la miraba. - Majestad, Fersen viene en camino a ayudarla...-
Hubo una luz en sus ojos, pero luego se los cubrió, y siguió sollozando. Balbuceaba cosas sobre haberle prometido a Dios nunca más amar a Fersen si dejaba vivir a su hijo, cómo no podía olvidarlo, cómo no podía dejar de pensar en él, en el horror de alegrarse de verlo cuando su hijo aún yacía insepulto... Oscar reconoció la histeria por la que la solitaria Reina empezaba a despeñarse, y la sacudió, su voz firme, invocando lo único que podía conseguir que esa mujer doliente recuperara la razón.
- Majestad, la princesa María Therése y Louis-Charles están aquí! La necesitan!-
- Mis hijos, mis pobres hijos...- musitó ella, pero el miedo volvió a sus ojos. Sus manos oprimieron las de Oscar, y aunque sus labios temblaban, se levantó.- Vamos... vamos, los quiero conmigo... dónde están todas...?- dijo, extendiendo la mano a la campanilla.
- Prefirieron dejarla con su dolor, supongo.- dijo Oscar ásperamente, y tomando un capote se lo echó sobre los hombros. Antoniette comprendió que no había tiempo para esperar a un sirviente y la siguió, aunque se secaba los ojos a cada paso: pero tras cruzar unas galerías desiertas, las dos se hallaron en el pasillo de la nursery de los hijos de Francia.
- Majestad!- exclamó una doncella, que estaba atrincherada en la puerta. El corazón de Oscar se conmovió al ver, no a las nobles damas que estaban nominalmente a cargo de los niños, sino a un grupo de doncellas y guardias protegiendo la sala. Le abrieron paso a las dos, y el remordimiento y el amor inundó el rostro de Antoniette cuando su Louis Charles corrió a sus brazos, mientras la princesita iba hasta Oscar, a quien conocía e idolizaba no poco para tironearle la manga.
- Donde está papá?- preguntó la princesita imperiosamente a pesar de un temblor en su mentón cuadrado. Se parecía tanto a su abuela tocaya que impresionaba.
- Monsieur está protegiéndonos.- dijo Oscar con voz serena, tomando la mano de la princesa e inclinándose.- Por eso, debemos trasladarlos a un lugar más seguro, para que el rey no tenga que preocuparse de vuestra seguridad.-
- No le harán nada a papá?- preguntó Louis-Charles. En su amable y hermoso rostro, brillaba la rápida inteligencia de Fersen.
- Todo estará bien.- dijo la Reina, aunque estaba claro que su rostro descompuesto había asustado a los niños. Se enderezó y empezó a indicarle a las doncellas que le trajeran las capas de los niños mientras Oscar guardaba la puerta, pero estaba recién abrochándole la capelina a Marie Therese cuando oyeron una explosión y luego el sonido horrible de hombres muriendo.
- Majestad, enciérrense en el vestidor!- gritó Oscar, desenvainando y saliendo al pasillo sola. Oyó a las doncellas gritar asustadas, pero una ojeada a las escaleras le dijo que la plebe sólo había hecho saltar las verjas, no la entrada principal. Con dolor vio los cuerpos de muchos de sus guardias pisoteados y asesinados en las rejas. No podía ir a ayudarlos, y la impotencia le mordió el corazón: pero sólo podía proteger a la Reina como había jurado, hasta el último aliento.
Pobre hijo mío, pensó, los dientes apretados. No tienes ninguna culpa de mis juramentos…
- Oscar!- gritó la voz de André, y vio a Fersen, André y Alain, seguidos de un grupo de guardias, trepar la escalera jadeantes.- Por Dios, Oscar, estás loca de…-
- La Reina? Los niños?- interrumpíó Fersen, su rostro sombrío. Oscar indicó la salita, y Fersen se precipitó allí, mientras André aferraba el brazo de Oscar, pálido pero sereno.
- Alain y yo trataremos de demorarlos lo más posible, ustedes huyan de aquí… -
- Qué?- la cara de Oscar era de incomprensión total, tanta que André alterado trató de sacudirla.
- Tienes un bebé adentro! Huye de una vez, estúpida, loca suicida…!-
- Te recuerdo que soy un soldado…!-
- Eres una mujer embarazada!-
- André, que te pego.- dijo Oscar desenvainando, la pistola en su otra mano, los ojos entrecerrados.- Que vengan si se atreven.-
Su magnífica calma desconcertó a André, que al ver a la multitud echarlas verjas abajo y a los guardias intentar detenerlos infructuosamente en las entradas sintió al pánico inundarlo. Los iban a masacrar!
- llevaré a la Reina y a los niños al Trianon en un bote…- dijo Fersen en el umbral, Therese y Louis Charles con toda confianza los pobrecitos, sus manos en las suyas. Antonieta lo seguía, pálida pero con cierto alivio en sus ojos al ver a Fersen tomando el mando de la situación. Los niños se asustaron al ver a Oscar con la espada desenvainada, niños que nunca habían tenido motivos para temer: pero era verdad sólo Louis-Joseph nunca le había tenido miedo a Oscar.
- No alcanzarás a salir. Si los ven huir, los perseguirán. Hay que enfrentarlos.- dijo Oscar, con terrible certeza. Se volvió a Antonieta, y su rostro mostró tanta fuerza, tanto valor, que Antonieta dejó a Fersen y fue a su lado, tomándole la mano.
- Qué quieres que hagamos, Oscar?-
- Hay un proverbio chino que dice " si un perro corre hacia ti, sílbale". No muestre miedo, majestad. Está conmigo.-
- Oscar? Pero qué pretendes?- dijo Fersen, miedo en sus ojos.
- No podemos huir. Y no deberíamos.- dijo Oscar severamente.- Una reina no debería huir de su pueblo. Pon a salvo a los niños, Fersen.-
- No.- dijo Fersen, su voz pétrea.- No las veré ir las dos a la muerte, no voy a permitirlo!-
- Axel.- dijo Antonieta, lágrimas en sus ojos.- Si me amaste alguna vez… ya perdí a Louis Joseph. Ahora todo lo que me queda es tuyo… sálvalos, por favor… por mí.-
- No!-
- Fersen, si te ven con ella, los matarán a los dos. Y a todos- dijo bruscamente Oscar, y Fersen buscó la mirada de las dos mujeres que había amado, pero las dos sólo tenían ojos la una para la otra, como si cada una tomase fuerza de la mirada de la otra. Tras una pausa, una comunicación silenciosa, Antonieta asintió, y las dos echaron a andar, sus manos alzadas y unidas como si fuesen a un baile, dignas y tranquilas rumbo al gran salón.
Fersen se llevó a los niños, el rostro contorsionado de miedo e ira. André, por un momento helado, envió a las aterradas doncellas y pajes a las bodegas, y luego las siguió, sin más armas que su levita de representante. No la vería morir. Al menos, moriría defendiéndola, se prometió a sí mismo.
Las dos eran tan finas, y tan jóvenes. André sintió un miedo inenarrable, el deseo de aferrar a Oscar en sus brazos, a las dos, y huir tan lejos como pudiera: de protegerlas con su propio cuerpo, al menos. La impotencia que podía sentir un hombre al ver a una mujer amada en peligro era amarga como hiel, pero sabía que no había fuerza en el mundo que pudiera romper esas dos manos delicadas unidas, el lazo que ataba a esas dos mujeres juntas.
Los gritos se acercaban, y como un oleaje imparable, se oía ceden madera y el sonido de muchos pies en los salones encerados. No habían tiros ya: los guardias se habían rendido o habían sido asesinados. Uno que otro grito cuando encontraban a alguna doncella o muchacha noble tratando de esconderse, o algún aristócrata intentando huir: pero no podían ayudarlos. La multitud se acercaba...
Oscar y Antonieta se detuvieron en la alto de la escalinata que conducía al gran salón L'Anglais. Antonieta temblaba, pero no era visible. Oscar parecía de piedra.
- Oscar.- susurró ella.- No sueltes mi mano.-
- Nunca la dejaré, Majestad.- dijo ella despacio. Los ojos de Antonieta se fijaron en un punto en la magnífica araña de cristales que dominaba el salón, y un manto de dignidad la envolvió, antes de hablar con voz firme.
- Estoy embarazada, Oscar. Si algo pasa... haz que nos entierren junto a mi hijo.-
- Tendrán que enterrarnos juntas.- dijo Oscar con pasión. El corazón de André se rompió un poco al oír la adoración en su voz, pero cuando Oscar descendió un escalón y se quedó allí sola, escudando a la Reina de Francia con su cuerpo de mujer, una oleada de orgullo y amor lo inundó, y sí, también el orgullo de ser francés. Tomando el asta de una cortina, se quedó de pie junto a la Reina, dispuesto a defenderlas a las dos: y entonces las puertas del salón saltaron abiertas, y lo que parecía todos los habitantes de París con picas y palos se abalanzaron al salón.
- Deténganse!-
Había tanto dominio, tanta severidad, tanta nobleza en su voz, que la multitud se detuvo. Las poissardes miraron arriba, y a pesar del número, a pesar de sus armas, tuvieron miedo. Oscar, en cambio, aunue vio relucir varios fusiles entre la gente, no mostró temor, la espada firme en su mano.
María Antonieta, la cabeza erguida, habló con voz clara, más orgullosa de lo que nunca había sido. Era realmente la hija de su madre.
- Habeís invadido sin permiso el hogar de vuestros reyes. Habeís insultado la Majestad de vuetro rey y vuestro país. No aumenteís vuestros pecados derramando sangre... Versalles está abierto a vosotros y os pertenece, pero la sangre de vuestros compatriotas no.-
Hubo un silencio, y algunos gritos ahogados de " la austríaca!" Pero entonces Antonieta dio un paso, luego otro, e hizo una reverencia al pueblo invasor. Hubo un murmullo de shock: un momento de impresión de ver va la Reina inclinarse recorrió la multitud, y sólo Oscar, a su lado, vio las lágrimas de humillación en los ojos de la Reina, pero ante el pueblo se veía digna, y aún poderosa en su vulnerabilidad.
Hubo un momento de duda, un momento de vergüenza. André dio un paso y se colocó ante la Reina, y su levita negra pareció obvia y llamativa como un carbón en una sábana en el centro del claro salón. Entonces la multitud se movió, y sin mirarlos, sin casi tocarlos, se derramaron como un río de agua sucia subiendo la escalera, cruzando el salón y luego yéndose en busca de saqueo hacia los pisos superiores. Ninguno tocó la Reina: ninguno de atrevió a mirar a Oscar a los ojos. André intentó hablarles pero lo ignoraron, y siguieron de largo.
Cuando la última poissarde cruzó la escalera y desapareció, a María Antonieta le cedieron las piernas y cayó de rodillas en los escalones. Oscar se arrodilló a su lado en un momento y la rodeó con sus brazos, levantándola con un esfuerzo brusco, y volviéndose a André, habló con voz firme, aunque estaba muy pálida.
- Llévatela de aquí. Llévatela a la casa Jarjayes, rápido. Yo reorganizaré a los guardias... llévatela, André.-
- Mis hijos...- gimió Antonieta, su rostro desesperado fijo en Oscar.
- Fersen y yo los llevaremos con usted.- dijo ella, aferrando la manga de André.- Ahora, que están todos los parisinos en Versalles es el momento... llévala!-
- Pero y tú?-
- Tengo que ayudar a mis hombres.- dijo Oscar, dolor en sus ojos.- Vete ya!-
- La última vez que llevé a la Reina conmigo fue un desastre!- siseó André furioso, agarrándole la manga.- Ven con nosotros!-
Oscar se volteó, y André por un momento pensó que iba a darle un golpe cuando se soltó de su mano de un tirón. Pero lo que ocurrió entonces fue un sobresalto tanto para la Reina como para André, porque Oscar le aferró la cara entre las manos, se inclinó desde el escalón en que estaba y besó a André con tanta pasión, con tanta devoción, con tanta violencia que todo pareció desaparecer por un instante, el beso tan intenso, tan feral y hambriento, que André sintió que todo su ser ardía y respondía como madera seca al fuego. Duró un segundo: Oscar lo soltó, y dándole la espalda, bajó la escalinata a toda prisa en búsqueda de lo que quedaba de sus guardias. Y André, palpitante y sin aliento, la vio irse desconcertado, hasta recuperar la razón y sentir la mano de la Reina en su brazo. Al volverse, había tanta compasión en sus ojos...
- Sígame, majestad.- dijo con los labios apretados, sabiendo el riesgo que corrían. Pero André, al menos, conocía bien los recovecos y las puertas de servicio de Versalles: Dios sabía que había pasado muchos años explorándolas y trabando conocimiento con sirvientes y valets. La tomó de la mano y bajando al salón, siguió una escalera de servicio: si bien se tropezaron con algunos de los asaltantes, ninguno les prestó atención, prefiriendo destruir, vandalizar y robar. André cruzó varios pasillos hasta encontrar una salida a las cocinas, y atravesando una bodega y un repostero salió directo a las caballerizas, en donde sin ninguna delicadeza montó a caballo y la cruzó sobre la montura, ocultando su rostro contra su cuello.
- Agárrese bien, Majestad.- musitó, una nota metálica en su voz antes de lanzarse a campo traviesa. Antonieta confiaba tanto en Oscar y en Fersen que no hizo ni una pregunta, confiaba tanto en André que ni siquiera dudó al echarle los brazos al cuello. Pero según avanzaban en el atardecer de desastre, dejando Versalles, Antonieta dejó sus lágrimas correr contra el cuello del representante, la afrenta y la impotencia junto con el dolor de una madre y una reina inundándola. Huía de su hogar, sabiendo que no tenía otra opción de dejar a sus hijos atrás, que corrían más peligro a su lado que lejos La Reina que había sido tan amada y admirada, no tenía más recurso que huir del palacio que había sido suyo abrazada al cuello de un sirviente…
- Donde está la Reina?- la voz de Louis cargaba el pánico, el miedo y la desolación. Oscar, varios escuadrones de París y los guardias estaban luchando por desalojar Versalles de las hordas plebeyas: el rey, creyendo a Antonieta aún en Meudon con su hijo muerto, se había horrorizado al enterarse de lo sucedido en el salón L'Anglais. Desoyendo a todo el mundo había dejado a la mitad su reunión de emergencia para dirigirse al Trianon con un puñado de nobles con espadas desenvainadas y unos cuantos guardias escoceses; pero al llegar allá lo que vio fue el Trianon forrado de guardias suecos y en la meriadianne a Fersen, sentado con una pistola a la mano, Louis Charles dormido en el regazo y Therese no muy lejos, tapada con su chaqueta y dormitando en una otomana.
- Papá, papá!- gritó Therese al oír su voz, lanzándose a sus brazos. El rey la abrazó tiernamente, pero seguía habiendo miedo en sus ojos al mirar a Fersen.
- Nuestra gente la puso a salvo. Van a ocultarla en donde esté a salvo… ella es el principal blanco de los manifestantes, señor.-
El rey ocultó un momento el rostro en el cabello de su hija. Algo deformó su rostro, ya fuera dolor, un sollozo, una mueca de celos, de vergüenza, de furia… pero cuando alzó el rostro su expresión era serena y miró a Fersen a la cara.
- Debo agradecerles a usted y a Oscar. El servicio que nos han hecho y su dedicación y devoción no tienen precio.-
- Monsieur.- dijo Fersen, con una inclinación. Los ojos de ambos fueron al niño en los brazos de Fersen que dormía confiado, tan bello y delicado y tan distinto a la belleza morena y sensual de los Borbones apuestos y de la robustez y tosquedad de los Borbones menos favorecidos.
Los dos sabían, y por amor a la mujer que amaban, callaban.
- La situación aún no está bajo control. Debo pedirle que sus guardias se queden para proteger al Delfín.- dijo Louis, mordiéndose los labios.- Debemos… debemos pacificar Francia a cualquier costo. Mañana iré a París en persona…-
- No, papá!- exclamó Therése, que ya tenía edad para entender los peligros. Louis Charles, que era más pequeño, aunque muy despierto, pareció contagiado del miedo de su hermana y se echó a llorar en los brazos de Fersen, y Louis avanzó, para acariciar los cabellos del niño con la princesita abrazada a la cintura.
- No llore, su Alteza. Los Delfines no lloran. Con nuestro Louis-Joseph ido, usted debe tener el valor para un día llamarse Rey de Francia.-
- Papá…- musitó el pequeño, pero se secó los ojos tratando de ser valiente. Louis asintió, y se volvió para irse: pero cuando Fersen hizo una reverencia, Louis habló sin mirarlo, sus ojos en el vacío como si no pudiera soportar mirarlo a la cara para darle esa última orden.
- Le ruego, conde, que le lleve noticias a la Reina y que … haga lo posible… para que ella no esté asustada ni inquieta. Le enviaré nuevas instrucciones el día de mañana con Oscar. Dejaré a los hijos de Francia en el Trianon fuertemente custodiados y haré público que la Reina… no se encuentra aquí.-
- El funeral del Delfín…- musitó Fersen, y luego calló. Louis inspiró y habló en voz muy baja, tratando de que no se le quebrara.
- Será algo… privado. No es necesario que la Reina asista. Dígale… que le guardaré un escapulario.-
- Sí, Monsieur.-
- Protégela, por lo que más quieras, Fersen.- se le escapó al Rey en un suspiro. Hubo una pausa, y Fersen habló con sus ojos grises fijos en el rey.
- Monsieur… no podría llevar conmigo a Oscar?-
Hubo una pausa, pero el rey movió la cabeza.
- La necesito. La familia Real la necesita ahora más que nunca.- Louis negó con la voz más amable que pudo, y Fersen, aunque su rostro mostraba su conflicto, no pudo sino asentir. Tras un beso y unas pocas palabras a los niños Louis se fue, escoltado por los guardias, y cuando los Noailles y algunos otros nobles más tranquilos que solían atender a los niños llegaron a hacerse cargo de ellos, Fersen se despidió y abandonó el Trianon, viendo con sorpresa que los patios habían sido despejados y el perímetro del edificio principal asegurado. Y lo había hecho Oscar, su mujer.
Hubiera querido verla. Hubiera querido llevársela. Al menos, hubiera querido quedarse a su lado.
Fersen cumplió con la orden del rey, dejando a su mujer embarazada en un palacio asediado con una espada en la mano para ir al encuentro de la Reina acosada y oculta. La noche cubría París, y Fersen exhausto a caballo se tardó bastante en atravesar las familiares verjas de su hogar solo. Al llegar al patio, desmontó, y vio salir a Sophie, silenciosa y pálida. Y a su lado, Antonieta, envuelta en un viejo vestido azul, bajó la escalinata corriendo, y sin importar quién la viera se lanzó a sus brazos sollozando, balbuceando sobre sus hijos y Oscar, su pálido rostro desesperado. Fersen la sostuvo, sintiendo su pánico y su soledad, y a pesar de la expresión de desaprobación de Sophie, la alzó en brazos y la entró en casa.
