Batallas, verdades y sueños
Revolax*26 de Abril de 1808
Sentado en el incómodo catre de su tienda de campaña, Charles Von Fersen terminó de amarrar sus botas mientras pensaba en todo lo que había pasado desde que decidió dejar su cómodo puesto de oficial en Ostrobotnia. Cuando la gruesa lona que cubría la entrada se descorrió unos centímetros, no necesitó mirar para saber quién entraba. Berg tenía la costumbre de levantarse antes que él y se esforzaba en conseguir algo caliente para ambos antes que las cocinas del campamento se vieran abarrotadas.
-Gracias…- musitó con desgano al recibir el jarrón que Olle le entregaba, tenía tanto sueño, y la nariz tan fría, que ni siquiera pudo reconocer el aroma que se coló en sus fosas nasales, tras el primer sorbo a la bebida caliente su rostro se iluminó y una sonrisa apareció -¿De dónde lo sacaste?- preguntó extasiado al percibir aún en su lengua el suave y dulce gusto del vino caliente y especiado que su ayuda de campo le había servido.
-Baje la voz, Teniente… Porque lo conseguí solo para usted- susurró el cabo –Una de las doncellas del campamento que está al sur me lo dio- contestó con las pecosas mejillas coloradas.
-Doncellas…- sonrió y dio un golpe en el brazo del chiquillo –Creo que quien ha perdido la doncellez es otro…- bromeó. Ya había escuchado que en ese lugar se había asentado el grupo de meretrices que se trasladaba con el ejército.
-Teniente…
-No me digas nada, veo que le encontraste uso al sueldo extra que te pago- guiñó un ojo. Su rostro se tornó serio al recordar la charla que tiempo atrás había sostenido con el Doctor Andersson –Espero que no se te haga vicio…- murmuró evitando reírse al darse cuenta de lo que estaba diciendo. Ni en sueños habría imaginado que estaría aconsejando el celibato a un muchacho. Movió la cabeza alejando esos pensamientos. Tras pensar unos segundos, decidió no inmiscuirse, la situación era muy diferente y, pese a que Olle despertaba en él instintos casi paternales, estaba consciente de que ambos podían morir en cualquier momento y no quería asustarlo, era mejor que el chiquillo lo pasara bien mientras pudiera. Se puso de pie y tomó de un hombro al muchacho tratando de animarlo –Cuando esto termine irás conmigo a Estocolmo, trata de mantenerte sano porque aquí los médicos no son tan buenos- cuando vio que Berg asentía, y sonreía contento, se relajó. Acabó de un largo trago todo el vino sintiendo que su estómago se calentaba al instante y recibió el trozo de queso que el muchacho le entregaba, que también compraba en el "mercado negro" del campamento –Prepara mis armas- le ordenó –Y abrígate. Saca de mi baúl algo que te quede… la temperatura está bajando.
Sin esperar respuesta, salió de su tienda y caminó rápidamente hacia la de su Comandante. Había amanecido hacían solo unos minutos y el campamento comenzaba a moverse de forma frenética. Metiendo las manos en los bolsillos de su abrigada chaqueta gris, color que conformaba por completo el uniforme de los dragones, diferenciándolos de sus camaradas de otros regimientos, los cuales lucían los colores: gris, amarillo y azulino, se concentró en el reporte que había sido entregado por los militares enviados a patrullar en los alrededores durante la noche. Las sospechas del General Carl Johan Adlercreutz eran correctas, los rusos asentados en el poblado de Revolax* estaban mostrando una pequeña brecha en su defensa. Esa noche era el momento perfecto para avanzar.
Desde que la Guerra entre Rusia y Suecia se había declarado oficialmente, esta última nación se había empeñado en defender más que atacar. La primera gran derrota de los nórdicos fue en Ostrobotnia y bajo el mandato de Johan Adam Cronstedt, un destacado militar que vio en esta batalla su más grande derrota, llegando incluso a ser marcado como un traidor a la patria. El lamentable plan que desarrolló, sin que nadie pudiera explicarse el porqué, fue retirarse y rendirse ante a la armada rusa, dejándoles a disposición el fuerte de Sveaborg*. El resultado de esa batalla mermó de forma profunda el ánimo de los suecos. Después de tan lamentable campaña, el Comandante Carl Johan Adlercreutz, un brillante y fornido hombre de cuarenta y nueve años, fue enviado a la zona con la específica tarea de recuperar terreno perdido y, sobre todo, conseguir los ansiados triunfos que se necesitaban para levantar la moral de los militares nórdicos, situación que fue de inmediato aprovechada por el destacado General finlandés para demostrar su excelencia militar, carrera que llevaba desarrollando desde los trece años.
Gracias a la nueva estrategia de Adlercreutz, completamente diferente a la de Cronstedt, ya que esta era ofensiva en su totalidad, las fuerzas suecas obtuvieron su primera victoria en la batalla de Siikajoki* el 18 de abril de 1808, batalla que registró pocas bajas y que ayudó a resarcir el desánimo que se había alojado en las tropas luego de que dos días antes, debieran retirarse de la escaramuza desarrollada en Pyhäjoki*. En ambas batallas participó Charles Von Fersen, en la batalla del 16 de abril, resultó ileso debido a que su destacamento llegó cuando la orden de retirada ya estaba dada. En cuanto a la batalla de Siikajoki*, y pese al triunfo, su suerte fue distinta. Si bien la batalla no fue extensa, ni demasiado violenta, un pequeño corte ya cicatrizado en la ceja, producto de un cabezazo y varios golpes en el pecho y abdomen lo habían mantenido un par de días en descanso. En esa oportunidad, su ahora inseparable camarada Korhonen, degolló, justo a tiempo, a uno de los rusos que lograron derribarlo del caballo. Charles, sin lograr prever el ataque, había caído de su montura siendo golpeado con saña y sin posibilidad de reponerse a la agresión debido a la superioridad numérica de sus atacantes. Cuando pensó que su vida se acabaría en esos precisos momentos, Jarko apareció de la nada, rebanando rápidamente el cuello del eslavo que se disponía enterrarle una espada en el pecho. Recién ahí, Charles pudo reaccionar, logrando atacar con su puñal en el cuello al ruso que continuaba sentado sobre su tórax tratando de asfixiarlo. Después de más de diez días transcurridos, el joven aún sentía la tibieza, y aroma, de la sangre enemiga que se había derramado sobre su rostro. Durante varias jornadas, el hijo de María Antonieta estuvo avergonzado por su penoso actuar, considerándose un inútil que necesitó ser protegido, ya que no tenía que ser muy brillante para darse cuenta de que Jarko Korhonen había permanecido atento a sus movimientos debido a que el Comandante de los Dragones de Nyland, Gustav Arnkihl, así se lo había ordenado. Ser un Von Fersen continuaba otorgándole privilegios.
Después de esa batalla, Charles se propuso a sí mismo no volver a cometer los mismos errores, y, sobre todo, a no hacer que ningún camarada se expusiera en su afán de protegerlo. Demostraría que era tan capaz como sus compañeros de armas y que su rango de Teniente, no era solo gracias a su abolengo. Esa noche tendría la oportunidad de dejar sangre y sudor en el campo. Su destacamento formaría parte de la ofensiva que debía hacer camino para que al amanecer las tropas suecas, que sumaban más de 1.700 militares, atacaran en forma de dos columnas al poblado de Revolax.
Posterior a la reunión, el campamento se sumió en el nerviosismo clásico que precedía a una batalla, los ayudantes de campo, y sirvientes, se esmeraron en preparar alimento necesario para los que entrarían en combate. Mientras que los soldados, y sus superiores, repasaban una y otra vez la estrategia a seguir.
-Cambia esa cara… luces más nervioso de lo que realmente estás.
Charles levantó la vista al escuchar la voz de Korhonen, enfundó la pistola que estaba limpiando en su cinturón y lo miró de forma grave –No te quiero de niñera… preocúpate de cuidar tu propio trasero, tienes una familia a la que regresar.
-No seas delicado…
-Jarko…- lo miró fijo –Hablo en serio.
-Entendido- el hombretón le palmoteó fuertemente la espalda –Además, no es un favor lo que pasó… es más bien una cuenta que tengo a mi haber- guiñó un ojo mientras se mesaba la rubia y espesa barba que le cubría la mitad del rostro –Quizás seas tú el que me cuide el trasero…
Charles asintió con una sonrisa ladeada y caminó hacia su tienda para descansar un rato. A medianoche debían presentarse y marchar hacia la aldea principal.
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Olle Berg cerró fuertemente los párpados tratando de contener el miedo que lo hacían estremecerse cada vez que oía como los fusiles retumbaban a lo lejos, eran los disparos de los soldados que ya habían salido y eso sólo significaba que el primer enfrentamiento estaba comenzando. El campamento se había sumergido en un silencio sepulcral que solo aumentaba el terror cada vez que producía un nuevo estruendo.
Mientras el recluta Berg caminaba hacia la tienda de su protector, quien le había indicado ordenar todas sus pertenencias y encargarse de enviarlas a su tía Sofía en caso de perecer en batalla, no podía dejar de pensar en que sería de su vida si el Teniente al que servía no regresaba. Gracias a la amabilidad del joven Charles, había aprendido a leer, su estómago estaba siempre lleno y casi no pasaba frío, junto a eso, la expectativa de comenzar una nueva vida en la capital lo llenaba de gozo. Pero… ¿Qué pasaría si el Teniente no regresaba? Sabía la respuesta, sería puesto en primera línea de batalla en menos de lo que cantara un gallo. Sí, lo sabía y no podría negarse, ese era el destino de los reclutas. Movió la cabeza tratando de alejar los malos pensamientos de su mente y comenzó a doblar con cuidado las pertenencias, guardándolas en el baúl que esperaba nunca enviar.
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Caminando con paso firme, y completamente alerta, Charles se concentró en desestimar el frío que le calaba los huesos. Miró alrededor, siempre atento y extrañando la comodidad que le brindaba su caballo. Cuando escuchó la señal que indicaba que estaban cerca del límite del poblado, notó que, pese al frío de la noche, sus manos no dejaban de sudar. Tratando de acabar con la anticipación que estaba minando la tranquilidad que tanto le costaba mantener, pensó en apresurarse y salir de la línea para lanzarse contra la entrada de la aldea. El silbido de un balazo lo hizo detenerse, asustado miró a su derecha, el hombre que marchaba a su lado yacía en el suelo con un agujero en la cabeza. En una fracción de segundos, que le pareció eterna, miró al fallecido compañero de armas y sintió que un sudor frío le recorría la espina dorsal. Los gritos de camaradas y oficiales retumbaron en la noche. Reaccionó y parapetándose tras una roca, observó que las líneas se rompían y todos asumían posiciones de resguardo.
Se quitó el fusil de la espalda y lo posicionó sobre la roca que lo guarecía, listo para disparar. Hizo una rápida inspección de campo, vio que sobre los tejados limítrofes varios tiradores rusos apostados. Buscó al Comandante Arnkihl, quien estaba unos metros adelante dando certeras instrucciones a los Dragones que lo rodeaban. Gateó fusil en mano hasta llegar junto a sus compañeros. En esos momentos notó que ya no sudaba y que su cuerpo vibraba ante la posibilidad de lanzarse contra las líneas enemigas.
Gracias a su excelente puntería, se le ordenó, junto a otros camaradas con la misma habilidad, proteger a los soldados que se enfrentarían en la primera oleada de lucha cuerpo a cuerpo. Tomó posición y buscó con la mirada a Jarko, que formaba parte de ese grupo, le debía una y estaba dispuesto a pagársela. No permitiría que lo mataran. Cerró un ojo y apuntó a uno de los francotiradores rusos. Disparó. Cargó el fusil nuevamente y continuó con la tarea, perdiendo la cuenta de cuantas veces lo hizo. Cuando la bolsa de municiones estuvo vacía le hizo una seña a su superior y este le autorizó a lanzarse a la ofensiva. Se colgó la carabina a la espalda y desenvainó su espada. Dando un grito que le desgarró la garganta, corrió junto a otros camaradas hacia la entrada que ya habían despejado los del primer grupo.
Abriéndose paso a golpes, estocadas y empujones contra los enemigos que encontró a su paso, logró entrar al poblado. El humo de las casas incendiándose le nubló la visión y lo hizo toser, "malditos cobardes" pensó al darse cuenta de que los rusos eran quienes habían prendido fuego en su afán de defender el sitio en el cual llevaban semanas asentados. Prefirió no pensar en qué había pasado con las familias que vivían en los hogares que no dejaban de arder. Con la manga de la chaqueta se secó el sudor que le perlaba la frente, notó que la prenda se manchó de sangre. Comenzó una nueva carrera. Se les había informado que debían dirigirse a la casa del párroco, ya que ahí estaba ubicado el cuartel con el General Bulatov a la cabeza. Se detuvo al ver que los rusos se rearmaban rápidamente y superándolos largamente en número, si Arminoff o Christiern, ambos Coroneles que lideraban los batallones y cañones que se suponía estaban en camino, no llegaban a tiempo, iba a ser una carnicería.
Buscó un lugar donde protegerse, debían replegarse hasta que llegaran los refuerzos. Miró desesperado a su alrededor, el único superior que pudo identificar yacía en el piso, en medio de un charco de sangre, los soldados que rodeaban el cadáver, sin saber hacer, eran casi de la edad de Berg. Visualizó una casona que aún se mantenía en pie, ahí podrían esperar y resistir hasta que los refuerzos llegaran. Se inclinó y arrebató del cinto del fallecido la bolsa con municiones y pólvora, hizo lo mismo con todos los cadáveres que encontró a su paso. Al inclinarse sobre uno de los rusos un agudo dolor le entumeció el brazo derecho, el militar caído estaba vivo y lo había cortado con un puñal cerca del hombro. Recordó de inmediato las palabras de Alain "Siempre debes cerciorarte de que el enemigo está muerto" maldijo para sus adentros al darse cuenta de su error mientras daba una estocada en el pecho del eslavo.
Haciendo a un lado el dolor, gritó con todas sus fuerzas mientras tironeaba de la chaqueta a uno de los reclutas que continuaba pasmado –¡Por aquí! ¡Muévanse!- ordenó empujando con el brazo izquierdo a cuanto compatriota se le cruzó en el camino. Al abrir la puerta de la casona, un enemigo lo recibió con un puñetazo en el rostro. Resistió y respondió con un cabezazo, cuando el ruso se llevó la mano a la nariz fracturada, lo atravesó con el sable. Una vez que redujeron a los escasos enemigos que estaban en el lugar, dispersó a los uniformados en ventanas y techos mientras les entregaba las balas recolectadas. Debían evitar que la entrada a la aldea no fuera bloqueada nuevamente, la vida de todos los que habían logrado ingresar a la aldea dependía de ello.
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En la madrugada, el Coronel Arminoff, marchó por la derecha, consiguiendo sortear la resistencia rusa, avanzando a lo largo del río, mientras la columna izquierda, liderada por el Coronel Christiern, avanzaba de frente y lista para atacar de forma directa la casa del párroco. Cada Coronel contaba con tres batallones y tres cañones
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Al despuntar el día, cuando la tenue luz del sol empezaba a asomar por el horizonte, Los soldados que se encontraban en los tejados de las casas, y que trataban de evitar que los rusos se apropiaran nuevamente de la entrada, escucharon el primer estruendo de cañón. Gritos de algarabía inundaron las ruinas.
Charles dejó su rifle a un lado y entrecerró los párpados tratando de ver desde donde estaban disparando. Abrió los ojos en un gesto de terror cuando identificó el cañón principal, estaban en la mira. Si no salían de ahí, sus propios compatriotas los atacarían sin saberlo.
-¡Fuera! ¡Debemos salir de aquí!- ordenó colgándose nuevamente el fusil a la espalda y tomando su espada –¡Salgan dispuestos a matar!- animó colocándose al frente de sus compañeros.
Pateó con fuerza la puerta y enterró la espada en el primer soldado enemigo que se cruzó en su camino. Continuó avanzando hacia el centro de la aldea mientras todo a su alrededor se llenaba de humo, alaridos, balazos y el estruendo de los cañones. Volteó rápidamente y vio que permanecían con vida varios de los soldados que lo seguían. De pronto, a lo lejos, observó la inconfundible despeinada cabeza de Jarko siendo azotada contra un muro. Corrió a su encuentro y agarrando al ruso que estaba a punto de acabar con Korhonen, le rebanó el cuello con su sable. Apenas cayó al piso el soldado abatido, Charles, aprovechándose del caos, lo arrastró hacia un pequeño callejón y lo sentó apoyándole la espalda contra una muralla. Se ubicó a su lado dispuesto a defenderlo con su vida.
-Estamos a mano… me salvaste el trasero muchacho…
La ronca voz de su compañero lo hizo voltear, el hombretón se sobaba la nuca con una mueca de dolor en el rostro, estaba a punto de contestarle cuando varios gritos llamaron su atención, volteó a mirar hacia la entrada del callejón. Cientos de uniformados suecos corrían hacia la parroquia. -Lograron entrar…- murmuró lleno de júbilo y poniéndose de pie, levantó los brazos y gritó -¡Lo hicimos!- en cuanto terminó su celebración se inclinó -Jarko… ¿Estás bien?- tomó de los hombros su amigo. Le extrañó verlo tan pasivo.
-Sí…- jadeó -Creo que tengo un par de costillas rotas y algunos rasguños…- sonrió -Pero principalmente estoy cansado- soltó una carcajada -Ya no tengo tu edad y después de luchar toda la noche estoy agotado…- escupió a un lado la sangre que tenía en la boca –Aunque a ti tampoco te fue muy bien- hizo referencia a la rudimentaria venda con la que Charles apretaba su brazo derecho, al moretón que tenía en un pómulo y a la sangre que se había secado en el nacimiento de su cuero cabelludo, justo sobre la sien izquierda.
-No es nada… aunque arruiné mi última camisa limpia y la chaqueta más abrigada que tengo- bromeó restándole importancia a sus heridas, pese a que le punzaban de dolor -Quizás debiéramos ir a apoyar a nuestros compatriotas…
-Ve tú… yo me quedaré aquí a disfrutar de mi triunfo… he matado a suficientes rusos por ahora… y los recién llegados vienen frescos como lechugas…- dio un cansado suspiro –Este Dragón terminó su trabajo el día de hoy.
Charles lo vio jadear nuevamente, preocupado, colocó uno de los brazos de su camarada sobre su hombro y lo ayudó a ponerse de pie. Al sostener el peso de su amigo notó que igualmente le dolían las costillas, el estómago y la espalda, sonrió con resignación al darse cuenta de que también necesitaba descansar, ya que a medida que su cuerpo se enfriaba, todos los golpes recibidos comenzaban a dificultarle cada movimiento. Respiró profundo sintiendo que el olor a pólvora le picaba en la nariz y habló -Tienes razón… Terminamos por hoy…-. Korhonen asintió.
Con esfuerzo, ambos comenzaron a caminar hacia la salida de la aldea en busca de su Comandante.
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Estocolmo, Julio de 1808
Hans Axel Von Fersen dejó escapar todo el aire que había mantenido en su pecho cuando terminó de leer el último listado de los fallecidos en batalla, estaba fechado a inicios de Junio. Posando su mirada en el majestuoso jardín de palacio, se concentró en serenar el impetuoso latido de su corazón, cerró los ojos y agradeció a Dios el no leer el nombre de Charles entre los muertos. Levantó la mano y posó la vista en el anillo que portaba en el dedo meñique. Esa joya era el único recuerdo material de la madre de su hijo y, en esos momentos, era a lo que podía aferrarse, "Ella" se lo había regalado el día en que le comunicó que serían padres. Cerró los ojos y recordó perfectamente ese momento, estaba aterrada, le dio la noticia con labios temblorosos y buscando su abrazo, si alguien los descubría terminarían muertos. Él le había prometido cuidarla, protegerlos a ambos, aún a costa de su propia vida. Y Maria Antonieta le había creído, había llorado en su pecho creyéndole hasta la última palabra y confiándole su vida. Para sellar esa promesa, ambos habían intercambiado anillos con sus escudos familiares. Después de la ejecución, Fersen se preguntó durante mucho tiempo que había pasado con el anillo que él le entregó, al darse cuenta que nunca nadie habló de esa joya, simplemente asumió que había sido robada o perdida, y dejó de pensar en ello.
Se llevó el puño a los labios y besó suavemente el anillo, que solo había dejado de usar durante lo que duró su matrimonio, "Ayúdame a amor mío, te suplico lo cuides mientras está lejos de mí" pidió con fervor y sin poder dejar de pensar en su hijo.
-Veo que ya recibiste las buenas nuevas… Charles no está en la lista.
Al oír la voz de su hermano menor, y actual Jefe de Cámara de la Corte, se quitó la mano de los labios y se la llevó a los ojos, apretándose los párpados con el pulgar y el índice, tratando de tranquilizarse. Necesitaba regresar al semblante siempre sereno que se esforzaba en demostrar cuando estaba en palacio, eso era lo que se esperaba del Gran Mariscal del Reino. Después de unos segundos abrió los ojos, giró lentamente y miró con seriedad a su interlocutor –Fabian…- murmuró a modo de saludo –Estás un poco lejos de tus funciones…- apuntó con ironía.
-Estoy en donde quiero estar… Estaba buscándote.
Fersen dobló el papel que tenía en sus manos y lo guardó en su chaqueta –Ya me encontraste…- farfulló dispuesto a marcharse.
-Axel…- lo tomó de un brazo para impedirle que se alejara –Necesito pedirte disculpas… Sofía me dijo que estabas aquí, escúchame por favor… sabes que a nuestra hermana le afecta que continuemos enemistados…
-Te involucraste en algo que no te correspondía- los ojos de Fersen refulgieron molestos. Pese a los años transcurridos, no lograba perdonar que su hermano menor le reclamara haber adoptado formalmente a Charles.
-Lo vi…- Fabian se acercó y bajó la voz –Apenas lo vi, me di cuenta de que me equivoqué… te pido disculpas…
-No tenías ningún derecho a cuestionarme…- apretó un puño, con Charles en peligro constante su paciencia no era la de siempre.
-¡¿Y qué querías que hiciera?!... Nos avisaste de tu matrimonio y divorcio, por carta… le diste y quitaste tu apellido a una niña que jamás pude conocer… Y apenas murió nuestro padre, le diste nuestro apellido a un chiquillo que mantenías prácticamente oculto en tu casa…
-Nada de lo que has dicho es de tu incumbencia…- contestó seco y moviendo el brazo para soltarse del agarre de su hermano –Sofía nunca me ha cuestionado… y ella vive conmigo…
-Yo no sabía…- Fabian bajó nuevamente la voz –¿Por qué no me dijiste de Charles era tu hijo?… De haberlo sabido…
-¿Lo habrías invitado a tomar el té? ¿Lo hubieras incluido en tus partidas de caza? ¿Sería amigo de tus hijos?
-¡Basta!- gruñó haciendo gala del temperamento Von Fersen –No pongas solo en mis hombros la responsabilidad de que nuestros hijos no sean cercanos… Quiero que nuestra familia vuelva a ser unida, Louise no aceptará que le lleve una respuesta negativa… mi esposa desea conocer a Charles, tenemos el derecho de conocer a nuestro sobrino… y mis hijos quieren conocer a su valiente primo.
Fersen volvió a mirar por la ventana y permaneció en silencio unos segundos. Siempre había adorado a su hermano menor y no podía negar que, en más de una oportunidad, también había deseado conocer a sus sobrinos, después de todo, el mayor de ellos llevaba por nombre el que todos los primogénitos de su familia poseían… pensó nuevamente en su propio hijo y maldijo. Charles debería haberse llamado Axel y no el primogénito de su hermano. ¿Por qué la vida se había empeñado en negarle tantas cosas?. Movió la cabeza con rabia. Ni siquiera había podido escoger el nombre de su único vástago vivo.
-Axel… por favor.
La voz de su hermano lo sacó de sus cavilaciones una vez más. Respiró profundo. –Cuando regrese te iremos a visitar- sentenció. Hizo un gesto con la cabeza a modo de despedida y dando media vuelta comenzó a caminar.
El hombre de cuarenta años, apuró el tranco y comenzó a caminar al lado de su hermano mayor, ya había dado el primer paso y no pensaba marcharse así de fácil. No solo el orgullo, la inteligencia, los ojos grises y la gallardía eran el sello de los Von Fersen, la tenacidad y valentía también lo eran. –Háblame de mi sobrina…- le pidió, sonrió de lado al ver que Axel lo miraba impresionado –Sé que aunque ahora no tenga nuestro apellido, en algún momento fue así… también sé que viajas constantemente a verla y que ella también te visita… Nos gustaría conocerla, Louise siempre ha querido una hija… y según sé, Isabelle es una joven no sólo inteligente, sino que también dueña de una particular personalidad… Aunque no me extraña, digo… teniendo por madre a una ex militar…
-Veo que Sofía no se guardó nada…- Axel disminuyó el ritmo de sus pasos y sonrió con resignación, su hermano sabía cómo acercarse a él. Respiró profundo –Cuando Isabelle nos visite, te invitaremos a nuestra casa…- dijo con calma.
-¿Y cuando regrese Charles?- insistió Fabian con simpatía –Quiero felicitarlo personalmente por su desempeño en el campo…
-Sólo sabemos que continúa vivo...
-Es un Von Fersen, tiene nuestro orgullo, nuestra inteligencia y nuestra valentía… sin duda destaca entre sus pares, ya verás que regresa lleno de honores.
-También tiene nuestra arrogancia y la ausencia absoluta de humildad que compartimos…- Fersen sonrió y miró con cariño a su hermano menor –Se parece mucho a ti…
-Acompáñame a tomar un trago…- vio que su hermano iba a preguntar algo, se adelantó a contestar –La Corte está muy tranquila, todos están pendientes de la guerra… tengo toda la tarde libre y quiero contarte las últimas travesuras de tus sobrinos- sonrió al ver que la mirada de Axel se iluminaba –Agradezco que sólo tengan diez y seis años, con uno de nuestra familia en el campo ya es suficiente preocupación… me recuerda cuando te fuiste a luchar a América sin dar ninguna explicación…
-Eres igual a Sofía…- murmuró Axel mientras salían de palacio y caminaban hasta una de las glorietas en donde varios nobles tomaban un refrigerio.
Tratando de recuperar el tiempo perdido, los apuestos hermanos se concentraron en no hablar de cosas demasiado personales y analizaron principalmente lo acontecido en los meses de campaña, situación que tenía a todo el país convulsionado, más aún, cuando el mismísimo Gustavo IV, había decidido, hace tan solo un par de semanas, apersonarse en el campo a fin de asegurarse de que todo se llevara a cabo según sus instrucciones.
-¿Qué te parece la contraofensiva que ordenó Mauritz Klingspor*?- preguntó Fabian.
-Bastante acertada… Después del triunfo de Revolax era bastante lógico que se movieran hacia el sur…
-Al menos "nuestro" Charles estuvo un tiempo lejos del frío de Ostrobotnia- murmuró con una sonrisa el menor de los Von Fersen, poniendo hincapié en que se sentía parte de la vida de su sobrino y haciendo una clara referencia a que el General Klingspor ordenó a la Brigada de Sabolax, y de la que formaban parte Dragones de Nyland, comenzaran a luchar una cruenta guerra en el sur de Finlandia.
En ese lugar, el pasado 02 de mayo de 1808, el Coronel Sandels, hombre a cargo de la Brigada de Sabolax, marchó hacia el Este para liberar las partes de Finlandia que se encontraban bajo control ruso. Durante el avance, encontró tropas eslavas en Pulkkila. Éstas, comandadas por el Coronel Obuhov, fueron rodeadas por los suecos y trataron desesperadamente de romper el cerco, pero, al no conseguirlo se refugiaron en la población donde intentaron defenderse del ataque enemigo. Finalmente, superados por los nórdicos, los rusos se rindieron. Tras esta victoria, las tropas de Sandels se dirigieron a Kuopio y la reconquistaron. Esta ofensiva sueca, fue la operación de más éxito en la guerra, ya que hostigó a las tropas enemigas constantemente y consiguió capturar numerosos depósitos de armas y víveres. Sin embargo, en verano, los rusos volvieron a llevar la iniciativa en las operaciones. (1)
Tras derrotar a los rusos en la batalla de Pulkkila, Sandels envió varios destacamentos, que sumaban 1.700 hombres, en dirección a Savo con la orden de capturar los cargamentos de suministros eslavos, así como los depósitos que habían instalado en el suelo finlandés. Los rusos, por su parte, habían concentrado sus fuerzas hacia Savo, unos 7.000 hombres bajo el mando del General Barclay de Tolly. Debido a la superioridad rusa, Sandels no tuvo más remedio que retirar sus tropas hacia el norte, estableciendo posiciones defensivas en la orilla norte del lago Toivalansami. (1)
Durante el verano, los rusos trataron de dominar el Estrecho de Toita y eliminar las defensas suecas de Pyssykalli. No obstante, los suecos resistieron. A finales de junio Barclay de Tolly abandonó las posiciones de Kuopio, dejando una fuerza de 3.000 hombres, y se dirigió con el resto de sus tropas hacia Ostrobotnia, donde pensaba enfrentarse al ejército enemigo. El 26 de Junio, Sandels dio la orden de atacar. Ese mismo día, una escuadra de 20 cañoneras se dirigió a Paukarlahti con la intención de capturar los suministros rusos. Por la noche, envió 600 hombres y 4 cañones, incluyendo a los Dragones de Nyland, hasta Kuopio parainiciaruna nueva ofensiva contra los rusos. (1)
-Así es…- Axel exhaló largamente –Pero no puedo dejar de pensar en que solo tengo el reporte emitido a inicios de junio… desconozco que ha pasado en estos casi dos meses…
-Está bien- Fabian sonrió con tranquilidad –Quizás magullado y con una que otra marca de batalla, pero estoy seguro de que está bien.
Hans Axel Von Fersen asintió en silencio y bebió un sorbo de la copa que mantenía en sus manos.
Arrás, Septiembre de 1808
Con el corazón martilleándole fuertemente contra el pecho, Isabelle descendió de la berlina y saludó a su madre, que los estaba esperando junto a Augustin en la entrada principal. Por el estado de sus ropas, notó que recién habían terminado de trabajar con los caballos.
-¿Qué tal el viaje?- preguntó Oscar mientras ayudaba a André y Gilbert a descargar las provisiones que habían comprado en la ciudad. Al notar que Isabelle era la
única que no atinaba a contestar, dejó las cosas en el suelo y la tomó de un brazo –Isabelle… ¿Estás bien?
-Sí…- la joven se recompuso y sonrió –Estoy perfectamente…
-¿Segura?- insistió soltándola.
-Todo bien maman… ¿Cómo está Martine y el pequeño Philippe?- cambió de tema preguntando por la mujer recientemente contratada y el bebé que había nacido hace solo semanas.
-Perfecto… todo está muy bien- contestó Oscar mientras miraba en dirección de Augustin, el adolescente trataba de ayudar a su padre a descargar la berlina mientras el niño mayor de Martine, Antoine, no dejaba de saltar a su alrededor mientras le mostraba una espada de madera.
Isabelle sonrió ante la divertida escena y tomando algunos bultos de las manos de Constance, se alejó rumbo a la cocina.
Dado que aún faltaba bastante tiempo para la cena, decidió ir donde el Doctor Leblanc a fin de entregarle el informe de la salud de su amigo. Mientras cabalgaba no podía dejar de recordar las palabras del retratista "Lo torturaron hasta matarlo, y no me refiero a solo los maltratos físicos… la parte psicológica era la peor, morir fue lo mejor que le pudo pasar a ese niño" apretó las riendas con las que guiaba a Aura "Dios mío… Era solo un niño…" se lamentó mientras silenciosas y pesadas lágrimas se deslizaban por sus mejillas, las secó con rabia, "Fueron unos desalmados, unas bestias sin corazón quienes lastimaron a mi Charles". Pese a que ninguna de esas palabras habían salido de sus labios, se cubrió la boca al darse cuenta de lo que había pensado "Mi Charles… No, él no es mío" se corrigió. Sintió que la furia llenaba su pecho al recordar la infancia que había compartido con él. Recién ahora entendía el porqué de su parquedad, su timidez y el terror que había en sus ojos durante los primeros años. Movió la cabeza sintiéndose una estúpida. Los recuerdos de su infancia en general eran maravillosos, a excepción de la separación de Fersen, pero nada se comparaba a lo que seguramente él había padecido. Por fin entendía tantas cosas.
Mientras nuevas, y rebeldes, lágrimas se escapaban de sus ojos entendió por completo porqué sus padres se esmeraron tanto en cuidarla, protegerla y mimarla. Ellos sabían lo que había pasado el hijo de María Antonieta "Sí, ellos lo saben" meditó recordando que Charles siempre se refería a su familia con admiración y cariño.
Después de unos segundos recordó todo lo que sabía de la fuga de Varennes, incluyendo lo que se rumoreaba. Tensó las riendas y detuvo a Aura. Todo tenía sentido, Charles era fruto de la relación extramarital de la fallecida Reina de Francia y del apuesto Conde sueco. Sintió que le faltaba el aire, cerró los ojos y se concentró en respirar, estaba pocas cuadras de la consulta y no podía llegar en ese estado de agitación. Cuando sintió su corazón un poco más sosegado, abrió los párpados y miró hacia las alturas en búsqueda de más aire, las grises nubes fundidas con el azul del cielo le recordaron la intensa mirada del hombre que llenaba sus pensamientos en esos momentos. Pensó en su sonrisa siempre abierta, sincera y muchas veces socarrona, en su señorial porte y en su semblante con ese halo de misterio que pocas veces lograba descifrar.
-Soy una estúpida…- murmuró con la garganta apretada al darse cuenta de que él había superado cosas indecibles, logrando convertirse en un hombre de bien y sobre todo alegre, mientras ella lloriqueaba por cada cosa que no resultaba como quería –Me avergüenzo de mi misma- se lamentó –No soy digna de mis padres…- respiró con pesar y apretó los talones contra las costillas de su potranca para hacerla caminar nuevamente.
Desmontó frente a la consulta y puso a su yegua a resguardo. Entró mientras retorcía las manos hasta tener los nudillos blancos. Al ver que la salita de espera estaba vacía, tocó suavemente la puerta del despacho, cuando se le autorizó a entrar, abrió y miró durante unos segundos a su mentor. Se detuvo en su semblante lleno de bondad y sabiduría, en ese momento entendió por qué él le había pedido ir a visitar a Couaski. Caminó y abrazó al médico.
-Gracias…- musitó con la voz entrecortada por la emoción.
-Isabelle… Debes estar tranquila…- Jean trató de consolarla paternalmente.
-Gracias por haberlo atendido, gracias por no denunciar a mis padres, gracias por no decirle a nadie quien es él realmente- rompió el abrazo y miró los inteligentes ojos del galeno –Gracias por dejarme saber la verdad- su mentón tembló.
-Ven…- la guió hasta el taburete que estaba frente a un mesón, a los segundos le acercó un té. Isabelle lo bebió en silencio hasta calmarse. Cuando el médico vio que la joven había dejado de temblar habló nuevamente -¿Qué harás?... Debes advertirme si enfrentas a tus padres… de ser así, me gustaría poner algunos kilómetros de por medio- bromeó.
Ella negó rápidamente con la cabeza –No, no tengo derecho de reclamarles nada… ¿Cómo podría?- sus ojos se humedecieron –Ellos… ellos hicieron algo tan noble y arriesgado- suspiró -¿Quién soy yo para siquiera pensar en pedir alguna explicación?... Tío- levantó la vista –Gracias por permitirme crecer…- trató de sonreír –Durante el tiempo que he estado bajo su tutela he aprendido mucho… y no me refiero sólo a la medicina, he aprendido a abrir los ojos y a salir de la burbuja en la que estaba- dejó la taza sobre el mesón –Durante mucho tiempo culpé a mis padres por eso, por sobreprotegerme… pero también soy responsable, ellos solo querían cuidarme y me aproveché de eso, me convertí en una malcriada…
-Estás siendo muy dura contigo misma.
-Estoy siendo realista- lo miró con tristeza –Y ya no quiero ser esa persona… Martine tiene mi edad y ella es mucho más mujer que yo… he aprendido tanto de ella… y Charles- un sollozó cortó su voz, vio que el médico se iba a acercar, lo detuvo con un gesto –Él se repuso a cosas espantosas… y no permitió que eso lo definiera como persona…
Jean asintió –Es un hombre fuerte…
-Y un engreído- murmuró Isabelle mientras sonreía –Un vanidoso, un pedante, un desleal…- amplió su sonrisa –Es un hombre normal y lleno de defectos… pero con virtudes que opacan todo lo malo…- secó con determinación sus lágrimas –En cambio yo… mis defectos superan mis virtudes, no espero ser perfecta porque jamás lo seré… conozco muy bien mis falencias, pero me esforzaré en cultivar todo lo que me falta.
El doctor sonrió ampliamente y se acercó a la joven, la abrazó de los hombros –Estoy orgulloso de ti- la besó en la coronilla -¿Le dirás a Charles lo que sabes?
-No… él me lo dirá cuando quiera hablar de ello- levantó la cabeza –Por favor, no le diga a nadie lo que sé- le suplicó –No tengo derecho a romper el pacto de todos… es demasiado peligroso.
Jean Leblanc asintió –Es un secreto entre los dos- murmuró sonriendo.
-o-
Alain De Soissons salió de su alcoba con los ojos cargados de rabia, incapacitado de controlar su mal temperamento, azotó la puerta de la habitación y se dirigió como un huracán hacia el salón, sabía que en ese lugar encontraría a Dianne junto a su marido. Girodelle por fin había terminado los viajes que lo mantuvieron lejos de su familia durante meses.
-¡Esto se termina aquí y ahora!- rugió mirando a su hermana.
-Alain…- Víctor trató de intervenir al ver como su cuñado reprendía a Dianne.
-No te metas…- lo miró molesto –Sólo porque sé que adoras a mi hermana no la tomo en tu contra también… sé que únicamente por eso le has permitido llevar su dolor al punto en el que está- volteó a mirar a su hermana, pese a que Dianne lo miraba aterrada y con los ojos llenos de lágrimas, no cesó en sus reproches –Todos sabemos que perder un hijo debe ser espantoso… pero eso no te da derecho a convertirte en alguien cruel, en alguien despreocupado ni egoísta- la apuntó con el dedo –La mujer que eres ahora no es mi hermana… Víctor puede aguantarte lo que quieras, él es tu marido y lo que pasa entre ustedes no es de mi incumbencia, pero en mi casa mando yo, también tengo una familia a la que debo cuidar, tengo una mujer a la que proteger y gente a la que quiero… y que he dejado de lado por permanecer junto a ti y permitirte hacer todo lo que se te ha antojado- resopló –Mi ahijado no viene hace meses porque no te dignas a disculparte con su madre- levantó los brazos en un gesto exasperado -¡Y bien sabes que Oscar no se merecía nada de lo que le dijiste… y la ofendiste frente a sus hijos!- le reprochó ignorando la mirada contrariada de Girodelle, quien desconocía completamente a lo que se estaba refiriendo –¡Anne y yo adoramos a Augustin como si fuera nuestro hijo… y no lo hemos podido ver porque tú sigues comportándote de manera obstinada, orgullosa y egoísta!
-Alain… yo- comenzó a hablar Dianne mientras pesadas lágrimas se le deslizaban por las mejillas.
-Pero lo de ahora…- Alain la miró con dolor –Si no vuelves a ser mi dulce y generosa hermana… te quiero fuera de mi casa a fines de esta semana…- su voz se quebró –Adoro a mis sobrinos, pero mi mujer está primero… Y Anne no se merece el sufrimiento que ha pasado estos meses…- movió la cabeza tratando de controlarse –Ella es la dueña de esta casa, ella…- se cubrió la boca con un puño –Ella no tiene por qué estar ocultándose por miedo a dañarte cuando lo único que ha hecho es cuidarte y ayudarte… ¡Ha criado a tus hijos mientras tú te entregabas a la muerte!
-Alain, cálmate por favor- intervino Girodelle colocándose en medio de los hermanos –¡No permitiré que le hables así a mi esposa!
-Tiene razón- Dianne colocó una mano sobre el hombro de su marido –Tiene razón- repitió entre sollozos –Me desconozco… Ya no sé quién soy…
Víctor volteó y abrazó a su mujer mientras esta se desplomaba sobre un sillón. Ambos escucharon como Alain cerraba violentamente la puerta principal al salir de la casa. Girodelle apretó el frágil cuerpo de Dianne contra su pecho mientras ella se estremecía con cada sollozo.
-Yo sé quién eres… Eres mi Dianne… mi dulce Dianne- murmuró contra la cabeza de su esposa tratando de consolarla.
-Mi niño se murió…- sollozó mientras sentía que le faltaba el aire –Nuestro niño se murió en mis brazos y siento que soy la única que aún lo recuerda- enterró el rostro en el pecho de su marido.
-Tenemos seis hijos- murmuró Girodelle con la garganta apretada y apenas controlando el dolor que le significaba hablar –Tenemos seis hijos amor mío… No de la forma que queríamos, pero siguen siendo seis… No eres la única que recuerda a diario a Gustave.
Dianne levantó el rostro al escuchar el nombre que se había rehusado a repetir desde el día en que el niño había fallecido y asintió –Sí… tenemos seis hijos- repitió entendiendo lo que su marido trataba de decirle.
-Cinco de ellos duermen en sus camas- habló en un susurro mientras secaba con sus pulgares las lágrimas de su esposa –Y uno duerme en el cielo…
-Víctor…- se lanzó a sus brazos –Me has hecho tanta falta…- sollozó con fuerza.
-Ya estamos juntos amor mío- la besó repetidamente en la cabeza –Te prometo que no nos separaremos más… No tendré que viajar en un buen tiempo- sonrió –Mantener a una familia tan numerosa es difícil, pero sé hacerlo- de felicitó mentalmente por la idea de conseguir socios en diferentes aldeas. Gracias al tiempo invertido en su último viaje, logró ampliar su negocio y eso le permitiría estar más tiempo con su familia sin ver mermadas sus ganancias.
-Nuestra casa en Normandía debe estar fría…- Dianne levantó la cabeza –Creo que es momento de irnos, nuestros niños necesitan regresar a su hogar…
-Pero…
-Sí, mañana iré a disculparme con Oscar… fui muy injusta- abrazó nuevamente a su marido –He sido una persona horrible… También debo hablar con Anne…
-¿Qué pasó con ella?- preguntó Girodelle.
-No lo sé…- susurró –Pero debe haber sido algo terrible, Alain nunca se había enojado tanto conmigo.
-Ve…- le dijo –Habla con tu cuñada…
Dianne se secó las lágrimas y fue en busca de la mujer que la había ayudado durante meses, y a la cual no le había dedicado una sola palabra de agradecimiento.
-o-
-¡¿Qué te pasó?!- exclamó André apenas abrió la puerta y vio a Alain en el umbral -¿Te asaltaron?- preguntó preocupado al ver el moretón que se le estaba formando en el ojo y pómulo derecho.
-Necesito un trago- contestó entrando.
André lo guió hasta el despacho y sirvió dos copas. Cuando Alain vació la primera insistió -¿Me dirás como te entintaste el ojo?... porque veo que tienes tu arma, así que no fuiste asaltado.
-Anne… la bonita me pegó.
-¡¿Qué le hiciste?!- se acercó furioso –¡Sabes que es como mi hermana y no aceptaré que le faltes el respeto!
-¡Cálmate!- tomó la botella y se sirvió nuevamente –Me arrojó una bota cuando le dije que estaba un poco más gorda.
-Eres un bruto- André comenzó a reír, lo hizo hasta que le dolió el estómago de tan solo imaginar la situación -¿Cómo se te pudo ocurrir decirle algo así?- se carcajeó nuevamente.
-¡Se lo dije porque es verdad!- Alain se mesó los cabellos –Parece que se hubiera tragado una calabaza, pequeña… pero se le nota- se dejó caer en un asiento y cerró los ojos –Diablos… ¿Qué voy a hacer con un bebé a esta edad?- se lamentó.
-¡¿Qué?!- se sentó al lado de su amigo -¿De qué hablas?
-Voy a ser padre- Alain abrió los ojos y sonrió –No está gorda… está embarazada- cuando vio que André abría la boca, pero era incapaz de hablar, sonrió y continuó –Yo soy el viejo, no ella… te recuerdo que tiene diez años menos que nosotros- se carcajeó -Voy a ser padre… Estoy en edad de jubilarme y lo haré sólo para enseñarle a caminar a un chiquillo…
-Podría ser una niña también…
-No- Alain sonrió –Las mujeres son muy complicadas, será un niño… un ejemplar digno de su padre- se levantó y agarró la botella que estaba sobre el escritorio –Necesitaremos otra- vació el líquido en las copas –Porque esta noche te vas a embriagar conmigo…- sonrió –Acabo de comportarme de forma despiadada con mi hermana y no volveré a mi casa hasta estar borracho como una cuba…
-¿Qué tiene que ver Dianne en esto?- preguntó André sin entender.
-Mi bonita no se atrevía a decirme la buena nueva porque no quería que Dianne se sintiera mal… No me merezco la mujer que tengo… es tan buena… la pobre pasó tres meses aterrada de que se le notara…- se lamentó –Y la culpa es mía, debí haber hecho lo que hice hoy hace meses… fui muy blando con mi hermana- resopló aún molesto.
-Es cierto, no te mereces a Anne- André se levantó y sacó otra botella del estante, la abrió rápidamente –Y tampoco te mereces a Gabrielle- se rascó la nuca –Espero que Martine cocine bien, porque Constance y Clarice lo hacen pésimo… si ella no nos ayuda, moriremos de hambre.
-¿De qué hablas?
-Gabrielle se irá contigo, ella merece estar junto a su hija y nieta- comenzó a reír –Si Martine cocina mal, tendré que hacerlo yo, porque Oscar no lo hará- vació su copa -Tampoco Isabelle...
-"Nieto", te dije que será niño- Alain insistió entre carcajadas -Con Gabrielle en casa, creo que seré yo quien engorde...
De esa forma, ambos amigos celebraron toda la noche la buena noticia y haciendo planes para el futuro.
Al día siguiente, Dianne hizo lo que había evitado durante meses y Oscar recibió las disculpas que se merecía. Situación que fue festejada por todos, aunque más por Augustin, quien estaba exultante por poder regresar a la casa de su padrino sin sentir que traicionaba a su madre. Aunque la alegría no le duró mucho, esta desapareció cuando supo que la familia Girodelle Soissons regresaría a Normandía en menos de una semana. Por su parte Gabrielle, llena de sentimientos encontrados, dejó a su señora, con la que había convivido por casi veinticinco años, y a los niños que había criado, para mudarse junto a su hija. Ya que no quería perderse un segundo de la vida de su próximo nieto. A pesar de la tristeza que esta decisión significó para toda la familia, la apoyaron y prometieron visitarla muy seguido.
En cuanto a Martine, pese a su juventud e inexperiencia, tomó las riendas de la casa de forma rápida, hábil e inteligente, ya que Constance se negaba a hacer algo más que no fueran sus labores habituales. Por su parte Clarice, se comprometió a hacerse cargo de los niños pequeños a fin de que estos dejaran a su madre trabajar tranquila, después de todo, ya corría todo el día atrás de su primogénita y, haciendo gala de su habitual inocencia y optimismo, aseguró que ocuparse de dos niños más no le iba a significar un cambio demasiado grande.
-o-
Diciembre de 1808
Constance caminó presurosa hasta el salón principal y abrió la puerta sin aviso, sabía que únicamente Isabelle estaba en la habitación debido a que los dueños de casa habían ido al centro de la aldea y Augustin estaba en casa de Alain.
-¡Ha llegado carta!- anunció contenta mientras se sentaba al lado de la destinataria. Le entregó el sobre.
Isabelle sonrió y cerró el libro de Anatomía que estaba estudiando, al día siguiente asistiría al médico en un complicado procedimiento y quería estar preparada –Gracias…- murmuró mirando con ojos brillantes el remitente.
Pese a que las visitas a París se habían vuelto algo casi habitual, cada tres o cuatro semanas y siempre acompañando a su padre, sentía que el tiempo que pasaba con François era demasiado escaso y añoraba compartir más con él. Si bien veía más seguido que antes a su novio, el tener además la responsabilidad de comprar suministros médicos para la consulta, la hacían disponer de menos tiempo del que deseaba, dándole un fin más oficioso que de esparcimiento a sus visitas a la capital.
-¿Lo extrañas?
La voz de la doncella la hizo levantar la mirada, asintió y contestó –Sí… mucho.
-¿Te puedo confesar algo?- la chispeante pelirroja la miró pícara.
-Conozco esa mirada- Isabelle comenzó a reír –Ya sé lo que me vas a decir… Sí, François es muy apuesto- le dijo con las mejillas sonrojadas.
-¡Es que nunca me habías dicho que tu novio era tan guapo!- bromeó –Y cada vez que vamos… no sé, parece hasta más alto- se cubrió las mejillas en un infantil gesto –Creo que es el hombre más apuesto que he visto en la vida…
-Sí… Es decir, siempre ha sido alto y guapo… pero tienes razón, ahora lo es más… Pero ya quiero ver tu rostro cuando conozcas a Charles, él parece bajado del Olimpo.
-¿Charles?... Háblame de él…- le suplicó.
-No quiero hablar de él… prefiero hablar de François, él es mi novio- murmuró Isabelle.
-Como quieras- la doncella bufó –En todo caso… Si no anudas pronto el lazo con él, podrían tratar de quitártelo… Ya sabes lo que dicen, París está lleno de fulanas…
-Confío en François- Isabelle sonrió con seguridad –Él no es así…
-Los hombres son todos iguales… basta con que una pollera se levante unos centímetros del suelo y ellos corren a tratar de meterse debajo…
-No- Isabelle la miró seria –Él no es así… él me ama y me es fiel, estoy segura…
Constance se puso de pie y comenzó a dar cortas caminatas de un lado a otro mientras respiraba profundo, después de unos segundos se animó a hablar nuevamente –Te voy a decir esto solo porque eres mi amiga- se detuvo y miró a Isabelle a los ojos –Admiro que confíes en tu novio, pero no lo descuides…
Isabelle sonrió con tranquilidad y palmoteó el lugar junto a ella en el sofá –Ven, siéntate…- animó a la doncella –No conozco muy bien tu vida- comenzó a hablar cuando Constance se sentó –Y no te sientas obligada a contármela si no quieres- agregó al ver que la joven bajaba la mirada –Pero yo sí creo que el amor que un hombre puede sentir por una mujer… mi padre es el fiel reflejo de ello… ¿Has visto como mira a mi madre?- la pelirroja asintió –François me mira de la misma forma… Y eso me hace confiar plenamente en él- suspiró suavemente –Él no solo es apuesto… es leal, es generoso, inteligente, es alguien en quien puedo confiar, sé que jamás me mentiría, sé que siempre me cuidará, sé que me ama tal y como soy… me ama con todos mis defectos y virtudes… él es perfecto para mí.
-¿Y por qué no llegas más allá con él?- preguntó Constance en un murmullo –Ambos ya son adultos y… no sabes de lo que te pierdes…
-Tú…- carraspeó –¿No eres virgen?- miró nerviosa hacia la puerta mientras rogaba que nadie de su familia llegara de imprevisto.
–No, ya no lo soy… y puedes preguntarme lo que quieras- la animó.
-¿Te dolió?- preguntó tímidamente.
-No…
-¿Dónde está tu novio?... No me digas que te abandonó después de…
-Seguimos juntos- la interrumpió -Es del pueblo vecino… lo veo cuando tengo libre, pero no confío en que me sea fiel... así que yo tampoco ando por la vida guardándole devoción- sonrió con picardía, volvió a ponerse seria cuando vio que las mejillas de Isabelle estaban sonrojadas –Puedes hablar conmigo lo que quieras, sé que con tu madre no lo haces… digo, dado como es ella.
-No hables así de mi madre- la detuvo Isabelle, pese a que eran amigas no le permitiría que se refiriera de una forma que no le pareciera.
-Me refiero a que ella es muy formal y seria- dijo rápidamente Constance –No seas pesada ni cambies de tema… ¿Por qué no te animas a ir más allá con François?… eso es lo normal cuando una pareja se quiere…
-Lo sé… Y créeme que en más de una ocasión he pensado en esto… Tampoco es que quiera esperar a casarme con él- sonrió con timidez –Cuando estoy en sus brazos… siento que todo da vueltas…- se sonrojó una vez más.
-No me digas que es por temor salir embarazada que no lo haces…
-Sé cómo evitar un embarazo…
-Entonces… ¿Cuál es el problema?
-Quiero que sea especial…- levantó la vista y sonrió cuando un arriesgado pensamiento cruzó su mente –Quizás tú me puedas ayudar…- sus ojos brillaron ante la idea que estaba comenzando a fraguarse en su mente.
-o-o-o-
Absolutamente perdida en el las orbes azul cobalto que la miraban con devoción, Isabelle dejó escapar un suspiro vaciando por completo su pecho de aire, sonrió al sentirse tan a gusto. Al momento de dar una profunda inspiración, la boca de François se apropió de la suya haciéndola cerrar los ojos. Jadeó contra sus labios al sentir que él deslizaba una mano por su cuello a fin de sostenerle la cabeza imposibilitándole moverse.
-Te amo…- murmuró el universitario mientras arrimaba su torso hasta rozar la suave piel de los senos de su novia. Ambos temblaron ante esa íntima fricción.
Antes de que Isabelle pudiera hablar, percibió como, bajo las sábanas, una de las largas piernas de su enamorado se posicionaba entre sus muslos, provocando que los separara de forma natural y ansiando aliviar el calor que sentía en el centro de sus piernas contra la piel de él. Gimió extasiada al sentir que él se movía despacio tratando de estimularla. Se separó unos segundos de sus labios tratando de respirar, sentía que le faltaba el aire y que la sangre que corría de forma torrentosa por sus venas, rugía furiosamente incluso en sus oídos.
-François…- susurró entre jadeos de placer al tiempo que levantaba las caderas invitándolo. Habían deseado unirse durante demasiado tiempo y ya no soportaba la espera.
Antes de que él se moviera buscando la posición correcta, percibió un aroma que creía olvidado y un nuevo par de manos subiendo por sus piernas, justo bajo las sábanas que se enredaban en sus caderas. Abrió los ojos asustada y miró en esa dirección. Un grito de sorpresa quedó atrapado en su garganta cuando se encontró con unos ojos del color del cielo antes de una tormenta.
Charles sonrió ladino, y sin dejar de mirarla, mientras deslizaba la lengua por las caderas de Isabelle. Cuando mordisqueó suavemente la nívea piel, levantó la cabeza para ver como las mejillas de ella se enrojecían al tiempo de que sus labios se separaban dejando escapar un largo gemido. Sin darle tiempo de reaccionar, se deslizó como un enorme felino y la besó profundamente, quitándole todo el aire que ella a duras penas lograba mantener.
Mientras se entregaba a ese beso, que le estaba devorando no solo el aire, sino que también el alma, levantó su mano derecha y la enredó en el cabello de Charles al tiempo que con la mano izquierda se afirmaba de la cadera de François. Abrió los ojos y exhaló con un largo suspiro. No sabía por qué no sentía incorrecto nada de lo que estaba pasando.
Tembló al percibir que su novio descendía por su cuello, mordisqueándole suavemente la piel hasta llegar a su pecho, sintió la tibieza de la lengua en la punta de uno de sus senos. Rápidamente enredó los dedos en la espesa cabellera del universitario mientras sentía que su vientre se contraía ansioso y su torso se arqueaba buscando más contacto. Antes de que pudiera coordinar otro movimiento, una mano se coló entre sus piernas. Cerró los ojos nuevamente y gimió de gusto al sentir como los traviesos dedos del militar recorrían de forma libidinosa el lugar que nadie más había tocado. Se estremeció mientras jadeaba tratando de respirar, sentía que se ahogaba, que le faltaba el aire y que su piel ardía. Carente de toda voluntad, se dejó manejar por las manos, y bocas, que no dejaban de acariciarla en distintas partes del cuerpo.
-¿Estás lista?- Charles susurró contra sus labios.
Ella, sin poder hablar, solo atinó a asentir con la cabeza. Tembló al mirarlo a los ojos, las pupilas del militar estaban completamente dilatadas y sintió que la quemaban tan solo con mirarla. Cuando él se acercó un poco más, percibió su erección rozándole las caderas. Antes de entregarse por completo, buscó con la mirada a François, el universitario estaba completamente entregado a juguetear con sus pezones. Cerró los ojos y hundió la cabeza en la almohada mientras se estremecía, temió desmayarse, jamás había sentido algo tan intenso como lo que estaba sintiendo en esos momentos. Sentía que iba a explotar y que su cuerpo se convertiría en miles de pedazos.
Charles quitó la mano de entre las piernas de Isabelle y de un tirón botó la sábana que aún los cubría parcialmente al piso, con determinación la tomó de un muslo haciéndola separar las piernas. Ella dio un pequeño grito de sorpresa.
-Hazlo… por favor…- suplicó Isabelle temiendo morir a causa de la anticipación que sentía –Charles… hazlo- lo miró con los ojos azorados de deseo, las mejillas arreboladas y los labios inflamados por los besos que había recibido con total desvergüenza.
-¡Isabelle!- secos golpes sonaron en la puerta -¡Debes levantarte ahora si quieres acompañar a tu padre a París!
La durmiente se sentó asustada en la cama, aferrando la sábana contra su pecho mientras su cuerpo continuaba temblando.
-¡Maman… en seguida me levanto!- contestó antes de que se abriera la puerta de su alcoba. No necesitaba mirarse al espejo para saber que su rostro seguramente mostraba todo lo que estaba sintiendo, su madre era la persona más perspicaz que conocía y no se atrevía a enfrentarla en esos momentos.
-La bañera está lista, tal como lo pediste- continuó hablando Oscar a través de la puerta –En la cocina están desayunando tu padre, Gilbert y Constance. Date prisa por favor.
-Sí… Gracias… No tardo…
Cuando escuchó los pasos de su madre alejarse por el pasillo, se concentró en respirar profundo tratando de calmarse -¿Qué me está pasando?- susurró asustada y mirando sus manos que no dejaban de temblar.
Mientras se levantaba, e iba al cuarto de baño, se repitió hasta el cansancio que ese extraño sueño se debía a lo que le propondría a su novio. Sí, esa era la razón. Después de refrescarse rápidamente, ya que había despertado cubierta de sudor, se paró frente al tocador mientras cepillaba su largo cabello. Notó que aún tenía las mejillas sonrojadas. A continuación, abrió un cajón que no tocaba desde hace meses y sacó del interior un delicado estuche de terciopelo azul, deslizó los dedos por cada una de las gemas del agriette mientras sentía que su vientre se contraía y el centro de sus piernas ardía nuevamente, ¿Por qué estaba pensando en Charles de esa forma? Nada tenía sentido. Respirando profundo cerró el estuche y lo guardó nuevamente en el lugar al que había sido relegado, sin poder dejar de pensar en la intensa mirada del intruso que se había inmiscuido en sus sueños.
No tenía noticias directas del hijo del Fersen desde hace casi dos años, ni tenía como contactarlo, eso, junto a saberlo expuesto tantos peligros y en un país tan lejano, la hacían añorarlo más de lo que podía aceptar… por eso pensaba en él, estaba segura de que esa era la razón de que él asaltara continuamente sus pensamientos. Lo que no entendía, era por qué había soñado haciendo con Charles algo que se supone debía hacer solo con François. Sus mejillas se encendieron nuevamente, pero esta vez de rabia por la turbación que no la abandonaba.
"En cuanto lo vea, haré que le quede muy en claro lo desleal que ha sido al no respetar su promesa de mantenerse en contacto. Sí, ese atrevido me va a oír… apenas nos veamos sí que me vas a oír Charles Von Fersen… Si es que vives para volverte a ver…"
En cuanto el último pensamiento arremetió en su mente sus ojos se llenaron de lágrimas.
–Te volveré a ver, estoy segura- murmuró con determinación -Sé que eres fuerte y valiente, sé que has pasado cosas peores que esto… y apenas te vea, también sé que querré borrarte de una bofetada esa desvergonzada sonrisa tuya, sí… te quitaré de un solo golpe ese gesto de suficiencia que siempre tienes… Eres… eres un atrevido, un mezquino y un… ¡ahhhggggg!- calló sus rabiosas murmuraciones al darse cuenta de que estaba hablando sola. "Perverso Charles", maldijo mentalmente. ¿Cómo era posible que la ausencia de noticias la hicieran transitar por tantos estados de ánimo sin que pudiera hacer algo para evitarlo?
-Isabelle…- Martine golpeó suavemente la puerta.
-¡Estoy lista!- contestó tomando el bolso que había preparado la noche anterior. Abrió la puerta.
-Tendrás que desayunar en el camino…- la doncella le extendió una pequeña canasta, dentro de ella habían varias cosas delicadamente envueltas –Coloqué un poco de jugo de naranjas, emparedados de pollo y algunos trozos que quedaron de la tarta de tu celebración…
El día anterior la familia Grandier-Jarjayes había festejado el cumpleaños número diecinueve de la mayor de sus vástagos. La casa se llenó de risas, brindis y parabienes. Finalmente parecía que todo marchaba como debía ser. Llevaban meses sin ser molestados por Dumont o algún otro militar. Alain disfrutaba cada segundo del embarazo del que sería su primer hijo, y gozando ser atendido por la siempre diligente Gabrielle, pese a que extrañaba a su hermana, que ya había regresado junto a su familia a Normadía. En cuanto a Rosalie y Jean, habían comprado una propiedad en conjunto y vivían armoniosamente en ese lugar con la pequeña Zephine, esto a espera de poder casarse apenas François pusiera un pie en Arras. Isabelle por su parte, iba dos o tres veces a la semana al fangal, siempre acompañada de su hermano o de Gilbert, para atender los casos simples de la gente que vivía ahí, también aprovechaba cada viaje para llevar víveres y ropa de abrigo que recolectaba con sus conocidas del pueblo. Sin proponérselo, se había convertido en una particular benefactora, la cual no se caracterizaba precisamente por su humildad ni serenidad, sino que más bien continuaba siendo un tanto impetuosa y de carácter explosivo, aunque, para ser justos, trataba de dominar ambos aspectos de su personalidad. Aunque ya saben lo que versa el dicho "La sangre no es agua".
-Gracias, no tendrías que haberte molestado…- sonrió Isabelle –Con Augustin y Antoinne me extraña que quedara algo de comer…- bromeó y miró el amoroso rostro de Martine. Durante los meses transcurridos, la mujer había recuperado peso y de cierta forma belleza. Ya casi no había rastros de la tristeza que tenían sus ojos cuando la conoció. Pese a que su marido no había regresado, y seguramente jamás lo haría, la joven era un ejemplo de fuerza y estoicismo. Algo que ella admiraba profundamente. No pudo evitar preguntarse si tendría el mismo aplomo en caso de encontrarse en una situación similar.
-No podías irte con el estómago vacío, tu padre quería esperarte… pero supuse que no querrías retrasar el viaje.
-Supusiste bien- con los bultos firmemente tomados, sonrió y salió de la habitación.
El viaje se desarrolló de la misma forma de siempre y bajo las capaces manos de André guiando la berlina. Gilbert se encargaría de guiar el carruaje en la segunda jornada de viaje. En el interior de vehículo se trasladaban Isabelle y Constance, la última, encargada nuevamente de ser chaperona, aunque una no muy estricta. Tal y como otras veces, pernoctaron en la misma posada de siempre a mitad de camino, a fin de darle descanso a los caballos y llegar en buena forma a París.
En la ciudad, y mientras Isabelle terminaba de escribir la nota en la cual daba cita a su novio en Pont Neuf, la joven se sobresaltó al oír como la puerta de la habitación en donde se habían instalado se abría intempestivamente.
-Me asustaste…- murmuró mirando a Constance, la muchacha sonrió a modo de disculpas mientras se quitaba guantes y cofia -¿Pudiste rentar la habitación?- preguntó con las mejillas sonrojadas.
Su doncella se había empeñado en ir personalmente a arrendar el cuarto en el cual Isabelle y François se reunirían, su argumento era bastante acertado, nadie repararía en ella gracias a sus humildes ropajes y, además, era habitual que la servidumbre ejecutara ese tipo de trámites.
-Sí, todo está perfecto- sacó una llave de su bolso –Antes de retirarme vi que hay una puerta trasera que permanece abierta… pregunté a una de las doncellas y sólo la cierran después de las cinco de la tarde. Por ahí puedes entrar sin que te vean…
-Gracias… no sé cómo agradecerte todo lo que haces por mí- murmuró Isabelle apretando en uno de sus puños la llave de la habitación en donde se entregaría a François. Miró su escritorio nuevamente –Estoy por terminar…- tomó la pluma y finalizó la misiva colocando el nombre de la posada -¿A nombre de quien dejaste la habitación?- preguntó esforzándose en que su voz no temblara.
-A nombre de él… es el caballero…
-Tienes razón…- su mano tiritó al estampar las instrucciones finales, estaba nerviosa. Su siempre organizada personalidad, y perspicaz intelecto, la hicieron colocar la posada como segundo lugar de cita, y una hora más tarde del primer encuentro propuesto, dándole tiempo a su novio en caso de que no pudiera zafarse de alguna clase importante. Cerró el sobre y se lo entregó a Constance -¿Estás segura de que no te molesta llevarlo?... Puedo pedirle a un propio de la posada de que entregue el mensaje…
-¿Y exponernos a que llegue a manos de tu padre?- la pelirroja sonrió divertida -¡Jamás!- se abrigó nuevamente y tomó el sobre –Comienza a prepararte, te espera una grandiosa tarde…- guiñó un ojo y salió nuevamente de la habitación.
Isabelle se puso de pie y colocó sobre la cama el atuendo que vestiría. Era una delicada tenida de corte masculino, supuso que de esa forma no llamaría tanto la atención al entrar sola en una posada. Se cambió rápidamente de ropa y amarró su cabello. Si su padre preguntaba el porqué estaba sin un vestido, aunque seguramente no lo haría, ya que jamás había cuestionado su particular manera de vestir, inventaría alguna excusa creíble. Una vez que estuvo lista, tomó con manos temblorosas el fino camisón de seda que Sofía le había regalado como parte del regalo que le envió con motivo de su cumpleaños. Sonrió al darse cuenta de que su tía jamás imaginaría que fin que tendría tan delicada prenda, lo percibió como su ajuar de novia. Se sonrojó candorosamente al llevar la suave prenda a sus mejillas. Esperaba que a François también le gustara. Esparció algunas gotas de perfume en la tela y lo guardó junto a un peine en el morral que llevaría. Fue hasta la mesita de la habitación y se preparó la infusión que llevaba tomando a diario desde hace algunas semanas. No se expondría a un embarazo no deseado, François tenía que terminar sus estudios antes de siquiera pensar en ser padres y ella tampoco estaba dispuesta coartar todos los planes que tenía.
Mientras daba los últimos sorbos a la tizana, se acercó a la ventana. Como su padre le había anunciado, en esos momentos salía junto a Gilbert a varias actividades que los mantendrían ocupados el resto del día. Sonrió complacida, todo estaba saliendo tal y como lo había planeado, comenzaría a vivir sus diecinueve años como la mujer que quería ser, independiente y con absoluta decisión sobre su vida.
Continuará...
N/A: Todo lo "descrito" y relatado acerca de la Guerra Finlandesa, es real. Esto incluye los nombres de los militares y las batallas libradas. Espero no les haya dado demasiada lata leerlos, ya que traté de hacer un relato resumido y ameno que se mezclara con la historia que están siguiendo. Si hay nombres o localidades que no estén reseñadas aquí, es porque lo están en los capítulos anteriores. Por opción personal no soportaría escribir "Se fue a la guerra y volvió de la guerra" XD. Tampoco me gustan los superhéroes (ni las "Mary Sue") prefiero personajes más "reales", con defectos, virtudes y sobre todo, que cometan errores y crezcan gracias a ellos.
(*) Fuerte Sveaborg: fortaleza construida sobre seis islas, en Helsinki, capital de Finlandia. Suecia comenzó a construir la fortaleza en 1748, como medida de protección contra el expansionismo de la Rusia Imperial. Esta la isla-fortaleza, en la que todas las fortificaciones estaban mirando al mar, aseguraban que un enemigo no pudiera atracar en una playa. El plan de defensa incluía el almacenamiento de municiones para el contingente finlandés del Ejército y la Marina suecos. Durante la Guerra de Finlandia, la fortaleza se rindió definitivamente a Rusia el 03 de Mayo de 1808, facilitando la ocupación de Finlandia por las fuerzas rusas en 1809.
Siikajoki y Pyhäjoki: ambas son localidades ubicadas en el extremo norte de Finlandia. Siikajoki es destacado por ser un lugar principalmente agreste para la batalla, ya que las tropas del General Adlercreutz debieron cruzar el rio del mismo nombre para unirse a las tropas del General Von Döbeln y así conseguir la retirada de las fuerzas rusas.
(*) Revolax: Revonlahti en finés; Localidad ubicada al norte de Finlandia. La batalla de Revolax supuso una importante victoria para Suecia, ya que significaba el final de la retirada y un cambio en las operaciones posteriores. Las bajas rusas alcanzaron a los 500 hombres, mientras que las nórdicas no llegaron al centenar.
(*)Mauritz Klingspor: fue un noble militar sueco y uno de los "Señores del Reino". Probablemente es más conocido por su época como mariscal de campo de Finlandia durante la Guerra Finlandesa y y por participar en el golpe que destronó a Gustavo IV de Suecia.
(1) Información obtenida del libro "La Guerra Fiklandesa 1808-1809" del autor Jukka Lehto.
Como seguramente se dieron cuenta, en el texto cuando Fersen recuerda a Maria Antonieta, varias veces aparece "Ella" entre comillas, esto es debido a una gran idea que me dio EmilSinclair, "Ella" era la forma en que Fersen se refería a la monarca en las cartas que le enviaba a su hermana Sofía.
(*) Fabian Reinhold Von Fersen (7 de Octubre de 1762 – 10 de Marzo de 1818): hijo menor del mariscal de campo Axel Von Fersen y Hedivig De la Gardie, así como hermano de Hans Axel y Sofia Von Fersen. Sirvió en la Guardia Real desde 1771 a 1796 y ascendió de rango a Teniente Coronel. En 1793–1802, fue un Valet Chambre y desde 1802 a 1810 fue el Jefe de la Cámara de la Corte real (Chamberlain).
Antes de la deposición de Gustavo IV, durante el golpe de 1809, impidió que el monarca retirara fondos del banco nacional. Participó en la procesión fúnebre de Charles August más tarde ese mismo año. En esa ocasión, su hermano, el Conde Hans Axel Von Fersen fue asesinado en un motín, sospechoso de haber envenenado a Carl Augus. Fabian y su hermana Sophie también fueron víctimas de la misma acusación solo por ser conocidos seguidores del Partido Gustaviano. En 1810, y perteneciendo al séquito que daba la bienvenida al heredero electo al trono, Charles August, Principe heredero de Suecia, Von Fersen exigió que se limpiara el nombre de su hermano asesinado, tras lo cual, él y su esposa (en ese momento dama de honor de la reina, Princesa Sophina Albertine de Suecia) abandonaron la corte.
Fabian Von Fersen ha recibido varias descripciones en diarios y memorias contemporáneas. En muchas de ellas se le describe con "muchas buenas cualidades, como una personalidad pura y abierta, honestidad y fiabilidad, pero también poseedor de la actitud arrogante de su familia".
Se sabe que Fabian von Fersen fue el amante a largo plazo de la Duquesa Real Charlotte. Se supone que el affair comenzó a fines de la década de 1780. La relación solo se suspendió con el matrimonio de von Fersen y la Condesa Louise Piper en 1797. Tuvieron cuatro hijos: Axel Von Fersen (1798–1839), Fabian Von Fersen (1800-1800), Gustaf Hans Von Fersen (1802-1839) y la gran heredera Louise Von Fersen (1816-1879) (A quien no menciono porque "aun no nace" XD), todos ellos murieron oficialmente sin hijos (aunque Gustaf Hans tenía en realidad varios hijos ilegítimos con la bailarina Carolina Brunström). Fueron los últimos de la familia Von Fersen.
En cuanto al "sueño" de Isabelle, bueno… Esto es el pago al reto que acepté en el Grupo LO-Perú, en donde reté a Emil y/o Zulma a que dibujaran un Menage y yo lo escribía… y bueno… por la boca muere el pez, así que aquí está el pago XD. Si quieren ver la imagen, está en el mencionado grupo y en el perfil EmilSinclair77 de Pinterest, Pixiv, DeviantArt y Tumblr… y adivinen como se llama la ilustración XD…. "Menage a Trois". Si se animan a buscarla, espero la disfruten… porque está bellísima!
Gracias a Eödriel por su invaluable ayuda en el beteo, jajajaja siempre hay cosas que se "pasan" y mi Pepa Grilla me ayuda montones! (Además de leer mis divagaciones) y a Fátima por sus siempre acertadas observaciones e ideas.
Por último, mil disculpas por la tardanza… pero no es fácil "enganchar" tantas cosas y ya saben que trato de hacerlo lo mejor posible. Así que espero mi recompensa… abajo está el botón review XD.
Mientras escribía la última parte de este capítulo, me enteré de la muerte de Charles Aznavour… Terminé con muchísima pena. Así que finalicé escuchando "Isabelle", más abajo les dejo la letra en español para que la "pongan en boca" de quien ustedes deseen, queda bien para cualquiera de los enamorados de esta particular morena de ojos azules.
¡Maestro Aznavour… Gracias por tanto! Un sentido adiós a uno de los grandes de la música del siglo XX…
ISABELLE
Desde hacía mucho tiempo mi corazón estaba retirado,
Y nunca pensé tener que despertar.
Pero al sonido de tu voz, levanté mi cabeza,
Y el amor me llevó de vuelta, antes de pensarlo.
Isabelle, Isabelle, Isabelle, Isabelle,
Isabelle, Isabelle, Isabelle, mi amor
Como pasando el dedo entre el árbol y la corteza,
El amor se ha infiltrado, deslizado, debajo de mi piel,
Con tanta insistencia, y con tanta fuerza,
Que desde entonces ya no tengo ni calma ni reposo.
Isabelle, Isabelle, Isabelle, Isabelle,
Isabelle, Isabelle, Isabelle, mi amor.
Las horas cerca de ti, se funden como segundos,
Los días lejos de ti, parecen años,
Que le dan a mi amor, una muestra del fin del mundo,
Que molestan a mi cuerpo tanto como a mi pensamiento.
Isabelle, Isabelle, Isabelle, Isabelle,
Isabelle, Isabelle, Isabelle, mi amor.
Tú vives en la luz, y yo en los rincones oscuros,
Porque te mueres por vivir, y yo me estoy muriendo de amor.
Estaría satisfecho acariciando tu sombra,
Si quisieras darme tu destino para siempre.
Isabelle, Isabelle, Isabelle, Isabelle,
Isabelle, Isabelle, Isabelle, mi amor.
