AN: ¡Gracias Claudia! Sí, Daniela sufre. Pobrecita. No odiará a Carlisle por siempre, no hay problema. :)
¡Ya queda poquito para el final!
Capítulo 25: Nuevo aire
Me deprimí. A pesar de que Esme se quedó conmigo, y de que la quería mucho, no tenía ganas de nada. No fui al día de padres e hijos. Yo no intenté acercarme a Carlisle, y él no se acercó a mí para recordármelo. Cuando entró a mi cuarto para despedirse de su esposa, en la madrugada, me dio un beso en la cabeza pero no me dijo nada. Sabía que Alec estaba en el umbral de mi puerta, pero él también guardó silencio. Luego de que Carlisle se despidiera, los sentí irse juntos. Supuse que Alec se divertiría pasando el día a solas con su nuevo padre.
A la hora del estudio no me paré de la cama. Esme intentó convencerme un rato, pero le debo haber dado pena ya que al final también me dio un beso en la cabeza y me dejó en paz.
Pasé un rato sola, en la cama, pero encontré que había exceso de luz en mi cuarto. Me molestó. Tenía ganas de meterme a una cueva y no volver a ver a nadie.
Me metí a mi armario, y cerré la puerta. Pensé, irónicamente, que el día anterior no debí haber salido de él. De pronto descubrí que ya no tenía deseos de estar con Alec. Deseé volver en el tiempo y no haberme acercado a él. Racionalmente entendía que no era malvado, pero también me cayó la teja de que relacionarme con él no me había hecho sentirme más feliz. Y los escasos momentos de placer y la emoción no compensaban el vacío que estaba sintiendo en ese momento. Para nada.
Pasaron las horas, y deseé estar muerta. Supuse que si cometía algún crimen podrían condenarme a muerte. A lo mejor bastaría con correr a la garita y morder a uno de los humanos.
No. Jamás haría eso.
Al final, recordando las décadas vividas, pensé en América. La propuesta de Carlisle, de vivir un tiempo con Carmen y Eleazar, volvió a mi mente. Descubrí que sí tenía deseos de ir a vivir con ellos, y me asombré. Decidí proponérselo a mis padres.
Cuando sentí a mis hermanos pasar delante de mi cuarto me di cuenta de que había terminado el horario de clases. Oí mi puerta abrirse, y los pasos de Jasper acercarse a mi armario. Llamó suavecito con los nudillos.
–Quiero estar sola Jasper –le dije con amabilidad, ya que comprendía que su intención era buena.
–¿Te puedo acompañar desde aquí afuera al menos, hermanita? –Preguntó, sentándose en el suelo y apoyando su espalda en la puerta del mueble.
–No saldré a sacarte, así que asumo que puedes –le respondí resignada. Lo oí reír.
Sentí una calma muy falsa, y supe que era Jasper. En un momento dado se paró, pero sólo se alejó un momento. Lo oí dirigirse a una esquina de mi cuarto, la donde estaba el arpa, y efectivamente volvió con ella. Se puso a tocarla.
Cuando Carlisle volvió a casa y se metió a mi cuarto Jasper dejó de tocar. Lo oí guardarla, dejarla en su rincón, y salir de la habitación. Carlisle se acercó a mi armario y, como Jasper había hecho antes, llamó a la puerta con los nudillos.
–Hija, ¿puedes salir un momento por favor? –Preguntó.
–No, pero te quería pedir algo Carlisle –le dije.
–Claro hija. ¿Qué necesitas?
–Quiero ir a vivir un tiempo con los de Denali, como me propusiste el día del cumpleaños de Lilie.
Oí a Carlisle suspirar, y sentarse en el suelo como había hecho Jasper horas antes.
–¿Estás segura de que es eso lo que de verdad quieres?
–Sí, lo he pensado mucho y eso es lo que quiero: un cambio de aire, como tú dijiste.
–¿Estás segura de que no quieres irte para desquitarte? –Preguntó, sorprendiéndome. Me quedé pensando, y no. No era para desquitarme.
–No. Sólo deseo cambiar de vida, por un tiempo. Todavía te odio, es cierto. Pero no es por eso que quiero irme.
–Hija, ¿puedes salir un momento por favor? –Preguntó Carlisle. Sonaba triste.
–No pienso salir de aquí a menos que sea para subirme a un avión que me lleve a Norteamérica –le contesté.
–Traerán la sangre dentro de algunas horas –insistió–. Tendré que sacarte a la fuerza hija.
–Ok, saldré para lo de la sangre –concedí–. Pero sólo eso. ¿Puedes llamar a Eleazar y pedirle que me reciba por favor?
–Creo que deberías tomarte un tiempo para pensar mejor las cosas, tesoro –propuso Carlisle con cautela–. Entiendo que estés enojada y triste, pero huir no es la solución.
–¡Tú mismo me propusiste lo del cambio de aire! –Me quejé.
–Sí, lo admito –respondió resignado–. Pero creo que en este momento no sería la mejor solución.
Me dio rabia, pero luego de unos segundos de silencio entreabrí la puerta del armario. Carlisle se hizo a un lado, y se giró para quedar frente a la abertura. Nos miramos, por la rendija. Me sonrió y, metiendo un dedo, intentó hacerme cariño en la nariz. Corrí la cara, molesta.
–¿Me prestas tu teléfono por favor, Carlisle? –Le pedí, sacando la mano por la abertura.
–¿Para qué? –Me preguntó, preocupado.
–¿Para qué va a ser? –Le pregunté yo, cabreada–. ¡Para hacer una llamada!
Carlisle se pasó una mano por la frente brevemente.
–¿Quieres llamar a Eleazar?
–Más bien quería hablar con Carmen –admití–. Pero supongo que Eleazar también entendería.
Carlisle se metió la mano al bolsillo de su chaqueta y me tendió su móvil, resignado.
–No te mantendré incomunicada –me dijo, antes de soltarlo–. Pero creo que deberías tomarte unos días para pensarlo mejor.
–Ya lo pensé –le respondí, cansada, tirando el aparato de sus manos y volviendo a cerrar la puerta del armario.
Recordaba el número de Carmen, gracias a mi memoria de vampiro. Marqué sin necesidad de buscar en la agenda. Sonó varias veces, y temí que no me contestara. Después de todo, todos ellos odiaban a Carlisle y tal vez no querrían contestar al ver su número.
Colgué, y volví a insistir. Ahí contestó.
–Carlisle… ¿Sucede algo? –Preguntó Carmen, con voz algo tensa.
–Soy Daniela. Por favor no me cuelgues, Carmen –le rogué.
–Mi niña… –Dijo preocupada, con un tono mucho más amable–. ¿Estás bien?
–No –le respondí con franqueza, poniéndome a llorar–. Quiero salir de aquí. ¿Puedo ir a vivir con ustedes por favor?
Carmen se quedó un segundo en silencio.
–¿Estás solita? –Preguntó alarmada–. ¿Le ocurrió algo a tu familia?
–No, ellos están todos perfectamente –expliqué–. Pero yo no. Ya no aguanto más estar aquí. ¿Me pueden venir a buscar por favor?
–¿Están Esme o Carlisle ahí, tesoro? –Inquirió, sin contestar a mi pregunta.
–Carlisle está afuera del armario, pero yo te llamé porque de verdad quiero ir a vivir con ustedes. Por favor…
–Tesoro, ¿me dejas hablar un momento con Carlisle por favor? –Insistió ella.
Carlisle abrió la puerta de mi armario sin pedir permiso y me quitó el teléfono de las manos con suavidad. Se lo entregué, resignada. Después de todo, Carmen quería hablar con él.
–Carmen, soy Carlisle –saludó él, amargado.
–Carlisle… ¿Qué está sucediendo? –Preguntó ella, con voz preocupada.
–Daniela está algo molesta –contestó Carlisle, y me dio rabia.
–¡No es eso! –dije, lo suficientemente alto como para que ella me oyera–. Además, fue idea de Carlisle en primer lugar.
Carmen no dijo nada por un segundo, y Carlisle se puso de pie y salió de mi cuarto rápidamente cerrando la puerta tras él. Lo oí alejarse, y lamenté no poder oír lo que hablaban.
Me puse a llorar, y volví a cerrar la puerta de mi armario. Seguro que Carlisle convencería a Carmen de que no me vinieran a buscar… Me daba rabia y pena, ya que la idea de salir de ese castillo por un tiempo me atraía.
Carlisle no volvió por un buen rato. Me tendí entre mis zapatos, y cerré los ojos. Me daba rabia no tener libertad para irme si quería. Y me daba pena que Carmen no hubiera accedido de inmediato a ayudarme. Ella siempre había sido muy amable conmigo, y yo había asumido que me recibiría sin hacer preguntas.
Cuando sentí los pasos de Esme acercarse y abrir la puerta de mi cuarto asumí que sería la hora de la sangre.
–No tengo sed –le dije, antes de que preguntara.
–No se trata de si tienes sed o no –dijo–. Tienes que beber igual.
Abrió la puerta de mi armario y se agachó.
–Vamos –agregó.
Supuse que si me ponía difícil sólo me sacaría a la fuerza, y yo no tenía ganas de pelear. Decidí hacer caso, y luego volver a mi armario.
Esme me abrazó, cuando ya estuve fuera.
–Te voy a extrañar –me dijo, triste. Me sobresalté. ¿Significaba eso que sí me dejarían ir a Denali?
–¿Entonces sí puedo ir? –Pregunté, aliviada.
–Sí. Tu padre ya hizo los arreglos. Te llevará él mismo esta noche. ¿Estás segura de que eso es lo que quieres, tesoro? –Preguntó, agarrándome la cara de modo que nuestras vistas se cruzaran. Me sentí incómoda, pero no le iba a mentir.
–Sí Esme. Necesito salir de aquí –reconocí.
Esme cerró los ojos, y me abrazó. Comenzó a tiritar, y me sentí muy culpable.
–Necesito un cambio, Esme –intenté explicar–. Ya no soporto mi vida.
–Entiendo tesoro –me dijo–. Es sólo que no soporto la idea de que te lleven lejos.
–Sólo será por un tiempo –la consolé–. Por favor entiende…
–Sí hija, te entiendo –me dijo–. Pero no puedo evitar ponerme triste.
Esme me tomó en brazos y me apretujó. Luego salió de mi cuarto y de la casa. Cuando llegamos a la sala junto al vestíbulo, ya todos estaban ahí. De hecho, Bella estaba tomando su sangre.
Esme me puso en el suelo, a varios metros de Alec, de modo que no sonaran nuestras tobilleras. Vi que todos me miraban, incluido él. Bajé la vista, entre avergonzada y triste.
Cuando llegó mi turno me bebí la sangre sin chistar. Estaba desagradable, como siempre. Me pregunté qué clase de sangre debería beber en Denali, y eso me hizo sentir más entusiasmo todavía por el viaje. A lo mejor la sangre que les daban a ellos sería menos desagradable.
–¿Me puedo ir a mi cuarto? –Le pregunté a Esme apenas volví junto a ella.
–Espérame tesoro –me rogó–. Subiremos juntas.
–Ok.
Cuando por fin acabó el trámite, y me iba a ir con Esme, Alice se interpuso en nuestro camino.
–Daniela, necesito hablar contigo. Por favor –me dijo, muy seria.
–¿Qué quieres, Alice? –Pregunté.
–¿Necesitas hablar con ella a solas? –Ofreció Esme.
–De preferencia, sí –admitió Alice.
Esme me soltó la mano y se alejó sin decir nada. Todos los otros se alejaron también, y con Alice nos quedamos solas en el vestíbulo.
–Daniela –dijo Alice yendo al grano–. No había querido intervenir hasta ahora, ya que pensaba que tenías derecho a tomar tus propias decisiones sin que te estuviéramos obligando. Y te he dejado meter la pata una y otra vez. Pero creo que no deberías viajar.
–¿Se va a caer el avión o qué? –Pregunté asustada, aunque también algo cabreada. La verdad es que la idea de viajar me había dado ánimo, y no tenía deseos de que me aguara el panorama.
–No, el avión llegará sin novedad –dijo con el ceño fruncido–. Pero tuve una visión borrosa de ti encerrada en una especie de celda.
La miré, alarmada.
–No es algo concreto, sino más bien una posibilidad –reconoció–. Pero en mi visión te vi llorando, encerrada ahí. Por favor no te vayas Daniela.
–No me iré para siempre –expliqué–. Sólo son unas vacaciones. Necesito alejarme de toda esta mierda, Alice.
–Sí sé –me dijo, cansada–. Y me arrepiento de no haber intervenido antes de que pasara todo –agregó–. Luego de lo de Esteban decidí no volver a meterme en tu vida amorosa, y la verdad es que, retrospectivamente, creo que debí meterme aunque me odiaras.
–Agradezco tu buena intención, Alice –le dije–. Pero ya no quiero estar aquí. No quiero seguir encerrada en este castillo. Ver a Alec me deprime. Pensar en Franco me deprime. Estudiar me deprime. Limpiar me deprime… Quiero un cambio, Alice. Lo necesito. Por favor entiende.
Alice cerró los ojos un instante y suspiró.
–Daniela, te entiendo perfectamente. Pero tengo la sensación de que mi visión significa que algo malo te va a pasar allá. Por favor decide no irte.
–Me iré de todas formas, Alice. Pero, si vez que tu visión se hace más nítida, o si vez que meteré las patas, ¿me avisarás?
–Te estoy avisando ahora… –Me dijo, poniendo los ojos en blanco.
–Sí, pero la cosa es que quiero viajar –insistí–. Sólo te estoy pidiendo que, si vez algo concreto, me llames a Denali para avisarme. ¿Puedes hacerlo?
–Sí, claro que lo haré –murmuró, triste. Se acercó, y me abrazó. Se puso a tiritar, y agregó–: tengo un mal presentimiento, Daniela.
–Necesito un cambio –insistí–. Por favor no me hagas sentir mal.
–Ok –dijo, soltándome–. Espero estar equivocada. En todo caso, te ruego que tengas cuidado.
–Lo tendré –prometí–. Deja de preocuparte tanto.
Subimos juntas a la casa. Todos estaban en la sala cuando llegamos, con cara de funeral. Carlisle se acercó a mí.
–Viajarás conmigo en la madrugada –me informó. Parecía triste, y le sonreí.
–Gracias Carlisle. Iré a preparar mi mochila.
Esme se puso a tiritar, y cuando me metí al pasillo se vino detrás de mí.
–Hija, por favor reconsidéralo –me rogó.
–Serán sólo unas vacaciones, Esme –le dije, algo cansada–. Déjame por favor.
La única mochila que tenía no era muy grande, ya que era la que me había traído cuando nos habíamos venido a Suiza y esa vez no habíamos traído casi nada con nosotros. Pero logré hacer caber adentro un par de mudas de ropa, sin faldas ni vestidos.
–¿Quieres ir a comprar un bolso más grande? –Ofreció, entre tiritones.
–No, no te preocupes Esme –le dije.
–Te puedo coser uno –ofreció, llorando. Me dio mucha pena, y me acerqué a ella. La abracé.
–No mamá –le dije–. No necesito tanta ropa. Sólo iré por un tiempo. Volveré. Deja de llorar.
Esme no dejó de llorar, sino que se puso a tiritar con más ganas. Me apretujó tanto que me dolió.
–Sólo iré de vacaciones –insistí con dificultad, ya que mi cara estaba pegada a ella.
–Es que te recuperamos hace tan poco, tesoro –insistió–. No quiero que te vuelvan a llevar lejos.
–No me están llevando –expliqué–. Sólo es un viaje, un cambio de aire. Necesito salir de aquí por un tiempo.
–¿Puedo ir contigo? –Ofreció.
Era tentador, lo confieso. Pero también era cierto que necesitaba dejar de pensar en Alec y en Franco, y ver a Esme me los recordaría. Además, eso dividiría a la familia, y pondría tristes a todos los demás.
–No Esme –le dije–. Estaré bien. Y a ti te necesitan aquí. Además, nada te impide llamarme por teléfono.
–Te llamaré cada día –prometió.
–¡No seas cargante Esme! –Me quejé–. Con una vez a la semana basta y sobra.
Esme se amargó con mi comentario, y me di cuenta de lo pesado que había sido.
–Perdóname, Esme –le dije de inmediato, dándole varios besitos–. No eres cargante, y podrás llamarme cuando quieras. Me encanta hablar contigo.
Esme asintió, pero no paró de llorar. Me levantó, se sentó en mi cama, y me sentó sobre ella. Y nos quedamos así hasta que Carlisle entró a mi cuarto, horas después. Se acercó a nosotras y se sentó en la cama.
–Daniela, si estás segura de esto ya es hora de que nos vayamos –me dijo. Su voz era normal, pero lo noté amargado.
–Estoy segura –le dije–. Vamos.
Esme me soltó, a regañadientes. Carlisle me tomó el pie y me sacó la tobillera.
–Ya no la necesitarás –me dijo sonriendo, triste.
No le contesté, ya que me daban ganas de decirle por dónde se podía meter su puta tobillera.
Cuando volvimos a la sala, mis hermanos seguían todos ahí.
–Yo me puedo ir en tu lugar si quieres –ofreció Alec.
–No, gracias –le contesté–. Soy yo la que quiere alejarse de todo esto.
–Carlisle, ¿me puedo acercar a ella? –Preguntó Alec.
–Sí hijo, puedes –le respondió él, cansado–. Le saqué el dispositivo.
Alec me abrazó, pero sentí algo desagradable adentro. Descubrí que ya no tenía deseos de estar con él. Lo empujé, intentando no ser brusca, pero él lo notó.
–Lo siento –murmuró bajito, y se alejó.
Se acercaron a despedirse por turno. Bella me dijo que me extrañaría, y que volviera pronto. Edward me dijo que me entendía, y que esperaba que el cambio me aclarara las ideas. Alice me dijo que por favor reconsiderara. No le contesté, y ella agregó que me llamaría. Jasper me abrazó varios segundos, y en vez de transmitirme paz me transmitió miedo.
–Lo siento, me descontrolé. Tengo miedo de que te ocurra algo –confesó.
–Sólo me iré de vacaciones, maldita sea –le dije cabreada.
Rosalie me abrazó, y me dijo que me cuidara mucho. Emmett me abrazó, me besó en la cabeza, y no dijo nada.
Esme me abrazó, y nuevamente no me quería soltar.
–Estaré bien, mamá. Necesito esto. Por favor no me hagas sentir mal –le rogué.
–¿Puedo ir con ustedes? –Le pidió a Carlisle.
–No amor. Es mejor que te quedes aquí. Volveré mañana.
Finalmente Esme me soltó, y tras hacerles adiós con la mano me metí a la escalera detrás de Carlisle. Y ésa fue la última vez que los vi.
–.–
El viaje en coche con Carlisle fue silencioso. Los primeros minutos él mantuvo la calma, pero en un momento dado se puso a tiritar. Se fue al borde del camino y se estacionó.
–Sólo será por un tiempo –le dije, sintiéndome un poco mal a pesar de que seguía odiándolo bastante.
–Lo sé, hija –me dijo–. Perdóname por favor.
–Sí, no hay problema.
Supuse que se calmaría si lo abrazaba, pero no tenía ganas de abrazarlo. Así que esperé a que se le pasara, resignada. Luego de algunos minutos él respiró profundo y volvió a poner el motor en marcha.
Cuando llegamos a Berna noté que no íbamos hacia su trabajo.
–¿Adónde vamos? –Pregunté.
–Al aeropuerto –contestó, algo desconcertado por mi pregunta.
–¿Al aeropuerto al que llegamos cuando nos vinimos de América?
–Si tesoro.
–¿Me llevarás en un vuelo comercial? –Pregunté, entendiendo.
–Sí, esto es un asunto privado hija. Aunque ya informé de tu cambio temporal de residencia, no puedo usar un avión de mi trabajo para un viaje particular.
–Ah.
–¿Te molesta? –Preguntó.
–No, para nada. Sólo me sorprendí.
El aeropuerto estaba oscuro, pero había bastante actividad de todas formas. Como siempre, la gente se volteaba a vernos. Y, por desgracia, entre los que estaban en el aeropuerto en ese momento había una periodista esperando entrevistar a una estrella deportiva. Al vernos, se nos acercó junto con su equipo.
–Buenas noches doctor Cullen –saludó a Carlisle–. ¿Nos puede conceder unos minutos por favor?
–Vamos atrasados –dijo Carlisle con amabilidad, sin detenerse y tirando de mi mano–. Lo siento.
–¿Adónde viajan? –Preguntó la periodista, sin inmutarse, caminando junto a nosotros. Noté que el tipo de la cámara nos apuntaba, mientras ágilmente caminaba en reversa.
–A Alaska –le contestó Carlisle, resignado.
–¿Van de vacaciones? –Preguntó la periodista, extrañada.
–Yo voy de vacaciones –interrumpí, algo molesta–. Mi padre sólo me lleva porque aparentemente soy muy chica para viajar sola.
Carlisle me apretó la mano fuerte y me tomó en brazos. Se las arregló para que mi cara quedara pegada a su camisa, y con una mano en la nuca me mantuvo ahí.
–Mi hija irá a pasar un tiempo con amigos de la familia –dijo Carlisle caminando más rápido que los humanos–. Y estamos atrasados. Lo siento.
Personal del aeropuerto nos hizo pasar a una sala cerrada, y Carlisle hizo algunos trámites sin soltarme. Me abrieron la mochila y al ver que sólo había ropa y una peineta me sonrieron.
–¿Viaje corto? –Preguntó la funcionaria.
–Sí –Respondió Carlisle, por mí.
Yo pensaba que en realidad no iba a ser tan corto, pero no quería contradecir a Carlisle delante de esa desconocida de modo que mantuve mi boca cerrada.
Cuando abordamos el avión éste estaba todavía vacío. Nos sentamos en la primera fila, y quedé junto a la ventana del lado opuesto de la puerta. Carlisle cerró los ojos, y se apoyó en el respaldo.
Me sentí algo culpable, pero seguía teniendo deseos de escapar lejos. Supuse que podría haber consolado a Carlisle, pero no tenía ganas de tener una conversación incómoda con él.
–Todavía estás a tiempo de quedarte –me dijo, sin abrir los ojos.
–Quiero descansar –le respondí–, por favor entiende.
–Te entiendo, hija –me dijo, abriendo nuevamente los ojos–. Es sólo que desearía que te quedaras.
–No me iré para siempre. Por favor no me hagas sentir culpable –le rogué.
–No es tu culpa –respondió, negando con la cabeza–. Es culpa mía.
–¡No! –exclamé, sintiéndome mal, a pesar de que parte de mí seguía cabreada con él.
–Calma tesoro –me dijo, mirando inquieto alrededor–. Relájate por favor.
Entendí que no era una buena idea sulfurarse en el avión, y cerré los ojos. A los pocos minutos comenzaron a entrar humanos, otros pasajeros. No abrí los ojos, pero pude oír los cuchicheos. Nos habían reconocido, y oí algunos corazones latir más deprisa, como con miedo. Supuse que la perspectiva de pasar varias horas encerrados con vampiros les debía parecer terrorífica a varios. Incluso hubo un pequeño incidente con un tipo que se devolvió y le dijo a la funcionaria de la aerolínea que exigiría un cambio de vuelo. Ella le dijo que no habría ningún problema.
–Creo que hay gente que nos odia –le dije a Carlisle, bajito.
Él me tomó la mano, y con la otra se llevó un dedo a la boca. Entendí, y no seguí hablando.
Nadie se sentó junto a nosotros, ni detrás de nosotros. Miré hacia atrás, discretamente, y noté que el avión no iba lleno y había bastante lugar.
Despegamos, y me entretuve mirando la tele. Carlisle se sentó un poco de lado, y en vez de mirar su propia tele se inclinó hacia mi lado a mirar la mía. Le ofrecí uno de mis audífonos, pero me dijo bajito que oía perfectamente aunque tuviera mis audífonos dentro de mis orejas.
Cuando pasaron ofreciendo bebidas y comida, la funcionaria sólo nos sonrió algo incómoda. Carlisle le sonrió de vuelta, y noté que la señora se sonrojaba y su carrito chocaba contra un apoya brazos. Me giré hacia la ventana para disimular la risa. Aunque pasaran los siglos, Carlisle seguía dejando la cagada entre las humanas.
–No se lo cuentes a Esme –me dijo Carlisle, riendo, cuando la señora ya se había alejado.
–No, claro que no. Aunque creo que ya debe saber el efecto que tienes entre las mujeres –me burlé.
Carlisle me sonrió, y me tomó la mano. Me la apretó.
–¿Y has pensado cuánto tiempo quieres quedarte? –Me preguntó muy bajito.
Me saqué los audífonos, resignada.
–No lo sé. Pero cuando quiera volver te puedo llamar, ¿no?
–Cuando sea –me aseguró–. Mañana mismo si quieres.
–No exageres –le dije, poniendo los ojos en blanco.
Carlisle me hizo cariño en la mano, y como no decía nada más me puse los audífonos con la otra y me concentré nuevamente en la película. Era una comedia romántica, y estaba entretenida.
Nuestro avión aterrizó en Vancouver. Nos hicieron bajar antes que al resto y nos metieron a una salita cerrada. Carlisle, que no me había soltado la mano desde que habíamos salido del avión, se sentó en un sillón y me sentó sobre él. Comenzó a hacerme cariño en la espalda, y a darme besitos en la cabeza. Nuevamente me sentí culpable.
–No me iré para siempre –le dije, luego de unos minutos.
–Lo sé –me dijo muy bajito–. Y supongo que esto te ayudará a olvidar a Franco.
–Sí, también –admití.
Carlisle me apretó contra él.
–Todo esto va a pasar –me dijo, aunque me dio la sensación de que estaba más bien hablando consigo mismo.
–Sí Carlisle.
Yo esperaba que se me pasara lo de Franco, y de paso dejar de ver a Alec. Pero también tenía ganas de sacarme de encima a mis padres, y a su rutina deprimente. Pero no le iba a decir eso a Carlisle, ya que no me quería despedir peleando ni haciéndolo sentir culpable.
Cuando llegó el general Sharp a nuestra sala me sorprendí. Carlisle no se sorprendió.
–¡Carlisle! –Lo saludó, abriendo los brazos para darle un abrazo–. ¡Cuánto tiempo!
Carlisle me puso en el piso y se puso de pie. Sonrió, y le dio un abrazo al general.
–Sólo han sido unos meses –le dijo Carlisle–. ¿Todo bien por aquí?
–Todo en orden –le dijo el otro, separándose–. Hola Daniela –agregó, dirigiéndose a mí.
–Hola general Sharp –lo saludé, estrechando su mano.
–¿Así que te vas de vacaciones donde tus tíos? –Preguntó.
–Sí –le respondí, preguntándome cuánta gente más sabría.
–Afuera hay un montón de periodistas –nos informó divertido, apuntando con el pulgar hacia la puerta por la que él había entrado–. Así que saldremos directamente al helicóptero.
–Está bien, muchas gracias –le dijo Carlisle.
–¿Y cómo están Esme y los niños? –Preguntó, para hacer conversación.
–Bien, todos bien –respondió Carlisle, poniéndome una mano en el hombro.
–¿Y el chiquito nuevo se ha adaptado bien?
–Sí, perfectamente –dijo Carlisle.
Asumí que hablaban de Alec, y me dio risa que lo llamara "chiquito". Pensé en él, en todo lo que habíamos hecho, y me sentí incómoda. Carlisle pareció percibirlo, porque me frotó la espalda.
–Lamenté que no te mandaran con nosotros a cumplir tu condena –me dijo el general, en tono de broma.
No supe qué contestarle, y el tipo me sonrió y me pasó una mano por la cabeza.
–Era broma pequeña –me dijo.
–Sí sé –le respondí, un poco incómoda.
Carlisle dejó de frotarme la espalda y tras darme unas palmaditas dejó su mano en mi hombro. Ellos comenzaron a hablar de trabajo, y de gente que yo no conocía. Al rato llegó uno de los vampiros de su unidad, informándonos que ya todo estaba listo. Lo seguimos, por la puerta por la que Carlisle y yo habíamos entrado. Caminamos por la pista hacia un sector con un helicóptero. Vi, a lo lejos, que nos sacaban fotos a través de unos ventanales.
Carlisle me sentó junto a él, y me puso el cinturón de seguridad. Me tomó la mano y me la apretó.
–Pensaba que tenías que llevarme en un vuelo comercial –comenté.
–Sí, en teoría. Pero decidieron hacerme el favor y trasladarnos en forma más privada –explicó.
Pensé que tal vez alguien se habría quejado de tener que compartir el avión con vampiros. Pero no quise sacar el tema, ya que había más vampiros de la fuerza de paz con nosotros. Los ubicaba a todos, ya que ocasionalmente habían ido a nuestra casa con Carlisle cuando aún vivíamos en la zona.
Cuando el helicóptero despegó oí a Carlisle inspirar profundo. Miró el techo, y le apreté la mano que me seguía tomando.
–Sólo será por un tiempo –le dije bajito. Me apretó la mano de vuelta.
–Lo sé –me dijo al oído–. Y supongo que, si te ayuda a olvidar, es lo mejor.
Agradecí que lo entendiera, aunque igual en la medida que el helicóptero viajaba rumbo norte me pregunté si no estaría tomando una mala decisión. Recordé la conversación con Alice, y me inquieté. Supuse que podría volver al castillo cuando quisiera, y eso me relajó. Sólo tenía que abstenerme de hacer cosas estúpidas, y todo estaría bien. Estaba segura de que Carmen, Eleazar, Garrett y las tres hermanas serían amables conmigo. Ellos no me obligarían a estudiar. Y, aunque tuviera que limpiar la casa con ellos, no era todo un castillo con un patio gigantesco. Y no habría más niños, ni vampiros de mi edad. Eso sería relajante. Tan sólo disfrutar el día a día con vampiros adultos y amables.
Llegamos directamente al prado fuera de la casa de Denali. No había nieve todavía. Los seis estaban en la entrada, esperándonos. Seguro habían oído el helicóptero acercarse.
Nos bajamos todos del helicóptero, incluida la fuerza de paz. Vi que se conocían bien con los de Denali, y eso me sorprendió. Yo había imaginado que ese clan no era fan del gobierno, y que odiarían por lo tanto a la fuerza de paz.
El reencuentro de los seis con Carlisle fue algo más tenso, aunque igual hubo abrazos, besos en la mejilla, y apretones de mano.
Carmen me tomó, me besó en la frente, y me apretó mucho.
–Mi pequeña –me dijo en castellano, y eso me alegró ya que hacía mucho que no me hablaban en mi idioma–. Estoy tan contenta de verte, te extrañábamos. ¿Cómo estás?
–Bien –mentí–. Gracias por recibirme.
–Siempre eres bienvenida aquí –me aseguró, y me volvió a poner en el pasto.
Los otros me saludaron con mucho cariño, y eso me tranquilizó. Sentí que había tomado la decisión correcta, y estuve contenta de estar ahí donde estaba.
Carlisle me llevó aparte, y se agachó frente a mí. Me miró fijo a los ojos.
–¿Te quieres quedar o prefieres volver conmigo ahora? –Me preguntó.
–Me quiero quedar –respondí con seguridad–. Además, después de todo el operativo para traerme, sería estúpido cambiar de idea ahora –agregué riendo.
–Eso no importa. Si quieres volver a casa ahora no hay ningún problema.
–Me quiero quedar –repetí–. Necesito este cambio Carlisle.
–Te entiendo –dijo luego de un suspiro–. Siento lo de las tobilleras, hija. Fue una pésima idea. ¿Me perdonas por favor?
Lo abracé, y me puse a llorar. Estaba agradecida de que lo reconociera.
–Bueno papá.
Nos quedamos abrazados unos segundos, hasta que me separé de él.
–Estaré bien –lo tranquilicé, al verle la cara de pena.
–Hija… Hay algo que necesito saber –me dijo–. ¿Qué te dijo Alice?
–¿No te lo dijo? –Pregunté.
–No nos quiso contar nada –confidenció, amargado–. Hace tiempo que nos dijo a tu madre y a mí que no pensaba seguir cooperando para que interviniéramos en tus decisiones. Y la entiendo. Pero estoy preocupado, y me sentiría más tranquilo sabiendo que no estás corriendo ningún peligro.
–Si ella no te contó entonces yo no voy a decir nada tampoco –le respondí–. Lo siento.
–Tesoro… Por favor… –Insistió, amargado.
–¿Edward tampoco te dijo nada?
–No. Él piensa como tu hermana –reconoció Carlisle, triste–. Hija, siento mucho si te he hecho sentir manipulada.
–Bueno, la verdad es que sí me han hecho sentir manipulada –concedí–. Pero supongo que tu intención era buena, ¿no?
–Siempre. Pero el hecho de que quisieras venir me ha hecho pensar que tal vez debí dejarte en paz.
–La idea de venir fue tuya –le recordé.
–Sí, y estoy arrepentido de haberlo propuesto –confesó–. ¿No te gustaría volver conmigo ahora, y que intentáramos arreglar las cosas?
–No papá. Quiero estar un tiempo lejos de Alec y de Franco. Y tengo ganas de cambiar de rutina. Desde que volví de Brasil no me he sentido bien en el castillo. Alec me distrajo un poco, pero la verdad es que odio vivir ahí.
Carlisle inspiró profundo, y me acercó a él. Me apretó mucho.
–Si pudiera escoger nos mudaríamos hija. Pero no está en mis manos.
–Lo sé.
–Dime por favor qué te dijo Alice.
–Sólo tuvo una visión borrosa –le dije–. Y quedó de llamarme para prevenirme si veía algo concretarse.
–¿Qué vio? ¡Por favor dímelo! –Insistió desesperado.
–No me vio envuelta en llamas, ni corriendo peligro. Relájate –le dije, soltándome–. Y ya te dije que si ella no te dijo entonces no te lo diré yo.
–Bueno –murmuró resignado. Se metió una mano al bolsillo y me pasó un celular y un cargador–. Quiero que mantengas este móvil contigo todo el tiempo, cargado. ¿Entiendes? Te estaré llamando para saber cómo estás. Y, si quieres volver, no dudes en llamarme, a la hora que sea. ¿Ok?
–Sí Carlisle, gracias. ¿Tiene juegos? –Pregunté entusiasta, ya que nunca me habían querido regalar un teléfono a mí.
–Sí –dijo, sonriendo–. Pero recuerda mantenerlo cargado. ¿Entendido?
–Ok. Prometido. ¡Gracias papá! –Le dije contenta, abrazándolo, con ganas de ponerme a revisar mi nuevo teléfono.
Carlisle me devolvió el abrazo por varios segundos. Finalmente, como no me soltaba, me solté yo.
–¿Entonces te quedas? –Me preguntó, resignado.
–Sí papá –le dije, poniendo los ojos en blanco.
Él asintió, y tragó. Me tomó la mano y nos volvimos a acercar a los otros vampiros, que nos miraban todos. Carmen abrió los brazos, y me acerqué a ella, contenta. Dejé que me levantara.
–Gracias –les dijo Carlisle a Eleazar y a Carmen–. Cuídenla mucho, por favor. Y, cualquier cosa, no duden en llamarme.
–Sí, no te preocupes –le dijo Eleazar–. Estará bien, te lo prometo.
–Ve a seguir "luchando por la justicia" –le dijo Garrett, sonriendo, y asumí que hablaba en broma. Carlisle le sonrió de vuelta, aunque una arruguita en su frente lo traicionó. Estaba tenso.
Los vampiros de la fuerza de paz se subieron al helicóptero, y tras inspirar profundamente Carlisle se fue con ellos. Me hizo chao con la mano, antes de subir, y me sentí ligeramente arrepentida. De hecho, sentí pánico. Estuve a punto de saltar de los brazos de Carmen y correr hacia él. Pero luego recordé el castillo, la rutina, el drama, el deprimente futuro, y me mantuve en brazos de Carmen. Le hice chao con la mano, y él se resignó y se subió al helicóptero. Cuando despegó, sentí un retorcijón en el estómago.
–¿Estás bien? –Me preguntó Carmen.
–Sí –mentí.
–Puedes volver cuando quieras –me tranquilizó–. Y puedes llamarlos cuando quieras, de tu teléfono, o del mío, o del de cualquiera de nosotros.
–Sí sé –le dije.
–¿Qué te gustaría hacer? –Me preguntó Eleazar.
Pensé en jugar con mi nuevo teléfono, pero tuve una mejor idea.
–¿Podemos salir a recorrer? –Pregunté–. Extraño poder moverme con libertad.
–Bueno, vamos –me dijo Carmen–. Pero no tienes permiso para salir sola de la casa. ¿Entiendes?
–Sí –los tranquilicé–. No se preocupen, no escaparé ni les amargaré la vida.
–No nos amargas la vida –aseguró Irina.
–De hecho, tu llegada ha roto un poco la rutina –comentó Garrett, riendo.
–Ah, me alegro –les dije, aliviada de que estuvieran contentos de recibirme.
Me hicieron pasar adentro, y me llevaron a uno de los cuartos de huéspedes. Noté que la casa, aunque limpia, estaba algo deteriorada. La mayoría de las cosas que se veían eran de antes de las matanzas de vampiros. Pero no comenté nada, ya que no quería parecer materialista.
–¿Tu teléfono está cargado? –Preguntó Carmen, cuando dejé mi mochila sobre la cama.
–Sí, tiene dos palitos de carga –informé, luego de revisar.
–Ok, deja el cargador aquí y vamos.
–¿Te puedo hacer una pregunta políticamente complicada? –Pregunté modulando bien pero sin pronunciar. Ella asintió, preocupada.
–¿Hay micrófonos en esta casa?
–No, puedes hablar con confianza –me tranquilizó–. Hay cámaras fuera de la casa, pero sólo eso. Aunque te aconsejo que no compartas tus opiniones políticas con nadie de fuera de la familia. Espero lo entiendas.
–Sí, seré la invitada muda si vienen visitas –prometí–. Gracias por dejar que me quede.
–Es un placer, tesoro –me aseguró, con una sonrisa muy cálida.
Salimos los siete al jardín, que era en realidad una gran explanada de terreno que se perdía hacia los árboles del bosque que rodeaba la casa. Caminamos, y me sentí bien. El olor me traía recuerdos de épocas mejores, y me llené de optimismo.
Fue una larga caminata, y jugamos mucho. Incluso jugamos al pillarse, y fue novedoso. Me contaron que su vida no había cambiado demasiado luego del fin de la guerra. Tenían libertad de movimiento, pero estaban obligados a usar el dispositivo de rastreo como todos los vampiros. No podían cazar, pero les traían sangre cada domingo. Seguían con sus vidas.
Yo en cambio tuve que contarles cómo había sido todo desde que nos habíamos ido del país. Hablé mucho, ya que me preguntaban muchas cosas. Les tuve que dibujar el castillo, con un palito, en la tierra. Eso me recordó a Franco, y el plano que nunca habíamos llegado a hacer. Me dio pena, pero decidí ignorarla. Parte del objetivo del viaje era olvidarlo a él.
En un momento dado sentí un rastro de cornudos, e inhalé instintivamente. Pero Eleazar me tomó la mano.
–Ya no estamos autorizados a cazar –me recordó, con expresión seria.
–Lo sé –le dije–. Es que el olor me trajo recuerdos–. En Suiza no había olor a nada en el parque.
Él me miró con empatía, y tras apretarme la mano me la soltó.
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