Los nombres de los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, pero la historia me pertenece.
Párate y enfrenta lo desconocido.
Debes recordar quién eres realmente.
Yo soy todo aquello que no puedes controlar.
Sólo soy yo. Infectando todo lo que amas.
Esto no ha terminado.
Evanescence - What You Want.
Conmoción.
La cabeza me molesta, más no tanto como lo hace la luz. Nunca he sido una chica de bebidas fuertes, y claramente nunca lo sería. Prefería mil veces el vino sobre el vodka. Si. El vino va conmigo.
- ¿Estás mejor?
Su voz es suave y clara. Él no tiene resaca.
- Si.
Le contesto, quedándome embelesada ante su impecable sonrisa.
- ¿Pasa algo?
Enarca una ceja, se ha dado cuenta.
Tomo aire sin que él lo note. No quiero que sepa que estoy preocupada, pues no debería estarlo. ¿Qué puedo yo hacer? La preocupación no es una respuesta, es más bien un estorbo, y quiero deshacerme de ella lo más pronto posible. Es cierto que quieren matarme, pero… ¿Qué puedo yo hacer? No tomo las cosas a la ligera, simplemente no soy el tipo de mujer que entra en estado de shock cuando hay problemas. La paranoia no ayuda.
- Alguien llamó. – Edward mantiene los ojos bien abiertos, esperando que yo prosiga. – Ha dicho que me he salvado, pero que no será así siempre.
Conforme analiza lo que digo su rostro se endurece.
- ¿Tienes miedo?
Su pregunta no era lo que yo esperaba. Le observo deslizar dos dedos por sus labios, ya quisiera hacerlo yo también…
- No. La verdad no he pensado mucho en eso.
Me mira fijamente en absoluta desaprobación.
- ¿Debería preocuparme tu falta de interés en el asunto?
Suelto una risita absurda que para nada encaja en esta conversación; pero no puedo evitarlo. Su selección de palabras me ha causado gracia.
- ¿Qué tipo de interés debería tener?
Me acerco a él y lo rodeo con los brazos. Me gusta tenerlo así de cerca y aspirar su aroma: simple y único.
- Tienes razón. Se resolverá y todo estará bien. – dice con convicción.
Asiento levemente con la cabeza. Me he acostumbrado a mirar hacia arriba, a contemplar sus ojos de ésa forma.
- Me gusta cuando llevas el cabello húmedo.
Sonrío sin pensarlo. Hemos tomado una ducha juntos y ha sido maravilloso. Ambos estamos muy bien acoplados… Toma un mechón de mi cabello y lo alisa con los dedos disfrutando de la suavidad, o eso espero. La orzuela no ha desaparecido debido a mis constantes peleas con el cepillo.
- ¡Es hora de desayunar!
Le digo alegremente, apartándome de su cuerpo para salir de la habitación. Edward se aferra a mi muñeca, sin permitirme mover. No sé qué es lo que busca. Únicamente me mira, causando una sensación casi hipnótica en mí. Me mira. Me mira. Me mira. Continúa mirándome.
Su pecho se inflama en cada respiración, extrañamente lo veo más alto que de costumbre. Tira de mí y yo me acerco a él a paso vacilante. El momento es devastador. Demasiado intenso como para soportarlo, tengo la impresión de que saldré corriendo en cualquier momento... Ahora me encuentro pegada a él, más de lo que me conviene. Estoy hiperventilando. Todo me da vueltas…
- Niña tonta. Te sujeto así – me ciñe a su cuerpo con fuerza, haciéndome soltar un jadeo – y simplemente pierdes la cabeza.
Su voz es grave, varonil. Tiene el deseo atravesado en la garganta.
- La… cabeza ya… la… perdí… hace… mucho… tiempo…
Balbuceo. Acerca su rostro al mío, provocando que respirar sea imposible.
¿Qué por qué no hago nada? No lo sé. Mis extremidades no responden, no se mueven. Palpitan, se sienten vivas, pero no responden a lo que yo quiero. Responden ante él, ante sus movimientos, sus palabras, sus caricias…
La punta de su nariz roza mi mejilla, se hunde en ella, dejándome un tenue cosquilleo. Sus labios rondan mi boca, provocativos, entre abiertos. Éste es el momento, el momento que más me gusta. Edward es un caballero perdido en el tiempo, le gustan los rituales, le gusta la espera, la incitación.
- Vamos a comer algo. Estoy hambriento.
Se incorpora y yo lo hago con él. Sé que su último comentario ha sido en doble sentido, pero no me molesta. A mí también me gusta jugar. Me gusta la conquista.
Sus pasos se pierden en el pasillo, y por fin logro relajarme. Echo la cabeza hacia atrás y suspiro. Vuelvo a mis sentidos y doy un apretón a mis mejillas con las palmas. ¡Como si eso fuera a eliminar el rubor!
Sin ninguna otra arma más que mi tremenda osadía, me voy de ahí y voy directo a la cocina, en dónde sé que él se encuentra.
Apenas estoy por atravesar la puerta, cuando suelta una risa socarrona; Edward se está volviendo un fanático de las risitas. Nunca vi a alguien reír tanto y en tantas formas.
- Has tardado.
Me dice burlón. Sabe lo que me hace, lo divierte.
- ¿Qué vamos a desayunar?
Le pregunto conmocionada. Dejando de lado lo que ha pasado. ¡Sólo espera y verás!
- Eso iba a preguntarte.
Ahí está. De nuevo forzándome a elegir.
- ¿Pretendes que yo cocine?
Niega una vez.
- No del todo. Pretendo que me pidas que cocine, o que decidas hacerlo tú – da un giro dándome la espalda, observando hacia el refrigerador, quizá se pregunta si hay los ingredientes necesarios para preparar cualquier cosa que yo elija. – lo que prefieras.
Examino las dos opciones con cautela. ¿Qué será mejor? Sé por nuestras largas conversaciones nocturnas que él cocina tan bien como yo lo hago… ¿Qué debería decir?
Le veo escudriñar en la alacena. Los anaqueles son muy altos, siempre debo estirarme un poco, pero él no. Me gusta verlo de perfil. La punta de su nariz es respingada y afilada.
- Hot – Cakes.
Resuelvo, luego de varios minutos.
- ¿Tú o yo?
Sonrío.
- Picaré algunas frutas mientras tú los haces.
Mi tono de voz ha sido autoritario, y a él le ha encantado.
- Muy bien.
Murmura, repentinamente incómodo.
La tensión sexual nos envuelve, la reconozco. Es sobrecogedora y me agrada. No podría vivir sin ella.
Edward se remueve por gran parte de la cocina en busca de los ingredientes necesarios. A éste punto, yo ya he lavado las fresas, las frambuesas, las uvas verdes, y las zarzamoras; éstas últimas son delicadas, se tienen que enjuagar gentilmente, o lo que tendrás será puré.
Soy ágil con el cuchillo. Él está asombrado, pero no dice nada. Se limita a agregar la mezcla en la sartén.
El aroma a mantequilla se apodera del lugar, se siente calor y algo más…
Intercambiamos miradas de vez en cuando, y lo he descubierto observando mis caderas. Gracias a eso, casi ha derramado la leche del vaso… Porque Edward sigue siendo un niño, un niño que toma su respectivo vaso de leche todas las mañanas.
El silencio se adecúa a nosotros. Esto es algo muy íntimo, y no me imagino haciéndolo con otro hombre.
A veces me sorprende la velocidad con la que nuestra relación avanza, pero después suceden éste tipo de momentos y todo se viene abajo. Nos enamoramos en un segundo, pero siempre estamos a la expectativa, a la expectativa de descubrir algo diferente en nosotros mismos. Y para mí, eso es el amor. Un torbellino de sensaciones capaz de consumirlo todo en el impacto. Edward y yo hemos sobrevivido, y seguiremos haciéndolo. Juntos.
- Terminé.
Anuncia, triunfal.
- Yo también.
La verdad es que ha sido sensacional. No son los clásicos chilaquiles que normalmente se me antojan por la mañana, pero ha estado bien. Más que bien. Además, necesitaba algo dulce.
Muevo los pies debajo de la mesa, haciendo ruido con mis inofensivos tacones de tres centímetros. El sonido me recuerda la primera vez que lo vi. Llevaba ése vestido incómodo y ésas zapatillas de muerte…
Sin pensarlo, suelto una carcajada.
- ¿Algún chiste privado?
Me cuestiona, dándole un sorbo al café. Claro, el café nunca debe faltar en un buen desayuno.
- Recordaba la primera vez que te vi.
Se encuentra atento a mis palabras, pero hay algo extraño en él. Aplaca su melena rebelde con impaciencia, un síntoma de preocupación. Me le quedo viendo con un signo de interrogación dibujado en el rostro, y él aprieta los labios.
- Tengo una confesión.
Coloco el tenedor en el plato para poder cuestionarlo a mis anchas.
- ¿Qué tipo de confesión?
- Una inofensiva, o eso creo.
- Dime.
No está seguro de lo que dirá, no sabe cómo voy a reaccionar. Casi nunca lo sabe.
- Aquélla ocasión, no fue la primera vez para mí.
Dejé caer mi cuerpo en el respaldo de la silla.
- ¿Estás diciéndome que me viste antes?
Él asiente una vez.
- ¿Cuándo?
Suspira, dándose valor. – Un año antes, en el cumpleaños de Alice. Estabas en la sala frente al televisor. Recuerdo que tu cabello te cubría casi todo el rostro. Pase delante de ti, pero no me miraste, ni siquiera estoy seguro de si te diste cuenta de mi presencia.
Saber eso me dejó boquiabierta. No había sido un buen día.
- No noté que había alguien ahí. Aún era muy temprano, y Alice había dicho que nadie estaba en casa.
Mi voz se fue convirtiendo poco a poco en un susurro.
- ¿Qué era lo qué te tenía tan triste?
- Mis padres. Pensaba que… que nunca más me acompañarían en un cumpleaños.
La sensación que comienza a dominarme no me agrada. La tristeza es obvia cuando pierdes a un ser querido, pero en mí era más que eso. En ése accidente lo había perdido todo, o eso creía, hasta que conocí a Alice. Aún así, no siempre podía evitar el sentirme melancólica.
- ¿Y ahora? ¿Sigues pensando lo mismo?
Edward no es el tipo de hombre que se acerca y te abraza cuando te sientes frágil. Él aguarda, espera que luches por ti misma y después…
- No respondas. Definitivamente, los tiempos en que compartías felizmente con tus padres no volverán, haces bien al demostrar pena. Sin embargo, eso no significa que todo terminó. Habrá otros cumpleaños; diferentes, con rostros nuevos, pero igual de especiales.
Después dice algo como eso. Algo que no cualquiera entendería, pero yo lo hago.
- Gracias, Edward.
- Cada vez.
Su respuesta me agrada. Cada vez. Cada vez que algo pase. Cada vez que lo necesite... Él no luchara en mi lugar, él luchara conmigo. Parece algo muy poético, algo sacado de alguna novela romántica, pero es verdad.
- Entonces, si me viste. ¿Por qué no me hablaste? Al menos para saludar. Es cortesía, ¿sabes?
Él ríe con fuerza. Las paredes hacen eco a su risa, y yo me uno a él.
- ¿La señorita Swan quiere enseñarme modales?
Arrugo la nariz. Él no necesita que yo le enseñe nada.
- No te hablé porque tú no querías que lo hiciera. Que nadie lo hiciera.
Es cierto. Por eso Alice me había dejado un momento a solas.
- Entonces, eres todo un caballero.
- Por supuesto.
Responde, muy convencido de eso. ¡Cielos! Es es un engreído.
Niego, en desaprobación a su tono de voz. Pero tengo que aceptarlo, su seguridad es una de las cosas que más me atraen de él.
Continuamos la charla por unos minutos más. Su confesión no me ha afectado en lo más mínimo.
Él se ha ofrecido a lavar los trastos, y yo he aceptado agradecida. ¡Odio lavar los trastos! ¡Enserio lo odio!
Me encuentro en la sala mirando el televisor. Desafortunadamente no hay nada que capte mi atención. Nada. Nada. Nada. Oh, un documental de peces monstruosos. Me gusta.
No sé muy bien porque, pero todo lo relacionado con el agua me encanta.
- Irina llamó, mañana acordaremos la hora de vuelo. Un avión privado... ¿Para qué enojarme o sentirme intimidada? Es multimillonario, debo aceptar que los lujos vienen con él. Es absurdo molestarse. En fin...
Edward se acerca al sillón en su habitual paso galante. Y es que no puede evitarlo. Es perfecto.
- Genial.
Mi respuesta es sincera. La emoción por conocer un país distinto ha emergido a la superficie desde lo más profundo de mí ser.
- ¿Emocionada?
- Si. Más que nada por el clima.
- ¿El clima?
Pregunta extrañado. El hombre del televisor, habla y habla sin parar, así que Edward baja el volumen.
- La lluvia, la nieve, el frío…
- Eres una persona extraña.
- ¿A ti no te gusta?
Se apodera de mi mano derecha, su contacto es tibio, a diferencia del mío, que es caliente, muy caliente. No hace tanta calor, pero… Siempre he sido así.
- Nunca pensé en ése tipo de cosas. Hasta que llegaste a mi vida con tus rarezas y tus muchas preguntas.
Lo miro con el ceño fruncido. Ya sufrí toda la discriminación que podía durante la preparatoria. Alice me había sacado de todo eso; pues comentarios como: rara, loca, pobre y tonta eran mis habituales insultos (de los más ligeros). Un chico, en el baile de graduación me llegó a decir que mi belleza era opacada por mi extrema miseria y estupidez. Y es que… En un Colegio de ricos yo… desentonaba demasiado; pero no podía echarlo a perder. Mis padres habían trabajo muy duro para darme una buena educación, y a su muerte… No los defraudaría. La escasa cantidad de dinero que habían dejado para mí, había decidido gastarla en la Preparatoria en que mi madre solía soñar verme algún día. Muchas veces la contemplamos desde afuera… Casi parecía inalcanzable… Al igual que la Universidad. Pero ahora era toda una Universitaria. Definitivamente terminaría mi Carrera Profesional. Necesitaba hacer algo para mí, por mi misma. Realizarme, para poder ser plenamente feliz junto al hombre que amo.
- Me dedicaba a trabajar, a hacer lo que se esperaba de mí. Ahora lo quiero todo. Quiero vivir, realmente vivir. Contigo.
Puedo percibir la emoción en su voz. La juventud de Edward había sido más dura que la mía. Las exigencias de su padre, las esperanzas de su madre, la responsabilidad que le esperaba en el futuro… Los cumpleaños llenos de gente adulta y desconocida; pero siempre de la alta sociedad. No le deseaba eso a nadie… Ni siquiera pudo asistir a la Universidad que él quería… Su padre decidió todo por él, hasta que se casó con Rosalie…. Claro que; después del alejamiento de Edward en la familia, las constantes excusas para justificar su falta de presencia en las reuniones familiares, y por último: la infidelidad de su ex-esposa… Todo eso hizo que muchas cosas cambiaran... Ahora Carlisle dejaba que Alice y Emmett decidieran su camino, y los apoyaba completamente con absoluta confianza.
- Entonces así será.
- Quiero comerlo todo, visitar todo el mundo, experimentarlo todo…
Reí por debajo. - ¿Todo?
Se encorvó, como si así me comprendiera mejor.
- Pero... ¡Nada de drogas y abuso de bebidas alcohólicas!
Bromeé.
Giró la cabeza en mi dirección y me miró, tenía el aspecto de alguien que ha sido golpeado por una persona más grande y mucho más fuerte que él.
- Tonta. Sabes lo que pienso de eso.
Asentí, Edward no aprobaba ése tipo de excesos.
- Entonces, nada que pueda dañar nuestra salud física y mental.
Murmuro.
- Exacto señorita Swan.
Rodeé los ojos al escuchar mi apellido.
El resto de la tarde no la pasamos abrazados mirando películas.
Era una fanática empedernida de Saturday Night Fever. Y ni que decir de la entusiasta inclinación de Edward hacia los Bee Gees. Me había obligado a bailar imitando los pasos de John Travolta y Karen Lyyn Gorney en More Than A Woman. El baile no es lo mío, menos con ésa clase de música. Quizá con la práctica… Si, sólo debía practicar más. Pero Edward… Él sabía moverse como todo un profesional.
Tonteábamos de un lado para el otro al ritmo de la canción. Mi estómago dolía de tanto reírme. Edward era divertido.
- Si le contará esto a tu familia no me creerían. Cuando están ellos o alguien más, eres muy serio.
Se encoge de hombros, me envuelve la cintura con un brazo, y hace que yo haga lo mismo. En ésta posición la diferencia de alturas es casi cómica… Estamos girando con las palmas extendidas. Su mirada es brillante, más que otras veces… Sé que me ama, sé que siempre lo hará. ¡Joder! Se mueve tan bien que hasta logra que mi baile no sea patético.
No sonríe, no articula palabra alguna. Sólo baila y me mira. Es abrumador...
Me ciñe a su cuerpo, toma mi mano y estira nuestros brazos… Así, tan de cerca... ya no puedo respirar con normalidad. Él se percata y sonríe. Se inclina para poder besarme, su aliento invade mi rostro, mis mejillas, mis labios…
Cierro los ojos, entregándome al momento, pero…
El estruendoso pitido del timbre provoca que nos apartemos de un solo movimiento. Ha sido doloroso. Tengo que inhalar y exhalar para recuperarme. Él respira con fuerza y se yergue, al igual que a mí, la cruel desconexión le ha afectado; pero se recupera pronto y se dirige hasta la puerta.
Aprovecho el tiempo y sacudo la cabeza para despabilarme.
- ¡Tienes que dejarme pasar! ¡¿No entiendes?! ¡Muévete!
Los gritos me desconciertan. Camino hasta el recibidor, pero Rosalie no me da tiempo de llegar, pues aparece ante mí de la nada. No reconocí su voz. ¡Qué tonta!
- ¡Isabella!
Me grita eufórica, jalándome del brazo.
Duele. Duele.
- Basta.
El gruñido de Edward nos distrae y me deshago del agarre de la rubia, pero al hacerlo su bolsa cae al suelo. Un lápiz labial rueda hasta estrellarse en un mueble, lo sigo con la mirada hasta que se detiene. Estoy por alzar la vista, pero el destello del papel me paraliza.
- ¿Qué es eso?
Murmuro. Caigo sobre mis rodillas, y esparzo el montón de fotografías sobre el suelo. Soy yo en la Universidad, en el transporte público, en la casa de los Cullen, yo con Alice, yo con Emmett, más y más fotos… Y la última, la última me arranca el aliento: soy yo en la cama, durmiendo en mi casa, en la casa que era de mis padres…
Edward me sujeta del brazo, forzándome a poner de pie. Sus dedos se aferran a mi piel, y eso me reconforta, me hace saber que estoy a salvo, que él también lo está. Que ambos nos protegemos…
Me mira por el rabillo del ojo y después se centra en Rosalie.
- ¿Todo el tiempo fuiste tú?
Hola!
Muchas, muchísimas gracias por sus Reviews y comentarios en facebook. Les quiero en verdad!
Espero disfruten el capítulo.
Tengan un buen fin de semana. Ojalá ya llueva. ¡Necesito lluvia! jajaja Lo siento, pero el lugar en dónde vivo está más seco que nada.
Besos.
Anabelle.
