N/A: Lamento los errores ortográficos que pueda cometer sin darme cuenta, intentare prestar más atención. Aun así si encontráis alguno avisadme, no os cortéis, os lo agradeceré.

Vida Concertada

XXII

Fred Weasley levantó la cuchara colocando el mango hacia delante. Puso en ésta un trozo de pan que había encontrado en la mesa de la cocina, y golpeando secamente hacia abajo el extremo del mango de la cuchara disparó el mendrugo de pan a través de la habitación. No obstante, no llegó a dar en la cabeza de su hermano gemelo, como había sido su intención, pero se aproximó bastante. Lo que tampoco se podía considerar una derrota.

El trozo de pan se estrelló contra la pared a pocos centímetros de su blanco, logrando que su hermano estallase en carcajadas. La señora Weasley, su madre, ni siquiera se percató del pequeño ataque culinario de su hijo. Estaba más atenta a contemplar el paisaje oscuro y frío de la noche por la puerta trasera de la cocina.

Yo tampoco comenté nada; me caían demasiado bien ese par de pillos como para delatarlos frente a su madre, y someterlos así a un posible castigo. Así pues me volví hacia mi cena, un plato de sopa, pretendiendo no haber visto nada.

Percy, el tercer hijo de los señores Weasley, fulmino con la mirada a sus hermanos menores. Estos le devolvieron el detalle con otro bombardeo de comida, que en esta ocasión si fue más fructífero.

-Mamá- se quejo Percy mientras se pasaba una mano por la frente retirando un pegote viscoso y blancuzco de gachas, procedente del plato de su hermano George.

La señora Weasley se giro hacia su hijo y frunció el ceño al contemplar su impoluta cocina llena de comida. Los gemelos dejaron de reír y como buenos maestros en el arte de las bromas que eran compusieron su mejor cara de angelitos redimidos. Bill, el segundo hijo, se tapo la boca con la mano en un intento por no ser descubierto riendo.

-Yo me encargare, Molly- me ofrecí con suspiro.

La señora Weasley me dedico una sonrisa agradecida y volvió a girar su vista hacia la oscuridad de la noche, aguardando la llegada de su primogénito que hoy por primera vez había ejercido como cochero para el señor Potter.

Aparte mi plato de comida con una mueca de asco al notar un pegote de gachas flotando sin rumbo fijo en mi sopa humeante, y comencé a frotar la frente de Percy con el filo de mi delantal. El niño se retorció un poco al principio, pero al final se dejo hacer y permitió que le limpiase los resto de gachas de su pelo pelirrojo.

Bill, que ya se había serenado un poco, se ofreció a ayudarme y como buen caballerete que era retiro los platos de comida de la mesa. Dejando sin munición a sus hermanos pequeños, quienes a su vez protestaron entre dientes con su lenguaje cifrado que solo ellos sabían interpretar.

-La próxima vez, procurad apuntar mejor- les susurré a los gemelos cuando estuve segura de que ni Percy, ni Molly, me podían escuchar.

Los gemelos dibujaron dos sonrisas idénticamente adorables y asintieron con sus cabecitas pelirrojas, como si mi sugerencia fuese la mejor de las lecciones de esta dura y larga vida.

-Los llevare arriba, Molly. Si no te importa.

La señora Weasley asintió sin mucha convicción a mis palabras, y se a ciencia cierta que en realidad no ha escuchado nada de lo que le he dicho. Y no la culpo. Esta preocupada, yo también lo estaría si estuviese en su lugar. Su primogénito, su hombrecito como lo llama ella, debía cargar con una gran responsabilidad hoy. De él dependía la llegada, sanos y salvos, de sus señores. Era todo un honor, pero también una gran preocupación para su madre.

La puerta de la cocina se abrió y el señor Weasley ingreso en la habitación, sonriendo apenas cuando sus ojos azules se toparon con el desastre que sus hijos habían generado. Se paso una mano por la cabeza, peinando con sus dedos su abundante mata de pelo rojo, y suspiro con cansancio cuando Percy se acoplo en su pierna y comenzó a quejarse de las barbaridades que sus dos hermanos pequeños podían llegar ha hacer a pesar de su temprana edad.

-Bunas noches señor Weasley- saludé con cortesía cuando el hombre, de apenas treinta y muchos o cuarenta y pocos, paso junto a mi, rastreando su pierna izquierda donde su tercer hijo se había instalado provisionalmente.

-Buenas noches Nymphadora, ¿Has tenido una cena agradable?- preguntó mientras revolvía con ambas manos el pelo de los gemelos. Estos ronronearon como dos gatitos y el señor Weasley sonrió satisfecho.- ¿Os portasteis bien?

Los gemelos asintieron con rapidez, cruzando sus deditos rechonchos tras su espalda. Ocultando así su mentira.

Su padre se rio entre dientes, sabedor de que en realidad mentían, y volvió a acariciar sus cabezas. Después se giro hacia Bill y cuadrando los hombros dijo con voz grave:

-Señor Weasley, ¿Ha sucedido algo digno de mención en mi ausencia?

Bill dejo escapar una risita tonta e imitando a su padre dijo con su voz infantil, algo enronquecida para la ocasión:

-Todo en orden señor- y saludo cual militar a lo que su padre no pudo mas que sonreír.

Bill estaba pasando por esa etapa de descubrimientos y dediciones absurdas que hacia que los niños se planteasen que querían ser de mayores. Y Bill había decidido, tras plantearse ser medico, granjero y banquero, que seria miembro de la guardia real de la mismísima reina.

Aspiraba alto, sin duda, y eso enorgullecía a sus padres. Sobretodo a su padre, quien a pesar de su edad aun fantaseaba con poder dedicarse a lo que realmente le gustaba, ser inventor. Algo que su esposa no veía con buenos ojos, pues según sus propias palabras: No puede ser considerada una profesión si en ella lo único que haces es jugar con cachivaches viejos y oxidados.

-Estos hombrecitos y yo, nos disponíamos a subir a nuestros aposentos- le dije al señor Weasley- Antes de que terminen por quemar la cocina, otra vez- murmuré solo para que él me escuchase.

Arthur Weasley compuso una mueca de terror al recordar el episodio de la semana pasada, donde los gemelos casi habían quemado la cocina mientras jugaban a los conquistadores, y sin demasiada dificultad se deshizo del agarre de Percy.

Este refunfuño un poco, pero basto una sola mirada de su padre para que callase y accediese a coger la mano que Bill le tendía. Yo agarré las manos de los gemelos y presidiendo la marcha salí al pasillo del servicio, seguida de Bill y Percy.

En la cocina se escucho la voz del señor Weasley y después un sonoro suspiro procedente, seguramente, de su esposa. El reloj del comedor dio las campanadas anunciando que ya eran las once de la noche, y su sonido ensordecedor retumbó entre las estrechas paredes de la escalera de servicio.

-Vamos chicos, es hora de dormir- canturreé mientras alzaba mis brazos a cada nuevo escalón para que así los gemelos cogieran impulso y consiguieran subir las escaleras sin caerse y rodar en el proceso.

-Contaras una...

-...de tus historias...

-... por favor- pidieron casi a dúo los dos gemelos, arrancándome una sonrisa de los labios.

Al principio me fue bastante difícil acostumbrarme a su singular manera de hablar, pues solían hablar al unísono, terminando la frase de uno el otro. Daba escalofríos. Pero tras algunos días y varias aclaraciones por parte de Charlie, conseguí adaptarme a su singular afición. Sin embargo no tuve tanto éxito con su lenguaje; como gemelos que eran o tal vez por estar tanto tiempo juntos, en ocasiones hablaban entre ellos con un lenguaje que ninguno de nosotros sabíamos identificar pero que sin embargo ellos entendían a la perfección. Molly decía que seguramente era como un juego, que pronto se les pasaría. Sin embargo yo dudaba que en algún momento se cansaran de ese pequeño hábito.

-Solo si prometéis meteros en la cama sin protestar- les contesté con una pobre imitación del tono de voz de su madre.

Los gemelos sonrieron felices y subieron los dos últimos escalones de un salto, liberándose de mis manos en el proceso y corriendo por el pasillo hacia sus habitaciones. Percy dijo algo entre dientes, seguramente quejándose, y Bill siguió a los gemelos al grito de: ¡Alto bellacos!

-¿Qué historia prefieres tú?- le pregunte a Percy cuando las figuras de sus tres hermanos se perdieron dentro de la última puerta del corredor, su habitación.

El pequeño se rasco la barbilla, pensativo, y después me miro con sus grandes ojos rodeados de pequeñas pecas y dijo:

-La de los valientes hermanos.

Sonreí con desazón y le acaricie la mejilla con lentitud. Él sonrió ante mi gesto y después empujo la puerta de su habitación, la cual compartía con los gemelos pues Bill dormía con Charlie. Yo ingrese tras él y cerré la puerta con suavidad, apoyándome en ella y dejando escapar un suspiro.

Entre todas las historias que podría haber escogido, había elegido la menos indicada. O al menos para mi corazón.

-Érase, que se era, una joven muchacha; hija de un respetado panadero, y envidia de sus amistades- comencé mientras caminaba hacia los gemelos y los ayudaba a cambiarse de ropa, y ponerse sus camisones.- Su nombre era Walburga, y aunque el nombre que le otorgaron sus padres al nacer no era de su agrado ella lo lucia con orgullo y respeto.- aduné los alzos del camisón de George, o tal vez Fred. No estoy muy segura.- Su familia era amplia, y eran muchos a los que debía llamar primos y primas- anudé el lazo del otro camisón y me senté en el borde de la cama de Percy mientras los gemelos se arropaban hasta las orejas con las cobijas de su cama compartida.

-Nuestra familia también es grande- comentó Percy, como siempre hacia cuando contaba la historia.

Bill asintió en silencio, corroborando las palabras de su hermano, y se sentó junto a mí, en el borde de la cama de Percy.

-Pero entre todos sus familiares había uno que no era de fiar- los gemelos tomaron una gran bocanada de aire, reteniéndola en sus pulmones, preparándose para lo que venia- Su nombre era Orión, y era un...- Percy me miraba con los ojos muy abiertos, expectante. Bill contenía la respiración, al igual que los gemelos, y yo no pude más que carraspear con incomodidad al ver que una historia tan aterradora para mi era tan entretenida para ellos-... pirata.

Los gemelos dejaron escapar el aire retenido en sus pechos con un sonoro suspiro y Bill se movió inquieto sobre el filo de la cama. Percy arrugo las cobijas que lo tapaban y cerro la boca que había mantenido abierta durante la pequeña pausa.

-Uno de los más temidos y sanguinarios. Tripulaba una nave cuyo nombre era temido por todos, y su tripulación estaba formada por los más viles de los corsarios.- retorcí la tela de mi vestido y tomé una bocanada de aire antes de proseguir- Walburga, quien era considerada como una de las muchachas más bellas de su pueblo, era lo que mas codiciaba el malvado Orión. Y cuando supo que su prima había sido casada con un joven comerciante, enfureció. Ordenó a sus hombres que se dirigieran a tierra firme y durante la noche, cuando todos dormían, atacó su pueblo natal.- La tensión era palpable, ninguno de los niños quería pestañear por miedo a que al hacerlo el sanguinario Orión apareciese en su habitación dispuesto a matarlos.- Aquella noche Walburga fue raptada de su hogar, y su apuesto esposo fue... capturado- suavicé.- Orión la llevo a su guarida secreta. Allí donde todos los rufianes se reúnen y donde la ley no es más que un chiste, Isla Tortuga. Ese era su nombre.

"Walburga fue encerrada en una cabaña y puesta bajo la vigilancia de dos desagradables guardianes que solo obedecían las ordenes del malvado Orión. Pero Walburga tenia un secreto que su malvado primo no conocía, estaba embarazada de su esposo.- Bill silbo entre dientes y Percy dio algunos saltitos sorbe su cama, impaciente por escuchar el resto- Cuando Orión descubrió que su prisionera cargaba en su vientre al hijo de otro, enfureció tanto que... que quiso castigarla."

-¿Y como la castigo?- pregunto Percy, a pesar de ya conocer la respuesta.

-La reprendió durante días- contesté con suavidad, guardándome la verdad para mí. Pues se que si les cuento que en realidad fue sometida a innumerables latigazos se asuntaran demasiado. Y no era para menos.- Y entonces el bebe nació. Fue una niña, de abundante pelo negro y ojos marrones como los de su padre. Walburga la llamo Andrómeda.- Los gemelos bostezaron al unísono y pestañearon con cansancio. Faltaba poco para que se quedasen dormidos.- Andrómeda resulto ser una niña enfermiza y tranquila, que huía y temía a su padrastro. Orión detestaba a la pequeña y cada vez que tenia ocasión se lo hacia saber.

-Que papá mas malo- protestó Percy.

Asentí en silencio.

No sabes cuan malvado podía llegar a ser, me hubiese gustado decir sin embargo calle y proseguí con la historia.

-Un año después del nacimiento de Andrómeda nació su hermanastra, a quien Orión llamo Bellatrix. Esta era muy similar a su hermana mayor en cuanto ha aspecto físico se refería sin embargo había dos grandes diferencia entre ellas.- Fred dejo caer su cabeza sobre la almohada y George lo siguió de inmediato, respirando los dos con la suavidad típica de un placentero sueño- Mientras que Andrómeda tenia los ojos castaños, como su padre, y era calmada, Bellatrix los tenia grises como Orión y era una chiquilla ambiciosa y de ideas retorcidas. Orión estaba muy orgulloso de ella y por tanto en cuanto Bellatrix estaba próxima ha cumplir cinco años, y Walburga volvía a estar embarazada, la comprometió con uno de sus hombres. Para así poder sacar beneficio de ella. Walburga lloro durante días, semanas, meses pero nunca consiguió recuperar a su hija. Quien al final había sido casada con el hijo, de doce años, del secuaz de Orión.

"Tras la marcha de Bellatrix, y con Andrómeda cada vez mas débil, Walburga dio a luz a su tercer hijo. En esta ocasión fue un varón, que orgullosamente fue bautizado con el nombre de Sirius. En honor a una estrella del firmamento; pues Orión pensaba que este nuevo hijo le traería tanto beneficio como su primer hija, Bellatrix. Pero Sirius no resulto ser como su padre esperaba, y ya desde una muy temprana edad se resistió a sus métodos de enseñanza y a sus intentos por inculcarle algo de maldad. Por tanto, decepcionado, decidió que quería otro hijo varón que pudiese nombrar como su sucesor. Y así un año después del nacimiento de Sirius nació Régulus."

Percy comenzó a cabecear al mismo tiempo que sus parpados se cerraba y Bill se comía las uñas sin ser consciente.

-Régulus fue el orgullo de su padre; resulto ser igual e incluso mejor que su hermano mayor Sirius, y sobretodo obedecía los mandatos de Orión. Pero mientras Walburga seguía llorando la perdida de su segunda hija y Orión se entretenía en admirar a su hijo menor y futuro heredero, Andrómeda enfermaba cada vez más y Sirius se esforzaba por conseguir todo aquello que resultase beneficioso para su delicada salud.- hice una pequeña pausa y Percy dio una seca cabezada, deportándose de golpe y arrancándole una sonrisa a su hermano mayor.- Pero nada aliviaba al maltrecho cuerpo de Andrómeda, que poco a poco se iba consumiendo. Y mientras los años pasaron, con más penas que glorias; y cuando once años cumplía Andrómeda, Walburga dio a luz a su última hija. Morena como la noche y con los ojos castaños como su hermana mayor.

"Orión entro en cólera cuando vio por primera vez a la recién nacida y pensando que su esposa lo había engañado, pues el resto de sus hijos legítimos tenían los ojos grises como él, enfureció de tal forma que de... de una paliza la mato- musité- Sirius, que a pesar de no tener mas que seis años, intento detenerlo y Orión como castigo lo desterró junto a la enferma Andrómeda y la recién nacida. Vagaron sin rumbo durante meses, hambrientos y sucios, entres las calles de la bulliciosa y siempre despierta Isla Tortuga. Hasta que un día una oportunidad se les ofreció, y Sirius decidió aceptarla."

-¿Qué... qué opor... oportunidad?- preguntó entre bostezos un somnoliento Percy.

-La oportunidad de ganar dinero.- respondí con un nudo en la garganta- Sirius acepto el trabajo y se marcho en un barco como grumete, mientras que Andrómeda y la recién nacida se quedaban en Isla Tortuga a la espera de su llegada. Régulus, que hasta ese momento había ayudado a sus hermanos en secreto, se comprometió a cuidarlas hasta que su hermano mayor regresara. Sin embargo...

Me gire hacia Percy, que yacía dormido sorbe su cama. Emitiendo leves ronquidos. Y sonreí.

-Es hora de dormir, por hoy se termino la historia- le dije a Bill mientras me incorporaba y sacudía al falda de mi vestido.-Vamos, te acompañare hasta tu habitación- me ofrecí expendiéndole mi mano.

Bill dejo escapar un bufido y de mala gana tomo mi mano y salio junto a mí al pasillo.

-¿Por qué nunca cuentas el final de la historia? ¿Qué le sucede a Andrómeda? ¿Y a Sirius? ¿Y Régulus?- preguntó mientras entraba en su habitación.- No es justo, siempre te quedas a medias.- se quejó.

-Hay cosas que son mejor no saber- respondí- Y esta es una de ellas.

Bill frunció el ceño pero no dijo nada más, sabía cuando debía callar y cuando insistir. Y estaba claro que en esta ocasión debía callar, pues sabía que yo nunca les contaría a ninguno de ellos el final de la historia. Por muy persistentes que fuesen.

-Buenas noches Bill, que tengas dulces sueños.- murmuré mientras salía de la habitación.

-Al menos dime como se llamaba la última hermana, la recién nacida.- insistió.

Apoyé mi mano sorbe la pared del pasillo y suspiré con cansancio.

Contar esta historia siempre me cansaba demasiado, traía demasiados malos recuerdos.

-¿Cual de ellos?- pregunté, intrigándolo aun mas- Sirius la llamaba de una forma y Andrómeda de otra. ¿Cual es el nombre que deseas saber, Bill?

Él se quedo en silencio y yo aproveché para entrecerrar la puerta de la habitación.

-El de Sirius, me gusta Sirius.- declaró cuando yo ya me disponía a irme.

-Tonks, Sirius la llamaba Tonks- contesté en apenas un murmullo mientras cerraba la puerta y me apoyaba en su superficie.

Cerré los ojos un momento y respire hondo. Desde el piso inferior escuche como el reloj del comedor daba de nuevo las campanadas anunciando que la media noche ya había llegado.

Despegué mi espalda de la puerta y di el primer paso, con tal mala suerte que tropecé con mi propio pie y caí hacia delante. Alcance a para la caída apoyando mis manos sorbe el cristal de una de las muchas ventanas que había en el pasillo, y el frío de la noche traspaso el vidrio y me quemo las palmas de las manos.

-Buff, esta helado- retiré con rapidez mis manos y exhalé sobre ellas para calentarla. Las noches de invierno en Inglaterra eran terribles, nunca me adaptaría a ellas.

Un resplandor ilumino el horizonte y yo deje caer mis manos a los costados y reprimí un grito cuando mis ojos captaron, a través del cristal, las llamaradas que lamían y devoraba sin piedad los tejados de las casas del pueblo.

El peor de los presentimientos se apodero de mi corazón y sin saber muy bien como, comencé a correr por el pasillo hacia la segunda planta. Más concretamente, hacia los aposentos del conde de Gryffindor.

Debía avisar a Sirius, debía advertirle. Él no podía estar aquí cuando las llamas llegasen a la mansión. Debía huir... pero en esta ocasión procuraría ir detrás de él.

...

El carruaje dio una seca sacudida, y James abrió la puertezuela mucho antes de que los caballos se detuviesen del todo. Bajo de un salto y tiro con brusquedad del nudo de su corbata, aflojándosela.

El carruaje se detuvo al fin y sin muchos miramientos me tomo del brazo y me hizo bajar a la fuerza, para después arrastrarme a través de la graba de la entrada hacia las puertas principales, que se abrieron de golpe mucho antes de que mis pies tocasen el mármol de los escalones.

El señor y la señora Weasley estaban al otro lado. El primero con el semblante ensombrecido y la segunda con lágrimas en los ojos y un imperceptible temblor en las manos.

-Milord, el pueblo esta...

-Lo se- le interrumpió James, arremetiendo contra ellos y arrastrándome dentro de la mansión.- Arthur avisa al servicio y hazle saber que deben coger todo aquello que consideren de valor, Molly coge todos los víveres que puedas y llévalos a la sala del té. Allí, tras el retrato del primer conde de Gryffindor hay una puerta que conduce a las catacumbas. Refugiaros todos allí.- ordenó.

El señor Weasley asintió, algo aturdido, y con rapidez desapareció tras la puerta de servicio que había tras las escaleras. Su esposa sin embargo permaneció de pie, delante de nosotros, sollozando sin control.

-¡Rápido Molly!- grito James.

La aludida dio un respingo, y sorbiendo ruidosamente por la nariz salio disparada hacia la cocina. Pero antes se aseguro de que su primogénito estuviese sano y salvo, lanzándole una elocuente y rápida mirada.

-¡Charlie! Ensilla dos caballos, los más rápidos. Y asegúrate de llevarlos a la entrada en diez minutos- ordenó girándose hacia el aturdido muchacho, que con las mejillas cortadas por el frío y la nariz tan roja como su cabello miraba la puerta de la cocina por donde había desaparecido su madre con temor.

-Si... si milord.

James volvió a coger mi brazo con brusquedad y comenzó a caminar hacia las escaleras. Y mientras era arrastrada mire hacia atrás y pude comprobar como el primogénito de los Weasley nos observaba desde las puertas de entrada con la misma pregunta que resonaba en mi mente brillando en sus ojos.

¿Qué sucedía?

-Date prisa- gruñó, rodeándome los hombros con el brazo e impulsándome hacia delante con rudeza.

Mis pies se liaron con el borde de mi vestido y por segunda vez en lo que iba de noche estuve apunto de perder el equilibrio; sin embargo su brazo rodeo mi cintura, alzándome, impidiendo que mordiese el suelo.

-¡James!- su brazo me dejo caer de nuevo sobre los escalones y yo trastrabillé hacia atrás, aforrándome a la chaqueta de su traje para no caer.- Están en el pueblo y pronto llegaran, hay que salir de aquí- chillo Nymphadora mientras baja apresurada las escaleras.

James gruñó algo entre dientes y de un empujón me precipito hacia delante, a los brazos de mi dama de compañía.

-Encárgate de ella, procura que coja algunas mudas y aquello que sea esencial- dijo mientras subía de dos en dos los escalones, dejándonos atrás a ambas.

Alcé mi mirada y los ojos color ámbar de Nymphadora me recibieron con miedo y ansiedad.

¿Qué estaba sucediendo?

-Hay que darse prisa- susurró Nymphadora mientras me ayudaba a incorporarme y tiraba de mi mano hacia delante, instándome a que la siguiese escaleras arriba- No tenemos tiempo.

-¿Tiempo para qué?- me atreví a preguntar.

Nymphadora se paró en seco. Mi corazón empezó a latir tan fuerte que incluso podía oírlo, y mis manos al igual que mi nuca estaban bañadas de un sudor frío y pegajoso.

¿Qué sucedida?

¿Qué o quién eran los que tanto temor y nerviosismo creaban?

¿Acaso el incendio de la aldea no era una mera catástrofe? ¿Había sido intencionado?

Necesitaba respuestas y nadie parecía dispuesto a proporcionármelas.

-Ahora no, no hay tiempo- repitió mecánicamente. Dio otro tirón seco de mi mano y siguió subiendo las escaleras.- Yo no soy la mas indicada para responder sus preguntas, milady- curvo a la derecha nada mas llegar al pasillo del segundo piso y comenzó a correr, arrastrándome tras ella, hasta las puertas de mis aposentos.

-¿Y quién es el indicado para responder?- protesté, liberando mi mano de la suya y parando en seco en el umbral de mi alcoba- ¿Quién Nymphadora?

Ella no contestó e ignorándome comenzó a rebuscar entre mis trajes en busca de algo, o al menos eso creo.

-Responde- grite.

Los ojos comenzaban a escocerme, pronto comenzaría a llorar y ni siquiera sabía el motivo que causaba las lágrimas. Estoy aterrada, pero no se porque.

Necesitaba una respuesta, alguna explicación. Algo que...

-¿Tiene algún vestido mas cómodo? Algo de algodón o similar- preguntó ella mientras revolvía mis cajones.

-Bajo la cama, escondidos en un pequeño morral- contesté por inercia. Recordando los tres vestidos que había conseguido salvar de la inquisición de mi padre cuando este decidió que ya era hora de que cambiase de vestuario.

Me sentía mareada, Nymphadora se movía de arriba a abajo de derecha a izquierda por toda mi habitación. Cogiendo y tirando cosas, guardando algunas y escondiendo otras. Y yo lo único que puedo hacer es mirarla, pues mis piernas se niegan a moverse y mi corazón esta tan acelerado que me da miedo intentar algún movimiento por miedo a sufrir algún colapso.

-Debe haber dos caballos en la entrada, un mozo los estará vigilando. Decid que vais de mi parte y montad en ellos. Nos encontraremos en el acantilado, al norte siguiendo el sendero del bosque.- escuché que decía James desde su alcoba.

Me gire sorbe mis pies, sosteniéndome del marco de la puerta para no caer, y vi con asombro como la puerta del pequeño saloncito que dividía mis dependencias de las de mi esposo se abría y entraban a la estancia tres hombres. Uno era castaño y delgaducho, y sostenía a un segundo que a su vez era moreno y alto. El tercero era mi esposo.

James se detuvo a medio camino de la puerta cuando sus ojos encontraron con los míos y frunció el ceño, asuntándome un poco.

Nunca antes lo había visto así, era tan... distinto. Tan inexpresivo.

-¿Esta todo listo?- preguntó con voz áspera, rasposa. Muy diferente ha la que yo estaba acostumbrada a oír.

-Si.- di un salto y gire con rapidez el cuello cuando la voz de Nymphadora acaricio mi nuca.

Ella sostenía entre sus manos el morral que yo había conseguido traer de contrabando desde mi hogar, y en el cual escondía mis viejos vestido que representaban para mí mi época de soltería y libertad. Sin embargo ella había guardado algo mas dentro de la bolsa pues este cerraba a duras penas.

-Piensas llevártela- protestó uno de los desconocidos, el moreno, con incredulidad.- No será mas que un estorbo.

A pesar de no poder moverme y de dudar seriamente el poder pronunciar palabra alguna para defenderme no pude evitar mirar a aquel individuo mal afeitado y con ropas andrajosas que me contemplaba con una arrogancia digna de un rey.

¡Yo no era un estorbo!

-Ahora no Sirius.- gruñó James, aferrando de nuevo mi brazo y apegándome a su pecho de un seco tirón- Ella vendrá.

-No es el mejor momento para ejercer de buen marido, James- rezongó el otro.

-Sirius...- comenzó Nymphadora.

-Tú no te metas Tonks, y ni pienses en seguirnos. Te quedaras aquí, a salvo. ¿Esta claro?

Pude sentir como la mano de James ejercía mas fuerza sobre la piel de mi brazo y reprimí un quejido que murió en la tela de su camisa, pues en algún momento su chaqueta y chaleco habían desaparecido. Al igual que su corbata.

-¡Sirius basta! No es el momento- dijo el otro desconocido, con voz apaciguadora- James hará lo que crea oportuno y nosotros obedeceremos. ¿De acuerdo?

El aludido gruñó, como un perro, en respuesta y fulminándome con sus ojos grises salió junto a su compañero al pasillo. Nymphadora los siguió algunos minutos después, con mi morral en sus manos y los ojos húmedos. Reteniendo las lágrimas.

-¿Qué esta suce...

De pronto su brazo rodeó mi cintura, y mis pies dejaron de tocar el suelo. Su boca cubrió la mía, y me beso con ardor. Tuve que aferrarme a sus hombros porque temía que si me soltaba mis piernas no me sostendrían.

Él desplazo su mano, liberando mi brazo, y la deslizo bajo los pequeños rizos que Nymphadora tan afanosamente había recogido en un moño bajo, destrozando mi peinado y librando mi cabello. La yema de sus dedos rozo mi cuero cabelludo, ejerciendo presión. Impidiéndome cualquier movimiento. Después su lengua se interno en mi boca y sus manos viajaron por mi espalda hasta llegar a mi trasero, donde abruptamente poso sus dos manos presionado mis nalgas y alzándome hasta que sus caderas rozaron las mías... y el sonido típico de la tela al ser rasgada fue el causante de que todo acabase.

James relajo sus manos y yo me deslice por su cuerpo con suavidad hasta que mis pies tocaron el suelo de nuevo.

Una de las capas de muselina que componía la falda de mí vestido calló al suelo con un suave fluflu, y yo dirigí mi atención hacia mis pies donde la tela se arremolinaba como una gran nube escarlata.

¡Había destrozado mi hermoso vestido!

-Me lo agradecerás mas tarde - aseguró, agarrándome de nuevo del brazo y tirando de mí hacia fuera.- Y ahora muévete.

Abrí la boca indignada, dispuesta a gritarle algunas verdades. Pero solo basto que me mirase una fracción de segundo con sus ojos ámbar oscurecidos por la furia para que mis labios se sellasen y las quejas que se agolpaban en mi garganta se deslizaran por esta, hasta mi estomago. Donde se aferraron con uñas y dientes, produciéndome una aterradora sensación de inquietud.

Mis pies se precipitaron escaleras abajo; pues al ser sus piernas más largas prácticamente me arrastraba a través de los peldaños, obligándome a caminar más rápido para no quedarme atrás.

Me condujo hasta el recibidor y no se detuvo hasta que la brisa de la noche nos golpeo de lleno al salir al exterior.

Charlie, tiritando y con un farol encendido en su mano, sostenía las riendas de un caballo negro como la mismísima noche. El animal me era conocido, pues era el semental que James solía montar, pero bajo el manto nocturno y bañado por la escasa luz proveniente del farol su imagen me resulto de todo menos conocida. Su aliento creaba columnas de vapor blanco que ascendían hasta el cielo y su pelaje, negro y brillante, era fácilmente confundido con el ambiente. Solo sus ojos, castaños como los de su amo, brillaban en la oscuridad. Deseosos de poder emprender la marcha al fin.

-Bien hecho, ahora márchate. Y asegúrate de ocultar la entrada de las catacumbas con el retrato.- le dijo a Charlie al mismo tiempo que le arrebataba las riendas de la mano.

-Milord...-Charlie se agazapó y la luz del farol oscilo, alumbrando las rejas de la entrada momentáneamente- Nymphadora me dio esto para vos- le tendió la bolsa que contenía mis vestidos, y yo aproveché el momento para zafarse de su mano, dando un tirón para ello.

Él me miró de reojo, pero si le molesto mi intento de fuga no dijo nada. Cogio el morral que Charlie le tendía y aguardó en silencio hasta que las pesadas puertas de la entrada principal se cerraron con un firme y siniestro retumbar, tras la figura desgarbada y pelirroja del muchacho.

Solo cuando las puertas estuvieron cerradas y la luz del farol ya no pudo verse a través de los cristales de las ventanas, James se digno a mirarme. Y un gimoteado escapo de mi garganta cuando lo hizo.

-Subid.- fue todo lo que dijo antes de motar sobre la silla de su caballo y asegurar el morral en uno de los costados del animal.

Pero no obedecí. Permanecí quieta. Tiritando de frío y con el estomago aun contraído por el miedo.

Él chasqueó la lengua y con bastante brusquedad me agarro de la cintura con las dos manos y me alzo del suelo. Mi estomago choco contra la parte delantera del animal, y mi codo rozo su entrepierna sin darme cuenta. James gruño y me golpeo con fuerza el trasero. El sonido de la bofetada resonó en el silencio de la noche como un disparo y yo siseé entre dientes ante el escozor.

Era un bruto. Un completo y redomado...

Un disparo, real, rompió el hilo de mis pensamientos y me obligo a morderme la lengua para no gritar.

El relinchar de un caballo, que no era el que nosotros montábamos, llego hasta mis oídos y James espoleó al animal para que emprendiese la marcha. El primer paso, o trote, fue el peor. Mi cuerpo se impulso hacia delante y mi pecho se aplasto sobre el lomo del animal sin piedad. La sensación de vértigo y perpetua caída se instalo en mi garganta, y sin saber muy bien que mas hacer me aferré con las manos a la tela de su pantalón para no caerme al suelo. El cual pasaba veloz bajo los cascos del animal.

El caballo iba cada vez mas rápido, sus piernas se contraían y relajaban con rapidez a cada nuevo trote, y mi cuerpo se balanceaba hacia delante y hacia atrás como un péndulo. Arrancándome gemidos de dolor a cada nueva embestida.

El sonido de un segundo disparo nos alcanzo cuando Hocicos, el semental de mi esposo, se adentraba en la espesura del bosque que rodeaba la mansión. El sonido de otros cascos, mas de dos me atrevería a decir, nos perseguía sin descanso entre el espeso follaje del bosquecillo.

Miré hacia atrás, y distinguí seis jinetes que con la misma pericia que mi esposo esquivaban viejos árboles, ramas bajas y raíces retorcidas con la única idea de darnos alcance.

Otro disparo rompió de nuevo el silencio de la noche, y James dejo escapar un quejido de dolor. Instantáneamente alcé la cabeza hacia él y comprobé, con horror, como una mancha oscura teñía por momentos la tela de su camisa a la altura de su hombro derecho. El disparo le había rozado.

Hocicos aumento la marcha, y James lo condujo por un sendero que doblaba bruscamente a la izquierda. La luz de la luna no se filtraba entre los claros de los árboles, ya que estos estaban apiñados unos con otros impidiéndoselo.

Miré hacia atrás. Ya no veía la mansión ni a los seis jinetes, sólo la espesa oscuridad que nos apresaba por todos lados.

Estábamos a salvo de momento.

...

Di un seco tirón de las riendas y conduje al caballo hacia la derecha, fuera del sendero. El animal obedeció y galopó bordeando los árboles y matorrales en zigzag, nunca en línea recta, para así poder despistar a nuestros perseguidores. El sonido de sus cascos al chocar con la tierra húmeda y el jadeo de su respiración fue lo único que escuche durante quince o veinte minutos, mientras forzaba los ojos para poder ver lo que tenía delante. Pero el bosque era demasiado denso, y cada vez perdía mas sangre por la herida del brazo. Y mi vista comenzó a nublarse.

Debía salir de aquí cuanto antes. Encontrar alguna cueva para poder ocultarnos hasta que amaneciese o conseguir llegar a los acantilados antes de que nos alcanzasen de nuevo.

Obligue a Hocicos a girar hacia la derecha de nuevo y la luz de la luna nos ilumino de lleno cuando salimos del bosque hacia un prado. A lo lejos se podía escuchar el sonido de las olas al romper contra las rocas. El acantilado estaba cerca... peor no era lo único.

El sonido de otros cascos y el grito de victoria de uno de esos bastardos me indico que ya no estábamos solos.

Volví a espolear el lomo del caballo y gire de nuevo hacia la izquierda, internándome otra vez en el bosque con la esperanza de poder despistarlos de nuevo. Pero no se dejaron engañar por segunda vez. Cada vez estaban mas cerca, y todos mis intentos de huida se veían frustrados con los gritos que Lily emitía cada cinco minutos. Guiándolos hacia nuestro paradero.

-Maldición.

Solo me quedaba una opción.

...

Hocicos aminoro el paso y finalmente se detuvo detrás de dos árboles de gruesos troncos. James bajo de un salto y colocando un dedo sobre sus labios me indico que me callase, después me ayudo a bajar a suelo firme. Las piernas me temblaron un poco a la altura de las rodillas cuando intente incorporarme pero lo ignoré.

-Permanece callada- susurró.

Me hubiese gustado decirle que aunque no me lo ordenase estaría callada ya que me era imposible pronunciar palabra alguna en estos momentos. Pero en vez de explicar eso simplemente asentí.

Él llevo sus manos a mi cintura e intento alzarme, pero con un quejido de por medio tuvo que dejarme caer de nuevo. La mancha de su camisa era más amplia ahora y no pude evitar notar que su frente estaba bañada de una fina capa de sudor. Perdía sangre, bastante.

-Debéis subir a ese árbol, y permanecer callada y quieta hasta que yo os diga lo contrario- susurró; alzándome de nuevo, en esta ocasión con mas atino.- Vamos, subid.- gruñó.

Estire mis brazos hacia arriba y me sostuve como pude de una de las ramas de aquel árbol mientras él me alzaba un poco mas, permitiéndome así colocar uno de mis pies en la unión de dos ramas. Después empujo mi trasero con sus manos, impulsándome con brusquedad hacia arriba, y yo tire de mi propio peso con la ayuda de mis brazos hasta que conseguí sentarme en una de las ramas del árbol.

Esta crujió cuando yo me acomodé y la temeraria idea de que la rama se rompiese y yo me precipitase tres o cuatro metros hacia el suelo se instaló en mi mente como un parasito.

-Permanecer callada.- repitió mientras ataba las riendas del caballo al tronco del árbol- Y si en algún momento... si las cosas no salen bien, salta a la montura y ve hacia la derecha. Siguiendo el sendero. Hacia los acantilados.

Su voz era apenas un susurro pero consiguió ponerme la piel de gallina, o tal vez fueron sus palabras y el significado de estas lo que causo que un escalofrió me recorriese la espalda.

¿Quería que huyese si las cosas no salían bien?

¿Qué significaba para él que las cosas no saliesen bien?

¿Qué pretendía hacer?

¿Y como pensaba que yo podría bajar de aquí sin ayuda? Y aun más motar un animal tan grande y veloz.

-Tengo miedo- murmuré sin proponérmelo.

James me miro o al menos miro hacia donde él creía que estaba, pues la oscuridad me otorgaba el beneficio de no poder ser vista. Y frunció el ceño.

-Deberías tenerlo- fue todo lo que dijo antes de que el sonido de otros cascos, esos que nos habían perseguido sin explicación alguna durante cerca de una hora, captasen su atención y la mía.

Seis caballos se detuvieron delante de nosotros, tres de los jinetes desmontaron y los otros tres permanecieron alertar desde sus monturas.

-Vaya, vaya. Mira a quien tenemos aquí. Una rata escurridiza- dijo uno de los hombres mientras se llevaba una mano a la empuñadura de su espada.

Era alto y corpulento, de escaso pelo y de nariz chata. Tenía el pelo de un tono pajizo que no contrataba con sus ropas negras.

-Déjamelo a mi, Crabbe. El resto buscad a Black, no debe de andar lejos- grito una segunda voz, y los tres jinetes que aun no habían desmontado obligaron a sus caballos a retroceder y emprendieron la marcha de nuevo.

-Snape, debí haberlo imaginado- masculló James.

El aludido, un hombre alto y de rostro afilado sonrió con suficiencia. Se retiro la capa negra de los hombros, descubriendo la vaina de una espada sobre su hombro izquierdo y la funda de una pistola en su cadera.

Él había herido a James. Estaba segura.

-Cornamenta- no pude más que abrir los ojos al escuchar el nombre con el cual se refería a mi esposo. Pues era el mismo que el señor Longbottom había utilizado horas antes.- ¿Por qué tan solito? ¿Y tus niñeras?

James rio entre dientes y se llevo una mano a la espalda, sacando una pequeña daga de la cintura de su pantalón.

-Puedo ser independiente, Snape. A diferencia de ti, se como sobrevivir sin la ayuda de otros.

El bandido desenvainó su espada y alzándola, apunto al pecho de James. La fina hoja de metal relucía a pesar de la escasa luz. Y tuve que taparme la boca con las manos para no dejar escapar un grito de terror cuando el arma cortó el aire con rapidez y envistió a mi esposo.

James lo esquivo con agilidad. Y comenzó a balancear su daga de una mano a otra, con una sonrisa juguetona en los labios.

-Te cría más rápido Snape. ¿Qué sucede? ¿Tan pronto envejeciste?- se burló.

Entrecerré los ojos para poder ver mejor al enemigo; y contemplé horrorizada como, espada en mano, arremetía de nuevo contra James. En esta ocasión con más atino.

La daga salio volando y aterrizo a los pies de uno de los bandidos. James miro hacia arriba durante una fracción de segundo, avisándome de que me mantuviese quieta y después alzo los puños dispuesto a defenderse.

Uno de los bandidos estallo en carcajadas y el que parecía el cabecilla, aquel que James había llamado Snape, volvió a arremeter con su espada. James se tambaleo hacia atrás y el filo del metal pasó a escasos centímetros de su costado.

-¿Bailando, capitán?- preguntó con odio.

James no contesto. Se quedó en silencio, luchando por dominar su cólera. Tragó con dificultad y dibujo en sus labios una sonrisa retorcida.

-Tan poco hombre eres que me atacas con un arma aun estando yo desarmado. ¿Temes que te venza si luchas conmigo mano a mano?

Snape se rio entre dientes, y el sonido fue tan espeluznante como el chillido de una rata.

-¿Intentas enfurecerme? Crees que si caigo en tu juego podrás salir ileso esta vez.- envainó su espada y alzó las manos al cielo- De acuerdo, juguemos. Veamos quien es el más rápido.

Los bandidos que le guardaban la espalda desenvainaron sus espadas, alertas ante cualquier movimiento. Snape dio un paso hacia James y este cuadro los hombros, demostrándole que no le tenía miedo.

-El mas rápido sobrevive-siseó Snape. Para acto seguido llevar su mano hacia el cinturón de su cadera y apuntarle con su arma entre los ojos- Perdiste...

El gatillo emitió un suave "crac" al ser accionado y yo grite horrorizada. Grite y grite, lanzándome al suelo y aterrizando en la húmeda tierra de rodillas.

El disparo resonó en el silencio de la noche y con un crujido la rama en la cual me había ocultado callo al suelo. Los caballos relincharon, asustados. Y en medio de ese caos, una mano me aferro la muñeca y me arrastro hacia la montura de Hocicos. Subí a duras penas, y coloque mis piernas a cada lado dejando que los restos de mi falda subieran hasta mis muslos. James desato las riendas y monto detrás. Azuzando al caballo nada más sentarse sobre la silla de montar.

Hocicos se encabrito y golpeó con sus cascos a uno de los bandidos, que callo al suelo con un último quejido. Su compañero, al que habían llamado Crabbe, embistió con su espada. Rozando el lomo derecho del caballo con su filo.

Hocicos volvió a relinchar y asustado emprendió el trote como alma que lleva el diablo, entre los árboles del bosque.

Los gritos y maldiciones de los bandidos no se hicieron esperar pero para cuando los cascos de sus caballos golpearon la tierra al pasar, nosotros ya estábamos a medio camino. Cerca del prado que conducía a los acantilados.

Hello!

Aquí estoy de nuevo, y esta vez he vuelto más pronto. Si queréis agradecérselo a alguien hacérselo al temporal que ha azotado mi ciudad, y gran parte de mi país, este fin de semana. Por culpa de tanto viento, lluvia (y teniendo en cuenta que si salía un momentito a la calle podía salir volando o ser aplastada por un árbol) me he quedado en casita todo el finde. Enchufada a mi portátil y dándole vueltas al asunto del capitulo... ¡Y aquí esta!

Seguramente penséis que si he escrito ese capi durante el finde porque lo he subido durante la semana. Pues veréis, es fácil. Con todo este viento que ha habido mi conexión a internet (al igual que la cobertura de mi móvil y la señal de la tele por cable) ha ido un poco chunguilla por no decir lenta como una tortuga. Así que me he esperado hasta hoy para poder subir el capitulo mas tranquilamente y como es debido. (Es decir, sin tener que tardar media hora en poder cargar la pagina y otra hora para registrarme. ¡Es desesperante!)

Y ahora, centrándome en el capitulo, me gustaría saber que os a parecido el cuento de Tonks (al menos he aclarado un poco el asunto de la relación entre Sirius y ella) También he añadido a los gemelos, que algunas los pedíais, y a sus hermanos también. Y por supuesto acción, poca pero acción al fin y al cavo.

Tenia pensado hacer el capitulo con mas escenas de lucha y menos de persecución pero la cosa a salido así y al final me ha gustado el resultado. Espero que ha vosotros también.

Y Lily y Sirius/Remus se han conocido al fin, aunque ella ahora mismo no sepa muy bien quienes son ellos. Pero eso pronto se solucionara.

También tenemos la parte del señor Weasley. Lo cierto es que no tenía pensado meterlo pero cuando empecé a escribir salio el solito. Y me gusta como ha quedado, siendo un padre cariñoso con sus hijos y un chiflado de los cachivaches por otro lado. Jeje!

Bueno eso es todo, creo.

¡Paz y amor...y algún que otro R&R!