Los personajes no son míos. Solo la historia lo es ¡Te odio Meyer! ¡Porque ha creado a Hombres/Vampiros/Lobos tan irresistible! ¡Yo también quiero uno!... A ti también te odio Bella Swan.
Edward Pov
Los minutos pasaban y pese a encentrárseme sumido en mis pensamientos era consciente de cómo la impaciencia hacia mella en los presentes. Sonreí para mis adentros buscando su mirada, dorada y acusadora, entre el mar de orbes rojos. Allí estaba, de pie junto a John que con un ligero apretón en su hombro intentaba que su furia menguara.
Cerró los ojos y suspiró con abatimiento. La observe tensar su cuerpo, tal vez esperando que mis pensamientos se presentaran a través de palabras para darle una respuesta a un inquisitivo Aro. Sus orbes dorados intentaban no mirar hacia en donde me encontraba, supuse que le sería más duro observarme al rosto en cuanto diera la respuesta que ella tenía pronosticada.
Cerré los puños. La amaba, la amaba más que a mi propia existencia, ella lo sabía. Yo se lo había dicho, y aun así me pedía que la abandonase a su suerte, resguardada solo por John quien si bien la podía contener, jamás la podría proteger, pues tal y cómo había observado, John obedecía fervientemente las ordenes de Bella en cuanto esta se molestaba, y sí aquello sucedía en cuanto se enfrentaran a un aquelarre, y Bella no era protegida solo por su capacidad de ser cabezota y creer que podía auto-valerse sin necesidad de ayuda, ella… ella podría salir gravemente lastimada o incluso podría fallecer en pleno enfrentamiento.
Esa era una posibilidad. Ella podría caer en un enfrentamiento. Sin embrago, pese a lo que creyera Bella, sabía que era capaz de vencer al más fuerte de los vampiros con aquel Don que se le fue ofrecido en esta nueva vida, aunque claro, jamás la había visto luchar con un aquelarre. Confiaba en su capacidad para luchar, pero sabía que su don no era imbatible, ninguno lo era, y aquello en un enfrentamiento directo podría costarle…
Observe los ojos curiosos de Aro, queriendo distraerme del rumbo que estaban tomando mis pensamientos. No quería siquiera imaginármela herida, sola… muerta. Aquello era algo que jamás podría aceptar, no podía perderla nuevamente, no cuando la había recuperado para mantenerla a mi lado por siempre, y el dejarla ir, el arriesgarme de perderla en una batalla que siquiera era suya, en manos de neófitos sedientos que lucharían por sobrevivir ante la mano dura de los Vulturis. EL solo pensarlo era un tortura, pero aun así había que mi falta de confianza en ella, como se había quejado en una de nuestras tantas discusiones, la lastimaba, y una Isabella Swan lastimada solo implicaba un cosa: Alejamiento. Ella se alejaría de a poco, lastimada, sintiéndose traicionada, con un profundo rencor creciendo día a día, de apoco. ¡Carajo! Si de por sé las mujeres eran complicadas, Isabella Swan era un molesto, complicado y atrayente enigma que lograba despertar en mi un sentimiento asesino hacia su persona. Si no la amara tanto, la odiaría.
Sonreí con amargura.
— El unirme a tu lado junto a tus nuevas adquisiciones sería un honor para mí Aro. — aseguré. Los ojos topacio de ella me observó con rencor. Le sonreí a medias. Ella frunció sus cejas, confundida; sentimiento que le duro muy poco pues la furia arraso con todo a su paso. Vi como John tuvo que detenerla para que no se abalanzase contra mí. Casi rió por ello — Pero, mi lugar está aquí, junto a mi familia, y junto a ellos esperare a que mi sol de media noche se presente nuevamente ante mí; y si para ello es necesario esperar, estoy dispuesto a hacerlo.
— Esa es tu respuesta final. — inquirió, ya no tan satisfecho como antes. Enarque una de mis cejas ante el rumbo que tomaban sus pensamientos. Jamás hubiera creído que Aro tuviera envidia de Carlisle. Interesante.
— Me temo que sí, lo siento — incline mi cabeza, ofreciéndole mis respetos, segundos más tardes, él siguió mi acción. La sonrisa cordial había desaparecido de su rostro, a diferencia de Marco que había ensanchado su sonrisa de una manera una tanto extraña, pero no por ello menos recatada. Tras soltar un bufido, en compañía de Jane y Renata, Aro comenzó a guiar a la primer fila Vulturi hacia el Este. Marco rió con diversión.
— Debe entender joven Edward que mis hermanos aun no pierden las esperanzas de tener a semejante joya entre nuestras filas, y déjame decirte, yo tampoco lo hago. — comentó Marco en un intento por explicar por el abrupto cambio de humor que había presentado el vampiro de cabellera negra. Asentí
— Y casi lo logran — admití — Aunque… he decidido esperar cinco décadas más, y si para aquel entonces aquello que quiero no vuelve a mí, pues, veré si debo ir a buscarlo por la fuerza o simplemente seguirlo hacia donde vaya — confesé con diversión, observando como la incredulidad se dibujaba en las fracciones de Bella que no podía evitar de sonreír con orgullo.
— Debí de haberlo imaginado. Supongo que todos debemos de esperar a ver que nos ofrece el destino — volteó hacia Carlisle que no dejaba de verme con una mirada confusa al igual que todos los demás. Rodé los ojos, es que acaso todos habían llegado a creer que a lo largo de mi existencia había perdido la capacidad para sorprenderlos eso, de cierta manera era casi insultante — Queridos amigos — dijo acercándose para estrechar la mano de Carlisle y Eleazar. — Como mi hermano ha dicho antes, es hora de partir — señalo a las filas restantes que atentos esperaban la orden de Marco para comenzar a partir tras Aro y sus compañeros. — Así que les agradecería si ustedes en conjunto con sus familias tuvieran la amabilidad de acompañarnos unos kilómetros de nuestra caminata. EL tiempo es corto y todavía quedan muchas cosas por decir, ¿No es así Edward?
— Así es.
Pocos minutos pasaron para que todos entendieran la indirecta y comenzaran a seguir a Marco. Tanto Vulturis como nuestras familias se alejaron del lugar dándonos a Bella y a mí, privacidad. Lo mismos sucedió con John y Amely, aunque este último había optado por concedernos ese espacio a nosotros y comenzar a guiar a Amely hacia algún lugar cerca del bosque.
— ¡Te amo! — la exclamación de Bella al sabernos solos, lejos de cualquier curiosos vampiro que pudiera escucharnos, no se hizo esperar. Sin más se había lanzado hacia mí, por lo que de manera casi automática sostuve sus cuerpo, estrechándolo al mío, con la creciente necesidad de eliminar todo especio, por pequeño que fuera, que nos separaba el uno del otro. Besé su coronilla.
— No más de lo que yo te amo a ti, créeme, una muestra de ello es dejarte partir sola — comenté, intentando no mostrara lo martirizante que me parecía aquello que después de todo iba a suceder de manera inevitable. Al parecer mis intentos por ocultar aquello eran nulos, pues la mirada triste de ella era un claro indicio de ello. Le sonreí o al menos eso intente, estuchándola más a mí, ocultando mi rostro en el hueco de su cuello, recordando su aroma, intoxicante y tentador.
— Sé que podemos hacer que esto funcione de alguna manera Edward. Confió en ti y en nosotros, ¿No es eso suficiente?
— Ruego por que lo sea — la observe a los ojos, sintiéndome cada vez más inseguro por dejarla ir. — No harás nada estúpido ni arriesgado, no actuaras de manera individual, no… hagas nada que pueda ponerte en una situación de riesgo frente a cualquier ser, individuo o animal; Te cuidaras, ¿entiendes?
— Lo prometo, papá
— Le agradezco a Dios no serlo, pequeña —Sonreí para luego comenzar a devorar sus rojos labios, degustándolos con los míos, delineado con mi lengua la suya, sintiendo en mi cuerpo la necesidad de tenerla allí, encerrada entere mis brazos, engañada con mis besos, cerca. — Te esperare — le susurré al oído, estuchándola aun más entre mis brazos. Ella sintió
— Te conviene hacerlo, Cullen — enarco un de sus cejas en un gesto amenazante que lejos de asustarme me hizo reír. Ella se enfurruño por unos instantes para luego unirse a mis risas. — Sabes que el tiempo pasa volando y aun mas para nosotros, en cuanto menos te lo esperes estaré aquí a tu lado, fastidiándote por ser tan molestamente tú.
— Lo sé. — Fingí desosiego — Supongo que después de todo, cinco décadas lejos de ti me servirán para prepararme psicológicamente a lo que me espera. — ella suspiro indignada, logrando captar nuevamente mi atención hacia sus labios. Sacudí la cabeza, acariciando con mi pulgar su labio inferior. Ella mordió ligeramente mi pulgar con una sonrisa traviesa bailando en sus labios — Te extrañare.
— Mmm… ese mal chiste te costara caro, créeme.
— Me amas, recuérdalo — sonreí con una inocencia que a cada segundos, mientras observaba sus ojos, deseosos y satisfechos, se trasformaba en una necesidad de… — Cuál será la parte que extrañaras más de mí, ¿He? — Inquirí, mordisqueando su cuello. Ella jadeó.
— El sexo es fantástico — admitió, sumándose a mi juego. Me estremecí de placer al sentirla a caricia cierta parte de mi anatomía que rogaba por adentrarse a ella. Una sonrisa perversa se dibujo en sus labios — Pero tus labios, tu cuerpo y tu habilidad para hacer disfrutar a la hora de hacer el amor, jamás superaran tu esencia. Así que supongo que eso será lo que extrañare más de ti.
— ¿Mi esencia?
— Tú esencia. Tus conducta, tus pensamientos, tu mal sentido del humor, todo ello compone tu esencia. Te amo por lo que eres Edward, aunque…
— No arruines el momento Swan — le interrumpí, sabiendo que lanzaría algún mal chiste que de manera inevitable haría que me largara a reír, y ella se enojaría conmigo por ello, culpándome de arruinar el momento casi romántico del cual éramos participes. — Supongo que es mi turno de decir que amo tu esencia.
— No quiero que lo digas por obligación, zopenco
— Sabes que no es así, aunque mi amor también le pertenece a tu cuerpo — susurré de manera confidente, volviendo a besarla sin permitirle emitir queja alguna. Ambos sabíamos que el tiempo a nuestro alrededor pasaba con una rapidez casi insólita, por lo que a cada atoque, intentábamos de manera desesperada dejar alguna huella en el otro, algún recuerdo, algo que nos sirviera como continuo recuerdo que estuviésemos donde fuera habría otro esperándonos. Ella fue la única de los dos capaz de terminar nuestro beso. Cerré los ojos, apoyando mi frente en la suya. — Debes irte — mi afirmación más bien sonó como un queja, y es que después de todo, un parte de mi se quejaba, se negaba incluso a dejarla marchar.
— Vamos — susurró tomando mi mano y comenzando a dirigirnos hacia en donde el efluvio de Marco nos guiaba. Fue fácil rastrarlos y aun más fácil y rápido encontrarlos. Maldije por lo bajo, el tiempo junto a Bella corría una más rápido que el agua por nuestras frías manos. — Me esperaras, ¿Verdad?
— Por siempre, pequeña…
…Diez años más tarde…
Sonreí abiertamente al recordar aquel último beso que sellaba la silenciosa promesa por parte de ambos. No podía negar que su recuerdo no hacía más que lograr que anhelara su compañía a cada segundo que pasaba, aún así, por el momento, tenía el dulce consuelo de poder tener entre mis manos aquella última carta que había podido enviarme, en donde aún con chistes malos me explicaba como en el correr de sus días continuaba pensando en mí al igual que yo lo hacía con ella.
"… Y promete no distraerte mucho en Georgia, y con distraerte, Cullen, me refiero a un grupo de niñitas hormonales con ganas de tirarse encima de ti a la primera que te distraigas. Recuerda la definición de pedofilia, y también recuerda que si bien los vampiros no pueden tener hijos, las vampiras todavía podemos hacerlos sufrir con una buena patada en sus partes nobles, así que… mucho cuidado con lo que haces…"
No pude evitar volver a reír por quinta vez al releer aquel párrafo. Era increíble que ella creyera que alguna adolecente podía siquiera llamar mi atención cuando cada minuto de mi existencia lo paso pensando en ella.
— ¿Se verán este año? — asentí con una sonrisa a la pregunta de Carlisle. No fue necesario que leyera sus pensamientos para saber que le alegraba aquel hecho. — Esme seguramente querrá que le acerques algún regalo a Bella de su parte.
— Si, Bella tal vez haga lo mismo. Aun no sé cómo tiene tiempo para hacer compras en todas sus misiones, pero indudablemente lo tiene porqué cada que nos vemos, siempre termino regresando con un bolso al hombro y miles de cosas para regalar. — me quejé al igual que un niño. Carlisle me observo con comprensión. Volví a sonreír. Amaba que a Bella se le fueran asignadas misiones cerca de donde nos encontrábamos residiendo, o al menso a una distancia considerable, para que de una manera u otra nos pudiéramos encontrar en un punto medio antes de que ella debiera partir nuevamente a Volterra.
— ¿A qué hora sale tu avión?
— Dentro de unas tres horas. Intento matar el tiempo…
…Treinta y seis años más tarde…
— Las elecciones presidenciales se repetirán este año, y con ello… — cambie el canal de manera aburrida. Ya siquiera recordaba con exactitud cuántas veces eran las que habíamos votado en cada elección. Socialismo. Capitalismo. Comunismo. Realmente estaba arto de la políticas partidaria que a estas fechas presentaban los distintos canales en la televisión, ya incluso no me sorprendería que en algún canal de cocina lo implementaran.
— ¿Aun esperando al cartero, Romeo? — preguntó Emmett sin dejar de lado su tono molestamente burlesco. Ya toda la familia hacia sido testigo de mi inevitable arranque de furia al leer las estúpidas contestaciones de Bella. Y aquello empeoro en cuanto ella recibió mi nada amable respuesta, y se decidió a llamar. El final casi predecible para aquella llamada era, yo intentando cortar la llamada para así evitar decir alguna estupidez, y ella gritando por el por otro lado de la línea, insultando a mis antepasados, y amenazándome con cortarme las bolas si llegaba a cortar su llamada. ¿Y todo por qué? Porque ella se había atrevido a confesarme como si nada que un vampiro idiota interesado en ella, que no era Baltasar, había intentado besarla, ¡Había intentado besarla, y a ella le parecía algo sin importancia!
— Sabes que no es así, idiota — bramé con los dientes apretados. Por supuesto que no era así, ya que aquella castaña molesta se había tomado demasiado enserio nuestra pelea, castigándome con dos semanas sin enviarme siquiera una notica de donde se encontraban, y prohibiéndolo incluso a su familia darme información sobre ella. Lo hacía para torturarme, y de verdad lo estaba logrando. Me las pagaría en cuanto la tuviera enfrente. Solo diez años más y la venganza seria arrasadora…
— Vamos, Victoria, al parecer alguien está comportándose como una niña— ladeé mi cabeza, dirigiéndole una mirada fulminante James quien aun sin dejar de mofarse, rodeo con su brazo los hombros de Victoria. De verdad me alegraba que después de todo, Victoria hubiera encontrado a un compañero que la amara y respetara, pero aun seguía sosteniendo que el sujeto era un idiota, y que su pésimo sentido del humor y la peculiar animadversión que sentía hacia mi persona, le restaba puntos. El sujeto era un idiota, y ella podría conseguirse a alguien mejor. Desde luego mis opiniones no eran del todo consideradas por Vicky que no hacía más que reírse ante mis argumentos.
— Aléjalo de aquí antes que lo asesine — bramé por lo bajo. El tipo era un idiota, pero después de todo, me caía bien…
…Casi cinco años después…
Ese era el momento del día en el que estaba seguro, durante toda mi existencia, más deseaba ser capaz de dormir. El instituto sin lugar a dudas era una manera muy efectiva de tortura para nosotros, lo seres inmortalmente jóvenes.
Intenté enfocar mi atención en otras cosas, cualquiera que sofocara el tumulto de voces que se generaban a mí alrededor. Los pensamientos de los jóvenes ingleses serán más que abrumadores porque en ellos, para mi desgracia, no dejaba de ver sus ilusas fantasías sexuales con algunos de mis hermanos y sus esposas, inclusive me había visto a mi mismo participe de algún morboso pensamiento humano por parte de ambos géneros. Aquello era demasiado para mi, de verdad.
La inevitable realidad es que la cafetería del instituto no era en absoluto mi lugar favorito para pasar el día. No soportaba el ser testigo de cómo la muchachas parecías levantarse varios centímetros la falda del instituto cada que pasaban por nuestra mesa o como los jóvenes masculinos intentaban de manera desesperada ganarse una mirada de alguna de mis hermanas, en los caso más normales.
— Tal vez estudie en casa — confirmé a mis hermanos que me observaron con curiosidad. La sonora carcajada de Emmett fue la única capaz de romper el repentino silencio que se había generado entre nosotros
— Así que ya con la llegada de Bells cerca, repentinamente quieres tomar clases en casa, ¿Por qué no se nos ocurrió eso antes, Jazz? — masculló Alice acompañado por la risas de Emmett. Cuadre mi mandíbula, evitándole contestarle y generar así más discusiones de las necesarias. Los demás parecieron darse cuenta de mi situación, por lo que de manera disimulada intentaban acallar las risas de Emmett, que no solo eran molestas sino que también lograban llamar la atención de muchos.
Ya todos sabían, inclusive Alice, aunque parecía olvidarlo continuamente, que entre Bella y yo, las ultimas semanas, las cosas no habían andado del todo bien. Al parecer la distancia no hacía más que deteriora lo que a cada semana yo intentaba reconstruir, o al menos mantener entre nosotros, y eso fue lo que le dije en la última llamada, tenido como resultado una disminución alarmante de llamados, e inclusive cartas. Solo había recibido, hacia ya mucho tiempo, un único mensaje en la contestadora, afirmando que se encontraba bien y que por desgracia debía de permanecer en la guardia por tiempo indefinido. Esa fue la última vez que recibí noticias suyas, y aquello fue hace más de siete meses.
— No te engañes más, Alice, ella no vendrá — musité, tomando mi bandeja con la comida sin ser siquiera tocada, para tirarla en el cesto más cercano. A los pocos segundos toco la campana que indicaba el fin del descanso. Y por primera vez en mucho, demasiado tiempo, tuve el gusto y la predisposición de entrar, con un poco más de ánimo, a una clase que ya había cursado por más veces de las que podía contar. Todo fuera por no tener que escuchar a mi familia intentando animarme poniendo excusas estúpidas al comportamiento de Bella.
Continúe caminando hacia el salón correspondiente, ignorando los cuchilleos que se generaban a mí alrededor. Uno pensaría que después de dos años de estar en esté instituto los humanos ya se habrán acostumbrado a nuestra presencia, al igual que lo había hecho los humanos en su respectivo momento en Estados Unidos, pero a diferencia de ellos, estos adolescentes hormonales no hacían más que buscar todos los días una razón por la cual amarnos, odiarnos u envidiarnos. Eran cansadores…
En clase, me instalé en mi silla y dejé que los libros, puro atrezo, dado a que no contenían nada de lo que no supiera ya, se desparramaran por la mesa. Era, gracias al natural pero torpe instinto humano, el único alumno que compartía pupitre. Me repantigué en la silla esperando a que el tiempo trascurriera, y la clase se fuera llenando de a poco. De nuevo, desee ser capaz de conciliar el sueño.
— Siéntense todos en sus lugares, todavía debemos continuar con el tema de la anterior clase. — evite hacer una mueca de desagrado. Otro día más en mi monótono día. — Señor Cullen, háganos el favor de abrir su libro y leer la pagina trescientos diecisiete — volví a cuadrar mi mandíbula. Era jodidamente indignante que un hombre con menos saberes que un maestro de primaria me regañara por no interesarme por una materia en la cual, ya inclusive tenía un profesorado.
¡I'm back!
Pues bien, aquí les he traído un nuevo capitulo, aprovechando también para agradecerles a todos aquellos que me brindaron su apoyo, consejo y palabras de animo al enterarse de mi actual situación. De verdad, no hay palabras que expresen cómo me siento al ver como tantas personas me brindan consejos que me han ayudado a sabes cómo sobreponerme a esta situación.
¡Les estare agradecida por siempre!
Sin más que decir, me despido.
Besos: Bella-Ragaza
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