Hubo un tiempo en el que pensaba que ser la Duff significaba no tener problemas de chicos. Era evidente que estaba equivocada. ¿Cómo había pasado eso? ¿Cómo había acabado yo, la chica fea, en medio de un triángulo amoroso? No era una romántica. En realidad, ni siquiera quería salir con nadie. Pero ahí estaba, debatiéndome entre dos chicos atractivos con los que, naturalmente, no debería haber tenido ninguna posibilidad. Créanme, no es tan glamuroso como suena.
Por un lado, tenía a Kelvin. Listo, guapo, divertido, educado, sensible y práctico. Kelvin era perfecto en todos los sentidos. Bueno, era un poco freaky, pero eso era lo que lo hacía tan adorable. Me gustaba estar con él. Siempre anteponía mis necesidades, me respetaba y nunca perdía la paciencia. No había absolutamente nada de lo que quejarse en Kelvin Taylor.
Y, por el otro lado, estaba Seiya. Un cretino. Un imbécil. Un arrogante y mujeriego niño rico que anteponía el sexo a todo lo demás. Estaba increíblemente bueno, por supuesto, pero podía sacarme de quicio. Era insufriblemente encantador y aquella sonrisita tan sexy me crispaba los nervios. Pero había algo en él que hacía que se me acelerara el corazón y me diera vueltas la cabeza. Con él, no tenía miedo de comportarme como una bruja. Odiaba admitirlo, pero Seiya me entendía. Me sentía yo misma cuando estaba con él, mientras que con Kelvin siempre estaba intentando ocultar mis manías.
Dios, la vida era mucho más fácil cuando nadie se fijaba en mí.
La nota de Seiya me pesaba una tonelada en el bolsillo trasero cuando me dirigí al aparcamiento para estudiantes esa tarde. Decir que estaba confundida habría sido quedarse tremendamente corta. Aquella única frase me había dejado con un millón de preguntas, pero había una en particular que no podía sacarme de la cabeza: «¿Por qué narices quiere estar conmigo Seiya?».
En serio. Aquel tipo tenía docenas de chicas que matarían por estar con él. ¿Por qué yo? Vamos a ver, ¿no fue él el que dijo que yo era la Duff? ¿De qué iba todo eso?
Pero, cuando llegué a casa, todavía empeoró más.
Por sugerencia de Kelvin, había empezado a leer Cumbres borrascosas en mi tiempo libre. Sinceramente, los personajes principales me irritaban tanto que me costaba seguir leyendo. Estaba planteándome dejarlo por ese día, cuando una línea de diálogo me llamó la atención:
«Mi amor por Linton es como el follaje de los bosques: el tiempo lo cambiará, yo ya sé que el invierno muda los árboles. Mi amor por Heathcliff se parece a las eternas rocas profundas, es fuente de escaso placer visible, pero necesario.»
Por estúpido que suene, aquel pequeño fragmento se me metió en la cabeza, como una canción que odias pero no puedes parar de cantar. Intenté seguir leyendo, pero las palabras seguían dándome vueltas por la cabeza. Volví la página y leí aquellas líneas una y otra vez. Estaba tratando de averiguar por qué me habían impresionado tanto cuando me interrumpió el sonido del timbre.
—Gracias a Dios —murmuré, aliviada de tener una razón para cerrar el maldito libro. Salté de la cama y bajé corriendo las escaleras—. ¡Ya voy! —grité—. ¡Un segundo!
Abrí la puerta principal, esperando encontrar a Kelvin, que me había dicho que tal vez se pasaría luego. Pero el hombre que estaba en el porche era un cincuentón regordete y pelirrojo. No se trataba de mi novio, evidentemente. Llevaba un gastado uniforme verde y una gorra que no parecían de su talla. La chapa identificativa de la chaqueta decía «Chan». Sostenía un ramo de flores en la mano derecha y tenía una tablilla sujetapapeles metida bajo el brazo.
—¿Eres la señorita Usagi Tsukino? —me preguntó.
—Eh... sí.
Sus ojos rasgados se iluminaron con una sonrisa.
—Firma esto, por favor —dijo dándome la tablilla y un boli—. Felicidades.
—Esto... gracias —respondí mientras le devolvía la tablilla.
Me entregó el ramo, que vi entonces que estaba lleno de auténticas rosas rojas, y se sacó un sobre blanco del bolsillo trasero.
—Esto también es para ti —me dijo—. Eres una chica con suerte. No suelo hacer entregas como esta para alguien de tu edad. —Me sonrió—. Ay, el amor juvenil.
¿Amor juvenil? Dios, tuve que contener el impulso de corregirlo, de darle mi largo discurso sobre que los adolescentes no se enamoran, pero el hombre seguía hablando.
—Tu novio debe de ser una auténtica joya. Pocos chicos son tan atentos a esa edad.
Me quedé mirando las rosas y respondí:
—Probablemente tenga razón.
¿Kelvin todavía seguía intentando animarme? Dios, era un cielo. Lástima que yo no me mereciera toda esa amabilidad.
Después de darle las gracias al repartidor, cerré la puerta. Me sentí culpable por considerar mi situación un triángulo amoroso. Solo estábamos Kelviny yo, y Seiya permanecía al margen, lejos de nosotros... o así debería haber sido. Así se merecía Kelvin que fuera.
Dejé el ramo en la mesa de la cocina y abrí el sobre esperando encontrar una carta cursi aunque perfectamente redactada de mi perfecto novio. Era la clase de cosas de la que normalmente me burlaría, pero a Kelvin se lo perdonaría. A veces, era muy hábil con las palabras. Eso ayudaría cuando se convirtiera en un político famoso.
Pero la letra de la carta era la misma que la de la nota que llevaba en el bolsillo trasero. Esa vez, sin embargo, había mucho más que asimilar.
«Usagi:
»Puesto que sigues huyendo de mí en el instituto y, si la memoria no me falla, el sonido de mi voz te provoca pensamientos suicidas, he decidido que una carta podría ser la mejor manera de decirte lo que siento. Así que préstame atención.
»No voy a negar que tenías razón. Todo lo que dijiste el otro día era verdad. Pero el miedo a estar solo no es el motivo por el que te persigo. Ya sé lo cínica que eres, y probablemente me vengas con alguna respuesta sarcástica cuando leas esto, pero la verdad es que te persigo porque creo sinceramente que estoy enamorándome de ti.
»Eres la primera chica que me ha visto tal como soy. Eres la única que me ha cantado las cuarenta. Me pones en mi sitio; pero, al mismo tiempo, me entiendes mejor que nadie. Eres la única persona lo bastante valiente para criticarme. Tal vez seas la única persona que se ha fijado lo suficiente en mí como para encontrar mis defectos... y es evidente que has encontrado muchos.
»Llamé a mis padres. Van a volver a casa este fin de semana para hablar con Hotaru y conmigo. Al principio, tenía miedo de hacerlo, pero tú me inspiraste. Sin ti, nunca podría haberlo logrado.
»Pienso en ti mucho más de lo que a cualquier hombre que se aprecie le gustaría admitir y me corroen los celos por Taylor (algo que nunca pensé que diría). Pasar página después de ti es imposible. Ninguna otra chica puede mantenerme alerta como tú. Nadie más me hace QUERER hacer el ridículo escribiendo cartas cursis como esta. Solo tú.
»Pero sé que yo también tengo razón. Sé que estás enamorada de mí, aunque salgas con Taylor. Puedes mentirte a ti misma si quieres, pero la realidad acabará alcanzándote. Estaré esperándote cuando eso pase... te guste o no.
»Con amor,
»Seiya
»P.D.: Sé que ahora mismo estarás poniendo los ojos en blanco, pero me da igual. Para serte sincero, siempre me ha parecido muy sexy.»
Me quedé mirando la carta un buen rato. Por fin entendía por qué Hotaru me había dado las gracias. Seiya estaba intentando arreglar las cosas... por mí. Por lo que le había dicho. Resulta que mis palabras habían conseguido atravesar esa dura cabezota. Aquello me dejó atónita.
Tardé un segundo en asimilar las otras sorpresas. Palabras como «amor» y «única» saltaron de la página hacia mí. Era mi primera carta de amor (no es que nunca hubiera querido una, pero aun así...) y ni siquiera era de mi novio. Me la había mandado el chico equivocado. El chico equivocado quería estar conmigo. Seiya era el chico equivocado. ¿O era justamente el chico correcto?
Estaba tan ensimismada en mis pensamientos que di un brinco cuando sonó el teléfono y salí disparada por el inalámbrico para llegar a tiempo.
—¿Sí?
—Hola, Usagi —dijo Kelvin.
El corazón se me aceleró y me bombeó vergüenza por las venas. La carta de Seiya, que aún sostenía, me quemaba los dedos de la mano derecha, pero me las arreglé para sonar normal cuando respondí:
—Hola, Kelvin. ¿Estás de camino?
—No. —Suspiró—. Mi padre me ha encargado unos recados, y no puedo ir esta tarde. Lo siento mucho.
—No pasa nada. —No debería haberme sentido aliviada, pero así era. Ver a Kelvin habría significado esconder las flores y entrar en una posible maraña de mentiras, y todos sabemos lo mala mentirosa que soy—. No te preocupes.
—Gracias por ser tan compresiva. Estaba deseando pasar un rato contigo. Casi no nos vemos en el instituto. —Se quedó callado un momento—. ¿Tienes planes para mañana por la noche?
—No, nada.
—En ese caso, ¿quieres que salgamos? Toca un grupo en el Crown y he pensado que podíamos ir. Tus amigas también pueden venir, por supuesto. ¿Te gustaría?
—Suena genial.
¿Lo ves? Podía arreglármelas con mentiras pequeñas como esa. Odiaba la música en directo y no soportaba el Crown, pero fingir lo contrario haría feliz a Kelvin, y Mina se pondría contentísima al saber que también estaba invitada. Así que, ¿por qué no? Las mentiras piadosas eran bastante fáciles; pero, con algo más grande, estaba jodida.
—Genial —dijo Kelvin—. Te recojo a las ocho.
—Vale. Adiós, Kelvin.
—Hasta mañana, Usagi.
Colgué el teléfono, pero mis pies se negaron a moverse. La carta todavía me abrasaba la piel y me encontré mirando fijamente aquellas tentadoras palabras. ¿Por qué eso no era más fácil? ¿Por qué tenía que venir Seiya y hacerme cuestionarlo todo? Me sentía como si estuviera traicionando a Kelvin con cada frase que leía. Como si estuviese engañándolo.
Pero ahora sabía que cada vez que besaba a Kelvin estaría hiriendo a Seiya.
—¡Ahhh!
Con un grito que me explotó en el pecho y se abrió paso a través de mis pulmones, arrugué la carta formando una bola apretada y la lancé al otro lado de la habitación con todas mis fuerzas. El papel se movió despacio por el aire antes de rebotar con delicadeza en el papel tapizado de flores y aterrizar en el suelo. Y entonces, con la garganta dolorida, me desplomé en el suelo, hundí la cara en las manos y (lo admito) lloré. Lloré de frustración y confusión; pero sobre todo por mí, por verme atrapada en esa situación.
Pensé en Cathy Earnshaw, la protagonista malcriada y egoísta de Cumbres borrascosas, y recordé el fragmento que había estado leyendo antes de que sonara el timbre. Pero, cuando las palabras fluyeron por mi mente, eran ligeramente diferentes:
«Mi amor por Kelvin es como el follaje de los bosques: el tiempo lo cambiará, yo ya sé que el invierno muda los árboles. Mi amor por Seiya se parece a las eternas rocas profundas, es fuente de escaso placer visible, pero necesario.»
Mi cabeza se movió adelante y atrás de manera febril. «Atracción —me corregí—. Mi atracción por Seiya es bla-bla-bla.» Me sequé los ojos y me puse de pie, intentando calmar mi respiración entrecortada. A continuación, di media vuelta y volví a subir al piso de arriba.
De pronto quería saber cómo terminaba el libro.
