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(¸.•´ (¸.•` ¤Capitulo 24
CANDY estaba sentada en el escalón superior del porche, envuelta en lana hasta la nariz y disfrutando de la serenidad nocturna. Enormes copos de nieve caían con callada intensidad, depositando sin cesar una inmaculada manta sobre la tierra dormida. El silencio era absoluto, roto sólo por el sonido amortiguado de la conversación que llegaba del interior de la casa.
Maria estaba allá dentro, sentada delante de un fuego bien caliente y abrazando a Winter Cornwell , de cuatro días de edad. Sentada junto a ella, Annie tomaba su té a sorbos. Archie había dejado a su esposa y a la recién nacida hacía más o menos una hora y se había marchado a recoger a sus otras seis hijas antes de que Candy tuviera tiempo de preguntarle por qué no habían venido todos juntos.
Por eso Candy estaba allí fuera en aquel momento, esperando a ver lo que Archie le dijo que sería una sorpresa maravillosa.
Al parecer, todos aquellos escoceses eran fanáticos de las sorpresas.
Mientras esperaba, sintiendo el abrazo de la paz de la noche, pensó en el secreto de Albert. Y en el de Archie. Y en el de Ian, Stear y Callum... Albert le dijo que todos aquellos hombres habían nacido en otra época. Y aunque en otro tiempo habían sido enemigos, ahora los unía su decisión de construirse unas vidas nuevas.
¿Cómo era posible que hubieran viajado en el tiempo?
¿Qué le comentó Martin aquella mañana en que despertó a sus flores con un rayo?
«El tiempo —le dijo—, sólo existía para los relojeros...»
Y, por lo visto, los magos lo manipulaban.
Qué inquietante... Y qué aterrador. ¿Podría Martin mandar de nuevo a Albert a su época de nacimiento?
No, el anciano nunca debía hacerse con su poderoso báculo. Se alegró de que Albert lo hubiera cogido, y esperó que hubiese tenido suficiente presencia de ánimo como para destruirlo.
En ese momento, y sin ningún sonido que advirtiera de su presencia, Mary salió sigilosamente de la oscuridad y se posó en la barandilla del porche por encima de Candy.
—¡Vaya, hola! —le dijo—. Veo que has recibido mi invitación para la fiesta.
Mary parpadeó y luego volvió la cabeza hacia la ventana del salón.
—¿Has visto ya a tu nueva sobrina? —Preguntó Candy— La verdad es que es una chiquitína encantadora.
El silencioso búho nival fue caminando de lado por la barandilla hasta quedar frente a la ventana. Desde allí observó a su hermana y a su sobrina.
Un suave sonido resonó en la noche, un tenue tintineo que iba acercándose poco a poco, mezclado con débiles voces.
Candy se puso de pie, emocionadísima de pronto: eran campanillas de trineo. Y gente que cantaba villancicos mientras seguía el ritmo de las hermosas campanillas. El pesado golpear de unos cascos de caballo se sumaba al coro, y la sinfonía reverberaba dulcemente en el aire.
Bajó corriendo todo el camino de entrada hasta la carretera y se puso a mirar hasta que apareció el enorme trineo, que avanzaba despacio. Dos gigantescos caballos tiraban de él, sus campanillas tintineaban y las luces que colgaban de unas varas puestas en las esquinas iluminaban a más de una docena de personas.
Candy siguió corriendo por la carretera. El trineo estaba lleno de miembros de la familia Cornwell : algunos cantaban, otros reían y los niños botaban como pelotas de ping-pong. Ian llevaba las riendas, y a través de su barba salpicada de copos de nieve asomaba su amplia sonrisa. De un tirón detuvo a los caballos, y Candy tomó la mano que le tendía y subió junto a él.
—¡Ay, santo Dios! ¡Es maravilloso! —dijo volviéndose para sonreír a los demás—. ¡Qué forma tan perfecta de ir a una fiesta la víspera de Navidad! ¿Dónde está Albertl? ¿Y Tony?
Ian sacudió las riendas para poner en marcha a los caballos.
—Creíamos que ya estaban aquí —dijo—. No hay manera de saber qué andará haciendo Albert.
Las últimas palabras las pronunció con una risilla, al tiempo que le guiñaba un ojo.
—Vendrán pronto, supongo.
Candy se agarró al lado del asiento cuando el trineo dio una sacudida hacia delante, y seguía sonriendo cuando los caballos se metieron por el camino de entrada y empezaron a trotar para subir con impulso la empinada cuesta.
Al detenerse delante del porche, Maria salió de la casa y se llevó las manos a las mejillas mientras se quedaba mirando, muda de asombro. Los hombres se apearon de un salto y empezaron a bajar a los niños antes de ayudar a sus esposas.
Candy se negó a moverse de su asiento. En lugar de eso, enlazó su brazo en el de Ian y le dedicó una dulce mirada de súplica.
—Id adentro, todos. Ian va a llevarme a dar un paseíto—dijo.
El la echó a un lado, casi estrujándola, y dio unas palmaditas al espacio libre que había quedado en el asiento.
—Sólo si viene tu madre —dijo secamente—. ¡Vamos, Mary! ¡Pon tu lindo y pequeño trasero aquí arriba!
—Tengo que coger el abrigo.
—No. Yo te mantendré abrigada, lass —repuso Ian mientras volvía a dar palmaditas en el asiento—. Sólo vamos a dar un breve trotecito por el campo.
Maria no necesitó más halagos. Mientras bajaba del porche, indicó por señas a los invitados a su fiesta que entraran en la casa, y luego alzó los brazos para que Ian la subiera al trineo.
Candy observó las riendas con detenimiento y volvió a sonreírle a Ian con dulzura.
—¿Puedo llevarlo? —preguntó—. No parece muy difícil.
El le dedicó una mirada feroz y, en ademán protector, estrechó las riendas contra su pecho.
—¡No! Son animales muy temperamentales y se portarán mal si se dan cuenta de que los maneja una mujer.
Candy se desplazó hasta el mismo borde del asiento. Podía haber dicho que no sin más, sin aquel comentario machista... Iba a esconder la tarta de manzana que Maria había horneado especialmente para él, e iba a ponerle una buena cantidad de canela en el zumo de manzana.
¡Valiente viejo y bobo troglodita...!
Describieron un círculo completo en tomo al campo antes de que los labios de Maria empezaran a ponérsele azules; una vez en la puerta, Candy y su madre entraron corriendo en la casa y dejaron que Ian se encargara de sus preciados caballos.
Un bullicioso caos les dio la bienvenida: los niños corrían y gateaban persiguiendo a los agobiados gatitos; los hombres estaban de pie en tomo a la mesa de la comida, llenándose la boca más que los platos, mientras las mujeres Cornwell , con bebés de diversas edades en brazos, les decían a sus maridos que dejaran algo de comida para los invitados que aún no habían llegado.
Al instante la mirada de Candy se dirigió hacia Patricia Cornwell . Su altura era como un imán, y su pelo castaño y liso tenian unos reflejos cobrizos . Candy había conocido a Patricia y a Stear justo la semana anterior, cuando fueron a la tienda a comprar su árbol de Navidad. Entonces, cuando Patricia se quitó los mitones para pagar, se fijó en que tenía la palma de la mano derecha cubierta de cicatrices de quemaduras.
La alta y hermosa mujer puso a su hija en el suelo, y la pequeñina que apenas andaba no tardó en salir disparada detrás de Problema. Fue entonces cuando Candy se dio cuenta de su error: no debía haber atado lazos rojos al cuello de los garitos. Ahora la niña (Jennifer, si no recordaba mal) estaba a punto de estrangular a Problema. Por suerte, la abuela de la pequeña, Charlotte, acudió al rescate y se apresuró a desatar el lazo y a coger al gato para que su nieta lo acariciara.
Enseguida Candy buscó a Guardián y a Tímida y les quitó los peligrosos adornos.
Alguien le pasó una copa de vino, y cuando alzó la vista para dar las gracias, se encontró sonriendo a los resplandecientes ojos del padre Martin.
—Esta noche, chica, no vayas a decir una palabra sobre mi báculo —susurró el anciano con una tensa sonrisa—. No quiero que Archie se entere de que aún existe.
Ella le devolvió una amplia sonrisa, igual de apaciguadora.
—¿Ah, no? ¿Por qué? —preguntó en tono inocente.
—Bueno, da lo mismo —murmuró él—. ¿Lleva alcohol el ponche de huevo?
Ella iba a decirle que no, pero enseguida se pensó mejor lo de emborrachar a un mago.
—Lleva una quinta parte de ron —le dijo—. Quizá debería seguir con el zumo de manzana.
El soltó un carraspeo y se dirigió hacia la mesa de la comida.
Candy echó un vistazo a la habitación y su mirada se posó en Archie Cornwell . Llevaba una mochila colgada de los hombros que descansaba sobre su pecho, en la que Annie estaba metiendo a Winter.
Candy observó cómo, con una de sus grandes manos, Archie acunaba el trasero de la recién nacida mientras se volvía y, con la mano libre, empezaba a comer de nuevo.
Annie miró el gran reloj de pie que estaba en la esquina y luego se volvió otra vez hacia Candy.
—Pensaba que Albert, Tony y John ya estarían aquí. Tony lleva toda la semana hablando de esta fiesta.
—Y yo me pregunto qué es lo que entretiene a Dwayne y a Harry —dijo Patty Cornwell , uniéndose a la conversación—La casa está preciosa, Candy. ¡Y tienes estrellas en el techo del cuarto de baño!
Ladeó la cabeza con expresión de curiosidad.
—Cuando entré, antes de encender la luz, todo el techo relucía. Así que salí otra vez corriendo y cogí a Jennifer para enseñárselo. Tendríais que haberle visto la cara cuando lo vio. ¿Dónde puedo conseguir unas cuantas? Me encantaría ponerlas en el techo, encima de su cama.
—Hay una tiendecita de chismes genial en el centro de Bangor —le dijo Candy al tiempo que les indicaba que fueran con ella—. Vamos. Tenéis que ver el techo de mi dormitorio.
Las estrellas fueron un éxito, aunque ni mucho menos tanto como la cama del alce. Patty no dejaba de pasar la mano por ella. Y en cuanto a Annie... Esa mujer no dejaba de sonreír como quien sabe un secreto.
Candy la miró directamente a los ojos.
—Tú sabes quién ha hecho esta cama, ¿verdad? —dijo.
Annie se dio unos golpecitos en la barbilla con el dedo, y su sonrisa se volvió picara.
—A ver... Recuerdo haberla visto en el taller de alguien... Vaya, ¿dónde era? —Meneó la cabeza y se encogió de hombros en un gesto de disculpa en absoluto arrepentida—.Nada... Que por lo visto no recuerdo de quién era ese taller.
Candy suspiró. Ya casi no le importaba. Mientras Santa Claus le llevara una cómoda a juego el día siguiente por la mañana... Entonces las tres salieron para reincorporarse a la fiesta, y justo cuando entraban en la cocina, la puerta del porche se abrió de un portazo y Albert entró corriendo.
Tenía la cara tensa sobre los salientes pómulos, la piel pálida hasta parecer gris, y en sus ojos había una tremenda angustia, lindante con el pánico.
—¡Necesito ayuda! —Dijo con palpable urgencia a la abarrotada habitación—. Ha habido un accidente a tres kilómetros al este de Pine Creek. La camioneta de Leysa Dolan se ha salido de la carretera. Ahora mismo la llevan a Dover-Foxcroft en ambulancia.
El silencio general duró apenas unos segundos antes de que los hombres que había en la habitación se movieran casi al unísono. Sin preguntas, sin comentarios, les pasaron los niños a sus esposas y se apresuraron a buscar sus chaquetones. Sólo la preocupación ensombrecía sus rostros.
Candy se acercó corriendo a Albert.
—¿Y Anthony? —Preguntó agarrándolo por las solapas del chaquetón—. ¿Está bien?
Los hombres se quedaron quietos, y volvió a hacerse el silencio.
Albert la cogió por los hombros.
—No lo sé —le dijo, conmocionado—. Cuando Dwayne descubrió el accidente, no había ni rastro de él. Tony y Rose no estaban en la camioneta.
Candy lo agarró más fuerte cuando sus palabras hicieron que se le acelerara el corazón.
—Entonces, ¿dónde están? —gritó—. ¡Estaban con Leysa!
Suavemente, Albert se soltó, dio media vuelta y cogió del perchero la cazadora de Candy. Con gestos firmes y serenos se la puso, le pasó el brazo por los hombros y la estrechó fuerte mientras centraba su atención en los hombres.
—Me parece que va a pie, intentando llegar a casa por el bosque. He encontrado débiles rastros que van hacia el noroeste, pero la nevada no ha tardado en tapar sus huellas.
—¿Por qué no se quedaría en la carretera? —Preguntó Candy, desesperada—. ¿Por qué se metería en el bosque?
Maria acudió a su lado y la tomó del brazo para sostenerla.
—No tiene ni nueve años... —dijo—. Estará confuso...
—No —replicó Albert—. Está actuando por instinto. Leysa había tomado un atajo: una carretera secundaria por la que sólo se transita durante la semana para transportar maderos. El sabía que el modo más rápido de encontrar ayuda era subir por la loma.
—Entonces, ¿cómo han encontrado a Leysa? —preguntó Candy atrayendo la atención de Albert otra vez.
—Dwayne fue a buscarla al ver que se retrasaba. Le pasó un dedo por la mejilla y le quitó una lágrima.
—Candy, había sangre en el asiento trasero —dijo en voz baja—. O Tony o Rose están heridos. Creo que cuando no pudo despertar a Leysa, Tony decidió coger a Rose e ir a buscar ayuda.
Miró a Archie.
—Necesito que salgáis desde Gu Bráth y os dirijáis por la loma hasta el camino maderero. Si nos dispersamos, lo encontraremos.
Archie asintió.
—Antes de ponernos en marcha encenderemos las luces de la pista de esquí. Tal vez las vea. —Se dirigió al porche y dejó que Ian, Callum y Stear pasaran delante; entonces se volvió a mirar a Martin—. Vamos, anciano. Usted nos ayudará.
El sacerdote, que ya estaba poniéndose el chaquetón, se apresuró a unirse a los demás. Al llegar a la altura de Candy se detuvo y clavó sus cristalinos y profundos ojos azules en los de ella.
—Creo que obtendrás tu respuesta esta noche, chica. Y rezaré para que sea la que esperas — dijo en tono enigmático; luego dio la vuelta y salió con los demás.
Albert contuvo a Candy para que no fuera detrás y miró a las mujeres.
—John está en casa, esperando junto al teléfono. Una de vosotras debería ir con él. Harry e Irisa van de camino para estar con Leysa, y Dwayne ya está buscando a su hija con la policía del estado. Llamad por teléfono a quienes puedan ayudar. Que se concentren en la zona entre TarStone y el lago Pine.
Dadas sus tranquilas órdenes, Albert se dirigió por fin con Candy hacia fuera. Abrió la portezuela del lado del conductor de su camioneta, casi la lanzó dentro y subió tras ella.
Pero no arrancó enseguida; se quedó con la vista clavada más allá del parabrisas, con las facciones tensas y todo el cuerpo tan quieto como la noche.
—Había mucha sangre, lass —dijo en voz baja, sin dejar de mirar hacia delante—. Y huellas de manos del tamaño de las de Tony.
Por fin se volvió a mirarla.
—Escribió en la ventanilla con sangre unas cosas que no comprendo.
Candy puso una temblorosa mano sobre la de Albert cerrada en el volante.
—¿El qué? —susurró.
—Tres palabras en gaélico. Una estaba mal escrita, pero creo que intentaba indicarme lo que tenía que hacer.
—¿Cuáles eran las palabras?
—La primera es sencilla: «mascota». Decía que su búho lo encontraría.
Candy lanzó una rápida mirada a la barandilla del porche.
—¡Claro, Maryl —Gritó; volvió a mirar a Albert—. Ha estado aquí. Antes. Pero ya se ha ido.
—A lo mejor está con Tony —aventuró él.
Por fin puso en marcha la camioneta y, tras dar marcha atrás, dio la vuelta y bajó por el camino de entrada.
—¿Y las otras palabras? —Preguntó Candy—. ¿Qué decían?
Absorto en sus pensamientos, Albert observó la carretera.
—Feargleidhidh. Significa «guardián», y creo que se refería a su deber hacia Rose. Y fiodh, que puede significar «un trozo de madera» o «bosque», como el camino que pensaba tomar... ¡Diablos! —Gruñó, frustrado, al tiempo que le lanzaba una rápida mirada—. O lo mismo significa cualquier cosa, vete a saber. Estaba mal escrito.
Candy se apresuró a abrocharse el cinturón de segundad mientras bajaban a toda velocidad por la carretera cubierta de nieve, más rápido de lo que iluminaban los faros.
—Pero ¿por qué ha escrito en gaélico? —preguntó.
Albert redujo mientras giraba para entrar patinando en una carretera maderera cubierta de nieve.
—Tal vez Tony haya nacido en esta época —dijo con brusquedad—, pero su alma es antigua. Se encuentra en un momento de crisis, y se orienta por un instinto tan viejo como sus antepasados.
Le lanzó una rápida ojeada de desesperación y luego se apresuró a centrarse en conducir.
—El niño sabe gaélico, pero nadie le ha enseñado a escribirlo.
Pisó el acelerador y llevó la camioneta a una velocidad peligrosamente rápida por la estrecha carretera sin asfaltar.
—¡Maldita sea! —Gruñó dando un manotazo en el volante—¡Lleva horas en el bosque!
—¿Horas?
—Sí. Cuando Dwayne encontró la camioneta, tenía casi diez centímetros de nieve encima y el motor estaba frío. Y además de estar gravemente herida, Leysa tenía hipotermia; eso significa que el accidente ha ocurrido por lo menos hace tres horas.
Miró a Candy con los ojos ensombrecidos de angustia.
—¿Cuánto tiempo puede sobrevivir con estas temperaturas si está perdiendo sangre? — preguntó con evidente preocupación.
Candy le puso una mano en el brazo.
—Depende de las heridas —le dijo—. A veces una mancha en el interior de un coche producida por una cantidad muy pequeña de sangre puede ser engañosa. Tony es lo bastante listo para intentar detener la hemorragia. Y, además, es grande, Albert; tiene suficiente masa corporal para mantener el calor.
Le apretó el brazo y luego se quedó callada, luchando contra el miedo que iba creciendo en su interior mientras dejaba que Albert se aferrara a la esperanza que le había dado.
Madera... Un trozo de madera... ¿Qué quería decir Anthony?
De pronto le agarró el brazo de nuevo.
—¡Espera! —gritó—. ¡Para la camioneta!
Albert pisó el freno a fondo, haciendo que se detuvieran entre patinazos, y la miró fijamente.
—¡El báculo! ¡El báculo de Martin! ¿Lo has destruido?
—No. Quise hacerlo pero al final no me atreví. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver con encontrar a Anthony? Mary nos ayudará.
—¡Un trozo de madera, Albert! ¿Y si se refería al báculo de Martin? ¿Y si estaba pidiendo que lo llevaras?
—Lo más seguro es que signifique otra cosa: que está cruzando por el bosque. Tony ni siquiera sabe nada del báculo de Martin.
—De todas maneras tenemos que cogerlo —dijo ella tirando de él—. ¿Recuerdas a Alan Brewer? No pude ayudarlo porque no tenía suficiente poder para traspasar sus defensas. Pero Martin dijo que con su báculo a lo mejor habría podido curarlo.
—Anthony no se resistirá, Candy. El confía en ti.
—Pero ¿y si llegamos demasiado tarde? —susurró ella.
Cruzó las manos en el regazo y bajó la vista. Un repentino silencio se hizo en el interior de la camioneta, roto tan sólo por el sonido del motor en ralentí y el compás de los limpiaparabrisas. Gruesos y oscilantes copos de nieve golpeaban el parabrisas cada vez más fuerte y desaparecerían enseguida en el vidrio caliente, convertidos en gotas de lluvia. Las luces del salpicadero brillaban con colores etéreos que no hacían más que añadir verosimilitud a sus tristes palabras.
De pronto, con un gruñido por respuesta, Albert metió de golpe la marcha atrás, dio la vuelta a la camioneta en la estrecha carretera haciendo girar los cuatro neumáticos para agarrarse mejor, y tomó la dirección contraria.
En silencio atravesaron la noche a toda velocidad mientras Candy rezaba por que estuvieran haciendo lo correcto.
Sabía lo mucho que Albert se oponía a revelar el paradero del poderoso báculo, pero a estas alturas le daba igual que un rayo los mandara a todos ellos de vuelta a la Escocia medieval: lo importante era que Tony sobreviviera.
Pasó la mano con suavidad por el muslo de Albert y en ese momento decidió que iría con ellos. Mejor estar en cualquier lugar y en cualquier época con los dos hombres que amaba que permanecer en esta época sin Anthony.
Dejaron atrás el camino de entrada hacia su casa y, sin reducir la marcha, siguieron hasta la casa de Albert y se detuvieron entre patinazos delante del taller. El frenó con una sacudida y, antes de que la camioneta dejara de balancearse, ya entraba corriendo.
Candy iba un paso por detrás.
El súbito resplandor de las luces del techo iluminó el silencioso y plácido taller de carpintería. Sin reducir el paso, Albert fue a su banco de trabajo y descolgó una pequeña sierra mecánica. Luego dio un fuerte tirón del arranque y el motor en miniatura cobró vida entre alaridos.
Candy lanzó un grito ahogado de sorpresa al ver que Albert empujaba una hermosa y brillante cómoda de roble hasta hacerla caer con estrépito al suelo. A continuación llevó la rugiente hoja de la sierra contra el panel trasero y atravesó la madera. El taller se llenó de serrín y de los sofocantes gases del motor mientras el ensordecedor quejido de la cuchilla proseguía la destrucción con espantosa facilidad.
La cómoda se partió en dos limpiamente, y la mitad superior se volcó boca arriba. De pronto cesó el ruido, aunque en el aire siguió zumbando un buen rato el eco escalofriante de la sierra. Y entonces, paralizada de horror, Candy contempló cómo Albert destruía con sus propias manos la parte inferior de su maravillosa creación.
Cuando se puso de pie apretaba en el puño el grueso y nudoso trozo de madera de cerezo de alrededor de medio metro de largo. Sin decir palabra, tomó a Candy de la mano y, sin volverse siquiera a mirar los destrozos, tiró de ella de nuevo hacia la camioneta. La metió dentro en brazos, le dio el báculo, se subió y puso en marcha la camioneta antes de que ella se hubiera abrochado el cinturón de seguridad.
Candy clavó la mirada en el pesado y tibio trozo de madera que tenía en las manos.
Aún zumbaba con persistente energía... ¿Era por efecto de la sierra mecánica? Señor, eso esperaba... Tal vez estuvieran jugando con fuego al intentar utilizar aquel viejísimo elemento de la antigua magia para salvar la vida de Anthony.
Con cuidado, Candy colocó el báculo al lado de la ventanilla y volvió a poner la mano sobre el muslo de Albert mientras observaba los cegadores copos de nieve que pasaban corriendo por delante del capó; su reflejo en los faros delanteros era casi un grito de urgencia.
Estaban tardando demasiado.
Tal vez llegaran demasiado tarde.
De pronto Albert dio un frenazo. Un blanco borrón de plumas atravesó el haz de luz de los faros delanteros, se lanzó en picado, pasó en vuelo rasante y luego volvió a alzarse hasta meterse en el bosque. La camioneta se detuvo entre patinazos, y Albert apagó el motor y bajó la ventanilla.
El y Candy se quedaron en completo silencio y escucharon.
En ese momento, les llegó un silbido claro, lejano e inolvidable del bosque.
Albert miró la carretera y luego volvió a mirar a Candy.
—Aún estamos a cuatro kilómetros y medio del accidente—le dijo al tiempo que miraba de nuevo hacia el bosque.
—¿A qué velocidad caminará él llevando a una niña pequeña en brazos? —preguntó Candy.
—En una hora puede haber recorrido un kilómetro y medio, o quizá poco más de dos — contestó él—. Todo depende de sus heridas. Quizá ya esté en la loma.
—¿Hay una carretera que suba hasta allí?
—Sí, hay un montón de caminos madereros. Pero entre la anterior tormenta y ésta hay más de sesenta centímetros de nieve. Los Cornwell son los que tienen más probabilidades de encontrarlo con las pisanieves.
Candy le tocó el brazo.
—Pero nosotros tenemos a. Mary—le recordó.
Albert puso en marcha la camioneta y luego fue avanzando despacio, sin dejar de mirar por la ventanilla abierta. Los dos vieron el estrecho sendero al mismo tiempo. Entonces él puso la camioneta en punto muerto, cambió la tracción a las cuatro ruedas a una velocidad baja y, tras dar un acelerón al motor, se inclinaron para atravesar la cuneta y subir hasta el camino.
Candy tuvo que sujetarse bien para aguantar los violentos vaivenes del accidentado terreno; se agarró al salpicadero y sostuvo el báculo de cerezo entre las rodillas para que no fuera dando botes por el interior de la camioneta.
Poco a poco se hundieron y se inclinaron dando tumbos, abriéndose camino por la profunda nieve y subiendo la loma por encima de las rocas y rodeando los árboles caídos.
De pronto se detuvieron con una sacudida, mientras los cuatro neumáticos chillaban y se estremecían buscando agarre.
Albert apagó el motor.
—Ya está. Ahora seguimos caminando —dijo.
Abrió la portezuela, salió y metió la mano bajo el asiento para sacar una linterna. Luego la encendió y alumbró el interior de la camioneta.
—Dame el báculo —dijo.
Entonces ayudó a bajar a Candy y la sostuvo mientras ella recuperaba el equilibrio.
—¡Escucha! —susurró mirando hacia las copas de los altísimos árboles.
Otra vez volvían a oír aquel débil e inconfundible grito de urgente desesperación allá lejos, a la izquierda, en lo alto de la loma.
Albert se levantó la parte de atrás del chaquetón, se metió el pesado báculo bajo el cinturón y lo tapó. Después tomó a Candy de la mano y se interno en el bosque..
-漫~*'¨¯¨'*·舞~ Continuara ~舞*'¨¯¨'*·~漫-
