Ninguno de los personajes de Southern Vampire Mysteries o de True Blood me pertenecen. Son propiedad de Charlaine Harris y de Alan Ball.
yesycs, está más que resignada a quedarse, está encantada de estar ahí y por supuesto no van a estar tranquilos todo el tiempo. Jeje
Eric es incansable, sí, pero es que Sookie también tiene buen saque.
Espero que este capi también os agrade.
Echaba de menos los móviles.
Miré por la ventana esperando verlos llegar a los dos, porque hacía cerca de una hora que había anochecido y el frío era terrible. A cada segundo que pasaba podía ver los carámbanos de hielo formándose en los saledizos de nuestra casa. Abrí la puerta y los golpeé con la escoba hasta que los rompí, porque no quería tener semejantes dagas pendiendo de la entrada de mi hogar. Me mordí el labio y la poca saliva que me lo humedeció se congeló al segundo. Corrí en dirección al pozo, saqué tres cubos de agua y lo tapé con una tabla de madera que usábamos tanto para evitar que los niños pudieran asomarse y caer, como para evitar en la medida de lo posible que el agua se helara. Entré en casa, avivé el fuego y puse a calentar el agua para que cuando volvieran pudieran darse un baño caliente si lo necesitaban. Cuando les vi entrar, una hora después, me desesperé al verlos.
-¡Pero si no habéis cazado nada!-les regañé, manos vacías y completamente helados. Eric llevaba la barba y el bigote muy cortos, pero con escarcha. Y a Leif se le habían helado las lágrimas en la comisura de los ojos-Pobrecito mío. Desde luego, podrías haber esperado para hacer estos experimentos. Y encima no traéis ni un triste pichón.
-Hemos ido todo el rato junto al río-dijo Leif entre tiritonas junto al fuego. Le froté los brazos intentando calentarle.
-Perfecto, sencillamente perfecto para coger algo grave.
-Pues mañana tenemos que volver-dijo el niño.
-¿Qué? Ni hablar.
-Nos hemos pasado el día poniendo cepos y trampas-dijo Eric-Mañana hay que recoger los que estén vacíos y también a los animales que hayan caído en las trampas.
-Pues te vas tú solo.
-¡No! Yo quiero ir.
-Mira qué labios, ¡azules! Voy a prepararte el baño caliente, a cenar y a la cama a descansar. Ya hablaremos tú y yo-le dije a Eric, que me guiñó un ojo.
-Padre me ha enseñado a usar el arco-le dijo Leif a Erik.
-¡Hala! Yo también quiero ir.
-¡DE NINGUNA MANERA!-grité desde detrás de la cortina, mientras vertía el agua caliente en el lebrillo donde nos aseábamos. Oí al mediano de los Northman protestar y refunfuñar mientras Leif le contaba que casi había atinado a un conejo con una flecha y cómo había atravesado una seta venenosa que había en el tronco de un árbol, lanzándole un cuchillo desde al menos cinco metros.
Eric se bañó después de Leif, que decía estar tan cansado que apenas tenía hambre, pero cuando les presenté dos cuencos colmados de caldo de pollo y conejo con pan caliente y huevo cocido comieron como si no fueran a probar bocado nunca más.
-Deberías irte a la cama, Leif-ordenó Eric-mañana hay que madrugar de nuevo.
-Eric, por favor…
-No podemos perder las trampas, Sookie, y necesitamos las pieles.
-Pues iré yo contigo y te ayudaré.
-¡No!-protestó Leif.
-No grites, hijo-lo regañó Eric-Agradezco tu ayuda, pero se vendrá Leif-iba a protestar cuando levantó la mano indicándome que no le interrumpiera-Leif será el hombre de su casa algún día y tendrá una familia a la que atender, alimentar, vestir y proteger. Tiene que aprender a cazar en invierno y saber cómo, dónde y cuándo colocar las trampas para conseguir buenas pieles.
-¿Y no puede aprenderlo más adelante? Al menos cuando no haga tanto frío. ¡Mira qué ventisca!
-Precisamente-dijo él.
-¿Yo no puedo ir?-preguntó Erik.
-Tú aún eres pequeño, pero ya te enseñaré-le pellizcó un moflete. Rara vez se prodigaba en cariños con sus dos hijos varones-Tu abuelo nos enseñó a tu tío Leif y a mí-le dijo a Leif-los mismos lugares y las mismas cosas que has aprendido hoy. Y algún día, también las aprenderás tú, Erik. Y con la mitad de suerte de la que he tenido yo-dijo extendiendo la mano y cogiendo la mía-tendréis una mujer en casa que se preocupe la mitad de lo que se preocupa Sookie por nosotros-Vale, sonreí. Maldito zalamero-¿Qué habéis hecho vosotros hoy? ¿Os habéis portado bien?-preguntó. Erik empezó a protestar sobre lo mucho que se había aburrido y Audr le enseñó lo bonitas que hacía las aes. Le recordé a Leif que él también tendría que aprender y aunque buscó apoyos en su padre, no los encontró, porque Eric estaba más que de acuerdo conmigo en que los niños aprendieran latín, tal y como él había aprendido de su madre. Además, se mostró muy interesado en las matemáticas que yo conocía y animó a sus hijos para aprender todos juntos las cosas tan raras que yo sabía.
Después de cenar, Erik estuvo jugando con su padre un rato al hnefatalf (el ajedrez vikingo), mientras Audr les animaba y yo fregaba con agua caliente los cacharros de la cena.
Antes de ir a dormir, preparé leche calentísima para todos y mojamos el bizcocho en ella.
-A la cama todo el mundo-dije.
-¿Puedo dormir contigo, Sookie?-preguntó Audr con la voz más dulce que era capaz de poner. Miré a Eric, que ordenaba las cosas que iba a necesitar al día siguiente, porque me apetecía estar con él y no sabía qué decir.
-¿Podemos?-preguntó Erik.
-Hoy dormiréis en vuestras camas, que para eso las tenéis-comentó su padre.
-Jo, pero yo quiero dormir con ella-comentó el joven Erik.
-Ya somos dos-dijo Eric padre-Tenéis que acostumbraros, porque Sookie y yo queremos dormir solos, niños -Leif lanzó un grito de alegría, Audr se enfurruñó y Erik nos miró con una ceja levantada. El mediano murmuró algo sobre "quedártela para ti solo" y yo me aguanté una sonrisa. Leif, sin embargo, estaba encantado. Empujó a su hermano y cogió de la mano a Audr, instándoles a ir hacia sus camas. Acosté a los dos pequeños entre protestas, con Leif asegurándose de que no subían a molestarnos a su padre y a mí. Él se fue a acostar después de darme un beso y cayó sobre su lecho como un árbol al que acaban de talar.
Eric y yo subimos hasta nuestra cama, nos desnudamos y nos metimos bajo las pieles. Me abracé a él y empezó a acariciarme y a besarme.
-Eric… Eric…
-¿Qué?
-¿Cómo que qué? ¿Qué haces?
-Te hago el amor-reprimí un gritito de escándalo.
-¿Aquí?
-¿Y dónde si no?
-¿Ahora?
-¿Quieres que te despierte de madrugada?
-No me refiero a eso, no podemos hacerlo con los niños abajo.
-¿Es que quieres que los echemos a la calle con la que está cayendo?
-¡No te hagas más el idiota! Podrían oírnos. ¡O vernos!
-¿Y qué?
-¿Cómo que "¿y qué?"?
-Es normal que oigan y vean. Sería peor dejarles pasar frío afuera-chasqueé la lengua y le di un manotazo cuando volvió a meterme mano.
-¡Ay, Dios! Es indecente. ¡No está bien! ¿En qué estás pensando?
-Pienso en lo que pienso y por eso estoy como estoy-dijo y me llevó la mano a su pene para que supiera todo lo que estaba imaginando. Me escurrí de su abrazo y él suspiró con impaciencia-¿Cuál es el problema?
-Baja la voz. Pues que los niños… los niños…-Eric se echó encima de mí, nos tapó con las pieles y empezamos a retozar bajo las mismas.
No lo disfruté y Eric acabó enfadándose porque estaba más pendiente de callarle y de ahogar los gemidos que de gozar. Cuando conseguía perderme en el placer de sus embestidas y disfrutar, al segundo me daba cuenta de que mis niños podrían estar escuchándome y me entraba tal vergüenza y sonrojo que volvía a bajárseme toda la libido. Eric me dio la espalda cuando acabó y yo me sentí fatal oyendo las cosas que pensaba. Me abracé a él y le besé el hombro, intentando hacerle ver que de ninguna manera había dejado de gustarme y que eso no pasaría jamás.
Me desperté de madrugada, a la vez que él.
-Duérmete, anda-me dijo.
-Quiero que os vayáis bien desayunados. Os prepararé unas gachas bien calientes.
-Como quieras-dijo. Se levantó, se vistió y salió a preparar el caballo. Salí unos pocos segundos después, en dirección al establo. El viento era helado y lo que es peor, fortísimo, tan fuerte, que tuve que inclinarme para no caerme de culo. Eric estaba tapando al caballo con una tela vieja de lana, para que el animal no pasara frío.
-Va a hacer un día espantoso, Eric, no os vayáis.
-Ya te dije que tengo que ir a recoger las trampas y las presas.
-¡Pero si con el hielo que cae no creo que puedan pudrirse!
-Pero otros animales podrían destrozarlas. No hay discusión. Pero si quieres, Leif puede quedarse.
-¡Ni hablar! No te irás tú solo con este tiempo. Yo iré contigo.
-¡Por todos los dioses!-vociferó.
-No te dejaré solo-sostuve-Y no quiero que te vayas así-me acerqué a él y le toqueteé los hombros, fuertes como los de un estibador.
-Así ¿cómo?-preguntó mientras se los besaba.
-Enfadado.
-No estoy enfadado. Molesto… quizás-le levanté la túnica y le metí las manos bajo ella, acariciándole el pecho-Aquí no hay niños.
-No los hay, no.
-Aunque nos verán y nos oirán los animales.
-Creo que las cabras serán capaces de soportarlo-me empotró contra la pared de madera y disfrutamos en pocos minutos todo lo que no habíamos podido la noche anterior.
Canturreé mientras ordeñaba un poco de leche y Eric terminaba de cargar al caballo. Me fui para casa dispuesta a preparar el desayuno para mis dos hombrecitos, pero antes le arranqué a Eric unos cuantos besos, chupetones, risas, mimos y toqueteos.
-Va, Leif, que se nos ha hecho tarde-le gritó Eric después de que desayunaran. Le miré ceñuda porque me parecía de un morro sin parangón el que culpara a su hijo de su tardanza. Las luces del alba iluminaban el horizonte.
-Abrigaos bien. Leif, tápate la cabeza-le dije mientras su padre le ayudaba a montar.
-Entra en casa antes de que te congeles.
-Tened mucho cuidado.
-¡Sí!
-¡Y no volváis tarde!-les grité. No debían de haberse alejado ni veinte metros y ya ni les veía a causa de la nieve.
