A/N: ¡Hola! Y llegamos al final... tardó más de lo que pretendía, pero acá estamos. Debo aclarar que aún falta el epílogo, por lo que si tienen ganas de leer algo en específico sobre el futuro de las chicas, pueden comentarlo.

Dato freak o curioso: la parte final de este capítulo estaba en parte escrita desde que escribí el primer cap de la historia. Tuve que hacer algunas modificaciones, pero la esencia quedó.

Gracias de todo corazón a quienes siguen leyendo y comentando esta historia, y a todos lo que hicieron que esta historia tuviese los seguidores, favoritos, visitas y comentarios que tiene.

¡Ah! Quiero aclarar que pese a lo que había dicho sobre una nueva historia, no sé si alguna vez verá la luz. En mi mente, aquella historia es algo larga, y mi trabajo no me permite escribir con facilidad. Todavía estoy dándole vueltas al tema, pero prefiero descartar de momento la idea.

Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.


XXV. Se levanta el telón

El momento por el que tanto había trabajado, por fin había llegado. No más ensayos, no más pruebas; ésta vez era de verdad.

Portando con un vestido color rosa mosqueta que más que vestido parecía una túnica andrajosa, requisito necesario para la caracterización perfecta de su personaje, completamente descalza y con su cabello algo rizado, Rachel miró a su reflejo frente al espejo.

Inhalar y exhalar, eso le había dicho su novia y ella lo había seguido como mantra los últimos minutos.

Tocaron la puerta de su camerino para avisarle que ya era hora. El miedo comenzó a invadirla, pero intentó vencerlo siguiendo las instrucciones de Quinn.

Inhalar y exhalar.

Inhalar y exhalar.

El director la llamó a escena, mientras que Tina caminaba a su lado y le brindaba una sonrisa que buscaba transferirle confianza.

Lentamente Rachel se encaminó hasta el medio del escenario, donde se originaría la primera parte de la obra. Volvió a suspirar, sintiendo como los nervios se adueñaban de ella.

–¡Diez segundos! –alguien al costado del escenario gritó, pero la morena no pudo reconocer quién era. Los nervios estaban consumiéndola, lo sentía, lo sabía.

Quizás todo esto había sido demasiado para ella.

Quizás no fue una decisión acertada.

Tras el telón esperaban expectantes cientos de personas, incluida su familia completa.

¿Y si fallaba?

No podía decepcionar a sus hijas, pensó la morena. Inmediatamente, otro pensamiento cruzó por su mente: ¿y si tenía una crisis en medio del escenario? Peor aún era pensar en la posibilidad de tener una crisis y una posterior pérdida de memoria, como le había ocurrido en el pasado.

Quizás lo mejor para Rachel era retirarse en ese momento y evitar las posibles consecuencias.

Todavía estaba a tiempo.

Quizás muchos no la perdonarían, pero arriesgarse a perder a su familia era algo con lo que no podría vivir, aunque perdiese la memoria.

Sí, aquello era lo mejor.

Pese a casi estar segura de lo que debía hacer, su cuerpo no se movió. Se quedó paralizada mirando el telón frente a ella.

Cuando fue realmente consciente de todo a su alrededor, el telón se abrió.

El telón se abrió y frente a ella cientos de personas la miraban expectantes esperando que comenzara su diálogo, su actuación.

Rachel buscó en su mente técnicas para salir del bloqueo. Miró a los espectadores, los imaginó desnudos.

Nada resultó.

Hasta que sus ojos se posaron en tres rubias que la miraban fijamente; junto a ellas, sus padres la miraban ansiosos. Volvió su mirada a las tres rubias, centrándose en su Lucy. Su novia simplemente le sonrió, como si todo aquello fuese normal, como si estuviese totalmente segura de su futuro desempeño.

Aquello fue todo lo que Rachel necesitó.

Inhaló y comenzó su actuación.


Quinn sentía que el pecho se le iba a salir de tanto orgullo. Sus manos con certeza evidenciarían al día siguiente lo fuerte que aplaudía en aquel momento.

La rubia quería pararse sobre su butaca y gritar que aquella morena, que había brillado y maravillado a todo el público, era su novia, la mujer de su vida, su Rachel. Lo único que la contuvo fue el hecho de saber que aquel sacrilegio jamás sería perdonado por la actriz. Bueno, tal vez aquello era una exageración... pero de verdad no quería arruinar la noche de Rachel. La morena había estado fantástica en el escenario; había brillado su ángel y aquella luz propia que portaba. La actuación perfecta para callar cualquier duda que se posara sobre su elección para aquel rol.

La fotógrafa sabía que aún quedaban muchas funciones, pero aquella noche Rachel les había demostrado que estaba lista para Broadway y para todo lo que se quisiese proponer.

–¡Le daré el abrazo más grande de todos a mami! –exclamó Maia con una sonrisa gigante que plasmaba el orgullo que todos sentían.

–Y yo la llenaré de besos –complementó Beth–. ¿Viste lo bien que estuvo ma'? –preguntó la rubia y a fotógrafa no pudo más que asentir, aún muda por la emoción–. ¿Podemos ir a verla pronto? Quiero darle nuestras flores.

Tanto Beth como Maia y Quinn tenían un par de flores cada una, que juntas formaban un buqué. Obviamente, Quinn le había enviado a Rachel un gran buqué antes de la función en nombre de toda su familia, pero estas flores eran las que le darían como felicitaciones. Quizás no parecía mucho, pero era lo que las niñas habían podido comprar, debido a que ambas habían decidido gastar su propio dinero en ese gesto para su adorada mamá.

–Tina me envió un mensaje indicando que ya podíamos ingresar –anunció Hiram con los ojos aún brillantes.

Las dos más pequeñas no necesitaron nada más y comenzaron a caminar hacia el camerino de Rachel, como si fueran las dueñas del lugar. Rápidamente, Quinn se apresuró a alcanzarlas. Sus hijas juntas eran un peligro.

A medida que se adentraban tras bambalinas, iban saludando a todos los compañeros de Rachel, felicitándolos por el estreno. Tras ellas, los padres de Rachel intentaban seguirles el ritmo.

–¡Mami! –Maia y Beth entraron gritando al camerino de Rachel sin ni siquiera golpear. Quinn las siguió mirando cómo se lanzaban a abrazar a la morena.

–Brillaste, mami… como las princesas de las películas –comentó Maia sin soltar a su mamá.

–Fue mejor que cualquier ensayo –agregó Beth emocionada.

–Te dije que lo lograrías –señaló Quinn con una sonrisa acercándose a abrazar a su novia.

–Muchas gracias –dijo Rachel conteniendo apenas las lágrimas.

–¡Las flores! –exclamó Beth.

Las tres rubias juntaron sus flores y se las entregaron a Rachel que las recibió en medio de un sollozo.

–Las compramos nosotras –expuso Maia–. Mamá no nos dio nada de dinero.

–Es verdad, usamos el nuestro y mamá dijo que éstas eran tus favoritas –continuó Beth en apoyo de su hermana. Tras pasar su mirada por el resto de las flores que adornaban el lugar, agregó–: Quizás no son muchas, ni las más bonitas, pero queríamos darte algo de nosotras.

–Son las flores más bonitas que he recibido en mi vida –manifestó Rachel, con completa sinceridad.

–¿De verdad? Sabía que te gustarían, mami –aseguró Maia.

Mientras Beth y Maia ponían las flores en agua, Quinn aprovechó de besar a su novia con todo el amor, orgullo y pasión que sentía en aquel momento.

–Al comienzo me paralicé y el miedo me invadió, pero cuando te vi sonriendo… no necesité nada más. Fue como si me llenases de energía y confianza –confesó la actriz a la rubia, volviendo a besar a su novia, trasmitiéndole todo lo que no podía expresarle con palabras.

Quinn no pudo más que devolverle el gesto a la morena, besándola con igual pasión.

Tres golpes en la puerta anunciaron la llegada de los Berry. Beth rápidamente, sin esperar indicación alguna, corrió a abrir la puerta del camerino.

–¡Estrellita! –exclamó Leroy con lágrimas en los ojos–. Aunque quizás ahora debo llamarte estrella…

–¡Papi! –dijo Rachel sonrojándose.

–Estuviste maravillosa, mi amor –añadió Hiram y los tres Berry se fundieron en un abrazo, mientras las tres rubias observaban la escena sonriendo–. Lo lograste –agregó con la voz algo cortada por las lágrimas.

Volvieron a golpear la puerta y Beth nuevamente fue la encargada de abrir. Esta vez nadie entró, pero la rubia claramente escuchaba instrucciones, pues no paraba de asentir.

–Tina dijo que debías ir a hacer unas entrevistas, pero después de eso podemos ir a celebrar –anunció Beth tras cerrar la puerta del camerino–. Tienes que cambiarte y estar lista en diez minutos. Parece que hay personas importantes esperando.

–Entonces es momento de irnos –dijo Quinn, no sin antes besar a la morena por más segundos de los que permitirían que el beso fuese casto–. Te estaremos esperando afuera. Tranquila, lo harás genial. Lo más importante ya pasó.

Todos los presentes estuvieron de acuerdo y le dieron palabras de aliento a Rachel. Tras despedirse de la morena, comenzaron a alejarse rumbo a la salida, donde el resto de sus amigos los esperaban.

Quizás aquel era sólo el comienzo, pero Quinn estaba segura que la carrera de Rachel no había hecho nada más que empezar y que desde ahora sólo iba a ascender.


–¡Es tiempo de celebrar, perras! –gritó Santana apenas Rachel y su familia atravesaron las puertas del local donde festejarían.

–¡Santana! –exclamó Quinn cubriendo los oídos de Maia, mientras la morena intentaba hacer lo mismo con Beth, que no paraba de reírse.

–Estoy emocionada, hoy es un gran día, déjame ser –se excusó la latina.

–Sólo intenta controlar el lenguaje, San –pidió Rachel, mientras la aludida la abrazaba.

–Lo intentaré, lo intentaré –prometió Santana.

–Estuviste increíble, Rach –felicitó Brittany a la morena–. Disculpa a Santana, no sabe controlarse y hoy está muy feliz.

–Así veo –concordó la actriz mientras miraba a la latina sonreír junto a sus hijas.

–¡Es tiempo de brindar! –interrumpió Kurt con alegría, pasando copas de champaña a los presentes, salvo a las niñas, por supuesto, quienes tenían en sus manos vasos con jugo.

–Yo también tomaré jugo –dijo Santana a Kurt casi en un murmuro, pero Quinn que estaba cerca de su amiga escuchó.

–¿Vas a dejar pasar una copa de champaña? –preguntó la rubia sorprendida–. ¿Estás enferma? –cuestionó preocupada, llamando la atención de los demás. La latina negó sonriendo–. ¿Entonces? –de pronto la fotógrafa lo entendió–. ¡Oh, Dios mío! ¿De verdad? –Santana asintió–. ¡San! ¡Brit!

Entre lágrimas Quinn abrazó a sus amigas, mientras todos sonreían comprendiendo la situación, salvo tres personas que tenían un gesto confuso en sus rostros.

–¿Qué pasa? –preguntó Rachel verbalizando la confusión que sentían ella y sus hijas.

–San está embarazada. ¡Vamos a tener un bebé! –exclamó Brittany con una brillante sonrisa y los ojos resplandecientes.

–¿En serio? –cuestionó la morena igualando el gesto de la bailarina.

–Sí, hace unas semanas me dijo que ya era hora y que había ido a una consulta. Resulta que sólo necesitó un primer intento. Eso nunca pasa, somos afortunadas nos dijo el médico –relató Brittany a los presentes.

Todos se acercaron a felicitar a las futuras mamás, sabiendo lo importante que era este paso en su relación.

–Si es una niña, vas a pagar todos tus pecados… –comentó Quinn a Santana mientras se dirigían a sus lugares en la mesa.

–Tú pronto comenzarás a pagar los tuyos. A mí me queda mucho tiempo –bromeó la latina, abrazando a su amiga por el costado.

Quinn observó cómo Beth y Maia guiaban a Rachel hacia su lugar privilegiado como festejada y rogó al cielo que el momento de pagar estuviese lo más lejos posible.

Cuando la rubia se sentó junto a su novia, esperando para que les sirviesen sus comidas, Rachel inmediatamente tomó su mano y la acarició.

–Estás distraída –aseguró la morena en un susurro.

–Es Santana, que mete ideas en mi cabeza –dijo en forma de explicación Quinn. Guardó unos segundos de silencio antes de agregar–: ¿Crees que Beth comience a interesarse por chicos o chicas pronto?

–¿Eso te atormenta? –preguntó Rachel y la fotógrafa asintió–. Todavía le quedan algunos años, Lucy. No te agobies con eso.

Quinn se calmó con la respuesta de su novia. Ella confiaba totalmente en Rachel, quien parecía entender a Beth a la perfección. Si algún día su hija tenía algún interés amoroso, su novia sería probablemente la primera en saberlo.

La rubia decidió que era mejor centrarse en el presente y disfrutar de aquel momento. No todos los días podías celebrar el debut de una promesa en el teatro y un embarazo. Mucho menos, si esas dos personas eran el amor de tu vida y tu mejor amiga, respectivamente.


–Debes decirles.

–Claro que no y tú me prometiste que no dirías nada.

–¡No he dicho nada!

–¡Más te vale!

–Odio mentirles a mamá y mami –dijo Maia haciendo un puchero.

–No les mientes. Sólo omites contarles –explicó Beth–. Mientras ellas no te pregunten, no hay mentira…

–Pero mami dice que omitir es mentir también –se quejó la rubia de ojos celestes.

–No pensabas eso cuando olvidaste hacer tu tarea y te ayudé antes de entrar a clases –le recordó la rubia mayor.

–Quizás si les cuentas, no se van a enojar –probó Maia, su hermana era difícil de convencer.

–Mami quizás me apoye, pero mamá va a enojarse tanto que puede hasta cambiarme de colegio –comentó Beth–. No quiero pensar qué hará papá.

–Si te cambian de colegio, yo me quedaré sola. ¡No puedes dejarme sola! –pidió Maia con los ojos brillantes por las lágrimas que amenazaban con salir.

–No te dejaré sola, monito. Además, ahora tienes amigos, aunque yo no esté, no estarás sola –aseguró Beth intentando calmar a su hermana.

–¡Pero no es lo mismo, Beth! –hipó Maia.

–Claro que no, yo soy la mejor de todos –dijo con orgullo la rubia de ojos avellana.

–La mejor hermana mayor de todo el mundo –concordó Maia, abrazando a su hermana–. Por eso deberías decirles. Mami sabrá que oculto algo.

–¿Por qué mami sabría que ocultas algo? ¿Acaso ocultas algo, monito? –preguntó la voz de Quinn a sus espaldas.

Ambas rubias se giraron sorprendidas al oír la pregunta de su mamá.

–¡Mamá debes golpear antes de entrar! –exclamó Beth intentado desviar el tema.

–Las llamé tres veces antes de entrar, pensé que no me oían o que pasaba algo –expuso la fotógrafa antes de alzar su ceja derecha–. No me cambies el tema, Beth. ¿Qué está ocultando tu hermana?

–¡Nada! –dijo rápidamente Beth, tan rápido que fue obvio para Quinn que algo pasaba.

–¡Rach! ¡Rach, ven rápido a la habitación de Beth! –gritó Quinn, mientras sus dos hijas abrían los ojos sabiéndose atrapadas.

Segundos después, Rachel apareció por la puerta, muy agitada.

–¿Qué pasa? ¿Alguien está herido? –preguntó la morena intentando regular su respiración.

–Todas sanas –aclaró Quinn–. Al parecer nuestras hijas nos ocultan algo.

Rachel miró a sus hijas y luego a Quinn. Su expresión confusa evidenciaba que no entendía nada de lo que sucedía.

–¿Quieres decirnos qué ocultas? –preguntó la rubia mirando a Maia, pero la niña negó–. Sé que ocultas algo, monito. Es mejor que me lo digas…

–Prometí a Beth que no diría nada y las promesas hay que cumplirlas –dijo Maia como si se tratase del mayor acto de valentía.

–¡Maia! –exclamó Beth comprendiendo que todo estaba perdido.

–¿Algo que contarnos, hija? –preguntó tranquilamente Quinn, pero Beth la conocía bien. Sabía que detrás de esa calma la esperaba una tormenta.

–Quinn, debe ser algo de hermanas, sin mucha importancia. Probablemente, Beth hizo algo en el colegio por lo que ni siquiera nos van a llamar, ¿cierto? –intentó averiguar Rachel, que confiaba en sus hijas.

Lamentablemente el silencio que prosiguió a su pregunta, no ayudó mucho en su causa frente a Quinn.

–Sé que le prometiste decir nada, monito, pero sabes que no deben ocultarnos cosas a nosotras. Lo hemos hablado –intentó razonar Quinn, algo inquieta con la situación.

–Yo… Beth… está… yo… –Maia no sabía dónde meterse.

–¡Maia, lo prometiste! –exclamó Beth, cruzándose de brazos.

–¡Hey! No pueden hacerle prometer a tu hermana cosas para ocultarlas de nosotras. No puedes aprovecharte de ella. Tiene siete años, Beth. ¡Tú eres la mayor en esta relación, deberías ser la responsable! –interrumpió Quinn molesta, mientras Rachel miraba todo sin saber bien qué hacer.

–¿Aprovecharme? –preguntó confusa la aludida–. Maia es mi hermana, pero también es mi mejor amiga. Yo le cuento mis secretos y ella los suyos. ¿Qué tiene de malo eso?

–No tiene nada de malo, Beth –explicó Rachel decidiendo hablar–. Es sólo que tanto misterio es preocupante. Ustedes no suelen ocultarnos cosas. Supuestamente existe confianza entre nosotras. Sabes que siempre las vamos a apoyar.

Quinn asintió de acuerdo con las palabras de Rachel.

–Lo sé… pero no quiero que mamá se enoje –murmuró Beth, mientras Maia tomaba su mano.

–Intentaré no enojarme –prometió Quinn. Si Beth temía de su reacción, debía tratarse de algo importante.

–Yo… eh… yo estoy… yo estoy de novia –susurró Beth.

–¿¡Qué!? –casi gritó Rachel, mientras que Quinn intentaba controlarse.

–Ryan me pidió ser novios y yo acepté –reveló Beth con algo de vergüenza.

–Tienes once años, Beth. ¡Once! –continuó Rachel en el mismo tono, como si no hubiese escuchado nada.

–Con Rach nos iremos a nuestra habitación. Ustedes quédense aquí –dijo Quinn en un tono que no dio lugar a dudas.

Cuando sus madres desaparecieron de su vista, Maia volvió a hablar.

–Parece que todo está bien…

Beth no estaba muy segura de aquello, pero prefirió no decírselo a su hermana.

Mientras que en la habitación de Quinn y Rachel, la rubia no paraba de caminar de un lado a otro, mientras que la morena estaba sentada en la cama, pensando en qué hacer.

–Voy a encontrar a ese tal Ryan y lo voy a asustar de tal manera que no volverá a acercarse a Beth –aseguró Quinn sin dejar de pasearse.

–Es el mismo Ryan que adoraste cuando lo conocimos en el cumpleaños de Beth –le recordó molesta Rachel.

–¡Me engañó, Rach! Si hubiese sabido que tenía intenciones con nuestra hija, se hubiera hecho pis del miedo –señaló la fotógrafa–. ¿Qué vamos a hacer? Me aseguraste que pasarían años antes que tuviésemos que preocuparnos por estas cosas. ¡No pasaron ni ocho meses, Rach!

–No lo entiendo, Lucy. Beth nos cuenta todo… nunca mencionó nada… –dijo Rachel anonadada.

–Tenemos que hacer algo… –expuso Quinn.

–Llamemos a Noah –sugirió la morena–. Él de seguro nos ayuda.

–¿Puck? ¿Estás loca, Rach? Puckerman es capaz de matar al pobre niño si se entera –manifestó Quinn–. Supuestamente yo soy la madre celosa y tú la comprensiva.

–Pero tiene sólo once años, Lucy –sollozó Rachel.

–Lo sé, amor, lo sé –dijo Quinn abrazando y conteniendo a su novia.

Quinn comprendió que en aquel momento ella debía ser la comprensiva, pues Rachel no abandonaría su papel celosa.

Seguramente los roles cambiarían cuando se tratase de Maia, Quinn rogaba por ello, pues no sería capaz de contenerse dos veces. Pero por ahora, debía intentar serenar a Rachel, porque Beth las necesitaba.

Su hija estaba creciendo y ambas tenían que aceptarlo.

Por mucho que les dolería.


–Feliz primer aniversario –murmuró Quinn contra el cuello de Rachel, recuperándose de un sublime orgasmo.

–Feliz aniversario, mi Lucy –susurró Rachel con voz ronca por la actividad realizada. Quinn amaba aquella voz–. Siento que el tiempo ha pasado tan rápido.

–Siento lo mismo, pero a la vez, creo que hemos vivido muchas más cosas en este corto tiempo juntas que la mayoría de las otras parejas –comentó la rubia, abrazando a la actriz que aprovechaba de acomodarse sobre su pecho, mientras cubría ambos cuerpos desnudos con aquella sábana de seda que tanto adoraban.

–Debemos hacerle un gran regalo a Noah para su cumpleaños por permitirnos pasar esta noche a solas –señaló la morena, recordando cómo el jugador se había contactado con ellas para ofrecerse como cuidador de las niñas aquel fin de semana–. Desde que mis padres nos dijeron que viajaban y tras el rechazo de Santana, pensé que no podríamos celebrar como corresponde.

–No puedo creer que Santana siga molesta por lo de la boda –expuso Quinn negando con su cabeza.

–Yo creo que siempre nos lo recordará en nuestro aniversario –dijo Rachel con resignación.

Tras una excelente temporada en el teatro, mejores críticas y variadas nominaciones, Quinn había sorprendido a Rachel con un viaje a Hawaii para ellas y sus hijas.

Apenas bajaron del avión, se enamoraron del lugar. Playas paradisíacas, naturaleza por doquier. El destino perfecto.

Una tarde, mientras sus hijas dormían una siesta, Rachel, con el sol a su espalda, se arrodilló en la arena y le pidió matrimonio a Quinn, quien entre sollozos, aceptó. En un acto de completa locura, decidieron celebrar la boda al día siguiente. Así, durante un atardecer en medio de la playa, portando sencillos vestidos blancos, y acompañadas sólo por sus hijas, que habían trenzado sus rubios cabellos y cuyos atuendos eran similares a los de sus madres, Rachel y Quinn dieron el sí, aceptándose como esposas. Dos trabajadores del hotel actuaron como testigos. Simple y perfecto, así lo recordaban ambas.

Cuando regresaron a Nueva York, la burbuja se rompió. Todos estaban indignados por no haber podido participar de su unión, si hasta los padres de Quinn habían puesto el grito en el cielo al conocer la noticia. Afortunadamente, poco a poco lo fueron entendiendo, sus padres ofrecieron pagar a medias una fiesta para que todos pudiesen celebrar junto a ellas. Tras la fiesta, todos ya habían aquella boda en Hawaii, todos salvo Santana. La latina les dejó de hablar por al menos dos semanas y luego les manifestó que no las quería ver cuando naciese su hijo.

Afortunadamente, el día que Antonio llegó al mundo, Santana se olvidó de todo y recibió a sus amigas con una sonrisa llena de orgullo mientras les presentaba a lo mejor que había hecho en la vida, palabras textuales de la latina.

–La vida es tan extraña… –murmuró Quinn saliendo de la ensoñación producida por los recuerdos–. ¿Quién hubiese pensado que acabaríamos juntas con toda la historia que cargábamos detrás?

–Creo que la pequeña Rachel, aquella que adoraba a su amiga Lucy, no lo sospechaba pero algo intuía. Por eso no dejaba de buscarte –respondió Rachel para luego dejar un beso en el hombre izquierdo de su mujer.

–Lucy estaba tan ensimismada en sus libros y defectos, que dudo que hubiese sospechado algo –se aventuró a decir Quinn con una sonrisa.

–Puedo asegurarte que la Rachel adolescente jamás lo pensó. Es más, probablemente le hubiese dado una crisis si se enteraba –bromeó la morena.

–Rach, las crisis empezaron después del accidente –le recordó la fotógrafa a su esposa–. Pero estoy de acuerdo, probablemente esa Rachel hubiese publicado mi embarazo por todas partes antes de aceptar que terminaría casándose conmigo.

–Lo siento, amor –murmuró Rachel refiriéndose al pasado.

–Cariño, eso ya está enterrado. No tienes que disculparte cada vez que surge el tema –aclaró la rubia–. Además, la Quinn adolescente tampoco se lo habría tomado bien. Todavía no estaba lista para aceptar su sexualidad, así que lo hubiese negado hasta morir.

–Éramos un caos adolescente –concluyó la actriz con una sonrisa.

–Nos reencontramos justo cuando las mejores versiones de nosotras mismas salieron a la luz –agregó Quinn con ilusión.

–Creo que nadie hubiese pensando en la clínica que el extraño caso de Rachel Berry tendría este final –dijo Rachel suspirando.

–Ya ves que la medicina no lo es todo, a veces hay que agregarle unas gotas de amor. Un amor como el nuestro estaba destinado a triunfar por sobre todos los males, incluyendo el extraño caso de la morena más hermosa del mundo –poetizó Quinn.

–Sólo necesitaba que llegase mi Lucy a rescatarme –bromeó Rachel.

–Yo no te rescaté. Tú fuiste tu propia heroína, Rach –indicó la rubia.

–Pero tú fuiste mi poder, Lucy –dijo la morena, acallando cualquier tipo de réplica de su esposa con un beso cargado de amor.

Quizás jamás escribirían un libro con su historia, pero ellas no necesitaban aquello. Se tenían la una a la otra y a su familia. Eso les bastaba y sobraba.

Porque, a veces, todo lo que necesitas es amor.