8 de Octubre de 1320

No sé por qué, pero últimamente no me encuentro bien. No bien en el sentido físico, sino en el mental. Estoy alicaída, y no tengo ni idea de por qué puede ser. Además, tampoco salgo mucho de mi estudio.

Estoy preocupada, preocupada por lo que pueda pasar con esa cría. Cada vez que pienso en ella me recorre un escalofrío, como si mi cuerpo me dijera que algo malo va a pasar. Sin embargo, en todo este tiempo no he encontrado el menor signo de cambio; la cría está con sus padres, éstos no se han recuperado del disgusto de la fiesta y se han atrincherado en sus aposentos. Un furioso Stefan anunció, hace ya tiempo, que todas las ruecas habidas y por haber en el reino deben destruirse. Y no sólo eso, ha dictaminado duras penas para el desgraciado que guarde una rueca en su casa una vez pasado el plazo de entrega.

Qué idiotez. Si Stefan tuviera dos dedos de frente deduciría que soy capaz de crear una rueca de la nada con sólo chasquear los dedos, y que su medida va a ser casi desastrosa para la economía de su reino, al tener que hilar a mano. Una medida así se traduce en el uso de más mano de obra, más dinero que gastar en hilar, y más dinero que hará subir los precios de la tela, y todo por una criatura que apenas acaba de nacer.

Desde luego, mi cuñado no se va a volver muy popular.

En cuanto a los invitados a la fiesta, se largaron a la primera oportunidad. Aunque, la verdad, fue Stefan el que casi los echa. Nada más volver yo a la Montaña Prohibida hice aparecer la imagen de la sala del trono. Esas tres estúpidas hadas estaban parloteando, como siempre, aunque no pude escuchar bien qué decían. Después de las luces y los brillitos, siguió unos momentos de calma absoluta, en el que todos los corazones que latían en la sala estuvieran asimilando todo lo que acababan de ver, todo lo que había pasado.

La primera persona en romper toda esa quietud fue mi propia hermana. Se echó a llorar, primero en silencio y luego, cuando ya no pudo contenerse más, salió corriendo, con la niña en brazos. Atravesó la sala a la carrera y subió la escalera, directa a su habitación.

No la seguí, al menos no al principio. Me quedé un poco más, para ver qué hacía Stefan. Parecía a punto de explotar de la rabia contenida, y aún apretaba y soltaba los puños, al igual que hiciera cuando entré. Notaba su enfado, su frustración, su incomodidad al sentir todas y cada una de las miradas clavadas en él. Al final, no pudo más.

-¡¡Senescal!! –bramó, hecho una quimera.

Éste, un hombrecillo bajito y con cara de rata salió de entre la multitud. Hizo una leve inclinación, pero estaba encogido (si eso era posible en una persona de su tamaño).

La verdad, Stefan, enfurecido, daría miedo a cualquiera. Mas aún no había estallado, no del todo.

-Da esta orden.-dijo Stefan, aparentando una calma que no sentía-. Antes de tres meses, todas y cada una de las ruecas del reino han de ser requisadas. Pasado el plazo serán llevadas a la plaza pública de cada pueblo y de cada ciudad. Serán amontonadas en una pira y se les prenderá fuego. Si alguien, pasado ese tiempo, conserva uno de esos aparatos, será condenado por alta traición al rey y a la nación…

-P-Pero, mi señor.-interrumpió el senescal, sacando fuerzas de flaqueza-. Eso sería…

-¡¡¡QUIERO QUE ARDAN TODAS!!! –Rugió Stefan, sacando ahora toda su ira acumulada-. ¡Que no quede ni una mísera astilla de ellas, que no quede nada! ¡Quiero que el fuego las consuma, que las devore! ¡Quiero que dentro de tres meses todas esas ruecas no sean más que ceniza en el aire!

Stefan dejó de gritar, sorprendido por sus propias palabras. Jadeaba. Respiró hondo unas cuantas veces, tratando de recuperar la compostura. Se apartó unos mechones que le caían por el rostro. Se giró hacia los invitados.

-Nobles señores, lamento con toda mi alma tal espectáculo. Con todo mi pesar, he de anunciar que la fiesta se da por concluida.

Acto seguido salió de la sala casi a la carrera. Yo le seguí. Stefan subió los escalones de tres en tres, y se dirigió como una flecha hacia sus aposentos, evitando a criados y a guardias, que se le quedaban mirando como pasmarotes. La puerta de su dormitorio estaba cerrada a cal y canto. Stefan llamó con suavidad, pero no obtuvo respuesta. Volvió a llamar, pero no esperó a una contestación que sabía no iba a llegar. Entró sin hacer ruido, liberado ya de toda su furia.

Su mujer estaba sentada en la cama, llorando, con la cría aún en brazos. No dijo nada ni hozo nada cuando escuchó la puerta abrirse, ni tampoco cuando su marido se le acercó. Yo acerqué la imagen y vi, para mi sorpresa, que la cría estaba despierta. Pero no fue eso lo que me sorprendió, ni mucho menos. Lo que me sobresaltó era que la niña había girado la cabeza y miraba fijamente, casi sin pestañear, al punto donde estaba yo. Tenía una mirada inocente, pero a la vez altiva y profundamente seria y escrutadora Era como si la niña me observara, como si me estuviera echando en cara que yo era la responsable de que su madre estuviera triste. Algo turbada, desvié la mirada de la cría y la concentré en sus padres. Stefan había alzado la mano para acariciarle la mejilla a su esposa, para limpiarle las lágrimas.

-Fleur…-susurró dulcemente.

-¡Soy una estúpida! –Estalló ella- ¡¿Por qué ha tenido que hacerle esto, por qué a ella?! ¡¿Por qué?!

Él la rodeó con el brazo y la atrajo hacia sí. Le habló suavemente, tratando de consolarla de alguna manera.

-No dejaré que le pase nada, te lo juro. He ordenado quemar todas las ruecas del reino. Ya verás. –añadió-. No la pasará nada. Yo no dejaré que pase.

Al cabo de un buen rato, el llanto de Fleur se apaciguó un poco. Se irguió y se secó las lágrimas como pudo.

-¿Por qué ha tenido que hacerlo; qué le ha hecho esta niña? –Suspiró- Oh, cariño, me sentía tan feliz…Pero, ahora…-volvió a llorar-…Creo que hubiera sido mejor que no…que Aurora no…

Se sentía incapaz de hablar. Pero Stefan, al escuchar tales palabras, respondió, otra vez en tono de enfado:

-¡No digas esas tonterías, y nunca vuelvas a repetirlas! –Paró, tratando de mantener la calma-. Aurora es lo mejor que nos ha pasado, y te juro por mi vida que no dejaré que esa…bruja…nos la arrebate.

Yo pasé por alto ese apelativo. Stefan, entonces, le pidió que dejara de llorar, pero mi hermana seguía inconsolable.

-Ahora conoces mi dolor, mi sufrimiento.-Dije a media voz.

Deshice el hechizo, y la imagen se desvaneció en un montón de polvo.

"Bien", me dije, "lo has conseguido. Te has vengado de ellos tras diez años".

Es cierto, lo he conseguido. Sin embargo, no me siento del todo satisfecha. Esa noche, no cené y la me pasé en vela, completamente incapaz de conciliar el sueño.


2 de Noviembre de 1320

Aún no puedo creer que esa niña haya desaparecido. Y todo esto de la noche a la mañana. Lo descubrí esta mañana, al amanecer, cuando visualicé la habitación de la pequeña. Reinaba el silencio, pero eso era normal. Me figuré que la cría dormía, así que no me alarmé. Al poco rato entró la aya, una vieja noble a la que reconocí enseguida. Se trataba de Dama Hortense, la vieja Dama Hortense, que había sido también mi niñera. La mujer avanzó hacia la cuna y apartó la tela que la cubría. Entonces ambas descubrimos que la cuna estaba vacía.

La mujer se puso histérica. Salió del cuarto a la carrera, gritando que la princesa había desaparecido. Fue corriendo a los aposentos reales, seguida por una curiosa y creciente multitud. Aporreó la puerta con todas sus fuerzas, llamando a los reyes. Al poco salió Stefan, en camisón.

-¡Mi señor, es una desgracia! –Bramó la mujer, al borde del llanto.- ¡Vuestra hija, señor, la niña ha desaparecido!

Stefan escuchó sus palabras, estoico. No contestó. Un noble, tal vez un general, se adelantó.

-¿Organizo una partida de rescate, señor? –preguntó.

Stefan permaneció en silencio durante varios minutos más, ante la expectación de todos los presentes. Luego, respondió:

-Nadie saldrá del castillo. No se volverá a hablar más de este tema, y no quiero escuchar ni una palabra más.

Fue a cerrar, pero Dama Hortense estalló.

-¿Pero qué hacemos con la niña, con la pequeña?

Stefan bajó la cabeza.

-No tenéis que preocuparos por la princesa.-Dijo a media voz-. Ahora ya no.

Y, sin decir más, les cerró la puerta en las narices.

¿Qué significa esto? ¿Por qué todo este secretismo? Eso fue lo que me pregunté. En un principio, barajé la posibilidad de que la niña hubiera muerto, pero la descarté al instante, pues no habría habido ningún problema a la hora de anunciarlo. A lo que me lleva todo esto es que la han escondido, que la tienen en un lugar alejado, seguramente para que yo no le haga daño.

Pues bien, si creen que alejando a su hija de la corte ella estará a salvo, se equivocan. Llamé a mis esbirros y les ordené buscar a la cría. No voy a dejar que se me escape.

Tengo que encontrarla sea como sea.