Los personajes que aparecen en esta historia pertenecen a Stephanie Meyer.
Capítulo 25. Ecos del pasado.
Salí del hospital y el aire gélido me golpeó en la cara despejándome, a mi alrededor la gente paseaba, el mundo seguía avanzando pero yo sentía que mi tiempo se detenía. Había estado tan cerca de perder a mi madre y la sensación de abandono me acompañaba con cada paso que daba hasta la cafetería más próxima.
Mi cabeza era un caos, una y otra vez me preguntaba qué debía hacer, lo justo sería marcharme de allí en cuanto a mi madre la trasladasen, no sólo por ella sino también para evitar lo que sabía que iba a pasar. No había forma de evitar aquella situación, Victoria se había propuesto acabar con todos nosotros y había usado cada uno de los medios a su alcance.
.
Sam me miraba decidido a acabar con aquello de una vez por todas, Jacob y Seth habían apelado a mi sensatez pero yo estaba resuelta a terminar lo que había empezado dos años atrás, no dejaría que esa loca volviese a pisar la Push.
Aún podía evocar con claridad el rostro de Emily en mi cabeza cuando me había contado su encuentro con Victoria, aún experimentaba su miedo instalado en mis huesos y apenas había conseguido alcanzarla durante unos segundos, no permitiría que volviese a pasar.
Estaba situada en el medio del prado donde empezó todo aquello, la humedad se adhería a mi ropa y en poco tiempo la lluvia llegaría hasta nosotros, la manada esperaba a la menor señal de que Victoria estaba allí para arremeter contra ella pero algo me decía que nada sería sencillo aquella tarde.
— Aquí me tienes —murmuré sabiendo que ella estaba al acecho—. No verás mi pánico así que ven a por mí sí te atreves —tragué saliva intentando mantenerme lo más tranquila posible.
En un instante una hilera de vampiros apareció ante mis ojos, nunca me había sentido tan aterrada como en aquel momento, avanzaban lentamente como recreándose en su presa, Laurent les dirigía y a menos de un kilometro les hizo detenerse, sabía que la distancia que nos separaba no era más que una formalidad. Notaba todo mi cuerpo rígido, escuché un ligero avanzar de pasos a mi derecha donde estaba la manada.
La idea de que no actuasen se instaló en mi cabeza, a fin de cuenta yo era la culpable de aquella situación y con mi muerte su vida volvería a ser tranquila. Victoria apareció frente a mí, regocijándose ante mi presencia, saboreando su triunfo, sus dilatadas pupilas escarlata me miraron, había esperado tanto tenerme en ese estado que quería deleitarse con mi desazón.
Amarré mi miedo que pendía sobre mi cabeza, debía aceptar lo que pasase con valentía aunque fuese lo último que hiciese en ese mundo y me enfrenté a ella desafiante como sí no sintiese mi corazón a punto de estallar, como sí el dolor de mi pecho no estuviese ahogándome con cada minuto que pasaba, como sí una parte de mi mente no me estuviese voceando que empezase a correr aunque fuese inútil. Estaba dispuesta al mayor de los sacrificios si con eso todo concluía.
Se acercó a mí y me mantuve en mi puesto, esperando que todo fuese lo más rápido posible, la manada no había salido a escena y supe que no lo harían, estaba sola ante todos ellos, aunque desde mi estancia en el hospital poco iban a devorar de mí.
— Te dejaron solita, pobre niña repelente. Creíste que podías ser más de lo que eres. Pero ellos tampoco se salvarán, les tengo una sorpresa preparada que espero que disfruten —no quería preguntar pero estaba tan segura de su éxito que no pude evitarlo.
— ¿Qué has hecho? —pregunté y ella amplió su sonrisa.
— Hice una visita a los Vulturi y les conté de ti, no se debe jugar con ellos, lo sé bien y los Cullen tendrán que pagar por no cumplir las normas.
Apenas había dado unos pasos lejos de la entrada del hospital, estaba tan perdida en aquel recuerdo que me había olvidado hasta de caminar, había pasado hace muchos años pero aún me atormentaba por las noches, aunque en mis pesadillas Victoria siempre ganaba, conseguía su venganza.
Ahora comprendía que nada había terminado con la muerte de aquella loca, se había encargado de que así fuese, siempre había pensado que debía hacer algo al respeto y ahora que había comprobado que los Cullen estaban bien llevaría a cabo la última parte de mi lista.
.
Levanté la mirada y noté como la ira empezó a consumirme, no podía creer que aquel loco volviese a aparecerse en mi vida, poco a poco fui consciente de donde nos encontrábamos, a pocos metros mi madre estaba tumbada en una cama esperando recuperarse y él allí.
El alivio por su recuperación fue desapareciendo gradualmente mientras él me miraba con una sonrisa, inspiré con fuerza mientras avanzaba hacia mí, parecía satisfecho por encontrarme pero estaba segura de que me había seguido hasta allí, que había indagado sobre mí, habría hecho las preguntas oportunas a las personas adecuadas. Apreté los puños contra mis costados.
— ¡Tú! —sentí como mi cuerpo se estremecía al ver frente a mí a Daniel.
— Bella, que bueno que te encuentro, tengo tantas cosas que contarte —dio otro paso hacia mí.
— No te acerques —le ordené sin gritar mientras intentaba controlar la agitación de mi interior.
Tenía el estómago contraído, respiraba con dificultad y mi corazón latía a una velocidad extrema, pero no dejaría que él volviese a ganar aquella batalla, no le demostraría lo que me aterrorizaba tenerle frente a mí.
— ¿Cómo te atreves a venir hasta aquí?, ¿cómo osas tenerme enfrente?, ¿Cómo puedes pensar que yo pueda querer hablar contigo después de lo que has intentado hacerme?, tienes un minuto para largarte —intenté no gritar pero no había podido evitar levantar el tono, noté como mi estómago se contraía con cada pregunta que le hacía pero no quería respuestas, deseaba verle bien lejos de aquel lugar.
Me observó confuso, como si no entendiese mi estallido, con gesto inocente en su rostro, era, sin duda, un gran actor pero sí pensaba que volvería a engañarme estaba muy equivocado.
— Se puede saber qué te pasa —irónico, cínico y embustero, pensaba que una simple máscara podría ocultarle de las consecuencias de sus actos—. Podrías al menos escucharme aunque fuese unos minutos, no te pido mucho.
— Dime ya tienes preparado el zulo donde pensabas tenerme, donde pretendías hacerme todo lo que me dijiste, ¿qué pensabas que haría al verte? Sofocarme y rogarte por mi vida, jamás me verás en esa situación. Estoy segura de que no es la primera vez que lo haces así que tú decides o te marchas o llamo a la policía, estoy cansada de arriesgarme en un juego que no elegí.
— No sé de qué me estás hablando mujer —admiraba su manera de disfrazar su verdadera naturaleza, nos había engañado a todos con sus modales y su manera de actuar.
— Conveniente, apártate de mí, no vuelvas a acercarte a mí ni una vez más porque no me temblará el pulso, he enfrentado cosas peores que tú —la rabia amenazaba con aplastar mi voluntad de no hacer un escándalo, miré a mi alrededor y ya había personas que nos miraban con curiosidad y eso sin levantar la voz demasiado.
— De verdad que no entiendo nada —afirmó con cinismo— pero tranquila, no volveré a cruzarme en tu camino, muchas gracias por escucharme —se permitía el lujo de ser irónico cuando él sabía perfectamente lo que había hecho para que yo le tratase de esa manera.
Le vi subirse a su coche y derrapar en la rotonda que había frente al hospital, me temblaba todo el cuerpo mientras intentaba sin conseguirlo calmarme, mi respiración era corta y repetitiva, estaba hiperventilando, percibía mi angustia en todo su esplendor, no podía enfocar la mirada en nada de lo que tenía a mi alrededor, tenía nauseas y estaba a punto de desplomarme. Sólo quería que acabase de una vez tanta ansiedad, que dejasen de atacarme por todos los lados.
Sabía que debía relajarme, tranquilizarme poco a poco pero mi cabeza me repetía una y otra vez que él volvería y esta vez acabaría con lo que había empezado, que me atraparía sin que hubiese nadie para remediarlo, la idea iba instalándose en mi mente insistentemente y sentí un profundo dolor en mi corazón.
Sólo una mínima parte de mí se negaba a dejarme caer, la certeza de que mi madre me necesitaba, de que no podía dejarla sola en Alaska, me volví hacía el hospital buscando aliento, aferrándome a la sonrisa de mi madre y la calma empezó a aparecer en mí. Paso a paso, cogí una bolsa de plástico de mi bolso y me la llevé a la boca, me obligué a pensar sólo en ella mientras empezaba a controlar mis inspiraciones, una tras otra, cada una más profunda que la anterior hasta que fui capaz de inhalar sin necesidad de la bolsa.
Había querido darle espacio a Bella, que fuese ella la que tomase la decisión de buscarme, de hablar conmigo y había conseguido que tuviese un accidente, las palabras que Carlisle me repetía me sonaban extrañas mientras imaginaba a Bella de nuevo en un hospital, aquello no hubiese pasado si no me hubiese comportado otra vez como lo había hecho, la había arrojado a la desgracia en mi intento por conservar su humanidad.
¿Hasta que punto estaba dispuesto a seguir arriesgando su vida?, estaba empujándola hacía una muerte segura y era algo que iba más allá de cualquier motivo que yo pudiese tener, pero ahora sí estaba convencido de que nada de lo que pudiera contarle o explicarle haría que ella se convenciese de mi cambio, de mi intención de convertirla. Iba a ser una ardua tarea pero no la perdería de nuevo.
Sí después de convertirla ella ya no me amaba sólo el hecho de saberla viva, de ver que seguiría en este mundo sería suficiente para soportar su ausencia pero no podría enfrentarme nunca a su muerte, sólo pensarlo hacía que mi estancado corazón se marchitase en mi pecho. No volvería a alejarme de ella aunque me lo pidiese, aunque tuviese que seguirla contra su voluntad, aunque me convirtiese en una sombra en su vida y nunca recibiese de ella más que miradas despreciativas, estaba por encima de cualquier otra cosa que pudiese atarme a este planeta.
Era todo mi universo y me había empeñado en perderla siendo el mayor estúpido sobre la tierra pero no volvería a caer en lo mismo, ya había tropezado demasiado con las piedras de aquel camino.
Enfoqué mi mirada sobre mi hermana que necesitaba con urgencia que la tranquilizase, Carlisle junto a Emmett esperaban para sujetarme antes de que pudiese salir en estampida de allí, no sabía en qué momento habían llegado hasta allí, pero ahí estaban apelando a mi buen juicio en sus mentes mientras yo me centraba en mi propia incertidumbre.
— Por favor, di algo —me pidió Alice con recelo ante mi reacción.
— ¿Llevo mucho así? —pregunté.
— Estábamos a punto de llevarte a un museo de cera —afirmó Emmett para mi sorpresa pero consiguió que Alice se riese de su ocurrencia.
— No sabía que los vampiros pudiesen entrar en estado de shock —señaló mi hermana.
— Imagino que querrás ir a verla —sólo pude asentir ante las palabras de mi padre "todo irá bien, tan sólo háblala con el corazón, hijo. Te necesita y te quiere tanto como tú a ella, es hora de poner fin a este vaivén que os empeñáis en mantener" pensó mi padre mientras me miraba con gesto preocupado.
Sabía que él tenía razón como siempre pero intuía que la reacción de Bella ante mi presencia no sería buena, ¿cómo demostrarle que ahora estaba dispuesto a convertirla?, ¿cómo explicarle mi cambio de actitud sin que sonase egoísta o interesado?, ¿cómo llegar hasta su corazón ahora que sabía las intenciones que tenía anteriormente?, ¿cómo enfrentarme a su frialdad?
Demasiadas dudas se amontonaban en mi estructurada cabeza pero la urgencia de verla era más fuerte que mi desorientación, nos pusimos en movimiento mientras la inseguridad se adueñaba de mi resolución, estaba tan cerca de conocer la postura de Bella ante mi presencia. No nos había llamado así que debía estar lo suficientemente enfadada para ignorar a toda la familia, estaría desilusionada de nuevo conmigo, dudaría de mi amor y no creería ni una palabra que pudiera decirla sobre ello.
Me enfrentaba a una lucha terrible por demostrar algo que ella no iba a querer comprender, estaría predispuesta a cualquier pensamiento negativo que pudiera recibir pero no a los positivos, pero combatiría contra sus recelos mientras le demostraba lo mucho que la amaba.
Aún me temblaban las piernas mientras me sentaba frente a la barra de mármol gris de aquella moderna cafetería, había parejas que se hacían arrumacos en las mesas que tenía el local, no podía entender como mi corazón se contraía ante el más mínimo gesto de amor que veía a mi alrededor.
Por supuesto que podía volver con Edward, a fin de cuentas ya le había regalado todo lo que era sin ningún tipo de contención, pero cada vez había más cosas que nos separaban, no quería aceptar su amor con condiciones, lo ambicionaba todo, no me conformaba con las migajas de unos pocos años que nos llevarían a la fugacidad de la vida humana. Pero estaba segura de que no era suficiente para él, no era su vida tan sólo su debilidad, la sangre que no podía evitar anhelar, la persona que atacaba sus convicciones con su propia presencia.
Me había engañado a mi misma pensando que me quería, que era a quien amaba por encima de cualquier otra cosa, que insulsa era, que estúpida, y que complicada la existencia en ese mundo vacío.
Levanté mi mirada, la camarera me observaba resignada, seguro pensaba que estaba trastornada, le pedí la bebida más fuerte que tuviese y puso frente a mí un whisky, no lo había probado nunca pero siempre hay una primera vez. Estaba demasiado agobiada con todo lo que ocurría a mi alrededor y necesitaba evadirme.
Tomé el vaso y me lo acerqué a la boca, el intenso olor fue suficiente para echarme atrás y apoyé el recipiente frente a mí, contemplando como el único hielo que tenía se iba derritiendo con el paso de los minutos. Acaso esa era la solución o sólo embriagaría mis sentidos durante unas horas y luego todo volvería con intensidad a mí.
Quería escapar de todo, ahogar mis miedos, mis dudas, mis incertidumbres, mis deseos y mis sentimientos. Sentí una lágrima mojar mi mejilla, intentando convencerme que merecía unos segundos de paz, de evasión aunque fuese tan sólo una intoxicación ilógica e irreflexiva. Pero jamás me había dejado llevar hasta ese extremo y sabía que sería malo para mi enfermo corazón aún así era una opción interesante de explorar.
Mi mente conjuraba contra toda lógica asegurándome que aquello era lo que necesitaba pero ¿cómo podría volver junto a mi madre borracha?, no necesitaría más que unos cuantos tragos para conseguirlo y después sólo quedaría la sensación de volver a utilizar aquella vía de escape una y otra vez porque mis problemas no estaban en el fondo de aquella botella por mucho que me empeñase en utilizar aquello. Aparté el vaso lejos de mí y pedí un café solo.
No noté cuando alguien se sentaba a mi lado pero al oír su voz me volví hacía él un poco asustada, hacía tanto que no se cruzaban nuestros caminos que la voz de alarma se encendió en mi cabeza.
— ¿Cómo has estado, Isabella? —preguntó acariciando con su voz cada palabra.
— Peter —dije recordando su insistencia de que no le llamase profesor aunque me costaba acostumbrarme— ¿qué haces por aquí?
— Tenía que hacerme una prueba —afirmó señalando su nariz que parecía haber sufrido un buen golpe.
Cogí la taza y me quemé la yema de los dedos, la camarera me miraba ceñuda como sí le molestase trabajar. Suspiré y sujeté la cucharilla para dar vueltas a aquel ardiente líquido.
— Peter, últimamente he estado un poco alterada y no he reaccionado como debería contigo, siento que hayas sido a quien dirigí mi rabia.
— Es más de lo que esperaba, después de lo del hospital pensé que estaba sufriendo mucho estrés, he intentado mantenerme al margen mientras volvías a ser la Isabella que conocí en Chicago —apenas habíamos tenido relación en aquella época, él era el profesor y yo la alumna, ni siquiera había acudido a tutorías con él pero parecía desmesurada su manera de referirse a aquella época.
Me volví hacía él buscando algún indicio que me hiciera comprender su fijación pero sólo encontré curiosidad.
— Gracias por entenderlo.
— Podrías probar a explicármelo mejor, podría invitarte a cenar y profundizar sobre este tema tan atrayente —se acercó a mí con decisión y asió mi mano, no pude evitar sentir un escalofrío recorrerme la espalda ante su contacto pero no quería desairarle o dejarme llevar de nuevo por mis ideas descabelladas.
— Hoy no es el mejor día —no me soltó e intenté mantener mi compostura.
— ¿Cuándo lo va a ser?, me debes una cita Isabella, déjame mostrarte la clase de hombre que necesitas a tu lado, no puedes seguir rodeándote de esos imberbes que te empeñas en frecuentar, no pueden darte lo que yo te ofrezco —susurró, sentía su aliento en mi cara por su proximidad, aparté mi mano y compuse una sonrisa forzada.
— El problema está en que mi madre está ingresada, sí estoy aquí ahora es porque están haciéndola una serie de pruebas pero no puedo despegarme de su lado. Sé que lo entiendes —aseguré intentando cerrar sus explicaciones con aquella afirmación.
Recibí una sonrisa peculiar ante mis palabras, parecía haberle convencido de que lo único que me impedía aceptar su invitación era la gravedad de mi madre.
— Por supuesto —cogió entre sus dedos uno de mis mechones de pelo y me lo puso detrás de la oreja, me estremecí ante su contacto, ¿Por qué no paraba de tomarse libertades que yo no le había otorgado? pensé mientras rompía el roce de sus dedos y me levantaba de mi asiento.
— Gracias, ahora debo regresar —aseguré poniendo el dinero de su café y el mío sobre el mostrador.
— Podría acompañarte y conocer a tu madre, debe ser una mujer fascinante.
— No hemos probado ninguno de los dos el café, aparquemos las presentaciones para otro momento en que mi madre se encuentre mejor. Hasta otra.
Me apresuré a salir sin atreverme a mirar hacia atrás, no podía distinguir entre un ataque a mi soltería y uno a mi integridad física. Acaso Peter no entendía las evasivas o las negativas, le había dado las suficientes para que lo hubiese entendido ya pero no parecía darle importancia a nada que no fuese su propia resolución, no me importaba la diferencia de edad, calculaba que Peter tendría unos treinta años pero no quería que siguiese empleándome en sus juegos de seducción.
.
Mi madre dormía plácidamente mientras yo evitaba hacerlo, el día que había vivido había sido una pesadilla en sí mismo, estaba tan agotada, tan cansada de luchar contra todo, tan exhausta de emociones por suerte después de la conversación con Peter no había vuelto a sufrir otro ataque de ansiedad porque estaba segura de que mi cuerpo no podría resistirlo.
Me sentía rota, anegada por la pena, por la desazón, por la angustia de mi presente y mi futuro inmediato. Cuanto te necesito, Edward pensé mientras miraba la luna creciente que parecía reírse de mi tristeza, eres el único que puede consolarme, que puede asegurarme que todo irá bien, al único al que puedo creer pero que no puedo tener a mi lado. No sé cuanto lograré conservar la cordura y la fuerza para enfrentarme a otro día más de infierno lejos de ti. Perdóname por haber complicado tu vida de esta forma, por haber arruinado tu existencia con mi imperfecto amor, con mi defectuosa presencia.
La puerta de la habitación se abrió y no me giré pensando que sería la enfermera para comprobar el suero que tenía puesto mi madre. No estaba preparada para escuchar la voz que me llamó.
Gracias a mis chicas: Adri, Chiarat, Mherary, Cerezo, Rosh, Maleja, Reneesme, Soflym, Soledad, Antonella, Yesiita y Chicasagacrep. Cada vez las expectativas sobre esta historia son más altas y os aseguro que trabajo duro para cumplirlas. Con respecto al capítulo anterior deciros que yo misma no podía dejar de llorar cuando lo escribía así que tuve que releerlo varias veces.
Gracias a Seeframe, sólo un inciso, es él el que aguanta mis humores cuando una escena no sale como quiero y soporta mientras mi inspiración me absorbe. Sabes que sin tu apoyo jamás hubiese empezado a publicar esta historia y también gracias por recordarme las otras obligaciones que a veces olvido que tengo cuando la musa se apodera de mí.
Ahora tenéis vosotras el uso de la palabra. Besos.
