El curso comenzó con renovadas energías. Los alumnos estaban entusiasmados ante la noticia de que, en aquél año, los exámenes se iban a suspender (a excepción de los TIMOS y EXTASIS, que simplemente se aplazaban), al igual que la Copa de Quidditch Escolar y la Copa de las Casas. Dumbledore había decidido llevarse a todos los estudiantes de todas las casas, pues "no es justo privar a los más pequeños de las diversiones que la sociedad mágica ofrece, entre ellas un buen Torneo en el que pueden apoyar al campeón de Hogwarts". Algunos profesores no estaban muy de acuerdo con esa iniciativa, ya que eran más de quinientos infantes los que iban a viajar a tierras lejanas, pero en cambio a otros no les parecía mal la idea de pasar un curso entero de vacaciones. Por supuesto, los Jefes de las Casas iban a acompañar a sus respectivos condiscípulos junto a Dumbledore; además de dos aurores y el jefe del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, Ludo Bagman.

Uno de los aurores era yo, aunque para los estudiantes simplemente era una profesora más.

Estábamos en la cena de bienvenida. El director había sembrado un murmullo emocionado en las cuatro mesas que ocupaban el Gran Comedor con su discurso. Recuerdo la expresión de sorpresa de los más pequeños al saber que su primer año en Hogwarts no iba a ser del todo normal. Me encontraba sentada entre la profesora Sprout y el profesor Snape. También había asistido al banquete Ludo, el cual no paró de sonreír y saludar a los alumnos gracias a su fama como golpeador en las Avispas de Wimbourne. Su traje amarillo con rayas negras destacaba en toda la mesa del profesorado.

-¿Sabes? Este año va a ser bastante especial. Me parece bien que los Ministros de Magia se hayan puesto de acuerdo para celebrar el torneo y así demostrar al mundo que a pesar de haber sufrido una Guerra, seguimos unidos-decía la profesora Sprout, mientras observaba con cierto brillo de admiración en sus ojos a Ludo. Cogió un pedazo de pastel de menta y empezó a comérselo como si fuera un conejo.

-Sí, tienes razón-dije tras beber un sorbo de ponche, notando en mi interior los nervios anudándose en mi estómago. El profesor Snape y yo no habíamos intercambiado palabra alguna desde que nos vimos en su casa. Durante la cena, había mirado por el rabillo del ojo cómo cenaba su biftec de cordero con parsimonia, manteniendo un silencio sepulcral.

-Me han dicho que los colegios que vamos a Italia son Beauxbattons y Hogwarts. Al parecer, Durmstarg se ha quedado sin director y pueden que lo cierren. El último que tuvieron lo encontraron experimentando con muggles en una de las celdas del colegio-desvió su mirada de los encantos del señor Bagman al profesor Snape, cargados de una especie de reproche-Se lo tiene merecido por jugar con Artes Oscuras-su voz había sonado inusualmente más alta.-Menos mal que está en Azkaban cumpliendo condena.

Vi cómo el profesor Snape apretaba su puño sobre la mesa, sin dejar de comer su tarta de melaza.

-Bueno, me… menos mal que lo han cogido a tiempo.-dije intentando restar importancia y evitar una confrontación entre mis dos compañeros-Disfrutemos del Torneo y no pensemos más en ese… pequeño accidente.

La profesora Sprout había vuelto su atención al pastel de menta y a Bagman. Asintió levemente y se enfrascó rápidamente en una discusión sobre el último ejemplar de "Corazón de Bruja" con la señora Pomfrey.

Carraspeé levemente y jugueteé con mi copa antes de hablar.

-Eh… profesor Snape-mi voz se convirtió en confidencial-Quisiera pedirle disculpas sobre lo ocurrido este verano en su casa.

Severus se limpió las comisuras de sus labios con la servilleta y se encogió levemente de hombros a modo de respuesta. Apoyé mi espalda en el respaldo de la silla y lo miré atentamente. En ese momento, descubrí varios detalles en su porte que antes no me había fijado, como, por ejemplo, la pequeña cicatriz que tenía bajo la barbilla o el tono ligeramente gris de su iris que destacaba gracias a la luz de las velas.

-Si necesita ayuda con su… bueno, con su madre a la hora de cuidarla, puede contar conmigo.-proseguí ante el silencio del muchacho.

-No necesito ninguna ayuda-respondió en tono tajante. Los músculos de su rostro se tensaron-Para eso he conseguido un elfo doméstico, como bien pudo ver.

-Sí, es cierto. Perdone, sólo quería ser agradable-dije algo malhumorada ante tal respuesta. Como si le hubiera ofrecido cualquier cosa absurda.

Bebí de mi ponche, apurando la copa. Noté que el pocionista se giraba un poco hacia mí. Alcé la mirada, tropezándome con dos ojos azabache, los cuales habían perdido su color grisáceo, convirtiéndose en dos pozos sin fondo. Me ruboricé levemente ante la intensidad con la que esa mirada se posaba en mí.

-Gracias, profesora Di Piero, por el ofrecimiento-dijo antes de levantarse del asiento. Su voz ya no era cortante, me atrevería a decir que tenía tintes de agradecimiento sincero. Me conmoví ante tal reacción inesperada. Quizás fueron imaginaciones mías, pero juraría que el momento en el que se levantó, rozó el costado de mi mano levemente, en una especie de caricia.

Mis sentimientos hacia el profesor se estaban transformando de forma positiva, pues tras leer la carta a Lily y la escena ocurrida junto a su madre, habían sepultado todo rastro de rencor y odio hacia él, transformándose en respeto, incluso aprecio. Al fin y al cabo, era un ser humano que podía errar, como todos, pero aún así, como dijo el director, guardaba algo de bondad bajo esa capa de palabras sarcásticas, humor huraño y desagradable.

A partir de aquella noche hasta que nos fuimos a Italia, la melodía del piano volvió a sonar, retumbando en todo el corredor del tercer piso. No le había dado demasiada importancia estos años atrás. Se había convertido en algo rutinario, además de que las circunstancias en las que vivía aquél año no habían vuelto a despertar mi interés por descubrir al que sentía melancolía y tristeza.

Dumbledore, tras arduas reuniones con funcionarios del ministerio, consiguió desplazar a todo un colegio a través de unos carruajes encantados tirados por los thestrals, una especie de caballo alado con cuerpo esquelético y alas que recuerdan a las de un murciélago. Hagrid los había criado desde hacía bastantes años, haciéndolos cargo así de los carruajes que llevaban a los estudiantes desde la estación de Hogsmeade hasta Hogwarts. Tienen la peculiaridad de que son invisibles a los ojos de aquellos que no habían presenciado la muerte de alguien. En mi caso, el haber luchado en una guerra, además de visto y aceptado la muerte de muchos miembros de la Orden, me permitían ver esas criaturas tan tenebrosas.

Obviamente, los funcionarios del ministerio no aceptaron de buen grado a estos animales, pues tenían fama de mal augurio (a la profesora Trelawney por poco le da un patatús al conocer su existencia pese a no haberlos visto nunca) y se los consideraban peligrosos. Aunque los thestrals del colegio vivían en el Bosque Prohibido y estaban domesticados por Hagrid. Tras acordar que el Guardabosques iba a acompañarnos también por precaución con respecto a estas criaturas, el Ministerio de Magia dio luz verde de forma recelosa a dejarnos los carruajes.

La mañana del 30 de Octubre se levantó con un sol otoñal agradable, "estupendo para volar" como dijo Hagrid entusiasmado. Había cinco carruajes de marfil en los amplios jardines de la escuela, uno por casa y otro más para los profesores. Su tamaño era algo mayor a los carruajes que había visto en las películas muggles de casa y, a simple vista, parecía que era imposible meter a tantas personas en una misma carroza.

Pero estábamos en un Colegio de Magia, rodeados de magos y, qué demonios, todo era posible.

Al entrar en el vehículo asignado a los profesores, vi que su interior se parecía a un vestíbulo medianamente grande, con forma circular. Varias puertas estaban dispuestas en fila, ocupando toda la sala. (las cuales supuse que eran los aposentos). Una lámpara de araña adornaba el centro del carruaje justo encima de una mesa alargada, una chimenea y varias butacas y sillones. Me quedé maravillada. Me acerqué a una de las puertas y vi un pequeño letrero donde rezaba mi nombre. Entré a la habitación, la cual no era igual de grande que la de Hogwarts, pero sí bastante acogedora. Un pequeño ventanuco daba en aquél momento al Lago Negro.

Los carruajes se pusieron en marcha. Dumbledore calculó que tardaríamos un día en llegar a Stregonanco, debido a que en un trecho del camino, el mal tiempo nos acompañaría y no era seguro volar en esas condiciones. Hagrid se encargó de dirigir los carruajes. Partimos cerca del mediodía. Desde mi ventana, podía ver el castillo y el pueblo haciéndose pequeños, diminutos, hasta que desaparecieron tras unas nubes.

La semana anterior a nuestra partida, había mandado una carta a mi madre y a Isabelle. Sabía que mi mejor amiga seguía de profesora en el colegio, así que estaba completamente segura de que la volvería a ver. Me sentía bastante culpable por no haberla escrito antes (sólo mandaba cartas a mi madre de vez en cuando) pero las condiciones en la que estaba no eran las óptimas para mandar y recibir cartas.

Pasó la página y descubrió otra carta.

"28 de Octubre de 1984

Mi querida Sarah:

No sabes cuánto me alegro de que vayas a venir a la escuela. No sé nada de ti desde hace ya casi siete años. ¡Siete! Entiendo que por culpa de la guerra, no os han permitido enviar correspondencia antes. ¡Tengo una noticia que darte! ¿Te acuerdas de Angelo Varone, nuestro Angelo? El que se metió en la Academia de Sanadores de Il Riccolo… ¡Pues nos vamos a casar en Junio! Por supuesto, estás invitada a la boda sin rechistar. No escatimaremos en gastos, ¡va a ser a lo grande!

En serio, tenemos que ponernos al día. Quiero saber todo de tu vida tras el colegio y la Academia de Aurores y no tendrás escapatoria. Aquí se está preparando una fiesta muy grande para cuando vengáis. ¡Este curso va a ser el mejor de todos!

Con respecto a tu madre, ella está bien, dentro de lo que cabe. Mi madre la visita todos los días y hacen ganchillo, juegan a las cartas y preparan meriendas con las vecinas. Todo para animarla, porque desde que ocurrió lo de tu padre… en fin, está de capa caída, como es normal. Me enteré del fallecimiento de Mark días después de que ocurriera y de verdad, lo siento muchísimo. Era un buen hombre, tengo buenos recuerdos de él. Hicimos un pequeño funeral aquí, junto a la playa donde solíamos jugar juntas. Fue bastante bonito y emotivo.

Te espero con ilusión.

Un abrazo muy fuerte, Isabelle.

Los nervios causados por el hecho de volver a casa se mezclaron con la emoción. Durante todo el viaje sólo me imaginaba cómo nos recibirían en la escuela. Conociendo a Isabelle sabía que no iba a ser una bienvenida cordial, sino que habrán puesto toda la carne en el asador para recibir a los invitados.

-Tengo ganas de ver el colegio, dicen que es muy bonito-dijo la profesora Sprout mientras sorbía un poco de té en uno de los sillones junto al fuego. El profesor Flitwick la acompañaba.

-Yo quiero ver su biblioteca… he leído que es una reliquia…-comentó el hombrecillo, jugueteando con los pulgares y contemplando el fuego crepitar.

-Os aseguro que no decepcionará-dije notando el orgullo correr por mis venas-Espero que no hayan cambiado nada desde mi partida cuando acabé el curso…

Tenía algo de miedo que a alguno de mis antiguos compañeros y profesores seles escapara quién era en realidad. Le comenté a Dumbledore dicha preocupación, pero, como siempre, el anciano director ya había pensado en ello y se había puesto en contacto con el director de Stregonanco.

Me sumergí de nuevo en la lectura que tenía entre mis manos. Se trataba de una de las novelas que había cogido prestada de la biblioteca (conseguí convencer a la señora Pince). De pronto, noté una presencia a mi lado.

-¿Cómo puede llenar su cabeza de absurdas historias de fantasía, profesora?-escuché la voz de Severus. Alcé la mirada, saliendo de mi trance y fruncí el ceño.

-¿Qué quiere decir?-pregunté. El profesor Snape se sentó a mi lado en una butaca.

-Deberían de hacer novelas acordes a la realidad. No todos acaban viviendo felices y comiendo perdices…-cogió el libro que tenía entre mis manos y lo observó con una pequeña mueca, teniendo cuidado de no perder la página que estaba leyendo.-La vida no es así…-en sus palabras había un tinte de amargura.

-Tiene razón profesor… y a la vez no-me acomodé en mi asiento, apoyando mi cabeza en el respaldo del sillón-Es cierto que en las novelas, los hechos están excesivamente embellecidos… pero eso no quiere decir que en la vida vayan a ocurrir cosas semejantes. Todos nos merecemos un final feliz, al fin y al cabo…

Severus me observó atentamente, como si estuviera midiendo cada palabra pronunciada por mis labios.

-No todos…-susurró, bajando de nuevo la mirada y devolviéndome el libro. En sus ojos volví a ver ese brillo de culpabilidad. Esta vez sabía a qué se debía-Muchos estamos condenados a tener como utopía esos finales felices…-vi cómo se acariciaba distraídamente el brazo izquierdo.

-No tiene porqué ser así, profesor. Aunque cometamos errores, todos nos merecemos una segunda oportunidad… siempre-recordé la carta escrita de la tumba de Lily y las palabras de Dumbledore.

Aún hay restos de bondad en el corazón de Severus… pero no quiere que nadie lo sepa.

Severus me miró de nuevo. Ahora sus ojos tenían otro brillo diferente, como de emoción. Sus labios amenazaron con una sonrisa que nunca llegó. Alargó el brazo y cogió otro libro que seguramente habría puesto junto a su butaca antes de sentarse a mi lado.

-Tome, le recomiendo éste. Seguro que le será más de su agrado que el que está leyendo ahora…-susurró antes de levantarse y volver a su habitación. Miré el volumen que me había dado y acaricié la portada de terciopelo y verde que lo cubría. Lo abrí y en unas letras doradas y pequeñas se podía leer "Sonetos" de William Shakespeare

Esa misma noche, comencé a leer el libro en la intimidad de mi habitación. Recuerdo que me quedé dormida y tuve un sueño extraño. Me encontraba en los jardines de Hogwarts. Una voz a mis espaldas comenzó a hablarme, pero no una voz cualquiera… era la de Severus.

Noté unos dedos largos y fríos envolver mis manos.

-No es amor el amor que cambia cuando un cambio encuentra, o que se adapta con el distanciamiento a distanciarse… es un faro eternamente fijo que desafía a las tempestades sin nunca estremecerse...

Su voz era profunda, sin atisbo de frialdad ni sarcasmo. Me giré al escuchar esas palabras, encontrándome con los ojos azabaches y profundos del profesor, los cuales se clavaban en los míos con una intensidad inusual. Al instante siguiente, noté sus labios rozando los míos…

Me desperté con el corazón desbocado en mi pecho y las mejillas sonrojadas. Escuché el aullido del viento golpear la pequeña ventana del carruaje. Respiré hondo y me enjuagué el rostro con agua bien fría, mientras mi mente repetía una y otra vez que sólo había sido un sueño…

… un sueño que despertó en mí un sentimiento ya conocido y que, a causa de una traición, lo condené al destierro hacía ya casi cinco años.