amigas! por fin el capitulo final se ha escrito! de verdad que me llena de nostalgia el poner fin a esta historia, gracias a la cual tuve el honor de conocer a maravillosas personas... mil gracias por el apoyo que me brindaron el todo este tiempo, gracias por la paciencia, una parte de mi se ha quedado con este fic, antes de ar inicio quiero agradecer a: dani, eva grandchester, mary olvera, iris, laura grandchester, liz carter, megafan hp, anaalondra28, Amy c.l, ana, prisiterry, ccc, lady supernova, subuab, serena candy andrew graham, alondra, luz rico, klara, jess medina, mimie grandchester, zucastillo, gadami grandchester, fativilla, conny de g, candys, xiunel blanca, lupita 1797, ciramormar, betty, terry 780716, annilina, sandy17, kathya grandchester, america de grandchester, lucero, silvia r.s, olga, parnaso, flor, erika, rebeca, terry´s girl, gema grandchester, anelis grandchester, janet, hochis, lady a.t, hildy white, lady bug, ascella star, galaxylam84, chikita973, nela2307,mona. mil gracias por sus reviews, y a todas aquellas que de igual manera a aquellas que pusieron la historia entre sus favoritas y la siguen, mil gracias de todo corazon... bueno sin mas, aqui les dejo el capitulo final...
Capítulo 24
—Gírate Candy—decían emocionadas Patty, Annie y Elisa—¡oh Candy, luces tan hermosa!
—¿De verdad lo creen?—decía nerviosa Candy. Estaban a días de su boda, el mes había pasado volando, el lunes siguiente de celebrada la fiesta de compromiso, se empezaron a hacer los preparativos. Era el evento que estaba en boca de todo el país, todos esperaban ser de los afortunados en ser invitados a dicho evento, pues no se trataba de cualquier pareja, era una de las herederas de la fortuna más grande en Norteamérica y el gran actor de Brodway y heredero al ducado de Grandchester. Era como el cuento de cenicienta, decían algunas personas.
—¡Claro que si Candy!—exclamó Elisa—no sé cómo diablos aceptaste que la tía abuela influyera en la decisión de tu vestido Candy, eso no es lo que está de moda—finalizó haciendo un puchero mientras tomaba el suave encaje del vestido.
El hermoso vestido que Candy llevaba puesto estaba confeccionado en fino encaje con pequeñas piedrecillas bordadas a mano. Era de encaje con manga y cuello largos, el fondo del vestido era de satén con un escote corazón. La parte trasera iba abotonada con auténticas perlas, desde el cuello hasta la parte baja de la cintura, de la cual salía en una amplia falda que finalizaba en una larguísima cola.
—fue muy amable de parte de la tía abuela haberte obsequiado el vestido que usó alguna vez la mamá de Anthony—exclamó Annie—después de todo, el señor Brown y ella, fueron muy felices en su matrimonio.
—¡pero pobre Dorothy! Por lo que supe, estuvo muchos días quitando y poniendo al sol el vestido para poder deshacerse del olor a naftalina—respondió Elisa—no quiero ni imaginar que hubiera sucedido si no le hubiera podido quitar el olor.
Todas rieron ante la expresión de Elisa. Entre Patty, Annie y Elisa, poco a poco empezaba a forjarse una verdadera amistad. Y ciertamente, las dudas de si la amistad que Elisa le profesaba a Candy, era real, quedaron disipadas cuando en la fiesta de compromiso de Candy, Elisa defendió a Candy y confesó una verdad que llevaba mucho tiempo oculta…
Flash back
Poco a poco, los invitados se fueron despidiendo, quedando solo algunos amigos cercanos y familiares. La molestia en el rostro de Sara Legan no desapareció en ningún momento de la noche, solo se contenía de no hacer un escándalo por respeto a la tía abuela, pero su paciencia estaba más que colmada, pues no solamente Elisa había asistido al evento del brazo del señor Ferguson, sino que había visto a la otrora actriz, Susana marlow colgada del brazo de su querido hijo.
Así que al ver que si hijo se iba, decidió darle alcance en el jardín, donde no había nadie. Sin darse cuenta que Elisa y el señor legan la seguían con la mirada.
—¿De verdad Neil?—preguntó Sara Legan a espaldas de su hijo—es por esta mujer que abandonaste a tu familia ¿cierto?
—madre, me parece que tú y yo nada tenemos que hablar—dijo calmado Neil—eso lo dejaste muy claro la última vez que nos vimos, y con respecto a Susana, te prohíbo te expreses así de ella, de esa manera.
—¿Qué no ves que te está utilizando?—decía exaltada Sara—como no cometió su cometido con el joven Grandchester, ahora te ha engatusado a ti, con quien sabe que propósito.
—Madre, si hay alguien que alguna vez tuvo malas intenciones, ese fui yo—respondió irritado Neil—así que, si no tienes nada más que decir, que pases buena noche, madre.
Neil se dio la vuelta, ofreciéndole nuevamente, el brazo a Susana, lágrimas incontrolables resbalaban por el rostro de Sara, y justo cuando iba dispuesta a seguir con la pelea, el brazo de Elisa la detuvo, mientras su marido negaba con la cabeza. En ese instante, Candy y Terry salieron de entre las sombras del jardín, para saber a qué se debía tanto alboroto.
—¡todo es por culpa tuya Candy!—gritaba iracunda Sara—quien sabe que estúpidas ideas sembraste en las cabezas de mis hijos que ahora ambos me dan la espalda.
—¡Madre, basta!—exclamó Elisa—no intentes aliviar tu culpa, descargándola en Candy, tú has sido la única que con tus absurdas ideas de grandeza, solo nos hiciste un par de chiquillos malcriados a quienes nadie les brindaba una verdadera amistad, ni siquiera tu nos dabas un poco de cariño que tanta falta nos hacía. Por eso es que odiábamos tanto a Candy, quien a pesar de no tener absolutamente nada, ella contaba con el cariño sincero de nuestros primos, y siempre tenía una sonrisa sincera para cualquiera.
—¡Tú y tus malditas tretas, de ir por el mundo con tu cara de niña buena!—gritaba Sara—¡maldita sea la hora en que mi marido te llevó a nuestra casa, pero ni siendo la señora de Grandchester, dejarás de ser una vulgar ladrona!
En ese instante, Terry estaba dispuesto a callar a esa mujer, a golpes de ser necesario, nunca más permitiría que nadie se expresara así de su amada, pero sus quejas quedaron acalladas al escuchar a Elisa.
—ella nunca robó nada, madre—dijo Elisa—fuimos Neil y yo, quienes escondimos las joyas en el establo, para que culparan a Candy.
—así que le debes una disculpa madre—continuó Neil—no querrás hacer enfadar a William y al señor Grandchester, al expresarte así de Candy.
Sara miraba contrariada a sus hijos, mientras se llevaba ambas manos a la cabeza, mientras todo dentro de ella, era un caos.
— ¡Es la última oportunidad que tienen ambos, así que, o regresan a casa a mi lado, o desde este momento dejarán de existir para mí—declaró firmemente Sara.
—siento mucho que pienses así, madre—susurró Elisa, controlando las lágrimas que estaban a punto de salir—para mí, tu siempre serás mi madre.
—Si esa es tu última palabra mamá—dijo Neil, mientras respiraba profundamente, con la mirada cristalina—hasta nunca, entonces.
Y sin más, le dio la espalda, siguiendo su camino, con Susana del brazo. Elisa por su parte, tomó su abrigo, mientras le Mark la miraba, ella solo le dedicó una torcida sonrisa en señal de que estaría bien. Se despidió de su padre, prometiéndole que trataría de mantener contacto con él…
Y así, el orgullo de Sara Legan, alejó de su lado, a sus dos hijos…
Fin del flash back
—¿Y cuando tienes planeado casarte Elisa?—preguntó Patty.
—Aun no lo sé, Mark tenía planeado casarnos en septiembre, pero no creo que sea buena idea, ya que es temporada de lluvias, y no me gustaría que mi boda se viera opacada—respondió Elisa—¿y tú Patty? Según tengo entendido Stear tenía deseos de hablar con tu padre.
—¡vaya Patty! ¡Que agradable noticia! ¿Ya habló con él?—preguntó Annie, mientras Candy tomaba asiento prestando atención.
—Si chicas, Stear ya habló con él—dijo sonrojándose Patty—solo que estábamos esperando a que pasara la boda para anunciarlo.
—vaya, creo que habrá muchas bodas este año—dijo emocionada Candy—que felicidad.
—muy bien señorita, es todo—las interrumpió la voz de la modista, quien cuidadosamente, le ayudaba a Candy a quitarse el delicado vestido.
Una vez vestida, Candy y las chicas se dirigieron al salón de té, pues se ofrecería una reunión exclusivamente para damas, en honor a Candy. En la reunión, las mujeres mayores, le daban consejos sobre cómo llevar el mando de la casa, tips y recetas de cocina y algunos consejos para ser una buena anfitriona, todas las señoras le dieron algunos objetos que iban desde delantales, hasta finos manteles y juegos de mesa. Alrededor de las seis de la tarde, las damas se retiraron, dejando solo a Candy y a sus amigas. Elisa se puso de pie, y echando un vistazo a ambos lados del pasillo, cerró ambas puertas del salón.
—ahora si Candice—dijo Elisa con una sonrisa—aquí tienes tu regalo.
Detrás de uno de los sofás, Elisa sacó una larga caja cuadrada, Candy rápidamente la abrió, sacando de ella, un fino corset con liguero blanco, completamente hecho de fino encaje, era bastante elaborado y atrevido. y haciendo juego con él, unas medias de seda, blancas, que finalizaban en un fino encaje para sujetarse al liguero.
—vaya Elisa, gracias—dijo Candy sonriendo. Mientras Annie se sonrojaba violentamente, al igual que Patty.
—¡oh por Dios Annie! ¡No me digas que no te regalaron uno de estos para tu noche de bodas!—decía sorprendida Elisa.
—Bue…no pues sí, pero simplemente no me atreví a ponérmelo—respondió Annie, sonrojándose violentamente.
—Vaya, vaya Annie, pues un día deberías de comprarte uno y ver el efecto que causa en tu marido—dijo Elisa haciéndole un giño.
—¡Qué cosas dices Elisa!—exclamó escandalizada Annie—¿y tú como sabes el efecto que causa esa prenda en un hombre?
Ahora, fue el turno de Elisa, de sonrojarse, mientras reía nerviosa.
—digamos que, simple intuición femenina—respondió.
—si como no, Elisa Legan, sospecho que te rendiste a los brazos del señor Ferguson—exclamó Patty, mientras Elisa se sonrojaba cada vez más, y las tres chicas reían al mirarla.
—Patty, ahora que lo recuerdo, Stear me había dicho que recordó algo, de carácter íntimo entre tú y él—dijo Annie, mirándola suspicazmente, ahora fue el turno de Patty de sonrojarse, mientras no podía articular palabra alguna.
—Patricia O´Brien—exclamó Candy—no me digas que tú y Stear…
—¡oh chicas! ¡Me siento tan avergonzada!—decía Patty, sin alejar la mirada de su regazo—pero les juro que no se ha vuelto a repetir…
—¿y te gustó? ¿Te trató bien? ¿Cómo fue?—preguntaba intrigada Elisa.
Patty les relató brevemente como había sido aquel encuentro, que sucedió aquel verano de 1914, cuando habían decidido a salir a dar un paseo en los alrededores de Lakewood.
—¿y tú Elisa? Confiesa…—dijo Patty, al terminar su relato.
—bueno, la verdad es que, entre Mark y yo no ha pasado nada, solo algunos besos subidos de tono, y algunas caricias…—exclamó sonrojada Elisa—así que, técnicamente yo llegaré tan inmaculada al altar como tú y Candy.
—¡Patricia O´Brien, eres una pillina!—exclamó Candy, desviando la conversación, pues sabía que si la plática que sostenían seguía su curso, terminaría confesando lo ocurrido entre ella y Terry.
El esperado día había llegado. Sus amigas, al igual que Dorothy, le ayudaron a vestirse y arreglarse, los rizos habían sido recogidos sobre su cabeza, en una hermosa corona trenzada, que dejaba solo algunos mechones colgando. Candy se puso ambas sortijas de compromiso, admirando su reflejo en el espejo.
—Candy ¿vas a usar estas joyas?—preguntó Annie, mostrándole el hermoso par de pendientes, de zafiros y diamantes, que hacían juego con una gargantilla de siete líneas de auténticas perlas, unidas por un enorme zafiro ovalado, rodeado de pequeños diamantes.
Candy aún se encontraba indecisa, entre usarlo o no, pues este había sido un regalo de su abuelo materno…
Flash back
Con manos temblorosas, Candy abrió aquel sobre, pues tal como le dijo Terry, si realmente quería ser feliz, tenía que cerrar aquellas heridas causadas por su madre.
Enero 31, 1919
Querida Candy:
Se lo huecas y vacías que pueden sonar esas palabras viniendo de mí, pero créeme cuando te digo lo arrepentida que estoy al no haber luchado por ti. Hace veintiún años me gustaría haber tenido el valor que tú posees para haberte defendido y no haber permitido que te alejaran de mi lado.
Me entristece saber todas las desgracias que pasaste por mi cobardía, y al escuchar las palabras dichas por la señorita Legan, me siento peor, pues en un arranque por hacerte saber que yo era tu madre, no medí el daño que te causaría al ofrecerte ser presentada como un familiar, y no como mi hija, tal y como lo mereces.
Deseo de todo corazón, que de ahora en adelante, solo la felicidad colme tu vida, y que algún día, puedas perdonar a esta mujer estúpida y caprichosa, que solo arruinó tu vida. ¿Sabes? Tu abuelo esta moribundo, sé que los McAllister te hemos hecho mucho daño, y que no merecemos nada de ti, pero espero que en tu corazón se encuentre un poco de compasión y te apiades de aquel viejo, que estoy segura, está esperando tu perdón.
Siempre que me necesites, ahí estaré.
Lilian G. O´Conner
Después de mucho meditarlo, Candy decidió viajar a aquel rancho en Texas, así que, dejando los preparativos de la boda en manos de sus amigas, se dirigió a aquel lugar en compañía de Terry. El lugar se encontraba algo retirado del pueblo más cercano. En la estación del tren, los estaba esperando un automóvil, pues días antes, Candy había enviado un telegrama, anunciando su visita. El conductor, les señalaba todas las propiedades de los McAllister, los campos agrícolas, abarcaban una extensa área, al igual que el campo destinado para el ganado, y según les dijo, hacia veinte años, habían encontrado un pozo petrolero, que hizo que la fortuna McAllister creciera aún más.
Al llegar a la casa principal, propios y extraños miraban con curiosidad a la recién llegada pareja, pues podían ver que eran forasteros, pero también veían el enorme parecido de la recién llegada con la difunta madre del señor. El clima era ligeramente abrumador, pues el calor era bochornoso, ya que según les había dicho el chofer, el día anterior, había caído una gran lluvia por todo el valle.
—Sean bienvenidos—dijo Catherine McAllister, mirando a Candy y a Terry.
—Señora es un placer conocerla, mi nombre es Terrence Grandchester, futuro esposo de la señorita Andrey—se presentó Terry, haciendo una venia como buen caballero ingles que era.
—Catherine McAllister, es un placer conocerlo—respondió la abuela de Candy.
—¿y cómo esta él?—preguntó Candy.
—será mejor que lo veas por ti misma—Catherine los condujo por un largo pasillo, y finalmente llegaron a la habitación principal. Las ventanas estaban abiertas, el cálido viento movía ligeramente las blancas cortinas, y ahí, dormitando en la cama que dominaba gran espacio de la habitación, se encontraba Charles McAllister, el hombre que la había abandonado a su suerte, aquella noche de invierno. Su corazón latía apresurado, mientras con la mirada buscaba el apoyo de Terry, este la animo a entrar.
Con andar lento, Candy se dirigió hacia la cama, deteniéndose a los pies de esta, mientras miraba a aquel hombre. Tenía el cabello ligeramente ondulado, con algunos mechones rubios, pues el resto estaba encanecido, la piel era de un tono tostado, de ese tono que solo se adquiere trabajando arduamente bajo los rayos del sol.
—¿Qué le sucedió?—preguntó en un susurro Candy.
—el otoño pasado cayó del caballo, mientras revisaba las cercas del ganado—respondió Catherine—sufrió unas cuantas fracturas, nada grave, dijo el doctor, lo que le preocupaba era el estado de su corazón. Pero tan obstinado como solo él sabe ser, no hizo caso a las recomendaciones del doctor, y en cuanto se sintió mejor, volvió a montar su caballo, todo parecía normal, hasta que, en las vísperas de acción de gracias, le dio un infarto, que gracias al señor, fue atendido a tiempo, pero desde ese entonces, esta postrado en la cama—la voz le falló a Catherine, haciendo que se disculpara, para limpiarse las lágrimas que había derramado.
—¿Catherine?—preguntó en un susurro Charles.
—dime, aquí estoy.
—Necesito un poco de agua—dijo el anciano, que ahora Candy podía ver, tenía el mismo tono verde que sus ojos—quien… ¿Quién es ella?
—Ella es…—dijo nerviosamente, Catherine.
—soy Candice White, señor—dijo con voz ronca Candy, a quien todos los reclamos e insultos que quería gritar, se quedaron atorados en su garganta, pues le causó gran impresión el ver el estado de aquel hombre.
—mucho gusto señorita—susurró el hombre después de beber agua, brindándole una dulce sonrisa, que en el instante, se quedó congelada, al verla con detenimiento—no puede ser, tu… tu eres…
—tranquilízate Charles—expresó Catherine—nada ganas con alterarte de esta manera.
—¡La encontraron!—exclamó Charles, respirando con dificultad.
—creo que… lo mejor es que me retire—dijo con voz temblorosa Candy.
—Por favor, quédate—le suplicó el anciano, quien no le retiraba la mirada—nunca fue mi intención abandonarte aquella noche de invierno—expresó repentinamente, en un suspiro—pero no pude evitar enfurecer al saberme engañado. Hasta mucho tiempo después, supe las verdaderas intenciones de mi esposa, así que, en un intento por remediar el mal que le causé a mi propia sangre, decidí contratar unos investigadores para averiguar que había sido de ti…
—Yo… yo no sabía eso…—murmuró su esposa, con la voz entrecortada, mientras en su interior, Candy pedía que continuara con la narración…
—Era una sorpresa que tenía para ti—charles sonrió de medio lado—eso fue hace poco más de ocho años, los detectives, para mi gran decepción, me dijeron que habías sido adoptada por una rica familia, que por azares del destino, alguna vez había tenido negocios con ellos, e incluso, ellos ya habían sido invitados en esta casa. Así que, sin pensarlo, fui en tu búsqueda, pues pensaba que tal vez si esa familia sabía quién era yo, podrían dar por terminada tu adopción. Llegué a la mansión Legan, pero para mi gran decepción, el señor de la casa no se encontraba, y su esposa, de manera muy atenta, se ofreció a escucharme. Le relaté que por azares del destino, lamentablemente, habías sido arrebatada de nuestro lado, que la historia de tu desaparición no era del dominio público, pero que después de tantos años habíamos dado con tu paradero. De manera muy cortes, me explicó que lamentablemente no estaba ni en sus manos ni en la de su esposo el poder proporcionarme ayuda alguna, ya que su hija se había encariñado, que precisamente te encontrabas pasando un fin de semana en la ciudad de chicago, en compañía de sus hijos. Que si el resto del mundo no sabía de tu existencia, era mejor que permaneciera así, pues no quería arruinar tu felicidad.
—¿Cuándo acudió a la mansión Legan?—preguntó Candy, hecha un manojo de nervios.
—No recuerdo con exactitud la fecha, pero parece ser que fue a finales del verano de 1911—respondió el anciano, sin entender porque lo querría saber Candy.
—yo… yo nunca salí de vacaciones con los Legan… en esas fechas fue… fue cuando me enviaron a México, para trabajar en una de sus propiedades…
—¡pero que…!—exclamó enojado Charles—¡esa despiadada mujer se atrevió a mentirme! Sabía que algo andaba mal, pero nunca pensé… Candice te suplico me perdones, no debí de haberme fiado de la palabra de esa señora, debí de haber insistido más, debí… ¡oh por Dios, por favor perdóname!—exclamaba Charles extendiendo sus brazos, buscando el consuelo del perdón que solo Candy podía darle.
Temerosa, Candy tomó las frías manos del anciano, mientras gruesas lágrimas surcaban su rostro, pudo ver la sinceridad en su rostro, y por primera vez en su vida, sentía lo que era un lazo de sangre. Si tan solo Charles McAllister la hubiera buscado antes, tantos sinsabores y tragedias se habrían evitado en la vida de Candy… por un instante, vio cuan diferente hubiera sido su vida de llegar su abuelo a tiempo, seguramente, feliz de saberse encontrada por su verdadera familia, se habría marchado de Chicago, con un bonito recuerdo de sus tres alegres paladines, alguna vez ellos la habrían visitado en aquel hermoso lugar, incluso Anthony no hubiera muerto, tal vez se habrían ido a despedir de ella, para partir al colegio san pablo. También había la posibilidad de que ella hubiera sido enviada a aquel lugar, hubiera podido haber visto a Terry, pero nunca hubiera sido su amiga. Y cuando los tambores de guerra sonaron, ella habría vuelto a América, y Terry, se habría quedado en Inglaterra, sin nunca haber conocido el verdadero amor…
Pero la realidad había sido otra, cruda, amarga, cruel… pero ella había logrado superar uno a uno los obstáculos que se le presentaron, solo así, pudo alcanzar la felicidad que ahora vivía al lado de Terry.
—no tengo nada que perdonarle—expresó dulcemente Candy—si las cosas hubieran sido diferentes, nunca habría tenido el honor de haber conocido al que próximamente será mi esposo.
—¡Gracias Candice!—decía con lágrimas en los ojos—si tan solo pudiera retroceder el tiempo…
—Charles, han sido muchas emociones por hoy, así que por favor descansa—propuso Catherine—ella se quedará unos cuantos días, así que por favor descansa.
—debe descansar… abuelo—exclamó Candy, sintiendo rara aquella palabra en su boca, vio la mirada de agradecimiento que le dirigió Catherine, y la mirada de cristalina de Charles, Terry miraba entre las sombras a su pecosa, admirando el gran corazón que ella poseía, sintiéndose agradecido por tener una parte de él.
—Esto ha sido, impactante—dijo Catherine una vez que salieron de la habitación—la merienda se servirá dentro de dos horas… mientras tanto, ¿quieren comer algún refrigerio?
Ambos chicos aceptaron, así que siguieron a la señora McAllister hasta la cocina, mientras ponía sobre la mesa, algunas cosas para preparar emparedados.
—¡oh, no les pregunté! ¿Un emparedado estaría bien?—dijo, a lo ambos chicos asintieron exclamando una pequeña risa, al ver la expresión que había puesto.
—me disculparan, pero es que soy una pésima cocinera—dijo con pesar Catherine—tomé muchas personas que quisieron enseñarme, pero simplemente es algo que no se me da.
—Entonces debe de ser hereditario—exclamó Terry—pues Candy tampoco sabe cocinar.
Catherine rio como hacía mucho tiempo no lo hacía, escuchaba las quejas de Terry, y el cómo Candy se enojaba ante las bromas de este, Catherine conversó amenamente con ellos, platicándoles una que otra anécdota de cuando recién se casó, para cuando se dieron cuenta, ya había llegado la hora de la merienda. Candy pidió, de ser posible, merendar al lado de su abuelo, a lo que no hubo oposición. Así, una vez en la habitación, Candy presentó a Terry como se debía, y el abuelo se perdió en sus memorias, relatándole la historia de la familia McAllister.
Los días siguientes, Candy descubría mas y más cosas de su familia, sabía que habían sido de las pocas familias que se aventuraron en busca de fortuna, y de cómo a pesar de la guerra de secesión, salieron adelante. Su abuelo le mostraba algunos daguerrotipos de sus ancestros, a su tatarabuelo Jzsef Szab, de origen húngaro, según Charles, era un hombre de carácter duro e inflexible, a diferencia de su tatarabuela, quien según él, de ella era de quien habían heredado el cabello rubio y los ojos verdes, herencia de su sangre nórdica, pero había sido criada en Inglaterra. Después, le mostró una fotografía de su bisabuela una hermosa joven, por lo claro del cabello, supuso rubia, tenía el cabello rizado y una sonrisa que pocas veces se llegaban a ver en esas antiguas fotografías.
—Luces como ella—exclamó Terry al ver el parecido de Candy con su bisabuela.
—ella se lanzó a la aventura con mi padre, dejando atrás a los suyos—exclamó Charles—poseía el espíritu y la entereza de sus ancestros, así que sin más, siguió a mi padre.
Con cada historia que le era relatada, Candy se sentía cada vez más identificada, sintiéndose feliz por ser parte de una familia que luchaba por sus sueños, sin importar las adversidades. Por fin había llegado el día de su partida, prometiéndoles que les visitaría en cuanto le fuera posible, Candy les hizo la pertinente invitación a su boda, pidiéndoles extenderla a Lilian.
—antes de que te vayas—dijo charles—quisiera tomaras este regalo—extendió ante ella, una hermosa gargantilla de siete tiras de perlas sostenidas por un zafiro ovalado rodeado de diamantes, y haciendo juego, un par de pendientes hechos con dos pequeños zafiros cada uno, igualmente rodeados de pequeños diamantes—perteneció a tu bisabuela, fue la primera joya que tu bisabuelo le compró cuando realizó la primera venta de su ganado.
—Yo… no podría aceptarlo—dijo Candy, conmovida con aquel gesto.
—En mejores manos no podría estar, es el símbolo del esfuerzo y sacrificio de una pareja que dejó atrás todo, en busca de un futuro prometedor, así que, anda tómalo—y sin más, Charles hizo que Candy aceptara aquella reliquia familiar que Candy guardaría para siempre.
Fin del flash back
—¿Y bien?—preguntó nuevamente Annie.
—sí, si lo usaré—dijo Candy, mientras orgullosa, abrochaba la gargantilla que alguna vez había pertenecido a Anasztázia Szab, la primera señora McAllister.
—¿Y vendrán tus abuelos?—preguntó Patty.
—No, al parecer el estado del abuelo ha empeorado—respondió con pesar Candy.
Aun recordaba que su abuela, le había dado carta abierta a hacer lo que quisiera con respecto a los negocios que los McAllister sostenían con los Legan, pero en el corazón de Candy no había cabida para la venganza, pues simplemente quería empezar a ser feliz viviendo su presente, dejando el pasado en el lugar que le correspondía.
—¿Lista?—exclamó emocionada Elisa, mirando lo bien que lucía Candy, la cual solo dirigió a sus amigas, una sonrisa nerviosa, mientras Patty y Annie, acomodaban el velo frente a su rostro.
Albert le tendió un hermoso ramo de dulces Candy, para después ofrecerle el brazo, por fin, después de tanto tiempo, la vida le sonreía a Candy. La marcha nupcial dio inicio, una a una fueron pasando las damas de honor, al igual que unas pequeñas niñas, incluida la pequeña media hermana de Candy, Charlotte, marchaban arrojando pétalos de rosas. Por fin, sonó la nota que indicaba la entrada de Candy, todos los presentes se pusieron de pie, Terry al final del alfombrado rojo, estaba vestido con el típico traje de gala de estilo militar, tal y como lo dicta la tradición inglesa. Todo aquel que miraba al novio, no podía evitar sorprenderse ante la seriedad que de él emanaba, lo que pocos sabían, era que en su interior, su corazón latía apresurado y nervioso, por fin, después de tantos sinsabores, y malas jugadas del destino, podría llamar a Candy, su esposa.
La vio recorrer el largo pasillo que los separaba, notaba su rápida respiración, seguramente estaba bastante sonrojada, pero eso no lo podía saber ya que el bello rostro de su amada, estaba cubierto por un largo velo. Dirigió una mirada a su derecha, ahí en la primera fila, se encontraba su madre, quien le dirigió una cálida sonrisa, mientras que en la primera fila, de lado contrario, se encontraba su madrastra en compañía de sus hermanastros, Candy se había sentido realmente mal al saber que el duque no vendría solo, así que, haciendo uso de su poder, luchó contra todos, sentándola en la primera fila de su lado, a la cual solo correspondía sentarse a Albert y a la tía abuela Elroy, al igual que la señorita pony y la hermana María. Ya que tu madre no puede sentarse en el lugar que le corresponde, yo la sentaré indirectamente en él, le había dicho Candy, finalizando la conversación, mientras Eleanor la trataba de persuadir de que no había necesidad de ello.
Albert le entregó la mano de Candy, mientras le sonreía a su viejo amigo, y así, ambos se dirigieron al altar. La ceremonia pasó volando, por fin, el momento de decir los votos matrimoniales había llegado, lentamente, Terry, levantó aquel velo que no le había permitido ver el rostro de su pecosa, quedó sorprendido ante lo que veían sus ojos, así que, aclarándose la garganta y tomando la argolla dio inicio.
—Me entrego a ti este día, Candice White Andrey, para compartir mi vida contigo. Puedes confiar en mi amor, porque es real. Prometo serte un esposo fiel y compartir y apoyarte en tus esperanzas, sueños y metas. Mi voto estará contigo para siempre. Cuando caigas, te levantaré, cuando llores te confortaré, cuando rías compartiré contigo tu gozo. Todo lo que soy y todo lo que tengo es tuyo desde este momento hasta la eternidad.—finalizó deslizando la argolla en el dedo de su amada.
—No es casualidad que nos hayamos conocido—empezó Candy, aclarándose la garganta—no es casualidad que nos hayamos amado, creo que este gran amor que siento tampoco es casual, es más bien, fruto de nuestra amistad, de las ganas de vivir, de querer compartirlo todo juntos. Terrence Greum Grandchester—guardó silencio, para tranquilizarse y así evitar se le cortara la voz—ahora que estamos aquí, quiero ante Dios comprometerme a ser tu compañera fiel, tu amiga incondicional, y tu amante eterna, atrévete a construir nuestro destino, porque sé que tanto tú como yo, estamos convencidos que juntos somos mejor que separados—para ese instante, las lágrimas surcaban no solo el rostro de Candy y Terry, sino también de aquellos que habían vivido a su lado esa historia de amor, la hermana María, la señorita Pony, Eleanor, Annie, Patty, Elisa, Susana, Archie, Stear, Albert, e incluso los ojos de Neil se cristalizaron ante la emotividad. El duque carraspeó unas cuantas veces, intentando reprimir las lágrimas que querían salir.
—Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre—exclamó el padre, también conmovido—los declaro, marido y mujer, démosle un aplauso al señor y la señora Grandchester, puede besar a la novia.
Mirándola a los ojos, que eran un claro reflejo del amor que le profesaba, con sumo cuidado, Terry limpio las lágrimas que su amada había derramado, y con lentitud, la beso, larga y apasionadamente, mientras escuchaban los aplausos de la gente que les rodeaba.
"solo el tiempo es capaz de ayudar y entender a un gran amor. Las personas fuertes, crean sus acontecimientos; las débiles, sufren lo que les impone el destino"
F i n
solo quiero aclarar que los votos los tomé de un blog, y la frase final esta compuesta por dos, la primera es la frase final de un pensamiento y la segunda es una cita de Alfred de Vigny. espero sus reviews que contestaré de manera personal, y espero contar con su apoyo en la nueva historia que pronto publicaré asi que en cuanto lean "falsas impresiones" espero su opinion. xoxo
