¿Jugamos? (parte XXV)


Un almacén, antes en desuso y ahora repleto de filas y filas de literas con la estructura de metal y dos camas, ese es nuestro próximo escondite. Las seis personas que nos acompañan, cuyos nombres son Jordan, Norman, Sebastian, Christian, Alan y Jean (por alguna razón, son fáciles de recordar), son todos hermanos y no puede haber más de diez años de diferencia entre ellos. Nos cuentan que eran ocho en la familia, ocho hijos, pero Adrian y Fabian murieron cuando el Capitolio bombardeó el 8. Ocurrió en el mismo ataque en el que vi su frágil hospital de campaña reducirse a escombros de huesos y sangre, hace no tantos meses. Sus padres ya estaban muertos antes de la guerra. La esperanza de vida en el Distrito 8 no es muy elevada.

Jordan y Norman son gemelos idénticos, y los únicos que mencionan la guerra o a sus hermanos fallecidos, el resto parece incapaz de abordar ese tema y nos explican cómo están organizando la resistencia desde aquí. Me abstraigo de sus palabras y de la conversación en general, porque resulta angustioso escuchar y recordar el día en que aprendí lo que de verdad significaba la Rebelión. Porque todavía me cuesta aceptar que esas y tantas otras muertes no sirvieran para nada; y sobre todo porque ahora estamos por lo menos tan mal como entonces —y eso siendo optimista—. Seguramente habrá más muertes, más escombros, más guerra.

Todos conocen a Paylor y se dirigen a ella con mucho respeto por su rango militar, es decir, comandante, aunque esa distinción le fuera otorgada por Coin, y nos estemos preparando para acabar con ella. Apenas he abierto la boca de camino al almacén. Tenía la absurda idea de que esa era la mejor forma para que nadie se fijase en mí (continuaba en brazos de Gale). Pero dado que Gale se ha dedicado a parlotear animadamente con nuestros nuevos anfitriones, la estrategia me ha servido más bien de poco.

Una vez que estamos en la nave, mi madre pide a Gale que me tumbe en una cama inferior, y empieza otra vez a toquetearme el tobillo, a moverlo en círculos, a doblar la rodilla de la pierna afectada, por si se hubiera dañado el tendón, y a hacerme mover los dedos del pie izquierdo, para comprobar el alcance del daño. Mientras lo hace, yo me muerdo los labios con la intención de contener los gritos, y todos los demás alternan sus conversaciones con miradas de reojo en dirección a mi pie maltrecho.

El veredicto es el mismo que al borde de las vías: distensión de ligamentos, que significa, un esguince en toda regla; y si bien no es una lesión demasiado grave (según mi madre), el miembro se encuentra tan hinchado y amoratado que hasta a ella le cuesta diagnosticar el tipo de lesión con seguridad.

"Habrá que esperar un par de días para vendarlo", me comenta. "Y esos dos días, o bien no te mueves de la cama, o le tendrás que pedir a Gale que te lleve a cuestas".

"¿Por qué a Gale?", replico, mientras miro como me embadurna el pie con un ungüento medicinal de los suyos que apesta a eucalipto. "¿No puede hacerlo cualquier otro?"

Mi madre levanta la vista y me sonríe. Es una de esas sonrisas de sabiduría maternal que rara vez pone.

"Pensé que preferirías que fuese él", dice como si tal cosa. "¡Prim!", llama a mi hermana. "¿Puedes conseguir un poco de agua? Tienes que tomarte esto"; vuelve bajar la vista hacia mí con un par de pastillas blancas y alargadas en la palma de la mano. "Es un anti-inflamatorio bastante fuerte que me llevé del país del frío, por si sucedía algo así. Te calmará el dolor".

En este momento las pastillitas no me importan, se me ha pasado el dolor y sólo puedo notar un agudo acaloramiento por lo que ha dicho sobre Gale. Así que determino con rapidez que la inmovilidad total es la mejor solución, para impedir que se reproduzca la escena de hace un rato con Gale, y para evitar que mi propia familia llegue a conclusiones erróneas… ¿o ya es demasiado tarde para eso?

"Antes me paso todo el día tumbada en la cama", contesto airada, después de tragarme las píldoras sin esperar al agua.

Mi madre se encoge de hombros, se incorpora y me da un beso en la frente.

"Tú sabrás", me dice. "Seguro que a Haymitch tampoco le importa llevarte. Piensa que dos semanas son muchas horas como para pasarlas contemplando el colchón de la cama de arriba, cariño".

Esa iba a ser precisamente mi próxima queja: dos semanas son muchísimo tiempo, y desconozco si Gale y el resto de cerebros que hacen los planes (dígase Haymitch, el Incauto y Beetee) pretenden permanecer tanto aquí; o si quedarnos va a suponer un riesgo tanto para la seguridad de los rebeldes del 8, como para la nuestra.

Cuando mi madre ha acabado conmigo, todos se disponen a marcharse y dejarme sola en el inmenso habitáculo. La idea no me agrada.

Hago un reconocimiento exhaustivo de lo que puedo ver desde mi cama. Las paredes están hechas con ladrillos en tono rojizo que parecen haber sido colocados con prisas, ya que son completamente irregulares; el suelo es de gris hormigón, y el tejado lo forman una serie de placas de uralita traslúcida. Me rodean algo así como un ejército de camas vacías, aunque la mayoría tienen ropa sin doblar y utensilios para la higiene personal esparcidos sobre los colchones. Lo más angustioso es que no haya una ventana a la vista, toda la luz que entra lo hace a través del techo; y a eso se suma que tampoco encuentro puertas que pudieran conducir, por ejemplo, a un lavabo.

Mientras me estoy resignando a la soledad, Gale aparece a mi lado sin hacer un ruido, pero agitando una botellita con agua. La acción me sobresalta.

"No te asustes tanto y tómate esto", dice acercándomela. "Nadie quiere que te ahogues con unas pastillas, con todo lo que nos cuesta mantenerte con vida".

La agarro y doy varios tragos, aliviada cuando noto descender el medicamento por la laringe, y contemplando la posibilidad de que él haya escuchado lo que le he dicho a mi madre hace un momento.

"¿Vas a estar bien?", pregunta cuando termino. "A esta gente le gustaría enseñarnos las fábricas en las que montan a los sintéticos, para que demos nuestra opinión".

Reprimo las ganas de contestar que no me apetece para nada quedarme sola, que eso me obligará a pensar en qué es lo que hacemos aquí, en un distrito medio en ruinas, al que Coin ha obligado a ponerse en funcionamiento a marchas forzadas, sin dar tiempo a sus ciudadanos para que reconstruyan sus casas o para que lloren a sus muertos.

Hago un leve asentimiento con la cabeza y él da media vuelta para seguir a los demás, pero antes de que comience a andar, lo llamo;

"Espera, Gale…". Se gira para mirarme. "¿No será peligroso que os vean?".

"Sería peligroso que te vieran a ti", dice con voz poco amigable. Está claro que ha escuchado la conversación con mi madre. "A Dauphin no lo conoce nadie… y el resto iremos vestidos con el mismo atuendo que llevan los trabajadores del 8. Van a dárnoslo ahora".

"¿Y Prim y tus hermanos?", le pregunto.

"¿No has escuchado lo que han dicho los hermanos Thomson?", responde frunciendo el ceño. "Los niños no son un problema, porque aquí todo el mundo tiene que trabajar. Da igual lo joven que seas, si vives en el 8 eres mano de obra esclavizada desde que empiezas a caminar hasta que te entierran. No me extraña que fuera este lugar el que inició la Rebelión".

Y con una de sus frases lapidarias, mi amigo se larga. Es inevitable no volverme a acordar de Peeta cuando lo hace. Busco su cristal en el bolsillo y lo aprieto en mi puño.


La situación se mantiene en calma durante los siete días posteriores a nuestra llegada. Y no puedo hacer otra cosa más que estar agradecida por eso. Con el tema del tobillo, apenas puedo moverme para salir a comer e ir a las letrinas portátiles que hay fuera, siempre ayudada por alguien que para mi consternación suele ser Gale, o en su ausencia, Johanna Mason. El almuerzo lo hacemos en un recinto similar a este, con mesas corridas, sillas, y unos grandes contenedores que mantienen la comida caliente. La cena es tan frugal (un cuenco de cereales con agua caliente), que podemos tomarla aquí mismo, dentro del almacén. Nos encontramos en uno de los cinturones industriales que rodean la ciudad principal del 8, bastante alejados de las pocas casas que quedan y de los edificios públicos del centro, pero cerca de las fábricas. El ambiente hacinado de la nave no lo mejora el contaminado por el humo, las chimeneas y las sustancias químicas del exterior; lo cual provoca que recuerde con nostalgia el aire limpio y frío de la cúpula, aunque empiece a acostumbrarme a estar aquí, sin hacer nada de nada, observando cómo entra y sale la gente.

En cualquier caso, lo único relevante que ha ocurrido han sido algunas charlas dentro de nuestro muy concurrido alojamiento; los cerebros deben de estar tomando decisiones en otra parte. La muchedumbre no es una molestia porque nos ayuda a pasar desapercibidos, pero convivir en el mismo cuarto con otras doscientas noventa y nueve personas (nos he contado repetidamente para matar el tiempo), hace que la intimidad de cualquier tipo brille por su ausencia.

Sin embargo, el octavo día de dedicarme básicamente a comer y dormir, recibimos una visita un tanto inesperada. Plutarch Heavensbee aparece en el almacén pasada la medianoche, cuando la mayoría dormíamos. Viene acompañado de un par de tipos de mono azul a quienes identifico como integrantes de los Saboteadores, los chicos de Dauphin que molestaban a Snow y ahora molestan a Coin. Ellos han logrado sacarlo del Capitolio usando de nuevo un tren robado. Son los mejores asaltadores de trenes que hay en Panem, de eso no cabe duda.

En seguida se forma un gran círculo en torno al hombre. Es bastante famoso desde que fue Vigilante jefe en el Vasallaje, y por orquestar desde dentro la Segunda Rebelión de los Distritos, aunque dudo que la gente que le rodea sepa también que se trata del principal ideólogo del Sinsajo como producto de marketing revolucionario.

Por su aspecto, no sabría decir si a Plutarch lo han estado torturando. A primera vista yo diría que continúa igual de rollizo que siempre, aunque parece derrotado y más viejo; tal vez por la muerte de Minerva. Él, como casi todos, tenía idolatrada a esa mujer.

Escucho la conversación desde mi cama, sin el ánimo suficiente como para llamar a alguien que me ayude a llegar hasta él, aunque reconozco que me alegra que continúe vivo. Con la que está cayendo en Panem eso tiene un mérito innegable. Y el hombre es ocurrente (la arena del Vasallaje era cuanto menos original). Tal vez aporte algún plan brillante con el que aniquilar a Coin sin morir en el proceso.

Empiezo a quedarme dormida entre preguntas y respuestas sobre lo que pasa en el Capitolio y las reacciones en los demás distritos. Plutarch cuenta que en la mayoría ya hay una resistencia organizada contra Coin, pero que de momento es silenciosa en todas partes, a excepción de 7, donde se sabe de cierto alboroto sobre el que no puede dar detalles, debido a que no había manera de comunicarse con ellos desde el Capitolio.

No es tan raro, en el 7 tienen con lo que defenderse: sus hachas, opino en silencio pensando en Johanna. Tener algo que poder usar como arma se convierte en una cuestión vital en estos casos. Si los mineros del 12 hubieran sido capaces de echar mano de sus picos… ¿pero qué podrían haber hecho algunos picos contra las bombas?

Entre cavilaciones de ese tipo voy abandonando este lugar para marcharme a otro escenario más agradable que incluya bosques y ser libre. Sin embargo, me espabilo de inmediato al escuchar lo que Plutarch dice a continuación.

"Coin ya ha encontrado un enemigo contra el que iniciar una guerra exterior, pero yo he encontrado él elemento que unirá de nuevo a los distritos en su contra", explica el antiguo funcionario capitolino, y lo hace con un tono de voz casi triunfal, enfatizando el yo.

"¿No se supone que éramos nosotros su principal enemigo?, ¿quién se supone que es el enemigo ahora?", me escucho preguntar en voz alta, sorprendida por el hecho de estar hablando y fastidiada por haber vuelto a jorobar mis planes para pasar desapercibida. Otra vez.

Lo que parecen un millar de ojos se gira hacia mí. Oigo algún comentario del tipo: Ha hablado el Sinsajo, en tono incrédulo, porque la verdad es que no había dicho mucho desde el día en que llegamos. Plutarch se aproxima pausadamente hacia mi posición, y la muchedumbre, curiosa, lo sigue algunos pasos por detrás. El hombre observa intrigado el vendaje de mi pie.

"Katniss", me dice esbozando una suave sonrisa. "Otra vez lesionada, para conservar las buenas costumbres, ¿eh?".

Sé que está pensando en todos los días hospitalizada que pasé en el 13: herida, inestable o drogada a base de morflina, en lugar de estar interpretando al Sinsajo y haciendo propos. La insinuación o la ironía me producen cualquier cosa menos gracia.

"¿Quién es el enemigo?", pregunto de nuevo. Todos me observan, así que, de perdidos al río.

"Coin necesita un objetivo contra el que apuntar sus misiles", contesta el hombre. Definitivamente, se encuentra muy desmejorado, más delgado, con ojeras y surcos alrededor de los ojos y la boca que juraría que antes no estaban ahí. "Una de las consabidas técnicas de dominio y control en el pasado fue construirse un enemigo, real o inventado, y atribuirle los mismos pecados que tú cometes con el fin de ocultar los tuyos achacándoselos a él".

"Quieres ir al grano Plutarch", grito enfurecida. Nos conocemos desde hace un tiempo, no pienso mantener las formas con él, y el resto de gente que me está mirando resulta sencilla de ignorar a estas alturas.

"Coin no sabe que os habéis marchado de ese país que os protegía y sigue inmersa en su cruzada contra vosotros y ese sitio", responde. "Deberíamos de hacérselo saber, para evitar males mayores".

Su evasiva me da la respuesta. Intento levantarme sujetándome a la barra superior de la litera. Me tiembla el cuerpo por tantos días de reposo obligado y encima me siento idiota. ¿Cómo no pensamos en que irnos no serviría de nada sin comunicárselo a Coin?

"¿Cuándo empezamos a grabar?", pregunto. Mi voz empieza a dejar ver algunas notas de histeria, pero intento controlarla. "Tenemos que hacerlo cuanto antes, o que se lo digan los Saboteadores; que alguien le mande un mensaje, un anónimo, lo que sea. Peeta y Annie se han quedado allí".

Mi honorable tentativa para ponerme de pie y a la misma altura que el resto, sin aceptar la ayuda de nadie, acaba de manera bastante deshonrosa, conmigo en el suelo. Unos cuantos brazos se me echan encima con la intención de colocarme de nuevo en la cama, pero sólo veo los ojos de Gale.

"Tranquilízate y no te hagas más daño", me susurra con tono ronco y bajo.

"Lo siento, Sinsajo, pero ese punto es discutible", comenta el Incauto desde atrás. "No podemos revelar nuestra localización. Coin tiene bombas de sobra para nosotros y para ellos. Será mejor que no tentemos a la suerte".

"Beetee puede ocultar el origen de la señal…", dice Gale, buscando al científico del 3 entre las numerosas personas de la nave.

"Eso sería factible si dispusiésemos de los medios necesarios para grabar imágenes o emitirlas. Aquí no hay nada de eso", escucho decir a Paylor, aunque no la veo, entre otras razones debido a que tengo los ojos humedecidos —por el golpe que acabo de darme, por lo inservible que me siento, por el miedo por Peeta, por todo— y si los muevo o parpadeo, todos me verán llorar. No quiero que pase eso. Que escuchen mis gritos no me importa, pero me niego a que vean mis lágrimas.

"Podríamos emitir un mensaje a través de la radio que…", empieza a sugerir Haymitch. Sé que él debe de ser el único a quien Peeta le preocupa tanto como a mí. Aunque enseguida se desinfla y se da cuenta de que Coin conoce bien todos los sistemas rebeldes de comunicación que se usaron antes y durante la guerra.

"Aun así, lo intentamos", reitero a gritos, haciendo acopio de todas mis fuerzas para que la voz no suene a sollozo. Aunque lo que oigo es un chirrido ahogado difícilmente comprensible. Todos se apresuran a consolarme cuando empiezo a hiperventilar. Trato de tranquilizarme con rapidez, respiro hondo y me cuento los latidos del pecho. Me niego a dar otro espectáculo bochornoso, aunque creo que ya es tarde para eso.

Tras una largo debate acerca de los pros y los contras de mandarle a Coin un recado vía radio… finalmente lo intentamos.

Plutarch escribe la línea que tendré que recitar para demostrar que sigo viva y que estoy en el país, no en ninguna otra parte. Lo hace sobre un pedazo de papel mugriento que Haymitch llevaba en el bolsillo, ya que los nervios impiden que encontremos nada mejor

Población de los distritos, soy el Sinsajo, estoy en Panem y he vuelto para quedarme y luchar, leo cuando me lo pasa. Parece fácil.

En medio de la oscuridad que proporciona un lugar sin casi farolas, y una noche sin apenas luna ni estrellas, me suben en uno de los furgones que usan para llevar a los trabajadores a sus puestos de trabajo. El camino sin asfaltar que conduce al zulo donde los rebeldes escondían su antigua emisora de radio es serpenteante, largo y tedioso.

Voy dando tumbos en un asiento vertical que hay en la parte de atrás, acompañada por Plutarch, Gale, Haymitch y Beetee, mientras repito la frase como si fuera un mantra:

"Población de los distritos, soy el Sinsajo, estoy en Panem y he vuelto para quedarme y luchar-Población de los distritos, soy el Sinsajo, estoy en Panem y he vuelto para quedarme y luchar- Población de los distritos, soy el Sinsajo, estoy en Panem y he vuelto para quedarme y luchar…"

"Katniss, te lo sabes, déjalo ya", insiste Gale por cuarta vez. Pero estoy tan ansiosa por soltarlo que no paro. Gale acaba por cogerme la mano y acariciarme los nudillos para intentar tranquilizarme. Funciona un poco, aunque sigo de los nervios repitiendo las palabras para mí misma.

"Este escondite dejo de usarse hace mucho, pero es el sitio más seguro desde el que hacer esto sin pasar por la ciudad", comenta uno de los hermanos Thomson, el conductor del furgón, cuando abre la puerta desde fuera para que bajemos.

El zulo es de madera y huele a moho y humedad. Es asombroso que siga en pie, y casi un milagro que los aparatos que hay dentro todavía funcionen.

Y estaba totalmente equivocada. No es fácil hablar de nuevo a la población de los distritos, dirigirme a Panem. Intento sonar firme y fuerte, pero la voz se me quiebra de tal forma que tardamos más de dos horas en grabar la frase completa. Se dan por vencidos cuando mi boca está tan seca que no puedo articular una palabra más.

"Esto es otra chapuza sinsajística", comenta Plutarch en tono de broma. "Pero tendrá que servir".

Gale y Haymitch sueltan tal risotada con el comentario que quiero abofetearles a los dos. Y lo haría si ellos estuvieran algo más cerca y yo pudiese moverme sola. Beetee tiene la decencia de no hacer ni un gesto; tendré que compensarle toda la paciencia que tiene conmigo alguna vez. De momento con gruñir a mi mentor y mi amigo tengo más que suficiente.

El mensaje es lanzado por la mañana a las emisoras rebeldes que continúan en funcionamiento. Seguimos metidos en el zulo con el único fin de escucharme tartamudear. Mi voz suena más hueca y ronca que nunca.

En esta ocasión sí que te has superado a mí misma, pienso, y deseo con toda la intensidad que me queda que Coin intercepte la señal, que la llegue, y que deje en paz el país en el que pensé que abandonaba a Peeta para estar a salvo. Como si así fuera a conseguir algo… seré idiota.

Pero la fuerza de voluntad tiene que valer para algo y yo todavía me siento obligada a mantener a Peeta con vida, a devolverle por lo menos alguno de sus favores; aunque esta vez no haya nada con lo que poder negociar o pedir inmunidad para él. Y si a Coin se le antoja lanzar sus bombas, va a hacerlo. No me cabe duda. No quiero perder la esperanza, aunque noto la tenue tortura de la desesperación creciendo sin remedio en mi pecho. Mi angustia va en aumento mientras sigo escuchándome balbucear en la radio. El periplo que comencé en los Juegos para intentar salvar al hijo del panadero parece que no vaya a terminar nunca. Mis pensamientos recorren un círculo en el tiempo y se retuercen de tal forma que provocan afilados pinchazos a mi cerebro. Tratando de evitarlos como sea, me sacudo, y lo hago con tal fuerza que acabo cayendo de la silla en la que estaba sentada, formando con el cuerpo un ovillo que choca contra el áspero pavimento cementado. Las alas del Sinsajo se convierten en un lastre más insoportable que nunca; me oprimen el pecho, me presionan los conductos lacrimales. No permiten que respire. Me están empezando a asfixiar.