¡Buenas tardes!
Ay, qué contenta estoy. Tengo una bonita semana de no hacer nada (bueno, vale, tengo que estudiar, pero no tengo clase, que es lo que cuenta).
En fin, como mi vida os interesa bien poco, voy al grano.
Mil gracias a Mery Vedder, laina.1994, carlota black cullen 98 y un reviewador anónimo (me acabo de inventar la palabra, pero admitir que suena hasta bien).
Y en respuesta al reviewador anónimo: Disculpas aceptadas. Yo hubiera hecho lo mismo.
De dementores y oscuridad
Duele tanto vivir,
duele siempre sin ti.
Necesito tu olor,
necesito tu calor.
Quiero perfumar
mi alma con gotas de ti
y archivar mi dolor
en el doble fondo que hay
en mi colchón.
Mägo de Oz-Siempre
La situación no mejora en los días siguientes. Pese a que los aurores registran cada lugar en el que sospechan que pueden estar Roxanne y sus captores, no tienen ningún éxito. En Oxford sólo encuentran un jirón de la túnica de Rox, lo que les indica que la muchacha sí ha estado allí, pero no vuelven a tener más pistas sobre su paradero.
A Fred la falta de noticias le sienta como la falta de alimento. Una parte de él le dice que es probable que se dejasen ver en Oxford con Rox viva para darles esperanzas, y luego la matasen para librarse del problema; sin embargo, cada vez que ese pensamiento se cuela en su cerebro intenta con todas sus fuerzas pensar en algo alegre.
Su táctica para evitar deprimirse por la ausencia de su hermana resulta ser la correcta para enfrentarse a un dementor; en la clase de primera hora del viernes tiene ocasión de comprobarlo. Su tío Harry ha venido para enseñarles cómo invocar un patronus. La idea es tener un recuerdo muy feliz en mente y pronunciar el hechizo concentrado en dicho recuerdo, algo relativamente sencillo. Sin embargo, Fred lo encuentra difícil; cada vez que logra encontrar un recuerdo que le provoca una sonrisa una horrorosa imagen de Rox muerta, mutilada y escondida en un cubo de basura se cuela en su mente y lo desconcentra.
-Vamos, Fred, tampoco es tan difícil-lo anima su tío pasando junto a él. Fred lo fulmina con la mirada.
-¿Habéis encontrado a mi hermana?
Harry niega con la cabeza con tristeza, y se aleja de él. No vuelve a acercarse en lo que resta de hora.
Tras casi media hora, Fred logra crear una especie de neblina plateada. No es mucho comparado con la espectacular tigresa de Jackie o el enorme oso pardo de Ben, pero al menos es algo más que el humo difuso, lo máximo que ha conseguido Ellie. Aunque Fred duda que su alma vaya a estar muy protegida con eso si se presenta un dementor.
-Bien, chicos, todos lo habéis conseguido-dice Harry, sonriendo-. Hemos traído un dementor, sólo uno, para que probéis vuestra habilidad ante él. No os preocupéis; en caso de que no podáis invocar vuestro patronus, Ernie y yo estaremos aquí para hacerlo por vosotros. Poneos en fila delante de ese armario-Fred frunce el ceño; ¿han metido un dementor en un armario?
Curiosamente, nadie quiere ser el primero. Así que Fred se encuentra el tercero, por detrás de Jackie y una chica de Slytherin llamada Sheila Davidson, las únicas, junto a Ben (que está unos puestos por detrás de él), que han logrado un patronus de cuerpo entero. Desearía ponerse al final de la fila, pero no cree que eso ayude mucho a mantener su reputación, de modo que se queda donde está y toma la mano de Ellie, que está justo detrás de él.
-Genial-dice el tío Harry-. Señorita Davidson, ya sabe: piense algo alegre-y agita la varita para abrir el armario.
Fred nunca antes había visto un dementor, pero si de algo está seguro es de que no quiere verlo de nuevo. Es anormalmente alto, con una capucha que le tapa la cara y unas manos pútridas asomando de la túnica raída. No puede evitar estremecerse aunque la criatura todavía no haya empezado a ejercer su efecto sobre él.
Sheila Davidson levanta su varita con decisión.
-¡Expecto patronum!
Una enorme iguana plateada sale de su varita y hace retroceder al dementor, que parece no soportar las ondas de luz limpia y pura que emite.
-¡Muy bien!-exclama Harry, y la muchacha se va corriendo al final de la cola mientras su patronus se disuelve-. ¡Siguiente! ¡Señorita Macmillan!
Jaqueline alza la varita, pero tarda un poco más en lograr invocar su patronus. Se ha quedado pálida, y Fred se pregunta qué recuerdos está siendo obligada a revivir.
-¡Expecto…! ¡Expecto patronum!
Una tigresa sale de su varita y suelta un rugido que aleja al dementor de Jackie. La muchacha suelta una risita nerviosa y va también al fondo de la cola.
Fred suelta la mano de Ellie y da un paso hacia delante, vacilante, mientras la magnífica tigresa de Jackie se disuelve en una neblina plateada.
-¡Genial! ¡Fred, te toca!
Fred alza la varita, pero le tiembla la mano.
-¡Expecto patronum!
No ocurre nada. El dementor se acerca a él llevándose toda su alegría con cada ruidosa aspiración. Intentando ignorar el frío que le cala los huesos, Fred intenta buscar un recuerdo alegre…
Cuando fuimos de vacaciones a Rumania y vimos los dragones, piensa de repente. Recuerda la excitación de todos, los saltos emocionados que daba, la sonrisa del tío Charlie, la cara maravillada de Roxanne…
-¡Expecto…!
Pero de repente la expresión de felicidad de su hermana se transforma en una de inmenso dolor, y Fred la ve en una habitación oscura llorando desconsoladamente.
-¡Expecto patronum!
Fred deja de oír los murmullos de sus compañeros y de ver la clase. De repente está en mitad de una terrible oscuridad a solas con el dementor. Y Fred odia la oscuridad.
-¡Expecto patronum! ¡Ex…!
Pero nada plateado sale de su varita. Fred sabe que ha caído de rodillas porque nota una punzada de dolor, pero sigue sin ver cualquier cosa distinta al dementor, que está tan cerca de él que podría tocarlo, y la oscuridad que lo envuelve y lo asfixia. La mano con la que sostiene la varita cae inerte a un lado, y luego él deja de intentar mantener el equilibrio, porque la asquerosa mano del dementor se ha cerrado en torno a su cuello. Cierra los ojos, deseando huir de todo y dejar de oír gritos de Rox.
Lo último que percibe es una luz blanca tras los párpados.
-¡Fred! ¡Fred! ¡Fred, despierta!
Fred abre los ojos. Está entumecido y tiembla de arriba abajo, aunque no es sólo de frío. Se encuentra recostado entre los brazos de Ellie, que lo mira con preocupación, y ve un corro de estudiantes curiosos a su alrededor. Y comprende que acaba de desmayarse.
-¿Qué ha pasado?-pregunta, tratando de levantarse, aunque las piernas le tiemblan demasiado como para poder ponerse en pie todavía. Eleonora le aparta el flequillo, empapado de sudor, de la frente.
-Toma-dice alguien. Fred reconoce la voz de su tío y parpadea para enfocarlo mejor. Está agachado junto a él y le ofrece una chocolatina.
-¿Para qué es esto?
Harry sonríe.
-Créeme, te sentará bien. ¡Bueno, el resto, no he dicho que esto haya terminado!-exclama, dirigiéndose a la clase en general. Fred logra levantarse y se sienta en un pupitre al fondo del aula con Ellie, mientras mordisquea la chocolatina.
-¿Me he desmayado?-pregunta tras unos instantes. Lo cierto es que se siente bastante mejor.
-Sí.
-¿Por el dementor?
Eleonora asiente.
-Pensaba que te iba a dar un infarto-comenta, viendo cómo Fred se come el chocolate. Te pusiste muy rígido, y luego te caíste al suelo…
Fred se estremece al recordar la sensación de frío. Entonces se fija en que Ellie también está temblorosa, pese a que se ha librado de enfrentarse al dementor con la excusa de acompañarlo, y parte la chocolatina por la mitad para darle un pedazo. No tiene que preguntar qué recuerdos la hubiera hecho revivir el dementor.
-¿Y esto?-pregunta ella.
-Ni idea, pero uno se siente mejor-responde Fred encogiéndose de hombros. Eleonora muerde una esquina y enseguida nota cómo el frío se aleja de ella-. ¿Estás bien?
-Sí… supongo-responde ella viendo cómo Ben se enfrenta al dementor al otro lado de la clase. Aunque ha logrado invocar un espectacular oso antes, de la varita de su amigo sólo sale una especie de escudo plateado, que pese a no hacer retroceder al dementor impide que se le acerque más.
Fred se estremece, y sabe que ni todo el chocolate del mundo logrará que olvide la imagen que le ha mostrado su cerebro. Se muerde el labio, intentando buscar un recuerdo luminoso al que aferrarse para no tener que volver a ver a su hermana sufriendo.
Lo único que ha sacado en claro de esa clase es que odia a los dementores.
Dan sale de la enfermería por la tarde. En realidad, su herida terminó de curarse el miércoles, pero la señora Pomfrey consideró oportuno que se quedase un poco más por si se abría. O eso fue lo que dijo. Dan sabe que la apatía que lo domina desde que despertó el sábado hace que todo el mundo se preocupe mucho por él
De modo que ha pasado los dos últimos días fingiendo estar deseando salir de la enfermería. Sin embargo, en cuanto ha cruzado las puertas su expresión de falsa jovialidad se ha tornado en la que se apodera de él cuando la señora Pomfrey no mira, una de tristeza mezclada con ansiedad y preocupación.
En la última semana ha pasado más tiempo con Fred Weasley que en los cinco últimos años en total. Tiene la impresión de que el muchacho lo hace porque, de alguna forma, se siente culpable (aunque Dan es perfectamente consciente de que fue él y no Fred quien permitió que se llevaran a Rox). Sin embargo, Fred suele hablar con él y, pese a que la señora Pomfrey ha prohibido que se le informe sobre el no–avance en la búsqueda de Roxanne, contarle lo poco que sabe.
Con un suspiro, baja hasta la sala común de Slytherin y entra en su dormitorio. Se queda sentado en el borde de su cama, mirando por una de las ventanas. Al igual que el resto del hogar de los Slytherins, los dormitorios están bajo el lago, por lo que lo único que ve a través del cristal es el tono verdoso del agua y, de vez en cuando, pececillos de colores o algún tentáculo del calamar gigante. Las sirenas no suelen acercarse mucho a esa zona, por suerte. Dan opina que le daría algo si un día viese sus caras grisáceas pegadas a la ventana.
Tras unos instantes, saca su varita del bolsillo de su túnica y piensa un hechizo sencillo. Por unos instantes, está seguro de que no funcionará, pero al cabo de varios segundos ve un objeto zumbando a toda velocidad hacia él. Dan lo coge y lo acaricia con dedos temblorosos.
Es la caja que regaló a Rox por su cumpleaños. Ella decidió conservarla cuando descubrió que era regalo de él, y lo utilizaba… utiliza para guardar cosas que le recuerden a ambos. Dan la abre y deja que las primeras notas de "El lago de los cisnes" inunden el dormitorio. Luego observa todo lo que Rox tiene guardado dentro.
Es obvio que le ha puesto un encantamiento de extensión indetectable, porque es imposible que todo lo que hay quepa de otra forma. Dan saca la primera nota que le envió, por su cumpleaños. Luego, el lirio blanco, con la nota enrollada en el tallo. Aún no está seguro de cómo reunió el valor suficiente para hacerlo; recuerda el miedo que palpó en sus labios en Halloween. La amapola. Lo mucho que le costó no decírselo cuando Rox le confesó estar asustada. Y las insoportables semanas que pasaron sin hablarse cuando encontró el valor suficiente para contárselo.
También hay otras cosas, como la corona de juncos que se entretuvieron haciendo una tarde de aburrimiento. Las notas cortas, alegres, sencillas, que Dan le mandaba de vez en cuando en alguna clase especialmente tediosa. Al muchacho le sorprende tanto como le provoca una sonrisa darse cuenta de que guarda todas y cada una de ellas como pequeñas reliquias.
Sin embargo, se lleva una sorpresa al comprobar que falta la pulsera de hilo y conchas que él le regaló hace sólo diez días. Entonces recuerda que la llevaba cuando fueron a Hogsmeade. De alguna forma, eso lo hace sentirse mejor; es como si supiera que una parte de él está con Rox. Se pregunta si ella se habrá dado cuenta, donde quiera que esté… y si está en condiciones de hacerlo.
Dan se estremece, y recuerda de nuevo la pesadilla que no lo ha dejado dormir desde el sábado: la de Rox, sentada en la esquina de una habitación oscura, siendo estrangulada por el extraño del sombrero.
Es entonces cuando reproduce la voz de ese hombre en su cabeza.
Y, por fin, logra ponerle una cara.
No puede ser.
Oscuridad.
Dolor.
Miedo.
Ésas son, básicamente, las tres palabras que mejor definen su situación en estos momentos.
No tiene ni idea de dónde está. Ni de por qué no ha sabido nada de nadie desde… ¿Cuánto tiempo lleva ahí? Tampoco sabe eso. A través de la ventana del tamaño de un libro que es su única comunicación con el exterior, ha visto un amanecer y tres anocheceres. Pero ha perdido por completo la noción del tiempo. Sólo sabe que cuando el sol está en su punto álgido alguien entra en la habitación y la aturde. Y que cuando despierta y encuentra una bandeja con un vaso de agua o un mendrugo de pan, o bien ya es de noche o bien el sol se está poniendo. Supone que es el mismo día, aunque no tiene certeza absoluta de nada.
Ahora es de noche. Mira la bandeja, pero, al igual que las veces anteriores, ni siquiera se acerca. No se fía de lo que pueda contener la comida, y de todas formas está demasiado débil como para poder moverse. Sólo ha bebido unos sorbos de agua, porque sabe que se está deshidratando y que, de no hacerlo, no durará mucho más tiempo. Le duele un lado de la cabeza como si estuviese ardiendo, y su garganta parece ir por el mismo camino cada vez que pasa aire por ella. Ya ni siquiera llora, porque se ha quedado sin lágrimas y porque sabe que nadie puede oírla, al menos nadie a quien le importe su sufrimiento.
Roxanne cierra los ojos con fuerza. Lo último que puede recordar que no sea esa apestosa habitación oscura es un montón de árboles alrededor. Recuerda que chilló e intentó liberarse de las cuerdas que la sujetaban, pero de repente su mente se apagó; quizá le dieron un golpe en la cabeza, a juzgar por el chichón que tiene en la coronilla y que lentamente parece ir mejorando. En cuanto a su anterior recuerdo… lloraría si le quedasen lágrimas. Ni en mil años podrá olvidar a Dan en el suelo con una flecha ensartada en el estómago, con tanta sangre… Le gustaría hablar con quienquiera que la tenga retenida para preguntarle al menos si Dan está vivo o…
Dan está vivo, se dice con firmeza. Abre los ojos y observa la pulsera que adorna su muñeca, la única que alguna vez se puso por voluntad propia y no por imposición de su madre. El hilo está rígido y oscurecido por la sangre de Dan, y las conchas tienen manchas color vino que no se quitan aunque Rox frote. Por enésima vez, ruega a quien pueda oírla que Dan esté bien, que alguien lo encontrase, que siga vivo.
Se pregunta entonces si su hermano y sus padres estarán preocupados por ella. La respuesta es un sí inmediato y rotundo, y por un momento se imagina que es ella la que está con sus padres a salvo y Fred el que ha desaparecido. Se le encoge el estómago; ¿y si la matan y no vuelve a ver a su familia? ¿Y si no encuentran su cadáver? Se pasarán el resto de sus días buscándola en vano.
Entonces oye una voz al otro lado de la puerta. No, son dos voces. Ambas masculinas. Discuten. Rox intenta escuchar lo que dicen:
-¡Esto se está saliendo de madre!
-Mira, mocoso, cállate ya. Pensaba que sabías dónde te metías.
-¡Pero la están buscando! ¡Acabarán descubriéndonos!
-Ha pasado una semana y nadie la ha encontrado todavía. Sabes lo que quiero que hagas. Así que adelante.
-¡No pienso…!
-Te recuerdo que aceptaste hacer lo que dijera. Y, de todas formas, después de lo que has hecho, ¿qué más te da un delito más que menos?
-¡Pero me mandarán a Azkaban!
-Sólo si te descubren. Yo me encargo de eso.
Se escucha un suspiro resignado. Sin embargo, Rox no cambia de posición, sino que se queda donde está. No puede moverse, al menos todavía no. Ni siquiera se alegra de saber exactamente el tiempo que lleva ahí desde que alguien la agarrase del cuello y la estrangulase. Acaba de reconocer una de las dos voces como la de la persona a la que probablemente más detesta su hermano. Y, para ser sinceros, ahora ella también.
Paul McLaggen.
Roxanne aprieta los dientes con rabia. Sabía que era un asqueroso, cabrón, mezquino, malvado y capullo hijo de puta, pero jamás se hubiese imaginado que pudiese ser capaz de esto. Aunque, claro, piensa después con ironía, después de lo que le hizo a Eleonora, le debe de resultar fácil ignorar a su conciencia, si es que la tiene. Cierra los ojos, buscando alguna razón que explique por qué se ha aliado con… con el otro hombre, porque esa voz rasposa no la ha oído en su vida. El único motivo que se le ocurre es que quiera hacer daño a Fred utilizándola a ella. En caso de estar en lo cierto, Roxanne tiene que admitir que probablemente lo está consiguiendo.
Entonces, la puerta se abre, interrumpiendo el curso de sus pensamientos. Sin embargo, en lugar del habitual hechizo aturdidor, por ella entra McLaggen, aunque con sombrero, gafas de sol y perilla. La parte más temeraria de Rox se siente tentada de sugerirle un mejor disfraz, pero la muchacha está demasiado ocupada vigilando la varita que apunta hacia ella.
Rox no entiende el hechizo, pero una sensación de glorioso vacío se apodera de su mente cuando el rayo de luz le golpea el pecho.
Notas de la autora: Creo que no tengo nada que decir sobre el capítulo en sí… sólo que odio a McLaggen sin remedio. Casi tanto como adoro la canción del principio del capi.
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