Disclaimer: los personajes de Magi no me pertenecen. Son propiedad de Shinobu Ohtaka.

Parejas: Sinbad x Alibaba, Kouen x Alibaba.

Advertencias: Spoilers relacionados con el manga, YAOI, MPREG, alusión a violación.

ACLARACIONES: Esta historia contendrá partes fieles al manga, tanto diálogos como escenas, pero habrán ciertas modificaciones para su adaptación.


— Capítulo 25 —

El orgullo del Imperio Kou

El nudo en la boca del estómago y la palpitación en el pecho hicieron temblar a Alibaba y sentir que le fallaba la fuerza de las piernas. Dio un paso hacia Kougyoku con la urgencia de saber aquello que involucraba a Kouen, pero irrumpieron en la habitación con tal estrépito, que se vio interrumpido mientras Azahar corría asustado a esconderse tras sus piernas, mirando con recelo a los recién llegados.

—¡Su majestad! ¡Por favor mire esto! ¡Finalmente hemos pensado en un plan para voltear las cosas!

Alibaba reparó en la apariencia de quien corría hacia Kougyoku con rollos de pergamino entre los brazos y lo apuntó con el dedo.

—¡Ka Koubun! —exclamó.

El aludido se sobresaltó y también lo apuntó con el dedo, pero de manera despectiva.

—¡No me hables así, plebeyo! —protestó de manera infantil—. Además qué haces aquí. Deberías estar muerto.

—Tú también naciste como plebeyo, ¿sabes? —le recordaron dos de sus colaboradores que le seguían con otra ruma de pergaminos.

Ignorando las pesadeces de Ka Koubun, Alibaba cargó en brazos a Azahar y se involucró en la improvisada reunión.

—¿Cuál es el plan para voltear las cosas? —quiso saber. Atrás quedaba aquello que Kougyoku le pensaba decir de Kouen.

Ka Koubun le entregó una hoja y Alibaba la leyó de inmediato.

—¿Esto es…?

—¡Es una versión más poderosa de la ley que promulgamos hace dos semanas! —contestó Ka Koubun con el pecho inflado y la confianza en el rostro.

—¡¿Hace dos semanas?! —Alibaba lo miró sorprendido.

—Esto es mucho mejor que la ley que presentamos hace tres semanas —añadió Ka Koubun—. El país está al borde de la destrucción. Y estamos tratando desesperadamente de hacer algo al respecto.

—Ya veo... —Alibaba se mostró reflexivo mientras acomodaba a Azahar contra su pecho. Parecía incómodo alrededor de tantos extraños, por lo que se aseguró de mantenerlo seguro y tranquilo entre sus brazos hasta que se acostumbrara a la presencia de los demás—. Entonces a esto se refería cuando me dijo que presentaron muchos planes y luego se retiraron. Seguía desesperadamente una estrategia de prueba y error. Parece que están haciendo su mejor esfuerzo, pero...

Pensativo, Ka Koubun repasó el documento.

—¿Esto no es suficientemente bueno? —recapacitó preocupado.

—¡Maldición! —exclamó desesperado uno de sus ayudantes.

Kougyoku dio un paso al costado y se llevó nuevamente las manos al cabello.

—Y pensar que el Imperio Kou terminará así —sollozó angustiada.

Alibaba tuvo la necesidad de dejar a Azahar en el suelo y se acercó a ella.

—¡Está bien, Kougyoku! —le dijo, apoyando una mano sobre su hombro—. Porque no es como si no quedara nada en el Imperio Kou.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Ka Koubun con incredulidad.

Con una sonrisa radiante en los labios y convicción en la mirada, Alibaba apoyó ambas manos en sus hombros.

—¡Déjamelo a mí!

Su cara rebosante confianza y sus palabras llenas de esperanza tranquilizaron a Kougyoku. Sabía que con Alibaba de su lado, el Imperio Kou tenía la posibilidad de resurgir. Por la memoria de Kouen y sus hermanos, juntos le devolverían a Kou el orgullo que merecía y que Sinbad le había arrebatado.

.

.

.

No fue sorpresa que la fuga de Alibaba desde Parthevia llegara a oídos de la Alianza Internacional y lo catalogaran como un infractor de la ley. En cuestión de horas los altos mandos a cargo desplegaron grupos de búsqueda para encontrarlo y llevarlo ante la corte internacional de la alianza bajo los cargos de secuestro. Sin embargo, Sinbad no presentó cargos ni mostró intenciones de querer hacerlo, por lo que la búsqueda y persecución se suspendieron; después de todo, Alibaba era la pieza clave para encontrar a Aladdin, y mientras estuviera libre existiría una posibilidad de dar con su inalcanzable paradero.

Luego de una tediosa reunión en las oficinas centrales de la compañía de comercio de Sindria, Ja'far y sus funcionarios le entregaban a Sinbad un reporte de la suspensión de la búsqueda de Alibaba, además de un informe financiero sobre la deuda de Kou.

—La fecha límite de la deuda del Imperio Kou es dentro de un mes. Y quizá les sea imposible reembolsarla —señaló Ja'far, viéndole con seriedad—. Esta sería la primera vez que un país tan grande como Kou se va a la banca rota desde el establecimiento de la alianza internacional. ¿Qué harás, Sin? Quiero decir... presidente.

Con la vista fija en el paisaje y ajeno a la pregunta de Ja'far, la mente de Sinbad se encontraba divagando en su decisión de haber permitido que Alibaba escapara con Azahar. ¿Había hecho lo correcto? ¿No era acaso un arma de doble filo el dejar que buscara a Aladdin y se reencontrara con él? Por el informe portuario de la flota de dirigibles, Alibaba había abordado uno con rumbo a Rakushou, y eso significaba una sola cosa: tarde o temprano se enteraría de la verdad.

—Déjenos a solas —pidió Sinbad de manera ausente a los asistentes de Ja'far. Una vez que quedaron solo, dejó los misterios y su ensimismada actitud—. No te preguntaré por qué lo ayudaste a escapar.

—Ya sabes la respuesta —dijo Ja'far sin vacilar—. Si quieres aplicarme un castigo por eso, lo aceptaré.

—No hace falta —contestó Sinbad sin voltear a verle.

Ja'far frunció el ceño y tensó los hombros. La actitud displicente de Sinbad no le gustaba... desde hacía tiempo. Actuaba ajeno al Sinbad que conocía, y el escape de Alibaba solo corroboraba sus preocupaciones, como si en el fondo hubiera estado deseando en silencio que escapara con Azahar.

Se preguntó el motivo, y a su mente vino una sola respuesta.

—¿Harás que lo traigan de regreso? —se atrevió a preguntar—. Sabes que está en Rakushou.

Sinbad negó tranquilo.

—Por el momento dejaré que se quede allá.

—Pero... eso significa que descubrirá la verdad.

—Es un riesgo que correré.

Ja'far suspiró resignado. Sinbad no había cambiado, seguía envuelto en sus misterios y motivos personales para llevar a cabo las cosas.

—¿Y qué piensas hacer respecto a la deuda de Kou? —preguntó curioso.

Sumido en sus cavilaciones, Sinbad se animó contestarle, pero el aparato que usaban en la actualidad para comunicarse sonó. Su rostro se ensombreció al ver que se trataba de Kougyoku.

Contestó de mala gana y saludó.

—Sí, ¿princesa Kougyoku?

—¡OYE SINBAD! ¡SOY YO, ALIBABA!

El grito ensordecedor que emitió Alibaba desde el otro lado lo sobresaltó al igual que a Ja'far.

"Grita mucho", pensó él mientras Sinbad se recomponía de su dolor de oído. Pero más le sorprendía el que Alibaba se comunicara luego de haber escapado. ¿Qué planeaba delatándose de esa forma?

—Alibaba, no necesitas hablar tan alto para hacer que funcione ese aparato —dijo de manera conciliadora.

—¡¿De verdad?! —exclamó Alibaba con fascinación desde el otro lado—. ¡Esta cosa es realmente increíble! Podemos hablar directamente desde Kou hasta Parthevia... Esto es aún más increíble que el "ojo del rukh". Inventaste tantas cosas sorprendentes mientras estuve muerto.

Sinbad aguardó en silencio. Confirmar de la propia boca de Alibaba que se encontraba en Kou despertaba un sentimiento de irritación que a duras penas contenía. Y el que se lo dijera con tal simplicidad y espontaneidad lo incordiaba aún más.

—Alibaba, ¿sabes en la posición que estás? La Alianza Internacional ya se enteró de tu escape con Azahar. ¿Por qué lo hiciste?

La respuesta tardó solo unos segundos en llegar.

—Él es un Ren, y unos molestos trámites burocráticos no tienen porqué ser un impedimento para que esté donde pertenece. —Hizo una pausa y añadió: —Así que mientras esperamos que salgan los papeles, él se quedará en Rakushou.

Los labios de Sinbad se tensaron y el aparato contra su oreja tembló en su mano.

—Como sea, no te llamo por mi escape —continuó Alibaba con ánimos renovados—. Si debo enfrentar a la Alianza Internacional lo haré. Ahora hay cosas aún más importantes.

—¿Más importantes? —Sinbad temió lo peor.

—¿No estás siendo cruel? —soltó Alibaba con tono de reproche.

—¿Cruel? —repitió—. ¿A qué te refieres?

—¡Si ves las cosas desde el punto de vista de Kou, debes admitir que Kougyoku está realmente preocupada por el dinero que te pidió prestado! ¡¿Acaso esto no es completamente diferente a lo que me dijiste?! ¡¿Dónde está la paz y la seguridad que dijiste que existiría en el mundo que tu creaste si un país como Kou está sufriendo por culpa del dinero?!

Ja'far lograba escuchar todo debido a los gritos de Alibaba que resonaban del otro lado del aparato de comunicación, y le sorprendía la forma en la que se dirigía a Sinbad y lo confrontaba sin miedo. A Sinbad en cambio no le sorprendía la manera en la que le hablaba. Era muy propio de él.

—Alibaba, de eso precisamente quiero hablar. Por favor pone a la princesa Kougyoku en la línea.

—¡Eres injusto! —masculló Alibaba, ignorando su petición.

—¿Injusto?

—¡Sí! Has creado un mundo donde el comercio controla todo, y luego te volviste el número uno en ese mundo... ¡¿Acaso eso no es de alguna forma... injusto?!

El rostro de Ja'far palideció y pensó por un momento en interrumpir la comunicación. Alibaba estaba presionando peligrosamente a Sinbad.

—¡El imperio Kou es pobre en comercio! —continuó Alibaba de manera insistente—. ¡Solo piensan en la guerra!

—¿Estás diciéndome que preferías el anterior mundo lleno de guerras? —espetó Sinbad molesto—. Primero que nada, cree un mundo pacífico donde las guerras pueden ser controladas por el comercio, y luego...

—¡Eso no es lo que trato de decir! —le interrumpió Alibaba enfadado—. ¡Te estoy preguntando si este es un mundo donde todos pueden estar orgullosos de ellos mismos, y al menos tener la oportunidad de vivir una vida equitativa, con una sonrisa en sus rostros!

Sinbad enmudeció, mientras que Ja'far no podía cerrar la boca debido a la impresión que no lo dejaba.

—¡No creo que este mundo sea equitativo! —insistió Alibaba—. ¡¿Sabes qué clase de país es el Imperio Kou, Sinbad?!

Del otro lado del salón, Ka Koubun lo miraba despectivamente al creer que era el menos indicado para hablar de un país que ni siquiera conocía. Qué más daba si había sido pareja de Kouen y le había dado un heredero al trono del Imperio, él era un intruso que no merecía siquiera pisar Rakushou.

—¡El imperio Kou era un país sostenido por el militarismo y la esclavitud! —exclamó Alibaba—. ¡Los únicos que sabían vender cosas y dividir los trabajos entre las personas eran los que estaban en el gobierno!

El rostro de Ka Koubun se desencajó.

—¡Y aun así, los ciudadanos de pronto fueron arrojados a un mundo donde el comercio importaba, y se confundieron! ¡Como prueba, ni una sola compañía de comercio que desarrolle alguna idea revolucionaria ha nacido en todo el Imperio Kou! ¡Además, por la migración abierta, los ciudadanos pueden fácilmente ir de Kou a Parthevia o Reim! ¡Es un ciclo vicioso!

—¡¿Él entiende el estado actual de Kou de forma tan precisa?! —exclamó Ka Koubun, aún sin creerlo.

Kougyoku por su parte miraba a Alibaba y solo pensaba en lo difícil y doloroso que debía ser para él la falta de Kouen en estos momentos. Si estuviera en su lugar no se creía capaz de soportarlo, pero lo veía y solo percibía determinación y valor. ¿Cómo era posible que su compromiso y amor fueran tan fuertes?

Entreabrió los labios pero no pudo hablar. Le remordía la conciencia mantenerlo engañado, pero no tenía el valor de decirle la verdad. No ahora.

—¡Todos los soldados de Kou perdieron su trabajo simultáneamente, y Kou ni siquiera tiene atracciones turísticas! —continuó Alibaba exaltado—. Con los movimientos de liberación pasando simultáneamente, puedes ver el fracaso de Kou justo frente a tus ojos. ¡Deberías darte cuenta de de todo esto! —Empuñó la mano. —¡Sinbad, has desafiado a ambos, a Kougyoku y a Hakuryuu a una pelea que sabías que ganarías desde el inicio! ¡¿No crees que es cruel e injusto que un rey como tú le haga algo así a un gobernante más joven?! ¡¿Cómo no te das cuenta de lo que has hecho?!

Durante todo el arrebato de Alibaba, Sinbad guardó silencio, hasta que decidió contestar.

—Alibaba —pronunció calmo—, suena como si... quisieras hacerme ver como el villano.

El aparato de comunicación tembló en la mano de Alibaba.

—¡¿Eso es lo único que te importa?! —masculló alterado.

Miró a su alrededor y se dio cuenta que se estaba dejando llevar por sus emociones. Azahar estaba allí, presenciando todo, escuchando todo, y le veía asustado, como si fuera un extraño ante sus atemorizados ojos. Sinbad era capaz de llevarlo a los extremos y sacar lo peor de su personalidad, por lo que respiró hondo y se calmó.

—No estoy diciendo eso —continuó tranquilo—, eres una persona increíble. Lograste crear un mundo pacífico. Nadie más pudo lograr algo así, pero ¡tú lo hiciste, Sinbad! ¡Y no hay nadie en este mundo que pueda hacer las cosas de las que tú eres capaz! —Una sonrisa radiante abordó sus labios. —Y por esa razón... ¡quiero que seas más bondadoso con las personas a tu alrededor!

Ja'far miró a Sinbad y advirtió su reacción y la expresión de su rostro: sonreía.

—No te preocupes —contestó—, tengo un plan para ayudar a los países que se van a la banca rota. —Amplió su sonrisa. —Deja el Imperio Kou en mis manos.

Una pequeña risa se escuchó del otro lado.

—Esa no es la amabilidad de la que hablaba —le corrigió Alibaba—. No tienes que hacer todo, porque el Imperio Kou tiene que ser salvado usando su propia fuerza. Así que ¡por favor retrasa la deuda por un año!

—¡¿Qu-qué dijiste?! —Sinbad saltó desconcertado.

—Por favor, congela los intereses también —pidió Alibaba.

—Alibaba, eso es un poco...

—¿No estás siendo un poco mezquino para alguien que tiene un edificio tan ridículamente grande?

—No es eso. —Sinbad intentó justificarse, pero se dio cuenta que no tenía argumentos convincentes. —No puedo darle facilidades solo al Imperio Kou. Entiendes eso, ¿no?

—Por favor, dale un trato especial —insistió Alibaba—. Estoy pidiéndote personalmente un favor.

—¿Un favor dices?

—Tú me dijiste que en el pasado, mi padre te mostró en detalle cómo manejar una compañía de comercio y un país, ¿cierto?

—S-sí...

Sinbad de pronto sintió que Alibaba lo había empujado a un juego del que no se había enterado. Poseía una habilidad muy singular para arrastrar a las personas sin parecer arrogante ni peligroso, y él había caído ingenuamente al subestimarlo.

—Entonces deberías comportarte del mismo modo con el hijo de mi padre —continuó Alibaba—. Así que por favor, ¡dame un trato especial, como si fuera tu hijo también!

Todos los presentes en el salón quedaron boquiabiertos por tan inesperada y descabellada petición. ¿De qué más era capaz Alibaba para conseguir lo que quería? ¿Cómo podía decirle algo así a Sinbad después de todo lo que había pasado entre ellos?

—Alibaba. —Sinbad se sintió de pronto incómodo y se le apretó la boca del estómago. —Sabes que eso no es posible; no después de lo que vivimos.

—Entonces —dijo Alibaba—, por lo que alguna vez tuvimos, cumple mi petición.

Ja'far había logrado escuchar perfectamente, y solo procuró aguardar expectante por la respuesta de Sinbad, confiando que le podría fin al juego absurdo de Alibaba, pero se descompuso cuando le escuchó decir:

—E-está bien...

—¡Muchas gracias! —exclamó Alibaba con entusiasmo—. ¡Tal como esperaba de ti! Entonces eso es todo por hoy, ¡nos vemos después!

—Espera —le atajó Sinbad antes que cortara—. ¿Cómo está?

Alibaba supo a qué se refería y solo pudo sonreír y mirar a Azahar, que permanecía de pie a su lado, expectante y curioso. En ese momento tenía que dejar a un lado las diferencias políticas y comerciales que lo colocaba en un bando contrario al de Sinbad, porque su vínculo con Azahar era demasiado importante como para privarlo de cualquier contacto con él.

Suavizó su semblante y contestó.

—Él está bien. Ha preguntado por ti.

El rostro de Sinbad se relajó y esbozó una sonrisa sincera. Escuchar de Azahar le transmitía un sentimiento que rebosaba su corazón y sus pensamientos. Era una emoción que no experimentaba con nada ni nadie. Ni siquiera sus logros tras la guerra civil de Kou ni a lo largo de su reinado en Sindria se comparaban al regocijo que sentía cuando estaba con Azahar.

La primera vez que lo vio y sostuvo en sus brazos, supo que estaba destinado a cuidarlo, y cuando quedó a su cargo en poco tiempo se había convertido en lo más valioso e importante de su vida. Ni su reino, ni su puesto en la compañía de comercio, ni siquiera su inmensa fortuna y poder podían compararse a la sonrisa de Azahar, a su mirada llena de inocencia y su amor infinito que le transmitía con sus abrazos o sus gestos que le recordaban inevitablemente a Alibaba.

—Tengan cuidado con la corte de Alianza Internacional —pidió—. Aunque les pedí que no te buscaran, no dudarán en apresarte y quitártelo si los encuentran.

—No te preocupes —contestó Alibaba con tranquilidad—. Sé cómo defendernos.

El llamado finalizó y Sinbad quedó pensativo mientras se rascaba la cabeza después de aquella extraña conversación. La deuda de Kou había sido postergada de una manera muy poco sensata, pero finalmente se había hecho. Alibaba había conseguido lo que nadie pudo durante estos tres años que se estableció la Alianza Internacional.

Del otro lado de la habitación, Ja'far intentaba comprender la reacción de Sinbad y el motivo real por el que había accedido a la petición de Alibaba. Después de tres años, su amor por él estaba ahí, más vivo que nunca. ¿Pero era realmente amor lo que sentía o era su ego herido el que hablaba a través de sus acciones? Ja'far se apegaba a la idea de que Sinbad amaba a Alibaba, pero se había dado cuenta muy tarde de ello, y ahora solo pagaba las consecuencias. Alibaba por otro lado había demostrado lo mucho que había cambiado. Siempre fue bueno leyendo la forma de hacer las cosas de las personas, pero nunca había usado esa habilidad para negociar. Mucho menos para manipular a Sinbad. Con ello solo demostraba que su amor por él había muerto tres años atrás y que sus objetivos eran muy distintos a los que tenía antes de morir.

"¿Por qué le di mi consentimiento?", pensó Sinbad sin entender lo que había pasado.

—Oh, bueno, está bien —dijo en voz alta—. Además tengo una deuda con la princesa Kougyoku. —Miró a Ja'far y le sonrió, aún cuando Ja'far no le devolvió el gesto. —Le dejaremos hacer lo que quiera por mientras.

.

.

.

En el salón del palacio de Rakushou, los presentes miraban a Alibaba que, tras su llamado, cargó en brazos a Azahar y frotó su nariz con la suya en un gesto de afecto, compensando así su arrebato anterior y con el cual lo había asustado.

—¡Alibaba, tú...! —exclamó Kougyoku, acercándosele.

—No resolviste nuestro problema —señaló Ka Koubun aturdido—. ¡Solo extendiste la fecha límite por un año! —Miró a sus asistentes y señaló a Alibaba con un dedo acusatorio. —¡Qué sujeto tan despreocupado!

—Pero estuvo increíble. Nos salvó —contestó uno de sus asistentes.

—Sí, tiene unos extraños poderes de persuasión —añadió el otro.

—Cierto —opinó Kougyoku con fascinación—, habló como un comerciante que ha estado trabajando en negocios internacionales por años.

Alibaba, aún pendiente de Azahar, contestó a esas innecesarias adulaciones.

—Solo repetí lo que Budel me dijo ayer.

—¿Quién es Budel? —preguntó Ka Koubun confundido.

—Un comerciante que conozco.

Los presentes intercambiaron miradas con desconcierto.

—¡¿Le ganaste a Sinbad simplemente repitiendo las cosas que alguien te dijo?!

Sip. —Un pensamiento vino en ese instante a su cabeza. Dejó a Azahar en el suelo y se cruzó de brazos. —Es cierto, al final esto no resuelve nada. —Dio un paso hacia Kougyoku y apoyó las manos en sus hombros. —¡Kougyoku, déjame ayudarte a reconstruir este país!

—¿Ayudar, dices? —cuestionó uno de los asistentes de Ka Koubun.

—¿Qué relación tienes con Kou, aparte de ser el padre de su majestad Azahar? —espetó el otro.

—Y más importante —agregó el otro—, ¿no eres el anterior príncipe de Balbadd? ¿No deberías guardarnos rencor?

Alibaba negó con la cabeza.

—No se preocupen —contestó con tranquilidad—. No me importa eso. Además... esto no lo hago solamente por Kougyoku. —Con un gesto sutil se alejó de ella y regresó su atención a Azahar, quien agradeció la caricia que recibió en su cabeza con un abrazo alrededor de sus piernas. —Lo hago por Azahar... y por Kouen. Quiero que nuestro hijo se sienta orgulloso de la nación que su padre levantó y protegió con su vida.

Sus palabras hicieron que los ojos de Kougyoku se empañaran, y la necesidad de hablar con él antes de que los interrumpieran volvió a acometerle.

—¡Un momento! —exclamó Ka Koubun—. ¡Todas las políticas del Imperio Kou están en las manos del primer ministro! ¡O sea yo!

—¿Eres el primer ministro? —Alibaba se mostró sorprendido.

—Tengo todo el poder político —le contestó él con orgullo—. Y no te dejaré hacer lo que quieras.

—Quiero dejar este asunto en las manos de Alibaba —le rebatió Kougyoku.

El rostro de Ka Koubun se descompuso.

—¡¿Eh?! ¡No quiero! —exclamó, cruzándose de brazos.

—¿Por qué, Ka Koubun? —quiso saber ella.

—¡Soy mejor que él! —exclamó con enfado, señalando a Alibaba—. ¡Me niego rotundamente a tomar órdenes de este niño de origen dudoso que ni siquiera tiene una posición en nuestro gobierno!

—Pero fue la pareja del primer príncipe —le recordó Kougyoku—. Y claramente conoce la actual situación del país.

—¡Eso no es suficiente! —masculló irritado—. ¡No importa con quién haya estado o si es el padre de su majestad! ¡No es nadie! ¡Nadie!

Kougyoku frunció el ceño. La forma en la que Ka Koubun trataba a Alibaba no le parecía justa. Él no tenía ninguna responsabilidad con el Imperio y aun así quería darlo todo para ayudarlos. ¿Entonces por qué recibía ese trato tan desdeñoso y degradante?

¿Ka Koubun siempre fue así? ¿O quizá era ella la que había cambiado? Su visión del mundo y de las personas era frívola y distante, hasta que conoció a Alibaba. Él le había tendido las manos sin rencor y le había ofrecido su amistad sincera. Jamás percibió desprecio de su parte a pesar de ser parte del Imperio que le arrebató su país. Eso la había conmovido, y comprendió que alguien como Alibaba era único.

Él era su amigo.

Miró a Ka Koubun y tomó una decisión.

—Entonces, a partir de ahora, Alibaba será el primer ministro.

—¡¿Ehhhh?! —Ka Koubun se arrojó al suelo. —¡Noo, por favor noo! ¡Todo menos eso!

—Nada de reproches —le dijo Kougyoku con seriedad—. ¡Él será primer ministro y tú serás su consejero!

Sus asistentes se soltaron a reír.

—¡Haz tu mejor esfuerzo, consejero Ka Koubun! —bromeó uno.

—¡Así es, consejero! —se burló el otro.

—¡Bastardos! —chilló él, arrojándose sobre ellos para golpearlos.

Alibaba estaba sorprendido por la decisión de Kougyoku, pero si era lo que ella quería, cumpliría a cabalidad su deseo y se aseguraría de no decepcionarla.

—Haré lo que sea por Kou hasta el final —dijo Kougyoku—. ¡Mis hermanos me dieron este país! ¡Y lo protegeremos con todas nuestras fuerzas!

—Su majestad...

Alibaba la miró con orgullo, sintiéndose parte de ese especial momento.

—Está bien, ¡vamos a hacerlo! —exclamó.

—¿No tienes alguna idea? —preguntó Ka Koubun, aún desconfiado y fastidiado.

—No.

Su sinceridad alarmó a todos.

—¡¿Qué piensas hacer entonces?!

Miró a Azahar y volvió a acariciar su cabello.

La respuesta era obvia.

—¡Primero tengo que aprender todo sobre este gigantesco Imperio!

.

.

.

Los ahora, asistentes de Alibaba, lo guiaron a una de las habitaciones del palacio donde se apilaban los cientos de documentos del Imperio. Desde la geografía de cada región, estadísticas de la población e industrias, hasta el ejército y el sistema judicial.

—Y hay otras veinte habitaciones más como esta —comentó uno de sus asistentes.

—¿Realmente vas a leer todo lo de estas habitaciones, primer ministro? —preguntó el otro.

Llevando de la mano a Azahar, Alibaba recorría el lugar y miraba con fascinación los estantes que llegaban hasta el techo.

—Pienso que para idear un plan, primero necesito entender la situación actual —contestó sin quitar la vista de los libros.

Se detuvo frente a uno de los estantes y, tras soltar a Azahar, trepó por una escalera hasta la repisa más alta.

—Pero Alibaba, ¿no se supone que ibas a buscar a Aladdin? —preguntó Kougyoku que le seguía un par de pasos más atrás.

—Sí, es solo que Yunnan, Sinbad, e incluso tú dijeron que no tienen idea de dónde está —contestó, bajando con un montón de pergaminos mientras Azahar correteaba alrededor mirando con gran interés los pergaminos apilados.

Kougyoku esquivó la mirada con el ceño fruncido y guardó silencio.

—Además, llegué al Imperio Kou en un momento como este. —Dejó los documentos sobre una mesa y les echó un pequeño vistazo. —No es que pueda simplemente ignorar la situación y marcharme como si no me importara. Y tengo el presentimiento de que será más fácil que Aladdin se dé cuenta que estoy por aquí si hago todo lo que pueda por el Imperio.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Kougyoku con preocupación.

—¡Hmp! No es como si pudieras tener éxito siendo primer ministro solo usando tu intuición —masculló Ka Koubun con desagrado.

—Llegará la fecha límite del pago antes de que termines de leer todos estos documentos ¿sabes? —indicó uno de los asistentes, señalando los muebles con los textos que abarcaban del suelo al techo.

—Heh, ¡no puede hacerlo! —soltó Ka Koubun con soberbia—. No eres nada más que un extranjero ignorante sin experiencia en cómo administrar un país, y sin relación con el Imperio Kou. Incluso si fuiste pareja de su majestad el primer príncipe Kouen, eso no te da derecho a nada. Legalmente no eres nada de la familia. ¡Y es engreído presumir que puedes darnos una mano después que pasamos tres años frenéticamente buscando una solución!

—Ka Koubun, ¡No necesitas decir todo eso! —le reprochó Kougyoku—. Alibaba fue más que la pareja de mi hermano Kouen. Él renunció a todo para unirse al Imperio tres años atrás. —Miró a Alibaba. —Por favor Alibaba, no le hagas caso. Tú eres muy importante.

—No te preocupes —dijo él, encogiéndose de hombros—. Es cierto que no soy nadie en el Imperio, pero... —. Cerró los ojos y, tras abrirlos, activó su poder. —Aun así... ¡quiero hacerlo!

En ese momento la habitación se tiñó de negro y pareció entrar en una dimensión completamente diferente. Pero él se sentía cómodo allí, como si su conciencia recordara su estancia en el otro mundo, por lo que comenzó de inmediato a leer a una velocidad inhumana, que los presentes ni siquiera fueron capaces de seguirle el ritmo ni la forma en la que dejaba a un lado todos los pergaminos que leía en un parpadeo.

—¡¿Cómo puede leer tan rápido?!

El nuevo poder con el que había vuelto también podía usarlo para algo así. Era una habilidad sorprendente y peligrosa si quería usarla contra sus enemigos. Pero más allá de eso, a Alibaba solo le importaba ayudar, y si bien era cierto que no sabía nada sobre el gobierno de Kou...

"¡No es como si no tuviera nada que ver conmigo!", pensó. "Les debo mucho, a Kougyoku y a Hakuryuu. Por lo tanto... ¡lo haré! Lo haré por ti, Kouen".

—Waa, cielos. ¡No tenemos opción entonces! —exclamó Ka Koubun.

.

.

.

Durante dos semanas, Alibaba leyó todos los documentos que le permitieron idear un plan que salvara al Imperio de la quiebra absoluta. Día y noche, sin descanso alguno, adquirió el conocimiento necesario para el plan perfecto que levantara a Kou. Lo único que lamentaba era el descuido al que se vio expuesto Azahar, quien durante esas dos semanas reclamó su ausencia y falta de atención sobre todo por las noches, cuando le pedía entre lágrimas y rabietas que le contara una historia antes de dormir y que se quedara a su lado.

Pero a pesar de esos incómodos momentos, él entendió que su papá estaba realizando algo importante. Le llamaba poderosamente la atención verlo sentado tras montañas de pergaminos y libros mientras todos le mostraban respeto y admiración, y por eso quiso imitarle. Los textos del Imperio le resultaban divertidos con sus llamativas ilustraciones y escritos que para él eran ilegibles. Aun así quiso hacer lo mismo que Alibaba en un intento por ayudarle y demostrar que era igual de fuerte e inteligente que él.

Kougyoku y Alibaba no tardaron en darse cuenta de ello al descubrirlo un día sentado en medio de la biblioteca mirando concentradamente un pergamino como si lo entendiera, y solo pensaron que era igual a Kouen con su fascinación por los libros.

"Estoy segura que aprenderá a leer mucho antes de lo que corresponde", comentó Kougyoku una noche cuando lo vio intentando imitar el texto de uno de los pergaminos que explicaba los beneficios de la milicia en la economía. Para Alibaba en cambio era un motivo más para pensar que estaba haciendo lo correcto al permanecer en Rakushou y darle a Azahar el hogar que merecía.

Pasada las tres de la tarde de esas dos semanas de intenso trabajo, Alibaba y los demás miraban sentados alrededor de una mesa el libro donde habían redactado el plan.

—L-lo logramos... —exclamaron rendidos y agotados.

—Nunca pensé que podríamos idear algo así —comentó apenas en pie uno de los asistentes.

—¿Qué piensas? —le preguntó Alibaba a Ka Koubun.

—Bueno... para ser honesto... también pienso que es nuestra única opción —dijo él, rascándose el mentón que dejaba ver una insipiente barba—. Dejo esto en tus manos, Alibaba, tú pensaste en esto después de todo.

Finalmente, tras dos semanas de convivencia e ideas compartidas, Ka Koubun reconocía a Alibaba como el indicado para salvar al Imperio. Al principio no podía aceptarlo, ni siquiera su presencia le agradaba ni sus absurdos idealismos, pero el día a día encerrados en esas cuatro paredes le permitió comprender el porqué Kougyoku lo consideraba tanto y confiaba ciegamente en él.

—No, no puedo hacer esto... —Alibaba se frotó el puente de la nariz y luego las sienes. Desde hacía días le dolía terriblemente la cabeza, y suponía que se debía por forzar tanto la vista. Sus poderes parecían tener un límite después de todo.

Dejó de lado sus malestares y miró a Kougyoku.

—Kougyoku, como emperatriz, eres quien debe darle valor y orden a las personas.

—¿Eh?

—¡Su majestad Kougyoku es la emperatriz! —le rebatió Ka Koubun—. No puede mostrarse en público. ¡No puede hacer un discurso público!

Alibaba se molestó y lo encaró.

—¡¿Realmente es el momento para discutir algo así?! —Miró a Kougyoku y se le acercó. —Quieres proteger el país de tu hermano, ¡¿no es así, Kougyoku?! —La tomó de las manos, visiblemente agotado. Estaba llegando a su límite. —¡En ese caso, tienes que ser fuerte y actuar en lugar de tu hermano! La única que puede lograr que este país y su gente vivan con orgullo... ¡eres tú, Kougyoku! ¡Eres todo lo que queda!

El escenario era complejo y Kougyoku estaba en una posición difícil, era la emperatriz, y por protocolo y tradición no podía mostrarse en público. Pero Alibaba tenía razón; ella era la única persona que podía encarar a su pueblo. Era la única que podía hacer algo.

—Lo haré —dijo resuelta.

—¡Princesa! —Ka Koubun intentó disuadirla.

—Ya no soy una princesa, Ka Koubun —le rebatió. Volteó a verle y le sonrió—. Gracias por llamarme así, para protegerme. Pero quizá al tomar ventaja de ti, huí de mis responsabilidades todo este tiempo.

—Eres el único que la llama princesa estos días, Koubun —le dijo con seriedad uno de los asistentes, sujetándole de un brazo—. Eso no es bueno.

.

.

.

Luego de coordinar los últimos detalles, Alibaba regresó a su dormitorio. Se sentía muy cansado y solo quería compartir un rato con Azahar. Sus deberes como primer ministro del Imperio lo tenían completamente desconectado de su rol de padre. Lo lamentaba terriblemente, pero confiaba que el sacrificio traería buenos resultados.

Ingresó al dormitorio casi arrastrando los pies, pero se animó cuando vio a Azahar tendido en el suelo con unos crayones y unas hojas regadas a su alrededor. Desde que iniciaron sus trabajos en la biblioteca, Azahar había desarrollado ese gusto en imitarle, por lo que le resultaba divertido verle intentando escribir aunque su caligrafía fuera solo compuesta por garabatos ilegibles.

—¡Mira papá, mira! —le dijo mientras le enseñaba sus últimas creaciones.

Alibaba prestó atención y se dio cuenta que no eran escritos; más bien era una representación de ambos bajo un día soleado, pero lo que más le llamó la atención fue lo que había dibujado alrededor.

—Azahar, ¿qué es eso? —le preguntó señalando la hoja.

—pío-pío —contestó simple.

—¿Pío-pío? —repitió—. ¿Te refieres a pájaros?

Azahar asintió.

Alibaba los miró en detalle y estaba seguro que aquello no eran pájaros. Era rukh. ¿Acaso Azahar podía ver el rukh? Su mente hizo memoria y recordó que en más de una ocasión lo había visto perseguir algo en el aire y que resultaba invisible para los demás. Azahar quizá podía verlo creyendo que solo eran aves de luz que revoloteaban a su alrededor. ¿Pero era posible?

Se frotó el puente de la nariz y resopló agotado. Su dolor de cabeza persistía y prefirió no pensar en algo que ahora no tendría respuesta.

—¿Qué te parece si nos damos un baño? Papá se siente muy cansado y ya apesta un poco.

Azahar soltó una carcajada y asintió al entusiasmarle la idea.

Después de eso cenaron algo ligero y solo cuando Azahar se durmió, poco después de las diez de la noche, Alibaba descansó en la terraza. La vista desde su habitación ubicada en el tercer nivel del palacio era privilegiada: daba hacia los jardines, y le recordaba inevitablemente los del palacio de Balbadd, cuando pasaba las tardes en compañía de Kouen. Fueron tantas las ocasiones en las que compartieron y vivieron su amor en aquel lugar, que podría pasar la noche entera sumido en los recuerdos y llenarse de ellos.

El viento sopló fresco contra su rostro y cerró los ojos. Agradecía tanto estar allí, con Azahar durmiendo al otro lado de la habitación, con un plan para salvar a Kou en sus manos y la certeza de que todo saldría bien si seguía su intuición, que no deseaba estar en ningún otro lugar en ese momento. Antes jamás hubiera siquiera imaginado que terminaría involucrado en la política del Imperio más fuerte del mundo y con el título de primer ministro. Su vida ahora era muy distinta a como la había imaginado y a como lo era antes de morir, incluyendo además su decisión sobre el futuro de Azahar.

Fueron muchas las ocasiones en las que discutió con Kouen sobre lo que sucedería con la posición de Azahar en el Imperio. "Él no pertenece a Kou. ¡Es de Balbadd!" le repitió una y otra vez al creer que contra menos contacto tuviera con el Imperio más seguro estaría de la amenaza de Al-Thamen. Pero ahora estaba convencido que el hogar de Azahar era Rakushou, junto a su único pariente cercano, Kougyoku. Miró casual al interior del dormitorio y se cuestionó el por qué había cambiado de parecer. ¿Qué le había llevado a pensar que lo mejor era que Azahar se quedara en Rakushou y no en Balbadd?

De pronto la escena de su llegada al palacio dos semanas atrás acudió a su memoria, cuando los guardias que intentaron detenerle reverenciaron a Azahar cuando lo reconocieron y se refirieron a él como "su majestad". ¿No se suponía que Hakuryuu le había quitado su título de príncipe? ¿Por qué entonces desde que llegaron Azahar era tratado como un miembro de la familia Imperial?

Volvió la vista al paisaje frente a sus ojos y se concentró en él esperando que el dolor de cabeza que lo venía aquejando desde hacía dos semanas desapareciera al fin. Su poder claramente tenía un límite que había sobrepasado irresponsablemente, pero se sentía contento por haber logrado con él algo importante. Qué más daba una migraña si tenía en sus manos una oportunidad para el Imperio.

Se frotó las sienes y reclinó la cabeza en el respaldo del sillón en el que descansaba.

—Vas a estar orgulloso del Imperio Kou —pronunció casi en un murmullo—. Ya lo verás Kouen. Ya lo verás...

Curvó los labios apenas en una sonrisa y sintió que la vista se le empañaba al tiempo que algunas lágrimas bañaban sus mejillas. La sombra del dolor seguía presente en su corazón y no le permitía ser cien por ciento feliz. La ausencia de Kouen lo ahogaba, y ver que todo a su alrededor se lo recordaba resultaba insoportable. Pero sería fuerte por él, levantaría el país que amó porque así lo deseaba. No iba a dejar que fuera absorbido por Sinbad y su Alianza Internacional. Kouen jamás lo hubiera permitido, y él tampoco lo haría. Estaba seguro que el plan que idearon para traer de vuelta el poder de Kou daría resultado.

Aunque una semana atrás parecía algo descabellado e imposible...

—¡¿Quiere revivir el ejército imperial de Kou como una compañía de comercio?! —exclamó uno de los asistentes.

—¡¿Perdió la cabeza, primer ministro?! —exclamó otro.

—Solo Alibaba está bien —pidió al no sentirse cómodo siendo llamado con tanta formalidad—. Y sí, después de leer los documentos, entendí que el arma de este país es su ejército. Es exactamente ese ejército, el más fuerte del mundo que conquistó al continente entero, el que tiene la posibilidad más alta de ayudarnos a competir con Parthevia y Reim.

—¡No puedes hacer eso! —le rebatió Ka Koubun.

—¿Por qué no? —quiso saber Alibaba.

—El ejército ha sido prohibido por la Alianza Internacional —explicó—. Lo único que podemos tener son débiles "cuerpos de defensa". El Imperio Kou ya no puede entrar en guerras.

—No pelearemos una guerra —señaló Alibaba negando con la cabeza—. El nuevo ejército nacional del Imperio Kou será una organización pacífica. Solo imagínenlo. Todas las técnicas de producción usadas para producir incontables armas, la experiencia de transportar bienes militares, la experiencia de administración... Todo lo que el imperio Kou usó en tiempos de guerra... si ponen juntas esas habilidades en una compañía de comercio ¿qué creen que pasará?

Ni Kougyoku ni los demás supieron bien qué contestar.

—¡Produciremos bienes y comida en vez de armas! —expuso Alibaba con entusiasmo—. ¡Contrataremos como trabajadores a los incontables soldados que perdieron sus trabajos! De esa forma usaremos la cadena de comando que estaba establecida durante el tiempo en que el ejército era operativo. ¡El Imperio Kou será restaurado como una compañía de comercio! Si podemos hacer eso... ¡podemos hacer nacer a la compañía de comercio más grande del mundo con millones de trabajadores!

Su idea era tan inesperada como descabellada, que los presentes no supieron qué contestar.

—Bueno... tienes razón —dijo uno de los asistentes.

—Aún no ha habido una compañía de comercio tan grande en el mundo —señaló el otro—. ¡Sería incluso más grande que la compañía de comercio de Sindria!

—La Alianza Internacional nos prohibió los ejércitos, pero no las compañías de comercio después de todo —exclamó Kougyoku con entusiasmo—. ¡Tienes razón! ¡Sí podemos!

—¡No pueden hacer eso! —dijo Ka Koubun de manera tajante.

—¡Ka Koubun...! Cielos... ¡deja de estar de envidioso solo porque tomó tu posición, por favor! —le reprochó uno de los asistentes.

—¡No es eso, idiota! —masculló él—. Alibaba, no entiendes el orgullo de los soldados del Imperio Kou.

—¿Orgullo? —repitió curioso.

—Exacto, el Imperio Kou presume de su habilidad de ganar todo con su fuerza militar —contestó Ka Koubun con severidad—, y los soldados tienen orgullo en esa habilidad. —Entornó la mirada y vio a Alibaba con desprecio y enfado. —¡¿Y ahora quieres que sigan viviendo dejando sus espadas y se inclinen ante otros para poder ganar dinero?! ¡Ninguno de ellos elegiría convertirse en un vergonzoso comerciante!

Los presentes intercambiaron miradas y decidieron dar su opinión.

—Bueno, tiene razón —dijo uno de los asistentes.

—Realmente tampoco quiero ver a nuestra gente inclinando sus cabezas frente a otros por dinero —comentó otro.

Alibaba permaneció en silencio conteniendo la ira que las palabras de Ka Koubun habían desatado en su interior. No quería iniciar una discusión con él, pero no podía soportar la visión despectiva que tenía de los comerciantes.

La rabia se desbordó y estalló.

—¡¿Qué acabas de decir?! —masculló colérico, llamando la atención de todos—. ¡No se burlen de los comerciantes! —Golpeó la mesa que tenía a su lado con la palma derecha, haciéndola retumbar. —¡Este es un país que se hizo tan grande por tomar a la fuerza las cosas de los demás con su poder y amenazas, ¿cierto?! Pero piénsenlo... crear y producir bienes y servicios que hagan a otros felices e inclinar sus cabezas desesperadamente para poder venderlos... ¡Sólo traten de decirme qué parte es vergonzosa sobre ser comerciante!

Ka Koubun y sus antiguos asistentes temblaban intimidados por la fiereza con la que Alibaba les hablaba. Nunca lo habían visto así, pero parecía que habían tocado una fibra sensible en él. Después de todo, Alibaba fue el tercer príncipe de un reino cuyo eje principal era el comercio.

—En otras palabras —continuó Alibaba más calmado—, es la forma en que vayan alentando a los soldados lo que puede herir su orgullo. Tal como lo dijo Ka Koubun. ¡Tienen que motivar a las personas del Imperio Kou en una forma que sea apropiada con su cultura!

Los tres asintieron atemorizados.

—En esta era de comercio, nunca le irá bien a un soldado que no puede hacer nada más que blandir su espada. —Se llevó una mano a la espada que portaba en su cinto, recordando que alguna vez tuvo a Amon y también fue alguien que luchaba y blandía su espada para conseguir lo que deseaba. —Todos somos adecuados para algo —continuó—. Y aun así, cada uno de nosotros tiene problemas para darse cuenta de cómo vivir. —Miró a los presentes y esbozó una sonrisa. —No importa la era, quiero que las personas se conviertan en lo que quieran y vivan con orgullo.

Alibaba abrió los ojos tras terminar de recordar aquella situación y sonrió complacido. Estaba seguro que una vez que lograran devolverles la confianza a los soldados podrían establecer la compañía de comercio más grande del mundo. No esperaba grandes riquezas ni un reconocimiento por su idea; su único interés era sacar a Kou de la miseria y devolverle el poder que tanto los enorgullecía.

Se puso de pie y regresó al interior de la habitación. Azahar dormía profundamente, chupándose el dedo, pero apenas se acostó a su lado, su pequeño cuerpo se apegó al suyo y buscó su calor.

Complacido por ello, acarició su rostro y cepilló su cabello sin dejar de mirarle.

—Muy pronto verás el Imperio de tu padre nuevamente de pie —le dijo apenas en un murmullo. Besó su frente y frotó su rostro contra su cabello, respirando su dulce aroma—. Y cuando ese momento llegue, te sentirás orgulloso de ser un Ren.

Cerró los ojos y dejó que su mente lo llevara al día que Kou resurgía de sus cenizas y volvía a ser la nación que, sin proponérselo, se había convertido en su hogar.

.

.

.

Cuatro días después, una orden Imperial fue promulgada a cada lugar del Imperio Kou. Contenía un citatorio para todos los anteriores miembros del ejército imperial de Kou que quedaban dentro de la nación. El documento incluía a los cuerpos vigilantes que aún estaban activos y en servicio, y a todas las personas que se habían retirado del gobierno municipal.

La convocatoria reunió a un número incontable de personas en las afueras del palco imperial del palacio. Alibaba, con Azahar de la mano, miraba desde el balcón lo que sucedería a partir de ahora.

—Pon atención, Azahar —le dijo—. Ahora verás la fuerza de una nación levantándose tras una dura derrota. Conocerás el verdadero poder del Imperio Kou.

Azahar observó expectante pero sin comprender del todo. Solo podía percibir una enorme energía en el ambiente que le hacía sentirse ansioso, como si esperara que algo sorprendente sucediera frente a sus ojos.

Los soldados reunidos en los jardines murmuraban entre sí por la expectación que generaba la aparición de Kougyoku por primera vez ante ellos. Muchos jamás la habían visto, y conocerla era toda una revelación que parecía presagiar algo que los inquietaba debido a la situación actual del país.

—Silencio —ordenó tajante Kougyoku tras mostrarse en el palco Imperial—. ¿Mis soldados son tan débiles que pierden la compostura tan solo con mirarme?

Un silencio rotundo se dejó sentir en el palacio y todos miraron con atención.

—¡Escuchen! —gritó ella—. ¡En este momento el Imperio Kou está al borde de una crisis sin precedentes, específicamente la disolución del país! ¡¿Saben por qué?! —Los presentes miraron conteniendo el aliento—. ¡Porque el Imperio Kou está perdiendo una nueva clase de guerra!

Tal acusación estremeció a los soldados.

—Probablemente pensaron que la guerra ya había terminado, ¿cierto? Se equivocan —afirmó—. Abran los ojos... ¡La guerra está lejos de terminar! ¡De un conflicto basado en el poder militar, ha cambiado a un nuevo campo de batalla llamado economía! ¡Cambió de forma, pero aún está en curso! ¡Y estamos perdiendo esta batalla! Los recursos de nuestra gente están siendo arrebatados en formas que son difíciles de ver, Reim, Parthevia y Sinbad... ¡NOS HAN INVADIDO!

Su declaración removió algo dentro de los soldados, que aguardaban por ese algo que encendiera finalmente la chispa que se había apagado en sus corazones tras la guerra civil.

—Pero no pretendo dejar que las cosas terminen así —continuó ella—. ¡Si la guerra ha cambiado de forma, entonces tenemos que cambiar las armas y pelear! ¡Nuestras espadas en azadones, nuestra caballería se convertirá en barcos mercantiles, y nuestro ejército se convertirá en una compañía de comercio! ¡Por lo tanto, restablezco el ejército del Imperio Kou como una compañía de comercio!

El anuncio finalmente llegó, y los presentes no pudieron creerlo. ¿Acaso esa era la idea para sacar a flote al Imperio? Parecía absurdo, irracional e imprudente, pero si habían agotado todos los recursos para salir de la crisis, esta debía ser la última medida desesperada que podía brindar una pequeña luz de esperanza.

—La organización militar robusta de la que nuestra nación está tan orgullosa —prosiguió Kougyoku con su puño derecho fuertemente cerrado hacia sus soldados—, la cadena de mando, nuestra tecnología para desarrollar armas y magia se convertirán en armas para entrar a este nuevo campo de batalla... ¡Para gobernar al mundo!

—¿Gobernar... al mundo? —Algunos soldados parecían confundidos y temerosos, pero la pasión con la que hablaba Kougyoku les hacía sentir que poco a poco sus corazones volvían a latir y tomaban conciencia de la realidad. No había espacio para las dudas ni inseguridades. Era el momento de levantarse con la frente en alto y tomar el control del mundo una vez más.

—¡Soy una guerrera de la familia Ren! —exclamó Kougyoku con poderío—. ¡Y nunca me arrodillaré ante mis enemigos! ¡Mis soldados! ¡Peleen! ¡Muéstrenme su fuerza! ¡Usen todo su poder, por su orgullo y para proteger este país!

—¡Viva su majestad! —exclamó uno de los sirvientes, y al unísono todos vitorearon.

—¡Viva la emperatriz! ¡Viva!

—¡VIVA EL IMPERIO KOU! —gritó Kougyoku, y el rugido de los soldados que se escuchó por todo el patio del palacio en respuesta fue ensordecedor.

En ese momento, Alibaba, que presenciaba todo desde el balcón un par de pasos más atrás de Kougyoku, notó de pronto que la mano de Azahar le apretaba con fuerza. Bajó la vista y notó que su expresión había cambiado. No había temor ni confusión; parecía entender y sentir la pasión de Kougyoku en su interior, como si su sangre gritara en sus venas y le impulsara a vibrar en sincronía con todos.

Sus labios esgrimieron una sonrisa colmada de satisfacción y orgullo, y volvió la vista al frente con la sensación de que había hecho lo correcto al permitir que su hijo fuera parte del momento en que el Imperio al que pertenecía se levantaba. Tal vez era muy precipitado enseñarle algo tan complejo y delicado siendo aún pequeño, pero sabía que Azahar entendía, y aunque no lo hiciera, era una lección importante que le permitiría conocer y experimentar el valor e importancia de una nación unida luchando por un objetivo en común.

Ka Koubun miró a Kougyoku y se dio cuenta que temblaba. Le preocupaba, pero finalmente comprendió que Alibaba había hecho lo correcto al alentarla. Habían conseguido levantar la voluntad de los soldados.

Habían logrado lo imposible.

.

.

.

Al poco tiempo, los soldados que alguna vez empuñaron sus espadas contra sus enemigos, ahora levantaban herramientas de agricultura para trabajar la tierra. Por honor a Kouen y sus hermanos, no dejarían que la tierra que unificaron se secara ante sus ojos. La trabajarían día y noche sin descanso hasta verla florecer. Viñedos, cultivos de arroz y berenjenas, entre otros, los soldados harían prosperar a Kou porque eran lo único que tenían para levantar sus cabezas con orgullo una vez más.

La propuesta de Alibaba estaba enfocada en producir comida. Muchas de las tierras del Imperio eran vastas y fértiles, y con una pequeña inversión y suficiente mano de obra podrían producir muchas cosas. La tasa de hambruna era baja, por lo que era posible convertir a Kou en un gran granero para el mundo entero. De esa forma, incluso Parthevia dependería de ellos y le pediría que les vendieran sus bienes.

—¡No pueden hacer eso! —Una vez más, Ka Koubun se opuso a las ideas de Alibaba.

—¡¿Aún sigues con eso, Ka Koubun?! —masculló uno de los asistentes.

—Ya intentamos eso —declaró—. Creamos una compañía de comercio que exportaba nuestros cultivos a otros países. ¡Y no fue rentable! —Alibaba lo miró. —¡Nuestra ubicación es mala!

—¿Ubicación? —cuestionó Alibaba.

Ka Koubun le señaló un mapa y le mostró lo que trataba de decir.

—¡Mira el mapa del mundo! Reim y Parthevia están en el centro del mundo, ya que están en el oeste significa que están lejos de Kou. Toma tiempo llegar hasta allá, y si tratas de llevar comida... ¡se pudrirá!

Alibaba entonces comprendió. ¿Cómo no pensó en eso antes? ¿Por qué recién ahora Ka Koubun lo decía?

—Es difícil pasar por la cordillera de Tenzan, la ruta por tierra es demasiado costosa —continuó Ka Koubun.

—¿Qué hay de las rutas marítimas? —preguntó Alibaba con seriedad.

—Eso no funcionará tampoco. —El anciano del consejo que se estableció en Balbadd y una vez humilló a Alibaba golpeando su frente contra el suelo habló. —Hemos perdido el comercio por el mar de Balbadd. Escaparon de nuestro control hace dos años con un movimiento de independencia.

Con una reverencia formal, propia hacia el primer ministro del Imperio, apenas era capaz de mirar a Alibaba. Le avergonzaba terriblemente inclinarse a quien alguna vez humilló en reiteradas ocasiones y le hizo sentir un intruso en su propio país. Ahora, esa misma persona a la que disfrutó ofender era el precursor del levantamiento de Kou, y no tenía el coraje para agradecerle todo lo que estaba haciendo por el Imperio después de cómo fue tratado en Balbadd.

Alibaba sonrió enorgullecido por Balbadd y miró fijamente al anciano.

—Tenían derecho a hacer eso —contestó con una sonrisa llena de orgullo y la vista fija en el anciano. Este solo asintió dándole la razón con cierta vacilación y temor por la forma en la que sus ojos le habían mirado.

—Parthevia, Artemyra, Heliohapt... todos los países principales de la Alianza de los siete mares están en el centro del mundo —señaló Kougyoku con seriedad y preocupación. —Kou y Kina nunca han sido considerados sus aliados desde el inicio.

Alibaba comenzó a pensar al respecto. Alguna idea tenía que ocurrírsele para salvar el dilema más importante de todos.

—¿Qué hay del transporte por aire? —quiso saber—. ¿El Imperio Kou puede hacer dirigibles?

—No —contestó el anciano—. Ese es un artículo que solo Sinbad puede producir haciendo uso de alguna técnica de magia de alto nivel en Magnostadt. Lo mismo va para los artefactos de comunicación —añadió—. Sinbad desarrolló ambos después que terminara la guerra civil de Kou. —Resopló molesto. —Comunicación y transporte... ya que la compañía de comercio de Sindria tiene tales tecnologías, fue capaz de obtener una posición sólida en el nuevo mundo.

Callado y reflexivo, Alibaba pensaba en el motivo por el cual Sinbad había desarrollado tales artefactos apenas terminó la guerra civil de Kou. En aquel entonces Magnostadt solo podía producir la "alfombra mágica". ¿Cómo entonces Sinbad fue capaz de crear un objeto volador tan extraordinario? ¿Acaso su conexión con David tenía algo que ver en esto?

Tuvo un presentimiento y tomó el artefacto de comunicación del Imperio.

—¿Qué piensas hacer, Alibaba? —quiso saber Ka Koubun cuando vio sus intenciones.

—No podemos hacer nada sobre lo que no tenemos —contestó—, pero nunca hace daño pedir ayuda...

—¿Eh? —Ka Koubun temió lo peor. —No irás a preguntarle de nuevo a...

La llamada conectó y Alibaba habló.

—¡Ah, Sinbad! ¡¿Podrías prestarme cien de tus dirigibles, por favor?!

—¡Tal como pensamos! —gritaron los asistentes—. ¡Le pidió un favor a Sinbad! ¡Es un descarado!

—Hola Alibaba —contestó Sinbad.

Alibaba escuchó bullicio de fondo.

—¿Estás en medio de una reunión?

—Sí, lamento el ruido —se excusó Sinbad—. Y sobre los dirigibles, debo negarme.

En ese momento se encontraba en una reunión donde los comensales elogiaban sus logros y buscaban asociarse. Él solo se dejaba agasajar.

—Alibaba, tú mismo lo dijiste ¿o no? Que el Imperio Kou debía ser salvado por su propia fuerza. Si eres capaz de actuar solo usando las cosas del Imperio, entonces la Alianza Internacional no interferirá en tus planes, pero ¿qué harás con los recursos que tienes a tu disposición?

—Se negó, eh... —murmuraron los asistentes al ver la expresión de Alibaba—. Esto es el fin.

Pero Alibaba pensó en algo y el rostro se le iluminó.

—"Recursos" eh... ¡Tienes toda la razón!

Sinbad no comprendió; menos cuando Alibaba le colgó repentinamente.

—Lo intenté pero era imposible después de todo —dijo Alibaba tras colgar la llamada—. Una forma de cargar bienes... —murmuró reflexivo—, sin confiar únicamente en Sinbad.

—¿Tienes un plan? —preguntó Ka Koubun.

Alibaba negó.

—Aún no, pero está bien. Hay tantas personas en el Imperio Kou. —Una amplia sonrisa le iluminó el rostro y sus ojos destellaron. —Y tengo el presentimiento de que ¡la persona que tiene la clave para resolver este asunto está ahí afuera, en algún lugar!

.

.

.

Alibaba estaba convencido que la persona que podría ayudar a Kou se encontraba no muy lejos de allí, en una remota isla donde solo el personal autorizado tenía el permiso de acercarse. Esa persona había sido alguna vez uno de los estrategas más reconocidos y responsable de muchas guerras ganadas, pero ahora era un exiliado sin títulos de nobleza ni poder.

—Koumei... —murmuró mirando el techo del salón en el que descansaba. Había sido un día lleno de reuniones y tensiones. Hablar con Sinbad tampoco había ayudado, porque si bien él era un líder innato, también era peligroso y mezquino. Y si se le acercaba demasiado podía poner en riesgo la salvación de Kou.

Dirigió la vista a una de las paredes de la habitación y se dio cuenta que allí alguna vez hubo una pintura. No le fue difícil suponer que por las necesidades económicas de Kou había sido vendido, así como muchas otras cosas del palacio. ¿A eso había sido reducido el Imperio que tres años atrás fue la nación más poderosa e invencible? Él había alcanzado a conocer el interior del palacio en sus años de abundancia y opulencia, y hoy le resultaba irreconocible. Alfombras percudidas, ventanas sucias, telas de araña en las esquinas de los techos y habitaciones completamente abandonadas y descuidadas eran solo una muestra de lo que el poder de Sinbad y la Alianza Internacional podían hacerle a un país al que siempre consideró su enemigo.

La ayuda de Koumei sin duda era urgente y necesaria, pero la Alianza Internacional lo había catalogado como un criminal de guerra junto con Kouha, y solo los barcos que les llevaban cosas para sus necesidades diarias tenían permitido ir y venir libremente. Él no podía poner un pie en esa isla o agravaría sus faltas llevando apenas unos cuantas semanas en el nuevo mundo. ¿Pero podía dejar que una ley así lo frenara? Sinbad no tenía jurisdicción en lo que él, en su calidad de primer ministro, hacía con la gente de Kou, porque él mismo le había dado la idea para completar la etapa final que daría el punto de partida a la compañía de comercio de Kou.

—Los recursos de Kou —murmuró repasando las palabras de Sinbad. Él le había ayudado indirectamente a llegar a esa resolución, y estaba convencido que Koumei era la respuesta. Él era el único que podía ayudar al Imperio en este delicado momento, por eso mañana partiría a primera hora en un barco rumbo a la isla Samon para pedirle su ayuda. No sabía lo que sucedería cuando lo viera; quizá una avalancha de emociones le haría soltarse a llorar o recibiría su odio por haber dejado a Kouen a su suerte y romperle el corazón poco antes de morir. Aun así estaba dispuesto a recibir sus insultos con tal de salvar Kou. Haría lo que fuera por el Imperio y así enmendar sus errores.

Tras un profundo suspiro se inclinó hacia adelante y se llevó las manos a las sienes. Le dolía mucho la cabeza. Desde que comenzó sus labores como primer ministro llevaba con la tensión a flor de piel. Tanto entusiasmo que le transmitía a los demás, pero en el fondo podía sentir una enorme presión oprimiéndolo. Tenía una gran responsabilidad en sus manos, y no sabía cómo manejarla sin tropezar ni poner en riesgo la estabilidad y la confianza que Kougyoku y los demás habían depositado en él.

Cerró los ojos en un intento por relajarse y en ese momento llamaron a la puerta. De inmediato, el rostro gentil de Kougyoku le saludó desde el otro lado del corredor.

—¿Aún despierto? —le preguntó mientras se le acercaba.

—No puedo dormir. No todavía —contestó. Kougyoku tomó asiento frente a él y se miraron—. ¿Crees que tenga problemas mañana cuando suba a la embarcación?

Kougyoku apretó los labios y guardó silencio.

—Mi hermano Koumei se pondrá contento al saber que estás con vida —contestó al fin. Esquivó la mirada y preguntó—: ¿Estás seguro que con su ayuda podremos utilizar la magia de hielo para transportar los productos?

—¿No es excelente idea? —comentó Alibaba con entusiasmo—. Ustedes dejan los vegetales en un lugar frío para que no se echen a perder ¿cierto? Si podemos congelarlos, deberíamos ser capaces de transportarlos por tierra o barco sin ningún problema.

Kougyoku pareció reflexiva al respecto.

—Aún no sé qué tan efectivo sea eso. La magia generalmente es estudiada para aplicarla en la guerra. Esta es una propuesta extraña. Pero estoy segura de que mi hermano Koumei te será de mucha ayuda. Él sabe todo al respecto.

—Espero lo mismo —murmuró Alibaba, bajando el rostro—. Quizá me golpee o me diga que no tengo derecho alguno a entrometerme en los asuntos del Imperio. Y no lo culparía.

—¿Por qué dices eso? —indagó preocupada.

—Por mi culpa Kouen está muerto.

Enmudecida, el rostro de Kougyoku se tensó y su mirada se ensombreció.

—El que el Imperio Kou esté pasando por estar crisis económica es mi culpa. Solo mi culpa. —Se llevó las manos al rostro y sus labios emitieron un lamento. —Todo esto es mi culpa. Si no hubiera hablado con Hakuryuu... —Apartó las manos del rostro y miró a Kougyoku. —Es por mi culpa de Kou cayó en la ruina.

—¡¿De qué hablas Alibaba?! —Kougyoku saltó de su asiento con el corazón acelerado. —¡Eso no es cierto!

—¡Lo es! —le rebatió alterado—. ¡Yo soy el responsable! Si yo no hubiera muerto, Kouen no... —Sacudió la cabeza y hundió nuevamente el rostro entre sus manos fuertemente empuñadas. —Si tan solo no hubiera enfrentado ese día a Hakuryuu. Si no hubiera sido débil... abandoné a Kouen cuando le prometí que nunca lo haría. Lo lastimé, lo traicioné. —Sus hombros se sacudieron y su voz se quebró. —Es mi culpa que Kouen esté muerto. ¡Es mi culpa! ¡Lo perdí por mi culpa y todos pagaron el precio por mi error!

Kougyoku tenía ganas de llorar. Necesitaba con urgencia decirle la verdad, ¿pero qué sucedería con Alibaba si lo hacía? ¿Cómo reaccionaría? Tal vez se sentiría traicionado y la odiaría por haberle mentido.

Entreabrió los labios dispuesta afrontar las consecuencias de su silencio, pero Alibaba la interrumpió cuando apartó nuevamente las manos del rostro y clavó su vista en ella.

—Por eso quiero ayudarte —confesó con una débil sonrisa—. Estoy en deuda con ustedes porque les fallé a todos, a Kouen, a mi hijo, a ti... incluso a Hakuryuu. Haré lo que sea para que Kou vuelva a ser el Imperio que enorgullecía tanto a Kouen y a ustedes. Incluso si tengo que enfrentarme a Sinbad y la Alianza Internacional, el Imperio Kou recuperará su honor.

—Alibaba...

Había un motivo poderoso detrás de sus acciones: él nunca pudo recuperar a Balbadd. Fue débil y cobarde, y escapó una y otra vez de los errores del pasado que nunca dejaron de perseguirle hasta alcanzarle. Esos errores se transformaron en una mancha oscura en su corazón, y aunque tuvo la determinación de salvar su país cuando la guerra civil estalló, solo pudo ver cómo le era arrebatado para caer en manos de alguien con una visión mucho más amplia que la suya. Ahora sin embargo, era la oportunidad de no dejar que sus errores y culpas frenaran su voluntad. Su deseo era restablecer el orgullo de Kou, y así lo haría.

—¿Sabes? —dijo de pronto—. El día que diste tu discurso frente a los soldados, Azahar se dio cuenta de lo importante que es aferrarse a algo y luchar. A pesar de ser tan pequeño pudo comprender lo que estaba pasando. —Sonrió complacido. —Parece que ya piensa y siente como un príncipe, aunque en la práctica no lo sea. —Miró la expresión de Kougyoku y se encogió de hombros. —Sinbad me lo dijo: Hakuryuu le quitó su título de príncipe...

—Te equivocas —le interrumpió Kougyoku—. Azahar sí es príncipe del Imperio Kou.

Un escalofrío recorrió la espalda de Alibaba y se acomodó en el sillón con intranquilidad.

—¿De qué hablas? —Sus manos temblaron sobre sus piernas—. ¿Cómo es que él...?

—Hakuryuu le devolvió su título cuando cumplió su primer año de vida —contestó Kougyoku con una sonrisa—. Azahar es miembro de la familia Imperial Ren.

Los ojos de Alibaba se iluminaron y su pecho vibró de emoción.

—¿Lo hizo?

Kougyoku asintió. Bajó la mirada al suelo y jugueteó casual con sus manos entre las amplias mangas de su vestido.

—Pienso que en el fondo Hakuryuu no quería ser cruel, pero estaba dolido con mi hermano Kouen, y en aquel entonces solo se dejó llevar y quiso castigarlo.

—¿Qué fue lo que pasó? —quiso saber Alibaba—. Nadie ha sido capaz de decirme con detalle lo que sucedió ese día. Cuando yo...

Con un gesto esquivo y pesaroso, Kougyoku negó.

—Yo estaba en el campo de batalla cuando supimos del nacimiento de Azahar y de tú muerte. Lo siguiente que supe fue que mi hermano Kouen se había rendido y que Hakuryuu había ordenado su trasladado a Rakushou. Él... —Se mordisqueó el labio y su expresión se mostró dolida. —Nunca pudo conocer a Azahar.

Alibaba sintió un vacío en la boca de su estómago y una dolorosa punzada en el corazón que le arrebató cualquier alegría por el reconocimiento legítimo de Azahar como príncipe del Imperio. Un peso más se arraigaba en su conciencia, pero también un motivo aún más poderoso para dar todo lo que tenía por el Imperio y la memoria de Kouen.

—¿No... no lo conoció? —Su voz se escuchó vacía y quebrada. De pronto se sintió derrotado y sin fuerzas para levantarse del sillón. —¿Por qué...? Se supone que Sinbad irrumpió en Balbadd días después de mi muerte...

Un velo de tristeza y amargura cruzó por los ojos de Kougyoku y sus labios temblaron.

—Tras tu fallecimiento, mi hermano entró en una profunda depresión, y en todo ese tiempo no fue capaz de conocer a Azahar. Hakuryuu se aprovechó de ello cuando lo trasladó a Rakushou y le prohibió verlo.

Alibaba no podía creer que Kouen había muerto sin conocer a su hijo. Se negaba a hacerlo. ¿Cómo podía el destino ser tan cruel? ¿Por qué las cosas habían tenido que suceder de esa forma? ¿Por qué tuvo que morir? ¿Por qué tuvo que dejarlo cuando más lo necesitaba? Esas preguntas atormentaban su cabeza y sabía que jamás tendría una respuesta que pudiera consolarle. Todos sus esfuerzos por Kou parecían en vano si, hiciera lo que hiciera, jamás podría reparar el daño que le había causado a Kouen, pero en especial a Azahar.

—Pero Hakuryuu vivió todos estos años arrepentido de lo que hizo —explicó Kougyoku al ver el semblante quebrado de Alibaba—. Lo vi en sus ojos día tras día. Cuando miraba a Azahar, incluso cuando se tocaba el tema de la guerra civil, su mirada se tornaba triste y apagada. Nunca fue capaz de sonreír. Él había hecho algo increíble, pero no era feliz. Había recuperado su Imperio y el lugar que le correspondía, pero no se sentía satisfecho, y la presencia de Azahar en su vida era el recordatorio de lo que te hizo a ti y a mi hermano. Por eso, cuando Azahar cumplió un año, anunció la restitución de su título de príncipe, convirtiéndolo automáticamente en heredero al trono de Kou.

Las palabras de Kougyoku lo habían enmudecido. Sus ojos vieron al suelo y un pensamiento vino en ese instante a su cabeza.

—Si Hakuryuu le devolvió su título —pronunció apenas en un murmullo—, significa que...

Kougyoku lo miró fijamente y asintió.

—Azahar es ahora el primer príncipe de Kou.

Que increíble descubrimiento. Alibaba tenía sus sospechas desde hacía días debido a la forma en la que Azahar era tratado en el palacio. Al principio creía que era por un simple gesto de cariño hacia él, pero luego comenzó a pensar que no existían motivos para que los miembros del consejo, los mismos que se opusieron a su relación con Kouen y le hicieron la vida imposible en Balbadd, lo reverenciaran y se refirieran a él como "su majestad" con el respeto propio a un miembro de la familia imperial.

Se llevó una mano a la frente en un intento por procesar la información. Parecía una noticia ventajosa para el futuro de Azahar, pero en la práctica resultaba un arma de doble filo si consideraba las circunstancias en las que él nació y fue adoptado por Sinbad. Antes, su única preocupación era que él nunca tuviera un vínculo con el Imperio Kou. Rechazaba tajantemente su destino como heredero al trono de la familia Imperial, y Kouen estaba de acuerdo con ello. Pero el destino había querido otra cosa, y ahora debía asumir que su pequeño hijo de tres años era el primer príncipe del Imperio y heredero directo al trono Imperial. Quizá lo mejor para su futuro y su seguridad era permanecer en Kou y liderarlo cuando llegara su momento. Al-Thamen ya no era una amenaza y las guerras no eran la piedra angular del mundo. La paz que Sinbad había creado podía otorgarle a Azahar una vida en Kou como primer príncipe, y Hakuryuu pudo darse cuenta de ello al respetar el título de sucesión aún cuando había condenado a Kouen como criminal de guerra.

Se puso de pie y se frotó el puente de la nariz. Tanta información y emociones, sumado al ajetreado día, lo tenían agotado.

—Creo que necesito descansar.

—Lamento haberte agobiado —dijo Kougyoku abrumada al ver su rostro pálido y fatigoso.

Alibaba negó con un gesto casual.

—No te preocupes. Agradezco el que me hayas contado todo esto. —Esbozó una sonrisa. —Era necesario saber que soy el padre del primer príncipe del Imperio Kou. —Rió por lo bajo y caminó hacia la puerta. —Debo dormir o mañana seguro me quedaré dormido. —Se detuvo frente a la puerta y miró a Kougyoku. —Que descanses. Te prometo que mañana traeré a Koumei para que solucione el problema del transporte de alimentos.

Dio media vuelta y abrió la puerta. En ese momento el corazón de Kougyoku latía demasiado a prisa y el cuerpo le temblaba. No podía permitir que Alibaba dejara la habitación sin saber la verdad. Mañana se enteraría de la peor forma y no le parecía justo.

Él tenía que saber la verdad.

—¡Espera! —le atajó—. ¡Esto no es tu culpa! ¡Nada es tu culpa!

Alibaba se detuvo y volteó hacia ella.

—Lo es, Kougyoku —le rebatió con tranquilidad—. Pero lo asumo, no te preocupes.

Ella sacudió la cabeza con desesperación.

—¡No lo es! —insistió—. ¡No lo es porque...!

Alibaba la miró confundido. Los labios de Kougyoku temblaron y sus ojos rompieron el contacto visual, viendo al suelo.

—Alibaba. —Su voz tembló. —Hay algo que debes saber antes de viajar mañana.

—¿De qué se trata? —indagó curioso—. ¿Acaso Koumei no se encuentra en la isla que dijiste? ¿Qué pasa?

—Se trata de... mi hermano Kouen.

Alibaba se petrificó. La mano que sujetaba el pomo de la puerta tembló y su pecho se sacudió.

—Qué pasa con Kouen —logró articular—. Qué...

—Él no está muerto —confesó Kougyoku—. Él... él está con vida... en esa isla...

Alzó el rostro y vio la expresión de Alibaba. Pasmado, pálido; su rostro podía reflejar perfectamente lo que pasaba por su cabeza y su corazón en ese preciso instante. Quiso explicarle el motivo de tal revelación, pero enmudeció cuando vio cómo copiosas lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas como un reguero incontrolable.

—Alibaba... ¡lo lamento! ¡Lamento tanto haberte mentido! Pero era necesario por su seguridad. —Kougyoku se inclinó ante su cuerpo inmóvil—. ¡Por favor espero me perdones algún día! ¡Quise decírtelo cuando llegaste, pero con los planes para salvar al Imperio, yo...! ¡Fui egoísta! ¡Por favor perdóname!

Contuvo el aliento y lo miró a los ojos en el instante que una pequeña carcajada escapaba de sus labios y las lágrimas continuaban derramándose por sus mejillas. Lo vio llevarse las manos al rostro y soltarse a reír bajo su llanto.

—Alibaba...

Él continuó riendo en medio de su lamento hasta que emitió un "gracias" tras sus palmas. Miró a Kougyoku y ella se sobrecogió al ver su expresión.

—Gracias Kougyoku —le dijo con sinceridad—. Me has dado la mejor noticia que podría haber recibido.

Enmudecida, el corazón de Kougyoku se estremeció.

—¿Él está allá? ¿Está en la isla? ¿Cómo... cómo es que está allá? Dime Kougyoku. —Alibaba volvió a cubrirse el rostro y sus hombros se sacudieron. —Dios... gracias...

Kougyoku había temido este momento desde que vio a Alibaba en medio del salón imperial con Azahar en brazos. Sabía que más temprano que tarde debía enterarse de la verdad, pero el miedo la había frenado, y ahora estaba frente a la reacción más pura y sincera que pudo esperar de él.

—Tu muerte devastó a mi hermano —pronunció con la voz quebrada—. Y una semana después... —Sus puños se cerraron hasta enterrarse las uñas en la carne, y su respiración se aceleró.

—Kougyoku...

—Sinbad... él... irrumpió en Balbadd y le ordenó que se rindiera. Mi hermano estaba tan afectado por tu muerte que no tuvo la fuerza para luchar. Pensó en lo que sucedería con nosotros y a cambio de que perdonaran nuestros crímenes, él se condenó como el único responsable de la guerra. Nunca entenderé por qué Hakuryuu le perdonó la vida. —Relajó sus manos y vio sus palmas enrojecidas. —Con Aladdin decidieron fingir su muerte frente a todos, y se dejó su existencia como un secreto. Yo lo descubrí hace dos años, cuando Hakuryuu le devolvió el título a Azahar.

Contra más escuchaba, el corazón de Alibaba más se agitaba. Kouen estaba vivo y eso era lo único que le importaba. En ese momento solo deseaba salir de esa habitación y correr al primer barco que lo llevara a la isla.

—Entonces él desde ese día vive en la isla con Koumei y Kouha ¿verdad? —Kougyoku asintió. —¿Y por qué Azahar no se quedó con él? ¿Por qué tuvo que terminar en manos de Sinbad?

El rostro de Kougyoku se ensombreció y lo bajó con pesar.

—Lo lamento tanto Alibaba. Tengo vergüenza de eso... que el hijo de mi hermano Kouen terminara en manos de alguien como Sinbad... ¡eso es una completa humillación! —Sacudió la cabeza y ocultó su mirada tras su flequillo. —Pero no pude hacer nada para recuperarlo. Ni siquiera en mi calidad de emperatriz pude hacer algo al respecto.

—¿Y por qué Kouen no pudo quedarse con Azahar? —quiso saber Alibaba con insistencia.

—Parte de la condena que Hakuryuu le impuso a mi hermano fue prohibirle quedarse con Azahar —explicó Kougyoku sin mirarle—. Como criminal de guerra, no podía tener la custodia de un recién nacido, y Hakuryuu la asumió... hasta antes de desaparecer. —Alzó la cabeza y vio hacia el ventanal mientras caminaba hacia él. —Cuando sucedió el levantamiento y su posterior desaparición, Sinbad llegó a los pocos días y señaló que en su calidad de líder y representante de la Alianza Internacional debía cuidar a Azahar al ser víctima de la guerra. Legalmente era huérfano, y por mandato de la Alianza Internacional, alguien en una buena posición política y económica podía cuidarlo. Yo no tuve forma de reclamarlo. Y no podía dejarlo a cargo de nadie más. Si no era Sinbad, habría sido un extraño. —Se detuvo frente al ventanal y empuñó las manos. —No supe qué hacer en ese momento. Estaba presionada por la crisis económica de Kou y se me entregaba un deber tan importante como delicado, que era convertirme en la emperatriz del Imperio. —Volteó hacia Alibaba y tuvo finalmente el valor de verlo a los ojos. —Lo siento Alibaba, lamento que Azahar haya terminado en manos de Sinbad. Yo... lo odio por eso.

En silencio, Alibaba caminó hacia Kougyoku y, tras pararse frente a ella, apoyó ambas manos sobre sus hombros.

—No te martirices por algo que no dependía de ti. —Su voz conciliadora y su mirada sincera calmaron el corazón de Kougyoku. —Tuviste que asumir una responsabilidad demasiado grande en un momento crítico, y por eso, jamás podría culparte por lo que pasó.

Los ojos de Kougyoku se abrieron con sorpresa y sus labios temblaron, dejando escapar apenas un murmullo quebrado. Las palabras que tanto esperaba para consolar su corazón finalmente llegaron. El perdón de Alibaba era lo único que necesitaba para sentir que nada estaba perdido, y que él nunca la odiaría por haber permitido que su hijo terminara en manos del enemigo.

Las manos de Alibaba la soltaron y lo vio caminar por el cuarto.

—Debe ser tan difícil para Kouen tener que estar en esa isla —le oyó decir con tristeza—. Permanecer allá, prisionero, y sin poder hacer nada mientras su país se desmorona. —Volteó nuevamente hacia Kougyoku y sus ojos tristes brillaron con determinación. —Por eso me haré cargo de todo. Kou volverá a estar de pie.

Los labios de Kougyoku dibujaron una sonrisa y su corazón se relajó.

—Sé que lo harás.

.

.

.

Minutos más tarde, Alibaba regresó a su dormitorio y, tras cerrar la puerta por dentro, se recostó de espaldas contra ella aún procesando las palabras de Kougyoku.

—Está vivo... —murmuró sin borrar la sonrisa del rostro. Lo embargaba una emoción tan intensa, que sentía el corazón a punto de explotarle dentro del pecho. Golpeaba con tal fuerza que su cuerpo vibraba, y sus manos temblaban en sincronía con su respiración agitada.

Cuando Yunnan le dijo que Kouen había muerto, una parte de su alma también lo había hecho en ese instante. Tras permanecer en el otro plano como un ser de conciencia, había logrado volver con la esperanza del reencuentro en su corazón, pero el descubrir que Kouen ya no estaba le hacía sentir muerto por dentro, y su nueva vida carecía de sentido sin él. Pensar así ahora parecía extremo e infantil si consideraba que era único y afortunado al tener una nueva oportunidad de vivir, ¿pero en qué punto su amor lo llevaba a esos pensamientos tan descontrolados e intensos? Era tanto lo que había en su corazón y en su alma, tanto amor acumulado por tantos años en el otro mundo, que saberse sin él le había hecho sentirse vacío. Pero descubrir que estaba vivo lo revivía a él y le daba nuevas esperanzas.

Se llevó ambas manos al pecho y las empuñó contra su ropa. No podía contener las ganas de ir en ese preciso instante a la isla Samon y verlo nuevamente a los ojos. Ansiaba envolverlo con sus brazos e impregnarse con su calor y aroma. Lo había extrañado por demasiados años, que ahora parecía una necesidad que dominaba sus emociones por encima de su rol como primer ministro.

Esbozó una sonrisa con el corazón acelerado y vio hacia la cama, donde Azahar dormía.

Se le acercó despacio y, tras sentarse en el borde de la cama, acarició su rostro y cepilló su flequillo.

—Mañana podrás conocer a tu padre... —murmuró con la emoción ardiendo en su pecho. Se recostó a su lado y acomodó la cabeza sobre la almohada, viéndolo directamente al rostro—. Finalmente pondrán conocerse.

Aún dormido, Azahar buscó su calor y se arrebujó contra él. Alibaba cerró los ojos y solo deseó que el amanecer llegara pronto para reunirse con Kouen y terminar con la profunda agonía de su corazón.

.

.

.

Poco antes del amanecer, Alibaba dejó el palacio junto con Azahar y abordaron la embarcación que llevaba provisiones a la isla Samon. En esta ocasión, Alibaba se vio obligado a disfrazarse con el uniforme militar del Imperio frente a la prohibición del ingreso a la isla y al estar bajo la mira de la Alianza Internacional. Sería un viaje de unas cuantas horas, pero debía tomas las debidas precauciones si no quería que le arrebataran a Azahar.

Cuando el barco izó las velas y dejó el puerto de Rakushou, la ansiedad que lo acompañó durante la noche se acrecentó, y su cuerpo comenzó a temblar de emoción. Oculto en una de las barracas del barco gracias a la colaboración del capitán —a petición expresa de Kougyoku—, permaneció encerrado con Azahar para que ningún soldado lo encontrara durante el viaje a la isla. Y solo tres horas después, cuando el barco arribó al puerto de la isla Samon, bajó y caminó por el embarcadero. Su corazón comenzó a acelerarse todavía más y el pulso se le aceleró.

Azahar apenas había despertado y contemplaba el paisaje costero restregándose los ojos.

—¿Dónde estamos? —preguntó adormilado.

—En una isla —contestó mientras observaba a su alrededor, como si buscara algo o a alguien—. Vinimos a ver a tu padre.

Azahar reaccionó a esa palabra y terminó por despertar.

—¡¿Papá Sinbad?! —exclamó entusiasmado—. ¡Papá Sinbad!

Alibaba se detuvo en medio del camino y su semblante se tensó.

—No, Azahar. Escucha. —Lo dejó en el suelo y, tras arrodillarse frente a él, lo vio fijamente a los ojos. —Tú tienes otro papá, uno de verdad.

—Papá Sinbad es de verdad —objetó Azahar con el ceño fruncido.

—Pero a quien conocerás hoy es... —¿Cómo explicarle a un niño de tres años algo tan complicado sin lastimarlo ni confundirlo? Tenía que haber alguna forma—. Es a quien quiero.

Azahar parpadeó confundido.

—¿No quieres a mi papá Sinbad? —preguntó.

La conversación se está volviendo complicada, y Alibaba no quería seguir confundiendo más a su hijo.

—Lo quiero —dijo—, pero a quien conocerás hoy lo quiero aún más. Lo amo tanto como a ti. Es tu verdadero padre. —Le sonrió con ternura. —Tiene tu mismo color de cabello, y le gustan las historias de guerra.

Los ojos de Azahar se abrieron con sorpresa. Le emocionaba conocer a esa persona tan parecida a él.

—¿Vamos? —preguntó Alibaba al notar su entusiasmo.

Azahar asintió y, tras quitarse parte de la armadura que utilizó como disfraz para infiltrarse en la isla, reanudaron el paso. Tomados de las manos, caminaron unos minutos por un camino empedrado que conducía al pueblo donde solo un par de casas se emplazaban entre dos cerros y una densa vegetación compuesta principalmente por palmeras. Todo parecía austero y sencillo, distando mucho con las edificaciones de Rakushou y sus alrededores. La playa rodeaba toda la isla y el puerto consistía en un pequeño muelle donde algunos botes de pesca descansaban anclados a la orilla.

A mitad de camino divisaron una silueta que llevaba sobre su cabeza una voluminosa red de pesca. Alibaba intentó distinguirla y se dio cuenta que era una mujer muy linda con una pesada carga a cuestas.

La figura de aspecto femenino se detuvo frente a él y, tras reconocerlo, su expresión se llenó de asombro.

—¿A-Alibaba, cómo es que... sigues vivo?

Él la miró confundido. ¿De dónde podía conocerlo?

—¿Eh? Disculpe pero... ¿nos conocemos? —quiso saber.

—Soy yo, Ren Kouha.

El corazón de Alibaba se estremeció al escuchar ese nombre y se sintió un idiota por haberlo confundido con una bella chica.

—¡¿Eh?! ¡¿No eras mucho más pequeño?! —Fue lo único que pudo decir por tan repentino encuentro.

—¿Qué dijiste? —El semblante de Kouha se mostraba inmutable ante su absurdo comentario, pero estaba molesto—. ¿Estás tratando de pelear conmigo?

En ese momento llegó a su campo de visión Azahar, que permanecía firmemente sujeto a la mano de Alibaba, y palideció.

—É-él es...

Los ojos de Azahar le veían con profunda curiosidad. Ya se estaba acostumbrando a tratar con extraños, por lo que no le resultó una amenaza la presencia de Kouha.

—Sí, es tu sobrino —contestó Alibaba—. Azahar.

La mirada de Kouha se suavizó y dejó en el suelo la gran red con pescado.

—Él no espera esto —expresó acomodando una mano en la cintura—. Lo vas a matar de la impresión. —Volteó hacia atrás. —Oye, hermano Mei, dile algo a este sujeto difícil de matar. Después de todo dejó solo a nuestro hermano.

Alibaba miró por sobre su hombro y reconoció a Koumei sentado a un costado del camino, trabajando con los amarres de una pequeña embarcación encallada en la arena.

—Nosotros también somos bastante difíciles de matar, Kouha —dijo él con la seriedad que le caracterizaba.

El corazón de Alibaba se sobrecogió al reencontrarse con el hermano más cercano a Kouen.

—No es una hazaña pequeña que llegaras aquí con su hijo evitando los ojos de la Alianza Internacional. ¿Kougyoku te contó la verdad?

—Tuvo que hacerlo —confesó Alibaba.

Contemplativo, Koumei miró a Azahar y sintió que algo se removió en su pecho, aunque su semblante inmutable no cambió. A pesar de que finalmente conocía a su sobrino, no iba a mostrar más allá de sus habituales emociones. Sin embargo, le daba gusto poder conocerlo.

—¿Cómo es que estás con vida? —indagó Kouha con ávida curiosidad—. Se supone que Hakuryuu te asesinó.

—Es una larga historia —dijo Alibaba, mirando a su alrededor con mal disimulo—. ¿Dónde está? —preguntó al fin.

Su ansiedad no dejó indiferente a Koumei que, tras un suspiro cansino, se puso de pie y vio hacia el interior de la isla, donde una vieja y deteriorada edificación se alzaba entre palmeras. Volteó hacia Azahar y solo pensó que finalmente su hermano volvería a la vida luego de tres años y medio de agonía y sufrimiento.

Le indicó que lo siguiera y, acompañado por Kouha, llevó a Alibaba hasta el sitio que después de tres años se había convertido en su hogar. A mitad de camino echó un vistazo casual por sobre su hombro y notó la ansiedad y la emoción en su rostro. Podía apostar que su corazón latía descontrolado y que bien podía desmayarse en cualquier momento. Y no lo culpaba; estaba a unos cuantos pasos de reencontrarse con su hermano después de una dolorosa separación.

Frente a las puertas del sobrio palacete, cuatro guardias a cargo de custodiar el lugar les recibieron con una reverencia propia del Imperio. Alibaba se detuvo frente a las dos imponentes maderas que le separaban de Kouen y contuvo el aliento unos momentos. Miró a Azahar y luego a Kouha.

—¿Podrías cuidarlo un momento?

Kouha rodó los ojos y se acercó a Azahar para entretenerlo, y no le fue difícil; Azahar parecía sentirse a gusto con él pues no dejaba de mirarlo con aparente fascinación.

Dos de los guardias más próximos a la entrada abrieron las puertas para Alibaba, y él cruzó el umbral con el corazón en la garganta y el cuerpo temblando. La habitación se encontraba en penumbras, y en medio de esta distinguió una figura sentada en un sitial.

Contuvo el quiebre de su voz al reconocer a Kouen y habló.

—Tanto tiempo sin vernos... y pensar que en todo este tiempo te creí muerto.

Kouen le devolvió el gesto bajo una sonrisa herida, aun cuando intentaba disimularlo con una actitud arrogante e indiferente.

—Lo mismo podría decir de ti —contestó con firmeza—. Te tomó tres años responder a mi llamado. Llegas un poco tarde...

Permanecieron viéndose directo a los ojos sin decir una sola palabra, como si esperaran que ese momento durara para siempre mientras sus corazones lo asimilaban. Juntos al fin, aunque llegaron a pensar que eso jamás sucedería, pudieron sentir lo contrario en sus entrañas, al igual que una fuerza poderosa que les impulsaba a no rendirse y mantener la esperanza viva de que tarde o temprano se reencontrarían. Luego que Aladdin le confesara que Yunnan cuidaba el cuerpo de Alibaba en el fondo de la gran falla, Kouen no se rindió y lo esperó. Lo estuvo llamando con el pensamiento y el alma, todos los días, a cada minuto, ansiando volver a estar frente a sus ojos que no dejaban de verle con ese infinito amor que lo llenaba por dentro.

Intentó ponerse de pie, y Alibaba notó de inmediato la dificultad que eso le significaba. Se le acercó rápidamente y lo ayudó sosteniéndole de los brazos. El contacto de sus pieles y el calor de sus cuerpos los estremeció, como si una repentina descarga eléctrica los hubiera petrificado y el calor los inundara.

Sus miradas se encontraron nuevamente y sus corazones se sincronizaron en un solo latido. Intentaban decirse todo y a la vez nada presos del silencio, pero Alibaba no pudo contenerse y rompió la embriagadora atmósfera.

—En estos tres años has perdido la habilidad para moverte por ti mismo. Es deprimente.

Kouen frunció el ceño y lo miró con frialdad.

—Muy gracioso. —Lo hizo a un lado y se sostuvo del bastón de madera que le permitía estar de pie y desplazarse. —No la perdí, solo lo hago a mi propio ritmo.

Alibaba solo pudo ver el deterioro de su cuerpo y sintió temor de preguntar lo que le había pasado. Lo vio avanzar despacio, a un paso casi enfermizo, y tuvo la necesidad de abrazarlo con todas sus fuerzas. Kouen había logrado dar apenas un par de pasos cuando lo inmovilizaron sus brazos y su calor estalló contra su espalda, y fue la sensación más reconfortante desde que presenció su último suspiro y sintió su cuerpo frío contra el suyo.

—Perdóname por haberte dejado atrás —susurró Alibaba con la voz quebrada—. No quise hacerlo.

—Pero lo hiciste. —Kouen intentó parecer herido y molesto, pero no podía mostrarse indiferente ante su presencia y al agarre de sus manos temblorosas contra su pecho. —Me hiciste mucha falta...

—Lo sé...

—Te esperé demasiado...

Los brazos de Alibaba lo envolvieron con más fuerza y notó que temblaba.

—Lo sé... perdóname...

Se volteó con dificultad y clavó sus ojos en los de Alibaba, quien se negó a soltarlo y mantuvo la cercanía de sus cuerpos.

—Pero finalmente estás aquí. —Acarició su rostro con su mano derecha, y por fin se convenció de que estaba ahí, ante él. —No eres una alucinación. Eres tú...

Alibaba asintió conteniendo las lágrimas y se inclinó para alcanzar sus labios. Los ansiaba como nunca, pero cuando apenas logró rozarlos abrieron las puertas y la cabeza de Koumei se asomó por un resquicio de la madera.

—Disculpen si los interrumpo en su romántico reencuentro, pero su hijo se puso muy inquieto y le arrojó arena en la cara a Kouha.

Alibaba soltó una pequeña carcajada y dejó a Kouen, que pareció congelarse. Alibaba se percató de ello y le sonrió.

—Le dije que hoy iba a conocerte. —Caminó hacia la puerta. —Supongo que por eso está inquieto.

Dejó la habitación y, tras unos segundos, regresó con Azahar en brazos. Cruzó la habitación y se acercó despacio a Kouen, advirtiendo su expresión nerviosa y quebrada. Azahar en cambio parecía un tanto distraído, contemplando todo con una inusitada tranquilidad y sin advertir a la persona que iba a conocer en ese instante.

Alibaba se plantó frente a Kouen y miró a Azahar.

—Azahar, mira, él es... —Hizo una pausa y pensó en la forma de presentarlo. —El emperador Entei. Tu padre.

Kouen alzó una ceja confundido ante la mención de ese nombre, pero se estremeció y dejó de respirar cuando Azahar apartó el rostro del pecho de Alibaba y volteó hacia él. Sus miradas se cruzaron y Kouen sintió que todo en su interior se removía y ardía. Apenas fue capaz de contener la emoción porque sus ojos expresaron todo, y Alibaba así lo vio.

Azahar lo miraba un tanto temeroso pero curioso, y a la vez entusiasmado por conocer al Emperador que había conquistado el corazón del príncipe Alibaba en la historia que tanto le gustaba. La apariencia de Kouen le resultaba demasiado intimidante como para sentirse cómodo a su lado, pero advirtió algo en sus ojos que se le hizo familiar, algo que le hacía sentir a gusto y en paz. Sin embargo, hubo algo mucho más intenso que capturó su atención. Miró alrededor de Kouen y, al igual que sucedió con Alibaba al momento de conocerlo, distinguió algo que solo él podía ver y entonces supo que estaba frente a alguien especial y único para su vida.

Sus ojos se iluminaron y sonrió ampliamente, extendiendo los brazos hacia Kouen.

—¡Papá! —exclamó—. ¡Es mi papá!

El corazón de Kouen se sobrecogió y sus ojos se empañaron por lágrimas que se negó a dejar escapar. Nunca imaginó que podría ser capaz de escuchar esa palabra en su vida, y mucho menos de su propio hijo. Se había resignado a no ser merecedor de ella y aprendió a vivir con eso como un castigo al no haber luchado por él. Pero ahora su cuerpo vibraba de emoción y no sabía cómo expresarlo.

Demasiado tiempo sufriendo, que este momento parecía curarlo todo y arrastrar lejos toda la pena y la agonía que vivió en esa isla, prisionero de su cuerpo, por más de tres años.

Alibaba se acercó lo suficiente para que Azahar alcanzara su cuello, y Kouen pudo sentir por primera vez sus pequeños brazos envolverle y el calor de su cuerpo contra el suyo. Intentó corresponder su abrazo, pero su mano derecha sostenía el bastón que le permitía estar de pie. Alibaba se percató de eso y le sujetó de inmediato para ayudarle sin entender del todo por qué estaba en esas deplorables condiciones. Kouen pudo entonces rodear el pequeño cuerpo de su hijo y hundió su rostro en él para ocultar la avalancha de lágrimas contenidas que se derramaron y el sollozo que escapó de sus labios.

Finalmente juntos pensó Alibaba, y sintió que no necesitaba más en la vida.

.

.

.

Después del ansiado y emotivo reencuentro, decidieron salir a caminar por la playa para rellenar los espacios que había en sus vidas durante los últimos tres años. Koumei y Kouha los acompañaban, y mientras Azahar corría un par de pasos adelante, ajeno a lo que sucedía a su alrededor, Alibaba ayudaba a Kouen a desplazarse siguiendo su ritmo parsimonioso.

—¿Qué le pasó a tus piernas y a tu brazo? —preguntó al fin—. Acaso...

—Se las di a mi hermano menor —contestó Kouen con tranquilidad sin quitar la vista de Azahar, que en ese momento parecía perseguir algo que revoloteaba en el aire.

La mente de Alibaba tardó unos segundos en comprender, y a ella vino la pelea que tuvo con Hakuryuu y el momento que cortó sus piernas con la espada de Amon.

—Por mi culpa tú...

—Olvídate de eso —espetó Kouen.

Alibaba no pudo ni quiso seguir insistiendo en averiguar los motivos y detalles que llevaron a Kouen a realizar tal cosa. Lo sabía bien, porque se sentía tan o más responsable por la guerra civil del Imperio Kou y su posterior caída. Podía adivinar lo que había cruzado por la mente de Kouen en ese entonces, cuando decidió darle sus extremidades a Hakuryuu. Tres años atrás la idea de pelear parecía el único camino, y estaba resuelto a seguirlo hasta el final y apoyarlo incondicionalmente, incluso si eso significaba luchar contra un amigo. Pero ahora solo podía pensar en lo egoísta e infantil que fue por no saber ver más allá de Balbadd, porque al final su intervención solo fue un motivo para que la guerra estallara y terminara a favor de Hakuryuu y Sinbad. Y ahora solo podía ver con impotencia cómo la persona que amaba había sacrificado incluso su cuerpo para reparar el daño ocasionado por sus malas decisiones.

Lo miró fijamente conteniendo las lágrimas y reparó con la luz natural del día el evidente cambio de su rostro. Minutos atrás, la penumbra de la habitación no le había permitido notarlo.

—Has envejecido bastante —señaló sorprendido—. Pareces un anciano con esas arrugas alrededor de los ojos.

Como respuesta, Kouen le golpeó duramente una pierna con su bastón.

Koumei esbozó una sonrisa al ver que Kouen finalmente recuperaba las energías, y que todo se debía por la llegada de Alibaba. Cuando se enteró por Kouen que su cuerpo no lo habían incinerado como lo divulgaron en Balbadd, supo que aún quedaba una pequeña esperanza, y más cuando vio que algo cambió en el rostro de Kouen con la noticia. Él había recuperado una pequeña llama de vida que durante tres años se negó a dejar apagar. Y ahora, al verlo compartir con Alibaba y ver a Azahar retozando a su alrededor, supo que no todo había sido en vano.

—Aún no entiendo cómo es que sigues con vida —soltó Kouha con algo de molestia mientras le seguían un par de pasos más atrás—. Se supone que Hakuryuu te pateó el trasero en ese entonces.

—Kouha. —Koumei lo reprendió con la mirada.

—¿Qué? —Se encogió de hombros, indiferente al regaño de su hermano mayor.

—Es una larga historia —dijo Alibaba, echándoles un vistazo fugaz por sobre el hombro—. Una larga historia que ya les contaré.

—La verdad no me interesa escucharla —dijo Kouha—. Solo me interesa saber cómo están las cosas en Rakushou.

Un incómodo silencio se dejó caer entre los cuatro por unos momentos, y Alibaba supo que había llegado de momento de hablar y explicar el motivo real por el que había decidido burlar las leyes de la Alianza Internacional para ingresar a la isla.

Se detuvo y encaró a Kouen.

—Kouen... sabes acerca del actual predicamento de Kou ¿o no?

Con el semblante ensombrecido, Kouen esquivó la mirada y se negó a contestar.

—En este momento, la situación actual de Kou es mala y estoy tratando de mejorarla con la ayuda de todos —explicó Alibaba.

—¿Con tu ayuda? —Kouha se mostró escéptico. —¿Qué puedes hacer tú por Kou?

—Bueno. —Alibaba se rascó la nuca con algo de nerviosismo. —Desde que asumí el cargo de primer ministro, yo-

—¡¿Eres el primer ministro?! —Tanto Kouha como Koumei saltaron sorprendidos. Kouen solo permaneció en silencio observando la situación.

—Kougyoku lo decidió —aclaró Alibaba—, y gracias a eso he tenido acceso a material clasificado del Imperio que me ha permitido encontrar una solución a la crisis económica por la que atraviesa.

Kouha solo rechinaba los dientes al ver que Alibaba se estaba involucrando demasiado. Aun cuando fuera pareja de su hermano mayor y padre de su sobrino, no podía aceptarlo como parte de la familia. Sin embargo, su ayuda parecía estar trayendo beneficios a Kou, y frente a eso no podía quejarse. Lo más importante era levantar al país, incluso si eso significaba dejar que alguien como Alibaba fuera el Primer Ministro.

—Busqué en los documentos de investigación de magia que quedaban en el Imperio Kou, pero la ubicación de los investigadores a cargo ha sido borrada —continuó Alibaba con seriedad—. Y sin importar a quién le preguntara, nadie sabía los detalles de esa investigación. Por eso vine a preguntarles.

Kouen, Koumei y Kouha lo vieron con seriedad. Parecían saber algo, pero prefirieron guardar silencio en un claro gesto de complicidad.

—Además necesito toda la gente talentosa que pertenecía al ejército imperial de Kou para mi nueva compañía de comercio establecida. ¡Por favor, vuelvan conmigo!

—¿Por qué te interesa tanto la crisis de Kou? —preguntó Kouha, intentando descubrir sus verdaderas intenciones y motivos—. No es tu asunto, no es tu problema...

—Lo es —le rebatió Alibaba. Bajó la mirada y cerró los puños—. Por mi culpa el Imperio cayó en la ruina.

Kouen dio un paso hacia él.

—No intentes responsabilizarte por algo que solo le compete al Imperio y a los involucrados en la guerra civil —espetó—. Cuando la guerra se desarrolló y perdimos ante Hakuryuu y la Alianza de los siete mares, tú ya estabas muerto.

Alibaba quiso rebatirle, pero se sintió repentinamente intimidado por la frialdad de sus palabras y su mirada. Podía comprender y respetar el orgullo de Kouen y sus hermanos, pero eso no podía ser un impedimento para no aceptar la ayuda de alguien ajeno al Imperio. Y más aún si ellos no podían hacer nada como criminales de guerra.

—Sé que no soy nadie para entrometerme en los asuntos de Kou —dijo con firmeza y convicción en sus propias palabras—, pero ustedes tres ya no pueden hacer nada, y Kougyoku está presionada por Sinbad y la Alianza Internacional. Está enfrentando todo esto sola, ¿y esperan que me quede de brazos cruzados viendo cómo el Imperio que ustedes tanto aman se hunde hasta el fondo? —Vio la expresión de los tres hermanos y añadió: —Si quieren reprocharme mis deseos de ayudar adelante, háganlo, pero no voy a dejar de entrometerme todo lo que sea necesario para ayudar a una buena amiga en apuros como lo es Kougyoku.

A sus palabras le siguió un silencio que Kouha decidió romper a los pocos segundos.

—Tiene razón. —Koumei y Kouen se mostraron sorprendidos. —Nosotros no podemos hacer nada por estar atrapados en esta isla. —Miró a ambos—, pero él sí puede ayudar. Además, la sola idea de que ese infeliz de Sinbad se salga con la suya y lleve a la banca rota a Kou me enloquece. —Señaló despectivamente a Alibaba. —Si con la ayuda de este inútil podemos fastidiar los planes de Sinbad, tendrá mi apoyo. Aunque no sé qué pueda hacer al respecto.

Koumei y Kouen enmudecieron perplejos. Alibaba en cambio lo miró emocionado y se atrevió a tomarle de las manos y estrecharlas con fuerza.

—¡Muchas gracias, Kouha! ¡Sabía que detrás de ese rostro tan hermoso había un muchacho sensato y noble!

El semblante de Kouha se ensombreció y lo acuchilló con la mirada.

—Te rebanaré.

Alibaba ignoró su amenaza y continuó agradeciéndole sus palabras.

—A pesar de las buenas intenciones de Kouha —le interrumpió Koumei—, no podemos hacer tal cosa.

—¿Por qué no? —preguntó.

—Hakuryuu no solo nos sentenció al exilio, también fuimos acusados del atroz crimen de asesinar al anterior emperador y a los príncipes, para legitimar a Hakuryuu como emperador. —Alibaba miró a Kouen con horror. ¿Cómo podían acusarlos de tal crimen? Él jamás pudo haber cometido algo así contra la persona que amaba. —Si tales criminales volvieran a la capital del Imperio Kou, la legitimidad de los reinos de Hakuryuu y Kougyoku sufrirían un grave golpe. Las personas se alborotarían y toda nuestra nación estaría en riesgo de una nueva guerra civil.

Repasando las palabras de Koumei, Alibaba llegó a una rápida conclusión y sonrió.

—No es como si fueran a volver como príncipes —declaró confiado.

—¿De qué hablas?

—Volverán al Imperio Kou como criminales, atados y todo. Las personas del Imperio los odiarán y repudiarán. Pero volverán conmigo aun así, ¿cierto?

El viento sopló con fuerza en ese momento, trayendo consigo un silencio que mantuvo en ascuas a Koumei durante unos incómodos segundos, hasta que Kouen hizo apenas una mueca y habló

—No hay problema entonces.

—¿Hermano En? —Kouha lo miró confundido.

Kouen puso una mano sobre el hombro de Koumei, trayendo su atención.

—En ese caso, llévalo contigo. —Alibaba tensó los labios. —Goberné en tiempos de guerra; Koumei será un gobernante adecuado en tiempos de paz.

Alibaba buscó su mirada para protestar, pero Kouen apenas le devolvió el gesto. ¿Acaso no pensaba volver con él a Rakushou?

—Desde el inicio tenía la idea de dejarle el trono Imperial una vez que la guerra terminara —añadió.

Entonces entendió. Cuando conversaron acerca del futuro de Azahar, Kouen jamás lo consideró como heredero al trono del Imperio porque en sus planes siempre estuvo Koumei.

—Esta es la primera vez que escucho tal cosa —manifestó Koumei con sorpresa.

—Yo ya lo sabía —confesó Kouha con una sonrisa gentil.

Alibaba observó la escena en silencio y repasó las palabras de Kouen. Si lo que dijo era una decisión ya tomada; si Koumei sería el encargado de gobernar tras las sombras y el único en dejar la isla, significaba que el reencuentro solo era una ilusión pasajera, y que su retorno a Rakushou sería amargo y solitario.

Azahar en ese momento llegó corriendo a él y le abrazó las piernas. Su sonrisa inocente y sus ojos expectantes tras la suave caricia que recibió en su cabeza como regalo lo tranquilizaron tan solo un poco, pero su corazón había comenzado a punzar con una silenciosa ansiedad.

.

.

.

Tras la cena que consistió en pescado y verduras cocidas, se reunieron en uno de los pequeños salones de la residencia. Sentados frente a la chimenea conversaron sobre las cosas que Alibaba había hecho en las últimas semanas como primer ministro y confirmaron sus sospechas sobre la restitución del título de Azahar como primer príncipe del Imperio, pero fue él quien terminó convirtiéndose en el centro de interés cuando se acercó a Kouha y no le quitó los ojos de encima.

Curioso por su comportamiento, Kouha se puso en cuclillas y lo miró a su altura visual.

—¿Por qué me miras tanto? ¿Quieres arrojarme arena a la cara otra vez? Aunque seas el primer príncipe de Kou tienes pésimos modales, igual que el inútil de tu padre —espetó señalando a Alibaba.

Azahar lo miró fijamente y luego sonrió agarrándole del cabello que caía por los costados de la cara.

—¡Niña linda! —exclamó y miró a Alibaba—. Papá, ella es una niña muy linda.

—¡¿Ah?! —Kouha intentó alejarse pero Azahar no lo soltó. —¡¿Qué dijiste?! ¡Suéltame!

Koumei intentó disimular su carcajada tras un abanico, mientras que Kouen apenas hizo una mueca de agrado.

—Azahar parece que sabe apreciar la belleza de las personas —bromeó Alibaba.

—¡¿Tú también quieres morir?!

—¡Caballito! —pidió Azahar, colgándose del cuello de Kouha—. ¡Haz de caballito!

Tironeó su cabello y trepó por su espalda, hasta que Kouha terminó cumpliendo su capricho bajo sus risas por su nuevo juguete.

Alibaba contemplaba la escena con una expresión radiante y satisfecha. Se sentía feliz y a gusto por el ambiente familiar que se respiraba en la habitación. Atrás quedó la amargura que experimentó en la playa durante la tarde, cuando descubrió que Kouen no volvería a Rakushou.

Volteó a hacia él para ver si disfrutaba tanto como los demás, pero se sorprendió cuando lo vio ponerse de pie con dificultad bajo un rostro serio y casi lúgubre.

Se apresuró a ayudarle, pero Kouen lo apartó.

—Puedo solo —espetó, rechazando su ayuda. Caminó despacio, apoyándose con su bastón, y se alejó hasta dejar la habitación.

Alibaba quedó con una sensación incómoda en el pecho, como si Kouen no estuviera contento y su presencia le molestara.

—Él no pierde su actitud de primer príncipe. —La voz de Koumei llamó su atención. —No dejes que te afecte si te hace sentir como si tu ayuda le molestara. En el fondo necesita mucho de otros para sobrevivir, pero se las arregla para no demostrarlo.

Alibaba podía comprenderlo. Kouen siempre fue autosuficiente y ahora debía depender de sus hermanos. Aun así no estaba de acuerdo en ser tratado como un intruso. Y pensó que tal vez esa apatía se debía a algo más que orgullo.

—Koumei, ¿por qué se rindió? —preguntó de pronto.

Koumei lo miró con seriedad, pero rompió el contacto visual y vio al suelo con un semblante tranquilo.

—Te equivocas si piensas que se rindió —dijo tajante—. Él decidió salvarnos la vida.

—¿Salvarlos? —Alibaba recordó las palabras de Kougyoku tras su confesión y se dio cuenta que finalmente uniría las piezas faltantes de la derrota de Kouen.

—La Alianza de los siete mares decidió mover sus fichas y nos puso en una delicada situación. Si mi hermano no se hubiera rendido ahora estaríamos muertos. Él solo se preocupó por todos nosotros y no quería que más vidas se sacrificaran por la ambición de Hakuryuu. —Koumei apenas esbozó una sonrisa tras su semblante nostálgico y empalidecido. —Al final, pareciera que mi hermano se dejó vencer, pero en el fondo es el único ganador... Aunque todos piensen lo contrario.

—Hakuryuu le perdonó la vida —murmuró Alibaba—. Él estuvo dispuesto a asesinarlo y llevar a cabo su venganza. Pero por qué...

—Ese maldito rey de Sindria lo convenció de hacerlo.

La voz de Kouha lo enmudeció y le provocó un desagradable escalofrío que le erizó la piel.

—¿De qué estás hablando? —preguntó con tono ansioso.

—No sabemos eso —dijo Koumei, advirtiendo la expresión de Alibaba—. Para cuando Hakuryuu decidió perdonarle la vida a nuestro hermano, nosotros ya estábamos en esta isla creyendo que había muerto.

Kouha, aún con Azahar del cuello, se puso de pie y encaró a Alibaba.

—Tú tienes una ridícula relación con ese sujeto que nos hizo tanto daño. Deberías darte cuenta de lo que le hizo a nuestro hermano y encararlo.

Alibaba no salía de su sopor. ¿Sinbad sabía que Kouen estaba vivo? ¿Acaso siempre lo supo y guardó silencio? Enmudecido, agachó la cabeza completamente conmocionado y sobrepasado con tanta información que su mente intentaba procesar.

Koumei se dio cuenta de su reacción y supo que había sido cruelmente engañado.

Azahar soltó una carcajada y, aferrado al cuello de Kouha, manoteó el aire. Volvió a tironear del cabello a Kouha y siguió jugando con él.

Sumido en sus propios pensamientos, Alibaba dejó de prestar atención a lo que sucedía a su alrededor, incluso cuando Kouha le reclamó que Azahar era un malcriado que solo sabía tironearle el cabello y usarlo como su juguete. Se sintió descompuesto por la revelación que descubrió de Sinbad. Y si era cierta, si Sinbad sabía que Kouen aún vivía y tuvo el descaro de ocultárselo, nunca se lo iba a perdonar.

.

.

.

Después que Azahar terminó de jugar y mostró los primeros indicios de cansancio, Alibaba lo llevó a uno de los dormitorios que los sirvientes del lugar le prepararon. Allí lo arropó y, tras desarmarle las trenzas que Kouha le hizo en el cabello como una pequeña venganza por haberlo tenido de juguete, le contó una historia; esta vez de su encuentro con Aladdin tras su entrenamiento en el coliseo.

Una vez que se aseguró que dormía profundamente, dejó el cuarto y fue al que le asignaron: el de Kouen. En el camino había resuelto no seguir pensando en lo que Koumei le confesó. Al menos por esta noche, no iba a dejar que la sombra de Sinbad y sus mentiras empañaran su felicidad.

Llamó a la puerta y, cuando la abrió, experimento la misma emoción como cuando estaba en Balbadd y a hurtadillas entraba al dormitorio de Kouen para pasar la noche con él. Pero ahora la sensación era un tanto diferente; ya no había barreras, no había inseguridad ni temor de un Imperio con los ojos puestos en su relación prohibida.

Al cruzar el dintel vio a Kouen sentado en el borde de la cama. Su mirada, lejos de ser entusiasta o cariñosa, era apática y distante, como si su presencia fuera indeseada y su llegada muy inoportuna.

—Ya se durmió. —Fue lo único que se le ocurrió en ese momento ante la seriedad de Kouen. Esperaba algo más de interés, incluso que se hubiera involucrado un poco más con Azahar, pero después de hablar con Koumei, pudo comprender que, en la actual condición de Kouen, no podía compartir con Azahar como lo habían imaginado tantas veces. —Le gusta quedarse dormido mientras le cuento historias.

—Solo a ti se te pudo ocurrir mencionarle el nombre que recibí en el campo de batalla.

Alibaba se encogió de hombros y sonrió.

—Tenía que saber de nosotros —explicó sincero—. De cómo nos conocimos... y enamoramos.

Con el ceño fruncido, Kouen le rebatió.

—No es una historia para un niño de tres años. Si le contaste sobre nuestras incontables discusiones... seguro lo traumaste.

Una risa escapó de los labios de Alibaba y con un paso resuelto caminó hacia él.

—Solo le dije que el emperador era un poco malhumorado, pero que logró conquistar el corazón del joven príncipe.

Kouen apenas sonrió y apartó la mirada para dirigirla al suelo. Alibaba se dio cuenta y quiso preguntarle el motivo de su comportamiento tan distante.

—No pareces muy entusiasmado con mi llegada —murmuró a la espera de su reacción.

Los ojos de Kouen le vieron de manera esquiva y volvieron rápidamente al suelo.

—Son ideas tuyas.

—No me mientas —pidió.

El semblante de Kouen se tensó, y algo parecido a un gruñido escapó de sus labios.

—Puedes ver el estado en el que me encuentro. —Su voz sonó amarga y herida. —No soy el mismo de antes de que murieras.

Alibaba comprendió entonces porqué actuaba tan distante al punto de lastimar. No era falta de amor, tampoco desinterés ni rencor por haberlo dejado solo durante tres años. Kouen sufría porque su cuerpo ya no era el mismo, y eso había terminado por destruir su confianza en sí mismo y su orgullo como miembro de la familia Imperial.

Tanto amor para ofrecerle, tanta preocupación por sorprenderle con su regreso, y no había sido capaz de advertir el tormento por el que llevaba atravesando durante tres años en esa isla lejos de su gente, lejos de su vida. Debía haberse dado cuenta apenas lo vio que su inusitado rechazo y esas miradas frías que le ofrecía cuando intentaba tocarle se debían a algo más que un resquemor por pasar tres años separados, y que ese preocupante desinterés por Azahar tras conocerlo nacía de una frustración al no poder ser el padre que siempre imaginó para él. Tenía que haber descubierto en el instante que sus miradas se encontraron que llevaba demasiado tiempo sufriendo en silencio.

Pero fue egoísta e infantil, porque había estado demasiado preocupado por querer impresionarlo con sus logros como primer ministro, que no se había detenido a ver más allá de lo que Kouen le mostraba con sus miradas y acciones.

Con la vergüenza latente en su rostro, se sentó a su lado y trató de alcanzar su mano derecha, temiendo un posible rechazo. Pero se sorprendió y alivió cuando Kouen no eludió su contacto y experimentó la tibieza de su piel y el leve temblor de su cuerpo.

Apretó los labios y eludió su mirada. Esos temblores eran por su culpa. Había llegado de una forma tan desenvuelta y arrogante al creerse responsable de sacar a flote un país que no le pertenecía que solo ahora los notaba. Tal vez Koumei y Kouha no se sentían intimidados, y hasta podían confrontarlo y menospreciarlo, pero para Kouen era demasiado, y sin proponérselo lo había obligado a reaccionar con esa distancia que hirió su corazón y, de alguna forma, su orgullo.

Sujetó su mano con fuerza, temblando en el proceso, y se negó a mirarle porque si lo hacía se soltaría a llorar. Kouen llevaba toda una vida soportando una pesada carga en sus hombros como primer príncipe del Imperio más poderoso de todo el mundo. Conocía ese pasado atormentado y marcado por la muerte de su primer amor, y no era capaz ahora de imaginar cómo debía ser para él vivir con la acusación de ese mismo Imperio señalándolo como su asesino y la impotencia de no poder retornar a su país y sacarlo con sus propias manos de su hundimiento tras la derrota a causa de Sinbad.

Asimiló lo que su propia mente le había revelado y levantó la vista hacia él. Vio entonces que su expresión era triste, pero en su mirada había una inmensa paz que calmó su corazón y sus pensamientos. Conmovido, tomó su mano y la besó con delicadeza, rozando apenas su tibia piel.

—No me importa —le susurró con suavidad—. No me importa si has cambiado físicamente; para mí sigues siendo el mismo hombre del que me enamoré. El mismo que hace temblar mi corazón y llena mi alma. —Kouen intentó objetarle, pero se lo impidió apartando los labios de su mano para verle a los ojos. —Lo que hiciste fue un acto de valor y amor. Y eso me enorgullece. Me hace amarte aún más.

El semblante de Kouen se relajó y fue capaz de sonreír apenas. Parecía haber sido convencido por las palabras sinceras y el amor de Alibaba. Ese amor que le hizo falta durante tres años, pero que finalmente había vuelto a él.

—Debí entregar el otro brazo también para que me amaras todavía más —declaró como respuesta.

Alibaba golpeó su pecho y entrelazó su mano a la suya. Apoyó la frente contra su hombro y soltó un suspiro.

—Parece un sueño —murmuró—. Un sueño del que no quiero despertar.

Kouen pudo sentir el calor de Alibaba y los ligeros temblores que sacudían su cuerpo, víctima de la emoción.

—Yo también me siento en un sueño —confesó—. Tú a mi lado... es algo que deseché hace mucho cuando ese sujeto me arrebató todo.

Ante ese comentario, Alibaba reaccionó y alzó la cabeza.

—No pienses en él por favor. No hace falta. —Alcanzó su rostro y lo acarició con suavidad. —Ahora estamos juntos y eso es lo único que importa. Tú y yo... y nuestro hijo. —Afianzó el agarre de sus manos. —Te prometo que nunca más te dejaré atrás.

—No hagas promesas que no puedas cumplir —dijo Kouen con seriedad.

Alibaba volvió apoyar la frente contra su hombro y respiró hondo, impregnándose de su aroma. Lo añoró durante años. En el otro mundo ansió día a día su calor y su olor, su voz, sus caricias, incluso sus burlas. Extrañó todo de él por más de cien años, y ahora que estaba a su lado sentía que el corazón se le reventaría y que sus emociones se arremolinaban en su interior sin saber cómo canalizarlas y darles forma.

Alzó el rostro y se encontró con la mirada de Kouen. Lucía muy distinta a como la recordaba. Más allá de la tristeza arraigada en ella, lucía más cansada, como si los años que él pasó en el otro mundo Kouen los hubiera vivido a través de sus ojos. Pero podía ver tras ese velo de pesadumbre aquel brillo que disparaba el ritmo de su corazón y aceleraba su respiración.

Un débil jadeo escapó de su boca. Ya no podía esperar más. Ansiaba el sabor de sus labios desde que cruzó la puerta de la habitación, incluso desde que supo que estaba con vida y lo esperaba en la isla. Se inclinó hacia adelante y terminó con la distancia que los separaba para probarlos de una vez. Los rozó apenas, sintiendo que algo cobraba vida en su interior y que había quedado rezagado cuando volvió del otro mundo.

El beso despertó algo en los dos, porque de inmediato sus respiraciones se agitaron e intensificaron el contacto. Alibaba llevó una mano hasta el rostro de Kouen y luego la deslizó por su cuello hasta su pecho, en donde intentó abrirse camino entre la tela para palpar su piel, pero Kouen rompió el contacto y detuvo su mano, alejándola de su cuerpo.

—Ya no puedo —insistió con un tono amargo y casi lastimero—. Ya no...

Alibaba negó, interrumpiéndole.

—No me importa —contestó rozando su boca con la suya—. Solo me importa estar contigo. —Volvió a acariciarle el rostro y lo vio fijamente a los ojos. —Solo quiero sentirte en mi interior una vez más.

La forma en la que sus labios suplicaron y la ansiedad reflejada en sus ojos fueron suficientes para que Kouen cediera y se dejara llevar por las emociones que su propio cuerpo experimentaba. No podía negar que deseaba tanto como Alibaba hacer el amor, pero no se sentía capaz. Su temor de no poder satisfacerle de la misma forma que antes le impedían dejarse llevar. Pero antes de poder justificar sus inseguridades, Alibaba tomó el control y lo guió como si fuera la primera vez que se entregaban.

Con un cuidado inusual y considerado, le ayudó a recostarse en la cama. Kouen sintió la comodidad de sus almohadones contra su espalda y vio a Alibaba sentarse sobre sus caderas. Antes ya habían jugado con esa postura, pero a Kouen le gustaba marcar el ritmo y tener el control en todo momento. Sin embargo, parecía que debía acostumbrarse a esta nueva dinámica si quería estar con Alibaba.

Le desanudó el cinturón y el propio con desaforada ansiedad.

—Tienes prisa —comentó en un intento por molestarlo como solía hacerlo ante el más mínimo indicio de excitación, pero lejos de lograrlo, solo provocó que la expresión de Alibaba se volviera completamente lasciva, llegando incluso a intimidarle.

—He esperado por más de cien años —contestó él relamiéndose los labios. Kouen lo miró desconcertado, y cuando quiso una explicación fue silenciado con un beso.

Con la punta de la lengua, Alibaba recorrió la forma de su boca mientras sus manos buscaban una porción de su piel. Sus manos no tardaron en cubrir su cuerpo. Colándose bajo la ropa, la forma en la que se movían lo estaba enloqueciendo, pero perdió el aliento y su pulso se disparó cuando le vio deshacerse de la parte de arriba de su propio traje y quedar con el torso expuesto para él. Alibaba le tomó su mano y la guió hasta su pecho.

—Siénteme —le dijo con el rostro sonrojado y la mirada lujuriosa.

Sin dudar en atender su petición, Kouen deslizó los dedos por su piel, acariciándole con una inusitada suavidad. Parecía estar reviviendo en sus yemas la tersura y el calor de su cuerpo que añoró durante tres años. Su propio cuerpo revivía y recuperaba la voluntad de su pasión a medida que recolectaba los suspiros que comenzaron a escapar de sus labios. Rozó uno de sus pezones y lo vio estremecerse acompañado por un sonoro gemido que terminó por despertar su entrepierna.

Tan lejano como imposible. Sobrevivió tres años en soledad, renunciando a todo cuanto amó y luchó, y a pesar de la espera y la agonía Alibaba había vuelto a su lado. No era una alucinación ni un recuerdo de una de las incontables noches en las que se entregaron en cuerpo y alma, presos del amor que había fundido sus corazones en uno solo y sellado sus almas más allá de la muerte. Ignorantes del destino que les esperaba, habían soportado el más grande de los sufrimientos para llegar a este momento tan ansiado como idealizado, tan añorado como imaginado, que ahora solo querían consumarlo reviviendo una vez más esa pasión que nació desde el primer momento que sus miradas se encontraron.

Un nuevo gemido aún más potente que el anterior salió de los labios de Alibaba cuando su mano bajó por su vientre hasta su entrepierna. Buscando hundirse entre la piel y el pantalón, logró encontrar su miembro erguido y su propia hombría vibró, comenzando a frotarse con la de él en un intento desesperado por sentirlo y sincronizarse con su excitación.

—Más... —musitó Alibaba con la voz temblorosa y la respiración acelerada—. Tócame más...

Kouen intensificó su masaje, recogiendo la humedad de su miembro palpitante entre sus dedos. Podía sentir su calor y la pulsación de la sangre bajo la piel. Alibaba movió sus caderas acompasándolas a las caricias, gimiendo quedamente con cada roce mientras sus manos retomaban su labor sobre el pecho de Kouen. Terminó por abrir la parte superior de su bata y su torso desnudo apareció ante sus ojos.

Había deseado tanto volver a tocarlo que todo su cuerpo gritaba y ardía de ansiedad. No podía pensar en otra cosa que no fuera el calor de su piel, los roncos gemidos que escapaban de entre sus labios y que resonaban en sus oídos una y otra vez cuando empujaba dentro de su cuerpo. Necesitaba sentirlo en su interior otra vez, ser suyo, demostrarle lo mucho que lo amaba y que ansiaba su amor. Pero Kouen quizá aún no estaba preparado, o tal vez no lo estaría jamás. Hasta el momento parecían estar llevando bien la situación; Kouen se estaba dejando llevar, pero temía que no volviera a ser el mismo y se convirtiera en alguien que no quisiera ser tocado nunca más. Y eso era algo que debía considerar aunque le desgarrara el alma.

Kouen jadeó ronco al sentir el contacto de sus manos tersas y calientes deslizándose sobre su piel. Aprovechó ese momento y se inclinó hacia adelante, alcanzando su cuello. Con apremio lo besó y deslizó los labios hasta el lóbulo de su oreja, sujetándola apenas entre sus dientes a la vez que se frotaba contra su cuerpo. La punta de su lengua lamió su cuello con sutileza y el sabor de su piel espoleó su entrepierna.

—Estás... tan excitado como yo —murmuró Kouen sin dejar de masajearle.

Alibaba asintió con la cabeza al no ser capaz de hablar. Continuó frotándose contra su pecho y sus caderas convulsionaron cuando Kouen apresó un poco más su hombría. Sus atenciones le estaban nublando el juicio. Sentía que en cualquier momento llegaría al orgasmo, y aún era muy pronto para ello. Quería hacer durar ese momento, por lo que apartó su mano y, sujetándole el rostro con las propias, lo besó. Su lengua se abrió paso en su boca sin encontrar impedimentos. Explorando y provocando, logró que Kouen tomara el control. Y mientras dejaba que su lengua se enredara con la suya y mordiera sus anhelantes los labios, deslizó las manos por su cuello y de allí fue directo hasta su entrepierna, hundiendo los dedos en ella, donde pudo sentir la rigidez de su miembro, su humedad y hasta el último detalle de su piel.

Rompieron el beso y, separándose apenas unos milímetros de sus labios, se vieron a los ojos y Alibaba le susurró:

—Ahora me toca a mí.

Kouen quiso protestar, pero se mordió los labios y tensó los músculos cuando Alibaba comenzó a deslizar su mano sobre su miembro mientras le lamía el cuello y le mordía suavemente. Abarcándolo con los dedos y la palma subió y bajó pausadamente, logrando que con cada movimiento Kouen se sacudiera y ahogados lamentos escaparan de su boca.

—Detente... —le pidió al sentir que si continuaba terminaría en su mano. Demasiado tiempo conteniéndose, que la más mínima caricia o roce lo llevaba al límite.

Obedeciendo a su súplica, Alibaba lo soltó y fue bajando despacio, recorriendo con su boca la línea invisible que llegaba hasta su entrepierna. Cambió de postura arrodillándose sobre la cama y, separando las piernas de Kouen, se acomodó entre ellas.

—Espera. —Kouen adivinó sus intenciones y le sujetó con premura, deteniéndole antes de que alcanzara su objetivo—. No sigas.

Pero esta vez Alibaba ignoró sus demandas y, abriendo la boca, la llenó con su miembro. Kouen emitió un ronco gemido y llevó la mano hasta su cabeza, enredando los dedos en su cabello. Durante unos minutos, Alibaba permaneció hundido entre sus piernas sin liberarle su hombría, y tras lograr su cometido con ella la dejó y se levantó, mirando a Kouen con los ojos dominados por el deseo. Se limpió la saliva que resbalaba por la comisura de su boca con el dorso de la mano mientras que con la otra iba liberándose de su pantalón hasta quedar completamente desnudo. La visión que Kouen tuvo de su cuerpo ese momento lo enmudeció y echó por tierra cualquier resquicio de duda.

Alibaba volvió a acomodarse sobre sus caderas y frotó ambos miembros húmedos entre sus manos, experimentando la electrizante sensación que aquel acto le provocaba a cada fibra de su cuerpo. Continuó provocando a Kouen, casi como si quisiera torturarlo, pero él lo atrajo hacia su rostro y lo apresó por el cuello.

—No me subestimes —le susurró contra los labios—. No esperes hacer todo el trabajo solo.

Alibaba quiso contestarle, pero soltó un gemido cuando sintió los dedos de Kouen deslizándose por su espalda hasta llegar a su entrada. De inmediato alzó sus caderas y se acomodó para que los dedos de Kouen le tocaran sin restricción. Se aferró con fuerza a sus brazos y clavó las uñas en ellos al sentir cómo un primer dedo se abría paso en su interior, explorándolo como la primera vez. Un largo escalofrío le recorrió la espalda y un ardor brotando de su vientre le hizo jadear y sacudir sus caderas en busca de más placer.

Kouen movía los dedos buscando complacerle y demostrar que a pesar de sus inseguridades iniciales él también podía tomar el control y satisfacerle como antes. No había perdido la práctica, y conocía a la perfección qué puntos tocarle para someterlo a su voluntad y hacerle vibrar. La firmeza y la suavidad de su carne le resultaban adictivas, tal como la recordaba, encendiendo así su deseo por tomarlo y demostrarle que no había cambiado por dentro. Su pasión y capacidad para amarle seguían ahí, latiendo por él.

Alibaba cerró los ojos con fuerza y sus manos se crisparon alrededor de los brazos de Kouen, estrechándose más contra su pecho. Por encima de los obstáculos físicos que se interpusieron entre los dos al principio, él había logrado ser el mismo de siempre. ¿Qué más daba si su cuerpo había cambiado? Su esencia era la misma y capacidades no habían disminuido. Kouen era la misma persona de la cual se había enamorado y con la que estaba dispuesta a pasar el resto de su vida.

Los gemidos y el calor comenzaron a llenar la habitación y Alibaba se sentía sofocado. Notaba sus sentidos adormecidos y sus extremidades pesadas. Su cuerpo se movía solo por instinto y esa voluntad de amor que hacía su corazón golpear contra su pecho y acelerarle el pulso. Podía sentir su sangre fluyendo caliente por sus venas y su respiración quemar su garganta. Kouen sacó de pronto los tres dedos que había puesto en su interior y guió su propio miembro hasta su entrada. Sintió el roce de la punta húmeda contra su carne y bajó las caderas para sentarse en ella. Sus paredes internas se abrieron paso a la caliente intromisión y liberó un profundo gemido cuando quedó empalmado con Kouen.

Unidos más allá de lo físico, permanecieron quietos unos segundos, controlando sus respiraciones mientras sus labios se rozaban y sus alientos se mezclaban.

—¿Estás bien? —jadeó Kouen al notar cómo el cuerpo de Alibaba se estremecía y sus piernas temblaban contra sus costados.

Alibaba le rodeó el cuello con los brazos y asintió sin apartar la mirada.

—No quiero despertar de este sueño —murmuró mientras las primeras lágrimas comenzaban a caer por sus mejillas enrojecidas—. Por favor, no quiero despertar.

Kouen llevó la mano hasta su rostro y le acarició suavemente.

—No lo hagas. —Su pulgar se deslizó por sus labios trémulos y jadeantes. —Yo no pienso hacerlo.

Alibaba esbozó una sonrisa y apoyó su frente contra la suya mientras acompasaba su respiración, al tiempo que sus caderas comenzaban a moverse sobre el miembro de Kouen. Su entrada lo apresaba con fuerza, sintiendo sus paredes acoplarse rápidamente a él mientras subía y bajaba a un marcado ritmo que impulsaba con sus piernas a cada lado de Kouen, sobre el colchón.

Kouen dejó la comodidad que le ofrecía la cama en su espalda, mostrando su rostro embargado por el deseo. Sujetó a Alibaba por el mentón, obligándole a tirar la cabeza hacia atrás para poder deslizar la boca por su garganta. Lamió con placer su barbilla y cuello hasta el pecho, apenas pudiendo controlar su excitación, mientras su mano derecha recorría su cuerpo empapado en sudor. Alibaba se inclinó hacia atrás, arqueando la espalda sin soltarle del cuello mientras su cuerpo convulsionaba bajo sus caricias. Alcanzó su pecho con sus labios y besó sus pezones, mordiéndolos con ferocidad. Los gemidos de Alibaba se hicieron más sonoros y los temblores de su cuerpo incontrolables a medida que su vaivén sobre el miembro de Kouen se incrementaba y los primeros indicios del orgasmo se manifestaban.

Aquello era prueba de que nada había cambiado. Podían sentirse y amarse igual que la primera vez. Pasando a llevar todos los prejuicios y temores, Alibaba le había demostrado que no importaba si su cuerpo era diferente; su pasión era suficiente para arder y entregarse igual que tres años atrás.

Alibaba subía y bajaba cada vez más rápido e intenso, cada vez más acalorado y agitado. Su propio cuerpo comenzaba a derretirse a medida que el miembro húmedo y caliente de Kouen entraba y salía marcado por su ritmo. Podía sentir su piel hirviendo contra la suya y su aliento golpeando su cuello, erizándole la piel. Se inclinó hacia adelante, apoyando los labios contra su hombro mientras el calor subía por su vientre y espalda, terminando en un estallido violento y súbito que tensó todos los músculos de su cuerpo y le hizo expulsar un chorro espeso entre los dos. Kouen a su vez, atrapó su cuello entre sus labios y lo mordió con fuerza, acallando un sonoro gemido, al sentir su miembro apresado por sus paredes internas. El orgasmo se propagó rápidamente por todos sus miembros, convulsionándolos al tiempo que eyaculaba con ímpetu en su interior.

Aguardaron quietos, con las respiraciones aceleradas y los cuerpos temblorosos. Se miraron a los ojos y sus labios se acariciaron, disfrutando del momento.

—Te amo —susurró Kouen contra su boca—. Nunca lo olvides.

Los ojos de Alibaba brillaron emocionados y los acompañó con una sonrisa.

—Nunca lo haré —contestó—. Lo prometo.

Se inclinó contra sus labios y los besó mientras sus brazos se ceñían aún más alrededor de su cuello y lo estrechaba contra su cuerpo.

—Kouen... —murmuró tras romper el beso.

—¿Qué?

—Yo también te amo.

Los labios de Kouen se curvaron en una sonrisa y su mirada se suavizó.

—Lo sé.

.

.

.

Decidieron pasar el resto de la noche acariciándose y amándose. Querían recuperar los tres años que el destino les había arrebatado injustamente, recordando y reconstruyendo lo que el tiempo había hecho en sus vidas y corazones. Desnudos bajo las sábanas, permanecían abrazados, entregándose al momento que era solo de ellos, sin restricciones ni preocupaciones. Alibaba descansaba sobre el pecho de Kouen mientras jugueteaba con su mano. Entrelazaba sus dedos, los delineaba y recorría con suavidad, notando que no habían cambiado demasiado. Lucían un poco más delgados y bronceados, pero no perdían su firmeza y distinción propia de un miembro de la familia Imperial.

—Creo que no estuvo tan mal para ser la primera vez luego de tres años. —La voz de Kouen lo sacó de sus pensamientos.

—Diría que fue mucho mejor —confesó sin dejar de retozar con su mano.

—Por lo visto no te incomoda que mi cuerpo sea distinto. Pudiste desenvolverte muy bien. Me impresionaste.

Alibaba alzó el rostro y lo vio directo a los ojos.

—Ya te dije que no me importa si te faltan o sobran extremidades. Te quiero tal cual eres. —Dibujó una sonrisa traviesa y se inclinó sobre sus labios. —Y no necesitaste de tus piernas ni de tu otro brazo para hacerme sentir bien. Fue increíble.

Una sonrisa de satisfacción apareció en los labios de Kouen. Había logrado tanto haciendo tan poco, que ahora todas sus inseguridades ya eran parte del pasado. Era amado tal cual era, y eso era lo único que le bastaba para ser feliz.

Alibaba volvió a acomodarse contra su pecho y continuó jugueteando con su mano, pero se detuvo de pronto cuando su mente fue invadida por pensamientos de culpa y aflicción.

—A pesar de todo —murmuró sin atreverse a mirarle—, no dejo de pensar que estás así por mi causa.

—Deja de culparte por todo —soltó Kouen, ya cansado de repetirle lo mismo—. Fue mí decisión darle mis piernas y mi brazo a Hakuryuu. Le debía mucho y no tuve otra forma de pagarle. —Entrelazó su mano a la de Alibaba y añadió: —Él perdonó la vida de mis hermanos... y la de nuestro hijo.

Enmudecido, Alibaba se arrebujó contra su cuerpo sintiendo un nudo en la garganta.

—Nunca debí enfrentarlo —musitó abrumado.

—Pero lo hiciste, y ya no hay nada que decir al respecto.

Alibaba alzó el rostro y volvió a verlo a los ojos.

—Te abandoné por tres años, y mira el estado en el que te encuentras.

Con un ademán cansino, Kouen soltó su mano y acomodó la propia detrás de su nuca.

—Es el precio que quise pagar por todo el daño que le causé a Hakuryuu. —Miró hacia la ventana de la habitación de donde alcanzaba a ver un pedazo de luna creciente entre un puñado de estrellas. —No fue por ti que se inició la guerra civil, fue por algo mucho más grande: por el odio. El odio nos hizo cometer muchos errores. Su odio asesinó a Arba y mi odio por tu muerte me hizo desafiarlo. Al final lo perdí todo por culpa del odio, pero... —Volvió la vista hacia Alibaba y le sonrió. —Eso ya nada me importa, porque tú y Azahar están aquí.

Sobrecogido por sus palabras, Alibaba sonrió y se relajó con el ritmo acompasado de su respiración. Permanecer abrazado a su cuerpo desnudo y sentir su calor contra su piel igualmente desnuda era la mejor recompensa tras haber pasado semanas de angustia al creerlo muero. Primero fueron seis meses asumiendo que debía reconstruir su vida sin Azahar y luego sin Kouen, y aunque aceptó vivir con esa herida en el corazón, ahora no existían motivos para sentirse incompleto. Tenía a las dos personas más importantes de su vida bajo el mismo techo y no necesitaba más. Sin embargo y, a pesar de sentirse feliz, había algo que no dejaba de darle vueltas en la cabeza y atenazaba un poco su corazón.

—¿Es verdad que no volverás conmigo a Rakushou? —preguntó al cabo de unos segundos de sosegado silencio.

Kouen apenas le miró.

—No tengo nada que hacer allá —contestó.

Alibaba volvió a incorporarse.

—¡Claro que sí! —exclamó exaltado—. ¡Tienes que estar conmigo y Azahar! ¡Te necesitamos!

El rostro de Kouen permaneció viendo hacia la ventana, negándose a mirarle.

—Está bien. —Alibaba se sentó en el colchón y se cruzó de brazos. —Si no regresas con nosotros, entonces nos quedaremos aquí.

Esta vez Kouen volteó el rostro y clavó su mirada en él con una mezcla de enfado y sorpresa.

—¿De qué estás hablando? —masculló frunciendo el ceño.

—Lo que escuchaste —contestó Alibaba—. Nos quedaremos aquí contigo. Koumei podrá hacerse cargo de la compañía de comercio y-

Kouen movió su mano y le sujetó con ímpetu del mentón.

—Escucha lo que dices. No seas idiota y recapacita.

—No me dejas otra alternativa —replicó Alibaba, notando la presión de sus dedos alrededor de su mandíbula.

—La tienes —le rebatió Kouen sin soltarle—, y esa es volver a Rakushou. Debes llevar a Koumei y ayudarlo.

Alibaba sacudió la cabeza, intentando liberarse del intenso agarre al que le sometía Kouen con su mano.

—Debes ayudar a mis hermanos. —Entornó la mirada con un débil atisbo de ansiedad y súplica, y reemplazó su firme agarre por una suave caricia. —Confío en ti. Eres el único que puede sacar a Rakushou adelante. —Profundizó la mirada y su voz se endureció. —Eres el único que puede hacerle frente a ese sujeto.

Alibaba se estremeció ante la insinuación que Kouen hizo de Sinbad y bajó el rostro derrotado. Se inclinó contra su pecho y hundió el rostro en él. Un débil sollozo escapó de sus labios y su cuerpo se estremeció.

—Es tan injusto —murmuró con la voz quebrada—. Sinbad... realmente fue muy cruel.

Kouen aguardó en silencio, adivinando el motivo de su congoja.

—Hizo un mundo en el que tú y yo no podemos estar juntos.

—¿Preferías el otro mundo? —preguntó serio.

Alibaba negó. Levantó la cabeza y sus miradas se encontraron.

—Quiero un mundo en el que pueda estar contigo, un mundo en el que podamos amarnos y ser felices sin tener que pensar en separarnos por culpa del pasado. Solo quiero quedarme a tu lado.

—Pero para eso necesitas enfrentarlo y derrotarlo.

—No sé si tenga la fuerza para hacerlo. —Miró a Kouen. —Él tiene un poder demasiado grande que no sé si sea capaz de derrotarlo.

—¿Por qué lo dices?

Alibaba bajó el rostro y negó.

—Ya no quiero seguir hablando de él. No ahora. Solo quiero que pensemos en nosotros, en nuestra felicidad y nuestro futuro. —Cruzó los brazos sobre su pecho y descansó el rostro en ellos. —¿Eres feliz?

—Mi felicidad es donde estés tú —contestó Kouen, notando cómo el rostro de Alibaba se iluminaba de emoción. —Aunque hay un pero en todo esto —añadió de pronto—. Algo que no me deja tranquilo.

—¿Qué cosa?

—¿Es en serio? —Alibaba lo miró confundido. —¿Tenía que sacar tu maldito cuerno?

—¡¿Ah?!

—Te dije que no quería que tuviera tu maldito cuerno.

Alibaba se incorporó molesto.

—¡¿Te estás quejando por el cabello de nuestro hijo?!

—¿De qué otra cosa me podría estar quejando? —cuestionó Kouen con indolencia.

—¡Es el colmo! —protestó Alibaba—. ¡¿Qué culpa tengo de que haya heredado eso?!

—Debiste hacer algo —le rebatió Kouen.

—¡No seas ridículo! —Alibaba hizo un aspaviento con los brazos. —¡Era imposible hacer algo! ¡Además se ve adorable con él!

—Es un castigo —dijo Kouen, lamentándolo—. No solo tengo que aguantar tu cuerno, sino también el suyo. Realmente es un castigo peor que ser confinado en esta isla.

—¡No seas infantil! —chilló Alibaba crispado.

—Tengo derecho a sufrir —se defendió Kouen con descarada indiferencia a su enojo.

A pesar de la absurda discusión que Kouen había propiciado como era habitual en él, Alibaba agradecía que volviera a ser el mismo. Siempre con sus pesadeces, con sus ironías y comentarios infantiles que lo sacaban de quicio y rompían la atmósfera romántica. Durante años extrañó esos momentos que hacían de su relación una experiencia incomparable, y ahora podía sentirse completo al vivir una vez más cada una de las facetas del hombre que había robado su alma y su corazón para siempre.

.

.

.

Con los primeros rayos del sol que se colaron por la ventana del dormitorio, Alibaba despertó y se removió adormilado bajo las sábanas. Anoche había sido la mejor desde que volvió del otro mundo, y esperaba que se volviera a repetir para sentirse tan completo como ahora. Se removió con una sonrisa llena de satisfacción y suspiró profundo al sentir su cuerpo impregnado al aroma de Kouen. Era una mezcla exquisita y embriagadora entre su esencia natural y sal, que a partir de anoche se había transformado en su nueva fragancia favorita.

Se volvió mirando hacia el otro lado esperando verlo dormido, pero se sorprendió cuando se halló solo en la cama. Una pequeña punzada apareció en su pecho al descubrir que parecía haber adquirido una muy desagradable costumbre que le traía muy malos recuerdos. Se levantó con cierta decepción y fue a ver a Azahar a su cuarto, pero descubrió que tampoco se encontraba.

—¿Dónde está? —preguntó cuando llegó al salón donde Koumei y Kouha ya tomaban desayuno.

—Con mi hermano —dijo Koumei con la vista en la mesa; parecía más interesante llevarse un trozo de fruta a la boca que mirarle.

—¿Con Kouen?

—Afuera. —Kouha apuntó a la ventana tras su espalda.

Alibaba caminó hacia ella y notó que esta daba hacia la parte trasera de la casa, donde un pequeño oasis de plantas exóticas y palmeras embellecían el lugar. A pesar de ser considerados criminales de guerra, vivían con los mismos lujos y comodidades que alguna vez tuvieron en Rakushou como miembros de la familia imperial.

—Mi hermano sale a caminar todas las mañanas —comentó Koumei—. Es una costumbre que adquirió desde que llegamos.

Una mezcla de curiosidad y aflicción cruzó por la mente de Alibaba. ¿Acaso Kouen hacía eso por un motivo en particular? Desde que lo conoció, él siempre prefirió pasar su tiempo libre encerrado entre cuatro paredes con un pergamino en la mano. Sus tiempos de ejercicio se basaban en entrenamientos de esgrima bajo una estricta y acondicionada disciplina. Pero ahora esta nueva faceta marcaban un antes y un después en su persona, ya que sus limitados movimientos convertían a este nuevo hábito en algo admirable.

Volteó el rostro y vio a Koumei. Esta vez él le miraba fijamente, como si estuviera esperando que sus palabras provocaran algún efecto en él.

—Es posible que lo haga para recordar.

Alibaba abrió los ojos con sorpresa. Quiso preguntar a qué se refería con eso, pero Kouha le interrumpió.

—Durante en estos tres años mi hermano solo ha vivido para recordarte —dijo—. Lo lastimaste, él tuvo que aprender a vivir con eso, y aun así solo sabe amarte.

Con el pesar amargo de esas palabras, Alibaba bajó el rostro con derrota y volteó hacia la ventana. Sabía mejor que nadie que había lastimado a Kouen. Lo pudo comprobar en sus ojos ayer, cuando confirmó que incluso con su nuevo aspecto seguía amándolo más que nunca. En ese preciso momento juró que nunca más volvería a dejarlo, sellando esa promesa anoche, cuando se entregó a él una vez más en cuerpo y alma.

—Sé que hice mal —murmuró de espalda a ambos hermanos—. Sé que lo lastimé.

—Mi hermano es quien tiene la última palabra al respecto —dijo Koumei con tranquilidad—. A pesar de todo él nunca ha dejado de amarte... y esperarte.

Kouha resopló y se puso de pie, encarando a Alibaba.

—Mi hermano puede ser un ingenuo enamorado y perdonarte todas las veces que quiera, pero no esperes indulgencia de nuestra parte. —Su mirada se tornó severa. —Incluso si estás ayudando a sacar adelante a Kou no te perdonaré por haberlo dejado cuando más te necesitó. —Lo apuntó con un dedo acusador. —¡Así que más te vale que asumas la responsabilidad y cuides de nuestro hermano!

La expresión de Alibaba fue de absoluto desconcierto. Miró a Koumei esperando una interpretación a esas confusas palabras y le oyó decir:

—Lo que Kouha trata de decir es que finalmente te ha aceptado como parte de la familia. —Esbozó una sonrisa sincera. —Bienvenido.

El rostro de Alibaba se iluminó y sintió el corazón golpeando emocionado contra su pecho. Kouha finalmente lo había aceptado, aunque su actitud apática con él nunca desaparecería. Porque a pesar de todo, él elegía la felicidad de su hermano por encima de sus prejuicios.

.

.

.

Valiéndose de su bastón y voluntad, Kouen llevaba cerca de una hora caminando por la orilla de la playa. Azahar le seguía el paso, de cuando en cuando corría y se adelantaba, pero apenas notaba que Kouen quedaba atrás, se devolvía y lo miraba con curiosidad al no comprender por qué el emperador que Alibaba describía en sus historias como alguien invencible y fuerte lucía ante sus ojos tan vulnerable y triste.

Kouen intentaba no dar pasos en falso sobre la arena, y lo hacía con una sola idea en la cabeza. Desde que llegó a la isla, recorrer la playa todos los días se había convertido en un reto. Solo así su mente lo llevaba a sus días en Balbadd, cuando encontraba tiempo para compartir con Alibaba los dos a solas a orillas del mar, viviendo su amor como a ellos les gustaba. Era una necesidad para su corazón recordar aquello y sentir que nada había sido en vano. Lo perdió todo en muy poco tiempo, por lo que quería aferrarse a todos esos hermosos recuerdos que lo mantuvieron con vida hasta el reencuentro que le devolvió las esperanzas y las ganas de vivir.

Dio un paso y emitió un quejido. Cada día que pasaba le costaba desplazarse con comodidad. Las extremidades que le otorgó Hakuryuu con el poder de Zagan habían perdido su efectividad hacía mucho, convirtiéndose solo en prótesis poco funcionales que le brindaban una pequeña autonomía a su limitada condición.

—¿Te duele? —La voz curiosa y preocupada de Azahar llamó su atención.

Sin contestar, se acercó a un roquedal y tomó asiento en una de las piedras. El dolor en sus piernas había comenzado a aumentar, reduciendo sus tiempos de caminatas.

—No —dijo al fin—. Solo me molesta no ser como antes.

Azahar lo miró curioso.

—¿Eres fuerte? —preguntó.

Kouen apenas lo miró. Esbozó una sonrisa y negó con la cabeza.

—Lo era antes —dijo sin mirarle—. Ahora solo soy una sombra de lo que fui alguna vez. Ya no soy ese emperador fuerte y valiente del que tanto te habla Alibaba.

Confundido por sus palabras, Azahar se le acercó y lo miró fijamente. Permaneció así unos segundos hasta que sonrió ampliamente.

—¡Eres muy brillante! —Alcanzó su rostro. —¡Brillas mucho, papá! ¡Mucho!

Cada vez que Azahar pronunciaba esa palabra, Kouen sentía que se le derretía el corazón y se le erizaba la piel. Para muchos podía resultar una expresión insignificante y corriente, pero para él lo era todo, porque escuchar de la boca de su propio hijo que lo llamara papá era un regalo que agradecería siempre.

Acarició su cabello, admitiendo que incluso con el cuerno heredado de Alibaba lucía adorable, y dibujó una sonrisa en el rostro al ver cómo sus genes mezclados habían creado a un ser único y maravilloso. Él era su hijo, sangre de su sangre, y no existían palabras para describir lo que eso significaba. Y después de haberlo abandonado por no haber tenido las fuerzas para luchar por recuperarlo, ese significado cobraba un mayor sentido para su propia existencia.

—Espero puedas perdonarme algún día por no haber sido capaz de luchar por ti. —Bajó el rostro, avergonzado y humillado. —Te dejé en manos de ese sujeto y no hice nada para recuperarte.

En ese momento, las pequeñas manos de Azahar alcanzaron su mano izquierda. Lo vio concentrado examinando la textura de la madera que daba forma a su mano, como si intentara entender porqué era diferente a las suyas.

—¿Por qué es diferente? —preguntó curioso—. ¿Por qué es como un árbol?

A Kouen se le hizo adorable su inocencia.

—Porque le di mi mano verdadera a mi hermano menor —contestó sincero.

—¿Te duele?

—Ya no.

Azahar sonrió y continuó jugando con la prótesis. Le resultaba divertida y fascinante.

Alibaba llegó en ese momento y observó la escena, conmoviéndose. No podía evitar pensar en lo que debía significar para Kouen poder compartir al fin con Azahar, como padre e hijo, después de pasar tres años lejos de él. Verlo sonreír, advertir esa emoción silenciosa en sus ojos y ese orgullo que él también sentía por lo que su amor había creado, le hacían pensar que haber sacado a Azahar de Parthevia fue la mejor decisión que pudo haber tomado. No se arrepentía de ello, porque la felicidad de Kouen se había convertido desde anoche en su prioridad.

Con ese pensamiento en la cabeza se les acercó. Azahar no tardó en reconocerlo y corrió hacia él. Lo cargó en brazos y besó su frente. Azahar le devolvió el gesto frotando el rostro contra su pecho.

—¿Te divertiste con tu padre? —le preguntó.

—¡Sí! —exclamó Azahar con entusiasmo.

—¿Te agrada?

Azahar asintió.

—Él brilla mucho.

—¿Brilla?

—Hay muchos pío-pío.

Kouen y Alibaba intercambiaron miradas con sorpresa. No era primera vez que Azahar se expresaba de esa forma ante algo que ellos conocían pero que no podían ver a simple vista. Alibaba lo acomodó entre los brazos y lo vio de frente.

—¿De qué color son esos pájaros? —le preguntó.

—Amarillos —contestó—. ¡Brillan mucho!

Impresionado por la respuesta, Alibaba dejó a Azahar en la arena y él comenzó a perseguir lo que creía eran aves brillantes.

—No es posible que lo vea —dijo Kouen mirando a Alibaba—. No al menos que estés dentro de un laberinto o seas contenedor de rey.

—Lo sé. —Hizo memoria. —Cuando nos vimos por primera vez, él solo me reconoció cuando pareció mirar por sobre mi hombro, como si hubiera visto algo más que mi rostro. Lo mismo hizo contigo. —Se encogió de hombros y apoyó una mano en la cintura sin dejar de mirar a Azahar. —Para él es normal. —Esbozó una sonrisa. —No sabe que solo él puede verlo.

Kouen centró su atención en Azahar, que correteaba y manoteaba algo que solo él podía ver.

—Ningún libro explica algo así —señaló—. Solo los Magi son capaces de ver el Rukh.

Confundido e intrigado, Alibaba se rascó la cabeza mientras trataba de entender el motivo por el cual Azahar poseía esa habilidad. Podían ser muchos los motivos, pero mientras no tuviera una respuesta nada sería seguro. Y cuando estaba por desechar la idea de encontrar una explicación a corto plazo, el rostro de una persona vino a su cabeza.

La figura de Azahar corriendo de pronto hacia Kouen capturó su atención. Lo vio alzar las manos a su rostro y tironear su barba.

—¡Tu cara es graciosa! —rió mientras Kouen intentaba controlar las ganas de golpearlo por su insolencia.

Alibaba se soltó a reír y no dudó en alentar a Azahar en seguir molestando a Kouen, quien solo deseaba asesinarlos a los dos y reclamaba que se aprovechaban de un inválido. Koumei y Kouha, que habían resuelto salir a buscarlos, vieron cómo su hermano después de vivir en agonía durante tres años, había recuperado finalmente su felicidad.

.

.

.

Durante la tarde, después de almorzar, decidieron descansar y aplacar el calor en la comodidad de las banquetas del jardín trasero, bajo la sombra de las palmeras. El pequeño y acogedor oasis creado solo para los tres hermanos, como antiguos miembros de la familia Imperial, era un rincón privado del terreno al que solo ellos tenían acceso. Distaba un poco a los jardines propios del Imperio Kou, con flores de loto, estanques artificiales y puentes flotantes. Este poseía un toque más tropical, con plantas de grandes hojas, flores de múltiples colores, palmeras y arena blanca, pero no perdía la opulencia que hacía del lugar un espacio único en la isla.

Mientras se refrescaban comiendo sandía, afinaban los últimos detalles para el retorno a Rakushou que sucedería dentro de unos días. Alibaba no parecía del todo convencido en marcharse tan pronto, por lo que manifestó su interés en permanecer un poco más, dejándole a Kouen la última palabra al respecto.

—Le consulté a Kougyoku cómo marcha todo en Rakushou y sugirió que me quedara un poco más —dijo Alibaba—. No quiere que vuelva aún.

—¿Lo sugirió o se lo pediste?

Alibaba esquivó la mirada y fingió ignorar de lo que hablaba.

—No tengo problema en esperar unos cuántos días —señaló Koumei con tranquilidad—. Además, debes admitir, hermano, que la idea de que Alibaba se quede un poco más te pone más que feliz.

Con el ceño fruncido, Kouen permaneció en silencio negándose a contestar, aunque la respuesta era obvia. La llegada de Alibaba había sido completamente inesperada, y ahora que estaba allí se negaba a la idea de dejarlo partir. No quería quedarse solo nuevamente; no lo soportaría, pero Alibaba tenía un deber que cumplir como primer ministro de Kou, y aunque se le rompiera el corazón por dejarlo marcharse de su lado nuevamente, tenía que hacerlo por el bien del Imperio.

Azahar pidió más sandía y Alibaba no dudó en servirle. Le cortó pequeños trozos y le ayudó dándole en la boca bajo la mirada contemplativa de Kouha y Koumei.

—Aún me cuesta creer que esté aquí —dijo Kouha de manera reflexiva.

—Dimos por hecho que nunca lo conoceríamos y terminaría manipulado por ese sujeto —añadió Koumei mirando a Kouen a la espera de su reacción. Desde hacía tres años que el nombre de Sinbad se había convertido en un tabú para los tres, no porque les afectara, sino por respeto a Kouen debido a lo que Sinbad le había hecho. Pero al escrutar su rostro, lejos de ver resentimiento o dolor, solo vio felicidad. Kouen miraba a Azahar como si fuera lo más maravilloso del mundo.

Alibaba se dio cuenta también de ello y una sonrisa iluminó su rostro al ver que había logrado su cometido. Continuó ayudándole a Azahar con su sandía cuando el aparato de comunicación que llevaba sonó de pronto, interrumpiéndole. De inmediato la sonrisa se borró de sus labios y su semblante se tensó: sabía quién le estaba llamando.

Sin pronunciar palabra alguna se puso de pie y abandonó el jardín bajo la mirada intrigada de Koumei y Kouha, que no tardaron en ver a Kouen, adivinando lo que estaba pensando.

Alibaba dejó el jardín enfilando por un pequeño camino empedrado hacia a la playa. Se detuvo poco antes de llegar a la orilla mirando el artefacto con recelo, y finalmente contestó.

—Alibaba, no puedes llevarte a los exiliados de vuelta a Kou. Se lo había dicho a Kougyoku y Hakuryuu muchas veces.

Era la primera, desde que se conocieron, vez que la voz de Sinbad le resultaba irritable.

Frunció el ceño y empuñó las manos.

—¿Lo sabías no es verdad? —espetó cortante—. Siempre supiste que Kouen estaba con vida.

A eso le siguió unos segundos silencio.

—Tenía mis sospechas —contestó Sinbad al fin.

—¡No mientas! —masculló Alibaba caminando de un lado a otro, visiblemente alterado—. Fingiste todo este tiempo mientras repetías una y otra vez que cuidabas de Azahar porque estabas en deuda con Kouen y conmigo. ¿Acaso mentías?

—Nunca lo hice. —Sinbad hizo una pausa. —No me correspondía decirte.

El semblante de Alibaba se volvió sombrío.

—¡No intentes confundirme! —exigió irritado—. Nunca lo dijiste porque no te convenía.

—No se trata de conveniencia —le corrigió Sinbad—. Vi tu sufrimiento y no me pareció correcto darte falsas esperanzas.

Alibaba detuvo en seco su ir y venir.

—¿Falsas esperanzas es decirme que la persona que amo sigue con vida?

Sinbad permaneció en silencio; se dio cuenta que contra más se excusaba más irritaba a Alibaba. Y que sus palabras resultaban más dolorosas e incómodas de lo que había imaginado.

Hubo una pausa tensa durante unos segundos. Alibaba podía sentir cómo su corazón y sus venas palpitaban y hacían temblar su cuerpo. La ira se estaba apoderando de sus sentidos como nunca antes, pero su mente trajo un pensamiento que le hizo curvar los labios en una sonrisa con atisbos de burla.

—Puedo entender lo que sucede —comentó observando el oleaje que reventaba cerca de sus pies—. No te convenía que mataran a Kouen y sus hermanos ¿no es así? Fue por sus contenedores de metal. Si ellos morían, los cinco Djinn hubieran vuelto a sus calabozos y habrías sido incapaz de usarlos.

Sinbad seguía sumido en el silencio, atento a cada palabra que salía de la boca de Alibaba, como si estuviera esperando el momento indicado para contraatacarle.

—En cualquier caso, llevaré a Koumei conmigo de vuelta a Rakushou...

—No puedes —espetó tajante.

Alibaba aferró con fuerza el aparato de comunicación, que crujió entre sus dedos.

—¡¿Cómo puedes interferir con los asuntos de otros países?! —masculló.

—Son las reglas de la Alianza Internacional, tienes que obedecerlas —aclaró Sinbad en un intento por librarse de toda responsabilidad.

Contrariado por sus palabras, Alibaba resopló y se restregó el flequillo con cierta frustración.

—Como sea, encontré los recursos que estaba buscando.

—¿Recursos? —El tono de Sinbad sonó confundido.

—Fue gracias a ti. —Su sonrisa se amplió y dio un vistazo fugaz hacia el interior de la isla. —Me dijiste "si usas algo que pertenece al Imperio Kou, la Alianza Internacional será incapaz de interferir con tus decisiones".

Una vez más, Sinbad había subestimado a Alibaba, y ahora pagaba las consecuencias.

—Los recursos del Imperio Kou son su gente —continuó Alibaba con entusiasmo—. Personas que aman su país, que se preocupan por él y que hacen arduos esfuerzos para proteger a sus camaradas. Sean esclavos, príncipes o criminales, eso no cambia nada. Todos pertenecen al Imperio Kou, ¿tengo razón, Sinbad?

Para desagrado de Sinbad, Alibaba tenía razón, pero no podía simplemente aceptar su derrota y darle en el gusto. Sin embargo, lo que más le preocupaba era la forma en la que Alibaba lo confrontaba y ganaba en su propio terreno de juego. Distaba con el ingenuo príncipe de Balbadd que le seguía y admiraba sin contradecirle. ¿Por qué no podía conseguir lo que quería como antes? ¿En qué momento había perdido el control sobre él? Responsabilizó a Kouen de aquello y lamentó que no estuviera muerto en verdad.

Alibaba se sentía confiado y seguro de sus palabras. La forma en la que enfrentaba a Sinbad le daba más confianza, pero a la vez era un juego peligroso. Sinbad controlaba el mundo y él lo estaba desafiando, confiando ingenuamente de que no lo lastimaría.

—No puedes —le oyó decir de pronto.

Su ceño fruncido se acentuó. La voz de Sinbad había sonado demasiado autoritaria.

—¡No es como si volvieran como príncipes! —protestó—. Solo sería transferir a un criminal. ¿No está bien eso?

—No puedes —insistió Sinbad cada vez más tajante—. ¡Las reglas lo prohíben!

De súbito, el rostro de Alibaba se crispó a la vez que subía el tono de su voz.

—¡Básicamente las reglas del mundo entero están escritas por los representantes de la compañía de comercio! —masculló encolerizado—. ¡¿No es eso ridículo?!

—¡Esta es la decisión del consejo de directores de la Alianza Internacional! —espetó Sinbad igual de irritado—. ¡Yo no estoy tomando decisiones solo!

—¡Sería el colmo si lo hicieras! —articuló Alibaba con un dejo de ironía—. ¡¿Tanto te molesta que Kouen regrese a su país?!

Movido por la frustración y los celos, Sinbad no aguantó más y soltó:

—¡¿Quieres oponerte a mí, Alibaba?!

Alibaba enmudeció. Sinbad jamás le había hablado así. En todos los años que se conocían, él nunca había mostrado una actitud autoritaria y déspota. Pero finalmente comprendía que estaba conociendo al fin su verdadera personalidad. Aun así no iba a permitir ser tratado de esa manera; mucho menos ahora.

—Sinbad —pronunció más calmado—. ¿Por qué hablas de cosas tan triviales? Por favor detente. ¡Así no eres tú para nada!

No podía contenerse. No podía permitir que Sinbad reaccionara de esa forma. Era como estar hablando con otra persona y no deseaba tentar su suerte y terminar confrontando innecesariamente al ser que habitaba en su interior... al menos no todavía.

—¿Con quién estás hablando?

La voz de Kouen detrás lo sobresaltó. Volteó y por un momento sintió como si hubiera vuelto al pasado.

La expresión de Kouen era igual que en ese entonces. Fría, severa, como esperando verle dar un paso en falso para castigarlo.

—Él está ahí, ¿verdad? —La voz de Sinbad del otro lado lo trajo de vuelta al presente.

Resuelto a enfrentar la situación, Alibaba miró fijamente a Kouen y luego contestó.

—Sinbad, llevaré a Kouen y sus hermanos de vuelta a Rakushou. Como criminales que fueron sentenciados por el emperador Hakuryuu, yo, como primer ministro de Rakushou y bajo la autorización de la emperatriz Kougyoku, los trasladaré a Rakushou para que continúen su condena en su propio país.

Después de eso colgó y encargó a Kouen. Esta vez no había inseguridad ni temor. Estaba seguro de sus sentimientos y no iba a vacilar solo por las demandas insensatas de Sinbad, que eran solo producto de los celos y su orgullo.

—Kouen, debes saber algo —pronunció, acercándosele.

Kouen acentuó la molestia de su rostro y esperó.

No sabía cómo iba a tomar sus palabras, pero tenía que decirle la verdad.

—El motivo real por el que volví a este mundo. —Tomó una bocanada de aire y dijo: —Lo hice por Sinbad.

...Continuará...