¿Qué dijeron cuando no actualicé la semana pasada? Ya me los imagino: "Se acabó la magia, nos volvió a prometer actualizaciones semanales y no cumplió, ahora a esperar al 2024 a ver si hay una actualización, eso en el hipotético caso que no se anuncie otro fin del mundo". Pues no señoritas y señoritos, aquí sigo, pero tuve que arreglar varias cosas para poder conservar esta historia.

Antes de pasar a la parte de contestar reviews, permítanme hacer unas aclaraciones. La primera vez que escribí esta historia dije: "Oh, sería genial que fueran 10 capítulos por años de guerra", lo que en retrospectiva era iluso ya que no conocía lo suficiente de la historia. Años después y, tras retomar esta historia, pensé: "¿10 capítulos por años de guerra? ¿En qué estaba pensando? Vamos a dejarlo en 5 capítulos por año de guerra.", lo que me parecía una idea más sabia… hasta que al señor autor se le ocurrió investigar más sobre los años perdidos, y usó de referencia a la pequeña Illiada, las Eneiras, las Amazonias, las Dionidas, las Heraclidas, la Odisea, los mitos Egipcios, los vestigios históricos de los "Pueblos del mar", los últimos resultados arqueológicos de Troya 7, la máscara de Agamenón, la copa de Néstor, la enciclopedia interactiva de genealogías griegas, que me llevó a wikipedia, y a cientos de cientos de horas de saltar entre mitos y mitos y páginas y páginas, porque el aferrado del autor quería saber quién demonios era Eleo II, quién demonios era Argyripa (Me suena a Antigripal), además de varios conflictos entre lo que dice Homero sobre quién gobernaba cuando y donde, porque según Homero, Menesteo era el Rey de Atenas, pero Acamante estaba en el caballo de madera, ¡Lo cual no tiene ningún maldito sentido! Otras fuentes dicen, Acamante era el rey de Atenas, y otras que no, que era Teseo, y luego vamos a Tebas, que hay 3 malditas Tebas, una en Grecia, otra en Asia Menor, otra en Egipto, y ve tú a saber de qué #(%&$ Tebas estaban hablando, por cierto, según los 7 Contra Tebas, Peneleo murió en la batalla de los 7, ¿entonces porque #$%#$ está adentro del caballo de Troya, Homero? (Fin de rabieta), perdón, perdón, ejem, no presten atención a todo eso.

En fin, en base a toda mi investigación, y haciendo todo lo posible por enmendar los cabos sueltos de Homero, que a estas alturas estoy completamente seguro de que veía a la historia de Troya como un fan fiction que presumirle a los demás, ¡Sin poner atención a los sucesos históricos que engloban los mitos a su alrededor! (Fin de rabieta 2), perdón, perdón, no volverá a pasar. Terminé con tanta información, que no me es posible englobarla en 5 capítulos por año de guerra, ojo, tampoco pienso que sea información suficiente para 10 capítulos por año de guerra, pero definitivamente 5 es muy poco. Entonces llegue a la terrible conclusión, tenía una de 2 opciones:

1 – Terminar la historia por terminarla esperando que nadie se diera cuenta de los cabos sueltos en la misma.

2 – Hacer la historia más larga, sin cabos sueltos, y satisfaciendo a mi perfeccionismo nato, aunque eso signifique que la historia tenga alrededor de 100 capítulos.

¿Qué les digo? ¡Maldito perfeccionismo que no me deja en paz! Así que, decidí terminar la historia como se debe, cumpliendo con todas las partes del mito sin dejar afuera ninguna variante del mito, salvo el fresno de Aquiles, ni #$%$% idea de dónde está ese mito (Fin de rabieta 3), ¿Quién dijo eso? Yo no hice ninguna rabieta. En fin, tras decidirme a esto, me di cuenta de que había varios fallos en mi historia:

1 – Si estoy poniendo todas las variantes del mito, por consiguiente, Néstor no puede tener 37 años (edad original), Menesteo y Acamante son, ambos, los reyes de Atenas, Briseida (spoiler de este capítulo así que no lo pondré), Epeo era un príncipe (Esta parte es sumamente difícil de arreglar así que la dejé como estaba).

2 – Cuando cambié de 10 capítulos por año de guerra a 5, moví las edades de los personajes accidentalmente, por ejemplo, Anficlas fue violada a los 14, y no era a los 14, era a los 13. En el capítulo del Cofre de Cípselo mencioné a Aquiles de 12 años, y no eran 12, eran 15, las edades de Diomedes y Odiseo son de 1 año de diferencia, no de 6 como mencioné en el capítulo 1, entre muchas edades que se me olvidaron, y comencé a irrespetar (no incluye la de Poseidón, sé que alguien me descubrió, pero ese cambio fue por libertades creativas).

3 – Se mencionan una cantidad exagerada de ciudades, y en algún momento, yo mismo me confundí con las direcciones de qué ciudad estaba donde, en cierto capítulo dije que Ítaca era vecina de Pilos… sobra decir que estaba horriblemente mal ubicado geográficamente, además, por un tiempo Odiseo mágicamente era el rey de Ftía y no de Ítaca, y Aquiles era el príncipe de Tesalia (que no es una ciudad, es una región), puede que muchos no hayan notado esos errores porque los fui editando conforme los descubría, pero estaban, y tuve que corregirlos.

4 – Además de ortografía, que mi nuevo Office se empeña en recordarme que hay reglas gramaticales que sigo sin conocer bien, los nombres de muchos personajes los estuve escribiendo mal: Priamo (Príamo), Deidámia (Deidamía), Créusa (Creúsa), Esteleno (Estenelo), Hector (Héctor - esta no tiene perdón de dios), etc.

5 – Estuve usando términos que en ese tiempo no existían: Universo, galaxia, atómico, partículas, menstruación (ok demándenme, soy perfeccionista).

Por los 5 puntos anteriores, pararon 2 cosas.

La primera: Edité la historia, por enésima vez, para corregir: faltas de ortografía, errores de nombres/edades/locaciones (Ejemplo: Néstor tiene 167 años y Pilos e Ítaca no son vecinas), borrar los términos inexistentes y reemplazarlos por términos más aceptados (ejemplo: Explosión de Galaxias por Explosión de Cúmulo de Estrellas). Estas modificaciones no afectan su lectura, tranquilos, no vuelvan a leer si no quieren, no se cambió nada en la trama (salvo los primeros párrafos del capítulo anterior porque me hice bolas con las locaciones).

La segunda: Me di cuenta de que muy probablemente, es tan difícil para ustedes, como para mí, llevar la cuenta de: Las edades de los personajes, la forma correcta de escribir sus nombres, saber si siguen vivos o no, en qué maldita parte del mundo están parados los personajes. Lo que me llevó a hacer algo nuevo.

¡LO NUEVO! ¡SI NO LEISTE LO DE ARRIBA LEE ESTO!: Para darles una ayuda más visual de esta historia, creé un repositorio de google drive, el cual pueden encontrar en mi profile. En este repositorio encontrarán:

1 - Un Excel: Que utilizo para organizarme en la historia y que tendrá, (actualizado a los últimos capítulos), la información de los personajes como sus nombres, edades, armaduras, si siguen vivos o no y a qué orden pertenecen, (este Excel se actualizará constantemente).

2 - Un mapa: De creación casi propia (el mapa lo saqué de internet, pero yo llené las ubicaciones), con las ciudades que se mencionan en la historia, con la finalidad de darles un posicionamiento más visual de la historia, (este mapa se actualizará constantemente).

Versiones de impresión: O de consulta, si te quieres llevar la historia en USB porque no hay internet, puedes utilizar los PDF en google drive, ojo, no doy permiso a que se publique la historia en ningún otro sitio que no sea en este sitio.

Dibujos e imágenes: Sueño guajiro. Actualmente estoy buscando un dibujante para llevar a los personajes más emblemáticos de esta historia a fan arts de la misma. No he tenido suerte encontrando dibujantes, pero si a alguno de ustedes les interesa, contáctenme y negociaremos al respecto.

Ya me explayé mucho, a contestar reviews:

TsukihimePrincess: Este review tuyo es una de las razones de la edición masiva, sí, había pasado mucho tiempo desde las expediciones de conquista, pero gracias a la actualización, ha pasado alrededor de medio año. Y no, no te equivocas, jajaja. Regulus no es la reencrnación de Néstor, eso sería muy raro, jajaja, ninguno de los Caballeros Dorados, salvo uno, puede considerarse ante-encarnación de otro Caballero Dorado de cualquier otra serie. A Agamenón seguro le va a dar un infarto, pero por los sucesos de este capítulo, jajajajaja (risa malvada y pervertida de Rey 3), sobre Podes, no, la verdad no es gemelo de Néstor, y lo de la "sombra", o Gemelo de Néstor, es algo que aún estoy pensando si utilizar o no, siempre hay 2 Caballeros de Géminis, se ha dicho, pero probablemente Néstor sea el primero en no tener uno, a menos que la idea que tengo en la cabeza se concrete, pero de momento, no hay planes para la aparición de un gemelo malvado, o no malvado, de Néstor.

midusa: Ok, demasiado amor por Casandra, jajaja. ¿Osea que por ver Amagami S soy un Escorpio Pervertido? Yo pensé que había muchísimas más razones. Pienso que muy probablemente estás hackeando mi obra. Nuevamente mencionan a Regulus, creo que sus casos son diferentes, definitivamente Néstor no es el Caballero Dorado más poderoso, no lo llega ni a los talones a Saga, solamente contaba con una ventaja, que ya utilizó, así que Néstor no es ni por cerca el Caballero Dorado más poderoso. Las razones de usar la Exclamación de Athena contra Deimos fueron: vengarse por lo que le hicieron a Odiseo, demostrarle a Odiseo que no por ser viejo es un inútil, y por último, que Deimos es capaz de liberar una masacre que Néstor preferiría evitar. Así pues, me parece que, según la mentalidad de Néstor, era el oponente más apropiado. Sobre Menelao y Agamenón, entiendo que al primero muchos autores lo hayan manejado como a un cobarde egoísta (lo que no tiene sentido con la realidad del personaje que espero revelarles muy a futuro), y que a Agamenón lo traten en su mayoría como al malo que merece ser castigados, pero eso es porque no se han sentado a ver la realidad histórica de los personajes. Existe más, mucho más, en Menelao y en Agamenón que lo que dicen los mitos, basta con saber que a Menelao se le rendía culto como a un dios para saber que la imagen del Menelao cobarde y egoísta es más la interpretación de un antagonista de Homero, que su realidad histórica, lo mismo le pasa a Agamenón, quien pese a no ser venerado como a un dios, todos olvidan que Agamenón sacrificó a su hija, que era lo que más amaba, por justicia. Sí, cometió errores, pero no era el egoísta, pedante y malnacido que todos dicen, y yo estoy empeñado en demostrar eso. Respetaré el mito de Agamenón, pero me niego rotundamente a utilizarlo como antagonista, porque esa no es la verdadera naturaleza del personaje, nadie que pueda sacrificar lo más preciado, por su hermano, podría serlo. ¿Cuál es mi otra obra maestra y obsesión? I te refieres a Academia Sanctuary, puede, si todo sale bien, que actualice este fin de semana, si te refieres a Guerras del Ragnarok, le estoy dando u descanso, pero planeo continuarla.

dafguerrero: Ok, para darle finiquito a la tabla de poder de Caballeros Dorados de la Guerra de Troya, es esta: Libra, Escorpio, Acuario, Capricornio, Tauro, Géminis, Cáncer, Virgo, Leo, Sagitario, Aries, Piscis. Está en el Taizen de FriendlyMushroom. Lo de Diomedes y Menelao es a propósito mi estimada Daf, y un guiño a la relación Escorpio y Acuario, además de que, históricamente hablando, la familia de Diomedes y la de Menelao son más cercanas de lo que es más que lo evidente (aparece el logotipo de los Thundercats en el cielo). Me pregunto, si Menelao supiera que Diomedes casi se viola a Helena de Esparta a los 14 años, ¿seguirían siendo amigos? (risa malvada y pervertida de Rey 3). Si te dolió leer lo de Agamenón y aprendiste a respetarlo un poco mejor, entonces hice bien mi trabajo. Sobre la descendencia de Diomedes, ya deberías saberlo, está en el mito de Anficlas.

DinaArtemisa: Jajajajaja, Casandra definitivamente ya encontró su templo, aunque no estoy muy seguro si está arrepentida o no de haberlo hecho, lo que sí sé es que a Cheshire no le gusta esto (risa malvada y pervertida de Rey 3), y todos me comparan a Néstor con Regulus, no es cierto mi Néstor, tu eres más fregón, jajaja. En teoría, Néstor es más antiguo, así que Néstor fue primero, muajajajaja. Los momentos de gloria de Agamenón no se han acabado, este capítulo se trata, en una tercera parte, de él. Lo de Néstor, la respuesta oficial es no, la no oficial, sigue siendo no, porque no hay un gemelo para Néstor, pero, si se termina de concretar la idea en mi cabeza, es probable que sí exista una "Sombra de Néstor", pero de momento la respuesta sigue siendo no. Entiendo tu momentáneo descontento con Menelao, solo déjame decirte que Menelao es uno de los personajes con el que más pienso trabajar, y al menos para mí, no será un personaje odiado, ya que para mí está al nivel de Diomedes, con eso te digo todo.

¡Por fin terminé la summary de este capítulo! Y oigan, me están traicionando, yo que si estoy actualizando constantemente T_T.


Saint Seiya: Guerras de Troya.

Troya: Año Dos.

Capítulo 5: Los Guerreros del Sol y la Luna.


Anatolia, Troya. Tienda de Diomedes. Año 1,194 A.C.

—¡Aaaaah! ¡Aaaaahhhhh! —resonó el grito desesperado de Anficlas, quien se retorcía en su tienda por los dolores de parto, mientras Lodis, su esposa, la tomaba de la mano intentando ayudarla a calmarse—. ¿Dónde está él? —gritaba Anficlas en su agonía, y en ese momento Shana entró en la tienda, consternada—. Ya no lo resisto más… —se quejó Anficlas mientras se retorcía, y las parteras intentaban calmarla.

—He hecho todo lo que pude, Anficlas, el mensaje ya va de camino a Diomedes —le explicó Shana, tomando de la mano de Anficlas, y apretándola con fuerza—. Solo espero que se apresure… —suplicó Shana en ese momento.

Zona de Guerra. Frente a las puertas de Capis.

Toante de Pegaso corría tan rápido como podía, Podarces de Dragón iba con él. Ambos Caballeros de Bronce pertenecían a los ejércitos de Odiseo, uno como enviado de Jasón a entrenar bajo el mando del hijo de un Argonauta, el otro asignado por Aquiles a mantener a Odiseo vigilado, pero ambos logrando entablar una amistas suficiente para que se lanzasen a la guerra juntos, con el mensaje de Athena para su favorito.

—Ten cuidado Pegaso, las batallas se han vuelto más agresivas desde que Trolio tomó el liderato. A él no le importa perder soldados como a Héctor —le explicó Podarces, y Toante asintió a sus palabras, pero aceleró el paso.

—Shana siempre confía en los Caballeros Dorados y a nosotros los de Bronce rara vez se nos da protagonismo… no podría fallarle a Shana tras recibir esta encomienda, Podarces… —fue la respuesta de Toante, mientras ambos se acercaban a las líneas Troyanas, con los puños listos—. ¡Cumpliré a mi diosa! ¡Le demostraré que puede confiar también en los Caballeros de Bronce! ¡Meteoros de Pegaso! —lanzó el tremendo ataque Toante, que tomó por sorpresa a varios soldados Troyanos, quienes fueron lanzados por los aires violentamente.

—Estoy contigo… —preparó su cosmos Podarces—. Después del sacrificio de mi hermano, Protesilao de Orión, me he entrenado para volverme más fuerte. ¡No le fallaré a Athena! ¡El Vuelo del Dragón! —se lanzó Podarces, y de un puñetazo lanzó a varios Troyanos a los aires.

—Pero, ¿qué tenemos aquí? —escucharon los Caballeros de Bronce a Pándaro, el Espectro de Quiver y Estrella Terrestre de la Lujuria—. 2 hermosísimos Bronces. Oh, tú te pareces a Jasón —aterrizó de un brinco Pándaro frente a Toante, quien preparó su cosmos—. Prepárate, Bronce. Cuando termine contigo serás mi esclavo y amante… —le sonrió con lujuria Pándaro, pero entonces tuvo que evadir un torbellino de agua lanzado por Esténelo de Argos, quien lo persiguió resumiendo un combate violento y sorprendente.

—¿Qué hacen ustedes aquí? —enunció Euríalo al llegar ante Toante y Podarces—. Ambos pertenecen a la unidad de batalla de Odiseo, y las puertas de Esceas aún están bajo ataque —apuntó Euríalo a las explosiones de cosmos plateado levantadas por Odiseo de Altar, mientras lideraba a los Itaqueces a las puertas de Esceas.

—Shana me ha enviado con un mensaje para Diomedes —apuntó Toante, y a lo lejos encontró a Diomedes combatiendo con Trolio en un feroz encuentro de cosmos del cual ninguno parecía tener ventaja alguna—. Es sobre Anficlas… debo llegar a él —insistió.

—Presiento que sé qué noticia vas a darle —se preocupó Euríalo—. Está bien, vamos —adelantó filas Euríalo, guiando a Toante y a Podarces en dirección a Diomedes, impactando fuertes patadas en los rostros de los Troyanos que los rodeaban, y abriéndose paso hasta un área prolongada en la que Diomedes y Trolio combatían cuerpo a cuerpo tras haber perdido sus respectivas armas, aunque Trolio generaba cualquier arma inclusive con su sudor, y Diomedes terminaba desarmándolo con movimientos efectivos en todo momento—. ¡Su excelencia! —gritaba Euríalo entre la multitud.

—¡Estoy un poco ocupado aquí! —gritó Diomedes de regreso, mientras atrapaba el puño negro de Trolio transformado en un Dragón, y con una daga en sus fauces que quedó a escasos centímetros de su ojo derecho—. Esa habilidad tuya de transformar todo en un arma me está fastidiando… —enunció, lo pateó, y preparó su aguja.

—¡Puedo partirte el rostro con tan solo mis puños! ¡Azote del Dragón! —enunció, lanzándose en la forma del Dragón Negro. Diomedes lo esperó, dispuesto a volver a interceptarlo, pero el puño de Trolio impactó el escudo de Podarces—. ¿Cómo ha resistido mi ataque? —se preguntó.

—Este escudo se ha fortalecido por años bajo las cascadas de una tierra llamada Rozan en los territorios de Asia Central —espetó Podarces, pateando a Trolio y alejándolo de Diomedes—. He de disculparme por quitarle la gloria, mi señor, pero lo requieren en otro lugar… yo le quitaré las distracciones de encima. ¡El Vuelo del Dragón! —se lanzó Podarces, y el Dragón Esmeralda y el Dragón Negro se hicieron frente, sorprendiendo a Diomedes.

—Mi señor, es su… —intentó acomodar sus ideas Toante, no sabiendo cómo referirse a la relación entre Diomedes y Anficlas—. Su primogénito ya va a nacer —le explicó Toante, pero antes de que Diomedes pudiera reaccionar, Trolio logró derribar a Podarces, y se volvió a lanzar en dirección a Diomedes, quien regresó su atención a la batalla.

—¡Maleros! —escuchó Diomedes, se preocupó, pero el corte fue en dirección a Trolio, cortándole el paso, e interrumpiendo la batalla entre Diomedes y Trolio—. Ve… —enunció Eneas, lanzándole inclusive la lanza que había perdido, sorprendiendo a Diomedes—. ¡La batalla se acaba por hoy! Alala, has los anuncios —ordenó Eneas a su Daimón, quien alzó el grito de cese a la batalla.

—¿Qué haces? —se molestó Trolio, mientras todos los soldados se mantenían firmes, pese a que nadie continuaba con la batalla—. ¡Estamos ganando terreno! —se fastidió nuevamente Trolio, e inclusive Pándaro y Esténelo interrumpieron su batalla.

—Todo padre tiene derecho a estar presente a ver nacer a su primogénito —fue la respuesta de Eneas, que fastidió en gran medida a Trolio—. Que Príamo y sus hijos no tengan respeto, no significa que Dárdanos sea igual. Repliégate, Trolio, o arriésgate a seguir con la batalla sin Dárdanos, porque nosotros sí tenemos honor —fue la respuesta de Eneas, y Trolio, aunque molesto, miró a Pándaro y asintió.

—Me quedé con las ganas otra vez —miró Pándaro a Esténelo, quiñándole un ojo. Esténelo por su parte, se preocupó y comenzó a retroceder, mientras Pándaro tomaba su trompeta y anunciaba la retirada.

—No olvidaré esto… Eneas… —reverenció Diomedes, y entonces emprendió la retirada, junto a los hombres de Calidón quienes eran los que combatían en esta ocasión. Las trompetas del resto de las puertas se escucharon, y todos los ejércitos regresaron a sus respectivos campamentos interrumpiendo la guerra.

Tienda de Diomedes.

—¡Anficlas! —llegó Diomedes, sobresaltando a Anficlas, y al bebé que en esos momentos lloró sobresaltado en sus brazos—. ¿Es quien creo que es? —se conmovió Diomedes, mientras una muy molesta Lodis llegaba ante él.

—¡Llegaste tarde, imbécil! —recriminó Lodis, y Diomedes se preocupó—. ¡Tenías que estar para verlo nacer! ¡Debes ser el marido más insensible, inepto, e incompetente de toda la historia! —continuó en su rabieta.

—Ya, Lodis… basta de celos… Diomedes y yo no estamos casados después de todo… —reprendió Anficlas, con una mirada en extremo agotada en su rostro—. Aunque sí estoy enojada… —miró Anficlas de forma fulminante a Diomedes, quien no sabía cómo reaccionar—. Anda, ven a conocer al fruto de tu violación… —agregó de forma arrogante, aunque con una sonrisa.

—No es esta la forma en que imaginé el momento… —confesó Diomedes, pero Anficlas tan solo se burló, mientras continuaba limpiando la sangre de su bebé—. Siempre desee tener un hijo… que llevara el nombre de mi padre… —confesó Diomedes.

—Pues vas a seguir deseándolo… porque llevará el nombre que eligió el mío… —agregó Anficlas desviando la mirada y ruborizándose—. El tercero que era un demente incestuoso y que era un depravado sexual con un fetiche por las estatuas de cobre… no el primero que era mi padre biológico que me abandonó por ser una bastarda y después me utilizó por una posición de poder… ni el segundo que me educó para ser un ser de odio… ni el cuarto que asesinó al tercero… —se estremeció Anficlas, y comenzó a llorar—. Tengo miedo… Diomedes… ¿cómo alguien con una familia tan maltrecha… podría criar a este bebé? —se preocupó Anficlas, abrazando al bebé con gentileza.

—No vas a estar sola… —le sonrió Diomedes, tomándole de la mano—. Ya jamás vas a estar sola… te lo prometo… —le recordó, mirando a Shana, quien estaba hecha un paño de lágrimas, a una Lodis más celosa que conmovida, y a los metiches de Esténelo, Euríalo y Odiseo, quienes se asomaban a ver al primogénito de Diomedes—. ¿Y cómo se va a llamar si no puede llevar el nombre de mi padre Tideo? —preguntó.

—Cinortas… —agregó Anficlas con las mejillas llenas de aire—. Se lo prometí a Cíniras… Cinortas es su nombre. No tendrá su sangre, pero es el nombre que él deseaba, y es mi padre de corazón al menos, eso debe de bastar de alguna forma —lloró Anficlas nuevamente, y Diomedes se sentó a su lado, mirando a la madre, y a su primogénito, mientras la Armadura del Cisne, en la tienda de Diomedes, parecía reaccionar al bebé en brazos de Diomedes. Shana sintió aquello, y sonrió, mientras colocaba su mano sobre la Caja del Zodiaco, esperanzada en el futuro del niño.

Lirnesos.

—¡Ataquen! —ordenó Aquiles a los Mirmidones, quienes no iban acompañados en esta ocasión ni por Patroclo ni por Antíloco, quienes habían sido ordenados a quedarse atrás junto a un muy molesto Fénix, y un consternado Trasímedes.

Tras haber sido humillado al recibir la ayuda de los Cretenses, los Espartanos y los hombres de Micenas, Aquiles estaba más que determinado a probar su valía. Los Mirmidones avanzaron en contra de los hombres de Lirnesos, quienes, al contrario de los ejércitos de Colona, Antrados y Adramitio, salieron a enfrentar a los Mirmidones fuera de sus murallas, y tras negarse rotundamente a un Combate por Conquista.

—Así que, la batalla de Lirnesos es la primera batalla que los Suplicios Obsidiana permiten sin trucos de por medio —dedujo Menelao, mientras miraba a Aquiles liderando la carga, y lanzando a soldados a los aires con potentes ataques de cosmos, abriéndose paso con agilidad y gracia, y con los Mirmidones haciendo lo posible por seguirle el paso al Tigre de Pelión—. A este paso llegaremos a Lesbos en menos de una Luna, y zarparemos en dirección a Troya de forma segura.

—Antes de llegar a Lesbos, está Crises… —fue la respuesta de Agamenón, quien miraba a Aquiles fijamente, y el cómo llegaba a las murallas de Lirnesos, y comenzaba a impactarlas con fuertes ataques de cosmos, mientras cubría con un escudo las flechas que le lanzaban desde la cima de las murallas—. Presiento que, si le dejamos todo este trabajo a Aquiles, llegaremos muy tarde para defender lo que quede de los campamentos. Iré a Crises a preparar el camino a Lesbos, vigila que Aquiles haga lo propio con Lirnesos. Sin esos 3 puertos, los Cretense tendrán paso seguro a Rodas, a Chipre, y a Egipto —aseguró Agamenón.

—Definitivamente no confías en Aquiles —fue la respuesta de Menelao, y Agamenón suspiró, intranquilo—. Sé que no sirve de mucho viniendo de mí, pero… podrías ser un poco… no sé… flexible con él… —le pidió Menelao.

—La última vez que fui flexible, terminé casado con Clitemnestra —le recordó Agamenón, y Menelao hizo una mueca—. Iré a Crises y punto final. A más tardar el término de la presente Luna, deberán estar derribados los 3 puertos. ¡Micenas! —gritó Agamenón, y sus hombres saludaron militarmente—. ¡A Crises! ¡Por la gloria de Micenas! —ordenó Agamenón, y los hombres de Micenas lo siguieron a la ciudad vecina.

—No le va a gustar nada a Aquiles cuando se dé cuenta de que Agamenón no se quedó a ver su victoria —enunció Patroclo, a quien Menelao dirigió una mirada de intranquilidad—. Aquiles me partirá el rostro si sabe que lo mencioné. Pero él de verdad admira a Agamenón, y desea complacerlo. Tan solo no ha tenido suerte —aseguró Patroclo.

—La suerte no existe —fue la respuesta de Fénix, quien miraba a Aquiles, furioso tras ver retirarse a Agamenón, partirle el rostro a un soldado Lirneso, y en su cólera derribar de un tremendo puñetazo las puertas de Lirnesos y permitir a los Mirmidones entrar a saquear la ciudad—. La debilidad de Aquiles no es la suerte, ni su talón, es su propia convicción —concluyó Fénix, y todos lo miraron fijamente—. Aquiles puede creer que borré su mente con el Puño del Fantasma del Fénix, y puede que así haya sido… pero, la semilla de su temor, el arrepentimiento, ya habita en su corazón… —miró Fénix a Aquiles defenderse de las espadas de los soldados Lirnesos que le hacían frente, y una gota de sudor caerle del rostro—. Por vez primera, Aquiles medita al respecto de la decisión que le ha acortado la vida. Cípselo hizo más que ridiculizarlo, para Aquiles fue tortura… él de verdad… cree actualmente que tomó la decisión equivocada… —fue su conclusión.

—¿Tienes idea de lo que Fénix intenta decirnos? —viró Patroclo en dirección a Antíloco, quien lo negó con la cabeza—. Señor Fénix, cuando nosotros despertamos, Cípselo ya estaba muerto, no recordamos siquiera el cómo nos derrotó ni quien lo mató —aseguró.

—Nosotros sí lo recordamos… —fue la respuesta de Trasímedes, y Fénix cerró sus manos en puños tras escucharlo—. Lo lamento, Patroclo, pero lo que Fénix y yo sabemos no puede saberse. Solo tienen que entender que Cípselo logró derrotar a Aquiles a un nivel más allá de la comprensión física… lo doblegó mentalmente… —miró Trasímedes a Fénix, comprendiendo que se debatía entre el arrepentimiento de su decisión, y el permitirle a Aquiles vivir su vida.

Palacio de Lirnesos.

—Hermano —habló un Suplicio Obsidiana entrando en la habitación del trono de Lirnesos, mientras otro Suplicio Obsidiana y su esposa, miraban por la ventana y en dirección a las murallas abiertas de la ciudad—. ¡Los malnacidos Aqueos lograron abrir las murallas exteriores! ¡Nuestra gente está muriendo! —exclamó el Suplicio Obsidiana con la Armadura opuesta a la de Libra—. ¡Tienes que permitirme enfrentarlo! —le pidió.

—Tranquilízate, Epístrofo —le enunció el Suplicio Obsidiana, que en su Suplice contaba con unas alas inmensas—. ¿Debo recordarte tu dominio? Eres la Estrella Terrestre de la Robusteza, Epístrofo del Armero. El Suplicio Obsidiana del opuesto de Libra. ¿Sabes lo que pasará si llegan a enfrentarse? —le explicó el Suplicio Obsidiana de las largas alas.

—Mi amor… no podemos quedarnos de brazos cruzados tampoco —suplicó su esposa, de cabellera castaña suave, ojos color de esmeralda pálida, y temblando de miedo—. Están muriendo allí afuera —continuó la mujer.

—Briseida, mi hermosa Briseida… —le respondió el Suplicio Obsidiana, abrazando a la mujer y acariciándole la cabellera—. Comprendo tu temor. Y pienso hacer algo al respecto. Yo mismo voy a enfrentar a este invasor —le explicó, a lo que Briseida intentó quejarse—. Soy el rey de Lirnesos, la Estrella Terrestre de la Destreza y Suplicio Obsidiana del opuesto de Sagitario, Mines de Folo. No puedo ser derrotado por un sucio cobarde que ataca naciones neutrales a traición —le aseguró Mines.

—Pero mi amor… —lloró Briseida, abrazándose a la cintura de su esposo—. ¿Qué pasará si llego a perderte? No lo toleraría, aún no te he dado hijo alguno —le suplicó Briseida, y Mines la besó con gentileza.

—Cuando te traje a Lirnesos desde Crisa, salvándote de tus responsabilidades virginales para Apolo, te prometí grandes riquezas y un amor incondicional por el tesoro de que me entregaras lo que celosamente le guardabas a Apolo, tu virginidad —la besó nuevamente Mines, tranquilizando a Briseida—. He disfrutado de tus caricias incontables veces, y lo seguiré haciendo, porque eres mi reina, y espero algún día puedas convertirme en un padre orgulloso. Por este deseo, no puedo perder contra ese cobarde. Volveré, amada mía… —le juró, y entonces se dirigió a su hermano—. Pero es prudente tener un plan de contingencia. Epístrofo, si yo llegase a encontrar la muerte, llévate a Briseida de regreso a Crisa, a con su padre Briseo. Debes jurarme que no enfrentarás a Aquiles —le enunció.

—¿Cómo podría, hermano? —se molestó Epístrofo, quien era un opuesto de Aquiles casi perfecto, salvo por sus ojos rojos y cabellera castaña suave—. No podría huir y dejarte a tu suerte. Debo combatir —le pidió.

—Es una orden de tu rey, y cuando tú seas el rey podrás poner las ordenes —le apuntó Mines, abriendo las puertas de la sala del trono para salir—. Además… he recibido información muy valiosa de un Suplicio Obsidiana que ya ha enfrentado a Aquiles en batalla, y salió con vida —le aseguró Mines, mirando a Zelos de la Rana frente a él—. Dile al Suplicio Obsidiana del opuesto de Virgo, Zelos… que agradezco su mensaje, y que atenderé a la debilidad de Aquiles con la cautela requerida. Puedes retirarte —le entregó una bolsa de monedas Mines, y salió de la habitación del trono—. Siempre y cuando yo tenga la convicción suficiente, Aquiles… jamás podrás derrotarme… —sentenció, y se apresuró en dirección a la ciudad.

El Quersoneso Tracio. Campamentos Eleos frente a Mádito.

En el Quersoneso, ya se lidiaban varias batallas al mismo tiempo. Acamante y Epeo en el puerto de Elayunte frente al Helesponto, mantenían el comercio entre Troya y el Quersoneso congelado, al hundir a todos los navíos Troyanos que intentaban reactivar el comercio.

Áyax el Grande y Teucro llevaban a los Salaminos en dirección a Setos, siguiendo el camino dejado atrás por Niso, Pentesilea, e Ilíona, a quienes Áyax logró ver escapando de Mádito bajo la protección de la noche cuando llegaron a las murallas de la ciudad. Áyax estaba en extremo interesado en alcanzar a Niso y retomar la batalla inconclusa.

Anfímaco era el único que se había quedado solo, acompañado únicamente de Talpio, el co-rey de Élide, y de Menesteo de la Osa Mayor, el amigo de Áyax a quien El Grande asignó como guardaespaldas de Anfímaco en su preocupación por el de Piscis.

—No necesitas vigilarme todo el tiempo —le explicaba Anfímaco a Menesteo, quien no dejaba de analizar a Anfímaco en todo momento—. Áyax se preocupa demasiado, estoy acostumbrado a combatir por cuenta propia, Talpio es el verdadero líder táctico de esta empresa sobre Mádito. Yo solo vengo a eliminar a las pestes más difíciles de aniquilar —le aseguró.

—El sudor y la sangre de Anfímaco están contaminados, Menesteo —le explicó Talpio al Caballero de Bronce de la Osa Mayor, mientras preparaba el auriga de Anfímaco para la reunión con el rey de Mádito—. Si Anfímaco combate y comienza a sudar, se disipa una nube venenosa que termina con amigos y enemigos por igual. Por ello Anfímaco solo participa en las batallas contra los oponentes que manipulan el cosmos. Si tienes algo que agregar a la empresa, por favor compártelo conmigo —le pidió Talpio del Delfín.

—Un Caballero de Bronce no debería de liderar un asedio mientras el Caballero Dorado se queda de brazos cruzados observado. Es un desperdicio —fue la queja de Menesteo, quien se cruzó de brazos con molestia—. Me voy a quedar al lado de Anfímaco, asegurándome que sea el Caballero Dorado digno de esa Armadura —le apuntó.

—Haz lo que quieras, enviaré tributo a Áyax y a Acamante tras tu muerte por envenenamiento —fue la cruda respuesta de Anfímaco, quien miraba a las puertas de Mádito abrirse, y a un hombre salir vistiendo una armadura distinta a cualquiera que Anfímaco hubiera visto antes—. Ese debe ser el rey Teutras, pero… ¿qué está vistiendo? —meditó al respecto Anfímaco, notando el poderoso cosmos del rey que se dirigía en su dirección sobre un auriga blanco de bordes plateados—. Algo no me agrada en ese sujeto —aseguró Anfímaco.

—No es una Suplice… tampoco una Daimonia o una Glorie… —meditó Talpio de igual manera—. Pero sea lo que sea, presiento que muy pronto lo averiguaremos —agregó con determinación, y comenzó a conducir en dirección a Teutras, Menesteo tan solo comenzó a correr tras el auriga, cumpliendo con su parte de negarse a dejar a Anfímaco solo hasta asegurarse de que era el rey adecuado para esta empresa.

—Te digo que no tienes por qué vigilarme todo el tiempo, armatoste —se quejó Anfímaco, quien se concentraba para no sudar pese al calor que hacía en el Quersoneso, Talpio inclusive comenzaba a taparse el rostro con su capa para evitar respirar las toxinas del sudor de Anfímaco.

—Hay entre los Dorados muchos que no deberían ser Caballeros Dorados… y yo me encargaré de que sean dignos —fue la respuesta de Menesteo—. Yo sería el Caballero Dorado de Tauro si El Grande no me hubiese derrotado por ese derecho. Así que me dedicaré a cerciorarme de que quienes visten de Oro sean dignos —le aseguró.

—Haz lo que quieras, Bronce —espetó Anfímaco con molestia—. Sin ofender, Talpio… —prosiguió Anfímaco, y Talpio tan solo sonrió sabiendo que Anfímaco únicamente pretendía ser rudo para ahuyentar a Menesteo. Cuando ambos aurigas estuvieron en medio de los 2 ejércitos, tanto Anfímaco como Teutras bajaron de los mismos, se dirigieron el uno al otro, y reverenciaron—. Rey Teutras… —comenzó Anfímaco—. Espero que entienda que no es una visita diplomática. Como socio comercial de Troya debe saber que está en guerra y que cualquier aliado de Troya es enemigo de la empresa Aquea. Sin embargo, estamos dispuestos a negociar. Su neutralidad incondicional por el bien de su reino —le explicó Anfímaco.

—Me temo que eso no es posible, Caballero Dorado —sonrió Teutras con malicia—. En primer lugar, parece que no comprendes con quien estás tratado. Mi nombre es Teutras de Acteón, y he sido elegido como uno de los Cazadores de Artemisa. Mi Seleneria, la armadura de la Luna que visto, me ha sido entregada por la Reina del Quersoneso, quien es la representante de Artemisa en Gea —presumió el hermoso rey Teutras, inclusive moviendo su cabellera larga a un lado para que Anfímaco pudiera deleitarse de su hermosa Seleneria.

—Bueno, dudas resueltas —susurró Talpio—. Es una de las armaduras de Artemisa, y representa a Acteón, uno de los cazadores más grandes de Hélade quien tuvo la mala fortuna de ver a Artemisa desnuda, y por ello fue transformado en Ciervo y descuartizado por sus propios sabuesos —dedujo Talpio.

—La leyenda de la Seleneria que representa a Teutras no me es importante… —enunció Anfímaco, mirando la Seleneria en forma de Ciervo—. Más bien me preocupa el material del que está hecha, y el cómo mi Armadura Dorada parece reaccionar al mismo… —se mostró curioso.

—Si tener la bendición de Artemisa no les es suficiente, mis Peltastas poseen la protección de Artemisa también. Al Quersoneso lo protege la diosa de la Luna, estarían dementes de intentar enfrentarnos —observó entonces Anfímaco a los Peltastas, con armas blancas con la forma de la Luna como armamento—. Pero basta de presumir —agregó mientras blandía una espada inmensa con la forma de la Luna, y empuñadura con la forma de una cornamenta de Ciervo, lo que era su forma de intimidar aún más a Anfímaco, aunque el de Piscis mantenía la calma en todo momento—. Es hora de pasar a las exigencias. Su presencia, sumada a la conquista del Puerto del Helesponto en la ciudad portuaria de Elayunte, ha mermado nuestra economía incluso más que cuando solo se mantenía el sitio en Troya. Exijo salgan de nuestras tierras, o los sacaremos a la fuerza —insistió el Cazador de Artemisa.

—La economía de toda Troade continuará siendo dañada, mi señor Teutras, hasta la restitución que nos compete por el insulto de Paris —continuó con la explicación Anfímaco—. Debo pedirle reconsiderar. Áyax el Grande viaja en estos momentos a Sesto para hacerle la guerra, y una vez los estrechos del Quersoneso estén derribados, avanzaremos hasta conquistar el resto de sus reinos, derribando completamente la economía del Helesponto, a menos que las negociaciones entre usted y yo resulten exitosas. Por supuesto que, también podemos entrar en un Combate por Conquista y evitar inútiles derramamientos de sangre —le recordó.

—Ya me enteré de como terminaron los últimos Combates por Conquista —confesó Teutras—. Esa alternativa no volverá a repetirse. Te lo advierto, Anfímaco, sal de mis tierras, o yo vendré por ti —fue lo último que dijo Teutras, mientras ordenaba a su auriga retirarse y regresar a la ciudad.

—Las negociaciones no salieron como esperábamos —confesó Talpio, y miró a Anfímaco, quien no dejaba de ver a Teutras con determinación—. ¿Crees poder derrotarlo? —le preguntó Talpio sin rodeos, y Menesteo observó fijamente a Anfímaco, quien mantenía una calma que inspiraba seguridad pese a que Teutras poseía un cosmos superior a cualquiera que hubiese sentido antes.

—Esto no se trata de si puedo o no puedo hacerlo, Talpio… —fue la respuesta de Anfímaco—. Debo hacerlo, y esa es la única respuesta. Combatiré a Teutras. Y lo derrotaré. La empresa lo amerita… —Menesteo sonrió ante la respuesta de Anfímaco, y siguió al auriga de regreso a los campamentos Eleos—. Da las ordenes… —pidió Afímaco.

—¡Eleos! —llamó Talpio, y los hombres de Élide atendieron al llamado del co-rey—. A las armas, Mádito ha negado la opción a negociación. ¡Tomaremos Mádito a la fuerza! —se preparó Talpio, colocándose al frente el campo de batalla. Anfímaco por su parte, fue a la retaguardia, a esperar mientras Talpio tomaba el rol del líder de la empresa.

—No lo apruebo —se cruzó de brazos Menesteo, y Anfímaco lo miró fijamente—. El Caballero Dorado debería estar al frente. Dejar a un Caballero de Bronce liderar la afrenta me parece… indigno… —continuó.

—No voy a negar que los Caballeros Dorados tenemos el cosmos superior a los de Bronce y Plata, Menesteo… —le respondió Anfímaco con seguridad—. Pero otros caballeros de Bronce o de Plata, también pueden lograr grandes hazañas. Ese es el potencial del cosmos —aclaró, mirando a Talpio liderar la afrenta en contra de las tropas de Mádito, que ya salían escupíos por las puertas de la ciudad—. ¿Para qué existirían Caballeros de Bronce o de Plata si con los de Oro es suficiente? Yo te diré por qué: Cuando un Caballero Dorado caiga, otro Caballero digno deberá cubrir esa posición —lo miró fijamente Anfímaco, sorprendiendo a Menesteo por su seguridad en aquellas palabras—. No nacimos listos para ser Caballeros Dorados, Menesteo, debimos sufrir muchas cosas que otros no quisieron sufrir… como convertir mi sangre en veneno… y renunciar voluntariamente al derecho de tener un hijo. ¿Otros están dispuestos a hacer esto por el poder que vestir esta armadura confiere? Eso no lo sé… —prosiguió, mirando a Teutras saliendo nuevamente, con más hombres a su disposición—. Mi deber es el de ser el más fuerte… y tener esperanza de que, si yo muero, alguien se levantará para llenar mi lugar. Tal vez algún día tú también vistas de Dorado, Menesteo, tal vez no. Hoy, solo puedes aspirar a este derecho, y volverte fuerte… —finalizó Anfímaco, lanzándose a toda velocidad a Teutras, ignorando a sus hombres al mando de Talpio, y cumpliendo con su papel de Caballero Dorado—. ¡Rosas Piraña! —lanzó las rosas Anfímaco, haciéndole frente a un Cazador de la Luna de poder desconocido para el Caballero Dorado de Piscis, pero enfrentándolo de todas formas, como se esperaba de él.

—¡Ven a mí, Caballero Dorado! —lo recibió Teutras a punta de espada, que Anfímaco logró evadir, mientras su sudor liberaba la esencia venenosa que comenzaba a invadir a Teutras—. Así que… pretendes envenenarme. ¡No voy a darte el gusto! —atacó Teutras, Anfímaco evadió, y con gracia y elegancia rodeó el brazo con el cual Teutras cargaba la Espada Lunar con su Látigo Dorado, aunque este pareció ser repelido, y regresó a él a amarrarse alrededor de su cintura—. ¡Como era de esperarse del Caballero Dorado que asesinó a Lune de Balrog! ¡El Cazador de la Luna! —lanzó un puñetazo Teutras con su mano libre, obligando a Anfímaco a evadir, mientras una jauría de Sabuesos de cosmos blanco lo perseguían intentando devorarlo.

Asia Menor. Afueras de Crises.

—No pierdan el tiempo levantando los campamentos… no vamos a necesitarlos… —enunció Agamenón a su llegada a Crises, y mientras observaba a los barcos comerciantes de Troya llegando para reactivar el comercio—. Con solo ver a los barcos sabemos que no son neutrales. Además de que no tenemos más tiempo que perder. Los Cretenses ya llevan bastante tiempo en Lesbos, prepárense para el ataque —ordenó Agamenón, y los hombres de Micenas comenzaron con los preparativos.

—Mi señor… —le interrumpió Calcas—. Crises es un puerto con un amplio favoritismo por Apolo. ¿No deberíamos realizar los sacrificios pertinentes antes del ataque? —le sugirió el profeta, a lo que Agamenón respondió con autoridad.

—¡La última vez que realicé un sacrificio en nombre de los dioses me arrebataron a mi hija, Ifigenia! ¡No más sacrificios, Calcas! ¡Si Apolo y Artemisa piensan que van a volver a intimidarnos de esa forma, están muy equivocados! ¡Al ataque! —ordenó Agamenón, y los ejércitos de Micenas se lanzaron sin hacerse a la espera.

Templo de Apolo en Crises.

—¡Ama Casandra! —corría Cheshire por las calles e Crises, hasta llegar al templo, donde Casandra tomaba el té tranquilamente—. ¡Ama Casandra! ¡Hay que salir de aquí! —insistía Cheshire—. Micenas… llegaron sin anunciarse, nos masacrarán a todos —lloró Cheshire de miedo, y Casandra sonrió con malicia, y se alzó la falda mostrándole a Cheshire su entrepierna—. ¡No está vistiendo nada bajo la túnica! —le bajó la falda Cheshire mientras se ruborizaba.

—¿Ya te calmaste? —preguntó Casandra con picardía—. No necesito nada bajo mi túnica, Cheshire, lo que me ponga me lo van a romper. ¿No entiendes que este es el día para el que me he preparado por tanto tiempo? —le recordó Casandra.

—Ese conocimiento me sería de mucha utilidad, mi señorita… —habló un hermoso ser, de cabellera escarlata que brillaba como un sol viejo, pero poderoso, vistiendo una armadura de Oro Blanco conocida como Glorie, con unas alas preciosas y una corona de oro sobre su cabeza—. Ama Casandra —reverenció el apuesto ser tras llegar al templo.

—Lino de Elegía —le regresó la reverencia Casandra—. Lo lamento, Lino, no es nada personal, pero no puedo revelarle a un servidor de Apolo el futuro, estoy enemistada con él después de todo, además de que no importa lo que diga, son pocos los que me creen —aseguró Casandra.

—Eso lo entiendo, mi señora, por ello le juro en el nombre de Apolo que sin importar lo que usted me diga, yo se lo creeré —se arrodilló Lino frente a Casandra, quien meditó al respecto de lo que Lino le decía—. Por el bien de Crises y de mi señor Apolo, puede contármelo, se lo aseguro —volvió a reverenciar.

—Bueno… —se frotó la barbilla Casandra—. Gea no es plana, ni está en el centro del universo, el Sol es solo una estrella y hay millones mucho más grandes que ella, por cierto, el Sol es el centro de nuestro conjunto de mundos —enunció Casandra, y Lino la miró con confusión—. Me pican los dedos de los pies, me saco los mocos, y los pego en la Suplice de Cheshire cuando él no se da cuenta —agregó, y Cheshire hizo una mueca y comenzó a inspeccionarse la Suplice—. Un Caballo de Madera parirá a varios soldados que destruirán a Troya, seré violada por segunda ocasión, y seré brutalmente asesinada, con mis hijos siendo ejecutados sobre mi tumba también. Pero yo estaré feliz porque ya me habré preparado para todo eso —sonrió Casandra.

—Me refería… a creerle lo que ocurrirá en esta batalla, mi señora… —enunció Lino con cierto desdén—. Y pese a que hice un juramento… encuentro la mayor parte de lo que dijo particularmente difícil de creer. ¿Un caballo de madera va a hacer qué? —preguntó.

—Umm… ya lo olvidé… —mintió, y Lino suspiró en señal de descontento—. Pero si realmente quieres saber lo que va a pasar, Lino. No importa lo que hagas… perderás, y yo seré la verdadera razón de la caída de Troya cuando Agamenón encuentre ello que siempre ha estado buscando, a una lunática que lo quiera pese a lo obstinado, cabeza caliente, y frustrante que pueda llegar a ser. Además… yo soy una pervertida, y ese Macho Cabrío me va a complacer bastante —salivó Casandra.

—Definitivamente no debí preguntar —se levantó Lino, mientras miraba a los ejércitos de Crises correr en dirección a los puertos que ya estaban siendo incendiaos por los hombres de Micenas—. Apolo fue muy claro de todas maneras. No soy un general, mi labor es la de destruir únicamente al general de las tropas Aqueas que invadan Crises, y proteger a la señorita Casandra —le recordó Lino, a lo que Casandra asintió—. Incluso ahora, mi padre, Apolo, la ama con todo su cosmos. Tanto como para enviarme a mí, su hijo mayor, a protegerla únicamente a usted. En verdad no entiendo cómo lo rechazó… —agregó Lino.

—Apolo es fiel solamente a Apolo, Lino, y estoy segura de que algún día lo vas a entender —le sonrió Casandra, y Lino dudó al respecto—. Además, a mí me gusta estar del lado ganador, aunque eso me vaya a traer consecuencias muy dolorosas. Por eso he decidido disfrutar mi vida al máximo de ahora en adelante, no puedo decir lo mismo de ti —aseguró.

—De manera que voy a perder pese a ser el Egleteo más poderoso de todos —meditó Lino al respecto, y Casandra asintió mientras se picaba los dedos de los pies, limpiándoselos—. Me resulta inaudito… soy el hijo de un dios. Y pese a que Deimos era un dios menor, se requirió de la fuerza de la Exclamación de Athena para derrotarlo. ¿Cómo podría un mortal derrotarme? —preguntó Lino nuevamente.

—¿Cómo no iba a hacerlo… cuando ha dejado de confiar en los dioses que lo traicionaron? —le mencionó Casandra, y Lino la miró fijamente—. Un mortal a quien los dioses auxilian y a quien los dioses le dan su favor, es un mortal glorioso, Lino —comenzó a explicarle Casandra, y Lino intentó encontrarles sentido a sus palabras—. Pero, el mortal que se levanta contra los dioses tras sentirse traicionado por ellos… es un demonio invencible. Y Athena tiene a 12 de esos. Fue un error muy grave de Artemisa el pedirle a Agamenón sacrificar a su propia hija, ya que eso le dio la determinación de levantarse en contra de los dioses —terminó de explicarle, y Lino se frotó la barbilla, pensando al respecto—. A manera de despedida solamente, y porque la verdad me chiflan los pelirrojos, te regalaré una respuesta sincera. Has la pregunta que quieras, Lino, de todas formas, sé que tú eres un ser de bien —aseguró.

—Haré una pregunta sin rodeos entonces… —agregó Lino, mirando a Casandra fijamente—. Athena, ¿ella vencerá en esta guerra? Necesito saber si mi sacrificio será o no en vano… —prosiguió Lino, y la sonrisa de Casandra se borró.

—Esas son 2 preguntas, Lino… pero las contestaré… —continuó Casandra—. Tu sacrificio de hoy… no será en vano… y Athena no va a vencer en esta guerra… eso es todo lo que puedo decir… —le aseguró Casandra, y Lino la miró fijamente.

—No sabes mentir… —fue la respuesta de Lino, quien reverenció, y comenzó a salir del Templo de Apolo—. Agamenón va a morir, Casandra, bajo mi puño. Lo lamento, pero pese a mi juramento no puedo creerte —salió Lino entonces a las calles, encontrando a Agamenón liderando el ataque a Crises.

—Eso ha sido muy grosero —se quejó Cheshire—. ¿Cómo puede no creerle después de que usted sinceramente se preocupó por su bienestar, mi señorita Casandra? No debió decirle nada en primer lugar. No se lo merece —continuó Cheshire.

—No aún… pero sí en un futuro muy lejano… —aclaró Casandra, y entonces miró a Cheshire—. Además… yo jamás digo mentiras, Cheshire… desde el día que nací… nunca he dicho una sola mentira. El sacrificio de Lino no será en vano, porque en esta batalla va a crear al Caballero Dorado más leal a Athena… ese… quien vivirá eternamente al servicio de la única diosa en la que sabe que puede confiar. Ese que incluso combatirá en su nombre cuando haya muerto… en esta misma guerra… —la revelación hizo a Cheshire palidecer, mientras miraba a Casandra con confusión—. Athena no va a ganar esta guerra, Cheshire… pero eso tampoco significa que Hades va a ganarla. ¿Quieres saber realmente lo que va a pasar? Ese es un secreto que solo yo sé, y que me voy a divertir mucho revelando de poco en poco —miró Casandra a Lino, quien se lanzó en dirección a Agamenón, quien, tras notar el poderoso cosmos, sacó su espada, y arremetió contra Lino, que cubrió con una espada de Oro Blanco.

—Agamenón de Capricornio, haz insultado a Apolo al traer la guerra a sus tierras… —empujó Lino, y Agamenón cayó pesadamente, pero se repuso y preparó su espada—. Es por ello que Apolo personalmente me ha dado la encomienda de terminar con tu vida. Mi nombre es Lino de Elegía… y soy uno de los 3 Egleteos, los hijos de Apolo con el poder de los dioses —se presentó.

—Por mi podrías ser el mismo Apolo, Lino, y te enfrentaría de igual manera —elevó su cosmos Agamenón alrededor de su espada, apuntándola en dirección a Lino, quien preparaba la suya de igual manera—. Le di a los dioses a mi hija, Ifigenia, y es lo último que voy a darles, Lino. Jamás volveré a ceder ante la tiranía divina, solo una diosa me ha demostrado no ser una tirana, y es por ella por quien lucho, por Athena. ¡Solo a ella pertenece esta espada! —agregó Agamenón, guardando la Espada de Libra, preparando con ambos brazos a Excalibur, la espada que pese a estar rota, era el mayor orgullo de Agamenón—. ¡Recibe, la Doble Excalibur! —lanzó un par de cortes Agamenón, mismos que Lino evadió mientras extendía sus alas y se lanzaba a Agamenón transformado en un cometa de fuego, pero Agamenón en lugar de dejarse intimidar, saltó ágilmente, lo que para un hombre con su complexión física era increíble, aún más lo era colocar sus pies debajo de las axilas de Lino, y lanzarlo con fuerza a los cielos—. ¡Salto de Roca! —tras el lanzamiento, con su cosmos controló la trayectoria de Lino de regreso a Gea, donde se estrelló, pero el Egleteo apenas y estaba herido, se puso de pie, y encaró a Agamenón.

—Admito que eso fue sorpresivo… —agregó mientras se limpiaba un hilo de sangre—. Pero no soy como los Espectros de Hades y los Suplicios Obsidiana, Agamenón. Mi cosmos podría compararse al de un dios, y estás por presenciar mi verdadera fuerza —extendió la mano Lino, y el cielo se tornó escarlata, interrumpiendo la batalla entre los soldados de Crises y los de Micenas, mientras un Sol rojo aparecía en el cielo—. ¡Estallido de la Elegía! —lanzó al Sol rojo Lino desde el cielo, y Agamenón preparó la Espada de Libra para hacerle frente, se lanzó al Sol mismo, y arremetió, liberando una explosión descomunal que vaporizó a varios soldados de ambos bandos, mientras Casandra tan solo observaba, con una tranquilidad inquietante.

—Tranquilo, Cheshire —lo tranquilizó Casandra cuando el aterrado de Cheshire intentó tomarla de la mano para huir de la ciudad—. De ahora en adelante, solo uno muere —miró Casandra a los hombres de Crises, quienes aterrados comenzaron a abandonar la ciudad, mientras los hombres de Micenas formaban un perímetro alrededor de la explosión, desde la cual un Agamenón envuelto en llamas intentaba reponerse del tremendo ataque—. Esto es lo más parecido a una batalla entre dioses y mortales que verás en mucho tiempo, Cheshire. Trata de disfrutarlo… —le aconsejó.

—¿Comprendes ahora, Agamenón? —aterrizó Lino frente al de Capricornio, mientras los hombres de Micenas intentaban ir a defender a su rey, pero se vieron repelidos por las inmensamente altas temperaturas alrededor del cráter—. No te enfrentas a un ser ordinario. Este es el castigo de ustedes quienes han desafiado a los dioses —le aseguró.

—No, Lino… —se puso de pie Agamenón, mientras con su mano ordenaba a los hombres de Micenas mantenerse al margen—. Este es el momento… en que los mortales deciden dejar de ser pisoteados por los dioses… —la espada Excalibur volvió a dibujarse en su cosmos, una mitad en cada brazo, y Lino observó que, pese a que la espada continuaba rota, esta brillaba incluso más que la Espada de Libra enterrada a unos pies de Agamenón—. ¡Excalibur! —enunció, lanzó su ataque, y Lino se envolvió en sus alas para recibirlo—. ¡Derrocaremos a los mismos dioses de ser necesario! —se lanzó Agamenón, forzando a Lino a evadir sus ataques.

Lirnesos. Explanada frente al Palacio de Lirnesos.

—¡Avancen! —gritaba Aquiles, mientras el pueblo alrededor del Palacio de Lirnesos ardía en llamas y los Mirmidones avanzaban doblegando a las tropas de la ciudad. Los hombres de Lirnesos se habían defendido bien, pero Aquiles había liderado la avanzada con tal decisión que los Mirmidones se vieron inspirados por su convicción y habían doblegado a los soldados con facilidad. Ahora solo faltaba que entraran al palacio y atraparan a su rey. Pero para sorpresa de Aquiles, a momento en que llegaba a las puertas el Palacio de Lirnesos, estas estallaban y revelaban al rey que había venido a hacerle frente—. ¿Un Centauro? —preguntó admirando la Suplice del Espectro, y a la bestia que respaldaba a su cosmos.

—Folo, el sabio Centauro… —enunció Mines con orgullo—. Pero permíteme presentarme correctamente. Después de todo, los héroes necesitamos saber el nombre de los caudillos a los que enterramos —agregó Mines con arrogancia—. Mines de Folo, Estrella Terrestre de la Destreza, y Suplicio Obsidiana del opuesto de Sagitario… —agregó mientras materializaba un arco y una flecha.

—Aquiles de Libra… —sacó su espada Aquiles—. Príncipe de Ftía y líder de los Mirmidones —tras la mención de su ejército, los Mirmidones se reunieron a su alrededor, así como los hombres de Lirnesos lo hicieron alrededor de Mines—. Es muy tarde para negociaciones, Mines… entrega tu reino, tu puerto ya está destruido de todas formas. Si la incursión continua es por tesoros solamente —le espetó Aquiles.

—¿Por tesoros solamente? —se molestó Mines, cruzándose de brazos—. ¿Acaso no existe nada más para ti que hacer la guerra por tesoros? Con tan pobre convicción, sería una verdadera sorpresa el que llegaras a derrotarme. Yo lucho por mi pueblo, Aquiles, y tú lo has insultado —le apuntó Mines.

—Ustedes insultaron a la persona equivocada al robarse a Helena, Mines, no intentes hacerme ver como el malo aquí —lo apuntó con su espada Aquiles—. Ahora ríndete… serás mi invitado si así lo haces, y negociaremos los términos de su rendición —aseguró Aquiles.

—¿Y cuáles serán esos términos? —le preguntó Mines—. Que, tras masacrar a mi gente, quemar mi puerto, y traumatizar a mi población, ¿aún debo pagarles tributo? ¿Mandarlos de vuelta a Troya con tesoros, mujeres y alimento? ¡No me hagas reír! ¡Lo único que negociaré contigo, Aquiles, es el cuanto castigo he de darte antes de mandarte al Hades! —elevó su cosmos Mines, y Aquiles se colocó a la defensiva—. ¡Estela de Repulse! —incineró su puño Mines, y lanzó un cometa oscuro en dirección a Aquiles.

—¡Tigre Descendente de Pelión! —se lanzó Aquiles, con el Tigre enfrentando al Centauro, pero para sorpresa de Aquiles, el Centauro logró doblegar al Tigre de Pelión, y lanzarlo en dirección a los soldados Mirmidones, quienes quedaron noqueados tras ser tan violentamente impactados por el cosmos de Aquiles.

—No eres más que un niño —se burló Mines, y se dirigió a sus soldados—. Hombres de Lirnesos, atiendan a la sabiduría de las enseñanzas de nuestros padres. Ustedes poseen la fuerza y la destreza de enfrentarse a los Mirmidones. Su móvil es la justicia, el de ellos la conquista. ¿Vamos a dejar que los asesinos y conquistadores hagan de las suyas con nuestras tierras y nuestras familias? —el grito de los hombres de Lirnesos se escuchó entonces, mientras los Mirmidones ayudaban a un sorprendido Aquiles a ponerse de pie—. ¡Expúlsenlos de nuestras tierras! ¡Pero el Caballero Dorado es mío! —incineró su cosmos Mines, y este era sorpresivamente calmado y sabio—. ¡Flecha de Folo! —elevó su cosmos alrededor de su flecha, apuntó, y disparó.

—¡Una flecha no va a detenerme! —agregó Aquiles con arrogancia, cuando escuchó un poderoso rugido mientras alzaba su escudo para bloquear la flecha, replanteó su táctica, y saltó, notando como la flecha hacía una curva, y en lugar de estrellarse en el escudo donde Aquiles cubría, se clavaba a escasos centímetros de donde estaba su talón.

—¿Cómo supo a donde lanzaba mi flecha? —se impresionó Mines, mientras Aquiles miraba a la flecha de cosmos con una mirada repleta de molestia, y entonces viraba la misma a los montes donde el resto de su ejército esperaba, encontrando a Patroclo de brazos cruzados y mirándolo fijamente. Mines miró en aquella dirección también, sorprendiéndose—. Ese Caballero Dorado… aún a semejante distancia, logró ver la trayectoria de mi flecha incluso antes de que yo la lanzara… ¿cómo es posible? —se preguntó Mines.

—Patroclo también me molesta mucho a mí… Mines… —confesó Aquiles, mirando nuevamente a la flecha de cosmos—. Es muy molesto… siempre me está vigilando… pero, de no ser por su rugido, esta flecha… —enfureció Aquiles, pero entonces respiró, y se tranquilizó—. Ya es suficiente… —guardó su espada Aquiles, dejó su escudo Mirmidón atrás, y optó una pose de batalla—. Folo… el Centauro de la sabiduría… amigo de Heracles, un cazador excelente que con pequeñas flechas era capaz de asesinar a la más fiera de todas las bestias… conoce a tu enemigo antes de enfrentarlo, imbécil, si te lanzas a la batalla con la cabeza caliente por el fervor de la batalla, serás doblegado por un oponente con mayor templanza que la tuya —enunció Aquiles, molestando a Mines.

—Esas enseñanzas… —comenzó Mines, mirando a Aquiles fijamente—. Son enseñanzas de los Centauros… aunque bien podría ser sentido común. En todo caso me es indistinto. Ahora sabes que conozco tu debilidad. ¡Estela de Repulse! —volvió a lanzarse Mines, transformado en el cometa violeta, Aquiles mantuvo la mirada fija, esperó, leyó el viento a su alrededor, y giró, evadiendo el puño dirigido a su talón en el último momento, parándose en el pie derecho, reuniendo su cosmos en el izquierdo, pateando el rostro de Mines con todas sus fuerzas, lanzándolo a las puertas del palacio de Lirnesos, donde quedó clavado, y sorprendido—. ¿Cómo se ha movido así? —se preguntó Mines, poniéndose de pie. Ileso, pero sorprendido.

—¿Tienes una debilidad? Pobre de ti, me das tanta pena —escuchó Mines que enunciaba Aquiles, pero Mines no veía más a Aquiles, ni escuchaba su voz. En su lugar veía a Quirón de Centauro, el Caballero de Plata, dando uno de sus sermones habituales—. Lanza una flecha al cráneo de un soldado y dime que la cabeza no es su debilidad. Córtale la garganta, apuñálalo por la espalda. Hay miles de formas de matar a alguien, ¿y tú te preocupas por tu talón en mal estado? Me das lástima. Concéntrate en ser intocable, de pies ligeros, y no importará tu talón cuando tu oponente no pueda jamás dar en el blanco —prosiguió Aquiles, y Mines lo comprendió.

—¿Quirón? —dedujo Mines, su cosmos reaccionando a la mención del nombre—. Ya veo… eres el nuevo protegido de Quirón, el entrenador de héroes —lo miró Mines, analizando la pose de batalla de Aquiles, notando que esta no defendía ningún punto vital, sino que mantenía los músculos relajados—. Pies ligeros… —optó la misma pose Mines, se lanzó a Aquiles, pateó, Aquiles se agachó y lanzó a puño cerrado un ataque a la barbilla con el Dragón de cosmos, mismo que Mines evadió y dio un rodillazo, en el cual Aquiles se impulsó para tomar altura e intentar atrapar el cuello de Mines con su otra mano, en la que se formó el rostro de un Tigre con las fauces abiertas, que mordió, pero por muy poco no logró alcanzar el cuello de Mines, quien extendió sus alas, y aterrizó a unos cuantos metros frente a Aquiles—. Se mueve como el viento… es tranquilo como el rio… —analizó Mines, mientas Aquiles flexionaba sus rodillas, se abalanzaba contra Mines a toda velocidad, atrapaba la pierna izquierda de Mines envolviéndola con su propia pierna derecha, e impactaba de un tremendo puñetazo envuelto en cosmos el hombro de Mines, que soltó un alarido de dolor, mientras elevaba su cosmos y lo hacía estallar para alejar a Aquiles, quien evadió la explosión de cosmos justo a tiempo, mientras Mines se tomaba el brazo dislocado, y se lo acomodaba—. Imprimió solo la fuerza suficiente para dislocarme el hombro, sabía que si atacaba más fuerte la explosión de mi cosmos lo alcanzaría… no, esto va más allá de eso… adivinó el cómo reaccionaría ante su ataque, y moldeó sus movimientos para ser capaz de evadirme… estoy… sumamente impresionado… —enunció Mines.

—Las explosiones de cosmos son bonitas, pero inútiles si se usan sin control, sin estrategia… —continuó Aquiles, escuchado en sus propias palabras las enseñanzas de Quirón—. Todo movimiento debe estar perfectamente balanceado. Como el rio a través de las rocas, fluye sin detenerse, rodea la roca sin estrellarse, pasa sobre ella, se resbala, porque es la única fuerza que necesita. Muévete como el rio, utiliza su fuerza a tu favor. Jamás olvides que un Tigre no va jamás en contra del rio, se deja envolver por él… y libera su fuerza haciendo al río suyo… —el cosmos de Aquiles volvió a incinerarse, pero era calmado, y radiante—. El Tigre… es agua y viento… —recordó Aquiles, lanzándose a Mines a toda velocidad, colocándose justo debajo de él, a una velocidad en la que Mines no logró reaccionar a tiempo—. ¡Tigre Descendente de Pelión! —impactó con todas sus fuerzas, estremeciendo todo el cuerpo de Mines, quien tembló de dolor, se separó de Aquiles, y comenzó a convulsionarse—. Es hora de que empiece a enorgullecer a mi maestro… y de que me convierta en el héroe que necesita esta empresa… no más ayudas, de ahora en adelante soy mi propio héroe —enunció Aquiles, acercándose a Mines, quien comenzaba a vomitar sangre, interrumpiendo la batalla entre los hombres de Lirnesos y los Mirmidones, aunque el adolorido rey intentaba ponerse de pie—. No lo intentes… te asesté en el corazón causándote un ligero infarto… si hubiera usado toda mi fuerza, te habría destrozado el corazón… pero he elegido ser piadoso… ríndete, dile a tus hombres que fuiste derrotado, o el próximo golpe será fatal… —enunció, rodeando su mano en cosmos dorado, mientras Mines se reponía, extendía sus alas y sus brazos, y elevaba su cosmos—. ¡Mines! —insistía Aquiles.

—Ahórrate los discursos… Aquiles… —le respondió Mines, elevando todo su cosmos, liberando el caos a su alrededor—. Si yo me rindo… y te permito conquistar Lirnesos, solamente seré un cobarde que mandó a sus hombres a morir… y se dio por vencido cuando se vio doblegado… —continuó elevando su cosmos Mines, sorprendiendo incluso a Aquiles—. En cosmos… me atrevería a decir que soy superior a ti… pero puedo ver que Quirón entrenó a un verdadero asesino, porque eso es lo que eres, Aquiles, un asesino. El que quieras ponerle el título de héroe no cambia el hecho, de que estas imponiendo tu voluntad… —aseguró, preparando su puño oscuro—. Prefiero morir que rendirme ante ti, malnacido asesino… —aseguró.

—Sí… soy un asesino… —meditó Aquiles al respecto—. ¡Un asesino certero con convicciones de honor! —incineró su cosmos Aquiles, desafiando al de Mines—. ¡Corta la cabeza de la Serpiente y la cola por sí sola caerá! ¡Si derrotas al rey, su ejército dejará de luchar! ¡Tártaros! ¡Acepta esta alma en tu vientre! ¡Mirmidon Heros! —se lanzó Aquiles envuelto en cosmos dorado, mientras Tártaros atendía a su llamado.

—¡Estela de Repulse! —se abalanzó Mines sobre Aquiles, los puños de ambos se rosaron, pero Aquiles logró leer la trayectoria del puño de Mines, viró el rostro solo lo suficiente para evadir el mismo, arregló su trayectoria, y su puño atravesó la Suplice de Folo, clavándose en el pecho de Mines. Lo que siguió fue un silencio sepulcral, mientras Aquiles escuchaba el sonido del latir del corazón de Mines, y como este se apagaba, hasta que dejó de latir—. Briseida… —lloró Mines, mientras la vida lo abandonaba, y caía sobre los brazos de Aquiles, quien respetuosamente colocó a Mines en el suelo, ante los ojos atónitos de los hombres de Lirnesos, y el grito de dolor de una mujer en el balcón, quien exclamó un alarido de dolor.

—¡Mineeeees! —lloró la mujer, ganándose la atención de Aquiles, momentos antes de que otro Suplicio Obsidiana saltara del balcón, y cayera pesadamente frente a Aquiles, sorprendiéndolo, pero todo ocurrió tan rápido que no pudo defenderse de su tremendo poder.

—¡Llamarada del Armero! —enunció Epístrofo, el Suplicio Obsidiana que tenía el poder de Aquiles, lanzando al Pélida por la ciudad ahora en silencio gracias al luto que guardaban los hombres de Lirnesos, y el respeto de los Mirmidones—. Asesinaste a mi hermano… —enfureció Epístrofo.

—Se negó a rendirse… y combatió con honor… —respondió Aquiles, concentrando su cosmos y lanzándose con el Dragón en dirección a Epístrofo, quien bloqueó con un escudo en forma de caparazón de Tortuga, Aquiles volvió a intentarlo con el Tigre, pero la Tortuga nuevamente resistió sus embistes—. Si eres mi Suplicio Obsidiana opuesto siempre pensé que estarías más inclinado al Dragón que al Tigre —enunció Aquiles, mientras las llamas de un Ave de Fuego similar a Fénix rodeaban a Aquiles y lo mantenían atrapado en un torbellino de llamas escarlata.

—Las bestias que protegen a la Suplice del Armero, la Estrella Terrestre de la Robusteza, son Suzaku y Genbu, mientras que las bestias que protegen a la Armadura de Libra son Seiryu y Byakko —le explicó Epístrofo, y Aquiles alzó la ceja con curiosidad—. Pero eso no importa. Mataste a mi hermano, insultaste a mi pueblo —agregó con Suzaku y Genbu dibujados en su cosmos, que estallaba furioso, violento—. ¡Llamarada del Armero! —gritó con fuerza, lanzándose a Aquiles, quien lo evadió con tranquilidad y paciencia, mirándose a sí mismo en la ira de Epístrofo, quien era su cólera, que lo hacía inmensamente fuerte, pero igualmente vulnerable.

—¡Dragón Ascendente! —gritó, impactándole el mentón, y con su cosmos estallando con fuerza, envolviendo a la ciudad de Lirnesos en la fuerza de una tormenta de viento y agua mientras el Dragón y el Tigre trabajaban juntos para convertir a Aquiles, en un verdadero héroe de guerra—. ¡Tigre Descendente! —se lanzó, atrapando a Epístrofo en el ataque, enterrándolo contra el palacio, que comenzó a venirse abajo por las fuerzas de la naturaleza que Aquiles desencadenaba.

El Quersoneso Tracio. Ciudad de Mádito.

—Por Élide —enunciaba Talpio, quien se las había arreglado para liderar a los ejércitos de Élide hasta llegar a las murallas de Mádito, donde con su Cortina de los Mares protegía a los hombres de Élide de la lluvia de flechas que les lanzaban. No era la primera vez que Talpio tomaba el rol de líder supremo de un asedio, lo que no terminaba de convencer a Menesteo de la Osa Mayor, quien pese a acompañar al grupo en el asedio frente a las puertas, mantenía mayor atención en la batalla que ocurría fuera de las puertas de Mádito, donde Anfímaco combatía fervientemente a un Cazador de Artemisa que no parecía debilitarse por su veneno—. ¡Menesteo! —gritó Talpio, cuyo cosmos comenzaba a flaquear y a debilitar la Cortina de los Mares, que ahora lograba ser atravesada por las flechas y comenzaba a dar muerte a algunos soldados de Élide.

—¡Puño de Hierro! —enunció Menesteo, logrando derribar de un solo golpe las puertas de la ciudad, permitiendo a los Eleos entrar, con Talpio liderando la marcha, y comenzar con el asesinato de los arqueros en la cima de la muralla—. ¡La ciudad es nuestra! —enunció Menesteo con orgullo, pero antes de entrar en la ciudad, viró para observar nuevamente la batalla entre Afímaco y Teutras.

—¡Rosas Piraña! —lanzaba sus rosas Anfímaco, pero estas evadían contacto con la Seleneria de Teutras, aun cuando Anfímaco intentaba a la fuerza hacer a la Rosa Piraña chocar con la armadura de la Luna—. Me repele… —imprimió más fuerza Anfímaco, hasta que la Rosa Piraña fue repelida con tal fuerza que Anfímaco se vio obligado a evadir su propio ataque que le destrozó una de las hombreras de su Armadura Dorada—. Inaudito… mi Rosa Piraña que es capaz de destruir las Armaduras Doradas… repelida por una Seleneria… —se molestó Anfímaco, quien entonces tuvo que evadir la espada inmensa de Teutras, que se clavó en el suelo, estallando en luces tornasoladas que golpearon a Anfímaco y lo lanzaron por los aires.

—Te mueves demasiado y me molesta, Caballero de Piscis —se lanzó nuevamente Teutras con la Espada de la Luna en alto, y Anfímaco rodó por el suelo, escapando de la tremenda explosión de cosmos que levantaba la espada tras cada impacto.

—Si mis Rosas Piraña no pueden alcanzarlo… la Rosa Sangrenta tendrá el mismo resultado… —dedujo Anfímaco, retrocediendo, y viendo de reojo a los hombres de Élide entrando en la ciudad de Mádito—. Mi trabajo es exterminar a los manipuladores de cosmos… mientras Talpio lidera a los Eleos a la batalla. Mis hombres ya están dentro de la ciudad, pero no servirá de nada si Teutras no cae… lo que me lleva a la siguiente pregunta. ¿Por qué no se ha debilitado con mi veneno? —lo observó Anfímaco fijamente, mientras el rey de Mádito se abalanzaba contra él con su espada nuevamente. Anfímaco giró su látigo, intentó atrapar la espada, pero este fue repelido, se amarró a la cintura de Anfímaco, y el de Piscis tuvo que saltar para evadir la explosión de cosmos—. ¡Esto es inútil! —se quejó Anfímaco—. ¡Yo no puedo asestarte mis técnicas por una razón que no alcanzo a comprender! ¡Pero soy demasiado rápido para ti y tampoco puedes alcanzarme! ¡Solo ríndete ya! ¡Élide ya está dentro de Mádito! —le aseguró.

—Ese no es mi problema —confesó Teutras, confundiendo a Afímaco—. Asio, el Suplicio Obsidiana de la Cabra Montés, es el verdadero rey de Mádito, de Sestos, y de Abidos. Yo soy el rey de Arisbe del otro lado del Quersoneso —confesó Teutras, lo que molestaba a Anfímaco—. Asio solo me tiene como co-rey de Mádito. Por mí que se pudra el Quersoneso. Gobierno bajo su mando, eso no es gobernar. Si su reino cae, a mí, ¿qué me importa? —aseguró.

—Tal parece que desconoces el significado de lo que es ser un co-rey —se adelantó Anfímaco, con una mirada repleta de ira, y Menesteo llegó ante él—. Ser un co-rey significa poner toda la confianza del reinado de tu pueblo en alguien más, mientras juntos los reyes velan por el bienestar del pueblo que gobiernan. Ninguno de los co-reyes es más importante que el otro, la orden de uno es la voz de los 3. Yo soy el co-rey de Élide, Agastenes y Talpio gobernaban a mi lado, éramos amados por nuestros reinos. Agastenes ya no está, y solo Talpio y yo quedamos para gobernar a Élide, pero eso no hace a Agastenes menos importante… todos… éramos los reyes de Élide… todos considerábamos a Élide nuestro hogar… todos teníamos una responsabilidad a con Élide… eso es ser un co-rey, no dejar a tu pueblo morir mientras tú te lavas las manos, acabándote las riquezas mientras otro gobierna —dedujo Anfímaco.

—A mí solo me importan las riquezas, no el gobierno ni mi pueblo —confesó Teutras, forzando a Anfímaco a cerrar sus manos en puños—. Incluso si tu ejército asesina a todos en Mádito, eso no me interesa. Yo solo poseo el poder de destruirlos a todos, y tú no puedes hacer nada al respecto, porque las Selenerias poseen una propiedad muy importante. Repelen a las Armaduras Doradas. Sus Armaduras Doradas son el Sol, las Selenerias son la Luna, y el Sol no puede tocar a la Luna por decisión misma del Sol. Soy inalcanzable ante los Caballeros Dorados —aseguró.

—De manera que esa es la razón —sonrió Anfímaco, y comenzó a desprenderse su Armadura Dorada, hasta quedar únicamente vistiendo su túnica de entrenamiento desprovista de la cubierta del pecho—. Si las Armaduras Doradas son repelidas por las Selenerias, tan solo debo desprenderme de mi Armadura de Piscis, y así podré tocarte… —se lanzó Anfímaco contra Teutras, y de un movimiento rápido y certero impactó su costilla, causándole a Teutras un terrible dolor, pero el Cazador de Artemisa blandió su Espada de la Luna, logrando cortar el hombro de Anfímaco, quien retrocedió rápidamente y se tomó la herida.

—Puede que ahora puedas tocarme, Anfímaco, pero eres más vulnerable. ¡Espada Lunar! —volvió a atacar, pero Anfímaco era muy rápido para él, aún más sin su Armadura Dorada—. ¡Quédate quieto! —atacó, pero no atacó el lugar donde Anfímaco se encontraba, sino que dedujo el lugar donde Afímaco estaría tras esquivar su ataque, por lo que la explosión de cosmos hubiera alcanzado a Anfímaco, si Menesteo de la Osa Mayor no se hubiera interpuesto en su camino, recibiendo el poderoso ataque que le cuarteó toda la Armadura de Bronce, y lo lanzó hasta estrellarlo contra las murallas de Mádito—. ¿Cómo es que sigue con vida? —se preguntó Teutras.

—¡Menesteo! —gritó Anfímaco, sorprendido, mientras Menesteo tan solo le sonreía, y hacía lo posible por regresar hasta donde Teutras y Anfímaco se encontraban—. ¡No te esfuerces! ¡Acabas de recibir un ataque directo que seguro te ha roto las costillas! —intentó ir en su auxilio Anfímaco, recordando que no podía tocarlo.

—Yo también… soy co-rey de Atenas… —enunció Menesteo, mirando a Teutras fijamente—. Pero ilusamente… me comporté tan bajo como lo haces tú, Teutras —confesó, mirando entonces a Anfímaco, y reverenciando en señal de respeto—. Al principio, Acamante y yo nos enfrentamos por el gobierno de Atenas cuando Teseo, el legítimo gobernante, desapareció… pero, Acamante era un Caballero Dorado, yo un Caballero de Bronce… al poderoso rey de Atenas le pareció injusto el combatir en semejantes condiciones e hizo un trato conmigo. Seríamos co-reyes, gobernaríamos 3 años cada uno. Pero entonces la Guerra de Troya estalló, y cobardemente le dejé la decisión sobre todos los ejércitos de Atenas… pero ya no más… Afímaco me ha abierto los ojos… —elevó su cosmos Menesteo, dispuesto a enfrentar a Teutras—. Voy a luchar… es injusto que Anfímaco te enfrente sin su Armadura Dorada… te enfrentaré con mi Armadura de Bronce que no es repelida por tu Seleneria, y cuando te derrote, regresaré a Elayunte, me disculparé ante Acamante, y le suplicaré que me deje combatir como su co-rey, con la misma confianza que se tienen Talpio y Anfímaco —miró Menesteo en dirección a Mádito, donde Talpio alzaba el puño en señal de victoria, tras los ejércitos de Mádito rendirse—. Te debo una disculpa, Anfímaco… dudé de ti… pero ahora sé que te mereces la Armadura Dorada… me enmendaré combatiendo a Teutras por ti… —elevó su cosmos Menesteo, pero rápidamente Anfímaco se posó frente a él.

—La única disculpa que requiero de tu parte, Menesteo… es la de interrumpir mi combate… —le espetó Anfímaco, mirando a Menesteo fijamente—. Te lo agradezco… sacrificaste tu cuerpo por mí, pero tú eres más necesario en esta guerra que yo, liderando a los hombres, llevándolos a la victoria… yo tan solo soy quien elimina a las alimañas… ahora, hazme un favor y vuélvete fuerte, y sigue viviendo… para que nosotros los Caballeros Dorados, podamos combatir sin temor, sabiendo que alguien más puede reemplazarnos si caemos… —se dio la media vuelta Anfímaco, y encaró a Teutras—. Te debo un ataque, Teutras, por la intervención de Menesteo… —aclaró Anfímaco, extendiendo sus brazos—. De no ser por Menesteo, me habrías impactado directamente. No te retraigas, atácame con todo lo que tengas, yo no me defenderé —aclaró, bajando la cabeza, y esperando.

—Tsk, los Caballeros de Athena y sus tontas ideologías de honor y justicia —se burló Teutras, elevando su cosmos—. Pero sería un tonto si no me aprovecho. ¡El Cazador de la Luna! —atacó Teutras, desprendiendo a una jauría de Sabuesos de su cosmos, mismos que se lanzaron a las piernas, los brazos, y el cuello de Anfímaco, quien permitió que los animales lo hirieran, y comenzaron a arrancarle la sangre—. Pobre iluso… —preparó su espada Teutras, y se preparó para ejecutar a Anfímaco.

—Ya estamos a mano… Teutras… —sonrió Anfímaco, incinerando su cosmos, y vaporizando a los Sabuesos, impresionando tanto a Teutras como a Menesteo—. Aunque gracias a tu ataque, estoy sumamente débil, pero eso no es importante, después de todo, ya tengo el material que necesito para acabar contigo —prosiguió Anfímaco, mientras su cosmos dorado comenzaba a girar a su alrededor y alrededor de Teutras, generando un torbellino—. Mi cosmos no podía alcanzarte porque estaba vistiendo una Armadura Dorada, además de que mi sudor no tenía afecto en ti por tu fortaleza física. Pero hay un veneno más poderoso que el que se transmite por mi sudor… el veneno de mi sangre —agregó Anfímaco, mientras el torbellino se tornaba escarlata, y Teutras notaba que la sangre de Anfímaco se esparcía como polen alrededor de su cuerpo—. Te lo dije, Menesteo… los Caballeros Dorados podemos pelear con toda la extensión de nuestro cosmos, y usando las artimañas más sanguinarias, si sabemos que hay alguien que se levantará en caso de que nosotros caigamos. Esta es la técnica máxima de los Caballeros de Piscis, una técnica a la que solo se puede acceder utilizando la mayor cantidad de sangre de nuestros cuerpos —los Peces gemelos se dibujaron a espaldas de Anfímaco, como si nadaran en la sangre del de Piscis, mientras Anfímaco liberaba su técnica suicida—. ¡Torrente de Sangre! —atacó Anfímaco, controlando con su cosmos el torbellino de sangre, que entró por la boca de un sorprendido Teutras, quien comenzó a vomitar y a llorar sangre—. Este es el veneno de Picsis… el veneno de la sangre de todos quienes nos sometemos al doloroso viaje de vestir esta Armadura Dorada… ahora muere… Teutras… mientras mi veneno te disuelve las entrañas con su corrosión —enunció, y entonces Teutras cayó al suelo como un cadáver en descomposición avanzada, y Anfímaco por fin se permitió flaquear, y comenzó a caer al suelo, cuando Menesteo lo atrapó—. No deberías… tocarme… —enunció Anfímaco en su debilidad—. Mi sangre… es veneno… —se desmayó entonces.

—La resistiré… co-rey de Élide… —se dijo a sí mismo Menesteo, tosiendo ya por el veneno que lo invadía—. ¡Talpio! —gritó el de la Osa Mayor, llamando la atención del Caballero de Bronce del Delfín, quien se apresuró a llegar montado en su auriga, y amarrándose su capa alrededor de la nariz—. ¿Quién puede atenderlo? —se preocupó Menesteo, y comenzó a vomitar sangre, por lo que tomó la capa anaranjada de Anfímaco del suelo, y se hizo una improvisada máscara con esta.

—Nadie puedes —le explicó Talpio, tomando unas mantas, cubriendo a Anfímaco en estas, y cargando al inconsciente co-rey en dirección a su auriga—. Si Anfímaco es herido… y peor aún, si usa su sangre como arma, necesita de varias Lunas para reponerse —le explicó Talpio, acomodando a Anfímaco antes de subir al auriga—. Nadie puede cuidar de él. Su sangre es muy peligrosa. Solo podemos llevarlo al campamento, meterlo en la tienda, y esperar a que despierte y él solo pueda atenderse —le explicó.

—¡Eso es una tontería! ¿Intentas decirme que la razón por la que Anfímaco no combatió en casi todo el primer año de guerra, fue porque estaba recuperando su sangre? —se fastidió Menesteo, y miró a Anfímaco con preocupación.

—Es exactamente eso, Menesteo —prosiguió Talpio—. Por ello yo soy el co-rey que da las órdenes del ejército de Élide. Porque si Anfímaco combate, no puede liderar a sus hombres. Así es como actuamos los co-reyes, deberías saberlo, co-rey de Atenas —le espetó.

—Comenzaré a actuar como tal —se fastidió Menesteo, y comenzó a retirarse, en dirección contraria a la ciudad de Mádito. Talpio intentó detenerlo, pero Menesteo habló primero—. ¡Serví en la corte de Salamina por mi amistad con Áyax durante los 3 años en que Acamante debía ser rey por derecho de co-reinado! ¡Y vine con Anfímaco a petición de El Grande! ¡Pero mi deber es a con mi pueblo y a con mi gente! ¡Regresaré con Acamante a liderar a Atenas! Solo así los Caballeros Dorados podrán combatir con la extensión total de sus cosmos… tras convertirme en un Caballero de Bronce en quien ellos puedan confiar para reemplazarlos de ser necesario… —finalizó, y continuó el largo camino a Elayunte.

Asia Menor. Afueras de Crises.

A las afueras del Templo de Apolo en Crises, Casandra miraba tranquila la batalla entre 2 individuos que habían alcanzado un nivel de cosmos impresionante, y que mantenían a los ejércitos de Crises y de Micenas incapaces de seguir combatiendo. Nadie osaría perderse semejante batalla después de todo, entre un dios menor, y el Caballero Dorado más poderoso de todos, quien, contra todo pronóstico, y con su espada rota, había logrado igualar a Lino de Elegía, el hijo de Apolo quien tuvo que evadir el corte de Agamenón, y alejarse del Caballero Dorado transformado en demonio.

—Los mortales no pueden desafiar a los dioses, Agamenón —insistió Lino tras aterrizar grácilmente a orillas del cráter que se había levantado por su ataque anterior—. ¿De qué sirven todas estas proezas de grandeza? Estas ilusiones humanas de desafiar a los dioses… si al final en muerte vas a rendirle cuentas a un dios, el dios al que enfrentas en esta guerra. ¿No crees que inclusive en estos momentos, tu hija Ifigenia a quien sacrificaste, está siendo torturada en el Hades solo por tu afrenta a los dioses? —intentó explicarle Lino, lo que solo terminó por molestar a Agamenón, quien se lanzó con su espada lista para rebanar a Lino, quien atrapó su espada con su cosmos—. Solo te esperan torturas en muerte… —aclaró Lino.

—Que así sea… —fue la respuesta de Agamenón, mientras su cosmos se incineraba, y comenzaba a desafiar el cosmos divino de Lino—. ¡Si en muerte los dioses van a castigarme sea justo o sea un tirano! ¡Entonces en vida van a recibir mi afrenta! —se separó Agamenón, elevando su mano y distorsionando las dimensiones que solo él podía cortar, mientras empuñara la Espada Dorada de Libra—. ¡La Espada capaz de cortar las dimensiones! ¡Fisura en el Espacio! —lanzó el corte, y esta vez Lino no logró atraparlo con su cosmos, sino que vio como el corte atravesaba inclusive su Armadura de Oro Blanco al arrancarle un ala—. Si me pongo a pensar, Lino, que en muerte le rendiré cuentas a Hades mientras en vida lo desafío, bien podría quedarme sentado en mi trono esperando la muerte, o arrojarme de un acantilado para acelerar lo inevitable. Mientras yo viva, tengo control de mis acciones, y cuando regrese a la vida lo volveré a tener… esta es mi determinación… encarnación tras encarnación, Hades podrá destrozarme el alma una vez me tenga en sus manos como un espíritu sin vida… pero encarnación tras encarnación, yo me levantaré a hacerle frente en el nombre de la única diosa que me ha amado casi tanto como yo la he amado. ¡Athena! ¿Puede Apolo darte esta convicción, Lino? ¡Porque en muerte tú también le rendirás cuentas a Hades! ¡Excalibur! —se lanzó nuevamente Agamenón, forzando a Lino a evadir su espada, que le arrebató la otra ala, mientras el corte continuaba en dirección a Casandra, horrorizando a Cheshire, quien entonces vio a Casandra sonreír, mientras el corte se clavaba a escasos centímetros de ella.

—Allí está, Cheshire… —miró Casandra con orgullo, a un Agamenón con un cosmos desbordante, capaz de hacerle frente a Lino con el mismo—. Estás presenciando un momento que será inmortalizado en la historia futura, ese momento que convertirá a Agamenón no solo en el verdadero Caballero Dorado más poderoso de esta era, sino en el Caballero de Capricornio que será recordado generación tras generación, como el Caballero más leal de Athena. Ya que, en este momento, los hilos del destino están aceptando su juramento, y unen su alma a la reencarnación, siempre al servicio de Athena —le explicó Casandra, mientras Agamenón se mantenía desafiante incluso a los dioses mismos.

—Athena… esta es mi convicción… —elevó su cosmos Agamenón, como si en el fondo de su corazón desease que Shana escuchara sus palabras—. Te serviré siempre, y en todas mis vidas… —finalizó, y Lino comenzó a sentir la furia de Agamenón.

Troya, Campamentos Aqueos.

Caía la noche en los campamentos Aqueos, donde gracias a la tregua temporal por el nacimiento del primogénito de Diomedes, se llevaba a cabo una celebración entre los reinos que quedaban en el sitio a Troya.

Diomedes, ya ebrio por tanto celebrar, inclusive bailaba con un igualmente ebrio Odiseo alrededor de la fogata, con Néstor tocando la lira tras de ellos para mantenerlos bailando, mientras todos los soldados se reían a carcajadas, para molestia de Anficlas, quien se había quedado sola cuidando al bebé mientras Diomedes se embriagaba más y más, aunque Lodis la consolaba de tanto en tanto y la ayudaba con el bebé, quien aparentemente siempre tenía hambre.

Shana había estado celebrando con ellos, de echo había sido la pareja de baile de Diomedes hasta sentir en su cosmos algo que requería de su atención, razón por la que había empujado a Odiseo a bailar con Diomedes mientras ella se había separado del grupo y había comenzado a caminar en dirección a la playa, mirando al cielo estrellado mientras gobernaba la noche. Sus ojos brillaban como galaxias, mientras sentía en su cosmos el juramento que en esos momentos uno de sus Caballeros Dorados hacía en su nombre.

Frente a los ojos de Shana entonces apareció un hilo dorado, mismo que comenzó a estirarse y a unirse a un hilo hecho del cosmos mismo. Lo que pasaba frente a los ojos de Shana era algo que ni el mortal más sabio podría comprender, pero que inundaba el corazón de Shana con un significado tan profundo, mientras su divinidad aceptaba la promesa que su Caballero Dorado le hacía en ese momento.

—Agamenón… —susurró Shana, en sus manos ambos hilos formando una espada de oro—. Recupera a Excalibur… y acéptala como la prueba de que tu diosa te ha escuchado… y que acepta el juramento que haces de reencarnar por la eternidad a mi servicio. Esta es… la verdadera Excalibur que existe en tu corazón, y que brillará generación tras generación, en manos del Caballero de la lealtad inquebrantable —la espada desapareció, y el trance de Shana terminó, con ella llorando, conmovida.

Crises.

—Athena… —sintió Agamenón en su cosmos, mientras Lino y él intercambiaban puñetazos—. Está llamándome… —dio un giro entonces Agamenón, pateando con todas sus fuerzas, obligando a Lino a bloquear, sorprendido por la extensión de cosmos de Agamenón, quien lo lanzó en dirección al Templo de Apolo, donde se estrelló entre Cheshire y Casandra, formando una grieta con la forma de su cuerpo.

—¿Cómo es que ha hecho eso? —se impresionó Lino, poniéndose de pie dispuesto a continuar con el combate, cuando Casandra lo detuvo—. Apártate… —se fastidió Lino, quien entonces se mostró sorprendido por la mirada de Casandra, que observaba a Agamenón con suma alegría.

—El pacto está completo… —se secó las lágrimas Casandra, mientras en medio del cráter en que Agamenón se encontraba, aparecía la figura de cosmos de Shana, entregando a Agamenón una espada, Excalibur reformada por su cosmos divino.

—Athena… —se arrodilló Agamenón, y en sus manos tomó a Excalibur, que se unió a sus brazos en ese momento, restaurando la Armadura de Capricornio, agrieta en el combate con Podete de Siames—. Excalibur… está completa nuevamente… —se alegró Agamenón, y entonces viró a ver a Lino—. Aún piensas, Lino, ¿que mi afrenta a los dioses no tiene recompensa? ¡Ve mi espada y atrévete a decirme que no es así! —se entusiasmó Agamenón, preparándose para continuar con la batalla.

—Admito… que me siento sorprendido por presenciar este acto… —miró Lino a la imagen de cosmos de Shana, que se desvanecía—. Pero… las condiciones de esta vida nos han colocado en extremos distintos… oponentes… enemigos… seguidores de dioses distintos… —miró Lino a Casandra, y después a Agamenón—. No puedo sentir más que admiración por ti, mortal… pero solo eso… seguimos siendo enemigos… —se lanzó Lino contra Agamenón, y el combate estalló más furioso que antes, con Lino utilizando su espada de fuego para intentar doblegar a un Agamenón que lo combatía en igualdad de condiciones pese a enfrentarse al hijo de un dios.

—En esta vida… son enemigos, Lino… —miró Casandra a las estrellas, pensando en otra vida, miles de años después—. No tiene que ser siempre así. Porque la reencarnación tiene sus misterios, y quien hoy es tu enemigo, en otra vida… podría llegar a ser un aliado muy querido —y tras ver a ambos combatientes chocando sus espadas nuevamente, Casandra logró ver a un par de guerreros vistiendo de dorado, aliados en una guerra que aún no había llegado, perteneciente a un mundo que Casandra no podría ver—. Reso lo dijo perfectamente… conocer el futuro puede ser muy perturbador… pero, también puede ser muy divertido… —preparó su mano Casandra, y bailoteó mientras Cheshire la miraba, intrigado—. Cuando sabes tantas cosas como yo, Cheshire, ya no te preparas para ellas, cumples tu parte en el destino del equilibrio. Y es mi destino… entregar a Excalibur a su sucesor… —explicó ella, mientras el cosmos de Agamenón estallaba junto al de Lino.

Ambos combatientes desencadenaron una fuerza tan colosal que el cielo comenzó a llenarse de relámpagos escarlata del cosmos de Lino, y de dorados del cosmos de Agamenón. Comenzaron a entrar en un trance, uno violento y sin control, mientras los cosmos de ambos comenzaban a destruirlo todo a sus alrededores, forzando a los hombres de Micenas inclusive, a romper el perímetro y alejarse de los relámpagos que caían por toda la ciudad.

—¡Está en trance! —enunció Lino, con sus ojos brillando como un Sol moribundo—. Su cosmos no tiene límite… si esto continua igualará el poder de los dioses… Agamenón… eres increíble… —sonrió Lino, preparando su espada en llamas, y con la fuerza de su cosmos extendiendo las llamas por toda la ciudad—. Estás empujándome a usar todo mi poder… si mi cosmos se desborda, podré derrotarte, pero nada en esta ciudad sobrevivirá… eso me deja en un dilema muy interesante. ¿Es realmente importante para mí como un dios menor el demostrar ser superior a un mortal que se ha ganado mi admiración? ¿O es más importante el conservar la vida de todos quienes han venerado a Apolo por quien hoy lucho? Es extrañamente complicado, pero… no me queda la menor duda… de que estoy tomando la decisión correcta… —apagó su espada Lino, y la guardó—. En el trance en el que estás eres sumamente peligroso, pero no lo suficiente para liberar la devastación que yo liberaría si te enfrentara con todas mis fuerzas. Ven a mí, Agamenón, reclama tu premio, te lo has ganado —extendió sus brazos Lino, mientras miraba a Agamenón lanzarse en su dirección, y sentía la poderosa espada atravesarle el cuerpo al grito de Excalibur—. Casandra dijo la verdad después de todo… mi muerte no será en vano… porque gracias a esta muerte… he confirmado que no todos los dioses odiamos a los humanos… nos volveremos a ver, Caballero de Capricornio… —finalizó Lino, con su cuerpo consumiéndose por las flamas escarlata de su propio cosmos.

—Ma-ma-ma-mató a un dios… mató a un dios… —se sobresaltó Cheshire apuntando a Agamenón en medio del cráter, con su cosmos desbordante y sin control—. Ama Casandra… ese sujeto… Lino era… él lo ha… —se estremeció Cheshire.

—Era un dios menor, no es como que mató a Hades y todo eso —le explicó Casandra, pero Cheshire de todas formas temblaba de miedo—. Néstor requirió de una Exclamación de Athena personal para derrotar a un dios menor por supuesto, no le estoy quitando merito a lo que acaba de hacer Agamenón ni mucho menos, pero Néstor al menos estaba más en control de sí mismo que lo que está ahora Agamenón —explicó con tranquilidad, mientras apuntaba a Agamenón, quien se veía más como un demonio en medio del cráter, uno que miraba a Cheshire con desprecio—. Por cierto, ya notó que eres un Espectro, y planea matarte —le sonrió.

—¿Que va a qué? —gritó Cheshire sobresaltado, y retrocediendo, mientras Agamenón caminaba en un trance furioso, y con cada paso hundía la tierra mientras se acercaba a Cheshire—. ¡No quiero morir! ¡No quiero morir! ¡No quiero morir! —retrocedía Cheshire mientras lloraba del miedo, y Agamenón preparaba a Excalibur.

—Tranquilo, no te vas a morir. Bueno, sí te vas a morir, pero no ahora y no bajo su espada —sonrió Casandra, mientras comenzaba a quitarse la ropa, ruborizando a Cheshire, pero el Espectro estaba entre admirar el cuerpo de Casandra, y que le diera un infarto por la presencia de Agamenón—. En este momento, Agamenón se encuentra en un trance donde solo las necesidades más primitivas pueden satisfacerlo: matar, comer y hacer cariñitos, entre las 3, solo tiene 2 enfrente, o te mata o me viola, o te violaría a ti si le parecieras atractivo, pero no creo que lo seas… para él, aclaro —se burló Casandra, mientras Agamenón seguía acercándose.

—¿Quiere decir que Agamenón debe decidir ahora entre matarme y violarla? —preguntó Cheshire, aterrado, y Casandra asintió mientras intentaba desamarrarse la túnica—. ¡Está tomando esto con demasiada ligereza! ¡Ama Casandra! —se quejó Cheshire, mientras Casandra por fin lograba sacar la cabeza de su túnica, quedando únicamente con las sedas de su traje de noche—. ¡Bien! ¡Lo he decidido! —aclaró Cheshire poniéndose frente Casandra—. No voy a dejar… que profanen a mi señorita… —comenzó a elevar su cosmos Cheshire, para hacerle frente a Agamenón—. Aún si Agamenón acaba de derrotar a un dios… yo no podría… —intentó decir.

—Eres tan lindo… —se alegró Casandra, pero entonces impactó la nuca de Cheshire con una fuerza de cosmos, lo que lo noqueó al instante—. Pero yo ya estoy muy impaciente por mi violación. Lo siento Cheshire, pero es eso o que te destrocen, y yo te dije que te iba a cuidar por ser buena conmigo —le aseguró, y entonces encaró a Agamenón—. Tú elijes, grandulón… —posó Casandra, desatándose el traje de noche, y Agamenón se limitó a ver la prenda caer—. Tus hombres no se acercarán hasta que la fuerza de cosmos alrededor del Templo de Apolo se disipe, así que tendremos una violación privada, pero no será aquí… quiero que Apolo lo vea todo —abrió la puerta del Templo de Apolo Casandra, e invitó a Agamenón a entrar—. Adelante… ven y termina de insultar a los dioses… —invitó Casandra, y Agamenón, aún en trance, comenzó a entrar en el templo.

Lirnesos. Explanada frente al Palacio de Lirnesos.

—¡Llamaradas del Armero! —resonaba el grito de Epístrofo, a quien Aquiles evadía, mientras los puños en llamas se estrellaban contra el suelo de la explanada de Lirnesos liberando la devastación en la ciudad, y obligando a los hombres de Lirnesos a huir de la ciudad y evacuar a sus familias. Con la muerte de Mines ya nada importaba, aún si era el príncipe Epístrofo quien se levantaba para vengar a su hermano, él simplemente era más violencia que sabiduría, Aquiles lo sabía, y por ello podía evadir los ataques de Epístrofo sin dificultad—. ¿Por qué no me atacas? —lloraba Epístrofo, desconociendo el cómo Aquiles podía enfrentarlo con semejante tranquilidad y sin alzar su puño más que en ocasiones en que Epístrofo lograba acercarse lo suficiente.

—No necesito derrotarte… está claro que soy muy superior a ti… —continuó Aquiles, moviéndose con ligereza, evadiendo a Epístrofo, evitando la confrontación—. Así que… este es el tremendo poder que poseo en mi cólera… —evadió Aquiles nuevamente, aunque cada vez se le hacía más difícil evadir los puños, que se estrellaban en estatuas, en casas, en el suelo, y todo estallaba en llamas tan violentamente, que la ciudad tuvo que ser enteramente evacuada, salvo por una mujer, Briseida, quien lloraba en el balcón del palacio semi-destruido, mientras contemplaba aterrada el cadáver de su marido—. Mientras más tiempo pasa… más se desborda el cosmos… pero si yo quisiera podría matarlo… —dedujo Aquiles, continuando con las evasiones de los ataques, analizando todos los movimientos de Epístrofo—. Eres mi opuesto… posees mi cosmos fusionado al tuyo… en teoría eres más poderoso que yo, pero en estos momentos estoy poniendo a prueba las enseñanzas de Quirón… no importa el cosmos, sino cómo lo usas. Te veo y me veo a mí mismo, entregado a la furia, entregado a la matanza y a la muerte… —giró Aquiles, pateó la espalda de Epístrofo, lanzándolo a una estatua en honor a Apolo, que se desmoronó sobre él—. Sin pensar mis movimientos… —concluyó Aquiles, suspirando, calmando su corazón—. Comienzo a pensar que es esta cólera la que causará mi muerte… —agregó tras cubrir el tremendo ataque de Epístrofo con su mano, soportando las flamas que intentaban quemarlo mientras los vientos de su cosmos las disipaban.

—¡No me subestimes, sabandija! —le gritó Epístrofo, nuevamente persiguiendo a Aquiles, hasta que el Pélida notó que los ataques furiosos de Epístrofo aceleraban más y más, y Aquiles terminó bloqueando y lanzando sus propios golpes para intentar alentar a Epístrofo.

Mientras tanto, en la cima de la montaña que usaban los Caballeros Dorados como campamento, Menelao se mantenía impresionado, mientras observaba la calma y la cólera de Aquiles, 2 guerreros excelentes, a sus respectivos modos.

—Impresionante… —admiró Menelao—. La calma de Aquiles, y su cólera, enfrentándose la una a la otra. Ambas son de temer, pero lo más increíble es que Aquiles en su calma sea más efectivo que su propia cólera —aseguró.

—Esta… no es la extensión de la cólera de Aquiles —respondió Fénix, analizando a ambas versiones de Aquiles en el combate—. La verdadera cólera de Aquiles, es tan destructiva que raya en la fuerza de los dioses. Admiro a Aquiles en su calma, pero si no deja de experimentar y termina con su oponente… —intentó decir Fénix, cuando sintió una perturbación en su cosmos, misma que sintió Trasímedes—. Este cosmos… —se impresionó.

—¡Es idéntico al de aquella vez! —prosiguió Trasímedes, y tanto el de Andrómeda como el de Fénix observaron temerosos, al cosmos de Epístrofo estallar con violencia, y los relámpagos oscuros y violetas rodearle el cosmos sin control—. Señor Fénix, ¿usted cree que…? —intentó decir Trasímedes.

—Si… —fue la respuesta de Fénix, mientras miraba a Menelao, a Patroclo y a Antíloco, estremecerse por lo que estaban sintiendo—. Es la misma sensación… —se preocupó Fénix, mientras Lirnesos entraba en una penumbra inquietante.

—Esto… es más de lo que me esperaba… —se preocupó Aquiles, mientras veía a Epístrofo frente a él, entrar en un trance violento y salvaje—. Y aun así… esta sensación me es familiar… —dedujo Aquiles, como si la hubiese sentido antes, pero la hubiera olvidado.

—Yo soy tu opuesto, Aquiles —le apuntó Epístrofo, mientras los relámpagos de su cosmos desbordante impactaban en los alrededores y fulminaban todo lo que tocaban—. No hace mucho te sentí liberar esta cantidad de cosmos. ¡Es natural que yo pueda alcanzarla también! ¡Voy a hacerte pagar por todo el dolor que me has ocasionado! ¡Te vaporizaré! —Suzaku y Genbu rugieron a espaldas de Apístrofo, y Aquiles, sobresaltado, intentó mantener la calma. Recordó a Quirón, recordó la cascada del Monte Pelión, y a su maestro meditando, y así, suspiró, olvidando todas sus preocupaciones.

—Hay una diferencia entre hacer trampa y hacer lo posible —comenzó Aquiles, recordando una de sus primeras lecciones, una muy humillante, pero muy importante, mientras observaba el tremendo poder que Epístrofo alcanzaba, uno que Aquiles sabía que no podía igualar, al menos no aún—. Si tu oponente es más fuerte que tú, más rápido que tú, más decidido que tú, al menos asegúrate de ser el más listo —prosiguió Aquiles, mirando a los alrededores, encontrando el cadáver de Mines, frente al cual una aterrada Briseida lloraba tras haber encontrado el valor de bajar ante el cadáver de su marido—. De nada te sirve ser justo si mueres al final —finalizó Aquiles, y preparó sus músculos, mientras suspiraba, eliminando toda distracción, y concentrándose en quien tenía enfrente solamente—. Ven por mí —exclamó con tranquilidad, dio un brinco, y comenzó a moverse a donde él sabía que Epístrofo podía alcanzarlo.

—¡Muere! ¡Llamaradas del Armero! —lanzó con todo su cosmos, sabiendo que Aquiles no podría evadirlo, pero lo que sí podía hacer Aquiles, y tras hacerse de toda su velocidad, fue levantar el cadáver de Mines de Folo, y usarlo como escudo al lanzarlo frente a la ráfaga de fuego del cosmos de Epístrofo, quien se horrorizó ante lo que aconteció entonces—. ¡No! ¡Hermanooooo! —gritó Epístrofo, mientras veía el cuerpo de su hermano vaporizarse bajo su propio ataque, y a Aquiles saltando con espada en mano por sobre el cadáver que se vaporizaba, girar en el aire, y lanzar un corte, rápido y preciso, antes de caer a espaldas de Epístrofo—. ¿Cómo? —se horrorizó Epístrofo.

—Eres demasiado poderoso para perdonarte la vida… Epístrofo… —agregó Aquiles, mientras Epístrofo se tomaba la garganta, y se le dificultaba respirar—. Antes de que mueras, admitiré que eres más poderoso que yo… pero… de nada sirve el poder si no sabes usarlo. ¡Tártaros! —llamó Aquiles, y la Serpiente Oscura apareció en el cielo—. Acepta en tu vientre, al hermano del anterior condenado… —enunció, y la poderosa bestia rugió con fuerza, y el alma aterrada de Epístrofo, se reunió con su hermano dentro del vientre de Tártaros.

Una vez que la serpiente oscura, Tártaros, desapareció y regresó al Inframundo, Aquiles se dio la vuelta rápidamente tras sentir en sus instintos un ataque por la espalda, sorprendiéndose al encontrar a Briseida, la mujer de Mines, con un cuchillo en mano y, por la sorpresa de Aquiles, apuñalándolo justo en el cuello. Aquiles notó entonces que, de no haber reaccionado a tiempo, la herida hubiera sido fatal, mientras se alejaba con medio cuchillo enterrado en su cuello, y mientras Patroclo, de un poderoso rugido, llegaba y se estrellaba frente a Aquiles, y le sacaba el cuchillo lo más rápido que pudo.

—¡Mataste a mi esposo! ¡Mataste a mi cuñado! ¡Asesinaste a mi gente! —lloraba Briseida, furiosa, y se abalanzó en contra de Aquiles, aunque Patroclo logró tomarla de la cintura y separarla de él—. ¡Te mataré! —lloraba Briseida, queriendo arrancarle los ojos a Aquiles, y mordiendo con fuerza el brazo de Patroclo intentando obligarlo a soltarla.

Fénix llegó a donde Aquiles, y con su cosmos ardiéndole la mano, la posó sobre la herida de Aquiles, suturándola a la fuerza. Solo entonces Aquiles caminó en dirección a donde Patroclo intentaba someter a la mujer en pena, quien con odio intentaba con todas sus fuerzas llegar ante Aquiles, y asesinarlo.

—De manera que… eres la mujer de Mines… —agregó Aquiles con cautela, mientras la mujer en llanto insoportable se cansaba de combatir a Patroclo, y se entregaba a la pena, a la desesperación, al dolor—. La ciudad está sitiada, llenen los carruajes de Menelao con alimento y tesoros, y preparen todo para el viaje a Crises para reunirnos con Agamenón y comenzar la incursión a Lesbos —ordenó Aquiles a Trasímedes, quien asintió, Aquiles entonces realizó una reverencia en dirección a Menelao—. Espero que las acciones del día de hoy… enmienden mis faltas de las incursiones de Colona, Antrados, y Adramitio —agregó apenado.

—Ha sido sorprendente… —confesó Menelao—. Tu cosmos irradiaba con una violencia similar a la de Agamenón, pero a la vez con la elegancia y tranquilidad de Anfímaco, y con la estrategia y belicosidad de Diomedes, mientras mostrabas un valor que podía compararse al de Áyax el Grande. Por vez primera te veo, y confío en que eres en verdad el héroe que requiere esta empresa. Solo lamento que mi hermano Agamenón no haya presenciado lo que yo vi —aceptó Menelao, enorgulleciendo a Aquiles—. Como único representante del consejo de Aqueos, es mi deseo recompensarte por la victoria de Lirnesos. ¿Qué puede ofrecerte Menelao que sea recompensa suficiente de esta incursión? —le preguntó.

—Hasta ahora, no he tomado tesoros, solo alimento para mis hombres… —meditó Aquiles al respecto, y entonces vio a Briseida, llorando en el suelo—. Si mi señor Menelao lo consiente, como premio de esta incursión, reclamaré a la mujer de Mines como de mi propiedad —exigió.

—¿De tú propiedad? —enfureció Briseida, y mientras Patroclo estaba distraído, le impactó el mentón haciéndolo morderse la lengua, y se lanzó a Aquiles, quien la sometió al atraparle el brazo, doblárselo tras la espalda, y azotarla al suelo, mientras Briseida pataleaba intentando liberarse—. ¡Yo no soy un objeto que puedas reclamar de tu propiedad! ¡Yo amaba a mi marido Mines! ¡Para mí, tú no eres más que basura! ¡Jamás voy a servirte! —insistía la mujer.

—Esa ya no es tu decisión, mujer… es mía… —le espetó Aquiles, y miró a Menelao nuevamente, quien hizo un ademán pidiéndole a Aquiles que continuara—. No he cambiado de parecer. La esposa de un rey es una recompensa codiciada, más aún si es una mujer de semejante fiereza. ¿Me brindará este honor, mi rey? —preguntó Aquiles.

—Solo intenta no amanecer apuñalado, Aquiles. Sería una forma muy deshonrosa de morir —le espetó Menelao, a lo que Aquiles asintió—. Los Espartanos auxiliaremos en el reclamo de tesoros. Ve a tu tienda, descansa, disfruta a tu esclava… si puedes… —se susurró la última parte, y entonces continuó—. Y veme mañana a primera hora para que comencemos la incursión a Lesbos —terminó de decir Menelao, y se retiró, mientras Aquiles paraba a Briseida a la fuerza.

—No sabía que fueras el tipo de conservar esclavas, Aquiles —miró Fénix a Aquiles, quien continuaba forcejeando contra Briseida, hasta que se fastidió, y la pateó a brazos de Patroclo—. Solo llévatela y encadénala a un poste en la tienda de Aquiles —ordenó Fénix, y Patroclo obedeció, mientras Fénix invitaba a Aquiles a caminar con él—. Lo que vi hoy… enorgullecería a Quirón… —le confesó Fénix, y Aquiles sonrió ante aquellas palabras—. Lo que vi en Colona… aún me perturba… —le confesó, y Aquiles bajó la cabeza.

—Lo sabía… no recuerdo nada de lo que pasó en Colona porque entré en cólera… —se mordió los labios Aquiles, y Fénix cerró los ojos, y asintió—. Puedo controlarlo… puedo ser el Caballero Dorado más poderoso si mantengo el control… —insistió Aquiles.

—No vas a regresar a casa… no importa lo que hagas… —le mencionó Fénix, y Aquiles bajó la mirada con preocupación—. Hoy… te comportaste como Jasón, y manteniendo la fuerza de Heracles… pero sin importar qué, desde que aceptaste venir a esta guerra, renunciaste a tu vida. Ten eso presente y combate sin temor… sé tan fiero como debas serlo… enorgullece a Quirón, enorgulléceme… y que tu nombre jamás sea olvidado. ¡Puedes hacerlo, Aquiles! —insistió Fénix.

—Algo pasó en Colona, ¿no es así? —preguntó Aquiles, temblando de miedo—. Algo pasó… que me hizo débil… que me hizo olvidar mi convicción. No quiero morir, Fénix… quiero vivir por Shana… —por fin lo admitió.

—Si vives por ella… Shana morirá… —fue la respuesta de Fénix, que perturbó a Aquiles—. Eres más importante para esta empresa de lo que crees, Aquiles. Hay profecías que ni tú conoces. Así que voy a hacerte una sugerencia… reemplaza a Shana en tu corazón… no me importa con quien… o te juro que por el bien de Shana, volveré a hacerte lo que te hice en Colona… y esta vez no quedará rastro alguno del amor que tienes por ella… no me obligues a hacer eso… no me obligues a destruir nuestra amistad por nuestra diosa… —le exigió Fénix, y comenzó a retirarse, dejando a Aquiles inmerso en una terrible preocupación.

—¿Reemplazar a Shana en mi corazón? —se preguntó Aquiles, y comenzó a caminar en dirección a los campamentos, mediando al respecto—. Si Deidamía jamás logró llenarme… entonces tendré que seguir buscando hasta encontrar a esa persona que me obligue a olvidar a Shana, y a concentrarme en alcanzar mi gloriosa muerte… —llegó Aquiles a su tienda, abrió la misma, y encontró a Briseida encadenada, y tras verla, inmersa en una terrible ira, comenzó a quitarse su armadura—. Comencemos entonces… —se posó Aquiles desnudo frente a Briseida, la tomó del cuello, y después le rompió las vestimentas—. Ayúdame a olvidar… a ella por quien no puedo morir… —susurró Aquiles, y entonces la tomó a la fuerza.

Campamentos Aqueos, Tienda de Shana.

—Necesito borrar aquella imagen de mi mente… —se dijo Shana a sí misma, levantándose de su tienda, y saliendo de la misma para tomar algo de aire. Acababa de regresar de uno de sus muchos viajes astrales, mismos en los que se separaba de su cuerpo mortal para vigilar a sus 12 Caballeros Dorados, aunque había momentos, como el que acababa de presenciar, que ella simplemente desearía no haber presenciado—. ¿Por qué me siento tan molesta? Agamenón ha hecho lo mismo, pero parece no afectarme tanto como lo que ha hecho Aquiles. Si no es por la violación, ¿será acaso que…? —se preguntó Shana, presionando su mano contra su pecho.

—Pensé que no te molestaba lo de la violación… —escuchó Shana, encontrando a una agotada Anficlas, sentada sobre la arena y mirado a las estrellas—. Ya no le des vueltas a eso, ya lo superé… —continuó Anficlas, pensando que las molestias de Shana eran por la violación que sufrió a manos de Diomedes, desconociendo que la diosa se refería a otras violaciones—. La guerra es cruel, las violaciones son parte de la misma. En todo caso es un destino más acogedor que la muerte… aunque no todas terminan aceptando a sus violadores como yo, supongo que soy un caso atípico —concluyó Anficlas, y Shana se sentó a su lado.

—¿Tu bebé está con Lodis? —preguntó Shana, y Anficlas asintió—. Supongo que necesitabas un descanso —Anficlas asintió nuevamente. Hubo silencio por unos instantes, y entonces Shana hizo una pregunta que ni ella misma se esperaba—. ¿Amas a Diomedes genuinamente, o es solo por necesidad? —preguntó.

—¿A qué viene esa pregunta tan cruel? —se apenó Anficlas, pero tras notar la preocupación en el rostro de Shana, se limitó a contestar—. Supongo que… sí es mi tipo… creo… —se apenó Anficlas, dibujando una gentil sonrisa en los labios de Shana—. Bajo condiciones menos… violentas… supongo que no me hubiera molestado su cortejo… no deja de ser un idiota, y parte de mí continuamente piensa en asesinarlo… pero… no me imagino con nadie más —confesó—. ¿Por qué? —preguntó ella.

—Entonces lo amas de verdad… —aceptó su respuesta Shana, y Anficlas asintió, apenada—. ¿Y si supieras que la persona a la que amas… ha violado a alguien? —preguntó, y entonces se sorprendió de la mirada de odio en los ojos de Anficlas, mientras desenvainaba su espada—. ¡Diomedes no se ha violado a nadie! ¡Quiero decir además de ti! —la detuvo Shana, mientras Anficlas miraba a Shana con desdén—. Lo que intento decir es que… Diomedes, a quien no puedo dejar de ver como a mi padre… violó a alguien, y no puedo odiarlo por ello… —comenzó a explicar, y Anficlas la miró con curiosidad—. Agamenón… a quien no veo como a un padre… sé que ha violado a alguien más… y no puedo odiarlo tampoco… —confesó Shana, pero la noticia consternó sobremanera a Anficlas—. Pero hay otra persona… de quien me he enterado que ha violado a alguien… —enunció, y Anficlas notó un destello caer a la arena, seguido de varios más—. Y mi corazón se encuentra en una gran pena… —la miró Shana, y Anficlas recibió de Shana un abrazo que no se esperaba—. ¡Me duele mucho! —prosiguió la diosa.

—Esto está demasiado mal en muchos niveles… —se perturbó Anficlas—. No solo es como si escuchara de Shana lo que va a decirme Egialea cuando se entere, pero… diosa Athena, usted no puede amar… —agregó Anficlas, sobresaltando a Shana—. Si le duele es porque siente amor… —le explicó Anficlas.

—¿Amor? ¿Yo? —se perturbó Shana, retrocediendo—. Eso no puede ser… yo jamás… Athena debe ser… —se dio la vuelta Shana, dándole la espalda a Anficlas—. Te agradezco tu sinceridad… Anficlas… pero soy una diosa que ha decidido atesorar su pureza, yo no puedo amar, no a ese nivel… —se secó las lágrimas Shana, y encaró a Anficlas—. Soy la diosa de la Sabiduría en la Guerra… y tomo muy enserio este título. Por favor guarda en secreto lo que hemos conversado, y recupérate pronto… —caminó Shana a su tienda, confundiendo a Anficlas, pero más tardó Anficlas en decidir retirarse, que Shana en salir vistiendo su traje de entrenamiento—. Entrenaré… por mi cuenta… por favor apresúrate a recuperarte para que me ayudes a entrenar… —espetó Shana, y se retiró con espada en mano.

—Pero… Shana… —intentó decir Anficlas, pero se limitó a ver a Shana retirarse, con una determinación en su rostro que jamás pensó ver en su diosa—. No va ni una hora que anocheció, ¿no vas a dormir? —se preguntó a sí misma Anficlas, preocupada—. Seguramente sentiste amor… y tu corazón está destrozado… pero gracias a eso… has dado un paso más a convertirte en una verdadera diosa… —admitió Anficlas, y se retiró a la tienda de Diomedes.

Crises, Templo de Apolo.

—Mi mente estaba preparada… mi cuerpo… creo que no tanto… —habló Casandra, con una mirada perturbada en su rostro, mientras se cubría el cuerpo con la capa morada de Agamenón—. No voy a poder caminar en varias Lunas… —se estremeció Casandra, y escuchó los gemidos de Agamenón, preocupándose—. ¡Dame un respiro antes del round 7! —exclamó en señal de terror.

—¿Round 7? —se quejó Agamenón, frotándose la cabeza y tronándose el cuello—. ¿De qué hablas? ¿Quién eres? ¿Por qué estoy? —se horrorizó Agamenón, y tras notar que estaba desnudo, de inmediato buscó cualquier cosa para cubrirse, encontrando la túnica desgarrada de Casandra—. ¿Acaso yo…? —se estremeció.

—6 veces… —agregó Casandra con sombrías intenciones, perturbando a Agamenón, quien rápidamente comenzó a ponerse su Armadura Dorada—. Sabía que eras viril, pero superaste mis expectativas… y resistencia… por mucho… —confesó Casandra.

—Un momento… —se quejó Agamenón, apuntándole a Casandra a la nariz—. ¡Yo te conozco! ¡Eres la demente de la hermana de Héctor! ¡Y la que dijo esas tonterías en Aulis! —enfureció Agamenón, y Casandra asintió, con una sonrisa en su rostro, cuando encontró la Espada de Libra al cuello, y al furioso de Agamenón elevando su cosmos—. Dame una razón para no rebanarte —le exigió Agamenón.

—Te doy varias —comenzó Casandra—. Primero, soy muchísimo más atractiva que Clitemnestra —posó Casandra, ruborizando a Agamenón—. ¿Verdad que sí? —agregó Casandra con sus ojos iluminados como estrellas.

—No… no digo que no sea cierto, pero… —comenzó Agamenón, ruborizándose, cuando sintió los brazos de Casandra rodearle el cuello, y notó a Casandra mirándolo con picardía—. ¡No cambies el tema, mujer! —se molestó.

—Oops… se me cayó la capa —soltó la capa Casandra, y un ruborizado Agamenón se agachó para atraparla, envolver a Casandra en ella, y amarrarla en la misma—. Segundo —continuó Casandra—. Soy totalmente tu tipo, joven, bella, delicada, hasta hace unas horas virgen, y locamente enamorada de ti —se tendió en los brazos de Agamenón Casandra, forzando al Caballero Dorado de Capricornio a tragar saliva, mientras su temperatura corporal aumentaba—. Tercero, soy una sacerdotisa… una que, para tu fortuna, conoce todo lo que debe hacerse para ganar esta guerra —le sonrió pícaramente.

—¿Ah, enserio? —la rodeó con sus brazos Agamenón, arrebatándole a Casandra unas cuantas risas pervertidas, mientras sentía las caricias de Agamenón, quien había dejado caer su espada, y había metido las manos bajo la capa, hasta rodearle la cintura—. Puede que… esté listo para el round 7 —le sonrió Agamenón.

—Aunque solo lo dices porque quieres sacarme la información, la verdad es que te vuelvo loco, mi hermoso Macho Cabrío —aclaró Casandra, y Agamenón se ruborizó—. ¡Round 7! —se le lanzó encima Casandra, derribado a Agamenón—. ¡Y no, Cheshire! ¡Todavía no termino! —gritó Casandra, mientras un consternado Cheshire cerraba la puerta, mientras su señorita era profanada, no exactamente en contra de su voluntad, por séptima vez consecutiva.