Regreso al hogar

Capítulo 25

Me desperté con un fortísimo dolor de cabeza, a pesar de no haber bebido la noche anterior. Aún me dolía la cara pero lo que realmente me causaba dolor e incomodidad era pensar qué hacer. Disculparse. Para mí era más fácil decirlo que hacerlo.

Me di un buen baño, sabiendo que no iba a conseguir nada oliendo como olía en este momento. Nadie querría estar a mi lado. Me puse ropa limpia e incluso me eché un poco de almizcle que me había regalado mi madre hacía una semana. No estaba seguro de lo que quería hacer exactamente con todo esto, pero sabía que quería conseguir algo hoy. Era un comienzo.

No vi a Alice por ningún lado según bajaba las escaleras hacia la taberna. En su lugar, por una vez, Emmett estaba ocupado detrás de la barra. Cuando por fin me vio, esbozó una pequeña sonrisa.

—Buenos días —murmuré mientras me sentaba. Automáticamente me acercó una taza de café sin decirme nada. Estaba encantado de que no fuera el lodo del día anterior. Tomé un sorbo dejando que el calor me descendiera por la garganta.

—Buenos días —contestó sonriéndome aún

—¿Están por aquí Rose o Alice? —pregunté con nerviosismo.

—¿Qué? ¿Aún no te duele la cara suficiente? —sonrió amablemente.

—¿No estás enfadado conmigo? —pregunté con precaución y levanté la ceja cuando se echó a reír a carcajadas. No era la reacción que esperaba de él. Pensaba que como mínimo estaría molesto por enfadar a su mujer

—No. Los hombres empiezan peleas en mi taberna por motivos estúpidos. Lo entiendo. Comprendo la forma en que reaccionaste. De verdad.

—¿Qué es lo que entiendes exactamente?

—Te marchaste pero esperabas que ella te esperara. Pero no lo hizo. Y no solo eso, sino que tienes un hijo. Yo también estaría cabreado. Pero Rosalie no lo entiende. Aún quiere matarte —explicó con sencillez. Me preguntaba cómo veía las cosas de forma tan sencilla. ¿Era la clave de su felicidad?

—Por cierto, ¿dónde está? —pregunté de nuevo juntando las manos. Nunca había tenido la mejor relación con mi hermana pero no quería que me odiara, especialmente por esto.

—En el despacho. La puerta que está más cerca de la cocina a la derecha —me levanté lentamente. Me puso una mano en el hombro y me miró solemnemente —Buena suerte

—Gracias. La voy a necesitar —murmuré antes de echar a andar. Entonces recordé algo más que quería preguntarle —¿Dónde está Alice?

—Es su día libre —dijo encogiéndose de hombros

—Gracias —suspiré agradecido por no tener que enfrentarme a ella tan pronto. Me preguntaba si sería capaz de encontrar su apartamento. También me pregunté si estaría allí.

—¡No voy a limpiar más sangre tuya! —dijo riéndose a mis espaldas mientras caminaba hacia mi enfadada y bastante violenta hermana —Así que sé amable.

—Lo intentaré —dije poniendo los ojos en blanco —No soy por quien debes preocuparte.

Llamé a la puerta ligeramente, intentando reunir algo de valor. Aún no tenía ni idea de lo que iba a decirle. Iba a ser bastante difícil.

—Adelante —dijo con suavidad y con voz distante, como si estuviera distraída con algo.

Asomé la cabeza y vi a Rose tras un gran escritorio de roble. Llevaba unas gafas de montura oscura sobre su diminuta nariz. Parecía que estaba con la contabilidad. Ni siquiera sabía que sabía hacerlo y me preguntaba quién la enseñó.

—No sabía que llevaras gafas —dije para atraer su atención

Miró hacia arriba lentamente y suspiró con pesadez, se quitó las gafas y las colocó en la mesa. Se frotó los ojos con ambas manos antes de hablar:

—Han cambiado un montón de cosas en los últimos años, Jasper

—Me doy cuenta —murmuré en voz baja

—¿Qué quieres? —preguntó fríamente con los brazos cruzados sobre la mesa.

—Quería disculparme por…

—¿Por ser un idiota? ¿Por no respetar mi bar, por luchar en él? ¿Por hacer llorar a mi mejor amiga? ¿Por qué te querías disculpar exactamente? ¡Porque podrían ser bastantes cosas!

—Por todo lo anterior —suspiré, di un paso adelante y cerré la puerta tras de mí. Presentía que esto iba para largo. No se iban a resolver años de problemas en dos minutos.

—¿En qué estabas pensando? —preguntó con tono duro, como castigándome

—No pensaba…

—Bueno, eso es bastante obvio —dijo tensa frunciendo sus carnosos labios rosados

—¡Eh! ¡Estoy intentando disculparme! ¡Y tú no lo estás haciendo más fácil!

—Y, ¿por qué debería facilitarte las cosas? —preguntó Rosalie con un tono cruel y peligrosamente bajo

Suspiré pesadamente e intenté dar una buena razón:

—Porque eres mi hermana y me quieres

Puso los ojos en blanco por toda respuesta:

—Puedo ser tu hermana, y sí, te quiero, pero eso no quiere decir que me caigas bien

—Ya lo veo —admití mirándome los pies —Sé que no soy el mismo que era antes. Y nunca lo seré. Pero no quiero quedarme así. Quiero cambiar. Quiero ser mejor.

—¿Y cómo planeas hacer eso? —preguntó levantando una ceja y sonriendo levemente. No me creía y estaba jugando conmigo. O, al menos, eso es lo que me parecía.

—Disculpándome con todo el mundo

—¿Incluso con Edward?

Estaba demasiado sorprendido como para hablar en ese momento. Negué con la cabeza apartado la furia que ese nombre me provocaba:

—No, ¿por qué tendría que disculparme con él?

—No lo entiendes, ¿verdad? —el perverso siseo de su voz me sorprendió

—¿Entender qué? —pregunté agotando mi paciencia.

—Comportándote así con Edward hace daño a Bella. Y tú no quieres hacer eso. O, al menos, no lo creo. Quieres que vuelva a ti —dijo provocándome

—Claro que la quiero de vuelta —puse los ojos en blanco ante su dramática representación. Una actriz siempre

—¿Por qué, exactamente?

No me esperaba esa pregunta:

—¿Qué?

—¿Por qué quieres que vuelva a ti? —dijo con un profundo suspiro, como si fuera estúpido. Odiaba que me hablara como si fuera un niño

—Porque… —comencé intentando encontrar una forma de describírselo.

—Porque… ¿qué? —preguntó secamente

—La… la…—tartamudeé —La quiero

—¿La quieres? ¿Acaso la conoces?

—¡Pues claro que sí! —dije levantando las manos en el aire al hartarme del rumbo de la conversación

Rosalie se rió sin ganas y fijó sus ojos azules en mí:

—Han cambiado un montón de cosas en los últimos años, Jasper —me repitió

—Me doy cuenta —murmuré automáticamente de nuevo

—No es la estúpida niñita que abandonaste

—¿Por qué? ¿Por qué me dices esto? ¡Ni siquiera te cae bien! —señalé con enfado

—Eso no quiere decir que quiera ver cómo destruyes su vida y la tuya. Ahora tiene una vida, Jasper. Es feliz. Y lo creas o no, me cae bien Edward

—Pero, ¡yo soy tu hermano!

—No, no lo eres. Te pareces pero no lo eres. Ojalá lo fueras —dijo en voz baja con tristeza. Odiaba ese tono de voz. Decepción.

—Lo intento —susurré —Quiero serlo otra vez. De verdad, Rosalie

—Pero ya no volverás a ser esa persona. Nunca volverás a tener esa vida. No importa cuánto lo intentes —se levantó del escritorio y echó a andar hacia mí. Me puso una mano amable en la mejilla, dejando que el silencio creciera entre ambos. Coloqué la mano sobre la suya y sentí su suave piel —Le echo de menos y siempre lo haré. Espero que algún día seas una persona que me vuelva a importar.

—Yo también lo espero —cerré los ojos mientras se apartaba, sin saber que más decir.

—Te lo advierto, haz llorar a Alice otra vez y te cortaré las pelotas y las tiraré en la chimenea.

Abrí los ojos al escucharla, sorprendido por la dureza que salió de sus labios:

—¿Perdona?

—Quiero a Alice. Y le gustas por alguna razón, solo el Señor sabe por qué. Y si alguna vez vuelves a hacerla llorar como la otra noche, cogeré tu masculinidad y la colgaré en la pared. Ya ha pasado por un infierno en su vida. Se merece solo lo mejor.

Sentí la vergüenza recorrer mi cuerpo. No podía contestar a sus palabras. Sencillamente asentí y respiré hondo:

—Voy a volver a disculparme con ella

—Bien —fue todo lo que dijo

Me pasé la lengua por los labios antes de volver a hablar:

—Mi comportamiento desde que llegué ha sido inaceptable. No volverá a ocurrir pero entendería que quisieras que viviera que otro sito.

Tomó las gafas, las colocó de nuevo en su nariz y las empujó hasta su sitio:

—Si vuelve a pasar, te echaré

—Lo entiendo perfectamente

—Bien. Ahora, si me disculpas tengo que ir al banco —me contestó cogiendo un grueso sobre amarillo —Buena suerte —dijo Rosalie

—¿Con qué?

—Con las disculpas. Sé que no es fácil para ti, porque no es fácil para mí. Es lo único que tenemos en común —sonrió ligeramente y echó a andar. Abrí la puerta y salí:

—No, no lo es.