Hola, personas hermosas que alegran mi día a día uwu
No sé si disculparme por todos los reviews que no he podido responder y, también, por el tiempo que me he estado tomando para actualizar. Pero puedo aseguraros que este capítulo valdrá la pena... ¿o no? ;)
En fin. Muchas, realmente, MUCHAS GRACIAS a todos por los bonitos comentarios. Gracias por hacerse un momento en dejar un review, y en leer, y en fin. Si han llegado hasta aquí, me queda deciros que el camino apenas está comenzando, y que toméis asientos, os pongáis vuestra mejor ropa y vayáis al baño antes de leer, porque esto se va a DESCONTROLAR.
Fin del comunicado. Gracias gracias gracias por todo.
Disfrutad del cap xxx.
25
Cuando matas para salvar tu vida (y no para divertirte).
La noche llegó demasiado pronto. La cena transcurrió con las pocas personas que se mantenían en el colegio durante ese receso. Harry comió todo lo que Tom le hubiera ordenado comer, casi sin pensar en qué se estaba llevando a la boca o en qué estaba ingiriendo. Masticaba automáticamente, sin sentir sabor, siendo incapaz de prestar atención a las conversaciones espaciadas en su entorno.
Con la cena, el regreso a las salas comunes, y luego a los dormitorios. Harry no tenía sueño, no exactamente, no a menos que Tom regresara.
Finalmente, aburrido, decidió dar una vuelta.
La nieve siempre le había parecido hermosa. Digna. Blanca, suave, perfecta; como un lienzo dispuesto a pintarlo de rojo.
Hizo una bola de nieve en sus manos y la arrojó, lejos, estrellándose contra una columna. Su risa se elevó suavemente, pero guardó silencio. Después de todo, se suponía que debía estar en los dormitorios.
Caminó, siempre bordeando el castillo, examinando sus pisadas perderse en la nieve, y cómo la nieve parecía cubrirlas luego de unos metros. La luna mediana parecía sonreírle en los cielos, y cada vez que las nubes grises la cubrían, Harry echaba a correr como un pequeño, intentando adivinar de qué parte le sonreiría la luna nuevamente.
Entonces, se encontró rodeado de árboles, con un frío que le calaba hasta los huesos y una sensación extraña en la boca del estómago. Ladeó la cabeza, buscando un poco de luz con sus ojos, encontrándose con un pelaje blanco a tan sólo unos metros.
Harry alzó las cejas. Nunca había visto uno de cerca, pero sabía que existían y que, claramente, había algunos en el Mundo Mágico. El unicornio estaba allí, quieto, su cuerno plateado apuntando a los cielos, su cuerpo en alerta como si fuera a echarse a... ¿correr?
—¡JODER!
Harry se dio cuenta lo que fácilmente debería haberse dado cuenta antes: el animal estaba lejos del centro del bosque, donde normalmente habitaban, en medio de una noche de nieve, con una herida de la cual brotaba sangre plateada, en posición de alerta.
Estaba siendo perseguido por un depredador.
Harry se volteó, buscando su bolsillo y maldiciendo en voz baja porque encontró una varita en vez de una navaja. De verdad que iba a matar a Tom. ¡Él aún no se manejaba con la puta varita! Podía hacerlo de todo sin ella, pero a la hora de defenderse, las armas blancas seguían siendo mejores.
Entonces, puso los ojos en blanco. ¡Qué tonto! ¡Tenía una varita! ¡Podía transfigurar cualquier cosa en un arma!
Con ese pensamiento, se acercó al unicornio. La criatura no se volteó a verlo, sus ojos alertados siempre estáticos en un sitio oscuro entre los árboles. La luna, por sobre sus cabezas, soltaba su brillo platinado a través de las nubes que se arrastraban por los cielos.
Entonces, una figura encapuchada brotó de la nada. Harry movió su varita, sin tener idea qué jodido hechizo de mierda usar, porque joder, él no tenía una puta memoria funcional para eso, y agradeció cuando la figura soltó un chillido, su brazo cortado desde el codo volando y estrellándose contra el suelo.
Harry se detuvo protectoramente frente al unicornio, las pupilas dilatadas en la oscuridad, absorbiéndolo todo. La magia que rodeaba a la figura era claramente humana, de un color amarillo desagradable que solamente había visto en una persona en su vida, y podía afirmar que se trataba de la misma que estaba frente a él.
—Profesor Quirrell —musitó, alzando las cejas—. ¿Qué hace aquí a estas horas? Puede generar malentendidos. Será mejor que regrese al castillo. Creo que madam Pomfrey puede encargarse de su brazo. O mejor dicho, de la falta de.
El profesor se aferraba a su brazo, soltando chillidos animales de agonía. La sangre brotaba, roja, manchando la nieve, y la sonrisa de Harry se extendía cada vez más por su rostro.
—¡Maldito Potter! —gritó Quirrell, sorprendentemente sin tartamudear—. ¡Te mataré! ¡Lo haré así mi Señor no lo permita! ¡Me encargaré de hacerte pagar por esto!
Los ojos de Harry se estrecharon. Empujó a Quirrell con fuerza hacia la nieve, la capucha cayéndole del rostro. Llevaba el turbante deshecho, cubriéndole la cabeza, pero las tiras púrpuras como una bufanda en torno al cuello. Harry le sujetó del rostro, hundiendo los dedos en su piel.
—Su Señor, ¿eh? —repitió, con una mueca burlona—. ¿Quién es? ¿Acaso hablamos de Lord Voldemort, profesor Quirrell?
Quirrell intentó patearlo, pero Harry intercambió de mano, moviendo su varita con la misma precisión y malicia. El grito desgarrador de Quirrell reveló que el hueso había sido fracturado.
Harry rió, su risa infantil resonando entre los árboles.
—¡Maldito mocoso!
Harry hundió su varita en la frente de Quirrell, su sonrisa extendiéndose, fría y sin diversión.
—¿Sabe, profesor? He querido contarle unos avances que he tenido al respecto de su materia. Por lo que sé, en quinto año, le son enseñadas a los alumnos las Maldiciones Imperdonables. Para aquel acto, se consigue liberar un salón de clase específico de las protecciones que impiden la realización correcta de dichas maldiciones. ¡Es bastante fascinante el funcionamiento de aquellas protecciones! Los Fundadores las han puesto, y el poder para anularlo, retirarlo momentáneamente e inclusive repelerlo reside en cada director mientras esté en su puesto. Por eso mismo —su expresión pareció casi afligida, mientras Quirrell le observaba furioso, el pánico brillando en sus ojos aguados— me he puesto el reto de aprender a utilizar las Imperdonables antes del final de las vacaciones, y me he impuesto que debo utilizarlas dentro de Hogwarts antes del final de año escolar. ¡Es un reto estudiantil muy práctico! Saldré con conocimientos que verdaderamente me servirán en la vida diaria.
Su sonrisa era cegadora. Se fue extinguiendo, poco a poco, mientras analizaba lentamente su rostro como si buscara algo.
Quirrell escupió un insulto entre dientes. Harry retiró la varita de su frente para dirigirla a su pecho.
—Podemos comenzar con la Cruciatus, ¿no cree? —alzó las cejas, la comisura de su labio elevándose—. Crucio.
No ocurrió nada.
Harry no se rindió mientras fruncía el ceño, sus labios curvándose en un mohín molesto. Se concentró en su magia, en la magia que lo rodeaba, en el campo de protección de todos los terrenos escolares; podía sentirlo como una niebla invisible sobre cada rincón y envolviéndolo. Sólo necesitaba...
—Crucio.
El cuerpo de Quirrell sufrió un espasmo, su rostro contorsionándose en agonía por un segundo, y la sonrisa de Harry aumentó a la vez que su distracción consiguió que soltara la magia. No creía que Quirrell esperara que lo consiguiera a su segunda vez.
—Crucio —repitió, una sonrisa curvada en su expresión divertida, sus ojos iluminándose con un brillo que sólo la tortura le daba, apartando toda la magia protectora en una radio de varios metros a la redonda.
Los gritos de Quirrell llenaron el ambiente. Harry observó cómo su cuerpo se sacudía, sus gritos resonando con libertad por el bosque prohibido. ¿Llegarían hasta el castillo? No estaba seguro de que estuviera gritando tan fuerte. Pobre bastardo. Moriría allí y nadie lo recordaría, nadie sabría que habría pasado con el po-pobre tar-tartamudo p-profesor Quirrell.
Entonces, los ojos de Quirrell, azules como un cielo despejado, se tornaron rojos. Su mirada se estrechó, y Harry detuvo la maldición, separándose cuando el dolor de cabeza más fuerte de su jodida vida había comenzado a molestarle hasta el punto de arrancarle un grito.
—¡Jodida mierda! —gritó. Quirrell se incorporó sin dificultad alguna, como si el brazo cortado siguiera en su lugar, como si el hueso de su fractura expuesta en la tibia no estuviera rasgando su pantalón.
Quirrell esbozó una sonrisa cargada de superioridad que Harry conocía demasiado bien.
—Quebrar a un ser humano hasta el punto de que se pierda a sí mismo —el mago habló, con una voz que no le pertenecía. Harry supo que la voz era una modulación que imitaba la voz del otro habitante de aquel cuerpo—. Parece algo difícil, pero es sumamente fácil, y no parece ser la primera vez que lo haces. ¿Qué me estás escondiendo, Harry Potter? ¿Qué escondes detrás de ese comportamiento tan impecable? Amigo de sangresucias, aliado de las más grandes familias... ¿qué buscas?
Harry se levantó (no tenía idea de cuándo había caído de rodillas, pero era demasiado humillante) con los ojos lagrimeándole en desesperación por la agonía, la cabeza por entero latiéndole como un segundo corazón taquicárdico.
—Jódete, hijo de puta —bramó.
La risa de Voldemort no se hizo esperar. Alzó su mano, la mano que aún conservaba, e intentó tomarle de la barbilla para alzar su vista. Harry no le dio el gusto de gritar (ya estando prevenido del dolor que le causaba mirarlo, ni qué hablar de cuando lo tocara) cuando sintió que su piel ardía al contacto, como si estuvieran apoyándole brasas en la carne. Simplemente alzó la barbilla siguiendo el contacto de Voldemort, observando un obsceno placer en su mirada al contemplarle. Un placer que moduló al horror.
Harry observó cómo, lentamente, la mano que apartó de su piel se enrojecía, llenándose de ampollas. Harry creyó que aquella magia que había creado no estaba para nada mal.
Entonces, con una sonrisa sádica, se impulsó contra Voldemort, dándole una patada en el estómago que le dio su lugar en el suelo. El tembloroso cuerpo de Quirrell se derrumbó.
Apoyó su pie en el pecho del hombre, del mago, del despojo. Su sonrisa se curvó.
—¿Sabes, Voldemort? Sabía que tarde o temprano íbamos a encontrarnos. Toda la gente habla taaaanto de ti —se llevó ambas manos a la cara, simulando expresiones de asombro y horror en igual medida—. ¡Oh, el Lord Oscuro, tan tenebroso! ¡Oh, mató a toda mi familia! ¡Oh, creó una guerra que devastó a todo el Reino Unido Mágico! —su risa se elevó, histérica—. Patrañas. Simplemente eres un desquiciado —se acercó hacia él, su pie hundiéndose más en su pecho, la expresión de Voldemort antes jamás luciendo tan furiosa como en ese momento—. Un loco más, quizá con un poco de poder de convencimiento, o con un poco más de poder mágico que la cuenta. ¡Y mírate! —sus ojos profundizaron, verde en el rojo. Harry nunca había visto unos ojos tan conocidos y desconocidos a la vez—. ¡Mírate ahora! Yo casi no puedo hacerlo. Perdí todo el respeto en ti en el momento en que te vencí sin hacer absolutamente nada, Voldemort. ¿Qué mago oscuro digno de ser llamado Lord dejaría que un bebé de un año pusiera fin a su reinado?
Voldemort modificó su furia. La lividez de su rostro pasó a ser una mueca maliciosa. Harry conocía de esas, también. El rostro seguía siendo el de Quirrell, tonta expresión en una palidez absoluta, y lo único conocido eran sus ojos. No la forma, ni la mirada (tal vez esa sí, un poco), sino el color.
—Eres astuto, Harry Potter —mencionó—. Un digno miembro de la casa Slytherin. Al principio, creí que todo se trataba de una treta de Dumbledore. ¡Poner a su pequeña pieza de ajedrez en una casa donde sería odiado por todos! Pero aquello parecía tener un doble mensaje: Harry Potter no es malvado y está en Slytherin, ergo sus amigos no serán malvados, y se unirán a la causa. Una expectativa muy alta que no esperaba pudieras cumplir, conociendo a las serpientes como lo hago —los ojos se entrecerraron. Harry no podía dejar de verlos, a pesar de que el sólo hacerlo estuviera haciéndole zumbar la cabeza, su cicatriz quemando como si estuviera recién hecha y todo su cuerpo temblando como una hoja a pesar de que se mantuviera firme—. Pero por lo visto... me he equivocado.
Harry aplaudió falsamente. Nunca había soltado su varita, y el sonido sonó amortiguado por seguir teniéndola entre las manos.
—¡Bravo! ¡El Lord ha aceptado su error! ¡Merece un premio! —Harry levantó el pie—. ¿Dónde quieres la patada, en los huevos o en la cara?
—Hazlo —Voldemort sonrió con cinismo—. No me pertenece este cuerpo. Sólo soy un alma. No puedes herir algo que no siente dolor.
Harry bufó, componiendo una expresión pensativa. Luego soltó un suspiro.
—Muy bien, Voldemort, tú me ganas esta —se encogió de hombros ligeramente—. Creo que yo también merezco un premio por dejarte la partida fácil. ¿Qué crees que puedas otorgarme?
Voldemort observó detenidamente al chico. Su risa brotó, fría y maliciosa.
—Eres toda una serpiente —alabó. Harry hizo una reverencia cortés demasiado burlona, su mano haciendo una floritura mientras expresaba un "gracias, gracias"—. Puedo pensar en algo que te gustará, algo que nadie más puede otorgarte.
—Muchas gracias por tu consideración.
Seguramente, Voldemort se esperaba que Harry se inclinaría ante él en devota admiración. Le observaba, expectante, y Harry podía apostar que el imbécil Lord por un segundo había pensado que de verdad quería algo de él. Harry le apuntó nuevamente con su varita.
—No me sirve de nada herir tu cuerpo —suspiró—. Y como eres un alma en un cuerpo que ya tiene una propia, tampoco me sirve la Cruciatus, porque lo que consigue es llenar el alma de dolor. El alma propia de un cuerpo, la que lo llena y completa, otorga sensaciones y emociones. Tú no perteneces a él, pero no puedes habitar algo muerto... ¿o sí? —enarcó las cejas—. Probemos.
Voldemort le observó con los ojos abiertos y perplejos mientras Harry fruncía el ceño en concentración.
—¿Cómo era la maldición? —dudó—. Mmh... leí de ella, pero no la recuerdo exactamente... Avar... Avade... ¡Oh, SÍ! —su sonrisa se extendió en triunfo—. ¡Avada Kedavra!
Un rayo de luz verde brotó de su varita, la sensación eléctrica de la maldición recorriéndole por completo todo el brazo y todo el cuerpo. La cabeza de Quirrell golpeó contra el suelo, sus ojos desprovistos de toda vida y de todo color, grises con la muerte.
Harry lanzó un puñetazo al aire, frustrado.
—¡Venga, joder! —resopló—. Yo me estaba divirtiendo.
...
Harry releía casi desganadamente un libro que le había pedido prestado a Draco. El libro hablaba sobre diferentes tipos de rituales celtas, y a medida que Harry encontraba diferentes similitudes con rituales de otras religiones, las apuntaba en su pergamino. Sus ojos ardían y su frente seguía latiendo. Se sentía extrañamente sucio, como si estuviera cubierto de algún tipo de sudor frío, la ropa pegada a la piel, la sangre de Quirrell salpicándole la túnica y las manos resecas y ásperas con ella. Aún era capaz de sentir en su barbilla el lugar donde Voldemort le había sujetado, haciéndole alzar la cabeza, mirarle a los ojos como si estuviera buscando... ¿como si estuviera buscando qué?
Sin embargo no tenía ánimos de encerrarse en el baño. Lo único que quería era hablar con Tom, contarle lo que había ocurrido.
Mordisqueó su pluma con ansiedad, dándose cuenta de que sus manos habían vuelto a hacer garabatos a un lado. Suspiró, apartando el pergamino para escribir debajo otra comparación que súbitamente llegó a su mente, cuando la puerta se abrió.
A menos que fuera un profesor, ese debía ser Tom.
Y efectivamente, era su demonio.
Su expresión era ligeramente hastiada. Estaba despeinado, algo extraño en él. En la penumbra solamente cortada por un haz de luz creado desde la punta de su varita, Harry lo observó atentamente, intentando encontrar qué estaba mal con él.
Tom se retiró los cabellos de un lado de la cara, mostrándole a Harry una mirada casi cansada, que acabó por convertirse en divertida.
—Te has pasado tu hora de dormir.
Harry saltó de la cama, corriendo hasta Tom, colgándose de su cuello.
—¡Tom! ¿Que ocurrió? —preguntó, sus ojos abiertos como los de una lechuza—. ¿Por qué te demoraste tanto?
Tom inhaló y sin descolgarse a Harry (que además de estar colgado de su cuello tenía sus piernas envueltas en torno a las caderas del demonio) caminó hasta la cama, tomando asiento. Harry se acomodó en su regazo, esperando.
—Había un puto lazo del diablo —dijo Tom, sonriendo con una clara expresión de "no me jodas"— justo debajo de la trampilla de la bestia de tres cabezas. Me costó horrores dormirla. No parecía responder a absolutamente nada. Las maldiciones no la afectaban. Entonces, se me ocurrió cantar —alzó las cejas—. La bestia se durmió a media canción.
—¡TOM! —chilló Harry, escandalizado—. ¡A mí nunca me has cantado!
Tom soltó una carcajada.
—Lo haré algún día —prometió—. Lo siguiente al lazo del diablo fue una habitación llena de llaves voladoras falsas, una verdadera y una escoba. Ningún puto Accio funcionaba, joder, así que me transformé en mi forma de demonio, me jodí en el mundo y derribé la puerta de una patada.
Harry soltó una carcajada. Tom enredó los dedos en el cabello de Harry casi como una caricia.
—Luego había un ajedrez gigante. Tienes la jodida suerte de que sepa jugar al ajedrez y sea absolutamente bueno en ello. Le gané en menos de tres minutos. Luego desmembré a un troll. Me hubiera gustado usar tu marca, ya sabes, dejar un mensaje con su sangre, pero creo que con cortarle la cabeza y estallarle los ojos es demasiada similitud —rió suavemente—. Entonces, tocó un ejercicio lógico. Un acertijo mental.
—Y te has quedado cuatro horas intentando descifrarlo —Harry suspiró—. Siempre puse en duda tus capacidades lógicas y deductivas. De verdad me alegro que no hayamos ido a Ravenclaw. No me gustaría que durmieras fuera.
Tom bufó.
—Lo adiviné antes del minuto. Lo que me detuvo fue un espejo.
Harry parpadeó.
—¿Qué?
—Un espejo —Tom alzó las cejas—. Grande, de marco tallado con la frase Oesed lenoz aro cut edon isara cut se onotse. Puedo decirte que ha sido bastante costoso saber qué cojones con ese espejo. Esto no es tu cara sino de tu corazón el deseo. Sí, claro. Y una mierda.
Tom relucía levemente enfadado. Harry apartó los cabellos de su rostro, peinándolos con los dedos. Eran tan suaves como siempre bajo su tacto.
Tom suspiró antes de hablar.
—Entonces, conseguí la piedra.
Harry chilló.
—¿¡DE VERDAD!?
Tom la extrajo de su bolsillo. Pequeña, roja, brillante, de cortes asimétricos como un rubí en bruto. Harry chilló, abrazándolo con fuerza tanto con sus brazos como con sus piernas, uniendo inesperada y sorpresivamente sus labios a los de Tom.
Sólo duró un segundo. Un segundo de presión, ojos que no se cerraron, ojos que jamás dejaron de mirarse, ojos que reflejaban los colores del cielo y la muerte. Bueno... dos segundos. Dos segundos después Harry se retiró, arrebatándole la piedra de las manos, corriendo a su cama y examinándola bajo los diferentes tipos de luz que procedía a crear con la varita.
Tom se mantuvo estático, tal como si le acabaran de dar un golpe. Casi ni respiraba. Sus labios quemaban (una quemazón eléctrica, como si necesitara más de eso) donde un segundo antes los labios de Harry se habían posado.
Se aclaró la garganta.
—Eh, Harry...
Harry examinaba la piedra. Sin despegar los ojos de ella ni una vez, pronunció:
—Maté a Quirrell.
Tom parpadeó.
—¿Qué?
—Sip —los ojos verdes seguían sobre la piedra—. Y puede que haya estado poseído por el alma de Voldemort.
Tom parpadeó.
—¿Qué?
—Sip —los ojos verdes seguían sobre la piedra—. Y puede que haya aprendido a usar imperdonables en el castillo. ¿Quieres ver?
Tom parpadeó.
—¿Qu-...? —se llevó la mano a la cabeza—. No, ¿sabes? No quiero saber. Ni ver. Simplemente necesito un baño, quitarme las babas de perro, la sangre de troll y...
—¡Yo también necesito un baño! —chilló Harry, despegando la vista de la piedra para posarla en sus ojos—. ¿Me bañas?
—Harry, no te bañé cuando tenías nueve años, no te bañé cuando regresamos de Ally Pally, definitivamente no te bañaré ahora —Tom forzó una sonrisa—. Ahora, déjame ir...
Harry hizo el puchero más adorable que había hecho hasta el momento, la mirada de borrego más enternecedora del mundo. Sus cabellos estaban incluso más desordenados que nunca, sus mejillas ligeramente enrojecidas con pequeñas manchas que le daban una tonalidad infernalmente celestial.
Tom inhaló profundamente.
—Ve al baño y prepara la puta tina. Estaré ahí en cinco minutos.
Harry sonrió radiante y corrió al baño, abandonando la piedra en su cama como un niño caprichoso que al final ha conseguido el juguete por el cual tanto había exigido, y ahora quiere otro nuevo.
Tom se preguntó si acaso Harry estaba decidido a jugar con él. Si acaso Harry estaba decidido a jugar con fuego.
Aunque no tendía idea de cuál de los dos ardería primero.
*Lectoras esperando el beso Tomarry del fic*
Han pasado 84 años...
BSLDKSJALD Vale, basta. No haré la gran Yuri On Ice ¿eso fue un beso o un abrazo? SÍ, HA SIDO UN BESO. BESO. KISS. MUSU. KISO. BAISER. BACIO. QIBLA. TSELUY. SARUT... Y ALV NO SÉ CÓMO DECIRLO EN MÁS IDIOMAS PERO SÍ, SE BESARON *inhala*. Muy bien. Calma, ven a mí nuevamente.
¿Qué opináis? Hay pequeñas grandes incógnitas entre nuestro Psycho Baby y Tommy-Demon. Incógnitas como QUÉ COJONES CON VOLDEMORT, o, ¿qué pudo ver Tommy en el espejo de Oesed que lo tuvo cuatro horas desaparecido en acción...? y la clara idea de que a partir de ahora nada será igual, pero será diferente... ¿a qué manera? JEJEJEJEJEJE. Ay, amo mucho mi fic, dejadme fangirlear con él.
Os amo mucho muchísimo. Gracias a todos por esperar este cap, y por sobrevivir hasta él, y por dejarme sobrevivir hasta él y, no lo sé, GRACIAS.
Yours sincerely, G.
