CAPÍTULO 25
Una vez que el pánico inicial desapareció, resultó bastante evidente para todos que Merlín se las había arreglado para agotarse a sí mismo, aunque el hechicero hizo todo lo posible por negarlo. Desafortunadamente para él, Arturo no se lo creyó, así que entre el príncipe y Rordan consiguieron meterle otra vez en la cueva para que pudiera descansar. A pesar de sus constantes protestas (que sobre todo consistían en mirarles fulminantemente con diversos grados de irritación, aunque Arturo opinaba que su expresión se parecía más a hacer pucheros), no le llevó mucho tiempo quedarse dormido.
Al principio el príncipe se había preocupado por el mucho tiempo que Merlín había pasado durmiendo en los últimos días, pero Owyn le había asegurado rápidamente que era algo natural. El descanso era la mejor manera para un cuerpo de curarse, y considerando que la mayoría de las pociones que le habían dado para reducir su dolor traían consigo un efecto secundario de somnolencia, no era sorprendente que se hubiera pasado casi todo el tiempo dormido. Además, mientras estuviera dormido no podría hablar, lo que significaba que su voz se recuperaría antes, y cuanto antes lo hiciera, antes podrían hablar.
Arturo aún tenía muchas preguntas, después de todo.
Tan pronto como Merlín estuvo asentado Rordan y él volvieron fuera, donde Owyn aún estaba sentado, jugueteando con la banda de metal en sus manos. Ahora que solo estaban ellos tres, tenía algunas preguntas, la primera la más evidente de todas.
— Bueno —comenzó tan pronto como se sentó apoyado contra la pared de la cueva—, ¿y qué es esa cosa?
Quería saber exactamente qué pensaban hacer con ella y por qué Merlín había entrado en pánico al verla.
— Es una especie de amplificador de magia —dijo Owyn mientras la giraba entre sus dedos un par de veces—. Originalmente estaba diseñado para ayudar a los magos a sacar su magia. La atrae hacia la superficie, por así decirlo, haciendo que sea más fácil de alcanzar, y muchas veces puede proporcionar más poder del que un hechicero es capaz de acceder por sí mismo. Es bueno para practicar, pero puede ser peligroso. Barragh prefería usarlo como forma de tortura.
— ¿Cómo? —¿cómo podía algo que servía para ayudar ser usado de esa manera? Cuando vio la expresión que cruzó el rostro de Owyn y se encontró una mirada similar en Rordan, dudó si realmente quería saberlo. Ambos parecían decididamente incómodos y algo asqueados por la respuesta.
— Bueno —comenzó Owyn, dejando de juguetear con el metal—, cuando se junta con el brazalete de orihalcon que Merlín llega, algo que limita y reprime la magia de una persona; provoca una sensación similar a ser hecho pedazos desde dentro... o al menos eso me han dicho.
Arturo tragó saliva al pensarlo. Apenas podía imaginar cómo se sentiría algo así, pero la mera idea era suficiente para que se sintiera enfermo y más que un poco enfadado. Barragh había usado esa cosa en Merlín, lo sabía. El día que Arturo había descubierto la magia de su amigo, el traficante de armas había puesto un brazalete en el brazo del chico que le había hecho gritar en lo que parecía un agonía absoluta e indescriptible, y después de sacarle de allí y meterle en aquella habitación probablemente había seguido haciéndolo una y otra vez. Le había aterrorizado hasta el punto de que solo verlo era suficiente para hacer que el hechicero tuviera un ataque de pánico. Merlín había parecido aterrorizado. Nunca antes había visto una expresión así en la cara de su criado.
No era justo. Incluso después de su muerte, Barragh se las arreglaba para causar daño. ¿Qué haría falta para librarse de una vez de él?
Haciendo lo posible por calmarse, el príncipe intentó relajarse para volver a pensar en lo que le habían dicho, porque aún había algunas cosas que no entendía. Una era una palabra concreta que Owyn había dicho, una que no había oído nunca antes, lo cual era sorprendente considerando el extremo odio de su padre por la magia.
Seguro que si había en el mundo algún tipo de materia capaz de retirar la magia de un hechicero, el rey le habría hablado de ella.
— ¿Orihalcon? —preguntó, curioso.
— Es un metal extremadamente raro que tiene la habilidad natural de sellar la magia —explicó Owyn, con su incomodidad inicial algo aliviada—. Puede ser bastante útil, en realidad, si se usa de la manera correcta. Hay algunas criaturas, al igual que algunos hechiceros, que pueden sentir la magia poderosa, así que si quisieras esconder algo mágico de ellos, usar orihalcon sería la manera más eficaz.
Se detuvo un momento antes de mirar directamente al príncipe, suavizando su mirada hasta algo que solo podía ser tristeza.
— No creo que haga falta explicarte de qué otras maneras se puede usar.
No, no hacía falta. Era evidente dada la condición de Merlín.
Uno de los muchos problemas a los que la gente sin magia se enfrentaba al lidiar con hechiceros era cómo evitar su magia. Sí, podías encerrarles y poner guardias —incluso con su magia, podían ser sobrepasados en número, y una espada en el pecho era igual de letal para un hechicero que para cualquier otra persona—, pero no estaba garantizado que no fueran a poder escapar en algún momento. Además, si un hechicero era particularmente poderoso, era muy posible que simplemente no pudiera ser detenido. Por lo tanto, sería muy útil tener algo que pudiera sellar su magia para que no pudiera hacer daño. Haría las cosas más fáciles.
Podía ver los beneficios de usar algo como el orihalcon... pero al mismo tiempo comprendía el tipo de daño que podía causar. Si alguien como su padre lo descubriera...
Bueno, pues no lo haría. Arturo no tenía la más mínima intención de mencionarle nada de esto. Aunque pudiera resultar útil, las consecuencias serían demasiado graves. El rey acumularía el metal sin parar y después cazaría a todos los hechiceros que pudiera encontrar. Demasiada sangre inocente sería derramada; era imposible que permitiera algo así, no después de haber descubierto la verdad. Aunque no hubiera nada que pudiera hacer para cambiar las leyes mientras su padre siguiera siendo rey, al menos podía intentar no empeorar las cosas aún más. No habría ayuda por su parte. A no ser que un hechicero cometiera un crimen de verdad, él ya no les perseguiría. Órdenes o no, no seguiría derramando sangre inocente.
— Bien, con las cuestiones de sus usos éticos o no aparte —siguió Owyn, sacando a Arturo de sus pensamientos y de vuelta a la conversación—, debo admitir que siento curiosidad sobre tu plan, Rordan. No entiendo como algo como esto puede ayudar.
— Por fin, algo que no sabes —Arturo no había tenido intención de decir eso, pero las palabras se escaparon de todos modos. Owyn se volvió hacia él con una expresión que podría ser un ceño fruncido de no ser por el brillo divertido que se podía ver en sus ojos.
Tenía la sensación de que pagaría por ese comentario más tarde.
— Bueno... —Rordan se calló nerviosamente, al parecer decidiendo ignorar el último intercambio de palabras—, es más una teoría, en realidad.
La incerteza en su voz fue suficiente para capturar la atención de los otros dos otra vez, curiosos y algo preocupados por lo que implicaba este plan. Una vez que tuvo su completa atención otra vez, Rordan se apresuró a continuar.
— No hay garantías de que vaya a funcionar de verdad, pero es lo único en lo que pude pensar. Este brazalete y el orihalcon son opuestos. Uno empuja la magia hacia dentro y el otro hacia fuera. La idea es ponerlos juntos en vez de en brazos contrarios. Al estar tan cerca el uno al otro, la presión del constante tira y afloja de la magia debería ser suficiente para romper el orihalcon.
— No pareces estar muy seguro —dijo Arturo, como pregunta y como acusación.
— Eso es porque no lo estoy. Os lo dije, es solo una teoría, y con cualquier otra persona estoy seguro de que no funcionaría, pero la magia de Merlín es distinta. Ha sido capaz de usarla incluso con el brazalete puesto. Su magia es tan poderosa que si fuera atraída tan de repente y tan cerca del brazalete de orihalcon, debería ser suficiente como para poder quitarlo al menos.
Al escuchar todo eso, el príncipe rápidamente decidió que lo primero que le iba a preguntar a Merlín una vez que recuperara su voz era qué exactamente le hacía tan diferente. Sabía que su sirviente era poderoso —Barragh lo había dejado bastante claro—, pero lo que quería saber de verdad era por qué. ¿Por qué era tan diferente de otros magos? ¿Qué hacía su magia distinta? ¿Cómo había conseguido algo así siendo tan joven como ella?
¿Por qué Merlín parecía ser la excepción a todas las reglas?
Tenía que haber una razón, y él tenía la intención de averiguarla.
— Es un riesgo bastante grande, la verdad —comentó Owyn mientras giraba el brazalete entre sus manos ausentemente. Arturo observó como su expresión pasaba de pensativa a algo casi resignado. El guardia simplemente se encogió de hombros mientras sus labios formaban una sonrisa muy breve y pequeña—. Pero supongo que es lo único que tenemos.
El príncipe no estaba tan convencido.
— ¿Y si no funciona? —preguntó, porque no quería sentir demasiadas esperanzas por una solución que no tuviera garantías, que esencialmente no nada más que una simple teoría basada en conjeturas. Necesitaba saber que si las cosas iban horriblemente mal aún habría esperanza.
— Se nos ocurrirá algo —le dijo Rordan, y aunque no había estado muy seguro sobre su propia idea, sí que parecía completamente convencido de eso—. De un modo u otro, nosotros lo solucionaremos.
A pesar de todas sus reservas, el príncipe podía sentir su cuerpo relajándose despacio contra las rocas detrás de él, y sus dudas siendo calmadas por ahora. Aunque no se hubiera ofrecido ninguna solución real, se encontró mucho más tranquilo. Lo gracioso era que solo había hecho falta una palabra para apaciguarle.
Nosotros...
Incluso en medio de tanta incerteza, no podía evitar sentir que las cosas se solucionarían al final, no solo con esto, sino que entre él y Merlín también.
Era una sensación agradable, el no estar solo.
En opinión de Merlín, el día siguiente llegó muy, muy pronto. Habría sido perfectamente feliz si hubiera decidido esperar un par de horas más… o un par de semanas. Semanas sonaba mucho mejor, pero algo más del orden de "nunca" habría sido perfecto (sabía que era imposible, pero no había ninguna norma en contra de soñar, a que no). Cortarse el brazo empezaba a parecer más una opción viable con cada segundo, pero sabía que nadie más estaría de acuerdo con él.
Por mucho que quisiera volver a usar su magia libremente, esto era probablemente la última cosa que querría hacer. Incluso después de que Rordan se lo hubiera explicado todo esa mañana, no quería hacerlo. Sí, el mecanismo tenía sentido, pero él de verdad que no quería volver a acercarse a aquella horrible cosa de metal nunca más. También le habían informado de que no estaban ni siquiera seguros de si iba a funcionar, lo que solo lo hacía peor. Si iba a tener que sufrir eso otra vez, al menos quería que algo bueno saliera de ello. ¿Era mucho pedir?
Si esto no funcionaba, iba a decirles que simplemente lo cortaran. Estaba seguro de que no le iban a escuchar, pero estaba dispuesto a intentarlo después de todo. Probablemente pudiera arreglárselas con solo un brazo; tenía magia después de todo (y sí, era consciente de que esa idea era quizás algo histérica, pero considerando lo que estaba siendo forzado a hacer, no conseguía que eso le importara).
Al menos agradecía que no le hubieran apresurado o presionado demasiado. Le habían permitido despertarse por su cuenta en vez de levantarle ellos, e incluso le habían ofrecido desayuno primero, lo que él había tenido desafortunadamente que rechazar. No quería acabar vomitando, y si lo intentaban con el estómago lleno, estaba seguro de que lo iba a hacer. Prefería esperar y comer después, cuando pudiera disfrutar la comida y no tuviera que preocuparse por volver a echarla más tarde.
Después de rechazar el desayuno, sus tres amigos se habían sentado con él para informarle de cuál era exactamente el plan, hasta el último detalle. Rordan incluso había demostrado como sacar el segundo brazalete, lo que implicaba trazar algunas de las runas con el dedo en una determinada secuencia. Era mucho más fácil de quitar que su brazalete, eso seguro, lo cual era bastante injusto en su opinión. Por supuesto, nada podía ser simplemente fácil para él, su primera semana en Camelot lo había dejado bien claro.
Después de todas las explicaciones, habían decidido que sería mejor estar fuera en caso de que algo fuera mal, así que le habían ayudado a salir de la cueva y a llegar hasta el centro del pequeño claro. Había intentado decirles que podía caminar solo, pero sus protestas habían caído en oídos sordos. Desde luego no ayudaba que su voz aún siguiera bastante débil, pero al menos ya podía decir más que un par de palabras de vez en cuando. Sin embargo, tenía la sensación de que todos los progresos se hubieran perdido. Rordan había insistido en que no le dolería tanto esta vez, pero no estaba seguro de si se lo creía. Después de todo, no sería la primera vez que alguien le engañaba con eso (Gaius era bueno en ello, siempre diciéndole que "no dolería mucho" al tratarle una herida. Siempre era mentira, y quizás algún día Merlín dejaría de tragarse un truco tan simple).
Dejando escapar un profundo suspiro, mitad exasperación y mitad un intento de calmarse, Merlín alzó la vista a los fragmentos de cielo azul y luz que se podían ver entre las copas de los árboles mientras se preguntaba que había hecho para merecerse algo así.
— ¿Estás listo? —preguntó Rordan, atrayendo la atención del hechicero. Todos estaban de pie a su alrededor, observando y esperando, y lo odiaba. No quería que nadie lo viera, pero sabía que sería imposible hacer que se marcharan. Tampoco sería muy sabio, porque sin ellos allí él probablemente no fuera capaz de quitarse el otro brazalete. Les necesitaba allí sin importar que lo quisiera o no.
No, pensó para sí mismo, con ganas de decirlo en voz alta, pero se mordió la lengua. Si quería su magia de vuelta tenía al menos que intentarlo, así que a pesar de que cada fibra de su ser le decía que se alejara, que no permitiera que esa cosa estuviera cerca de él, asintió con la cabeza dando su consentimiento.
Rordan se arrodilló a su lado, con una expresión llena de simpatía.
— Siento todo esto —dijo—. Si no funciona, prometo que te lo quitaré de inmediato, ¿vale?
— Vale —respondió Merlín en un susurró, aún aterrado pero intentando no estarlo.
El hechicero observó como Rordan inspiraba antes de echar la mano hacia su brazo derecho. Le subió la manga hasta detrás de su codo, exponiendo el otro brazalete en toda su gloria privadora de magia. Si esto funcionaba de verdad y la maldita cosa se salía, iba a tirarla al río. El agua podía llevarla hasta al mar donde se perdería para siempre.
Le gustaba esa idea.
Con solo un momento de duda más, Rordan le miró a los ojos para asegurarse de que estuviera preparado. Con un asentimiento final, el guardia cogió el brazalete y se lo puso en el brazo al lado del otro.
Al parecer el guardia no había estado intentando engañarle. Tal y como había dicho, no dolía tanto como la última vez.
Aún así, seguía doliendo.
Mientras su magia se apresuraba hacia la superficie, forcejeando contra la fuerza que intentaba continuamente mantenerla retenida, su cuerpo empezó a sentirse como si estuviera ardiendo. Su espalda se arqueó en contra de su voluntad, sus dedos se clavaron en la tierra, y aunque supuso una gran cantidad de esfuerzo, no gritó. En vez de eso apretó los dientes y mantuvo la boca cerrada, haciendo todo lo posible por soportarlo. El hecho de que tuviera suficiente fuerza de voluntad como para conseguir todo eso probaba lo diferente que era esta vez con respecto a las anteriores. Cuando Barragh le había torturado, todo se había emborronado en su visión, y lo único que había podido registrar era el dolor. Cada palabra pronunciada había sido en medio de gritos, cada una de ellas alta y desesperada mientras pedía clemencia. No había sido capaz de controlarse en absoluto.
Solo pensar en ello era casi suficiente para volver a comenzar el pánico, para rendirse al miedo y el dolor, pero no quería hacerlo. No podía. No lo haría. Esta vez las cosas eran distintas. Nadie le estaba torturando, nadie se estaba riendo, nadie se burlaba de él. Esta vez la agonía no le consumía completamente. Esta vez estaba concentrado, manejable.
Al sentir la magia recorriéndole, dejando a su paso un calor abrasante, Merlín intentó alcanzarla. Si pudiera aferrarla de alguna manera, quizás sería capaz de acelerar el proceso. Todo lo que tenía que hacer era empujar, crear suficiente presión como para superar al brazalete de orihalcon. Rordan le había dicho que si alguien podía hacer funcionar su disparatado plan, era él, así que iba a hacer todo lo posible para conseguirlo. Aunque doliera, aunque se sintiera como si alguien le estuviera intentando lanzar a un fuego ardiente, no se iba a rendir.
Quería su magia de vuelta. Estaba harto de esto.
Mientras el hechicero hacía lo posible para resistir y conseguir que las cosas salieran como querían, no era consciente de los efectos que estaban teniendo sus esfuerzos. Sin que él lo supiera, las runas de los dos brazaletes estaban brillando, con una luz más y más potente cada segundo. A su alrededor, Rordan, Owyn y Arturo continuaron observando, esperando que algo pasara, que hubiera un signo claro de que su plan iba o no a funcionar. Sin embargo, con la excepción de la creciente luz, no había nada.
Apretando los puños, Arturo se forzó a esperar, aunque todo lo que quería hacer era ponerle fin. Aunque Merlín no parecía en absoluto estar sufriendo tanto como la vez anterior, era obvio que seguía doliendo mucho. Sus ojos se habían cerrado casi de inmediato y no se habían abierto desde entonces, permanecían apretados formando arrugas en las comisuras. También había apretado la mandíbula, rechinando los dientes detrás de labios fruncidos en un intento de no dejar que nada saliera de su boca, de no hacer ni un solo ruido, pero de vez en cuando un sonido dolorido se escapaba sin su consentimiento, dejando ver el dolor real que sentía.
El príncipe lo odiaba. Odiaba poder solo observar y esperar. Quería hacer algo, cualquier cosa, aunque resultara no funcionar. Por encima de todo lo demás, odiaba sentirse así de impotente.
Arturo no tenía ni idea del tiempo que había pasado cuando por fin abrió la boca para decir algo, pero estaba seguro de que no había sido tanto como parecía.
— ¿Y bien? —preguntó, dirigiéndose a Rordan. Necesitaba saber si esto estaba o no funcionando.
El guardia le miró, manteniendo la mirada un momento antes de que toda su concentración volviera al hechicero. A pesar de la ansiedad que se podía ver en su cara, sus ojos oscuros estaban completamente centrados. Era como si estuviera buscando algo, temeroso de apartar la vista por miedo a perdérselo.
— Vamos… —susurró Rordan dando ánimos, impaciente, y Arturo se encontró devolviendo la mirada a Merlín, a los dos brazaletes cuyas runas brillaban incluso más ahora. Observó con atención, esperando a que algo pasara —cualquier cosa le habría valido en esta situación—, pero al final no vio nada, sino que escuchó.
Un crujido.
Algo estaba partiéndose. Con toda la luz en medio, no podía ver cuál era.
El sonido se repitió una y otra vez, más alto con cada una, y todos esperaron conteniendo el aliento para ver qué iba a pasar, para descubrir qué fuerza iba a vencer. Era una batalla de voluntades. El brazalete de orihalcon era lo que quedaba de la voluntar de Barragh, su deseo de poseer y controlar, mientras Merlín intentaba sobreponerse, y liberarse a sí mismo y a su magia.
Al final, ¿cuál ganaría?
Solo un momento más tarde recibieron su respuesta.
Con un sonoro crujido final, una luz desapareció, y en su lugar quedaron dos piezas de un solo brazalete, uno hecho de un metal que parecía plata pero no lo era. Miraron a las dos mitades que colgaban con aspecto inocente antes de resbalar de su sitio justo debajo del codo de un brazo pálido.
— ¡Sí! —gritó la voz encantada de Owyn, con una amplia sonrisa extendiéndose por su cara, una que Arturo se encontró imitando un segundo más tarde.
Ya no estaba.
El brazalete de orihalcon ya no estaba. Los tres lo habían observado caer al suelo.
…Y en el momento siguiente, los tres estaban de repente siendo empujados hasta el otro extremo del claro.
Arturo gruñó al aterrizar en el suelo. Su espalda había recibido lo peor del golpe (aunque por fuerte no su cabeza, lo que menos quería ahora mismo era perder el conocimiento). Todo le dolía, y cuando intentó abrirlos ojos, descubrió que el mundo estaba girando un poco, así que los cerró otra vez para evitar la náusea que sentía viniendo.
— ¿Estáis bien, Arturo? ¿Owyn? —escuchó que decía Rordan, sonando tan dolorido como él.
— Eso creo —la realidad se acercaba más a "probablemente no", pero el dolor se pasaría pronto, o eso esperaba.
— No había experimentado esto desde hacía un tiempo —fue la respuesta ligeramente más divertida de Owyn. Tenía que ser un don, cómo se las arreglaba siente para sonar como si estuviera disfrutando la situación por ridícula que fuera. El príncipe quería mirar alrededor para asegurarse de que todos estuvieran bien, de que nada horrible hubiera pasado, pero su cuerpo aún se estaba intentando recuperar del repentino golpe.
¿Qué acababa de pasar? Un momento habían estado allí de pie, regocijándose en el hecho de que uno de sus obstáculos finales se hubiera superado por fin, y al siguiente habían salido volando por los aires solo para caer al suelo al otro lado del claro. Había sido tan rápido que no había tenido tiempo a darse cuenta de qué estaba pasando. No podía recordar ver nada. Era como si una ráfaga de viento les hubiera arrojado, pero sabía que no era eso. La fuerza que había chocado con él se había parecido más a un caballo al galope o una pared de piedra. ¿Qué podía haber causado algo así?
Decidiendo que era hora de averiguar que estaba pasando, el príncipe obligó a sus ojos a abrirse y esperó a que su visión se aclarara. Por suerte el mundo ya n daba vueltas, aunque su cuerpo aún se negaba a moverse. Y todo le dolía, pero podía lidiar con ello. No era nada que no le hubiera pasado antes.
Mientras se sentaba lentamente, vio que tanto Rordan como Owyn estaban en un estado similar. También les habían lanzado bastante lejos, y solo ahora Arturo se daba cuenta de cómo de lejos los tres habían volado. No es que el valle en el que habían acampado fuera muy grande, pero aún así la distancia era decente. Al principio los tres habían estado hacia el medio, pero ahora tenían la línea de árboles justo a sus espaldas (gracias a dios que no habían ido más lejos, o quizás no hubieran salido tan bien parados).
Frotándose el hombro donde había chocado con el suelo, Arturo miró acreedor para ver si podía encontrar a lo que les había atacado. No había nada a la vista.
— ¿Qué diablos…? —comenzó a preguntar, solo para detenerse cuando una sensación extraña le recorrió, congelándole en el sitio. Era como ser arrojado de repente a un lago de agua helada pero sin la incomodidad y el frío punzante que acompañaban a ser empapado. Subió por sus brazos y a través de su pecho, por su nuca y bajando por su espalda. Por un momento se preguntó si era solo una brisa fresca que acababa de aparecer, porque fuera lo que fuera también parecía estar agitando su pelo. Sin embargo, si era algún tipo de viento, era distinto a cualquiera que hubiera sentido antes.
Mirando alrededor una vez más con la esperanza de resolver al menos un misterio, sus ojos cayeron en algo que no había visto al principio. En la dirección de la que habían venido, sentado en medio del claro con la cabeza cogida entre sus manos, estaba Merlín. El hechicero estaba exactamente donde le habían dejado, pero algo no parecía estar bien, y no le llevó mucho tiempo darse cuenta de qué.
Alrededor de su brazo derecho estaba lo que parecía un brazalete de luz. Las runas brillaban con tanta fuerza que ya no se podía ver el metal sobre el que estaban dibujadas.
La sensación le recorrió otra vez, esta vez con más violencia, y no pudo reprimir el escalofrío que le recorrió. No fue el único.
— ¿Alguien más está sintiendo eso? —preguntó Rordan mientras se ponía de pie.
— Sí —respondió Owyn imitándole, y Arturo se apresuró a seguir su ejemplo. Sería más fácil hacer algo, como defenderse, si estaban de pie.
— ¿Pero qué es? —preguntó, intentando determinar de dónde venía esa sensación extraña, pero no había nada en el valle además de ellos y de Merlín. Desafortunadamente, parecía que Rordan y Owyn tampoco sabían la respuesta… hasta que el viento arreció.
El bosque, en su mayor parte, había permanecido en calma durante su estancia en el valle. Nada había parecido molestarle, ni siquiera el tiempo. Lo máximo que había pasado por allí había sido una suave brisa.
El viento que silbaba a su alrededor ahora era cualquier cosa menos una "suave brisa".
— ¿De dónde viene ese viento? —preguntó, teniendo que levantar un poco la voz para hacerse oír por encima del rugido del viento. No estaba seguro de si los dos guardias le habían oído o no, pero una mirada rápida en su dirección le dijo que se sentían tan perdidos como él—. ¿Qué diablos está-?
Oh.
…Oh.
Con una sensación de temor creciente, volvió otra vez los ojos hacia el centro del claro.
Parecía como el ojo de una tormenta.
Un brazalete que atrae la magia de un hechicero…
Aunque la hierba temblaba y las ramas se agitaban, todo alrededor de Merlín estaba quieto.
Arturo por fin podía ponerle nombre a la sensación extraña.
Magia.
Había magia filtrándose en el aire, magia que había sido reprimida durante más de un mes, confinada y abusada y agitada. Fluía desde el hechicero como agua a través de una tubería rota, echándose encima de ellos en oleadas, magia pura, sin contaminar, manifestándose en forma de viento.
De repente encontró la respuesta a sus preguntas.
Merlín había sido el que les había arrojado a través del claro, aunque probablemente no fuera consciente de ello. Su magia simplemente había estallado al ser liberada de su jaula, y ahora por culpa del otro brazalete estaba desbordando, saliendo a la superficie y vertiéndose, y por lo que parecía, el hechicero no podía detenerla. Era difícil decir si se daba cuenta siquiera de lo que estaba pasando.
Arturo se giró hacia Owyn y Rordan, ambos guardias se habían acercado más a él mientras él estaba uniendo las piezas, y a juzgar por sus miradas, habían llegado a la misma conclusión.
Le habían puesto un amplificador de magia a un hechicero que tenía el potencial para destruir reinos.
—…Oh —dijo Owyn, haciendo eco a los pensamientos del príncipe antes de que su voz se perdiera en el viento.
Realmente no se habían parado mucho a pensar en este plan.
—…Vaya.
Sí, concedió Arturo mientras se preparaba para hacer frente a la tormenta. Eso lo resume bastante bien.
No suelo traducir las notas de la autora pero en caso de que alguno sienta curiosidad, añado esta:
N/A: Si sois jugadores de RPG y habéis jugado al Final Fantasy, os puede sonar el Orihalcon. También aparece en el anime Slayers. Y no, no lo escribí mal. Y no, no quería decir orichalcum. Ese es un metal completamente distinto. Espero que eso aclare cualquier confusión posible J
