Disclaimer: Percy Jackson es propiedad de Rick Riordan


Aviso desde ya que hay un pequeño momento de ida en el capítulo.


—Ya leo yo el siguiente —dijo Chris, cogiendo el libro—. La carrera de carros termina con fuegos artificiales.

—Creí que después de que Tántalo se fuese, se quitarían las carreras —dijo Deméter.

—Pensé que los chicos tendrían que divertirse un poco —dijo Quirón.

Gracias a la capacidad especial de los centauros para viajar, llegamos a Long Island poco después de que lo hiciera Clarisse.

Percy y Annabeth se miraron. Suerte de los centauros o habrían llegado mucho más tarde. En realidad no importaba si hubiesen llegado tarde. Pero seguramente Annabeth y Grover, sobre todo Annabeth, no se habrían perdonado el no haber llegado a tiempo para ver el comienzo de la recuperación de Thalia.

Cabalgué a lomos de Quirón, pero no hablamos mucho durante el trayecto, y menos aún de Cronos. Tenía que haber sido difícil para Quirón hablarme de él y no quería agobiarlo con más preguntas. O sea, antes ya me había tropezado con otros casos de parientes embarazosos. Pero… ¿te lo imaginas? ¿Cronos, el malvado señor de los titanes, el que pretendía destruir la civilización occidental? En fin, no era la clase de padre que invitarías al colegio el día de fin de curso.

—Lo entendemos —dijeron los seis hijos de Cronos.

Cuando llegamos al campamento, los centauros tenían muchas ganas de conocer a Dioniso. Le habían dicho que organizaba unas fiestas increíbles. Pero se llevaron una decepción, el dios del vino no estaba para fiestas precisamente cuando el campamento en pleno se reunió en lo alto de la colina Mestiza.

—No me extraña —comentó Charles—. Con todos los líos que hubieron esos días allí.

En el campamento habían pasado dos semanas muy duras.

Los que habían estado allí resoplaron. Eso era quedarse muy, pero que muy corto.

La cabaña de artes y oficios había quedado carbonizada hasta los cimientos a causa de un ataque de Draco Aionius (que, por lo que pude averiguar, era el nombre latino de un lagarto-enorme-que-escupe-fuego-y-lo-destruye-todo).

—Me gusta más el nombre latino. Es más corto —dijo Leo.

—¿Os imagináis que la gente lo llamase a la manera Percy? —preguntó Travis.

—¿Cómo que a la manera Percy? —murmuró el susodicho.

Nadie le hizo caso.

—Sería algo como: ¡Oh, no! ¡Es un lagarto-enorme-que-escu...! ¡Agh! Y morirían antes de decir el nombre —respondió Connor.

Las habitaciones de la Casa Grande estaban a rebosar de heridos; los chicos de la cabaña de Apolo, que eran los mejores enfermeros, habían tenido que hacer horas extras para darles los primeros auxilios.

Will asintió. Esos días habían sido un verdadero caos.

Todos los que se agolpaban ahora en torno al árbol de Thalia parecían agotados y hechos polvo.

—Pues la verdad que para todo lo que habíamos vivido, teníamos mejor pinta de lo que parecía —dijo Katie.

En cuanto Clarisse cubrió la rama más baja del pino con el Vellocino de Oro, la luna pareció iluminarse y pasar del color gris al plateado.

Artemisa sonrió un poco. Sabía que el veneno no había afectado a la luna, pero igualmente escuchar eso la hizo feliz.

Una brisa fresca susurró entre las ramas y empezó a agitar la hierba de la colina y de todo el valle, todo pareció adquirir más relieve: el brillo de las luciérnagas en los bosques, el olor de los campos de fresas, el rumor de las olas en la playa. Poco a poco, las agujas del pino empezaron a pasar del marrón al verde.

Todo el mundo estalló en vítores. La transformación se producía despacio, pero no había ninguna duda: la magia del Vellocino de Oro se estaba infiltrando en el árbol, lo llenaba de nuevo vigor y expulsaba el veneno.

Thalia respiró con un poco de alivio. Saber que había estado a punto de morir cuando ya había muerto una vez no había sido nada agradable.

Quirón ordenó que se establecieran turnos de guardia las veinticuatro horas del día en la cima de la colina, al menos hasta que encontráramos al monstruo idóneo para proteger el vellocino. Dijo que iba a poner de inmediato un anuncio en El Olimpo Semanal.

Los griegos, más Jason, sonrieron ante el recuerdo de Peleo. Aunque algunos se preguntaban como le sentaría a Aquiles saber que un dragón llevaba el nombre de su padre.

Entretanto, los compañeros de cabaña de Clarisse la llevaron a hombros hasta el anfiteatro, donde recibió una corona de laurel y otros muchos honores en torno a la hoguera.

Clarisse sonrió un poco, recordando aquello. Era agradable sentirse tan admirada.

A Annabeth y a mí no nos hacían ni caso.

No hacía falta decir que ni a Poseidón ni a Atenea les gustaba oír que sus hijos no habían recibido el reconocimiento que se merecían.

Era como si nunca hubiésemos salido del campamento. Supongo que ése era su mejor modo de darnos las gracias, porque si hubieran admitido que nos habíamos escabullido del campamento para emprender la búsqueda, se habrían visto obligados a expulsarnos.

Aunque después de escuchar eso, decidieron que era mejor que, por esa vez, no recibiesen nada.

Y la verdad, no quería más protagonismo, resultaba agradable ser un campista más, al menos por una vez.

Los más cercanos a él bufaron para ocultar una carcajada. Percy no podía ser un campista común ni aunque se lo suplicase a los dioses.

Aquella noche, mientras asábamos malvaviscos y escuchábamos de labios de los hermanos Stoll una historia de fantasmas sobre un rey malvado que fue devorado por unos pastelillos demoníacos,

—¿Por qué no sé nos ocurrió algo como eso? —preguntó Atenea a Poseidón.

—Ni idea. Tú eres la diosa de la sabiduría, no yo —replicó el dios.

Ambos se miraron antes de mirar al dios de los muertos.

—Hades.

El dios suspiró e hizo un ademán. Segundos después asintió.

Mientras en los Campos de castigo, Tántalo disfrutaba de un agradable baño en un lago de agua salada, sintiendo como unas cariñosas pirañas le arrancaban trozos de piel. Entonces aparecieron unos pasteles de aspecto delicioso enfrente de él. Cuando se dispuso a tomar uno, a este le salieron unos afilados colmillos que se le clavaron en el dorso de la mano.

El preso soltó un aullido de dolor y arrojó el pastelito barranco abajo, desde dónde se alzó una voz que gritaba:

—¡Eh. tío! ¡Gracias por el pastel! ¡Esta delicioso!

Tántalo rechinó los dientes con furia.

Clarisse me empujó por detrás y me susurró al oído:

—Sólo porque te hayas comportado una vez como es debido, no vayas a creer que ya te has librado de Ares. Sigo esperando la ocasión para pulverizarte.

—Así es —declaró Ares.

Sonreí de mala gana.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Nada —dije—. ¡Es tan agradable estar de vuelta en casa!

Percy y Clarisse se miraron de reojo. Aquella aventura les había servido para estrechar lazos. No en plan amigos, sino en plan camaradas que podían confiar la espalda al otro.

A la mañana siguiente, una vez que los ponis partieron para Florida, Quirón hizo un anuncio sorprendente: las carreras de carros continuarían como estaba previsto. Tras la marcha de Tántalo, todos creíamos que ya eran historia,

—No sois los únicos —dijo Deméter, a quién no le hacía gracia que los campistas, sobre todo sus hijos, estuviesen en situaciones tan peligrosas.

pero a fin de cuentas parecía lógico volver a celebrarlas, en especial ahora que Quirón había regresado y el campamento estaba a salvo.

A Tyson no le entusiasmaba la idea de volver a subirse a un carro, después de nuestra primera experiencia, de modo que le pareció estupendo que formáramos equipo con Annabeth. Yo conduciría, Annabeth combatiría y Tyson sería nuestro mecánico.

—Buen grupo —dijo Reyna. Percy podía hablar con los caballos, así que era el más idóneo para conducirlos. Annabeth era fuerte (aunque a Reyna no le hiciese gracia reconocerlo), así que era ideal para la parte combativa. Y Tyson era un cíclope, considerados los mejores herreros aparte de Vulcano y sus hijos.

Mientras yo cuidaba de los caballos, Tyson arregló el carro de Atenea y le introdujo un montón de modificaciones.

Pasamos dos días entrenándonos como locos. Annabeth y yo acordamos que si llegábamos a ganar, el premio, o sea, lo de librarse de las tareas domésticas durante el resto del mes, lo repartiríamos entre nuestras dos cabañas. Como Atenea tenía más campistas, ellos se llevarían la mayor parte de ese tiempo libre, algo que tampoco me importaba. A mí el premio me tenía sin cuidado. Yo lo que quería era ganar.

—Digno hijo mío —declaró el dios del mar.

—Tan solo porque mi hija no esta allí —replicó Zeus.

—Mejor no subestiméis a mis hijos —añadió Hades.

Poseidón levantó una ceja.

—Espero que no estéis insinuando que mi hijo es peor que los vuestros.

—Sí.

—Pues claro.

Los tres dioses se miraron.

—Pues solamente hay una forma de arreglar esto —declaró Zeus—. ¿Estáis de acuerdo? —Poseidón y Hades asintieron—. Pues en cuanto acabé el libro nuestros hijos harán una carrera de carros.

—¡¿Qué?! —protestaron los susodichos.

—Bianca. Nico. Confío en vosotros —dijo Hades.

—Thalia. Jason. No os dejéis ganar —comentó Zeus.

—Percy. Y... esto... ¿Teseo? ¿Quieres ayudar a su hermano pequeño? —pidió Poseidón.

—Yo esto... es que me mareo en el carro —respondió Teseo.

—Pues no parecías muy mareado mientras saqueabas reinos con la ayuda de Pirítoo —murmuró el dios—. ¿Y tú Orión?

—Yo es que estoy en esos días del mes —replicó Orión.

—Si eres hombre.

—Ya. Pero es que no quiero participar.

—Yo también estoy en esos días...

—Mi religión me lo prohíbe.

—Yo es que tengo cita con el dentista.

—Yo he quedado con unos cíclopes para ir de alpinismo.

—Vosotros participáis —gruñeron Zeus y Hades. Jason, Nico, Bianca y Thalia dejaron escapar un gemidos de frustración. Zeus se aclaró la garganta—- Bueno, ya esta decidido. Mis hijos contra los hijos de Hades y el hijo de Poseidón en una carrera de...

—¡Yo participo! —exclamó Alana en ese momento. Varios la miraron—. También soy hija de Poseidón. Y además Thalia y Bianca, que son cazadoras como yo, participan. Así que creo que será lo más justo.

Zeus suspiró.

—Entendido. Después del libro, carrera de carros.

La noche antes de la carrera, me quedé hasta muy tarde en los establos.

Varios levantaron una ceja ante eso. Siendo sinceros, un hijo de Poseidón, que podían hablar con los caballos, a solas en un establo la noche antes de una carrera, no era muy confiable.

Estaba hablando con nuestros caballos y dándoles un último cepillado,

Claro que estaban hablando de Perseus Jackson. La posibilidad de que Percy aprovechase su posición como hijo de Poseidón para ganar la carrera era tan acertada como el hecho de que Cronos apareciese repartiendo amor y felicidad para todos.

Es decir nula.

cuando alguien dijo a mis espaldas:

—Estupendos animales, los caballos. Ojalá hubiera pensado en ellos.

—Pues llegas tarde... seas quién seas —dijo el dios del mar.

Apoyado en la puerta del establo había un tipo de media edad con uniforme de cartero. Era delgado, de pelo oscuro y rizado bajo el salacot blanco y con una bolsa de correos colgada del hombro.

—Pues llegas tarde, Hermes.

—¿Hermes? —balbuceé.

—Hola, Percy. ¿No me reconocías sin mi ropa de deporte?

—Es que eres muy poco memorable, tío —dijo Apolo—. Debes ser más brillante... ¡cómo yo!

Y acto seguido todo su cuerpo brillo, obligando a todos a apartar la mirada.

—Tú eres el dios del sol —gruñó Hermes, golpeando a su medio hermano en la cabeza.

—Bueno… —no sabía si debía arrodillarme o comprarle sellos o qué.

—Comprar sellos estaría bien —admitió Hermes.

Y entonces se me ocurrió por qué estaba allí—. Oiga, señor Hermes, en cuanto a Luke…

Él arqueó las cejas.

—Eh, lo vimos, sí. Pero…

—¿No lograste meterle un poco de sensatez en la mollera?

—Debe de haber salido en ese aspecto a su madre —murmuró Hermes sin hacer caso a las miradas divertidas de sus hermanos—. Yo no soy tan tozudo...

En realidad no va tan desencaminado pensó Percy, mientras recordaba el sueño que había tenido de May Castellan intentando asimilar el oráculo de Delfos.

—Bueno, estuvimos a punto de matarnos en un duelo a muerte.

—Ya veo. Intentaste una aproximación diplomática.

—Eso es lo que en nuestra familia se conoce como aproximación diplomática —aclaró Ares.

—Pues no quiero saber como es la aproximación bélica —murmuró Butch.

—Igual. Pero más vistosa —respondió Hefesto.

—Y con mortales corriendo por ahí al grito de "¡No quiero morir!" —añadió Apolo.

—Eso también.

—Lo lamento de veras, quiero decir que usted nos hizo todos esos regalos impresionantes y tal… Y ya sé que deseaba que Luke volviera al campamento, pero… la cuestión es que se ha vuelto malo, realmente malo. Me dijo que siente que usted lo abandonó.

Creí que Hermes se enfadaría, que me convertiría en un hámster o algo así

"Prefiero una rata" dijo una voz.

"Ahora no, George" regañó Martha.

, aunque, la verdad, no quería pasar más tiempo convertido en un roedor. Pero no: Hermes se limitó a suspirar.

—¿Has sentido alguna vez que tu padre te había abandonado, Percy?

Poseidón se removió incómodo en su trono.

Vaya pregunta.

«Sólo unos centenares de veces al día», tuve ganas de responder. No había hablado con Poseidón desde el verano anterior y nunca había ido a su palacio submarino.

—Nosotros tampoco —dijeron Teseo y Orión.

—Yo menos —dijo Alana—. Bajó el mar no es un buen sitio para cazar.

—Yo sí —sonrió Percy. Acto seguido tuvo que agacharse para esquivar una flecha... cosa inútil teniendo la Maldición de Aquiles.

—No presumas, hermanito —sonrió Alana con su arco en la mano.

Además, estaba todo el asunto Tyson: sin advertencias, sin explicaciones. Sólo… ¡zas!, tienes un hermano. Uno diría que una cosa así merecería una llamadita de aviso o algo por el estilo.

La mayoría de semidioses bufaron y miraron a Percy con pena.

Cuanto más pensaba en ello, más furioso me ponía. Me di cuenta de que sí deseaba un reconocimiento por la misión que había completado, pero no de los demás campistas, quería que mi padre me dijese algo, que me prestara un poco de atención.

Los mestizos no dijeron nada. Conocían esa sensación de querer que tu padre reconociese tus méritos.

Hermes se acomodó la bolsa de correos en el hombro.

—Percy, lo que resulta más duro cuando eres un dios es que a menudo tienes que actuar de modo indirecto, en especial en todo lo relacionado con tus propios hijos.

—Así es —asintió Zeus—. Las leyes están para algo.

—Lo cuál no significa que no queramos ayudaros cada vez que tenéis problemas —dijo Afrodita—. Es más, siempre tratamos de encontrar un vacío legal en las leyes para hacerlo.

—Pero, al final de todos, sois vosotros los que tenéis que labraros vuestro camino —añadió Deméter.

Si hubiésemos de intervenir cada vez que nuestros hijos tuvieran un problema… Bueno, eso sólo serviría para generar más problemas y rencores.

Los dioses asintieron. Si, por ejemplo, Apolo intervenía para ayudar a un hijo suyo a ganar una pelea contra un hijo de Ares; este, naturalmente, se enfadaría y ayudaría a sus hijos a vengarse. Entonces empezaría una pelea entre los dos dioses, y el resto tendría que elegir un bando u otro.

Pero estoy seguro de que, si lo piensas un poco, te darás cuenta de que Poseidón sí te ha prestado atención. Ha respondido a tus oraciones. No me queda sino esperar que Luke algún día se dé cuenta de eso mismo respecto a mí. Tanto si crees que lo conseguiste como si no, lo cierto es que le recordaste a Luke quién es. Hablaste con él.

—Traté de matarle.

—Si te contase, pringado —dijo Ares.

Hermes se encogió de hombros.

—Las familias suelen ser un buen embrollo. Y las familias inmortales, un embrollo eterno.

—Buena forma de explicarlo —dijo Perséfone.

A veces, lo mejor que podemos hacer es recordarnos unos a otros que estamos emparentados, para bien o para mal… y tratar de reducir al mínimo las mutilaciones y las matanzas.

No sonaba precisamente como una receta para la familia ideal,

Hera bufó, de acuerdo con el semidiós. No sabía que más hacer para que su familia fuese perfecta. Por supuesto cosas como disculparse con Hefesto por arrojarlo del Olimpo o dejar de maldecir a semidioses (sobre todo hijos de su marido) no se le pasaron por la cabeza.

y sin embargo, al repasar mentalmente toda mi búsqueda, me di cuenta de que Hermes tenía razón. Poseidón había enviado a los hipocampos en nuestra ayuda, me había otorgado poderes sobre el mar, y en cuanto a Tyson, ¿no sería que Poseidón nos había reunido a propósito? ¿Cuántas veces me había salvado Tyson la vida aquel verano?

—Seguramente presentía que os podíais ayudar mutuamente —dijo Poseidón.

Sonó la caracola a lo lejos, marcando el toque de queda.

—Tienes que irte a la cama —dijo Hermes—. Ya te he ayudado a meterte en bastantes líos este verano;

Sally asintió.

en realidad, sólo venía a hacer esta entrega.

—¿Una entrega?

—¿El concepto "dios de los mensajeros" te suena de algo, Sesos de algas —se burló Thalia.

—Soy el mensajero de los dioses, Percy. —Sacó una agenda electrónica de su bolsa y me la tendió.

—Firma aquí, por favor.

Tomé el lápiz sin darme cuenta de que tenía entrelazadas un par de diminutas culebras.

—¡Ay! —exclamé, soltando el lápiz y la agenda.

—¿Acabas de tirar el símbolo de poder de un dios al suelo? —preguntó Jason entre preocupado y divertido.

Percy se sonrojo.

—Tienes suerte de que sea un dios benevolente, Percy —dijo Hermes, sin prestar caso a los bufidos de incredulidad.

«¡Uf!», dijo George.

«La verdad, Percy —me regañó Martha—. ¿A ti te gustaría que te tirasen al suelo en un establo?».

"Esas cosas no suelen estar muy limpias" dijo Martha.

—Oh, perdón. —Nunca me ha hecho mucha gracia tocar serpientes,

—Creo que normalmente la gente no es muy feliz tocando serpientes —dijo Clovis.

pero recogí la agenda y el lápiz. Martha y George se retorcían bajo mis dedos.

«¿Me has traído una rata?», preguntó George.

—Un poco ocupado para traerte alguna —dijo Frank.

—No —dije—. Hummm… No encontramos ninguna.

«¿Y una cobaya?».

"George".

—Un poquito cabrona la serpiente, ¿no? —dijo Leo.

—Uf, si yo te contará...

«¡George! —lo reprendió Martha—. No le tomes el pelo al chico».

Firmé y le devolví la agenda a Hermes. A cambio, él me entregó un sobre azul.

El dios del mar sonrió, sabiendo que era suyo.

Me temblaban los dedos. Incluso antes de abrirlo, ya sabía que era de mi padre. Percibía su poder en el fresco papel azul, como si el sobre mismo hubiese sido fabricado con una ola del océano.

—Seguramente lo he obtenido de allí —dijo Poseidón.

—Porque usar un sobre normal es muy mainstream —susurró Rachel.

—Buena suerte mañana —dijo Hermes—. Tienes unos buenos caballos, aunque, si me disculpas, yo animaré la cabaña de Hermes.

—Lógico. Son tus hijos —dijo Atenea.

«Y no te desanimes cuando la leas, querido —me dijo Martha—. Él cuida de tus intereses y te lleva en su corazón».

—Algo me dice que el mensaje no le va ha hacer gracia —dijo Perseo.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

«No le hagas caso —dijo George—. Y la próxima vez, recuerda: las serpientes viven de las propinas».

—Si vosotras vivís de lo que yo os dé —replicó Hermes.

—Ya basta —dijo Hermes—. Adiós, Percy. Por el momento.

Brotaron unas alitas blancas de su salacot y empezó a resplandecer. Ya conocía bastante a los dioses para saber que debía desviar la mirada antes de que él adoptase su verdadera forma divina. Desapareció con un deslumbrante fogonazo blanco y me dejó solo con mis caballos.

Miré el sobre azul que tenía en las manos. La dirección estaba escrita con la letra enérgica pero elegante que ya había visto una vez, en un paquete que me había enviado Poseidón el verano pasado.

Percy Jackson

Campamento Mestizo

Farm Road 3.141

Long Island, Nueva York 11954

Una carta de mi padre. Quizá me diría que había hecho un buen trabajo recuperando el Vellocino de Oro, o tal vez me explicaría lo de Tyson, o se disculparía por no haberse comunicado antes. Había un montón de cosas que quería que dijese aquella carta.

Poseidón tenía la impresión de que no era nada de eso.

Abrí el sobre y desplegué el papel.

Una sola palabra figuraba en mitad de la página:

Prepárate

—Si... creo que el mensaje no le hará ninguna gracia —dijo Aquiles, de acuerdo a lo que Perseo había dicho antes.

A la mañana siguiente, todos hablaban de la carrera de carros, aunque miraban con inquietud al cielo como si esperasen que apareciera una bandada de pájaros del Estínfalo.

—Es que ya nos habíamos acostumbrado a los ataques —dijo Beckendorf.

—Fueron muy... intensos —dijo Alyson con una mueca, puesto que ese había sido su primer año en el campamento.

—En realidad tuvimos suerte de los discos de Quirón, que si no... —añadió Connor.

No apareció ninguno. Era un hermoso día de verano, con el cielo azul y un sol resplandeciente. El campamento empezaba a recuperar el aspecto de siempre: los prados, verdes y exuberantes; las blancas columnas de los edificios, reluciendo al sol, y las ninfas del bosque jugando alegremente entre los árboles.

Los griegos sonrieron ante eso. Ese era el Campamento Mestizo que ellos conocían y amaban.

Yo, en cambio, me sentía fatal. Me había pasado la noche despierto, pensando en la advertencia de Poseidón.

«Prepárate».

Es decir: se toma la molestia de escribir una carta, ¿y escribe una sola palabra?

—Si ha hecho eso es que es importante —murmuró Atenea mientras pensaba. ¿A qué podía referirse el Barba percebe? ¿Qué se preparase para el ataque de Cronos? ¿Para un futuro más difícil? ¿O quizás al hecho de que la hija de Zeus estaba a punto de despertar?

Martha, la culebra, me había dicho que no me desanimara. Quizá Poseidón tenía motivos para ser tan parco, quizá ni siquiera él sabía sobre qué me estaba advirtiendo,

—Puede ser —asintió Poseidón—. Muchas veces prevemos cosas y tratamos de mandaros advertencias.

pero intuía que algo muy gordo estaba a punto de ocurrir: algo que me acabaría arrollando a menos que estuviese preparado.

No era fácil, pero intenté centrar todos mis pensamientos en la carrera.

Mientras Annabeth y yo guiábamos nuestros caballos hacia la pista, no pude dejar de admirarme ante el trabajo que Tyson había hecho con el carro de Atenea.

Beckendorf, quién había estado allí, asintió al recordar el carro.

La carrocería, cubierta de refuerzos de bronce, estaba reluciente. Las ruedas contaban con una nueva suspensión mágica y no notábamos el menor traqueteo mientras avanzábamos. Los aparejos estaban tan bien equilibrados que los dos caballos respondían a la menor señal de las riendas.

—Muy buen trabajo —admitió Hefesto.

A pesar de las diferentes esferas de poder, Hefesto admiraba a Poseidón, por el simple hecho de que el dios del mar había sido capaz de darse cuenta de la valía de los cíclopes como herreros, dándoles la oportunidad de trabajar en sus fraguas submarinas.

Tyson nos había fabricado también dos jabalinas, cada una con tres botones en el asta. El primer botón dejaba la jabalina lista para explotar al primer impacto y para lanzar un alambre de cuchillas que se enredaría en las ruedas del contrario y las haría trizas. El segundo botón hacía aparecer en el extremo de la jabalina una punta roma (pero no menos dolorosa), diseñada para derribar de su carro al auriga. El tercer botón accionaba un gancho de combate que podía servir para engancharse al carro del enemigo o para mantenerlo alejado.

—Sin duda ha hecho un trabajo esplendido —silbó Leo. Solo por eso ya tenía ganas que el carro de Atenea se llevase la victoria.

Pensaba que estábamos en buena forma para la carrera, pero Tyson me advirtió que tuviera cuidado. Los otros equipos llevaban gran cantidad de trampas ocultas entre las togas.

—Por supuesto —sonrieron todos los que habían participado en esas carreras.

—Toma —me dijo antes de empezar la carrera. Y me entregó un reloj de pulsera que no parecía tener nada de especial: sólo una esfera blanca y plateada y una correa de cuero negro. Pero al mirarlo me di cuenta de que aquél era el artilugio en que había pasado trabajando todo el verano.

Normalmente, no me gusta llevar reloj. ¿Qué más da la hora?

—Para muchas cosas... como para no llegar tarde a una cita, Sesos de algas —dijo Annabeth.

—Ya te dije que una dracaena me atacó—suspiró Percy.

Pero a Tyson no podía rechazárselo.

—Muchas gracias, hombre. —Me lo puse y noté que era sorprendentemente ligero y muy cómodo. Apenas me daba cuenta de que lo llevaba puesto.

—No pude terminarlo a tiempo para el viaje —musitó Tyson—. Lo siento, lo siento.

—No es un simple reloj, ¿cierto? —dijo Hazel.

Percy asintió.

—Eh, Tyson, que no pasa nada.

—Si necesitas protección durante la carrera, aprieta el botón.

—Un escudo —adivinó el duende latino hiperactivo.

—De acuerdo. —No veía de qué me iba a servir cronometrar la carrera, pero el interés de Tyson me conmovió. Le prometí que lo tendría presente—. Oye, Tyson…

Él me miró.

—Quería decirte… —Intenté encontrar una manera de disculparme por haberme avergonzado de él al principio, por decirle a todo el mundo que no era mi hermano de verdad. No era fácil dar con las palabras apropiadas.

Hestia asintió con una sonrisa, feliz de que su campeón estuviese dispuesto a disculparse por su actitud.

—Ya sé lo que me vas a decir —dijo él, avergonzado—. Que Poseidón se preocupó por mí, al fin y al cabo.

—Bueno…

—Te envió para ayudarme. Justo lo que le había pedido.

Parpadeé.

—¿Le pediste que me enviase a ayudarte?

—Supongo que tiene cierto sentido —dijo Poseidón.

—Que me enviara un amigo —dijo Tyson, retorciendo su camisa con las manos—. Los cíclopes jóvenes crecen solos en la calle, por eso aprenden a hacer cosas con chatarra, aprenden a sobrevivir.

—¡Es una gran crueldad!

Muchos estaban de acuerdo con el hijo de Poseidón.

Tyson meneó la cabeza con seriedad.

—No. Hace que apreciemos más cualquier bendición, y que no seamos glotones, mezquinos y gordos como Polifemo,

—Pues al parecer hay cíclopes que no lo pillan —murmuró Leo, recordando a cierta familia de cíclopes.

pero yo me asusté. Los monstruos me habían perseguido tanto… me clavaron sus garras tantas veces…

—¿Esas cicatrices de la espalda?

Se le saltó una lágrima.

—Fue la Esfinge, en la calle Setenta y dos. Una abusona terrible.

—Desde luego. Desde que la Esfinge fue derrotada por Edipo en un acertijo, no volvió a ser la misma —dijo Dionisio.

Yo recé a papá para que me ayudase, y muy pronto la gente de la Escuela Meriwether vino a buscarme, y te conocí. Esa fue la mayor bendición. Siento haber dicho que Poseidón era malo; él me envió un hermano.

Miré el reloj que Tyson me había hecho.

—¡Percy! —gritó Annabeth—. ¡Vamos!

Quirón ya estaba en la línea de salida, listo para hacer sonar la caracola.

—Tyson… —dije.

—Ve —dijo él—. ¡Ganaréis!

—Alguien tiene que decirle que decir eso trae mala suerte —dijo Piper.

—Yo… Sí, de acuerdo, grandullón. Ganaremos en tu honor. —Subí al carro y tuve el tiempo justo para situarme en la línea de salida antes de que Quirón diese la señal.

Los caballos sabían lo que tenían que hacer. Salimos disparados por la pista a tanta velocidad que me habría caído al suelo si no hubiese tenido las riendas de cuero enrolladas en los brazos. Annabeth se agarraba con fuerza de la barandilla.

Las ruedas giraban maravillosamente. Dimos el primer giro con una buena ventaja sobre Clarisse, que estaba ocupada intentando zafarse del ataque con jabalinas de los hermanos Stoll, de la cabaña de Hermes.

—Todo eso mientras trataban de robarme —gruñó Clarisse.

—Espero que lo consiguieseis —dijo Hermes.

—Por supuesto —asintió Travis.

—Aunque después Clarisse nos golpeó —añadió Connor.

Hermes frunció el ceño.

—Tu hija es una abusona, Ares.

—Pero si han sido tus hijos quienes le han robado.

—¿Y?

—Nada.

—¡Ya los tenemos! —aullé. Pero me precipitaba un poco.

—¡Que vienen! —aulló Annabeth.

—¿Ahora sois lobos o qué? —preguntó Thalia con diversión.

Y lanzó su primera jabalina, en la modalidad «gancho de combate», librándonos de una red lastrada con plomos que nos habría atrapado. El carro de Apolo se había situado a nuestro lado. Antes de que Annabeth pudiera armarse de nuevo, el guerrero de Apolo lanzó una jabalina a nuestra rueda derecha.

—Buen movimiento —gruñó Atenea mientras Apolo sonreía petulante.

La jabalina acabó hecha añicos, pero no sin antes destrozarnos unos cuantos radios. Nuestro carro dio un bandazo y se tambaleó. Estaba seguro de que la rueda acabaría aplastándose, pero entretanto seguimos adelante.

Azucé los caballos para que mantuvieran la velocidad. Ahora estábamos a la par con los de Apolo. Hefesto nos seguía de cerca, Ares y Hermes se iban quedando atrás, el uno junto al otro, con Clarisse y Connor Stoll enzarzados en un combate de espada contra jabalina.

Sabía que bastaría otro golpe en la rueda para que volcáramos.

—¡Ya os tenemos! —chilló el auriga de Apolo. Era un campista novato, de primer año. No recordaba su nombre, pero parecía muy seguro de sí mismo.

—Creo que es Austin —dijo Will, tras pensarlo un poco.

—¡Eso te crees tú! —gritó Annabeth.

Echó mano de su segunda jabalina —lo cual era asumir un gran riesgo, pues aún nos quedaba una vuelta entera— y se la arrojó al auriga de Apolo.

Tenía una puntería perfecta. La jabalina le dio en el pecho

Algunos hicieron una mueca ya que, aunque tuviese la punta roma, el golpe dolía lo suyo.

, lo derribó sobre su compañero y, finalmente, los dos se cayeron del carro con un salto mortal de espaldas.

—Incluso cayendo mis hijos tienen estilo —sonrió Apolo.

Al notar que se aflojaban las riendas, los caballos enloquecieron y corrieron hacia los espectadores, que se apresuraron a trepar hacia arriba para ponerse a cubierto. Los dos caballos saltaron por un extremo de las gradas y acabaron volcando el carro dorado; luego galoparon hacia su establo, arrastrándolo con las ruedas al aire.

—Primero fuera —sonrió Leo.

Conseguí que el nuestro saliera ileso del segundo giro, pese a los crujidos de la rueda derecha. Cruzamos la línea de salida y nos lanzamos tronando hacia nuestra última vuelta.

El eje chirriaba y gemía. La rueda tambaleante nos hacía perder velocidad, por mucho que los caballos respondieran a mis órdenes y corrieran como una máquina bien engrasada.

El carro de Hefesto nos iba ganando terreno.

Beckendorf sonrió malicioso mientras pulsaba un botón de su consola de mandos. Unos cables de acero salieron disparados de la parte frontal de sus caballos mecánicos y se nos enredaron en la barandilla trasera. Nuestro carro se estremeció en cuanto el torno que controlaba los cables empezó a girar, tirando de nosotros hacia atrás mientras Beckendorf aprovechaba para tomar impulso.

—Estoy empezando a dudar que esos caballos sean legales —murmuró Grover.

Annabeth soltó una maldición y sacó su cuchillo. Trató de cortar los cables, pero eran demasiado gruesos.

—¡No puedo cortarlos! —gritó.

Ahora teníamos al carro de Hefesto peligrosamente cerca y sus caballos estaban a punto de pisotearnos.

—¡Cámbiame el sitio! —le dije a Annabeth—. ¡Toma las riendas!

—Pero…

—¡Confía en mí!

—No sé si preocuparme o relajarme —dijo Nico.

Vino a la parte delantera y agarró las riendas. Yo me volví, tratando de mantener el equilibrio, y destapé a Anaklusmos.

Bastó un mandoble para que los cables se partieran como el hilo de una cometa.

Poseidón y Atenea se mostraron satisfechos.

Nos despegamos de ellos con una sacudida hacia delante, pero el conductor viró hacia la izquierda y se colocó a nuestro lado.

Y ahora estaban preocupados.

Beckendorf desenfundó su espada y le lanzó un tajo a Annabeth; logré parar el golpe y desviarlo.

Estábamos llegando al último giro. No íbamos a conseguirlo. Tenía que inutilizar el carro de Hefesto y sacarlo de en medio, pero también tenía que proteger a Annabeth. Aunque Beckendorf fuese un buen tipo, eso no significaba que no estuviese dispuesto a mandarnos a la enfermería si bajábamos la guardia.

Beckendorf sonrió, de acuerdo con las palabras de Percy.

Ahora estábamos a la par. Clarisse se acercaba desde atrás y trataba de recuperar el tiempo perdido.

Hermes suspiró, entendiendo que sus hijos habían perdido el duelo.

—¡Hasta la vista, Percy! —chilló Beckendorf—. ¡Ahí va un regalito de despedida!

—Algo me dice que el regalito de despedida no me va a gustar —susurró Poseidón.

Arrojó a nuestro carro una bolsa de cuero. En cuanto tocó el suelo, empezó a desprender un humo verde.

—¡Fuego griego! —gritó Annabeth.

—No. Definitivamente no me gusta.

Solté un juramento. Había oído hablar de los efectos del fuego griego y supuse que nos quedaban unos diez segundos antes de que explotara.

—Y eso en el mejor de los casos —dijo Hades.

—¡Sácalo de ahí! —me gritó Annabeth, pero era más fácil decirlo que hacerlo.

El carro de Hefesto seguía pegado al nuestro, esperando hasta el último instante para asegurarse de que su regalito estallaba. Y Beckendorf me mantenía muy ocupado con su espada. Si bajaba la guardia para deshacerme del fuego griego, sería Annabeth la que resultaría herida y nos estrellaríamos igualmente.

—Sea lo que sea que haga esta perdido —dijo Katie.

—Bueno, aún tiene el reloj con él —señaló Lou.

Intenté darle una patada a la bolsa de cuero, pero no lo lograba. Parecía pegada al suelo.

—Es que son pesadas —dijo Chris.

Entonces me acordé del reloj.

—Suerte que se ha acordado a tiempo —exclamó Bianca.

No sabía muy bien cómo podría ayudarme, pero me las arreglé para apretar el botón del cronómetro. El reloj se transformó en el acto. Empezó a expandirse rápidamente, con el borde metálico girando en espiral como el obturador de una cámara antigua. Una correa de cuero me envolvió el antebrazo al mismo tiempo.

Y de repente me encontré sosteniendo un escudo redondo de más de un metro de diámetro. Por dentro era de cuero; por fuera de bronce pulido, con dibujos grabados que no tuve tiempo de examinar.

—Por cierto, me he fijado que no tienes el reloj aquí —comentó Jason.

—Es que de una forma u otra se me acaba abollando, y al final lo suelo dejar en mi cabaña —explicó Percy.

De repente su muñeca brilló y un reloj apareció en ella.

—¿Pero qué?

Percy desplegó el escudo y sonrió un poco al examinar los relieves. Pero su sonrisa desapareció al ver unas cosas que antes no estaban ahí.

Alrededor del borde del escudo habían grabados letras griegas y latinas. Pero además de eso habían jeroglíficos egipcios y runas nórdicas.

—¿Qué...? —Las yemas de sus dedos tocaron uno de los jeroglíficos y de repente fue transportado a otro sitio.

Se hallaba a bordo de una vieja nave egipcia. ¿Cómo sabía que era egipcia? Pues simplemente lo sabía. El caso es que estaba allí, solo. O eso creía hasta que escuchó una voz.

—¿Qué haces aquí, griego?

Percy se dio la vuelta, topándose con un tipo alto y musculoso. Tenía el cabello rapado, a excepción de una coleta. Los ojos eran de dos colores diferentes uno amarillo, como los ojos de un halcón y el otro de un tono plateado, muy similar a los ojos de Artemisa y, por algún extraño motivo, se había hecho una raya en ellos, similar a las de Thalia.

—¿Quién eres? —preguntó Percy.

El hombre frunció el ceño.

—Soy Horus. Dios de la guerra egipcio. ¿Y tú?

—... Percy Jackson. Hijo de Poseidón... dios del mar... griego.

—Lo suponía —gruñó Horus—. Ahora dime, ¿qué hace un griego en territorio egipcio?

—No lo sé —confesó Percy—. Simplemente estaba mirando mi escudo y, al tocarlo, vine a parar aquí.

—¿Tu escudo?

—Sí. —Percy desplegó su escudo. Los ojos de Horus se abrieron al reconocer los jeroglíficos egipcios entre letras griegas y latinas y runas nórdicas—. Simplemente he tocado uno de los jer...

En ese momento sus yemas rozaron una runa y fue transportado de nuevo.

Ahora se hallaba encima de una verde colina, al lado de un árbol. Al igual que antes parecía completamente solo, pero no tardó en darse cuenta de que no era así.

—Es raro recibir visitas tan inusuales —dijo una voz masculina.

—Eres Chris Hemsworth —dijo Percy.

El hombre rió. Tenía el cabello rubio largo hasta los hombros, la piel bronceada, barba y unos brillantes ojos azules. Vestía una camisa a cuadros, unos vaqueros desgastados y botas negras.

—Algo me han dicho —dijo el hombre—. Soy Frey, dios del sol... y varias cosas más como el verano.

—Imagino que no serás griego, ¿verdad?

—Correcto —asintió Frey—. Entonces... hijo de Poseidón. —Percy se sobresaltó al oír eso—. ¿Cómo has llegado aquí, a Vanaheim?

—¿Vanaheim?

—El hogar de los dioses Vanir.

Percy asintió y le explicó lo mismo que al otro tipo, Horus. Frey se rascó el mentón, pensativo.

—Ya veo... la verdad es que no sé si esto es cosa de las Nornas... —Percy no sabía que eran las Nornas, pero algo le decía que eran similares a las Moiras—. Pero el caso es que si has venido aquí tocando un símbolo nórdico, quizás puedas volver si tocas un símbolo griego, ¿no te parece?

—Tiene razón —asintió Percy—. Bueno... pues gracias por no, bueno ya sabe, no matarme por colarme en su territorio ni nada de eso.

—Descuida. Además soy yo quién tiene que darte las gracias por haber ayudado a mi hijo Magnus —replicó Frey mientras Percy tocaba una letra griega.

—¿A que se...?

Pero Percy desapareció y no pudo decir nada más.

Volvió a aparecer en la Sala de los Tronos, dando un respingo que sobresalto a su novia.

—Percy, ¿qué ocurre? —le preguntó alarmada.

—Yo... —Percy miró alrededor suyo y vio que todos lo miraban con sorpresa—. Esto... no me he movido de aquí, ¿verdad?

—Claro que no —respondió Grover, extrañado.

—Eh... nada. —Percy decidió que era mejor no decir nada a los dioses sobre los dos dioses, uno egipcio y el otro nórdico, que había conocido—. Sigamos leyendo.

Tyson se había superado a sí mismo. Alcé el escudo: la espada de Beckendorf repicó sobre él como una campana y se hizo añicos.

—¿Qué dem…? —gritó—. ¿Cómo…?

—Ese escudo es duro —reconoció Ares.

No tuvo tiempo de decir más porque le aticé en el pecho con el escudo y lo mandé fuera del carro. Lo perdí de vista mientras daba volteretas por el barro.

Estaba a punto de lanzarle un tajo al auriga cuando Annabeth me gritó:

—¡Percy!

El fuego griego había empezado a chisporrotear. Metí la punta de la espada bajo la bolsa de cuero y la levanté de golpe como si fuera una espátula. La bolsa salió disparada por el aire y acabó a los pies del conductor de Hefesto, que empezó a chillar.

—Parece que el regalito de despedida ha sido para ellos al final —sonrió Frank.

En una fracción de segundo tomó la decisión correcta, o sea, saltó del carro, que se fue escorando y explotó entre un surtidor de llamas verdosas. Los caballos metálicos parecieron sufrir un cortocircuito. Dieron media vuelta y arrastraron los restos del carro ardiendo hacia Clarisse y los hermanos Stoll, que se vieron obligados a virar bruscamente para esquivarlo.

Hermes no sabía como sentirse. Estaba feliz de que sus hijos aún siguiesen en la carrera, pero parecía que ya no era el caso.

Annabeth mantuvo bien sujetas las riendas para tomar la última curva. Yo contuve la respiración, convencido de que acabaríamos volcando, pero ella se las arregló para superar el giro y espoleó a los caballos hasta la línea de meta. La multitud estalló en un gran griterío.

—¡Ganamos! —rugieron Poseidón y Atenea abrazándose para diversión de todos.

Se separaron casi al instante, con las mejillas sonrojadas y lanzándose miradas envenenadas.

Cuando nos detuvimos por fin, todos nuestros amigos se agolparon a nuestro alrededor. Empezaron a corear nuestros nombres, pero Annabeth gritó aún con más fuerza:

—¡Un momento! ¡Escuchad! ¡No hemos sido sólo nosotros!

Hestia sonrió, sabiendo que Tyson iba a recibir el mérito que se merecía.

La multitud no dejaba de gritar, pero Annabeth se las arregló para hacerse oír:

—¡No lo habríamos conseguido sin la ayuda de otra persona! ¡Sin ella no habríamos ganado esta carrera, ni recuperado el Vellocino de Oro, ni salvado a Grover, ni nada! ¡Le debemos nuestras vida a Tyson!

—¡A mi hermano! —dije a voz en cuello, para que todos pudiesen oírme—. ¡A mi hermano pequeño!

Tyson se sonrojó hasta las orejas. La gente estalló en vítores. Annabeth me dio un beso en la mejilla, después de lo cual el rugido de la multitud aumentó bastante de volumen.

—Normal. Todos esperábamos un beso en la boca —dijo Silena.

La cabaña entera de Atenea nos subió a hombros a Annabeth, a Tyson y a mí,

—¿Pudieron con un cíclope? —preguntó Reyna con asombro.

—Bueno, la cabaña de Atenea es una de las más llenas —dijo Percy.

—Vaya, vaya, vaya... —Afrodita sonrió—. Eso quiere decir que Atenea siempre esta pensando en guarradas.

La diosa de la sabiduría se sonrojo.

—No me compares contigo.

y nos llevó hasta la plataforma de los vencedores, donde Quirón aguardaba para entregarnos nuestras coronas de laurel.

—Fin del capítulo —anunció Chris.


Hola gente.

Capítulo vigésimo tercero con todos vosotros. Sé que lo que más os ha llamado la atención de este capítulo es el pequeño momento con la mitologías egipcias y nórdicas. Y os aseguro que tienen un buen mot... la verdad es que no. Desde hacía tiempo quería meter a varios personajes de Las Crónicas de Kane y de Los Dioses de Asgard en la lectura, y así me quito un poco la espinita... Es más, eso es algo que planeo hacer en mi historia de leyendo los Héroes del Olimpo.

En fin, no sé si los meteré o no... aunque con lo de este capítulo ya casi mejor los meto ¿no?

Bueno...

Se despide,

Grytherin18-Friki

PD: Por cierto no os penséis que planeo meter a muchos personajes de las otras sagas. De Las Crónicas de Kane en principio metería a Carter y a Sadie, y posiblemente a Walt y a Zia; y de Los Dioses de Asgard metería a Magnus y a Alex, y posiblemente a Sam.