Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo le pertenecen a la inigualable Stephenie Meyer, yo sólo me divierto junto a ellos ubicándolos en un mundo paralelamente imaginario que brota de mi alocada cabecita soñadora.
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Trato Hecho
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Beteado por Isa :)
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Capítulo Veintitrés: Palabras mágicas
Me removí inquieta en mi silla, sin poder conseguir una posición cómoda para hacer que la espera sea menos lenta. Volví a mirar el reloj por encima de la puerta. Suspiré, intentando contener mis ganas de llorar. Las diez de la noche y aún no sabíamos nada.
—¿Es que no pueden decirnos algo? —murmuré muy cabreada y, por supuesto, aterrada.
Charlie pasó su brazo sobre mis hombros, estrechándome a él con fuerza.
—Todo estará bien, cariño —respondió, besando mis cabellos una y otra vez. Me volví a sentir pequeña y lo único que quería era echarme a chillar como chiquilla.
Apenas recibí la llamada de Charlie, corrí por todo el departamento como alma que lleva el Diablo, juntando unas pocas pertenencias indispensables para armar una especie de mochila viajera. Jessica y Tanya tuvieron que tranquilizarme, pues había entrado en un ataque de histeria y lo único que necesitaba para calmarme era viajar a Tacoma lo antes posible. No podía pensar en otra cosa que estar junto a mi abuelita y asegurarme que todo estaría bien.
Las chicas habían sido de gran ayuda para conseguir un bendito pasaje de avión, puesto que se adelantaron a ir al aeropuerto y sacaron el primer boleto que me dejara directamente en Tacoma. Debido a su insistencia, la empleada de la aerolínea me vendió el ticket y, gracias a ello, ahora estaba aquí, muriendo de la desesperación pero con mi abuela cerca.
El viaje hasta aquí fue un verdadero martirio. Mi cabeza no dejaba de pensar en cosas negativas y tuve que evitar el llanto —con mucha dificultad—, para no armar un escándalo. Estaba asustada, aterrada y, lo peor de todo, es que no tenía ninguna certeza de nada. Mi padre sólo había mencionado que mi abuela estaba internada porque había sufrido un infarto. Sin embargo, me pidió que me tranquilizara… pero, ¿qué puedes pensar luego que te dijeran que tu abuela sufrió un infarto?
—¡Hey! Cambia esa cara —murmuró mi padre, atrayéndome a él. Escondí mi cabeza en su pecho y me llené de aroma a papá. Eso me tranquilizó un poco—. La abuelita es fuerte, pimpollito. Saldrá de esto.
—Eso espero, papá —suspiré, cerrando mis ojos—. Odio sentirme tan impotente.
Me abrazó más fuerte y suspiró sobre mis cabellos.
—Ya, hija, está en buenas manos —intentó darme ánimos, luego, añadió—: Por cierto… —Levanté mi vista para verlo—. ¿Dónde está Edward?
«Es algo complicado, papi Charlie».
Sé que mi semblante decayó un poco. Edward… Edward… A pesar del lío y preocupación que tenía por mi abuela, una parte pequeña no había olvidado ese mensaje que recibí antes de enterarme de la internación de mi abuelita. Parecía que, por fin, se había decidido a dar señales de vida. Siempre eligiendo momentos tan oportunos —nótese el sarcasmo—. ¿No podía haber sido en otro momento?
—Él… —comencé a decir, sin estar segura de qué debía decir.
«Dile que es un idiota».
«No creo que ahora sea momento».
—¿Vendrá más tarde?
Hice una mueca, sin saber qué responder a ello. Es decir, no le podía decir que habíamos terminado —de alguna manera— con Edward. Pues, además de que no era momento, no quería preocupar a mi padre también con mis relaciones fallidas. Ya habría tiempo para eso.
—¿Quieren café? —nos preguntó Sue acercándose a nosotros.
Le agradecí tanto por el café como por haberme salvado de esa charla que no quería tener con mi padre. Nos pasó el café y no tardaron mucho en unirse a nosotros Leah y Seth. Todos estábamos aquí, y nadie se había movido desde que trajeron a mi abuela al hospital. Según lo que me contaron, ella comenzó a sentirse medio mal por la mañana… hasta que luego eso empeoró y la trajeron de urgencia al hospital general de Tacoma. Mi padre no dudó en llamarme para avisarme lo que había sucedido y realmente se lo agradecí.
Mi vista no se desviaba de la puerta que todos esperábamos que se abriera para conocer noticias de mi abuela, pero los minutos iban pasando y pasando y no sabíamos nada ni tampoco nadie salía a decirnos algo. Realmente, esto apesta. ¿Por qué demonios no se compadecen de nosotros y nos dicen algo, lo que sea? Suspiré con pesadez y quise estrellar mi inservible celular contra la pared. Pues sí, además de todo lo que había pasado, éste había decidido morir… aunque, debo admitir que fue mi culpa, porque se había quedado sin batería. Por lo tanto, ahora estaba completamente incomunicada.
Le había prometido a las chicas que les avisaría cuando estuviese aquí, pero no pude hacerlo; además tampoco me sabía sus números de memoria y me era imposible llamarlas. Lo mismo me ocurrió con Simon; quién, por cierto, se había quedado muy preocupado cuando toqué su puerta con Fofi en brazos pidiéndole que me la cuidara por unos días. Apenas y le pude explicar entre balbuceos qué había pasado. Por suerte, él entendió mi extraño idioma y ahora Fofi estaba segura y en buena compañía.
Suspiré con pesadez y no pude evitar que mi mente pensara en Edward. Obviamente, había esperado a que reaccionara o, al menos, me buscara para decirme un simple «hola». Bueno, eso había sucedido en ese sorpresivo mensaje que no pude responder, aunque tampoco podía emocionarme tanto o analizar la situación. Ahora, eso quedaba en un plano completamente secundario, pues mi cabeza sólo estaba ocupada deseando que toda esta incertidumbre pasara y mi abuelita se recuperara. Quizás, luego podría responderle algún: «¡Vete a la mierda!» o, «vaya, por fin reaccionas». No estaba segura de qué decir, al menos todavía. Desvié mi vista a mi padre y a Sue; la verdad, lo extrañaba mucho y lo necesitaba aquí conmigo. Necesitaba tenerlo cerca y contar con su apoyo, que me dijera que todo estaría bien y que no había que preocuparse por nada. En fin, quería que estuviese aquí junto a mí, pero sabía que eso era muy difícil que sucediera.
«¿Quién sabe? Debemos tener esperanza, Bellita».
Sacudí mi cabeza, negándole a Amanda. Ya no sabía qué pensar y, obviamente, ahora tampoco tenía cabeza para hacerlo. Lo único que me preocupaba era la salud de mi abuela. Todo lo demás quedaba absolutamente en otro plano. Ahora, no podía pensar en nada más que rezar, rezar para que todo estuviese bien y esto sea sólo un horrible susto.
«La abuelita es fuerte, Bella».
Confiaba en eso. Mi abuela era fuerte, muy fuerte, y no se dejaría vencer tan fácilmente.
—¿Familiares de Marie Swan? —preguntó un hombre vestido de médico.
Todos nosotros nos levantamos como si tuviésemos un resorte en el trasero, rodeando al médico. Mi padre me mantuvo sujeta, abrazándose a mí. Sabía que él quería hacerse el fuerte para que no me pusiera mal, pero era obvio que también estaba muy nervioso. No era para menos. Arg, esto apesta. ¿Por qué las cosas tienen que suceder así?
—¿Cómo está mi abuela, doctor? —pregunté, al límite de la desesperación.
El doctor me miró con una mueca de tranquilidad.
—La señora Swan está bien —dijo, haciendo que todos suspiráramos de tranquilidad. Hasta quise treparme y besar la cabeza media pelada del doctor—. Pudimos estabilizarla y… no creemos que tenga más problemas. De igual manera, la mantendremos en observación. Tener un infarto no es nada para pasar por alto. Ya la mudamos a una habitación común y seguirá internada un par de días para supervisar su recuperación, pero confiamos que no habrá ninguna secuela.
Largué todo el aire de mis pulmones, sintiendo una incontable tranquilidad. ¡Mi abuela está bien!
—¿Podemos pasar a verla? —preguntó mi padre. Apreté su mano.
El doctor nos miró y nos sonrió.
—Lo harán, sí —respondió el médico—. Los medicamentos dejarán de hacer efecto en cualquier momento así que, quizás, despertará pronto.
Mi padre fue el primero en entrar, por supuesto. Todos estábamos un poco más calmados y creo que, por primera vez que llegué aquí, pude respirar con tranquilidad. Tomé el segundo café que Seth me ofreció e intenté hablar de cualquier cosa con Leah para mantener mi cabeza ocupada. Los hospitales me ponían un poco nerviosa. No sé por qué. Mientras menos los visitara, mejor.
Finalmente, mi padre salió con el semblante más relajado y yo también me calmé. Realmente la abuela estaba bien. Fue mi turno de entrar y prácticamente corrí a la habitación en donde la habían llevado. Quería ver a mi abuelita. Al entrar al cuarto, suspiré de puro alivio. Mi abuelita era fuerte, quizás, la mujer más fuerte que conocía. Su rostro estaba tranquilo, pues estaba durmiendo. Había algunos cables a su alrededor y se escuchaba ese pitido de su ritmo cardíaco; era acompasado y tranquilo. Me acerqué hasta ella y envolví su mano fría alrededor de la mía.
«Ella está bien, Bellita. Sólo fue un susto».
Gracias al cielo, ahora podía estar tranquila que sólo había sido un susto. Mi abuela era alguien sumamente especial para mí —mi segunda madre, sin dudas—. Ella había estado en buenos y malos momentos. Me había acompañado cuando mis padres se separaron y jamás se alejó de mí, pese a que me mudé a la otra punta del país. Cada vez que iba a casa de mi padre, ella hacía que volviera a sentirme como a esa chiquilla de cinco años; su amor era incondicional, e imaginarme una vida sin ella, definitivamente ni siquiera pasaba por mi cabeza.
—Voy a matar a tu padre.
Mi cabeza voló hacia dirección de mi abuelita y, sin poder hacer nada más, me tiré encima de ella, abrazándola con fuerza. Ella estaba un poco débil pero, sin embargo, acarició mis cabellos con esa suavidad y tranquilidad que sólo ella me podía otorgar. Entonces, todos los sentimientos me embaucaron y no pude retener las lágrimas salir de mis ojos. Las había intentado aplacar con todas mis fuerzas pero, ahora, que sabía que todo lo malo había pasado, no pude contenerme más. De un momento a otro, creí que me deshidrataría. Me había asustado, mucho. Estuve aterrada todo este tiempo.
—Ya mi niña, todo pasó —susurró, sin dejar de acariciar mis cabellos. Entre mi llanto, comencé a reír de puro alivio y también me dio un poco de gracia la situación. ¿No tendría que estar yo calmando a mi abuela?
Sobé mis mocos y limpié mis lágrimas, para regalarle una amplia sonrisa.
—Nos diste un buen susto —le dije con toda sinceridad. Me acerqué a su mejilla y comencé a besarla; ella rió un poco aunque, luego, se quejó. Me alerté y golpeé la frente. ¡Dios! Había sufrido un infarto, es obvio que estaría débil—. No te muevas, ¿necesitas que llame a una enfermera? ¿Quieres algo? Puedes decírmelo, abuelita…
Ella negó con la cabeza, formando una suave sonrisa en sus labios.
—Sólo cállate… —sonrió, intentando disimular su debilidad—. ¿Por qué tu padre te llamó?
La miré como diciendo: «¿Estás hablándome en serio?».
—No era para preocuparte, esta vieja tiene mucho camino para recorrer todavía. —Cerró sus ojos un poco e hizo una pausa. Se veía débil, aunque suponía que su estado grogui era por los calmantes que le habían suministrado—. ¿Piensas que me dejaría ir tan fácilmente? No, mi niña, todavía te tengo que ver casada y conocer a mis bisnietos. Así que… aún me queda un largo trecho.
Le sonreí, tomando su mano.
—Creo que el medicamento te está afectando la cabeza. —Ella me sonrió con los ojos cerrados. Suspiré de alivio por verla así de bien. Dentro de todo, estaba mucho mejor de lo que imaginé. Un poco débil y bastante calmada, pero estaba aquí conmigo—. ¿Por qué no duermes? —sugerí, mirando donde estaba el botón para llamar a la enfermera por cualquier cosa—, estás recuperándote y aún estás débil. Descansa, te hará bien.
Ella asintió. Acomodé su almohada para darle una mayor comodidad y me quedé a su lado, mientras veía como se iba quedando dormida. Luego, como si fuera que recordó algo, sus ojos azules se abrieron y me buscaron.
—¿Por qué no haces que Edward entre?
«Sabía que iba nombrarlo; ni moribunda se pierde algo».
«Amanda, ella no está moribunda».
«Lo sé y lo digo por eso. Sabes que amo a la abuelita».
—Uhm… él…
Sus ojos se mantuvieron abiertos, aunque luchaba para no dormirse.
—¿No me digas que aún están con ese absurdo trato de mentirse mutuamente?
¿Es que nunca se le escapaba nada?
«¿Ahora entiendes lo que te digo?».
Hice oídos sordos a mi conciencia y suspiré, poniendo atención en mi abuela.
—¿Por qué no duermes? Luego tendremos mucho tiempo para hablar.
Ella sonrió, intentando mantener los ojos abiertos. Sabía que iba a salirse con la suya. Siempre fue una mujer muy activa que busca que las cosas salgan a su manera. Obviamente, un infarto no iba a poder con ella, ni siquiera para hacerla descansar un rato.
—¿Le dijiste que lo amas?
—Abuela… —reproché—. Necesitas descansar, duérmete. Eres una paciente en recuperación. ¿Puedes dejar tu hiperactividad por un momento?
Ella suspiró.
—¿Le dijiste o no?
«Nunca ganarás con ella; quizás si le traes un poco de lana y una agujas se calme».
«¿Tú crees?».
«Nah, ni así».
—Sí, se lo dije —susurré, sin chances de ganar.
—¿Y? —insistió. ¿No era que estaba débil?—. ¿Todos felices y contentos?
Reí tristemente.
—No, no fue así. —Rasqué mis sienes—. Pero eso ahora no importa, tú tienes que descansar. ¿Me harás llamar a la enfermera?
Ella me miró, como si mi amenaza no le importara nada. Bueno, realmente no le importaba. Suspiré y me quedé allí, mirándola y esperando a que me dijera todo lo que tenía que decirme. Esa era la única manera de hacer que lograra descansar.
—Él te ama —afirmó.
Rodé los ojos.
—No hagas esa cara —le sonreí—. Los hombres son un tanto… idiotas.
«Amén».
—Edward no sería la excepción, mi niña —sonrió—. Pero no debes preocuparte, él te ama, eso está claro. De otra manera, ¿por qué estaba tan preocupado en caerle bien a tu padre? Lo único que sucede aquí es que está muy asustado por la intensidad del sentimiento. Es lógico que suceda. El hombre, cuando se enamora, es el doble de ciego e idiota. Créeme, tu abuelo tenía un máster en ello.
—¿Y qué hiciste para conquistarlo? —pregunté.
—Lo ignoré —sonrió—, y le dejé en claro qué era lo que estaba perdiéndose. Creo que la única manera que se den cuenta, es sentir que te pierden. Más aún cuando tenían la seguridad que siempre estabas a su lado; cuando ya no estás, ahí comienza el proceso de abrir los ojos y aclarar la cabeza.
«¿No ha considerado escribir un libro, viejita linda?».
Me reí.
—Ya, abu… —sacudí la cabeza—. A dormir, que es muy tarde y estás débil.
Apretó mi mano; creo que por fin le daría luz verde al descanso.
—No tendrías que haber venido, no ha sido nada.
Puse los ojos en blanco. Seguía igual de charlatana que siempre.
—Quería estar cerca de ti —respondí—. Nos diste un buen susto, pero ahora todo terminó. Y, esta abuelita linda y sana, dormirá hasta mañana. ¿Quieres que llame a la enfermera?
—Vendrá de todas formas —sonrió, escuchando la puerta. Efectivamente, había venido una enfermera. Besé la mejilla de mi abuelita con mucha felicidad porque todo estuviese bien y, antes de alejarme de ella, me apretó la mano—. Dile a Edward que lo esperaré mañana.
Fruncí el ceño.
—Eso no sucederá, abu —le devolví el apretón y le sonreí a la enfermera, ya dispuesta a irme—. Descansa y cuídate mucho. Te quiero.
—Y yo a ti, mi niña.
Me aseguré que todo estuviese bien y, una vez que la enfermera me explicara que no había de qué preocuparnos, salí de su habitación con una gran calma y alegría. Gracias a Dios, todo había quedado en un horrible susto, y por suerte no teníamos que lamentarnos nada. Al salir del cuarto y llegar a la sala de espera, todos me preguntaron cómo estaba y muy feliz les respondí que teníamos abuelita para rato.
El ambiente entre nosotros había cambiado completamente, ahora nos reímos, hacíamos bromas y, por supuesto, ya teníamos temas de conversaciones más fluidos. A pesar de conocer la noticia de que mi abuelita ya estaba bien, ninguno se movió de la sala de espera. Yo me había ofrecido a pasar la noche con ella para cuidarla, pero mi padre no estaba muy contento con la noticia, alegando que había tenido un día largo y merecía descansar bien.
—Papá, estaré bien —dije cansinamente.
—Bella, cruzaste todo el país en pocas horas, mereces descansar bien. —Usé todas mis fuerzas para no rodar los ojos. Mi padre podía llegar a ser más testarudo que yo e, incluso, que mi abuela—. Así que… no se habla más.
—Pero…
—Tu padre tiene razón, Bella —añadió Sue, enrollando su brazo en el de mi padre—. Tienes carita de cansada, lo mejor será que vayas a casa y duermas.
Iba a replicar algo, pero mi padre se quedó mirando hacia atrás con atención. Sus labios dibujaron una sonrisa y creo que vi algo de ¿emoción? Fruncí el ceño, queriendo darme vuelta para ver qué es lo que estaba mirando con tanta curiosidad.
—Ya decía que se estaba tardando.
Me di la vuelta y todo lo demás desapareció.
«Jó-de-me. ¡Ojitos! ¡Ojitos está aquí!».
Efectivamente, Edward estaba aquí. En Tacoma. En el hospital. Junto a nosotros. Se fue acercando, con pasos decididos, hacia nuestra posición. Se veía preocupado, su cabello despeinado signo que pasó sus manos por allí en más de una oportunidad. Venía con una camisa azul y un pantalón negro, no había saco ni corbata, pero supe que había venido directamente de la empresa. ¡Dios! ¿Dejó todo para venir aquí?
Mi corazón saltó emocionado.
Cuando estuvo frente a mí, mi respiración se cortó y no tuve reacción; me quedé mirándolo como boba, sin creer que estaba aquí, junto a mí, al otro lado del país. Sus ojos me buscaron y, cuando me encontró, sé que amagó a acercarse a mí, pero mantuvo las distancias.
—Buenas noches —pronunció.
Lo miré, lo miré y lo seguí mirando. ¿Realmente estaba aquí?
«Puedes tocarlo y confirmar, ¿no?».
«Amanda, no empieces. Estamos en un hospital».
«¿Y?».
Sacudí la cabeza. Sentí los ojos de Edward puestos en mí.
—Edward. —Mi padre se adelantó un paso, con la mano extendida—. Me parecía que te estabas tardando en llegar.
Edward me miró, estrechando su mano con la de mi padre.
—Hola —dijo, con esa suave voz aterciopelada.
Me aclaré la garganta dos veces, sin encontrar mi voz.
—Hola —respondí.
Él suspiró, sin dejar de mirarme. Mi pulso iba en aumento, era imposible mantenerlo a raya.
—¿Cómo está la señora Swan? —preguntó, mirándome a mí y a mi padre con mucha preocupación.
Abrí la boca para responder, pero Charlie me ganó.
—Ella está bien, muchacho —le sonrió palmeando su brazo—. Sólo fue un susto, aunque no le digas "señora Swan" cuando estés junto a ella; se pondrá mal porque no le dices abuelita —guiñó su ojo.
Suspiró de alivio, sonriendo levemente.
—¿Estás bien? —me preguntó con cierta vacilación.
De pronto, me di cuenta de lo que había hecho. Voló hasta aquí, sin importar nada más, dejando, quizás, muchas cosas de lado. Quise tirarme en sus brazos y abrazarlo con todas mis fuerzas, pero no lo hice. Creo que antes debíamos hablar, nos debíamos esa conversación.
—Ahora, sí —respondí con una suave sonrisa en mis labios.
Él también curvó su boca y me quedé como tonta mirándolo un momento. Luego, se acercaron Sue y sus hijos para saludar al recién llegado con un abrazo.
—Qué suerte que has venido, Edward… así te la llevas a esta muchachita.
Miré a mi padre con los ojos bien abiertos.
—¿Cómo? —pregunté. Podía sentir los ojos de Edward puestos en mí.
—Lo que escuchas, pimpollito —me sonrió besando mi frente—. Estás cansada, has viajado y mereces un descanso. Edward llegó y me quedaré más tranquilo si él se queda junto a ti. No te preocupes por mamá, me quedaré cuidándola.
—Pero… pero…
—Pero nada, jovencita —lo dijo en ese tono en donde no hay posibilidad de réplica—. ¿Puedo confiar en ti, Edward?
Vaya… ¿Desde cuándo tan amigo?
«Recuerda que le regaló un coche».
Claro, por supuesto.
—Por supuesto, señor —le respondió el aludido, mirándome—. Me registré en un hotel cerca del hospital…
Sue nos sonrió.
—Pueden venir a casa, Edward —dijo, en tono amable—, sabes que eres más que bienvenido.
Edward me miró y entendí al instante que quería que estuviésemos a solas. Una ola de anticipación me atacó, pero intenté controlarme. Seguramente querría aclarar las cosas, aunque no sabía si tenía la cabeza para hacerlo ahora mismo.
—No, está bien —dije—. Además, está más cerca del hospital, así podré venir enseguida por cualquier cosa.
Mi padre estaba muy satisfecho con la presencia de Edward como para armar un escándalo porque su hija se quedaba en un hotel con su supuesto novio; por ese motivo, no había dicho ninguna palabra. Edward se quedó hablando un momento con mi padre, preguntándole todo acerca de mi abuelita. Yo no podía salir de mi asombro de verlo aquí.
—Llámame cualquier cosa —le repetí a mi padre, una vez que nos despedimos de todos.
—Ya te dije que sí —besó mi frente—. Ahora ve a descansar, tu cara da miedo.
Le sonreí y lo abracé fuerte.
Después de que volviéramos a despedirnos de todos, Edward y yo emprendimos camino hacia afuera del hospital. Ambos íbamos en silencio, sumergidos en nuestros propios pensamientos. De vez en cuando lo miraba y encontraba su vista en mí, aunque luego la corría cuando se daba cuenta que iba a mirarlo. Era un juego un tanto divertido.
La parte del ascensor llegó y con eso la activación de mi claustrofobia; mi hombro ya comenzaba a moverse solo. Edward me miró dubitativo; yo lo miré de la misma manera hasta que… Al demonio, no bajaría diez pisos por las escaleras.
—¿Puedes…?
—¿De verdad? —no me dejó terminar.
Asentí un tanto vacilante.
—Bien, ven aquí, Voz de Pito —me dijo con una sonrisa, llamándome a él.
No pude evitar sonreír y, de un momento a otro, estaba junto a él. Edward me miró y acarició mi mejilla con suavidad; reprimí un suspiro, pero no pude evitar que mi rostro se inclinara en busca de su calidez. Sus ojos me abrasaban, y sus gestos cálidos hacían que mi estómago se contrajera y mi corazón bailara de felicidad.
Con sus ojos puestos en los míos, tapó mis oídos y me llevó dentro de la puta caja metálica. A pesar de que tenía los ojos abiertos, completamente embobada con él, no sentí para nada el encierro, sino que más bien, sólo tenía ojos para él. Su característico perfume inundó mis fosas nasales y aspiré con fuerza, para rodearme con ese exquisito aroma. Era lindo volver a sentirme así junto a él.
«¿Es bueno volver a estar junto a nuestro Ojitos, ah?».
«¿Qué te puedo decir, Amanda? Sabes que sí».
El clic del ascensor detenerse es lo único que escuché. Edward rápidamente nos movió y estuvimos fuera. ¡Uau! Ni siquiera me había dado cuenta del encierro. Una vez que estuvimos en tierra firme, Edward no me soltó, sino que seguía mirándome como si tuviese miedo a que desapareciera en algún momento.
—Te extrañé —murmuró, con la vista fija en mi boca. Sin querer, mojé mi labio inferior y sé que gruñó despacio—. Te extrañé mucho.
Suspiré, sintiendo una gran calidez rodear mi pecho.
—¿Tienes hambre? —me preguntó después de un instante. Creo que mi estómago rugió con la sola mención de comida; no me había preocupado en comer en todo el día—. Sé que te dije que nos quedaremos en el hotel, pero… la noche está bonita para disfrutarla. Vi un lugar que queda cerca de aquí y sé que te gustará. ¿Me acompañas?
«¿Y lo quedarnos encerrados en el hotel?».
«¿Dónde quedó la chica difícil, Amanda?».
«Bueno, cierto. Pero si lo castigamos sin Orlandos, también nos estamos castigando a nosotras, ¿no?».
Me reí de su punto, aunque tenía razón. Edward me miró, esperando una respuesta y le sonreí. Era extraño verlo actuar de esta manera.
—Está bien, vamos.
En sus labios se formó una amplia sonrisa y creo que iba a ofrecerme su mano, pero luego la escondió en su bolsillo. Suspiré. No me gustaba para nada que actuemos como extraños, pero creo que estaba bien que mantengamos las distancias. Al menos, por ahora.
Salimos del hospital mucho más tranquilos de lo que habíamos llegado. Por mi parte, ya estaba completamente tranquila de que mi abuelita estaba bien, un poco débil, pero fuera de peligro. Además, por otro lado, Edward me había sorprendido, mucho, llegando hasta aquí. Sonreí como idiota, pues él se preocupaba por mí. De lo contrario, ¿por qué habría cruzado el país para estar aquí?
—¿Mc Donals? —pregunté con gracia, parada fuera del local.
Edward se encogió de hombros con una sonrisa burlona en sus labios.
—Bueno, una hermosa chica me invitó una vez —sus ojos me buscaron y creo que me sonrojé levemente—, y es momento de devolver la invitación. ¿No crees?
«Ay, Ojitos, la estás poniendo difícil. Mi fuerza de voluntad no es tan fuerte».
—Vamos —dijo, señalando el local.
Pasé por delante de él y no pasé por alto que apoyó su mano en mi espalda; sonreí como tonta y no me alejé, pues el gesto había salido con naturalidad y sabía que lo hacía inconscientemente. Luego de haber pedido nuestras hamburguesas —un doble cuarto de libra para mí, por supuesto—, nos sentamos en una mesa un tanto apartada de las demás; si bien no había mucha gente porque ya era tarde, había unas tres parejas además de nosotros.
—Gracias por haber venido —le dije con sinceridad.
Sus labios dibujaron una sonrisa triste.
—Lamento no haber estado antes.
Suspiré, tomando un poco de mi Sprite.
—Bueno, pero ahora lo estás —le sonreí con naturalidad. Él me miró con los ojos brillantes. Pese a todo lo que había pasado estos días, nuestra separación y demás, una parte de mí no se sorprendía de que él hubiese venido. Es decir, al margen de mi enamoramiento, él siempre había sido un buen amigo conmigo, el mejor; y sé que también se había encariñado con mi abuelita. Por eso mismo, en mi interior, había esperado su llegada. Por suerte, se concretó.
No respondió nada y nos quedamos en un cómodo silencio.
Miré con cariño la bandeja de mi comida. ¿Cómo había sobrevivido todo el día casi sin probar bocado? Bueno, sí, está bien… no tenía cabeza para pensar en comida con la preocupación por mi abuelita y, ahora que ya estaba tranquila, mi apetito se despertaba haciéndome notar cuan famélica estaba. Tomé la hamburguesa con ambas manos y lo miré. Se veía tan lindo, tan preocupado, que me daban ganas de besarlo, abrazarlo y volverlo a besar. ¿Cómo podría hacerme la fuerte cuando me miraba de esa manera?
No, Isabella. Vamos, si quiere celeste… que le cueste. ¿No dicen eso?
Con ese pensamiento y sabiendo que, quizás, disfrutaría ser un poco mala con él por todo lo que me hizo sufrir con su silencio, comencé con mi venganza. Tal vez, sacaríamos buenas cosas de esto. ¿Quién sabe?
«¿Orlandos de reconciliación?».
«Quizás…».
«Ya me estoy preparando, Bellita».
—Quiero que sepas que aunque haya aceptado que me invites y me pagues la comida en Mc Donals, sigo enojada contigo.
Él sonrió, aunque quiso disimular su sonrisa burlona. Sin embargo, sabía que estaba usando el vaso de escudo para que no lo viera. Quise reír con él, pero reprimí las ganas.
—Lo sé —respondió.
Lo miré con desconfianza.
—Y no harás que mi enojo sea menos por llenar mi estómago, ¿okay?
Su sonrisa persistió.
—Estoy de acuerdo.
Enarqué una ceja.
«¿Por qué está tan dócil?».
«Algo es extraño aquí, ¿no crees?».
«Nah, creo que Armando hizo bien su tarea. ¡Así se hace, nene!».
—¿Por qué estás actuando tan…?
—¿Tan, qué? —sonrió, sin dejar de mirarme.
—Tan… ¿blandito?
Comenzó a reír y allí me di cuenta de cuánto lo había extrañado estos días. ¡Qué va! Ahora lo admitía, siempre supe que lo extrañé muchísimo. Es así de simple.
—No tengo ninguna queja a lo que me quieras decir —suspiró, y creo que su mano se adelantó para tomar la mía; luego, se dio cuenta de ello y la retiró despacio. Quise cerrar el espacio, pero luego recordé que no haría las cosas fáciles. Al menos merecía sufrir un poco, ¿no?—. Me comporté como un idiota…
—Bueno, el primer paso es reconocerlo. ¿No?
Curvó una sonrisa divertida.
—Tampoco abuses, Voz de Pito. —Sonrió de costado. Demonios, hasta había extrañado que me llamara de esa forma tan horrenda—. Lamento haberme ausentado estos días, si te sirve de consuelo, fueron horribles e interminables. Merezco que estés enojada conmigo por ser un idiota; y… también merezco haberte visto abrazada del Salmón. —Hizo una mueca y chasqueó su lengua.
Lo miré fijo. Un momento, ¿qué?
«¿Huelo celos?».
—¿Qué dijiste?
Él abrió sus ojos.
—¿Qué?
—No te hagas el gracioso —mordí una patata frita y lo miré con curiosidad—. ¿Verme abrazada con Simon?
«Responde Ojitos, ¿no espiaste?».
Él rascó detrás de nuca e hizo una mueca, como si fuera desagradable recordar eso y también se autoreprendiera por haber abierto su bocota.
—¿Me estuviste espiando, Edward?
No lo podía creer.
Realmente no podía hacerlo.
Él suspiró, sacudiendo su cabeza. Luego, sus ojos verdes se encontraron con los míos. Tan cálidos, tan brillantes, tan sinceros. Intenté no desfallecer allí mismo y recordé que estaba haciendo papel de chica difícil y molesta. Aunque, cuando me miraba de esa forma, era muy difícil no querer mandar todo a la mierda y tirarme encima suyo para besarlo.
Sacudí la cabeza para aclarar mis ideas. No podía hacer eso, no si quería recuperar mi dignidad perdida. Me había prometido que no se lo haría tan fácil, al menos, quería ver hasta dónde era capaz de llegar para hacer que lo perdonara por haberme dejado sola, con mi corazón en bandeja de plata, sin hablarme por unos días. Tal vez no sea el mejor plan del mundo, pero quería que me demostrara cuánto le importo; si es que le importo como todos dicen, claro.
Finalmente, su mirada destelló y mi corazón comenzó a latir con desenfreno.
—¿Qué si lo hice? —preguntó, dejándome atónita—. No pensé que te extrañaría tanto que te lo dijera. Además, ¿creías que aguantaría tanto tiempo sin, al menos, verte?
«¡Y lo dijo! ¡Directo a mi pobre corazoncito! ¡Ojitos, te amo!».
Bueno, es un poco difícil describir cual fue mi reacción. Lo único claro que tenía es que mi corazón galopaba a un ritmo frenético; mi estómago fue atacado por miles y miles de mariposas y, obviamente, creo que mi mandíbula se desencajó y mis ojos se salieron de sus órbitas. O sea, ¿él realmente había dicho eso?
Sus labios se curvaron en una sonrisita y sé que estaba disfrutando de verme tan afectada por sus jodidas palabras. Pero ¡vamos! ¿Qué podría pensar luego de escuchar aquello? Cuando me dejó sola en mi departamento, lo primero que pensé fue que no estaba enamorado de mí. Bueno, quizás ahora tampoco, pero esas palabras no las dice alguien que, al menos, no siente algo por ti, ¿cierto? ¡Dios! Ya no sabía qué pensar.
—Cierra la boca, Voz de Pito, te entrarán moscas —dijo, sintiéndose satisfecho.
Agité mi cabeza y lo miré con los ojos entrecerrados; aunque me fue difícil disimular mi gracia.
—No te hagas el gracioso conmigo —lo acusé, señalándolo con mi última patata—, sigo enojada contigo.
Él sonrió, dándole el último mordisco a su hamburguesa.
—Lo sé —respondió sin borrar su sonrisa—, y tienes todo el derecho de estarlo.
«Definitivamente, Armando lo domesticó. ¡Así se hace!».
—Por supuesto que lo tengo —seguí en mi plan de chica enojada—. Y… no tenías derecho de vigilarme.
—Vigilar no es lo mismo que espiar —fruncí el ceño—. No importa, come que se enfriará —añadió. Ahora fue mi turno de reír.
Lo único que faltaba es que estuviese celoso de Simon.
Después de terminar de comer, ya el cansancio del día estaba comenzando a pasarme factura. No era para menos, de todos modos, el día había sido demasiado largo y lleno de emociones. Caminamos por las calles casi desiertas, sólo alumbradas por las farolas. Si bien no teníamos ningún tipo de contacto entre los dos, nos manteníamos bien cerca. Era algo chistoso de ver porque Edward rozaba mi mano de vez en cuando y yo me acercaba a él para rozar su brazo. Supongo que es algo inevitable buscarnos constantemente.
Luego, sin poder aguantar más tiempo para preguntar, dije:
—¿Cómo sabías dónde encontrarme?
Edward me miró sin aminorar su marcha.
—Bueno, luego que te mandara ese mensaje y viera que lo leíste… y no me respondieras —hizo una pausa—. Supuse que algo no andaba bien.
—¿Y decidiste venir y ya? —fruncí el ceño—. ¿Te lo dijo Tanya, Jessica?
Él pasó su mano por sus cabellos.
—Sí, las llamé pero tampoco respondieron —suspiró—. Y cuando lo hicieron… yo ya sabía dónde estabas.
Arrugué el ceño. ¿Era la única que no entendía qué quería decirme?
—Fue el Salmón —dijo, por fin, casi con mal humor—. Te fui a buscar, nadie me atendió y él salió… —hizo una pausa, cuadrando la mandíbula—. Cuando vi a Fofi en sus brazos, supe que te habías ido. Él me dijo que algo no andaba bien con tu abuela y vine para aquí. Fin de la historia.
Otra cosa más que agradecerle a Simon.
—Me alegra que Simon te haya dicho en dónde estaba —murmuré. Ya estábamos cerca de llegar, sólo faltaba una calle más.
Él asintió.
—Supongo que le agradezco el haberme dicho —dijo, por fin—. Me preocupé mucho, pero lo que más me preocupaba era que no estaba junto a ti y no sabía cómo estabas.
Corazón, cálmate.
No dije nada y él entendió mi silencio. Mi cabeza estaba siendo un lío, pues Edward parecía mucho más tierno de lo que ya era. Como si al fin hubiese entendido algo y ahora ya no quería fingir más. Sus palabras salían con naturalidad y era obvio que no había armado una especie de libreto o algo así.
El hotel se extendía delante de nosotros y no me extrañó que sea uno de los mejores de la ciudad. Me dejó el paso e ingresé al interior. Todo era de vidrio, lujoso y en tonos marrones, haciendo que la calidez se extendiera por todos lados. Las chicas de recepción miraron a Edward, obviamente, y me hubiese gustado tomarlo del brazo para que supieran que venía conmigo. Pero ya no había que fingir más. El trato ya se había acabado. Sin embargo, Edward lo hizo por mí —quizás leyendo mis pensamientos o, quizás, porque realmente él necesitaba tenerme más cerca—. Rodeó mi cintura con uno de sus brazos y nos dirigió hacia los ascensores sin siquiera dedicarles una mirada a las muchachas de la recepción.
«¡Tomen eso, perras!».
El camino hacia el piso más alto, fue igual a cuando bajamos en el elevador del hospital. Edward utilizó el método anticlaustrofobia y no fue difícil subir. En mi interior era un manojo de nervios, pues volvía a estar con Edward luego de muchos días sin verlo, solos los dos, en una habitación de hotel. Sin embargo, teníamos mucho de qué hablar. No sé si ahora. Pero, supongo, que en algún momento lo haríamos.
Entramos a la habitación, grande, espaciada, lujosa y muy bonita. Edward señaló la pequeña heladera de la habitación y sacó dos latas de Sprite. No pasé por alto que estaba mi mochila aquí, ¿en qué momento la había traído? Tomé una de las latas que me ofreció y me senté en la cama enorme, sin saber bien qué decir.
—Si quieres tomar un baño o lo que sea, puedes hacerlo —dijo, mirándome—. Mandé a traer tus cosas.
Ahí estaba la respuesta al misterio de mi mochila.
—Claro, gracias. —Dejé la lata sobre la mesa de luz y hurgué en mi mochila para sacar una camiseta y un short. Realmente necesitaba una ducha.
Debajo de la ducha, todos los sucesos del día se vinieron a mi cabeza. Había sido un día bastante largo, donde la mayor parte sólo estuve preocupada. Si bien todo eso ahora terminó —gracias a Dios—, el día aún no lo había hecho. Pasé mis manos por mi cabello, masajeando mi cabeza para sacar espuma del champú. ¿Qué se supone que tenía que hacer ahora? ¿Qué seguía? ¿Cómo se debe actuar cuando tienes al hombre que amas frente a ti, que cruza todo el país para saber de ti?
¿Sorprendida? Mucho. Es más, hasta me costaba darme cuenta que realmente él estaba aquí. ¿Sería posible que todos tuviesen razón? Edward había venido aquí, sí, ¿eso significaba que…? Suspiré. ¿Por qué uno nunca obtiene la respuesta que desea? Odio ser así de… analizadora con las cosas. Pero, lamentablemente, era una cualidad que no podía dejar de lado.
Por un lado, quería abrazar a Edward y decirle que todo estaría bien y que, quizás, yo tenía amor suficiente para los dos y hacer que nuestra relación sí funcionara. Pero, por otro lado y creo que la parte más sensata, sabía que no podía sólo conformarme con tenerlo a mi lado. Es decir, yo estaba enamorada de él, claro que sí… pero, si seguía con esa postura de: no relaciones, no compromiso; no sería suficiente para mí.
«Bella, creo que deberías escuchar lo que te dice antes de hacer conjeturas apresuradas».
«¿Y si nos dice que sólo nos quiere como amigos?».
«¿Crees que un simple amigo dejaría todo e iría en busca de su amiga así sin más?».
Nunca nadie había hecho algo así por mí, sólo Edward. Siempre era Edward, siempre se trataba de él. Y eso era lo que más me confundía. ¿Por qué lo había hecho? No podía evitar sentirme emocionada hasta la médula por saber que él vino aquí por mí; por nadie más. Con unas fuerzas renovadas y mi humor creciendo, salí de la ducha, ya cambiada con mi precario pijama.
Creo que Amanda tenía razón, era tiempo de escuchar qué vino a decirme.
Al llegar a la habitación, me encontré con Edward recostado en la cama, con los ojos cerrados. Me quedé en el umbral de la puerta del baño mirándolo con atención. Unas manchas negras decoraban debajo de sus ojos y se notaba cansado. Creo que él tampoco lo pasó bien estos días. Sintió mi mirada puesta en él, y abrió sus ojos.
Jugueteé nerviosamente con mis dedos, porque no sabía qué iba a pasar ahora. No sabía qué podía decirme, ni tampoco qué podría pasar de acá en más. Pero, por alguna extraña razón, no me sentía nerviosa… sino más bien ansiosa por escuchar su explicación de esa salida apresurada de mi departamento; aquella noche que, ahora, parecía muy lejana.
—Uhm… —carraspeó. Él también se notaba nervioso, incluso más que yo—. ¿Quieres algo o…?
Sacudí mi cabeza, negando.
—¿Quieres hablar ahora? —preguntó con cierta duda—. Sé que quizás estás muy cansada y…
¿Qué sentido tenía alargarlo más? Después de todo, ya estaba tranquila; estaba cansada, sí, pero quería oír qué era lo que tenía que decirme.
—¿No saldrás huyendo? —La verdad, no lo dije para hacerlo sentir mal, sino más bien porque lo tenía atragantado desde la otra noche. La rabia, ya se había ido un poco, al menos había dejado de lado mis instintos asesinos.
Creo que Edward se sonrojó un poco y bajó la cabeza.
—Ya no más huidas —sus ojos se concentraron en mí—. Mi reacción fue tan… —hizo una pausa, con el ceño fruncido—. Lo siento… yo, no sabía qué decir.
«¿Hablas en serio, Señor Lo siento?».
—No, sí… de eso me di cuenta —solté la lengua. Listo, ya mi boca parlanchina se había activado, así que ahora no pararía hasta decirle todo lo que callé—. Tres putas palabras: «Yo… lo siento». ¿Me estás jodiendo? ¿Eres o te haces? Escucha, amigo, me ofrecí en bandeja de plata, oro o de lo que mierda quieras, y… ¿me gano un «Yo… lo siento»? creí que merecía algo más, no sé… —intenté imitar su voz, él me escuchaba con atención. Creo que se notaba un poco avergonzado y arrepentido—. «Eres linda, pero no te amo, ¡seamos amigos!», o el típico: «no soy tú, eres yo».
Una sonrisita se curvó en sus labios; lo miré con los ojos entrecerrados. ¿Encima se reía de mí?
—Es: «No eres tú, soy yo».
Hice una mueca.
—Lo que mierda sea, Edward —suspiré. Woah, esto de decirle lo que realmente pensaba se sentía bien—. Me dejaste allí, sola… No hiciste nada, no me dijiste nada. Salvo esas tres palabras de mierda que te la puedes guardan en el…
—Ya, entendí —me interrumpió—. Tienes toda la razón, ¿de acuerdo? Fui un idiota, un estúpido.
—Hay unas cuantas palabritas más que te quedaría bien —bramé entre dientes.
Se tapó la boca para evitar reír.
—¿Me pintó un payaso o qué? —¿Por qué mierda se reía? Estaba siendo seria ¡carajo!—. ¿Me cuentas el chiste así rio contigo? Porque, la verdad, no veo nada de gracioso aquí.
Sus ojos me miraron con ternura. Oh, no, Edward… no me emocionaría con eso. O, bueno, quizás un poco, pero no lo admitiría en voz alta. Por supuesto que no.
—Eres preciosa cuando te enfadadas…
«Podemos convertirnos en unas fierecitas también, Ojitos».
«¿Dónde quedó lo de "persona no grata para Orlandolandia", Amanda?».
«De momento, no lo es. Pero no me vas a negar Orlandos de reconciliación, ¿cierto?».
Chasqueé la lengua, mirando a Edward con los ojos entrecerrados.
—No dejaré de estar enojada porque me dices palabras dulces, grábatelo en la cabeza, Cullen —suspiré y me crucé de brazos—. La pasé mal, realmente lo hice. No me buscaste, no me llamaste, no me hablaste. ¡Ni siquiera te acercaste cuando estuve frente a ti!
Él jaló sus cabellos con desespero.
—¿Para qué iba a hacerlo si estaba el Salmón-hombre perfecto-pescado Irlandés? —dijo, por fin. Rodé los ojos, ¿otra vez el pobre Simon?—. En todo momento estuvo él, en todo rato… no te dejó ni a sol ni a sombra.
—Porque es mi amigo, Edward —expliqué, intentando mantener la calma—. Es mi amigo y me estaba apoyando. Necesitaba que alguien me escuchara y me entendiera. Simon estuvo allí para acompañarme.
Inspiró profundo.
—¿Sabes cuál es la peor parte? —preguntó, con recelo.
—¿Cuál?
«Esto se está tornando interesante. Mi lindo Salmón, ¡mira todo lo que provocaste!».
—¡Qué ni siquiera me puedo enojar con él! —soltó—. No tengo ningún motivo para hacerlo, es más… gracias a él estoy acá.
¿Era bipolar o qué le pasaba?
—¿Y entonces por qué me haces esta escena de celos, amigo?
Silencio.
No dijo nada y yo estaba comenzando a desesperar.
—Porque tuve miedo de perderte… —musitó, mirándome a los ojos. Mi corazón se frenó, para volver a latir con prisa—. Y, luego, me di cuenta que no podía perder algo que nunca fue mío y que él tenía toda la libertad de hacer lo que quisiera y tú también, porque obviamente el Salmón es un buen hombre… alguien que podría hacerte feliz y, obviamente, mucho mejor que yo. —Tomó una bocanada de aire y sonrió tristemente, sin apartar sus ojos de los míos—. Eso es lo que sucede, amiga.
«Creo que me comieron la lengua los ratones».
Bueno, yo también me había quedado sin habla.
—Verte con él fue… —Negó con su cabeza—. Me hizo pensar mucho, ¿sabes? Y… me di cuenta de cuán importante eres para mí, mi Voz de Pito. No es que antes no lo hubiese sabido, claro… pero allí entendí la profundidad de las cosas—me sonrió levemente—. Pero… también, me replanteé si yo podría hacerte feliz. Un hombre como yo, no tiene muchas posibilidades de hacerlo… pero…
Hizo una pausa, yo no encontraba mis cuerdas vocales para decirle algo.
—Armand… —sacudió su cabeza—. Yo me di cuenta que estaba siendo un cobarde por dejarle el camino libre a tantos y… bueno, supongo que por eso estoy aquí.
En sus labios comenzó a aparecer una sonrisita.
—¿Al fin logré dejarte sin palabras?
Balanceé mi cabeza hacia ambos lados para salir de mi letargo.
—¿Qué quieres que te diga? —susurré—. Dices todas esas cosas, vienes aquí, te preocupas por mí y… ¿Qué tengo que pensar? Dímelo, porque realmente no sé qué se hace en estas situaciones.
—También es confuso para mí, Bella. —Se acercó un poco a mí—. Jamás, jamás sentí algo como lo que siento cuando estoy contigo. No sé qué me hiciste, no sé qué me haces. Pero cuando no estás… —suspiró—. No quiero excusarme ni nada parecido, pero si reaccioné como reaccioné, fue porque el miedo me cegó.
«Bellita, creo que me voy a desmayar».
«¿Aún no te desmayaste?».
—Nadie me había dicho que me amaba, sólo tú. Si te soy sincero, no esperé que alguien me lo dijera, ni tampoco me preocupaba por ello. —Mi pobre corazón ya no aguantaría más—. Eres mi Voz de Pito, mi compañera de locuras, y que me dijeras eso… —soltó el aire—. Yo… me paralicé, no supe qué hacer. Quería decirte tantas cosas y sólo me salieron esas tres palabras. No sabes lo que siento haber reaccionado como un idiota y me arrepiento, porque por mi comportamiento estúpido, tuvimos que pasar por todo esto.
¿Estaba soñando?
—No sé en qué momento te has convertido en alguien tan importante para mí, pero siento que es lo que correcto… que sólo debía pasar —siguió diciendo. Yo estaba muda, con el pulso completamente acelerado y con peligrosas posibilidades de caer desmayada—. Este tiempo que pasé separado de ti, me hizo pensar y mucho en nuestra extraña relación.
Su pulgar acarició el dorso de mi mano y no pude evitar llevar mi vista hasta el punto de unión. Todo lo que me decía era tan lindo que estoy segura que cualquier mujer merecía escuchar un discurso como este en algún momento de su vida. De pronto, esas esperanzas que pensé que habían muerto aquella noche en mi departamento volvían a resurgir con fuerza, como el ave Fénix de la esperanza. ¿Podía ser posible?
—Y… entonces, lo supe.
«Oh, oh, agárrate fuerte que moriremos. Di las palabras mágicas, Ojitos».
«¿De qué palabras mágicas hablas?».
«Chist, pon atención e intenta recordar cómo se respira».
Haciéndole caso a Amanda, clavé mis pies desnudos en la alfombra de la habitación. Edward ahuecó mi rostro con sus manos y pasó un mechón de cabello detrás de mi oreja. Sus ojos me desarmaron completamente, aunque bueno… desde que había regresado lo había hecho. Pero esta vez, había algo más.
—Creo que me estoy enamorando de ti… —dijo con seriedad sin apartar sus ojos de los míos. Mis pulmones se olvidaron de funcionar y creo que mi corazón también. Estaba completamente sin reacción—. No… le saco el creo —añadió, corrigiéndose—. Me estoy enamorando de ti, mi Voz de Pito.
«Ni un cardiólogo, ni un trasplante, ni nada. ¡Me acabas de matar, Ojitos!».
¿Cómo se supone que una pobre chica con un corazón frágil sobrevive a esas palabras tan dulces y sinceras?
—Esa es la verdad, no hay otra explicación —sonrió, acariciando mi mejilla—. Nunca me pasó esto antes y te juro por lo más sagrado que jamás creí que me sucediera a mí; a un hombre que no cree en el amor, ni en las relaciones, ni en el compromiso.
Hizo una pausa y desenganchó mi labio inferior de mis dientes, no me había dado cuenta que lo estaba mordiendo.
—Pero aquí me ves, abriendo mi corazón por primera vez. No estoy seguro de lo que es el amor, obviamente verlo desde afuera es algo completamente distinto. Pero eso fue lo que me hizo comprender lo que me estaba pasando. Tú eres distinta, siempre lo has sido para mí. —Sus ojos se iluminaron y creo que tenía ganas de echarme a llorar como una niñita—. Probablemente, comencé a enamorarme de ti desde el primer día… pero estaba tan ciego que no fui capaz de darme cuenta.
De acuerdo, creo que comenzaba a entender un poco más su reacción cuando me dejó sola luego de que me hubiese confesado. Sinceramente, mi lengua parecía haberse atrofiado, pues no sabía qué decir a tan lindo monólogo. ¿Se estaba enamorando de mí? Entonces… ¿Sí había posibilidad para los dos?
—Bueno, supongo que me merezco tu silencio —sonrió un poco—. ¿No dirás nada?
Pestañeé un par de veces y me alejé un momento de él, saliendo de mi trance. Edward me miró con el ceño fruncido y un poco de curiosidad.
—Aléjate… —le pedí dando un paso hacia atrás.
—¿Eh? ¿Por qué? —preguntó completamente confundido.
«Bella, ¿te volviste loca?».
No, estaba muy cuerda.
—¿En serio me preguntas por qué? —Coloqué mis brazos en forma de jarras—. Edward, me hiciste pasar días horribles para que ahora vengas y ¿me digas que estás enamorándote de mí? Si no te hubieses comportado como una jodida gallina, estaríamos festejando desde hace rato. —Creo que me estaba agarrando un ataque de histeria, pero no podía evitarlo—. ¿Sabes qué fue lo que quise hacer cuando te fuiste?
Edward me miró entre serio y divertido; sin embargo, respondió:
—¿Qué cosa?
—Golpearte en las bolas —señalé hacia abajo—. Y, créeme, ganas no me faltan.
—Supongo que también lo merezco —bromeó, colocando sus manos en su… bueno, en sus partes nobles.
—No me tientes, Cullen.
Curvó una sonrisa y me fue imposible no devolvérsela. Luego, se puso serio y volvió a mirarme con intensidad.
—Lo que me dijiste la otra noche… —comenzó a decir despacio—. ¿Es pasado?
Entendí al instante a qué se estaba refiriendo.
—¿Realmente piensas que es pasado? —contraataqué.
Lanzó un suspiro de alivio y creo que jamás había visto una sonrisa tan hermosa como la de hoy.
—¿Tú? —hice una pausa—. ¿De verdad?
Él asintió.
—Ya estoy cansado de mentirme a mí mismo, Bella. —Extendió una mano hacia mí, ofreciéndola para que la tomara—. ¿Para qué negar lo que es innegable?
«Creo que voy a llorar. ¡Mi sueño se cumplió!».
Tomé la mano que me ofreció y, sin esperarlo, él me estrechó a su cuerpo con fuerza. Hundí mi cabeza en su fuerte pecho, llenándome de su delicioso aroma. Me apretó con fuerza, demostrándome cuánto me había extrañado; yo no me quedé atrás y le devolví el abrazo con las mismas ansias. Lo había extrañado. Mucho. Hoy lo necesitaba y aquí estaba, diciéndome por fin que… sí había sido capaz de cambiar esa cabecita de chorlito. Que se estaba enamorando de mí.
—Lamento haberte lastimado —susurró sobre mis cabellos—. No fue mi intensión hacerlo, estaba muy confundido…
—Lo sé —asentí, interrumpiéndolo—. Ahora lo sé.
Besó mis cabellos, mi frente y me estrechó con más fuerza, sin dejar ningún espacio libre entre los dos.
—¿Qué va a pasar ahora? —pregunté—. ¿Dónde quedó eso de no relaciones y no compromiso?
Eso era algo que me daba vueltas en la cabeza; él lo había repetido más de una vez.
—Bueno, supongo que podré meterme esas palabras en donde mejor me quepan —sonrió con gracia—. Las relaciones y el compromiso no me interesan…
Abrí mis ojos.
—Déjame acabar… —rodó sus ojos, pinchando mi nariz con su dedo—. No me interesan con nadie más que no seas tú.
«¿Y aún piensas que sobreviviré?».
—No me fue fácil darme cuenta que tú eres la única muchacha que podría cambiar la mente de este ciego, pero… lo hiciste —sonreí levemente—. Y ya no voy a luchar en contra de ello. Te quiero a ti, y quiero que lo nuestro funcione.
Dios santo, creo que me voy a desmayar.
—Yo también quiero que funcione.
Él sonrió.
—No sabes lo que ansiaba escuchar eso —acarició mi rostro, mis mejillas y paró su dedo índice sobre mis labios—. Creo que debemos empezar todo de nuevo, ¿no crees?
Comencé a reír.
—Creo que pasaron muchas cosas como para hacer borrón y cuenta nueva, Edward.
—No hablo de olvidar nada, sino… de construir una relación verdadera desde el principio. —Mi pecho se llenó de felicidad—. Nada de mentiras, nada de fingir… ahora todo es verdadero.
—¿Siempre has sido así de cursi?
Él rodó los ojos.
—No arruines mi momento de romanticismo, Voz de Pito. —Curvó una sonrisa ladina—. Aunque, si te soy sincero, jamás pensé ser tan…
—Me gustas así. —Mordí mi labio, dándome cuenta de lo que había dicho.
—Tú me gustas muchísimo más —aseguró, haciendo que mi pobre corazón ya no supiera como desacelerar el ritmo cardíaco.
Creo que nuestros rostros se fueron acercando cada vez más. Mi vista se concentró en esos labios tan apetecibles. Moría por romper el espacio entre los dos y besarlo hasta quedar sin aliento. Mojé mi labio inferior con mi lengua y no pasé por alto la mirada brillante y oscura que me dedicó Edward.
—Edward Cullen —susurró, acercándose más a mí.
—¿Eh? —pregunté, completamente cegada por mis deseos de besarlos.
—Presentaciones. Empezar todo de nuevo. Relación. No fingir —explicó, rozando nuestras narices.
¡Ah, cierto!
—Bella… Bella, Swan —respondí, cerrando mis ojos cuando su nariz comenzó con ese recorrido desde mi mandíbula hasta mi cuello. Realmente, me gustaría tener más fuerza de voluntad, pero creo que las pocas que tenía se estaban yendo al retrete.
—Quiero besarte, Bella Swan —murmuró, rozando nuestros labios.
«Un poquito sí, Bella».
«¿Un poquito?».
«Sí, se merece uno chiquito. Ya sabes, vino hasta aquí y dijo las palabras mágicas».
Sí, supongo que un beso chiquito no le haría mal a nadie.
Ya no soporté más con la tensión. Me paré de puntitas y enredé mis manos en su nuca para atraerlo hacia mí. Él no se hizo esperar y, en microsegundos, nuestras bocas volvieron a encontrarse luego de estos días de sequía. Apenas sus labios entraron en contacto con los míos, supe que volvía a estar en el lugar al que pertenecía. Ahora, tenía la certeza que lo nuestro era real. Ya no había trato. Ya no había mentiras. Y haríamos hasta lo imposible para hacer que esta relación funcionase.
Nos quedaba un camino largo por delante, claro, pero creo que el primer paso ya lo habíamos dado los dos. Todavía ninguno había pronunciado esas dos palabras, pero ahora no hacían falta, estas se decían con los gestos, con la entrega de cada uno. Edward me amaba o, bueno, estaba dispuesto a hacerlo, que es más o menos lo mismo. Yo lo amaba, claro que sí, jamás dejé de hacerlo. Es más… creo que ahora, justo en este momento, lo amaba mucho más que antes pero, posiblemente, mucho menos que mañana.
Los dos éramos novatos en los temas de las relaciones y el amor, pero sentía que eso era realmente bueno para poder lograr muchas cosas buenas. Ya no sentía ese temor de la incertidumbre, de no saber qué estaba pasando por su cabeza. Su ceguera había dejado el camino libre para la certeza; certeza que ahora ambos entendíamos.
No fue fácil llegar a esta etapa. Tuvimos que pasar muchas certezas, desacuerdo y confusiones. Muchas confusiones. ¿Pero qué tenía de interesante si las cosas salían bien a la primera? Ambos habíamos aprendido a conocernos, a ser amigos y, eventualmente, a enamorarnos de verdad y hacer que nuestro trato se transformara en una hermosa realidad. Realidad que recién estaba comenzando.
Nuestros labios se movían con esa sincronía bien conocida para ambos. Edward mordió mi labio inferior, mientras mis dientes encontraban su labio superior. Era obvio que ambos estábamos esperando este momento con ansias, pues bien, ahora había llegado. Él me trababa con una ternura que hacía que me desarmara, que suspirara y que recordara por qué me había enamorado de este hombre hasta la médula. Él era todo lo que necesitaba. Con su ceguera, con sus inseguridades, con su temor. Después de todo, eso era lo que era él: un hombre perfectamente imperfecto, capaz de abrirle su corazón a una chica como yo.
Cuando nuestros pulmones reclamaron por oxígeno, fuimos separándonos de a poco. Nuestras frentes quedaron juntas y buscábamos poder regular nuestras respiraciones. Él me miró con los ojos brillando de felicidad y le respondí de la misma manera. El día que había empezado para la mierda, se estaba volviendo el mejor que recordaba.
—Puedo acostumbrarme a esto, ¿sabes? —musitó, dándome un suave beso en los labios.
Le sonreí, porque yo también podía hacerlo.
—Bueno, momento rosa terminado, amigo —sonreí con maldad—. Tengo sueño y será mejor que nos acostemos a dormir, mañana quiero ir a visitar a mi abuelita temprano.
«Así se habla, Bellita».
—¿Cómo?
Lo miré con cara de inocente, intentando no estallar en carcajadas al ver su rostro de desconcierto.
—¿Creías que sería tan fácil? —le pregunté, enarcando una ceja.
—¿De qué estás hablando?
Me acerqué a él y palmeé su pecho.
—Unas palabras bonitas y un súper beso, no harán que se me pase el enojo contigo —le expliqué con total naturalidad—. Me hiciste sufrir mucho y no te cansaste de decirme que te mereces mi enfado contigo. Pues bien, sigo enfadada.
—¿No se supone que esta es nuestra primera reconciliación?
«Y también podrían ser nuestros Orlandos de reconciliación. Pero como fuiste un idiota, hoy no será».
—Lo es, sí —asentí—. Pero nada cambia, soy una chica difícil ¿lo olvidas?
Comenzó a reír con ganas y me encantaba que volvamos a ser los mismos de siempre, a pesar de todo lo que pasó. Él me tomó de la cintura y me subió sobre sus hombros, yo chillé como una tonta y comencé a patalear mientras reía a las carcajadas. Cuando llegó a la punta de la gran cama, me tiró en el centro y él se colocó encima de mí. Nos quedamos mirando a los ojos y acarició mi mejilla con dulzura.
—Me encanta escucharte reír. —Besó mi mejilla—. Ahora, bien… no me sorprende que me digas eso. Así que… acepto el castigo, no eres una chica fácil y, por supuesto, conmigo no sería la excepción. Así que… ¿nada de reconciliación hasta nuevo aviso?
—Nada de Orlandos —respondí.
—Y ahí vamos con tu tío Orlando. —Frunció el ceño—. ¿Me dirás quién es?
Creo que no se necesitaba ser muy inteligente para sacar la conclusión de a qué me estaba refiriendo con la palabra Orlando. Me reí como loca y sacudí la cabeza.
—Será divertido ver cómo intentas conquistarme.
Sus ojos chispearon diversión y se acercó más a mi rostro. Veía sus serias intensiones de besarme y no me sería muy difícil dejarme seducir. Pero tenía que ser fuerte. Debía aguantar. Quizás, las cosas se pondrían interesantes.
—O será divertido ver cómo intentas resistir a mis métodos de seducción, ¿no?
«Oh, oh».
—A ese juego se pueden jugar de a dos, cariño. —Me guiñó el ojo, dándome un suave beso en la comisura de mis labios. No pasé por alto cómo me llamó. Creo que sonreí como la tonta que era.
Mi boca se secó y supe que, probablemente, me estaba metiendo en un juego peligroso. Pero sabía que valdría la pena. Edward me miró y yo lo miré. Obviamente, debía hacer uso de todo mi autocontrol para sobrevivir estos días. Cuando Edward se lo proponía, podía ser el hombre más caliente de la tierra. Pero me prometí no dejarle las cosas tan fáciles y eso haría, así tuviese que usar todo el agua fría del planeta.
—¿Puedo dormir contigo o mi castigo también influye en eso?
Sonreí como tonta.
—Bueno, si Fofi estuviese aquí… quizás me la traería a ella conmigo y tú podrías dormir en su camita —dije con burla—. Pero, como no está, supongo que puedes compartir la cama conmigo. Eso sí, sólo dormir, Cullen.
—Mis manos están atadas, Swan —sonrió, dejándose caer a mi lado.
Abrimos las mantas y, rápidamente, nos acomodamos debajo de ellas. Instantáneamente, mi cabeza se apoyó en su pecho y sus brazos me rodearon con fuerza, estrechándome a su cuerpo sin que hubiese un ápice de lugar vacío entre ambos. Cerré mis ojos, disfrutando del momento. ¿Quién iba a decir que este día finalmente llegaría?
—¿Ni un beso de buenas noches? —preguntó, en la oscuridad.
Me reí y levanté un poco mi cabeza para mirarlo.
—Estás castigado, ¿lo olvidas?
—Cierto —bufó—. ¿En la mejilla?
—¿Me dejarás dormir después? —retruqué.
—Por supuesto.
Sabía que inventaría algo, pero elevé mi rostro para besar su mejilla de igual manera. O bueno, ese era el plan inicial, pero él corrió su rostro haciendo que nuestros labios se juntaran. Con una sonrisa sobre mi boca, colocó su mano en mi nuca para atraerme a él y, como era débil en los momentos de sorpresa, me entregué a ese beso con ganas. Su lengua invadió mi cavidad y la mía salió a batallar con la suya. Gemí sobre sus labios cuando la mano que descansaba en mi cintura bajó y él gimió cuando mi mano hizo un bollo con la tela de su remera.
Rápidamente, quedé encima de su cuerpo y comencé a besarlo con desesperación, queriendo demostrarle cuánto lo había extrañado. Él hacía lo mismo con las mismas ansias; me besaba como su vida dependiera de ello. Acarició mis piernas, mi rostro, mi trasero, todo con suavidad, dulzura, pero no por eso no había pasión entre los dos. Creí que podríamos estallar en cualquier momento.
Mi cuerpo reaccionaba a su toque sin dificultad. Todavía tenía grabado en mi piel nuestros viajes a Orlandolandia y, la verdad, sabía que no sería capaz de aguantar mucho tiempo más. Pero, ahora, debía parar. Tenía otros planes para ambos. Jadeante, necesitada y con ganas de seguir y apagar este fuego que se comenzó a encender, quité mi boca de la suya con un sonoro sonido. Él rio, mirándome con los ojos oscurecidos por el deseo, y volví a acomodarnos en nuestras posiciones iniciales.
—¿Y las manos atadas? —pregunté con gracia, intentando calmar mi respiración.
—Se desataron un momento —respondió con una amplia sonrisa.
Rodé los ojos.
—Nada cambia —dije intentando no reír—. Sigo enfadada.
—Entiendo, Voz de Pito —me guiñó el ojo—. ¿Dormimos?
Solté unas risitas y volví a acomodarme en sus brazos. Su aroma me rodeó y esa tranquilidad que sentía a su lado se hizo presente. Lo había extrañado, claro que lo había hecho. Cerré mis ojos, ya dispuesta a dormirme.
—Huh, ¿Bella?
—¿Uhm? —pregunté dormitando.
—No sabía que te gustaban las rosas —dijo, y podía imaginármelo con el ceño fruncido.
Una lamparita se prendió en mi cabeza.
—¿También me espiaste cuando sostenía la rosa el otro día?
«Ojitos celosito es completamente adorable».
—Cuando el Salmón te dio la rosa, querrás decir.
Sonreí.
—Si te sirve, la dependienta de la florería me la obsequió. —Dios, realmente había estado todo el tiempo ahí—. Y me gustan las rosas, pero no en un ramo.
Sé que suspiró de alivio y, de alguna manera, me gustaba que estuviese celoso y admitiera que me había estado espiando. Eso quería decir que no dejó de pensar en mí en ningún momento.
—¿Cómo pude estar tan ciego de no darme cuenta que estoy enamorándome de ti como un idiota?
Sonreí.
—Porque eres un poco idiota. —Besé su pecho, sintiéndome completamente feliz—. Ahora, ¿podemos dormir?
—Ajá —respondió, volviéndose a acomodar mejor en la cama, enredando sus piernas con las mías.
Nos quedamos en silencio, yo ya podía sentir como la inconsciencia me iba llevando de a poco.
—¿Bella?
—¿Uhm? —murmuré, a un solo paso de quedarme completamente dormida.
Sentí que besó mi frente y me abrazó con más fuerza.
—La cama ya no es grande —murmuró, ocultando su cabeza sobre mis cabellos—. Ahora te tengo a ti.
Con una estúpida sonrisa de enamorada en mi rostro, me dejé llevar al mundo de los sueños, pensando en esas palabras mágicas que tanto deseaba escuchar y por fin fueron pronunciadas.
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¡Holaa! :D, lamento otra vez la demora, pero últimamente los capítulos me están llevando más tiempo del pensado y, en consecuencia, me atraso con las publicaciones. Por esa razón, decidí mudar las actualizaciones para los fines de semana (puede ser sábado o domingo) así puedo estar al día con las actualizaciones :) Ahora bien, ¿vieron que Ojitos es lindo y admitió estar enamorado? Jajajajaja. Creo que Amanda todavía está buscando un cardiólogo que la reviva xDDD
Infinitas graaaacias por su apoyo y su paciencia, chicas. En serio, son maravillosas. Mi linda Isa, gracias por toda tu ayuda, como siempre te digo, no sé qué haría sin ti (L). Les recuerdo que tienen el grupo de Facebook a su entera disposición, los links pueden encontrarlos en mi perfil de FF.
Ahora sí, hasta el próximo fin de semana.
Muchos, muchos besos :*
Alie~
