XXV
Masticó despacio, apreciando un sabor diferente en el platillo a base de salchichas y vegetales fritos. No sabía bien qué era, no podía diferenciar las especias pero había algo nuevo y pudo darse cuenta. Estaba sentado en el tocón en el jardín del taller, tomando un descanso para comer. Usualmente salía a comprar un emparedado o un poco de pizza, sin embargo desde hacía días Aioria le preparaba comida en un trasto y lo obligaba a llevársela al taller.
Al principio había ignorado el gesto, despreciando la comida. Aquello lo había hecho sentir invadido y bastante infantil, pero Aioria sabía insistir en las cosas que le importaban, le decía que no podría trabajar apropiadamente si no comía bien, que era debido a tanto malpasarse que su arte era tan sufrido.
Incluso podía ser que tuviera razón, pues desde que se alimentaba mejor su arte estaba volviéndose más estético y agradable. Estaba trabajando en un ornamentado florero de cerámica, tallado a mano, tenía formas de huesos, que sabía que la gente no reconocería pero también tenía una cintilla de flores diminutas en la base y él nunca había puesto flores en ninguna de sus obras.
Suspiró, un tanto confuso consigo mismo, mas siguió comiendo. Al principio tantas atenciones le molestaban, pero luego se había sentido halagado y extrañamente poderoso y las había ido permitiendo. Tenía que tener cuidado si no quería terminar siendo un verdadero engreído.
Una mano larga y blanca le tomó el tenedor, lo clavó en una porción y la llevó hacia una boca pintada que sonreía con malicia.
–¡Vaya – exclamó con algo de sorna–, está realmente bueno!, tienes bien entrenado a ese gatito tuyo.
Gruñó, Afrodita nunca podía ser agradable, estaba tan tenso como los demás y buscaba desquitarse con todos. Ángelo no respondía a su enojo, él también estaba bastante furioso: la exposición había terminado siendo un fiasco, una grupo de competidores había hecho correr el rumor de que la cambiaban de día y la gente a la que habían citado se presentó antes, encontrándose con que nada estaba listo, por más que quisieron arreglar las cosas, para el día realmente concertado hubo muy poca asistencia y casi ningún trabajo se vendió. La mala publicidad los azotó y estaban pasando tiempos muy malos. Incluso corrían el riesgo de perder el taller.
Como el italiano no le respondió Afrodita no pudo seguir con la pulla, se sentó a su lado y le devolvió el tenedor con desgana, frustrado. Luego vio que sobre la tapa del trasto había una nota. La tomó y aunque la mano de Ángelo trató de arrebatársela fue rápido para ponerse de pie y leerla de un vistazo.
Sus labios se fruncieron, eran sólo dos líneas: un comentario picante y atrevido que llevaba la firma de Aioria.
–Lo dicho, Death, lo tienes bien entrenado… o ¿quizá es él quien te está adiestrando a ti? ¿Desde cuándo te gustan éstas cursilerías?, ¿tanto te puede una cara bonita?
El aludido soltó una carcajada irónica, aquellas críticas palabras eran un reflejo de su propio pensamiento, pero no iba a permitirle a su amigo pasarse de la raya.
– ¿Cara bonita? ¿Te crees tú que lo que tiene bonito es la cara? –volvió a reírse– Se ve que ya te olvidaste de las cosas que una persona puede hacerle a otra. ¿Quieres que te las recuerde?
Muy lentamente le dirigió una mano a la cara, Afrodita no tardó en apartársela de un manotazo y ponerse de pie:
–¡No me toques! – le chilló, y los que estaban aun dentro del taller, trabajando, levantaron la vista un tanto alarmados. Ángelo se puso de pie también.
–¡No me busques, Afrodita! No trates de hacerme perder el control que yo también sé muy bien cómo lastimarte.
Su voz estaba cargada de amenaza y aunque el otro abrió la boca fue a cerrarla enseguida. No quería llegar a ese punto, no con él, habían sido amigos desde hacía muchos años.
–No quiero que él venga al taller – se atrevió a exigir todavía.
–Hace mucho que no viene, ya lo sabes – la mirada del sueco se tornó un poco cínica y él sintió la necesidad de justificarlo –. Está trabajando, igual que nosotros.
Apretó los dientes y con una última mirada fiera regresó a su mesa de trabajo. Los demás bajaron la vista y volvieron a sus propias labores. Todo parecía irse calmando cuando la puerta se abrió de improviso y unos pasos resonaron en el pasillo. Ángelo elevó una plegaria silenciosa, que no fuera él… pero sí era. Aioria venía con una expresión de alegría que le puso todos los pelos de punta, tembló y en su mano resbaló el cincel, mutilando una de aquellas flores en la base. Sus compañeros jadearon, acababa de arruinar una pieza que le había llevado días.
Afrodita dio un paso, antes de que nadie dijera nada, Ángelo soltó sus herramientas, cogió al griego del brazo y lo sacó de allí a empellones sin siquiera quitarse el delantal de trabajo. Salieron a trompicones y corrieron así el resto de la calle, hasta la esquina donde se abría un callejoncito estrecho para los contenedores de basura, el mayor lo jaló hacia allí y sin siquiera haber terminado de darse la vuelta para enfrentarlo comenzó a gritarle:
–¿Qué diablos haces aquí? ¿Por qué vienes sin avisar? ¡¿No te das cuenta de lo que acabas de provocar?! ¡Rompí la maldita pieza! Arruiné un trabajó de cientos de horas, ¡por tu culpa!
Iba a continuar cuando un golpe en el costado lo hizo callarse. No había sido un golpe fuerte, sino a penas una palmada a mano abierta, Aioria le había pegado como se le pega a un niño demasiado irritable. Su cara permanecía tranquila aunque tenía la boca un poco torcida.
–¿Quieres ya parar? No tengo idea de qué estás hablando. Nunca antes te molestó que yo viniera al taller y sí te avisé, te dejé un mensaje en el celular. ¡Además si no quieres que la gente entre deberías cerrar la maldita puerta!
Respiró, había soltado todo de golpe y se le había acabado el aliento. El mayor seguía mudo, un tanto impresionado. Jamás había visto a Aioria reaccionar así, con esa calma y madurez. La asertividad del muchacho se le contagio y se obligó a calmarse, no estaba enojado con él precisamente, si no con Afrodita, con aquellos otros artistas y con el mundo en general, era la vida la que era un puto asco y la culpa no la tenía él.
Hubo un rato de silencio en el cual se miraron a los ojos, tratando de evaluarse mutuamente. Finalmente el menor suspiró y habló.
–Tengo un trabajo nuevo, venía a contártelo…
El otro frunció el seño, ¿uno nuevo?, ¿qué tenía de malo el viejo? Creía que Aioria estaba a gusto, que le iba bien, no veía porqué lo había cambiado, pero lo único que pudo decir fue:
– ¿Ah, sí?
–Sí, comienzo mañana, es de tiempo completo. Tendré que dejar la escuela un tiempo – su voz vaciló un momento, no le había contado que ya no iba para nada a su casa… no quería explicarle por qué no podía pagar la matrícula– pero es una gran oportunidad, es como ayudante de contabilidad, para una constructora importante. Son bastante estrictos, tienen todo tipo de reglas de conducta, imagina, pueden echarme por mirarle las piernas a una compañera, no es que me interese claro; también por meterme en rumores o por fumar dentro del edificio, una tontería; pero el sueldo es realmente bueno y el trabajo sé hacerlo, me irá bien.
Ángelo frunció el seño un poco, ¿una constructora? Eso eran ligas mayores y Aioria aún no terminaba la carrera… decidió no decir nada, el chico era ya bastante mayor para saber lo que hacía. Hubo otro rato de silencio.
–Sabes, el otro día vi… bueno no entiendo mucho de esas cosas, pero había un cartel en el trabajo, el antiguo, quiero decir… y era de un concurso de arte, o algo así, llamé y me dijeron…
–Basta –lo calló el italino de improvisto, al principio se había perdido entre los balbuceos de Aioria, pero al comprender de qué hablaba volvió a enojarse. Era un concurso de arte, sabía todo sobre él y lo último que necesitaba era que el griego quisiera decirle cómo hacer su trabajo.
–Pensé que tal vez… tú…
–He dicho que ya basta, Aioria –sacó la cajetilla de cigarros y se encendió uno, bastante molesto pero decidido a llevar las cosas con calma– yo nunca me meto con tus cosas, tú no vas a volver a meterte en las mías, ¿entiendes? Yo nunca te digo que hacer con la escuela o el trabajo. Y tú no vas a volver a venir el taller, ¿está claro?
La cara de Aioria se iba llenando de indignación, pero luego rodó los ojos y se dedicó a pensar. Ángelo nunca le preguntaba por sus cosas –no hacía falta porque él se las contaba de todas formas– jamás le hacía críticas ni le salía con "mejor hubieras hecho esto o aquello". Incluso cuando se había metido en problemas o hecho estupideces, el mayor no le daba una crítica ni un consejo, sólo le preguntaba "¿y qué vas a hacer?". Finalmente asintió con la cabeza.
– ¿Era muy mala la idea? – lo preguntó por curiosidad.
–Pésima. Esos concursos están arreglados de antemano, incluso los críticos. Lo único que conseguiría sería que robaran los derechos de las piezas inscritas o que me estafaran la inscripción.
El menor tuvo que morderse la lengua para no admitir que ya la había pagado. Rodó otra vez los ojos, sin saber bien qué decir.
–Vaya, qué cosa.
Soltó al final, sólo por evitar otro silencio. Ángelo se sintió más aplacado, tiró el cigarro al suelo, lo aplastó con la punta del pie y le pasó un brazo por los hombros.
–Vámonos ya, no quiero trabajar más hoy y si tú empiezas a trabajar mañana a tiempo completo, quiero aprovechar esta tarde.
Aioria se distendió, eso estaba bien. Al diablo los problemas, era imposible que no los tuvieran, pero esa tarde era suya y no iba a desperdiciar un instante.
