Final

¡¿Qué hice?!

Me dejé caer al suelo, aun con el rostro detrás de las manos. Había un hoyo en mi interior, que estaba quitándomelo todo y yo era la creadora de ese vacío.

Sólo podía pensar en Harry y sus lágrimas, en Harry y sus gritos, en Harry y sus palabras.

Harry abandonándome en la habitación.

¡¿Qué hice?!

¡¿Qué hice?!

¡¿Qué te hice, Harry?!

Quise gritar y lo hice. Sólo gritar con fuerzas, hasta que sentí que mi garganta ardía.

Me destapé la cara y me limpié el rostro. Tenía las manos sucias y debajo de las uñas la sangre ya se había secado de los dedos con los que me quité el cristal del brazo. Las lágrimas me cubrían por completo el rostro y aun así no paraba de llorar todavía, aunque el movimiento trémulo de mi cuerpo se había calmado, dejándome en un llanto quieto y silencioso.

Miré a mi alrededor, todo estaba roto, destrozado e irrecuperable. Era una ironía que así me sintiera en este momento, tan irreconocible como este salón, tan parecida a como cuando abandoné a Harry.

Estaba segura de que ninguna herida de mi exterior se comparaba a lo que sentía por dentro, ni siquiera los huesos me dolían ya; los golpes habían sanado, pero mi corazón seguía roto. Sentía como si algo me hubiera golpeado y cortado por dentro, como si estuviera desangrado lentamente. Era terrible, demasiado terrible. Y estar sentada en el suelo me recordaba al día en que me decidí irme de Inglaterra, después de despedir a Harry para se fuera a esa misión, prometiéndole que estaría esperándolo. Fui tan miserable en prometerle eso cuando sabía que me iría ese mismo día, pero era una simple mentira para poder escapar, para que él no sospechara nada, para no descubrirme, para irme con el orgullo intacto, con mi dignidad sin rasguño. Me sentía como aquel día, los sentimientos eran parecidos, pero a la inversa: en vez de odiarlo, me odiaba a mí; en vez de llorar por mí, de mi desgracia que era por culpa suya, lloraba por él, por su desgracia que era completamente mi culpa.

No sabía qué hacer, no sabía qué hacer ahora que él se había marchado, que ya no me estaba dando oportunidades para regresar, para perdonar, que me había quitado la posibilidad de enmendar mis errores.

No quiero ni puedo seguir luchando por ti, Pansy…

Esa fue su primera frase para despedirse de mí, la primera frase que me dolió de aquella noche.

Porqué él se cansó como dijo Ginevra, como advirtió Millicent; me amaba, eso era verdad, pero se cansó, y ya no quería ni podía seguir luchando, y el amor cansado era como estar profundamente dormido, sin escuchar, sin ver. Había sido tan tonta, tan estúpida, tan orgullosa, tan malvada, tan fría y muy idiota. Tuve que actuar antes, tuve que haber hecho las paces conmigo misma desde antes, tenía que haber quitado todas mis barreras y haber encendido de nuevo la vela. Haber despertado de nuevo mi amor por él. Pero no, tuve que abrir la boca y arruinarlo, tuve que pedir algo que ya ni estaba segura de querer ni desear, y lo peor, tuve que congelarme en el peor momento, pensando en lo mucho que cambiaría mi vida otra vez si cedía a los besos y a las caricias, paralizarme justo en ese momento por no poder comprender que eso era lo mejor, que Harry me estaba dando una última oportunidad, una valiosa oportunidad.

Y mi mente, mi mente siempre tan astuta, tan activa, tan metódica, tuvo que encenderse y recordarme todo lo que había hecho durante los dos últimos años, en el momento en que hui y las razones de porque lo hice, hacerme pensar en las consecuencias si lo aceptaba, en si volvía amarlo. Y mientras pensaba, no dejaba a mi cuerpo reaccionar, hasta que el de Harry lo hizo primero y cuando me percaté ya se estaba despidiendo de mí, renunciando a mí, como si yo no sintiera nada de nuevo. Y estaba mal, él estaba muy mal, no era como él creía, no es que no sintiera algo, pues yo estaba sintiendo demasiado, más de lo que esperaba, tanto que me abrumaba, pero quería pensarlo, analizarlo y aceptarlo, que me diera esa oportunidad y no que me acercara al borde y cuando empezara a empujarme apenas él me preguntara si realmente quería saltar.

Eso fue lo que hizo, me orilló a ello sin preguntar y cuando ya estaba dispuesta a aventarme, me jaló de ahí para decirme que ya no era necesario, que lo entendía.

¿Qué diablos entendiste, Harry?

Y fui un completa idiota al permitir que se marchara, no sabiendo muy bien lo que había sucedido en realidad. Todo fue tan abrupto, tan inesperado, tan jodidamente rápido y yo por primera vez me volví lenta.

Me asusté, estaba muy asustada. No de mala manera, sino abrumada por más sentimientos de lo que hubiera esperado, más de lo que podía manejar, más pensamientos de los que podía controlar.

Ni siquiera sabía porque había aceptado su propuesta en un principio, ese premio que pedía al iniciar el juego: una noche conmigo; y mucho menos sabía porque hablé de nuevo del divorcio, cuando ni siquiera estaba segura de quererlo ya. No, no lo quería, sólo quise ver hasta donde era real el juego, si estaba seguro de que quería hacerlo, después de todo, la apuesta fue idea de él.

Y luego, cuando me di cuenta de que podía ganarle y obtener algo que claramente no deseaba, saboteé mi propio juego, saboteé mis movimientos para que no me diera mi premio, pues lo vi muy dispuesto a ello y tuve miedo de su aceptación a dejarme, a dejarme sola, tuve tanto miedo de que se fuera.

Y aun así lo hizo…

Y entonces, al tener a mi reina blanca en mis manos, me di cuenta de que había ganado de algún modo, yo le había ganado, aunque él creyera lo contrario, pero no sabía cómo precisamente permitiría mi orgullo ceder a estar una noche con él. Subimos a la habitación, y quería ceder, entregarme, sin pensarlo como era antes, pero aun algo en la cabeza me gritaba que era demasiado, que era un enorme paso, que no podría retroceder de nuevo, que nuevamente mi corazón se encontraría en la línea de fuego, que estaría en sus manos y podría dañarlo otra vez.

Aun no se me iba el orgullo, el rencor, todo aquello que luchaba por vencer día a día a su lado. Había luchado durante largas semanas para que todo fuera mejor en nuestra vida. Había pensado tanto en aquella plática con Millicent, con sus palabras sinceras y directas, mis propios pensamientos que no me llevaban a ningún lado, y las palabras de dolor de Harry después hablándole a Annie, llegando a la conclusión de que no podía seguir viviendo así; no en este castigo que elegí para ambos, no sólo para él, pues como había dicho Millicent antes de partir, yo fui feliz a su lado y ahora claramente no lo era.

Lo amaba y lo quería conmigo otra vez, pero tenía miedo. En el amor te arriesga a herir y ser herido. Pero era irónico seguir pensando así, cuando ya habíamos hecho todo, ya me había destruido, ya lo destruí yo, ¿Qué era lo peor que podríamos hacernos ahora? ¿ser de nuevo felices?

Sonreí. Sí, eso era lo peor que podría pasar. Y quería hacerlo.

Me levanté del suelo y caminé hacia mi despacho. Necesitaba curarme y decidirme de una maldita vez lo que haría, Weasley tenía razón, ya no podía hacer sufrir a Harry, tenía que hacer algo, tenía que amarlo de nuevo o dejar de hacerlo definitivamente.

—Hazpin —llamé y el elfo apreció ante mí. Pude ver sus ojos preocupados, mirando las heridas de mi rostro y brazos— Hazpin, por favor, tráeme pociones para curarme y prepárame el baño.

Decidí mejor, girando para subir las escaleras a mi habitación en vez de ir a ver a Annie, mi hija estaba bien, con su niñera y yo tenía que estar presentable para no asustarla.

—Espera, Hazpin —llamé de nuevo y él apareció— ¿Podrán arreglar el salón? ¿o es necesario comprar cosas? —pregunté.

—Arreglare lo que se pueda, ama Parkinson, y luego le diré lo que no, ¿sí?

—Perfecto, Hazpin, ahora retírate —ordené y empecé a subir cada escalón procurando no quejarme tanto.

Me metí al baño y me limpié los golpes y las heridas, utilicé la varita para cerrar los cortes y luego me puse debajo del agua para limpiar la sangre. Mientras lo hacía, las heridas y moretones fueron desapareciendo y las pociones me hicieron sentir bien. Ya nada me dolía. Al salir y envolverme en una toalla, me di cuenta de que el único golpe que se me veía ligeramente verde era el de la quijada, era el que la pelirroja me había dado con el puño. Debía suponer que tiró romperme los huesos y por eso no se había borrado del todo. Y también el tobillo derecho lo sentía algo indispuesto.

Me vestí y bajé a mi despacho, para ver a Annie. La encontré dormida en su salón de juegos, acostada en el moisés cerca de la ventana, mientras Sophie recogía los juguetes punta de varita, colocándolos todos en el canasto.

—¡Merlín, señora, ¿está bien?! —preguntó bajando la varita y mirándome con preocupación.

—Lo estoy, gracias por preguntar. Iré a trabajar, Sophie, cuídala, por favor, y no vayas por ahora a la sala —pedí y la rubia asintió.

—Está bien, yo la cuido.

Cerré la puerta y me fui atrás de mi despacho, nada sorprendida porque Sophie preguntara. El golpe en mi quijada era notorio y la herida en mi sien era una fina línea sonrosada que se notaba de verdad. Me pasé una mano por la cara y el cabello, y presioné la frente en la madera del escritorio. No iba a poder trabajar, ya había perdido el tiempo discutiendo con Weasley y ahora sabía que no podría concentrarme.

Sin despegar la cara de la madera, saqué de un cajón el acta de divorcio que había dejado firmado cuando me fui a Nueva York. El documento estaba impecable, ninguna arruga o mancha lo empañaba y mi firma seguía brillando como tinta fresca. Negué con la cabeza. Ya no quería esto. No quería divorciarme y no sabía cómo tuve el valor para haberlo pensado y firmado antes. Era una infamia, como una sentencia de muerte.

Miré el espacio vacío a lado de mi nombre, donde Harry debería poner su firma, pero que no había hecho. Creí que cuando se fue, no tardaría en aparecer su nombre ahí, por eso había corrido hacia mi despacho la noche en que se fue, esperando que apareciera de una vez, pero la madrugada me encontró ahí, sin firma, sin nombre, sin ningún cambio y eso me dio esperanza, una efímera y negada esperanza de que él aparecería cuando el sol se puso en lo alto y me diría que me amaba demasiado como para hacerlo, que no podría abandonarme aunque ya no me amara, así como lo había jurado cuando llegó aquí, a reclamarme mi abandonó y conoció a Annie.

Pero no sucedió. Él no volvió. Y yo no merecía que lo hiciera.

No sabía cuánto tiempo me quedé en esa posición, mirando aquella acta sintiendo que pertenecía a otra época donde fue otra mujer que lo firmó, que abandonó a su esposo con cobardía, llena de dolor y rabia, con orgullo y dignidad mal utilizada. Esa mujer no era yo, fue una que amaba de manera confusa, llena de resentimiento y engaño. Sonreí. Ya no era ella. Ya no era aquella mujer.

Mi amor ya no estaba dormido.

Amaba a Harry Potter, joder, y ahora tenía que idear un plan para recuperarlo, para que me perdonara y me volviera a amar.

Solté el papel sobre el escritorio y levanté la cara de la madera, presionando la espalda al respaldo de la silla, desconcertada por lo que pasaba delante de mis ojos. El papel que había estado contemplando se estaba deshaciendo, quemando delante de mí, pero sin fuego, simplemente se estaba convirtiendo en cenizas negras, desde la esquina inferior izquierda, hasta la esquina superior derecha. Poco a poco, lentamente. Mi nombre fue el primero en deshacerse, hasta que todas las letras desaparecieron. Y no sabía que significaba eso.

—¡Hazpin! —llamé con urgencia y el elfo hizo una reverencia temerosa.

—¿Sí, ama? —preguntó, mientras mis ojos no se quitaban de las cenizas sobre mi escritorio.

—Dile a Sophie que se quedé con Annie hasta que yo vuelva, que, por favor, no se vaya, aunque ya sea su hora de salida, que le pagare las horas extras, debo salir —le ordené, poniéndome de pie y caminando a la chimenea.

—Como usted ordene, ama —contestó.

Tenía que averiguar qué rayos pasaba, porqué aquel papel se había vuelto cenizas así de repente. No es como si me entristeciera, frustrara o enojara, una parte de mí se sentía tranquila de que ya no existiera aquella desgracia, que Harry no hubiera puesto la firma en él, pero quería saber las razones por el repentino cambio.

No quería ya más sorpresas en mi vida por el momento.

Harry me había dicho que se quedaría en la mansión Black, no tenía ni idea de porque ahí, la mansión seguía tan tétrica y deplorable como Harry me contó que estaba cuando lo tomaron de cuartel, y ya había comprobado con mis propios ojos la decadencia del sitio. Tenía curiosidad de porque se quedaba ahí y no en nuestra casa.

Tomé los polvos y dije el destino en voz alta.

Salté rápidamente al momento de llegar, sintiendo mi pie resentirse más ante ese movimiento, pero el polvo de la chimenea era demasiado para mí, así que no pude evitarlo, sacudiendo con las manos la falda de mi vestido y los brazos que empecé a sentir empolvados. Caminé hacia la sala y me encontré con los muebles destartalados y viejos, todo con una gruesa capa de polvo y oscuridad. Hice una mueca y abrí las cortinas, para al menos no tropezar con lo hubiera tirado, pero al sentir el polvo entrar a mi cuerpo, me di cuenta de que había sido una mala idea, pues fueron inevitables los estornudos.

Me tapé la nariz y sentí mis ojos llenarse de lágrimas. Definitivamente, este lugar necesitaba una limpieza a profundidad y al mirarlo ya con luz, igual empezaría a considerar una remodelación.

—¿Quién llegó? —la voz de Harry sonó por todo el lugar y eso me hizo saltar en mi sitio.

No contesté y me quedé limpiándome las lágrimas que el polvo había provocado.

Él llegó hasta donde estaba, deteniéndose abruptamente al verme en la entrada del salón que conectaba con un pasillo que daba hacia la cocina. Tragué saliva con disimulo al verlo, sintiendo los nervios cubrirme cada parte del cuerpo: Harry seguía gustándome demasiado. Venía vestido con una camisa sencilla sin mangas, mostrando sus brazos de músculos pálidos y definidos, y unos pantalones desgastados, y descalzo. Me retorcí las manos, quedándome de repente sin saber que decir o que hacer.

Como empezar…

Tuve en claro lo que quería saber, vine por un gran motivo que ahora no parecía tan importante o urgente como en la mansión. Aquella razón era simple y concreta, libre de razones escondidas o una intención diferente: vine simplemente para preguntar lo que había pasado con aquel papel que empezaba a odiar con toda mi alma, pero ahora parecía que en mi mente había más de una razón. Averiguar lo de aquel papel sólo era una excusa débil y tonta para estar aquí.

Apenas era una pequeñita parte del coraje que de verdad necesitaba, pero había servido para empujarme a venir.

Algo dentro de mí al verlo se encendió.

Algo dentro de mí se despertó.

Sabía que estaba aquí por él, por Harry, para que él pudiera perdonarme, si es que considerara que me lo merecía; quería pedirle que no se divorciara de mí, pedirle que me amara, que volviera conmigo si es que aún había algo de nosotros para salvar; estaba aquí para decirle lo arrepentida que estaba, lo asustada que me sentía, que me sentí, el miedo que tuve y que tengo aun, porque yo no era más que esto, una mujer asustada del dolor, de lo que puede llegar a sentir otra vez, de la posibilidad de un corazón roto de nuevo. Había estado tan dolida después de aquel beso entre ella y él, sola en Nueva York, enterarme que estaba embarazada, necesitándolo a mi lado y más cuando Annie nació, pero que no tuve el valor para llamarlo; y tenía miedo de eso, mucho miedo. Había continuado dolida en los meses que volvimos a vivir juntos, no creyendo para nada en sus sentimientos, en su real amor.

Lo devastada que me sentí cuando se marchó hace tres días.

Lo que sentía ahora mismo parada delante de él.

—¿Pansy? ¿Qué haces aquí? —preguntó con asombró, suavizando la voz.

—Yo… yo… Potter —balbuceé nada propio de mí.

Me quedé de nuevo callada, no sabiendo por donde comenzar. Quería decirle tantas cosas, pero quería hacerlo de manera clara, que no hubiera ya malentendidos, que me entendiera, que me perdonara...

—¿Qué haces aquí? —preguntó de nuevo.

—Yo, venía a ver porque no has ido a ver Lily, ella te extraña —fue lo primero que se me ocurrió decir, aunque no era mentira.

Pude ver sus ojos apagarse más, como si antes hubiera brillado una ilusión que no sabía que estaba encendida pero que apagué con mis palabras.

—Bueno, pensaba ir por ella el sábado, para llevarla a casa de Ron y Hermione, pues este sitio no es ideal para ella, hasta que pueda remodelarlo, y cuando lo haga podrá quedarse a dormir conmigo.

—Claro, es una gran idea —dije mirando a mi alrededor— ¿Pero por qué no te quedas en nuestra casa? —cuestioné.

—Porque duele mucho.

Tragué saliva ante eso y bajé la mirada, no creyendo hasta qué punto había llegado mi crueldad, las consecuencias de mis actos y de mi personalidad tan inflexible. Él estaba tan destruido por mi culpa.

Quise llorar.

—¿Sólo por eso viniste? —escuché su pregunta y levanté la cara, clavando los ojos en los de él, que viera más allá de mí como siempre lo había hecho.

Negué lentamente con la cabeza, dudando, llena de miedo.

Él se acercó más, caminando con lentitud, sorteando los muebles y mesitas del salón. Tenía los ojos verdes preocupados y ansiosos, aun sorprendido por mi presencia.

Di un paso hacia atrás cuando lo vi demasiado cerca, abrumada una vez más por mis emociones, y choqué con el borde de la ventana y la cortina llena de polvo.

—¡Merlín, Pansy, ¿Qué te pasó?! —preguntó abriendo los ojos más grandes, de seguro viendo el moretón verdoso de mi rostro y el corte en mi sien— No me digas que atacaron la mansión, ¿Quiénes fueron? ¿Estás bien? ¿Lily está bien? Me hubieras avisado. Joder, tengo que avisar al cuartel…

—No. No. Basta. No atacaron la mansión y Lily está bien —traté de tranquilizarlo, pues parecía a punto de sufrir un colapso, teniendo los hombros tensionados y moviendo las manos con desesperación.

—¿Entonces porque estás golpeada? —preguntó después de respirar profundamente varias veces— Dime que el maldito de Brennan no se apareció de nuevo por ahí y luchaste otra vez contra él.

—Sí lo hiciera, yo hubiera ganado, Potter —dije cruzándome de brazos, algo mosqueada por escuchar de nuevo ese nombre— Y no, no se apareció por la mansión.

—Dime entonces quien te hizo ese moretón.

—Ya no importa —aseguré negando con la cabeza y respirando profundamente para decir la razón por la que vine, la que propicio mi salida apresurada de la mansión— Lo que quiero saber es porque el documento de divorcio se hizo cenizas en mi escritorio.

Él se quedó quieto, mirándome con tristeza y nuevamente nervioso. Me descrucé de brazos y me acerqué un paso a él, acortando la distancia, donde podía sentir su respiración y su magia más fuerte. Era evidente lo que pensaba, lo demostraba con una simple mirada, era claro lo que sentía. Pensaba que yo venía a eso, a reclamar su falta de firma en aquel papel y la destrucción de éste.

—Harry, sólo quiero saber que pasó —aseguré.

—¿Harry? ¿Por qué me llamas Harry? —preguntó confuso.

—Te estás desviando.

—Estás evadiendo.

—Sólo contéstame.

—No iba a firmar ese papel donde dejabas en claro que no querías nada de mí —habló en voz baja y mirando hacia otro lado, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón como si pretendiera ocultarse más de mí— Aunque hubiera aceptado el divorcio cuando te fuiste, jamás lo hubiera firmado así. Eres… eras mi esposa y mereces lo que quiera darte, y más ahora. Ese papel ya no era válido, a como pensé y dijo Hermione, no puedo no darte nada cuando tienes a mi hija contigo. Dividiré mi patrimonio para que a Lily nunca le falte nada, aunque sé que tú le puedes dar todo, pero soy su padre, tengo ese derecho y quiero hacerlo.

Quise sonreír, quedándome solamente con la parte donde decía que después de todo lo que he hecho, yo merecía lo que él quisiera darme.

Sólo quiero una oportunidad...

—¿Lo destruiste? —pregunté sólo por confirmar.

—Si, lo quemé, pero ya tengo el otro aquí, pensaba llevártelo cuando fuera por Lily, para que lo leyeras y firmaras si estabas de acuerdo o si habrá que hacerle algún cambio…

Algo se rompió dentro de mí al escuchar de un nuevo papel, de un nuevo divorcio. Pensé que era otra oportunidad para mí, que me estaba dando la última oportunidad que no merecía pero que él quería ofrecerme.

Negué con la cabeza, él ya no debería darme más oportunidades, yo debía ganármelas.

—No. No voy a firmar ese papel.

—¿Qué? Ni siquiera lo has leído, Pansy, sólo porque lo hizo Hermione no puedes decir que está mal…

—No es por eso. Yo no lo voy a firmar, no voy a firmar el divorcio —dije con fuerza, desviando la mirada.

Él se quedó en silencio, mirándome con extrañeza y quizá aguantando la respiración. Me obligué a mirarlo de nuevo a los ojos. Necesitaba hacerlo, necesitaba tomar fuerza y coraje para hacerlo, para decirle lo que sentía, lo que quería, hacer lo mismo que él había hecho desde que llegó a la mansión a exigir una explicación, necesitaba decirle claramente lo que deseaba ahora y si él quería aceptarlo. Quería tener ese valor de león que poseía, esa confianza y esa seguridad para dejar en claro lo que quiere o no quiere.

Necesito ser valiente…

—¿Por qué? —dijo con voz débil.

—No quie… no puedo…

Lo escuché suspirar y pasarse una mano por el cabello y luego por la cara. Me volví a cruzar de brazos, pero no para evadirme, sino para abrazarme a mí misma, pues me sentía tan vulnerable es esta posición, con él tan distante y seguro del divorcio. Bajé la cara, no sabiendo que decir o que hacer. Sentía que ahora él era quien me ponía aquellas barreras que yo quise mantener arriba cada vez que él intentaba hablar conmigo.

Y sabía que lo estaba arruinando otra vez, pero no sabía ya que hacer, que intentar. Era tan ignorante, tan inexperta en esto del amor. Sólo he amado una vez en mi vida y lo arruiné hace dos años, ahora estaba delante del mismo hombre y volvía a hacerlo.

Respiré profundamente y suspiré, tratando de buscar de alguna manera las palabras correctas.

—¿Entonces qué es lo que quieres de mí, Pansy? —preguntó dolido, mirándome con los ojos brillante y aguados, dando un paso hacia atrás, alejándose de mí. Eso me dolió— Eso fue lo que pediste en la maldita apuesta, de nuevo el divorcio y compartir la custodia de Lily, ahora que te lo estoy dando dices que no vas a firmar. Dime entonces que quieres, porque de verdad ya no sé qué hacer…

—Una oportunidad —musité, interrumpiéndolo.

—¿Qué? ¿Qué dijiste? ¿oportunidad de qué?

Respiré profundamente. Era ahora, tenía que hacerlo ahora, ya no podía perder más tiempo, hacerle perder más tiempo, no podía permitir que su amor se fuera para siempre de mí, que el miedo me ganara una vez más y me lo arrebatara todo.

—Una oportunidad, que me des una oportunidad para enmendar…

Empezó a negar con la cabeza, bajando el rostro para evitar verme.

—No puedo seguir sufriendo, Pansy, tú me dueles demasiado, y no quiero continuar dañándote y dañándome, obligándote a estar con alguien que no amas ya…

Saqué mi varita rápidamente y con angustia miré como daba otro paso atrás. Lo había amenazado tantas veces que no era una sorpresa que saltara, pero si me dolió. Todo me dolía, pero era consciente que me lo merecía.

—Expecto Patronum —grité.

Una fuente de luz de color azul pálido salió de mi varita y el león tomó su forma al lado de mí. Harry abrió los ojos enormemente, mirando con extrañeza lo que había hecho y mirándome confundido por lo mismo.

—¿Qué…?

No terminó de hablar, porque el león caminó hasta colocarse delante de él, mirándolo con el rostro ladeado. Quise reír y llorar ante eso, pues era como una representación de mí misma, pareciendo tan suplicante y vulnerable, como si esperara una caricia o gesto de ese hombre, cuyo pensamiento y recuerdo le daba forma, le daba vida. Me daba vida.

Era mi espíritu intentando recuperarlo.

Suspiré sintiendo mis lágrimas casi saliendo de mis ojos y apreté los ojos más fuertes para no permitirlo, pero aguantar el llanto hacía que me doliera la garganta ya, de una manera como nunca sentí antes.

—¿Te acuerdas de él? —logré hablar medianamente bien y él apartó la mirada del animal para mirarme a mí— Tú me enseñaste a realizarlo, tú te empeñaste a que supiera como hacerlo. Yo no tenía ningún recuerdo bueno que me llevara a realizarlo, pero cuando empecé a practicar y tú me pedías que pensara en algo que me hiciera muy feliz, pensaba en ti, siempre en ti…

—No ha cambiado…

—Porque sigues siendo tú, Harry.

—No entiendo.

Mi patronus se acercó a él y pareció acariciarle la mano con el rostro, antes de desaparecer, como si le estuviera pidiendo perdón. O quizá abogando también por mí. No lo sabía.

Lo que si sabía era que no lo aguantaba más.

—¡Me equivoqué, Harry, me equivoqué! —grité desesperada, sintiendo mis propias lágrimas caer ya, siendo imposible detenerlas al igual que mis palabras— Me equivoqué como siempre lo he hecho a lo largo de toda mi maldita vida. Lily te extraña, pero no es la única, yo también lo hago desde que me fui a Nueva York y firmé ese papel que destruiste. Te odiaba, Harry, pero me dolías y te amaba al mismo tiempo. Y tuve tanto miedo, cuando sentí que no me amabas, cuando te dejé, cuando me enteré de mi embarazo, cuando nació ella, cuando la cuidé a solas —mi voz temblaba y estaba segura de que en cualquier momento dejaría de respirar.

Él me quedó viendo casi sin expresión, pero si llenándose de incertidumbre mientras más hablaba.

—Pansy, ¿Por qué…?

—Déjame continuar, porque no tendré otra oportunidad para ser tan valiente —pedí, levantando una mano y él guardó silencio de nuevo.

Respiré profundamente y me tomé la frente, intentando poner en orden mis ideas, aunque estaba segura de que todo saldría de cualquier forma, así que sólo continué con lo que sentía, queriendo creer que esa era la mejor manera, todo espontáneo, todo sincero, todo honesto. Tenía que sacarlo todo ya, o sino moriría de asfixia.

—¿Sabes? Tuve tanto miedo cuando te volví a ver, porque sabía que podía salir herida de nuevo, porque siempre te he amado y estaba tan asustada de ello, de sufrir otra vez, que me rompieras el corazón nuevamente —sollocé y él dio un paso hacia mí, todavía vacilante y yo me merecía su duda, después de todo era de esperarse que lo hiciera— Pero ahora tengo más miedo, Harry, miedo a que me dejes de querer, de amar, porque yo soy nada sin tu amor, sin ti, sin esto —nos señalé a ambos con las manos, dando un paso más hacia él— Tengo tanto miedo de esto, Harry, de ti, mi amor, de mí, de lo que pueda suceder, pero quiero estar contigo, porque te amo, te amo y lo haré para siempre. Y sé que existe la enorme posibilidad que no puedas perdonarme ahora, después de todo lo que te hecho, créeme, cariño, yo tampoco lo haría, porque sé que no mereces a alguien como yo, tan cruel, tan vengativa, tan horrible persona; no te merezco, Harry, y lo lamento tanto…

Un sollozó más fuerte de mis labios me interrumpió, al mismo tiempo que unos labios se pegaban a mi boca. No pude moverme nuevamente, pero sí empecé a mover mis labios y solté lentamente mis brazos. Estaba estática, era otro movimiento, como de aquella noche, que no me esperaba de él. Un beso era lo que menos esperaba en realidad.

—¿Qué…?

—Aun te amo, pero no puedo continuar viviendo sí me odias…

—Es que no te odio, sí, lo hice, cuando te descubrí con ella, pero el resto del tiempo continué amándote y queriéndote a mi lado, aunque no lo pareciera y dijera lo contrario. Te he hecho tanto daño, Harry, y no merezco que me perdones…

—Yo lo inicié, Pansy, yo te dañé primero y te conozco, sabía que algo así jamás me perdonarías, pero me equivoqué, nunca debí haber besado a Ginevra, nunca lo hubiera hecho, pero algo sucedió, el pasado, aquel pasado que no terminaba por cerrarse, pero que ahora está más que sellado, y me arrepiento de haberlo hecho, me arrepentí en el mismo segundo y me odié con fuerzas, porque tú eres la mujer de mi vida, mi todo, eres mi alma. Pero me equivoqué, Pansy, de verdad…

—Ya no digas nada. Lo sé. Sé que lo hiciste y fui tan miserable para no poder perdonártelo —dije, acercándome más y colocando una mano en su pecho.

Su corazón latía enloquecido bajo mis dedos y me detuve mirando el lugar donde mi mano estaba posada, como si quisiera ver aquel musculo en movimiento, presintiendo que latía al mismo ritmo que el mío.

—¿Podrás perdo…?

—No, no lo digas. No lo merezco —negué con la cabeza, y dejé caer más lágrimas, pues Harry se las merecía— Soy yo, cariño, quien debe pedirte que la perdones, que me des otra oportunidad —dije de manera afligida, subiendo mi mano a su mejilla, haciendo que me mirara a los ojos.

Él tomó mi mano y me besó en el interior de la muñeca, empezando a llorar, mirándome siempre a los ojos.

—Siempre he sido tuyo, podías tomar todo lo que quisieras de mí, pero no entiendo porque tardaste tanto.

—Porque tenía miedo de que, si te perdonaba y volvía a amarte, tú me dañaras de nuevo, a un segundo golpe no sobreviviría.

—Juré no dañarte de nuevo…

—Lo sé. Pero no te creía, soy demasiado débil para eso. Y estamos hablando de ti, mi amor, a ti no me sobrepondría de nuevo.

Sentí sus brazos rodeándome de nuevo, enterrando su nariz en mi cuello y dejando un casto beso sobre la piel de mi hombro, apretándome con fuerzas a su pecho, como si quisiera que me quedara para siempre ahí y eso me hizo llorar más, que casi no podía pararlo. No me merecía que me perdonara y sabía que todavía habría un enorme camino para que pudiéramos estar bien, pero estaba dispuesta a dar todos los pasos necesarios para ello, porque Harry valía la pena, Harry lo merecía, Harry merecía hasta el riesgo de mi corazón roto otra vez…

Pero estaba segura de que no lo volvería hacer.

—Te amo, Pansy —dijo y se separó de mí— Pero quiero que estés segura de lo que estás pidiendo, pues no quiero que hoy digas que me amas y mañana vuelvas a repudiarme.

—No sucederá —juré mirándolo a los ojos y tomando su rostro entre mis manos— Te amo, y sé que habrá más problemas hasta que logremos estar completamente bien, pero te he perdonado aquello, así como quiero que tú me perdones a mí. No habrá más reproches, luchare por esto, por ti, por Annie, por mí, porque tú eres mi felicidad, Harry, al igual que tu ausencia en mi sufrimiento, tu aparente falta de amor mi condena…

—Nunca he dejado de amarte.

—¿Aun cuando no lo mereciera? —pregunté con voz suave acariciando su mejilla.

Él negó y me besó la frente, afirmando más sus brazos alrededor de mi cintura.

—¿Recuerdas cuando peleábamos antes, cuando me gritabas porque seguía a tu lado a pesar de todo ello, y yo contestaba que...?

—Que me amabas demasiado como para dejarme —dije con una pequeña sonrisa, recordando aquellas palabras que sólo me hacían aventarme a sus brazos— Pero esto era diferente.

—Lo sé, pero el sentimiento sigue siendo el mismo.

Negué con la cabeza y lo volví a besar. Necesitaba besarlo por todo el tiempo que estuve fuera, por todo el tiempo que me negué en la mansión. Necesitaba besarlo porque todo de mí gritaba para que lo hiciera, para sentirlo como lo que era, porque él era mío, porque él decidió que así fuera.

Me pegué lo más que podía a su cuerpo, disfrutando del calor de aquel pecho abrasando el mío, aquellos brazos apretándome, y permití que mi magia corriera libre, donde fue recibida por una tibia magia igual de contenta. Sonreí conmovida en medio del beso y más lágrimas cayeron, lágrimas que Harry procuró limpiar con sus labios, besándome todo el rostro, hasta terminar de nuevo en mi boca.

Me abracé a su cuello, colgando prácticamente de él, poniéndome de puntita, mientras mis manos se enredaban en su cabello y él me levantaba ligeramente por la cintura. Me apartaba de su boca cuando sentía la necesidad de respirar, pero inmediatamente volvía a mi labor de recorrer su boca hasta aprendérmela de nuevo, aunque no la haya olvidado jamás; tenía una sed enorme de besarlo, un apetito feroz de continuar para siempre así. Sentía un cosquilleó delicioso en mis manos y pies, una excitación elevándose a segundos. Y al parecer él sentía lo mismo, pues parecía no poder detenerse, sintiendo sus dientes morder mis labios, su lengua recorriendo mis dientes, tocando mi lengua y acariciando mi paladar, cosa que me hacía estremecer, provocando ruidos que él detenía.

—Promete que no me dejaras de nuevo, júramelo, Pansy —pidió con la voz baja y ronca, cuando se paró para tomar aire— Una segunda vez no lo soportare.

—Sólo cuando muera lo haré —contesté en el mismo tono, recorriendo su mejilla con mis labios, quitando aquellas lágrimas olvidadas.

—No. Ni así. Te seguiré. Si tú te mueres, yo me mato —juró y me volvió a besar con desesperación.

Sus manos me tomaron más firmemente de la cintura, levantándome con la clara intención de que enredara mis piernas en su cadera, cosa que no me negué a hacer. Lo abracé con cada una de mis extremidades, mientras mis manos recorrían la piel de su cuello y enredaba los dedos en los mechones negros, bajando mi boca a su cuello, acariciándolo con la lengua y dientes, marcando aquella piel que seguía siendo mi delirio, con la que soñé todas las noches desde hace dos años.

Sentí sus manos acariciando mis muslos, mi caderas y cintura por debajo de la tela, haciendo que mi espalda se arquera para pegar más mi pecho hacia al de él. Lo sentí caminar hacia algún lugar que no me interesaba saber. Sólo quería estar con él, pero más cerca, con más contacto, que nada estorbara, quería acariciarlo con cada parte de mi cuerpo, sentir más de él, todo de él, todo lo que nuestros cuerpos tenían para ofrecer.

Podía jurar que casi estaba a punto de llorar por lo que estaba por suceder.

Lo sentí recostarme en la cama, mirándome a los ojos y haciendo la silenciosa pregunta si esto era lo que deseaba. Sonreí y suavemente lo tomé por el cuello para volver a besarlo, queriendo demostrarle de esa manera que no había nada de qué dudar, que esto era mi sueño, que daría toda mi fortuna por estar en sus brazos, que era demasiado feliz porque me permitiera estarlo. Que no sabía que cosa buena había hecho en mi maldita vida para merecerlo, para que me amara de esta manera, pero que trataría de luchar día a día para ser digna de ello.

Murmuré su nombre cuando su mano nuevamente se coló debajo de mi ropa, acariciando mis piernas y mi cadera, haciendo un cadencioso movimiento para tocar mi vientre, pasando con suavidad sus dedos en mi entrepierna. Mi cabeza chocó con el colchó de manera pesada, sin poner contener los sonidos de mi boca, extasiada a más no poder. Sentía mi vientre cosquillar y mi sangre calentarse como nunca, y sabía que era por él, no por el acto en sí, sino que fuera Harry quien me tocara. La boca de Harry descendió a mi cuello, donde sentí cada parte de ella, arañando, mordiendo o chupando.

Mis manos se fueron a su espalda y jalé su camisa, para poder quitarla del camino. Harry se separó sólo unos cuantos centímetros y segundos para que pudiera sacársela, y cuando lo hice, su sonrisa se ensanchó más, mostrándome aquella sonrisa que había extrañado, esa que prometía placer y amor, más amor que nunca, y me miraba con adoración, como si yo fuera lo mejor de su vida, como si fuera la mujer perfecta, como si yo fuera la magia misma, y así me sentí. Era increíble esa mirada y esa sonrisa, por ella iría al infierno cien veces sólo para verlo de esta manera.

—Te amo tanto —murmuró, dejándose caer por completo sobre mí.

Sonreí y volví a enredar mis piernas en su cadera y mis brazos en su cuello.

—No más que yo, te lo juro.

—Lo dudo, yo fui quien casi se vuelve loco —aseguró, acariciándome la mejilla. Bajé los parpados por esas palabras, lamentando todo lo que había hecho— Pansy, de verdad iba a volverme loco, sin ti, sin mi hogar, sin mi familia, sin mi brújula. Vivo por y para ti.

—Ahora viviremos para ambos y para Lily —dije con suavidad.

—Es una promesa.

Asentí y lo hice girar, para quedar sobre él, con las piernas a cada lado de su cuerpo, que él no desaprovechó para empezar a tocar. Harry sonrió más grande y me permitió hacerme con su cuerpo, donde mis dedos vagaban por su pecho y vientre, donde mi boca hacía el mismo recorrido que mis dedos, depositando besos húmedos y tibios, y mi lengua fue cubriéndolo de caricias. Él jadeaba y su respiración se aceleraba, haciendo que su pecho se moviera con ferocidad y su corazón brincara contra sus costillas con emoción. Cuando llegué al borde de su pantalón, subí de nuevo, guardándome la sonrisa de satisfacción que surgió en mi cara cuando él gruñó desilusionado sólo un momento, pues me jaló para que quedara acostada sobre su pecho.

Volví a su boca, mientras sus manos viajaban a la parte de atrás de mi vestido, bajando el cierre y metiendo los dedos con premura. Gemí en su boca y me dejé caer por completo, escondiendo mi cara en su cuello, apenas rozándolo con los labios, mientras sentía sus caricias suaves y ardientes en mi piel tan sensible después de tanto tiempo sin estar con él.

La respiración de ambos se fue tranquilizando, como si aplacáramos un poco a la bestia de nuestro interior con aquel movimiento, pero al mismo tiempo eleváramos el fuego. Lo sentí llegar a mis costados, bajando hasta mi cintura y cadera, y subiendo de nuevo para tocar el borde de mi ropa interior.

Se fue levantado poco a poco, manteniéndome pegada a su pecho, para que no me moviera de donde estaba enterrada prácticamente en su cuello. Me sentó con suavidad en su regazo, donde me removí un poco para sentir aquella parte de él, y Harry gruñó quedamente, mientras me apretaba ligeramente la piel con los dedos. Sonreí, sabiendo que estaba tan deseoso como yo.

Sus dedos se movieron diestros para desprender el broche de aquella prenda, sintiendo como los tirantes de aflojaban y mis senos se sentían libres y más sensibles de lo que hubiera imaginado. Él siguió tocándome, desde la cadera hasta el cuello, haciendo un camino recto en la línea de mi columna, y yo simplemente me removí un poco más, mientras mis labios volvían al interesante movimiento de saborear la piel de su cuello.

Subí poco a poco mis caricias, hasta que llegué a su boca, la cual fue consumida nuevamente por las enormes ganas que tenía. Él no se hizo de rogar y empezando a participar con más entusiasmo, mientras sus manos viajaban a mis hombros, arrastrando la tela para quitarla de mi cuerpo, movimiento que se detuvo porque yo estaba muy pegada a su pecho y no había más espacio para quitarla por completo.

Me alejé de él y lo miré a los ojos, sacando lo brazos del vestido, pero sosteniendo contra mi pecho aquella tela de color azul, al igual que no permití que mis senos quedaran descubiertos. Bajé la mirada a ambas prendas y la apreté entre mis manos.

Nunca había sido acomplejada por mi cuerpo, ni mucho menos tímida, antes disfrutaba ver a los hombres perder el control por él, y más a Harry, me sentía infinitamente más poderosa cuando empezó a ser él quien perdía el control por mí. Nunca sentí vergüenza al momento de desnudarme, sintiéndome orgullosa de cada parte, de mi cintura pequeña, de mis pechos de buen tamaño, de mis caderas proporcionadas y de mis piernas firmes. Había sido deseada con ropa y más aún al quitármela. Harry no había sido la excepción, admirador de mi cuerpo y adorador de cada parte, recorriéndolo como si fuera lo mejor del mundo.

Pero debía admitir que mi cuerpo ya no era el que él recordaba y eso me detenía, no quería ver sus ojos al verlo, al ver que mis pechos habían crecido y ya no se mantenían tan arriba como siempre, aunque desde hace un mes había dejado de amamantar, que en mi vientre estaba la evidencia de que no pude dar a luz de manera natural a Annie, sino que tuvieron que abrirme, dejando una sonrosada línea horizontal de extremo a extremo, y que mis caderas mostraban aquellas estrías parecidas como si un gato me hubiera arañado varias veces.

No era lo que me gustaría que él viera ahora que volvíamos a estar juntos.

Sus manos se movieron lentamente e intento quietar las mías del agarre firme que ejercía sobre la tela. Arrugué la frente mirándolo y él me imitó sin comprender.

—¿Qué pasa?

—Mi cuerpo ya no es el de antes —murmuré en voz muy bajita, casi creyendo que él no me escucharía.

—¿Y eso te preocupa?

—¿Y si no te gusta? —pregunté, mirándolo con seriedad.

Él sonrió con dulzura, negando con la cabeza, acariciando mi mejilla izquierda.

—Amor, me bebí tu imagen cuando te volví a ver, te detallé con devoción, con curiosidad y con un deleite sin igual, vi todos los cambios del cuerpo que ya me sabía de memoria, cambios que encontré por demás encantadores, y no sabía a qué se debía hasta que me presentaste a Annie. Te seguí observando y deseando mientras vivimos juntos, encontrándote más deliciosa que nunca, más perfecta que antes, y eso que antes había pensado que era imposible desearte más, pues lo hice al doble, ¿te imaginas? Te vi como a una diosa descendida del mismo cielo o ascendida del infierno —dijo con una sonrisa y yo lo golpeé por lo último— No me importa de qué lado vengas, Pansy, te amaré siempre igual, aunque me digas que vienes del inframundo y que de ahí eres la reina.

Yo sonreí y lo besé con suavidad en los labios, apenas un toque, antes de volver a alejarme, suspirar y continuar hablando.

—Mi vientre no es lo mismo, mis pechos ya no son iguales y subí varios kilos…

—Y estás tan hermosa, tan apretada en estos vestidos que parecen tu segunda piel, mostrando algo que yo disfruto como no te haces una idea, pero es más de lo que me gustaría que otros vieran… —dijo y luego me giró hacia la cama, haciendo que lanzara un gritito por el inesperado movimiento— y por si no lo has notado, te deseo igual que siempre —aseguró en mi cuello, mientras se presionaba contra mí, haciéndome jadear por aquello que se apretaba en sus pantalones. Él gruñó con fuerza y volvió a moverse con suavidad en un lento vaivén, subiendo su boca a mi oído, donde empezó a hablar a murmullos de nuevo, humedeciendo el lóbulo de mi oreja— Ahora parece que tengo más piel que besar, más espacio para recorrer con mis manos y boca, más detalles que admirar y memorizar, aprender más cosas de ti, agregar más cosas a la lista de mis deseos que eres solamente tú y los destalles de tu cuerpo.

Sonreí débilmente, mientras soltaba mis manos de la tela y volví a levantarlas para sumergir mis dedos en su cabello. Él sonrió igual, besando de nuevo mi cuello, para ir bajando poco a poco hacia mis pechos. Sentí su lengua tocarme, sus dientes presionarse en mi piel y sus manos envolverme un seno, como si estuviera calculando y admirando el cambio.

El complejo se fue cuando sentí que él no se detenía o titubeaba, sino que empezaba a devorarme con más fuerza quizá, más que antaño. Gemí en voz alta, disfrutando de aquellas caricias, donde mi sensible piel parecía arder y mis pezones se endurecían, jalando su cabello en clara muestra de placer para que por nada en el mundo se detuviera. Mi espalda se arqueó y mis pulmones rápidamente se quedaron si oxigeno que procesar, pues mi pecho se empezó a mover con agitación. Sentí la humedad entre mis piernas, bajando de manera caliente, haciéndome alucinar y lancé un grito más fuerte cuando fue demasiado para mí.

Harry nunca lo había logrado, pero ahora había hecho que yo llegara al máximo con solo tocar mis pechos, cosa que al parecer también a él le sorprendió, pues detuvo sus movimientos acelerados, para volverlos más bien tranquilizadores. Mirándome ternura y pasión, como si acabara de ver el mejor espectáculo de su vida.

—Harry —dije de manera temblorosa, cerrando los ojos y él me besó en la boca, de manera suave.

—Tranquila —arrulló, pero continuó tocándome, ahora sobre mis costillas, acariciándome hasta que sintió que mi respiración volvió a la normalidad.

—Eso fue alucinante y raro, no imaginé que estuviera tan sensible —dije al recuperarme por completo, pues jamás había sentido esto cuando hacíamos el amor antes.

—Completamente alucinante, te ves tan hermosa. ¿Ahora si me crees cuando te digo que te deseo igual que siempre, quizá más?

—No lo sé —murmuré con picardía— ¿Tienes otra manera para demostrármelo?

La sonrisilla maliciosa y picara me hizo vibrar. Él se levantó, arrodillándose entre mis piernas, mirándome con un hambre que me hizo estremecer. Tenía ya los ojos dilatados, apenas dejando una línea fina de aquel verde esmeralda que me hacía delirar, recorriendo cada parte de mi cuerpo que estaba al aire, y juraba que nuevamente sentí aquel cosquilleó en el vientre cuando sus ojos se detuvieron en mis senos otra vez.

No pude resistirme, así que, apoyándome en los codos, me ayudé para sentarme por completo para que mis manos fueran inmediatamente al botón de su pantalón. Bajé el cierre y la tela hasta sus muslos, tragando saliva al ver la ropa interior roja con una evidente humedad que no pude evitar tocar. Él gruñó y levanté el rostro para verlo cerrar los ojos y tirar la cabeza hacia atrás. Sonreí satisfecha y seguí moviendo mi mano, hasta que bajé aquella última tela y continué mis caricias a lo largo del falo, entreteniendo mi pulgar en la punta y disfrutando al ver salir más de aquel líquido blanco que manchó mi dedo y yo me llevé a la boca.

—Joder, Pansy —escuché a Harry decir, mirándome como un animal.

Quise volver mi mano a la actividad que estaba llevando a cabo, pero él lo evitó, empujándome con suavidad a la cama y jalando con amabas manos el resto del vestido que se había detenido en mi cintura, deslizándola por mis piernas, hasta retirarla por completo.

Me mordí los labios algo angustiada, aun por el asunto de aquellas marcas, no era que me avergonzara, sólo sentía una ligera presión por si a él no le gustaba o dejaba de desearme de la misma forma.

Volví mis ojos a los de él, pero me tranquilicé al verlo aun mirarme como si estuviera hipnotizado. Apoyó ambas manos en la cama, a cada lado de mi cuerpo, a la altura de mi cintura y bajó el rostro para besarme arriba del ombligo. Me estremecí, pero sonreí con dulzura. Él me miró y sonrió, antes de besarme otra vez, pero estaba vez en el ombligo, luego sus labios se movieron por toda aquella línea sonrosada, dejando besos hasta abarcarla por completo. Se apoyó por completo para estar más cerca de mí y tocó con los dedos la cicatriz con mucha suavidad.

—Es divina —murmuró.

—No es cierto, no es nada atractiva —respondí, acariciando su cabello.

—Para mí lo es —aseguró mirándome a los ojos— Es la prueba de que Annie habitó en ti, que la abrigaste, que la protegiste, que la hiciste perfecta dentro de tu cuerpo; la evidencia de que fuiste tan valiente, tan noble, tan amorosa para permitir que abrieran tu cuerpo para darle la vida a ella. Es divina —repitió y volvió a llenarme de besos la cicatriz.

Me mordí los labios y mis ojos volvieron a arder, mientras veía como me besaba, no era en sí pasión, aunque había mucho de ello, era más bien ternura, cariño, admiración y devoción. Como si yo hubiera salvado el mundo entero al dejarme abrir el vientre, aunque eso tenía algo de verdad, Annie era nuestro mundo entero.

Él volvió a mirarme y me acarició las caderas, tocando aquellas ligeras marcas parecidas a arañazos.

—Más líneas que besar —murmuró.

—Esas si no son nada lindas —dije rápidamente.

—¿Cómo de que no? ¿Las has visto bien? Son como un caminito para ir a tus piernas, y te juró que lo haré, e igual me llevan a tu cintura, ¿Qué más puedo pedir?

—Qué desaparezcan —contesté.

—Para nada, me gustan mucho —dijo besándolas, intercalando el movimiento de un lado a otro. Luego me miró otra vez, sonriendo— Me he aprendido cada lunar, cada marca, cada herida que tuviste en la piel alguna vez en tu vida, y estas no serán la excepción. Me he encargado que todo esté bien contado, atendido y besado, y mira que tus caderas siempre me han parecido un paraíso, así que ahora tendré más motivos para quedarme en ellas, para recorrerlas una y otra y otra vez.

—¿De verdad no te disgustan? —pregunté, alcanzando aquellas marcas de mi lado izquierdo, sintiéndolas con la punta de los dedos.

—No, me fascinan, son tan perfectas como tú.

—Ya no soy tan perfecta —suspiré.

—Para mí lo eres. Siempre lo serás, así me regales más líneas y marcas que besar.

Sonreí y lo jalé para volverlo a besar. Él se dejó dócilmente, pero luego decidió que quería volver a descender, bajando a pequeños besos, tocando mis senos con la boca, luego mis costillas, mi vientre, aquella línea del parto y luego a mis caderas. Se detuvo de nuevo ahí, besando una y otra vez, hasta que sus dedos fueron apartando con lentitud mi última prenda, deslizándola por mis piernas que fueron besadas y recorridas con deleite y lentitud, como si quisiera aprenderme de nuevo.

Suspiré y arqueé la espalda, cerrando los ojos ante aquellas caricias tan bien dadas. Harry besó desde mis pies tas mis caderas nuevamente, sin dejar ningún lugar libre, haciéndome vibrar cada vez que me tocaba algún punto nervioso que me hacía brincar un poquito sobre la cama, hasta que sentí su respiración en mi centro, que palpitaba nuevamente.

Él se detuvo y el tibio aliento de su boca me estremeció. Sus manos me fueron separando las piernas con mayor delicadeza, hasta que me tuvo completamente a su merced.

Enterré los dedos en su cabello, empujándolo un poco más hacia mí, tirando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza, arqueando la espalda y respirando cada vez con mayor dificultad. Todo era una vorágine de emociones, donde mi sangre parecía zumbar y quemar, mi corazón brincar, mi vientre y costillas apretarse, mientras la lengua de Harry no me daba tregua, cambiando el ritmo de sus movimientos, yendo suave, hasta el punto de hacerme desesperar, o aumentando hasta casi volverme loca, donde sentía que podría llorar simplemente de placer.

—Ha… Ha… Ha…rry, para… por… favor —tartamudeé, sintiéndome morir, sintiendo que me quemaría por dentro, que mis pulmones y corazón colapsarían si él no paraba.

Había pasado tanto tiempo de la última vez que tuvimos sexo, y esto se sentía como si alguien me hubiera puesto un incendio dentro del cuerpo. Estaba a punto de estallar, y Harry en vez de detenerse como se lo pedí, sólo pasó los brazos por debajo de mis temblorosos muslos y me levantó ligeramente de las caderas, para tener un mejor acceso a mi centro, acelerando el ritmo, hasta que me sentí sucumbir a lo inevitable, llegando a un maravilloso orgasmo que me dejó temblorosa, cansada, con los pulmones ardiendo por dentro sin capacidad de tomar aire, con la boca abierta de tanto gemir y gritar, y las manos enterradas en las sábanas de la cama, que en algún momento habían soltado su cabello para poder sostenerme de otra cosa. Los ojos aun los tenía cerrados cuando él me bajó lentamente, sin soltarme de aquel agarré, sólo paseando sus dedos por mi piel, intentando tranquilizarme nuevamente, depositando besos castos en el interior de mis muslos.

Me fui tranquilizando poco a poco, respirando igual con lentitud, hasta que mi corazón volvió a un ritmo normal.

—Te extrañaba tanto —susurró Harry, besándome de nuevo en el interior de la pierna derecha.

—¿No estuviste con ninguna otra mujer? —pregunté, pero al ver su mirada supe que lo había arruinado un poco.

Pero él negó y luego volvió a besarme con más fuerza, con la intención de dejarme un chupetón como castigo. Grité tantito y él lo hizo más fuerte.

—El único cuerpo que deseo es el tuyo, a la única mujer que amo es a ti. De sólo pensar hacerlo con alguien más me da nauseas —juró, dejando otro beso— ¿Y tú? —preguntó con los dientes apretados.

—¿Crees que estaría tan sensible si hubiera estado con alguien más? —cuestioné con ironía. Él sonrió y quitó los brazos de donde los tenía, para volver a mi altura. Me deleite con la vista de su pecho y brazos brillantes por una ligera capa de sudor que olía maravillosamente bien— Jamás hubiera podido estar con otro hombre el resto de mi vida que no fueras tú.

—Me alegro, pues sino ahorita mismo estaría haciéndote una legeremancia para saber quién es el pobre diablo que tendría que matar —aseguró, acariciando mi mejilla.

Negué con la cabeza y lo acerqué para besarlo, mientras con mis manos y ayudándome por último por mis pies, terminaba por quitar el pantalón y el bóxer. Él terminó por sacárselo y yo moví mi cadera hacia aquella erección que inició de nuevo un suave y excitante vaivén. Rodeé sus caderas con mis piernas, pues a pesar de haber ya tenido dos maravillosos orgasmos, aun no obtenía aquello por lo que mataría sin dudar.

Él lo entendió de inmediato, pues empezó a besar mi cuerpo, bajando hasta mis senos, antes de envestirme con fuerza.

—¡Harry! —grité con fuerza.

—Mía, eres mía —dijo con posesividad.

—Completamente tuya, completamente mío —logré decir ahogando la voz, pues sus movimientos, aunque lentos, me llevaban a perder la conciencia.

Me abracé a su espalda, donde mis uñas se enterraron y rasguñaron la tibia piel que ya estaba sudorosa por toda la actividad.

Escuché sus jadeos y gruñidos en mi oído, como una música extraña pero que había añorado como una loca, mientras su lengua y labios de manera pausada se paseaban por mi cuello o pecho, y sus manos acariciaban mis piernas una y otra vez. Poco a poco me fui sintiendo otra vez de aquella manera, como si vibrara por dentro, que pronto empezaría a sentirse como fuego. Empecé a mover las caderas en el mismo ritmo, recibiéndolo con premura cada vez que parecía que iba a salir de mi cuerpo, apretándole los costados con mis piernas y no permitiendo que se alejara de más.

Después de varios minutos, él pareció no aguantarlo más, pues aceleró el movimiento hasta volverlo desesperado, sin orden, sin pausa. Sentí mis carnes internas apretarse a su alrededor, tensándome y vibrando al mismo tiempo. Sabía que estaba tan cerca como él y tuve que jalar su rostro para besarlo, aunque fue un beso torpe, pues ni él y yo podíamos dejar de hacer ruido, esperando coger aire como diera lugar, pero los toques de labios eran necesarios, al igual que llegar lo antes posible a ese punto dulce donde nos sentíamos más que nunca uno solo.

—Ha…rry… más… más… cerca —pedí y él lo hizo, colocando una mano en mi cadera, elevándome nuevamente un poco para poder enterrarse más profundo, hasta que sentí que no habría ningún centímetro de él fuera de mí.

—Pansy… ya… no…

Sabía lo que quería decir, así que simplemente enterré las uñas en sus hombros y me arqué, facilitándole un poco más el movimiento, haciéndolo gruñir y morder mi cuello. Me dejé ir de nuevo, cerrando los ojos viendo estrellas multicolores debajo de mis parpados, y lo sentí, sentí aquel punto sin comparación donde él se derramaba dentro de mí, tan caliente y dulce.

Nos dejamos caer al mismo tiempo, él sobre mí, respirando sobre la piel de mis senos, una respiración trémula y tibia que me cosquillaba, pero me tranquilizaba de igual modo. Aun mantenía mis piernas a su alrededor y lo apreté más fuerte entre mis brazos, acariciando su cabello, procurando volver a mi respiración normal.

Él se fue quedando más quieto y sentí su cuerpo dejar de respirar con tanta agitación. Pensé que se había quedado dormido hasta que su cabeza se elevó para verme al rostro.

—Te extrañé, Harry —dije con una sonrisa.

—Y yo a ti —murmuró y me besó en el pecho— Te amo tanto.

—Te amo más —dije y le sonreí, acariciando sus labios y mejillas.

Él sonrió y se volvió a recostar y yo lo apreté con más fuerza. Sintiéndome plena de nuevo, como si ahora si estuviera completa, que aquella cosa que yo misma mutilé se uniera a mí de nuevo. Él me hacía sentir así, como si mi cuerpo, mi vida, mi corazón, mi alma y mi magia al fin estuvieran en su lugar.

Nos quedamos así algunos minutos más. Cerré los ojos y continué mis caricias sobre su cabello, hasta que lo sentí removerse otra vez.

—¿Volveré a casa contigo? —preguntó.

—¿Quieres volver a la mansión Parkinson? Creí que querrías que yo volviera a nuestra casa —dije y él hizo una mueca.

—Sé que hablamos de superarlo, pero no quisiera ir al lugar donde te perdí, de donde te fuiste. Además, la mansión Parkinson es hermosa y a Lily le gusta y a mí también, y fue ahí donde las recuperé a ambas…

—Entiendo. Sí así tú lo quieres, vamos a la mansión, pero sólo con dos condiciones —dije enarcando una ceja y el arrugó el ceño.

—¿Qué condiciones? —preguntó con duda.

Sonreí y negué con la cabeza, haciendo que dejara de preocuparse.

—Que quemes aquella acta de divorcio hecho por Hermione y que al volver a la mansión te mudes a mi habitación, que será la nuestra al fin —concluí.

Él sonrió enorme y sin decir palabra alguna se levantó, acomodándose a mi lado, pero aun apoyándose ligeramente sobre mi cuerpo, y sólo estirando la mano izquierda hacia la puerta, un pergamino voló por debajo de la puerta, hasta llegar a sus dedos. Lo miré rodando los ojos, por aquel alarde de magia sin varita y sin voz, pero internamente sintiéndome orgullosa de él.

—Me haces el honor —pidió.

—No soy tan poderosa como tú para destruirlo sin varita —dije con disgusto, sentándome sobre los almohadones que acomodé en mi espalda.

—Por favor, Pansy, claro que lo eres, algo se rompe si te enojas demasiado o se prende la chimenea al doble si gritas, sólo focaliza esa magia para destruir este infame papel.

Rodé los ojos nuevamente, pero tomé el papel, arrugándolo en mi mano derecha. Me esforcé para no decepcionarlo y miré aquel documento que casi me arrebata para siempre a Harry, que obviamente era por mi culpa, pero aun así lo odiaba. La simple idea de que ese hubiera sido el último paso entre nosotros me enojó demasiado, haciendo que aquel papel se prendiera en una pequeña llama naranja, consumiéndose a sí misma hasta volverse negra en mis manos, deshaciéndose por completo.

—Lo ves —celebró Harry besando mi hombro.

—Eso queda listo, y lo segundo —dije y él enarcó una ceja. Lo golpeé ligeramente en el pecho— sobre mudarte a mi habitación.

—Como si de ahora en adelante vayas a ser capaz de quitarme sobre ti —dijo con una sonrisa de suficiencia— Toda la noche me tendrás haciéndote el amor, hasta que se me acabé las ganas y ya sabes que eso es imposible.

—Luego nos dormimos sin darnos cuenta —señalé haciendo un fingido puchero que él besó con una sonrisa.

—Nuestros cuerpos colapsan, pero no las ganas, no la pasión, no mi amor —aseguró, volviéndose a colocar sobre mí, haciéndome notar que tan ciertas eran sus palabras.

Sonreí y me acosté de nuevo, envolviéndolo con mis brazos y acercando su cara a la mía para volver a besarlo.

—Te amaré hoy, mañana y siempre —murmuré.

Porque así debía ser, así debió ser siempre, pero lo arruiné y como si la vida me debiera algo, me dejó conservar aquello que me hacía tan feliz, como si me lo mereciera, cosa que dudaba. Pero lo tenía, lo tenía, Harry era mío y yo era tan egoísta para las cosas que eran mías que jamás permitiría de nuevo que se volviera a alejar de mí. O que yo lo alejara otra vez.

Sabía que no iba a ser un feliz para siempre como cuento de princesas, pero íbamos a estar juntos y eso era lo que importaba. ¿Qué importaban los felices para siempre? Un Potter y una Parkinson juntos sólo había que esperar que no se mataran uno a otro. O, mejor dicho, sólo había que esperar que se amaran más de lo que uno creería posible.


FIN


Hola. ¿a que no se lo esperaban? Pues sí. Creo que este es el final. Habrá un epilogo, pero luego, y decidí subirlo ya porque ustedes se lo merecen, por apoyarme tanto, por tenerme tanta paciencia respecto a mi ausencia y mis promesas incumplidas.

Espero que les haya gustado. Nunca soy buena en encontrarle finales perfectos a las historias, pero bueno, ¿qué final es perfecto? Después de todo, después del fin no hay nada más, sólo la posibilidad de una nueva historia.

Gracias por sus comentarios, por sus palabras de consuelo, sus ánimos. Por todo. De verdad que me ayudaron bastante. Y espero yo haberles hecho un tantito feliz el día, con eso me doy por bien servida. Les mando besos y abrazos.

Ah, ah, ni crean que se van a deshacer de mí tan fácil, aun queda La promesa, que avanzara más rápidamente (eso espero)

Nos leemos luego.

¿Review? Sólo si quieren, vale.

By. Cascabelita