.

.

.

Frío, humedad, luz.

Comodidad, culpabilidad, cansancio. Un leve velo de dolor a lo largo de todo el cuerpo, pero en absoluto resultaba desagradable la sensación. Era como tener a un cómplice de los dos, de su intimidad y pecado. Helga se movió de lado, asegurándose de rodar sobre las sábanas color lila y convertirse a sí misma en una especie de rollito primavera. Su compañero de cama, notó la ausencia de la cálida tela, llevaba varias horas luchando por conservar su extremo de la misma. Al no encontrar nada bufó en desconcierto, ordenándose de manera interna despertar pero se encontraba realmente cómodo ahí, de cara a la almohada, los músculos relajados, la conciencia muerta y si afuera no siguiera lloviendo, si la ventana no permaneciera rota, si el frío matinal no se le estuviera metiendo por la piel hasta el tuétano, podría dormir unos treinta o cuarenta minutos más.

Extendió el brazo izquierdo buscando el bordillo de la sábana. ¿Qué le pasaba a esa rubia egoísta? Bueno, sí era su cama y su sábana pero él era…era…¿Eso que estaba tocando era un codo…?

—Dios…déjame en paz, maldito ninfómano. —se quejó la ladrona de su tranquilidad.

—Te llevaste la sábana…—reclamó con una voz tan seca que ni él la reconoció.

—Y por lo visto, también tu voz…—comentó en tono de burla. Él se recompuso lo mejor que pudo, aclarando su garganta pero sobretodo hundiendo el rostro en la almohada. —¡La que gritó como loca todas las veces que lo hicieron fue ella. ¡No, él! ¿Por qué las cosas humillantes sólo le sucedían a él?— pero más tardó en pensarlo que en lo que un sonido grueso, como el de una sierra eléctrica se escuchaba por lo alto. La carcajada que soltó brotó natural, libre y varios decibeles por lo arriba de lo permisible, Helga lo maldijo en todos los idiomas que conocía, de ellos reconoció el francés, italiano y ese último era ¿alemán? Como fuera, le encantó ese pequeño remanso de "humanidad" puesto que él, también se moría de hambre y frío, más esto último.

Giró el cuerpo y se pegó a ella, rodeándola con ambos brazos por la cintura, aspirando su perfume que honestamente era a puro sexo y sudor. Le encantó que así fuera y a manera de celebración liberó por sus cuerdas vocales un sonido bastante primitivo, posesivo y bestial. Helga respondió con un jadeo de conformidad, dejando que la besara en el cuello y eso era todo a lo que podía acceder porque enserio…

Estaba enrollada en la maldita sábana.

—¿Cómo rayos…?—preguntó fuera de juegos, arrebatado del sueño, mirándola en todo su impertinente esplendor.

—Tengo frío…—declaró acomodándose contra la cabecera de la cama como si fuera de lo más natural convertirte en tamal o formar una crisálida con las sábanas si amanecía demasiado fresco un sábado por la mañana.

Él roló los ojos y decidió que sería imposible ganarle una batalla. La besó de nuevo, primero en la frente, después en los labios: lento, cariñoso, corto. Su prioridad de macho alfa que se preocupa por la seguridad de su hembra, era otra.

—Buscaré algo de comer, tú toma una ducha para que entres en calor.

—También podrías quedarte en tu traje de Adán y te aseguro que ninguna corriente helada me perturbará…—le guiñó el ojo y entonces notó que efectivamente estaba como Dios lo trajo al mundo, sus mejillas se incendiaron hasta adquirir un tono granada. Helga lo disfrutó sin pudor de arriba abajo. Las luces de la alcoba continuaban apagadas pero debía ser bastante entrada la mañana si la luz del sol se metía incluso con las cortinas cerradas.

—Tranquilo, vaquero. No tengo ningún interés en que te unas a mi en la ducha. Aun quiero mi pase universitario, título, maestría, doctorado y conquistar la vida empresarial antes de traer un pequeñito al mundo.

—¿Sólo uno…?—preguntó embelesado de pronto con la conversación, mirándola a los ojos con todo lo que podía expresar de amor. Ella sintió un frío helado corriéndole por la espina dorsal. Nunca había pensado seriamente en el tema de los hijos. No sabía si los quería pues con el historial familiar que tenía, mejor alejar a cualquier inocente criatura de heredar el mal genio de Bob o el mal karma de Miriam.

Arnold, no notó la vacilación de su mente, por el contrario cerró los ojos, se perdió entre recuerdos y haciendo caso omiso de su desnudez, se acomodó de largo sobre la cama, colocando la cabeza en su regazo para comentar.

—¿Sabes? Una vez soñé que estábamos casados… —ella retuvo el aliento porque un movimiento en falso y él sabría que en aquella ocasión lo estuvo espiando. Quizás, terminaría por confesar que soñó lo mismo pero en su versión. No había ningún niño. Sólo una vida de éxitos profesionales y ellos dos como amantes.

Lo dejó continuar flotando en su sueño, mirándolo de soslayo. Lucía realmente "hermoso" así, recostado sobre su cuerpo y tenía que admitir que era un hijo de puta malditamente atractivo. ¿Qué pretendía, provocarle un infarto? ¿O a caso intentaba emular a Endimion?

¡Dios…! ¿Cómo culpar a Selene? ¿Quién no bajaría a la Tierra a hacerle el amor a tremendo pedazo de…

—Teníamos tres hijos…—Arnold le cortó la fantasía sexual de tajo y por increíble que pareciera se descubrió a sí misma sonriendo y acariciando sus rubios cabellos.

Claro que él querría hijos, creció en el seno de una familia rota pero en absoluto disfuncional.

Él sabría cuidar de sus hijos y también de ella. La aceptación de este hecho hizo que sus ovarios estremecieran y todo su cuerpo ardiera. Afortunadamente, hay instintos más primarios que el de reproducción y ese era el de supervivencia. Su estómago gruño con fuerza, Arnold compartió la sonrisa pero más tardó en sentirse a salvo que en lo que le hacía notar, que él también se encontraba ardiendo.

Giró el rostro, hundió la cara entre los pliegues de su sábana, bajando de su vientre a su entrepierna, ella dejó escapar un sonoro grito, seguido de una maldición, la separación de sus piernas y la pronunciación de su nombre como algo profano, maldito, divino…

—¡...AHHH…ARNOLD…! —la mano que acariciaba los cabellos de su novio se encontró de pronto aferrada a ellos, la enyesada no tenía a donde asirse y por tanto caía totalmente derrotada a su lado.

Los ojos cerrados, el cuerpo temblando, su pecho subiendo y bajando…

Entre la noche y el alba…error. Entre el tercer condón (que no debió servir de mucho ya que la iluminación de la lámpara era pobre y sus manos estaban más entretenidas aprendiendo, descubriendo, dibujando senderos por cada uno de sus recovecos, en lugar de mantenerlo en su sitio) y el cuarto (que definitivamente se salió de sus cuerpos y orilló al rubio a correrse entre sus muslos) consideraron la idea de usar sus bocas. "Felación" no se incluía en los textos de educación sexual pero todos sabían por dónde iba la idea.

Había leído en alguna novela erótica que era como chupar un helado (en el caso de los caballeros) o un melocotón (en el caso de las damas) pero se quedaron dormidos en alguna parte de la intención.

Arnold, la estaba trabajando ahora por encima de su transparente, delgada y delicada sábana. ¿Así lo hicieron en alguna de sus vidas pasadas? —¡¿Y a quién demonios le importaba?!— Si no paraba iba a matarla…literal, Helga G. Pataki se moría. Expulsó un jadeo de lo más prolongado y lastimero, su cuerpo tembló en espasmos de autentica satisfacción y ese cabrón de ojos verdes, lengua atrevida y sonrisa de ensueño la liberó de su ataque y la miró como si no fuera el causante de absolutamente nada de lo que estaba pasando.

Se limpió la boca con el dorso de la mano izquierda y ella tendría que estar loca —¿O a caso, él se relamió con excesiva fascinación? ¡Imposible! Jamás haría eso— pero ya no logró debatir las manías de su novio en la cama ya que él, recuperó el habla y enunció.

—La próxima vez que tengas frío, en lugar de enredarte en las sábanas, intenta enredarte conmigo…—ella comenzó a boquear como pez fuera del agua y tratar de averiguar si esto era un sueño o realidad.

El rubio que no podía ser suyo, porque Arnold Shortman era un maldito santurrón, puritano y aspirante a monaguillo, sonreía de manera segura, seductora y sensual.

Al ver la blancura de su mente, intentó de nuevo.

—¿Cómo, aún tienes frío?

—Lo que tengo es un mini-infarto.

—Creo que se llama orgasmo.

—¡Vete al carajo! —le arrojó la almohada a la cara e intentó salir de la cama pero resultó imposible con la maldita sábana. Shortman, aprovechó su estatus de "bulto" para cargarla sobre su hombro cual costal de papas, ella gritó como loca y aquí debían agradecer que la lluvia aún cayera con estrépito y que la casa de sus padres estuviera bastante alejada de los vecinos o cualquiera pensaría que había un asesino serial a punto de acabarla.

La llevó al cuarto de baño y una vez ahí la devolvió al piso.

—¡Arnold, para por favor, te lo ruego…!—él se ofendió a sobremanera. No era un maldito abusivo, degenerado o loco. Acababan de descubrir el sexo y claro que la primera vez fue de prueba, las siguientes para saciar sus ansias y afinar la técnica. (que por cierto, aún no tenían una) Lo de ahora, fue un pequeño castigo porque se le estaba congelando el "orgullo" y era culpa suya y de nadie más.

Hablando de culpas y deseos reprimidos a la rubia se le terminó por caer la sábana y él se quedó de piedra. Se observaron por algunos segundos, sin vacilación y en absoluto silencio aunque podía ver cómo ella luchaba para no cubrir su cuerpo.

—No tienes que rogar… —le aclaró. —Yo también tengo aspiraciones profesionales que me gustaría cumplir antes de ser completamente devoto a ti. —acarició su barbilla con los dedos de la mano diestra y continuó hablando. —En aquel sueño, éramos demasiado jóvenes y tu padre me hacía trabajar en una bodega para mantenerlos. Debes saber que no quiero eso, primeramente porque me niego a ser el esclavo de nadie y en segundo lugar porque estaría demasiado tiempo apartado de ti.

—Arnold…

—Gerald tiene un plan a futuro con Phoebe de aquí a siete años. Me pareció una exageración cuando lo comentó pero estando aquí, teniéndote a ti, viéndome en tus ojos, sé que tiene razón. Así que no voy a forzarte a tener relaciones conmigo. Tenemos todo el tiempo del mundo para…—Helga no lo dejó terminar su discurso, se abalanzó contra él, reclamando sus labios, pegando sus pelvis, frotando sus pezones contra su pecho y él la abrazó también.

Dieron tumbos cual náufragos desde la puerta del baño hasta la ducha, derribando todo a su paso y recuperando la cordura solo para lo estrictamente necesario.

Fantasía sexual cumplida número dos: Su Amazona y él en la ducha. Aunque no hubo penetración. Ella lo masturbó hasta que eyaculó, él la recorrió con la espuma de jabón por cada uno de sus misterios, lavó sus cabellos que volvían a caer como enredaderas sobre sus abundantes pechos, los cuales besó, presionó y chupó. Un par de botones rozados cuya textura volvía a recordarle las fresas tiernas. Era una lástima no poder probar una para comparar pero no quería intoxicarla o dejarla de besar.

Helga presionó y disfrutó de sus atributos también, al parecer tenía el mejor trasero del mundo, el lavadero más duro y ni qué decir de los pectorales, donde chupó sus tetillas y las mordió. Los dos así, en comunión describían la imagen más erótica y perfecta que algún fotógrafo hubiera encuadrado jamás y si no fuera por la bolsa plástica atada con cinta para que no mojara el maldito yeso y su tratamiento se fuera al infierno. Él la guardaría en su memoria por la eternidad.

Salieron justo como entraron, sin ninguna clase de prisa, decoro o pudor y comenzaron a secarse con un par de toallas amarillas y verdes, ajenos a la tempestad, los males del universo, el paso del tiempo.

Había cotidianidad en cada uno de sus movimientos, intimidad y confort. Parecía, como si este ritual de "baño" lo hubieran efectuado varias veces atrás o fuera de lo más natural que él la secara a ella y viceversa.

.

.

.

—¿Conoces la leyenda del manto sagrado?—preguntó sentada frente al espejo de su tocador, envuelta (al igual que él) en limpias y calientitas prendas, mientras peinaba su larga cabellera.

—Te diría que sí, pero estoy casi seguro de que no te refieres al sudario de Turín.—Helga roló los ojos, le arrojó el cepillo que atrapó entre sus manos y ya no se lo devolvió.

—Se trata de una Deidad menor que trabajaba para "Ceres" (Diosa de la agricultura, las cosechas y la fecundidad) ella, bajo del cielo a bañarse en las transparentes aguas de un lago cuando un pescador la vio y quedó prendado tanto de su belleza como de su amor. Para retenerla en la Tierra, ocultó su manto. Las Deidades menores no tenían permitido volver a su hogar completamente desnudas, se consideraba indigno y por tanto se quedó. Aprendió nuestras costumbres, él la desposó y con el paso del tiempo, ella alumbro a sus hijos. Tuvieron una vida feliz, humilde pero próspera. El hombre, estaba tan agradecido con ella que en su lecho de muerte confesó su acto. Le dijo dónde estaba oculto su manto y así la Deidad pudo ascender de vuelta al cielo.

—Vaya, sabes mucho de mitología.—comentó impresionado.

—La familia de Miriam, que jamás conocí. Es originaria de Grecia. De ahí nos viene la dramaturgia y la pasión por las artes. Pero no lo menciono por eso, sino porque lo he estado pensando y decidí que probablemente tú y esa "cosa" eran Dioses menores, ya que según yo.

La "vida" y la "muerte" no deberían de renunciar jamás a su puesto.

Su fuera así, empezaríamos a llenarnos de zombis o en su defecto, la muerte se detendría pero Duncan falleció ayer.

—Lo sé. Tiene sentido lo que dices, pero entonces ¿Por qué, San Lorenzo y el volcán parecían reaccionar a mi estado emocional?

—Tampoco creo que funcione así. Has tenido momentos oscuros, Arnold y si fuera verdad, ese pequeño pedazo de Tierra ya habría quedado destruido en su totalidad.

—Me permito recordarte que "casi" sucede eso, cuando creí que te perdía...

—Estabas destrozado y supongo que como todo padre, él sufre y se emociona al ver las peripecias de su hijo.

—¿Qué…?—preguntó creyendo haber perdido el hilo de su conversación.

—Piénsalo. El Dios de la vida te devolvió el aliento, lógicamente no iba a explotar el volcán para que te convirtieras en una estatua de piedra. Y aunque no vivas ahí, él debe sentirte desde aquí.

San Lorenzo, es el único lugar en la Tierra donde aún se venera a los Dioses que nos vieron nacer y por tanto su influencia sólo tiene efecto ahí. La selva se emociona cuando la pisas, el cielo se ilumina con tu sonrisa y eso debe ser porque él, te está dando la bienvenida.

—¿De verdad lo crees?—preguntó emocionado. Ella asintió y continuó explicando.

—Decidiste seguirme, ignoro en que vida o qué es lo que en mí verías, pero por cada ocasión que nos hemos amado y perdido, él nos ha traído. Anthea, debe ser por igual una hija querida y caprichosa. Debió prendarse de ti desde el momento mismo de la creación. Según la leyenda, tú le enviabas obsequios y ella los guardaba con sentimiento.

—No eran obsequios, eran vidas a la espera de renacer.

—Entonces, todo se reduce a que ella lo mal interpretó ó lo estoy haciendo yo.

—Dudo que lo hagas.

—Más nos vale o deberás prepararte para soportar el peso de múltiples muertes.

—¿¡Ehh…!? ¿¡Por qué…!?—gritó, por no decir que chilló pues el comentario le asestó de pronto como una puñalada en el corazón.

—¿Cómo que por qué? Después de todo lo que hemos hecho y siguiendo la teoría original ¿Tú crees que no habrá explotado ese famoso volcán? —Helga lo atravesó con su mirada celeste, él tuvo dos centésimas de segundo para concluir que efectivamente. Después de hacerle el amor, la tierra se habría abierto, la temperatura aumentado y el volcán estallado, pero no sucedió.

Anthea no lo sabía, por eso se sobresaltó cuando le dijo que había entregado su cuerpo, alma y corazón a su verdadero amor.

—Eres lista. —elogió deslumbrado.

—Ya era hora de que lo aceptaras. —comentó cruzando los brazos a la altura del pecho y al hacerlo su estómago gruñó de nuevo.

—¿Segura que tienes hambre o vas a parir a un baby alien?

—¿Quién dice que no soy la reina y dejé huevecillos en tu interior?

—Eso…es asqueroso.

—Llorón.

—Malévola.

.

.

.

Continuaron arreglándose y esperando a que se cargaran sus teléfonos celulares. Arnold encontró el mensaje de Gerald pero optó por no contestar, también descubrió como trescientas notificaciones en el chat grupal y a esas les dio "silenciar" no tenía tiempo para eso. Su padre había enviado otro más cerca del medio día.

"Los esperábamos para desayunar pero ya es demasiado tarde. ¿Está todo en orden?"

Hasta que leyó eso, se dignó a revisar la hora esplendorosa y sensual brillando en la esquina superior derecha de su pantalla táctil.

15:00 hrs. Sí que era tarde.

Texteó apresuradamente y con toda la vergüenza del mundo admitió que se quedaron dormidos. Salían para allá tan pronto estuvieran listos, además de eso, se morían de hambre.

"Si no están aquí antes del toque de queda, se quedan afuera"

"¿Cual toque de queda?"

"La tempestad, ha bloqueado los caminos en varios puntos del pueblo, para evitar accidentes se supone que nadie debe salir de su casa después de las 20:00 hrs."

"Llegaremos"

"Eso espero" —resopló fastidiado porque esto de vivir "solo" se veía fácil.

Despertar con tu chica, compartir la ducha, charlar despreocupadamente sobre el origen del universo o una maldita loca que quería todo contigo.

Hacer el amor de la noche al alba.

Sí…Él podía acostumbrarse a eso de no rendirle cuentas a nadie. Ni su abuelo o su padre…pero también estaba su madre. Dejó de "fantasear" y se puso a trabajar. Su conciencia no le permitiría jamás abandonar la casa de Helga con tanta "evidencia"

La aludida, ocupó su tiempo en actualizar la reducida lista de contactos. Le envió una amenaza de muerte a Geraldo (odiándolo secretamente, pues no sabía en que momento de su existencia se había convertido en alguien digno de agregar) saludos a Phoebe, Eugene, Alan, Brainy y Lorenzo.

Su club de fans respondió de inmediato con la novedad de haber convocado el "estado de poesía permanente" ella reclamó su derecho a ser la vocal del grupo y éstos le recordaron, que desde que tenía novio, prácticamente desapareció.

.

.

.

"No desaparecí"—declaró en el chat grupal, al que no tardaron en agregarla.

"Recuerda el día y mira la hora que es"—comentó Lorenzo, pero fue Brainy quien contestó.

"Son las tres de la tarde, de un sábado lluvioso y seguimos sobrios"

"Cuando formamos esta asociación, juraste que no pasaríamos un fin de semana sobrios"—insistió el moreno.

Ella roló los ojos porque eran un maldito par de exagerados. Además, en su "convenio" se suponía que concretaban reuniones el último fin de semana de cada mes. Ese, era la próxima semana, coincidía con su cumpleaños y supuestamente iban a llevarla a un lugar mejor que "Narnia"

Buscó a su novio con la mirada pero había desaparecido al igual que sus sábanas y toda la porquería que dejaron tirada entre la alfombra y el piso. ¿En que momento levantó todo eso? ¿Era un lunático de la limpieza o la encarnación de Cenicienta, ja!? No lo sabía pero ojalá, jamás se le terminara el hechizo.

"También juré que les rompería los dedos si no se sabían comportar" —escribió para recordarles, quien mandaba en su asociación.

"Nos comportamos, es sólo que te extrañamos…"—eso lo escribió Alan y ella sintió un nuevo hueco en la boca del estómago.

El chico de apellido inglés y acento francés, le habló en otro chat más privado.

.

"Pienso en ti, eternamente" —redactó a manera de saludo y ella estremeció de la cabeza al esternón.

"¿Ese es el nombre de otra canción?" —preguntó con descaro, rechazando su amor a pesar de considerarlo, su segunda opción.

"Se llama carta silenciosa y la cantaré para ti el domingo"—el hueco en su estómago le envió un gancho directo al hígado. Alan Redmond, era demasiado considerado, dulce y leal. Bajo cualquier otra circunstancia caería rendida a sus pies, pero lo conoció primero y se enamoró de Arnold, primero.

"Yo también quisiera cantarles algo…"—comentó con sinceridad y quizás un poco de culpabilidad.

"¿A todos nosotros o solo a él…?" —había amargura en sus palabras. La sentía aún sin escucharlas y le dolió porque no entendía. ¿Por qué le reclamaba, si jamás prometió lo imposible? En Paris, había estado dispuesta a morirse de amor por Arnold y fue él, quien la instó a regresar a Hillwood.

"Búscalo, dile lo que sientes, ámalo…"

"¿Por qué…?" —preguntó entonces y su respuesta fue. Que quizás estuviera enamorada de la idea del amor.

Arnold no era una idea, era su amado, su amante y su amor.

Como si lo hubiera invocado, el rubio regresó a la alcoba con un juego nuevo de cobijas y sábanas. ¿De dónde carajo las habrá sacado? No lo sabía, ni tampoco importaba, recogió las piernas en flor de loto y se distrajo un momento con los mensajes que mandaban Lorenzo y Brainy sobre la aparente "Ley seca" a que los estaba sometiendo.

Negó la acusación de esos dos, envió gifs animados a Phoebe y Eugene, le hizo saber a Geraldo "quién demonios era" y después presionó el celular contra su pecho.

Jamás quiso dañarlo o ilusionarlo, por eso no lo buscó cuando el auto en que se "escapaba" chocó.

Si lo entendía así.

¿Entonces, por qué se sentía tan culpable? ¿Era porque él, la seguía buscando? ¿Y ella le seguía contestando? Suspiró contrariada, Arnold terminó de arreglar la cama y notó la vacilación de su alma. Ahogó una pregunta, quizás se tragó el discurso completo. Ella volvió a recordar por qué odiaba los teléfonos celulares. Demasiado "contacto humano" y siendo como era, prefería la soledad, seguridad y hermetismo.

—¿Está todo en orden?—preguntó su novio y ella asintió con un movimiento de rostro.

—Dame unos minutos...

—¿Hablas con tus padres?

—¡Ja…!—se le escapó la burla. Arnold, sí que era único. Ni siquiera había agregado a Bob o a Miriam, pero pensando en ellos, decidió que no era justo dejarlo en "visto"

Honestidad, verdad, crueldad.

Que la llamaran bruja sin corazón, arpía desalmada y desdentada pero Helga G. Pataki, decía las cosas como son.

"Sabes que vivo enamorada de él" —escribió.

"¿Me estás confirmando que es algo serio?" —¿Por qué tenía que preguntarlo así? Se vistió de muñeca, maquilló su rostro, peinó sus cabellos. ¡Uso zapatillas! Claro que era algo serio, pero no sabía cómo decírselo.

Navegó una vez más entre mensajes. Eugene y Phoebs decían querer los detalles "divertidos" de su primera cita, Geraldo lloraba de incertidumbre por la santidad de su auto. Ella le dijo que "no lo hicieron en el auto", recordó amenazar a la asiática por ese asunto del "sabor a cereza" y la descarada mujercita le envió un millón de emoticones: caritas felices, avergonzadas y algunas otras con baba. Eugene agregó a la parte final de su discurso un inmenso:

"Este domingo, será la noche"

"¿Cual noche?"—preguntó algo perdida entre temas.

"Mi noche, cariño. Su estado de poesía permanente, degeneró en concurso de karaoke"

"Oh…"

Sonrió con pesar y Arnold enarcó una ceja. No se había sentado, ni relajado. Estaba como estatua de bronce parado delante de ella, los brazos cruzados, los músculos tensos, sus ojos observándola con desafío, preguntando todas las cosas que no se atrevía a expresar en palabras.

Tampoco era buena con las palabras, desde pequeña prefirió las letras. Susurros, pensamientos que en su mayoría podían pasar por anónimos. Regresó a la pantalla de su chat con Alan, los dedos de la mano sana se deslizaron formando enunciados, no tenía caso retrasar lo inevitable.

"Pasamos la noche juntos. No como amigos o compañeros, sino juntos, juntos" —sus mejillas se incendiaron al recordarlo, sus ojos amenazaron con derramar algo de llanto. No era tristeza. Era ilusión, realidad. La confirmación de un hecho que ni siquiera a Phoebs había confesado.

Arnold dejó escapar un gemido entre impaciente, preocupado e intrigado, se aproximó pero ella extendió el brazo enyesado para que se mantuviera en su sitio.

"¿Te trató bien…?" —¿Es que con nada dejaría Alan de preguntar? O quizás era ella la que estaba exagerando. Advirtió sincera preocupación de su parte y eso le fragmentó un pedazo de alma.

"No pudo ser mejor"—escribió reprimiendo la vergüenza y ocultando sin éxito el llanto. ¿De todos sus amigos, el primero a quien se lo contaba, era él? La primer persona a la que lastimaba de una manera tan visceral y cruel.

Para ser honestos, en este momento no sabía a quien odiaba más. Si a ella o a él.

Arnold atravesó su barrera, se acercó hasta estar prácticamente por encima de su piel, retuvo el aliento presionando el celular contra su pecho.

Alan continuó.

"¿Te cuidaste?"—Y tras leer eso. Ya no entendió, ¿Cómo se supone que lo debería tomar? ¿Estaban charlando como amigos? ¿Pretendía hacerla sentir peor? ¿O seguía creyendo que tenía alguna opción?

No la tenía y por tanto sus dedos volvieron a deslizarse por el teclado.

"Arnold, me cuidó…"—escribió y entonces el rubio le arrebató el celular de las manos.

Agradeció que lo hiciera, ya no podía soportarlo. Se abrazó a su cuerpo, suspiró contra su pecho derramando libremente su llanto y lo escuchó maldecir, al leer sus mensajes de texto.

Cuando terminó arrojó el celular a la cama, la abrazó de vuelta y besó sus labios con dedicación.

—Me disculpo por leer tus mensajes, yo no quería…

—Sí querías, pero está bien...—desvió el rostro. La lluvia seguía cayendo, haciéndola sentir miserable. ¿Qué era esto, la maldición de Myrtle la llorona? El frío helado volvía colarse por la ventana, pero sabía bien que no se trataba solo de eso.

Eran sus sentimientos, la duda.

—¿Sientes algo por él…?—preguntó Arnold.

—Todo y a la vez nada…—Shortman dejo escapar el aire de sus pulmones. Ahora debía saber cómo se sintió ella cuando mencionó a Anthea, pero no quería vengarse sino sincerarse. —Lo quiero, no como algo serio pero más que a un amigo.

—Es aterrador saberlo. No porque sea cierto, sino porque puedo ver que él siente lo mismo.

—No es lo mismo, Alan cree que me ama.

—Te ama, lo sé, lo sabes. No es un secreto. Cuando estabas en el hospital dijo que si te descuidaba, él te cortejaba.

—¿Y qué soy para ustedes, un trofeo?

—Eres tú, y no estoy reclamando o criticando nada. Lo creas o no, es reconfortante saber que si "algo me pasa" ese imbécil lengua larga, al que si vuelvo a ver le romperé la cara. Cuidará de ti.

—¿Qué va a pasarte, si voy a patear el trasero de la que te quiere por amante?

—Lo harás…—coincidió Arnold, besándola en la frente. Su celular vibró de nuevo. Ella pensó en ignorarlo pero el rubio insistió en que "le hiciera caso" No debían cortar las cosas de tajo. Si lo quería como decía y necesitaba tenerlo en su vida, aún podían ser amigos.

Eso claro, si Redmond podía.

Y a su manera lo hacía.

.

El siguiente mensaje, era del chat donde Lorenzo y Brainy seguían discutiendo.

"¡Hey par de idiotas! ¿Ya supieron que la Amazona, quiere cantar con nosotros?"—comentó Alan muy quitado de la pena.

"¡NO!"—escribieron los dos.

"¿Cual será?"—preguntó emocionado Brainy. "¿Muñeca rota, Gritaré al viento, Sueños?"

"Es un tema nuevo"—declaró con una sonrisa que su novio, colocado a espaldas suyas compartió.

"Mientras no se llame: Oda a la polla de Shortman"

—¡AHHHHHHHH CÓMO SE ATREVE! —gritó Helga más no lo escribió.

"¿Cómo podría llamarse…?"—comenzó a escribir Lorenzo, pero dos centésimas de segundo después sus neuronas hicieron sinapsis y la revelación fue picante.

"LO HICIERON"—escribió en negritas.

"¿LO HICIERON?"—preguntó Brainy gritando desde su casa a todo pulmón.

"LO HICIMOS"—confirmó Arnold, pues el shock emocional de su novia permitió que una vez más tomara el celular de sus manos.

"QUE INTENSO"—anotó Lorenzo.

"QUE FUERTE"—confirmó Brainy.

"Que obvio…"—ultimó Redmond.

"Cállate tú, despechado"—reprendió Lorenzo y se unió a la lista de deseos.

"Queremos detalles sucios"—solicitaron en coro y de alguna manera, ella asoció la expresión de sus rostros con la impaciente y picarona de Eugene.

"¡JAMÁS!"—texteó, recuperando su móvil.

"Oh, vamos Hell. Es para el bien del cómic"—insistió Brainy

"Arnold, ni siquiera aparece en tu cómic"

"Eso no es relevante"

"Para mi lo es"

"Podría incluirlo, si nos dices algo"

"¿Cualquier cosa, lo que sea?"

"QUE SEA SUCIA"

"Bien, yo le puse el condón con la boca y él me la metió por el culo"

"¡AHHHHHHHHHHH!" —gritaron los tres. Cada uno desde su hogar y la rubia se despidió diciendo que esperaba una aparición (viñeta) de su novio a más tardar el día de mañana.

"La cita es en mi casa a las 6:00pm"—logró redactar Alan, a pesar de tener muchas ganas de romperle el alma en pedazos a Arnold Shortman.

.

.

.

—¿Por qué les dijiste eso, si en ninguna ocasión lo hicimos así?—preguntó el rubio, sintiéndose sumamente enfurecido.

—Porque a nadie más que a nosotros, le incumbe "cómo lo hicimos"

—Tendrán fantasías.

—También Eugene, pero no va a masturbarse con nuestra imagen.

—Tú, no lo sabes.

—Sí lo sé, las fantasías con alguien más son para ponerte caliente, para divertirte con tu mano dominante, sólo debes pensar en él.

—¿Quién…?—preguntó interesado en sus gustos y preferencias.

—Tu fantasía delirante, alucine fijo…cada quien tiene el suyo. —comentó levantando el rostro, buscando sus labios, hasta hallar regocijo.

—De acuerdo. —concedió devolviendo el beso. —¿Por qué no aparezco en su cómic?

—Pues…—pensó las palabras adecuadas, apartándose lo justo de su novio. —…porque básicamente esa historia narra las "alucinaciones" de Brainy, y si hay un apuesto caballero que corteje a la sensual Amazona, ese es él.

—¿¡Qué!?—protestó.

—Te recuerdo que tiene novia y todo es muy platónico en realidad. La pareja central somos Phoebs y yo.

—¡¿QUÉÉÉ?!—gritó empujándola por no decir, que "casi" tirándola. —¡¿CÓMO QUE PHOEBE Y TÚ?! ¡¿Y desde cuando Brainy tiene novia?!

—Como un año y no hagas escándalo. Ya la conoces, es la chica gótica de la comida rápida.

—¿Violette?

—Yo la llamo "Violence" es bastante metida con la vida de los demás pero reservada en lo referente a la suya. Admito que fue divertido hacer que nos "sirviera" un rato.

—¿Asumo que te odia por razones obvias?

—Claro que lo hace, pero nos salimos del tema. Regresando a lo del cómic, Lorenzo hizo un estudio de mercado y descubrió que las parejas lésbico-gay son más populares en estos días, por tanto entenderás que Phoebs debía ser mi ardiente secuaz y amante.

—¿¡GERALD, LO SABE!?—preguntó casi al punto del paroxismo.

—Lamento romperte el encanto, pero tu "hermano" es un cerdo asqueroso que nos "shipeaba" desde que estábamos en Segundo de Secundaria.

—¿Shipear?—preguntó comenzando a sentir que se mareaba. Debía ser por la falta de alimento y su nula predisposición a obtenerlo.

—Significa, "emparejar"

—Pp…pero yo pensé que la idea del cómic, era presentarte como heroína que lucha por la virtud y los derechos de las mujeres.

—¿Qué sería menos lésbico que una chica desnuda metida en un traje tan apretado que se le ven los pezones y los labios mayores, defendiendo a mosquitas muertas de perder su virtud a manos de un degenerado?

—O.k…—Demasiada información sobre los "amigos" de su novia por un día.

Él necesitaba un vaso de agua helada, dejar de pensar en sexo, mujeres desnudas, trajes apretados, Alan Redmond y salir de esa casa.

.

.

.

—¿Bueno y tú que eras, el Dios de la limpieza?—preguntó Helga una vez llegaron a la planta baja y miró el amplio espacio a su alrededor.

—No…—refunfuñó, cruzando los brazos a la altura del pecho.

—¿Te traumaron de chiquito?—insistió.

—Tampoco, pero ya sabes que crecí con mis abuelos y ellos no están en la mejor condición para hacer los deberes del hogar. Los inquilinos tampoco ayudaban mucho y entonces yo…

—¿Te convertiste en experto?

—¿Dejas de criticar y nos vamos, ya?

—Sólo te advierto, que si me mal acostumbras desde ahora, después no te quejes…—amenazó con una sonrisa ladina, que él disfrutó.

—Creo, que estoy hecho a la idea.

—¿De verdad?

—No quiero que te ofendas pero en mi sueño, tú no hacías nada…

—¿¡Qué!?—gritó, golpeándolo en el pecho. Él atrapó su mano izquierda y tiró de ella hasta envolverla en su abrazo.

—Te pasabas los días tirada en ese sillón de ahí, comiendo golosinas y ordenando que yo me hiciera cargo de todo. El trabajo, la casa, los niños…

—¿Niños…?—y aquel escalofrío helado, la recorrió de nuevo.

—Sí, niños…ya te lo dije, eran tres. —buscó su cuello y lo besó. Helga se derritió entre sus brazos. Él descendió con la mano diestra hasta presionar con suavidad su ía esos tres niños y no le importaba más lo que sintiera Alan Redmond por ella, Helga era suya en cuerpo, alma y sentimiento.

.

.

.

Aseguraron la casa, huyeron de la lluvia y se subieron al auto. Helga llevaba una bolsita de plástico negro en los brazos, él preguntó lo que era pero ella le dijo que se callara y fijara su vista en la carretera. Roló los ojos y la miró a través del retrovisor. Sacó el contenido de su bolsa y comenzó a comérselo.

—¿Trajiste botana?

—No va a gustarte.

—También tengo hambre.

—Maneja más rápido para llegar a tu casa.

—Es peligroso con esta lluvia, dame de tus botanas.

—No son mías, pero ya que insistes. —la rubia metió la mano en la bolsa, él abrió la boca y se encontró con una cosa pastosa y dura que sabía a…

—¿¡CROQUETAS!? —escupió y frenó en seco. Ella lo miró culpable y aún así, se metió otro puñado a los labios.

—¡NO PUEDES COMER CROQUETAS!

—Claro que sí, tienen vitaminas, proteínas y trocitos de pescado.

—¡PARA GATOS!

—Delicado…

—¡Suelta esa maldita bolsa o nos quedamos aquí parados!

—No hacen daño.

—¿¡Te las has comido antes!?—preguntó recordando que en su primera noche "juntos" amenazó a Mantecado con acabarse su plato.

—Tal vez…

—¡AHHHHH! Eres…eres…—lo que fuera, era impronunciable, ya que el rubio reanudó la marcha y ella siguió "botaneando"

No tenía nada de malo, sabían ricas con leche y tenían forma de gato.

.

.

.

Miles les abrió la puerta una vez llegaron a Sunset Arms. La tormenta era intensa y no parecía que fuera a conceder piedad. Cuando los recibieron Phil y Gertrude, notable resultó el pecado.

Era como si tuvieran un letrero gigante sobre sus cabezas con la leyenda:

"Hola, somos sus queridos niños y follamos como conejos la noche completa. También lo hicimos en el cuarto de baño pero no se preocupen por nada ya que todo fue con la debida precaución"

Gertie maldijo en alguna lengua muerta y subió por las escaleras, Phil la secundó, vociferando sobre el dinero y tiempo desperdiciado en su educación. A Miles, no le quedó de otra más que suspirar para sus adentros y llevarlos a la cocina. ¿Qué, tenían un condón usado pegado en la frente o la espalda? No se dejaron marcas (que estuvieran a la vista) cuidaron su atuendo y peinado, ella hasta usó brillo labial rosado. ¿Entonces, por qué lo notaron?

Si su padre fuera una mejor (o peor) persona, les diría que a los dos "les brillaba la cara" había una luz diferente en su mirada, además de que esas no eran las ropas con que los vieron salir de la casa y sus cabellos seguían húmedos (por la ducha y no la lluvia) la diferencia se notaba en que venían "perfectamente arreglados" y eso sólo podía significar algo.

Que castraría a su hijo o lo mandaría a un internado para caballeros.

Cómo no.

—¿Usaron…?—preguntó luego de encender la estufa y acomodar la mesa.

—Condón.—respondió Arnold, nuevamente tenso.

—De acuerdo. No quiero un resumen, lávense las manos, les serviré de inmediato y podremos hablar de tu madre.

—Hecho.—los demonios internos de Arnold, parecían reaccionar con su padre o quizás se tratara de la lluvia, ya que él era un chico de sol, calor y verano, contrario de Helga que prefería la tormenta, el frío e invierno.

La cena (porque eran casi las 17:00 hrs.) les supo a gloria y la charla tuvo que esperar un poco más ya que Helga insistía en que también la escucharan sus abuelos.

Subió a la habitación de ambos y los encontró recostados. No les dio la "exclusiva" como tal, pero sí aclaró que la decisión, la tomaron como pareja. Arnold era un buen chico, lo educaron estupendamente bien y además de eso, los dos eran maduros. Querían más de la vida a parte de niños. No los gobernó la lujuria, aunque admitió que ganas no les faltaron.

Se comprometía de manera personal a respetar su hogar. No harían nada indebido, las reglas seguían siendo las mismas, ella en su alcoba, Arnold en su torre, los dragones en el calabozo evitando algún roce.

—Ese cabeza de chorlito tiene suerte de tenerte, Eleanor.—comentó Gertrude, levantándose de su lugar para apretarla en un fuerte abrazo.

—La afortunada, soy yo. —comentó, respondiendo el gesto.

—Bien, pueden contar con nosotros. Pero si salen con sus tonterías…—comenzó a amenazar Phil, incorporándose a su vez.

—Si lo hacemos…—se atrevió a contestar colocando una mano sobre su vientre plano. (Estaba totalmente segura de que no cometieron ninguna clase de "error" de haberlo hecho lo sentiría. Y lo único que ardía en sus entrañas era la adrenalina por la venidera pelea). —Estoy convencida de que Arnold y yo, sabremos cuidarlo.

Phil se contentó con eso, aunque la perspectiva de ser "bisabuelo" no le encantó. Se reunieron de nuevo en la sala y fue Arnold quien optó por narrar "su versión" de los hechos. Omitió la parte de los Dioses, mitos y reencarnaciones. Tan solo les hizo saber que Helga soñó con su madre siendo prisionera de Anthea.

—¿Es esa chica que está obsesionada con tu amor?—preguntó Gertrude.

—La misma.

—¿Y cómo podría…?—comenzó a cuestionarse Phil, pero su mujer lo frenó.

—Estas lluvias anuncian malos presagios, Odette Johanssen podría decírselos también.

—¿La abuela de Gerald?—preguntó Helga.

—En épocas peores se le acusó de practicar brujería. Y claro que lo hacía, sólo que era magia blanca y no negra. De nuestras noches de té, aprendí que el agua es un fuerte conductor de energías, sirve como enlace, incluso portal. Probablemente Stella, averiguara lo mismo con los "sabios" de aquellas tierras.

Así pudo conectarse contigo, Eleanor.

—Y con Hillwood. —corroboró la rubia intercambiando una mirada con Arnold. Tenía razón al ocultar ciertas partes de la verdad. Phil y Gertie, no tenían por qué saber la historia completa. Que estaban malditos, volvían a la vida y que Anthea fue la que conectó con ella a través de sus miedos y no Stella. Era mejor así.

Si lo entendían a su manera.

—En mi sueño, —continuó. —esa mujer dijo que si no terminábamos, nos arrebataría algo que sería irremplazable.

—¿Y tu apuesta es el pueblo…?—comentó Phil, entre divertido e incrédulo. Sacó uno de sus habanos de la parte interna de su pantalón y lo encendió con un movimiento pausado. —Este nido de ratas ha soportado auténticas guerras, tempestades. ¿No me creen? ¿Qué ya no les enseñan nada en la escuela? De 1954 a 1958, se inundó por completo. De ahí nació el lago que desemboca en el mar y surgieron multitud de leyendas. "El niño del diente" "La dama de blanco" "El hombre del saco"

De la manera que sea. Sólo ha llovido sin parar durante veinte horas y lo mejor de todo es que los "extranjeros" están huyendo.

—¿Perdón...?—intervino Arnold.

—Vacaciones de primavera, chaparro. El buen Doctor se ha esfumado esta mañana y decenas más se han ido junto con él. Sólo permanecemos los perros viejos, las familias fundadoras, los que no tememos a nada, ni nadie.—dio una profunda calada a su cigarro y soltó el humo directo en su cara.

Arnold comenzó a toser como loco, Phil continuó hablando.

—Díganselo a "esa" mujer, los Shortman no nos andamos por las ramas. Si quiere pelear, ya lo dijo Puki. Que venga.

—Es que ese es el problema. —comentó Helga. —Que no necesita venir porque la fortalece el miedo y los malos presagios provocan eso. Duncan falleció ayer y no creo que se necesite de mucho para convencer a Caroline y quien la acompañe de que el cielo está de luto.

—¿Y qué propones?—cuestionó Miles, pues estaba de acuerdo con esa parte de su discurso.

—¿Su sepelio será hoy?—preguntó mirando a Gertrude. La anciana consultó el reloj de pared sobre el pequeño televisor de antaño y respondió.

—En una hora, voy a buscar tus zapatos buenos, Phil

—¡Pamplinas! ¡No pienso ir! Duncan y yo conocimos los verdaderos "cielo e infierno" No creíamos en Dioses o Demonios, sólo en lo que nuestros ojos podían ver, y eso era muerte en el frente, esperanza en el hogar.

—Y esperanza es lo que queremos llevar.—apremió Helga. Phil, rumió otro poco pero dejó que Gertrude lo llevara a sus aposentos. Estaba vestido como era habitual, con su pantalón desgastado, camiseta sin mangas y pantuflas.

—¿Esperanza?—remarcó Miles, a la vez que se preguntaba si seguiría entrando en su traje de bodas.

—Arnold dijo que en la actualidad, se venera a los Dioses con cantos, ritos, representaciones bélicas y baile. El pueblo entero se congregará esta noche para despedir a uno de los suyos.

No necesitamos que asistan todos…

—Sólo los fundadores.—corroboró su novio.

—Pero es un funeral, los ánimos estarán decaídos.—comentó el antropólogo.

—Lo sé, pero Phil tiene un punto. Duncan era un ejemplo a seguir como soldado y guerrero. No creía en la vida después de la muerte pero todos los demás, sí. Caroline querrá creer que algún día lo volverá a ver y sus colegas querrán recordar su fortaleza de espíritu y voluntad férrea.

—Todo eso suena estupendo, pero ¿Cómo lo conseguirás?—insistió Miles, convencido de que lo haría.

—Con una ofrenda…—comentó sincera pero omitió agregar que esto era "el grito de guerra"

Si todo salía como quería y paraba la lluvia. La falsa Deidad sabría que iba tras ella. No que no lo tuviera claro desde antes, pero hasta ahora estaban cada quien en su esquina. Quitarle un "juguete" la pondría furiosa. No poder sembrar temor en los corazones de su pueblo, le aclararía que iba en serio.

Y disfrutaría al hacerlo.

—Conozco esa mirada. —comentó Arnold, ahora que su padre también se había retirado.

—¿Tengo que buscar tus zapatos lustrados? ¿O empacar tus ojos furiosos?—preguntó divertida. Él correspondió la sonrisa, sabía que algo tramaba y también, que no se lo diría.

—¿Iremos a San Lorenzo, cierto?

—Nos queda una semana de clases antes de las vacaciones y como comenté, quiero pasarla con nuestros amigos.

—De acuerdo, pero ten en cuenta que el lunes empezaremos tu entrenamiento.

—¿En verdad crees que haya algo sobre pelear, que tú me puedas enseñar?

—¡Hey! Dame algo de crédito, soy el "hombre milagro"

—Y yo, la Guerrera Amazona

—¿Piensas que haya algo de profético en las palabras de Gerald?

—Hasta donde he leído y sé, esas cosas místicas se heredan de abuelos a nietos.

—¿Poderes sobrenaturales, maldiciones?

—También la diabetes, hipertensión y calvicie.

—Mala mujer.

—Él sabe que lo quiero.

—De una muy extraña y retorcida manera.

.

.

.

SAN LORENZO.
3:00hrs.

.

Debido a la diferencia horaria, ya era Domingo en la Selva y al igual que sucediera en Hillwood, la lluvia comenzó a azotar desde el viernes por la madrugada. Los que lograron "escapar" se habían ocultado entre la hierba espesa con la esperanza de llegar a su Templo.

No temían a su fauna, ni a los terrenos húmedos o complejos. Por el contrario, creían en sus dioses y la palabra de su profeta.

La predicción que evocaban ahora, tenía que ver con el niño que volvió a la vida, nacido de dos extranjeros que permanecieron ahí para procurar y fortalecer a su tribu.

Sabían que la mujer de cabellos castaños y ojos verdes, fue arrebatada de su lugar de reposo. Sucedió durante la noche y quienes quisieron defenderla, terminaron muertos, malditos o gravemente heridos. Stella Shortman se entregó a sí misma. No pretendía que se perdieran más vidas y junto a ella cayeron los líderes de la tribu.

Aitor y Antha, podría decirse que el primero no daba crédito a lo que veía con sus ojos, pero la profeta se iba con la mirada en alto y todos los músculos relajados. Acusó a su propia sangre de estar maldita, más no por obra divina sino por sus propias tonterías.

—Debilidad de espíritu. —acusó.

Anthea, la que hoy día se proclamaba líder y Diosa, le escupió en la cara.

—Tú, lo dijiste. Toda mi vida escuché que había venido al mundo para ser de él.

—Lo que dije, fue que sus destinos se entrelazarían algún día. Que tú, harías cosas asombrosas e increíbles y hete aquí. Por segunda vez, tomando vidas para convencerlo a él.

—¡Ella me obligó! —gritó con frustración y dolor. Antha ni se inmutó. De no estar atada de brazos con una soga a la espalda, se abría limpiado el rostro y reído.

—La "elegida" no te ha obligado a nada, excepto a salir de su corazón. Y me asombra saber que lo logró.

—¡Yo, sólo hice realidad lo que ella deseaba! Siete años atrás entré en su mente. Vi su corazón y alma. Detestaba tanto a sus padres porque esos dos solo la lastimaban. ¿Y no hacían lo mismo los míos? ¿No era esa la manera de conseguirlo? Si lograba ser como ella, sólo que mejor entonces tendría su amor. Sembré dudas en su corazón, siempre fui diestra en las artes "oscuras"

—¡Cierra tu boca, sucia blasfema!—gritó Antha, pero Thea prosiguió con una sonrisa tan maligna que a todos los que observaban estremeció.

—Claro, tú me enseñaste esas artes, abuela. La diferencia entre "luz y sombra" radica en la pureza del corazón pero ambas sabemos que nunca tuve uno.

—¡LO TENÍAS!

—No, desde ese día. El niño milagro se fue y yo volví realidad tu predicción.

—Sangre y muerte presentí esa mañana. La ceniza del volcán era la misma que bajó hace dos semanas.

—¿Lo recuerdas?—preguntó con gracia. —Cayó minutos antes de que arribara su avión y entonces supe que lo olvidarías pues con un solo pie que puso en la Tierra, el cielo se aclaró, el sol brilló, el volcán se calmó.

—¡Era el preludio a una muerte! —pronunció Antha colérica por haber bajado la guardia.

—Misma que yo creé. Y te prometo lo mismo ahora, abuela. Yo, la mataré.

—¡Puede que termines con ella, pero jamás lo tendrás a él! —gritó Stella Shortman igualmente furiosa.

—Mis predicciones nunca fallan, criatura maldita. —les recordó a todos Antha. —El niño milagro salvará a esta tribu.

—Y una persona cercana a él morirá. —apuntó con su lanza, haciendo que sus adeptos levantaran a los "presos" y los hicieran entrar en una Tienda, la madre del milagro se retorció como loca y volvió a ser amordazada. Aitor intercambió una mirada dura con ella, le dijo que no luchara, ni temiera.

Los Dioses estaban con ellos y quienes lo escucharon creyeron y huyeron.

.

.

.

Eso sucedió cerca de dieciséis horas atrás.

Los presos continuaban en su Tienda, la posición de loto, espaldas rectas a pesar de tener los músculos tiesos por las cuerdas con que los tenían sujetos. Stella pensaba en su esposo, su hijo y también en esa preciosa niña que conoció años atrás en la Selva.

¿Anthea lograría asesinarla?

Cuando la arrastró a esa horrenda escena. El sueño, presagio, alucinación o lo que fuera. Se aterrorizó por completo.

No hubiera querido que aquel fuera el desenlace de su encuentro. El amor de su hijo, la mujer de su vida, atravesada por una lanza, la llenaba de pena y sin embargo sabía que un horrible designio se cerniría sobre ella.

Como madre, esposa y mujer, entendía que no había nada más terrible y cruel que un corazón herido pero Aitor y Antha, insistían en que no debía sucumbir a la desesperación.

¿Hicieron bien al desprenderse de su único hijo? ¿Sirvió de algo alejarlo de este sitio? ¿Conoció a Helga para atraerla a tan terrible muerte?

¡No! Se negaba a aceptarlo y entre más pensaba en eso, más comenzaba a escuchar una voz.

Fémina, transparente, dulce y cálida. Era una canción que tranquilizaba sus ansias. Hablaba de un volcán, cadenas, árboles del cielo...

Levantó el rostro esperanzada y también contrariada. ¿Al fin se volvió loca? pero buscó en los ojos de sus "compañeros" y encontró la misma estupefacción y desconcierto.

Antha comenzó a reír a mandíbula batiente, su esposo no modificó la expresión neutra de su rostro, más sin embargo notó en su mirar un auténtico brillo.

—Escuche con atención, madre del "milagro" —le ordenó y ella afinó su oído. La lluvia estruendosa e ingobernable, lentamente amainaba.

.

.

.


Continuará…

N/A: Capítulo medio de relleno para relajar los ánimos y que se diviertan un rato. Espero que les haya gustado. Besitos a quienes comentan ya saben que los amo y por lo demás...no se coman las croquetas de su gato.