Advertencia: el capitulo contiene escenas referentes a la auto mutilación.
Tener a Buttercup en el campo hizo que Emma vuelva a tener energías y ánimo para hacer las cosas que formaban parte de su rutina. Le gustaba llegar a su casa del colegio y dedicar su tiempo al caballo. Le curaba las heridas, lo bañaba, le cepillaba el cabello, lo hacía caminar un rato. De a poco empezó a volver a participar de las conversaciones, contestaba las preguntas que le hacían y prestaba atención en escuchar lo que decían. Era como si estaría volviendo a empezar, costaba y dolía, pero lo estaba haciendo. Luego de diez días Buttercup estaba recuperado, ahora solo tenía que pensar una forma de convencer a su padre de que lo deje quedarse.
- Emma, ¿Vos que pensas? – Preguntó Jefferson.
- ¿Qué? – Preguntó Emma confundida, había estado demasiado sumergida en sus pensamientos y no había seguido el curso de la conversación.
- ¿No estabas escuchando? – Pidió saber August levantando las cejas con curiosidad.
- No, lo siento, estaba pensando en Buttercup. – Explicó Emma algo avergonzada.
- ¿Todavía seguís con la idea de convencer a David de que lo deje quedarse en su campo? – Preguntó Elsa presintiendo lo que preocupaba a su amiga.
- Si. – Asistió Emma. – Pero, no importa, ¿Qué era lo que me preguntaban? – Preguntó Emma volviendo al tema anterior de la conversación.
- De la competencia de skates. – Respondió Graham.
- Es este sábado en la feria Neverland. – Agregó Ruby.
- ¿Queres participar? – Preguntó Jefferson.
- No, no creo. – Respondió Emma.
- Deberías, nunca antes participó una chica. – Dijo Ruby intentando entusiasmarla.
- Aparte al ganador le dan trecientos dólares. – Informó Elsa el premio.
- No sé, no tengo ánimos, no me gustan mucho las competencias. – Dijo Emma jugando con el sorbete de su bebida.
- Bueno, si te dan ganas, deberías participar. – Sugirió August.
- Seguramente ganarías. – La halagó Graham.
Emma no había querido andar en skate desde que Henry se murió, alguna parte de su insconciente hacía que no se sienta bien haciendo algo que la hacía tan feliz cuando él ya no estaba. Sabía que sus amigos estaban intentando ayudarla y animarla, pero por ahora no podía. Sabía que en algún momento iba a tener que volver a disfrutar de las cosas que amaba hacer, pero por ahora no se sentía cómoda haciéndolas. Tendría que ir paso a paso, como cuando murió Ingrid. Todo era cuestión de tiempo y a ella todo parecía llevarle el triple de lo normal.
Cuando salió del colegio se fue a su casa y pasó gran parte de la tarde en la huerta. Esos días en los que se había estado sintiendo tan destruida, había descubierto que el contacto con la tierra era algo muy descargador. Cuidando de las plantas había podido encontrar paz y tranquilidad. Sin embargo, esa tarde, la paz no le duró mucho. En cierto momento de la tarde empezó a escuchar ruido a caballo y fue a ver que era lo que sucedía. Buttercup estaba en un corral al aire libre y Robert Gold estaba intentando domarlo. David, Liam y Killian lo observaban desde fuera. Emma no entendía qué era lo que el señor Gold hacía allí, ni lo que estaba haciendo al caballo. Aparte había algo que la confundía, ¿No se suponía que se llevaba mal con su padre?
- ¿Qué esta pasando? ¿Qué están haciendo con Buttercup? – Cuestionó Emma acercándose al corral.
- Le pedí al señor Gold que venga a domar y entrenar a Buttercup. – Respondió David.
El señor Gold cayó de Buttercup. Enojado ante lo sucedido, tomó el látigo que tenía en su mano y dio unos golpes en el lomo del caballo. Emma observó la situación horrorizada, no comprendía como alguien podía ser tan cruel al tratar un animal, más cuando ese animal hasta hace poco había estado gravemente herido. Las quejas de dolor del caballo hicieron que millones de escenas aparezcan en su cabeza, recuerdos de cuando a ella más de una vez le habían pegado con cinturones. Actuando de puro instinto entró al corral, ignorando las llamadas y quejas de David. Se paró entre Buttercup y el señor Gold, y detuvo el siguiente latigazo con su mano.
- ¿Qué estás haciendo? – Preguntó Gold mirándola con enojo y asombro.
- No sé te ocurra volver a tocar este caballo. – Respondió Emma con seriedad.
- Pero… - Comenzó a decir Gold.
- ¡¿Quién te crees que sos para creer que puedes maltratar a un animal de está manera?! ¡Vete de aquí! – Explotó Emma furiosa.
- Gold, ¿Podemos hablar? – Intervino David interrumpiendo la situación.
- Claro. – Asistió Gold.
Emma observó al señor Gold salir del corral para hablar con David. Una vez que él estuvo afuera, centró su atención en Buttercup. Sacó su camisa, quedándose en musculosa, y la uso para detener las sangre de las pequeñas marcas que había dejado el látigo. Acarició su lomo y su cabello hasta tranquilizarlo completamente. Sentía gran enojo contra Gold por lo que había hecho, y contra David por haber dejado que suceda. Ella tenía que demostrarles que la violencia no era la forma en tratar a un animal, y menos a su caballo. Sí, ella pensaba en Buttercup como su caballo, aún cuando no sabía si iba a poder serlo ya que no había podido convencer a David. Decidida a mostrarles a esos hombres que ella tenía una conexión especial con ese hermoso caballo salvaje color negro, se subió a él dispuesta a cabalgarlo. El caballo dio un par de saltos bruscos, los cuales ella pudo controlar perfectamente. Una vez que se calmó lo incitó a andar, y eso hicieron. Ella cabalgó a Buttercup como si fuera el caballo más manso del mundo, dio un par de vueltas alrededor del corral y luego se bajó del caballo.
- Así es como se trata a un caballo. – Dijo ella a Gold y a David.
David, Gold, Liam y Killian la miraron sorprendidos, como si no podrían creer lo que acababa de ocurrir. Al parecer no era algo normal que una persona pueda montar a un caballo mustang de esa manera, y menos una mujer. Lo que ellos no sabían era que Emma había pasado más de una noche intentando cabalgar con Buttercup. Las personas del campo a veces eran demasiado machistas para su gusto. Como nadie dijo nada, Emma decidió irse. Tenía la sensación de que David y Gold estaban planeando algo, y que fuera lo que fuera eso no le iba a gustar.
- ¡Emma, espera! – Exclamó Killian corriendo para alcanzarla.
- ¿Qué pasa? – Preguntó ella volviéndose hacia él.
- Eso fue asombroso, estuviste increíble. – La halago él una vez que estuvo parado frente a ella.
- Gracias. – Agradeció con una pequeña sonrisa.
- Tu mano, está lastimada. – Dijo él agarrándole la mano para poder examinar donde el látigo le había pegado.
- No es nada, es solo un corte. – Dijo ella quitándole importancia al asunto e intentando liberar su mano.
- Pero está sangrando. – Protestó él sin soltar la mano de ella. – Déjame ayudarte. – Pidió suavemente.
- De acuerdo. – Asistió ella perdiéndose en la intensidad de los ojos azules de él.
Killian la agarró de la mano y la llevó al establo. Abrió una canilla que había, le quito las pulseras y guió la mano de ella bajo el agua. Emma dejó que él le lave su herida, disfrutando la sensación de que alguien la cuide. Una vez que el corte dejo de sangrar Killian cerró la canilla y vendó la mano de ella usando un pañuelo que sacó del bolsillo de su pantalón. Emma había estado tan perdida en lo lindo que se sentía el contacto de las manos de él con la piel de ella, que no se dio cuenta cuando él notó sus cortes. Cortes que no tenían nada que ver con el latigazo de recién, sino con lo que más de una noche había pasado haciendo con su navaja.
- ¿Qué son estos cortes? – Preguntó él acariciándole los cortes con delicadeza.
- Nada. – Respondió ella separándose de él bruscamente.
Emma se fue de la terapia grupal sintiéndose extremadamente triste. Las charlas sobre familias siempre la ponían triste. Ella no tenía familia. Ella había sido abandonada, y más de una vez. Sus padres verdaderos la habían abandonado, y todas las familias adoptivas donde había estado también. ¿Para qué iba a quedarse en esa charla si ella no tenía familia, ni nunca iba a tenerla? Probablemente no tenía familia porque no se la merecía. Es como en más de una casa adoptiva le habían dicho, ella no se merecía ser amada. Sus verdaderos padres la habían abandonado en medio de la ruta, no habían tenido ni siquiera la delicadeza de llevarla a un hospital o iglesia. Ellos no la habían amado ni siquiera en su primer instante de vida. ¿Y si sus verdaderos padres no pudieron amarla, entonces quién iba a hacerlo?
- Emma, ¿Qué estas haciendo? – Preguntó Ingrid entrando a la habitación y encontrando a Emma cortándose las muñecas.
- Es solo mi manera de descargar mi dolor. – Respondió Emma soltando la navaja que tenía y tapándose la cara con sus manos de la vergüenza.
- Emma, ¿Sabías que todos creemos que estás diciendo la verdad y vos no tenes un problema con las drogas? – Preguntó Ingrid sentándose a su lado. – Las habrás probado, pero definitivamente no sos una adicta. – Comentó.
- Bien, gracias por creerme, supongo. – Dijo Emma sin saber bien que decir y haciendo hombros.
- Pero esto que estás haciendo es lo mismo que la droga. – Dijo Ingrid agarrándole sus muñecas heridas y dando un beso en ellas a pesar de que tenían sangre. – Esto al igual que una adicción, es una manera de evitar y escapar de la realidad. – Explicó con calma.
- ¿Por qué me estás diciendo esto? ¿Por qué te importa lo que yo hago con mi cuerpo o mi vida? – Preguntó Emma con una mezcla de confusión y enojo.
- Sé que haz tenido una vida difícil y que haz sufrido mucho Emma, pero esta no es la manera de descargar lo que sentís. – Respondió Ingrid agarrándole la cara suavemente para que sus miradas se encuentren. – Sos una chica buena, hermosa y fuerte. Nada de lo que pasó en tu vida es tu culpa. No te lastimes, no te mereces ese dolor. – Dijo con sinceridad.
Ingrid secó las lágrimas de Emma y la refugió en un cálido abrazo. Emma no entendía bien del todo lo que sucedía, pero se dejo llevar, esa mujer la hacia sentir segura. Emma nunca había contado a nadie de sus cortes. Las únicas personas que lo habían sabido eran Neal y Lily, pero nunca le dieron importancia, siempre pensaron que era un asunto tonto y que ella era débil. Ingrid era la primera persona que le había hecho sentir que eso no estaba bien, que ella no merecía lastimarse de esa manera.
- Emma… - Dijo él preocupado al ver sus reacciones.
- Esto no es nada, fue solo un error. – Lo interrumpió ella negando con la cabeza y evitando mirarlo porque se sentía avergonzada.
- Esas heridas fueron hechas intencionalmente. – Dijo él intentando de asimilar lo que acababa de descubrir.
- ¿Y? – Preguntó ella mordiéndose el labio para descargar algo de la tensión que sentía.
- Yo… tengo que hacer algo con esto, tus padres tendrían que saberlo. – Contestó él y se hizo camino hacia fuera del establo.
- No, Killian por favor. – Suplicó ella alcanzándolo y agarrando su brazo para detenerlo. – Por favor no les digas, no quiero que ellos sepan, que se preocupen y todo eso. – Pidió algo desesperada.
- No sé que hacer con esto Emma. – Dijo él con sinceridad y dio un largo suspiro. – No está bien que te lastimes. – Comentó pensativamente.
- Henry sabía, él me ayudaba. – Dijo ella después de un largo silencio.
- ¿Por qué lo haces? – Preguntó él sin poder evitar la preocupación en el tono de su voz.
- Porque no sé como expresar lo que siento, es todo demasiado intenso o simplemente la nada misma. – Respondió ella tímidamente. – Es muy difícil de explicar, podría llevarnos toda la vida. – Agregó frustrada ante su incapacidad de expresarse.
- Emma vos no te mereces está clase de dolor, no deberías lastimarte de está manera. – Dijo él acariciándole las heridas que tenía.
- Lo sé, créeme que lo sé. - Dijo ella, las palabras de él haciéndole recordar lo que Ingrid le había dicho más de una vez. – Pero a veces es mucho más difícil que saberlo. – Justificó.
- Yo no voy a decirle a tus padres, pero a cambio debes prometerme que la próxima vez que sientas ganas de lastimarte me buscarás, me llamarás o me lo harás saber. – Propuso él mirándola intensamente a los ojos.
- ¿Por qué, Para qué? – Preguntó ella descansando su frente contra la de él y cerrando los ojos por un instante.
- No lo sé. – Respondió él acariciándole la mejilla. – No quiero que pases por esa clase de dolor sola. – Se animó a decir finalmente y dio un beso en las heridas de ella.
- De acuerdo. – Aceptó ella.
Todo lo que sentía por Killian Jones creció agigantadamente ese día. Al verlo besar sus heridas comprendió y aceptó que estaba completamente enamorada. Cada pequeño detalle y reacción de él la enamoraban. Siempre parecía adivinar que era lo que ella necesitaba. La forma en que la entendía, la respetaba, la trataba, le daba sus tiempos... Emma estaba empezando a descubrir, sentir y comprobar que era que la quieran bien gracias a ese maravilloso chico.
Cuando regresaron al corral no había nadie allí, ni siquiera Buttercup. Fueron hacía el frente de la casa en búsqueda de alguien, cuando lo próximo que vieron hizo que el corazón de Emma vuelva a romperse en mil pedazos. El señor Gold estaba subiendo a Buttercup a un camión, se lo estaba llevando. Liam indicó a Killian que se suba a la camioneta y Emma fue a enfrentar a David.
- ¿Qué esta pasando? ¿A dónde va Buttercup? – Cuestionó Emma a David.
- El señor Gold se lo va a llevar, ya que quiere entrenarlo para carreras. – Respondió David.
- No dejes que se lo lleve. – Pidió Emma de manera suplicante.
- Los mustang son caballos peligrosos y en este campo no son bienvenidos. – Dijo David decidido.
- Por favor, no me hagas esto, yo no puedo perderlo. – Rogó Emma con la voz temblorosa.
- Lo siento, pero es una decisión tomada. – Se disculpó David dando por cerrado el tema.
Liam y Killian desaparecieron en la camioneta, y luego el señor Gold se subió al camión donde había subido a Buttercup. Emma corrió al camión y golpeó las paredes llamando a Buttercup una y otra vez. El camión arrancó y Emma lo corrió hasta que no pudo seguir la velocidad con la que andaba. Lo vio desaparecer de su vista y se desplomó en el césped mientras sus lágrimas caían rebeldemente por toda su cara. No podía creer que acababa de perder a Buttercup, no podía entender porque su padre era tan cruel en dejar que eso suceda. ¿Por qué la vida estaba tan empecinada en hacerle perder siempre lo que más quería?
