NOTA:
DRAMA. TENSIÓN.
Ivan me cambió el curso de los acontecimientos, pero no voy a mencionar mucho ahora por evitar spoilers. Diré algo al final del capítulo, porque todo ha sido muy complicado como verán...
Agradezco el apoyo de nuevos lectores como AthtarCat-Kuro, Yukime Hiwatari y mi querida Dan. Estos últimos capítulos son de mis preferidos y me encanta saber que ustedes también los aprecian :) Gracias también a Miut por regresar y a mis preciosos lectores habituales.
—
This is the night when the world crashes down
Nowhere to hide the evidence is all around
I told you I won't ever let you go
I'm waiting here, I'm stitched into your soul
Now I wonder how it ends
Crawling under again
Now I wonder
Please-
Hold me the way you do
(In the End, de The Anix)
Traducción:
Esta es la noche en la que el mundo se desmorona
No existe lugar donde esconder la ubicua evidencia
Te dije que nunca te dejaría ir
Te espero aquí, estoy entrelazado en tu alma
Ahora me pregunto cómo terminará
Arrastrándome de nuevo
Ahora me pregunto...
Por favor, abrázame como tú haces.
—
Capítulo 25 – Justicia
No podía ser cierto. Tenía que ser un mal sueño, aunque habría jurado que ni en las peores pesadillas podía llegar a doler tantísimo.
Pelze...
Aquella misma mañana había estado jugando con ella en el jardín. La perrilla se cansaba con facilidad debido a su gran tamaño, pero siempre hacía un esfuerzo por contentar a su amo, así que no escatimaba ocasión para traerle sus juguetes y ponérselos a sus pies. El collar de brillantes se lo había encargado y comprado él mismo en cuanto consiguió el prestigioso puesto en la embajada. Por entonces se extendía ante sus ojos un futuro prometedor, y en lo único en que pudo pensar fue en celebrarlo junto al ser que más amaba en el mundo: su vieja perrita Pelze.
El príncipe ruso parecía encantado con sus lágrimas, y Jean-Claude odió con toda su alma que estuviese regalándole tan fácilmente una satisfacción como aquella, pero ¿qué otra cosa podía hacer si acababa de arrancarle el corazón de cuajo sin la más mínima muestra de piedad? El hombre colocó el collar del perro sobre una mesa cercana, de modo que él pudiera verlo bien desde cualquier ángulo, y retornó hacia su llorosa víctima con el ánimo aún más entusiasta que antes.
—¿Qué le ha hecho a Pelze? —preguntó el duque con la voz quebrada.
Pero no quería saberlo, claro que no. Al igual que tampoco quería saber qué era lo que iba a hacerle a él.
—Librarle de un amo cruel y cobarde —respondió el ruso con naturalidad, situándose justo delante de él. Su paso era poco firme, pero su actitud, al menos, pretendía serlo—. Creo que incluso en sus últimos momentos me dirigió una mirada de agradecimiento. Y qué ojillos lindos tenía...
—Ella... era inocente —dijo Jean-Claude en mitad de un hipido.
—Ah... inocente. Qué palabra tan bella y tan conveniente. —Ivan le dedicó una nueva y torpe caricia que arrastró consigo toda traza de lágrimas de sus mejillas—. ¿Llegó usted a saber cómo se llamaba el águila de Gilbert? Porque él también le puso nombre. Él también la quería, y me atrevería a decir que era su único consuelo en ese infierno de escuela que usted, cobarde entre los cobardes, desató sobre él.
¿El águila?
Ivan buscó en derredor y se hizo con una silla para acercarla hasta su prisionero y poder sentarse a su lado. Parecía tener la intención —al menos de momento—, de mantener una simple conversación con él. ¿Y por qué no? Torturarlo con palabras también podía ser un excelente procedimiento tras haberle asestado la más amarga de las puñaladas.
—No me agrada mucho ver llorar a los demás, pero usted hace la excepción, señor duque —dijo el ruso, mirándolo fijamente con aquel par de ojos violeta, entenebrecidos por el alcohol—. Es usted muy... agraciado. Puedo comprender qué es lo que ha visto en usted ese turco traidor. Venga, llore para mí. Intente conmoverme. Aunque le advierto que lo tiene muy difícil, pues es usted el culpable de que me halle en este estado.
Ivan extendió los brazos en el aire con aspecto dramático. La frialdad de sus ojos, perceptible incluso a través del velo de lágrimas que empañaba los ojos de Jean-Claude, no casaba del todo bien con el ardor que destilaban las palabras del ruso.
Ante el silencio de su prisionero, solo roto por quedos sollozos, Ivan prosiguió:
—Es el culpable de todo. Y ahora ni siquiera tengo a mi lado a Sadiq, a mi fiel Sadiq, que juró que siempre estaría... Ah, pero esto a usted no le importa. Pobre niño rico, acostumbrado a jugar con los demás... ¿Qué se siente al sufrir en sus propias carnes un dolor tan intenso? El dolor de perder lo que más quieres.
—Señor... Señor Braginski...
—Me asquea que pronuncie mi apellido, pero adelante. Siempre puedo amordazarle si no me gusta lo que oigo.
—Le ruego que recapacite y que me deje libre. Ya me ha destrozado, ¿qué más quiere de mí?
—Devolverle exactamente el mismo trato que usted le dispensó a Gilbert en el pasado. Así que cuénteme qué le hizo en la escuela a ese muchacho, pero si detecto una sola mentira, tenga por seguro que doblaré la violencia de mi venganza.
—Señor, yo no le hice nada a ese polluelo. Ni siquiera conocía su nombre.
—Gilbird, se llamaba Gilbird.
—Yo no toqué una sola pluma de... —Jean-Claude tragó saliva con dificultad—... de Gilbird.
—¿Y por qué tendría que creerle?
—No... no me gusta dañar a seres inocentes.
Las graves carcajadas de Ivan sonaron más como una sentencia que al gesto alegre y desenfadado que debían ser.
—¿Inocente? ¡Es usted un cínico, señor! ¿Y Gilbert qué era para usted entonces?
«Mi obsesión».
—Mi... rival. Pero no hay día en que no me arrepienta por lo que le hice. Me he pasado tanto tiempo tratando de compensarlo...
Le daba la impresión de que el príncipe no era tan peligroso como a simple vista parecía, a pesar, claro está, de que lo había secuestrado, maniatado y —cómo olvidarlo—, matado a Pelze a sangre fría. Pero era posible que aún pudiera hacerlo entrar en razón. Las cosas no tenían por qué degenerar hasta alcanzar un punto de no retorno.
Porque no pretendería matarlo a él también, ¿verdad? Eso era absurdo.
En ese momento Ivan le asió por un mechón de cabello y tiró de él con tanta fuerza que Jean-Claude exhaló un agudo gemido de dolor.
—¿Compensar qué? No se atreva a tomarme por idiota, porque no se lo consentiré. ¿Compensar dice? Usted mismo me confesó que lo odiaba, ¿recuerda? Que era un sucio... Schwul. Las personas como usted son la mayor escoria de la humanidad. Ahora mismo estoy deseando destruirle esa cara tan hermosa que tiene, y si me contengo es porque es mi deseo ser justo. Así que va a contarme qué es lo que le hizo a Gilbert, sin omitir ningún detalle. Si le preocupa que vaya a matarle, descuide, señor duque, puesto que es obvio que mi cuñado está vivo.
Cuñado. Claro.
Jean-Claude se percató de que contaba con una información crucial de la que el príncipe carecía. ¿Toda aquella locura se debía al amor de aquel ruso por su antiguo compañero de escuela? ¿Le habría contado Gilbert que se habían acostado tres días atrás? Eso era imposible, ni Gilbert podría ser tan bocazas ni tan insensato, pero ¿entonces...?
—Únicamente pienso devolverle ojo por ojo, y diente por diente, cada una de sus mezquindades —recalcó Ivan sin soltarle del cabello—. Así que cuénteme.
—Un momento, por favor. Podríamos... discutir esto como caballeros.
—¿Quiere que lo desate? —La risa de Ivan era casi peor que su abrasadora mirada de hielo.
—Haré lo que usted quiera, lo que me pida.
—Ya le he dicho lo que quiero de usted. Y como me siga haciendo perder así el tiempo y la paciencia, aténgase a las consecuencias.
—¿Quiere usted a Gilbert?
La decisión vaciló en sus terroríficas pupilas.
—Claro que lo quiero, es... el prometido de mi hermana —respondió en un tono en el que se traslucía un brevísimo deje de recelo.
—Me refiero a si lo ama. —Sabía que se arriesgaba, que las consecuencias podían ser terribles, pero ¿qué otra cosa podía hacer dadas las circunstancias?
El tortazo fue tan violento que en un primer momento creyó que le había soltado algún diente. Jean-Claude dejó la cabeza ladeada y las lágrimas le escocieron al surcar la mejilla latente por el golpe, y apretó las mandíbulas con fuerza. La encrucijada en la que se hallaba era odiosa. Decirle la verdad podría acarrear su fin, pero podría también quizá salvarlo de aquella cólera impredecible. Hice daño a Gilbert, pero fue porque lo amaba. Comprendo como nadie sus sentimientos, pero tranquilícese porque no soy rival para usted.
Ivan volvió a atraparlo por el cabello y le giró la cabeza para confrontarlo de nuevo. Había algo indefinible pero claramente distinto en el ruso, como si el aura glacial que lo dominaba se hubiera evaporado para dejar al descubierto un fuego que podría ser mucho menos manejable y mucho más peligroso.
—Puede que se crea que todo esto es una broma. Y yo detesto que no me tomen en serio, ¿de verdad quiere tantear mis límites, señor duque?
—Por favor, se lo ruego, escúcheme. Se está equivocando.
Ivan lo miró con incredulidad. Algo semejante le había dicho Sadiq el mismo día que había desertado de su lado.
—Puede pegarme más si quiere, pero no por ello cambiarán los hechos. Me tiene en su poder y puedo ver que está usted muy... afectado por algo, y el alcohol y la rabia son solo un indicio más de su tormento. Así que, ¿por qué iba yo a decirle algo que alimentara su cólera aún más contra mí? Déjeme ayudarle, príncipe Braginski, aunque sabe Dios que eso es lo último que me gustaría hacer, puesto que ha matado usted a mi pequeña... —La voz se le volvió a distorsionar y un germen de rabia surgió en el ánimo del luxemburgués—. ¡Yo no maté a su águila! Fue uno de mis... seguidores. Créame o no, pero yo no odio a Gilbert. Soy despreciable y un estúpido, sí, pero no lo odio. ¿Por qué no se lo pregunta a él usted mismo?
En realidad, jugarse aquella carta podría ser contraproducente. Quién sabía qué haría Gilbert si lo mezclaban en una situación tan extrema como aquella. O qué diría. Por lo que conocía de él, era muy posible que lo empeorara todo todavía más.
Ivan se levantó de la silla y se dedicó a pasear un rato por la estancia, con una evidente angustia anclada ahora en el rostro.
—Gilbert es ahora amigo mío, alteza.
—Mientes.
—Pregúnteselo.
—Mientes por cobardía.
—Gilbert me perdonó. A primera vista puede parecer un hombre vanidoso, pero por debajo de esa fachada hay un hombre increíble, pero eso usted ya lo sabe bien, ¿me equivoco?
Ivan se giró de improviso y le dio una patada tan fuerte a una de la patas de su silla, que lo hizo caerse aparatosamente al suelo. Jean-Claude, un poco aturdido por el golpe, notó un ligero sabor a hierro en los labios y supuso que se habría mordido la lengua al caer.
Empezaba a creer que nada acabaría bien.
—Ya no puedo preguntarle nada, porque perdí la cabeza e hice lo que no debía hacer y ahora lo he perdido.
Jean-Claude escuchó aquellas palabras lastimeras desde el suelo, con un dolor sordo y cada vez más intenso en la mejilla y en un hombro, y tuvo que contenerse para seguir mostrándose tranquilo y razonable frente al otro hombre.
—Gilbert lo ama a usted, Braginski, maldita sea —dijo Jean-Claude desde el suelo—. Me lo dijo, lo sé. Está sacando las cosas de quicio y...
Ivan se acuclilló a su lado y la clavó los dedos en la barbilla.
—Me tomas por un imbécil, pero se acabó. Parece ser que lo de tu perra no fue suficiente...
—¡Braginski! Si me suelta y deja que me limpie la sangre, se lo contaré todo. Pero tiene que prometerme que se va a tranquilizar.
—¿Que te prometa yo algo a ti? ¿A un hombre sin honor?
Sin embargo, Ivan sujetó la silla por el respaldo y la volvió a poner en pie con sorprendente cuidado. Lo que estaba más que claro era que el ruso poseía una gran fuerza física.
—Si me hace daño, Gilbert no se lo perdonará —le advirtió Jean-Claude reprimiendo una mueca de dolor al sentir un agudo pinchazo en el hombro. Desde su tiempo en secundaria, cuando una vez tuvo que soportar una cruel tortura en que un grupo de compañeros le desencajaron los hombros, el dolor de los huesos mal curados se había vuelto un leve suplicio en su vida diaria.
—Esto no tiene ni pies ni cabeza.
—Sí, no hace falta que lo jure.
—¿Te estás haciendo el gracioso conmigo, duque?
—Solo quiero tratar este asunto como los dos caballeros que somos.
—Ninguno de los dos lo somos —dijo Ivan con aspecto grave, situándose de nuevo frente a él sobre la silla—. Pero no soy ningún monstruo y ya te dije que no pienso acabar contigo, porque no mereces siquiera las molestias. Tan solo quería que experimentaras el mismo dolor que sufrió Gilbert. Que, cuando regreses a casa y recuerdes que nunca más volverás a ver a tu querida perrita, entiendas que te lo merecías. Porque todo tiene un precio, Jean-Claude. Todo.
El luxemburgués bajó la mirada hasta su propio regazo. El dolor del pecho rivalizaba en intensidad con el físico. Él solo quería que acabase aquella pesadilla.
—Dígame, por favor, ¿sufrió Pelze? —inquirió con un hilo de voz que a punto estuvo de convertirse en un sollozo.
Ivan tardó en responder y, cuando lo hizo, la suya sonaba mucho menos crispada.
—No. No sufrió.
El muchacho trató de serenarse por todos los medios y alzó la vista con determinación cuando se vio con fuerza suficiente para enfrentarse al príncipe.
—Bien, ¿qué quiere saber?
—Verás, Jean-Claude... Todo se acaba de complicar un poquito más para ti. En un principio quería saber qué es lo que le habías hecho a Gilbert para conocer exactamente el grado de tu crueldad, pero ahora hay algo que no me cuadra en toda esta ecuación, y debe de ser porque me falta información clave. ¿Por qué te perdonó Gilbert? No lo entiendo. Un enemigo no se convierte en un amigo de la noche a la mañana. Traeré a Gilbert aquí si es necesario, para que corrobore lo que me digas, así que más te vale decirme toda la verdad. ¿Te parece lo suficientemente razonable?
—De acuerdo Braginski. De acuerdo, usted gana. —Jean-Claude tomó aire e incluso le temblaron los labios instantes antes de que iniciara su confesión—. Fui muy cruel con Gilbert en primaria. Me dediqué a hacerle la vida imposible y hasta me serví de otras personas para hacerle daño.
La mirada del príncipe se endureció, pero permaneció inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho y el cuerpo en clara tensión.
—¿Por qué él?
—Podría haber sido cualquiera... —Pero hasta él se daba cuenta de que no sonaba demasiado convincente—. Lo cierto es que Gilbert llamaba mucho la atención. Su cabello blanco, sus... sus ojos. A él le gusta llamar la atención. A veces es presumido y coqueto como una muchacha. —Se percató con horror que se le dibujaba una pequeña e involuntaria sonrisa al decir aquello y rezó por que el ruso no la hubiera visto. Miró con timidez al hombre que tenía sentado frente a él y vio que un gesto de extrañeza curvaba ligeramente una de sus cejas rubias. Por Dios, ¿cómo podía ser tan imbécil? Cometer un desliz tan absurdo cuando las cosas parecían mejorar siquiera un poco... Quizá fuera por esa misma causa: ante la actitud más comedida del príncipe, se había relajado y ahora...
—Sí, es cierto... —asintió Ivan examinándolo con mucha más atención.
—Y... y bueno, era tan presuntuoso que... consideré que alguien debía darle una buena lección vital.
—Por supuesto. Y tú, oh gran señor de sapiencia infinita, eras la persona indicada para hacerlo, ¿no es así? —replicó Ivan con un destello de ira.
—Yo era un chiquillo idiota por entonces.
—¿Qué le hiciste? ¿Le pegabas?
—Alguna vez conseguí que le dieran alguna paliza entre varios, sí.
—Ahora mismo me encantaría destrozarte la cara.
Jean-Claude cerró los ojos e inspiró profundamente. Tan solo el hecho de respirar le resultaba un suplicio. No sabía si se debía a la angustia o a la caída de hacía un rato, aunque tampoco es que las causas importaran en ocasiones.
—¿Cree que no me mortifiqué lo suficiente después?
—Oh, vaya por Dios, ¿es que tuviste luego un ataque de conciencia? —preguntó el ruso en tono sarcástico.
—Cuando él entró en secundaria... quise dejar todo eso atrás.
—Y Gilbert te perdonó sin más.
—Me... me esforcé mucho por mostrarme amistoso con él.
—Lo siento, no te creo.
—Ya le dije que solo tiene que preguntarle a él.
Ivan no replicó, pero se puso en pie y se alejó unos pasos para detenerse junto a una mesa. En su mente ya calenturienta, Jean-Claude se imaginó que tendría allí dispuestos algunos útiles de tortura que en algún momento emplearía con él, por lo que suspiró de verdadero alivio cuando vio que únicamente alcanzaba una botella de vodka y le daba un trago de varios segundos antes de regresar junto a él.
—Hay algo que no me estás contando —sentenció el ruso sentándose muy cerca de él. El olor a vodka era aún más perceptible que antes y, desde luego, no presagiaba nada bueno—. Te lo repito: como haya alguna divergencia entre tu testimonio y el de Gilbert, ten por seguro que te mataré con mis propias manos al igual que hice con tu bola de pelos.
—No... ¡no es justo! Gilbert podría mentir solo por tratar de agradarle, alteza, y...
«O por protegerme a mí...».
—Gilbert no miente. Al menos eso me aseguró el día de su graduación. Será interesante comprobar de una vez por todas si es un mentiroso o no. Pero eso a ti no debería preocuparte lo más mínimo, a menos, claro, que seas tú quien decida mentirme. —La sonrisa de Ivan volvía a ser pavorosa, sobre todo cuando la acompañó de un gesto cariñoso que dedicó sobre su mejilla magullada durante unos instantes en los que Jean-Claude dejo, literalmente, de respirar—. Eres muy bello, Jean-Claude. Dime... ¿le tocaste alguna vez en el colegio?
Notó cómo el corazón le empezaba a latir desaforado en el pecho. El príncipe solo tenía que extender uno de esos dedos acariciadores para tomarle el pulso y entonces ya no le haría falta siquiera una respuesta.
Ante el silencio obstinado de su víctima, la sonrisa de Ivan se transformó en una mueca tensa.
—¡Respóndeme! Yo mismo estuve en una escuela militar. Sé cómo se las gastan los tipos como tú. Sé cómo son algunas de esas novatadas. ¿Lo humillaste sexualmente alguna vez? Respóndeme o te juro que te rompo el brazo derecho en dos.
—Sí, señor —farfulló el duque, pálido como un espectro.
—¿Disculpa? Me ha parecido oír un «sí». ¿Me lo confirmas, por favor?
—Sí, señor, lo hice. Lo humillé... sexualmente.
El príncipe se volvió a levantar y se llevó la mano a la cara en un gesto de incredulidad mayúscula.
—Esto... esto no puede estar pasando —musitó el ruso antes de dirigirse a él con los ojos ligeramente inyectados en sangre—. ¿Y tienes la tremendísima desfachatez de decir que te perdonó?
—Lo hizo, señor. Tiene... tiene que creerme. En secundaria nos hicimos amigos. Me costó un poco al principio, pero... ya le dije que Gilbert es... un hombre muy especial. Parece impulsivo, pero luego es reflexivo. Tiene un aspecto frágil, pero es muy fuerte. Parece un desastre, pero... es muy metódico. Y... sabe perdonar. Téngalo en cuenta, por favor, porque si ha reñido usted con él...
Ivan, echando aún chispas, se lo quedó mirando sin decidirse o no a golpearlo de nuevo.
—¿Reñido? ¿Qué sabes tú de Gilbert y de mí?
—Bu... bueno, les vi el otro día peleándose a puñetazos, ¿recuerda? Si Gilbert me perdonó a mí después de todo lo que le hice, ¿cómo no iba a hacer lo mismo con usted, príncipe Braginski? Desconozco la razón de su pelea, pero...
—Nada que te incumba. Pero me estás confundiendo con tus palabras y yo no te traje hasta aquí para conversar como dos amigos. Volvamos al principio, ¿de acuerdo? A lo del ojo por ojo.
Tratar con aquel hombre era demencial. Tan pronto parecía razonable como consumido por la ira. Era como uno de aquellos osos rusos amaestrados, adorables y, a fin de cuentas, letales. Sospechaba que el vodka no ayudaba a calmar tampoco los ánimos, sino más bien al contrario. Por supuesto, no estaba tan loco como para decírselo todo. Sí, poco antes de que me graduara, nos tocamos en las duchas, pero eso fue de mutuo acuerdo, no como aquella otra vez...
—Solo lo hicimos en una ocasión. Lo acorralamos en las duchas y les ordené a unos compañeros que lo desnudaran. Nadie lo tocó, excepto para humillarlo un poco. Le dieron unos cuantos fustazos en... en el trasero, pero no permití que le hicieran sangre, se lo juro. Al final no fue para tanto, aunque... bueno... —Pero en su voz se distinguía tanto la duda como el terror ante la reacción del ruso.
—Que no fue para tanto... ¿Y si te desnudo ahora y te ato a una de las columnas de mi cama? ¿Y si llamo a mis sirvientes para que te observen y luego te azoten delante de mí? ¿Te gustaría eso, putita de alcurnia? Apuesto a que eso te excitaría, tienes pinta de que te gusten ese tipo de cosas. —Ivan frunció los labios y trató de recomponerse—. Dime, Jean-Claude, ¿y cómo es Gilbert desnudo? Descríbemelo.
El brutal sonrojo que acompañó al estremecimiento del luxemburgués fue tan sumamente elocuente, que Ivan casi hizo rechinar los dientes de rabia.
—Por favor... alteza...
—Dime, ¿te gusta Gilbert? ¿Por qué te sonrojas así? ¿Por qué se te pone la mirada tan... soñadora cada vez que hablas de él?
—Príncipe, le juro por mi vida que Gilbert lo quiere a usted. Ahora está un poco confuso, pero...
Otro tortazo que le escoció todavía más que el anterior. Esta vez la sangre manó de su nariz y se le deslizó hasta los labios y el mentón hasta manchar el cuello de su impoluta camisa.
—No... no me pegue más, por favor —gimió Jean-Claude con el cabello revuelto sobre las mejillas ensangrentadas.
—¿Qué quieres decir con que está confuso?
—Nada... Quizá tenga aún alguna oportunidad con él. Yo, por mi parte, no le diré nada a Gilbert de todo esto, puede contar con mi silencio. Pero le ruego que me suelte.
Ivan le clavó la punta de los dedos con tanta fuerza en el rostro, que se le marcaron de inmediato varios hematomas sobre la piel de la cara.
—¿Eres tú acaso el chico con el que se masturbó? —rugió Ivan preso de unos temblores casi tan violentos como los de su propia víctima.
—Eso fue... eso fue hace mucho... —lloriqueó el muchacho con la respiración entrecortada.
El ruso se llevó las manos a la cara y se quedó allí inmóvil, con el rostro cubierto durante un rato que bien pudo rozar la eternidad para el joven maniatado en el silla. Después, sin decir ya una sola palabra, se puso en pie por última vez y se inclinó un poco hacia Jean-Claude para desatarle las ligaduras de los brazos. Sorprendido por aquella reacción inesperada y exenta de golpes, el cautivo lo miró de reojo y se topó entonces con la mirada más fría y despiadada que había visto en él hasta el momento. Desprovistos del más mínimo resquicio de calor humano, los ojos de Ivan estaban fijos en sus propias manos trémulas que, mecánicamente, lo libraban de sus ataduras y lo hacían levantarse por fin de la silla.
En pie frente al ruso, se sintió más vulnerable que nunca, pero trató de no hacer ni un solo movimiento que pudiese traer de vuelta a la bestia salvaje que ya conocía. Sin comprender todavía qué quería de él, no opuso resistencia cuando el silencioso príncipe lo tomó de un brazo con brusquedad y se lo llevó consigo fuera de la habitación.
Mientras recorrían un pasillo y salían a un espacioso vestíbulo, le dio la impresión de que algunos ojos invisibles los observaban al pasar —quizá los sirvientes—, pero nadie les salió al paso mientras subían por las escaleras de mármol de estilo otomano, atravesaban dos vestíbulos más y un luminoso pasillo, y llegaban hasta una sala que Jean-Claude tardó unos segundos en identificar.
Aquella debía de ser la alcoba del ruso.
Un sudor frío le recorrió la espalda de arriba abajo cuando asimiló lo que podría suponer aquel cambio de escenario. Una cama de madera con dosel y las cortinas recogidas destacaba sobre el resto del mobiliario. Un biombo japonés, una mesa sobre la que había algunos libros y hojas de papel de carta, un escabel cubierto por una bata de seda malva, una butaca y algunas alfombras de aspecto muy confortable completaban el amplio dormitorio.
—Alteza, se lo ruego, por lo que más quiera... —empezó el luxemburgués, tratando de zafarse de él en vano, pero lo único que hizo Ivan fue cerrar la puerta a sus espaldas y arrastrarlo hacia una de las esquinas de la cama. Jean-Claude se percató de que allí, en sendas columnas traseras, había un par de grilletes de cuero fijados a una altura de unos dos metros, apenas disimulados por las vaporosas cortinas. La clara función sexual del par de grilletes que oscilaban por encima de sus cabezas, produjo en el joven una sensación de suprema angustia que se concentró a la altura de su estómago y se propagó al resto de su cuerpo en cuanto notó las manos del ruso sobre él.
—¿Qué me va a hacer? —preguntó con voz lastimera, sin decidirse a plantar cara a aquel hombre, sintiéndose indefenso como un crío frente a un cruel castigo, viendo cómo le estaba desnudando sin mirarlo siquiera a la cara.
Empezaba a estar tan asustado, que casi quería volver a oír su voz desalmada y amenazante. Le aterrorizaba ese silencio concentrado, esa respiración contenida, esa mirada en la que nada se dejaba traslucir ahora.
Le desabrochó la camisa como quien realizaba una tarea rutinaria, y luego fue a dejarla sobre la mesa con aquel aspecto impasible.
—Príncipe... —rogó el muchacho, en camisa interior, temblando de la cabeza a los pies.
—Como no dejes de hablar, tendré que amordazarte antes de tiempo —le advirtió—. Quítate las botas.
Jean-Claude hizo como le había ordenado como un corderillo obediente y sin voluntad. Se imaginaba qué es lo que estaba a punto de acontecer y sentía un terror visceral como nunca antes había sentido en su vida. Todo era aún peor debido a la incomprensión de tal comportamiento por parte del príncipe. ¿Acaso quería forzarlo?
—Los pantalones, las medias y la ropa interior. Todo —exigió Ivan con un ligero atisbo de impaciencia.
Lo más extraño de la situación era la obvia falta de deseo en el otro hombre. Sin apenas dirigirle más que una rápida mirada a la completa desnudez del encogido y avergonzado muchacho, Ivan dejó todas las prendas sobre la mesa y se acercó a él para tomarlo de un brazo y conducírselo hacia uno de los grilletes que estaban suspendidos sobre sus cabezas al pie del lujoso lecho. La sensación de ser así manipulado por el ruso era paralizante. Le recordaba a la época en que él mismo había sido víctima de abusos físicos en el colegio, y quizá por ello se veía incapaz de rebelarse como debiera contra el ruso, esperando inútilmente a que viniera alguien a rescatarlo.
¿Es que iba a violarlo? Pero ¿por qué? ¿Se trataba acaso de una manera retorcida de demostrar su superioridad sobre él? El hombre estaba desquiciado, y sus actos no tenían justificación alguna, pero debía agarrarse a un clavo ardiendo para no sucumbir. Le había parecido que bajo aquella vorágine de sentimientos confusos se escondía un hombre herido, perdido, inseguro, pero también deseoso de actuar por una razón que guiara todo ese caos. Si Ivan tenía una mínima cordura, debía apelar a ella, calmar a la bestia furiosa cuyo amo —quizá Sadiq, pero eso el luxemburgués no podía saberlo— había abandonado a su suerte.
—Ivan... —empezó Jean-Claude con la piel erizada mientras veía cómo su captor aseguraba el segundo grillete y lo dejaba allí, totalmente expuesto—. Por entonces solo éramos unos muchachos. No significó nada para Gilbert. No creo que él vaya a reconocerlo, pero él está prendado de usted.
El ruso no respondió de inmediato. Con gesto concentrado, preparó una cinta de cuero con la que envolvió la cabeza de su prisionero y se la ajustó por detrás con una hebilla. Solo cuando se aseguró de que el duque estaba bien amordazado se decidió a darle su respuesta:
—Eso es lo que voy a averiguar. De Gilbert depende ahora el tiempo que te pases ahí atado. Si decide no venir... bueno, me temo que podrías pasar mucho tiempo desnudo junto a mi cama. Eres un adorno bastante agradable a la vista, y la verdad es que no me importaría quedarme dormido con tu imagen por delante. —Con evidente mala intención, Ivan introdujo la mano entre las piernas del luxemburgués y le tomó el miembro para estimulárselo durante algunos segundos, y solo cuando percibió que el atemorizado muchacho se excitaba por pura reacción fisiológica, se lo soltó sin más y le sonrió fríamente—. Bien, veamos qué opina nuestro querido prusiano de todo esto.
Ivan se marchó y Jean-Claude estuvo oyendo el sonido de su propia respiración en el funesto silencio que sobrevino a su partida. El inmenso alivio que sintió al comprender que Ivan no iba a cebarse con su cuerpo —al menos de momento— no era menos horrible, porque estaba supeditado a la espera, a la indeterminación. Al final, Gilbert iba a estar también envuelto en aquel sinsentido, y no sabía si con su intervención terminaría por solucionarse todo o si cobraría un sesgo incluso peor de lo que Jean-Claude se aventuraba a vaticinar.
2
Cuando, a través de los visillos, vio bajar a Gilbert del carruaje y subirse el cuello del abrigo con un gesto firme, Ivan creyó por unos instantes que el mundo volvía a cobrar sentido. El tiempo en Berlín comenzaba ya a ser primaveral, pero era aún difícil dejar atrás la ropa de abrigo, pues uno no sabía cuándo volvería a llover, cuándo nevaría por última vez. El invierno, al igual que él, se resistía a capitular.
Le dieron ganas de ir a recibirle en persona a la puerta de cocheras, pero prefirió quedarse allí a observarlo mientras esperaba a que el mayordomo saliera a darle la preceptiva bienvenida. ¡Gilbert había venido! En realidad, no se las prometía muy felices tras haberse separado hacía cuatro días en términos tan violentos. Le avergonzaba sobremanera haber perdido los nervios con él en un momento tan delicado y, cuando Sadiq se marchó, volvió a sentirse como aquel vulnerable chiquillo de seis años frente a la cruel realidad del mundo. Comprendió por entonces que el mundo era un lugar injusto en el que las personas mentían y rompían sus promesas para satisfacer su propio egoísmo. Su padre había sido un hombre bueno, también lo recordaba siempre con una sonrisa triste, pero que cobraba un brillo especial cada vez que su hijo se colaba en su despacho y se subía a una silla de cuero para alcanzar la mesa y juguetear con aquella pluma blanca de ganso que lo tenía fascinado. Su padre seguía trabajando en silencio y lo dejaba trastear con el tintero, las libretas de cuentas y los sellos que utilizaba para lacrar las cartas, y se reía quedamente cuando el pequeño Vanya se llenaba de tinta la pálida piel de las mejillas. Hiciera lo que hiciese, siempre se manchaba de tinta, era casi como una costumbre, y solía terminar llamando a su hijo para limpiarle con su pañuelo mediante delicados toques que hacían las delicias del pequeño. Su padre olía a tinta, a papel y, sobre todo, a tabaco de pipa. Era curioso cómo a veces los rostros se desdibujaban en la mente, pero los olores permanecían en la memoria por los siglos de los siglos. El padre solía acodarse en el marco de las ventanas para fumar en su pipa, con la mirada perdida en una lejanía indeterminada, mientras su hijo se preguntaba por qué su padre permanecía siempre tan alejado de todos.
Su madre siempre estaba fuera de casa en eventos de sociedad, y sus hermanas eran instruidas aparte por una institutriz francesa de larguísimo cabello castaño y desagradable voz gangosa, por lo que su padre era la figura más cercana y querida para él.
Como un perrillo feliz y bien amaestrado, Vanya le llevaba el bastón y el sombrero cada vez que su padre quería salir a dar una vuelta hasta la isla Vasielievski para dedicarse a observar los barcos y los edificaciones de carácter prusiano que habían erigido allí tanto tiempo atrás. En alguna ocasión hasta lo dejaba acompañarlo y le compraba algún dulce a escondidas, y él atesoraba esos momentos como los más felices de su vida.
Fiodor Viktorovich Braginski le había prometido estar junto a él el día en que se casara, porque era su único hijo varón y tenía que estar a su lado en las ocasiones más importantes, pero, por supuesto, en el momento en que decidió volarse la cabeza y morirse, había roto su promesa.
—Pero yo no sé si quiero casarme, padre —decía el niño, meditabundo, sentado en la esquina de su escritorio. A Fiodor le encantaba ver lo reflexivo que era su hijo. Como todos los niños, se pasaba todo el tiempo persiguiéndolo para preguntarle e inquirirle por todo, pero a diferencia de los otros chiquillos, Vanya se quedaba muy quieto y pensaba en la respuesta como si él mismo quisiese evaluarla, juzgarla, comprenderla. Recordaba una vez en que Ivan estaba especialmente serio cuando le soltó con su vocecilla infantil:
—Padre, ¿qué es la justicia? Oí decir al hijo del capataz que no es justo que yo tenga sirvientes y él no.
No había sabido responder adecuadamente a esa pregunta —¿y quién podría?—, pero se había esforzado por contentar al pequeño. Suum cuique tribuere, dar a cada uno lo suyo, como proclamaban los Hohenzollern con cierta petulancia, y mucho antes que ellos, aquel jurista romano, Ulpiano. Pero ¿qué era lo de cada uno? Los siervos eran suyos, al fin y al cabo. Ser justo es no dañar a otros. Pero a veces había que dañar a unos para proteger a otros. Ser justo es «hacer el bien a los amigos y el mal a los enemigos»: había dicho Platón tantos siglos atrás. Pero ¿quién era enemigo? ¿Podía un enemigo convertirse en amigo? ¿Y viceversa?
—Yo solo quiero hacer el bien, padre, así que solo quiero ser amigo de los demás.
Aquella había sido la conclusión de aquel niño que acababa de cumplir los seis.
Ese mismo día, Fiodor Viktorovich lo había tomado en brazos y lo había besado en la cara con tanto cariño, que el pequeño príncipe se echó a reír a carcajadas al notar la rubia barba de su padre sobre la piel.
—¿Y por qué no te quieres casar, Vanya?
—No sé, porque usted no se ve muy feliz...
Nunca dejaría de sorprenderle la sabiduría de los más inocentes.
—Tú no te precipites y todo irá bien —aseguró el padre, revolviéndole el pelo a su hijo—. Tú no tendrás problemas, porque lo piensas todo mucho. Así que cuando creas que has conocido a la adecuada, párate y medítalo y no dejes que te engañen unos ojos preciosos, un gesto dulce, y, sobre todo, una sonrisa. ¡Cuídate mucho de las sonrisas! Enamórate con la cabeza, Vanya —terminó el caballero dándole un golpecito en la frente al pequeño para acompañar sus palabras—. Al fin y al cabo, eso es lo que hacen las mujeres, prácticas como solo ellas lo son, y tú, como príncipe que eres, has de saber que solo se interesarán por ti por el número de almas que poseas. Aunque ahora no lo sean a título legal. Las ideas más nobles a veces no tienen cabida en el mundo real.
El niño no comprendía sus palabras del todo, pero adoraba que su padre lo tratase como a un adulto y no como el pequeño principito al que todos rendían pleitesía, colmaban de regalos y lisonjas y enjoyaban incluso en ocasiones como a un diminuto dios rubio.
Por eso Ivan no entendió que tan solo un mes después de aquella trascendental conversación con su padre, este hubiese decidido acabar con todo y marcharse sin haberse despedido más que con un beso de buenas noches, como cualquier otro día normal.
Fue la institutriz francesa la que lo halló junto al charco de sangre, sin llorar debido al shock, observando con aquel par de ojos inmensos el líquido rojo que goteaba hasta la alfombra y que había teñido de un intenso escarlata aquella pluma de ganso que tanto le había gustado siempre.
Había creído que Gilbert no acudiría, y verlo en el pórtico de su casa, devolviendo el saludo a su mayordomo con aquel porte suyo tan militar y seguro de sí mismo, y el largo abrigo gris ceñido por el cinto negro, le causó una inefable sensación de gratitud.
Si había aceptado venir tras los golpes que habían intercambiado, es que quizá hubiese una oportunidad de arreglar las cosas.
—Ya me encargo yo, gracias —dijo Ivan al mayordomo cuando los dos hombres entraron en el vestíbulo principal de su mansión y se detuvieron justo debajo de la luminosa cúpula—. Hola, Gilbert, te agradezco tanto que hayas venido... ¿Me das el abrigo y los guantes, por favor?
Ver de nuevo el vistoso uniforme negro que el muchacho había lucido orgullosamente en el recital de piano le produjo una ligera punzada en el corazón, al recordar los momentos maravillosos que habían compartido y que posteriormente quedaron diluidos por su comportamiento irracional.
—Bueno, por tu mensaje parecía que era un asunto de vida o muerte —dijo Gilbert con aspecto serio—. Así que aquí me tienes. Espero que esta vez no tenga que defenderme de ti, porque por mi honor te juro que no habrá una tercera vez.
Ivan volvió a sentirse inquieto. Con su presencia, Gilbert hacía que todo lo demás fuera accesorio, pero la repentina idea de que había cometido nuevamente un error imperdonable empezaba a surcar su mente, ahora mucho más clara por primera vez en tres días de borrachera.
Si el duque tenía razón y era ahora amigo de Gilbert, era más que probable que este no viera con buenos ojos el trato que le había dispensado, aunque él lo hubiese hecho con la mejor de sus intenciones. Se había complicado tanto todo... Él había esperado hallar a un hombre despiadado y cruel, que había convertido en un infierno la existencia de aquel pequeño prusiano al que ya amaba hasta el delirio por sus cartas, pero, por el contrario, se había encontrado a un muchacho gimoteante que además proclamaba ser amigo de Gilbert. ¡Amigo! ¿Pero cómo era aquello posible? Carecía de toda lógica y ahora se sentía perdido, como si lo hubieran dejado súbitamente en la oscuridad.
—Llevo tres días hecho un... manojo de nervios —musitó Ivan un poco aturdido. No sabía por qué Gilbert lo hacía sentirse como un niño indefenso, deseoso de agradar y de no dejarse llevar por las emociones. Su padre había tenido tanta razón...
—Y, por lo que veo, bebiendo litros de vodka —dijo el joven un gesto de disgusto, pero algo en su actitud se relajó e Ivan creyó distinguir un breve indicio de sonrisa tras el ceño fruncido del prusiano.
—Lo siento en el alma, Gilbert. Tu rostro... Ahora mismo te dejaría que me golpearas para...
—Bah, ¿es que tú arreglas todo a golpes, Ivan?
—Lo siento...
—En realidad... yo también te golpeé, así que no soy quién para hablar. Aunque empezaste tú, y yo creo que todo hombre tiene derecho a defenderse de una agresión gratuita, ¿no crees?
Entonces sí, la comisura de sus labios se curvaron con suavidad e Ivan creyó que se moriría de la felicidad ante tan sutil gesto.
—Ven, vamos a sentarnos. ¿Qué quieres tomar? Pide lo que quieras.
—Vodka no —dijo Gilbert como si no quisiera sonreír pero fuera demasiado difícil mantenerse fiel a su decisión.
La mansión era muy diferente a la luz del día, y él la conocía por el baile de máscaras. Entonces le había parecido suntuosa, como salida de un cuento de las mil y una noches, pero ahora parecía un lugar solitario e incluso triste. Gilbert meneó la cabeza y siguió al ruso en silencio.
Cuando se sentaron en una otomana, uno junto al otro, Gilbert no pudo evitar pensar en Jean-Claude y en la merienda que habían compartido. Inquieto, trató de apartarlo de sus pensamientos, pero era una tarea muy difícil cuando el luxemburgués se hallaba tan presente. No había planeado que terminaran acostándose juntos, pero tampoco se arrepentía de haberlo hecho. Como mucho, sentía una pequeña picazón en su conciencia de lo más molesto, como si una vocecilla lo culpara por estar jugando con los sentimientos de dos hombres. Pero ni era esa su intención, ni deseaba que nadie lo pasara mal por su causa. Si acaso, la mayor culpabilidad la sentía cuando ahondaba en las causas que quizá le habían llevado a querer perder la virginidad con Jean-Claude. Rebelión, reafirmación, un sentimiento infantil e irreflexivo de venganza contra Ivan. Le habría gustado que las cosas fueran más sencillas y uno pudiese decir la verdad sin temor a recibir censura o rechazo. ¡He tenido sexo con Jean-Claude de Nassau-Weilburg y fue maravilloso! Pero somos amigos y ahora le tengo mucho cariño. Por ti no sé muy bien lo que siento, Ivan, pero tan solo estar cerca de ti me deja sin aliento...
Le diría tantas cosas vergonzosas al príncipe, que era mejor tratar de disimular con una actitud presuntuosa, la más superficial que fuera posible.
—¿Entonces llevas tres días suspirando y bebiendo y llorando por mí? Me siento halagado, pero no sorprendido. Suelo causar ese efecto, ¿qué le voy a hacer? Soy tan genial que todos pierden la cabeza por mí.
Y aunque lo había dicho en tono evidentemente festivo, la mirada de Ivan se ensombreció al oír la última de sus fanfarronadas.
—Gilbert, ¿qué sientes por mí?
El prusiano se ruborizó y se llevó a los labios la copa de vino que poco antes le había dejado un joven sirviente sobre la mesita que tenía a su lado.
—¡Vaya, qué directo! ¿A qué te refieres? ¿Hace años, hace un mes, hace unos días, ahora?
—Ahora. ¿Me odias, me amas, te soy indiferente? Dímelo. Necesito saberlo.
—No sé, mézclalo todo un poco y voilà.
—Veo que no te has quitado mi anillo. Eso me hace muy feliz —observó Ivan tomándolo de la mano izquierda, y Gilbert estuvo a punto de hacer que lo soltara con un gesto desabrido, pero se lo pensó mejor y se dejó acariciar un poco más tenso.
—No, no me lo he quitado ni para ducharme —dijo con una leve sonrisa, aunque le habría gustado agregar con consciente maldad: «Ni siquiera cuando lo cubrí de semen de otro hombre que no eres tú». Pero claro, si llegaba a decirle algo de ese calibre, hasta él aceptaba que se merecería una pequeña tunda por parte del ruso.
—Oh, Gilbert... —dijo Ivan llevándose la mano del prusiano hasta los labios para besársela con fervor, pero este se revolvió incómodo y deshizo el contacto con la mayor suavidad que le fue posible—. ¿Soy el único hombre para ti? —inquirió el príncipe con aquella intensidad tan suya, tan abrumadora. Tan... novelesca. En otras circunstancias, Gilbert se habría derretido de gusto, pues se había pasado toda su vida anhelando un romance como el de las novelas y de las óperas, pero ahora comprendía que las cosas no eran ni tan trágicas ni artificiosas como en un escenario, ni tan sencillas ni almibaradas como en esos libros que había devorado cuando era un chiquillo.
—Ivan, tú y yo no somos nada.
—¿Cómo dices? Tú lo eres todo para mí. —Buscó de nuevo su mano y se la atrapó para llevársela esta vez a las mejillas en un gesto repleto de adoración.
Prácticamente se había olvidado de que tenía a otro muchacho atado a su cama, desnudo, lloroso y cubierto de heridas aún peores que las de Gilbert, las cuales, por fortuna, ya empezaban a sanar y a desaparecer.
Si tan solo fuese tan fácil hacer desaparecer los errores...
—No me conoces —insistió Gilbert en tono paciente. No quería flaquear frente al príncipe, aunque le resultaba muy difícil cuando lo miraba con esos ojos tan bellos que él tenía, inundados de inocencia y súplica.
—Lo que conozco de ti es suficiente.
—Yo creo que lo que tú amas es a ese niño tonto que quería casarse con una princesa y te encontró a ti. Yo ya no soy ese niño, Ivan. No soy tu caballero de reluciente armadura que vino para salvarte.
—Lo sé, lo sé. Es solo que estaba tan preso de las emociones al tenerte junto a mí que, cuando me dijiste que yo no era nada, se me nubló el entendimiento. No hay justificación alguna, pero dime, por favor, ¿crees que podrías perdonarme por haberte pegado?
—Pero Ivan... si ya te he perdonado...
El ruso abrió mucho los ojos por la sorpresa y Gilbert casi soltó una carcajada.
—¿Cómo si no iba a volver aquí a verte? —prosiguió el prusiano—. Ese día estábamos los dos muy... excitados. En todos los sentidos posibles. Quizá debí tener más paciencia contigo, o... tú conmigo. ¿Qué importa? Yo he recapacitado. Si tú has hecho lo mismo...
—Eres un ángel.
—¡No! No soy un ángel, ni mucho menos.
—Entonces ¿empezamos de nuevo? Sin mentiras.
Gilbert frunció el ceño y al momento desapareció toda traza de sonrisa.
—¿Ya estamos? Yo no te he mentido, Ivan.
El príncipe se sentó con mayor entereza sobre el diván y se lo quedó mirando de un modo que hizo experimentar un escalofrío a su invitado.
—Me gustaría creerte, porque yo valoro la sinceridad por encima de todo.
—Si insistes en llamarme mentiroso, voy a tener que desdecirme en algunas cosas —afirmó el prusiano con frialdad—. Para mí la verdad también está por encima de todo.
—Bien, entonces hablemos con honestidad, ¿de acuerdo? ¿Me permitirás que te haga algunas preguntas? Tú puedes hacerme a mí las que quieras. Me gustaría abrir mi corazón ante ti, Gilbert.
El prusiano parecía un poco alarmado, pero consiguió reírse y adoptar una pose de presunta indiferencia.
—No tengo por qué responder a tus preguntas.
—Si no lo haces, sabré que tienes algo que ocultar.
—¿Te supone algún problema que haya estado enamorado de alguien? —se adelantó Gilbert, sabiendo que un ataque preventivo sería mucho más eficaz que una guerra de desgaste con el ruso.
—Eh... mientras sea en pasado... supongo que no —aceptó Ivan un poco confuso.
—¡Bien! Esa es una actitud razonable. Además, eso ya lo sabías, pues, si no recuerdo mal, te lo mencioné en una de mis últimas cartas. Estuve enamorado de mi primo Roderich desde la infancia. Hace poco me anunció su compromiso matrimonial y entonces se acabó todo entre nosotros.
—Hace poco... —Ivan se llevó un dedo a la mejilla con aspecto pensativo—. ¿Eso fue antes o después de conocerme en persona?
—Oh, fue... —Gilbert se dio cuenta de que se sonrojaba tal y como era su especialidad, y chasqueó la lengua, disgustado—. ¿Eso qué importa?
—Importa todo. Todas tus cosas me importan, ya deberías saberlo.
—Me dejó... después de verte en el baile de máscaras.
—¿Le hiciste promesas a tu primo?
Gilbert asintió, maldiciéndose internamente por prestarse a participar en el juego del príncipe.
—Y aún así, me besaste y quién más sabe qué habríamos hecho de no haberte ido tan indignado.
—No sabía quién eras. ¡Por Dios, Ivan, soy un hombre, tengo dieciocho años y me masturbo todos los días! ¿Te parece mal que sienta deseo sexual? Lo que importa de veras son los sentimientos, ¿no es así?
—Ya veo. De modo que por tu primo sentías amor y por mí deseo.
—Eh... ¡no! Ah, Ivan, hablar contigo me da dolor de cabeza. Es como si tuviera que probarme ante ti a cada momento, y no entiendo muy bien por qué debería hacerlo.
—Si llevas mi anillo, prusiano, es que me aceptas como tu amado y amante.
—Entonces debería devolvértelo.
—¿Eso quieres?
—Hum... —Gilbert clavó la mirada en la puntera de sus botas y denegó con la cabeza con aspecto de suma vergüenza, ante lo cual Ivan tuvo que refrenar el impulso de agarrarlo y besarlo en ese cuello suave y blanco que ya echaba de menos besar.
—Aprecio tus esfuerzos por abrirme tu alma, Gilbert. Creo que no había amado a nadie antes con tanta intensidad como te amo a ti.
—Oh, por favor, detente, no quiero sonrojarme aún más con tus bobadas, ni quiero que pienses que soy una novicia a punto de ingresar en un convento.
—Quiero que sepas que no me importa si tuviste... algún idilio de colegio. Lo estuve pensando y yo no tengo derecho a recriminarte nada. Yo mismo he tenido una relación de varios años con un hombre que... terminó siendo muy especial para mí. ¿Recuerdas a Sadiq? No sé qué habría sido de mí sin él. Quién sabe, seguramente habría acabado muerto en alguna parte. Soy... un poco difícil a veces.
—¿Sadiq?
—Es el hombre más valiente, fuerte y bondadoso que jamás haya conocido. —dijo Ivan con una débil sonrisa que a Gilbert le pareció de las más hermosas y dulces que había visto en el ruso hasta la fecha—. Lo que ha soportado él a mi lado no lo soportó siquiera el santo Job.
Gilbert rememoró al exótico hombretón del parche, siempre sonriente, siempre amable, y sintió algo extraño que no supo identificar.
—Así que... el príncipe otomano es tu... hum...
—Era.
—Y tú echándome en cara cosas del pasado. Un poco hipócrita, Ivan, ¿eh? —dijo Gilbert con una risa extraña. ¿Qué era aquella molestia que sentía ahora? ¿Acaso eran celos? Pero si él no podía sentir celos de nadie, pues era el hombre más asombroso del mundo y ningún otro podría hacerle sombra.
Celos, bah...
—Tienes razón, y por eso te lo cuento ahora. Quise convertirte en un ser excepcional e intachable, y no me cabía en la cabeza que no te ajustaras a la perfección a esa imagen de pureza que tenía yo de ti. —Ivan volvió a acariciarle el dorso de la mano, y en esta ocasión a Gilbert le causó una sensación muy placentera, incentivada, posiblemente, por el comportamiento encantador que estaba empezando a mostrar el príncipe. Aunque no debía olvidar que también había sido encantador durante el recital, así que debía extremar las precauciones; pero lo veía ahora con su cabello dorado un poco despeinado, las sonrisas más bien tímidas, la idolatría prendida en sus ojos increíbles cada vez que cruzaban sus miradas, y terminaba por suspirar sin remedio. No había mucha diferencia entre ese Ivan y la pequeña «princesa» que conoció en un hotel de Viena.
En esas estaba pensando cuando Gilbert sujetó la barbilla del otro hombre y se acercó a él con la intención clara de besarlo, pero para su enorme sorpresa, el ruso se apartó y volvió a sonreírle con timidez.
—Mi amor, espera, quiero preguntarte algo, aunque no quiero que te lo tomes a mal. Porque ahora mismo... hay unas cosas extrañas que no termino de comprender y que necesitan respuesta. ¿Fue el señor Jean-Claude de Nassau-Weilburg el muchacho con el que tuviste... un affair en la escuela?
Ivan captó el brillo de aprensión que relumbró en las pupilas del prusiano.
—¿Por... por qué lo preguntas?
—¿Acaso no fue él quien te torturó y te hizo daño?
¿Pero qué estaba pasando? ¿Es que Ivan Braginski no sabía llevar a buen término ningún tipo de relación? Y estaba yendo todo tan bien...
—Sí..., fue él. Fue él... quien me hizo daño.
—¿Fue él con quien te masturbaste en las duchas?
Gilbert se quedó rígido.
—Yo no te dije que fuera en las duchas.
—¿Fue él o no? Solo intento comprender cómo es que pasa uno de ser enemigo a convertirse en el objeto de deseo de alguien.
—¿Cómo lo sabes, Ivan?
—¿Eso es que sí? ¿Ves como no es tan difícil decir la verdad? Simplemente indagué un poco porque quería hacerte un regalo: justicia servida en bandeja para mi prometido, con la intención de recuperar su favor y su confianza. Pero en el curso de mi... investigación, descubrí cosas un tanto contradictorias. ¿Es el duque amigo tuyo?
—Sí, podría decirse que lo es.
—¿Podría decirse?
—Lo es, maldita sea. Es mi amigo. ¿Existe algún impedimento para que lo sea?
—Pero no puede ser. Ese tipo te desnudó. Te humilló delante de otros compañeros. Hizo que te azotaran.
—¿Cómo... cómo sabes todo eso?
—¿Qué importa eso, Gilbert? ¿Por qué desvías la atención de lo que verdaderamente es importante aquí? ¿Acaso te gusta que te azoten? Esa sería la única explicación lógica, porque, la verdad...
—No te atrevas siquiera a decir algo así. Nunca. —Gilbert se levantó hecho una furia, pero Ivan lo interceptó a tiempo tomándolo de una muñeca—. ¡Suéltame ahora mismo, Ivan!
—¿Amas a ese chico? Porque si te marchas, lo más probable es que pague él por ti.
Gilbert se quedó quieto y una expresión de desesperación se sumó a su intensa palidez.
—Ivan... ¿por qué haces esto? No metas a Jean-Claude en esto, por favor.
—Esto es inaudito.
—No le habrás hecho nada, ¿verdad?
—¡No entiendo nada! Te molestas conmigo, que soy quien quiere protegerte y defenderte de quien te hizo daño. Intenta comprender un poco cómo me siento, Gil.
—Es que no necesito que me protejas. Ni tú ni nadie.
—Todo lo que yo hago es por ti. Y yo ya no sé qué más hacer para tenerte.
Gilbert se masajeó la muñeca con las mandíbulas apretadas en una mueca muy tensa. ¿Cómo podía ser tan inconsciente aquel príncipe? «Pero si ya me tenías, imbécil».
—Si le has hecho algo a Jean-Claude, ya puedes ir olvidándote de mí —sentenció el prusiano temerariamente, e Ivan se levantó también con aspecto de incredulidad.
—¿En serio? ¿Lo pones a él por encima de mí?
—¡No puedo soportarlo más! Me largo de aquí.
Gilbert se dirigió hacia la salida con decisión, pero la siguiente afirmación del ruso lo hizo detenerse de golpe y acelerar automáticamente los latidos de su corazón.
—Tengo a tu amiguito arriba. Me costó un poco extraer su confesión, pero ¿sabes? Creo que mereció la pena, porque me ha hecho ver la clase de persona que eres, Gilbert.
El joven se acercó de nuevo a él denegando para sí con la cabeza.
—Ivan, por Dios, ¿qué has hecho? Dime que está bien.
El príncipe mostraba ahora un aspecto desvalido y muy miserable, pero no era como si fuese él quien necesitase consuelo.
—Está... razonablemente bien. —Pero por el modo en que movió nerviosamente las manos, Ivan más bien parecía un chiquillo al que habían pillado en falta.
—¿Razonablemente bien? Joder, deberías estar encerrado en una casa de locos. ¿Y tú hablas de la clase de persona que soy yo? ¡Tú! Te juro que estoy empezando a creer que eres el maldito anticristo.
Ivan se cruzó de brazos, visiblemente más enojado ahora, y lo miró como si estuviese evaluando qué decisión tomar. Todo se había complicado de una forma muy imprevista, pero su intención no había sido, desde luego, dañar al prusiano. Muy al contrario. Pero la cosa había cambiado cuando había deducido correctamente el secreto que el duque guardaba: las señales habían sido demasiadas y después ya no había sido difícil extraer de él la verdad. Miedo le daba seguir tirando del hilo, pero era algo que debía hacerse. Gilbert debía sincerarse con él hasta las últimas consecuencias, pues no había otro modo de proceder para construir una relación perfecta y basada en la confianza. Por desgracia, su reticencia a responder sus preguntas no hacían sino corroborar sus sospechas más aciagas.
Ivan se acercó hasta él y lo tomó del rostro con cuidado, y la expresión de Gilbert se endureció, pero no hizo ningún movimiento por separarse de él. ¿Buena señal, o simplemente estaba siendo más prudente que de costumbre?
—Por favor, Gilbert, solo respóndeme a esto. ¿Tú me quieres?
El joven entornó los ojos y hasta Ivan percibió lo alterado que estaba, a pesar de su atípica contención.
—Quieres la verdad, ¿no es así? —dijo Gilbert mirándolo directamente a los ojos—. No paras de pedírmela una y otra vez. Pues por mí no hay problema. No, no te quiero. Creí que sí, pero no te quiero.
Le produjo cierta satisfacción ver la reacción del ruso a sus tajantes palabras, pero apenas duró unos segundos: lo que tardó Ivan en recuperarse, abandonar el último resquicio de esperanza al que se había aferrado y tomar al fin la durísima decisión a la que se había estado resistiendo desde que Gilbert había vuelto a poner un pie en su casa.
—Muy bien. Vamos a hacer una visita a tu duquecito.
Le agarró con fuerza de la muñeca una vez más, aunque tampoco habría hecho falta, puesto que Gilbert lo siguió con un gesto de rabia cuidadosamente controlada y desconocida en él.
Esta vez fue el turno del ruso para sentirse complacido ante el pasmo y horror que invadió a Gilbert cuando vio al muchacho maniatado y desnudo junto a la cama. Había adquirido una palidez fantasmal que pronto se tornó en una explosión de rubor. Iracundo, propinó un empujón al príncipe que lo hizo incluso trastrabillar, y se volvió hacia él con todo aquel sentimiento que Ivan empezaba a conocer y hasta, en cierto modo, adorar.
—¡Pero qué has hecho, salvaje de mierda! ¡Dios! ¡Si querías que te odiara, enhorabuena, porque ya no te puedo aborrecer más! Pero ¿qué le has hecho? —Su voz se quebró de pura rabia y dolor y, sin aguardar respuesta a su innecesaria pregunta, se acercó hacia Jean-Claude para quitarle la ensangrentada mordaza.
—¡Quieto ahí, Gilbert! —exclamó Ivan impidiendo que tocase a su prisionero, que, por su parte, los miraba a ambos con los ojos aterrorizados.
—Le... le has hecho sangre. Estás... estás enfermo.
—De modo que a mí me odias y nada más verlo a él te pones prácticamente a lloriquear. Bueno, yo creo que tus... preferencias son ya más que evidentes. Así y todo, es mi deseo dejar las cosas claras de una forma definitiva, Gilbert. No me produce especial placer someterte a esto, ¿sabes? Ojalá me creyeses, pero es la única manera posible.
—Ivan, déjate de estupideces y déjalo libre. ¿No crees que ya ha tenido suficiente? Además, estás cometiendo una injusticia descomunal, porque la responsabilidad es solo mía.
—¡Injusticia! Cuando mi intención es precisamente la contraria.
—Tus intenciones me son indiferentes. Si no lo liberas, lo haré yo mismo y te aseguro que no vacilaré en romperte algún hueso de ser necesario.
—¿Responsabilidad de qué, Gilbert?
Gilbert no respondió y se acercó sin más al muchacho amordazado para hacer como había dicho que haría y abrir las hebillas de los grilletes, pero Ivan se movió con rapidez y tras tomar de encima de su escritorio un abrecartas de hoja muy afilada, le dirigió la palabra al prusiano con un gélida cólera prendida en los ojos claros.
—No, no, ni hablar. Da un paso atrás o le corto el cuello.
—Espero que sepas que acabas de arruinar cualquier mínima posibilidad de reconciliación que hubiera entra nosotros. Si es que existía alguna —dijo Gilbert con una mirada que en nada desmerecía a la del ruso.
—Lo sé. De todas formas ya te perdí, así que solo puedo recurrir a la desesperación.
¿Era aquel príncipe de hielo el mismo que hacía unos instantes había encontrado tan dulce e irresistible como para haberlo acariciado, abrazado, confiado en él? No sabía si se sentía más decepcionado que ultrajado, más atónito que indignado y, francamente, ya había sobrepasado su límite con holgura.
—¿Qué quieres que haga? —inquirió el prusiano atragantándose con sus propias palabras.
—Eres tan listo, amor mío... —Ivan apartó el filo del abrecartas del cuello de Jean-Claude y sonrió—. Según me dijo tu querido agresor aquí presente, hubo cierto incidente en el pasado con una fusta. Parece ser que le gusta eso de azotar, pero para desgracia para él, no es el único al que le gusta ese tipo de cosas. En el cajón de esa cómoda podrás encontrar una preciosa fusta de metal forrada en cuero. Quiero que tú la tomes y le devuelvas al bastardo el daño que te hizo. Quizá tú no quieras hacerle pagar por su mezquindad, pero yo no lo toleraré. Eso sí, no me conformaré hasta ver brotar la sangre de sus heridas. Después de todo, no es para tanto, ¿verdad? Él mismo me lo dijo con esas palabras exactas cuando manteníamos una fructífera conversación acerca de lo que te hizo en el colegio.
Gilbert frunció ligeramente el ceño al oír esto último, pero percibió la amarga desolación del prisionero y denegó con la cabeza con seguridad.
—No, me niego.
—Entonces solo te queda la otra opción. A mí, personalmente, me gusta incluso más, pero yo no debería influir en tu decisión final.
—No voy a hacer nada de lo que me digas. ¿Pero qué te has creído, que soy una posesión tuya?
—Me temo que no lo eres aún. Pero si no lo haces, el duque muere. Si decides improvisar, el duque muere. No hay más opciones válidas.
Ver al prusiano tan sobrepasado por la furia fue un aliciente para él. En realidad, había perdido el timón hacía horas, días tal vez. En cierto modo era como ir en un coche tirado por caballos desbocados y sin cochero. Se había excedido, se había equivocado quizá —y eso era ya de por sí terrible— y por sus actos se había quedado sin Sadiq, se había quedado sin futuro posible con Gilbert y no había manera humana de rectificar. Al menos eso lo sabía con certeza.
Definitivamente, había perdido. Se había perdido a sí mismo. Si se detenía, se rompería, pero si Gilbert se rendía, él se rompería en pedazos también. ¿Lo estaba probando acaso, de una manera desquiciada, salvaje, irrazonable, enfermiza? Una parte de él quería despertar de esa pesadilla y recuperar el momento en que Gilbert, la quimera de su infancia, lo miraba con deseo y con un entrañable brote de cariño que hasta él, estúpido de él, pudo advertir.
Siempre había sucedido así: en el momento en que su férrea lógica fallaba, los sentimientos agazapados y desmedidos se hacían con el control, como si el mundo se volviese del revés y se difuminara, y después ya era demasiado tarde para encarrilar las cosas que nunca debieron de haberse descarrilado. Siempre era demasiado tarde.
—¿Qué quieres de mí, Ivan? —preguntó Gilbert con un breve indicio de rendición en los ojos, y aquel fue el primer estacazo en el dubitativo corazón del ruso.
—Tienes una cama a tu derecha. No hace falta... tener mucha imaginación, prusiano —dijo con inesperada suavidad.
Gilbert no parecía sorprendido. Quizá su capacidad para sorprenderse también se había sobrepasado, y tampoco habría sido de extrañar.
—Así que quieres tener sexo conmigo. No, rectifico, quieres violarme delante de Jean-Claude, porque estás tan dañado que esta es la única forma que tienes de amar y dañar al mismo tiempo. Esto es repugnante y retorcido, pero a mí ya me da igual. Haz lo que quieras conmigo, Ivan, pero si todavía te queda algo de dignidad, júrame que lo dejarás ir cuando te hayas satisfecho conmigo.
Aquellas palabras estuvieron a punto de nublarle los ojos al ruso, y no sabía si era por la fácil aceptación de Gilbert y por su falta de escrúpulos, o porque este había preferido, una vez más, su propia humillación antes que la de su «enemigo». Ivan amaba de veras a ese extraordinario muchacho de cabellos de nieve; antes ya lo sabía, pero ahora era una verdad absoluta, doliente y desgarradora para él. Y no podía hacer nada para que él lo amase de vuelta.
—Te lo juro.
—Oh, gracias, glorioso príncipe, por vuestra piedad —dijo Gilbert, sarcástico.
—Súbete a la cama y desnúdate.
Gilbert le dedicó una mirada tan cargada de odio que casi la sintió físicamente. De repente la idea le parecía de las peores que había pergeñado en su vida, y ya ni siquiera contaba con la excusa del alcohol, porque hacía rato que la cruel sobriedad se había adueñado de él. Sin embargo, ajeno a la brutal ansiedad que estaba consumiendo al ruso por dentro, Gilbert obedeció y se sentó en el borde de la cama con aquella expresión indeleble de odio y asco impresa en sus rasgos.
Ivan observó, con el corazón en un puño, que se descalzaba y después alcanzaba los enganches de su chaqueta con una naturalidad bastante terrorífica.
—No mires si no quieres, Jean —dijo Gilbert con aquella firmeza que era tan incitante como coartadora para el ruso—. A menos, claro, que además de lo auditivo, quieras disfrutar también de lo visual.
¿De veras estaba bromeando el prusiano en una situación así?
—Cállate, Gilbert. Y túmbate. Lo haré yo mismo —ordenó Ivan, un poco irritado, pero admirado a su pesar.
El prusiano apretó los labios, pero se recostó con la chaqueta abierta sobre los lujosos almohadones, a la espera de que Ivan se sentase a su lado en la cama. Verlo allí tan expuesto, dispuesto a ser desnudado por él, tocado por él, y forzado por él, era más de lo que Ivan pudo soportar y, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no caer, implorante, ante Gilbert, se tumbó a su lado, le rodeó con un brazo y simplemente se acurrucó contra su cuerpo.
A Gilbert le llevó un rato comprender el gesto del ruso, pero cuando lo hizo, fue incapaz de saber qué le estaba haciendo sentir. Ivan le estaba abrazando como un niño perdido, había hundido el rostro en el cuello —y qué calientes tenía las mejillas—, y él solo pudo permanecer allí, inmóvil como una estatua, sin apenas respirar.
No era más que un loco. No iba a volver a caer jamás en su dualidad, porque lo que había hecho no solo era imperdonable, sino que había destrozado lo que creía sentir. Había golpeado a Jean-Claude, a saber qué más le habría hecho, y todo ello por una noción de justicia que, en otro tiempo, él mismo hubo y habría compartido.
«Oh no, no debo aceptar sus razones así ni compadecerme de él».
Pero resultaba difícil no conmoverse siquiera un poco. Ivan quería tocarlo, eso era evidente, pero apenas se atrevía a acariciarlo superficialmente por encima de la ropa, a posar sus labios sobre su nuca con un deseo culpable, manteniendo a duras penas el control sobre sí mismo. Oía y notaba la respiración de Ivan agitada y casi sollozante sobre la piel, pero aunque Gilbert permanecía impasible, sentía cómo se le iba deshaciendo todo en su interior, latido a latido, a medida que pasaba de un extremo a otro en su escala de emociones.
¿Y si él estaba tan enfermo como Ivan? Porque para su propia vergüenza, empezaba a excitarse ante la idea de que Jean-Claude los observara. Y pensaba que le iba a resultar imposible no responder al tímido contacto de Ivan ni a su desesperada y excesiva búsqueda de amor.
No, no pienso sucumbir.
—Gilbert... Lo hice con buena intención. Yo únicamente necesitaba saber que no eras como mi madre... Ella se acostaba con todos los hombres, cada noche con uno distinto, sin importarle el dolor que causaba a mi padre. Yo solo quería... protegerte, Gilbert. Pero también quería, necesitaba, que tú fueras perfecto, porque te quiero más a que a mi propia vida —susurró Ivan, interrumpiendo sus pensamientos con aquella voz de suma inocencia mientras le acariciaba con delicadeza una mejilla con el dorso de la mano.
Ah no, de eso ni hablar. No le iba a permitir burlarse de él hasta ese punto. Ya era suficiente con estar allí sometido a su absurdo chantaje mientras Jean-Claude lloraba en silencio como un animalillo magullado y encadenado a los pies de la cama.
—¿Pero todavía albergas esperanzas? —inquirió el prusiano con una sonrisa retorcida—. Sabía que los rusos no se rinden jamás, pero esto es ridículo.
El joven se giró un poco sobre el lecho para encararse con Ivan y alzó la cabeza para besarlo en las labios tan de improviso que pilló al otro hombre desarmado. Ivan gimió un poco entre sus labios y buscó ansiosamente su cuerpo, pero Gilbert se apartó y un brillo maligno se adueñó de sus ojos escarlata.
—¿Sabes una cosa, mi príncipe? El día después de mi graduación me acosté con él —dijo señalando con el pulgar al muchacho desnudo, cuyos ojos se desorbitaron al oír las palabras de Gilbert—. Sí, debes de acordarte bien, pues solo un día antes había estado contigo sobre ese sofá, deseándote tanto que me dolía hasta físicamente. Lo hice por revancha, por vengarme de ti, Ivan. Al menos lo fue en parte (lo siento, Jean). ¿Sabes, rusky? Quizá algo de razón tenías respecto a mí. —Gilbert se rió y le dio una leve y paternal palmadita al príncipe en la cara—. ¿Ves? Yo no miento nunca. Esto es lo que soy. Soy un bastardo orgulloso y vengativo. Tú eres un bastardo bienintencionado que no tiene ni idea de cómo manejar sus sentimientos. Nos merecemos lo que tenemos. ¿Quieres más verdades? Porque yo estoy encantado de decírtelas. No hace ni unas horas creía estar enamorado de ti. Ahora solo deseo ver y regodearme en tu sufrimiento, mi amor. ¡Y una más! Por mí puedes desatar a Jean-Claude e invitarlo a que se una a nosotros, porque ahora mismo me apetece mucho acostarme con los dos.
Ivan se sentó en la cama y hundió la cabeza entre las rodillas y Gilbert enmudeció, temblando de la cabeza a los pies ante su propio ímpetu. Era posible que se hubiera excedido. Una repentina ráfaga helada le empezó a subir por la espalda mientras aguardaba la previsible reacción del ruso, pero si Ivan se había quedado aturdido con sus palabras, no fue menor la sorpresa de Gilbert al oír las suyas en respuesta.
—Vete de aquí, Gilbert. Y llévate a tu novia.
El prusiano vaciló, pero en cuanto recobró la libertad, se abalanzó sobre el duque de ojos enrojecidos para abrirle los grilletes, quitarle la mordaza y dirigirle una mirada cargada de culpabilidad. Jean-Claude se vistió en silencio con aspecto demacrado mientras Gilbert se volvía a poner las botas, evitando conscientemente mirar hacia la cama. Ivan no había variado un ápice su postura ni lo haría en todo el tiempo que los dos muchachos emplearon para adecentarse, pero antes de que escaparan al fin de sus asfixiantes dominios, Ivan alzó la voz, grave, devastada, y le arrojó algo a Jean-Claude que impactó con fuerza sobre su espalda.
—¡Te olvidas de esto!
El duque recogió del suelo a toda prisa el collar de perro cuajado de brillantes y salió tras Gilbert, que se giró unos instantes para interesarse tanto por su estado como por el objeto que Ivan le había tirado encima y que Jean-Claude apretaba en el puño con el rostro aún más demudado que antes.
—¿Qué es eso?
—Es... es el collar de Pelze. Ese... ese hombre mató a mi... —La voz murió en su garganta y Gilbert se detuvo en seco.
—No... no lo dices en serio, ¿verdad? Porque ahora mismo voy a entrar ahí y le voy a clavar el puto abrecartas en el corazón.
—No, no, no, por favor. Vayámonos de aquí ya. No sé cuánto tiempo aguantaré en pie.
—Lo siento mucho, Jean. Ha sido todo por mi culpa.
—No hables. Yo solo quiero volver a casa.
Gilbert asintió y no insistió sobre el tema. Sabía que se hundiría en cuanto se alejara de Ivan, y no se equivocaba. Ya en el interior del carruaje, el prusiano cerró los ojos y apretó los puños sobre las rodillas, pero cuando su compañero intentó consolarlo, lo apartó a un lado de malos modos. Jean-Claude entendió que lo que menos necesitaba Gilbert en ese momento era consuelo y él mismo se sumió en un silencio que supo sobrellevar con enorme entereza a pesar del dolor físico y, sobre todo, mental, que sufría y sufriría por un tiempo.
Cuando el luxemburgués bajó del carruaje se detuvo con un pie aún en el estribo y se aclaró la voz.
—Gilbert, si quieres quedarte a dormir...
—No. Quiero estar solo. Perdona... mi rudeza, pero ahora mismo no puedo...
—Ya, no hace falta que me expliques nada.
—Siento mucho todo esto. Y lo de Pelze... —Gilbert sustituyó el gesto de dolor por uno de rabia, pues detestaba mostrar una debilidad tan patente, incluso en momentos como aquel.
—Por favor, no te tortures, Gilbert —dijo Jean-Claude con una sonrisa tan triste que todo se le revolvió internamente al prusiano, aunque él, por su parte, se limitó a agitar la cabeza y a cerrar la puerta del carruaje.
Al mayordomo casi le dio un infarto cuando vio el lamentable estado en que se hallaba su joven señor, pero este únicamente acertó a balbucear vagas excusas. Me atracaron, no, estoy bien, solo son unas contusiones, por favor, solo quiero un buen baño y... saber... ¿qué han hecho con mi pequeña?
El buen señor, preocupado hasta el punto de haber perdido toda su flema habitual, lo miró interrogante tras haber distribuido las órdenes pertinentes a los sirvientes. Té, baño caliente, llamada al médico, botiquín, gasas, reconstituyente.
—¿Que qué hemos hecho? ¿Qué quiere decir, señor?
—Pelze. ¿Dónde...?
Pero no había terminado de formular su pregunta cuando oyó el característico sonido de las patitas de la perra reverberando sobre el mármol del suelo, acercándose pesadamente a su dueño para darle la bienvenida de siempre. El sorprendido mayordomo comprendió aún menos lo que estaba pasando cuando el duque se arrodilló junto al animal, se abrazó a su cuello con fuerza y rompió a llorar con desgarrados e inexplicables sollozos.
NOTA FINAL SOBRE EL PRESENTE CAPÍTULO:
He tenido discrepancias con mi beta sobre este capítulo y quería comentar un poco aquí el asunto. Yo ya era consciente de que después de este capítulo, el RusPru se convertiría en algo casi imposible. He de decir que al principio mi intención era que fuese todo mucho más violento y muy sexual, pero Ivan, como decía al principio, me exigió que no lo pusiera como un bastardo sin corazón. Porque, efectivamente, él no es así.
Aquí Ivan tiene un perfil «romántico» de maltratador, eso es obvio, y no seré yo quien justifique jamás a un maltratador ni defienda que uno deba permanecer junto a ellos en nombre del amor o de lo que sea. Pero esto no es tan sencillo. No olviden nunca que esta historia está enmarcada en el siglo XIX, en el que la violencia campaba a sus anchas y más en una sociedad militarizada como la prusiana. El «maltrato» era entonces cosa habitual: los padres a los hijos, los profesores a los alumnos, los alumnos entre ellos. Ivan, un príncipe lógicamente egoísta y acostumbrado a que todo sea como él desea, se ve confrontado con la realidad y no sabe ni cómo debe actuar. Sadiq era su guía vital, quien le devolvía la razón siempre con su gentileza y su trato cercano y firme, pero el turco se marcha (también por proteger a otra persona, al igual que hace Gilbert en este capítulo, la misma persona además) y entonces Ivan se ve hundido en el abismo (ya se ha visto con anterioridad cuánto afecta a Ivan creerse abandonado). La evolución en el ruso es sutil, pero está ahí. No dañó a la perrita, porque él jamás dañaría a ningún ser inocente. Ah, pero si cree que alguien es culpable de algo... El ruso nunca permitirá que sufran aquellos a los que él ama.
Su obsesión por que Gilbert sea «puro» proviene de su experiencia familiar. Una hermana pequeña que lo acosaba sin piedad, una madre tan ligera de cascos que tiene a su primera hija (Yekaterina) con otro hombre, ya estando casada. Su propio padre se suicida (o eso parece) por el comportamiento de la princesa Braginskaya, que lo convertía en el hazmerreír y el hombre más deshonrado de la capital en una sociedad en la que el honor lo era todo ¡No justifico, insisto! Son cosas que pueden pasar desapercibidas para algunos y que explican la evolución que seguirá teniendo Ivan.
Gilbert, por supuesto, después de esto no querrá saber nada de él. En cualquier caso, ahora mismo está muy herido, porque honestamente empezaba a sentir algo por su príncipe. No sé qué opinarán ustedes, pero no me parece que Gilbert sea una «golfa», sino quizá, un muchacho que acaba de salir de una de las escuelas más duras de la historia y que quiere experimentar justo cuando más perdido está, emocionalmente hablando. Si pudiera hacerlo con mujeres, sería más sencillo, pero se añade el hecho de ser homosexual, lo cual lleva aparejada una dificultad mucho mayor para encontrar el amor. En cierto modo, tiene puntos en común con Ivan. Reflexivos e irreflexivos, románticos como lo eran los rusos y prusianos, comparten un sentido del deber muy marcado según la situación, ansían encontrar el amor, aunque cada uno a su manera.
A mí me corresponde ahora trabajar para solucionar esto, y aún no sé ni cómo hacerlo. Me gustaría recibir sus comentarios más que nunca, porque me resulta tremendamente difícil desembrollar este lío que ha cebado entre mis pobres protagonistas. ¡Con lo feliz y orgullosa que estaba con mis preciosos últimos cuatro capítulos!
