Sin excusa

Permanecí todo el tiempo al lado del chico mientras esperaba afuera de la sala de urgencias. En todo el rato, él sollozó silenciosamente, se apretó los puños, maldijo por lo bajo a los homofóbicos y, después de tanta agitación, se apoyó en mi hombro izquierdo y se quedó dormido en un par de minutos. Yo le pasé una mano por encima de los hombros para resguardarlo mejor.

Era la hora del crepúsculo, y yo no me había cansado. El muchacho descansaba plácidamente y no sería yo quien le despertara para nada. Merecía, por fin, un momento de paz, algo que por lo menos podría darle.

Mientras las horas pasaban, no pude evitar pensar en demasiadas cosas. ¿Qué hubiera sido de nosotros si, de no haber nacido Nessie, hubiésemos sido cachados en plena acción? ¿Nos habría ido tan bien como el día de hoy, o alguno de nosotros estaría tendido por heridas, no en el hospital, sino en casa de Carlisle?

Bah, daba igual dónde fuera. El buen doctor estará trabajando ahora mismo.

Bueno, en realidad sí había un detalle. Podríamos estar curándonos por nuestra cuenta mientras las enfermeras trataran de sedarnos.

No sabía ni qué pensar, decir o cómo reaccionar. En primer lugar, por sentirme en cierta manera responsable de esto. En segunda, porque estaba empezando a ponerme en el lugar de Chris, como el novio de Seth. ¡Cuán ridículo era, en verdad! Esa parte ya había pasado a la historia, ¿o no? No tenía que mortificarme por el pasado.

Poco después del anochecer, Carlisle salió por la puerta. Yo estaba dormitando, pero en cuanto sentí el efluvio dulzón me puse alerta y desperté al chico con un leve sacudimiento. El chico bostezó sin taparse la boca.

— Es Carlisle. —dictaminé. El chico rápidamente abrió los ojos y se puso en pie demasiado rápido, con lo que consiguió marearse un poco. Me paré y le sujeté por los hombros para evitar su tropiezo.

— Cuidado. —le dijo Carlisle.

— ¿Cómo está Chris? —inquirió Seth rápidamente. Carlisle bajó levemente la mirada, pero la devolvió a los ojos del chico en menos de un segundo.

— Lo importante es que se va a reponer. La inflamación del rostro es más leve de lo que pensábamos; sólo tiene roto el tabique y el vómer. Las piernas… es otro caso. Ambas tibias están rotas, y tiene fracturado el fémur derecho. Requiere reposo absoluto por dos meses, luego podrá empezar a desplazarse con ayuda de silla y posteriormente muletas.

— ¿Su recuperación total? —preguntó el chico al borde de las lágrimas. Apreté un poco más mis manos en sus hombros, no para lastimarlo, sino para transmitirle todo mi apoyo moral. ¿Qué otra cosa me quedaba?

— Siete meses, posiblemente ocho. Pero no puede realizar actividades físicas pesadas en al menos tres años. Sus, para entonces, recién recuperados huesos no lo soportarían.

— Oh. —fue todo lo que el chico dijo, y empezó a llorar. Rápidamente, lo giré una vez más para abrazarlo, pero esta vez no la pensó para echarme los brazos alrededor del cuello y hundirme su rostro en mi hombro derecho para dejar correr sus lágrimas en mi camiseta. No me importó. Me alegraba el hecho de que el joven pudiera pensar que podía volver a contar conmigo.

Carlisle intercambió una mirada de pesadumbre conmigo antes de volverse a la sala de urgencias.

Estábamos camino a casa del chico cuando él dirigió su mano a la radio del Rabbitt, y la apagó sin previo aviso.

— ¿No quieres algo de música para alegrar el ambiente? —pregunté inocentemente. Él, en cambio, se limitó a negar con la cabeza.

— No, Jake. Hoy no tengo muchas ganas de escuchar música.

— Oh, vamos —intenté sonreírle, y acerqué mi mano derecha a su mejilla izquierda para acariciarla con el dorso, cosa que él vio pero que no evitó. Una nueva lágrima se reflejó en su rostro.

— Fue mi culpa, Jake —graznó quedamente—. Debí estar ahí para él.

— De haber sido así, los dos ahora estarían en el hospital, chico. No te eches la culpa de una situación sobre la que no tenías control alguno.

— Pero si hubiera... ¡Ojalá hubiera podido hacer algo! Lo que sea. Te lo juro, Jake; consideré muchas opciones para librarme e ir con Chris.

Lo miré perplejo. Lentamente, retiré mi mano de su rostro.

— No me vas a decir… que tú…

Me devolvió la mirada.

— No. Nunca hubiera evidenciado a la manada. Pero sí que podía tomar ventaja de mi fuerza extrahumana…

— También nos hubieras evidenciado.

— He visto que, en momentos de desesperación, la gente reúne una fuerza que ni ellos mismos creían que poseían, sobre todo si la desesperación está vinculada con el amor.

— El amor… sí, ya me he dado cuenta. —murmuré mientras volvía a poner la vista en el camino.

Al instante, una mano de Seth me tocó el brazo derecho.

— Perdóname por lo que hice en la fiesta de Nessie —me dijo, con un nudo en la garganta—. Fue muy cínico y cruel de mi parte.

— Tienes razón —me carraspeé la garganta—. Realmente lo fue.

— No sé qué me pasó, en serio. Creo que me dejé llevar por mis deseos de venganza.

— ¿Venganza sobre mí? —le pregunté muy serio.

— Sí. No olvido lo descarado que fuiste al pedirme que me buscara a otro, ¿recuerdas? Horas después de tu imprimación.

— Y al parecer me hiciste caso.

— No lo había considerado. Él sólo se presentó, me besó y me llamó la atención.

— ¿Así, sin más? Un beso y ya. Qué fácil caíste.

— Eso me bastó para poder conquistarte, Jake. —me recordó. Entonces me mordí la lengua, metafóricamente hablando. Era cierto. ¿Cuándo me hubiera imaginado con un hombre? Jamás, sencillamente jamás.

— Mira —me susurró, acercándose un poco más a mí—, ninguno de los dos se ha comportado de la mejor manera, pero el más responsable de nuestra situación soy yo por haberlo desarrollado más tiempo que tú.

— Ay, Seth. No creo que…

— Y fue completamente a propósito. —añadió.

— Bueno…

— Mientras tú lo hacías sin intenciones de hacerme daño, movido sólo por tu imprimación y tus deseos de que todo mundo fuera feliz en este condenado, morboso y extraño triángulo amoroso, ahora una cuadrado.

— Yo… —me quedé sin palabras. ¿Yo qué? Él había expuesto casi todos los puntos clave de nuestro maldito enredo. Se le olvidó mencionar que a mí me dolería mucho tener que elegir entre Nessie y Seth, ya que era Nessie, y sólo ella, la que sostenía la última palabra. Y, aceptémoslo, ¿quién rechaza al compañero perfecto, que literalmente moriría por ti en cuanto se lo pidieras, sólo para poder sacarte aunque sea una sonrisa? Ninguna chica en su sentido común lo haría.

Mientras todas mis elucubraciones se desarrollaban en mi mente, no advertí que los labios del chico se habían posado suavemente en mi mejilla derecha, y me besaban tiernamente, con suavidad, apenas posándose sobre mi piel. Se retiró con lentitud y pude sentir que él sollozaba ligeramente.

— Eres un gran amigo, Jake. Perdóname por ser un imbécil.

— No —le dije mientras doblaba la esquina en la calle de su casa, la casa de Charlie—. Tú perdóname a mí por ser yo el imbécil. No sé qué pasaba por mi cabeza.

— Yo sí. Tus genes metamórficos. No creas que no sé cómo funciona la imprimación. Embry, Collin, Brady, yo y los otros siete chicos de Sam somos los únicos que faltan, y porque muchos de nosotros aún estamos jóvenes.

— Tú ya no, Seth le repliqué—. Cumplirás los dieciocho en abril.

— No me lo recuerdes, Jake. —se rió. Estacioné enfrente de su casa y apagué las luces del auto. Él no dio indicios de querer bajarse todavía. Cerré completamente la llave y me giré para verlo. Aún a la luz de la penumbra y con el rostro hinchado por las lágrimas, el chico seguía siendo muy hermoso.

— Vamos —le volví a pasar el dorso de mi mano por su mejilla—, Chris se va a reponer, Seth.

— Lo sé —dictaminó, y la vez se estiró un poco hacia mí—, sé que lo hará.

— Confías mucho en tu novio humano.

— Debo hacerlo. —me dijo, y en eso lo vi venir. Me paralicé, mitad por estupefacción y mitad por deseo, mientras sus labios suaves venían hacia los míos.

Debía admitir que extrañaba este sabor. Sus suaves labios se amoldaron a los míos de manera lenta y sutil, como si este fuese un beso largo de despedida. Y así lo sentí, porque sus lágrimas no paraban de deslizarse por el rostro, que poco después aprisioné con ambas manos. Las suyas, en cambio, se aferraban a mis brazos, pasando sus pulgares lentamente sobre mis bíceps. Esta era, sin lugar a dudas, la intimidad más auténtica que habíamos compartido él y yo. Y sin lugar a dudas, la más hermosa hasta ahora.

Él despegó sus labios de los míos en una forma tan lenta, como si no quisiera hacerlo. Y posiblemente él no quería, pero se sentía obligado a hacerlo. Era obvio leer sus ademanes: teniendo novio y besándose con el ex.

— Jake… —susurró, mientras sus manos seguían acariciándome los brazos. Le chisté mientras pasé mi dedo índice por sus labios.

— Calla, chico. Calla. —le dije, y le acaricié el rostro una vez más, pasando por cada una de las curvaturas: sus hoyuelos, su mandíbula, sus pómulos, sus sienes, su nuca, todo. Hacía muchísimo tiempo que no podíamos tener esta intimidad.

Pero él rápidamente me detuvo. Me agarró mis manos con las suyas y lentamente las empezó a retirar de sí. Me miró como si yo fuese la decepción más grande del mundo.

— No, Jacob —murmuró—. Tengo novio.

— Seth… —le rogué, pero él me soltó lentamente las manos se giró para abrir la puerta y se dignó a salir, pero le tomé por el antebrazo antes de que lo completara. Se giró para verme, y pude ver más angustia en su rostro—, si necesitas algo, cualquier cosa, puedes contar conmigo, pequeño. —le sonreí tímidamente, pero algo en mis pulmones me calaba como ácido. O como el hedor vampírico.

— Gracias, Jake. Eso es muy amable de tu parte. —se soltó y se acercó para besarme una vez más. Me preparé, pero sentí sus labios en mi frente. Se separó y me miró con el rostro propio de un adulto carcomido por una vida de penurias.

Y, sin embargo, no pude estar ahí para él.

Tuve que volver a la universidad a terminar el tercer semestre. Todo mundo, más que nada, estaba emocionado por poder recibir el 2010. Vaya situación.

Octubre dejó paso a un noviembre verdaderamente glacial. Carente de nieve pero con ventiscas tan frías y fuertes que hasta yo mismo las sentía. Todos en la universidad estaban tensos y estresados, salvo yo. Mi compañero de recámara, Anthony Maxwell, se la pasaba en internet hasta altas horas de la noche, por lo general en sitios pornográficos. Por más que lo intentaba, no podía lograr que el imbécil se durmiera temprano o hiciera menos ruido para permitirme estudiar. No estaba muy preocupado por las partes intrínsecamente relacionadas con la construcción y supervisión de vehículos. Pero la parte de los dibujos arquitectónicos y el cálculo… Dios, eso era mi infierno personal.

— ¿Quién es ese, Jake? —me preguntó la voz de Angelique Bound, mi compañera en las clases de Cálculo. Debí de haberme quedado distraído porque en cuanto noté que me hablaba, vi que el profesor ya se había ido. Giré mi rostro hacia la derecha y me topé con el de la muchacha: tez pálida, cabello rubio cenizo, ojos azules grisáceos, anatomía perfecta. El detalle era que casi toda la facultad se la había tirado, menos yo y alguno que otro desafortunado.

Su pregunta me sacó de onda.

— ¿Disculpa? —inquirí desorientado.

— Te pregunté que si quién era él —me dijo, señalando con el dedo índice mi cuaderno—. Lo has escrito muchas veces. ¿Es algún ingeniero automotriz que te esté inspirando para la carrera?

— ¿Qué demonios? —le pregunté, y en eso bajé la vista a mi cuaderno. En cuanto vi lo que tenía escrito, el alma se me fue directa hasta los pies. Aquí y allá, en letra grande y chica, normal o cursiva, estaba una y otra vez el nombre de Seth Clearwater, encimado en donde debía haber apuntado detalles sobre Waterloo.

Arranqué la hoja y la hice bola.

— No es nada, no es nada —le repetí a Angelique mientras la volteaba ver y hacía bola y rompía la hoja—. Sólo estúpidos garabatos por mi parte.

— De acuerdo… —me puso los ojos en blanco—. ¿Qué harás en tus fiestas navideñas?

— Estaré con mi padre, quizá con mis hermanas —murmuré mientras, abstraído, hacía tiras la hoja—. Como siempre.

— Oye —la chica se me acercó más—. En estos tres semestres no he podido evitar notar que tú nunca has tenido ninguna cita con alguna chica, y pues pensaba…

— ¿Qué pensabas? —insté, quizá un poco más agresivo de lo necesario. Ella lo notó.

— Quizá pensaba que tú eras demasiado tímido para hablarle a las chicas. Ya sabes, con todo eso de los autos, cálculo y eso, quiero pensar que te concentras mucho en esas cosas como refuerzo ante tu falta de contacto con las mujeres.

— Me alegro que tengas tus propias conclusiones. —respondí sarcásticamente. ¿Y a ella qué le importaba cómo iba mi vida sentimental o qué nombres escribía en mi cuaderno?

Gracias al cielo, la campana sonó. Eché mis cosas como pude a la mochila y salí corriendo. Era la hora del almuerzo, pero yo no quería ir ahí. No ahora.

Desconcertado, y con el corazón en un puño, me eché a correr al baño más cercano que pude encontrar. Ignoré tajantemente los rostros de los alumnos que me seguían con la mirada; al carajo con ellos.

Empujé la puerta de los baños y corrí directo a un cubículo. Había dos tipos en el lavamanos, y me dijeron algo sobre evitar la comida mexicana la próxima vez. Imbéciles.

Me senté en la taza y me puse la cabeza entre las manos. Me estrujé el cuero cabelludo y me revolví el cabello. No entendía qué estaba pasando conmigo. ¡Mira que escribir el nombre del chico varias veces! ¡Y estaba a punto de ser descubierto!

Me maldije a mí mismo por haber permitido ese episodio.

Dos horas después, me encontraba en el gimnasio, saltando la cuerda para calentar el cardio. Me tocaba entrenar contra Bryan Charleston, el tipo más fornido del equipo. Nos preparábamos para el campeonato estatal a principios de diciembre. Bryan estaba haciendo lagartijas en el lado contrario del gimnasio; la tensión podía respirarse en el ambiente; la última vez que él y yo entrenamos nos encendimos de más y terminamos casi sangrantes. Hizo falta todo el equipo para separarnos.

— ¡Listos, Black, Charleston! ¡Prepárense! —nos gritó el entrenador. Inmediatamente dejé la cuerda y me acerqué al centro del gimnasio. Bryan hizo lo propio.

— ¿Listo, Black? —me preguntó mientras me extendía la mano para estrechármela. Le devolví el gesto y pude sentir cómo quería aplastarme la mano, cosa que no logrará jamás.

— Cuando tú quieras, Charleston. —le respondí con una sonrisa burlona a la vez que soltaba mi mano. Me coloqué en posición y esperé el silbatazo.

Entonces, el rostro del chico me pasó por la cabeza, aturdiéndome, y no vi el agarre que me dejó fuera de conocimiento.

Para cuando volví en mí, noté que me encontraba aún en el piso del gimnasio. Vi varios rostros enfrente de mi vista, entre ellos el entrenador y Bryan.

— ¡Black, debes estar más atento! —me gritó el entrenador.

— ¿Qué cuernos te ha pasado, Jacob? —inquirió Bryan. Abrí los ojos completamente y sacudí la cabeza; eso me dolió.

— Lo siento —dije—. En serio, lo siento. Me distraje por un instante.

— Que no vuelva a pasar, Black. ¿Puedes seguir entrenando?

— Claro que sí. —me determiné, levantándome y volviéndome a colocar en posición. Nadie se atrevió a contradecirme.

Diciembre se dejó ver con un magnífico final. Mis calificaciones, nuevamente, estaban muy por encima del promedio, casi llegando a las dignas de un genio. O al menos para mí, ya que nunca antes había llegado a la B + en las clases teóricas. En los talleres, como siempre, alcanzaba el A o el A+.

Mi vuelo de vuelta a Washington fue más corto de lo que esperaba. Mis fiestas de fin de año, las mejores que había vivido en años. Esta vez, los Clearwater —ahora Swan, aunque todos insistían en ser llamados con su anterior apellido— estuvieron presentes. Y ni se diga de los Cullen, porque Nessie quería estar en donde yo estuviera. Qué bonito detalle. En ambas fiestas, no pude evitar juntarme más con Seth, a pesar de nuestras bebidas.

Hacia finales de enero, poco después de mi cumpleaños veinte, regresé a la universidad. Como yo tenía una postura medianamente popular —bah, ¿para qué me hago? Tras el campeonato de diciembre, todos me recibieron como la máxima estrella del campus— mi reciente cumpleaños no quedó desapercibido, y pues algunos de mis amigos me llevaron a festejar a un casino clandestino en el sótano de un alumno mayor, de veinticinco años.

— Pero aún me falta un año para entrar aquí. —murmuré.

— ¿Y qué importa? —me dijo Andrew Costas, del taller—. ¡Ven a divertirte como hombre, Jacob! ¡Hay buenas bebidas, dinero asegurado y unas zorritas muy buenotas aquí adentro, vamos!

No supe ni cómo sobreviví a esa noche, pero cuando salí de ahí, salí casi intacto de la horda de explosiones de éxtasis, alcohol y sexo desenfrenado —mi cartera salió beneficiada con mil doscientos dólares, pero fue todo lo diferente que hubo—. Mis amigos me estuvieron recalcando el hecho de que yo no me hubiera tirado a ninguna mujer, y yo les dije que no me iba a tirar a la primera zorra, sobria o ebria, que se me pusiera enfrente.

Sinceramente, no sabía ni quería saber cómo proceder con una mujer. Con el único con el que me había entregado alguna vez había sido Seth.

La noche del nueve de abril, suspendí todas mis tareas hacia las nueve de la noche, corrí a mi compañero de habitación —bajo la excusa de que él necesitaba bañarse, pues regresó de una clase curativa en el taller— tomé una hoja, una pluma, y me senté ante el escritorio. En cinco días sería el cumpleaños dieciocho de Seth; si enviaba la carta mañana por la mañana por una vía exprés, le llegaría el mero día de su cumpleaños, posiblemente en la mañana.

Empecé a garabatear frases en la carta. ¿Qué le decía a mi ex novio que acababa de cumplir la mayoría de edad? Las únicas dos cartas que había escrito en mi vida habían sido por motivos totalmente distintos a lo que tenía planeado ahora.

Me tomó cuatro largas horas, y varias excusas con mi compañero, pero finalmente le pude escribir un mensaje sencillo. Apenas y tuve tiempo de guardarle en mi mochila, porque mi compañero estaba de terco en querer leerlo.

— ¿Estás bien, Jacob? —me preguntó Nessie. Habíamos regresado del cine de Port Angeles. A pesar de las negativas de ella, tanto Bella como yo la llevamos a la función de Toy Story 3. Si ella no quería, no importaba. Ambos habíamos crecido con esa franquicia. Estábamos solos en el comedor de los Cullen; los demás se habían ido de cacería. Yo intentaba preparar unos hot dogs rancheros.

Además caí en otro detalle. A estas alturas del año, el novio de Seth ya debía de haberse terminado de recuperar. Los iría a visitar más tarde. O al menos al chico.

Alcé la vista del plato y me encontré con su mirada inquisidora. Estaba cerca de cumplir sus cuatro años, y ya parecía que estaba entrando en la pubertad. Incluso me miraba como si realmente lo fuera.

— Oh, sí —le mentí. Intenté sonreír, pero sentí muy tensos los músculos de la cara, cosa que no le pasó desapercibida—. Sólo intentaba pensar en la mejor salsa para que no se te hiciera ni tan picante ni tan insípido.

— No es eso lo que te preocupa, Jacob —me musitó. Se paró rápidamente de su silla y vino directamente hacia mí. Me tomó mi mano derecha, con lo que me sentí obligado a mirarla directo a los ojos, en cuyas retinas se reflejaba su madurez mental—. Jacob, por favor.

Le intenté sostener la mirada lo más que pude, pero fue algo totalmente inútil. Sentí que todo mi mundo se venía abajo, que yo había perdido la batalla.

De pronto, unas fuertes ganas de confesar todo me invadieron. Y no habría forma de combatirlas en cuanto ella me pidiera la verdad; ni cómo ocultarle algo a la pobre chica. Era mi deber y obligación hacer lo que ella pidiera, sin siquiera detenerme a pensar.

— No debería… —murmuré.

— Dímelo. —insistió. Su tono no dejaba margen a otras opciones.

En eso, mi pecho me oprimió los pulmones y el corazón de una manera salvaje. El dolor me hizo necesitar respirar por la boca de manera casi obscena.

Pero en realidad era un dolor que calaba hasta el alma.

— Nessie… —susurré. No quería decirle y a la vez sentía la necesidad de decirle, un dilema que me causaba verdadero dolor físico.

Y entonces empecé a sollozar. No tardé mucho en quedar de rodillas en el suelo.

— ¿Jacob?

— No puedo hacer esto, Nessie —le lloré—. Ya no puedo. Me duele mucho. Extraño a Seth, Nessie. Lo extraño demasiado.

— Pero puedes ir a verlo siempre. —me canturreó.

— No lo extraño de esa forma, chiquilla —mi llanto se engrosó. Levanté la vista, borrosa por tantas lágrimas, y apenas pude distinguir el rostro de la chica—. Él y yo éramos novios antes de que tú nacieras. Y lo extraño, lo extraño mucho, maldita sea. Perdóname, ¡por favor perdóname, Nessie! —me aferré a sus manos, que ella me había tendido. Hundí mi rostro en mi pecho mientras dejaba que las convulsiones, las lágrimas y mis sollozos.

— No entiendo —dijo plácidamente. Entonces vi que su silueta se hincaba y me alzaba el rostro con una mano suave—. Esto lo haces ¿por mí?

— ¿Qué cosa? —inquirí entre sollozos.

— Decirme estas cosas.

— Querías saber qué me pasaba, y eso es lo que me pasa. Siento un verdadero dolor físico al no poder estar con él. Casi cuatro años pensando que podía estar mejor, pero estaba equivocado. Mi imprimación contigo está dañada, porque no debería estar sintiendo dolor ni nostalgia. Debería ser feliz contigo.

— No lo eres. —dictaminó. No era una pregunta.

— No. —confesé, y lloré más.

Pasó todo un minuto antes de que ella hablara.

— No sabía que se podía hacer eso. —murmuró. Me enjugué las lágrimas y la miré directo a los ojos.

— ¿Qué cosa?

— Que dos hombres pudieran amarse. Es raro.

— No, no lo es. Es que jamás te lo habíamos planteado. Pensamos que estabas muy chica para conocer eso.

— Jacob, esa no es una excusa. Tengo más inteligencia que nadie en esta habitación.

— Pero sólo estamos tú y yo, Nessie.

— Exacto. —dijo, y reí ligeramente. En eso vi que ella se paraba y se daba la media vuelta.

— ¿A dónde vas, Nessie?

— A la biblioteca de Carlisle. Tengo mucho que investigar.

— Espera —le pedí en cuanto salía por la puerta. Se detuvo en seco, y yo me paré—, esto no cambia nada, ¿verdad? Es decir, ¿todo va como antes?

— Seguro. Aún te veo como amigo y hermano mayor. —y sin darse la vuelta se dirigió graciosamente hacia las escaleras, dejándome parado en la cocina.

Y bueno… lo había hecho. Finalmente se había destapado todo. Me pregunté qué diría Bella cuando Nessie le revelara que he hablado.

Se acabaron las excusas en mi vida. Nessie era la última persona que debía saberlo, yo mismo lo había evidenciado todo. Y ahora no sabía qué era lo que podría resultar de esto.

Quería pensar que esto podría mejorar de alguna forma mi estado de ánimo. Y si no… bueno, que el cielo me ampare.