Capítulo 25: Antorchas y profecías
Mankar se sorprendió al escuchar el rugido del agua, como si hubiera una cascada no muy lejos de donde se encontraba. ¿Qué podría ser, si había recorrido tantas veces la orilla del río y sabía que no había ninguna caída más allá? El fuerte ruido ahogaba el del tranquilo correr del río. Intentó concentrarse y verificar la dirección de la que provenía el ruido, pero no había duda: se encontraba cerca de allí, donde antes no había más que el liso lago de siempre.
Se imaginó varias razones por las que podía producirse el sonido, pero cada una era tan absurda como el hecho de que se hubiera formado una cascada en el plano valle que conducía a Greeman Place. Saltó de una roca a otra tan alto como pudo, tomando con fuerza el estuche que cargaba en los brazos, buscando el origen del sonido a lo lejos, aunque sin muchas esperanzas.
Su olfato le llevaba pocos aromas diferentes al de la vegetación que rodeaba la orilla del río, de pequeños animales que habían marcado su territorio cerca de allí, y de tierra y piedras empapadas por el agua.
No pasó mucho más tiempo antes de que pudiera desvelarse el misterio. Los árboles se hicieron menos densos y por fin se pudo ver el lago. Mankar retrocedió un par de pasos cuando creyó ver una serpiente marina que salía de las aguas, pero pronto comprendió que era demasiado rígida y vertical para estar viva.
Era una columna de agua, del grosor de un roble y de varios metros de alto, que se elevaba sobre el lago, no muy lejos de donde Mankar se hallaba, como si se tratara de una fuente gigantesca. Aquello producía el ruido, y el agua se revolvía con fuerza a su alrededor.
Cuando Mankar supo que no había ninguna pregunta que pudiera responderse sólo observando la escena, echó a andar en cuatro patas con lentitud, sin perder de vista el géiser gigante. De repente, el agua cayó, salpicando a varios metros lejos de la orilla, provocando pequeñas olas que desaparecieron más allá, en el lago. Y fue cuando Mankar advirtió la presencia de tres figuras que revoloteaban cerca de donde acababa de desaparecer la columna de agua. Ahora que el ruido había disminuido, logró captar voces: eran chillonas y gritaban, al parecer, de alegría.
Mankar volvió a ocultarse tras los árboles, y siguió avanzando hacia las personas que jugaban con el agua. Quería asegurarse de su identidad antes de que ellas lo vieran primero; quería evitar a alguien en especial.
Con un rugido del agua, un gran chorro surgió de la superficie y pronto se convirtió en una columna más gruesa y alta que la anterior. Así, se dio cuenta de que las tres personas poseían una varita y conjuraban el gran chorro. La luz de la luna llena no era suficiente para revelar la identidad de las personas, pero algo era seguro: no eran hombres lobo; lo sabía por su contextura y porque se podían sostener en dos piernas.
—¡Ártiken! —exclamó una voz femenina, entre risas, apuntando con su varita mientras corría hacia el agua y saltaba al interior del lago.
Pero antes de que se sumergiera, otra gruesa columna de agua surgió de debajo de ella y, como si se tratara de un ascensor, la levantó hasta el cielo en medio de un caos total.
Mankar abrió mucho los ojos y apretó el estuche que cargaba, consciente de que esa no era magia que pudiera hacer cualquiera.
Las dos columnas subían y bajaban, y desde lejos parecía como si se tratara el juego de dos niños que intentaban saltar más alto, o mejor, como si dos niños compitieran a ver quién escupía más arriba el agua.
Mankar avanzó hacia la única figura que todavía estaba en tierra firme (asumió que las otras dos se encontraban cada una en la parte alta de las columnas), y descubrió que se trataba de una mujer lobo. Ésta se dio la vuelta y miró a Mankar con curiosidad.
—¿Ernie? —lo miró de arriba abajo, confundida ante la negativa de Mankar—. ¿Quién...? Ah... Mankar. Te estábamos esperando.
Él se dedicó a parpadear repetidamente, sin hacer preguntas. La chica gritó hacia el cielo pidiendo que detuvieran el hechizo (en realidad, sonó como una especie de aullido), y el agua cayó de nuevo pesadamente, aún con más fuerza que la vez anterior, empapando de pies a cabeza a Mankar y a la mujer lobo.
Las dos figuras nadaron hasta la orilla del lago en cuanto el agua se calmó un poco, con las varitas en alto, quizás conjurando algún hechizo que les permitiera nadar sin dificultad, y, al salir, se sacudieron con fuerza; la ropa la secaron con su varita.
Mankar reconoció a Vila, y no tardó en deducir que las otras dos mujeres lobo eran Cami y Kalli, aunque no habría sabido decir cuál era cuál sin antes escuchar la voz de ambas.
—¿Me esperaban? —fue lo único que atinó a preguntar.
—Bueno, sabíamos que vendrías aquí —explicó Vila—, y aprovechamos para venir a recibirte.
—Ah, gracias —dijo Mankar, sonriendo—. Aunque conozco bien el camino al pueblo.
—No iremos al pueblo —intervino Cami—. No hay nadie allí. Todos están haciendo guardia.
—Qué extraño, no encontré a nadie...
—Pero quizás ellos sí te vieron a ti —dijo Vila.
—¿Ha ocurrido algo? ¿Por qué siguen haciendo guardia?
Las tres esquivaron la mirada, pero Vila no tardó en responder.
—Han intentado atacarnos —susurró.
Mankar enarcó una ceja.
—Están muy enojados desde que, supuestamente, uno de nosotros intentó atacar a una vampira joven, hace unas semanas.
—¿«Supuestamente»? —preguntó Mankar, sin fingir indignación.
—Ante ellos, hablaremos como si se tratara de una suposición —dijo Vila; era obvio que sabía la verdad—. No hacerlo implicaría el inicio de la guerra.
—Creí que la guerra había iniciado hace mucho... la noche que... que intentaron salvarme de Bloody Swamp.
—Habría iniciado ese día —dijo Kalli—, si ese día ya hubieran sabido que no tenemos ninguna garra en nuestro poder.
—¿Y cómo se enteraron de que no es así?
—No lo sabemos —dijo Vila, lanzando una elocuente mirada a sus amigas—. Pero no saben de nuestro poder. Por eso se atreven a intentar atacarnos.
Mankar bajó la mirada y frunció los labios (o lo habría hecho si su hocico lobuno se lo hubiera permitido tan bien como su rostro humano).
—¿No es peligroso estar en este lugar? —preguntó, sacándose cierta idea de la cabeza.
—No para alguien que esté con nosotras —sonrió Cami.
Mankar se sentó sobre la húmeda hierba y miró a las tres mujeres lobo.
—¿Y es que pasarán así el resto de sus vidas? —dijo—. ¿Los vampiros acechando y ustedes haciendo guardia?
Kalli suspiró.
—Sí —respondió—, hasta que les hagamos frente o se rindan. Es posible que alguna de las dos cosas pase cuando encontremos alguna de las garras.
—Ambas están en mi mundo.
—Y ellos lo saben —dijo Cami.
—Natis ha viajado a tu mundo antes y planea volver a hacerlo. Nosotros debemos adelantárnosle —dijo Vila.
—Pero... ¿cómo planean hacerlo?
—De la misma forma que la primera vez.
—Con ayuda del Dragón Rolo —dijeron a coro. Se miraron y exclamaron—. ¡Telepatía!
Mankar sonrió y se guardó el «En mi mundo se llama "Legeremancia" o "Coincidencia"».
—¿Saben cómo encontrar al Dragón Rolo?
—No lo hemos visto desde la noche que llegaste. Pero podemos guiarnos por las leyendas que existen en torno a él —dijo Kalli.
—Varias de ellas están en el libro que te di. ¿No las has leído? —preguntó Vila.
—¡Ah, cierto! No... —recogió el estuche que tenía a sus espaldas, lo abrió y lo extendió a las tres—. He traído el libro. Quiero que me enseñen a leerlo, porque no comprendo el idioma en que está escrito.
—¿No lo leímos la vez pasada?
—Sí... Vax me... Quiero decir, no entiendo qué ocurre.
Durante el último mes, Mankar había intentado leer el libro que le había dado Vila, pero descubrió que sólo había extrañas runas en él y era incapaz de descifrarlas. Eso era muy curioso, porque recordaba haber leído con la licántropa algunas páginas.
Esa noche había llevado el libro (dentro de un estuche, para que no se estropeara durante la transformación) y se despidió de Vax en el Claro Negro. Quería ir a Greeman Place a pedirle ayuda a Vila con el libro y, nuevamente, con su habilidad de ver el futuro.
Vila tomó el libro y lo abrió.
—Lo que pasa es que si iniciamos una guerra, podríamos molestar al Dragón Rolo. Los vampiros no creen en eso, pero nosotros nos tomamos más en serio las leyendas: «Enemigos antiguos se enfrentarán —leyó—. Si no cuidan el hogar que durante siglos han compartido, despertarán al gigante que cuida el Bosque de la Tinta. El ojo del Guardián se bañará en sangre y el fuego acabará con la guerra. Si no quieren compartir el hogar, nadie tendrá hogar.»
Mankar sintió un escalofrío.
—¿Es una profecía? —preguntó titubeante.
—No —explicó Kalli con seriedad—. Es una amenaza del Dragón Rolo. Uno de nuestros antepasados tuvo un encuentro con él. No sabemos si la criatura le comunicó algo, pero cuando nuestro antepasado regresó y le contó al pueblo su historia, estaba plenamente seguro de que ocurriría. No es una leyenda única en su especie, hay muchas más como esta.
Mankar asintió.
—¿A qué se refiere con que su ojo se bañará en sangre? ¿No significa que el Dragón intervendrá cuando la guerra llegue a afectarlo?
—O bien puede significar que llorará sangre cuando se enfurezca —dijo Vila—. Hasta que ocurra no lo sabremos.
—Ustedes están buscándolo para recuperar las llaves.
—Nosotros queremos protegernos, no atacar a Bloody Swamp —puntualizó Cami.
—¡Renzo atacó sin motivo alguno! —exclamó Mankar indignado, aunque sabía (o esperaba) que de ello no podía culpar a las chicas—. Esas garras son las causantes de todo esto. También causarán la ira del Dragón Rolo, si llega a ser cierto lo que ustedes dicen.
—El Dragón, cuando era joven, robó las garras, y ambas fueron recuperadas —dijo Vila—. Nos pertenecen.
—Y las robó para demostrarles que ustedes pueden vivir sin ellas, ¿no? ¿No fue una advertencia para que dejaran de luchar?
—Estamos haciendo lo posible por evitar cualquier tipo de lucha.
—¿Qué castigo recibió Renzo?
Cami no fingió la indignación causada por la insolencia de la pregunta. Vila decidió simplemente ignorar que Mankar la había formulado.
—Yo no quiero que la historia de mi pueblo termine con esta guerra —susurró, e hizo una pausa y un gesto grave antes de continuar—: Pero no nos quedaremos de brazos cruzados ante el peligro que representa Bloody Swamp.
• • •
Las clases de Defensa Contra las Artes Oscuras se suspendieron. La profesora Bea Gryffindor no fue capaz de continuar desempeñando su labor, y solicitó unas vacaciones. Según se decía, eran vacaciones permanentes, pues a Vito no le hizo ninguna gracia que la mujer practicara maldiciones imperdonables frente a los alumnos, y mucho menos que se las enseñara.
Mankar prefería las cosas así. Ahora que lograba adelantarse algo de los tres meses que estuvo ausente del colegio, tenía bastantes trabajos que terminar, y una clase menos significó relajarse un poco más, aunque nunca dejaba de dedicar un tiempo diario para su club, y constantemente seguía intentando obtener puntos para entrar en el top de Gryffindor. También se reunía de vez en cuando con los Guardianes de Nurmengard para hablar sobre la última prueba del Torneo del León Escarlata, que sería el 20 de mayo.
Por eso, cada martes y jueves, se dirigía al salón del tercer piso donde habitualmente tenía clases con Bea, y se sumaba a los deseos de sus compañeros de que no les colocaran un profesor sustituto.
Aunque, si tenían nuevo profesor, esperaba que fuera cualquier persona, excepto Juanma. Mankar nunca pudo volver a ver a su hermanastro con los mismos ojos. Sentía que lo había traicionado, y que simplemente se dejaba manipular por Devil.
Juanma sabía que yo me quedaba en el dormitorio de Arkadios —le dijo Vax en una ocasión—. Y sabía que yo tenía «una reliquia de los vampiros».
«¿Crees que él la robó? ¿Y si él tiene la otra garra?», se le ocurrió a Mankar.
En el fondo, le costaba desconfiar de Juanma hasta ese punto. Pero ya no podía fiarse de nadie. Él mismo se lo había demostrado.
Y Renzo también. Había sentido mucho dolor desde que Vax le contó cómo el licántropo los atacó a él y a Annie, llevado totalmente por el instinto... ¿Acaso él mismo, que era relativamente nuevo en esa especie, no había aprendido a controlarse, al igual que Vax? ¿No debería ser él, Mankar, quien estuviera atacando a mordiscos cualquier cosa que se moviera? ¿No debería Renzo, al tener más experiencia, al ser el «príncipe de los licántropos», el que mejor supiera controlarse? ¿O acaso entre más tiempo se es hombre lobo, más difícil es ser humano? ¿O acaso de eso se trata ser licántropo?
Todos esos sentimientos encontrados lo habían hecho actuar a la defensiva en el Bosque de la Tinta. Apretó los labios y cerró los ojos con tristeza.
No pienses más en eso. No tienes que ser como él —le dijo Vax.
«No. Pero no deja de decepcionarme. ¿Sabes? Su hermano será como él cuando crezca. ¡Y es sólo un niño inocente!»
Mankaú, los licántropos tienen sus reglas. Tal vez permitan atacar a los vampiros.
«Obvio que no —respondió Mankar enojado—. ¿No ves que todos temen que empiece una guerra? Lo hizo a espaldas de Vila.»
Y ahora que lo sabe, se asegurará de que sus demás hijos no hagan lo mismo. No te engañes, tú sabes que no te interesa si Javier seguirá el ejemplo de Renzo o si crece aprendiendo a no comportarse como animal.
«Sí me interesa.»
¿Y qué importa? —dijo Vax—. Nunca vendrán a este mundo. Sólo se matarán entre ellos, no harán daño a nadie más.
«¿Es que no te escuchas cuando hablas? —preguntó Mankar—. ¿Cómo puedes conformarte con que sea un monstruo sólo porque no lo sean en nuestro mundo? Estuvo a punto de matarte.»
¿Estamos hablando de Renzo o de Javier?
«¡Es lo mismo! ¡No me importa si ya era un monstruo antes, el caso es que lo es! ¡Y si no piensa cambiar, no tiene por qué convertir a nadie más en uno como él!»
Cada quien escoge qué ser. Tú no eres como él. No deberías avergonzarte de ser un hombre lobo. Pero sí deberías estar orgulloso de ser humano.
Mankar no tuvo cómo responderle a Vax. Sabía que tenía razón. No podía hacer nada para cambiar lo que ocurría. Seguramente Renzo y muchos más licántropos o vampiros ya se comportaban así desde mucho antes; no era algo que se cambiaba de un momento a otro. Pero no quería volver a acercarse a él nunca.
Resonaban en sus oídos las palabras que vio en la memoria de Vax: «animal asqueroso sin capacidad de razonamiento». ¿Era eso lo que opinaban los vampiros de los licántropos? A veces deseaba inútilmente cambiarse de bando, quizás para demostrarle a Natis que no todos eran iguales... Natis, una vampira que después de vivir tantos años entre humanos aprendió a superar su instinto.
La verdad dejó en shock a Mankar durante días. Se odiaba por sentir aquello, pues en el fondo siempre supo que las cosas eran así, e incluso mejores de lo que creía. Aquella mañana de noviembre Renzo se presentó como un ser humano tan amistoso... Y durante los siguientes días se ganó con mucha facilidad la confianza y el aprecio de Mankar. Sabía que era un hombre lobo, pero en cuanto comprendió que podían hablar, comunicarse, pensar, a diferencia de los licántropos de su mundo, asumió que, especialmente Renzo, no era tan malo después de todo.
Ahora deseaba cada vez más atrasar la llegada de la siguiente luna llena, y quizás por eso daba la impresión de que el tiempo transcurría más velozmente que nunca, y en menos de lo que Mankar creyera, llegaría el 20 de mayo.
Hasta que llegara ese día, procuró repartir su tiempo entre sus otras preocupaciones.
Gaby se había ido de Harrylatino un par de semanas antes. Le afectó mucho que mataran a un estudiante estando ella en el colegio y tener que marcharse dejándolo impune. No lograron encontrar ni una sola pista que los llevara a un sospechoso. Nadie sabía nada, no había rastro del vampiro que supuestamente había matado a Arkadios. Y lo peor es que tampoco parecía que pudiera avanzar el caso de Merlín.
Mankar ya se estaba resignando a esperar a las vacaciones para poder ver a su padre por fin y encontrar la forma de sacarlo de prisión. Dudaba que una simple declaración lo ayudara mucho, en especial desde la muerte de Callahan, y por eso quería hablar con él para intentar hacer algo.
Quizás si... si lograba encontrar la forma de que Natis regresara del Bosque de la Tinta... Ella sabía que Merlín no tenía culpa en la muerte de los directores de Harrylatino; de hecho, ella no lo había culpado. Seguro fue Devil. Por eso, le había pedido a Vax que hablara con ella en la última luna llena, que le contara sobre su padre y que se enterara de todo lo posible en Bloody Swamp.
Sin embargo, para su conciencia no resultó nada fructífero el viaje, pues en el pueblo de los vampiros no se encontraba Natis ni nadie con quien hablar de algo importante. Para Mankar tampoco, de todos modos, pues mientras estuviera en el mundo de los humanos le era imposible leer el libro de Vila. Aunque, al menos, ahora había aprendido un nuevo hechizo.
Tuvieron que seguir soportando quedarse con ganas de conocer la respuesta a las mismas preguntas de siempre. Había alguien que había matado a Callahan, enviado a Mankar al bosque y robado la garra del vampiro. Era más fácil pensar que ese alguien era la misma persona en los tres casos. Pero, ¿cómo demostrar que era Devil? ¿Cómo desenmascararla? Muchas preguntas se amontonaban en su mente. Y, en esos días más que nunca, deseaba poder ver el futuro, y también el presente y el pasado al igual que Vila, Kalli y Cami.
El mes de mayo fue pasando tan fugazmente como abril. Mankar cada vez dormía menos, y cuando lo hacía, tenía pesadillas y sueños desagradables, tan confusos que al despertar no recordaba más que un destello de color.
Se acercaba el gran día. Por fin. Los Guardianes de Nurmengard estaban en la gran final del Torneo del León Escarlata. Y sólo tres equipos tenían el honor de disputarla. El nombre de los ganadores se grabaría para siempre en la historia de Gryffindor. Y los Guardianes estaban muy confiados en que se llevarían el oro. Lo tenían todo para ganar. Podían hacerlo. Sin embargo, Vax sorprendió a Mankar con una noticia, un par de semanas antes de la última prueba:
La final es el 20 de mayo. Luna llena.
—¿QUÉ? —gritó Mankar.
«¡Esa maldita bruja! ¡Y su mascota Juanma! Programaron a propósito la final el día que yo no podré participar. Son unos...»
Cálmate Mankaú. Las finales del Torneo de la Serpiente Verde, del Águila Azul y del Tejón Dorado se llevarán a cabo el mismo día.
«¿Y qué haré entonces?»
Los Guardianes saben de tu condición. Avísales, pero ayúdalos hasta donde puedas. Y cuando regresemos al Bosque de la Tinta, sólo quedará esperar que hagan lo mejor posible.
Mankar estuvo tan enojado que terminó desquitándose con Vax nuevamente. Su conciencia lo soportaba hasta cierto punto, y quizás lo entendía, pues Mankar estaba sometido a bastante presión, con tantos problemas sin resolver; prefería permitirle que se obsesionara con los puntos siempre y cuando no terminara como Arkadios.
El paradero del cadáver de Arkadios seguía siendo un misterio. No había pistas de absolutamente nada. Vax se culpaba por haber escapado cobardemente, pero Mankar no se lo reprochaba. Al menos esta vez él no era sospechoso, pues con la declaración de Juanma, lo que se buscaba era un vampiro que nunca apareció.
La noticia se había regado como pólvora en el castillo. Tuvieron que pasar varias semanas para que por fin las personas perdieran ligeramente el miedo al andar por los pasillos. Pero conforme fue acercándose la noche de la final de los Torneos, todos fueron olvidando lo que había ocurrido y empezaron a recuperar la confianza.
Pero la noche de la última prueba, todavía había alguien que no había podido superar lo ocurrido. Mankar encontró a Boggart muy nervioso en el Gran Salón; se sentía aliviado de que su equipo no estuviera en la final, pues suponía que ellos eran quienes más peligro corrían.
—Han pasado muchas cosas este año —le dijo a Mankar—. Creo que, si los Torneos no han sido una excusa para que ocurran, son una oportunidad para que aquellos con malas intenciones las hagan. Los Torneos mueven masas, acaparan la atención de todo el mundo. Hoy es la final y las cuatro casas estarán demasiado ocupadas animando a sus equipos que podrían dejar que algo ocurriera... Todos debemos tener mucho cuidado... —miraba a Mankar con el dolor en los ojos, como si estuviera a punto de llorar.
—Es decir que... esta noche, la persona que robó la garra de vampiro... ¿hará algo?
—Cuenta con ello.
Siguieron comiendo en silencio; Mankar en la mesa de Slytherin, ignorando las miradas de desagrado de los demás miembros de la casa.
El techo del Gran Salón dejaba ver un cielo cubierto de nubes oscuras. Mankar sintió miedo. Saldría la luna y él regresaría al Bosque de la Tinta. ¿Y si ocurría algo en Harrylatino mientras él no estuviera? No era que pudiera hacer mucho para evitarlo, fuera lo que fuera, pero su ausencia durante la noche podría ser motivo para inculparlo, y Mankar no quería regresar a la mañana siguiente sin saber qué esperar.
Los cuatro jefes de casa (Selene Savage reemplazaba a la profesora Callahan) empezaron a pasar por las mesas pidiendo a los estudiantes que fueran a sus Salas Comunes, pues la hora de inicio de la prueba final estaba por llegar. Boggart abrazó efusivamente a Mankar y le deseó suerte. Se despidieron y Mankar subió a la Sala Común de Gryffindor muy nervioso y pensando con seriedad las palabras de su amigo.
Al llegar, vio a todos sus compañeros de casa aglomerados en la sala principal, pero él decidió subir antes a su dormitorio y terminar de prepararse.
Ron, Rob, Tarru y Lacrimosa estaban allí esperándolo. Todos estaban pálidos y no sabían qué decir. Mankar sólo los miró uno por uno, ninguno pareció darse cuenta de su presencia. Estaban muy nerviosos.
—Un elfo ha traído estas capas —dijo Rob a Mankar, levantando la suya—. Las deben usar los finalistas del torneo. Hay una encima de tu cama.
Mankar la examinó y la sintió muy agradable al tacto. Se la colocó y se sintió unos centímetros más alto y un poco más robusto.
Tomó su gorra de invisibilidad (quizás la necesitaría en la prueba, o al menos cuando volviera del Bosque de la Tinta semidesnudo) y los volvió a mirar a todos.
En ese momento, Ron Lesson levantó la mirada.
—Antes de que bajemos... ya va a comenzar la final, pero quiero decirles algo antes...
Hizo señas para que los demás Guardianes se acercaran, y así lo hicieron ellos. Se juntaron en una especie de círculo, no muy separados unos de otros.
—Nosotros somos mucho mejores que esos... ¿Cómo es que se llaman?
—Creo que ni siquiera tienen nombre —dijo Mankar—. Y el otro equipo tiene un nombre muy tonto, pero no recuerdo cuál es. Algo en inglés.
—Como sea. No son nadie. Y mucho menos comparados con nosotros.
La actitud prepotente de Ron, por primera vez, no pareció incomodar a nadie. Mankar sintió confianza. Sabía que podían lograrlo.
—Hice esto para ustedes —dijo, sacando algo de un bolsillo de su pecho. Les mostró unas cadenas doradas, de las que pedían cinco colgantes triangulares—. El símbolo de los Guardianes de Nurmengard —dijo emocionado.
Cada uno tomó su propia cadena y la examinó. No era «el símbolo de los Guardianes», sino el de las Reliquias de la Muerte, pero nadie quiso aguar el momento. Quizás Vax, pero no lo hizo. De todas formas, muy lejos, el mismo símbolo triangular con un círculo y una línea vertical en el medio se hallaba pintado en los muros de la prisión de Nurmengard.
—Vamos a ganar —fue el breve discurso de capitán de Mankar.
Los cinco salieron del dormitorio con la frente en alto y el corazón latiéndoles rápido, pero sin temor alguno y con la plena certeza de que ganarían. Lo conseguirían sólo si se concentraban durante todo el tiempo.
El sol no se había ocultado aún; faltaban varias horas para que Mankar sufriera los efectos de la luna llena. Sus compañeros lo entendían y tenían claro que debían continuar con la prueba incluso sin él, pero ninguno accedió a tomar la capitanía.
Su llegada a la Sala Común atrajo la mitad de las miradas. Sus compañeros de Gryffindor los veían atentamente, unos con asombro, otros con envidia, y algunos sólo tenían ojos para las capas escarlata.
Los Guardianes de Nurmengard avanzaron en fila y caminaron hacia la plataforma. Subieron a ella y ocuparon su lugar junto a los otros dos equipos finalistas.
Los estudiantes seguían charlando animadamente, todos con altas expectativas de la prueba final del torneo. Sobre la plataforma, quince niños de tres equipos miraban cada uno un punto fijo en el vacío, y quizás pocos pensamientos cruzaban su mente.
El silencio se hizo inmediato cuando la estatua del León Escarlata cobró vida y lanzó un potente rugido.
—Bienvenidos —dijo una voz masculina. El león saltó de su pedestal y se quedó mirando a los estudiantes. Por la cara boquiabierta que tenían, era imposible saber qué tenía la mirada del león—. Tres equipos de valientes han llegado hasta esta noche, y sólo uno se consagrará Campeón del Torneo del León Escarlata.
Y lanzó otro rugido.
«¡Oh, Aslan!», exclamó Vax en su mente.
Los ojos de color rubí del animal se posaron en Mankar un instante, y el chico no pudo sostenerle la mirada mucho tiempo.
—Los Guardianes de Nurmengard —dijo, como evaluándolos—. Nunca olvidarán esta noche.
Les dio la espalda y continuó:
—Red Spammers. Leonas de la Copa. ¿Cuál de ellos pasará a la historia? Sólo uno logrará superar la más difícil de las pruebas. Y ya no es momento de arrepentirse.
Rugió una vez más, y de las sombras apareció la profesora Devil, con una capa negra y la cabeza descubierta impecablemente arreglada. Una sonrisa de placer se escapó de sus labios, mientras contemplaba los tres equipos que se formaban sobre la plataforma del León Escarlata. En sus manos llevaba un cofre no muy grande, como si fuera una bandeja.
Dedicó una reverencia al león y abrió el cofre.
—La Casa de los Valientes representa al elemento del fuego. Fuego, como el fénix que renace de sus cenizas. Allí en la fogata que los calienta en la noche o en el incendio que arrasa con los pueblos, están representados ustedes, caballeros del coraje. Las más nobles cualidades están reservadas para esta casa, y ustedes son dignos de portar el nombre de Gryffindor, el legendario guerrero que realizó heroicas hazañas antes de dedicarse a transmitir su conocimiento a sus aprendices.
Hizo una pausa y Devil avanzó un paso, extendiendo el cofre al capitán del primer equipo.
—El fuego será crucial esta noche. En este cofre hay un par de antorchas para cada uno. Tómenlas —Devil avanzó rítmicamente y cada capitán tomó dos antorchas con forma de cono de punta gruesa, mientras el león seguía hablando—. Tendrán que encontrar la llama del Fulgor Escarlata y llevarla a través de los distintos obstáculos, cada uno les otorgará una profecía, y no permitir que el fuego se extinga. Al final colocarán las cinco profecías y las antorchas en su lugar correspondiente y convocarán al más grande poder de Gryffindor. Las diferentes pruebas les dirán qué hacer y a dónde ir; podrán deducir las pistas si tienen las capacidades que les enseña la Casa de los Valientes.
Mankar miró las antorchas. Tenían una forma extraña, ligeramente arqueadas. En la punta había algo que parecía ser un espacio para colocar algo. La superficie era rugosa, como el tronco de un árbol.
El león se detuvo y lanzó una mirada hacia la ventana. Quizás miró a cada niño hasta que todos se sintieron tan acobardados que se hicieron a un lado, o quizás simplemente fue un hechizo, pero se despejó un camino entre la plataforma y el gran ventanal, que se abrió de par en par. El león rugió y dos llamaradas aparecieron sobre la alfombra y la cruzaron hasta llegar a la ventana, donde no se detuvieron, sino que siguieron avanzando a una gran velocidad y cruzaron el cielo hasta perderse de vista.
—El camino está marcado. Ésta es la prueba final del Torneo del León Escarlata. ¡Que gane el mejor!
Los equipos no lo pensaron dos veces y se lanzaron corriendo a través del camino demarcado por el fuego, justo en el momento en que las chicas empezaban a gritar y todos animaban a su equipo predilecto.
Mankar fue el primero en subir hasta el gran alféizar. Confiado, siguió corriendo como si no tuviera el vacío bajo sus pies. Y no lo tenía: sus pies se apoyaban a cada zancada en un suelo invisible con dos altas barreras de fuego a ambos lados. Detrás suyo, cuatro pares de pasos lo seguían de cerca, y no necesitó mirar para ver que se trataban de los Guardianes de Nurmengard.
El camino fue ascendiendo y girando, y aunque empezaban a perder el aliento, no se detuvieron. Mankar miró a sus espaldas y no vio rastro de los otros dos equipos. La trayectoria terminó en lo alto de una torre. Era la Torre de Astronomía, la más alta de Harrylatino.
Sobre una especie de plato dorado, que colgaba de unas varillas, en el centro de la azotea, ardía el Fulgor Escarlata. Iluminaba cálidamente las almenas y la gran alfombra roja circular que había debajo.
Mankar miró a los demás. Le entregó una antorcha a Rob y avanzaron juntos los cinco. Antes de que llegaran a la alfombra, una figura alta se materializó frente a ellos, como por obra de un fuego espontáneo.
—Vaya, los primeros en llegar —dijo un hombre anciano de barba larga y plateada que los miraba con unos destellantes ojos azules a través de unas gafas de media luna.
—Profesor Dumbledore, buscamos la llama del Fulgor Escarlata.
—Es lo que ve aquí, señor Weasley —dijo sencillamente el profesor.
Mankar no supo qué responder, y avanzó un paso más. Pero en el momento que pisó la alfombra, el Fulgor Escarlata se apagó. Los cinco chicos se acercaron al plato dorado, a la espera de que se encendiera nuevamente, pero no ocurrió nada.
Regresaron con Dumbledore, y antes de que Mankar pudiera preguntarle nada, el fuego volvió a cobrar vida.
—No podemos tomarla si pisamos la alfombra, ¿cierto? —dedujo Rob.
—Aparentemente —sonrió el director de Hogwarts.
—Y no funcionará Accio —supuso Lacrimosa, pero no recibió respuesta.
Hubo un instante de silencio en el que todos intentaron concentrarse en encontrar la solución. Mankar se preguntaba cuántos segundos faltarían para que los alcanzaran los demás equipos, y por ello no podía pensar con claridad.
—Cuando no vemos el camino en frente de nosotros, solemos sentir miedo —dijo Albus Dumbledore, dándole trascendencia a sus palabras—. Pero cuando no podemos ver, olvidamos que podemos escuchar.
Mankar esperó unos segundos para encontrar diferentes significados a sus palabras. «Escuchar». Miró a sus compañeros y se preguntó qué debía escuchar exactamente. Intentó percibir algún sonido proveniente del fuego, pero no tuvo éxito.
—Si no vemos el camino frente a nosotros, ¿hay que buscar otro camino? —preguntó Tarru.
Dumbledore sólo lo miró con sus ojos bondadosos, sonriendo.
Mankar empezó a recorrer el perímetro de la alfombra, con la antorcha en la mano, en busca de alguna pista de lo que debían hacer. Luego, la atravesó y estudió el plato donde acababa de apagarse nuevamente el Fulgor Escarlata. Miró bajo éste y alrededor, sin éxito.
—¡Tómalo, Mankar! —exclamó Ron.
Salió disparado de donde se encontraba para reunirse con Mankar, y Tarru lo siguió. Se detuvieron en cuanto pisaron la alfombra, con cara de confusión.
—Estaba prendido mientras estabas mirándolo...
—Se apagó cuando entré —explicó Mankar—. ¿O sea que es invisible para la persona que está sobre la alfombra?
—Yo lo veo encendido —dijo Lacrimosa, que estaba afuera.
—Yo también —dijo Rob.
Mankar se irguió rápidamente y se dispuso a dar un paso hacia ellos, pero soltaron un gemido.
—¡Quédate quieto! —gritó Rob.
Su cara y la de Lacrimosa mostraban miedo y asombro.
—¿Qué ocurre?
—¿No lo ves? ¡Hay fuego por toda la alfombra, alrededor tuyo!
En cuanto lo pronunció, unas llamas se extendieron a sus pies, formando espirales en la alfombra, creciendo hasta convertirse en muros, como una especie de laberinto. Mankar volteó la vista hacia el Fulgor Escarlata y lo vio encendido, pero en ese mismo instante todo el fuego del lugar se apagó.
Al regresar la mirada a sus compañeros, el fuego volvió a la vida, más alto y llameante que antes. Mankar sintió el calor sofocante y no supo a dónde moverse. Ron y Tarru se juntaron espalda con espalda, sin saber exactamente qué hacer.
—Tiene que haber una salida —dijo Tarru.
—Pero no puedo ver nada... —Lesson miró a Mankar y cambió de expresión; relajó su cuerpo—. ¡Vamos, antes de que se encienda de nuevo!
—¡Ron no te muevas! —gritó Mankar—. ¡El fuego no está apagado! ¡Cuando vemos de frente el Fulgor Escarlata, nos hace creer que se apaga! Si lo dejas de mirar verás prenderse el fuego otra vez.
—Pero si no veo el fuego, ¿por qué le debo temer? Quizás no hay fuego aquí. A eso se refiere Dumbledore con lo de los miedos.
Su capa de finalista empezó a quemarse por la parte de abajo en ese momento. Ron lo sintió y empezó a sacudirse para apagarla. Al voltear, seguramente, empezó a ver el fuego otra vez, y se agazapó detrás de Tarru.
—Bueno, les creo. No entendí lo que dijo el director.
—Dijo que teníamos que escuchar —recordó Tarru.
—¿A quién? ¿Cómo podemos salir de aquí escuchando? —preguntó Mankar.
—A nosotros —dijo Lacrimosa, y empezó a correr hacia la puerta que conducía a la escalera de caracol, seguido por Rob—. Quédense quietos.
Ambos treparon el muro de la puerta y les hablaron desde lo alto.
—Podemos verlo todo. Los guiaremos —dijo la voz de Rob, proveniente de las espaldas de Mankar.
—Pero no nos miren, pues si nos dejan de dar la espalda, dejarán de ver el fuego, y les será más difícil salir.
Mankar asintió.
—¡Rob, Tarru, den un paso hacia el norte!
—¿Dónde queda el norte? —preguntó Ron.
Mankar puso los ojos en blanco. Ni siquiera un muggle que no tuviera clases de Astronomía tendría semejantes problemas de ubicación.
—Mira, Lesson, gira noventa grados a tu derecha... —pidió Lacrimosa.
—No tengo transportador —respondió Lesson con impaciencia.
—¡Por Dios, Ron! —soltó Mankar.
—Tarru, te daremos las instrucciones a ti, y Ron, tú sólo imítalo.
Estuvieron todos de acuerdo, y durante los siguientes minutos sólo se oyeron los gritos de Lacrimosa y Rob guiando a Ron y Tarru por el fuego que, en algunas ocasiones, era inevitablemente invisible para ellos.
—¡Salta, a tu izquierda! ¡Un salto alto!
—¡Un paso atrás, y un paso largo a tu derecha!
De vez en cuando Ron lanzaba un alarido, seguramente por no seguir bien las instrucciones.
Por fin, se escucharon gritos de celebración y Mankar comprendió que sus dos compañeros habían salido del laberinto de fuego.
—¡Mankar, tú tienes la antorcha! Tienes que encenderla con el Fulgor Escarlata.
Mankar no reaccionó, pero los escuchaba claramente.
—¡Coloca la antorcha a tus espaldas! Así, ahora da un par de pasos hacia atrás. Levanta bien los pies.
—A tu izquierda ahora, eso, un paso más largo a la izquierda.
—¡Busca el fulgor! ¡No extiendas demasiado la antorcha o te quemarás!
Mankar decidió darse la vuelta y mirar el plato donde bailaba el Fulgor Escarlata, pero al dirigirle la vista todo fuego se desvaneció. Colocó la antorcha cerca para encenderla.
—¿Sigue apagada?
—¡No, acaba de prenderse!
—Perfecto —dijo Mankar sonriendo al ver la antorcha sin ningún cambio.
Lacrimosa y Rob siguieron dándole instrucciones, y él sentía como si las cumpliera a ciegas. Nunca creyó sentir tal temor por el fuego. Era irónico.
—Salta ahí, cuidado con la antorcha. ¡Bien! Ahora la salida se encuentra adelante tuyo, sigue el camino.
—Ayúdenme, no veo nada.
Pacientemente lo guiaron paso por paso, a pasos muy lentos. Mankar aceleró un poco el ritmo cuando recordó que estaban en una competencia, pero sintió una quemadura en una mano y volvió a detenerse.
—¡BIEEEEN! —gritaron y aplaudieron los otros cuatro Guardianes cuando vieron salir a Mankar.
Se reunieron para felicitarlo, pero cuando Rob extendió la antorcha que tenía para que se prendiera con el Fulgor Escarlata de la antorcha de Mankar, su atención se centró en algo: una ráfaga poderosa de viento agitó las llamas de la alfombra, y éstas crecieron muy alto y formaron una espiral, que se juntaba en el centro en una larga punta, de la cual surgió la figura de un gran pájaro en llamas que voló hacia el cielo, llevándose todo el fuego de la alfombra y cantando una simpática tonada.
Cuando el fénix desapareció de la vista (no tardó mucho, pues volaba rápido y se escondió entre las nubes), los Guardianes se dieron cuenta de que algo brillaba en el centro de la alfombra. Mankar se acercó, sosteniendo la antorcha con el Fulgor Escarlata firmemente. Allí donde antes se encontraba el Fulgor Escarlata había ahora un soporte en el cual se apoyaba una esfera plateada.
—Es una de las profecías —dijo Mankar. Se acercó y la tomó. La miró un instante y luego explicó—: Seguramente hay que romperlas al final, cuando necesitemos saber lo que dicen.
Sus compañeros no alcanzaron a responder: se habían percatado de la presencia de una persona más en la azotea de la Torre de Astronomía.
Albus Dumbledore había sido acorralado, y se apoyaba en uno de los muros, mirando aterrorizado a una silueta oscura, de grasiento cabello negro, que lo apuntaba con una varita.
—Por favor, Severus —pidió suplicante.
—¡Avada Kedavra! —lanzó Snape sin pensarlo más, y ni siquiera se detuvo a ver si el hechizo había dado en el blanco, pues dio la vuelta y emprendió la huida.
Los Guardianes intercambiaron miradas asombradas; Ron y Tarru se asomaron para ver el cuerpo de Dumbledore caer. Asustados, los cinco corrieron persiguiendo a Snape tan rápido como pudieron. Bajaron corriendo la escalera de caracol y divisaron a Snape corriendo por el pasillo del séptimo piso. Finalmente, lo vieron entrar a la Sala de los Requerimientos, y la puerta se cerró en ese instante.
—¿Cuál era el hechizo para ingresar? —preguntó Mankar.
—¿No hay que pasar tres veces y pensar en lo que queremos? O algo así —dijo Rob.
—No, ésta sigue siendo la Sala de Requerimientos de HL, y aquí se abre con un hechizo... —explicó Mankar.
—¿No es Evanesco? —preguntó Lesson—. ¡Evanesco!
El muro se desvaneció y mostró una abertura de una oscuridad impenetrable.
—Este año no estaba funcionando —dijo Mankar asombrado.
No lo pensó dos veces antes de cruzar la oscuridad. Se encontró del otro lado con una sala que tenía fotografías de Harry Potter colgando del techo, con mensajes de una caligrafía espantosa y casi indescifrable. Cojines de todas las formas y colores cubrían el suelo desordenadamente, y había estanterías repletas de libros en cada pared.
Mankar buscó con la mirada a Snape en todas las direcciones, pero la sala estaba totalmente vacía. Excepto por una criaturita que intentaba escalar uno de los estantes con libros, para colgar otra fotografía de Harry Potter.
—Oye, elfo, ¿has visto a Snape por aquí?
La criatura dio un respingo y estuvo a punto de resbalarse, pero respondió con voz atemorizada:
—No, no, señor. No lo he visto.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Rob, acercándose a él.
—Oh, estoy poniéndolo todo en su lugar para la reunión del ED que se celebrará esta noche, señor.
—¿Del ED?
—Es el Ejército de Dumbledore. ¿Ustedes no son miembros?
—Queremos serlo —respondió Mankar.
—Dobby los llevará con Harry Potter. Será un honor.
Dobby se quedó callado de repente, y miró con miedo hacia la puerta de la sala. Mankar hizo lo mismo y vio allí dos figuras grandotas, a ambos lados de un joven alto y delgado de cabello claro.
—Conque aquí hay amiguitos de Potter —dijo Draco Malfoy con su típica forma de hablar—. La profesora Umbridge sabía que vendrían. Ahora veremos si ustedes nos acompañan a las buenas o a las malas.
«Hola, Macnair», dijo Vax en la mente de Mankar.
Los Guardianes se quedaron petrificados, pero fue Dobby quien habló.
—¡Ellos no irán a ningún lado! —dio dos pasos al frente y señaló con un dedo a Malfoy—. Y ustedes deberían irse de aquí.
—¡Locomotor Mortis! —lanzó Malfoy hacia Dobby, y el elfo lo esquivó con un chillido.
A pasos largos, Crabbe y Goyle avanzaron imponentes hacia los Guardianes. Pero entonces el piso empezó a vibrar, y mientras ellos se detenían, surgieron cosas del suelo: estantes repletos de libros, muebles, juguetes, armas y toda clase de objetos, interponiéndose entre ambos grupos y creando una especie de laberinto.
—La Sala que Va y Viene siempre ayuda a quien lo necesita —dijo Dobby con solemnidad—. Vamos, tienen que subir por aquí, y así podrán avanzar.
El elfo se agarró a un estante y empezó a escalarlo. Mankar vio hacia el techo y se dio cuenta de que estaba hueco en ese lugar, como si una trampilla estuviera descubierta.
—Espera —pidió Mankar—. Aquí debe haber una profecía.
—¿Una qué, señor?
—Una como éstas —la sacó del bolsillo y se la mostró.
—Oh, Dobby no la ha visto, señor. Pero si hubiera una en esta sala, seguramente acaba de aparecer con el resto de los objetos.
Mankar ya se imaginaba a dónde iba la cosa. ¿De qué forma podría encontrarla, sin toparse con Malfoy, Crabbe y Goyle?
—O quizás ellos la tienen —susurró—. Tenemos que encontrarlos.
—¿Crees que ellos tengan la profecía? —preguntó Ron.
—Es probable —dijo Lacrimosa.
—No podemos separarnos; podrían atacarnos. Hay que usar los hechizos que conocemos para defendernos.
Seguidos por el elfo, empezaron a caminar por el pasillo, dudando de cada paso que daban. Mankar se sintió jugando al Laberinto, y se preguntó si sería capaz de regresar al lugar donde se hallaba la salida. O quizás simplemente la Sala de los Requerimientos les ayudaría a encontrarla.
De repente llegaron a un espacio un poco más amplio, que daba a otros tres caminos. Los Guardianes avanzaron al centro evaluando cada opción, pero antes de que pudieran decir nada, una voz habló desde lo alto:
—Han caído en nuestra trampa —dijo Draco riéndose—. Muy bien muchachos, ya pueden rendirse.
Malfoy, Crabbe y Goyle estaban cada uno de pie en lo más alto de una de las montañas de objetos, rodeando a los Guardianes. Ellos levantaron las cinco varitas y apuntaron a sus atacantes.
—También pueden escoger esa opción, pero pensé que valoraban un poco más sus vidas. ¡Crucio!
Un rayo salió de la varita de Malfoy, y los chicos corrieron para esquivarlo; en ese mismo instante, Crabbe y Goyle también habían atacado, y una lluvia de rayos empezó a caer por todas partes.
—¡Desmaius! —lanzó Mankar, aunque no dominaba del todo bien el hechizo. Se lo había enseñado a los licántropos de Greeman Place, pero nunca lo había empleado en una lucha.
—¡Flipendo! —gritó Ron.
—¡Levicorpus! —lanzó Tarru.
—¡Protego!
Para Malfoy y los demás resultaba muy fácil resguardarse de los ataques de los Guardianes. Ellos entendieron que había una forma más fácil de vencerlos.
—¡Expecto Boggart! —lanzaron, y una sombra de forma borrosa subió hasta donde se encontraban ellos. Los Guardianes y Dobby se movieron para verla mejor.
Había un hombre flotando en la mitad del lugar, a la altura de los muchachos de Slytherin. Tenía una túnica negra y elegante, y con su blanca y larga mano tomaba una varita delgada y de color claro. Sus ojos rojos, en su cara de calavera sin nariz, miraron con desprecio a los tres muchachos que tenía cerca. Mankar y los demás se encogieron ante la presencia de El-que-no-debe-ser-nombrado.
—Pero qué inútiles muchachos —dijo el Señor Tenebroso—. ¡No pueden con pequeños niños de segundo curso!
Crabbe y Goyle se postraron llenos de pánico, pero Malfoy gritó:
—¡Es un engaño! ¡No es nuestro verdadero señor! ¡No le crean!
—Ah, ¿soy un engaño? —preguntó con una aguda y escalofriante voz.
Malfoy se quedó mudo al ver a su señor levantar su varita hacia él.
—Repítelo, sabandija —Malfoy le devolvió la mirada y lentamente su cara se vio deformada por el terror. Se arrodilló bajando la cabeza, y El-que-no-debe-ser-nombrado continuó—: Entréguenme la profecía que tienen, y todo estará bien.
Malfoy se sobresaltó y buscó dentro de su bolsillo presuroso.
—Aquí tiene, señor.
El-que-no-debe-ser-nombrado dio unos pasos en el aire y tomó la profecía con sus manos. Bajó al suelo y la dejó allí; después, se esfumó.
—¡Corran! —gritó Mankar, y los cinco se abalanzaron por el camino ondeando sus capas escarlatas; Lacrimosa fue quien tomó la profecía del suelo.
El Fulgor Escarlata no amenazaba con apagarse, así que Mankar corrió con la antorcha levantada, como símbolo de triunfo.
—¡Sangre sucias! ¡Traidores! ¡A ellos! —rugió Malfoy, y el ruido de cosas que se caían y se rompían empezó a llenar la sala.
Las estanterías se derrumbaban a espaldas de los Guardianes, pero ellos ni siquiera miraron hacia atrás. Una luz anaranjada iluminó el pasillo, y Mankar se atrevió a echar un vistazo: los objetos saltaban por encima de las montañas, consumiéndose por la obra de un fuego mágico. Fiendfyre.
—¡Corran! ¡Más rápido! ¡Conjuraron Fiendfyre!
Voltearon por una esquina y Mankar alcanzó a atisbar la figura de un lagarto de fuego que se abría paso por el pasillo, derrumbando cosas. Sintió miedo, pero no se detuvo.
—¡Por aquí, rápido! —gritó Dobby al alcanzar el lugar donde se hallaba la salida, y ninguno de los chicos perdió ni un segundo en agarrarse a la estantería y empezar a escalarla.
La temperatura de la sala había incrementado y ahora estaba plenamente iluminada. Pero era como estar en el infierno.
Llegaron a la parte alta de la larga estantería y se encontraron en una habitación cuya única iluminación procedía de la trampilla por la que acababan de entrar. Dobby desapareció después de cerrarla, pero no hubo oscuridad, pues la antorcha con el Fulgor Escarlata los iluminaba.
—¿Dónde estamos? —preguntó Rob.
De repente hizo un ruido como si hubiera lanzado un escupitajo. La antorcha que sostenía Lacrimosa voló por los aires y cayó al suelo. Antes de que Mankar pudiera reaccionar, uno de sus tobillos fue envuelto por algo duro, que tiró de él con fuerza y lo hizo caer también, y lo empezó a arrastrar; luego, lo levantó, y Mankar, colgando del tobillo, vio el par de antorchas varios metros más abajo, y a todos sus compañeros atrapados en el aire, algunos forcejeando, Rob ahorcándose, con las piernas enredadas en la capa escarlata. Un ser enorme rodeaba la sala y los había tomado con sus tentáculos. Mankar no tardó en sospechar que era una planta llamada Lazo del Diablo.
—¡Hay que lanzarle fuego a esta cosa!
—¿Fuego?
—¡Lumos Solem! —gritó Ron—. ¡Diablos, no funciona!
—¡Ese hechizo no existe, pedazo de idiota! ¡Es de las películas! —gritó Mankar—. ¡Lancen todos algún hechizo de fuego que se sepan!
—¡Incendio! —lanzaron al unísono, los que podían. Lacrimosa se liberó antes que nadie del Lazo del Diablo y siguió atacándolo para liberar a Rob, Tarru y Ron.
—¡Allí! —exclamó Mankar—. ¡La profecía está en ese soporte en la pared!
Rob volvió a lanzarse hacia la planta y empezó a escalarla, lanzando el hechizo de fuego a diestra y siniestra. Tarru ayudó a liberar a Mankar, y ambos corrieron para ayudar a Rob. Éste dio un brinco y se vio envuelto otra vez por la planta, que le aprisionó el tórax.
—¡Fórmafoust! —lanzó Mankar, y burbujas de fuego se dispersaron en todas direcciones.
La planta soltó a Rob y éste dio el último salto para agarrar la profecía. Los tres chicos bajaron al suelo de nuevo, resbalando, y se reunieron con los demás mientras la planta intentaba ocultarse del fuego en los rincones, pero era demasiado grande.
—¿Y ahora qué hacemos?
No se atrevían a moverse, pero buscaron en todas direcciones una salida. Cuando parecía que la única forma de escapar de ese lugar era volviendo a montarse en la planta y buscar alguna abertura en los muros, un destello dorado cruzó frente a ellos.
—¿Qué es eso? —preguntó Tarru.
El destello dorado se perdió, pero nuevamente cruzó volando hacia ellos. Era una snitch. Y al parecer había varias.
—Tómenlas —dijo Rob—. Nos sacarán de aquí.
Él fue el primero en saltar y agarrar una con la mano. Desapareció en el acto, por la magia de la snitch de Harrylatino. Otra snitch se quedó quieta unos instantes encima del Lazo del Diablo, y Tarru se arriesgó a agarrarla. También desapareció en cuanto la atrapó.
Una snitch se abalanzó contra Ron y él se protegió el estómago colocando sus manos para atraparla. Lo logró. Lacrimosa se lanzó al suelo y agarró la cuarta snitch.
Mankar por poco entró en pánico. Los demás se habían llevado las antorchas y el Lazo del Diablo volvía a estirarse. No encontraba una quinta snitch por ningún lado.
«Tiene que estar por aquí», se dijo frenéticamente.
—¡Fórmafoust! —volvió a gritar, esta vez tan fuerte como pudo, y una esfera de fuego se elevó en el aire e iluminó plenamente la sala. Era un lugar del tamaño del Gran Salón, y Mankar sintió miedo otra vez al ver los gruesos tallos del Lazo del Diablo que se retorcían como gusanos enormes intentando escapar de la luz. La planta ocupaba toda la sala, en algunos rincones llegaba al techo, y allí en el centro, donde él se encontraba, era el único lugar que estaba despejado.
Una pelotita le rozó la oreja y Mankar, desesperado, se lanzó hacia ella. Subió nuevamente por la planta, pero ésta se veía tan incapacitada por la luz y el calor que no intentó detenerlo. Agarró la snitch de un salto y voló en el vacío mientras se transportaba al lugar de la siguiente prueba, con una increíble sensación de alivio.
Cayó en un frío e irregular suelo y percibió presencias a su alrededor. Se alegró de ver a los Guardianes con las antorchas en lo alto.
—Pensamos que nunca vendrías —le dijo Ron.
Mankar no respondió. Estaba examinando el lugar. Sabía dónde se encontraba. La Copa de los Tres Magos lo había llevado allí el año anterior, por eso no le extraño estar ahí esta vez por obra de la snitch. Pero, ¿era parte de la prueba o Devil los había enviado al bosque prohibido a propósito? Esperaba que no fuera la guarida de las acromántulas...
—¿A dónde hay que ir?
—¡Shh! Escuché un ruido —dijo Rob.
Al principio el silencio fue sepulcral. Pero un ruido tintineante se fue escuchando de repente, y cada vez más fuerte y repetitivo.
—¿Quiénes son ustedes y qué hacen en este lugar?
La voz que habló no era de una acromántula, sino de un hombre joven, un hombre que debía medir al menos dos metros. A la luz de las antorchas, apareció su silueta. Acompañado del ruido de cascos, se fue acercando, mostrando un cuerpo de caballo y un torso humano. Mankar no supo qué centauro era, pero probablemente era algún personaje de Harry Potter. No había centauros en Harrylatino, ¿o sí?
—Somos los Guardianes de Nurmengard. Buscamos una de las profecías —dijo Mankar en voz alta.
—La profecía nos pertenece —respondió secante el centauro, que tenía el pelaje marrón—. ¿Qué les hace pensar que la entregaremos tan fácilmente?
En ese momento, se dieron cuenta de que había por lo menos una docena más de centauros frente a ellos, y quizás había más a sus espaldas.
—Las estrellas nos lo han dicho. Esta noche pasará algo grande y necesitamos la profecía para evitarlo.
—Impertinente humano, no tienes ni idea de lo que estás hablando —respondió otro centauro con desprecio—. Apuesto a que es esa clase de Astronomía que les enseñan en ese lugar. Se creen muy listos, pero no tienen idea.
—Claro que ocurrirá algo muy importante esta noche, muchacho —dijo el primer centauro—. Pero no creas que con las profecías podrán evitarlo. Yo, mejor, les recomendaría que no se metieran en asuntos que no les conciernen. Salven sus vidas.
—Queremos esa profecía. A cualquier precio —afirmó Mankar.
—Competiremos contra ustedes si es necesario —dijo Rob.
Unos susurros de indignación se empezaron a escuchar por todas partes. Mankar se inquietó al sentir tantas criaturas a su alrededor, pero mantuvo la compostura.
—No les queremos hacer daño, son sólo unos potros —dijo el centauro—. Pero podemos competir, siempre y cuando nos entreguen las antorchas que tienen en sus manos y el preciado fuego mágico que portan.
—Aceptamos —respondió Mankar sin pensarlo.
El centauro sonrió. La manada se abrió detrás de él, formando un camino recto. Otro centauro habló:
—En esa dirección se puede llegar a los terrenos de Harrylatino. Si vencen en una carrera a Magorian, se pueden quedar con la profecía. Si alguno de los cinco llega después, despídanse de su fuego.
—¡No tenemos oportunidad contra ustedes! —se quejó Ron.
—Ustedes ya han aceptado, y éstas son nuestras condiciones, si quieren salir con vida de nuestro bosque.
—Al menos déjennos pensar una estrategia —pidió Mankar.
—Cinco minutos —dijo simplemente el centauro de pelaje marrón, y caminó a un lado de los Guardianes, deteniéndose y colocándose de brazos, meditando. Los demás de su especie estaban en silencio, observando, sonriendo burlonamente a los niños. Encendieron docenas de antorchas e iluminaron todo el claro.
—Sólo se me ocurre una forma de salir de ésta —dijo Mankar—. Sé que no hemos perfeccionado el hechizo...
—¡No, pero para mí no funcionará! —interrumpió Ron molesto.
—Acuérdate que la forma no tiene nada que ver con el poder —le dijo Lacrimosa.
—Pero, ¿pretendes que yo pueda ganar una carrera así? Es absurdo.
—Tarru, ¿puedes ayudar a Ron?
—Claro, hay espacio para todos —respondió el chico.
—No es momento de reclamar —dijo Mankar pausadamente—. Es nuestra única salida. No tenemos escobas ni nada por el estilo. A mí es al que peor le sale el hechizo. Quizás también necesite ayuda.
—Está bien —aceptó Ron a regañadientes.
—Estamos listos —anunció Mankar en voz alta.
—Competidores, a sus posiciones —ordenó el otro centauro.
Magorian no se movió de su lugar, simplemente adoptó otra postura, golpeando el suelo con una de sus patas, preparado para correr. Los chicos se formaron en una fila y sacaron sus varitas. Ron y Lacrimosa asieron con fuerza la antorcha en la mano izquierda.
—¡En sus marcas...! —gritó el centauro.
Mankar se concentró con todas sus fuerzas en la imagen de los amigos que había dejado allí, en un lugar salvaje y alejado de la civilización, que parecía perdido en el tiempo, y una cara radiante le sonrió, y él sabía que lo mejor en ese momento era olvidarse de pensamientos molestos.
—¡Listos...!
—¡Ahora, Guardianes! —gritó Mankar.
—¡Fuera!
—¡EXPECTO PATRONUM! —rugieron las voces de los Guardianes de Nurmengard.
Cinco niños empezaron a correr, mientras que de sus varitas salían cinco grandes rayos de color plateado. Magorian se detuvo a ver el espectáculo. La niebla resplandeciente corría junto a los niños, y pronto fue adquiriendo forma.
Un gran oso pardo de color plata abrió las fauces mientras corría, y Tarru y Ron saltaron a su lomo, mientras un conejillo de indias daba volteretas e intentaba seguirle el ritmo. Un ave enorme voló hacia el cielo, y Lacrimosa la tomó por la cola. Rob ya montaba a su patronus con forma de pantera, que daba saltos encima de las ramas y raíces altas con agilidad. Las cuatro capas ondearon con el viento mientras se alejaban.
Mankar fue el único que se detuvo asombrado. Frente a él había una criatura plateada también. Pero lo que le asombró no fue ser capaz de conjurar el hechizo. No era un águila la criatura que lo miraba a los ojos. Mankar esbozó una sonrisa mientras acariciaba su pelaje.
«Un lobo», pensó sencillamente.
Captó los gritos de júbilo de los centauros a su alrededor y a Magorian corriendo a toda velocidad detrás de los patronus, y volvió a la realidad, intentando restarle importancia al significado del cambio de forma de su protector.
«No hay tiempo que perder.»
Montó en el lomo del patronus y éste no perdió el tiempo. Empezaron a atravesar el bosque a toda velocidad. Mankar se agarró del cuello del animal, sintiendo que había montado a su patronus durante toda su vida, como si fuera un viejo amigo por el que sentía un gran afecto. Era la energía de todos sus pensamientos alegres la que lo apoyaba en ese momento.
Pronto distinguió a Magorian. A sus espaldas un estruendo de cascos los perseguía; no había centauro que quisiera perderse el espectáculo.
El lobo corrió esquivando ramas gruesas y densos arbustos, por entre los árboles en los que no parecía haber un sendero definido. Aumentó la velocidad cada vez más, y cuando alcanzaron a Magorian, soltó un agudo y familiar aullido.
Mankar vislumbró el rastro plateado de los otros cuatro patronus e hizo fuerza para que el lobo aumentara aún más su velocidad, y al parecer funcionaba.
«Ya quiero ver cómo nos ganan los demás equipos», dijo Mankar sonriendo con orgullo.
Siguió avanzando a toda velocidad; Mankar casi sentía que él era el lobo que corría por el Bosque de la Tinta, libre y poderoso... Y era cuestión de horas, o quizás minutos, para que él sufriera la transformación y tuviera que abandonar la prueba. ¡Pero ya se aseguraban la cuarta profecía, estaban a punto de terminar!
Las luces del castillo de Harrylatino sobresalieron a lo lejos; se acercaban al límite del bosque. Pero Mankar no se confió. Aún escuchaba el ruido de los cascos a sus espaldas, y supuso que no le llevaba mucha ventaja a Magorian.
Arriba de él, no muy adelante, Lacrimosa se aferraba a su patronus que volaba iluminando el cielo en lo alto, y su capa ondeaba en el aire.
A lo lejos, el oso de Tarru dio un salto y salió del bosque, seguido del conejillo de indias de Ron. La pantera de Rob estaba casi a la par del patronus de Mankar, y ambos cruzaron el límite con un rugido. Los cinco animales de plata se juntaron con la respiración agitada y se dieron la vuelta para ver a los centauros. Ron y Lacrimosa levantaron la antorcha a modo de celebración, mientras que los demás intercambiaban saludos y chocaban las palmas de las manos.
Magorian salió del bosque a medio galope, con los labios fruncidos. Se detuvo frente a los niños, y habló con solemnidad y en voz alta, para que toda la manada que se reunía entre los árboles lo escuchara:
—¡Sé admitir una derrota! Guardianes de Nurmengard, nos habéis dado una lección de humildad que no olvidaremos con facilidad. De ahora en adelante no volveremos a subestimar a nuestro rival. ¡Que esta profecía sea un signo de vuestra victoria!
Extendió una mano con la profecía y se la ofreció a Tarru, quien la tomó gustosamente en sus manos.
—Marchaos, jinetes plateados, y no olvidéis el respeto que os tenemos los centauros del bosque prohibido.
Los Guardianes inclinaron la cabeza a modo de saludo y se dieron la vuelta. Estaban a un paso del final de ser campeones del Torneo del León Escarlata.
—¡Allá, hay algo flotando en el aire! —señaló Mankar.
Había fuego en el aire. Tenía que ser eso. Allí estaba la última profecía.
Los patronus reemprendieron la corrida a toda velocidad, en dirección al lago. No se detuvieron hasta llegar a la orilla. Los niños se desanimaron al ver que no era tan fácil alcanzar el final. El fuego todavía estaba bastante lejos, hacia el centro del lago y a una altura por encima de la superficie imposible de calcular. El camino era marcado por unas finas líneas de fuego, parecidas a las del inicio de la prueba.
—Hay que volar —dijo Mankar, al no palpar ninguna superficie entre los hilos de fuego.
—El único patronus que vuela es el de Lacrimosa —dijo Rob.
—Todos lo pueden hacer, en cierto modo —dijo Mankar—. ¡Vamos!
Su lobo dio un brinco y empezó a subir en el aire, tomaba impulso cada vez que parecía que comenzaba a bajar otra vez, como si hubiera plataformas invisibles en el aire, y volvía a saltar en ellas. Mankar había visto al patronus de Luna Lovegood hacer eso en una película. A su lado, sus compañeros hicieron lo mismo.
Pero hubo un momento en el que los cinco patronus quedaron como suspendidos en el aire. Y entonces los Guardianes se dieron cuenta. Había figuras encapuchadas cruzando el aire por todas partes. Eran dementores que querían interponerse entre ellos y la profecía.
—¡Los patronus pueden ahuyentarlos! —exclamó Ron.
Los dementores no se acercaban mucho, pero a veces intentaban interponerse en el camino de los chicos, y en ciertas ocasiones Mankar incluso alcanzaba a sentir el frío en los pulmones, pero la fuerza positiva de su patronus lo protegía.
Ya estaban a medio camino, cuando de pronto un dementor golpeó fuertemente a Mankar en las costillas. El lobo se desvaneció y Mankar empezó a caer a cada vez mayor velocidad en el vacío, directo hacia las oscuras aguas del lago.
Empezó a sacudirse en el aire, moviendo frenéticamente todas sus extremidades, presa del pánico, enredándose en su capa escarlata. El agua se acercaba cada vez más y más. No había forma de volver a subir, si es que los dementores no aprovechaban la oportunidad... ¿Podría conjurar otro patronus? No había más que unos segundos. Necesitaba los pensamientos alegres. Pero ahora fue débil y recordó pensamientos dolorosos que le producían los licántropos. Intentó buscar cosas alegres, y pensó en su último viaje al Bosque de la Tinta. Así encontró la solución.
Apuntó con su varita al agua y gritó tan fuerte como pudo:
—¡ÁRTIKEN!
Y vio cómo un gran círculo de agua se elevaba en una gruesa columna a toda velocidad. Se estrelló con él y se sumergió unos cuantos centímetros, pero empezó a subir montado sobre la columna, directo hacia la profecía.
El patronus de Ron bajó hacia él curioso, y soltó un chillido cuando fue alcanzado por el agua.
«Típico», pensó Mankar.
El conejillo de indias se recuperó y arremetió contra los dementores que se acercaban a Mankar desde arriba. Volvió a alcanzar a los demás Guardianes, ahora montado sobre la columna de agua.
Ron estuvo a punto de caer del oso de Tarru al ser atacado por un dementor, pero se sostuvo con fuerza. Los tres patronus alcanzaron el lugar donde se veía el fuego y los niños bajaron de sus monturas, con los ojos bien abiertos de la emoción. Mankar también bajó, empapado, de la columna de agua.
Estaban en una especie de piedra flotante, bordeada por un hilo de fuego que descendía mostrando el camino invisible de subida. Ron se acercó a la profecía y la tomó con la mano derecha. La levantó en la mano, y los otros cuatro hicieron lo mismo con la profecía que cada uno tenía. Las antorchas también se alzaron.
Un par de hilos de fuego surgieron de la plataforma de piedra del lado contrario donde llegaban los otros dos, y formaron un nuevo camino. Mankar se acercó y comprobó que éste también era invisible, pero sólido. Vio que se dirigía a una roca inmensa, y la reconoció como la roca donde había terminado la penúltima prueba del torneo. Allí había que ir para terminar y romper las profecías.
Los Guardianes empezaron a correr. Mankar tenía una sonrisa de oreja a oreja, que no alcanzaba a expresar el inmenso orgullo que sentía en ese momento. Se sintió fresco, libre, bajo el aire de la noche, y olvidó por completo que la luna llena estaba por salir.
El camino se adentraba en un túnel que había en la roca, el cual era iluminado por otras antorchas. Mankar percibió la solemnidad del lugar; tenía que ser un lugar importante para su casa, por tratarse de la meta del Torneo del León Escarlata.
Se adentraron en el túnel y se encontraron con un camino curvo e inclinado hacia abajo. Tuvieron que bajar ligeramente la velocidad para no resbalar.
El fuego de los muros cambiaba de tonalidad conforme iban bajando, lo cual les pareció muy curioso. Del rojo anaranjado pasó primero al amarillo y luego a un verde azulado, que pronto se convirtió en un verde esmeralda puro.
El color de las antorchas iluminaba el túnel, y el Fulgor Escarlata a duras penas se combinaba con la luz verde, pues ahora parecía sin vida. Los Guardianes aminoraron la marcha para tomar aliento.
—Vaya, dónde estamos... —exclamó Ron jadeando—. Nos equivocamos de túnel, ¿o qué? Este lugar parece de Slytherin.
Después de varios minutos de descenso, el suelo por fin volvió a ser horizontal. Las antorchas seguían siendo verdes, y por poco Mankar les propuso devolverse.
Estaban en un pasillo ancho y largo, con muros de piedra a ambos lados, de los que colgaban antorchas del mismo tono verde cegador.
Y no era su imaginación. Allí había serpientes talladas en las paredes y el suelo; el relieve parecía hacer que fueran reales e incluso Mankar creyó que se movían.
—Vámonos de aquí —pidió Mankar con un hilo de voz.
—¿Por qué? —preguntó Rob—. Es obvio que es parte de la prueba. El fuego nos trajo hasta aquí.
—Si este lugar pertenece a Slytherin, tiene mucho sentido que sea el final de la prueba, porque Slytherin y Gryffindor siempre han sido casas rivales —razonó Tarru—. Debe haber un gran desafío aquí.
—¿Creen que tengamos que matar a un basilisco o algo así? —preguntó Ron asustado.
Mankar quiso darle un puñetazo por atreverse a decirlo.
Llegaron al final del pasillo. Una cabeza de serpiente abría una mandíbula desde el suelo hasta poco más abajo del techo, y esta abertura servía de puerta para la siguiente habitación.
—No me hagan pasar por ahí, por favor —suplicó Mankar, desviando la mirada para no ver la cabeza de serpiente.
—Mankar, estamos en el final, no es momento de rendirnos —dijo Ron con impaciencia.
—Todo está bien Mankar —dijo Lacrimosa dándole una palmada en la espalda—. Es parte de la prueba. Hemos pasado cosas más terroríficas esta noche. Yo le tengo pánico a los dementores, y logramos superarlo.
Mankar no respondió. Siguió mirando al suelo, esperando que alguien abriera la boca para apoyarlo, y propusiera que dieran media vuelta.
—Tú puedes, Mankaú —le dijo Vax proyectado a su lado—. Me tienes a mí también.
Él lo miró, y luego miró a los Guardianes uno por uno. Ninguno parecía enfadado; más bien, todos tenían cara de miedo, y no sabían qué les podía esperar del otro lado de la abertura. Quizás a ninguno le hacía mucha gracia sentir que un basilisco lo tragaba.
Respiró profundamente y cerró los ojos un par de segundos.
—Vamos, hay que ganar este torneo.
Sus compañeros le sonrieron, y empezaron a avanzar. Mankar cerró los ojos y avanzó al frente sin mirar. Ron lo rodeó con un brazo y lo guió hacia la boca de la serpiente, y probablemente notó la violencia de sus temblores. Varios pasos más adelante, Ron dijo:
—Listo, estamos adentro.
Mankar sintió escalofríos, estaba muy asustado para sentirse orgulloso por lograrlo.
Se encontró en un pasillo zigzagueante y estrecho, como si fuera el cuerpo de una serpiente. Estaba iluminado por una luz verdosa de la cual no podían distinguir su procedencia.
—Salgamos de aquí —dijo Mankar, pero ya todos avanzaban a pasos rápidos.
Le pareció que caminaba durante horas, y toda clase de pensamientos cruzaron la mente de Mankar. Si no se apresuraban, la luna llena lo convertiría en hombre lobo y no podría terminar la prueba. ¿Y qué tal si no los declaraban ganadores por no estar el equipo completo?
Pero por fin llegaron al final. Había un par de puertas dobles de color verde oscuro y con aldabas en forma de serpiente, idénticas a las de la Mansión Courtcastle. Lacrimosa y Ron las abrieron y todos entraron lentamente.
Ahora estaban en una sala cuadrada, muy estrecha y oscura, con un alto y extraño escritorio al fondo, detrás del cual un par de antorchas iluminaban un grabado en el muro. Las paredes de piedra mostraban nuevamente serpientes talladas. En el muro de la derecha había soportes para las dos antorchas con el Fulgor Escarlata, que más bien ahora debía llamarse Fulgor Esmeralda, porque su luz había cambiado totalmente de color. En el muro contrario, había una repisa con cinco orificios donde obviamente debían ir las profecías.
Ron y Lacrimosa cedieron las antorchas a Mankar y a Rob, para que las colocaran en los soportes, por ser algo así como capitán y subcapitán de los Guardianes de Nurmengard. Ellos las tomaron con solemnidad y las colocaron en su lugar correspondiente.
Luego, los cinco muchachos tomaron sus profecías y se acercaron a la repisa donde debían colocarlas. Cada uno apoyó la esfera blanca en su lugar, y cuando terminaron, se separaron para admirarlas desde el centro de la sala, cubriéndose con sus capas escarlata, esperando que algo ocurriera.
Una por una, las profecías se fueron rompiendo, y de cada una de ellas salió una figura blanca y fantasmagórica que se elevó un par de centímetros, para hablar con voz profunda y sobrecogedora.
—Cinco muchachos que adoptaron el nombre de protectores de una fortaleza superarán las pruebas más peligrosas que nunca han enfrentado —dijo el primer ser de la izquierda.
—Pero ellos nunca se enterarán que esto no era un simple juego, que no era una competencia escolar como la de las demás casas —continuó la siguiente.
—Han venido directamente a la boca del lobo, y ni la magia oscura más poderosa que son capaces de hacer los ayudará a evitar lo que pasará esta noche.
Mankar frunció el entrecejo y sintió perplejidad al escuchar esas inesperadas palabras. Dio un paso atrás, aterrorizado.
—Esta noche el mayor poder de los fundadores de Hogwarts será el mismo que destruirá este remedo de colegio, y la magia que ni siquiera el mismo Salazar Slytherin creyó capaz de lograr por fin será utilizada.
—Prepárense, muchachos, pero no se desgasten en adivinar su destino. Recuerden esta advertencia: ninguno está a salvo en este momento. Su fin y el de este insignificante lugar se acercan, y con él una nueva era dará inicio.
Las figuras sonrieron macabramente y se desvanecieron al mismo tiempo. Los Guardianes se quedaron mudos de la impresión.
—¿Qué... qué...?
—Miren —dijo Lacrimosa, que se acababa de dar la vuelta bruscamente.
Los demás lo imitaron, y vieron cómo el fuego verde de las antorchas que acababan de colgar se extendió como si cada una fuera la boca de un dragón que soplaba. Las antorchas se prendieron en fuego también y brillaron, totalmente verdes, iluminando la estancia.
Entonces pudieron ver más claramente lo que había al fondo de la habitación, que al entrar habían tomado por un escritorio. En realidad era una especie de caja, totalmente verde y polvorienta, apoyada sobre una piedra cuadrada. Mankar se negaba a admitir la gran similitud que tenía con un ataúd verde.
Pero encima del ataúd había un cuerpo. Lacrimosa y Mankar avanzaron hacia él y lo miraron a la cara. La luz verde de las antorchas le daba un aire endemoniado. Pero estaba muerto. Tenía que estarlo.
Era Arkadios Black.
—Bienvenidos, Guardianes de Nurmengard —dijo la voz de Tazllatrix Devil a sus espaldas—, a la tumba de Salazar Slytherin.
