13. Cuando todo falla
Cornelia observó como las Auramerias flotaban por encima de ella, ignorando las lágrimas que corrían por su cara. Como siempre, las cinco gotas de agua gigantes que representaban los poderes de las Guardianas. Detrás de ella se oyó la gran puerta que daba a la Sala de las Auramerias abrirse, Cornelia no se molestó en girarse a ver quién era. Después de tantos años con las otras Guardianas, era capaz de distinguir quién era quien por su mera presencia mágica.
– Las demás están empezando a preocuparse. Llevas aquí horas – le dijo Will.
– Mi marido acaba de morir, Will.
Will se sentó al lado de ella, con las rodillas pegadas contra su pecho y rodeándolas con sus brazos. Detrás de ella, sus alas se movieron con cierto nerviosismo.
– No es solo eso, ¿verdad? – dijo Will con la barbilla apoyada sobre sus rodillas –. Es también por lo de Sixtar. Esto lo hace más real.
En un principio convertirse cada una en un quinto de un nuevo ser no había sido un problema. Dejar de ser esa reina mágica gigante a la que Yan Lin había bautizado como Sixtar era tan sencillo como pensar en ello. El problema vino cuando descubrieron que no iban a envejecer indefinidamente.
Fue la primera vez que Yan Lin había lamentado haber renunciado a usar la parte de su poder que le habría permitido ver en el futuro. No era la primera vez que unas Guardianas se unían para formar un ser como Sixtar, pero esta vez había sido la primera vez que esas Guardianas habían tenido dentro de ellas los elementos en su forma más pura.
Nayla tenía razón cuando dijo que el Himerish había sido un poco extremo en sus medidas para enfrentarse a Dark Mother.
– Voy a ver morir a mi hija. Creo que no me había dado cuenta hasta ahora.
– No tienes porque verla morir…
Cornelia se seco las lágrimas y se giro hacia Will.
– No voy a renunciar a mis poderes, Will. No me voy a ir.
– Las pruebas que nos llevaron a ser Sixtar… tu accediste a enfrentarte a ellas por nosotras. No tienes porque quedarte si no quieres.
– No lamento lo de Sixtar.
– Cornelia…
– Estaré bien – dijo Cornelia –. De todas formas, ni siquiera Nayla sabe si a estas alturas podemos renunciar a nuestros poderes sin morir en el proceso. Dice que los elementos están demasiado ligados a nosotras.
La Guardiana de la Tierra se levantó y se sacudió la ropa. Había dejado a su hija con Kandor, y ya iba siendo hora de que fuera a recogerla para llevarla a casa.
