Quiero ser escritora

25º

Amienemigos

Algunas personas no son lo que aparentan hasta después que llegas a conocerlas, y entonces exteriorizan sus sentimientos. Pero también existen otras incapaces de ocultar su naturaleza y parece que esa verdad traspira por sus poros, se le nota en la cara: Sus arrugas, su mirada, su boca. Wuya era claramente de este tipo; una mujer alta, delgada, su cabello en las puntas era ondulado; las greñas relamidas en un tinte rojo que desteñía las raíces negras; las manos y las rodillas huesudas (las venas parecían querer salirse), sus ojos eran de color verde y no eran humanos, sus cejas perfiladas, se maquillaba en exceso para esconder lo que le habían hecho los años (para sus labios elegía un lápiz labial bermellón intenso corriente y barato).

Generalmente cuando se ocupaba de las tareas domésticas o iba al trabajo se recogía el pelo en un moño alto y sólo cuando era la segunda opción se ponía unos lentes por encima de su nariz. Esta mañana lo llevaba suelto y vestía una bata que golpeaba sus rodillas, acababa de salir de la cama. Dashi estaba en uno de sus viajes, por lo tanto, durmió sola. Wuya soltó un largo bostezo, se cubrió con la palma. Al abrir la puerta encontró a Omi en la sala, su rostro pegado a los cuadernos y los ojitos cerrados. Todos los cuadernos y libros estaban abiertos en páginas distintas, también sacó un resaltador amarillo luminoso, el cuestionario resuelto y las fichas que le prestó Kim. Wuya gruñó cansinamente.

—¡¿Otra vez?! No es posible, cielos —zarandeó su hombro— ¡vamos Omi, despierta! ¡abre los ojos! ¡ya! Despierta muchachito insolente.

Él apretó los párpados y frunció la nariz, gimió entre dientes, levantó con pereza la cabeza y luego los brazos al techo, estiró las extremidades y el cuello. Luego bajó los brazos, rascó su cabeza.

—Uhm... 早安 —bostezó frotándose los ojos— 现在几点?*

—早上9点钟** —contestó soltando un bufido—. No puedo creerlo, ¡te desvelaste la noche entera en la sala! Por si no lo sabes, la sala es para mirar la televisión, leer libros, hacer las tareas y descansar (o lo que tu padre hace: remolonear); pero si lo que vas a hacer es irte a dormir, para eso crearon los dormitorios que tienen futones, si no sucederían porquerías como estas. ¡Mira eso! Otra cochinada más que tengo que limpiar en esta casa de vagos —señaló la baba en la mesa en la que estaba recostado Omi, contempló la gravedad de su crimen con desdén.

—Sólo es una mancha, ya, tampoco exageres —se encogió de hombros justificándose— no quería quedarme dormido, ha sido un accidente: Yo estaba esperando a que regresara papá, lo juro, estaba estudiando para la prueba y dije que iba a guardarlo todo en cuanto lo viese. Hace días que no lo veo.

—¿Estudiando, eh? —gruñó despectivamente— ¿a eso llamas a estudiar? —apuntó con el dedo la mochila, regalo de Kim, en el suelo cerca de los pies del muchacho—. Ni siquiera recoges tu bolso cuando llegas de la escuela, ¡qué mangos ni que nada, los vagos iguales a ti lo único que hacen es estorbar!

—¡Estaba cansado y recién llegaba! Lo iba a recoger.

—Seguro dijiste eso ayer ¡échate para allá y báñate! ¡Ahora! ¡现在!*** —ordenó—. ¡A ver si así entiendes! Voy a limpiar otra vez tu desastre y cocinaré algo. Y a propósito, tu padre está de viaje, lo que quiere decir, que está allá con su otra familia. Desentierra de la cabeza que algún día va a venir por ti o por mí.

—¡Mi padre sí va a venir! —chilló— ¡lo que dices son puras mentiras! Aunque me gustaría en serio que fuera cierto ¡porque eso significaría que te abandonó por fea y vieja!

Omi escapó antes que Wuya le levantara la mano. Ya había empujado hacia atrás el asiento y estaba listo para saltar y correr a la velocidad de una bala. El niño trancó la puerta. Estaba a salvo por aquel momento. Suspiró de alivio y escuchó a través de la madera. Su madrastra soltó un bufido y rechinó entre dientes unas palabras, sonaba parecido a mocoso malcriado. Era difícil oírla si susurraba. La voz de ella era baja y ronca. Tenía metida esa cizaña en la cabeza de que Dashi la estaba engañando con otra mujer y por eso faltaba tanto en el hogar de algunas semanas para acá. Primero las rumiaba a escondidas, luego se descargaba contra Omi hasta que finalmente confrontó a su esposo con esa acusación. Por supuesto, pensaba que eran sólo cábalas inventadas por una mujer irascible y desconfiada. Si fuera axiomática esa sospecha, Omi estaba seguro que se hubiera puesto al corriente primero que Wuya. Pero como no fue así lo descartaba. El niño meditó por un segundo que, a lo mejor, no sería tan malo; estaba consciente que traicionar la confianza era bastante ruin aún si hablamos de una persona como Wuya, no obstante, asimismo a mansalva cualquier mujer podría ser mejor que ella. No quería a una suplente, pues tuvo una madre y ella es irremplazable. Al menos una amiga, alguien que escuchaba y comprendía, que estuviera allí y no lo maltratara igual que Kim...

Dojo levantó la cabecita apenas reconoció las pisadas de su amo. Cuando Omi no estaba en su casa o no veía, se subía a la cama y se echaba una siesta. Todas las veces lo descubrió y lo reprendió, si bien el enfado se le pasaba rápidamente cuando le hacía cariño. En vista de las condiciones en que estaba, Omi preferiría que durmiera con él que en la caja. En pocos días él se había adaptado a la casa y aprendido algunas costumbres de su amo. Él había tratado la herida de su lagarto como si fuera una herida humana, a espaldas de Wuya tomó del botiquín de medicina unas gasas y alcohol para desinfectarlo, pero el pobre animal iba de mal en peor y Omi estaba preocupado. Tenía que conseguir un veterinario con urgencia. Kim no conocía ninguno, su padre y su abuelo tampoco, sus amigos no tenían mascotas por lo que no sabían y Raimundo todavía menos. Dojo quiso saltar a saludarlo, en vez de eso se detuvo y se le quedó mirando.

—Buenos días, amiguito ¿cómo amaneciste? ¿qué tal tu patita?

Omi se sentó y desenrolló la venda en círculos lento. El alma del pequeño huyó de su rostro cuando sostuvo en vilo la pata, la carne está hinchada. Cuando la tocó, Dojo gimió de dolor y hundió la cabeza en el colchón. Sus dedos sintieron la piel al rojo vivo. Se mordió el labio inferior, conteniéndose de estar calmado, mientras lo acariciaba. A pesar de que pasaron los años, Omi todavía recordaba que su madre se esforzaba por permanecer tranquila cuando se enfermaba. Lo hacía para no alarmarlo y muy en el interior, él lo sabía y se lo agradecía.

—Lamento no servir para nada, Dojo. Pronto estarás bien, conseguiré traerte un veterinario. Lo prometo —había perdido la cuenta de las veces que lo prometió, pero sentía que estaba en la obligación de decirlo. Supuso que era la misma sensación que muchos padres sentían cuando no pueden estar con sus hijos.

Él volvió a vendarlo y lo dejó descansar con Ninja Fred, en tanto se dirigía al baño a tomar esa ducha. Cuando salió, ya con ropa limpia y el pelo mojado, encontró que Wuya recogió, a la fuerza, los cuadernos y libros de su hijastro, los metió en la mochila que había colgado del asa en el picaporte de la puerta de la habitación de él. Omi rodó los ojos, se arrodilló junto a la mesa. Se fijó que había servido frijoles por cuarta vez consecutiva en la semana. Arrugó la nariz. Cogió los palillos y los levantó con pereza.

—¿Frijoles de nuevo? ¿qué no hay ni siquiera frutas para el desayuno?

—¿Quién te crees qué eres? —arrastró las palabras enojada—. ¡Nomás me faltaba escuchar tus quejas ahora! Es lo máximo que puedo comprar con el sueldo que lleva a casa tu padre, si quieres comer fruta vete afuera porque CUALQUIERA que viva fuera de esta casa come mil veces mejor.

Omi cerró los ojos, arrepintiéndose de haber preguntado.

—Mejor me voy, ya no quiero desayunar —arrastró las palabras, levantándose y yéndose a su cuarto— 不要打扰我****。

—¡Sí, eso, adelante! ¡Vete, lárgate de aquí, muchacho malagradecido! ¡Mucho más para mí entonces! ¡Pero no me vayas a reclamar cuando sientas hambre luego! —espetó.

—好***** —dijo Omi desde su habitación.

Paralelamente Kim estaba recogiendo la ropa sucia. El domingo era día de enjuague. Antes permitía que la tintorería se encargara de lavarla, inmediatamente pasaba por ella a los dos días posteriores. Sin embargo, una señal de independencia sería que aprendiera hacerlo por sí misma. Además de que era divertido ver como la lavadora trabajaba. Estas máquinas eran una verdadera maravilla. No imaginaba la manera en que las mujeres se las arreglaban sin ellas, la ropa sucia se amontona muy rápido y más para cierta chica que no puede salir dos veces a la calle usando el mismo conjunto. Entonces para no hacer sus quehaceres tediosos, ponía algo de música ¿adivinan de qué? ¡Sí! De la década de los 70 y 80. En ese momento en los recodos del apartamento se oía Let's Groove de Earth, Wind & Fire. Se desplazaba a un ritmo de izquierda a derecha.

Clavada en la melodía no advirtió la presencia del idiota si no se pavoneaba y bailaba con la cesta de la ropa sucia. Kim no echaba cerrojo a la puerta a no ser que estuviera a punto de dormirse o salía. Tocó la puerta como escuchaba el sonido estridente de la canción desde el pasillo, el primer pensamiento que cruzó por su cabeza fue que tal vez no lo había oído a causa del ruido. En vista de que estaba abierto decidió pasar. Su sorpresa fue grande cuando se encauzó con semejante espectáculo; apoyó el codo en la pared y la vislumbró en silencio, sus dientes blancos salieron a relucir cuando se dibujó una sonrisa en su rostro. Kim giró sobre sus talones y se impresionó de ver a Raimundo junto a las bisagras. Del susto, brincó hacia atrás, sus piernas tropezaron contra el mueble y maniobró una cabriola en el aire en la que terminó en el suelo adolorida. Raimundo parpadeó y de repente Kim se cayó, no tuvo tiempo de hacer nada. Se asomó de reata en el sofá.

—¿Todo bien allá abajo?

—¡¿Tú qué crees?! ¡Idiota, casi sufro un infarto! ¡¿cuánto tiempo estuviste espiándome?!

—Lo suficiente, ¡cielos! Mueves más el trasero que ese chingado coreano de… ¿Gangnam Style? —Raimundo se echó a reír. Kim echaba humo por las orejas—. Como sea, no quería interrumpir tu lindo baile —además de una vista hermosa de su culo—. En serio bailas bien pero ahora me parece que no estás en posición de discutir eso, ¿necesitas ayuda? —alargó su mano. Kim extendió la suya cuando él la apartó ágilmente—: ¡Caíste! ¡y en el truco más viejo! —rió.

—¡Eso no se le hace a ninguna dama!

—¿Cuáles damas? Solamente estamos tú y yo, no hay ninguna dama —Kim le fulminó con la mirada. Raimundo añadió inmediatamente—: Vamos, no pierdas el sentido del humor, seamos felices ¿okey? Esta vez va en serio, dame tu mano —insistió reprimiendo las risitas. Kimiko dudó, su tobillo le dolía mucho y no quería hacerlo sola así que tomó su ayuda. El hombre cumplió su promesa y la levantó de un jalón, evitó verlo a los ojos— listo ¿estás...? ¡Aguarda! —buscó su mirada y alzó su barbilla, Raimundo alzó una ceja: estiró las arrugas del ceño fruncido de Kimiko y explayó las comisuras de sus labios hasta convertirlo en una sonrisa— ahora sí, esta es la verdadera tú: Alegre. Nada que tenga relación con la Kim enfurecida de hace unos segundos. ¿Mejor? —suspiró, liberando la tensión acumulada. Él se agachó a recoger el cesto que había resbalado de sus manos y la ayudó a meter la ropa, la chica se arrimó a hacer lo mismo— ¿qué hacías antes que llegara? Aparte de bailar, ¿lavar ropa? Sabes que podrías llevarla a la tintorería...

—Lo sé, pero me gusta hacer las cosas por mi propia cuenta y así es más divertido... ¡mira! ¡Tengo manos de fregona! —sonrió mostrándole sus manos orgullosa. Raimundo las tomó.

—¡Oh, pero princesa eso es terrible! Tus dedos delicados y tu manicura se han estropeado.

—¡¿Terrible?! —exclamó— ¡no! Esto es una prueba del esfuerzo que he realizado en estos meses en el lavabo.

Raimundo se rió alegre, dándose por satisfecho. Se incorporó mientras la impulsaba a subir sujetando sus brazos. La soltó, y luego le mostró los capítulos de su novela en frente de su nariz.

—Kim, eres un banquete para mis cinco sentidos —halagó. Kim rodó los ojos, repitiéndose la frase y meditando si estaba burlándose o acabó de soltarle un cumplido—. Vine a dejarte esto —sacudió al frente de su nariz los tres capítulos de su historia. Reaccionó. Él se inclinó a tomar asiento y dio unas palmaditas a la superficie acolchada de la derecha indicándole que viniera, de lance en lance se sentó al lado. Empezó a dar vuelta las hojas mientras tanto hablaba y señalaba sus apuntes:

—Todo el argumento está muy bien planteado, los personajes desarrollados, la narración es inteligible, rápida y es fácil de leer. La ortografía es intachable. Los diálogos son hilarantes, también bien descritos y tienen chispa. La aventura y la comedia están tan bien combinadas a un punto medio, que no pierde la seriedad en el asunto ni sientes que estás en una marcha fúnebre. Me di cuenta que necesitas mejorar a nivel de descripción, podrías tratar describir el ambiente a su alrededor y usar recursos literarios de vez en cuando, los habituales suelen ser las comparaciones y las metáforas, estas van mejor si los une a las expresiones como en este ejemplo, "congelarse", es decir, inmovilidad; indicaría que el personaje está asustado o atónito. Aquí, en el espacio en blanco, yo te anoté algunos. Está excelente que incluyas los pensamientos y sentimientos, podrías probar mirar los recuerdos. Otra recomendación sería que ampliaras el vocabulario; ya sea periódicos, libros, páginas web, etc. Las palabras raras que leas subráyalas y consultes la definición en la RAE o un diccionario común y corriente. Leer ayudaría bastante. —Raimundo escudriñó alrededor, vio el libro de 49 semanas en la mesilla y lo agarró, aún cuando ella intentó evitarlo y para disimular colocó las manos en su regazo. El hombre posó mirada en el marcador y abrió la novela en esa página— tú podrías comenzar con este...

A altas horas de la noche, se sentó a echar una ojeada a su libro antes de retirarse a dormir y cuando un lector empedernido dice que va a dar un vistazo, en realidad quiere insinuar que se trasnochará leyendo capítulos tras otro. Se quedó en la escena en que Esperanza y Kevin llevarían a cabo la boda y que Raimundo lo leyera era bochornoso. Por otra parte, estaba en conocimiento de la profusa admiración que Kim sentía por él como escritor. Había leído su mensaje y contestado de inmediato con entusiasmo. Él pensaba volverlo a intentar, sólo que debía inventar una excusa antes para iniciar una conversación en privado. Lo embargó una sensación que caló lo más hondo de su corazón haciéndolo vibrar de la emoción, Raimundo tuvo que sobreponerse por no sonreír delante de ella. Había dicho que su escrito era basura porque, en serio, jamás en la vida se imaginó a sí mismo como escritor y que una chica como Kim fuera su mayor fan era una inspiración o eso se convencía de pensar.

—Típico de las novelas románticas: la boda rosa de un par de protagonistas blandengues de una novela barata. El beso de Cupido, el factor cursi por todo lo alto y perceptiblemente, las flores son falsas ¿puede ser el amor real cuando las flores no lo son? —suspiró—. Pero aquí tienes un caso de descripción, presta atención a las emociones de la chica y practica, es la mejor manera para aprender que puede adquirir un escritor.

—¡Demonios! No odias sólo a los romances si no también a las bodas —literalmente estaba boquiabierta. Le arrancó con aspereza el libro de las manos, volteó las páginas disimulando su ira y apretando la mandíbula.

—Yo no odio a las bodas, —alegó Raimundo serio en defensa propia— odio lo estúpido, a las personas que siguen las tradiciones sin saber de dónde son. Nada más estoy señalando la hipocresía del espectáculo: Es un intercambio contractual en el que el padre cede a su hija a un tipo, los dos se vienen a vivir bajo un mismo techo, sumergidos en un ambiente de amor y felicidad hasta que después de unos años más tarde la pareja empieza a odiarse porque ya prevén sus reacciones o se hartan de sus costumbres, entonces discuten con quién se queda los bienes: se forma un tremendo peo legal en el que se descubre que el hombre le montaba los cuernos a su mujer y ésta le declara la guerra y le cambia el cerrojo a la puerta para que no entre y otras tonterías, etc. Y todo ese gran amor se convierte en un gran círculo vicioso.

«Para vivir juntos no necesitas firmar un papel ni obligatoriamente debes estar casado para hacer el amor con tu pareja. Considero que el matrimonio debería ser (o al menos lo es para mí) una ceremonia donde declaras tu amor por una persona y te comprometes no separarse de tu lado jamás, a respetarla, cuidarla, protegerla, guardarle fidelidad y amarla por encima de cualquier cosa a ella y todo el mundo. Es en verdad una lástima que no existe una forma de saber si la persona que escogiste estará contigo para siempre, pero lo peor es llegar a ese extremo que comenté, como si de repente olvidaras todo lo que juraste y no te importara en absoluto los sentimientos del otro y parece que vale mil veces más lo material —Raimundo apartó la vista. Diversos sentimientos se encontraron en el corazón de Kim, no sabía si tenía ganas de golpear el brazo del hombre o tirarse a abrazarlo. Prosiguió—: sí deseo casarme, en un lugar bonito y tranquilo en la playa, con la chica que amo y cuando pasen los años y ya lo sepa todo sobre ella sabré que estoy enamorado en verdad… además, sería una excusa perfecta para ponerme creativo y romper la rutina.

Le dirigió una sonrisa melancólica. Kim hundió la mirada y un suspiro escapó, el ruido del estéreo y sus respiraciones aparatosas era los únicos sonidos en la habitación.

—¿Por qué en la playa? —interrumpió ella.

—Tiene un valor sentimental, en el pueblo en que nací, mi casa quedaba cerca de la playa —explicó, su mirada estaba extraviada en el pasado. Kim no reparó en ello.

—¡Es un alivio! Por poco me pareciste del tipo que andaría por ahí diciendo a los niños que no existe Santa Claus porque alguien tiene que soplar esa mierda de par en par.

—¿Entonces mientras para mí el matrimonio es una declaración de amor, para ti es igual a creer en Santa Claus?

—¡Claro que no! Yo no dije eso.

—Sí lo hiciste... —canturreó él.

—¡No es cierto!

—¡Oh ya que creo que sí!

—¡Que no!

La chica le golpeó en el hombro en señal de broma. Raimundo intentó escudarse detrás de sus brazos y resguardarse de los golpes. Kim estaba muerta de la risa y en minutos él estaba haciéndole compañía; por el contrario de malinterpretarlo como suele hacerlo en general, la joven escritora decidió reírse de sí misma y admitir que tal vez no se expresó de la manera adecuada. A juzgar por la actitud bromista y despreocupada de éste, era probable que no lo dijera en serio y sí le había comprendido. Era divertido comunicarse sin pelear. Cuando las risas cesaron, el hombre sintió algo extraño moverse en sus entrañas, salvo que no lo creyó un problema. Kim no borró la sonrisa de oreja a oreja que adornaba su hermoso semblante, no encontró razones para hacerlo y abrazó su novela contra su pecho. Ellos intercambiaron miradas.

—También deseo casarme algún día, preferiblemente viernes (cuando me haya graduado en la universidad y tenga un trabajo estable), invitaría a mis amigos y a mi familia, me gustaría que fuera una boda íntima y vestir un traje de novia igual a las que llevan las princesas en el gran día. —comentó sonriente. Suspiró—. Muchas gracias por tus recomendaciones —dijo ella— prometo seguirlas rigurosamente.

—Está bien, te creo… ¿así que lo compraste? —señaló el libro—. Este es el último libro de Tom Kenny, oí por ahí que estaba arrasando en ventas.

—¡Sí! ¿no es increíble? Tuve que hacer sacrificios e inventar un sistema para ahorrar, hasta elaboré mi propia alcancía, como mi padre no iba apoyar mi carrera me las vi muy difícil y por un momento pensé que no lo lograría, pero entonces mi hermana me aconsejó solicitar una beca, hice los trámites y finalmente lo logré.

—¿En serio? Eso es genial —cruzó los brazos bajo el pecho— ¿pero por qué decidiste irte por la ruta más difícil? Podías leerlo por PDF.

—No sería lo mismo —ladeó la cabeza—. Yo creo que valió la pena tantos esfuerzos, no es tan malo si le das una oportunidad —comentó Kimi sobre el libro, mostrándoselo—, es de esas que comienzas a leer y cada vez que descubres nuevos elementos te sientes parte de la historia, entonces sientes que estás atrapado y te es imposible dejarla ir.

—Dime una cosa, por favor sé sincera, ¿lees sus libros porque te gustan o estás enamorada del autor?

—¿Podrías reformular eso? Me gustaría contestar sin mentir —gimió.

—No necesito hacerlo, esa respuesta es más que suficiente. ¿Cómo te puede gustar ese tipo sin saber cómo es? No tienes idea si es viejo o joven, si es feo o guapo, gordo o flaco...

—Su aspecto no importa, si lo amas es porque lo aceptaste tal y como es —rezongó.

—¿Inclusive sus defectos? ¿qué pasaría si él no es quien tú esperabas y resulta una imagen totalmente diferente? ¿todavía seguiría siendo atractivo para ti? —provocó.

Estaba metiéndose en la boca del lobo pero tenía que saberlo. Kim se estaba engañando a sí misma con una fantasía. No quiere decir que, de pronto, iba a confesarle su secreto. A él le parecía increíble que Kim lo amara detrás de la caratula de un libro y lo odiara en persona. ¿Sería posible un amor así? Si se enterara de la verdad, Kim no iba a sorprenderse así nada más si no que se decepcionara. Jamás creería que era su escritor favorito. Justamente él, su vecino de al lado, la persona que más le ha causado disgustos. Lo odiaría. No le interesaba la fama ni quería a las personas encima, aún menos lastimar a sus conocidos. Kim frunció los labios y pegó un brinco, levantándose.

—¡Por supuesto! —Kim no sonaba muy convencida, lo peor es que ambos lo sabían— ¿por qué me haces tantas preguntas? ¡¿Es que acaso tú lo conoces?!

—Mejor que tú, sí —le replicó, cambiando de posición. Se puso de pie—. Bueno, mi tarea está hecha aquí. Cualquier cosa que me necesites estaré en mi apartamento... ¡a propósito! Conversé con Omi, él quiso encubrirlo, evadir las preguntas y protestó, cuando lo confronté no tuvo alternativa que aceptarlo y presentar disculpas. Le dije que era contigo quien debía saldar deudas pendientes, no te extrañes si el lunes se muestra cariñoso.

—¿Fuiste muy duro con él? ¿te contó por qué lo hizo?

—No estoy enojado si esa es tu pregunta. Ya te dije que sólo quería jugarnos una broma.

—Ya... pero...

—¡Kim! Mi proposición de ir al estadio de futbol aún está latente. Por favor, le encantará a Omi, habla como te sea posible con su padre. ¡Ahí nos vemos!

Raimundo hizo un ademán y se fue. Lo alcanzó hasta la puerta. Se inundó de indignación y frustración por la impertinencia que había en sus preguntas, pero al recordar cuán injusta y superficial había sido en el pasado con el hombre, se reprochaba su conducta tan verdulera y no tardaba en prevalecer sobre la rabia un sentimiento parecido a la compasión. Kim juró a sí misma que no volvería a juzgar ni sacar conjeturas otra persona sin conocerla. Dice un verbo proverbio: "Peleando, juzgando antes de tiempo y alterándose no se consigue jamás lo suficiente; pero siendo justos, cediendo y observando a los demás con una simple cuota de serenidad, se consigue más de lo que se espera". Condenaba sus acciones cuando estaba cegada por su necedad y afirmó que no volvería a ser tan dura contra Raimundo, asimismo ella decidió que tampoco abriría su corazón a alguien que no lo haría. ¡¿Y qué demonios le quiso decir con Omi?! Parecía más una hipótesis que una confesión. El timbre del teléfono asaltó sus pensamientos y corrió a atenderlo.

—¿Si, diga? —al reconocer la voz en el otro lado del auricular sus ojos se iluminaron— ¡eres tú! ¡Cuánto tiempo ha pasado!

—¿Tienes hambre, no? —preguntó Omi mirando a Dojo con los ojitos grandes y haciendo pucheros—. Espera aquí, no tardo.

Omi se deslizó hasta la cocina. Registró los anaqueles en busca de comida, pensó en llamar a Wuya, pero pronto descartó la idea imaginando los gritos y las quejas. Nunca lo ayudaría porque Dojo tenía que ver con él. Es tan injusto que una pobre mascota asumiera una culpa. No sabía cuál era exactamente la dieta de un lagarto, él se engullía todo lo que le daba ¡qué dragón más tragón! Debe ser crudo, pero que no requiera cocinar (conocía sus limitaciones, no iba a encender el horno) para que no le caiga pesado en la pancita. Lo ideal sería carne o puré de patatas, él lo degustaba con gratitud. Sin embargo, eso lo apartaba de su plato. Omi movió unos costales que contenían verduras en el cajón de abajo cuando una manzana rodó a sus pies. El niño no era ciego, volvió a poner los costales de nuevo en su lugar y se hincó en una rodilla. Miró la manzana con horror.

—"...Si quieres comer fruta vete afuera porque CUALQUIERA que viva fuera de esta casa come mil veces mejor. ¡No, no hay!".

¡Mintió! ¡Maldita zorra! No era la grosería que tenía en mente Omi, pero seguro muchos de ustedes. El pequeño todavía no empezaba a decir malas palabras. Observó que esa manzana no era la única, más atrás contó otras seis. Suficientes para compartir con él y no dijo nada. Su padre le habría dado dinero para comprar frutas rojas, que sabían eran las que le gustaba a su hijo. Wuya los compró y guardó para sí misma y su esposo. Enojado y despreciando la vida, corrió de bruces a su habitación y golpeó la puerta. Arrojó la almohada y casi derribó la lámpara. Dojo se asustó y comenzó a gimotear. El alarido del animal lo sacó de trance y la calma lo dominó. Los ojos de ambos se encontraron. Él quedó desarmado totalmente de su furia y olvidó a qué había venido. Se tendió en el futón y lo abrazó.

—Lo siento, me enfadé con quien no debía... perdóname si te asusté.

Omi tragó saliva con gran dificultad y se esforzó al máximo para reprimir las lágrimas que amenazaban desbordarse por sus mejillas. Mordió su labio inferior, esperando suprimir los ánimos. Rodó los ojos y extendió el brazo que tenía libre y agarró el osito que le obsequió Raimundo, lo puso al frente. Dojo se acurrucó junto a él. Omi entreabrió los labios, pero no emitió una palabra si no un sonido agudo. Su padre dijo hace algún tiempo, cuando era más joven:

Te sabes de memoria todas las batallas que han participado nuestros ancestros, ¿pero sabes cómo surgieron?... —sacudió la cabeza tras clavar la mirada en el techo y detenerse a pensarlo por unos minutos. Dashi estrechó los hombros de su hijo mientras le susurraba bajito—: resulta que hubo una vez, en la dinastía Tang, un insurgente quien en su lucha por el poder tomó el control de la región Henan y apresó al hijo del emperador. Sin saber qué hacer, acudió exasperado al Monasterio Shaolin para reprimir la revuelta y rescatar al joven príncipe. Armados con palos, los monjes dirigieron un ataque sorpresa contra las tropas rebeldes. Sintiéndose expuesto, el líder se entregó y la paz volvió. En gratitud por su ayuda, el hijo, ya convertido en emperador, hizo grabar una inscripción en piedra que les rindiese tributo, amplió las tierras de su templo y oficialmente les concedió permiso para entrenar a una unidad de soldados armados que podrían proteger el templo y servir a la dinastía cuando se le solicitase. Y esa es la historia —Dashi volvió sus ojos hacia él, Omi lo escuchaba atentamente— hijo: La vida de un Monje Guerrero de Shaolin nunca ha sido fácil para los niños. Entrenados desde muy jóvenes, sin opción a redimirse, se consagran en cuerpo y alma a servir a sus prójimos. Respeto y dignidad, nada más que eso. Cuando aprendas a quitarte la necesidad de pensar en ti mismo para servir a otros con honor, serás un auténtico Monje Guerrero de Shaolin ¿comprendes Omi?

¡Crack! El escalofrío estremeció el cuerpo del pequeño. Giró sobre su hombro, una piedrita impactó contra la ventana. Alguien las estaba tirando intencionalmente. Asomó la cabeza. Eran Jermaine y Tiny.

—¡Oye Omi! ¡aquí! —siseó Jermaine alzando los brazos y haciéndole unas señales, aunque era innecesario (no había más de tres metros de distancia). Tiny era quien tiraba las piedras. Las soltó apenas Omi fijó su atención— ¡cielos, creímos que nos habías dejado plantados! Te hemos estado llamando desde hace medio rato, chino ¿se te pasó que quedamos hoy ir a jugar futbol?

—¡No! Ahora mismo voy, los estaba esperando ¿por qué se demoraron tanto? No se vayan. —Omi cerró la ventana— ¡andando Dojo! —el joven guerrero cruzó la puerta como flecha, entre tanto la mascota no se movió ni un músculo. Omi regresó caminando— ¡uf, es cierto! ¡no puedes caminar!

Cogió al animal en brazos y se fue. Sus amigos aguardaron, recostados de la valla a pierna suelta. Jermaine practicaba unos movimientos nuevos con un balón de futbol, sucio y ajado. Tiny cubrió un bostezo y bajó su gorra de béisbol hasta el nivel de los ojos. Como alma que arrastra el diablo, Omi se les unió en silencio y siguió adelante. Ellos se colocaron cada uno a su lado, le empezaron hablar acerca de una broma que le habían montado al dueño de un puesto de frutas. El otro día se había portado maleducado con ellos y los echó a palos de su establecimiento. Jermaine y Tiny decidieron tomar vengarse. El resultado fue que la tienda se vino abajo con él literalmente, el toldo cayó y las frutas salieron disparadas. Se echaron a reír. Cuando notaron la ausencia de éste en su conversación. Jermaine puso una mano en su hombro, deteniéndole.

—Omi, ¿qué te pasa? ¿estás escuchándonos? —inquirió.

—Perdone por haberme distraído y cambie de tema, pero estoy preocupado: Dojo amaneció peor y el plan para separar a Kim y a Raimundo salió mal, ya saben que fui yo. Él me tenía con las manos en la masa, tuve que admitirlo. Tenemos que actuar deprisa o si no perderé a Kim y a Dojo, ¡y no me daré el lujo de perder alguien más!

—Ya... ¿pero qué podemos hacer?

—En eso estaban pensando, ¡vengan aquí!

En el camino al parque les contó del archivo en Word que había visto en la computadora de Raimundo. Él sospechaba que contenía algo que no quería que nadie viera. Se comportó de manera extraña cuando regresó a la habitación, no era de los que se alarman por cualquier tontería. Pero cubrió sus huellas y ahora pensaba que sólo había ido a jugar. Si averiguaban de qué se trataba pensó usarlo más adelante como un arma secreta. Mientras cuchicheaban, Jermaine reparó a una cuadrilla de adolescentes reunidos y observándolos muy de cerca. No lo había visto nunca en el parque. Uno de ellos era un hombre alto, esbelto, ojos avellanas angulosos impenetrables, piel pálida y cabello negro largo y tupido. Lo que no le gustaba es la manera que miraba a Omi, aquello le causó una desazón horrible. Indirectamente le pidió a sus compañeros guardar silencio entre tanto pasaban al lado de ese grupo. Tiny ocultó la mirada. Omi, mucho más osado, se atrevió a devolverles la mirada.

—¡¿Qué te pasa?! —espetó rudo— ¡¿por qué me miras?! ¡¿Quieres una foto?! ¡¿te gusto?!

No respondió, desvió la mirada con desdén y siguió caminando junto a los suyos. Jermaine tenía el corazón en un puño. Tiny puso los ojos desorbitados. Creyó que el cinismo de Omi iba a meterlos en un aprieto con aquellos tipos raros. Cuando se aseguró que se habían ido, empujó al chico.

—¡¿Te volviste loco Omi?! ¡¿por qué le dijiste eso a esos adolescentes?! —chilló Jermaine.

—Porque no me agradaron —se encogió de hombros.

—¿Qué por qué no te agradaron? Omi podrás tener el título del bravucón en la escuela pero en la ciudad eres uno más del montón. ¡Esos gigantes pueden hacerte picadillo! ¡¿no tienes respeto por tu vida?! —gimió Jermaine.

—A ver en tu idioma: Sé tan astuto como un Guerrero de Shaolin y menos pequeño y débil como bola de arroz —terció Tiny—. No provoques a los adolescentes, son grandes y malos. Al menos espera hasta que crezcas un pelo más o te saquen tu seguro de vida, ¡lo que pase primero!

—¡Chicos, qué decepción! Creí que eran mucho más valientes, pero veo que me equivoqué. No les tengo miedo a esos pandilleros, apuesto que son una cuerda de cobardes y esto es un país libre: puedo decir lo que quiera cuando quiera, y me enfrentaría a cien de esos.

—¡No es valor Omi, es sentido común! ¡Usa la cabeza de guerrero! —gruñó Jermaine— de la valentía a la idiotez hay sólo un paso, ¡¿entiendes?! No-te-metas-con-los-adolescentes.

—Omi, ¿tú conoces al muchacho que te estaba mirando? —preguntó lentamente Tiny.

—No —puso una mueca— ¿por qué habría de conocerlo?

—Pensé que entre todos ustedes, los chinos, se conocen.

—¿Y es que tú acaso conoces a todos los occidentales de esta calle? —replicó. En respuesta él sacudió la cabeza— ¡entonces deja de decir burradas, menso!

En realidad, su verdadera intención era saber cuál era el interés palmario en Omi. Aún si se habían visto en algún lado, le había lanzado una mirada extraña a Omi. Viniendo de parte de un desconocido era sospechoso ya que ni siquiera se volteó a mirarlo a él o Tiny. Estaba profundamente concentrado en Omi. Se le erizaron los vellos de la nuca. Tiny se estremeció por el escalofrío. Ojalá no volvieran a encontrarse. En el parque había alguien esperándolos y esta vez no era un adolescente si no una niña. Megan estaba en el bebedero, la patineta en el piso y una mochila rosa colgando en el hombro. Escuchó las voces de Omi y sus amigos, pisoteó un extremo de la patineta, la atrapó en el aire y salió corriendo hacia ellos.

—Entonces, cuando estás a solas con tu madrastra, tu padre o tu abuelo ¿hablas chino o en español? —preguntó Jermaine.

—Mandarín. Es una manera de reconectarnos con nuestras raíces.

—¿Y por qué no lo notamos?

—¿Cuántos crees que hablan mandarín en este fandom? —inquirió, abriendo los ojos como signo de lo obvio y metiendo las manos en los bolsillos.

—¡Buenos días Omi! —saludó alegre la niña. Omi se encorvó.

—Aj, Megan, ¿qué quieres niñita? —bostezó. Omi imaginó que aquello era el inicio de una conversación larga y dejó a Dojo en brazos de Tiny.

—¡Qué considerado eres! —gruñó mordaz—. Escucha, creo que conozco a la persona que necesitas para curar a Dojo.

—¿Un veterinario? ¡Genial, ¿cuál es su nombre y su dirección?!

—¡Ah, ah no tan deprisa! —alzó una mano— si quieres que te dé el nombre, debes aceptar a cambio tres condiciones.

—Ya sabía yo que era demasiado bueno para ser verdad, las mujeres están muy exigentes en estos días —cruzó los brazos—. ¡Desembucha pronto!

—Primero, no molestarás a las niñas en lo que quede el resto del año escolar. Segundo, me vas aceptar en el equipo de futbol de los chicos. Y tercero, quiero saber qué estás tramando con mi primo...

—¡No la dejes entrar Omi! ¡Las niñas tomarán el control de todo y después adiós a nuestra privacidad!

—¿Estás asustado porque ella golea mejor que tú, Jermaine?

—¡Cállate!

—¿Y si me rehúso a pactar contigo? —espetó él, ignorando las discusiones de sus amigos.

En el fondo estaba consciente de la aptitud de Megan para el futbol, es cierto que es mucho mejor que Jermaine, pero no la reconocería como jugadora aun si se acabara el mundo. Omi consideraba que ese deporte era exclusivo para hombres. Además, no quería que supiera lo de Jack y él, se lo soltaría todo a Kim y por el momento no es conveniente. Amaba a Dojo, pero no iba a rogarle de rodillas a una niña. Ella no parecía desesperada. Tenía un plan B.

—Imaginé que me dirías eso, así que te reto a un desafío. Si pierdes, tú hablas. Y si ganas... yo... haré toda tu tarea por dos semanas. ¡Eso sí! Independientemente del resultado, te daré el nombre porque amo a los animales y Dojo no tiene la culpa de ser quién eres.

—Por fin hablas mi lenguaje —soltó un bufido—. Te puedo ganar en lo que sea, dime ¿qué quieres que haga?

—Quiero que camines, sin caerte, desde aquí hasta el bebedero en estos lindos... —abrió la cremallera de su mochila y sacó un par de zapatos con tacones de aguja; igualitos a los que usaba Kim, no obstante, con menos estilo— ¡zapatitos!

—¡¿QUÉ?! Yo no voy andar en ese chiste de mujer, ¡yo soy hombre!

—¡Oh, ¿el poderoso Omi tiene miedo?! ¡¿Quién diría que los Monjes Guerreros de Shaolin son en verdad unos cobardes?! ¡Gallina, todos en la escuela sabrá que le tienes miedo a los tacones!

—¡Cállate, cállate! ¡Está bien, está bien! —chilló Omi humillado— acepto el duelo... ¡pero también tienes que hacer algo! ¡De esta no te salvas! Tienes que hacer algo como... —Omi le arrebató la pelota de futbol bajo el brazo de Jermaine— ¡dominadas! ¡Cinco en tacones!

—Okey, no hay problema. —Megan se encogió de hombros— me dolerán los tobillos, pero será un placer verte hacer el ridículo.

Estiró el brazo y sacudió los tacones. Omi le despojó los zapatos rápido y violentamente, a regañadientes. La chica se arrimó a un lado, asegurándose de obtener la mejor vista cuando cayera. Omi se quitó sus sandalias y las tiró a su amigo basquetbolista. Tiny y Jermaine no le dieron palabras ánimos, los tres sabían que él estaría perdido cuando calzara esos zapatos de mujercita. Tiny y Jermaine no dirían mentiras tan grandísimas. Omi no se los iba a dejar nunca. Megan sabía maliciosamente que Omi no rechazaría un jugoso duelo, menos uno en que le llamara cobarde. No soportaría que la escuela lo supiera, cometería suicido antes de humillarse más a sí mismo. Es mejor que lo vieran sus amigos y su peor enemiga que todos los alumnos. Por eso no temió provocarlo. El niño se puso los tacones, se tambaleó tratando de mantener el equilibrio... ¡ni parado podía lidiar contra esos zapatos! Sus amigos tuvieron el impulso de ayudarles, pero Megan no los dejó. Se anticipó a lo que planeaban y les envió una mirada asesina en advertencia. Ellos se quedaron en su sitio.

Extendió los brazos, pensando que así se ayudaría. No había dado ni cinco pasos cuando su pie derecho se dobló y se inclinó lateralmente. Volvió a reponerse. Siguió avanzando. Tiny no calzaba los zapatos y sentía las mariposas flotar en el estómago. Jermaine le pidió que le avisara cuando todo terminara y cerró los ojos con fuerza. ¡¿Cómo las mujeres se torturan a sí mismas?! Dar dos pasos es un infierno, ¿pero todo el día? Preferiría pisar carbón caliente. Cuando Kim, su maestra o Wuya lo hacen parece tan sencillo. Omi juró en silencio que más nunca se burlaría de una mujer quejarse en tacones, declaró que esa sería la última vez que se metería con el calzado femenino. Megan lamentó haber dejado su celular con cámara en el auto de su primo cuando Omi se desmoronó en el concreto. Jermaine apretó los párpados sintiendo el dolor de su líder. Tiny disimuló su cara horror y que no había visto nada, pero en el interior reprimía las risitas. Omi arrugó la cara. Perdió el duelo... ¡si nunca perdía! No iba asimilarlo rápidamente, sintió un total alivio al quitarse los zapatos. Caminó descalzo hacia Megan.

—Tu turno —dijo serio.

Ella sonrió, se colocó los tacones. Jermaine le lanzó el balón de mala gana. Megan no tuvo problemas en atraparlo. Lo soltó y rebotó contra la punta de su pie, lo zumbó hacia arriba y esperó que bajara volviendo a lanzar. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve... Omi deseaba que la tierra se abriera y lo tragara. ¿Qué era peor: usar tacones o perder en un duelo en frente de Megan? Lo había aplastado en una derrota humillante. Había demostrado que sabía jugar futbol y saber llevar tacones, asimismo hacer todo al mismo tiempo. El niño estaba boquiabierto, tiró los brazos por encima de su cabeza y se frotó con dureza. Jermaine y Tiny rechinaban entre dientes. Megan había ganado y como el chino le prometió, tendrían que someterse a sus condiciones.

—¿Te molesto? —preguntó ella radiante.

—Sí —masculló furibundo.

—¡Qué bueno! —comentó deteniéndose— ¿tienes algo qué decir?

—Bienvenida al equipo de futbol —arrastró las palabras sin verla a la cara—, si los varones te molestan yo responderé, no imagino que el entrenador tenga problemas en aceptar a una niña. Puedes decirles a todas tus amigas que no las voy molestar hasta el próximo año. No más bromas contra el baño de las niñas. Y tu primo sólo quiere que lo ayude a volver con Kimiko, tú sabes, en el asunto del amor todos quieren acudir al Dr. Corazón.

—¡¿Espera que te crea eso último?! Si Jack no mueve un dedo por mí, que soy su pariente, ¡¿lo haría por ti que eres un extraño?! Para empezar tú no sabes nada del amor y conozco a Jack, preferiría tragar uno de tus sándwiches con lombrices antes que suplicar tu ayuda. ¡Es presumido!

—¿Celosita? —preguntó divertido Omi, pasándosele el enojo. Megan soltó un bufido.

—¡¿Yo?! ¡¿de que Jack no me preste atención?! Él nunca le presta atención a otra cosa que no sea sus negocios, por eso se me hace sospechoso que, de repente, amanezca haciéndome preguntas sobre ti, con tantas ganas de verte, preocupándose por Dojo y comprometiéndose a pagar la consulta de un veterinario.

—Bueno, la gente desesperada hace cosas que no creería haber hecho nunca —repuso Omi con impaciencia—. Las damas buscan que un hombre piense en el futuro, así cuando están al lado de un niño deciden que será un buen padre, ¡¿ahora sí entiendes?! Estando conmigo ganará puntos de afinidad con Kim —concluyó metiéndose las manos en los bolsillos— yo lo dejo hacerlo porque me da pena... ¿te convence?

—No lo sé, Omi, ni una mujer armada estaría a salvo con él. No creo que sea buen plan que ellos se reconcilien... —Megan parecía estar pensando lo mismo que él cuando se enteró de la conspiración de Jack. Se aclaró la garganta— ¡bien! Jack nos está esperando en su coche. ¡Démonos prisa! Luego de mediodía no vuelven abrir si no hasta las dos y treinta minutos.

La niña se largó, pisando fuerte y en tacones. Omi intercambió miradas con sus dos amigos. Dojo permanecía impasible, lo agarró en brazos y la siguió. Para sus adentros, pensaba que pudo haber sido peor. Si una de las condiciones era ser su novio o jugar a las muñecas. ¡Así sea a palos aprendería a caminar con tacón y cruzar ese bendito camino! Estaba demasiado joven para sufrir por mujeres. Si bien, Megan estaba de lejos pensar en esa petición. No era un desafío adivinar por qué Jack estaba interesado en verlo, de seguro ya sabría que Kimiko y Raimundo hicieron las paces y por el modo que describía Megan... debe estar furioso...


* —Uhm... (Zǎo'ān) Buenos días —bostezó frotándose los ojos— (Xiànzài jǐ diǎn?) ¿qué hora es?

**— (Zǎoshàng jǐu diǎn zhōng) Son las nueve de la mañana —contestó soltando un bufido...

***—... (Xiànzài) ¡Ahora! —ordenó—. ¡A ver si entiendes!

****—Mejor me voy, ya no quiero desayunar —arrastró las palabras, levantándose y yéndose a su cuarto— (búyào dǎrǎo wǒ) Déjame solo.

*****—(hao) De acuerdo —dijo Omi desde su habitación.


N/A: ¡Nuevo capítulo de Quiero ser escritora, eso quiere decir que es martes! Llegamos hasta el final del capítulo de hoy, señores. A partir de aquí se integran dos personajes que ya se preguntaba cuándo saldrían. ¿Se imaginan quién es el que estaba llamando a Kim? ¿quién era el hombre que observaba a Omi? De seguro pasará a la historia la imagen de Omi caminando con tacones. En él y Megan es puesto un conflicto paralelo al de Raimundo y Kimiko, la diferencia es que no habrá besos apasionados ni abrazos. A lo mejor, después de la novela siguen peleando. Era una técnica usada en el teatro moderno y popularizó W. Shakespeare, en el que los personajes secundarios viven un conflicto similar al de los protagonistas, pero más accesible al público. Es un elemento cómico para mi novela. Yo también me he estado preguntado lo mismo que Omi.

Hay unas cosas que nunca van a cambiar. Wuya sigue siendo una bruja amargada. Aclaro que la historia Shaolin de Dashi está basada en un hecho real de la historia de China, no es un invento. Ahora bien, el asunto de los idiomas. Bueno, me pareció que en algún momento de la historia debía hacerlo ya que una de las cosas que destacan es el gentilicio de Omi y su familia. Bien sabemos que el chino mandarín no es un idioma igual que el italiano, francés, portugués o el inglés, que escribo una palabrita ahí y uno trata de sacar el significado mediante clave de contexto. Para no olvidar las raíces del pequeñín (es decir, más "realismo" al fic...) y no confundirnos a ustedes ni a mí, decidí escribir frases cortas cuando Omi esté con su familia o quizá se "le escape". Por desgracia, como esto no es como los libros, siempre al final del capítulo y antes de mis notas verán la traducción en español y entre paréntesis como se debería pronunciar en nuestro alfabeto, ¿entendieron? ¡Entendieron! Mediante los asteriscos tienen cómo identificar cuál es el párrafo

¿Qué le estará sucediendo a Raimundo con Kim? ¿alguien lo sabe y lo puede explicar? ¿qué opinan acerca de la visión de Rai sobre el matrimonio? ¿están de acuerdo o no con él? Kim, no es por ser la reina de lo obvio, pero Raimundo tiene razón cuando dice que él conoce mejor tu príncipe de Versalles. Es una cuestión interesante la que le tiró. He estado trabajando duro en la novela, probablemente al leer aquí vaya por escribiendo el capítulo treinta y dos. ¿Puedo hacerles una pregunta, señores?

¿Ustedes nunca han imaginado qué pasaría si dejaran sus vidas amorosas en manos de un escritor? En estos días estaba viendo una de las páginas que sigo y suben en su muro un cartel de quién estaría escribiendo tu vida amorosa según tu fecha de nacimiento, a mí me salió Kristel Ralston, no la conocía y me puse a investigar. Su estilo es similar al mío, ella es de nacionalidad ecuatoriana, pero sitúa a sus personajes en grandes urbes, sus protagonistas tienen apellidos estadounidenses y se caracterizan por ser fuertes (por lo general, la chica es de carácter igual que mi Kim y el hombre es un sexy idiota como Raimundo) y sus finales son felices (no les voy a mentir, odio las tragedias, soy partidaria de los finales felices y casi siempre mis novelas concluyen bien, mi lema es: Si deseo ver una tragedia, enciendo las noticias o leo el periódico). Pues si sus destinos amorosos quedaran en mis manos... sólo cuenten que les pondría a una persona para amargar sus vidas como Jack (es lo que nos diferencia a Kristel y a mí).

¡Uf, el capítulo se me hizo largo y prometí que iba acortarlos! Me despido rápido. No se olviden de que tienen una cita la próxima semana, malvaviscos asados, si nada de lo que vieron hasta ahora les impresionó estoy segura que lo que viene a continuación los dejará aturdidos. Esperaré impaciente que me hagan llegar sus comentarios. Dudas y sugerencias son bien aceptadas. ¡Cuídense señores, nos vemos en el próximo capítulo!