Jalooooooo. A las que quedéis aún por ahí, escondidas entre las sombras y el polvo que está cogiendo esto porque tardo mil años en actualizar, lo siento. Y lo siento más porque no subo porque se me olvida, porque tengo el fic casi terminado escrito xDD En fin, my bad.
Éste capítulo, que no es excesivamente largo pero sí bastante moñas, se lo dedico a AriFloynter por su cumpleaños, y espero que le guste tanto como a mí me gustó escribirlo. There you go :3
Parte XXIV.
Dougie envidiaba a Danny en algunos aspectos, sobre todo el que hacía referencia a la familia. O quizá sería mejor decir que envidiaba la familia que Danny tenía, no a él directamente. Lo cierto era que no envidiaba la existencia del pecoso porque no había nada que envidiar: apenas tenía los estudios básicos, carecía de trabajo u opciones de futuro, su padre había sido asesinado delante de él cuando sólo tenía quince años y sus leves pero crecientes entradas evidenciaban que sería un hombre calvo antes de llegar a los cuarenta años. No, lo que envidiaba era su familia, el calor tan natural y distendido que siempre respiraba en el hogar de los Jones, y de vez en cuando, en aquellas tardes que solía pasar con ellos cuando las cosas iban más o menos bien, su mente se dispersaba y se perdía partes de la conversación que estuvieran manteniendo porque se centraba en advertir las diferencias entre su propia familia y la de Danny.
Kathy era una mujer joven y vital para todo lo que había sufrido. No sabía su edad, pero no debía tener más de cuarenta y cinco años y, sin embargo, aparentaba al menos diez más. Según Dougie tenía entendido, Alan, el padre de Danny, y ella, se conocieron accidentalmente y se enamoraron para sorpresa de todos. Kathy era una estudiante de enfermería con mucho carácter y Alan el futuro heredero de la humilde relojería de su padre, fanfarrón como un coche de carreras. Eran vecinos de un pueblecito al norte de Alemania, Goch, y dos años y medio después de que Kathy le hiciera una brecha al tirarle un globo lleno de arena a la cabeza, nacía Victoria. Se instalaron en Munich cuando Danny era un bebé, en busca de prosperidad, y durante un par de años su vida pareció sacada de un cuento de hadas. Una familia humilde, unos hijos sanos, un matrimonio intachable, hasta que la guerra los saludó desde la esquina. Pero ni siquiera los cada vez más abundantes problemas sociales y restricciones impuestas por el gobierno hacían mella en su relación, sólo la afianzaba. Igual ocurría con respecto a sus hijos, estrechaban lazos, se hacían indestructibles.
Había momentos en los que Dougie escuchaba a Vicky hablar de su padre y veía en sus ojos, al calor del fuego de la chimenea, el brillo delator de la admiración. Era su héroe, un hombre que en toda su vida sólo había arreglado un par de relojes, diseñado algunos otros, y amado a una sola mujer. ¡Un héroe! Y era en esos momentos en los que su mente comparaba a su propio padre con Alan. Alan no había empuñado un arma en toda su vida, pero jamás sería recordado como alguien grande. En cambio, Gary ya había dejado su granito de arena en la historia del mundo, un granito que, según él mismo, pesaba mucho. Dougie pensaba que a ese grano se lo llevaría el viento y moriría sepultado por miles de granos igual de vulgares, que lo que cuenta, lo que perdura a lo largo del tiempo, son las acciones. Y en ese aspecto, las de Alan eran mucho más perecederas que las de su padre.
Podría decirse que así fue cómo aprendió a idolatrar también él a alguien a quien ni siquiera había conocido. Le hablaban tanto y tan bien de Alan que envidiaba no ser su hijo, no haber crecido en ese ambiente humilde y libre. Seguramente habría tenido que hacerse cargo del negocio familiar, o le habrían inculcado el amor por la relojería desde pequeño, pero también estaba seguro de que sí él hubiera sido su padre, le habría dado carta blanca para estudiar lo que quisiera y dirigir su vida hacia donde sintiera que debía hacerlo. Le habría dado la oportunidad de vivir una vida feliz.
Y ahora todo lo que tiene es una herida en el costado derecho que no termina de cicatrizar y que sangra ante el más mínimo movimiento.
- ¿A dónde cree el señorito que va?
Dougie sale de su ensoñación, pegando un pequeño respingo ante la repentina pregunta de Vicky, y la mira sorprendido. La pelirroja está apoyada en el marco de la puerta y porta una sonrisa en sus labios, amplia y entusiasta. Parece contenta.
- ¿Y esa sonrisa? – inquiere él a su vez, ignorando la pregunta de Vicky a propósito.
- Es lo único que me queda en estos tiempos, querido. ¿Dónde vas?
- Al baño – miente, aunque no del todo.
Está intentando levantarse de la cama, pero todavía se marea cuando pierde la horizontalidad ya que su equilibrio sigue perjudicado. Hace dos días que salió de la inconsciencia y todavía se siente bastante embotado, agarrotado e incómodo. No está en su casa y no le gusta que cuiden de él, que le traigan el desayuno, comida y cena a la cama como si estuviera en un hotel y le hablen como si fuera de la familia, porque no lo es, y lo sabe. Sabe que es un intruso que está agotando sus reservas de comida, ocupando una cama que no es suya mientras Danny duerme en el sofá del salón, y despertándolos por la noche con sus gritos de estúpido psicópata desquiciado por la guerra. Ops, ¿no había mencionado esa parte? Lleva dos días y dos noches sufriendo extrañas y sórdidas pesadillas, tiene miedo de quedarse dormido por la noche, o después de comer, o despistarse y echarse una pequeña siesta ocasionada por el cansancio, porque siempre termina soñando con lo mismo. El niño. El niño en cuya cabeza él metió una bala. Aquél crío se aprovecha de sus sueños para pagarle con la misma moneda. Llega, le sonríe, apunta, y dispara. Y el sonido del tiro resuena en su cabeza como un grito en el vacío, hasta que es él mismo quien grita.
- ¿Necesitas ayuda?
- Espero no necesitarla – musita él, una sonrisa adivinándose en las comisuras de sus labios. – Sería un poco embarazoso.
- Puedo avisar a Danny.
- Sería más embarazoso aún.
- ¿Todavía estáis así?
El rubio se encoge de hombros por toda respuesta y se apoya en el metal de la estructura de la cama para poder ponerse en pie. Inmediatamente, Vicky acude a su lado y lo mantiene erguido, sujetándolo por el brazo mientras espera una contestación.
- No puedo obligarle a hablarme.
- Cierto, pero yo sí. ¿Es que sois tontos? No respondas, está claro que lo sois.
- Vicky.
- Dios mío, a Danny casi le matan al ir a buscarte a tu casa y tú casi mueres por protegernos. ¿Os tengo que hacer un croquis para que os deis cuenta de que estás hechos el uno para...?
- ¿Hacer daño al otro? – interrumpe, reescribiendo la frase. – Déjalo, de verdad. Está todo bien. Lo importante no es lo que se hace, sino por qué se hace, y lo que hice, lo hice por protegeros. Misión cumplida.
- Estás siendo muy injusto contigo mismo.
- La justicia no existe, Vic. Tú deberías saberlo mejor que nadie.
Con paso trémulo y lento, Vicky conduce a su paciente al pequeño baño, el cual se encuentra, gracias a Dios, en el mismo pasillo que el dormitorio de Danny, y archiva como tarea pendiente hablar con el cabeza hueca de su hermano para que arregle lo que tiene que arreglar, o lo hará ella, y sus métodos no le gustarán a nadie.
- ¿Sería mucho pedir darme un baño? – el alemán alza una ceja, adoptado una expresión infantil y tierna, mientras mira la bañera con anhelo. No sabe cuánto tiempo lleva sin bañarse pero sabe que lo necesita. Y todo aquel que se acerque un poco a él lo sabrá también. - ¿O es malo para la herida?
- No creo que lo sea, pero por si acaso, no te quites el vendaje. Le diré a Danny que suba a ayudarte, no quiero dejarte solo y que te pase algo.
- Será una broma, ¿no? Vicky... ¡Vicky!
Se ha ido. La puerta del baño queda cerrada tras su salida y el pequeño resopla, haciendo que su flequillo flote frente a él unos instantes para caer luego con pesar. Tiene el pelo sucio y huele mal, pero la perspectiva de que Danny le ayude a bañarse es de todo menos atractiva. Bueno, lo cierto es que un poco atractiva sí es. Imaginarse a sí mismo dentro del mismo baño que el pecoso, con agua caliente rodeándolos, y espuma, y ese olor a menta... No, no es para nada atractiva.
Pero cuando la puerta vuelve a abrirse, sin pedir permiso, y ve cómo un aún enfadado Danny aparece por ella, las rodillas se le vuelven gelatina y tiene que sostenerse contra el lavabo para no caer de bruces contra el suelo.
- Vic dice que te quieres bañar.
- Sí...
- Esto no es un hotel.
Zas. Dougie advierte cómo sus manos solitas se van cerrando en dos puños en torno al mármol del lavabo, y observa a Danny dar dos pasos hacia él. Sus labios están prietos el uno contra el otro, igual que sus cejas, y no parece estar de muy buen humor.
- Ni yo soy tu sirviente.
- Le he dicho que no te necesito, puedo bañarme yo solo.
- Perfecto. No te ahogues.
Y tal como ha hecho su hermana, desaparece. A los Jones se les da de perlas huir de situaciones incómodas...
Cuando se encuentra de nuevo sólo, se olvida de su propia debilidad y movido ahora por la ira, se aproxima a la bañera para abrir el grifo de agua caliente al máximo, dejando que ésta corra y llene el baño de un cálido vaho mientras se quita la ropa, pero no llega a hacerlo porque su cabeza da vueltas y los contornos ardientes de la herida le muerden el raciocinio, doliéndole como si no hubiera pasado una semana desde que resultó herido. Sus rodillas impactan contra el suelo antes de tener tiempo de sujetarse de nuevo al lavabo y el codo derecho amortigua la caída, clavándose contra las costillas con dureza y pintando gotitas rojizas contra la venda que recubre su vientre.
El grito queda ahogado en su garganta, y las lágrimas no terminan de salir de sus ojos cerrados. Duele tanto que le corta la respiración durante unos segundos en los que intenta recuperar el control de su estúpido e inútil cuerpo, y cuando trata de levantarse del suelo, siente cómo unas manos se posan bajo sus axilas y le elevan con ligereza y sin esfuerzo.
- ¡Puedo solo! – grita. Se lo grita a la nada, aunque sabe que es Danny quien se encuentra detrás. Reconocería su respiración incluso después de muerto - ¡He dicho que no necesito tu ayuda!
- Te está sangrando otra vez la herida, Doug...
- ¡¿Y qué?! ¡Que sangre! ¡Maldita sea, que sangre todo lo que quiera, así me muero de una maldita vez!
Vuelve a trastabillar con sus propios pies en un intento por alejarse de Danny y la frustración colapsa su cuerpo, rezuma por sus poros y esas lágrimas terminan por caer por sus mejillas. Y ahora, además de inútil, se siente ridículo.
- Doug, no pasa nada, sólo necesitas recuperarte.
- ¿Te he pedido consejo? Además, ¿desde cuando hablamos? – el grifo sigue corriendo y Dougie tiene que cerrarlo antes de que el agua rebase el borde de la bañera, y dicho movimiento hace que la herida sangre un poco más y una de sus manos viaje a su costado derecho veloz como un rayo – Creía que ya no éramos amigos. No, ¡qué estoy diciendo! ¡Nunca hemos sido amigos!
- Eso no significa que deje de preocuparme por ti.
- ¿En serio? Porque no lo parece. ¡Y quítate de en medio!
Con las escasas fuerzas que alberga, cuesta creer que haya podido pegarle tal empujón, pero la rabia le corre por las venas porque lleva dos días consciente en la misma casa que Danny, su Danny, y ni siquiera puede tocarle. Porque le ha echado de menos más de lo que pensó que echaría de menos jamás a nadie, y no puede decírselo, porque no le creería. Ni puede pedirle disculpas, porque no las aceptaría, ni puede decirle que le sigue queriendo como antes, con sus peroratas romanticonas y sus rizos despeinados, con su risa de gallina loca y sus chistes malos sobre gabachos. No puede decirle que estaría dispuesto a volver a hacer lo que hizo por él una y otra vez. ¿De qué le serviría si ya no confían el uno en el otro?
Así, malhumorado e intentando demostrarle que no le necesita tanto como lo hace, se saca las zapatillas de estar por casa (que no son suyas y le vienen grandes) con dos rápidos zapatazos y el contacto con las frías baldosas del suelo le hace tiritar. Su visión se nubla unos segundos y tiene que apoyarse contra la pared de nuevo. Estúpido, estúpido y estúpido.
- Déjame a mí – se ofrece el rizoso de nuevo, y puede que sea por el dolor, por la esperanza o porque el mundo está más patas arriba que nunca, pero Dougie podría jurar que ha leído una ternura infinita en su mirada. – Por favor.
El judío decide saltarse las órdenes del enano y las suyas propias de no hacer nada que pueda ser beneficioso para el alemán, pero es que ya no puede soportarlo más. Dos días sin mirarle, hablarle, o tocarle después de tanto tiempo separados, es una tortura para él, una tortura autoimpuesta, lo cuál es aún peor.
El relato del asesinato a aquel niño judío le heló la sangre en las venas y desde entonces su mente se esfuerza por ver a Dougie como un maldito nazi asesino, alguien capaz de matar a un crío sólo por deber. Pero es muy difícil. Sólo tiene diecisiete años y es incapaz de dar dos pasos sin marearse, está asustado, exhausto, se siente culpable, y está sólo. Lo ha perdido todo. Ya ni siquiera duerme por las noches. ¿Es ese el perfil de un asesino? Cuesta creerlo, y ahora quien se siente culpable es Danny. Dougie dijo que lo que hizo, lo hizo por protegerles, y aunque al pecoso se le ocurren mil maneras distintas de proteger a una persona sin tener que matar a otra, puede llegar a entender a qué se refiere. Con esfuerzo, con conversaciones, podría llegar a entenderlo. E incluso sin entenderlo, se ha dado cuenta de que quiere a ese estúpido alemán tanto que podría convertirse en una persona injusta por él, podría perdonarle todo, o prácticamente todo, sólo por poder besarlo una vez más. Y no le importa lo poco imparcial que eso suene a los ojos de los demás, porque los demás jamás verán las cosas como él lo hace.
Por eso, cuando sus manos alcanzan el tembloroso cuerpo de Dougie y sus ojos azules establecen contacto con los húmedos ojos verdes de él, vuelve a sentir eso que creyó perder un mes atrás. Esa conexión tan suya. Seguramente todos los enamorados digan ese tipo de tonterías, pero en ese instante siente que todas son verdad. Casi puede leerle la mente a través de los ojos, como si los límites de lo físico y lo mental se hubieran diluido entre ellos y pudiera dar un paseo por los rincones de su cerebro, conocerlo todo, todo sobre él, como contemplar un lienzo en un museo. Ve los trazos del artista que cinceló a Dougie, y es un cuadro nuevo y distinto al que podía apreciar antes. Ahora hay tiznones negros. Bajo la pintura clara, pura e infantil de meses atrás, ahora hay pinceladas de grises y negros como el carbón, hay trazos que inspiran dolor y angustia, curvaturas de dolor, pliegues de ansiedad, y una profunda sensación de agonía. Ha pasado de ser como un precioso Monet a un oscuro Rembrandt.
Y como cuando se visita un museo, el tiempo se derrite en los relojes cuando sus dedos se hacen con los botones de su camiseta de pijama y los desabrochan con delicadeza hasta que ésta abandona el cuerpo de Dougie. Y el escalofrío que le recorre la espalda no es por la falta de protección, sino porque, accidentalmente o no, las yemas de Danny le han rozado los hombros y puede jurar que mataría por volver a sentirlas. Figuradamente hablando, claro. No quiere más muertes en su conciencia.
Y aunque ha dicho que no necesita su ayuda, en cuanto deja a Danny al mando, se da cuenta de que ahora mismo es todo lo que le queda en el mundo, y al mismo tiempo, no es nada. Ellos ya no son nada y él no debería estar allí, no es su lugar, y quedarse sólo le hace sentir parte de algo a lo que en realidad no pertenece. Otra vez. Otra vez encontrándose en el lugar equivocado, con las personas equivocadas, irradiando nada más que dolor. Porque de un modo u otro, está seguro de que aunque Danny le ayuda, sólo lo hace por compasión. Oh, esa odiosa palabra. Cuánto le gustaría que le estuviera desnudando con la pasión típica de antaño, como en esas veces en que se excedían y parecían devorarse el uno al otro consumidos por algo que no habían experimentado nunca. Le encantaría que volviera a mirarlo como antes, a besarlo, a hacerle sentir diminuto. Como un granito de arena, pero uno de los importantes, de esos que brillan en medio de la playa y compiten con la luz del agua.
Y sin embargo, todo lo que obtiene son movimientos mecánicos, fríos, respetuosos. Sí, necesita que Danny sea irrespetuoso con él. Ahora, justo cuando sus dedos se enroscan con la gomilla de sus pantalones y tiran de ellos hacia abajo, necesita que no aparte la mirada de su cuerpo como si le diera vergüenza observarle. Necesita que le toque donde quiera, cuando saca los pantalones de sus tobillos y sus manos le acarician los gemelos, necesita que sigan ese camino y asciendan. Que le queme como le quema la condenada herida que no deja de sangrar. Y que le bese donde quiera y donde no le ha besado nunca nadie. Está harto de su respetuosidad.
Casi se ahoga cuando vuelve a la Tierra tras esos pensamientos y recala en la mirada de Danny fija en sus ojos. Le lleva un par de segundos descifrarla, pero parece estar pidiéndole permiso para desprenderle de la única prenda que le queda en el cuerpo. ¿No dicen que la falta de respuesta es una respuesta en sí misma? Dougie no contesta a esa pregunta muda, y deja que sea Danny quien interprete su silencio; así le ayudará a saber si sigue sintiendo algo por él, si él también quiere ser irrespetuoso.
- Creo que puedes seguir tú... –musita Jones, y sus mejillas se tiñen de un rojo tan fuerte que chirría.
- Quiero que lo hagas tú.
Podría sonar como una orden si no fuera porque prácticamente ha sido una súplica. Con la puerta cerrada, nadie podría haberlo oído más allá de donde ellos se encuentran. Irrespetuosidad, osadía, atrevimiento. Eso es lo que quiere...
... Eso es lo que obtiene.
Siente dos dedos colarse entre la tela de su ropa interior y la piel y su interior se revuelve. Ya no le importa si la herida sigue sangrando o no porque ahora el ardor se ha desplazado a otro lugar, o sería mejor decir que ha colonizado todo su cuerpo. Danny se agacha, y se lleva consigo la única prenda que resta por decorar el suelo, pero no observa nada en concreto. Aparta la mirada cuando la prenda deja al descubierto esa parte del cuerpo del pequeño y vuelve a ponerse en pie inmediatamente, ruborizado, nervioso y desatalentado.
- Listo. Ten cuidado con el agua.
- Dan...
Las pestañas del mayor de ambos aletean unos instantes en el aire antes de atreverse a elevar sus ojos hacia el propietario de la voz cuya súplica ha enviado escalofríos a cada rincón de su razonamiento y cuando reúne el valor suficiente para hacerlo y el vaho es la única sustancia que se interpone entre ellos, descubre que desea un imposible. El imposible de que todo vuelva a ser como era antes. Y todo el mundo sabe que los imposibles se llaman así por algo.
- Estoy fuera por si necesitas algo.
Y tal y como ha hecho un par de minutos atrás por primera vez, desaparece del baño como una exhalación, rompiendo la burbuja del momento, la tensión del deseo, y las esperanzas del futuro.
Al regresar al dormitorio, el frío del cuarto envuelve cuerpo semi desnudo de Dougie y le provoca un escalofrío que va en consonancia con el estado interior del mismo. Siente que todo le tiembla, no sólo las manos como efecto secundario por la herida del vientre, sino también algo que no puede detener, algo íntimo. Es como si el alma le tiritara sin tener frío, como si tuviera miedo aún sin haber amenaza palpable. Pero sólo necesita ver por el rabillo del ojo cómo la puerta se abre tras su entrada y Danny se cuela por ella para saber a qué se debe esa inquietud, y la respuesta aparece clara en su mente.
- ¿Te importaría dejarme algo de ropa? – le pregunta al pecoso, tragándose el orgullo ya que sabe que de poco le va a servir. Sin embargo, el contacto visual es mínimo y vacilante. – No sé qué hicisteis con la que llevaba cuando llegué.
- Tiramos la mitad. Estaba sucia y medio rota, pero conservamos tus pantalones.
- ¿Me los puedes dar?
- ¿No prefieres un pijama? No me importa dejarte otro.
El menor niega con la cabeza, y nota los mechones húmedos pegarse a su frente, pero no añade más respuesta. Tampoco es que Danny insista mucho en saberla, sino que se limita a asentir con neutralidad y aproximarse a su armario, extrayendo de él una de sus camisas más pequeñas para que pueda valerle a Dougie, un jersey, y los pantalones que el pequeño trajo cuando casi muere entre sus brazos. Llegó sucio, deshidratado y roto, y él mismo se encargó de lavarlo, cuidarlo y velar su sueño, pero no ha llegado a recomponer las piececitas más pequeñas. Esas siguen rotas, partidas, flotando en el cerebro del rubio, y sabe que sólo precisaría de un abrazo para juntarlas todas de nuevo y volver a tener al Dougie que quiso, pero siempre hay piezas que se pierden, y no puede arriesgarse a, valga la redundancia, arriesgarse a romperse también él en el intento.
Le tiende la camisa y el jersey para que se los vaya enfundando mientras comprueba por sí mismo que los pantalones estén bien limpios y no haya rastro de polvo, metralla o cualquier tipo de partícula que pueda hacerle daño. Y mientras sacude las perneras con brío, vertiendo en los pantalones toda la rabia que guarda dentro, algo cae ligeramente de uno de los bolsillos: el lazo rosa que se puso en la cabeza para simular ser el regalo de cumpleaños del enano, un cumpleaños que tuvo lugar más de tres meses atrás, tras el cuál han pasado muchas cosas, y sin embargo, el lazo sigue allí. Debió lavarse sólo cuando lavaron los pantalones, porque está limpio e intacto, como si lo hubieran cuidado con mimo.
Y aunque le gustaría sacarlo del bolsillo, enseñárselo a Dougie y hacerle ver que sabe que lo conserva, se contiene. Lo devuelve a su sitio y le entrega al pequeño los pantalones para que termine de vestirse. Sabe perfectamente qué significa que atesore aún un objeto tan aparentemente pequeño y banal porque para él aquel reloj o aquella foto o todos los recuerdos que guarda siguen teniendo mucho significado. Es muy difícil desprenderse de los recuerdos, sobre todo cuando son tan dulces como los suyos.
- ¿Y mis zapatos? – inquiere el alemán una vez está completamente vestido. El jersey le viene grande, obviamente. Es ese jersey que Vicky confeccionó especialmente para su hermano como regalo de cumpleaños, y hace juego con sus ojos, pero las mangas le vienen tan grandes que se ve obligado a doblárselas.
- ¿Para qué quieres los zapatos?
- Bueno, no querrás que vuelva a Munich descalzo, ¿no?
- ¿Te vas?
Da un par de vueltas más a los puños del jersey, casi con profesionalidad y alza su rubia cabeza para poder mirarlo a sus ojos añiles, y aunque esperaba encontrar sorpresa, lo que obtiene es dolor. Y decide que no entiende nada, que Danny lleva dos días sin hablarle, sin pasar tiempo con él, sin demostrarle una mínima correspondencia en sus sentimientos o si éstos siguen un poco vivos, y cuando se le ha ofrecido descarada y abiertamente en el baño, lo rechaza. ¿Alguien puede explicarle qué está pasando?
- Tengo que buscar a mi familia.
- ¿De verdad? ¿Llamarías familia a alguien que te manda a la guerra sin ningún pudor? Todavía no te has recuperado, no puedes ponerte en ese riesgo por alguien que...
- Danny, me da igual. Son lo único que me queda. En caso de que sigan vivos, claro. Y si no, regresaré a Nuremberg. ¿Y mis zapatos? ¿Los tirasteis también?
- No – y el monosílabo expresa tanto pesar como agonía. – Ahora te los traigo.
Las gracias mueren en los labios del pequeño sin que Danny pueda oírlas. Se deja caer en el colchón mientras espera que el pecoso cumpla su palabra y se lleva una mano al costado derecho, el cual ya no le importa si sangra, se cierra o se auto regenera, le da igual lo que le ocurre porque en realidad no va a buscar a su familia. Ya no tiene familia, la suya le abandonó un mes atrás mandándolo a Nuremberg, pero no puede quedarse allí de prestado. No es igual que cuando pasaba allí las noches, arrebujado bajo el calor de las mantas y junto al cuerpo de su Danny y se sentía parte de todo aquello. Es como intentar meter la pieza de un rompecabezas a presión en un hueco que no es el suyo. No hay manera por mucho empeño que le pongas.
Y aunque no se da cuenta, y ya no sabe si es por el lacerante escozor de la herida o porque la guerra no ha conseguido endurecerle tal y como su padre quería, empieza a llorar ante la perspectiva de abandonar esa casa para siempre y regresar a Munich en busca de algo que no sabe dónde se encuentra, si hallará, o si por toda respuesta encontrará el silencio de una ciudad que se cae a pedazos.
- Aquí tienes. ¿Estás bien?
La voz de Danny le saca de sus pensamientos y siente esa aura que sólo él maneja absorbiéndolo por completo como le absorbió cuando se conocieron, cuando recibió el primer beso de toda su vida de sus labios, o cuando durmió con él por primera vez. A decir verdad, su vida está plagada de primeras veces con Danny, y se le ocurren otras mil primeras veces que le gustaría disfrutar con él, pero se les acabó el tiempo hace cuatro semanas y ahora está disfrutando de las migajas de una ensoñación que debería haber muerto con él en aquellos campos de Nuremberg.
- Doug...
- Estoy bien. Es la herida... No sabes cómo escuece – y ya ni siquiera sabe a qué herida se está refiriendo. Recoge sus zapatos de manos de Danny y con una mirada rápida advierte que también los han limpiado y les han dado brillo, los han dejado impolutos, como si fuera a participar en un elegante baile, aunque ahora mismo podría bailar con la muerte, y no es buena idea pisarle los pies a alguien que juega con tu vida. Deposita los zapatos en el suelo y se dobla en dos sobre sí mismo para llegar a sus propios pies, en un intento por ignorar la presencia de Danny y el hecho de estar seguro de que el pecoso puede oírle llorar y no mueve un músculo por consolarle. Pero él sí encuentra consuelo, a pesar de haber perdido a Jones, a pesar de haber salido mal parado de aquella guerra, a pesar de haber vivido un infierno en su estancia en Nuremberg, a pesar de todo, ha conseguido mantenerlo a salvo, alejar el peligro de él y su familia. Es un héroe, aunque se sienta como el mayor villano de todos los tiempos. Y el más inútil, porque está seguro de que hasta los criminales más buscados eran capaces de atarse los cordones y él, entre las lágrimas y lo poco estables que son ahora sus manos, no atina ni con el método tradicional, ni con el que su tía le enseñó cuando tenía cinco años, ese de las orejitas del conejo. – Joder...
- Sabes que no tienes por qué irte tan rápido. Puedes quedarte hasta que se te cure la herida.
- ¿Y después, qué? – repite, sin llegar a mirarlo, aun sabiendo que Danny se ha acuclillado delante de él, demasiado cerca dadas las circunstancias, y que intenta hacer contacto visual. – Tendré que irme de todos modos... Prefiero hacerlo ahora y no retrasarlo más.
- Doug, vamos...
- ¿Me vas a decir que no quieres que me vaya? Que no te molesto aquí.
- Yo no te estoy echando. Y no digas que molestas.
- Tampoco soy bienvenido. ¿Podrías ayudarme con los zapatos, al menos? ¡Ni siquiera sirvo para esto!
Y algo chiquitito, algo muy, muy chiquitito, se rompe en ese instante en el corazón de Danny. Sabe que es imposible, porque es un órgano perfectamente físico y anatómico, con un funcionamiento estudiado por la ciencia y una estructura definida, pero podría jurar como que después de la noche llega el día, que algo se le ha roto ahí dentro al contemplar los ojillos verdes de Dougie cargados de lágrimas y de sufrimiento. ¿Será eso lo que la gente llama vulgarmente "que se te rompa el corazón"? ¿Se puede sufrir tanto, tanto, tanto, que el corazón se rompa, físicamente, en algunos aspectos?
Puede que sea por eso, por el bien del órgano que bombea su sangre, o porque, diablos, le quiere, le echa de menos y no soporta verle tan perdido, por lo que deja a un lado los zapatos y se sienta sobre el colchón, al lado de su enano, porque vuelve a ser suyo, y lo abraza con una fuerza bruta que bien podría hacer que se le saltaran todos los puntos, se desangrara por la herida y muriera entre sus brazos. Hay tanta fuerza, tantas cosas no dichas y tantas que quedan por decir, que está seguro que no tendrá tiempo suficiente para aprovecharlo con Dougie aún sobreviviendo a aquella guerra. ¿Cómo le dijo una vez? "Pasaría toda mi vida contigo", ¿y qué si toda una vida no es suficiente? ¿Y qué si ya han perdido demasiado tiempo? ¿Será capaz de recuperarlo?
- Quédate – le pide, sin separarse. Se lo suplica. Ya no huele a limón, huele a él, ahora los dos huelen a lo mismo, y aunque su cuellecito no le traiga los mismos olores, tenerlo de nuevo con él es mejor que cualquier cosa. Lo último que puede hacer es permitir que se vaya, aunque para ello tenga que tragarse el orgullo, reconocer debilidades o pedir perdón. Arriesgarse, arriesgarse a que vuelvan a romperle el corazón, porque al fin y al cabo de eso trata el amor, ¿no? De hacer lo que sea por la otra persona. Y Danny haría casi cualquier cosa por Dougie. – Quédate un par de días. Si después de una semana sigues queriendo ir a buscar a tu familia, yo mismo te acompañaré, pero quédate. Al menos hasta que estés recuperado del todo. Por favor.
- ¿Y después?
- ¿Qué más da el después? ¿Por qué no podemos vivir el ahora?
- Porque yo ahora no sé lo que quiero.
- Yo sí, enano. Yo sí. Lo sé desde hace mucho.
- ¿Un perrito? - se escucha la pequeña carcajada de Dougie y parece que los cielos se abren y sale el sol sólo para ellos dos. El enano está riendo, poco y breve, pero Danny había comenzado a olvidar el sonido de su risa, y le encanta haberla recuperado.
- No tienes que ir a buscar a nadie, Doug – dice, y retira de sus mejillas las lágrimas que empañan su expresión, sombría y de profunda tristeza. No quiere más oscuridad en esa carita. – Y olvídate de volver a Nuremberg. Estás loco si te crees que te voy a dejar irte.
- No parecías muy dispuesto a detenerme, estaba empezando a pensar que tendría que llevar la farsa hasta el final.
- Eres peor que una mujer, ¿sabes? – le riñe, aunque en las comisuras de sus labios se adivine una sonrisa.
- Por eso estás loco por mí.
Y bien podría intentar volver a negar la evidencia, tal y como hizo dos días atrás, pero ya no tiene sentido y lo mejor que puede hacer es suspirar, soltar todo el aire en un profundo suspiro agotado, y volver a respirar aire limpio y que sabe a Dougie, a su sonrisa y a su presencia.
- Ahora nosotros somos tu familia, Doug.
Una sonrisa comienza a subirle a la cara al alemán, paulatinamente, hasta que se adueña de sus labios y hace a Danny alzar una ceja en señal de duda. Está sonriendo, pero sigue llorando. Es como cuando llueve y sale el sol al mismo tiempo. Como si Dougie fuera un fenómeno atmosférico. Como los fuegos artificiales del principio.
- ¿No me odias?
- Bueno, tengo que reconocer que cuando te fuiste pegándome un puñetazo no te guardaba mucho cariño, pero...
- Maté a un niño, Dan. No intentes ignorarlo. No tienes motivos para quererme.
- Vamos, me trajiste naranjas y me regalaste un libro en un idioma que no conozco. Eso no lo ha hecho nadie por mí antes – sacude la cabeza y sus rizos se mueven en concordancia, bailando ante los ojos del pequeño, que no puede evitar extender la mano que no se encuentra entre las de Danny, y enterrar los dedos entre esos bucles rebeldes que tanto ha echado de menos. – Ojalá pudiera haber estado allí contigo, enano.
- ¿Para qué? Habríamos sufrido los dos. Tú no te merecías aquello.
- ¿Y tú sí?
"Yo ya no sé qué es lo que merezco".
Dougie simplemente esboza una sonrisa partida, algo vergonzosa, como si fueran dos extraños que se están conociendo por primera vez y no dos amigos que se redescubren el uno al otro en las cicatrices que una época tan turbulenta como la suya es capaz de dejar en las personas. Descubrirse en los nuevos tintes desilusionados de las sonrisas, como quitarle la venda de los ojos a alguien que ha sido voluntariamente ciego toda la vida y enseñarle la luz de un mundo macabro. Reconocerse en el brillo de una mirada cubierta del polvo de la guerra, y ver que, más allá de las heridas, estallidos y disparos de balas, sigue habiendo un corazón más o menos puro, más o menos vivo, y que sólo es cuestión de tiempo, conversaciones hasta altas horas de la madrugada o miradas mudas, que ese vínculo vuelva a establecerse. No dejar que la luz se apague.
Por eso, cuando es el beso el que responde por ambos, ninguno de los dos es consciente de estar entregándose a otra persona, porque en toda relación hay un rastro de miedo, una pizca de temor a perderse a uno mismo en detrimento del otro, de dejarse ganar, siempre hay ciertas reservas. Por eso, ese beso es como un halito de vida, como una gota de aire en medio del inmenso mundo. Como compartir algo muy grande y muy especial con la persona correcta, la única persona que sabes que, lo que tú sientes en ese momento, también lo siente ella. Esa es la magia de un amor verdadero, que ambos están igual de enamorados, pero ninguno está dispuesto a reconocerlo.
Cuando el beso se rompe, Danny siente en el rastro húmedo de sus labios que acaba de recuperar a Dougie, al que él quiso, el Dougie pequeño, lleno de vida y de sueños y de metas por alcanzar. Y aunque no lo ve, el alemán siente que se recupera a sí mismo al sentir que vuelve a pertenecer a algún lado, y su mano viaja al bolsillo de su pantalón y acaricia con dedos trémulos el tacto rugoso del raso del lazo rosa y sólo tiene que musitar dos palabras para saber que ese vínculo, esos fuegos artificiales, no desaparecieron nunca.
- Estabas conmigo.
Meeeh, les toca ser un poco ((muy poco)) felices, ¿no?
Y ahora es cuando me rebajo e invoco y suplico a las lectoras que no pasen desapercibidas, que desmotiva muchísimo, en serio. ¿100 visitas y sólo 4 comentarios en el último capítulo? Creo que me merezco algo más, ¿no?
Que tengáis feliz semana aunque no os la merezcáis... Es bromita, ¡feliz domingo! :D
