Fragmento por Cait

[Saillune]

Los pasos apresurados de Cait resonaban por los vacíos pasillos de palacio. Corría lo más rápido posible hasta el punto de que parecía que iba a salirle el corazón por la boca, y aun así, no le parecía suficiente. Los recintos de generación mágica para las barreras estaban bajo tierra y eso implicaba bajar un montón de escaleras y tenía la sensación de que no iba a llegar nunca.

Estaba solo, Akira había preferido quedarse con Wil al verla tan afectada. Y la verdad es que la situación no le gustaba nada, dos agentes de los demonios infiltrados podían causar mucho daño... Cuando la enorme puerta que buscaba apareció al girar un pasillo, vio a dos guardias delante que parecían ajenos a cualquier posible conmoción. Maldijo entre dientes al ver que posiblemente había perdido el tiempo, pero ni Wilbur ni Zarathos habían activado sus gemas, y mejor sería asegurarse del todo.

– ¡Abrid la puerta! - les gritó mientras llegaba -Hay dos demonios infiltrados y los generadores pueden ser uno de sus objetivos.

Los guardias corrieron a abrir la compleja cerradura mágica, pero no hizo falta. La gema que tenía en la mano comenzó a calentarse hasta que notó que se resquebrajaba. Las fisuras que la habían agrietado brillaban intensamente y de repente la voz de Wilbur surgió entrecortada de la pequeña gema:

– ¡Venid! Donde Philionel, venid, ¡RÁPIDO! - La gema se fue apagando y al instante se hizo añicos.

– Maldita sea... - masculló entre dientes. – Dejadlo, no están aquí – les ordenó a los perplejos guardias que se habían quedado sin saber muy bien qué hacer – Que uno de vosotros avise a la guardia y envíen soldados a los aposentos del Príncipe, ¡vamos!

Y sin esperar ni un segundo más, concentró toda su energía en crear un escudo esférico de viento alrededor de él mientras recitaba mentalmente el encantamiento.

– ¡Alas de rayo! – exclamó cuando hubo terminado. Una gran corriente de aire se liberó a su alrededor, y al instante, tomó impulso y salió disparado por dónde había venido.

Si su maestra en Atlas le viera emplear aquel hechizo en un lugar tan cerrado, el castigo habría sido interesante. Pero no tenía más remedio. Las Alas de Rayo eran difíciles de controlar, y más aún en interiores, pero era la opción más rápida para llegar hasta las habitaciones de Philionel.

Aun así, en muchos de los giros, Cait se arrepentía de haber conjurado el hechizo, sobretodo porque acababa dándose más de un golpe en las paredes. Al menos no había nadie a estas horas, o eso parecía. En uno de los muchos pasillos inacabables divisó la figura de alguien corriendo en la misma dirección.

–¡Zarathos! – gritó.

El joven de ojos rojos se giró confuso al verlo venir a tanta velocidad, sin saber muy bien si esperarlo o seguir corriendo. No le dio tiempo a tomar una decisión, Cait llegó antes y lo cogió por las axilas, arrastrándolo con él en su temerario viaje.

– ¡¿No podríamos correr como todo el mundo?! – gritó Zarathos intentando mantener cierta dignidad, mientras un buen número de jarrones en pedestales caían al suelo y se hacían añicos debido a la estela de viento que dejaba el hechizo.

– ¡Ya llegamos, deja de quejarte! – respondió esquivando una lámpara de araña peligrosamente baja.

Tan pronto lo dijo divisaron la imponente figura de Philionel junto a Wilbur, con las espadas desenvainadas y con Akira revoloteando cerca de ésta última. Delante de ellos había dos desconocidas, y aunque la situación era tensa, por ahora solo parecían estar hablando. Una de ellas era semielfa y vestía con telas de cuero tintado de un amarillo desvaído. Parecía estar desarmada y las delicadas gafas que llevaba le daban un aspecto inofensivo, pero según había dicho Wilbur era una experta hechicera. La otra, parecía no tener más de quince años, lo cual chocaba absolutamente con su mirada resuelta y el pulso firme con el que sujetaba unos cuchillos de acero negro de aspecto mortífero. Cuando aterrizaron, ambos bandos se giraron hacia ellos pero no les prestaron demasiada atención.

– Estáis en desventaja, demonias malignas. – El Príncipe con su intimidante estatura blandía un mandoble a dos manos con tan sólo una. – Rendíos ahora y seremos magnánimos.

– Cállate, has tenido suerte de que esta traidora te avisara a tiempo o ya estarías muerto. – respondió la joven adoptando una postura de ataque – Vamos, Meiko, acabemos con esto de una vez.

– Calma, Shura. – respondió la otra con una voz suave y avanzó unos pasos lentamente como si no le diera miedo nada. De sus dedos parecían surgir chispas de electricidad estática de vez en cuando. – Ya que estamos en esta situación tan embarazosa, podemos aprovecharla y hablar un poco. – y su mirada estaba claramente centrada en Wilbur.

Ésta se removió dónde estaba y bajó la mirada. Cait y Zarathos se acercaron a su lado lentamente, empuñando sus armas dispuestos a atacar en cualquier momento.

– No hay nada de qué hablar – musitó ella finalmente.

Meiko sonrío felinamente, pero sus ojos reflejaban otra cosa. Shura chasqueó la lengua y la miró con un desdén casi palpable.

– No hay nada de qué hablar, Meiko, ya lo has visto.

– Oh, yo creo que sí. – replico la medio elfa de amarillo, su tono de voz era tranquilo y sosegado pero ponía los pelos de punta – Casi dos años. Eso es mucho tiempo, ¿no crees? Te acogimos, te tratamos bien, incluso conseguiste una buena posición. Eras prácticamente como una hermana. Confiábamos en ti. – ladeó la cabeza sin dejar de sonreír de esa forma - ¿Todo fue falso? ¿Todas las veces que te reías con nosotras era mentira?

Cait observó de reojo a Wilbur, mientras Meiko hablaba. No le estaba gustando un pelo la situación, pero al menos estaban ganando tiempo para que llegaran los refuerzos.

– Tu silencio responde por ti. – siguió Meiko apartándose un mechón detrás de la oreja puntiaguda. – Fuiste un doble agente en el sentido más literal de la palabra. Espiabas para los Clanes pero eso no impedía que te cayéramos bien, ¿a qué no? Disfrutabas con nosotras. Probablemente hasta llegaste a entendernos en muchas cosas.

– Mi… mi lealtad siempre ha estado con los Clanes Libres. Siempre. – respondió por fin Wilbur, aunque su voz no sonaba tan firme como quería.

– Tu lealtad tal vez. Pero tu corazón probablemente quedó dividido en algún momento. – replicó avanzando más hacia ella sin ningún miedo. – Vamos, intenta atacarme, estoy totalmente desarmada. Acaba conmigo.

– ¡¿Se puede saber qué estás haciendo, Meiko!? – gritó Shura desde atrás.

– Tranquila, Shura – musitó Meiko, indicándole con un gesto de la mano que no interfiriera. – Vamos. Mátame.

– N… no. No pienso matarte así, de esta forma. – Wilbur bajó la espada y la guardia un poco.

– Wilbur, no me gusta nada todo esto... – susurró Zarathos.

– Más bien, no puedes. – siguió Meiko – ¿Y por qué no puedes? Porque en tu interior sabes perfectamente que eres una maldita traidora. Y que la que merece morir realmente eres tú. – maulló felinamente mientras se daba la vuelta y con elegancia volvía junto a su compañera - Adelante, Shura.

– ¡CUIDADO! – gritó Cait justo antes de que la situación explotara.

Pero el grito de Cait no fue lo suficiente como para que Wilbur reaccionara. Uno de los cuchillos silbo con rapidez justo hacia ella y de no ser por la precisa lanza de Zarathos que lo desvío en el último segundo hubiera acabado entre ceja y ceja. Justo en ese instante, Meiko conjuró un haz de rayos que culebrearon a una velocidad endemoniada hacia Zarathos y Philionel, y el impacto los empujó contra una de las paredes.

Cait maldijo entre dientes pero no perdió el tiempo. Conjuró una flecha de Elmekia en su arco y apuntó apresuradamente a Meiko, pillándola por sorpresa. La flecha impactó contra su brazo, y por el alarido que dio, el daño causado en su plano astral había sido cuantioso. Pero no había tiempo para alegrarse por tiros certeros porque Shura, agraviada por la herida causada a su compañera, lanzó un segundo cuchillo hacia Wilbur con una rabia atroz y un grito que le heló la sangre.

Y Wilbur seguía sin poder reaccionar. Estaba como bloqueada, presa de una silenciosa lucha interior. Cait intentó correr hacia ella, pero sabía que no iba a llegar. El tiempo pareció dilatarse horriblemente, pero eso no hacía que su cuerpo se moviera más rápido. Y de repente un borrón amarillo con plumas blancas se interpuso.

Cait sintió el cuchillo como si se lo hubiesen clavado a él. Cayó de rodillas al suelo ante el cuerpo inerte de Akira, mientras la vista se le nublaba a causa de las lágrimas.