RENACIMIENTO

Por Mal Theisman

Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.

Y acá está el final del capítulo 16... espero que lo disfruten.

Capítulo XVI: Elecciones

(Parte II)

Sábado 3 de marzo de 2012

Resultó ser que la aparición inesperada de Rick en el SDF-1 aquella tarde y el maravilloso vuelo privado que él le diera en el VF-1D aportado por el Escuadrón Angel sólo fueron las primeras sorpresas del resto de aquel día; un día que de una manera u otra cambiaría por completo la opinión parca que Lisa Hayes tenía sobre el concepto del "cumpleaños".

De hecho, aparentemente Rick se había tomado el trabajo de pasar por la casa de la propia Lisa (entrando en ella con la copia de las llaves que la comandante Hayes le había dado) y de alistar todo el lugar para convertirlo en el sitio perfecto en donde terminar con las celebraciones del cumpleaños: la sorpresa de Lisa fue grande cuando encontró el comedor de su casa transformado en un romántico rincón donde los dos podrían compartir la cena... que según Rick le mencionó, se trataba de un popurrí de pedidos hechos a distintas casas de comida de la ciudad, que iban desde el negocio de empanadas del tío del teniente Podestá a la taquería de Catorce y Brandenburg y del Café Seciele al restaurant francés de la Décima Avenida.

El vuelo debió haberles abierto el apetito más allá de lo imaginable, porque ni Rick ni Lisa tuvieron reparos o inquietudes a la hora de enfrentar semejante cantidad de comida; si tenían que arrepentirse de ello, eso sería cosa para otro momento... ese día los dos lo iban a disfrutar a como diera lugar, sin que tanta comida les hiciera olvidar lo más importante y precioso de la noche de ese 3 de marzo: pasar una jornada especial en compañía de la persona más especial de las vidas de cada uno de los dos.

Y luego de que los dos pasaran un buen rato degustando los platillos que Rick había seleccionado tan concienzudamente, el piloto de combate se levantó sin ninguna advertencia y dejó a Lisa Hayes sola en la mesa y preguntándose qué diablos le había picado a su piloto en ese momento para que desapareciera con tanta premura. ¿Alguna broma que le infligiría? ¿Alguna nueva sorpresa para el cumpleaños? ¿O quizás las dos opciones juntas, combinadas en una sola, como sólo Rick Hunter sabía hacerlo?

Las respuestas llegaron bien pronto, cuando Rick Hunter regresó de la cocina haciendo su mejor imitación de un mozo francés, incluso con un pañuelo sobre el brazo izquierdo, mientras que en la mano derecha el piloto sostenía una botella de champagne original, una que a juzgar por la etiqueta debía haberle costado buena parte del sueldo de febrero al teniente comandante Hunter...

- Por Dios, Rick... - balbuceó Lisa al ver la botella que Rick procedía a descorchar. - ¿Qué diablos--?

- Algo para hacer un poco más amena la noche - comentó impasible Rick, alargando la mano para tomar un par de copas que estaban convenientemente a la espera. - ¿Un poco de champagne, comandante Hayes?

- Wow... Rick, sabes que eso me pone un poquito--

- ¿Alegre? - respondió el piloto con un guiño travieso en la mirada, algo a lo que Lisa jamás podía resistirse sin importar cuánto lo intentara...

Después de un rato de pensar qué iba a hacer ante la oferta de Rick, la comandante Hayes suspiró para sus adentros y se rindió a lo inevitable.

- Venga la copa - indicó Lisa a Rick, señalando la primera copa que estaba llena de champagne.

- Ya sabía yo que ibas a entrar en razón.

Con gran reverencia, Rick entregó la copa a Lisa y procedió a sentarse junto a ella, observándola con cariño mientras los dos chocaban sus respectivas copas en el aire y las bebían después... un brindis que aportaba el toque de "formalidad" apto para la noche. Tras el brindis, cada uno bebió algo del champagne que tenían en las copas, y si a Rick le gustó la bebida, la reacción de Lisa fue poco menos que de absoluto y puro gusto.

Dios, de no ser porque se le hacía tan hermosa, Rick hubiera entrado a reír allí mismo... y notando la cara de diversión que él traía, Lisa le lanzó una advertencia en un tono de mando que sonaba ligeramente arrastrado.

- Si mañana me reporto ebria al servicio, haré que te juzgue una corte marcial, Hunter.

- ¿Crees que te voy a dejar salir de casa estando borracha, Lisa? - contestó él, tomándola por la cintura y besándola en la mejilla. - Puedes olvidarte de eso ahora mismo.

La comandante Hayes fulminó a Rick con la mirada, aunque cualquier intención agresiva quedaba desmentida por la facilidad con que ella se entregaba al abrazo de su novio...

- ¿Y vas a ser tú quien me detenga?

- Absolutamente.

- Ya te quiero ver tratando de detenerme - replicó la comandante Hayes, apoyando la copa sobre la mesa y poniéndose frente a Rick en postura de pelea, aunque agregándole el bamboleo clásico de quien tuvo algunas copas de más. - Hasta ebria podría ganarte.

- ¿Otra copa, entonces?

- Por favor - asintió Lisa, sosteniendo rauda la copa en el aire mientras Rick la rellenaba de champagne.

Un nuevo brindis, más sonrisas... más miradas tiernas y de las sugerentes también... más abrazos que encendían todo en ellos dos... y todo finalmente rematado con un beso en cuanto las dos copas estuvieron completamente vacías y bien apoyadas sobre la mesa...

Un beso que a los dos le pareció más delicioso y embriagador que cualquier bebida que pudieran beber... más enloquecedor que cualquier vuelo delirante que pudieran compartir... y más emocionante que cualquier sorpresa que se pudieran dar en un día como ese.

Quizás fuera el efecto del champagne, pero para Lisa Hayes, que siempre era tan circunspecta y discreta, todas las inhibiciones estaban saltando por los aires como si el viento las pudiera tirar abajo... y con sus labios formando una sonrisa pícara que no pasó inadvertida para Rick, las manos de Lisa rápidamente se lanzaron sobre la zona donde estaba la hebilla del pantalón de Rick, jugueteando torpemente con el botón y haciéndole cosquillas a su piloto favorito a la vez...

Y Rick se hubiera dejado de mil amores, pero en medio del estupor alcohólico-romántico que nublaba su conciencia en aquella noche, apareció rauda la idea de que aún quedaban cosas por hacer antes de que los dos pudieran compartir el postre propiamente dicho... y con increíble decepción, Rick se obligó a levantarse de allí, dejando a Lisa ligeramente molesta por interrumpir algo tan entretenido y prometedor.

- Ooookey, comandante Hayes, hora de soplar las velas de su torta de cumpleaños - prometió Rick, perdiéndose en un par de furiosos ojos verdes que le decían silenciosamente que más valía que la torta fuera excelente, porque si por una torta mediocre se habían quedado a la mitad...

Y al cabo de unos minutos, Rick retornó al comedor, sosteniendo con ambas manos una enorme torta de chocolate que aún tenía una forma vagamente de torta... pero que daba la impresión de estar muy cerca de desmoronarse sobre sí misma, cosa que a Lisa le provocó unas risas que venían potenciadas por el alcohol...

- Que Dios me guarde, Rick... ¿preparaste una torta tú sólo?

- Está hecha con todo mi amor... - contestó el piloto, apoyando la torta primorosamente sobre la mesa y frente a Lisa.

- Mientras la hayas hecho comestible...

- Oye, Hayes, no tienes la menor idea de lo que me maté preparando esta torta en mis ratos libres... - protestó berrinchudo el piloto, sentándose junto a ella y cruzando los brazos. - Tuve que pedir ayuda--

- ¿Miriya?

Ni bien le confirmó Rick con un asentimiento que la esposa de Max había participado en la preparación de la torta, Lisa se echó hacia atrás en la silla y miró al techo con resignación, murmurando en voz baja pero no lo suficiente como para que Rick no pudiera escucharla:

- Fantástico, mañana me voy a reportar a servicio ebria y con indigestión...

- Estuve así de cerca, amor - le indicó él, haciendo un gesto con los dedos de que bien cerca estuvo - de mandar esto al diablo y ponerme una vela en el ombligo para que la soplaras y pidieras tus tres deseos de cumpleaños...

De pronto, la comandante Hayes estalló en carcajadas bien sonoras y estruendosas, no como las risas tiernas a las que Rick estaba acostumbrado, sino muy parecidas a esas que con frecuencia solía lanzar Ben Dixon cada vez que algo se le hacía insoportablemente gracioso.

Y Lisa no se detenía... sencillamente no paraba de reír, ni siquiera las caras de molestia (totalmente fingida, por supuesto) de Rick la detenían o la disuadían de continuar burlándose de lo que fuera que la hacía reír, y cuando por fin Lisa acabó despatarrándose de risa en el sillón, Rick le lanzó una pregunta en tono duro:

- ¿Qué es tan gracioso?

La respuesta de Lisa vino entrecortada por las carcajadas y la falta de aliento que ellas le causaban, sólo haciendo que Rick quisiera sumarse a sus risas lo antes posible.

- Tú, con una vela... en el... ombligo... y yo soplándola...

- Suficiente champagne, comandante - decidió el piloto, inclinándose sobre la mesa para alejar la botella y las copas de las manos de Lisa, que protestó la decisión con un puchero enternecedor.

Las protestas de Lisa no duraron mucho; sólo el tiempo que transcurrió hasta que Rick encendió la vela de la torta, para luego correr a apagar las pocas luces que quedaban encendidas y regresar a ella, abrazándola y dándole un beso en la mejilla mientras comenzaba a cantar con su voz algo desafinada por el alcohol:

- ¡Que los cumplas feliz!

Entonces, haciendo uso de todo su aliento, Lisa sopló bien fuerte hasta apagar la llama tenue que tenía la vela, sonriendo como una chiquilla y haciendo lo posible para que de sus ojos no manaran las lágrimas de felicidad que durante todo el día habían clamado por salir... las lágrimas de emoción de una mujer que sólo por primera vez en su vida se sentía genuinamente feliz y alegre en el día de su cumpleaños.

Y la razón de toda esa alegría estaba sentada a su lado, y la miraba con ojos azules brillando de emoción, y le sonreía con ternura, y la abrazaba con todas sus fuerzas, hundiendo entonces su rostro en el cuello de ella para estamparle un beso que la estremeció de la cabeza a los pies, aunque no tanto como el deseo sincero y emocionado que salió de los labios del teniente comandante Rick Hunter en ese momento:

- Felices 27, comandante Hayes.

- Muchas gracias, teniente comandante Hunter - le respondió ella, levantándose para sostener el rostro de él con sus manos y mirarlo a los ojos, porque no sabía de qué otra manera poder hacerle saber hasta qué punto ella estaba agradecida con él.

Quizás si él la mirara a los ojos, podría ver toda la alegría que llevaba en el alma... esa alegría que ella no sabía cómo contener dentro de su cuerpo.

- ¿Cuáles fueron sus tres deseos? - preguntó él entonces, devolviéndola a la realidad.

Acercándose a él de manera sensual, Lisa cerró los ojos para concentrar todas sus energías en el beso que acabó dándole, resuelta a hacer de ese beso algo que para él fuera sencillamente inolvidable e irresistible... haciéndolo más intenso y potente aún en cuanto sintió que el piloto se rendía a ella, apretándolo con más fuerza cuando él la abrazaba, explorando su boca con más decisión cuando sintió que él intentaba hacer lo mismo, y gimiendo con todas sus fuerzas cuando escuchó los primeros y ahogados murmullos de un Rick Hunter que ella había dejado preso entre el sofá y su propio cuerpo.

Lo que fuera que él quisiera, ella lo duplicaría...

Lentamente, sin prisa, los dos fueron terminando aquel beso, hasta que en sus mundos no existía otra cosa que las miradas intensas y profundamente apasionadas que se intercambiaban...

- Ese fue uno - reveló Lisa con su mejor tono seductor, rematando el comentario con un beso en la comisura de los labios de Rick.

- Aw...

- El segundo ya lo veremos más tarde... - prometió la comandante Hayes con un guiño enloquecedor.

- Doble "Aw..." - comentó Rick mientras la abrazaba para tenerla más cerca de él. - ¿Y el tercero?

- ¿Crees que te lo voy a contar?

- Eso espero.

Las manos de Lisa encontraron un muy buen lugar para posarse... justo al lado de los hombros de Rick, lo que les permitían recorrer los brazos del piloto o darle de tanto en tanto alguna caricia con mucho de cosquilla en el rostro, cosa que dejaba al teniente comandante Hunter totalmente perdido y entregado a lo que ella quisiera con él.

- Sigue conmigo y tal vez te lo dé algún día...

- Me estás poniendo impaciente, preciosa - contestó él con pereza, sintiendo que no había mejor lugar sobre la faz de la tierra que debajo de su comandante, hasta que algo penetró con fuerza en su entendimiento nublado por el placer y la felicidad.

Una vez más, y con más confusión que irritación en esta oportunidad, Lisa contempló a su piloto alejándose del sofá, buscando alguna cosa que debía ser demasiado urgente como para poder dejar atrás algo tan placentero.

- Ahora que recuerdo, todavía tengo algo para coronar la noche, comandante... - se explicó Rick desde la habitación de Lisa, aún sin que ella hubiera hecho pregunta alguna, para luego regresar raudo al lado de la comandante Hayes, que ya lo estaba recibiendo con una mirada curiosa y expectante.

Rápidamente, Lisa notó un pequeño paquete en la mano del piloto... y su corazón comenzó a latir al ritmo de la curiosidad y la emoción.

- ¿Qué es esto? - preguntó con la voz temblorosa mientras recibía en sus manos aquel paquete.

- Ábrelo...

Tras abrir con sumo cuidado el paquete, Lisa se encontró con algo sorprendente: una medalla que parecía estar hecha de oro puro y sólido, con una cinta para colgarla del cuello de algún galardonado... en medio de la oscuridad, la medalla brillaba con la poca luz que entraba desde el alumbrado público de la calle, capturando la mirada y la imaginación de la comandante Hayes mientras observaba aquel regalo que prometía ser tan especial...

A su lado, Rick simplemente quedaba en silencio, emocionado de verla recibir aquel presente de parte suya, y recordando una vez más por qué la amaba como la amaba...

- Dios... "Campeonato Mundial de Vuelo Acrobático Shanghai 2005 - Primer Puesto" - dijo Lisa, leyendo la inscripción que llevaba aquella medalla en uno de sus lados... y sólo entonces comprendiendo de lo que se trataba, para luego mirar a Rick con ojos agrandados por la sorpresa. - ¿Rick, esto es...?

- Es tuyo, Lisa.

- No puedo aceptarla - replicó ella, desprendiéndose rápidamente de la medalla como si no se sintiera digna de tocarla o de recibirla.

- La aceptas - contestó sin más Rick. - Te la regalo para tu cumpleaños, así que quédatela.

- ¡Rick, no puedo quedarme con esto! - exclamó Lisa, sin saber de qué otra forma hacerle entender a Rick que no podía quedarse con algo tan personal y especial para él, y depositando finalmente la medalla sobre la pierna de él.

- Quiero que te la quedes, amor... - insistió él, volviendo a poner la medalla en las manos de su novia. - No tengo muchas cosas lindas como para darte y soy un desastre escogiendo regalos, y cuando encontré esto, decidí que era mejor que lo tuvieras tú, porque yo--

Lisa trató de buscar algo qué decirle a Rick, de explicarle que ella no era digna de recibir así, sin más, algo que él había conquistado con su sudor y su esfuerzo... esa medalla era una verdadera recompensa a la pasión que Rick le ponía al vuelo, era un testimonio a su habilidad y destreza con los controles de un avión, y era algo por lo que incontables cantidades de pilotos habían competido... era un premio con el que Rick se había alzado sólo tras vencer a todos y cada uno de aquellos pilotos en los certámenes aéreos.

Era algo que pilotos mucho más veteranos y curtidos sólo habían alcanzado luego de décadas de esfuerzo.

Y ahora, él se lo regalaba sin más, para su cumpleaños...

Y cuando vio el amor en los ojos de él, la pura emoción que lo embargaba al verla recibir aquella medalla, Lisa supo que no había nada para responder, excepto agradecerle aquel regalo con todas sus fuerzas...

- Amor, es lo más hermoso que alguien me haya regalado en mi vida... - murmuró Lisa sobrecogida de la emoción, y buscando refugio en los brazos abiertos de Rick.

- Espera entonces... - le advirtió Rick, rematando la advertencia con un beso en la cabellera de Lisa mientras buscaba algo que había colocado debajo del sofá... una idea que había robado originalmente del propio cumpleaños que Lisa le había hecho meses atrás.

- ¿Qué es esto?

"Esto" era una foto oficial de todo el staff de la Central de Operaciones del SDF-1, Lisa incluida, colocada en un primoroso y elegante marco de madera lustrada y oro, que llevaba debajo una placa dorada que rezaba: "EL PERSONAL DE LA CENTRAL DE OPERACIONES DE DEFENSA A SU JEFA, LA COMANDANTE ELIZABETH HAYES, EN SU NATALICIO DEL AÑO 2012".

Y dentro del marco, a la derecha de la foto, una hoja de papel recogía las firmas de todo el personal de la Central, aclarando debajo de cada firma el nombre y rango de quien había firmado... y apenas le llevó un minuto a Lisa para comprobar que todos, absolutamente todos los oficiales, suboficiales y soldados que prestaban servicio bajo sus órdenes en la Central de Operaciones, pertenecieran al turno que pertenecieran, habían puesto allí su firma, en señal de homenaje y aprecio a la mujer que diariamente los conducía...

- Claudia me ayudó a recolectarlas - comenzó a explicar Rick, deteniéndose al notar que Lisa no le estaba prestando la más mínima atención.

Por el contrario, toda la atención de la comandante Hayes estaba puesta en aquel homenaje de las personas que dependían de ella... y esta vez, ni ella creía posible contener a las lágrimas que buscaban salir de sus ojos...

- Cielos... - susurró Lisa, recostándose junto a Rick porque de lo contrario se iba a desmoronar, mientras él la besaba y le hacía comentarios al oído.

- Te tienen pánico, Hayes, pero igual te quieren...

- Tendré que recompensarlas por esto, realmente no tenían que hacerlo.

- Eso mismo me dijo Claudia - acotó Rick, logrando sacar a Lisa de su estado de sorpresa para propinarle un codazo en la boca del estómago.

Cuando pudo recuperar el aliento, Rick volvió a alejarse de Lisa en busca de otro objeto que tenía por allí, y esta vez la comandante Hayes no pudo sino contemplar incrédula el espectáculo de ver a su hombre yendo y viniendo por toda la casa, apareciéndose con regalos y más regalos para ella...

A ella que, a excepción de lo que su padre le daba y lo que su madre supo darle antes de su muerte, sólo recibía regalos oficiales y "útiles", más por compromiso o por quedar bien con el almirante Hayes que por algún sentimiento genuino... a ella que durante años había permanecido más sola que nunca en el aniversario de su nacimiento... a ella que creía no importarle a nadie... a ella le estaban dando tantos regalos de valor incalculable...

¿Era real o una fantasía? No podía ser real... sencillamente no podía ser verdad que alguien pensara tanto en ella, que alguien la tuviera tan presente en su alma y en su corazón como para tomarse tantas molestias por ella...

- ¡¿Hay más?! - exclamó Lisa con la voz quebrada por la emoción, y las lágrimas de felicidad fluyendo sin trabas desde sus ojos...

- Si por mí fuera jamás se acabaría, amor... - le aseguró Rick mientras se sentaba una vez más junto a ella, esta vez acompañado por un enorme paquete envuelto. - Por suerte lo tenían en una de las librerías del centro... acababan de rescatarlo de las ruinas de una biblioteca pública...

El más reciente regalo que Lisa recibió por su cumpleaños fue un ejemplar de cuidada y elegante edición y encuadernación de "Moby Dick", el cual cayó en las manos temblorosas de la comandante Hayes como si fuera un presente bajado del cielo... un libro que había despertado la imaginación de Lisa Hayes desde su más tierna infancia, haciéndola soñar con una vida de aventuras y peripecias en el mar. Años había soñado Lisa con volver a poner las manos en aquel libro, al punto de considerar el no llevarse jamás la copia que tenía en casa de su padre como uno de los errores más garrafales de su vida.

Y ahora, años de nostalgia terminaban en el momento en que ella acarició la tapa de ese libro, pero lo único en lo que Lisa podía pensar era en que nada de eso hubiera sido posible de no ser por aquel piloto de combate que casi sin hacer esfuerzo se había adueñado de su corazón hasta hacerlo suyo... el hombre que sonreía a la par de ella y a quien, de no mediar algún obstáculo puesto por el destino, acabaría por besar en cuanto se le presentara la oportunidad.

Aunque Lisa tenía previsto que el beso fuera sólo el preludio... pero por el momento, la emoción que sentía de volver a tener ese libro en sus manos estaba pidiendo a gritos salir de ella, expresándose a través de una sonrisa emocionada y unas lágrimas de felicidad que el piloto no tardó en secar con sus manos...

- Dios mío, Rick... - sollozó la comandante Hayes. - No tenías por qué hacer esto...

- Quería hacerlo, Lisa, y no hay nada que puedas hacer ante eso.

Pero tan rápido como habían surgido, las lágrimas desaparecieron de la mirada de Lisa, dejando que Rick se perdiera en un mar verde y brillante que era su perdición.

- Hay una cosa que puedo hacer, amor - susurró Lisa, acercándose más y más a él en lo que a Rick le parecía ser cámara lenta.

- ¿Qué es?

Dicho y hecho, Lisa comenzó a besarlo con todas las energías a su alcance, logrando sin embargo que ese beso fuera tanto apasionado como tierno, encendiendo el fuego de Rick con el jugueteo provocador de su lengua y llevándolo al paraíso con las caricias de sus labios... mientras sus manos recorrían impunemente la espalda del piloto, asegurándose de que esta vez no fuera a ningún lugar.

Tal vez fuera el alcohol lo que la ponía tan resuelta y atrevida, pero fuera lo que fuera, Lisa Hayes estaba plenamente decidida a dejarse llevar...

- Espérame un minuto... - alcanzó a gruñir Rick en medio del beso, provocando una vez más la desazón de Lisa... aunque en esta oportunidad, ya estaba bien matizada por la diversión que prometía la sola idea de una nueva locura de Rick.

Pero diversión o no, pensó la comandante Hayes, más le valía a Rick que aquella fuera la última interrupción de la noche, porque si no acabaría almorzando piloto de combate el día siguiente...

Todos los pensamientos violentos de Lisa Hayes murieron instantáneamente cuando vio a Rick parado junto a ella, extendiéndole la mano en una silenciosa invitación a sujetarse de ella para ponerse de pie... y antes de que Lisa pudiera procesar aquella situación, las notas leves y sugerentes de una melodía lenta invadieron todos sus sentidos, transportándola por arte de magia a un mundo de sensaciones y emociones en donde no había ni guerra ni deber ni amargas luchas contra saqueadores o separatistas... en donde sólo existían ella y él, y el amor que se había convertido en el centro de sus vidas.

- ¿Me concedería esta pieza, mademoiselle? - solicitó Rick con la mano tendida hacia ella, hablándole en lo que a Lisa le pareció que era una voz que venía de otro mundo.

Totalmente subyugada, la comandante Hayes apenas atinó a tomar la mano que Rick le ofrecía y a dejar que él la llevara hasta el único rincón más o menos despejado del living, de modo tal que pudieran bailar al son de la melodía...

No importaba qué tema era el que salía de los parlantes del equipo de música en ese momento, quizás fueran las notas de alguna canción romántica de la década del '80 o tal vez una balada de finales de los noventa; tal vez, y conociendo la afición de Rick por las películas, esa canción fuera parte de la banda de sonido de alguna película que era de las favoritas de su piloto... sea la canción que fuera, cada segundo de aquella melodía, y cada instante que ella dejaba que Rick la condujera en ese baile tan improvisado como emotivo, estaban sumiendo a la seria y disciplinada comandante Lisa Hayes en un hechizo de ensueño del que quizás jamás quisiera despertar...

Ninguno sabía cuándo o donde había aprendido a bailar el otro, y eso era lo de menos... todo lo que importaba era que los dos se movían al compás de la música, una música que sus corazones acompañaban al unísono, y que les hacía erizar la piel casi tanto como sentir el aliento del ser amado rozándolos, o escuchar algún murmullo leve y enloquecedor cerca del oído...

O comprobar una vez más que lo que vivían no era un sueño sino la más pura realidad, para lo que bastaba con hacer más intenso el abrazo que los mantenía juntos en aquel baile de ensueño... o rozar la piel del otro con sus labios.

O levantar los rostros y perderse irremisiblemente en el fuego apasionado que cada uno veía en la mirada del otro...

Los temas fueron pasando uno a uno, sucediéndose sin que Rick o Lisa tuvieran idea alguna de que eso estaba pasando; para ellos bien podía irse la noche entera sin que nada los separara o trajera de regreso a la realidad...

Para Rick Hunter, ni siquiera la sensación de adentrarse en el cielo al mando de un caza de combate podía siquiera compararse con lo maravilloso de amar y ser amado por aquella mujer que era su vida entera... la joven que había destrozado de buenas a primeras aquella autosuficiencia y arrogancia que él había considerado sus rasgos distintivos, transformándolo en una persona que vivía y respiraba sólo para amarla y ser amado... la mujer que lo había hecho delirar con su ternura y que lo había enloquecido con su pasión...

La mujer que bailaba abrazada a él al son de "Take my Breath Away"...

Y Lisa Hayes, que no por sentirse ligeramente entorpecida por el champagne que había bebido minutos antes se consideraba menos lúcida, no sentía dentro suyo más que amor... un amor que había estado demasiado tiempo tapado por cosas como el deber o las obligaciones militares y sociales de una oficial, pero que lentamente y gracias a la persistencia, locura y ternura del joven que la conducía en aquel baile, había ido saliendo de su refugio hasta conquistarla por completo... un amor que pocas veces se hacía tan manifiesto como aquel día tan maravilloso que transitaba sus últimas horas con ellos dos abrazados y entregados mutuamente...

Entonces, como viniendo del cielo mismo, la voz leve y emocionada de Rick se oyó bien cerca del oído de Lisa... palabras que sonaban más como caricias que como cualquier otra cosa, revelándole algo que Lisa conocía bien y que a la vez jamás se cansaba de comprobar como si fuera aquella maravillosa y especial primera vez...

- Te amo, ¿lo sabías?

Dicho eso, Rick se acercó lentamente a los labios de ella, que sin que la comandante Hayes lo tuviera pensado ya se estaban abriendo en preparación para recibirlo, hasta que por fin los dos terminaron encontrándose en un beso que no tardó en acabar con los últimos rastros de sentido común y raciocinio que les quedaban a cada uno... un beso que se hacía más intenso y poderoso conforme seguía sonando la música, y con cada nueva caricia o roce de sus manos contra alguna zona especialmente... especial... del otro...

Sin saber cómo, Rick continuó moviéndose por allí sin separar sus labios de los de Lisa; antes bien, ella lo seguía en una caminata torpe y apasionada por aquel lugar, buscando desesperadamente una pared que los sostuviera en medio de la oscuridad porque sin ella terminarían por caer en el suelo, hundiéndose en el abismo de su desesperado amor... todo el comedor fue testigo silencioso de un par de jóvenes que parecían haber abandonado todo lo que fuera racional y calculado, moviéndose por allí bajo la sola guía de su pasión, una pasión que hacía explosión cada vez que Rick o Lisa acababan estampados en una pared por la fuerza amorosa y delirante del ser amado...

Sólo una cosa estaba perfectamente clara para los dos; aquella noche acabaría con un incendio de una u otra manera... sólo era cuestión de saber cuándo estallaría el incendio...

- Te amo... - repitió Lisa como si fuera una letanía para que aquello no se desvaneciera.

Incluso, movida más por algún impulso supersticioso, la comandante Hayes cerró los ojos y se entregó a lo que Rick tuviera en mente para ella, ignorándolo todo excepto el toque de las manos de él o el sabor adictivo de sus labios, mientras se dejaba llevar... a alguna parte...

Cuando por fin abrió los ojos, Lisa se maravilló de encontrar que todo aquello era real, que no era parte de un sueño o de una fantasía suya, sino la pura y gloriosa realidad de estar compartiendo una noche con quien había transformado su vida de ser un páramo solitario a algo hermoso y maravilloso...

Estaban los dos cerca de la puerta del dormitorio de Lisa; si había sido Rick el que los condujo hasta allí o algún designio irresistible, no era algo que Lisa o Rick se sintieran interesados por descubrir... no cuando el fuego que los dos se habían deleitado en atizar y extinguir alternativamente durante toda la noche estaba ahora expandiéndose hasta tornarse en un incendio devastador para el que sólo existía una manera de ponerle fin...

Una manera que Lisa se decidió a poner sobre la mesa, haciendo más picante la propuesta con provocativas mordidas al lóbulo de la oreja de Rick, y endulzándola a la vez con besos tiernos que repercutían en el piloto como si fueran vendavales irresistibles...

- Ahora, Rick... ¿qué dices si me cumples el segundo deseo de la noche? - susurró ella al oído de su piloto, mientras sus manos bajaban hasta bien cerca de la cintura del teniente comandante Hunter.

- Tu segundo deseo... y mi último regalo del día... - respondió presto el piloto, que haciendo uso de sus habilidades manuales ya estaba dando cuenta de la camiseta de Lisa Hayes...

Las camisetas de los dos acabaron allí en el pasillo, mientras dos jóvenes entraban torpemente a la puerta tras prodigarse sobre sus torsos y pechos descubiertos los primeros besos de una verdadera tormenta...


Domingo 11 de marzo de 2012

Las primeras urnas electorales de los comicios para el Senado de la Tierra Unida fueron abiertas en Nueva Zelanda, gracias a su cercanía con la línea internacional del cambio de fecha. Durante los meses posteriores al Holocausto, Nueva Zelanda había visto crecer su población de manera extraordinaria, ya que tras sobrevivir al ataque con daños moderados se había convertido en el refugio y tierra prometida de millones de personas que escapaban de la devastación de Asia, del caos en Australia o de infinidad de islas del Pacífico que habían perdido el sostén que recibían de una economía mundial que ya no existía. La campaña electoral había sido feroz en la antigua colonia británica, que intentaba encontrar su lugar y adaptarse a una realidad que se hacía difícil de sobrellevar.

Hacia el este, y pocas horas después, Australia seguía a su vecina con la apertura de los comicios; al igual que Nueva Zelanda, la inmensa isla-continente se había convertido en los primeros días luego del bombardeo en el santuario de millones de refugiados asiáticos que huían de la devastación, excepto que con los daños más graves infligidos por Dolza a su infraestructura, la situación australiana rápidamente degeneró en un caos violento que sólo la intervención dura de las Fuerzas de la Tierra Unida pudo calmar. A pesar de la aparente paz y de una tímida pero creciente prosperidad, todos los australianos habilitados para votar concurrían a hacerlo bajo la estricta vigilancia de los militares y de la policía, alertas ante cualquier rebrote de violencia que pudiera enlutar una vez más a la isla-continente.

En Asia, en particular sus regiones oriental y meridional que habían sufrido como ninguna otra región del globo la furia asesina de la Flota Principal de Dolza, las elecciones no provocaban ninguna clase de emoción o interés, y los escasos millones de personas que habían sobrevivido a la noche de fuego concurrían a depositar sus votos casi sin pensar en la gente a la que votaban, dado que su atención principal estaba enfocada en asegurar su supervivencia en las inmensas y tambaleantes ciudades que el Gobierno de la Tierra Unida había reconstruido por doquier. Casi no había debate político o campañas furibundas; todo lo que importaba en las ciudades que emergían de las ruinas de Japón, del desierto de cenizas chino o de los valles de cráteres en la India era la supervivencia pura y dura, al igual que lo había sido durante incontables milenios.

En el Medio Oriente la vida siempre había sido dura y ardua, y Dolza sólo había sido el último en una larga lista de sufrimientos que azotaban aquella región de donde habían emergido las primeras civilizaciones humanas milenios atrás. Curiosamente, la violencia sectaria y religiosa que había bañado de sangre a la región durante décadas encontró su fin con la Lluvia de la Muerte, dado que se hacía más indispensable sobrevivir juntos que continuar las masacres entre los pocos que habían escapado, y en una realidad que no por ser extraña era menos admirable, las elecciones para el Senado se desarrollaron en un clima de completa y absoluta paz, en comunidades en donde ya no era raro ver una sinagoga a escasa distancia de una mezquita.

África, por otro lado, concurría a las elecciones con reticencia y desconfianza, emociones que sus ciudadanos manifestaban abiertamente tras tantos desengaños y falsas esperanzas que habían sufrido durante décadas. Haber escapado al bombardeo de Dolza con menos daños que otros continentes distaba de ser una bendición, y por el contrario sólo había exacerbado la lucha civil que desolaba a numerosas naciones del continente, convirtiendo a África en el campo de batalla de innumerables tribus y bandas que competían por recursos cada vez más escasos... y provocando a su vez la respuesta dura y contundente de los militares de la Tierra Unida, cuya enorme presencia en tierras africanas respondía, entre otras cosas, a la necesidad de mantener un ojo vigilante sobre la gran cantidad de colonias Zentraedi que se habían formado allí luego del bombardeo. Si algún africano realmente creía que elegir a alguien para que fuera a Nueva Macross a "representarlos" iba a cambiar las cosas, no lo expresaba por temor a ser tildado de ingenuo por sus vecinos.

Hacia el norte, Europa afrontaba los comicios con incertidumbre; el Viejo Continente había sufrido con increíble saña las consecuencias de la Lluvia de la Muerte, dejando a la que fuera una de las regiones más prósperas de la Tierra peligrosamente cerca de regresar al oscurantismo de la Edad Media. Sin embargo, en las pocas ciudades que tímidamente se erigían en medio del desierto europeo y que servían de albergue y hogar a los que habían escapado a la devastación, al igual que en las regiones escandinavas que habían sobrellevado la catástrofe con relativamente pocos daños, los ciudadanos concurrían a votar con un vigor inusual y un ánimo que resultaba curioso de observar; los debates políticos para las elecciones habían sido tan animados como los de cualquier elección anterior a la guerra, haciendo que muchos recordaran que a fin de cuentas, los europeos vivían en un continente que durante siglos había sido escenario de guerras cruentas y devastadoras y que de una manera u otra siempre había resurgido de sus peores momentos.

En las vastas extensiones de lo que alguna vez fuera Rusia, el ánimo era más sombrío y melancólico... poca gente en las regiones afiliadas al GTU tenía interés en desafiar al crudo e impiadoso invierno para votar a gente que nada iba a hacer para cambiar su situación; tal vez el tradicional pesimismo ruso tuviera algo que ver con ese desánimo, pero ciertamente no podía ignorarse que el invierno de 2012 había sido excepcionalmente duro, azotando con crueldad a una región que había perdido buena parte de su infraestructura y medios para sobrevivir.

En América del Sur, que podía considerarse afortunada al haber perdido "apenas" tres quintas partes de su población en el ataque, ni siquiera el hallarse en una situación comparativamente menos mala que otras partes de la Tierra (daños relativamente escasos, supervivencia de buena parte de la infraestructura e incluso capacidades para producir alimentos y otros suministros en cantidades importantes) había podido exorcizar el cinismo con el que muchos sudamericanos fueron a votar ese 11 de marzo. No era para menos: muchos de los políticos tradicionales de la región, no conformes con que varios de los gobiernos nacionales se hubieran mantenido luego del Holocausto, buscaban reciclarse ahora como senadores de la Tierra Unida, pretendiendo hallar en Nueva Macross nuevas pasturas para prosperar.

Y en América del Norte, una región golpeada por el ataque Zentraedi al punto de transformarla en un desierto irreconocible moteado de cráteres y de ocasionales ciudades supervivientes y nuevas, una ciudadanía crispada concurría a las elecciones en medio de un clima de tensión exacerbado por las noticias procedentes de Ohio, en donde las Fuerzas de la Tierra Unida ya llevaban varias semanas combatiendo duramente contra un levantamiento separatista que había llenado de muerte a las regiones aledañas... y el que tanta violencia tuviera lugar en el continente donde el GTU había encontrado su sede sólo hacía que las cosas que allí ocurrían fueran observadas con escrupulosa atención.

En todas partes, sin importar el grado de devastación, el progreso de la reconstrucción o el ánimo colectivo, se observaban escenas curiosamente similares: filas y filas de personas esperando su turno para votar en las urnas instaladas en escuelas y centros comunitarios, depositando su voto bajo la atenta vigilancia de oficiales y soldados que patrullaban en concierto con los vehículos artillados y Destroids que poblaban las calles, mientras los cazas Veritech realizaban patrullas reforzadas por todo el globo para prestar atención a cualquier posible amenaza a la paz de las elecciones.

En ningún lugar de la Tierra, empero, se prestaba más atención a las elecciones que en los edificios que albergaban de modo provisorio al Gobierno de la Tierra Unida, así como en los cuarteles generales de las Fuerzas de la Tierra Unida que funcionaban a bordo del anulado SDF-1. No porque Nueva Macross encarara las elecciones en medio de tensiones, cosa que no ocurría en la inusualmente tranquila capital de la Tierra Unida, sino porque allí, en el centro neurálgico del gobierno terrestre, había muchas personas pendientes de los resultados...

En el Centro de Operaciones de Defensa, una legión de inquietos generales y almirantes observaba con creciente nerviosismo los datos que iban llegando a través de los videomonitores... expectantes ante cualquier novedad procedente de todos los rincones de la Tierra. La información procedía de los comandantes militares que en cada región supervisaban el desarrollo de los comicios, tarea para la cual habían desplegado a buena parte del personal disponible con el fin de garantizar la realización de las elecciones y la preservación de la seguridad.

No habría resultados electorales hasta tanto el último distrito en donde se celebrarían comicios (muy probablemente Hawaii) cerrara las urnas, lo que significaba para aquellos generales y almirantes, así como para los políticos y candidatos de todo el mundo, una larga y ardua espera...

Aquel 11 de marzo se ponía en juego el futuro del Gobierno de la Tierra Unida, y demasiadas personas en todo el mundo estaban pendientes de quiénes serían los escogidos por la ciudadanía para integrar el futuro Senado.


En cierto modo, la Tierra vivía un momento histórico en más de un sentido; no sólo se trataba de la primera elección a la que se sometía el Gobierno surgido de las cenizas de Dolza, sino que también era la primera vez que se organizaba una elección a nivel mundial. Los comicios para el Senado en los años previos al Holocausto eran cuestiones principalmente nacionales, donde cada tantos años un país elegía a su senador de acuerdo a sus propias leyes electorales, sin que siquiera se intentara coordinar o hacer que las elecciones nacionales se hicieran en conjunto...

Pero eso era en épocas cuando se temía que el GTU se convirtiera en un dios Moloch que arrasara con la soberanía e independencia de los países, que las defendían con uñas y dientes ante cualquier cosa que oliera a "poder para el Gobierno Mundial"... nociones como "soberanía" e "independencia" habían sido aniquiladas junto a nueve décimas partes de la Humanidad el día del Holocausto, y los viejos pruritos nacionales sólo subsistían en aquellos pocos países cuyos gobiernos habían sobrevivido al ataque Zentraedi.

O también en aquellas regiones a las que el GTU les había concedido un mínimo de autonomía, tales como la vasta región que alguna vez formara parte de los Estados Unidos y que para entonces se hacía llamar "Región Autónoma de Denver-Colorado".

Quizás Denver fuera uno de los pocos lugares en la Tierra donde se respiraba la misma expectativa y ansiedad por conocer los resultados de las elecciones que la que experimentaban los políticos y militares de Nueva Macross, agregándole a la situación la tensión y el nivel de enfrentamiento que durante los últimos meses habían transformado a la ciudad en un caldo de cultivo para un conflicto impredecible.

Las urnas habían sido abiertas en medio de una intranquilidad general, manifestada en el temor por todos compartido a un posible enfrentamiento entre los seguidores de Lynn Kyle y los partidarios de la oposición. Afortunadamente para Denver, las previsiones que hacían indicar poco menos que una guerra civil abierta en las calles de la ciudad fueron demostrando ser simples temores conforme pasaban las horas del día de las elecciones; más allá de algún cruce de palabras entre los distintos bandos, nada de gravedad había turbado la tensa paz de las elecciones.

Aún si algo hubiera ocurrido, lo más probable era que todo brote de violencia fuera extinguido por la acción mancomunada de los militares y de la policía local, cuya presencia se notaba en cualquier lugar público de la ciudad de Denver, para consuelo de algunos e irritación de otros.

Los cuarteles generales de campaña de Lynn Kyle estaban en la misma suite del Hotel Luxor que el candidato a senador y su equipo venían ocupando desde los últimos meses del año anterior, y en aquella espaciosa habitación se vivía, respiraba y sufría política, con equipos de ansiosos operadores políticos, expertos en medios y técnicos en opinión pública que caminaban de un lugar a otro en espera de los resultados definitivos de las elecciones... resultados que dada la mecánica global de aquellas elecciones inéditas, no iban a conocerse sino hasta el momento en que se cerraran los comicios en Hawaii, que por esas cosas de los husos horarios había sido la última región en abrir la votación y en ponerle fin.

Sean Brent sabía muy bien eso, y tenía muy en claro que estar nervioso no iba a apurar la llegada de los resultados... pero eso no evitaba que, para las últimas horas de aquel día (siempre dentro del huso horario de Denver), el jefe de campaña y eminencia gris de la campaña de Lynn Kyle permaneciera en el balcón de la suite, fumando un cigarrillo tras otro para calmar sus nervios y tratando de hallar en la compañía de Marietta Blanchard la paz y tranquilidad que lo habían evadido durante todo el día.

Tantas cosas dependían de los resultados electorales de ese día... para Sean Brent, nada más y nada menos que el futuro mismo de la Tierra, tal y como él lo veía, estaba en juego con aquellas elecciones. El veterano operador político había hecho una apuesta muy grande y arriesgada con Lynn Kyle, que mucho trabajo le había costado sostener frente a las críticas y dudas de sus socios así como ante los berrinches y desplantes del propio candidato, y si aquella noche la apuesta no se veía recompensada con una victoria, pocas opciones iban a quedar en su vida.

No importaba que Marietta y los encuestadores que trabajaban para ella juraran y perjuraran que tenían la victoria asegurada; demasiadas veces en su vida Brent había visto "victorias seguras" que se convertían en humo y fantasía al momento de conocerse los resultados...

Pero esta vez no era como cualquier otra... era mucho más importante que lo que cualquiera pudiera imaginar. Meses de negociaciones duras y difíciles, de sutiles convencimientos y de arduos consensos, largas horas de discusión y arreglos con políticos y líderes sociales de todo el continente estaban en juego.

Brent dio una pitada más a su cigarrillo, encontrando que el humo se le hacía más difícil de sobrellevar... y al instante miró a su derecha, a donde su socia y amante Marietta estaba tomándolo del brazo en un gesto de apoyo que no podía sino agradecer con la mejor sonrisa que podía esbozar...

Justo cuando Brent iba a hacer su enésimo comentario de la noche sobre la impaciencia que sentía por saber los resultados (que muy probablemente hubiera terminado con el enésimo intento de Marietta de tranquilizarlo), una tercera figura entró en el balcón a paso vivo, deteniéndose justo frente al jefe de campaña.

- Están publicando los resultados... - anunció casi jadeando uno de los asesores de campaña; evidentemente se trataba de una noticia muy reciente y verídica como para que el socio de Brent hubiera hecho semejante corrida.

- ¿Ahora? - preguntó Brent con recelo; sus nervios no iban a tolerar una falsa alarma.

A su lado, repuesta de la sorpresa, Marietta apenas atinó a mirar a su amante y luego al recién llegado con una expresión de desconcierto.

- Pensé que iban a esperar dos horas más...

- Por lo que escuché, los datos de Hawaii llegaron antes de lo que pensaban, así que apuraron la publicación... - explicó el asesor, mientras les daba a sus socios su mejor mirada de "¿qué diablos esperan para ver los resultados?"

Marietta Blanchard captó el mensaje de inmediato, y no tardó en iniciar su camino hacia el interior de la suite, pero apenas había dado un par de pasos cuando notó que Brent no se movía de donde estaba... y que continuaba mirando el perfil moderno y vivo de la ciudad de Denver como si no hubiera otra cosa más en el mundo. En defensa de Brent, había que decir que la ciudad era un verdadero espectáculo: Denver era una de las pocas ciudades del mundo que prácticamente había escapado indemne del ataque...

Pero ya habría tiempo más adelante para esos menesteres; ahora había que ocuparse de un resultado electoral.

- ¿Vienes? - invitó Blanchard, dándole a su jefe una sonrisa muy prometedora.

- Por supuesto... - contestó Brent, ya de regreso a la realidad y tratando de juntar las fuerzas que los nervios del día le habían quitado. - Es sólo que con toda esta locura ya me está costando caminar...

Al instante, Blanchard ya le estaba tomando de la mano, dándole a Brent el impulso que le hacía falta.

- Vamos.

- ¿Nadie va a buscar al candidato? - acotó entonces el otro hombre, que había decidido permanecer ajeno al jugueteo sentimental de sus dos colegas.

Y era una pregunta pertinente: desde el mismo momento en que regresó de emitir su voto, Lynn Kyle prácticamente se había mantenido encerrado en su habitación de la suite, haciendo Dios sabía qué cosas allí en su soledad. Tal vez estuviera practicando movimientos de karate, leyendo sobre la paz mundial o jugando innumerables partidas de solitario para no dar rienda suelta a sus nervios... y por primera vez en mucho tiempo, Sean Brent se encontró comprendiendo y simpatizando con ese muchacho irritante en quien había cifrado tantas esperanzas.

- Déjenlo sólo... - murmuró el jefe de campaña para acabar con la discusión, mientras seguía a su colaborador y a su amante al interior de la suite.


Después de interminables horas de trabajo en la redacción del Denver Star recibiendo los reportes de los corresponsales que cubrían las elecciones para el senado y convirtiéndolos en artículos periodísticos, Frenkel estaba oficialmente exhausta cuando el director del diario la mandó a su casa a que recuperara las fuerzas, esas mismas fuerzas que no le devolvían la provisión aparentemente inagotable de sandwiches y café que mantenían funcionando al resto del periódico.

Los planes de Callie Frenkel para el resto de la noche consistían en ducharse y recostarse a ver en la televisión los resultados definitivos de las elecciones senatoriales. Regía en Denver, al igual que en el resto del mundo, una estricta veda política hasta que se cerrara la última urna electoral en el planeta, evento que debía ocurrir cuando las 18 horas dieran en Hawaii, momento en el que concluiría la primera elección legislativa a nivel mundial en la historia de la Humanidad.

Pero extraoficialmente los resultados ya eran conocidos en las redacciones de los medios de comunicación, gracias a las encuestas a boca de urna comisionadas a tal fin, lo que le había permitido a Callie escribir su nota de opinión política antes de que el resto de los mortales de Denver supieran a quién habían nombrado para que fuera su representante en el nuevo Senado de la Tierra Unida.

Eso había hecho que Callie dejara la redacción del Denver Star sin preocuparse mayormente por estarse perdiendo horas críticas; las urnas en Denver habían cerrado hacía demasiado tiempo como para que ella pudiera seguir manteniendo la adrenalina a flor de piel.

De momento, lo único en lo que pensaba Callie mientras dejaba que el agua de la ducha la recorriera de la cabeza a los pies, era en la cita increíblemente romántica que mantendría con una pizza instantánea frente al televisor.

Lamentablemente para ella, un pequeño aparato se ocupó de arruinar sus planes... todos ellos.

El celular que Callie Frenkel había dejado con descuido sobre la mesa del comedor de su departamento tras regresar a su casa no paró de sonar hasta que su dueña se vio obligada a dejar la ducha y correr para atenderlo, haciéndolo entre las más furibundas y poco femeninas maldiciones conocidas por el ser humano.

Tal fue su apuro por responder el celular que no sólo ni prestó atención al identificador de llamadas, sino que sus dedos cometieron torpeza tras torpeza hasta que finalmente pudo la joven periodista atender aquella llamada, haciéndolo con una bienvenida irritada y cansada.

- ¿Hola?

- No tengo mucho tiempo, señorita Frenkel - le respondió una voz agitada que Callie tardó en reconocer. - Escuche con atención.

- ¿Usted? - exclamó Callie Frenkel cuando pudo ubicar a aquella voz como la de su extraño informante. - ¿Qué pasa?

Aún cuando el informante respondió a la pregunta de Callie con su habitual tono de autoridad que no admitía discusión, lo que dijo le sonó tan insólito a la reportera que le costó mucho tomarlo como algo que viniera en serio.

- Quiero que junte todo lo que necesite en una valija y que se vaya de su casa - ordenó rápidamente el informante. - Ahora mismo.

Superada la sorpresa inicial, Callie se guardó las ganas de maldecir al informante, y trató de sonar razonable, cosa que le resultó extremadamente difícil.

- Pero--

- ¡Sin peros, señorita Frenkel! - explotó el informante a través del celular, sobresaltando a la joven periodista en la soledad de su departamento. - ¡No me haga perder el tiempo!

Había algo en el tono de voz del informante que hizo que Callie no pensara siquiera en discutirle... de sus reuniones esporádicas y breves con el hombre, ella podía saber que el informante no era alguien que se pusiera nervioso con demasiada facilidad, sino más bien todo lo contrario: hasta podía caratularlo como un iceberg.

Pero ahora... ahora el hombre sonaba como si el fin estuviera cerca, y fueron más los nervios que se le notaban al informante en la voz que las cosas que decía, las que hicieron que Callie decidiera hacerle caso.

Al diablo con su plan de una noche tranquila.

- ¿Y qué hago una vez que esté lista? - preguntó la reportera.

- Va al punto de siempre.

La curiosidad de Callie pudo más que su sentido común, haciendo que le fuera imposible resistir la tentación de averiguar lo que estaba pasando allí.

- ¿Qué pasó?

- ¡¿No lo entiende?! - replicó el informante, hablando luego en un tono que no por bajo dejó de ser enérgico. - ¡No puedo decirlo por esta línea!

Eso bastó para callar a Callie y hacerla desistir de cualquier intento por sonsacarle información a su interlocutor... sin mencionar el frío espantoso que estaba sintiendo en todo el cuerpo.

- Sólo esté allí, señorita Frenkel - dijo el hombre a modo de conclusión. - ¡CUANTO ANTES!

La llamada se cortó entonces, dejando a una joven periodista envuelta en una toalla en el comedor de su casa e invadida por la más espantosa de las confusiones.

¿Qué hacer? No le quedaba más alternativa que acatar el pedido del informante e irse de inmediato, pero primero tenía que poner sus cosas en orden... lo más esencial era ponerse algo y armar un bolso con lo necesario lo antes posible, después juntar algo de dinero, y--

Callie quiso maldecir su propia torpeza en ese momento, pero se contuvo de hacerlo... después de todo, ¿quién podía estar tranquilo y calmo cuando le pedían que se fuera cuanto antes de su casa?

En medio de la confusión, Callie sólo atinó a hacer una cosa, más por su tranquilidad mental que por alguna otra razón.

Los dedos de la joven temblaban mientras marcaban un número en su celular... y no temblaban precisamente de frío. Después de una espera que a Callie se le hizo eterna hasta la desesperación, la voz cansada de un hombre se escuchó del otro lado de la línea.

- Talbot.

- Dean, tengo que hablar contigo.

- ¡Hey, Callista! - le contestó con alegría su colega, al que ella lo distinguía envuelto en el barullo de la redacción del diario. - Están por anunciar los resultados oficiales... ¿pero qué puedo hacer por ti?

- Sólo escúchame.


Había ruidos afuera de su habitación, pero él no le prestaba la menor atención... hacía ya bastantes horas que Lynn Kyle se había encerrado en su mundo personal, alejando de allí todo lo que pudiera representar una perturbación para su ya enturbiado estado de ánimo...

Dios sabía que él no había querido presentarse como senador... le había costado horrores a Brent y Spier convencerlo de la necesidad de enfrentarse al público y pedirles un voto de confianza para sentarse en una banca del Senado de la Tierra Unida... años de lucha y militancia contra el Gobierno de la Tierra Unida que serían en balde si aceptaba formar parte de su máximo cuerpo legislativo...

Pero conforme pasaban las semanas y se acostumbraba a la realidad de la campaña, y de luchar para un cargo público, Lynn Kyle descubría el sutil encanto de la política... especialmente cuando venía condimentado con la posibilidad real y certera de lograr algún cambio positivo en el camino hacia la paz, cosa que era más que lo que podía lograr como un simple agitador político...

Si había de internarse en la oscura jungla de la política, razonaba Kyle, nada de malo habría en tratar de usar los juegos y recursos de la política para una causa noble y justa como la suya.

Tal vez, incluso, si alguno de esos políticos sucios tenían idea de lo que la paz significaba, se convencerían de no ser peones de los militares y de dar pasos positivos junto a él para lograr que la Humanidad conociera la paz verdadera y duradera...

La paz... si tan sólo él mismo fuera capaz de descubrirla en su totalidad... si tan sólo pudiera encontrar la calma y respiro que necesitaba su atribulado y fogoso espíritu... si tan sólo alguien lo ayudara a encontrar la paz, o al menos a asegurarse de que el mundo exterior no insistiera en avivar las llamas de su ira y frustración...

Era por eso que Lynn Kyle había escogido pasar el resto de ese día encerrado en su habitación, meditando y cavilando sobre su tormenta interior en lugar de pensar en los avatares políticos de Denver y de su propia campaña al Senado; de esas cosas era mejor que se ocuparan los técnicos y expertos como Brent, Spier y Blanchard, mientras que él se ocupaba de todo lo que le importaba en el mundo: la paz.

Aquella paz en cuya búsqueda él había invertido su vida y quemado todos los puentes que lo unían con su pasado.

De pronto, perturbando su meditación, la puerta de la habitación se abrió con fuerza, provocándole una sorda irritación a Lynn Kyle, emoción que desapareció cuando vio la cara de orgullo que traía Sean Brent en su rostro. Detrás de Brent, Marieta Blanchard también parecía satisfecha... aunque era más contenida que su socio y definitivamente no podía quitarse del rostro el disgusto que siempre había sentido hacia Kyle.

- ¿Qué pasa? - exigió saber Kyle, levantándose de la cama como por reflejo.

- Permítame estrecharle la mano... - solicitó Brent rápidamente.

Inseguro y confundido (por no decir manifiestamente intrigado) por el extraño comportamiento de su jefe de campaña, el joven extendió la mano con recelo hacia Brent, quien no tardó ni un segundo en estrecharla efusivamente.

Conforme estrechaba la mano de Kyle, Sean Brent comenzaba a sonreír, revelando una satisfacción cuyas causas más profundas escapaban al entendimiento de Kyle... una satisfacción que se hizo más que evidente con las palabras que pronunció entonces:

- Muchas felicidades... senador.


- ¡Hoy hemos conquistado una gran victoria, ciudadanos!... Hoy hemos demostrado a los tiranos de Nueva Macross que no podrán aplastarnos más, y que intenten lo que intenten, nunca podrán evitar que el clamor de justicia del pueblo se haga oír...

Cientos, quizás miles de personas en la calle aclamaron a viva voz y con puños en alto al hombre que les estaba hablando desde el balcón de su suite en el Hotel Luxor... ese joven que había llegado casi como un desconocido meses atrás y que ahora se había transformado en el líder personal de una gran facción de ciudadanos de Denver...

Tanto creían aquellas personas en Kyle que sin ningún tipo de organización se dieron cita a las puertas del Luxor para aclamarlo, dándole la oportunidad de dar un buen discurso para rubricar la victoria que había alcanzado con el 41por ciento de los votos, derrotando holgadamente a una oposición política dividida, desorientada, enfrentada y acosada por los trascendidos periodísticos de las últimas semanas.

Y ahora, ese joven que los escuchaba con una sonrisa triunfal, daba toda la impresión de haberse acostumbrado a su nuevo cargo.

Senador por Denver-Colorado.

- No me aclamen, ciudadanos de Denver, porque esta no es una victoria personal o mía - los exhortó Kyle, tratando de moderar el ánimo de la multitud que espontáneamente había concurrido al Hotel Luxor para celebrar su triunfo arrollador en la elección. - Antes bien, aclámense a ustedes mismos, ¡porque fueron ustedes quienes lograron este gran triunfo! Yo sólo soy su instrumento, la persona en quienes ustedes depositaron su confianza para que sea su voz ante los tiranos...

Una nueva ovación masiva, que parecía más un rugido que una colección de voces humanas, tronó desde la calle, al punto que varias de las ventanas del hotel se estremecieron con la potencia de ese grito. Eran miles de voces tronando al unísono y vociferando su apoyo al nuevo senador por la región de Denver-Colorado, el hombre que les había prometido hacer lo imposible para alcanzar la paz y para lograr la libertad...

Su líder.


Mientras se acercaba a la entrada del cine de la calle Franklin, Callie Frenkel no sólo había dejado atrás la inquietud y el miedo que sentía desde que recibiera aquella llamada telefónica (aunque nunca la dejarían por completo), sino que incluso se dio el lujo de pensar algunas cuantas cosas para decirle a su informante en cuanto lo viera. Especialmente, que esperaba que hubiera una buena razón para eso... lo suficientemente buena como para alejarla de su pizza y hacerla caminar por las calles oscuras y poco recomendables de la ciudad de Denver.

En esos pensamientos estaba enfrascada Callie, con un bolso al hombro repleto de ropa y algunos bienes personales, cuando una mano pesada se posó en su hombro. Con todo lo que venía pasando en ese día, fue un milagro que la joven no sólo no se desmayara, sino que no pusiera el grito en el cielo para pedir ayuda ante lo que ella pensaba que podía ser el ataque de un degenerado.

De hecho, la periodista ni siquiera pudo decir una palabra; como siempre, el informante se ocupó de marcar el tono de la reunión con una palabra que sonaba más a orden que a sugerencia.

- Camine.

Callie acató el pedido y trató de mantener el paso al que venía el informante... pero llevaba demasiadas cosas dentro como para no plantearle algunas cosas al hombre que la había esperado disimulado en la entrada del cine, que esa noche estaba totalmente cerrado por las elecciones.

- ¡¿Qué le pasa?!

Sin mirarla, el informante contestó lo que él quiso decirle, algo que naturalmente no ayudó a tranquilizar a Callie.

- Tengo un auto por aquí... tengo que sacarla de la ciudad.

- ¡¿Qué?!

El informante no dijo nada hasta que llegaron los dos a la esquina de Franklin con la siguiente calle, lejos de los ojos curiosos de cualquier transeúnte. Pero cuando se resolvió a hablar, lo hizo con un tono que Callie Frenkel jamás le había notado en la voz... el tono de voz de un hombre que había visto algo tan inconcebible y terrorífico que su vida misma nunca volvería a ser la misma.

- Encontré algo terrible que usted tiene que darlo a conocer... pero no aquí.

- ¿Entonces, donde? - preguntó con creciente inquietud la reportera, que ya no le preocupaba tanto lo que estaba pasando, como lo que el informante había visto para que se pusiera tan nervioso.

- En Nueva Macross.

- ¿Está loco? - replicó incrédula Callie; más práctico hubiera sido sugerirle que fuera a la Luna. - Estamos a miles de kilómetros...

- No importa - la interrumpió el informante, que ya estaba sosteniendo una carpeta en su mano. - No le creerán en los medios, no la dejarán publicar esto... y tal vez la maten si lo hace.

Haciendo caso omiso de sus nervios, Callie pensó más en la carpeta que el informante sostenía e intentó evacuar sus inquietudes a como diera lugar.

- ¿Qué? ¿Qué es tan importante?

Ante la insistencia de la joven, el informante se dio por vencido y levantó la carpeta para que Callie pudiera verla mejor, cuidando al mismo tiempo de que ningún ocasional transeúnte pudiera ver lo que estaban haciendo ellos dos.

- ¿Recuerda el proyecto NMS?

- Algo... - murmuró Callie mientras trataba de hacer memoria al respecto. - Usted no sabía qué era ese proyecto.

Un leve asentimiento del informante fue suficiente para que Callie se diera cuenta de que eso ya había quedado completamente en el pasado.

- Ahora lo sé.

- ¿Qué es?

El informante miró a ambos lados antes de contestar... se veía aterrorizado hasta la médula por lo que iba a decir, y aún antes de que dijera una sola palabra, Callie ya sentía el mismo terror invadiendo todo su ser...

- NMS es un arma biológica.

Era algo curioso e inusual... escuchar algo como eso de parte de un hombre que le había dado las pistas de lo que provocó una conmoción política mayúscula en su ciudad debería haberla puesto al borde de la locura... pero el mundo seguía igual que antes para Callie Frenkel... la ciudad estaba exactamente igual, nada parecía haber cambiado.

Nada, excepto la sensación de estar inmersa en una situación absolutamente demencial... pero absolutamente verdadera a la vez.

- ¡¿Qué?!

- Es todo lo que sé... - susurró el hombre, que señalaba nerviosamente algunas de las páginas del reporte. - La están desarrollando contra los Zentraedi en la división de Biotecnología de Meridian bajo el más estricto secreto... no se imagina lo que me arriesgué para sacar esto.

A decir verdad, Callie no prestaba atención a las páginas del reporte, ya que se sentía como anestesiada por el peso de lo que estaba descubriendo... no le importaban los gráficos, estadísticas y visiones ampliadas de microscopio que poblaban las hojas del reporte; lo único que le importaba era que su vida había dado un vuelco absoluto, del que muy probablemente jamás pudiera recuperarse.

- Esto es todo lo que pude conseguir al respecto... y me temo que ya están sospechando - reveló el informante, cuyo pánico ya no podía disimularse. - Es por eso que tengo que sacarla de la ciudad, señorita Frenkel. Tiene que advertirle al Gobierno lo que está pasando en esta ciudad... no hay otra alternativa.

Callie pensó en decirle algo al informante, en hacer alguna pregunta, en averiguar algo más, en determinar si lo que estaba pasando era verdad o simplemente una farsa de muy mal gusto.

Pero no lo hizo.

Lo único que hizo fue asentir tímidamente, e indicarle con un simple gesto al informante que le dijera para donde tenía que ir.


- Pero todavía no hemos logrado el triunfo definitivo, ciudadanos, sólo hemos ganado una batalla en nuestra larga campaña... - advirtió Kyle, deteniéndose tanto para darle un respiro a su garganta como para crear tensión en el ambiente. - Podemos estar orgullosos de ser parte hoy de un nuevo movimiento de personas comunes y corrientes que en todo el mundo han elegido hacer sonar su voz para lograr que el Senado de la Tierra Unida sea una verdadera expresión de la voz del pueblo y no un simple formalismo para convalidar la dictadura que nos gobierna... el verdadero triunfo, ciudadanos de Denver, vendrá el día en que nosotros, junto a nuestros hermanos y hermanas de todo el mundo, podamos lograr que el Gobierno de la Tierra Unida sea verdaderamente del pueblo, ¡y no de esos asesinos de uniforme!


No faltaba mucho más para llegar al auto, continuaba repitiéndole el informante mientras los dos se adentraban en una de las calles aledañas al cine de la calle Franklin.

El mundo de Callie Frenkel todavía daba vueltas... parecía como si hubiera sido ayer que ella, impulsada por la curiosidad y la sensación de que había una historia que valía la pena descubrir, se había decidido a investigar a Lynn Kyle. Lo que empezó como trabajo periodístico de rutina no tardó en convertirse en una serie de devastadoras revelaciones sobre los oscuros intereses que se movían detrás del candidato estrella de las elecciones al Senado, revelaciones que la impulsaron a la fama y al renombre.

Pero esas revelaciones todavía no habían terminado... sino que se ponían peor.

La mente de la joven reportera todavía no asimilaba lo que había escuchado de boca del informante: la misma corporación que había pagado la campaña de Lynn Kyle estaba embarcada en un programa de desarrollo de armas biológicas... la sola idea era absurda y bien valía una internación en el manicomio municipal, pero coincidía con todo lo que estaba viendo desde el primer momento.

El secreto rotundo con el que se manejaba la Corporación Meridian en todos sus asuntos... los movimientos de fondos que nadie sabía de donde venían y a donde iban... los proyectos de los que nada se sabía excepto las claves internas... como piezas de un rompecabezas perverso y monstruoso, todas aquellas pistas confluían ahora en aquella última y demoledora revelación.

Curiosamente, a Callie no le molestaba tanto la idea de montarse en ese automóvil para empezar el viaje hacia la lejana capital del Gobierno de la Tierra Unida, o al menos, no le molestaba tanto como la magnitud de las cosas que su informante le había ayudado a descubrir.

Si no fuera porque estaba muerta de miedo, ella se hubiera sentido inmersa en una mala película del estilo de James Bond.

Algo tenía que hacer para calmar su miedo, y ese algo fue asegurarse de que lo que esa noche le había sido revelado no quedara solo en manos de ella. Un simple mensaje de texto, de apenas cuatro palabras tecleadas de apuro y en medio de la caminata, fue más que suficiente para calmar sus miedos y su conciencia.

El informante aceleró el paso; con sus gestos le indicó a Callie que ya estaban cerca de su automóvil.

El corazón de la reportera se aceleró.

Y de pronto, el sonido atronador de dos disparos detonó el silencio sepulcral de aquella calle, haciendo que Callie se arrojara al piso siguiendo un instinto imposible de resistir.

Cuando por fin ella pudo sobreponerse al temor y abrir sus ojos, notó horrorizada cómo la sangre manaba del cadáver de su informante, derribado por aquellos dos disparos cuando estaban a meros metros del automóvil que los iba a sacar de la ciudad de Denver.

Sacando fuerzas de donde no tenía, la reportera se levantó y trató de correr hacia el auto, sin importarle que no tuviera llaves para abrir sus puertas. Cuando fue obvio para ella que nada iba a poder hacer con el auto, trató entonces de volver sobre sus pasos, corriendo para abandonar la calle en la que estaba y llegar a una vía más transitada e iluminada.

Detrás, ella podía oír los pasos de varios hombres que corrían para alcanzarla...


En otro rincón de la suite, algunas personas que preferían más el murmullo de las salas reservadas y la sutileza de las maniobras a la vocinglería y al griterío sonreían con el discurso de Lynn Kyle... para ellos también era un momento de triunfo, una gran victoria que, si todo salía como lo tenían planeado, sólo sería el principio de algo completamente nuevo...

A Sean Brent se le ocurrió una curiosa metáfora al ver a Kyle arengando a la multitud desde aquel balcón... por alguna cosa del destino, a Brent se le antojó que el nuevo senador era el equivalente a un martillo muy poderoso, capaz de doblar o aplastar lo que sea que se le pusiera enfrente, pero que no sería nada de nada ni tendría potencia alguna si no contara con una mano firme que lo controlara y lo mantuviera a raya.

Y con Kyle como su martillo, ellos sabrían cuáles cosas habrían de ser martilladas en el futuro próximo.

Por más que Lynn Kyle no lo supiera, y por más que insistiera en sus ideales, la semilla ya estaba plantada, y muy pronto comenzaría a echar raíces.


Aún cuando estuvo muy cerca de tropezar en varias oportunidades, Callie Frenkel corrió a todo lo que le dieron sus piernas, corrió como nunca antes en su vida, corrió como si su vida misma estuviera en riesgo... cosa que, por otro lado, era absolutamente cierta.

Faltaba poco para la calle Franklin... faltaba poco para poder escapar de quienes sean que la estaban persiguiendo...

Faltaba poco...

Y entonces, dos manos se cerraron sobre su pierna derecha, haciéndola trastabillar y perder el equilibrio hasta que ella se dio de bruces contra el frío y duro asfalto de la calle.

Más manos la sujetaron, impidiéndole cualquier posibilidad de escape y restringiendo sus movimientos... que a pesar del dolor y el terror que sentía, ella nunca dejó de hacer.

Las manos la voltearon, poniéndola de espaldas al asfalto y permitiéndole a Callie Frenkel ver por primera vez a sus agresores: un grupo de hombres jóvenes, seis o siete de ellos, de no más de treinta años, vestidos con ropas desgarradas y los crudos distintivos de una pandilla de las que aterrorizaban a la ciudad de Denver.

"Oh Dios, no... por favor..." rezó Callie, sin poder dejar de ver a aquellos criminales en cuyas manos había caído. "No así... no de esta manera... no dejes que termine así..."

La sangre de Callie se heló en sus venas... y después sintió algo húmedo en su rostro. No necesitó tocarse la cara (no lo hubiera podido hacer, ya que uno de los pandilleros la tenía bien sujeta) para darse cuenta de lo que era e verdad... sangre. Su propia sangre.

Los pandilleros se acercaron a ella, con sus rostros denotando un salvajismo que acabó por destruir la poca cordura y paz que le quedaba a la reportera del Denver Star; ese mismo salvajismo que demostraron segundos después en los hechos y con creces cuando comenzaron una golpiza feroz e interminable sobre su víctima.

Los forcejeos y gritos de Callie Frenkel no le sirvieron de nada: no pudo liberarse de sus captores, y si alguien escuchó sus desesperados pedidos de auxilio, no tuvieron la valentía como para enfrentarse a aquella media docena de salvajes.

Entre todos, tomando a su presa por las manos o incluso por el cabello, los pandilleros arrastraron a Callie por la calle hasta llegar a un lugar más propicio para hacer lo que se proponían hacer, llevando a la reportera como quien lleva a un animal que se sabe próximo al matadero y que se resiste con todas sus fuerzas a pesar del dolor feroz que siente en cada centímetro de su cuerpo.

El lugar más propicio fue un rincón de la calle, convenientemente alejado de cualquier fisgón o transeúnte, aunque ninguno de los dos era un problema para los pandilleros...

Seguros de que nadie los estaba viendo, los criminales se lanzaron entonces sobre la joven mujer a la que habían apresado... la joven que, desde el suelo que sería tanto su sitio de suplicio como su lecho final, los miraba con ojos aterrados y desorbitados mientras sus captores la golpeaban una y otra vez, y le arrancaban sus ropas como preludio al ultraje final.

Lo que aquellos seis pandilleros le hicieron a Callie Frenkel en el aislamiento de aquel rincón y bajo la cobertura cobarde de la noche, fue demasiado brutal, demasiado salvaje, demasiado depravado y animal, como para poder ser descrito en palabras.

Afortunadamente para la joven periodista, la muerte no tardó en llegar para aliviarla de su brutal agonía.


Ajeno a las murmuraciones de sus "socios", Lynn Kyle seguía sintiéndose invadido por una sensación tan placentera como embriagante... el paroxismo de la aclamación, el sentirse poco menos que elevado a un dios viviente por la aclamación de la multitud, y en un breve segundo que pasó casi inadvertido para él, Lynn Kyle sintió en su interior esa tentación sutil del poder seduciéndolo para que abandonara su camino, ofreciéndole infinitas posibilidades para él... y tal vez para Minmei, si algún día ella decidía entrar en razón y regresar con él.

Ahora él era un senador, y podría darle todo lo que ella quisiera... todo lo que ella anhelara, él podría dárselo... y tal vez, sólo tal vez, ella por fin accediera a lo que él más deseaba en el mundo...

- ¡Continuemos juntos, Denver, ustedes desde sus trabajos cotidianos y desde su lucha, y yo hablando por ustedes y defendiéndolos desde la banca del Senado que me han confiado! Porque sé que lo que logramos hoy es una promesa... ¡es la promesa de que en un mañana cercano, podremos reconquistar el Gobierno y traer una paz verdadera, duradera y justa al mundo!

Miles de rostros, que para Kyle se confundían todos en uno sólo, contestaron con una rítmica aclamación de "¡KYLE! ¡KYLE! ¡KYLE!" que hizo correr la adrenalina en la sangre del senador electo por Denver-Colorado...


Sentado dentro de un automóvil estacionado en la calle Franklin, Rudolf Spier le dio de mala gana al hombre desaliñado y mugriento dos cosas: un fajo de billetes de 100 créditos, y suficientes drogas como para poner al criminal y al resto de su manada en las nubes hasta la siguiente venida del Señor.

Spier trató de contener su disgusto mientras el pandillero contaba los billetes y daba una pequeña probadita de las drogas que le acababa de entregar, pero por fortuna para su estómago, el pandillero no tardó en irse corriendo de allí, quizás para mostrarle a los otros seres de su banda el beneficio adicional que habían obtenido por aquel favor... o tal vez, intentaba escaparse él sólo con su botín.

De cualquier manera, pensó Spier, el pandillero y sus socios no iban a vivir lo suficiente para disfrutar los beneficios.

La masa de refugiados que habían llegado a Denver en busca de salvación luego del Holocausto la habían convertido en un lugar sobrepoblado y gobernado por la ley de la selva en muchos de sus distritos más empobrecidos. Había sido sólo cuestión de tiempo para que la falta de empleo y la falta total de esperanzas llevara a los más desesperados a convertir al crimen en algo endémico en la ciudad, transformando barrios completos de Denver en tierras de nadie en donde la Policía municipal sólo se atrevía a entrar si las autoridades prometían a sus agentes hacer la vista gorda ante lo que era inevitable.

Y las pandillas eran lo peor del mundo criminal de Denver: bandas de muchachos, más animales que hombres, capaces de masacrar por dinero o drogas... como el propio Spier lo había podido comprobar cuando, haciéndose pasar por un esposo despechado, "contrató" a una de esas pandillas para matar a quien él señaló como su esposa y al hombre con quien supuestamente ella lo estaba engañando.

Los pandilleros ni se molestaron en preguntar: sólo fijaron su precio y se lanzaron sobre sus dos presas, con el beneficio adicional de poder hacer con ellas lo que quisieran, ya que Spier les había dado completa carta blanca al respecto.

Igualmente, la segunda banda de criminales que Spier había contratado tampoco se molestó en hacer preguntas innecesarias cuando el ex agente de Inteligencia los contactó para otro trabajo: eliminar a los miembros de una pandilla rival, responsables de haber matado a su esposa y a su mejor amigo...

No sólo se iría de allí con la satisfacción de haber acabado con Frenkel y su maldito informante: también tendría el gusto de haberse deshecho de sus sicarios.

Antes de poner su auto en marcha, Spier notó que media docena de hombres, de aspecto tan lamentable y desastrado como el del pandillero que acababa de irse, venía bajando por la calle Franklin y se metía en la calle donde los otros pandilleros habían llevado a cabo su trabajo.

Lejos de preocuparse, Spier sonrió y volvió a ocuparse de su automóvil.

Antes de conducir su auto lejos de allí, Spier reflexionó que la Policía Municipal tendría mucho trabajo a la mañana siguiente.


- ¡Adelante, Denver! - bramó Kyle con toda la fuerza de su voz, y alzando un puño al aire. - ¡Todo por la paz!

Al pie del hotel, en la calle, la muchedumbre rugía en aclamaciones hacia el nuevo senador.


Lunes 12 de marzo de 2012

A la mañana siguiente, todos los diarios de Denver sacaron en sus portadas la noticia política del año: la elección de Lynn Kyle como miembro del Senado de la Tierra Unida en representación de la región de la que Denver era capital. Todos los reportes periodísticos resaltaban la juventud y carisma del flamante senador, atributos que habían sido vitales para que una persona como él, sin experiencia política más allá de "la militancia personal en la causa pacifista", se alzara con el 41 por ciento de los sufragios válidamente emitidos en la ciudad.

No faltaban los comentarios políticos acerca del futuro de Kyle en el nuevo Senado o de las perspectivas políticas mundiales que se abrían tras la elección del futuro cuerpo legislativo del GTU; tal parecía que ningún analista político de la ciudad había dormido tras las elecciones, porque todos habían publicado al menos un artículo en cada diario de Denver.

El único diario cuya portada no estaba totalmente dominada por la elección de Lynn Kyle era el Denver Star.

Todos los ejemplares del Star de aquel día habían salido con una orla negra en el extremo superior derecho de cada página, mientras media portada del diario mostraba una fotografía de la joven mujer a quien el titular que acompañaba la imagen llamaba "una de las más grandes promesas del periodismo local"... la misma joven cuyo cadáver había sido encontrada a medianoche por la policía municipal de Denver en un callejón de mala muerte.

Por respeto a los familiares de Callie Frenkel y en honor a la memoria de la difunta, el Star se limitó a decir que el cadáver de su joven reportera había aparecido con "signos evidentes de violencia y abuso"... nadie en el staff del diario tenía estómago para publicar en primera página el catálogo enfermo de las vejaciones e indignidades que había sufrido Callie antes de morir.

La misma nota también revelaba que el cadáver de Frenkel había sido hallado por la Policía Municipal en un patrullaje de rutina, y que había sido tan sólo uno de los cadáveres hallados en el callejón. Los otros cuerpos correspondían a Stuart Jablonsky, un empleado de cierta jerarquía en la Corporación Meridian que había aparecido ultimado por dos balazos, y a nueve "malvivientes" muertos en un feroz tiroteo que la policía atribuía a una de las habituales batallas entre pandillas que estallaban de tanto en tanto en Denver.

Tras comentar que la Policía estaba investigando cuál era la vinculación entre Callie Frenkel y Stuart Jablonsky, el periodista cerraba el artículo con frases descorazonadas e irritadas sobre el "desconcierto" y las "pocas esperanzas" que albergaban los agentes de la Policía de Denver sobre una pronta y satisfactoria resolución del caso, al que caratulaban tentativamente como "robo seguido de homicidio" en lo relativo a Frenkel y Jablonsky.

El artículo terminaba proclamando las esperanzas de todos los integrantes del Star, de sus familias y de todos los que alguna vez conocieron a Callie Frenkel, para que "se hiciera justicia" con su colega y amiga ultimada.


Martes 13 de marzo de 2012

La reunión del Consejo de la Tierra Unida de la que acababa de salir había sido agridulce, más tirando hacia lo sombrío que hacia lo alegre.

Que no había sido un asunto entretenido estaba más que demostrado por el andar pesado y desganado con el que el brigadier general Stanislav Maistroff, Jefe de Estado Mayor de las Fuerzas de la Tierra Unida, avanzaba por los corredores del SDF-1 con el objetivo de cumplir una asignación particularmente delicada que el almirante Gloval le había impuesto.

Los oficiales con los que Maistroff se cruzaba, advertidos y conocedores sobre el carácter irritable del Jefe de Estado mayor, no perdían tiempo en poner en práctica todas las reglas de la cortesía militar... todo sea con tal de no provocar la furia del general en un día tan malo como aquel.

Maistroff sabía mejor que nadie que lo que el almirante le acababa de pedir era algo que requería un extraordinario sentido de la discreción y tacto, cosas que él mismo tenía muy en claro que no las poseía... pero de una manera u otra, él era el único capaz de llevarla a cabo. Sin importar todo lo que pudiera gruñir.

Y si algo no había faltado en la reciente junta del Consejo de Gobierno, habían sido gruñidos, proferidos tanto por los miembros civiles y militares del máximo órgano de gobierno de la Tierra.

Las noticias en lo puramente militar eran favorables: con menos bajas que las previstas inicialmente, poco faltaba para que las tropas de la Tierra Unida lanzaran su asalto final contra el último bastión de los separatistas de Ohio, con lo que se pondría fin a una campaña tan desgastante en lo militar como en lo político... permitiendo de esa forma reencauzar los esfuerzos de los militares hacia asuntos más productivos y mucho más gratos que estar tiroteándose contra otros humanos en medio de la nada y las ruinas.

Los resultados electorales de hacía dos días, si bien no habían alcanzado el grado de desastre que hacían prever los pronósticos más catastróficos, tampoco habían representado un triunfo rotundo y arrollador por parte del Gobierno. Las inclinaciones y posturas de la mayoría de los senadores electos le daban al GTU un buen margen de maniobra en la nueva cámara legislativa, incluyendo la posibilidad de formar y sostener una nueva administración con apoyo del Senado.

Pero así como ochenta y dos de los 150 nuevos senadores se declaraban "favorable" al Gobierno, había quince que insistían permanentemente en declararse "neutrales" e "independientes" de la administración... por no mencionar a los cincuenta y tres que proclamaban a voz en cuello su oposición a todo lo que proviniera del Consejo de Gobierno, así como su voluntad de trabajar para establecer una nueva administración "que sirviera mejor a los intereses de la Tierra".

Las mayorías del Gobierno eran demasiado frágiles... y las minorías independientes y opositoras eran lo suficientemente importantes como para lograr de tanto en tanto poner obstáculos al Gobierno. Si Marcel Pelletier se convertía efectivamente en Primer Ministro, algo que los expertos que trabajaban para el Consejo veían como prácticamente asegurado, su administración debería manejarse en una perpetua cuerda floja, lo que le exigiría hacer uso y gala de sus habilidades negociadoras y de su diplomacia si quería que el Gobierno funcionara.

Los opositores provenían de una diversidad de ideologías y posturas: había nacionalistas acérrimos que se habían postulado con el propósito de arrancarle al GTU todas las ventajas posibles para sus regiones de origen (característica que compartían con muchos de los senadores "partidarios" del Gobierno, que manifestaban su apoyo para lograr exactamente los mismos objetivos); había voces sobrevivientes del antiguo gobierno que esperaban recuperar el poder lo antes posible; había extremistas que no deseaban siquiera oír la palabra "Zentraedi"... y había pacifistas que se habían lanzado a la palestra política con la misión explícita de complicar la existencia del Gobierno.

Y entre ellos, estaba el senador por Denver-Colorado... Lynn Kyle.

El ascenso de Kyle había sido un desastre anunciado; las relaciones con Denver habían sido tirantes desde el primer día, y ahora el Gobierno y los militares tendrían que acostumbrarse a la idea de tener a Kyle en el Senado, en representación de uno de los principales polos industriales y económicos de América del Norte... sin mencionar ese condenado carisma y sus dotes de liderazgo, que indudablemente lo transformarían en una verdadera fuerza a ser tenida en cuenta.

O peor aún: el único capaz de unir a la oposición contra el Gobierno.

La sangre aún le hervía en las venas a Maistroff de sólo pensar en Kyle como senador; los recuerdos de los desmanes que el advenedizo senador había provocado con su presencia en el SDF-1 durante los meses finales de la guerra, y el constante torpedeo que había hecho a los esfuerzos militares de la fortaleza espacial habían hecho de Kyle una de las figuras menos apreciadas por un general Maistroff que no era famoso particularmente por ser muy agradable.

Sin mencionar que no debía haber un sólo oficial militar en Nueva Macross que se mostrara ecuánime y racional acerca de Lynn Kyle.

Y a eso venía la misión que el general Maistroff debía cumplir... a asegurar por todos los medios posibles que los hombres y mujeres de las Fuerzas de la Tierra Unida que servían en Nueva Macross se mantuvieran lo más calmados y racionales posibles en los próximos meses...

A esos oficiales no les gustaría lo que Maistroff les diría; y Maistroff lo sabía bien... porque a él le gustaba aún menos.

El general continuaba caminando por los pasillos, envuelto en su propia nube de ira.


- ¡¿Con fideos?!

El teniente comandante Rick Hunter se reía sin saber exactamente por qué lo hacía: si por la anécdota que estaba contando, o por la cara de absoluta incredulidad (y una pizca de asco) que Lisa Hayes ponía para acompañar su respuesta.

Probablemente fueran las dos cosas; de cualquier forma, Rick no iba a perder tiempo en analizar las causas de su risa cuando podía reír...

- Eso fue lo que Max me contó...

- Dios... - murmuró Lisa, meneando la cabeza como si aún no pudiera creerlo.

- Eso fue lo que le contesté - acotó Rick sin poder contenerse, ganándose una mirada fulminante de parte de su novia.

Y es que aún en un momento como aquel, Rick Hunter prefería concentrarse en el brillo divertido de un par de ojos verdes que lo habían encantado mucho tiempo atrás... y que ahora chispeaban con la risa que le causaban las locuras de cierta oficial Zentraedi que andaba embarazada por la vida.

- Definitivamente hay gente que puede comer cualquier cosa... - comentó Lisa, trayendo a su piloto de regreso a la realidad y haciendo que él largara una protesta indignada:

- ¡Yo soy muy selectivo con lo que como!

- Al menos jamás tuve que prepararte fideos con mermelada... - replicó Lisa, cambiando rápidamente de tema antes de que Rick hiciera cara de berrinchudo en represalia. - Fuera de sus hábitos locos, ¿anda todo bien con ella?

- De lujo, me cuenta Max - contestó el piloto, sin poder contener una sonrisa surgida de otra de las noticias que Max le había revelado durante el poco tiempo que habían tenido para conversar aquella mañana. - Dice que la doctora Cascio está maravillada de lo "normal" de su embarazo... aún teniendo en cuenta todo...

Las anécdotas sobre los desquicios prenatales de la teniente Parino-Sterling eran la mejor manera que Rick y Lisa tenían para llenar los minutos muertos que venían compartiendo en aquel auditorio de conferencias del SDF-1, al que habían sido convocados por órdenes superiores y misteriosas que los arrebataron de sus respectivos deberes militares en la Base Aérea y en la Central de Operaciones.

El auditorio en cuestión, una enorme sala que tenía mucho en común con una sala de cine, estaba a medio llenar en aquellas horas de la mañana, con algunas de sus butacas ocupadas por oficiales cansados y desganados que conversaban en voz baja sobre los temas del día (en especial los resultados electorales) y los gajes del oficio, y otras tantas butacas vacías, a la espera de quienes irían a ocuparlas... si es que se presentaban.

Las caras que se veían en el auditorio eran largas y desanimadas, y era sólo gracias a la conversación animada que mantenían sobre Max y Miriya que Rick y Lisa lograban conservar una mínima pizca de buen humor: entre las novedades políticas de los días previos y las usuales noticias que corrían por toda la estructura militar, se hacía muy difícil no ir por la vida con cara de perro.

Todos los oficiales que Rick conocía habían tenido lo suyo para comentar respecto de la elección de Lynn Kyle como senador; muchos de ellos estaban francamente irritados, otros incrédulos y unos cuantos sentían una rabia lenta e irresistible muy mal disimulada por sus intentos de conservar la calma... cosa que Rick pudo notar perfectamente cuando cerca de Lisa y de él tomaron asiento Nicolás Podestá, líder del Escuadrón Apollo, y su segundo al mando, el primer teniente Garth "Vader" Warner.

Si la cara del teniente Warner era la de un hombre molesto, la de Podestá era una máscara de furia apenas contenida, que sólo demostró algo de humanidad cuando saludó a Rick y a Lisa con el tono más amable que le era posible en esa mañana.

- Buenos días, señor, comandante.

- Buenos días, Nicolás... - le devolvió el saludo Rick, para después reparar en ciertas cosas nuevas que veía en el uniforme de su colega líder de escuadrón. - ¿Qué es eso?

- ¿Qué es qué? - contestó extrañado Podestá.

Rick señaló las dos barras doradas que Podestá ostentaba en el cuello de su uniforme... porque esas barras que Nicolás Podestá portaba con tanta naturalidad significaban que, o su colega líder de escuadrón estaba usurpando un rango que no le correspondía, o que se había perdido de algunas novedades aquella mañana.

- ¿Desde cuándo eres teniente comandante?

- Desde ayer a la noche... - le contestó con justificado orgullo personal el líder del Escuadrón Apollo. - Justo me vengo a enterar hoy a la mañana cuando me presento a la base... ni ceremonia hubo, sólo una visita de diez minutos de un coronel de la Jefatura de Personal que me entregó el nombramiento y las insignias...

- Felicitaciones, comandante Podestá - dijo Lisa, tendiendo su mano para que el líder del Escuadrón Apollo la estrechara, cosa que este último hizo con cierta reserva dado el natural temor que sentía hacia Lisa Hayes.

- Gracias, señora.

- Supongo que ya no podré mangonearte - acotó Rick al más nuevo teniente comandante del Grupo Aéreo, comentario que este último devolvió con una sonrisa.

- No, Rick, eso ya se acabó.

De pronto, Rick reparó en que el teniente Warner se veía notablemente molesto e irritado, y sólo para cambiar de tema, decidió poner al comandante Podestá en conocimiento de eso.

- Oye, ¿por qué Vader trae esa mala cara?

Podestá no necesitó mirar a su segundo al mando

- Está así desde las elecciones... realmente esperaba que Kyle perdiera por muerte en Denver.

- No era el único - observó Lisa, que podía ver en la cara del teniente Warner mucha de la indignación que le había provocado la noticia de la elección.

Sin siquiera mirar a su líder de escuadrón, o a Rick y Lisa para tal caso, el teniente Warner se enfurruñó notablemente y dijo sólo una frase que para él sintetizaba todo lo que le despertaba la elección de Lynn Kyle al Senado.

- La mortaja del Lado Oscuro ha caído.

- Nunca tuviste tanta razón, Vader - gruñó el comandante Podestá para después hablarle a Rick con una mezcla de frustración y desconsuelo. - ¿Sabes, Rick? Vi tantos malnacidos como Lynn Kyle llegando al gobierno en mi país... tipos simpáticos y amigables que le prometían todo a todos y se presentaban como salvadores, que cuando llegaban al poder se convertían en desgraciados... tenía la esperanza de que algo hubiera cambiado en el mundo... pero no, se ve que nada ha cambiado.

- Entiendo - se limitó a decir Rick, dejando entonces la discusión para no enojarse más de lo que ya estaba.

"La mortaja del Lado Oscuro nos ha cubierto"... ese comentario sacado de las películas se le había hecho a Rick extraordinariamente adecuado para definir no sólo la situación política sino el estado de ánimo resultante.

Al menos, y eso sí que era algo para mantener bien alto el ánimo, las noticias de Ohio eran positivas, con lo que podía pensarse en una próxima victoria seguida del regreso de las tropas enviadas a pelear contra los separatistas... aunque a juzgar por el más reciente mensaje que Rick había recibido de parte del teniente Shelby, que continuaba en el frente de guerra al mando de su compañía "C" del 54º de Fusileros, las cosas no habían sido precisamente tan sencillas como los reportes militares lo presentaban.

"No es un picnic, Rick", había escrito Shelby en su mensaje.

En ese momento, algo captó la atención de Rick lo suficiente como para intrigarlo y hacer que mirara con más detenimiento al resto de los oficiales que estaban en el Auditorio o que venían llegando... todos ellos, sin importar la rama de servicio a la que pertenecieran, eran oficiales de rangos intermedios como él, amén de algún ocasional mayor o coronel, y cuando notó que todos los que portaban alas de aviador militar eran compañeros jefes de escuadrón (y un par de jefes de ala de la Fuerza Aérea), el teniente comandante Hunter comenzó a preguntarse si los muchachos del Ejército que veía por allí también eran comandantes de unidad...

- Esto es grande... - murmuró entonces Rick, sin dejar de recorrer el auditorio con la mirada, mientras Podestá y Warner discutían algún asunto interno del Escuadrón Apollo.

- ¿Te parece? - inquirió Lisa, ganándose una encogida de hombros por parte de Rick.

- Tú dímelo... tú eres la que conoce de memoria quién está al mando de cada unidad en Nueva Macross...

Sumándose al esfuerzo de su piloto, Lisa también estudió cuidadosamente al resto de los presentes... sólo que a diferencia de Rick, ella conocía muy bien los nombres y rostros de todos los comandantes de unidad con base en la capital, y un rápido chequeo arrojó una conclusión sorprendente.

Compartiendo la sala con ella y su piloto favorito, había veintitrés comandantes de escuadrones aéreos entre la Fuerza Aérea y las Fuerzas Espaciales; siete comandantes de batallones de Destroid, cuatro comandantes de batallones de tanques y nueve comandantes de batallones de infantería, además de los jefes de divisiones, brigadas, alas y grupos aéreos de quienes dependían todos los anteriormente mencionados... sin contar los oficiales que mandaban unidades de apoyo, guarniciones, bases y puestos avanzados en toda la región de Nueva Macross.

Sea lo que sea, lo que se iba a tratar en meros minutos era algo lo suficientemente importante como para reunir a semejante colección de oficiales en un mismo lugar, razonó Lisa. ¿Qué diablos podía tener en mente el Alto Mando para convocar a aquella junta?

- Dios, están todos...

- ¿Ahora me crees? - acotó Rick con cara de ofendido.

La comandante Hayes sonrió con ternura a su novio, respondiéndole con una voz dulce a la vez que lo tomaba de la mano y la acariciaba para ablandar su resistencia.

- ¿Alguna vez dudé de ti?

- No sé, yo ya estoy ofendido...

- ¿Y qué quieres que haga al respecto? - preguntó curiosa la comandante Hayes, mientras se acercaba más y más a su piloto, disfrutando el volverlo loco como sólo ella lo hacía.

- "Desofenderme", desde luego... - contestó Rick como si se hubiera tratado de una pregunta demasiado obvia, y para remarcar su punto, el piloto se movió hacia Lisa en un inevitable curso de colisión contra sus labios que Lisa debía detener... por más que no quisiera hacerlo.

- Rick, estamos en medio de una junta oficial... - trató de objetar Lisa con muy pocas ganas de hacerlo.

- Y yo oficialmente estoy muriéndome de ganas de besarte, Lisa, así que no sé cómo, pero espero que encuentres una solución al problema...

La solución al "problema" de Rick y Lisa llegó por cuenta del vozarrón potente de un coronel del Estado Mayor que estaba sentado en primera fila, y que hasta entonces había oficiado de reticente encargado de aquella junta, cuando notó que Alguien Muy Importante estaba haciendo su entrada al auditorio militar.

- ¡Atención en cubierta! - exclamó aquel coronel, galvanizando al instante a todos los presentes.

Rick y Lisa no fueron la excepción, y por imperio del entrenamiento y la disciplina militar no tardaron en ponerse de pie y asumir la posición de firmes (casi sin pensarlo), al igual que el resto de los oficiales presentes en el auditorio... permaneciendo en dicha postura mientras el brigadier general Maistroff caminaba a paso vivo hasta el sitial que ocuparía frente al auditorio.

- Descansen - gruñó el general en cuanto llegó a su destino y se sentó, agregando con desgano al final: - Y tomen asiento, por favor.

Maistroff les dio a los oficiales exactamente cinco segundos para que todos los oficiales presentes se sentaran antes de lanzarse a tratar el tema en cuestión... y para su sorpresa, no habían pasado tres segundos de que diera la orden para que no quedara un sólo oficial militar de pie o a medio sentarse en aquel auditorio.

Evidentemente, la ansiedad y la incertidumbre habían hecho estragos entre todos esos oficiales, que le dieron al general una mirada inquieta que lo decidió a lanzarse de lleno a los temas para los que había venido a hablar.

- Los convoqué a esta junta para ponerlos al tanto de las últimas decisiones del Consejo del Alto Mando.

Muy pocos oficiales reaccionaron a aquel anuncio; era evidente que esperaban que algo como eso fuera el motivo de aquella junta ordenada y conducida por el Jefe de Estado Mayor, así como era evidente que el gran interés de todos esos oficiales era conocer exactamente cuáles habían sido aquellas decisiones.

- Dentro de un mes, se tomará juramento a los nuevos senadores y se instalará un nuevo gobierno... y no necesito decirles todas las implicaciones que eso representa para las Fuerzas de la Tierra Unida - procedió a explicar Maistroff, sin que las contenidas muecas de disgusto e irritación que asomaban en el rostro de algunos oficiales lo detuvieran o preocuparan. - Con el Senado funcionando en nuestra ciudad, mantener la seguridad de Nueva Macross se convertirá en una prioridad absoluta para las unidades militares que ustedes comandan... y para las que estaremos redesplegando en la región capitalina a partir de la próxima semana.

Los oficiales se miraron con inquietud e incertidumbre. ¿El Alto Mando iba a reforzar a las tropas en Nueva Macross? En las mentes de muchos de ellos comenzaron a realizarse cálculos de lo que aquellos esfuerzos insumirían... nuevas bases, reacomodamiento de unidades, ampliación del barrio militar... todas cosas que pondrían a las Fuerzas de la Tierra Unida frente a un esfuerzo de gran importancia, que consumiría seguramente buena parte de sus energías.

Pero aún con esos cálculos, en muchos de los oficiales se hacía presente la pregunta fundamental: ¿Para qué?

Otros, por su parte, miraban recelosos al Jefe de Estado Mayor, seguros de que una noticia como aquella, si bien importante, no era lo suficientemente trascendente como para reunir en un mismo lugar a todos los comandantes de unidad en el área de la capital.

- El Alto Mando ha ordenado el traslado de nuevas unidades de tierra y aire a las bases de Nueva Macross con el fin de reforzar nuestra capacidad de proteger y garantizar la seguridad de la ciudad y del Gobierno... y en principio, estaríamos hablando de una división de infantería completa y al menos tres batallones de Destroids en lo que al Ejército se refiere, además de un ala de combate de la Fuerza Aérea y unidades de defensa antiaérea. Esto representará para nosotros una compleja adaptación, que confío que no será un mayor problema para oficiales tan capaces y preparados como ustedes.

Si el general Maistroff quiso halagar a los oficiales que lo escuchaban, muy pocos de ellos demostraron estar complacidos por el elogio; primaba más en ellos la preocupación y la curiosidad que el ánimo de recibir halagos de parte del Jefe de Estado Mayor, quien por su parte, viendo fracasar su esfuerzo por aliviar la tensión, decidió volver a lo que le era más familiar y continuar con la exposición a cara de perro:

- Por otro lado, pasando a cuestiones más reservadas...

Por instinto, Lisa Hayes se inclinó hacia adelante, sintiendo que en ella se encendía el interés de escuchar lo que Maistroff tenía que decir... su instinto, así como su análisis de la expresión seca y de disgusto del general Maistroff, le decían que estaban al borde de escuchar la verdadera razón de semejante junta a cargo del segundo al mando de las Fuerzas de la Tierra Unida.

- Entiendo que muchos de ustedes estén algo nerviosos por algunas de las personas que integrarán el futuro Senado, y su postura pública respecto de las instituciones militares de la Tierra Unida... y que esa preocupación es cuanto menos compartida por los hombres y mujeres que sirven bajo sus órdenes - lanzó el general sin anestesia, sobresaltando a muchos de los oficiales con su franqueza descarnada.

Algunos de los presentes, sobrecogidos por la irritación al punto de olvidar las exigencias del protocolo militar, parecieron estar a punto de contestarle al general Maistroff, algo que el Jefe de Estado Mayor detuvo al instante con una mirada glacial a toda la audiencia y con una voz que no admitía discusión alguna:

- Ustedes son los hombres y mujeres que mandan las unidades con base en Nueva Macross, y sólo por eso pueden estar completamente seguros de que estarán bajo un cuidadoso y permanente escrutinio político y militar, señores. Para los propósitos prácticos, ustedes serán las caras visibles de las Fuerzas... a los ojos del futuro gobierno.

Lisa conocía bien los gestos de Maistroff... y cuando vio que el puño del general se cerraba sobre la mesa, temblando como si estuviera a punto de dar el golpe sobre la mesa que tantas veces le había visto hacer en juntas durante la guerra, no le quedó la menor duda a Lisa que estaba a punto de escuchar la parte más desagradable de todo el asunto.

De pronto, Lisa se estremeció de pies a cabeza, sintiendo escalofríos irresistibles... por instinto o decisión deliberada, Rick la estaba tomando de la mano, transmitiéndole una sensación de calma y apoyo que hizo mucho por serenarla y tranquilizar sus nervios... mientras la mirada tierna y profunda que él le dio en ese momento logró que su corazón latiera sin control alguno.

En su sitio, Maistroff contenía a como diera lugar sus impulsos de golpear la mesa, impulsos que sólo se hicieron más poderosos en el momento en que disparó la parte central del mensaje que había venido a comunicarles a esos oficiales.

- Es por eso, señores, que insistiré sólo una vez con esto, y pueden estar seguros de que hablo en nombre del Supremo Comandante y del Consejo del Alto Mando: exijo plena subordinación a las autoridades políticas y militares del Gobierno, y exijo de ustedes y de quienes obedecen sus órdenes un comportamiento responsable, profesional y dedicado enteramente al mejor cumplimiento de su deber. Al menor conato de insubordinación, a la menor señal de desorden en una unidad militar o reacción sediciosa hacia el Gobierno, no tengan dudas de que todo el peso de la ley caerá sobre los responsables y sobre el comandante de la unidad en cuestión, porte el grado que porte.

Ya las caras de indignación eran imposibles de contener; muchos de los oficiales se sentían heridos en su amor propio y en su honor personal con sólo escuchar semejante insinuación. Ellos eran oficiales profesionales a quienes se les había encomendado el mando de unidades militares, y por más que rabiaran o se indignaran por las noticias políticas, por más que en determinados momentos sintieran el impulso de tomar las cosas en sus propias manos, ese sentido del profesionalismo les impedía hacer algo que contraviniera sus juramentos... con lo que las palabras de Maistroff cayeron como un insulto personal para ellos.

- Oirán cosas que muy probablemente hagan hervir su sangre, pero ante eso recuerden que ustedes tomaron un juramento de lealtad y obediencia al Gobierno... independientemente de las opiniones personales que sus integrantes les merezcan - prosiguió el general, bajando un poco los decibeles de la discusión y pasando entonces a aspectos más prosaicos de la cuestión. - Todas sus actividades se cumplirán normalmente y como siempre; continuarán los patrullajes, los ejercicios y las misiones normales de las unidades con base en Nueva Macross... que tengamos o no un nuevo Gobierno no significará ningún cambio en ese sentido.

Los ánimos se tranquilizaron un poco, pero aún continuaban las caras de perro entre los oficiales... algo que le confirmaba al general Maistroff la dolorosa necesidad de aquellas órdenes y advertencias que había venido a dar.

Con irritación, el general recordó el momento en el que el almirante Gloval, tras concluir la junta del Consejo, lo había llevado a un lado y le había dicho lo que tenía que hacer a continuación... convocar a todos los oficiales con mando de tropas en la región de Nueva Macross y advertirles que cualquier clase de movimiento no autorizado o asonada recibiría un castigo duro y ejemplificador. Recordarles una vez más el carácter de su juramento como oficiales. Hacerles saber que las elecciones no habían cambiado nada para ellos.

A Maistroff le había molestado, y mucho, tener que escuchar eso de boca del Supremo Comandante. Él era un militar profesional, a quien la idea de dar cuartelazos y meterse en política le resultaba desagradable... más aún dado su carácter de miembro del Consejo, y resentía no sólo que Gloval creyera que las tropas podían insubordinarse, sino que le diera a él la tarea de hacer esas advertencias duras e indigeribles.

Pero ahora, viendo cómo esos oficiales no hacían el menor esfuerzo por disimular su disgusto, el brigadier general Stanislav Maistroff comprendió por fin el temor de Gloval... y no pudo hacer otra cosa más que coincidir con el almirante.

- Cumplan con las órdenes legales y legítimas, obedezcan a las autoridades militares y manténganse firmes en el cumplimiento de su deber... y conserven siempre su profesionalismo - exigió el general, alzando la voz con cada palabra mientras el resto del auditorio se hundía en un silencio glacial. - El Alto Mando está plenamente comprometido con la idea de fuerzas militares profesionales y apolíticas, y así como respaldará siempre y en todo momento al personal militar que se comporte con profesionalismo, apego al deber y respeto por la ley, exigirá de todos ustedes actuar siguiendo aquellos valores... y castigará a quienes se aparten de ellos.

Rick miró a los ojos de Lisa, encontrando en ellos los mismos temores que lo habían invadido a él... en especial, el temor a pensar que las cosas estaban tan mal como para que el Alto Mando creyera pertinente darles a los oficiales semejante advertencia.

A los dos les alcanzó con ver los rostros de sus compañeros oficiales para saber que efectivamente era necesario recordar una vez más las obligaciones que sus juramentos les habían impuesto... en todos ellos se hacía patente la misma irritación y la misma indignación, emociones que en un oficial de quien dependen hombres y mujeres armados siempre eran peligrosas por lo vulnerables que los dejaban frente a la tentación de alzarse en armas y tomar las cosas en sus manos.

Curiosamente, Lisa reparó en algo que había pasado inadvertido en las últimas palabras de Maistroff, una especie de mensaje en clave que el Jefe del Estado Mayor había querido que quedara claro:

El Alto Mando no iba a tolerar levantamientos... pero tampoco iba a tolerar intromisiones indebidas de los políticos o intentos de tomar a las Fuerzas como chivos expiatorios.

- Nos esperan tiempos complicados, oficiales. Vayan preparándose y preparen a su personal - advirtió el general Maistroff desde su sitio.

La advertencia del general cayó de manera muy especial en Rick Hunter y Lisa Hayes, quienes a la sola mención de las palabras "tiempos complicados" buscaron instintivamente el refugio y la seguridad que para ellos era tomarse de la mano y apretarlas con fuerza, transmitiendo en ese sencillo gesto todo lo que los dos necesitaban para enfrentar la realidad...

Lisa pudo oír que Rick respiraba entrecortadamente, como si la tensión lo estuviera sobrecogiendo, mientras que Rick notaba que Lisa se ponía tensa al contacto con sus manos... definitivamente los dos iban a tener mucho que hacer para tranquilizarse o calmarse luego de aquella junta con Maistroff, y con sólo mirarse a los ojos lo confirmaron.

- Eso es todo - gruñó Maistroff a modo de conclusión, mirando a los papeles que había dejado en el escritorio para no observar los rostros de los oficiales. - Pueden retirarse.


NOTAS DEL AUTOR:

- No sé ustedes, pero cada vez que veo a Kyle en la serie, más madera de político le estoy encontrando... una madera podrida y comida por los gusanos que ni para leña serviría, pero madera de político al fin... lo admito, no le tengo cariño al muchacho, pero bueno, esa es mi opinión al respecto.

- Pido disculpas si molesté a alguien con algunas escenas de este capítulo...

- El 3 de marzo es la fecha del cumpleaños de Misa Hayase en Macross, lo que por ende lo convierte en el cumpleaños de Lisa Hayes en Robotech.

- Por favor, anoten en sus agendas la siguiente fecha: jueves 4 de septiembre de 2008.

Tal vez se pregunten qué tiene de significativo ese día... bueno, ya que la autora me dio luz verde para decirlo, entonces les aviso que salvo cualquier imprevisto, ese día será publicado el primer capítulo de la nueva historia de Evi, llamada "Vientos de Eternidad", es decir, la continuación de "Horizontes de Luz" por la que muchos de ustedes han estado preguntando. Cuando llegue, por favor vayan a leerlo que les aseguro que no se van a decepcionar.

¿Decepcionar? ¡¿Pero qué estoy escribiendo?! ¡Les va a encantar! No soy scout como para darles la palabra de tal, pero les doy lo más cercano que tengo a eso.

Jejejeje... recuérdenlo, fue primicia exclusiva de "Renacimiento".

- Como siempre, agradezco a todos los que leen esta historia y a los que dejan sus reviews y comentarios... y en particular a mis betas y colegas de locura Evi (con su vuelta próxima a este rincón de Internet), Sara y Kats... ¡Mucha suerte y un saludo grande, colegas!

- ¡Mucha suerte a todos y hasta la próxima, con el Capítulo 17!