Todos los personajes, lugares y hechizos pertenecen a J.K.R, WB y las editoriales asociadas, el resto es producto de la imaginación de Sarah Glover, quien acaba de publicar su primer libro. Yo sólo traduje la historia para compartirla, espero haberle hecho justicia.
Capítulo 25. El costo de ser noble
Ginny yacía sobre la arena, inmóvil y apenas respirando. El cielo azul sin nubes, sólo era una brillante cúpula flotante y fría. Aunque no había sido siempre así. Hacía no mucho, todo había sido negro y denso como un muro de humo. Cerró los ojos y recordó.
Sólo a unos minutos de Iona, ella y Tamsyn atravesaban la noche sobre sus escobas. De repente, la varita había comenzado a vibrar en su mano. El Cieo Cito. Después viró con fuerza hacia la isla, pese a las protestas de Tamsyn. Desde lejos en el horizonte, los hechizos se disparaban en el cielo como fuegos artificiales.
-¡Regresa! ¡Vuelve aquí! -Había gritado Tamsyn.
Ginny se detuvo bruscamente, con su escoba casi chocando contra la de la Auror. -¡No! ¡Están en problemas! ¡Han enviado el SOS, lo puedo sentir!
- ¡No eres una Auror! ¡No estás entrenada! ¡Tienes que volver!
Pero ella no cedió y sin más explicaciones, ambas mujeres se abrieron paso por el cielo oscuro, con la brisa empapando su cabello. De pronto, un estruendo como el estallido de un volcán sacudió la isla. La miraron en shock.
Justo después, la memoria de Ginny se fragmentó cual perlas de un collar que se rompía, golpeándose fuertemente unas contra otras. Un golpe. El helado roce de la mano de Tamsyn mientras le arrojaba una varita dentro de ella. Otro golpe. El palo de su escoba temblando mientras luchaba contra una resistencia invisible. Otro golpe. La varita de Tamsyn quebrándose. Otro golpe. Una explosión brillante de fuego. Otro golpe. Los gritos horribles de Tamsyn. Después, todas las perlas cayeron al mar frío. El profundo mar frío.
¿Habían sido tritones quienes la sacaron de las profundidades? Había escuchado una melodía por encima del agua. Un horrible sonido como si alguien la buscara. Luego un gemido. El gemido de un ave. Y sus brazos flotaron hacia arriba, arrastrándose como algas. El mar la atraía desde muy abajo, pero la canción no la dejó caer en el abismo. El oscuro y frío abismo.
Después, murió. Debió haberlo hecho. Ahora su cuerpo yacía en la playa y podía sentir la arena cálida bajo sus hombros desnudos. Era lógico que debiera morir ahí, pues ahí había vuelto a la vida. Era su isla, la isla de ella y Harry. La cabaña donde habían hecho el amor por primera vez estaba escondida detrás de una colina lejana. Si tuviera la fuerza suficiente, se colocaría de lado para poder verla, aunque eso le rompería el corazón y esa era la única parte de ella que aún quedaba entera.
Con el último rastro de su fuerza, apretó su varita pero ésta cayó de sus manos, cerró los ojos y sintió otra mano cerrarse sobre la de ella y presionar la madera contra su palma. -Susurra el hechizo, susurra el hechizo- le urgió una voz. Harry. Estoy aquí. La magia surgió a través de ella y estrelló la varita sobre la arena húmeda. La puso en posición hasta que una ola la volcó y se la llevó con la marea.
A kilómetros de distancia de ahí, los muros de la cueva de Staffa se estremecieron. Atrapados en las profundidades de la isla, Harry y Areids lucharon por llegar a la salida, tambaleándose mientras una gigantesca estalactita se desplomaba al piso delante de ellos y explotaba en una nube de polvo con un sonido ensordecedor.
-¡Muévete!-Gritó Harry y aferró a Areids debajo de los hombros. La pierna derecha del americano estaba demasiado herida para permitirle correr y avanzaba pesadamente con la izquierda mientras Harry lo arrastraba hacia adelante.
De pronto, los sonidos de una pelea hicieron eco desde la boca de la cueva y cinco hombres se precipitaron dentro, gimiendo como banshees. Areids miró a Harry con alarma. La Hermandad.
Al verlos, los miembros de la Hermandad se abalanzaron sobre ellos dando gritos ahogados y bestiales, haciendo estallar una descarga de hechizos de sus varitas. Los Aurores esquivaron las llamas rojas y les devolvieron el fuego, pero los portadores de las túnicas turquesa no cedieron. Las estalactitas comenzaron a caer del techo de la cueva y apenas pudieron esquivarlas. Harry disparó una bandada de hechizos hacia ellos, pero aun así se lanzaron como animales salvajes.
-¡No van a dejarnos salir de aquí! -Gritó Areids. -Están dispuestos a morir por esa cosa. Estamos atrapados.
Los dos Aurores se colocaron espalda con espalda, lanzando hechizos como látigos a los enloquecidos hombres. -Tienen que pelear hasta la muerte- gritó Harry. -Está en su sangre. Es parte del encantamiento. -De repente, un mar de túnicas negras se unió a las turquesa. -¡Maldita sea, tenemos compañía!
Ambos se agacharon y lanzaron un doble hechizo que golpeó directo a un gran Mortífago contra el muro.
-¡Bien! ¿Puedes hacerlo otra vez? -Gritó Harry por encima de su hombro.
El americano dio un tirón hacia Harry y lo puso más cerca del suelo, girando contra él y lanzando un hechizo perfectamente en sincronía de fuego carmesí. -Lo tengo- murmuró. -Estas paredes no van a aguantar más tiempo. Tenemos que salir de aquí.
Una enorme cantidad de maldiciones y hechizos rebotaron a su alrededor, dejando al descubierto las estalagmitas, mismas que se volcaron atrapando tanto a Mortífagos como a la Hermandad. Las estalactitas liberadas se dispararon desde el fondo de la cueva como carámbanos asesinos haciéndose añicos. Harry vio un brazo desplazarse por el suelo como un cubo de hielo.
Otra onda expansiva sacudió la cueva. Desde lo alto, una enorme estalactita caía como un diente podrido y se estrellaba a los pies de Harry, quien saltó hacia atrás y levantó su varita, listo para derribar a los otros. -¡Mira!- Gritó y tomó del brazo a Areids apuntando hacia un agujero en la pared superior de la cueva. Una estalactita había dejado un pasaje irregular del tamaño de un cuerpo. Una ráfaga de aire se coló por ahí. Si podían avanzar algunos metros, podrían escapar.
Los ojos de Harry centellearon sobre los de Areids. -¡Cuidado!
Un hechizo había pasado rozando al americano y lo hizo soltar su varita. Harry se inclinó y la tomó, arrojándola a la mano extendida de Areids mientras gritaba, -Desmaius-, derribando a un miembro de la Hermandad fuera de combate. El cuerpo sudoroso se colapsó sobre Areids, quien se escurrió debajo de él, mientras Harry se lo quitaba de encima.
-Gracias.
-Ni lo menciones.
La batalla continuó. El hedor de los hechizos ardiendo permeaba el aire y rozaba el traje desgarrado de Harry. Cuanto más se acercaban al pasaje, más locos se volvían los miembros de la Hermandad.
No puede salir de esta cueva. Están luchando por sus vidas. En el momento que dé un paso fuera, morirán.
La realización sacudió a Harry y lo puso en acción. Se dio la vuelta.
-¡Potter! -El Líder de la Hermandad apareció frente a él, con la varita clavada en su pecho. -Retrocede o te mataré. Serás sacrificado. Dame el Códice. No sabes lo que contiene. Nos matará a todos. ¡No puede salir de este lugar!
El terror subió por la garganta de Harry. La máscara de fantasma del líder estaba derritiéndose sobre su piel, creando una especie de sarcófago viviente. Los otros miembros de la Hermandad gemían con la misma agonía. El pedazo de piel que no estaba cubierto por la máscara del líder cerca de sus ojos, estaba enrojecido e inflamado. El olor a carne chamuscada se levantaba desde la túnica ensangrentada del hombre y le recorría los labios.
-Ella se llevará a la Sanadora. La destruirá. Y tendrá que rogar por su muerte hasta el final. Tú rogarás por tu muerte. ¡Devuélvemelo! -El líder levantó la varita y volvió a gritar, -¡devuélvemelo! ¡Aaaaaggggg! -Su rostro se estaba derritiendo. Hizo un movimiento con la varita y gritó, - "Avada…"
Pero en ese momento, otra gran explosión verde lo envió al otro lado. Había golpeado justo entre los hombros al líder. Como si se tratara de un repugnante ballet, los brazos del hombre se agitaron a sus costados y se derrumbó sobre el suelo disparejo, ya sin vida. Un Mortífago estaba frente a él, con la varita aún levantada. Antes de que Harry pudiera reaccionar, el Mortífago se arrojó sobre una roca saliente más abajo, listo para luchar contra otro miembro de la Hermandad.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué los Mortífagos no lo habían atacado?
-¡Por aquí, sujeten la cuerda! -Desde la pequeña abertura en el techo de la cueva, pudo ver el rostro de Tonks. Areids sujetó la punta. Harry corrió entre las rocas, con hechizos zumbando por su cabeza.
-¡Apresúrate, tú primero! -Le gritó a Areids.
El americano negó con la cabeza. -Puedo cubrirte desde aquí abajo.
-¿Estás loco? Te matarán con esa pierna. ¡Ahora muévete!
-No… no puedo. Mis piernas.
Harry tragó. Se había dado cuenta por qué Areids estaba sosteniendo la cuerda: era la única cosa que lo mantenía en pie. Sus piernas se habían vuelto de piedra.
-Apóyate en mí. Nos levitaré hacia arriba. Voy a soltarte cuando lleguemos al pasaje. Tonks te ayudará arriba.
-Me duele…. No puedo aguantarlo. -El rostro de Areids estaba pálido y húmedo, sus labios estaban grises.
-No te atrevas a morir sobre mí, ¿entendiste? Nadie va a creer lo que pasó aquí, pensarán que lo hice todo solo.
Areids rió dolorosamente, luego dio un respingo y casi cayó al suelo. Harry envolvió la cuerda alrededor de los dos y pronunció el encantamiento. La cuerda dio un latigazo hacia arriba y salió disparada. Areids gritó en agonía. El rostro pálido de Tonks se acercaba más y más rápido. De repente, unos gritos emergieron bajo sus pies.
El océano había cubierto la entrada. El agua rugía dentro de la cueva, golpeando brutalmente a varios Mortífagos quienes fueron tragados por el agua en segundos. Los cuerpos eran aplastados contra los muros de la cueva, con el torrente de la inundación. El agua crecía rápidamente y brazos se agitaban sobre ella con agonía. Harry no pudo mirar. Necesitaba salvar a Areids. Después regresaría.
El rostro de Ron reemplazó a Tonks en la abertura y tomó el peso de Areids y lo jaló a través del pasaje. -Sólo unos metros más.
-No. Tengo que volver y salvarlos.
-¡Harry, no! Vas a morir. Ya son hombres muertos.
- ¡No! Esperen aquí, sólo un minuto. ¡Denme un sólo minuto!
Se deslizó hacia abajo por la cuerda. Un remolino de brazos y manos eran sepultados entre cabezas que gritaban por ayuda.
Harry hizo un nudo a la cuerda alrededor de una mano y con su varita en la otra levitó un cuerpo. El Mortífago jadeó por aire. Harry apuntó su varita y levantó el cuerpo hacia el punto donde podía alcanzarlo, luego subió por la cuerda con el cuerpo a cuestas. La cuerda ardía bajo sus manos, incluso con los encantamientos. Hizo lo mismo con otros dos cuerpos, ambos Mortífagos. No pudo ver a ningún miembro de la Hermandad. La cuerda comenzó a oscilar, mientras Harry permanecía colgado ahí en busca de más sobrevivientes. -Vamos maldita sea, vamos. -Pero sólo las rugientes y rápidas olas le respondieron. La cueva había reclamado la vida del resto.
-¡Harry! -Gritó Ron. -¡Sujétate! -Con una sacudida como la de un Traslador, Harry subió por la cuerda. Se rasguñó los brazos al pasar por la estrecha salida, con las rocas presionándose con fuerza contra él. Apenas pudo pasar por el agujero. Lleno de sangre y abatido, sus ropas negras colgaban de él como si él mismo las hubiera desprendido.
-¡Maldita sea! ¿En qué estabas pensando? -Le dijo Ron, ayudándolo a ponerse de pie.
-No podía dejarlos morir ahí. Se hubieran ahogado.
Buscó la mirada de Areids y algo pasó entre ellos. Ninguno había usado la Maldición Asesina. Habían luchado valientemente y con honor. Un peso incalculable se había levantado de sus hombros.
-¿Qué pasó aquí afuera? -Preguntó Harry.
-Los monjes tienen la colina ahora- le respondió Tonks. -Siguen luchando todavía con algunos Mortífagos que se quedaron atrás, los demás irrumpieron en la cueva junto con la Hermandad. Tratamos de retenerlos, pero entre los dos bandos, no teníamos el suficiente poder de fuego hasta que los monjes llegaron a la costa. ¡Y maldición, esos calvitos sí que saben luchar!
-Tenemos que llevarlo con un Sanador- dijo Harry mirando por encima a Areids que estaba encorvado sobre la hierba, gimiendo.
-Hay un monje atendiendo a los heridos cerca de la costa- dijo Ron. -Podemos levitarlo hasta ahí y después terminar con la batalla.
Llegaron a la zona de ayuda en pocos minutos. Su avance fue lento ya que el suelo era irregular y rocoso. Podían ver una hilera de cuerpos abajo rodeados de linternas. Dos monjes corrían entre ellos. Hary suspiró con alivio, Areids lo lograría. Sólo unos metros más abajo de la colina.
Caaaaaawww.
Fuera de la oscuridad una sombra con garras atravesó el cielo. Por instinto, Harry tomó su varita y lanzó un hechizo que no alcanzó al ave por centímetros. Se abrió de brazos, para proteger a los demás.
El ave voló en círculo hacia atrás y chilló como si se burlara. Harry, Tonks y Ron dispararon al mismo tiempo, pero el ave siguió eludiendo cada hechizo. Harry esperó que el ave girara de nuevo, pero en vez de eso, una risa enfermiza que rompió en la noche se escuchó en señal de triunfo.
Madame Kouszlova estaba de pie en lo alto de unas rocas salientes. Sus túnicas negras y doradas susurraban en torno a ella como plumas. Sus ojos ámbar brillaron con euforia.
-Oh, bravo, Harry. Bravo. -Levantó su anciano rostro y se rió hacia el cielo. -Todos los demás antes de ti fallaron, pero no tú. Sabía que tendrías éxito. Has hecho todo lo que he querido maravillosamente, sin fallas. Eres un perfecto espécimen, en verdad lo eres. -Sus ojos lo recorrieron. -Un perfecto espécimen.
Harry levantó su varita. La gitana sonrió. -No dejes que mis halagos te engañen. Nunca me vencerás. -Y con un movimiento de la mano, los desarmó a todos y sus varitas cayeron a sus pies. -Mi profecía lo prohíbe, ¿sabes? No eres el único que ha recibido una profecía, mi querido muchacho. Yo también tuve una Vidente… la más poderosa Vidente… y ella predijo mi futuro.
-No soy muy creyente de las profecías- espetó Harry.
-Y sin embargo, dos profecías han conducido tu vida. No es prudente cuestionar al Ojo Interno.
Harry se rió en su cara. Imágenes de Trelawny dormida junto a sus botellas de jerez le llenaron la mente. -¿Y cuánto pagaste por esa profecía? ¿O la leíste en un paquete de ranas de chocolate?
La gitana sonrió con malicia. -Mi propia sangre me lo dijo. Mi propia hija, la más grande vidente de su era. Su primera lectura fue en los bosques de Albania. La noche que le presenté al padre de su hija. Él estaba muy impresionado con sus videncias. Y también, estaba muy obsesionado con las profecías.
La sangre abandonó el corazón de Harry.
La sonrisa de la gitana se hizo más grande, mostrando sus colmillos. -Sí. Sabía que te aterrorizaría saber que todavía vivía. Todas esas pesadillas en tu mente sobre si realmente lo mataste. Que él aún está en algún lugar por ahí esperando. Y lo está. Sólo que ahora es peor, mucho peor… mucho peor de lo que puedes imaginar.
-¡No!
-Es una vergüenza que mi nieta no heredara ni el don de su madre, ni el talento de su padre. Tenía muchos planes para ella, pero era débil e inútil. Traté de enseñarle, pero todo lo que quería era ser adorada. Inútil como su madre. Inútil como su padre. Los tres me fallaron. Una historia muy trágica. El padre asesinado. La madre asesinada. La hija huérfana. ¿No te parece familiar?
-No, él no… ¡No podría haberlo hecho!
-¿No crees que Lord Voldemort buscó la satisfacción de la carne? ¿No crees que yo lo aproveché para mi propio beneficio? Era tan prometedor y estaba tan ansioso por aprender de mí y conocer los secretos que guardaba mi hija. Al final, falló. Ni siquiera pudo evadir la muerte. Pero yo sí puedo. Esa es la razón por la que los Mortífagos acudieron a mí. Para alabarme. Yo he ido mucho más lejos en el camino que ese pretensioso. Mi propia profecía me otorga la existencia. Ninguna mano mortal, ninguna bruja o mago vivo, ni siquiera que esté por nacer, puede terminar mi vida.
La luz de la luna se reflejó en sus ojos que ahora eran negros. -Así que ahí lo tienes, no le temo a nada. Ni siquiera al Elegido. -Y con esas palabras sintió una punzada como si lo abofetearan y Harry se tambaleó.
-Basta ya de esto. Tienes algo que me pertenece. Dámelo.
-No.
-Ni siquiera lo dudaste. Muy bien, eso muestra tu fuerza. Tu etiqueta requiere esfuerzo. Sin embargo, se dice, no, gracias.
Harry cayó de rodillas con un dolor intenso. La gitana ni siquiera había levantado su varita. La magia brotaba de sus ojos.
-No- dijo Harry con los dientes apretados.
-Entonces quizá disfrutes verla morir- desde detrás de su túnica dorada, la gitana sacó una forma petrificada. Areids soltó un grito. Faith oscilaba sobre el acantilado, Kouszlova la balanceaba con un dedo. -Sólo un movimiento de mi pulgar y ella se estrellará en pedazos como una muñeca de porcelana sobre esos bordes. Su cuerpo no será nada más que polvo en el mar.
Areis se lanzó sobre la bruja, pero ella lo frenó brutalmente enviándolo hacia un lado con un movimiento de mano. Él se puso de pie con esfuerzos. La gitana suspiró y tronó los dedos, atándolo con cuerdas invisibles.
-Es un simple intercambio. Tú me das el Códice, yo te doy a la niña. Y por favor, date prisa, mi agarre no es lo que hace años, además llora mucho.
Harry miró a Areids. El sudor se mezclaba con la rabia en su empapado rostro. No había otra opción.
Harry asintió.
-¡Harry! ¡No! -Gritó Tonks. Él la ignoró y sacó del interior de su traje el libro dorado. Los ojos de la gitana se ensancharon con hambre.
-No. No es así como vamos a jugar- le dijo Harry con un movimiento de cabeza. -Libera a la niña primero. -Los ojos de la gitana se entrecerraron, cambiando de rojo a negro.
Harry se acercó hacia el acantilado. -Pon a la niña en esa roca y te dejaré el Códice aquí.
La bruja y Harry se estudiaron uno a otro como animales dentro de una jaula.
Harry colocó el libro dorado en el piso y se alejó. En una fracción de segundo, Madame Kouszlova se transformó en un halcón y se abalanzó por el libro con sus garras. Harry se lanzó hacia el borde del acantilado y atrapó a Faith en una milésima de segundo. Ron y Tonks lanzaron un torrente de hechizos, pero el halcón ya se había perdido en el cielo de la noche.
-Harry, tiene el códice- gritó Ron. - ¿No hay otra…?
-Confía en mí- lo cortó Harry, con Faith acunada en sus brazos. -¡Toma a Marc y corre! ¡Vamos!
Los cuerpos yacían esparcidos por la playa. Los monjes corrían atendiendo a los heridos. Otros, regresaban a la colina con algunos Mortífagos siendo levitados ya inconscientes. La batalla había terminado. Los monjes miraron a Harry. Parecía que todos los miembros de la Hermandad habían perecido. Habían fallado en proteger al Códice y con eso habían perdido la vida. Los ojos de Harry viajaron a Iona. ¿Aidan había muerto, también? Su corazón se rompió al darse cuenta de ello. Caminó entre los heridos, forzando su mente a no pensar en eso, cuando se detuvo en seco. Un monje se movía sobre un cuerpo, su cabello rubio caía como algas alrededor de ella.
-¿Tamsyn?
Corrió hacia ella con Tonks y Ron a su lado. Estaba gravemente herida. Quemaduras rasgaban sus brazos y una pierna estaba torcida en una posición inhumana.
-Tamsyn, ¿qué estás haciendo aquí?
Un monje se interpuso entre Harry y la Auror. -No puede oírte. Necesitamos llevarla a la Abadía si es que tenemos alguna posibilidad de salvarla. Tenemos hierbas ahí. Cayó ardiendo del cielo y su escoba explotó cuando llegó a la barrera. Es un milagro que esté viva. La otra no tuvo tanta suerte.
El corazón de Harry se detuvo. - ¿De qué otra habla?
-Había dos escobas acercándose a la isla. La Auror se estrelló sobre la isla. La otra se perdió en el mar. Su escoba se desplomó sobre los acantilados. Enviamos unos monjes a buscarla, pero no pudieron encontrar nada.
Harry empujó al monje a un lado y se arrodilló junto a Tamsyn. -Tamsyn, mírame. Mírame. ¿Puedes oírme? -Su lastimado rostro, tenía una expresión de tristeza. -Ginny… ¿Dime dónde está Ginny?
-Le dije que no… ella no escuchó. Lo intenté… Ella insistió en venir. No dio marcha atrás… Me quitó la varita… Harry- su voz se apagó con dolor y se desmayó.
Harry se puso en pie de un tirón y corrió hacia las rocas. Gritó el nombre de Ginny una y otra vez, con las lágrimas cegándolo. -¡Nooo! -Se lamentó hacia la noche. -¡NO! -Subió arrastrándose por las rocas hasta que sus manos y piernas comenzaron a sangrar por las raspaduras. El dolor en su corazón era insoportable. Tenía que seguirse moviendo. Si se detenía, iba a sentir y no podía permitírselo.
-¡GINNY!
Finalmente un par de brazos fuertes lo aferraron de los hombros. Ron. Su voz estaba extrañamente en calma, como si no perteneciera a su cuerpo.
-Harry. Vamos, Harry. Ella no hubiera querido verte así. Ella no hubiera…- no pudo terminar. Los dos hombres se tambalearon hacia la costa.
Tonks se les unió. -Vamos a volver a la Abadía. Los monjes tienen todo bajo control. Voy a contactar al Ministerio. -Miró la expresión de Harry y se balanceó. -Buscaremos con la luz. No nos detendremos.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Las campanas de la Abadía repicaron profunda y tristemente, haciendo eco en el corazón de Harry. Estaba de pie en un balcón mirando la puesta de sol en el horizonte. Aidan sería enterrado después de las oraciones de la mañana. Había pasado las últimas horas de su vida en oración, pues era demasiado viejo para pelear. Lo había hecho a pesar de saber que en cualquier momento la muerte significaría una batalla mucho más terrible. Ron estaba aislado. Él, Tonks y Harry habían navegado alrededor de las aguas el resto de la noche y el amanecer, mientras los monjes trataban de recorrer las olas. No habían encontrado nada. La habían perdido.
El vacío que sentía Harry era indescriptible. Saber que la había perdido justo cuando la acaba de encontrar, lo desgarraba. Sintió el pequeño libro contra su corazón. El Códice le había arrebatado todo. Lo sacó de su bolsillo y fue arrojarlo al mar, pero se detuvo. No podía arriesgarse. Debía ser destruido. Lo arrojó sobre las piedras a sus pies y levantó su varita. Concentrando toda la ira y el dolor en su corazón sobre el hechizo, murmuró - Incendio. Una luz cegadora estalló sobre las páginas, haciendo volar el libro que aterrizó sobre la tierra… completamente ileso.
-No puedes hacerlo solo. -Una reconfortante voz habló desde el balcón. Remus llegó junto a él.
Harry tragó saliva y miró a su amigo.
-Lo más probable es que necesites a Marc para destruirlo. Tuvieron que hallarlo los dos, tiene sentido.
-Pero Marc está en Santa Dymphna. Lo trasladaron con Faith y Tamsyn hace unas horas.
-Entonces tendrás que esperar.
-No puedo. La gitana probablemente ya sabe que no lo tiene.
-Podríamos llevarlo al Ministerio.
-Ja. Nunca lo veríamos de nuevo. Dirían que tienen que estudiarlo. Sólo sería cuestión de tiempo hasta que otra Hermandad se forme. No. Voy a navegar hasta Oban después del funeral y me apareceré a Santa Dymphna. Marc y yo lo destruiremos ahí.
-¿Has pensado en lo que podría contener?
-Sí.
-¿Y no tienes deseos de abrirlo y leer algo de ello? El significado histórico del Códice no es nada como lo que hemos encontrado.
-¡Me importa un carajo! Me ha arrebatado todo. ¿Crees que me importa lo que está escrito en un maldito pergamino? Ginny está en el fondo del mar. Sola. Ni siquiera pude despedirme. Destruir este libro es lo único que me queda.
-Harry, lo siento, no quise…
-Lo sé. -Harry le dio la espalda y observó el amanecer, las lágrimas le recorrían la cara.
Horas después, tres monjes lo escoltaban en un bote, mientras él navegaba el suyo a través del mar. La Abadía desapareció de vista. Harry sostenía su varita con firmeza, forzando a sus ojos a mantenerse alejado de Staffa. Tampoco le permitió a sus ojos observar las olas. Nunca sería capaz de mirar el mar de nuevo.
La Hermandad había sido destruida. Los Mortífagos habían sido desmantelados, capturados o asesinados. Madame Kouszlova había escapado, pero no había ninguna posibilidad de que se apoderara del Códice. Había conseguido con éxito lo que se había propuesto hacer. Sin embargo, él lo había perdido todo. Apuntó su varita hacia adelante, obligando a la nave a apresurarse a través de las olas. Los monjes navegaban detrás de él, sin cuestionarlo. Comenzó a ir más y más rápido. ¿Qué lo detenía para estrellar su bote contra las rocas? Así podría estar con ella. La encontraría en las aguas heladas. La muerte sería un alivio.
En ese momento, su varita comenzó a protestar. Giró su muñeca, pero la varita lo jalaba… lo atraía hacia el norte. Harry peleó contra ella. ¿Qué estaba pasando? ¿Quién estaba realizando el Cieo Cito? Tonks estaba en la Abadía con Remus y Ron. Areids y Tamsyn estaban en Edimburgo. ¿Quién más podría estarlo realizando? Y en ese momento, recordó. La esperanza de disparó a través de su cuerpo. Ginny se había llevado la varita de Tamsyn.
-Conduzcan su bote hacia el norte- gritó. Un hermano de expresión confundida lo obedeció. -A Staffa, lo más rápido que puedan.
Volaron por encima de las olas. Desde la costa debió haber parecido una carrera de lanchas rápidas. El corazón de Harry martilleaba en el pecho. Se acercaron a la isla, pero la varita, seguía vibrando en dirección más al norte. Hacia las Orcadas.
No, no puede ser.
Acercó su bote al de los monjes y garabateó un mensaje. -Regresen a Iona y denle esto a Ron. ¡Dense prisa! -Ni siquiera esperó por una respuesta y continuó, urgiendo a su bote a ir más rápido. Rompió por sobre olas, cortándolas como un cuchillo. No podía ser verdad. Pero por favor, Dios, que sea cierto.
Las vibraciones de su varita lo empujaron kilómetros y kilómetros. Conocía esas aguas como la palma de su mano. Conocía esa isla. ¿Cómo la había encontrado ella?
Arrastró su bote a través de los rompeolas y se lanzó hacia la playa. Su varita lo impulsaba. Corrió como un loco. La esperanza lo recorría. Estaba llorando, pero no le importaba. Estaba viva, lo sabía. Había sobrevivido y Dios en su infinita bondad la había rescatado. Sus piernas ardieron hasta que finalmente la vio. Un montoncito sobre la duna. Su largo cabello rojo retorcido entre las flores. Se detuvo en seco. ¿Era demasiado tarde?
El miedo lo paralizó. No podía moverse ni hacia adelante ni hacia atrás. Cayó de rodillas.
-¡GINNY! -Gritó con la voz ronca. -¡GINNY!
El cuerpo no respondió y Harry sintió que el mundo giraba ya sin él.
-¿Harry?
La arena voló bajo sus pies mientras corría hacia ella. Ginny trató de ponerse de rodillas. Harry la tomó entre sus brazos y la aferró contra él. Su corazón explotó de alegría junto a ella. Le tomó la cara entre sus manos y la besó, riendo entre sollozos.
-Dios mío, estás bien. Dime que estás bien. Estás congelada.
-Estoy… estoy bien- respondió Ginny castañeando los dientes. Harry la besó de nuevo.
La cargó en sus brazos y comenzó a subir la colina. La cabaña estaba donde siempre había estado. Harry se concentró y apuntó su varita. Después caminó el resto de la subida, apretando a Ginny contra él.
Al llegar, Harry hizo un movimiento con la cabeza y la puerta se abrió. Ginny, quien iba acurrucada fuertemente contra su pecho, se rió débilmente.
-Sí, puede que me haya superado- le susurró Harry. -Ha sido un día muy difícil.
Un fuego ardía en la chimenea y un mar de cobertores y almohadas estaban esparcidos frente a ellos. Algo caliente y aromático emanaba de la pequeña cocina.
-Tú no cocinas- murmuró Ginny pegada al cuello de Harry.
-Ahora lo hago.
La bajó sobre las mantas para evaluar el daño. Nada parecía estar roto. Tenía algunas laceraciones en los brazos y piernas y un moretón negro sobre la mejilla. Y si Harry no lo hubiera sabido mejor, habría jurado que alguien había sanado esas heridas. Ginny se esforzó para sentarse, pero volvió a caer a punto de desmayarse.
-Quédate conmigo, quédate conmigo- después volvió con algo caliente y la forzó a beberlo.
-¿Qué sucedió? Dime. Vi la batalla… nosotras…
Harry miró profundamente dentro de sus ojos. -Por Dios santo mujer. ¿Cuándo demonios vas a quedarte donde te pido que te quedes?
Ginny frunció el ceño ligeramente. - No podía dejarla ir sola.
-¿Así que arriesgaste tu vida y en el camino casi te matas? ¿Necesito encadenarte a una valla la próxima vez?
-Ron, Tonks, Remus…
-Todos están bien. Envié a los monjes con un mensaje para Ron. Está en la Abadía. Dios, va a matarte cuando te vea de nuevo.- La voz de Harry flaqueó y la besó de nuevo, abrazándola para probar que era real y estaba completa.
Se echó hacia atrás y la miró, sin saber qué decir.
-¿Qué sucedió? -Lo cuestionó Ginny.
Harry respiró profundamente. -Quédate aquí. Voy a traer algo de comida y vino.
Terminaron de comer, aunque gran parte de la comida, Harry tuvo que alimentarla pues ella estaba muy débil para sentarse derecha. Las velas habían ardido hasta la mitad para el momento en que ambos terminaron de contar sus historias. Ginny se quedó en silencio sepulcral cuando Harry le contó lo que Madame Kouszlova había dicho sobre Susan.
-No puedo creerlo. Voldemort era su padre. Harry, realmente no lo crees, ¿o sí?
-¿Realmente importa ahora? Está muerta. La crianza triunfó sobre su naturaleza, al menos parte de su naturaleza. No hay duda de por qué su madre huyó. Probablemente sabía que él podría matar a cualquier hijo que tuviera. No, Susan sólo sirvió para los propósitos de la gitana. Cuáles sean que hayan sido.
-Así que estábamos equivocados sobre Tamsyn- dijo Ginny mirando su copa de vino.
-Estábamos equivocados sobre Marc, también.
Ginny arqueó una ceja al escuchar a Harry decir el primer nombre del Auror. -Es increíble lo que sucede cuando alguien salva tu vida.
Harry sonrió y tomó un largo sorbo de vino.
-Siento mucho lo de Aidan. Sé que lo apreciabas mucho.
-Sí. -Harry se pasó el vino y miró al fuego. -Él supo todo este tiempo lo que pasaría. Sabía que no iría a menos que supiera la verdad. Muchas personas han muerto por esta cosa. Este estúpido libro- y lo acercó hacia llamas. Ginny jadeó.
-Ese… ese es el Códice.
Harry hojeó sus páginas. El desconocido texto revoloteó frente a sus ojos como jeroglíficos.
-Este es. No he visto qué contiene, pero no tengo ningún deseo de hacerlo.
Ginny miró el libro con recelo. -Arrójalo al fuego. Ahora.
-No tendría caso. -Aventó el libro hacia el fuego. Las llamas lamieron los bordes, pero el libro permaneció intacto. Harry tomó un par de pinzas y lo sacó de la chimenea.
-Remus cree que sólo se destruirá si Marc y yo lo hacemos juntos. Hasta entonces…- hizo un movimiento de su varita y una piedra de la chimenea se levantó en el aire. Harry depositó el libro en el espacio debajo y colocó la roca en su lugar.
- Interesante escondite. ¿Tienes otros?
Harry sonrió enigmáticamente y levantó una ceja.
-Pero, ¿no vamos a irnos? ¿No deberíamos volver?
Y Harry la tomó en sus brazos. No le respondió.
Las sombras de la noche se levantaban y las olas se azotaban en la costa a lo lejos. Harry estaba desnudo frente a la ventana, con Ginny durmiendo detrás de él, acurrucada cálidamente bajo los cobertores. En ese momento, todo el amor que sentía por esa hermosa mujer, lo llenaba y se movía como magia a través de él. Era un amor poderoso, protector. Miró hacia el cielo cubierto de estrellas y recordó la joya.
Lo había dejado ahí. Como el anillo de Marvolo, perdido, como Ginny había estado perdida para él. La Joyería Blandings lo había contactado preguntando si quería que lo mantuvieran o podían regresarlo a Gringotts. En un arranque de mal humor, había salido disparado de la tienda y había montado su escoba con la intención de lanzarlo al mar. En su lugar, había volado y volado hasta que no pudo sentir sus dedos ni su rostro. Había querido maldecirlo. Merlín sabía que había querido dejarle lo peor en él. Pero no podía soportar la culpa de que algunos pobres enamorados se tropezaran con ese mismo lugar, simplemente para perder sus vidas.
Caminó hacia la chimenea y le dio un golpecito a una roca con sus dedos murmurando una frase.
Desde los árboles afuera, las lechuzas ulularon en la creciente oscuridad y el viento azotó las ramas arañando el techo. Sus dedos lo tocaron y con suavidad lo extrajo. La piedra había sido de su madre. Era todo lo que había quedado en las ruinas del Valle de Godric. Una enorme esmeralda, clara y perfecta. La había mandado colocar sobre platino con un poco de adornamientos. El joyero había insistido en agregar diamantes, pero Harry se había resistido a la idea. Un grabado sencillo sobre la banda y una sola palabra inscrita en su interior. Eso fue todo.
Ginny se agitó y Harry cerró el anillo entre sus dedos. Ella levantó la cabeza y la inclinó al sonreírle. -¿Qué sucede?
-Nada.
Ginny observó sus ojos oscuros.
-Amor…- la voz de Harry cedió un poco y se quebró con vulnerabilidad, Ginny se enderezó de inmediato.
-¿Harry?
Se sentó junto a ella y sus manos apartaron el cabello de los ojos de Ginny. Sin decir nada, la miró por un largo rato antes de susurrar… - Cásate conmigo.
Ginny parpadeó como una lechuza… como si no lo hubiera escuchado correctamente. Harry le puso el anillo sobre su palma, le cerró la mano y besó sus dedos. Los ojos de ella se abrieron más al verlo y las llamas de la chimenea se reflejaron en ellos. Tartamudeó, incapaz de formar palabras coherentes. Entonces, una sonrisa pasó de sus labios, a sus ojos, después a todo su cuerpo y se lanzó por fin a los brazos de Harry.
Él se estremeció, sintiendo una ola de pasión recorrerlo al sentir los labios de Ginny sobre los de él. Y completamente lleno de alegría, la envolvió en sus brazos.
Emocionados, entrelazaron sus cuerpos y se besaron, como si acabaran de descubrir el significado de la vida. Retorciéndose y girando envueltos en su abrazo, se hubieran echado a reír de no ser por haber estado tan consumidos por la maravilla del momento. Harry la besó en la frente, los ojos y las mejillas y pudo sentir la sonrisa de Ginny rozando la curva de su mandíbula.
Sin atreverse a despegar su boca de ella, Harry apartó las sábanas y la tomó en sus brazos, recostándola con suavidad sobre la almohada. -Gin… -le pidió, arrodillándose junto a ella, con la voz llena de incertidumbre… -amor…
La luz se reflejaba en sus ojos verdes, un mechón rebelde caía sobre los pliegues de su frente. Al comprender de lo que se trataba, Ginny levantó la mano y con adoración apartó el mechón de los ojos de Harry, los cuales se entrecerraron al ver el mentón de Ginny subir y bajar apenas un centímetro. - Sí- le susurró ella.
Harry se tendió a su lado, atrayéndola hacia él. Y ella lo observó beberse su cuerpo desnudo y pálido que yacía contra las sábanas oscuras. Sin palabras, la miró con los ojos llenos de intensidad.
-¿Harry?
-Quiero recordar- la silenció presionando sus dedos contra los labios de ella, después, delicadamente trazó las líneas de su barbilla con las yemas. -Quiero recordar esto cuando esté viejo. Quiero recordar cómo te veías, cómo te tuve sólo para mí, en este lugar… tus ojos, tu boca. No quiero dejarlo ir.
El pulso en su muñeca latía con fuerza mientras la tocaba, y ella, con una pasión indescriptible, le devolvió las caricias recorriendo los fuertes músculos del cuello, la piel ardiente de su pecho, deteniéndose en su corazón que latía con fuerza contra sus dedos.
-Te amo- le susurró Ginny por primera vez.
La garganta de Harry se cerró y la apretó contra él. Le besó la frente y la cálida humedad de sus labios se quedó en la piel de Ginny, mientras sus mejillas se encontraban. El rastro frío de una lágrima tocó el temple de Ginny y se perdió entre su cabello. Harry no encontró palabras. Buscó su rostro, tratando de hacerla comprender cuánto la amaba. Cómo no podía existir ya sin ella. Cómo estaban inextricablemente ligados el uno al otro. Cómo parecía que habían estado unidos siempre.
-Te amo- Ginny le susurró de nuevo.
Harry se apartó un poco y la miró.
-Te amo, Harry- le susurró una vez más, con el dolor creciendo en su voz.
Harry la atrajo hacia él, envolviendo cada centímetro de ella en su cuerpo duro y su cálida piel. Cerró los ojos y el sonido de las olas azotándose contra la orilla, llegó hasta él.
-Cásate conmigo. Cásate conmigo ahora- le pidió en la oscuridad. -Dilo, di los votos. No te perderé de nuevo.
Y envolvió las manos de Ginny con las suyas y se las llevó a los labios. Luego enredó una sábana alrededor de sus cuerpos desnudos y en la quietud de la silenciosa noche, se susurraron el uno al otro y el sonido lejano de un trueno retumbó a través del cielo.
Fue un sencillo voto de compromiso que todos los magos y brujas pronunciaban el día de su boda. Harry lo había memorizado en la boda de Bill y Fleur, prometiéndose que un día se lo repetiría a la chica con el corazón roto que estaba de pie, valientemente junto a su hermano. Harry pronunció las palabras primero… y el viento sacudió las ramas de los árboles contra el techo. Ginny siguió y llegó la lluvia. Ambos miraron el techo por un segundo, como si rezaran porque aguantara. Cuando finalizaron, sus palabras se perdieron entre sonrisas y lágrimas.
Ginny acarició con la punta de los dedos la barbilla de Harry y él se estremeció. -Dímelo, Gin. Dímelo de nuevo- le pidió con la voz entrecortada y los ojos húmedos.
Ginny soltó un gritito de felicidad. Mirándolo directamente a los ojos, le susurró con completa devoción, - te amo.
Harry suspiró y gimió. Su larga y musculosa pierna se enredó alrededor de ella, enterrando su cuerpo desnudo en el de él. Dejó de importarle que fuera pequeña, vulnerable o frágil, la consumió… la devoró. Todo el dolor de su vida, el amor que le fue negado, la aceptación y el entendimiento, fueron arrancados y reemplazados por ese momento. Se había unido a la mujer que adoraba, deseaba y amaba más allá de la lógica. Se movió dentro de ella como un hombre poseído. No importaba que el destino estuviera en su contra, o que pareciera estar condenado a nunca ser feliz en su vida, pues era feliz ahora. Estaba más allá de todo, como si todos los años de alegría retenidos estuvieran desatándose sobre él. Empujó dentro de ella, reprimiendo el glorioso e incontrolable deseo de reír, de gritar. De salir a la terrible tormenta, con el rostro enfrentando la lluvia y los brazos extendidos. Pero no la dejaría… le susurró, nunca se atrevería a apartar su cuerpo del de ella. Estaba atado a ella en alma y cuerpo.
¿Sabes...? Su cuerpo bañado en sudor y agitándose sin cesar contra el de ella, le preguntó, ¿sabes lo que significas para mí? Y en respuesta, el cuerpo de Ginny se retorció gloriosamente contra él, suplicando que nunca la dejara.
Y fue entonces, cuando la tormenta rugió alrededor de ellos con más fuerza, que la magia más antigua conocida por el hombre ocurrió. Una magia sin palabras ni tiempo, ardió como una vela en la oscuridad. Una magia, que sólo dos almas conocen, cuando una tercera es milagrosamente creada.
La tormenta había durado casi toda la noche. Finalmente se habían quedado dormidos cerca del amanecer, encerrados en sus brazos. El canto de las aves los despertó, mientras el sol dispersaba prismas de color a través de la cabaña. Ginny tenía entrelazada su mano a la de Harry y estudiaba su anillo, admirándolo en silencio.
Harry se movió a su costado, tentado a comentar que era la primera vez que había logrado mantenerla callada, con algo que en lo que no estuvieran involucrados sus labios.
Ginny arqueó una ceja hacia él como si leyera su mente, cuando su estómago protestó.
Harry besó su frente. -¿Dormiste bien?
-Sí. Durante los quince minutos que me dejaste. -Su estómago protestó de nuevo. -¿Hay otras raciones que pueda hechizar aquí para comer?
-En las alacenas. -Y la observó caminar de puntitas por el cuarto.
-Arrójame una toalla o algo- le pidió. - Hace mucho frío.
Harry le lanzó una pequeña manta que Ginny miró analíticamente. Se enredó en ella y comenzó hurgar por la cocina. -Creo que mis bolsillos están llenos de dulces de limón. ¿Me lanzas uno para que me entretenga?
Harry se rió y se dirigió hacia ella en la cocina, el olor a comida quemada lo hizo preocuparse. -Maldita sea- dijo Ginny. -No puedo cocinar sin mi varita.
Harry observó lo que parecían ser huevos verdes y jamón. -Dame, déjame ayudarte. Después revisaré el bote para ver si hay algo más ahí, algo debe haber. O recogeré algunas manzanas si no encuentro nada. -La besó y Ginny se rió mientras algo que parecía un extraño omelet, surgía de la punta de su varita.
Después del desayuno, Harry caminó a la orilla. Habían conseguido hacer dos muffins de limón y cuatro tazas de té, de dos dulces de Ginny. Tras deshacerse de la manta y haber hecho el amor sobre el piso de la cocina, Harry le prometió que la dejaría sola el tiempo suficiente para hacer un desayuno decente que llevarse con ellos.
Corrió por la playa y se detuvo a recoger unas manzanas, sólo en caso de que el desayuno resultara otro fiasco. La tormenta había arrojado un montón de cosas a la arena, haciendo su camino más difícil. Las gaviotas estaban extrañamente ausentes. De hecho, la tormenta parecía haber puesto a la isla en una calma. A Harry le dio igual, no recordaba haber estado así de feliz nunca, con esa alegría.
Pateó las olas como un colegial y recogió una piedra para luego arrojarla al tranquilo mar. Finalmente, después de todo el dolor, todo el sufrimiento, ahora tenía a Ginny. Levantó su rostro al sol. Sabía que Molly les exigiría una boda, pero no importaba. Se había casado ya con ella la noche anterior. Ginny era suya. Cuando hicieron el amor, había sentido un hambre que nunca había sentido. Todo lo que siempre había querido, estaba ahí para tomarlo. Comenzó a correr otra vez, sintiendo que podía volar en ese momento.
Recordaba haber dejado el bote sobre la orilla, unos metros más adelante. Sólo esperaba que hubiera sobrevivido a la tormenta. Tratando en vano de hacer malabares con las manzanas, siguió caminando, pero algo lo hizo detenerse en seco. Las manzanas cayeron a la arena. Algo andaba mal. El bote ya no estaba. Caminó más, adentrándose en el bosque, convencido de que la tormenta lo había arrojado hacia los árboles o al mar. Fue entonces cuando las vio. Huellas. Luego escuchó un grito.
¡Ginny!
Se echó a correr a toda velocidad hacia la playa, deslizándose por las dunas. Corrió hacia la cabaña gritando su nombre. Abrió de golpe la puerta.
Ahí en el piso estaba libro dorado, pero Ginny y el Códice ya no estaban.
Y bueno, si alguien se preguntaba por qué decidí traducir esta historia, lo hice por este capítulo. Este capítulo me enamoró de la historia y me trajo hasta aquí. Espero haber capturado la esencia de la relación de Harry & Ginny bien. ¡Los quiero tanto juntos!
En fin, nos quedan dos capítulos más y esto se acaba. Gracias, mil gracias por leer. Nos leemos pronto y feliz Navidad retrasada.
Abrazos.
