Estoy de regreso.
Perdón por mi ausencia la semana que pasó, pero fue de locos.
Pero estoy de vuelta, primero dándoles las gracias por seguir aquí, leer y comentar. Me hacen muy feliz.
Gracias por cierto a Gaby Madriz, Maritza Maddox y Manu de Marte. Las quiero nenas!
Bueno, os dejo el capítulo y espero que lo disfruten. Un abrazo.
Nos leemos la próxima semana.
Capítulo 25
Esmerald Platt jugueteaba distraídamente con su collar de perlas negras, mirando el entorno tan lujoso que rodeaba la vida de Aro Vulturi, y no debía parecerle extraño, pues ese hombre nació y creció en medio de una familia aristocrática, pero lo que sí le pareció extraño fue la invitación que recibió para cenar esa noche con él, y para la que no aceptaba una negativa.
¿Para qué la querría? ¿Para recordar viejos tiempos? ¿Para sonsacarle información? Esmerald apostaba por eso último y la idea no le gustaba nada. Haberse negado, sabía, habría sido peor pues Vulturi hubiese insistido y seguro hubiese olido que algo escondía… cuando ella no tenía nada que ocultar que le interesara a Aro, eso al menos se repetía una y otra vez.
―Los años no pasan por ti, querida Esmerald.
La voz sedosa de Aro se oyó desde sus espaldas, girándose para encontrárselo como siempre, vistiendo con un costoso traje de sastre color gris grafito, hecho especialmente para él con las mejores telas. Su camisa blanca relucía tanto como los dientes que mostraba detrás de esa sonrisa lobuna que esbozó mientras caminaba hacia ella con sus andares firmes, decididos.
Ella sonrió con tirantez, recibiendo el beso en la mejilla que el dueño de casa dejó para ella, apretando sus grandes manos sobre sus hombros, dándole la bienvenida.
―Bienvenida, estimada Esmerald.
―Gracias, Aro. ―Respondió ella, sentándose sobre el sillón junto a Aro, mientras la mujer que la recibió aquella noche volvía a aparecer con una bandeja y dos copas de espumante, las que dejó sobre la mesita de centro.
Cuando desapareció Marianne, aro alcanzó las copas, ofreciéndole una a su invitada, chocándolas ambas en un brindis.
―Esme, Esme, querida Esme ―susurró él alargando una mano para ponerla sobre su rodilla ―Ahora que he decidido establecerme aquí por un tiempo, creo que me vendría bien estrechar lazos de amistad y recordar viejos tiempos, quizás…
―Tus ultimas y súbitas apariciones no han dejado de sorprenderme, a decir verdad.
―Fuimos buenos amigos… y más que amigos también.
―Eso es pasado ―dijo, quitando la mano de Aro que seguía sobre su rodilla. Él más que enojarse, le pareció graciosa esa reacción, no pudiendo evitar carcajearse como si ella le hubiese contado un buen chiste. ―Mejor dime la verdad, Aro, y por qué de pronto se te ocurrió ser tan insistente conmigo. Visitas a mi casa, llamadas telefónicas, esta invitación a cenar…
Aro inspiró profundo y cuadró los hombros. A esa mujer no se le iban con cosas extrañas ni dobles discursos, y eso le gustaba, y mucho. Por eso mismo decidió ir directo al grano y disipar de una vez todas sus dudas.
―Por alguna razón, enterarme de la muerte de Elizabeth me dejó… ―puso un dedo sobre su labio, pensando en la palabra ―profundamente sorprendido.
Esmerald para esas alturas ya apretaba fuertemente el pie del vaso que sostenía entre las manos. Aun así se obligó a mantener la compostura, manteniéndose en silencio y dejándolo que hablara.
―Me quedó dando vueltas su recuerdo y… me puse a investigar. ―El hombre se acomodó sobre el respaldo alto del sofá, poniendo una pierna sobre el muslo contrario, sin perder de vista a Esmerald, que lo miraba algo ruborizada, no teniendo nada que ver la champaña que estaba bebiendo.
Esmerald carraspeó y se reacomodó la falda de tubo negra, tratando de forzar nuevamente una sonrisa convincente. Necesitaba decir algo para salir del paso.
―No me imaginé nunca que Elizabeth te hubiera calado tan hondo. Se notaba que la querías solo para pasar el rato…
Aro negó, recordando a la mujer de con quien solía pasear por las arboledas de ese campo.
―Adoré su rebeldía y su pasión, no puedo negarlo, y eso mismo podría haber sido un aliciente para regresar si los negocios no se hubieran interpuesto.
―Y ella lo sabía ―dijo Esme, bebiendo de su champaña.
―Hubiera sido una compañera perfecta: me hubiese dado lo que yo quería, cuando yo hubiese querido y yo la hubiese premiado. Incluso podría haberla sacado de esa casucha de campo y traerla aquí…
― ¿Cómo tú esposa? ―preguntó, como si aquello fuese una broma. Aro esbozó una pequeña sonrisa cuando respondió.
―Como lo que yo hubiera querido que fuese: mi mujer, mi amante, la madre de mi hijo… ―la sonrisa de Esme se congeló en la cara por la forma en que Aro la miró al decir aquello. ―Estuve averiguando, como te decía, y encontré una información sobre ella que te vincula directamente a ti.
― ¿A mí…?
―Sabes de lo que te hablo. Sacaste a relucir tu espíritu solidario y te hiciste cargo de su pequeño hijo, el de la fotografía que vi aquella vez que fui a tu casa. ¿Edward me dijiste que se llamaba?
―Qué diablos quieres saber, Aro ―preguntó, olvidándose de su compostura sosegada. Estaba hartándose de esa situación.
Él hizo un gesto abriendo ampliamente los ojos, como si aquella reacción le provocara sorpresa, cuando en realidad no lo hizo.
―Quiero saber si ese magnífico director de la sinfónica de Leonilde, lleva mi sangre…
―Por Dios, Aro ―rodó los ojos y miró hacia cualquier otro lado, menos hacia la mirada penetrante del hombre frente a ella ―Tú y tus elucubraciones…
―Responde lo que quiero saber, Esmerald ―dijo él con voz firme, haciéndose hacia adelante ― Tú eras su amiga del alma, ella te lo debe de haber dicho.
― ¡Y lo hizo! ―exclamó con furia ―Elizabeth tenía un plan muy bien trazado, Aro, y me sorprende que no te hayas dado cuenta de eso. Ella estaba embarazada la última vez que se encontraron, y para ella hubiese resultado fácil decirte que el hijo que iba a tener era tuyo. La verdad es que iba a hacerlo, pero supo que no regresarías… esa partida tuya arruinó sus planes.
― ¿Me estás diciendo que Elizabeth iba a decirme que ese hijo que esperaba era mío, cuando en verdad no lo era? ―preguntó con incredulidad. Ella respondió como si aquello fuera de lo más evidente.
― ¿No te parece lógico? Eres un hombre rico, su futuro y el del niño hubiesen quedado resueltos del todo. ―Esmerald miró tranquilamente a Aro, con ojos de quien siente compasión por otro ―Lamento romper tu ilusión, pero Elizabeth no era tan buena chica como todos pensaban, y ciertamente ese hijo del que hablas, no es tuyo. Doy por hecho que te diste cuenta que ella no era virgen cuando estuvieron juntos…
Aro estrechó sus ojos hacia su invitada, sopesando la información. Esme y Elizabeth eran buenas amigas cuestión que él nunca entendió, pues Esme nunca mantenía roce social con otras personas que no estuvieran a su altura y eso siempre le causó extrañeza. Pero no iba a entrar a averiguar qué pudo sacar en limpio Esmerald de esa relación, no ahora que Elizabeth estaba muerta. Además, el hecho que se hiciera cargo de su hijo era algo nada propio de Esme, ¿para qué iba a querer al hijo de una campesina, si ella no se destacaba por tener un buen corazón?
No podía negarlo, pero toda esa historia le causaba mucha curiosidad. Esmerald podría haber respondido que simplemente no lo era, sin tantas explicaciones y eso a él le hubiera parecido incluso más creíble, pero el hecho que se estuviera deshaciendo en explicaciones…
―Bueno… ―suspiró y ágilmente se puso de pie ―hubiera sido maravilloso saber que ese muchacho era hijo mío. Una lástima que no lo sea, ¿verdad?
―Lo que tú digas… ―dijo, esperando que Aro dejara de una buena vez la idea de seguir con sus maquinaciones.
―De cualquier modo me gustaría conocerlo.
Bueno, al parecer, Aro no iba a dejarlo, y saber que pensaba visitar a Edward la enervó. Y se lo hizo saber, cuando exclamó:
― ¡¿Y para qué?!
―Para contarle que conocí a su madre biológica, que fuimos buenos amigos, nada de otro mundo. Así que relájate.
―No creo que sea buena idea ―comentó un poco más compuesta.
―Eso lo decidiré yo, querida Esmerald. ―Volvió a sonreírle con simpatía, extendiéndole la mano para ayudar a levantarse ― ¿Te parece que pasemos a la mesa? nuestra velada apenas comienza.
Esmerald miró la mano de Aro como si tuviera desconfianza de tomarla, pero finalmente lo hizo para salir rápido de aquella cena y acabar de una buena vez con esa ridiculez.
Sabía que Aro podría indagar por ese lado, no debía sorprenderla, y sabría cuál sería la reacción de Edward si él se le acercaba, seguro lo rechazaría, así que por ese lado podría estar tranquila.
Vulturi la sorprendió rodeándola con un brazo alrededor de su cintura cuando ella se levantó, pegándola a su cuerpo mientras el hombre miraba sus labios pintados de rosa y sus ojos sorprendidos alternadamente con una muy clara intención en su mirada sinuosa: alargar la velada más allá de la cena.
―Esmerald, tu belleza opacaría a cualquier chiquilla de veinte ―comentó Aro, con su voz oscura y susurrante, mientras sus con sus dedos le recorría la mejilla ― Ninguna podría hacerte justa competencia…
―No sé… no sé por qué me dices eso.
Ese acercamiento con segundas intenciones era algo que Esmerald no vio venir. Nunca, en todo el tiempo que se conocía, habían llevado la relación hasta ese punto. Ambos conocían el gusto del otro, el mundillo privado en el que alguna vez se movieron paralelamente en busca de nuevas sensaciones, sexualmente hablando, pero eran amigos, al menos en la juventud ambos lo fueron, y ese era un código que al menos ellos respetaban. ¿Por qué ahora salía con algo así?
Y lo peor era que Aro Vulturi era certero en el arte de la conquista. Nunca fallaba, al menos eso era lo que ella sabía… y entendía el por qué, ahora que estaba envuelta en uno de sus fuertes brazos, mirando directamente a sus ojos hambrientos.
―Porque soy un conocedor de la belleza y siempre la resalto cuando tengo la oportunidad, como en este caso.
―Aro, por favor ―fue lo único que atinó a decir en su nerviosismo, sintiéndose como una chiquilla sin experiencia ante un hombre que era un verdadero depredador.
―Déjame mostrarte lo buen anfitrión que puedo llegar a ser con mis invitadas. Dos personados dominantes luchando entre sí para ver quién se queda con el cetro de poder… ¿no te parece atractivo?
―Yo no…
―Déjate llevar y piensa en lo bien que la vas a pasar conmigo ―susurró sobre sus labios, antes abarcar su boca y hundir su lengua en ella, posesiva y demandante, como una leve muestra de todas las cosas que iba a hacer con ella después de la cena.
**oo**
Después de cenar, Edward y Carlisle compartieron una buena taza de café en grano de las que el músico gustaba de tomar, mientras que la pequeña Jane jugaba con su pez dorado que esa misma tarde su papá le regaló, instalada en la mesa de centro en el departamento de su hermano, donde pasaría esa noche.
― ¿Ella no te puso ningún problema para traer a Jane? ―preguntó Edward, revolviendo su café. Carlisle lo miró y negó con la cabeza, llevando la taza a su boca y degustar del café en grano antes de contestarle a quien consideraba su hijo.
―Al parecer, tenía una cita o algo… la cuestión es que tenía que salir ―comentó el abogado, alzándose de hombros.
A Edward le preocupó que Carlisle pudiera seguía anidando sentimientos por Esmerald, quien a su juicio, nunca se mereció el amor de ese hombre… mujeres como ellas, no se merecían el amor sincero de nadie, a decir verdad.
― ¿Te incomodó eso de alguna manera? Que salga con alguien más, me refiero.
―No, solo que se me hace raro, ya sabes… ―dijo, mirando a su hijo con ojos en calma, lo que confirmaba que el abogado estaba diciendo la verdad.
Edward entonces quiso cambiar el tono de la conversación, sacar a Esme de la charla tras tan buena velada. Por eso sonrió con picardía, dándole un leve golpe sobre el brazo.
― ¿Y tú? ¿No has aprovechado de tener citas con nadie? ―alzó sus cejas con diversión ― Todavía eres un galán.
Carlisle suspiró y miró a Edward, meneando la cabeza mientras soltaba un largo suspiro, poniendo una mano sobre su pecho, en una actitud muy teatral.
―Pues parece que las mujeres para mi están en peligro de extinción.
― ¡Oh, no digas eso!
Ambos se carcajearon y desviaron sus ojos hacia la niña, que seguía concentrada en su pequeña nueva mascota, tomándole instantáneas con la cámara del celular de su padre, ajena a la charla de los hombres.
―Y hablando de mujeres, ¿las cosas con Isabella marchan bien?
El músico sonrió a la pregunta de Carlisle y asintió vehemente con la cabeza, dándole otro trago a su taza de humeante café de grano colombiano.
―Muy bien. Siento que por fin estoy en el mejor momento de mi vida. Ella es todo lo que quiero.
―Vaya, ¡Qué romántico saliste!
Edward bajó el rostro, sonriendo. No podía evitar hablar todo ese tipo de cursilerías cuando se trataba de la mujer que amaba y a la que extrañaba cuando en noches como esa no podían estar juntos.
― ¿Ella está ahora trabajando?
—Sí… esos dichosos turnos de noche. No la voy a ver hasta mañana en la tarde.
― ¿Y han hablado de vivir juntos?
Echándose hacia atrás y afirmando su espalda en el respaldo de la silla, pensó en las veces que había sacado a relucir el tema y la forma en que ella había pedido que esperaran para llegar a eso.
―Si fuera por mí, Isabella ya estaría viviendo aquí. Compré este lugar para vivir con ella, pero quiere hacer las cosas sin apuros.
―Es natural, ella y su madre viven solas y le cuesta dejarla sola
―No le pido que la deje sola, la puede traer, incluso al animal ese que tiene por mascota.
―Sería justo. Ella dejó que metieras el piano ese, a cambio sería justo que pudiera traer a su iguana, ¿No crees?
Edward miró al hombre al que estimaba y quería como a un verdadero padre, y sonrió agradeciendo que se tomara tan de buena manera su cambio de vida, como quizás él mismo tendría que tomarse las cosas.
―Quizás me estoy apresurando, pero siento que vivimos tanto tiempo escondiéndonos y soñando con esto, que estoy ansioso.
―Claro, es comprensible ―comentó Carlisle, dándole la razón al músico. Entonces se le ocurrió hacer una pregunta que dejó patidifuso al Edward ― ¿Has pensado en darme nietos?
Edward se atragantó con el café que acababa de beber, tosiendo y mirando a su padre con ojos desorbitados. Había pensado un montón de veces en la vida junto con ella y todo aquello con lo que pudiera compartir con ella, pero de alguna manera, y no sabe bien por qué, los hijos no habían sido parte del plan, no porque no los quisiera sino porque nunca estuvieron en sus planes. Aunque claro, con Isabella todo era diferente, y si había alguien a quien él quería como madre de sus hijos, esa era Isabella.
―Yo… bueno… uhm…
― ¡Oye, cálmate! ―le devolvió el golpe que hace un rato Edward le propino en broma, un poco divertido por la reacción del músico. ―No te pongas nervioso, es solo una pregunta.
―No hemos hablado de hijos, la verdad… ―respondió después de carraspear ―pero te los daré, no te apures.
Cuando Carlisle se fue y después de dejar a Jane muy bien recomendada, Edward se hizo cargo de su hermana, instalando una pantalla de televisor en el dormitorio de invitados pequeño, para cumplir su promesa con ella: ver una "increíble" película de princesa mientras comían helado de frambuesa directamente del bote.
Y mientras la niña estaba perdida en la trama de la película, Edward pensaba en el asunto de la paternidad. Si bien es cierto su padre biológico desapareció a la velocidad de la luz cuando supo de su existencia, según lo que le supo, nunca tuvo en falta esta figura quien Richard su abuelo suplió muy bien, igual que Carlisle que era lo mejor que conoció a través de Esmerald.
Mirando hacia su pequeña acompañante, pensaba en cómo sería tener un hijo propio y se imaginó a una niña igualita que Isabella. Se la imaginó pequeñita entre sus brazos como cuando cargó por primera vez a Jane, pareciéndole una completa maravilla, con esos ojos grandes mirándolo con curiosidad, y un calorcito brotó en su pecho, algo que podía sentir como un sentimiento de amor diferente a cualquier que había sentido antes. ¿Será lo que sienten los hombres cuando piensas en hijos?
― ¡No estás viendo la película, Edward! ―protestó Jane, cuando le hizo un comentario a su hermano que él no respondió ―Tendremos que ponerla desde el principio otra vez…
―No, no, no es necesario ―dijo rápidamente, reacomodándose sobre la cama de enredón verde agua ―Solo me distraje un momento.
― ¿Es verdad que mañana me llevarás a tu trabajo?
Edward la miró de reojo y asintió, llevándose una cucharada de helado a la boca y tragándosela para responderle a su hermana, a quien veía entusiasmada con la idea.
—Sí, en la mañana estaremos en la sinfónica y luego iremos a almorzar a casa de Isabella. Su madre quiere conocerte.
― ¿Podré conocer a Kal –El? ―preguntó entonces la pequeña, sintiendo curiosidad por el animalito del que ya otras veces la misma Isabella le había contado, imaginándose ella cómo sería tener una mascota tan rara en casa.
―Eso también.
Edward en tanto rodó los ojos y se cruzó de brazos, tratando de concentrarse en esa película a la que no le encontraba ningún sentido.
― ¡Genial! ―exclamó la niña, mirando a su nueva mascota que dejó sobre su mesita de noche, y que parecía estar durmiendo dentro de su pecera redonda. ―Me cae bien Isabella y está bien que ustedes dos estén juntos. Es muy cariñosa conmigo y somos buenas amigas.
―Me alegra mucho eso. No sabes cuánto… ―dijo, dejando un beso sobre la cabecita de su hermana, alegrándose verdaderamente por ello.
― ¿Y por qué mamá no la quiere? Se enoja cuando sabe que la he visto…
La alegría duró hasta que Jane hizo aquel comentario. Edward quitó del todo su atención de la pantalla y se reacomodó de costado, mirando a su hermana con atención. Su hermana de siete años también se reacomodó para quedar casi de frente a su hermano, a quien miró con curiosidad, mientras él le hacía preguntas algo ansioso… y quizás molesto.
― ¿Te ha dicho algo sobre ella? ¿Algún comentario? ¿La has escuchado decir algo sobre nosotros?
―Bueno… ―Jane puso una mano sobre su mentón, pensando o más bien recordando la actitud última de su madre ―Me dijo que no le gustaba que yo me juntara con gente como ella, que no era una buena mujer. Que es su culpa que tú y Rosalie…
Edward apretó los dientes y se tuvo que morder la lengua para no soltar una palabrota contra Esmerald frente a su hermanita que no tenía la culpa de nada.
―Escúchame una cosa ―tomó la carita de Jane entre sus manos y la miró fijamente. Ella parpadeó rápidamente y le puso atención a su hermano mayor ―cuando Esmerald hable mal de Isabella, tú…
―Yo no tengo que hacerle caso ―se apresuró en terminar la idea ―Mi papá me lo dijo ya. Además, a mí me cae bien ella, mejor de lo que me caía Rose… pero no se lo digas.
El músico inspiró profundo y torció su boca en una sonrisa tranquilizadora. Su hermanita sin duda era una chica muy inteligente.
―No es necesario que le cuentes que estuviste con ella. Y eso no es mentir, ¿vale? Solo... solo te evitas pasar un mal rato con ella, ¿está bien?
― ¿Cómo un secreto? ―preguntó la niña, arrugando sus cejas. Edward asintió una vez formando una leve sonrisa en sus labios.
―Exacto, como un secreto.
―Me gusta tener secretos contigo ―dijo ella, reacomodándose otra vez frente a la pantalla. "Frozen" era una película que debía verse con todos los sentidos puestos en la pantalla y no entendía cómo era que Edward no se concentraba, además era tan genial… mejor que esas series extrañas que su hermano veía.
A la mañana siguiente, desayunaron en pijamas en la cocina, dos grandes tazones de chocolate y brownies de chocolate que Noelia había llevado para ellos. Después de eso, dejó que su hermana fuera a la recamara a vestirse, mientras él se quedaba conversando con ella sobre una y otra cosa, tocando incluso el tema de su amigo Jasper, a quien su ayudante visitó en su casa justo antes de ir allí esa mañana.
―Se ve bien… al menos eso parece. No ha habido destrozos ni embriaguez extrema, nada de eso ―comentó la mujer, mientras pasaba un paño húmedo sobre la encimera.
Edward torció la boca y supo de lo que hablaba Noemí. El día anterior lo había encontrado en su oficina creativa, haciendo dibujos con su viejo lápiz grafito. Se veía tranquilo, como si nada nunca hubiera pasado, como si Alice hubiese sido un ligue más, como los que solía tener antes de ella, nada de importancia. Pero él sabía que no era así, él sabía que la amiga de Isabella había calado hondo en su amigo, tanto así que dañó su amor propio como nunca una mujer antes lo hizo.
Él no estaba seguro si prefería que Jasper tomara esa actitud desinteresada o si dejara salir su ira destrozando cosas o emborrachándose. Como sea, lo dejaría tranquilo y lo apoyaría como él siempre lo hizo.
― ¡Ya estoy lista! ―exclamó Jane entrando a la cocina, con su impermeable blanco invierno y sus botas rojas. Edward la miró y se miró a sí mismo, percatándose de que él aún estaba en pijamas.
―Pues yo no ―se levantó y le dio un mordisco al último brownie que quedaba en el plato sobre la mesa de desayuno ―Diez minutos y nos vamos.
Al llegar, sentó a la niña en la primera fila después que ella pululara sobre el escenario y saludara a los músicos preguntándoles cómo se llamaba el instrumento que tocaban.
― ¿Qué hay de especial hoy en tu trabajo? ―preguntó la niña desde el asiento de atrás mientras iban camino a la sinfónica.
Edward la miró por el espejo retrovisor y alzó las cejas muy entusiasmado. Ese día era especial porque llegaba un grupo de pequeños virtuosos de la escuelita básico donde hizo clases de música hasta hace un par de meses. Quería que su hermana se entusiasmara con algún instrumento, pues estaba en la edad límite para comenzar a practicar. La había visto con sus ojos fijos sobre el chelista una vez y otra había puesto su oreja contra la caja del mismo instrumento para oírlo. Pasaba la mano sobre la madera lustrosa y decía que lo encontraba "bonito". Edward la miraba y sonreía, pensando que por algo se empezaba. Ahora, quizás al ver a otros niños de su edad ejecutando instrumentos, ella acabara entusiasmándose del todo.
―Hoy vas a conocer nuevos amigos.
―Los niños que trabajan contigo son muy grandes para que sean mis amigos ―explicó la niña, rodando los ojos.
―Isabella es tu amiga y es de mi edad, más o menos ―le guiñó el ojo y se detuvo frente al semáforo en rojo, girándose para ver directamente a Jane ―Pero no se trata de los muchachos que siempre trabajan conmigo.
― ¿Entonces? ¿Quiénes son?
―Ya verás.
Cuando llegaron, jane alzó las cejas al ver el escenario lleno de niños de su edad con algún instrumento en sus manos, hablando entusiastas entre ellos.
― ¿Y ellos?
―Son niños que van a participar en la sinfónica. Todos los años se hace una especie de prueba para ver quienes están aptos para ingresar aquí ―la tomó de la mano y la llevó hasta el escenario, donde se encontró con un hombre alto, de tez oscura y cabello largo agarrado con una coleta, quien al verlo alzó las manos como para recibirlo. Iba vestido informal, con una camiseta blanca de mangas largas, jeans desgastados y zapatillas converse negras.
Edward soltó la mano de su hermana y abrazó al hombre con la efusividad de dos amigos que no se ven hace tiempo.
―Bueno, aquí te tengo al grupo del que te hablé ―dijo el hombre, haciendo un movimiento de mano hacia los niños dispersos sobre el escenario, que parecieron atentos también al arribo de Edward, a quien al parecer, esperaban ver llegar.
―Estupendo ―comentó Edward, palmeando el hombro de Laurent, el profesor de música encargado de hacer el primer reclutamiento y quien siempre se movía entre un lugar y otro buscando nuevos talentos.
Edward se apartó de su amigo y su hermana, acercándose al podio a la vez que los doce niños lo rodeaban para darles la bienvenida y presentarse. Se quitó el chaquetón azul marino y lo dejó sobre una silla de metal, arremangándose la camisa celeste mientras se presentaba y les explicaba en qué consistiría esa sesión.
Mientras tanto, Laurent se fijó en la niña que se quedó un poco nerviosa de pie a un lado, mirando a Edward. Se le acercó y se acuclilló junto a ella, llamando su atención.
― ¿Y tú, pequeña?
―Uhm… vengo con él ―respondió Jane, indicando a Edward que ahora le daba la espalda. Laurent sonrió y acarició la cabellera de la pequeña, sonriéndole amablemente.
― ¿Y no traes tu instrumento?
―No… yo no sé tocar ninguno ―comentó mirándose la punta de sus botas rojas.
―Ya veo. ¿Y hay alguno por el que sientas curiosidad?
Jane levantó los ojos y pasó la vista por los instrumento, levantando su mano e indicando un pequeño violonchelo que estaba sujeto sobre su pedestal.
― ¿Sabes cómo se llama?
―Uhm… no estoy segura.
Entonces Edward se reunió con ellos mientras los jóvenes talentos tomaban posición, acercándose a su hermana a quien acarició por la espalda, levantándose Laurent sobre su metro noventa y dos de estatura.
―Ella es mi hermana pequeña, Jane ―explicó a su amigo Laurent, quien metiéndose las manos a los bolsillos sonrió a la niña, que lo miraba con franca curiosidad.
―Ya estábamos socializando aquí. Por cierto, soy Laurent ― se presentó con la niña, haciéndole una graciosa reverencia que la hizo soltar una risita. ―Tu hermano y yo somos viejos amigos, y soy especialista en enseñarles a niños como tú la maravilla de estos instrumentos. ¿Te gustaría probar?
―Es que… ―miró a su hermano primero y luego a Laurent, mordiéndose el carrillo de los labios ―yo no sé…
―Ve con él, y dile sobre qué tienes curiosidad, mientras yo atiendo a estos niños, ¿te parece? ―la animó Edward, acariciándole el cabello.
Ella lo miró sin estar del todo segura, apresurándose Laurent a explicarle que no irían tan lejos.
―Solo estaremos en ese rincón ―indicó donde había agrupados varios instrumentos ―Edward podrá vernos y tú lo podrás ver a él. Ven conmigo.
Laurent le extendió una mano a Jane para darle elección de tomarse y acompañarlo, mirando la niña primero a su hermano que se sonrió y asintió animándola a ir con su amigo, aceptando ella la invitación del hombre de cabello largo cuando le tomó la mano.
Edward sonrió y vio a su hermana colocarse junto a Laurent frente a un violonchelo poniendo atención a lo que su amigo le explicaba sobre el instrumento. Nadie mejor que Laurent, especialista en ese instrumento y en el trato con los niños, podría explicarle mejor e inducirla en el arte de la música.
La mañana transcurrió con rapidez, con Edward totalmente conforme con el reclutamiento que su amigo Laurent había hecho con esos muchachos que parecían haber nacido con el virtuosismo en las venas, no debiendo Edward hacer ninguna corrección importante sobre la ejecución de cada instrumento, lo que lo dejó muy contento. Tan contento como lo dejó ver desde lejos, el entusiasmo que ponía su hermanita cuando preguntaba por alguna cosa sobre lo que Laurent le estaba explicando. Parece que el violonchelo había captado la atención de la niña, que corrió hasta él cuando estuvo desocupado y le dijo que estaba lista para aprender a tocarlo.
―Bueno, procuraremos que Santa te traiga un lindo violonchelo esta navidad.
― ¡Sí, por favor! ―exclamó ella, levantando sus manos. ― ¿Pero crees que mi mamá me deje practicarlo?
―No tiene por qué negarte la posibilidad ―sonrió él, encantado por el entusiasmo de su hermana ―Si es necesario hablaré con ella, pero debes prometer que no bajaras tu rendimiento en la escuela.
―El karate no me ha hecho bajar mi rendimiento en la escuela.
―Lo sé. Pero ya hablaremos con ella.
Laurent se acercó a su colega para preguntarle sobre los muchachos que había llevado para que él los evaluara, cuando la niña de curiosidad, comenzó a divagar sus ojos por el teatro y vio de pronto la imagen de un hombre acercándose al escenario que la asustó mucho.
Se cambió de lado y puso el cuerpo de Edward como protección de ese hombre que iba con su sonrisa más y más grande a medida que se acercaba, apretando sin querer la mano de su hermano cuando el hombre de cabellera rubia comenzaba a subir la escalera.
Edward arrugó la frente cuando sintió la presión en su mano, mirando a su hermana quien observaba hacia el otro lado con ojos asustados. Entonces giró la cabeza hacia el lugar donde ella miraba e inconscientemente se puso en guardia, arruinando dicha visita su buen humor.
― ¡No esperaba encontrarme a dos de los más exponentes de la música juntos después de tanto tiempo! ―exclamó James cuando estuvo cerca de los caballeros.
Laurent alzó las cejas y saludó al rubio recién llegado con un apretón de manos, nada tan entusiasta como lo había hecho cuando se encontró con Edward esa mañana. El hermano de Jane en tanto, miró la mano de James cuando este se la extendió para saludarlo.
―Qué haces aquí, James ―quiso saber, preguntando en tono mordaz, volviendo a sentir la figura de su hermanita ahora escondiéndose detrás de él. ¿Por qué reaccionaba así?
―Edward, también soy músico, por si lo has olvidado ―dijo James, cruzándose de brazos ―No he tenido tanta suerte como tú, claro, pero digamos que ya estoy de regreso.
Dio un paso al costado y miró tras Edward a la niña que se escondía precisamente de él, recordando que había conocido a la pequeña en casa de su mamá. Esta vez, el hombre rubio vestía una camisa blanca y pantalones de vestir, del mismo color que la americana gris que llevaba puerta. Ni su sonrisa ni su atractivo rostro relajaron a la niña que por alguna razón insistía en esconderse de él.
― ¿Y no te dijeron que estaba ocupado esta ala del teatro? ―preguntó Edward hoscamente, poniendo a su hermanita detrás de él cuando James comenzó a buscarla con la mirada.
―Precisamente me dijeron que estabas tú aquí, por eso me animé a seguir ―respondió James, mirando a Edward con el mentón levantado ―Tengo un proyecto que proponerte, algo que podría sacarme de la mala racha que vengo arrastrando.
― ¿Mala racha? ―preguntó Laurent cruzándose de brazos y sonriendo con ironía ―Dejaste inconcluso dos proyectos, James, por eso ya nadie quiere trabajar contigo.
―Eso fue antes, no estaba pasando por un buen momento.
―Bueno, yo me tengo que ir ―dijo Edward mirando la hora en su reloj de muñeca ―Tengo un compromiso.
― ¿Y no vas a quedar a oír sobre lo que vengo a proponerte?
―No tengo espacio para ningún proyecto más hasta mediados del próximo año y…
―Creo más bien que te niegas a oírme por alguna rencilla que tienes conmigo.
―Tómalo como quieras, James. Simplemente mi tiempo es escaso y no estoy para perderlo contigo.
Así sin más, con un apretón de manos Edward se despidió de Laurent, quien fuera testigo del tenso diálogo, prometiendo llamarlo esa tarde para entregarle su evaluación del grupo que llevó. Se despidió de James apenas con un asentimientos, tomando a su hermana y sacándola del escenario, mientras la niña miraba a su ahora profesor Laurent y le agitaba la manos en señal de despedida.
Se despidieron de Seth y del viejo encargado de la portería antes de meterse dentro del coche que aguardaba en el estacionamiento, para ponerse en marcha hacia la casa de Isabella.
― ¿Conocías a James, el hombre rubio que llegó al final del ensayo?―preguntó Edward con curiosidad mirándola por el espejo retrovisor mientras conducía.
―Uhm… parece ―dijo ella, alzándose de hombros. Edward arrugó el entrecejo y señalizó para virar hacia la derecha.
― ¿Recuerdas de dónde?
―En casa… creo.
― ¿En casa?
―Sí, un día llegó a dejar una carta. Mamá y él hablaban fuerte…
Edward inspiró y bufó, sin atreverse a preguntarle si recordaba de qué iba la charla, pero eventualmente lo averiguaría. No le gustó la reacción que Jane tuvo con el tipo ese, pues ella no se escondía detrás de las personas cuando alguien nuevo se acercaba, muy por el contrario, se presentaba con naturalidad y desplante. No quería ni pensar que Esmerald y James anduvieran metidos en algo raro… quizás ella fue la que contactó a James para acercarse a Isabella y molestarla, ¿pero por qué haría eso? ¿Por qué, si no había un grado de confianza entre ellos?
―Joder… ―murmuró por el camino que estaban siguiendo sus elucubraciones. Entonces sintió la risita de su hermana en el asiento de atrás y volvió a mirarla, esta vez con curiosidad ― ¿De qué te ríes?
―Dijiste una palabrota, Edward ―le respondió, cubriéndose la boca con ambas manitos. Él olvidó su mal humor y estrechó sus ojos hacia ella por el espejo, sin perder de vista la carretera.
―Y no estás autorizada para repetirla, sino hasta que cumplas los veinte años.
―Cuando se lo cuente a papá, te va a llegar una buena reprimenda.
―Bah! ―exclamó él, haciendo un movimiento con la mano al aire ―No le tengo miedo.
― ¡También te acusaré de que dijiste eso?
Edward meneó la cabeza y sonrió, divertido por el tan gracioso intercambio con su hermana.
― ¿Lo olvidarías si hablo con Santa para que te traiga de regalo un violonchelo?
― ¡Oh sí! ¡Claro que lo olvidaría!
―Convénceme entonces y dime lo que aprendiste.
De memoria, Jane le explicó que según lo que le dijo el profesor Laurent, el violonchelo o cello, era un instrumento de la familia de las cuerdas y que su altura sonora era de tres octavas y media. Dijo que eso no lo había entendido bien pero que él prometió se lo explicaría con más calma cuando fuera su primera clase oficial. Edward sonrió y asintió poniéndole atención a la pequeña, que continuó explicándole sobre el material del que estaban hechos, y memorizó además las partes del instrumento, felicitándola su hermano con el pecho hinchado de orgullo.
Edward le explicó que si quería comenzar a practicarlo, debía tomar un compromiso serio pues eran muchas las cosas que debía aprender, comprometiéndose ella.
― ¿Crees que pronto podré dar un concierto como tú en el piano, pero yo en el cello? ¡O podríamos hacerlo los dos juntos.
―Voy a estar ansioso por que llegue ese momento.
Edward aparcó su coche frente al edificio donde vivía Isabella, saliendo del coche para ayudar a bajar a Jane, que levantó la vista y miró el lugar levantando el dedo índice hacia los pisos superiores.
― ¿Ahí vive Isabella?
―Ahí mismo ―le extendió la mano para que ella se la tomara ―Anda, ya deben estarnos esperando. Renée estaba ansiosa de conocerte.
Tan solo pasó una par de fracciones de segundos antes que la puerta se abriera después que Edward tocara el timbre, apareciendo Isabella en el umbral para recibirlos, con su sonrisa radiante que siempre esbozaba cuando se trataba de Edward. el músico, como el bobo enamorado que era, le devolvió la sonrisa, repasando rápidamente sus ojos por el atuendo relajado de Isabella que para él no era menos atractivo: jeans gastados y rotos en la rodillas, un amplio suéter blanco y unas Converse rojas que no recordaba haberle visto antes.
―Hola ―lo saludó abriendo la puerta del todo para hacerlo pasar, dejando un suave y casto beso en sus labios para después concentrarse en la llegada de la pequeña niña que venía junto a él ― ¡Así que has venido!
―Mi hermano me dijo que podía.
― ¡Y claro que puedes! ―se inclinó y besó la mejilla de la niña ―Además, te estábamos esperando.
― ¿Me vas a presentar a su iguana?
―Claro que lo haré, pero antes… ―Isabella se puso detrás de la niña, poniéndola las manos sobre los hombros, ambas de frente a Edward que sostenía las manos de Renée y le agradecía la invitación. ― ¡Jane está aquí, ma´!
Renée se giró hacia donde procedía la voz de su hija, sonriendo también y soltándose de las manos de Edward las que extendió hacia adelante, como para darle la bienvenida a la niña.
―Tráela aquí, déjame verla.
Jane, que no entendió muy bien, miró a su hermano quien le guiñó el ojo, dejando que Isabella la acercara hacia la señora de voz suave que puso las manos tibiar sobre su rostro, inclinándose a su vez frente a ella para quedar de la misma estatura.
Parpadeó repetidas veces cuando la señora recorrió con sus manos todo su rostro, incluso pasando sus dedos sobre sus párpados y su cabello, siempre sonriéndole.
―Eres muy bonita, Jane. Tu hermano me ha hablado mucho de ti.
―Usted también es bonita… ¿pero por qué me está tocando así la cara?
―Ah, porque te estoy conociendo. Mis ojos no funcionan ya y mis manos son las encargadas de hacer el trabajo por ellos.
― ¿Usted es cieguita? ―preguntó la niña, mirando sorprendida a Renée como si en verdad hubiera descubierto una especie de otro planeta. Renée asintió, nunca dejando de sonreírle a la niña.
―Así es.
― ¿Entonces no sabe de qué color es el cielo, ni los árboles… ni nunca ha visto el rostro de Isabella?
―Ah, eso sí que lo sé porque alguna vez mis ojos pudieron ver, pero una enfermedad acabó con mi visión cuando mi niña Isabella era muy pequeñita.
―Ah… ―respondió la niña, procesando la información que acababa de recopilar, mientras Isabella se allegaba junto a Edward, este tomándola por la cintura a la vez que dejaba un beso sobre su sien y no se perdían del interesante dialogo aquel. ―Nunca había conocido a nadie ciego.
― ¡Pues me alegra ser yo la primera!
Jane siguió bombardeando con preguntas a Renée, la que estuvo encantada de responderlas mientras la sentaba en la mesa de la cocina y ponía frente a ella un vaso de jugo de naranjas recién exprimidas y un buen trozo de pastel de nuez que ella se devoró mientras escuchaba la historia de la mamá de Isabella, que aprovechó de escabullirse y quedarse en la sala para estar un ratito a solas con Edward.
Se sentaron en el sillón, ella con sus piernas sobre las de Edward y con la cabeza descansando sobre su pecho, justo encima de su corazón.
―Espero que Jane no incomode a tu mamá ―susurró Edward con su boca sobre el cabello de Isabella.
― ¡Claro que no! Jane es encantadora, y sus preguntas son por curiosidad y no por maldad.
—Hay algo que me dejó preocupado esta mañana. Cuando habíamos acabado, James apareció haciéndose el importante, y Jane se puso tensa, nerviosa.
― ¿Y eso?
―No tengo idea. Se lo pregunté cuando veníamos de camino y dijo que no lo recordaba muy bien, aunque dijo que James había llegado a la casa a dejar una carta.
― ¿Una carta, a su casa?
―No sé por qué, pero esto me huele a que Esmerald ha metido sus manos en esto. No sé, cuando él se te acercaba con proposiciones incómodas… quizás ella podría habérselo pedido
― ¿Y por qué ella? ¿Se conocen?
―No tengo idea ―susurró, preocupado ―Pero me deja inquieto.
―Pero no te preocupes por adelantado, quizás no era nada importante.
Isabella se reincorporó y besó los labios del músico, haciéndolo olvidarse de todo lo que estaban hablando, nublándole los sentidos, a punto de hacerlo olvidar que estaba en la sala de la casa de su suegra. Cuando él la abrazó por la cintura y la incitó a que se pusiera sobre él, en ese momento Isabella se apartó con una sonrisa de diablilla, creyendo oírlo gruñir por la distancia que ella obligó a poner entre ambos.
―Qué me haces, mujer…
―Te eché de menos anoche.
―Odio tus turnos de noche… ―la tomó por la nuca y la besó en el cuello, haciéndole cosquillas con la barba que crecía en su rostro. Ella se estremeció y se apartó riéndose como colegiala. ―Voy a sobornar al cardiólogo amigo tuyo para que te acepte de una buena vez y se acaben estos horarios de trabajo poco amigables.
―Hoy es mi último día de turno nocturno, y recuerda que mi mamá se va de viaje…
―Voy a cuidarte bien estos días… ― el descarado músico le dio un agarrón por las nalgas a la enfermera, volviendo a apretarla a él ― se lo prometeré a Renée si es necesario. Me portaré como un príncipe.
―Mentiroso… ―susurró Isabella, volviendo a besar a Edward, deseando que llegara el instante de poder ambos estar juntos.
Estaba a punto de perder la compostura, deseosa de sentarse a horcajadas sobre Edward cuando desde la cocina oyó a su madre llamarla. Se apartó rápidamente, jadeando y se levantó de un salto corriendo a la cocina, dejando al pobre pianista frustrado, jadeante y con los pantalones tironeándole en la entrepierna.
Decir que Jane quedó fascinada con Kal-El era quedarse corto. Simplemente quedó encantada con el animalito y deseó poder tener uno igual para que le hiciera compañía a su pececito sin nombre todavía que su papá le había regalado el día anterior y que quedaría al cuidado de Edward en su apartamento.
Ella deseó poder quedarse el resto de la tarde en casa de Isabella, pero la enfermería debía dormir un poco más antes de ir a su turno nocturno. Edward también deseó poder quedarse aunque no precisamente para jugar con la higuana, sí quizás con Isabella. Pero debía aguantarse hasta el día siguiente, donde la tendría solo para él al menos por siete días.
Después que se despidiera de Isabella prometiendo llamarla antes que se fuera al trabajo, ubicó a la pequeña Jane y se dispuso a ir a dejarla a su casa. Rogaba que Esme no se encontrara allí, pues no tenía ganas de discutir, y lo que llevaba atragantado en la garganta explotaría en cuanto la viera.
Bueno, Edward no andaba de suerte, porque siquiera antes de tocar el timbre, Esmerald apareció en el umbral de la puerta, dándole la bienvenida.
― ¡Mami, mami! ―la niña jaloneó la manga de la blusa burdeo que llevaba puesta Esme para llamar su atención que estaba puesta sobre Edward, que apartaba la mirada para no toparse con los ojos de esa mujer. ― ¡Mami! ¡Me pasaron muchas cosas hoy y ayer! Mi papi me regaló una pecera con un pez dorado, y esta mañana fui a la sinfónica con Edward y…
―Cariño ―Esme la interrumpió, poniendo una mano sobre su mejilla ―Me lo contarás todo en un momento. Deja que hable unas palabras con Edward, ¿te parece?
―Sí mami. ―La niña miró a su hermano y extendió sus brazos hacia él, inclinándose Edward para abrazarla. ― ¿Le preguntarás a Laurent por las clases?
―Lo haré hoy mismo, no te preocupes.
Le dio un beso en la mejilla y dejó que la niña saliera corriendo hacia el interior de la casa. Entonces se levantó y metió las manos en los bolsillos, debía tocar con Esmerald el asunto de las clases de Jane, no le quedaba de otra.
―Llevé a Jane esta mañana a la sinfónica, y se entusiasmó con un instrumento. Laurent que sería su profesor, dice que está en la edad ideal para empezar a practicarlo. Supongo que no podrás problemas con que ella practique. Yo me haría cargo de sus horarios, que no interfirieran con sus horarios en la escuela ni nada de eso.
Esme se mordió el labio inferior y se cruzó de piernas a la vez que jugueteaba con un collar de oro blanco que colgaba de su cuello largo.
― ¿Por qué no pasas y lo hablamos con más calma?
―Lo siento, no puedo. ―respondió, mirándose los zapatos ―Piénsalo y dame una respuesta…
― ¿La llevaste a ver a la enfermera también?
Edward apretó los dientes y con todo la fuerza de voluntad que fue capaz de conseguir en ese corto espacio de tiempo, ignoró la pregunta desdeñosa de Esme, que lo miraba demandando una respuesta.
―Me tengo que ir ―dijo de forma cortante, abotonándose su chaqueta. Le incomodaba más que nada estar frente a esa mujer ―Habla con Carlisle sobre lo que te he dicho y…
―No me gusta que mi hija se encuentre con esa mujer, no estoy de acuerdo. ―Insistió Esmerald, provocando a Edward y haciendo esfumar su fuerza de voluntad para contenerse de soltar su furia o parte de ella.
―Basta, Esmerald. ―reprendió Edward, apretando sus manos. Estrechó sus ojos hacia ella de forma acusatoria haciendo una mueca de disgusto con los labios ― Y por cierto, no te permito que le hables mal a Jane sobre la mujer que está conmigo, ¿lo entiendes? Mejor dime por qué esta mañana, cuando James llegó de improviso a la sinfónica, Jane se puso tan nerviosa.
Esmerald hizo su cabeza hacia atrás, no viendo venir esa acusación. Si James había metido la pata, le haría pagar por ello.
― ¿James?
―Me dijo que lo había visto venir aquí, que había venido a dejar una carta, ¿por qué él está viniendo aquí? ¿A caso son amigos? ―inquirió, no pasándole por alto el nerviosismo de Esme, que se reflejaba en la manera compulsiva que jugueteaba con su collar o con sus anillos.
―No sé… quizás vino… quizás vino a buscarte y…
―Inventa una mejor excusa, Esme. Pero una cosa si te digo: voy a estar sobre ustedes, y si me entero que estás conspirando con él para algo, no voy a tener consideraciones, Esmerald, ni contigo ni mucho menos con él. En vez de estar preocupada de meterle cizaña a una niña de ocho años contra alguien que no ha hecho nada malo, preocúpate de la gente que entras a tu casa.
― ¡Edward!
Pero Edward no hizo caso, siguió caminando hacia su coche, se metió y aceleró a fondo para salir cuando antes de allí. No soportaba la idea que su hermanita estuviera conviviendo con esa mujer a la que no le tenía una pisca de confianza. Quizás debería hablar con Carlisle, pero eso significaría sacar ciertas historias del pasado a relucir y sabía que le haría daño al hombre a quien había aprendido a querer casi como a un padre.
Luego de una tarde provechosa donde logró abstraerse de aquel ultimo y como siempre desagradable encuentro con Esmerald, se quedó a solas en la sala principal del teatro frente a un piano de cola, ejecutando una pieza romántica que había escrito pensando en Isabella, por supuesto.
Desde el día anterior cuando Carlisle le preguntó por hijos, tuvo esa idea en su cabeza. Cuando estuvo casado con Rosalie nunca se lo planteó, pero ahora las cosas y sus sentimientos eran diferentes, tanto que había pensado cómo sería tener un hijo cuya madre fuera la mujer que amaba. ¿No sería maravilloso? Pero para Isabella ese era un tema complicado por su historia pasada, ¿será que ella iba a querer volver a intentarlo con él… en un futuro no muy lejano?
Y mientras repasaba las partituras y corregía algunas notas, tuvo la imperante necesidad de oírla siquiera, ya que ella estaba en su trabajo y no podía ir a importunarla. Por eso, sin pensárselo dos veces, pulsó el nombre de Isabella de entre sus contactos del teléfono y cerró los ojos esperando que ella contestara.
―Mi amor…
―Hola cariño
― ¿Estás todavía en la sinfónica?
―Sí, pero los ensayos y las audiciones ya acabaron. Estaba practicando una pieza frente al piano.
―Recuerdo que una vez que diste una serenata en el viajo piano que te regaló tu abuelo ―dijo Isabella con voz soñadora. Edward sonrió e ideó en su cabeza una serenata romántica para enseñarle esa pieza y sorprenderla.
―Estaba en proceso de conquista, eran otros tiempos ―bromeó Edward y se carcajeó cuando ella del otro lado del teléfono comenzó a protestar, siempre en broma.
―Mejor dime hasta qué hora vas a quedarte ahí. ¿Por qué no te vas a descansar? ¿O por qué no vas a visitar al Jasper?
―Iba a tener una comida con gente de la editorial, así que estoy sin panoramas… aunque ahora, recordándolo bien, hay alguien que me espera a comer en el apartamento.
―No me dijiste eso… ¿puedo saber de quién se trata?
―Se trata de un habitante del mundo submarino que está ahora a mi cargo. ¿Lo olvidas?
— ¡Es verdad! Y yo pensé que ibas a tener una fiestecita y que no ibas a invitarme…
―Fiestecitas voy a comenzar a preparar desde mañana, cuando estés bajo mi poder… con el permiso de Renée, por supuesto.
―Estoy ansiosa, Edward ―susurró con esa vocecita de niñita ingenua que lograba prender al músico que deseó correr al hospital y encerrarse en algún cuartito oscuro con ella. Quizás lo haría esa misma noche si el anhelo por la mujer que amaba y que estaba provocándolo del otro lado del teléfono no lo dejaba dormir esa noche.
Hablaron un rato más, prometiéndole que guardaría espacio en su ocupada agenda de artista para visitar al cura Marcus en la iglesia y ver cómo había quedado la reparación del maravilloso piano de tubos que estaba listo para ser estrenado. Enseguida se despidió, por unos cinco minutos y colgó.
Antes de levantarse del piano, volvió a pasar los dedos sobre las teclas del piano con una melodía clásica por él muy bien conocida, hasta que un dolor en su cuello lo obligó a detenerse y pensar que era hora de retirarse. Quizás pasaría a comprar comida para llevar y se instalaría frente al televisor a ver una película, si es que no se le ocurría pegarse una escapadita al hospital.
― ¡Déjeme que lo felicite, maestro!
Edward giró la cabeza hacia la voz de hombre que se hizo escuchar al final de la sala de ensayos donde estaba. El lugar estaba a media luz por lo que le impedía ver de quien se trataba, pero por la voz no lograba reconocerlo, por lo que pensó que probablemente era algún aficionado que se había colado a ver algún ensayos. Se acercó a un costado del escenario y prendió las luces para ver de quien se trataba.
Era un hombre alto, vestido con un abrigo negro y largo, que venía acercándose por uno de los pasillos laterales hacia él. Edward bajó por las escalinatas para acercársele y salir al encuentro del hombre que al llegar, le extendió una de sus manos las que estaban cubiertas por guantes negros de cuero. El músico se la tomó y no sabe bien por qué, pero apretó los dientes pues no le gustó del todo la sonrisa tan expresiva que el hombre misterioso estaba dándole. Pero no podía juzgarlo, ese hombre era simplemente uno de los tantos que llegaba allí para ver los ensayos que desde hace un tiempo estaban abiertos a la comunidad.
―Es primera vez que vengo. Me habían hablado mucho de usted pero no había tenido la suerte de verlo en acción, y con lo poco que he visto, déjeme decirle que quedé muy sorprendido.
―Gracias, pero apenas han sido unas piezas que no están terminadas…
El hombre de pelo oscuro y ojos verdes negó ante la explicación del músico, encantado con la interpretación tan espontanea pero llena de técnica que hizo Edward frente al piano.
―Con mayor razón. Lo poco que he escuchado, ha sido sencillamente fabuloso.
―Muchas gracias.
― ¿Sabe? Me gustaría entregar algún tipo de donativo para los talleres que se imparten en este lugar ―sacó del bolsillo interno su talonario de cheques y se sentó en la butaca más cercana para endosarlo con una alta suma de dinero, firmándolo y cortándolo para entregárselo a Edward, quien negó con la cabeza.
―Lo siento, y le agradezco su intención, pero preferiría que lo hiciera por los conductos regulares. A esta hora no encontrará a nadie de la oficina de administración, pero mañana podría venir y entregarlo directamente allí.
―Bueno, me ocuparé de hacerlo. ―sonrió y dobló el cheque, volviendo a guardarlo dentro de su bolsillo. ―Su honestidad lo hace aún más admirable, maestro…
―Edward. Puede llamarme Edward, no hay problema.
―Bueno Edward, no le quito más tiempo. Presumo que está cansado y merece usted irse a descansar.
―Gracias por su visita y por el donativo.
―No tiene nada que agradecer. No se imagina lo que significa para mí.
El hombre de negro, a quien nunca le preguntó por su nombre, se despidió de un fuerte apretón de manos, volviendo a felicitarlo antes de retirarse por donde había llegado, dejando a Edward curioso no sabe bien por qué. Como sabía, personas como él solían visitar la sinfónica. Decidió entonces quitarle importancia y regresar al escenario, bajar la tapa del piano, tomar sus cosas e irse al departamento a descansar.
El hombre de abrigo y guantes negros en tanto, salió por la puerta principal y se montó en su Jaguar negro ayudado por su fiel chofer y mano derecha.
― ¿Puedes creer, Luis, que acabo de conocer a mi hijo?
Luis lo miró por el espejo retrovisor y esbozó una tenue sonrisa, volviendo su mirada a la carretera.
―Lo dice como algo seguro, señor.
―Y no puede ser de otra manera. Ese hombre, con ese talento, no puede no ser hijo mío, lo sé. ¿Te das cuenta? Regresé aquí con el fin de retomar mi romance con la madre de mi futuro hijo y me encuentro con esta maravillosa sorpresa que ya soy padre de un varón, como siempre soñé.
Otra vez Luis volvió a sonreír sin hacer comentarios, dejando a su patrón divagar sobre la idea de aquel nuevo hijo y su futuro próximo con la mujer que había vuelto a recuperar, imaginándose una vida de ensueño con su Bella, el hijo que tendría con ella y este hijo que engendró en el pasado al que vino a conocer recién.
Su vida iba a ser maravillosa cuando ellos convergieran. Simplemente maravillosa.
