Capítulo 25: "Regalo de Cumpleaños"

Comenzar de nuevo, hacer todo lo que había que hacer durante el día, así no pensaría ni recordaría. Pero era imposible no hacerlo, ya que mientras dormía, los sueños le mostraban idealizaciones o momentos vividos de verdad con él; al despertar, el aroma de su perfume era lo primero que respiraba, estaba en el aire disperso ya; cuando trabajaba, se encontraba frente a la puerta de su cuarto, con un par de prendas de ropas lavadas que él había olvidado llevar; o escuchar a su propia Señora hablando de él.

- Lo extraño… pero es mejor que este allá ¿qué le espera aquí? Es un muchacho que esta acostumbrado al lujo, al dinero, al movimiento y a divertirse en sociedad…- Decía Izayoi a Kaede, mientras ésta cocinaba y Kagome masticaba sin ánimos una manzana.

- Debe ser una vida muy ajetreada…- Respondió la anciana sin sacar los ojos de las verduras que picaba con destreza en una tabla de cocina-… hay gente que se aburre de todo eso.

Izayoi suspiró.

- Y otros no. La verdad…- Y se acomodó el flequillo de su frente-… nunca pensé que él se quedaría, como decía… estaba escapando de sus problemas, eso no estaba bien. – Suspiró- Tarde o temprano debía regresar… Inuyasha además… es como su padre… puede decir que ama esta isla pero al final… siempre preferirá el lujoso Tokio.

Kaede miró de reojo a Kagome, quien en ese instante apartaba la manzana de la boca y se quedaba observando hacia fuera. Sólo veía a lo lejos el azul del cielo unido al azul intenso del mar, e intentó no pensar, sólo dejar que sus ojos se quedaran clavados en ellos. Izayoi siguió el rostro de Kaede y entonces se detuvo en Kagome. La anciana volteó y prosiguió su tarea mientras la señora seguía observando a la muchacha.

- Ehh… Kagome, querida… - La llamó, pero la joven no reaccionó, la mujer tomó un poco de aire para aumentar el volumen de su voz-… ¿Kagome?

La joven volteó el rostro con lentitud, al verla, Izayoi tragó con fuerza pero intentó sonreír.

- Querida… ¿por qué no vas a… la caleta y compras algo de pescado para esta noche? Hoy tengo antojo de pescado a la plancha con mantequilla – Se volvió hacia Kaede- ¿Qué te parece? Vendrán un par de amigos a cenar y hace mucho tiempo no degustamos pescado.

- Es que esta muy caro, Señora, ya sabe que hay escasez- Replicó Kaede.

Izayoi se puso de pie.

- Sí, esta algo caro… pero qué importa darse de vez en cuando ciertos lujos… espérame Kagome, te daré el dinero para que vayas.

Salió de la cocina mientras la joven se ponía de pie lentamente, la cocinera dejó de hacer lo suyo y volteó mirando con seriedad a Kagome.

- Niña, deja ya de estar así, han pasado dos semanas y no es bueno que sigas como zombie, ya es hora que vuelvas a la vida ¿qué diría tu mamá si te viera así, lastimándote de esa forma? Y la señora… sigue preocupada por ti, por favor, Kagome.

La joven la miraba, la miraba y sus palabras lastimaban su corazón. Lo sabía ¿pero qué podía hacer? La pena era más grande que la razón, ella sabía que debía seguir adelante, aprender la lección de todo eso y seguir, comenzando de nuevo. Pero no podía, sentía que no estaba completa, que le faltaba algo a su cuerpo, la energía, el deseo tal vez de vivir, el mundo de pronto era aburrido, gris, insulso, como si ya nada valiera la pena…

- Lo… lo siento…- Murmuró apenas, bajando la vista.

En ese instante Izayoi volvía con algo de dinero y se lo entregó en la mano de la muchacha.

- Ve y… no te apures, es para la noche.

Kagome sonrió con levedad y se marchó. La mujer suspiró y volteó observando a Kaede que terminaba con su labor.

- Estoy segura que ni siquiera recuerda que hoy es su cumpleaños.

La anciana meneó lentamente la cabeza.

- Esa niña ni siquiera recuerda en qué mundo vive…- Volteó y vertió todo en una sartén, al contacto con el aceite este comenzó a chirriar.

- ¿Qué pudo haberle sucedido para estar tan mal?- Volvió a preguntarse Izayoi- ¿Será que se peleó con ese muchacho pescador?

Kaede revolvía todo con una cuchara de palo.

- Pues quizás… - Y se encogió de hombros como si no supiera la verdad.

Izayoi se quedó meditando un instante, mientras la anciana seguía preparando los alimentos que debía tener para pasado el mediodía, aunque estaba segura, tendría que deshacerse al final de la jornada con más de la mitad que sobraría. Quizás se la enviaría toda a Toutossai al puerto… o al chico pescador…

- Yo… creo que Kagome debe estar bien protegida… me gustaría verla con alguien… - Hizo un gesto con la boca-… y si es con ese muchacho… no me importaría…

La anciana volteó y sonrió.

- Ahh pero señora ¡si usted se oponía a que lo viera!

La mujer alzó los hombros.

- Eso era antes…- Y enfocó los ojos en sus manos que tenía sobre su regazo-… uno puede cambiar de pensamiento con el tiempo… de acuerdo a las circunstancias…

Fue en ese momento, que ya sin aguantarse más la boca, Kaede dejó los utensilios de cocina sobre la mesa y la encaró.

- ¿Por qué no me dice de qué esta enferma? ¿es muy grave por eso quiere que la niña tenga pronto a alguien que la cuide?

Izayoi se encontraba estupefacta ante las palabras de la anciana, intentó sonreír, pero no pudo, desvió la vista y luego la volvió hacia ella. Si creía que podía engañar a esa mujer estaba muy equivocada. Suspiró nuevamente.

- Bien. Es… estoy en una condición… digamos…- Se relamió los labios-… delicada…

- ¿Delicada?- Repitió la anciana y alzó una ceja debido a la duda.

La mujer sólo se encogió de hombros.

- Así es- Respondió y luego miró fijo a Kaede- Por favor, no quiero hablar de esto, es mi decisión… y será mejor que comencemos a preparar el pastel antes que Kagome regrese.

La cocinera ya no pudo decir más y sólo la quedó observando mientras Izayoi evitaba mirarla. Era claro que aunque existía cierta confianza entre ellas, cariño y también respeto, había una cosa que no debía olvidar también, era su Señora y ella sólo una empleada que no debía entrometerse en lo que no le correspondía… aunque estos fueran extremadamente delicados, como ahora.

Después de meditarlo pensó que no, que aunque fuera una sirvienta quizás sin derecho a voz ni voto, iba a ser todo lo posible por ayudar a esa mujer, casi se sentía con la responsabilidad de hacerlo, llevaban años juntas y después de todo, era lo único cercano que tenía, ya que el padre y el único hijo, la habían abandonado.


Sentía el viento tibio en el rostro, el sol caliente sobre su cabeza, la pendiente del cerro que la obligaba a afirmarse bien en la tierra para no caer, el mismo paisaje enfrente de un mar lejano aun que se unía con el cielo. Ese camino ya lo había recorrido muchas veces sola, pero había habido un par de veces en que lo había hecho junto a Inuyasha.

Sonrió cuando recordó su rostro en aquella ocasión, tan áspero, enojado, amargado e impaciente, no le importó caminar demasiado hasta que todo eso lo enfermó de insolación. Había llegado así, a su puerta una mañana, un ángel hermoso se presentó ante ella como una visión, y aunque no fue lo que creía, de un modo él cambió, envolviéndola con sus alas seductoras, cayó y cayó, sumergiéndose en las desconocidas aguas de lo que llamaban amor.

Centellante ángel, yo creí
que tú eras mi salvador en mi momento de necesidad
Cegada por mi fe no pude escuchar
todos los susurros, las advertencias tan claras
Veo los ángeles
Los guiaré a tu puerta
No hay escape ahora
no hay mas misericordia
No hay remordimiento porque todavía recuerdo
la sonrisa cuando me abandonaste

Se detuvo, sintiendo las mejillas enrojecidas, el sudor en la frente, su mente había abandonado momentáneamente el presente, los recuerdos aparecían una vez más, como cada día aunque muchas veces quería evitarlo, pero otras tantas ella misma los llamaba, sólo para sentir una vez más el sabor de sus labios, la sensación que le provocaba su mirada, el sonido de su voz ronca y burlona.

Tomaste mi corazón
Me engañaste desde el principio
Me mostraste sueños
Deseé que se hicieran realidad
Rompiste la promesa y me hiciste darme cuenta
que fue solo una mentira

Podía ver el fulgor de sus ojos dorados clavados en su mirada, sentir al recordarlo lo mismo que sentía en esos momentos, la sangre corría vertiginosa por sus venas, los latidos de su corazón se aceleraban y ella se perdía en la profundidad de aquella mirada…

Centellante ángel, no pude ver
tus oscuras intenciones, tus sentimientos por mi
ángel caído ¿dime porqué?
¿Cuál es la razón? ¿La espina en tu ojo?

Veo los ángeles
Los guiaré a tu puerta
No hay escape ahora
no hay más misericordia
No hay remordimiento porque todavía recuerdo
la sonrisa cuando me abandonaste

Sus besos, su lengua que tocaba la suya, sus manos que recorrieron su cuerpo entero, su aliento caliente en sus pechos, la sensación de estar unida a un cuerpo, al cuerpo de la persona que tanto amaba, las palabras llenas de amor y emoción que escuchó esa noche, todo, todo estaba ahí, en su cabeza, tan vívido. Se obligó con lágrimas en los ojos a despertar. Miró a su alrededor, el camino solitario, sintiendo aquel nudo amargo en su garganta, la presión en su pecho, la herida sangrante en su corazón y en su alma. Insoportable, su ausencia, su abandono era un dolor insoportable.

Caminó con pasos lentos abandonando la carretera y aproximándose a los precipicios. Y allí se quedó, de pie, con el viento azotándole el cuerpo, sus ojos llorosos fijos en el mar, el dolor que la envenenaba por dentro.

Tomaste mi corazón
Me engañaste desde el principio
Me mostraste sueños
Deseé que se hicieran realidad
Rompiste la promesa y me hiciste darme cuenta
que fue solo una mentira
¿Podría haber sido para siempre?
Ahora hemos llegado al final

Este mundo te puede haber fallado
Eso no te da un motivo
Podrías haber escogido un camino diferente en la vida

La sonrisa cuando me abandonaste…

¿Y si todo acababa ahí y ahora? ¿Si los recuerdos dejaban de atormentarla, si el dolor cesaba, si el vacío en su pecho se llenaba? ¿si ya dejara de sentirse enferma, de ser un estorbo, de sentirse menospreciada y usada por un hombre, por el único hombre que tanto amó?

Si el mundo ya no tenía sentido, si la vida ya no era lo mismo, si el consuelo y la felicidad se veían tan lejanos, si estaba tan sola… entonces… ¿entonces porqué no?

El mar estaba tan lejano allá abajo, las olas rompían con violencia contra las rocas, el viento era más fuerte allí. ¿Lo haría? Quiso moverse para dar el paso, pero no pudo hacerlo, sentía que estaba pegada al suelo, sudaba y creyó que le faltaba el aire. Quizás… quizás era una cobarde más encima.

Cerró los ojos y respiró profundamente el aire que limpió sus pulmones, finalmente, abrió poco a poco los ojos y volteó, siguiendo su camino hasta que finalmente llenó a la caleta. La brisa esta vez fresca traída por el mar aminoró notoriamente su sopor y renovó fuerzas.

Algunos pescadores la miraron con seriedad y otro par la saludaron con respeto. Se tomó el tiempo de recorrer la calle pequeña que no sólo servía para que transitaran vehículos o los pescadores dejaran a veces su propios botes de madera, también servía para colocar pequeños puestos en donde se vendía todo tipo de producto de mar.

No es que le desagradara, ni que jamás lo hubiera olido, pero esta vez, el olor a pescado, sal, yodo y limón le produjo un terrible malestar que hasta tuvo escalofríos, el sudor aumentó en la frente y se le revolvió el estómago, provocándole de inmediato nauseas que sólo soportó tapando la boca. Asustada corrió hasta el final de la caleta y se afirmó junto a un solitario árbol, respiró profundamente para sentir alivio, sin imaginar que al hacerlo, esta vez las nauseas fueran aun más fuertes y finalmente le provocaran el vómito.

Se sintió fatal, lo poco que había comido, se había ido, le dolía el estómago ante los espasmos de las náuseas y se sentía débil y somnolienta. Limpió su boca como pudo y se alejó un par de metros más hasta que encontró aquel pequeño negocio en donde muchas veces Kouga y ella compraban algunos dulces.

- Buenos días, pequeña- La saludó el anciano, que la conocía desde que era casi un bebé.

- Tiene… ¿un vaso de agua? ¿por favor?

El anciano arrugó el ceño y luego, turbado, habló.

- Por supuesto, espera un segundo.

Cuando él se alejó el timbrecillo de la puerta de entrada sonó, la joven no tuvo fuerzas para voltear, esperó hasta que el anciano volviera y le entregara un vaso con agua fresca, la cual ella bebió a pausas.

- No luces nada bien, pequeña…- Musitó el anciano, Kagome cerró los ojos mientras deslizaba el vaso de vidrio por las mejillas que le ardían.- Mira nada más… ¿Qué se te ofrece, Kouga?

Ella pegó un brinco y volteó completamente. No lo esperaba, pero ahí estaba él, de pie un par de metros más allá, con las manos en los bolsillos y mirándola fijamente, con seriedad, aunque respiraba algo agitado, lo notaba por el vaivén excesivo de su pecho, oculto bajo una ajustada camiseta café de mangas cortas.

- Ehh…- Él apartó la vista de ella y se aproximó al anciano tras el mostrador, Kagome bajó la vista y se apartó hacia la ventana, desde ahí se bebió poco a poco el agua, con la vista fija en el mar.-… necesito un litro de aceite… y un kilo de arroz… si tiene azúcar y algo de café sería estupendo… pero usted sabe…

Escuchar la voz de Kouga la emocionó y verlo tan sorpresivamente la turbó demasiado, ya que no lo veía desde aquella vez en que había curado sus heridas.

- Oh, esta bien muchacho, me pagarás cuando puedas, déjame ir a buscar lo que necesitas… Kagome…- La llamó el anciano. La muchacha volteó lentamente, sonrojada y nerviosa, Kouga le daba la espalda y no volteó-… ¿ya te encuentras mejor? ¿quieres algo más, pequeña?

- No… no, gracias- Se excusó.

El anciano le dio una mirada a Kouga y entonces éste, preocupado también y ansioso por reconciliarse con ella, volteó. En ese momento el anciano se adentró en la bodega para buscar el pedido del muchacho.

Se aproximó a Kagome quien lo miró con sus ojos muy abiertos y expectantes.

- Hola.

- Hola.- Respondió ella, con un hilo de voz.

- ¿Estas bien?- Preguntó, acercándose un poco más y casi rozando su pecho contra su cuerpo. La joven bajó la vista.

- Sí… sí, ahora sí… es que… creo que comí algo… que no me hizo bien…

- Estas verde- Se burló con cariño y entonces vio que ella alzaba el rostro y lo miraba sonriendo- En serio.

- Aquí esta, Kouga- Interrumpió el anciano, acercándose a paso lento y entregándole en una bolsa de papel el pequeño pedido del pescador, éste tragó fuerte y sus ojos brillaron como si se emocionase sobremanera.

- Le juro que…

- Sí, sí, cuando puedas, ya sabes.

El anciano se fue tras el mostrador otra vez dejando a los muchachos solos.

- ¿Esta aun mal la pesca?- Preguntó ella con preocupación.

Kouga alzó los hombros como si le restara importancia al asunto.

- ¡Bah! Ya sabes como es ésto… hay temporadas buenas y otras no tanto… ya el fin de semana volveremos a salir a la mar, esta vez tengo confianza- Y sonrió. Ella le devolvió la sonrisa. El joven la miró con intensidad y la muchacha tuvo que bajar la vista para no sentirse nerviosa, como ya lo estaba- Te… he echado de menos, Kagome.

La muchacha sonrió con amargura. Luego, se dio el valor para mirarlo, siempre había querido a Kouga, lamentablemente no como él esperaba.

- Yo también.

Suspiró y se alejó hasta el anciano, entregándole su vaso de vidrio. Luego volvió hasta el muchacho y se despidió, saliendo del lugar y caminando algo más aprisa para llegar pronto a la casa. Las piernas le flaqueaban y estaba nuevamente a sentir el desagradable olor que le había provocado malestar. Miró de reojo la calle aun cubiertas por los tendederos de pescados y mariscos y tuvo arcadas, que contuvo tapándose la boca.

- ¡Kagome!

Kouga corría el poco trecho hasta ella y puso una mano en su hombro.

- Oye – Frunció el ceño - ¿Estas enferma? Será mejor que descanses un momento, ven a mi casa.

- No… no, debe ser algo que comí…

Pero el muchacho no la escuchó y fue fácil obligarla a dirigirse a su casa ya que Kagome no tenía ni la fuerza para oponerse ni tampoco la conciencia de lo que estaba haciendo pues sólo le preocupaba el no tener que volver a vomitar en la calle. Aún así, cuando estuvo dentro de la pequeña casita, corrió al baño que sabía muy bien donde estaba y se encerró en él. El muchacho la había seguido pero casi se golpea en la nariz cuando la puerta se cerró con tanta precipitación y violencia. No sacó nada con llamarla, podía escucharla desde donde estaba y eso lo preocupó enormemente. Luego de un momento Kagome pareció tranquilizarse, se escuchó el sonido del agua correr y luego ella abrió la puerta. Estaba más pálida que la cal.

- ¿Estas segura que no es nada grave?

Ella se sentó en una silla de madera, se metió la mano al bolsillo y sacó el billete que le había entregado Izayoi para la compra.

- Sí… pero mientras … ¿me puedes ayudar? Creo que si me acerco a aquella feria en estas condiciones no seré capaz de volver a casa.

El otro asintió, aun preocupado, la escuchó atentamente mientras le decía lo que necesitaba. Cuando él la dejó sola, Kagome apoyó los codos en la mesa y se afirmó la cabeza. ¿Acaso estaría enferma nuevamente? Pero… si había hecho su mayor esfuerzo para no sentir aquel dolor desgarrador que experimentó cuando supo que él se casaría… bueno, había seguido viviendo… no, había caído momentos antes, cuando por un instante había querido abandonarlo todo.

No quería preocuparle a nadie, menos a su Señora, que ya tenía suficiente con sus problemas y ella molestándola, la sirvienta causándole preocupación y complicaciones a la dueña de la casa. Casi veía la cara de Kaede, aquella de reproche por no poder disimular y recuperar los ánimos de antes… pero si ella entendiera… si todos entendieran el vacío que sentía ahora, el dolor desgarrador que llevaba en su pecho, el desgano por vivir en un mundo que parecía ser sin sentido, triste y aburrido. Si tan solo estuviera su mamá con ella, pero tampoco la tenía… a su padre jamás lo había conocido… y ahora se sentía tan miserablemente sola… la pena no se iba y seguía ahí, día y noche amargándole la existencia, sumergiéndola en la oscuridad.

- Les pedí que te lo envolvieran bien- Dijo amablemente Kouga, entregándole el paquetito envuelvo en papel y luego en nylon. - ¿Cómo te sientes?

Kagome recostó la cabeza en la mesa, cerró los ojos sin ánimos de moverse.

- Déjame descansar un rato, por favor, Kouga.

Y se quedó allí, entre dormida y consciente, esforzándose en que los recuerdos no se apoderaran de su cabeza, trató de pensar en el mar suave y ondulante de allá afuera, del cielo azul brillante, de los niños corriendo y jugando en las calles, la brisa fresca del puerto…

No supo cuanto tiempo estuvo así, pero ya el sol no estaba tan alto, entonces tuvo la fuerza suficiente para ponerse en pie y caminar de vuelta hasta la casa, no sin antes, prometerle a Kouga que volverían a verse, a ser amigos, como antes.

Cuando regresó, se llevó una gran sorpresa al entrar hasta la sala ya que allí se encontraban Kaede, Toutossai, Myoga y Su Señora quien traía en sus manos un pastel de cumpleaños con 18 velitas encendidas.

Puso cara de estupefacción porque a decir verdad, ni siquiera había reparado qué día era. Sonrió mientras Kaede le quitaba el mandado de las manos y luego del cántico de rigor, se aprestó a apagar las velitas.

- Antes, tienes que pedir un deseo, cariño- Le dijo su Señora, sonriente.

Un deseo… ¡oh! ¡Un deseo! Tragó fuerte y escondió su turbación bajo una sonrisa, quería no pensar pero su anhelo y deseo por verlo era más fuerte que cualquier cosa y entonces sopló, más para tener que hacerlo pronto antes que comenzaran a preguntar porqué tardaba en formular su deseo. Todos aplaudieron y luego, de a uno la fueron saludando, dándoles abrazos y pequeños obsequios. Bueno… no todos.

- Esto es… una pequeña cantidad de dinero que he estado… guardando para ti- Le dijo Izayoi y entregándole un sobre blanco que contenía dentro una tarjeta plástica con el logo de un conocido banco y en letras doradas y relieve su nombre y número de identidad.-… yo… quería que fuera más… pero es… para que estudies o te lo ahorres con tu otra cuenta.

La suma era norme, cuando la leyó en la carta que venía anexa, intentó excusarse y devolvérselo porque era demasiado, pero Izayoi obviamente no lo aceptó y dijo que ese era su obsequio y que lo cuidara mucho. La mujer sabía que era lo único que podía darle ahora.

Disfrutaron con té y trozos de pastel todos ahí, hasta Natsuna se asomó un momento e Izayoi la llamó para que se sumara. Kagome ni siquiera pensaba en odiar o culpar a Natsuna, luego de saber la verdad a cerca de Inuyasha hasta pensó en algún momento que le había hecho un favor. Sí, porque si se hubiera estado comunicando con Inuyasha, él la hubiera seguido engañando, ilusionando, ella lo hubiera esperado impaciente cada día y obviamente Inuyasha nunca regresaría.

Esa tarde, se dio el valor de ir nuevamente a Thira. No quería hacerlo y no lo había hecho desde que él se había marchado, pero ahora, iba con el propósito de llevar algo de pastel a aquella muchacha, vecina suya, que en todo ese tiempo había abandonado y que tan bien se había portado con ella.

Oh, por favor, por favor, por favor, Kagome piensa en mamá… ¿te acuerdas de ella?... y sus recuerdos iban a su niñez, a su madre, a Kouga riendo… a un malcriado niño Inuyasha burlándose de ella. Kagome cerró los ojos con fuerza y luego, los posó en cualquier cosa para distraerse. La casa de piedra blanca y azul, el hombre fumando una pipa y mirando el océano, las gaviotas volando en el cielo… no tuvo las fuerzas para descender los más de cien escalones así que lo hizo por teleférico, cuando llegó al puerto, los latidos de su corazón habían aumentado de ritmo, sólo el pensar que se acercaba a su casa la conmocionaba completamente, trayendo recuerdos que ya no podía evitar, por ser tan intensos, por ser tan hermosos y por que habían sido únicos en su vida.

Se llevó una mano a la boca y los ojos se llenaron de lágrimas al ver su casa. Podía escuchar el sonido de la lluvia repicando fuerte afuera, el trueno que ensordecía y remecía los cimientos de la morada, el rayo que caía al mar e iluminaba por segundos, un cuarto semi oscuro en donde, frente a la chimenea, se había entregado por primera y única vez a Inuyasha.

- ¡¡Kagome!!

No, no había sido él, volteó el rostro y era Sango quien se aproximaba feliz al verla. La abrazó y le preguntó mil cosas, entonces se dio cuenta del estado en que se encontraba y la invitó a su casa.

Quizás… fue una liberación… y debía hacerlo, porque el estar sola con todo dentro, sin tampoco confiar demasiado en Kaede que lo más seguro es que le diera una reprimenda o algo, Kagome pudo contarle de principio a fin lo sucedido con Inuyasha y no sólo eso, de alguna forma se dio la confianza para decirle lo que sentía, todo.

- Es… una historia bastante triste…- Dijo al fin Sango, mirándola con profunda compasión-… yo… no sé que decirte… más que… al igual que esa cocinera, debes seguir adelante.

- Si, lo sé… pero es que… cuesta tanto asumirlo- Sollozó.

- Sí… lo imagino…- Murmuró-… pero quizás… él en verdad… te quería…- Agregó, más para consolarla y no deprimirla aun más-… pero… alguien tan importante como él, tiene obligaciones que cumplir… quizás te prometió volver pero… bueno… creo que a estas alturas debes quedarte con un hermoso recuerdo de aquellos momentos… y no culparlo por mentirte… ni tampoco tu te amargues y deprimas por algo que no pasó y que pudo ser… no lo hagas…

La sirvienta se secó lentamente las lágrimas. Aunque el consuelo era leve, agradecía de todas formas el ser escuchada y comprendida en parte en ese momento. Sango sonrió y le ofreció café, para compartir el pastel. Llamó a su hermano Kohaku que estaba en el puerto jugando con otros chiquillos para que las acompañara, cuando el café estuvo listo la dueña de casa partió el trozo en tres partes, aunque Kagome le había dicho que no quería (y ni en casa se había comido su trozo), su amiga la obligó a comerlo. Bueno, al menos lo intentó, porque al primer bocado tuvo náuseas que no pudo controlar y se dirigió veloz al baño mientras la muchacha de cabello castaño le indicaba donde estaba.

Más tarde, cuando volvió, Kohaku ya no se encontraba en la casa, sin embargo Sango estaba aun sentada en la mesa, muy seria, con las tazas vacías de su hermano y ella y también los platillos en que habían degustado el pastel. Aun estaba el trozo de Kagome pero la joven tuvo la prudencia de tomarlo y guardarlo en el refrigerador.

- ¿Cómo estas?

Kagome se sentó en la silla y suspiró.

- No sé… que fue lo que comí que me ha hecho tan mal…- Se pasó la mano por el flequillo de su frente a modo de sentir el frescor en el rostro.

- Mmmm… te ves muy mal…

- No quiero estar así… sé que no debo enfermar otra vez… - Sollozó nuevamente-… seré una carga para mi Señora y ella… ya tiene sus propios problemas… - Tragó con fuerza y bajó la mirada, mientras se miraba sus dedos-… además… cada vez que la miro a la cara siento que la he traicionado por aprovecharme de su confianza, estando con su hijo… y…

Sango acercó una mano a la de la joven que comenzaba a temblar.

- ¿Ayer tuviste náuseas?

Kagome la miró fijo, pero sin entender, asintió al cabo de un momento.

- Kagome…- Dijo la joven, incómoda y acercando el cuerpo más a ella, casi reposando su pecho contra la mesa-… tu… estuviste con Inuyasha aquella noche de tormenta ¿verdad? Me dijiste eso, si no me equivoco- La vio enrojecer y luego asentir-… ¿tu sabes cuando fue eso?

La muchacha bajó la vista.

- Ni siquiera recordaba que día era hoy… estuve en cama una semana, el tiempo para mi ya no es importante…

- Pues debería serlo- Suspiró la otra subiendo más el tono de su voz. Kagome la miró-… ha pasado… un mes más o menos… y… no sé… deberías… - Apretó los labios, no sabía como decir-… bueno, tu ya tienes 18 años y sabes perfectamente lo que puede pasar cuando un hombre y una mujer tienen relaciones.

Kagome tragó con fuerza y de inmediato negó con su cabeza, la miró extremadamente seria.

- No, no, imposible- Le aseguró- Sólo fue… - Apretó los labios, más avergonzada aun-… una vez.

- ¿Y eso qué? ¿se protegieron?

La sirvienta sintió como le latía desbocadamente el corazón, no fue capaz de decir nada.

- Por que… una o muchas veces las consecuencias pueden ser las mismas…

Kagome no dijo nada, se mantenía quieta, mirándola fijamente, como una estatua.

- No es que quiera asustarte pero… has estado tan sumergida en tu sufrimiento y dolor que no te has dado cuenta, ni siquiera has reaccionado a lo que pasa a tu alrededor o en ti misma… tienes náuseas, estas muy débil, sensible… y si sumas uno, más uno, más uno… yo que tu… y espero equivocarme por ¡Kami Sama!- Dijo dando una mirada al techo-… voy comprando una prueba de embarazo… para asegurarme.- Agregó, como intentándole dar ánimos cuando el sólo imaginar algo semejante había dejado a Kagome sin reacción alguna.

Luego de un momento, la sirvienta intentó sonreír y se puso de pie.

- He escuchado que la primera vez no hay consecuencias… no creo que yo… - Quiso llevarse las manos a su estómago pero luego las apartó bruscamente-… no… no lo creo, hay mujeres que lo intentan por años y no quedan embarazadas.

Sango alzó los hombros.

- No pierdes nada con hacerlo. Sino… vas a tener que ir con un médico, que te enfermes tan seguido y de esa forma es muy peligroso.

Intentó sonreír, pero a esas alturas ya no podía. Se despidieron cordialmente y la sirvienta prometió que vendría a visitarla más seguido, eso le servía a ella misma como desahogo y consuelo, la otra agradeció feliz, ya que al fin podía compartir y entenderse con alguien más o menos de su edad (Kagome era menor por dos años) y podría contarle cosas que Kohaku no debía saber.

Caminando con pasos lentos y la duda inquietando sus pensamientos, Kagome sentía que cada latido de su corazón era tan ensordecedor como el sonido de un trueno. Las palabras de Sango iban y venían y ella, hubiera querido evitarlas, ignorarlas, pero algo así no podía, sólo imaginar a su Señora… no se sentía con el valor de ahora mirarla ¿cómo sería después? El miedo la aterró tanto que casi no podía caminar ya que el cuerpo completo le temblaba. ¿Estaba o no lo estaba? ¿sería capaz de estar con la duda toda esa noche, más tiempo, intentando esquivar lo inevitable? Se esforzaba en que no había pasado nada, pero las pruebas estaban ahí, además, ni siquiera recordaba cuando había sido la fecha de su último periodo.

Tuvo que afirmarse en la pared de una casa para no caer al suelo de tanto que temblaban sus piernas. Y estaba, aterrada ahora, pero convenciéndose en vano que no, que todo era un error, que era otra cosa lo que tenía, que el destino no podía jugarle una pasada tan cruel como esa.

Armándose de valor y aprovechando que tenía algo de dinero que Myoga le había dado en su cumpleaños también, fue a la farmacia más cercana y compró, no sin antes titubear un par de veces para ir a la caja registradora, la prueba que le indicaría si estaba o no en estado.

Era tarde ya cuando llegó a casa, Izayoi se había ido a su cuarto, Kaede terminaba de limpiar la cocina, Natsuna la ayudaba. Kagome corrió escaleras arriba y se encerró en el baño.

Sudaba completamente, al tomar el envase que traía escondido en una bolsa, entre sus manos, este estuvo a punto de caerse al piso. Con torpeza ella lo sacó de la bolsa y buscó las instrucciones. Cortas y precisas.

Tal y como indicaba, realizó cada paso y esperó el tiempo que requería para ver el resultado. Aquellos escasos minutos de espera, fueron una eternidad, se paseó por el pequeño baño mirando de reojo la muestra que yacía sobre el estante de los útiles de aseo, completamente al borde del llanto y el nerviosismo. Rogó y suplicó al cielo, a Kami, a su madre, para que la ayudaran y que el resultado de la prueba mostrara aquella única línea roja la cual indicaba negativo. Dos minutos, sólo dos minutos y habían sido los más tortuosos y agónicos de su corta vida.

Dos minutos. Sólo debía comprobar y así, quizás, recuperar el sueño perdido desde hacía semanas ¿por qué no lo había pensado antes? Sango tenía razón, había estado demasiado sumergida en su dolor y tristeza.

- Oh, por favor, por favor, por favor…- Rogó, acercando la mano al test y cerró los ojos para no ver. – Por favor…- Suplicó una vez más y abrió los ojos.

Ahí estaban, claramente no una línea, sino dos líneas rojas como si se estuvieran mofando de ella, sintió que se le congelaba la sangre y que incluso ya ni siquiera se encontraba en la tierra, era como si todo se hubiera detenido y ella estaba así, vagando en otra dimensión, donde nada era comprensible ni lógico. Un momento más tarde tomó la caja con las instrucciones y las leyó precipitadamente, releyó y volvió a leer la parte que indicaba cual era el resultado para cuando apareciera una línea o dos.

- Una línea, negativo, no hay embarazo… - Miró por sexta vez la prueba -… dos líneas… positivo… embarazada…

Y entonces pudo ver la sonrisa irónica de Inuyasha frente a ella, como una fantasma, mientras le decía, y que claramente Kagome escuchó: Feliz cumpleaños

Continuará…


N/A: Este fic, comenzó los primeros capítulos con algunas estrofas que ahora, en el capítulo 25 y revelador, esta completa. La canción como les dije anteriormente, se llama "Angels" y es de "Within Temptation". Esta canción apareció en mi vida, así como siempre vienen, de casualidad, encajándose completamente en la trama planeada, me encanta eso jeje.

Un saludo a todos quienes esten celebrando algun cumpleaños o celebración en estos días, recuerden que los momentos tristes pasan pero para dar a acontecimientos muchos mejores y emocionantes... como ahora y lo que se nos viene después.

Un gran agradecimiento a cada uno de ustedes que se toma el tiempo de leer y más aun, dejarme un comentario que siempre leo, porque son mi incentivo para seguir haciéndolo. Ya saben que escribo porque me gusta, para que ustedes puedan pasar un rato agradable, distraerse, quizás meditar algunas situaciones con su propia vida y también entretenerse, nada más.

Besitos y saludos, nos vemos y muchísimas y emocionadísimas gracias, por que son casi 800 reviews ya... bueno faltan 5, pero es casi casi jeje.

Lady Sakura Lee

PD: Prometo en el próximo capítulo incluir completamente a nuestro Inuyasha :)