Capítulo XXV: Caos a bordo
¿Es que ese infeliz de Draco Malfoy estaba mal de la cabeza? ¿Quería la cabeza de Hermione sólo por tratar de hacer bien las cosas? Era comprensible que el rubio odiara a la castaña por haberse entrometido con sus planes pero, de ahí a usar a Ginny como carnada para atraerlo a él y que más encima Draco le ordenase matar a su mejor amiga con un cuchillo de cocina era irse al extremo.
-¡No haré eso Draco! ¡No voy a matar a mi mejor amiga por un capricho tuyo!
El rubio compuso un rostro que expresaba decepción burlesca.
-Y yo creí que tenía a Potter en la palma de mi mano. Bueno, no me queda más remedio que acceder a los deseos de tu querida novia –dijo Draco con un dejo muy despectivo cuando pronunció la palabra "querida"-. ¿Te gustaría probar más de esto, Weasley?
Ginny, con manos ávidas, tomó el frasco que le causaría más dolor aún y bebió otro sorbo. Draco le arrebató el envase para que la pelirroja no pudiese beberlo todo de un solo trago. Esa no era la idea.
Los gritos de Ginny horadaron los oídos de Harry como cuchillos incandescentes. Escuchar uñas largas rasgar un pizarrón era más placentero que sentir los desesperados chillidos de dolor de su novia. Verla sufrir de esa manera aletargó su voluntad una vez más y Draco sólo le extendió el cuchillo. Harry, temblando de pies a cabeza, tomó el mango del arma y, con pasos dubitativos, se acercó a Hermione. Terror puro asolaba el rostro de la castaña cuando vio a su mejor amigo con un cuchillo en su mano y acercándose cada vez más a ella. ¡Tiene que ser una pesadilla! ¡Tiene que serlo! Hermione no podía zafarse de sus ataduras, aunque eso no le impedía moverse como una culebra nerviosa. Sus instintos eran, como mandaba la lógica, más fuertes que la conciencia. El cuchillo que blandía Harry reflejó las luces del transatlántico. Frío y letal. ¿Por qué Draco Malfoy tenía que ser tan perverso? Preguntas fútiles, sin respuesta. El corazón de Hermione apresuró sus latidos. Las ganas de gritar eran abrumadoras. Pero la castaña sabía que hacerlo era inútil, pero eso no impidió que vaciara sus pulmones exclamando, chillando, tal vez con la vana esperanza que Harry pudiese escuchar sus últimos lamentos.
Esperanzas que no existían.
Amenazado y disminuido por el tormento de Ginny, Harry seguía su camino hacia una desesperada Hermione. ¡Quiero despertar! Draco lucía visiblemente divertido con el drama desarrollándose en la proa del Queen Mary II. Un frasco de veneno era todo lo que se necesitaba para romper en mil pedazos una amistad de trece años. ¿Qué podía ser mejor que eso? Había logrado humillar a Harry Potter al fin, y de una forma que jamás se lo iba a perdonar. Por supuesto que Ginny también iba a morir, pero ese honor lo tendría el océano bajo la quilla del barco. Era un asunto conveniente para él, pero nefasto para las autoridades. La Guardia Costera tardaría semanas en encontrar el cuerpo y, si es que lo hicieran alguna vez, ya no habría huellas que indicaran un asesinato. Los estúpidos Aurors creerían que Ginny Weasley se habría suicidado a causa de las intensas presiones para mantener su alicaída familia y aquella ramera de Granger tendría huellas de Potter por todas partes. Los Aurors sabrían que el cuchillo que terminó con la vida de la castaña tendría huellas de Potter. Y Draco sólo tendría que hacerse el leso y atestiguar que no estaba en la proa del Queen Mary II cuando los sucesos tuvieron lugar. No había nadie en el sector de proa porque todos estaban disfrutando de la cena. Draco se aseguró de llevar a Ginny de una forma no invasiva para que todos creyeran que el rubio estaba ayudando a la pelirroja en lugar de secuestrándola.
El plan era una belleza. Él era un genio.
A metros de Draco, Harry ya estaba encima de Hermione, ciego a su propia voluntad. Odiaba ver a Ginny sufrir y le causaba mucha angustia también. Haría todo lo que fuese necesario para apartar la carga del tormento a su novia, incluso matar a su mejor amiga. Ginny era lo más importante para él y no podía permitir que Draco la violentara de esa forma. Era peor que si el rubio estuviese violando a la pelirroja. Alzó el cuchillo, la punta hacia el pecho de Hermione, dispuesto a sacrificar a su mejor amiga por la vida de su novia. La castaña cerró los ojos, gritando y tratando, en vano, de liberarse.
Un sonido de metal cortando el aire se escuchó. Hermione supo que ese sería uno de los últimos ruidos que escucharía en su vida pero, lo extraño que no sentía nada, no podía sentir acero perforando su corazón, no podía sentir sangre brotando de algún agujero en su piel. ¿Le habrá atravesado la médula? Pero podía respirar, su corazón latía, los pensamientos fluían como el agua en un río salvaje. Entonces, ¿qué demonios había ocurrido?
Se atrevió a abrir los ojos.
Lo primero que vio fue unas ligaduras rotas caer mansas sobre sus antebrazos. Escuchó a Draco juramentar y a empujar a Ginny hacia la barandilla del lado izquierdo de proa. Vio a Harry reaccionar a la velocidad de una bala, sacar su varita de uno de los bolsillos de su pantalón tan rápido como un pistolero del Lejano Oeste y lanzó un chorro de luz roja sin pronunciar una sola palabra. Vio a Draco recibir el hechizo en plena cara, quedar un momento paralizado y, un segundo más tarde, pudo ver al rubio caer de espaldas al suelo, el frasco con veneno roto sobre la cubierta, su contenido esparcido al lado del cuerpo inerte de Draco Malfoy.
Hermione no hallaba palabras para describir lo que acababa de ocurrir.
-Debo decir que Malfoy no sería un buen jugador de póquer –dijo Harry al fin, acercándose a Ginny y abrazándola cariñosamente. La pelirroja temblaba como si en ese instante estuviese en el Polo Sur y lloraba desconsoladamente, aunque no se podía saber si era por la ausencia de ese veneno adictivo o por las penurias que tuvo que soportar en manos de ese rubio sádico.
-¿Harry?
-Dime Hermione.
-¿Tenías… todo planeado?
Esta vez Harry lanzó una sonrisa traviesa.
-No todo. No sabía que Draco iba a secuestrar a Ginny pero, cuando vi a ese estúpido aristócrata llevarse a mi prometida, decidí que debía ser un Auror en lugar de un Ministro. Pobre Malfoy. Sigue creyendo que soy un político. No te imaginas cuántas veces tuve que recurrir a estas pantomimas para cazar magos tenebrosos.
Hermione golpeó débilmente el pecho de Harry.
-¡Estaba aterrorizada Harry! ¡De verdad creí que me ibas a matar!
Harry tomó los brazos de Hermione y los bajó. Acto seguido la abrazó fraternalmente.
-¿Y de verdad iba yo a sacrificarte por Ginny? –Harry la soltó y se acercó a Ginny para entregarle más consuelo-. Es verdad que ella es mi prometida y que la amo mucho, pero tú eres mi mejor amiga y tu vida no tiene precio para mí. Cuando estábamos en Chile, Ginny me confesó que entregaría su vida por mí, sin dudas ni reflexiones. Todo lo que hice fue hacerle pensar a Draco que ella no estaba dispuesta a hacer tal sacrificio, porque la gente como Malfoy sólo se preocupa de salvar su propio pellejo. La gente como él no sabe de sacrificio, no sabe de esfuerzo, no conoce el verdadero valor de la amistad –Harry dirigió una mirada llena de orgullo hacia Hermione-, o el del amor-, Harry abrazó con más fuerza a Ginny, besándola suavemente.
Hermione miró a Harry y supo que su mejor amigo se había convertido en un auténtico líder, una persona que era capaz de librar batallas tanto en la comodidad de una oficina como en los oscuros callejones del centro de alguna ciudad británica.
Harry dejó a Ginny por un rato y se acercó a Draco para reanimarlo, no sin antes atarlo de pies a cabeza. Al fin la alimaña frente a sus pies sería llevada a la justicia y arrojada sin elegancia alguna a una celda en Azkaban. No obstante, un grito aterrador hizo que Harry girara su cabeza. Ginny yacía al lado del charco con veneno y sufría violentos espasmos de dolor. Era obvio que la pelirroja había lamido el piso cubierto con sustancia púrpura. El ex Auror olvidó que aquella sustancia era adictiva.
-¿Y ahora qué hacemos?
Hermione parecía pensar de forma frenética, gesticulando con las manos y paseándose por la proa del barco de un lado a otro. Y entonces, como sacudida por una descarga eléctrica, la castaña corrió hacia el sector principal del navío, seguida por Harry, quien cargaba en sus hombros el cuerpo trémulo de Ginny.
-Es un veneno mezclado –dijo la castaña, apenas con aliento para hablar debido a que estaba corriendo como nunca-. Tiene dos efectos a la vez: causa dolor y adicción al mismo tiempo. Un antídoto normal no funcionaría con este brebaje.
-¿Y qué sugieres?
-¿Recuerdas la Tercera Ley de Golpalott?
-¿Esa cosa matemática que vimos en una clase de Pociones en sexto año?
Hermione gruñó.
-Sí, esa clase en la que hiciste trampa y mostraste un bezoar al profesor Slughorn.
Al parecer la castaña todavía recordaba ese vergonzoso incidente, y Harry se dio cuenta que Hermione le iba a restregar ese hecho en su cara por el resto de su vida.
-¡No es tiempo para recordar eso Hermione! ¿Qué tienes en mente?
-El punto es que debo separar los componentes del veneno en sus partes constituyentes para poder elaborar un antídoto efectivo. Si no lo hacemos, Ginny seguirá siendo adicta a la sustancia y llegará un momento en que cometerá una locura y terminará en el fondo del mar hasta el Día del Juicio Final.
-¡Está bien, está bien! Ahora, por favor, dime que tienes las herramientas para preparar ese antídoto.
-En este momento… vamos hacia allá –dijo Hermione respirando con un poco más de rapidez. Harry supo que su amiga iba hacia abajo en lugar de hacia arriba, hacia la habitación de la castaña.
-Hermione…
-¿Sí?
-¿Adónde vamos?
La castaña no respondió.
-Tu habitación está en el segundo piso.
-Lo sé.
-¡Pero vamos en la otra maldita dirección!
-¡Lo sé!
Harry dirigió a Hermione una mirada exasperada.
-Mis útiles de pociones no las llevo conmigo. Están en otro lugar.
-¿Dónde?
Hermione iba cada vez más abajo, llegando incluso a lugares restringidos para los pasajeros. Harry, lentamente, fue entendiendo cuál era el destino de la castaña. El Ministro, en pocos minutos, estaría penetrando en las mismas entrañas del Queen Mary II.
Las estrellas lucían borrosas, aunque se fueron aclarando con el discurrir de los segundos. Draco Malfoy apenas comprendía lo que ocurrió. Todo pasó tan rápido que no tenía recuerdos nítidos de lo sucedido. Se puso de pie lentamente porque si lo hacía muy rápido podría sentirse mareado y caería nuevamente al suelo. Sobándose la cabeza, el rubio miró a su alrededor y se dio cuenta que Ginny no estaba en ningún lado. Granger y Potter tampoco se veían en los alrededores. Draco comprimió sus manos en puños y una ira corrosiva casi le hizo perder el raciocinio. ¿Dónde demonios se fueron? El aristócrata se paseaba por la cubierta de un lado a otro, pensando, pensando y volviendo a pensar en la dirección que tomaron Potter, Granger y Weasley. Draco se obligó a respirar profundo, de forma lenta y deliberada, limpiando su mente de la rabia. Aunque el rubio jamás creyó en esas técnicas, ahora supo que debía cambiar su opinión de éstas, porque la cadena de pensamientos se hizo prístina, tan clara como el cielo de verano.
Ginny tenía un veneno en su sangre, un veneno mezclado. La única persona que podía encontrar un antídoto efectivo era esa apestosa sangre impura, pero no podía llevar sustancias mágicas en su equipaje de mano… aquella era una regla tácita entre los magos y éstos la obedecían de forma instintiva. Entonces, el único lugar al que podía ir Granger para solucionar el problema de Weasley era…
-¡Maldición!
Draco Malfoy reaccionó como un atleta ante el pistoletazo de salida de los cien metros planos y corrió a todo lo que daban sus piernas y sus zapatos con poco agarre en la única dirección en la que era posible interceptar a Granger y acabar con ese drama Shakesperiano de una vez por todas.
Hermione lamentaba a cada segundo lo que debió hacerle a los guardias de seguridad que custodiaban las zonas restringidas del Queen Mary II, pero en situaciones como la que atravesaba, los pensamientos maquiavélicos podían considerarse como justificables. La castaña imaginaba lo que pensaría Nietzsche si él pudiese ver lo que estaba pasando en los confines del enorme navío. Seguramente estaría partiéndose de la risa en ese instante.
Harry, Hermione y Ginny entraba en la vastedad del compartimento de carga del transatlántico. La ominosa vista recordaba mucho a la última vez que el ex Auror entró a la Sala Multipropósito. La titánica sala apenas estaba iluminada y los bultos y equipajes formaban corredores sombríos y laberínticos. Dos voces de ¡lumos! hicieron eco en la cavernosa sala y dos haces de luz recorrieron las pilas de cajas y maletas que descansaban en el fondo del Queen Mary II.
Ginny no paraba de remecerse en los brazos de Harry, tratando de liberarse y encontrar un poco más de esa preciosa sustancia color violeta. El Ministro no podía dejar de sentir lástima por su prometida y un violento odio por Draco Malfoy mientras ayudaba a Hermione a buscar la dichosa maleta que podría salvar a Ginny. Pero parecía ser que ambos amigos estaban dando palos de ciego en esa inmensa bodega de carga.
-¿Y no hay forma de identificar tu maleta?
-¿A qué te refieres?
Harry entornó los ojos, aunque poco sentido tenía hacerlo con la poca luz que había.
-Me imagino que todos los bultos deben estar identificados para que los pasajeros puedan reconocerlos y no se confundan con otros.
-En todos lados es así –admitió Hermione.
-¿Y tienes el código de tu equipaje a mano?
-Siempre lo hago.
Harry y Hermione se dieron cuenta que los bultos de los pasajeros que desembarcaban en Inglaterra se encontraban en el fondo de la bodega yendo hacia la popa. No obstante, cuando ellos llegaron allá, vieron una montaña de equipajes y cajas y bultos.
-¡Rayos! ¿Cómo vamos a encontrar tu maleta?
Esta vez fue Hermione quien entornó los ojos.
-Usa la cabeza Harry. Los bultos más grandes están abajo y los más ligeros están arriba. Es sentido común.
-¿Y cómo llegamos arriba?
-Tú dime, porque no tengo idea.
Harry miró a su amiga con incredulidad mal disimulada. Escuchar a Hermione Granger decir "no tengo idea" era poco menos que un acontecimiento en sí mismo. A veces era muy molesto lidiar con una amiga sabelotodo que no tiene idea de cómo resolver un problema. Aunque… no lo sería en esa ocasión porque a Harry se le ocurrió una idea.
-Haz que yo flote.
-¿Qué?
-¿Tienes cerilla en el oído acaso?
La castaña recordó el encantamiento que servía para levitar personas y también recordó que era no verbal. Hermione agitó su varita en un movimiento vertical y, lo siguiente que vio fue a Harry colgando de un tobillo y agarrándose con ambas manos al borde superior de una enorme caja de tres metros de altura.
-¡Puedes soltarme!
Hermione volvió a hacer un rápido movimiento de varita y Harry colgaba del bulto y, usando sus brazos, se trepó encima de la caja. Jadeando, miró hacia abajo, a su amiga.
-¿Cómo rayos no se te ocurrió?
-No lo sé. A veces me bloqueo.
-Bueno, no importa. Buscaré tu maleta. Tú cuida de Ginny mientras tanto.
Hermione tomó a Ginny por los brazos para que no huyera hasta el sector de cubierta y siguiera drogándose y Harry trepó cuidadosamente hasta el punto más alto de la montaña de bultos y reconoció de inmediato la maleta de su amiga por el nombre inscrito en una placa de metal encima de uno de los lados.
-¡La tengo!
-¿Estás seguro? ¿Dice mi nombre y es de color rojo con olas estampadas?
-¡Sí!
-¡Esa es entonces! ¡Puedes bajarla!
Harry tomó la maleta. Era muy pesada. La sostuvo con sus dos manos y saltó, cuidando de amortiguar la caída para no fracturarse los tobillos pero, no todo salió muy bien. Al caer, Harry perdió el equilibrio y cayó de costado al suelo, fracturándose un par de costillas mientras tanto.
-¡Harry! ¿Estás bien?
Hubo un quejido de dolor.
-Creo que algo se quebró dentro de mí.
-¿Te duele?
Harry se puso lentamente de pie, tambaleándose un poco a causa del dolor en sus costillas. Sin embargo, el ex Auror había estado en peores condiciones cuando trabajaba cazando magos tenebrosos.
-Un poco. Estaré bien. ¿Está Ginny a buen recaudo?
-Sí, pero por dios que tiene fuerza esta mujer.
-Aquí tienes –dijo Harry, entregando la maleta a su dueña-. Yo contendré a Ginny mientras elaboras el antídoto. Trata de darte prisa.
-De acuerdo –repuso Hermione con un suspiro agotado, abriendo la maleta y poniéndose manos a la obra.
Harry se arrodilló y se sentó sobre el frío suelo de metal para soportar mejor el dolor en sus costillas. Ginny tironeaba de sus brazos con frenética fuerza, una expresión hambrienta en su rostro. Una vez más el Ministro sintió una rabia casi irracional por Draco Malfoy al dejar a su prometida en ese estado. Recordó su primer trabajo como Auror. Era de noche. Un callejón oscuro. Recordaba que las luminarias no funcionaban. Harry debía atrapar a un mago tenebroso que intentaba reclutar Mortífagos caídos en desgracia para formar un grupo revolucionario de extrema izquierda. Por orden del Ministro de la Magia, el sujeto debía ser capturado vivo para ser sujeto a un interrogatorio acerca de bandas subversivas que pudiesen seguir los pasos del difunto Lord Voldemort. La investigación arrojó a Harry a ese sucio callejón, oscuras pozas negras y adictos a la heroína. Las expresiones de aquellos mugrientos seres muertos de hambre reflejaban con escalofriante simetría el rostro que contemplaba en el presente, un rostro que Harry aprendió a amar más que a ningún otro. Su elusivo objetivo también era adicto a las drogas, pero a las drogas de naturaleza mágica. Le daba una poco natural claridad de mente. Harry había logrado arrinconarlo pero, como bien recordaba el ex Auror, aquella hazaña era la mitad de la historia.
Harry podía ver, con horror disimulado por su concentración, el rostro retorcido de su oponente cada vez que arrojaba un maleficio. Era una expresión casi demente, como si él se hubiese arrancado el cerebro de su cabeza con sus propias manos. Cuando al fin cayó derrotado, el anarquista pataleaba y gritaba sinsentidos a diestra y siniestra, completamente enloquecido por su adicción. Y ahora, a bordo de un barco, Harry podía ver la misma triste realidad sobre su novia, tratando de escapar de las manos de su propio amante para ir en busca de la droga que puso tras las rejas a su conciencia.
Hermione ya tenía listo el antídoto para el veneno.
-Caray, eso fue rápido.
-Menos mal que eran sólo dos componentes –suspiró Hermione, sosteniendo un vial con una sustancia viscosa de color verde esmeralda-. Tiene que beberlo todo… espera un poco. Se me olvidó algo.
La castaña agregó una especie de polvo al vial y el líquido adquirió de inmediato el mismo color púrpura del veneno.
-Es un colorante. Será más fácil que Ginny lo beba si cree que es el veneno.
-Bien pensado.
Harry tomó el vial y se lo tendió a Ginny. Como Hermione esperaba, la pelirroja lo tomó con manos temblorosas y una expresión de profunda alegría en su rostro. Un segundo después, el vial estaba vacío, su contenido en el interior de Ginny. Harry y Hermione cruzaron los dedos para que todo saliera bien.
-Era de esperarse que una sabelotodo como Granger encontrara una cura para el extraño mal de Weasley, ¿no crees, Potter?
Harry y Hermione giraron sus cabezas, pero era demasiado tarde. Una violenta patada arrojó al ex Auror al suelo, resoplando de dolor. El golpe dio por casualidad en su costado, en sus costillas fracturadas. Draco Malfoy alzó una ceja.
-Parece que al fin el indestructible Harry Potter tiene un talón de Aquiles propio –dijo Draco con voz melosa-. ¿Qué pasó? ¿Diste un mal paso y tropezaste con tu propia gran cabeza?
-Piérdete Malfoy.
-¿Y si no quiero? ¿Y si, en lugar de desaparecer, te mato ahora mismo?
Harry, pese al dolor, no hizo ninguna mueca.
-Inténtalo si quieres.
-Por supuesto que lo haré.
-¡Él no está solo!
Draco miró a Hermione y una risa maligna escapó de su boca sin labios.
-Granger, entiende de una vez por todas. Los magos de sangre impura no cuentan.
Harry trató de arrojar un maleficio a Draco, pero su velocidad de reacción no era la misma con un costado herido. El rubio reaccionó más rápido y le ofreció un poco de tortura antes de bajar la varita.
-Es… placentero tener tu vida en mi mano, Potter –dijo el rubio, mirando despectivamente cómo Harry trataba de ponerse de pie-. Después de toda la vergüenza que arrojaste sobre mí, después de todas las veces que tuve mis manos alrededor de tu cuello y te escapaste… ¿de verdad crees que pienso dejarte con vida? Ya no soy ese niño tímido que una vez trató de asesinar a su director… no señor. Ahora tengo una razón para mandarte al olvido Potter. ¡Por tu culpa Weasley no pudo ser mía! ¡Capturaste su corazón para que yo nunca pudiese poseerla! ¿Cuántas mujeres pasaron por tu alcoba Potter? ¿Alguna de ellas significó algo para ti? ¡Weasley no es diferente a las demás con las que te has revolcado! ¡Es una estúpida aventura de una noche! ¿Por qué tienes esa fijación con ella? ¿Por qué ella? ¿Por qué la valoras por sobre las demás?
-Porque, lo creas o no grandísimo animal, yo lo amo más que a nada en este mundo.
La escena siguiente fue memorable. Draco se dio lentamente la vuelta y, por una fracción de segundo, contempló el rostro volcánico y lúcido de Ginny Weasley antes de sentir un puño colisionar con su mejilla con fuerza terrorífica, tan fuerte que envió al rubio al suelo sin ninguna elegancia. Harry y Hermione miraban, estupefactos, cómo la pelirroja derrumbó de un solo golpe a Draco Malfoy. Harry nunca se sintió más orgulloso de su novia que en ese instante de gloriosa violencia.
Harry se acercó a Ginny y la abrazó, levantándola en el aire, lágrimas volaban por doquier, pero todo era alegría. Hermione observaba la escena, olvidándose que Draco se estaba poniendo de pie. Un segundo más tarde, el clima cambió nuevamente.
-¡Apártate de Weasley, o veremos cuán sucia es la sangre de Granger!
El ex Auror dejó de sostener a Ginny y vi a Draco sujetar firmemente a Hermione, un cuchillo de cocina rozando el cuello de la castaña. Harry se alejó lentamente de su novia, aunque no tenía ninguna intención de rendirse. Estaba calculando su próximo movimiento nada más.
-Ahora, Potter, ya no vacilaré más. Te volaré en mil pedazos para que no vuelvas a arrojar sombra alguna sobre mi camino.
La sonrisa de Harry era burlona.
-Entonces hazlo. Odio esperar.
Draco, espoleado por la provocación de Harry, extendió su varita y pronunció la palabra que significaría la destrucción de una leyenda.
-¡Confringo!
Harry estaba listo. Incontables veces tuvo que recurrir a sus reflejos para escapar de una muerte segura, y ésta no era más que la enésima vez que lo hacía. Empujando a Ginny para que ella tampoco saliera lastimada, Harry se arrojó a un lado, rodando en el piso y sacando su varita mientras tanto. El hechizo de Draco erró el blanco y destruyó parte de la pared de la bodega de carga la que, desafortunadamente, también formaba parte del casco del Queen Mary II. El agua entró de forma inmediata, anegando en segundos la bodega de carga. En medio de la confusión, Hermione logró zafarse de Draco y, un parpadeo más tarde, estaba al lado del ex Auror. Harry, comprendiendo pronto el peligro, tomó a Hermione y a Ginny de la mano y salió corriendo hacia la compuerta de acceso, vadeando lo más rápido que podía. Draco salió a la zaga.
Harry salió de la enorme bodega pero no pudo cerrar la compuerta tras él porque sus dos manos estaban ocupadas acarreando a unas estupefactas Hermione y Ginny. Subió las escaleras a toda prisa pero Draco estaba acortando distancias, lanzando maleficios explosivos que reducían las paredes a metal derretido. Minutos más tarde, Harry, Hermione y Ginny, los tres tomados de la mano, salieron al aire fresco de cubierta. Sonidos penetrantes se escuchaban en todos lados. Era obvio que los sistemas a bordo del Queen Mary II detectaron la entrada de agua en la bodega de carga y, como consecuencia, las alarmas se dispararon. Mucha gente corría de un lado a otro, yendo hacia los botes para salvarse y eso hizo que Harry perdiera de vista a Hermione y a Ginny. Una multitud se aglomeraba en el sector de proa, desorientando a Harry y empujándolo hacia la barandilla, donde había menos gente.
-¡Hermione! ¡Ginny! ¿Dónde están?
-Eso no importa ahora –dijo una voz fría que provenía de la masa de gente delante de Harry-. Es mejor así, ¿no crees?
Draco Malfoy apareció casi mágicamente delante de Harry, varita en ristre, listo para borrar al Ministro de la Magia del mapa. La perspectiva de ir a la cárcel por el asesinato de un oficial de alto rango dentro del Ministerio ya no parecía ser de consideración para el rubio. Ese asunto había pasado a ser algo personal.
-Acabemos con esto de una vez –continuó Draco, alzando su varita, listo para atacar y enviar a Harry Potter volando por la borda, ojalá en pedacitos-. Esta vez no hay nadie que se interponga entre la muerte y tú, Potter. Y creo que tu pequeña debilidad hará las cosas más fáciles para mí. ¿O es muy tonto lo que estoy diciendo?
-Pronto lo veremos.
Harry fue el primero en sacar la varita pero el dolor en su costado hizo que el encantamiento se desviara un poco de su curso y se perdiera en el aire. Draco vociferó con saña el maleficio que incapacitó a Harry y lo dejó tirado en el piso. La varita del ex Auror salió volando y cayó a metros de la mano de su dueño.
-En realidad es una lástima, Potter –dijo Draco-. Pero ahora no eres una amenaza para mí. Vamos, ponte de pie, para que mueras de la forma que les gusta a los de tu casa.
Harry se irguió lentamente, mirando de reojo su varita y supo que estaba peligrosamente desarmado. No obstante, no tenía miedo. Ya había pasado por esa situación.
No obstante, cuando Draco iba a asestar el golpe de gracia, un grito en medio de la gente hizo que el rubio se diera la vuelta y viese a Hermione vociferar un maleficio, para horror de la gente que se aglomeraba cerca de los botes salvavidas. Draco sólo atinó a reírse y bloqueó el hechizo fácilmente, rebotando y golpeando a la castaña en su lugar, quien quedó inconsciente, con muchos ojos mirando con estupor a la recién caída.
-Y ahora… ¿qué rayos…?
Harry ya no estaba solo. Ginny había aparecido de la nada y ahora se interponía entre la varita de Draco y su prometido. ¡Qué testaruda era esa mujer! ¿Creía que iba a bajar la varita o al menos dudar de asesinar a Potter? Aquel acto no era ninguna amenaza para él.
-Weasley. Tratas de defender lo indefendible. Hazte a un lado y déjame matar a tu prometido, ¿por favor?
Lo último Draco lo dijo con profundo sarcasmo.
-Draco –dijo Ginny con lástima-, nunca vas a entender lo que hay entre Harry y yo. Tú trataste de comprar mi amor con dinero, pero hay cosas en este mundo que no tienen precio, y eso Harry lo comprende mejor que tú. Él me entregó todo a cambio de nada, algo que jamás harás porque tú sólo tomas en cuenta aquello que te beneficia.
-No me gusta que una mocosa traidora a la sangre me esté aleccionando acerca de si necesito el amor o no. ¡Basta de juegos de palabras! ¡Apártate! ¿Crees que no te mataré? Esto no es una película Weasley, te lo advierto.
-Es bueno saber que esto no es una película –dijo Ginny, sonriendo. Harry, mientras tanto, trataba de apartar a su novia de en medio, pero la postura de la pelirroja estaba más allá de la voluntad de cualquier persona-. Eso no me dice otra cosa que el amor que existe entre nosotros es real y algo mucho más allá de tu comprensión Draco.
El rubio sintió que sus manos temblaban.
-Como quieras Weasley. Sólo espero que no te arrepientas más tarde. ¡MUERE!
Y Draco, en lugar de arrojar un maleficio asesino, lanzó el cuchillo de cocina que todavía tenía en su mano izquierda. Harry trató, una vez más de apartar a Ginny del camino del arma: prefería morir él que permitir que Ginny diera su vida por él.
Pero el destino de la pelirroja ya estaba escrito.
Justo cuando Harry estaba logrando empujar a Ginny hacia un lado, el cuchillo se clavó en el pecho de la pelirroja, justo a la izquierda, perforando de lleno su corazón. El shock subsiguiente hizo que Ginny no sintiera mucho más que algo extraño penetrando su pecho y cayendo al suelo… pero Harry estaba ahí para evitar que su cuerpo impactara en la cubierta. Por el rabillo del ojo vio a Draco tambalearse y caer al suelo también, envuelto en pesadas cadenas y vio a Hermione detrás de él, con la varita en alto, poniéndose de pie lentamente. Pero pronto, todo lo ajeno a su mundo perdió foco y forma, porque Ginny yacía en sus brazos, apenas respirando, sangre manchando su vestido y derramándose al suelo, todo bajo la mirada de horror de muchos pasajeros. Algunos se desmayaron a causa del impacto, otros gritaban cosas sin sentido.
-¡Ginny! ¡Ginny! ¡Resiste! ¡Te conseguiré un médico!
Harry iba a ponerse de pie, pero la pelirroja le tomó la mano con fuerza inusual para una persona que agonizaba.
-Harry –dijo Ginny en un susurro apenas audible debido a los gritos de la multitud-. Ya es tarde para pedir ayuda. Pero… pero no estoy arrepentida de… de lo que hice-. Ginny hizo un sonido como de ahogada y botó sangre por la boca. Harry estaba llorando ahora.
-¡No! ¡No es demasiado tarde!
Ginny se esforzó para mostrar una sonrisa. Era tan difícil como sostener el mundo en sus brazos.
-Harry. Hay algo que… que debo decirte antes de partir.
El ex Auror no dijo nada. Estaba hecho un mar de lágrimas.
-No… estoy arrepentida de lo… de lo que hice porque… porque me siento completa. Lo estoy, de verdad, porque tenía el cielo en… mis… manos… cada vez que… me hacías el amor. Siempre estuviste… allí… para mí… todo lo diste… eras mi amigo, mi confidente y mi… amante.
Harry todavía no decía nada. No hallaba palabras para lo que estaba ocurriendo.
-Éste es… mi… mi último favor –balbuceó Ginny, sintiendo que su corazón fallaba. Sentía mucho frío y estaba perdiendo mucha sangre-. Recuérdame… es todo lo que… te pido. Recuérdame… y te darás cuenta que… que no te he… abandonado… Nunca lo… haré.
Y el corazón de Ginny dejó de latir. Harry se quedó inmóvil, desorientado, olvidado del resto del mundo, contemplando el reflejo de su propia tragedia en unos ojos marrones que miraban sin ver hacia el cielo cubierto de estrellas.
