¡Tachán! Que levanten la mano todos los que esperaban esta actualización. Siento que tengáis que esperar tanto. Pero como ya he dicho muchas veces, mi trabajo apenas me deja tiempo para hacer nada más. Así que intento compensaros escribiendo capítulos largos.

Tengo una pequeña duda y es que hay lectores que no tienen cuenta en fanfiction y me han pedido que avise cuando actualice por facebook. Si queréis hago una página en la que vaya poniendo enlaces de las actualizaciones. ¿Qué os parece la idea?

Disclaimer: Snk pertenece a un tipo que pese a ser un hombre normal y corriente tiene a millones de mujeres detrás suya para que canonice sus parejas favoritas.

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Cerró la puerta tras de sí, con tanta suavidad que comenzó a dudar que se hubiese cerrado. Por unos instantes mantuvo su mano sobre la manivela, pensando en la persona que aún se encontraba dentro de aquella habitación. Quizás lo disimulase mejor que el resto, pero era quién peor lo estaba pasando.

Volvió la vista al frente hasta encontrarse con aquel hombre de cabello rubio que permanecía inerte y pensativo. Se sentó sobre una silla intentando comprender el alcance de toda aquella situación.

- ¿Cuántos días lleva sin dormir? - comentó mientras cruzaba sus brazos con desgana.

- No le he visto dormir ni un momento. Desde que volvió de comisaría ha estado investigando cada centímetro de su habitación. Pero ni tan siquiera eso le ha dado una pista de dónde pudiera estar.

- …...

- Creo que sabe que no encontrara nada útil aquí, pero de esa manera,... supongo que le ayuda a mantener viva su imagen – su voz comenzó a tornarse más rota – Profesor... ¿cree que Hanji...?

- Esperemos que no.

Sus cristalinos ojos alcanzaron la puerta de madera que cobijaba a su hermanastro. Anteriormente, hubiera pensado que era la propia frustración la que le obligaba a mantener aquella constante insistencia en buscarla. Pero ahora veía que había algo más profundo que veía por primera vez.

Echó un último vistazo. Aquella mujer que amaba llevaba una semana sin dormir entre aquellas sábanas, por irónico que fuera, él llevaba el mismo tiempo sin descansar tampoco.

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El sabor salado a sangre se agolpaba en su garganta. Detestaba sentir aquel sabor en su propia boca. Era su propia saliva corrompiendola, clamando por agua. Apenas podía mantenerse despierta mientras su cerebro la mataba poco a poco.

Tenía falta de azúcar en su sangre, y aquella sensación de mareo no desaparecía de ella ni un minuto. Los músculos de su cuello se hallaban tensos pugnando por que algo bajase por su esófago alimentándola.

Sus doloridos oídos de vez en cuando oían espejismos, producidos por su imaginación, meras fantasías causadas por su subsconsciente que le engañaban haciéndole pensar que alguien la rescataría tarde o temprano. No podía alcanzar a contar cuantos días llevaba ahí. Aquella habitación no le sonaba de nada. Lo poco que podía diferenciar sin sus gafas eran sombras inertes y de colosal tamaño. Columnas que la rodeaban por todas partes. Sus manos yacían atadas a su espalda junto a una de ellas, lo único que la mantenía aún erguida.

Y una tenue luz que parpadeaba en algún lugar del techo pero no lograba encontrar. Ninguna de las cosas que le rodeaba le permitía contar el tiempo que pasaba. Tan solo su respiración acompasada a un reloj imaginario que sonaba en su cabeza.

Ruidos, sonidos, gritos. Pero solo en su cabeza. El único remanso de realidad que golpeaba su oídos era el traqueteo de la única puerta que engendraba aquel sitio. La única.

Pero cada día, tras tantas horas de sufrimiento, aquella puerta se abría. Justo cuando su estómago amenazaba con abandonarla por el dolor. Una figura que comenzaba a odiar cada vez que la veía. Por muy loca que se volviera en aquel cautiverio, nunca permitiría que la razón le abandonase y le permitiese creer que él era su salvador.

Click, clack. Puerta abierta. Aquella figura que tanto odiaba aparecía de nuevo.

- Deberías agradecerme que te mantenga viva. Todo sería más fácil si te dejase pudrirte poco a poco. Creeme que ganas no me faltan.

- ¿Intentas crear en mí el síndrome de Estocolmo?

- Al contrario, para desgracia de mí te necesito viva.

- ¿Me necesitas? Petra no volverá contigo por mucho que la amenazases. Para tu información, ahora sale con un chico altísimo y fornido que te partiría la cara antes de que terminases de pronunciar tu propio nombre.

- Petra es el pasado. He...madurado.

- Madurado – escupió con sorna mientras forcejeaba inútilmente con las esposas que la mantenían presa.

- Recuerda que si quisiera matarte ya lo habría hecho, querida Hanji. Pero para mi desgracia necesito que hagas algo por mí. Pero se que no será fácil convencerte.

- Tché. ¿Me dejarás irme?

- Claro.

- ¿Alguna vez has conocido a mi padre?

- No tengo mucho interés en saber de que clase de degenerado ha salido alguien como tú.

- Para tu información mi padre siempre fue un empresario ejemplar. Manejaba docenas de empresas con la agudeza de un buen crupier. Aunque mi madre odiaba esa parte de mí.

- ….. No se para que me cuentas esto.

- Mi padre era un hombre fiel, a pesar de no amar a mi madre, aceptó aquel matrimonio arreglado y forzado. De ella nací yo. Mi padre siempre decía que era su mayor orgullo. Atlético, bueno en los estudios... Yo era su esperanza. Pero, cuando llegué al instituto mi madre nos abandonó, cegada por sus sueños de un estúpido idilio de matrimonio. A pesar de que vivía como una reina, no paraba de quejarse.

- No me apetece escuchar tu biografía.

- ¡Callate! - abofeteó su cara con fuerza, tanta, que sus dedos quedaron marcados permanentemente en su mejilla enrojecida – A pesar de tu vulgarida pensaba que tendrías más educación hacia una persona que te está hablando.

- No estoy hablando con una persona. Sino un gusano.

Otro bofetón. Aquella marca la hizo enmudecer aún más. No por el dolor que sentía, sino porque la hinchazón contra sus dientes apenas le permitía abrir la boca para vocalizar. El sabor a sangre en su boca volvía a inundarla. Salado.

- Esa fulana pretendía que declarase contra mi padre. Para así poder disfrutar de su fortuna y pasar el resto de su vida cómodamente. Ella creía que el hecho de ser mi madre la coaccionaría para convencerme. Aún recuerdo como intentaba manipularme contra mi propio padre, el que nos había dado todo aquello por lo que tan largo habíamos luchado.

- …..

- Un año después se separaron y mi madre se casó con un tipejo cualquiera. No tardó en quedarse embarazada como la buena fulana que era. Pero parece que la suerte no estuvo de su parte y el universo decidió vengarse. El patético obrero por el cual había abandonado a mi padre terminó con una lesión cervical perpetua por un accidente laboral. ¡Je! Abandonó a mi padre buscando a su príncipe azul y terminó casada con un vegetal. Entonces pareció que comenzaba a ver el mundo con auténtica cordura.

- …..

- Tres años más tarde su querido esposo falleció por falta de riego cerebral. Yo tenía quince años cuando apareció en la puerta de mi casa cargando a un niño pequeño y lloriqueando por no poder ni siquiera alimentarlo. Pero mi padre fue estúpido y permitió que esa mujer volviese a vivir con nosotros tras habernos abandonado durante tantos años. Mi padre era un hombre demasiado bueno, en su lugar cualquiera la hubiera echado de casa aquella noche.

- …..

- Solo dos años más tarde demostró cuán puta era. Volviendo a la cama de mi padre como si aquel otro hombre nunca hubiera existido. Seguramente era una mentira para poder volver a su vida de reina, fingía como buena ramera.

- …... - el solo hecho de oírlo hablar así de su propia madre así que tuviese aún más asco de él. Por malas que hubiesen sido las circunstancias en las que ella les había abandonado, nunca pensó que podría haber pensado así de su propia progenitora.

- Hace doce años años, mi padre descubrió una aventura que tuvo antes de casarse con ella. Otra fulana que lo había seducido antes. Mi madre se deprimió al ver que mi padre hubiese podido haber conocido a otras mujeres antes que ella. Recordó al inútil con el que estuvo casada brevemente y se suicidó. Ni siquiera pensó en mi hermano pequeño que apenas alcanzaba a comprender lo que le rodeaba. Cobarde...Por lo que pude entender aquella otra mujer se había quedado embarazada de mi padre y volvió diecisiete año más tarde a pedir que mantuviese a su hija bastarda. Las mujeres dais asco.

- No tanto como tú.

- ¡Silencio! - otro bofetón.

- ….

- Por si fuera poco, mi padre comenzó a flaquear, dejó de ser el hombre al que una vez admiré para convertirse en un sentimental que sentía pena de una mocosa a la que ni siquiera había conocido y decidió reconocerla como hija.

- Resumiendo, que tu padre era tan asqueroso como tú y fue dejando un reguero de hijos y corazones rotos por doquier. Espero que sus hijos no sean tan asquerosos como tú.

- ¡He dicho que te calles! - la cara de la joven muchacha fue atravesada por la estruendosa fuerza de su puño. Algo dentro de su boca se rompió y comenzó a toser sangre con furia - ¡Él solo pensaba en esa mujer! ¡Día y noche! ¡Se enamoró de esa estúpida mujer y entonces le obligaron a casarse! ¡A casarse con una mujer manipuladora y excéntrica que se quejaba por haberse casado con un hombre que no la amaba!

- ….

- ….. - se desató el primer botón de su camisa intentando tranquilizarse – Mi padre amaba a aquella otra mujer. Nunca supe porqué. Pero cuando la vi aparecer en mi casa solo ví a una mujer enferma que apenas podía mantenerse en pie. Temerosa por lo que podría pasarle a su bastarda si ella desaparecía. Era la viva imagen de mi madre cuando apareció con mi hermano hace años. El cadáver de mi madre aún estaba reciente. Apenas hacía unos años que la habíamos encontrado con un cuchillo clavado en su cuello en la cocina.

Por un momento, la piel se le heló. Siempre se había preguntado como un ser como Kabei podía haber nacido. Y sintió pena. Su padre fue forzado a abandonar a su primer amor en pos de una mujer que solo quería su dinero. Y que vivía corrompida por el miedo a perderlo todo.

Ni siquiera pestañeó al dejar a un niño que apenas rondaría los ocho años para irse a vivir con su amante, el cual murió por culpa de la maldita suerte. De no haber sido por culpa de aquella casualidad quizáss viviría feliz y contenta con aquel hombre y Kabei no hubiese crecido con tanto rencor.

Por mucho que gritase que la odiaba, probablemente fuese lo contrario. Había oído hablar a Petra de aquel pequeño niño que era su hermano. En ninguna ocasión mencionó que lo tratase mal. Tal vez era su manera de disculparse ante la impresión que le causó ver el cadáver de su madre.

Y quizás fue por aquello que nunca llegó a amar a Petra. Se había criado con la incertidumbre de una mujer que había abandonado a su marido y vuelto solamente para disfrutar de sus últimos instantes de locura. Intentando que él la amase, aunque no fuese así. Y, desesperada al descubrir la verdad que ya sabía, había puesto fin a su vida dispuesta a reunirse con su fiel amado que descansaba en alguna pequeña tumba que su excaso sueldo había podido pagar.

- Solamente apareció aquella vez. Pero fue suficiente para que mi padre comenzase a comportarse de un modo extraño. La sangre fría que le había permitido llegar a ser lo que era desapareció. Pasaba los días preocupados por aquella mujer. Había sido un desliz de su juventud pero parecía haberle calado hondo. Nunca lo había visto así. Según supe, esa mujer murió y mi padre comenzó a buscar a aquella bastarda desesperado.

- Un momento... - aquello le era extrañamente familiar.

- Intentó que viniese a vivir conmigo y mi hermano. Era su manera de reunir a su familia. De tener la oportunidad de vivir con la viva imagen de aquella mujer que había querido. Pero aquella mocosa se negaba a coger sus llamadas. No respondía sus cartas.

- Espera...

- Él le escribía continuamente, disculpándose por haberla dejado de lado. Le mandaba dinero todos los meses que esa idiota rechazaba. Ni siquiera aceptaba quedar con él. Le esquivaba continuamente. Él nos ignoraba a mi hermano y a mí. Estaba obsesionado con que esa bastarda le perdonase. Tal vez porque creía que así lo perdonaría aquella otra mujer. La madre de la niña.

- Kabei...

- Hace seis meses esa mujer cumplió ventiséis años. Irónicamente, había conseguido ser becada por una pretesis presentada ante la junta del decanato de la universidad.

- N-no puede ser...

- Tras fallecer mi madre, mi padre comenzó a hacer labores sociales, corrompido por la culpa de que muriesen sus seres queridos a su alrededor. Y comenzó a ser miembro de la junta directiva y a ofrecer parte de su fortuna a los estudiantes que apenas podían pagar sus fotocopias. Irónicamente, su hija bastarda era la ganadora de esa beca. Él mismo se la entregó en persona. Al principio dudó, porque nunca antes la había visto. Pero tenía ventiséis años, la misma edad a la que conoció a su madre. Era idéntica a ella.

- Idéntica...

- Pero, al igual que todas las mujeres que ha habido en su vida. En cuanto aquella mocosa supo quién era mi padre la eterna sonrisa que le acompañaba desapareció. Comenzó a gritarle. Acusándole de haber dejado que su madre muriese.

- Tú no eres mi padre... - rememoró en su mente.

- Después de eso. Mi padre comenzó a beber. No quería saber nada de nadie. Ni siquiera se preocupaba de mantener sus negocios a flote. Dejó su testigo en mis manos mientras él se destrozaba el hígado tras haber sido rechazado por la hija de la misma mujer que le rechazó hace años. Finalmente, cuando su putrido cuerpo no pudo aguantar más tantas desilusiones, alguien en este universo decidió que su sufrimiento no continuase y puso fin a su vida. De eso hace un mes.

- No sabía que hubiese muerto.

- Fue tan cobarde como mi madre. Solo que en lugar de escoger un método rápido para acabar con su vida se torturó poco a poco. ¿Sabes lo horrible que es ver a tu propio padre destruirse por culpa del egoísmo y la arrogancia de las mujeres?

- ….. - todo pasaba tan deprisa, no estaba seguro de lo que estaba pasando – Kabei, ¿tú y yo somos...?

- Bienvenida a casa hermanita – pronunció antes de cerrar la puerta de nuevo tras de sí.

Penumbra de nuevo y soledad. Los celos que su propio hermano sentía por ella la habían forzado a mantenerla presa. Tal vez en un arrebato de locura. Y un solo pensamiento en su cabeza: hice que mi propio padre se suicidase...

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Conforme caminaba sentía que sus pies realmente no le llevaban a ningún sitio. Es como si recorriese kilómetros y kilómetros sin comprender a donde se dirigía. Algo en su interior le hacía creer erróneamente que si caminaba con aquella pasividad eternamente encontraría la razón que le había llevado a deambular de aquella manera.

La primera vez que vio a aquella chica la confundió con un hombre. Era la chica menos femenina que había visto en su vida. Llevaba el cabello corto y despeinado. Unas gafas que le daban un aspecto inteligente y el uniforme masculino. Era mucho más alta que el resto de sus compañeras de clase. Y no parecía distraída por el aluvión de feromonas que sufrían el resto de sus compañeras.

Aquel día, se sentó a su lado y se presentó sin mucho interés. Hanji Zoe. Fueron sus únicas dos palabras mientras extendía su mano en señal amistosa.

Día tras día, aquel extraño chico parecía inmerso en libros que no eran los que estaban estudiando. Ni siquiera entendía nada de lo que aparecía en ellos. Muchos de ellos hablaban de enfermedades de las que nunca había oído hablar. Para lo callado que era, Hanji Zoe, era terriblemente popular con las mujeres. Ninguno de los chicos parecía entenderlo, pero en cada descanso alguna de las chicas se acercaba a hablar con él.

Ciertamente, no eran celos, sino envidia. Quizás era el hecho de ser nuevo. O tal vez que algo en él era extrañamente femenino. Sus pequeñas manos y sus uñas delicadas. Tal vez por tocar algún instrumento. Aquello le desconcertaba. Antes él siempre había sido el más popular.

La única mujer de aquella aula a la que no había conseguido conquistar era la misma a la que consideraba casi una hermana. Pero ahora el señorito Zoe le arrebataba su puesto como galán del instituto. Y sabía como solventar aquella solución.

La iniciación.

Era un preacuerdo con su mejor amigo. Su vecino desde que era un mocoso. Gunther Schulz. Siempre habían sido amigos, solo ellos dos. Un dúo irrompible. Tras tantos años de amistad, decidieron llegar al acuerdo que cualquier hombre que intentase entrar en su círculo de amistad debía demostrar ser merecedor de ello.

Aquella iniciación consistía en una serie de pruebas que iban improvisando mientras comprobaban el valor de aquellos que osaban considerarse más geniales que ellos dos. Hasta ahora, ningún atrevido la habia pasado. ¿Aquel chico de delicado y delgado cuerpo podría?

La primera prueba hizo que se arrepintieran de haberla dicho nada más terminar de pronunciarla.

- Sin ropa. Tienes que ir corriendo sin ropa por todo el circuito de atletismo del instituto. Si superas esa prueba junto con todas las que te propongamos podrás entrar en nuestro círculo de confianza, donde solo entran aquellos merecedores de-

- ¿Para que quiero entrar en eso?

- ¿Tienes miedo?

- Jeh. Hagamos una apuesta. Si yo hago eso, vosotros vendréis conmigo a escalar en la montaña del norte. Y esta vez, seréis vosotros los que iréis sin ropa.

Conocían demasiado bien aquella montaña. Solo los locos se adentraban en aquel sitio. Era una locura ir a escalar a aquel sitio. Terriblemente peligroso. Parecía muy confiado de sí mismo así que aceptaron sin dudar.

Aquel día entendieron un grata lección: Nunca hacer una apuesta con Hanji Zoe.

Cuando se quitó la camiseta que cubría su torso les pareció extraño. El chico tenía un pecho extraño, como ligeramente redondeado, y su cintura era más extrecha de lo que parecía con su camiseta puesta. Cuando se quitó los pantalones, carecía de aquello que ellos llevaban viendo toda su vida. Era una mujer.

Erd soltó una risotada en voz baja mientras recordaba aquellos primeros momentos. Después de aquello, Hanji se había hecho una más del grupo. Incluso era divertido ver como el resto seguía creyendo que era una chica cuando comenzó a pasar más tiempo con su amiga Petra. Y ahora, no sabía ni dónde estaba.

Tras tantos años de amistad, de pasar tiempo con ella en su casa. Planeando las locuras que pasaban por su pequeña cabecita. Tras la muerte de su madre no habían vuelto a aquella casa.

Hanji, al contrario que ellos tres, no vivía en aquel deshabitado pueblo. Ella se había criado en las afueras de la ciudad, en la casa que compartía con su madre. La cual aún se mantenía en mantener tras haberla abandonado al cumplir dieciocho años. Día a día, aparecía en clase con una moto que nunca supieron de dónde había sacado. Y que llevaban años sin ver.

Petra era la que más tiempo había pasado montada en aquel vehículo. Quizás no fuese la más moderna ni la más llamativa. Pero el solo hecho de verla aparecer montada en ella en las puertas del instituto la hacía más misteriosa.

Quizás llevase demasiado rato andando, pero poco a poco sus pasos le llevaron a un viejo barrio conocido. Las caras de los vecinos que barrían frente a sus casas le eran muy familiares. Viejas caras que llevaba años sin ver, pero que había visto durante mucho tiempo.

Una mujer mayor le saludó con la mano. La recordaba de todas aquellas veces que les saludaba de la misma manera cuando iban a ver a su amiga. Y entonces, llegaron al sitio indicado.

- ¿Para qué hemos venido a casa de Hanji? Hace años que no viene aquí. No habrá más que polvo y telarañas.

- … - no sabía porqué, pero había una sensación extraña que le indicaba que no era así.

En el pequeño jardín que daba entrada a su casa se podían atisbar algunas pequeñas hojas que habían caído con desgana al suelo. A pesar de los años, aquellos dos árboles que coronaban aquel pequeño patio seguían vivos. Tal vez la vecina los cuidase a menudo, afligida por la pena de haber perdido a aquella joven muchacha y a su madre.

Rebuscó entre sus bolsillos aquella vieja llave que Hanji le entregó cuando consolidaron su amistad. Cada uno de ellos tenía una. Era su símbolo de amistad más perpetuo. Si me necesitas, mi casa siempre estará abierta para tí.

Ese era su pacto.

Había demasiada desesperanza en el aire mientras introducía la pequeña llave en el cerrojo. Era demasiado duro ver aquella casa de nuevo. Dónde habían pasado tantas cosas. Dónde habían consolado a Petra cada vez que volvía llorando tras una cita con Kabei. Dónde Hanji les anunció que su madre acababa de morir. Donde...

Una extraña ola de frescor entró en sus fosas nasales. Parpadeó un tanto confuso. No encontraba demasiada diferencia cuando había visto aquellas paredes años atrás. Quizás la pintura de las paredes estaba un poco más tocada por el paso del tiempo. Y la reinante oscuridad apagaba la calidez del recuerdo.

Pero a pesar de eso estaba igual. Había un poco de polvo en los muebles. Pero apenas acumulado por el paso de pocas semanas. Poco tiempo desde que el último de sus inquilinos había abierto aquellas puertas.

Desorientados, subieron las escaleras hasta el cuarto de su amiga. Exactamente igual que el resto de la casa. Salvo por un mero detalle. Había una oleada de cuadrados blancos sin abrir encima de su escritorio. Cuidadosamente guardados y colocados encima del mismo. Pero sin abrir. Solo había uno papel encima de su cama.

El papel en el que había sido escrito apenas amarilleaba. Sin duda era el más reciente. Erd se sentó sobre las sábanas mientras contemplaba aquella letra. Pensaba que tal vez era una carta dirigida a Hanji, pero, al contrario de lo que pudiese pensar; estaba escrita por ella misma. Sin terminar.

Se que nunca he contestado estas cartas. Sinceramente, nunca las he abierto.

Lamento lo que pasó aquel día... Me ha costado mucho tomar una nueva vida

desde que mi madre murió. Siento si he sido demasiado cruel.

He estado pensando mucho tiempo sobre comenzar desde cero.

Mi madre nunca me habló demasiado de tí. Ella solía decir que los hombres

solo me darían quebraderos de cabeza (y no se equivocaba).

Pero que ella no se arrepentía de haberme tenido.

A pesar de que no hubieses podido pasar lo que le quedaba

de vida con ella, se que ella te quiso. Y que nunca te olvidó.

Quizás yo fui una adolescente estúpida y no supe reaccionar

cuando supe de tí. Y quizás debería haber sido más madura.

Lo siento.

Me gustaría conocer al hombre del que mi madre se enamoró.

Si yo me casase-

La carta finalizaba ahí. No continuaba más allá. Ningún dato más. Tal vez aquella carta había quedado inacabada al recibir la visita de alguien inesperado. No les costaba mucho discernir aquella escena. Hanji escribiendo tumbada en su cama mientras el profesor la llamaba desde el piso de abajo habiendo terminado la jornada de limpieza.

Recorrió con la vista la estancia hasta ver un pequeño triangulo blanco emergiendo desde debajo de la cama. Un sobre inmaculado sin usar. Tal vez en el que pensase introducir aquella carta. Desde un lado aparecía la dirección actual de aquella casa. En la que se había críado. En el otro lado una dirección desconocida. Que no le sonaba de nada.

Por pura curiosidad, se acercó con el sobre hacia uno de los pequeños sobres que adornaban su escritorio. Ninguna de las direcciones coincidía. Era un sitio nuevo dónde buscar.

Aquella visita le había permitido introducir nuevos datos. Primero, que en algún momento del pasado Hanji había tenido un desafortunado primer encuentro con su padre; del cual, por lo que había escrito, se arrepentía. Segundo, en ese encuentro, su propio padre le había suministrado una dirección en la que comunicarse con él. Y tercero, el posible paradero de su amiga desaparecida.

- Gunther, llama un taxi, tenemos que volver inmediatamente con el resto.

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La luz parpadeante le despertó de nuevo. Otra vez recibía aquella visita en pos de alimentarla. ¿Durante cuanto tiempo iba a durar su cautiverio? ¿Qué es lo que pretendía en aquella absurda venganza? Por mucho que le doliese, torturarla allí no serviría de nada.

Y lo que más le escamaba era aquel lugar. Había estado en la casa de Kabei docenas de veces, cada vez que acompañaba a Petra, y aquel clima, aquella sensación que la rodeaba, no le era familiar. Aquel lugar era totalmente desconocido para ella.

- ¿Qué quieres de mí?

- Un favor. Para eso te he traído aquí.

- ¿Aquí? No sabía que tuvieses un sótano secreto o así en tu casa.

- No estamos en mi casa – arrastró sus pesados párpados por las paredes oscurecidas por la penumbra – Dime Hanji, ¿sabes cómo se conocieron nuestros padres?

- ….. - suspiró sin apenas aire en sus pulmones – Mi madre... era limpiadora en una oficina. Un momento-

- Exacto. Y tuvo un affair con el hombre que la había contratado – abrió sus brazos en posición maestra mientras le mostraba todas aquellas columnas y ventanas tapiadas que la rodeaban.

Comprendió entonces aquella frase días atrás. Bienvenida a casa, hermanita. El lugar dónde su madre había conocido a su padre, el responsable de su desesperanza y su mayor amor. El lugar dónde fue concebida.

Una serie de números. Una avenida. Y la planta dónde se localizaba. Los había visto escritos en un pequeño pañuelo de papel que encontró en su bolsillo tras aquella ceremonia de la beca que había ganado. Sabía que le sonaban, pero no recordaba de qué. Como si de un fantasma se tratase. Las palabras de su madre se repetían en su cabeza. Ella tenía cuatro años y estaba sentada en un pequeño taburete en la cocina de su hogar mientras su madre hablaba:

Yo solía coger el autobús 3-D. Luego iba caminando hasta la avenida Dawson.

Siempre estaba terriblemente concurrida de gente. Era agobiante pasar entre

tantas personas trajeadas y que iban con prisa a las seis de la mañana.

Giraba la esquina y entraba por el portal 3. Siempre tenía que pulsar el botón

tres veces para que la recepcionista me oyera porque era un poco sorda.

Subía aquellos doce tramos de escaleras. El ascensor nunca funcionaba. Cuatro puertas

y otro horrendo día de trabajo rodeada de burocráticos obsesionados con el dinero.

Pero él...Él era distinto. Era...especial.

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¡Yahooooooo! ¡Nuevo capítulo por fin! No recordaba lo díficil que era compaginar las actualizaciones de dos fics desde que terminé marioneta. Me ha costado escribir la parte del pasado de Kabei porque no encontraba las notas acerca de la familia que hice hace tiempo cuando decidí la historia. Así que lo he escrito un poco de memoria.

En el próximo capítulo quiero hablar un poco del pasado de Hanji y su madre. Espero que os guste y lo esperéis con ganas.

Muchos ánimos a todos los que me preguntáis si voy a continuar. Cuando los leo me animan mucho a continuar pese al estrés del trabajo. Gracias, de veras.

Un saludo. Nos leemos.