A punto de explotar
Era de mañana en la ciudad de Tokyo, y a pesar de que el sol ya había salido y de que el cielo estaba despejado, el clima seguía tan fresco como siempre. En esos momentos Mimi Tachikawa se encontraba dentro del gran edificio de los JBS Records, puesto a que ya era hora de que le diera su respuesta al presidente Min Fujisaki.
Salió del elevador y caminó hacia la ostentosa oficina, pasando el escritorio de la secretaria, quien le indicó que ya la estaban esperando. Se plantó frente a la puerta y la miró dudosa, la verdad es que ese hombre no le agradaba en lo más mínimo, pero ni modo, no era como si pudiera hacer algo al respecto.
Tomó aire lentamente y después alzó su mano cerrada en puño para tocar la puerta, pero antes de hacer cualquier movimiento, escuchó la alterada voz de Sora dentro del lugar, cosa que la hizo bajar la mano de nuevo, dudosa en entrar.
– ¡Eso no fue lo que usted prometió! – exclamó la pelirroja. – ¡Habíamos quedado en algo distinto!
– ¿A sí? – replicó el mayor. – ¿En qué se supone que quedamos?
– Usted dijo que si sacaba una "A" en mi composición, no me sacaría del grupo. – le explicó firmemente.
– ¿En serio dije eso? – preguntó desinteresado. – ¿Cuándo?
– ¡No puede ser que no lo recuerde!
– Sora, yo no prometí nada como eso, yo solamente dije que aplazaría mi decisión hasta que viera tus notas, y eso hice. – dijo con cierto cinismo. – Además, tu estadía en el grupo dependerá de la decisión de ella.
– ¿Ella?… – indagó un poco temerosa.
Min Fujisaki sonrió y miró hacia la puerta, que aún yacía cerrada.
– Mimi, ¿estás afuera? – preguntó.
Sora abrió los ojos de par en par y después frunció el ceño, ¿qué estaba pasando?
– Eh… sí… – replicó Mimi, algo dudosa.
– Entra ya, por favor. – pidió el hombre. – Y Sora, déjanos solos.
Mimi abrió la puerta con demasiada lentitud y primero asomó su cabeza, sin dirigir la mirada hacia ningún lado. El haber escuchado esa conversación la había hecho sentir mal, y ahora el tener que entrar en medio de esta la ponía muy incómoda. Se adentró por completo a la oficina y miró a la pelirroja, quien la observaba con cara de pocos amigos.
– Buenos días… – saludó la castaña.
Sora, quién aún no le quitaba los ojos de encima a Mimi, se levantó de donde estaba con suma pesadez y comenzó a caminar hacia la salida, no sin antes detenerse justo frente a la recién llegada, para dedicarle una mirada llena de odio y después salir, azotando la puerta.
Mimi se quedó parada en su sitio por unos segundos y después se dirigió al escritorio del presidente, donde tomó asiento frente a él.
– Al parecer ya lo escuchaste todo, así que iré directo al grano. – comenzó a hablar el mayor. – ¿Ya tomaste una decisión sobre tu debut?
La castaña asintió levemente, sin contestar nada.
– Y entonces, ¿qué dices? – preguntó Fujisaki.
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Fuera de la oficina del presidente, Sora se encontraba sentada en la sala de esperas, sumamente nerviosa. Mimi llevaba ahí dentro un poco más de quince minutos. ¿De qué estarían hablando? ¿Ya habrían firmado el contrato? ¿Entonces si la iban a reemplazar por ella? ¡La intriga la estaba matando!
Pero justo en ese momento, la puerta se abrió, dejando ver a la Tachikawa con un semblante tranquilo. La pelirroja de inmediato se levantó de su lugar y se acercó a ella, interceptándola.
– ¿Por qué... sigues aquí? – preguntó Mimi confundida.
Sora bufó incrédula.
– ¿Realmente me estás preguntando eso? – exclamó con aires altaneros. – Sigo aquí porque necesito saber que va a ser de mí. Ya lo sabes, si tú entras al grupo, yo salgo. Mi futuro depende de tu respuesta. – informó, molesta.
La castaña permaneció en silencio, observando fijamente a la chica frente a ella.
– ¿Por qué siempre tienes que ser tú? – continuó Sora, quien ahora parecía que quería llorar. – Yo siempre doy mi máximo esfuerzo, no lo entiendo... ¿por qué siempre te eligen a ti y no a mí?
Mimi sonrió ante las palabras de la pelirroja.
– Qué extraño… – habló al fin.
– ¿Eh? – indagó Sora, confundida.
– Eso que me acabas de decir, yo también lo llegué a pensar. – explicó, recordando momentos del pasado. – ¿Por qué Wada Kouji te eligió a ti en vez de a mi? ¿Por qué tú debutaste y yo no? – hizo una pausa y se tornó seria. – ¿Por qué siempre te eligen a ti y no a mí? – repitió con exactitud la pregunta de la pelirroja.
Sora ahora fue quien permaneció en silencio, sin saber que responder.
– Creo que somos algo parecidas, ¿verdad? – dijo la castaña.
– Deja de cambiar el tema y respóndeme, ¿aceptaste debutar con Generation X o no? – preguntó apresuradamente.
Mimi desvió la mirada por unos segundos y después le sonrió levemente.
– No. – replicó al fin. – No acepté.
Sora quedó completamente perpleja ante la respuesta de la chica. ¿Realmente había rechazado su oportunidad de debutar? ¡Imposible!
– ¿P-porqué no aceptaste? – exclamó, dudosa.
– No estoy segura, ¿por qué no acepté? – preguntó al aire. – A veces ni yo misma me entiendo. – bajó la mirada. – Pero bueno... ya me voy, nos vemos después.
Dicho esto, la castaña comenzó a caminar directo al ascensor, dejando a una confundida Sora tras ella, quien aún no podía creer que Mimi hubiera rechazado la oferta. Se suponía que debía sentirse feliz porque permanecería en Generation X, pero extrañamente… no podía sonreír.
. . .
Mimi continuó su camino sin mirar atrás y presionó el botón del elevador, teniendo que esperar casi un minuto a que las puertas de este se abrieran. Subió sin pensarlo y en su trayecto a la planta baja muchísimas cosas cruzaron por su cabeza, la mayoría referentes a todo el asunto de Sora Takenouchi…
Aún no podía creer lo que acababa de escuchar la noche anterior, todo lo que la pelirroja se había atrevido a hacer para alcanzar sus objetivos. Trampa, todo el tiempo había estado haciendo trampa y lo peor del caso era que en esta ocasión el acto de la chica les había costado el regreso del profesor Kido.
Y en un abrir y cerrar de ojos, el ascensor ya había llegado a la planta baja, donde las puertas se abrieron al instante y ella salió completamente perdida en sus divagaciones, tan perdida que no se dio cuenta de que alguien la había estado esperando.
– ¡Hey, Mimi!
La aludida se detuvo al instante y se dio la vuelta, reconocería esa voz donde fuera.
– Hola Taichi. – lo saludó.
– ¿Cómo te fue? – preguntó sonriente. – ¿Ya eres parte de la banda? – estaba muy ansioso.
Mimi sonrió levemente y tomó aire para contestar.
– Al final decidí que…
– ¡Espera, espera! – la interrumpió mientras sacaba algo del bolsillo de su abrigo. – ¡Es por tu debut, te felicito! – exclamó el moreno entregándole una cajita de color rojo con un moño dorado adornándola.
– ¿Eh? – articuló la chica, algo confundida. – ¿Qué es eso?
– ¡Tu regalo por debutar! – replicó animado. – Tómalo.
Mimi dejó de sonreír y miró a Taichi con algo de seriedad.
– No voy a debutar… aún. – le informó. – Rechacé la oferta.
El moreno tardó un poco en asimilar las palabras de la castaña, pero en cuanto lo hizo, su semblante sonriente literalmente se esfumó.
– ¿Hablas en serio? ¿P-por qué harías algo así? – preguntó, incrédulo.
– No estoy muy segura… – respondió con la verdad.
– Pero tú querías debutar, esta era una oportunidad para que ambos compartiéramos el escenario, como siempre hemos querido. – dijo el chico. – Además, los términos eran muy buenos, no lo entiendo…
Mimi volvió a sonreír.
– Yo tampoco, lo he pensado mucho y creo que eso mismo me hizo darme cuenta de que… aún no es mi momento. – expresó sinceramente. – Cuando sea el momento de mi debut, ni siquiera lo voy a tener que pensar, porque sabré que ya es hora.
– Pero Mimi, ¡tú no sabes lo mucho que yo quería…! – y calló de pronto, resoplando con pesadez. – Olvídalo…
– Lo siento… – dijo dejando de sonreír. – ¿Te enojaste?
Taichi negó con la cabeza.
– Es sólo que me hubiera gustado tenerte en el grupo, además… – hizo una pausa. – Siento que no me estás diciendo algo. Esa puede ser tu razón, pero estoy seguro de que hay más.
Mimi desvió la mirada hacia el suelo. ¿Acaso era tan obvia?
– Hay una razón que no piensas decirme, ¿verdad? – continuó el moreno.
La chica dudó un poco antes de responder.
– No, no hay ninguna otra razón. – exclamó. – En serio.
Taichi sonrió con resignación.
– Está bien, te creeré. – dijo extendiendo su mano. – Pero toma tu regalo.
Mimi alzó una ceja.
– Pero si ya te dije que no voy a debutar…
– De todos modos te lo iba a dar. Lo compré desde hace meses, cuando hicimos la gira promocional de Generation X, les traje un pequeño obsequio a todos, y a ti nunca te lo pude dar. – explicó. – Ya sabes, dificultades técnicas.
Mimi sonrió ante ese último comentario y giró los ojos.
– Tramposo, me hiciste creer que compraste algo sólo por mi debut. – fingió quejarse.
– Pues me pareció una buena excusa, pero como siempre, eres impredecible. – replicó sin dejar de mirarla, sin dejar de sonreírle. – En fin, es para ti.
En eso, el moreno tomó la mano de la castaña y depositó en esta la pequeña cajita roja, la cual Mimi se quedó observando, sin hacer movimiento alguno.
– ¿Qué esperas? Ábrela. – insistió él.
La chica no dijo nada, simplemente retiró el moño dorado de la caja y posteriormente la abrió, para encontrarse con un delicado broche de plata, tenía la forma de una corona y llevaba pequeños cristales incrustados en toda la superficie. Era un hermoso detalle y ella estaba completamente impresionada.
– ¿Te gusta? – preguntó el chico. – En cuanto lo vi pensé en ti.
Mimi lo miró directo a los ojos y le dedicó una gran sonrisa.
– Muchas gracias, me encanta.
– Me alegra oír eso. – dijo Taichi. – Había muchas opciones, pero elegí la corona porque siempre te he visto como una especie de princesa… – bien, hasta a él le había dado vergüenza hacer ese comentario.
Pero Mimi ni se inmutó, simplemente lo miró con seriedad. Tal vez no era el lugar más adecuado, pero era un buen momento para aclararle a Taichi sus sentimientos. No habían hablado sobre el asunto desde que volvieron de Roma, pero el moreno tenía derecho a saber que estaba enamorada de alguien más.
Y sí, claro que sentía algo por Taichi, claro que lo quería, pero no se comparaba con todo lo que cierto chico rubio despertaba en ella. Ni siquiera un poco, no se le acercaba.
– Escucha, Taichi… – comenzó a hablar.
El chico notó el repentino cambio de actitud de Mimi y eso lo asustó un poco. ¿Por qué de pronto se había puesto tan seria? ¿Le habría molestado último comentario?
– ¿Qué sucede? – preguntó temeroso.
– ¿Recuerdas que te dije que no estaba lista para hablar sobre lo que ocurrió en la rueda de la fortuna?
– Sí, claro que lo recuerdo.
– Pues… – hizo una pausa. – Ya… tengo claros mis sentimientos y…
El moreno esperaba expectante. Tenía miedo de lo que Mimi le fuera a decir, pues a pesar de tener esperanzas con ella, una parte de él le indicaba que algo no estaba bien. Con cada segundo que la chica tardaba, más nervios lo invadían y más ganas el daban de cambiar el tema abruptamente, pero no, él no era así. Estaba preparado para lo que viniera, le gustara o no.
– ¡Taichi, te buscamos por toda la academia y resulta que aquí estabas!
Tanto Mimi como el moreno quedaron momentáneamente paralizados al escuchar esa fastidiosa voz. Era Catalina Fiore, quien venía entrando al edificio seguida de Ken Ichijouji.
– ¿Por qué no contestas el celular? – preguntó la francesa una vez que llegó a ambos.
– Catalina, si me disculpas, estoy en medio de algo importante… – habló el moreno, entre molesto y aliviado.
– Tai, el presidente quiere vernos a los tres, tenemos que subir de inmediato. – esta vez intervino Ken.
El moreno suspiró sonoramente.
– Bien, bien… – replicó resignado y miró a Mimi. – Lo siento… creo que podremos hablar mejor en otra ocasión. ¿De acuerdo?
La castaña simplemente asintió, observando como Taichi seguía a sus dos compañeros de banda y se introducían en el ascensor. Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida del lugar, de nuevo perdida en sus pensamientos.
La verdad es que no tenía idea de que era lo que había estado a punto de decir.
Tenía muy claro que debía aclararle que estaba enamorada de otra persona. Pero no sabía cómo hacérselo saber sin herirlo ni alejarlo de ella, aunque eso último fuera egoísta de su parte.
¿Pero cómo decirle a una persona que quieres, que no es correspondido?
Suspiró con tristeza.
Aunque bueno, ella tampoco era muy correspondida que digamos.
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En esos momentos, en la Academia YG se estaban efectuando las entrevistas de trabajo para ocupar el puesto de profesor vacante. Aunque para ser exactos, no era precisamente una entrevista, ya que la institución tenía una mecánica diferente y bastante efectiva para evaluar a los posibles futuros docentes.
Esta consistía en que el candidato debía dar una clase a un grupo de estudiantes de distintos semestres, elegidos al azar, y esta sería supervisada y obviamente evaluada por tres profesores veteranos, quienes fungirían como jueces y estarían presentes durante toda la clase, al igual que los demás candidatos al puesto de profesor.
Joe Kido estaba sentado en una de las bancas al final del salón, acompañado de otros tres hombres, observando como una joven mujer, que también aspiraba para el puesto, terminaba de dar su clase.
– Muchas gracias, señorita Ryuzaki. – exclamó Ari Suou, quien era una de las juezas.
La aludida hizo una pequeña reverencia y se dirigió hacia las bancas del fondo, donde estaban los demás aspirantes.
– A continuación, la clase del profesor Joe Kido. – informó la mujer. – Pase al frente, por favor.
El peliazul asintió y se levantó de su lugar para situarse frente a todo el salón. Ya venía preparado mentalmente para la entrevista, pero siempre le sucedía que entraba en pánico a último momento.
Tomó una gran bocanada de aire, estaba decidido a dar lo mejor de sí mismo, pero justo cuando iba comenzar a hablar, la puerta del salón se abrió, dejando ver a un muy sonriente director Yano, seguido por casi todos los docentes de la academia e incluso una que otra persona de la mesa directiva.
– D-director, ¿ocurre algo? – preguntó la profesora Suou, levantándose de su lugar.
– No es nada, es sólo que todos teníamos mucho tiempo libre. – sí, claro. – Y vinimos a ver las clases de los aspirantes. – dijo mirando hacia el frente. – Oh, profesor Kido, ¡qué sorpresa verlo por aquí DE NUEVO! Es una coincidencia que llegáramos justo a tiempo para escuchar la maravillosa clase que seguramente preparó. – exclamó con total cinismo.
Joe se encontraba completamente atónito. ¿Qué rayos estaba sucediendo? Que el supiera, el director nunca antes se había parado en las entrevistas para futuros profesores.
Yano caminó hacia el frente, seguido por la fila de profesores que había traído, y se dirigió a los alumnos, que también estaban confundidos.
– Retírense, nosotros ocuparemos sus lugares. – dijo el mayor.
Los estudiantes comenzaron a murmurar entre ellos al instante, era muy extraño que el director hubiera llegado de la nada, ¿qué no se supone que era un hombre ocupado?
– ¿Qué esperan? – exclamó Yano. – Retírense ahora mismo.
Todos los chicos de inmediato se levantaron de sus asientos y salieron casi corriendo del salón. La verdad es que el director Yano era de temerse.
– ¿Qué está sucediendo? – le susurró uno de los jueces a la profesora Suou.
– No estoy segura, pero creo que quiere hacerle las cosas más difíciles al profesor Kido, quiere intimidarlo para hacer que cometa algún error… – replicó la mujer. – Pero con su sola presencia bastaba, no tenía que traer a todo el personal…
Tanto el director como el resto de los maestros ya habían tomado asiento y ahora miraban expectantes a Joe, especialmente Yano, quien sonreía de un modo extraño.
– Buenos días… – saludó Joe haciendo una pequeña reverencia.
– Espero que mi presencia no lo ponga nervioso, Kido. – habló el director. – Todos sabemos muy bien que carece de confianza en usted mismo, espero lo haya superado, porque en esta entrevista no toleraremos semejantes casos.
Sí. Pretendía poner un ambiente tenso y hacerlo caer. No iba a permitir que ese molesto peliazul volviera a YG.
– Espero que haya preparado una clase interesante, ya que los jueces y yo somos muy estrictos a la hora de tomar decisiones. – oh sí, se había autonombrado juez de las entrevistas. – Puede comenzar. – dijo más como una orden, sin quitar su desquiciada sonrisa.
Joe tragó saliva. Si el director había venido sólo para ponerlo más nervioso, lo había logrado, y es que la sola presencia de ese hombre siempre lo había intimidado. Pero en un momento tan crucial como este no podía dejarse vencer, no podía flaquear. Además… él estaba muy seguro de su capacidad para enseñar…
Hace un año era todo lo contrario, pero gracias a sus alumnos, gracias a la clase especial, logró superar esa etapa y por ende, superarse a sí mismo. Sus chicos le habían hecho ganar toda la confianza que le hacía falta y ahora estaba seguro de que realmente podía enseñar y quería enseñar, y no porque el director Yano estuviera ahí, eso iba a cambiar.
Ante ese pensamiento, le dedicó una mirada fugaz al mayor y después le sonrió, haciendo que la horrible sonrisa de este se borrara de inmediato.
– Muy buen, buenos días a todos. – exclamó Joe sin dejar de sonreír. – Esta clase tratará sobre los secretos ocultos entre los acordes en la música, y aunque muchos puedan pensar que tal cosa no existe, yo les demostraré lo contrario.
El profesor Kido hablaba con tanta seguridad, que literalmente tenía a todos sorprendidos, especialmente al director Yano. ¿Desde cuándo el inepto de Joe hablaba en público sin tartamudear? ¿De dónde había salido toda esa confianza? ¿Por qué había vuelto tan… cambiado?
– Pero antes de empezar con la teoría, les cantaré una canción muy graciosa que me ayudó con esto. – continuó el peliazul.
Dicho esto, Joe dio un paso al frente y alzo sus manos para comenzar a moverlas de un lado a otro mientras comenzaba a cantar, haciendo contacto visual con cada uno de los presentes, los cuales parecían divertidos, ya que sin duda, eso quitaba la monotonía de una clase teórica común.
– ¡La, la, la, la! – finalizó con su inquebrantable sonrisa. – Y bien, pareció que canté una sola canción, ¿verdad? – preguntó al público. – Pero la verdad es que compilé y canté tres canciones distintas, ¿entonces porqué sonaron como una sola?
La clase del peliazul transcurrió sin falla alguna, todos los presentes estaban aprendiendo mucho a la vez que se divertían. Además, el profesor la estaba haciendo muy interactiva y todos estaban entendiendo bien su concepto. Todos, incluido el director Yano, cuyo semblante se ensombrecía conforme cada minuto pasaba.
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Había transcurrido una hora desde que la clase del profesor Kido había terminado, y el director Yano aún se encontraba sentado en el asiento que ocupó para esta. Todos los presentes, incluidos los jueces, habían salido desde hace tiempo del aula, pero él simplemente estaba perdido en sus pensamientos, a la vez que tarareaba la canción que Joe había cantado al principio de su clase.
– La, la, la, la… – finalizó con pesadez.
Y es que literalmente había quedado boquiabierto con la lección de Joe Kido, y lo que más lo había dejado en shock es que su presencia no intimidó al peliazul en lo más mínimo. ¿Qué estaba sucediendo con el mundo? Él estaba perdiendo su toque y Joe Kido de pronto se convertía en el mejor profesor del mundo.
¡Era inaudito!
– Director Yano. – lo llamó la profesora Ari Suou, entrando al aula, seguida por los otros dos jueces. – Ya deliberamos y nuestra decisión fue unánime, sólo falta que usted la apruebe.
– Y como usted nos lo pidió, fuimos muy estrictos al decidir. – agregó uno de los jueces.
– Estamos muy seguros de que estará de acuerdo con nosotros. – dijo el otro.
La profesora Suou le entregó el legajo que tenía el veredicto final al director, quien lo tomó de inmediato y, con algo de duda lo abrió. Aunque ya sabía a la perfección cual había sido la decisión de los jueces, el ver el nombre de ese hombre en aquella hoja fue como una patada en su orgullo.
Y lo peor del caso es que no podía oponerse.
No tenía armas para hacerlo.
::
Taichi acababa de salir de la junta con el presidente de los JBS Records y ahora, junto a sus dos compañeros de banda, se dirigían a la academia en su camioneta conducida por un chofer. Llegaron al campus y al bajar los tres tomaron rumbos separados, pues cada quien tenía sus propios asuntos.
El moreno se encontraba totalmente sumido en su cabeza, ya que no había podido terminar de escuchar lo que Mimi debía decirle, y aunque una parte de él realmente no quería saberlo, la otra le indicaba que era necesario.
Iba caminando tranquilamente por los pasillos hasta que sintió a alguien tomándolo por el brazo con mucha fuerza.
– ¡Hermano!
El castaño sonrió, era su pequeña hermana, una de sus personas favoritas en el mundo.
– Kari, ¿pasó algo? – preguntó. – ¿No deberías estar en clase?
La menor infló las mejillas y frunció el ceño.
– ¡Mira quién habla, acaban de darte el pase a segundo semestre y apenas asistes! – exclamó.
– Ya, ya me regañaste por eso, no tienes que recordármelo. – dijo el moreno. – ¿Pero que no es hora de clases?
– Lo es, pero el director Yano reclutó a todos los maestros para unas entrevistas de trabajo. – replicó la chica. – ¡Y te tengo una gran noticia con respecto a eso!
El rostro de la menor ahora denotaba alegría pura, incluso había comenzado a dar saltitos colgándose del brazo de su hermano, realmente estaba emocionada y notoriamente feliz.
– ¿Sí? ¿De qué se trata? – preguntó el moreno, sonriendo ante la actitud de Hikari.
La menuda castaña se soltó del brazo del mayor y se plantó frente a él, manteniendo su enorme sonrisa.
– Daisuke fue quien me informó sobre esto, ya ves que él anda en todo. – comenzó a explicar la chica.
– Ajá, ¿qué fue lo que te dijo? – insistió Tai.
– Es una fuente muy confiable, pues escuchó a la profesora Ari Suou hablando con otros maestros. – continuó ella.
– ¿Y? – indagó, alzando una ceja.
– Y cuando se enteró me buscó para decírmelo, yo creo que él sabía que esa noticia me caería muy bien y…
– KARI, ¿cuál es la gran noticia? – la interrumpió.
La sonrisa de la menor se ensanchó.
– ¡A que no vas a creer esto! – exclamó completamente emocionada.
Taichi suspiró, realmente adoraba a su hermana.
– ¿Qué es lo que no voy a creer?
– ¡El profesor Kido volvió! – gritó a los cuatro vientos.
– ¿Qué dijiste?
Esta vez una tercera voz los hizo voltear hacia atrás. Era Mimi Tachikawa, quien lucía entre confundida y feliz, tenía una expresión en el rostro difícil de describir. La castaña mayor de inmediato se acercó a ambos hermanos, completamente intrigada.
– Hikari, ¿dijiste que el profesor volvió? – preguntó ansiosa.
La menor asintió.
– ¡Sí, aplicó para el puesto vacante y se quedó! – explicó.
Mimi procesó lo que su amiga le estaba diciendo y no pudo evitar sonreír de sobremanera. ¡No podía creerlo! ¡Ella había perdido toda esperanza de tener al profesor de vuelta y ahora resultaba que él mismo había aplicado para volver a su puesto!
– Entonces está de vuelta… – dijo casi en un susurro.
Taichi también se encontraba sonriendo, y no sólo por el hecho de ver a esas dos chicas que tanto quería tan felices, sino porque a él mismo realmente le alegraba tener a su profesor de vuelta. Y es que a pesar de que llevaba mucho tiempo fuera de la clase especial, siempre había considerado a Joe como su maestro y le había dolido bastante cuando Hikari le contó que había dejado YG.
– ¡Creo que en estos momentos se encuentra en la dirección terminando de llenar unos papeles! – habló la menor.
– Entonces deberíamos de ir para allá para felicitarlo por obtener el puesto. – sugirió el moreno.
– ¡Buena idea, vamos ya! – exclamó Hikari comenzando a caminar con rapidez hacia las oficinas de la academia.
::
Y así, en menos de una hora, el director Yano ya tenía a Joe Kido frente a su escritorio, y ambos estaban terminando de arreglar todos los papeleos y asuntos necesarios para que el profesor volviera a formar parte de la Academia YG. El mayor ya tenía el gafete del peliazul en sus manos y listo para entregárselo, pero simplemente no podía resignarse, ¿por qué su plan perfecto para deshacerse de él le había salido tan mal?
– Usted ya tenía esto planeado, ¿no es así? – preguntó el director, quien no se veía muy feliz.
– Eh… no exactamente. – replicó Kido. – En un principio no tenía ningún plan, pero después de lo que usted me dijo, decidí que debía intentarlo.
El director lo miró extrañado.
– ¿Y qué fue lo que yo le dije?
– Que tenía buen potencial como profesor, pero que debía trabajar en mi confianza para que me respetaran. – dijo el peliazul. – Le estoy muy agradecido por ese consejo.
– ¿Está insinuando que de no ser por lo que le dije, no habría vuelto? – preguntó incrédulo.
– Creo que de todos modos lo habría intentado, por mis alumnos… pero sin duda sus palabras me sirvieron muchísimo.
El director guardó silencio por unos segundos y después suspiró con pesadez.
– Ya, cualquiera que haya sido su impulso, le funcionó, pues está de vuelta. – hizo una pausa. – Lo que significa que… perdí la guerra… – admitió, derrotado.
Esas palabras por parte de Yano hicieron que el peliazul recordara la conversación que había tenido hace ya bastante tiempo con Wada Kouji, justo antes de que mandaran a la clase especial al sótano y les quitaran el derecho de tomar clases prácticas.
. . .
– Será una dura y larga guerra para ustedes. – dijo Wada Kouji. – Lo siento…
– ¿Por qué dice que lo siente? Usted ya hizo mucho por ayudarnos y…
– Esta fue una batalla que yo inicié, y ahora usted es quien deberá pelearla.
– No quisiera pensar en esto como si fuera una guerra…
– El director Yano va a llenar su camino de obstáculos; pero yo en verdad creo que usted puede ganar.
– Usted no lo entiende, soy Joe Kido, el profesor con más bajo rendimiento por tres años consecutivos...
Wada Kouji sonrió ampliamente.
– Claro que entiendo. – exclamó. – Y tengo la certeza de que lo logrará.
. . .
El peliazul sonrió levemente. Había olvidado por completo lo que Wada Kouji le había dicho y ahora estaba muy sorprendido de que ese gran hombre siempre hubiera creído en él, aun cuando él mismo ni siquiera se tenía una pizca de confianza.
Definitivamente todo lo que había vivido desde que lo pusieron como profesor de los alumnos especiales, todos esos obstáculos, todas esas limitaciones e injusticias le habían hecho duro el camino, pero eran experiencias que no cambiaría por nada, pues había crecido, junto con sus chicos, gracias a estas.
– ¿Le picó algo? – habló Yano, sacándolo de sus pensamientos. – Que haya admitido mi derrota no le da derecho a bajar la guardia, usted aún no termina de agradarme.
Joe lo miró directamente a los ojos, sin dejar de sonreír.
– Perder una guerra... es redundante.
– ¿Ah? – exclamó extrañado el mayor, sin entender las palabras del peliazul.
– Verá… yo solía tenerle mucho resentimiento, pues usted me humillaba siempre que tenía la oportunidad. – comenzó a explicar. – Y no sólo eso, también llenaba mi camino de obstáculos y trabas, haciéndome la vida imposible, tanto que yo siempre sentí que estaba en medio de una guerra con usted…
Ahora Yano lo escuchaba con interés.
– Pero ahora me doy cuenta de que todos esos obstáculos fueron como una prueba para mis alumnos y para mí. – continuó el peliazul. – Y con cada prueba que superamos, nos volvimos más fuertes…
– ¿Y a que viene todo esto que me está diciendo? – preguntó el mayor, algo fastidiado.
– A que en realidad esto nunca fue una guerra, fue una prueba para superarme a mí mismo. – replicó con seguridad. – Además, una guerra siempre trae tristezas, enojos y perdición, es por eso que al entrar en una, ya perdiste.
El director abrió los ojos de par en par, las palabras de Joe al parecer le habían pegado.
– Perder una guerra es redundante… – susurró el mayor, repitiendo la frase del peliazul.
– Director, por favor siga poniéndome más y más pruebas. – dijo Kido sin dejar de sonreír. – De ese modo podré seguir creciendo y me volveré más fuerte.
El hombre ahora estaba sin habla. Realmente Joe Kido lo había dejado sin contestación.
– Por ahora me retiro, pero estaré esperando. – exclamó, refiriéndose a las pruebas.
Yano ahora se encontraba como en otro mundo. Su ceño estaba fruncido y en su cabeza no dejaba de martillarle todo lo que el peliazul le había dicho hace unos momentos. De pronto sintió como retiraban el gafete de sus manos y alzó la mirada, aún sin poder articular nada.
– Gracias por todo. – dijo Joe haciendo una reverencia, y posteriormente poniéndose su gafete.
Dicho esto, simplemente se dio vuelta y caminó a paso seguro a la puerta de salida de la oficina, y justo después de que la cerró tras de sí, se encontró con la grata sorpresa de que ahí estaban tres de sus alumnos, recibiéndolo.
– ¡Profesor! – exclamó Hikari, emocionada. – ¡En verdad está de vuelta!
– ¿Es cierto? – intervino Taichi. – ¿Ya quedó decidido?
El peliazul asintió, apuntando su recién recuperado gafete.
– ¡Oh sí, bien hecho! – dijo el moreno, levantando la mano para chocar palmas con el mayor, quien de inmediato le devolvió el gesto.
– ¡Felicidades, profesor! – expresó la menor también chocando sus palmas con el peliazul.
Joe ahora posó su mirada en Mimi y acercó su mano hacia ella para también chocar los cinco, pero la chica lo miraba como si estuviera molesta, cosa que hizo que el hombre bajara el brazo, confundido.
– Debió avisarnos que iba a volver. – habló la castaña. – ¡Pero en cambio permitió que yo me quedara con la idea de que nos había abandonado y dejado a la deriva!
El peliazul sonrió.
– ¿Y cuando me diste oportunidad de decir algo? – replicó contento. – Tan pronto entraste a mi casa y me dijiste todo lo que pensabas, te fuiste sin dejarme explicarte nada.
Mimi desvió la mirada al darse cuenta de que eso era cierto.
– P-pero eso no… – comenzó a argumentar.
– Ya, primero dale los cinco. – exclamó Taichi tomando el brazo de Mimi y levantándolo frente al profesor, quien de inmediato chocó las palmas con la chica.
– ¡HEY! – se quejó Mimi soltándose de inmediato.
– Profesor, perdónenos por sacar conclusiones precipitadas sobre usted. – ahora fue Hikari quien habló, haciendo una reverencia en modo de disculpa.
Taichi imitó a su hermana y puso su mano en la cabeza de Mimi, haciendo presión para que ella también se disculpara haciendo una reverencia, como se acostumbra en Japón.
– ¿Qué haces? ¡Suelta! – bufó Mimi ejerciendo resistencia.
– ¿Tú qué haces? ¡Discúlpate! – replicó riendo y poniendo más fuerza en su acción.
– ¡N-no quiero! – exclamó con dificultad, pues luchaba por no dejarse vencer.
– Hey, sólo has una pequeña reverencia. – dijo Taichi observándola desde abajo, aún sin soltar la cabeza de la chica.
– ¡Que no!
– Que sí.
– Que no.
– Que sí.
– Hey chicos, ya, no tienen que disculparse. – intervino Joe. – Así está bien.
Los tres alumnos dejaron lo que estaban haciendo y miraron al profesor sonrientes, con excepción de Mimi, quien aún tenía esa cara de pocos amigos. Realmente le costaba expresar sus verdaderos sentimientos.
– Escuché que ustedes dos participarán en el Showcase. – dijo el peliazul mirando a Mimi y a Hikari. – Realmente las felicito. ¿Ya comenzaron a prepararse?
– No, pero ya tenemos que empezar. – replicó la castaña mayor.
– Oye, dijiste que aún no era tiempo de tu debut, ¿para qué participas en el Showcase entonces? – preguntó Taichi.
Mimi lo miró ofendida.
– ¡Será mi primer Showcase real! ¡Es obvio que voy a participar! – replicó.
– Tiene razón, además mientras más experiencia ganes sobre el escenario, mejor. – dijo Joe.
– ¡Sí, al fin nos darán la oportunidad! – exclamó Hikari. – ¡Es muy emocionante!
– Les va a ir muy bien. – dijo el profesor, orgulloso de ambas. – Pero díganme, ¿qué hay de Yamato? ¿Por qué no está con ustedes? – que él recordara, Mimi y el rubio eran inseparables.
El semblante de Mimi se ensombreció ante la mención del chico, cosa que Taichi notó al instante, sintiéndose incómodo. ¿Por qué el rostro de la castaña reflejaba tanto dolor?
– H-hey Tai, ahora que me acuerdo, mamá me dijo que quería hablar contigo. – habló la menor, inventándose algo rápido. – Vamos a mi dormitorio para que la puedas llamar, ahí dejé mi celular.
– ¿Eh? Pues… puedo llamarla aquí mismo, de mi celular.
Hikari tomó de la mano a su hermano y comenzó a jarlarlo.
– No, no, tiene que ser de mi celular. – insistió. – ¡Vamos!
– E-está bien, pero es que…
– ¡Nos veremos luego profesor, es muy bueno tenerlo de vuelta! – interrumpió la Yagami alejándose de ahí, llevándose al moreno con ella.
Y es que sabía perfectamente que Mimi no iba a poder explicarle nada al profesor si Tai estaba presente, y también sabía perfectamente que a Tai no le gustaría nada estar ahí, pues se daría cuenta de lo que Mimi sentía por Yamato, y ella no quería ver a su hermano sufrir.
– ¿Pasó algo con Yamato? – preguntó el peliazul una vez que ambos hermanos desaparecieron.
La castaña suspiró y tomó aire antes de contestar.
– Es sólo que… algo anda muy mal con él. – replicó con evidente tristeza en sus palabras. – Yo… no sé qué le pasa, no sé qué hacer por él…
– Pero… ¿a qué te refieres exactamente?
– Desde que volvimos de Roma no es el mismo, yo he intentado acercarme para entenderlo, pero él se rehúsa a hablarme…
Era extraño, ni ella misma podía creer lo fácil que le resultaba hablar con su profesor. A nadie le había dicho nada sobre la actitud del rubio.
– ¿En estos momentos donde está? – preguntó Kido, mostrándose preocupado.
– Desde temprano está encerrado en uno de los salones de práctica, y no creo que tenga pensado salir.
– Escucha, vamos a buscarlo y en el camino me cuentas lo que ha pasado durante mi ausencia. – dijo el mayor. – Ya verás que sea cual sea el problema de Yamato, lo ayudaremos a salir de este.
Mimi guardó silencio por unos momentos y después asintió, sonriendo.
– Gracias… profesor. – exclamó con sinceridad. – Muchas gracias por volver.
::
Efectivamente, en esos momentos Yamato Ishida se encontraba solo en una de las aulas de práctica de la academia. Llevaba todo el día ahí, sentado en la pequeña banca del piano, dándole la espalda a este, tocando su bajo. Pero no parecía concentrado en ello, pues tenía la vista perdida en el horizonte.
Mimi y Joe miraron la escena por fuera del salón durante unos segundos hasta que el mayor se decidió a entrar, mientras la castaña solamente asomó su cabeza, sabía perfectamente que al rubio no le agradaba su presencia.
– Es una muy buena canción… – dijo Joe refiriéndose a la que el chico tocaba en ese momento, plantándose frente él.
– Escuché que estaba de vuelta… bienvenido, profesor. – replicó Yamato con seriedad, dejando su bajo a un lado.
El peliazul sonrió.
– Es es la canción que compusiste, ¿verdad? – preguntó. – ¿Estás practicando para el Showcase?
– No pienso participar en el Showcase. – exclamó el rubio.
– ¿Ah? Y… ¿eso por qué? – indagó confundido el peliazul.
– No tengo una razón en específico, simplemente no participaré y ya.
En eso, Mimi apareció frente a él, y lucía completamente molesta.
– ¡Claro que tienes una razón, dinos cual es! – exclamó alterada. – ¿Por qué rayos estás actuando de este modo? ¡Si no nos dices que te pasó no vamos a poder ayudarte!
Y es que una cosa era que la ignorara y la tratara mal pero, ¿no participar en el Showcase? ¿Por qué tomaría una decisión así? Definitivamente algo estaba mal con Yamato, además su actitud tan inexpresiva y de pocas palabras la estaba sacando de quicio.
– Mimi, calma… – habló Joe.
– Yamato, contéstame. – dijo la chica.
Pero el rubio simplemente le dedicó una mirada despectiva y después tomó su bajo de nuevo y comenzó a tocar, ignorando ahora la presencia de ambos.
– ¡HEY! ¡No seas grosero! – exclamó Mimi alzando la voz.
– Basta, basta… – le susurró el profesor a su alumna. – Dejémoslo en paz por ahora, ya pensaremos en algo…
– ¡Pero…!
– Yamato, ya hablaremos del Showcase después, ¿está bien? – la interrumpió el peliazul, mirando al rubio.
El aludido seguía haciendo como si ninguno de los dos estuviera ahí, cosa que terminó por colmarle la paciencia a Mimi, quien bufó molesta y se dio la vuelta para salir apresuradamente de aquel salón, seguida de su profesor.
. . .
En cuanto ambos se fueron, Yamato de nuevo dejó su bajo a un lado y suspiró pesadamente para después apoyar sus codos sobre sus rodillas y tapar su rostro con ambas manos, no lo soportaba más. Estar en YG no le estaba haciendo bien…
– Matt, ¿acaso escuché mal?
El mayor levantó el rostro y mió al recién llegado con su usual rostro inexpresivo.
– ¿A qué te refieres, TK?
– ¿No vas a participar en el Showcase? – preguntó acercándose a él.
– No. – replicó sin más, levantándose de la banca y parándose frente a la ventana, mirando al exterior.
– Creo que te volviste loco, sabes perfectamente que el Showcase te dará la oportunidad de debutar. – le informó.
– No me interesa.
Sus respuestas eran cortas, frías y simples.
– Ambos sabemos que eso es mentira. – replicó el rubio menor. – Se nota a leguas lo mucho que te gustan los escenarios y la música, incluso siempre has demostrado más interés que yo. ¿Esperas que crea que no quieres debutar?
– No quiero hablar TK, lo siento. – dijo el mayor.
– ¿Y crees que yo quería hablar el día de la competencia de baile? – bufó, fastidiado. – Sólo accedí porque a pesar de todo, eres mi hermano y te portaste como tal en aquella ocasión. – hizo una pausa. – Por lo menos... déjame intentarlo.
Yamato giró su rostro levemente al escuchar lo que Takeru le estaba diciendo y después lo encaró por completo. En parte el menor tenía razón, pero él realmente no se sentía listo para abordar el tema, y tal vez no se sentiría listo nunca.
. . .
En el pasillo central de la academia, una molesta castaña seguía caminando apresuradamente, marcando con fuerza cada paso que daba. Realmente estaba preocupada por Yamato, pero la paciencia no era una de sus cualidades y la actitud tan reacia del rubio la iba a terminar matando.
Iba caminando sin rumbo, y a juzgar por cómo se alejaban las personas que la veían pasar, seguramente traía una cara que asustaba. Y bueno, quizás era que estaba un poco bipolar, ya que la actitud del rubio la hería y eso la hacía deprimirse, pero también la desesperaba y eso hacía que su "yo" interno malvado quisiera salir.
Tal vez Yamato la trataba así porque ella estaba siendo demasiado sutil, suave y comprensiva…
En eso, se frenó de golpe.
– Sí, eso es… – se dijo a sí misma. – Ah, ¡pero ahora me va a escuchar!
No iba a permitir que el rubio tirara sus sueños y todo su esfuerzo por la borda. Tendría que tragarse sus sentimientos si quería lograr mirarlo a los ojos para enfrentarlo, pero estaba decidida, no iba a dejar que Yamato se perdiera en el abismo en el que estaba. Así que sin más, se dio la vuelta y se fue corriendo en dirección al aula en donde se encontraba el rubio con el corazón latiéndole al máximo.
Subió las escaleras con rapidez y ya estando en el área de los salones de práctica bajó el paso y tomó aire. Se acercó sigilosamente a la puerta del aula en la que se encontraba Yamato, pero antes de que se le ocurriera dar un paso más, escuchó la voz de Takeru, quien parecía molesto.
Se acercó un poco más y se recargó en el muro. La verdad es que escuchar conversaciones privadas siempre le había traído problemas, y aunque sabía que lo correcto era irse de ahí, todo su ser parecía pensar lo contrario, especialmente sus pies y sus oídos, pues los primeros no se movían y los segundos hacían lo posible por escuchar.
– ¿Entonces no tienes nada que decir al respecto? – exclamó el fastidiado rubio menor. – Sabes lo mucho que me está costando esto, Matt, no estoy como para insistirte, pero sé que algo tuvo que haberte pasado, ¡faltaste a clases por una semana y vuelves con una actitud completamente insoportable!
Yamato suspiró, desviando la mirada.
– Tú no entenderías mis razones, TK… ambos pensamos de un modo muy diferente. – replicó mostrando al fin un poco de sentimientos, parecía muy afligido.
– Que tengamos ideas distintas no significa que no trataré de entenderte. – dijo Takeru. – Así que ya no le des más rodeos y dime, ¿qué sucedió para que de pronto decidieras abandonar todo esto?
El mayor medito las palabras de su hermano con detenimiento. Desde el doble incidente en Roma, no había hablado con nadie al respecto, así que tal vez ya era hora de hacerlo, lo malo era que nunca había sido muy bueno con las palabras, y menos cuando se trataba de ese hombre.
– Takeru… tú… ¿cómo le haces para que no te afecte?
El aludido alzó una ceja, dándole a entender a Yamato que debía ser más específico, por lo que decidió continuar, mirando de nuevo al menor a los ojos.
– Has tenido grandes logros en el mundo de la música, siempre has sobresalido y te has ganado tu propia fama pero… mucha gente sólo te conoce porque eres el... hijo de Ishida. – dijo eso último con bastante pesar.
– Eso ya lo sé, ¿pero… qué tiene de malo? – preguntó el menor.
Yamato frunció el ceño.
– ¿No te molesta que se fijen en ti solamente por ser su hijo? – preguntó reflejando cierto coraje en sus palabras. – ¿No te enoja que siempre estarás bajo su sombra?
– Matt, ¿todo esto se trata de papá? – exclamó curioso, entendiendo un poco al fin.
– No se responde una pregunta con otra.
El menor giró los ojos.
– Pues no, no me molesta. – replicó sin más. – Aunque creo que puedo entender un poco tus razones. Digo, viviste con él mucho tiempo… es normal que quieras independizarte, supongo… y más aún cuando nunca tuviste buena relación con él.
El rubio mayor suspiró de nuevo y regresó su mirada hacia la ventana. Realmente le costaba abrirse con ese tema.
– Pero oye, ¿sucedió algo con respecto a eso? – preguntó Takeru. – Todo este tiempo habías estado bien y de pronto te comenzó a atormentar de la nada.
– No fue así… supongo que en el interior siempre me he sentido de este modo, pero como no había pasado nada, me hacía el desentendido, después de todo la estaba pasando bien aquí, mejor que nunca…
– ¿Y entonces? – lo incitó a continuar.
– En Roma… sucedieron varias cosas… – trataba de abrirse con su hermano, pero no era tan sencillo.
Mimi, quien seguía atenta escuchando desde afuera, ahora estaba más que intrigada. Entonces sus suposiciones eran ciertas, algo le había pasado en Roma y ahora estaba a punto de saberlo. Se sentía un poco mal de enterarse de este modo tan bajo, pero estaba segura de que Yamato nunca se lo iba a contar. No le quedaba otra opción...
– La última noche que estuvimos allá, fuimos a cantar a un karaoke y nos topamos a esos chicos que compitieron con nosotros en el parque… – continuó el mayor.
El rubio menor asintió, pues obviamente recordaba a esos engreídos y el hecho de que les habían pateado el trasero.
– ¿Y qué con ellos? – preguntó al ver que su hermano se había quedado callado.
– Ellos... me hicieron abrir los ojos, me hicieron ver las cosas como realmente eran… – hizo una pausa, comenzando a recordar. – Para este mundo, nunca dejaré de ser un Ishida. Soy el hijo que tiene facilidades gracias a su apellido, el que siempre vivirá bajo la sombra de su padre. – le dolía tener que aceptarlo. – Me confirmaron lo que yo ya sabía, que si triunfo no será por mí, sino por él, y eso no podría soportarlo... yo no...
– Matt... – susurró el menor. – ¿Tan mal están las cosas entre él y tú? – preguntó refiriéndose a Hiroaki. – Digo, él tampoco es mi persona favorita, pero tú... cada vez que lo mencionas tu mirada se ensombrece, hasta pareciera que es tu peor enemigo o algo así...
El mayor resopló. Tal vez eso era, quizás ese hombre sí era su peor enemigo. Nunca había sido un padre para él, se la vivían peleando e incluso una vez estuvieron a punto de llegar a los golpes. Por culpa de ese hombre se había sentido miserable por mucho tiempo y ahora que al fin se había alejado, no quería tener nada que ver con él. Le tenía tanto resentimiento, tanta rabia, tanto... odio.
Tanto miedo...
– Es como si me persiguiera... no quiero llegar a ser alguien solamente por mi apellido. – le dolía admitir esos sentimientos tan débiles que siempre había tenido muy guardados para él.
– No será así, esos chicos de Roma son unos ignorantes, no saben de lo que hablan.
El rubio rió irónicamente.
– ¿Y qué hay de tu presidente? – exclamó. ¿Y qué hay de mí mismo?
– ¿El señor Fujisaki? – preguntó confundido.
– Él también tenía varias cosas que hablar conmigo...
Dicho esto, el rubio mayor comenzó a relatarle a Takeru todo lo que había sucedido esa noche, lo que esos cinco chicos le habían dicho con respecto a su padre, la pelea a golpes que tuvo con Ryo, y por último, su desagradable encuentro con Min Fujisaki, quien le había restregado en la cara que lo más valioso que tenía en la industria musical, era su apellido. Ser hijo de ese hombre.
– ¿En serio dijo eso? – preguntó el menor, incrédulo.
– Fue una de las tantas cosas que dijo…
– Matt, será el presidente de la compañía en la que estoy, pero es un idiota.
– Un idiota que sabe de lo que habla, pues su compañía disquera es la más grande en todo Japón. – replicó con desgano.
– No le hagas caso, yo lo ignoro siempre que empieza a hablar sobre papá. – dijo Takeru.
– Para mí no es tan fácil, ¿sabes? – replicó Yamato. – Yo incluso ya había dejado de pensar en la música para evitarme este tipo de situaciones y estaba muy a gusto estudiando arquitectura.
– ¿Y entonces... qué te trajo a YG?
Yamato de nuevo desvió la mirada, su rostro denotaba dolor. La pregunta correcta era: ¿Quién lo trajo a YG?
– Eso es algo de lo que no quiero hablar. – sentenció fríamente.
Incluso Takeru no pudo insistir, pues el semblante de su hermano había cambiado drásticamente con su última pregunta.
Pero Mimi ahora tenía los ojos abiertos de par en par. No podía creer todo lo que acababa de escuchar y lo peor del caso es que se sentía totalmente culpable. Por haber dejado solo a Yamato en el karaoke era que ese estúpido de Ryo le había dicho todas esas cosas tan horribles. Y si no se hubiera ido con Taichi seguramente tampoco habría tenido que encontrarse con Min Fujisaki.
Y eso no era todo…
Había sido ella quien lo trajo a YG.
Y repentinamente, ahora todo tenía sentido…
"Me arrepiento de haber venido contigo a Tokyo."
"¡No tenías derecho a arrebatarme mi tranquilidad por tus razones egoístas!"
Eso...
– Lo que te haya traído a la academia no importa, lo que importa es que ya estás aquí y debes aprender a sobrellevar los obstáculos que se interpongan. Tienes que... luchar por alcanzar tus sueños. – exclamó el rubio menor.
¿Y ahora él estaba hablando de sueños? Por Dios, pensar tanto en Hikari lo terminaría por volver loco.
– No sé si valga la pena… puedo soportar que piensen que me aprovecho de su fama para darme a conocer, también podría intentar ignorar las comparaciones… – dijo el rubio mayor mostrándose humano de nuevo. – Pero no puedo con el hecho de que yo mismo me siento atrapado en su sombra. Siento que si permanezco aquí, no podré liberarme de ese pesar.
– ¿Ah sí? Pues yo creo todo lo contrario. – exclamó Takeru. – No vas a poder liberarte si escapas, eso sería como… evadir la realidad.
– No lo sé, TK… – replicó suspirando. – Con todo eso que pasó, creo que este no es mi lugar. Supongo que mi más grande temor se confirmó de golpe y realmente me pegó duro. – hizo una pausa. – Y estar aquí en YG... sólo está empeorándolo todo. Me siento atrapado, como si me estuviera ahogando.
Como si estuviera a punto de explotar.
– Pero es obvio que esta es tu vocación. Si no tuvieras talento, nadie te reclutaría para su compañía, llevaras el apellido que llevaras. – dijo el menor.
– Takeru, el mundo de la industria busca solamente dinero, ese idiota de Fujisaki habló de nosotros como su fuéramos objetos.
Y vaya que sí, nunca olvidaría esas palabras.
"Los hijos de Hiroaki tienen que ser míos."
– ¿Y qué? – replicó, algo molesto. – Te digo que yo lo ignoro, nunca me ha agradado. Además, yo confío en mi talento.
El mayor lanzó un pesado suspiro al aire y volvió a la banca en donde se encontraba sentado, tomando su bajo para comenzar a tocar de nuevo. No toleraría un segundo más hablando sobre eso.
– Supongo que aquí se acaba la plática, ¿verdad? – preguntó Takeru cruzándose de brazos.
– Muchas gracias TK, aprecio mucho que te hayas acercado, sé… que te costó trabajo. – replicó Yamato sin dejar de tocar. – Pero mi decisión ya estaba tomada y no cambiaré de parecer, no participaré en el Showcase y cuando acabe este semestre me iré de YG.
El menor desvió la mirada. Extrañamente, le dolía mucho ver a su hermano tan mal. Podía sentirlo, estaba sufriendo. Realmente quería ayudarlo, pues sabía perfectamente que si Yamato renunciaba a la música, nunca estaría satisfecho consigo mismo.
– Trata de reconsiderar, no hagas algo de lo que puedas arrepentirte… – dijo Takeru. – Pero bueno, supongo que hablaremos después, tengo que ir a una clase.
Y al escuchar eso, Mimi se sobresaltó y miró hacia todos lados, buscando hacia donde debía correr para que el chico no la viera. Comenzó a caminar torpemente hacia las escaleras y conforme más avanzaba, más aceleraba el paso. Con suerte Takeru no la había visto. Llegó al patio de la academia después de toda una carrera y se colocó la mano en el pecho, tratando de recuperar el aire perdido.
– Yama… – susurró para sus adentros.
Ahora lo entendía. Al rubio le había tocado revivir su mayor temor y por eso era que había abandonado todo tan repentinamente. Y no, no era poca cosa, pues incluso desde un inicio él le había aclarado que no quería estudiar música por el asunto de su padre. Pero ella, por sus razones egoístas, como el mismo Yamato había dicho, literalmente le exigió que viniera a YG. ¡Era su culpa! Todo era su culpa y ahora se sentía pésimo, ya que esa persona estaba sufriendo, esa persona a quien quería tanto…
Y no sólo era querer, estaba segura de que lo que sentía por Yamato era más fuerte, llegaba más lejos que eso, que cualquier cosa que hubiera sentido jamás…
Y lo peor del caso es que lo había dejado solo cuando más necesitaba de alguien. Lo había plantado en su cita y seguramente si no se hubiera ido con Taichi, nada de eso habría pasado y él no tendría por qué sufrir… y no tendría que irse…
– Soy una persona horrible…
De nuevo estaba siendo egoísta. Incluso ahora que entendía el actuar del rubio, anteponía sus sentimientos ante los de él. No quería que él se fuera, no quería imaginárselo. ¿Pero ahora con qué cara podía siquiera hablarle? Yamato tenía todo el derecho de estar molesto con ella.
Nunca se imaginó que sus razones fueran tan fuertes, nunca imaginó que todo fuera su culpa, y ahora que lo sabía, sentía que se moría.
Sin darse cuenta, ya se encontraba en su edificio, justo frente a la puerta de su habitación. ¿En qué momento había caminado hacia allá? Seguramente parecía un zombie viviente, pues ni sentía el andar de sus pasos. Abrió la puerta con pesadez y sin pensarlo demasiado se metió al baño, quitándose los zapatos a medio camino para después abrir la llave de la ducha, metiéndose de inmediato, con todo y uniforme.
– Es mi culpa… – susurró, sintiendo como toda su ropa se hacía más pesada a causa del agua. – Lo lamento, lo lamento en verdad…
Dejó el agua correr y poco a poco se fue deslizando por la pared hasta quedar hecha un ovillo. Ya estaba toda mojada y estaba segura de que también había comenzado a llorar, pero las lágrimas se confundían con las gotas de agua. ¿Por qué últimamente llorar se estaba volviendo un hábito para ella? ¿Por qué se tenía que sufrir tanto... por amor?
Lloraba por él. Lloraba por lo que él estaba viviendo, lloraba por ese sentimiento de culpa que la embargaba...
Lloraba porque cada vez se sentía más y más lejos de él...
Nunca se imaginó que un corazón hecho pedazos doliera tanto.
. . .
Después de unos minutos, la puerta del dormitorio se abrió. Era Yamato, quien lucía completamente desganado y cansado. Lo primero que hizo fue dejar su bajo sobre su cama, pero después el sonido del agua cayendo le llamó la atención. Fijó su vista hacia el baño. Las luces estaban apagadas y la puerta entreabierta.
Se acercó dudoso a esta y antes de hacer cualquier otra cosa, tocó varias veces, pero no obtuvo respuesta, solamente se escuchaba el intenso sonido del agua.
¿Acaso no había nadie?
Abrió la puerta con lentitud y ahí divisó unos zapatos tirados, seguramente eran de Mimi, ¿si no de quién? Lo extraño es que la castaña solía ser muy ordenada con sus cosas. Ignoró el detalle y fijó su atención en la ducha, la mampara de vidrio se encontraba empañada a causa del vapor, pero sus ojos lograron distinguir algo… era una silueta.
Se fue acercando poco a poco alzando la mano, dudoso en abrir la puerta corrediza, pero al escuchar unos sollozos mezclados con el caer del agua, sus sentidos despertaron, haciendo que la abriera de golpe para ahí ver una imagen que lo alarmó por completo.
– ¡Mimi! – exclamó entrando de inmediato, mojándose por completo en el acto, para tomar a la chica de los brazos y sacarla de ahí.
La castaña era ligera como una pluma, por lo que el jalarla hacia fuera no fue problema, pero parecía que sus piernas no estaban respondiendo, pues al primer paso fuera de la ducha, se desmoronó en el suelo, cayendo de rodillas y cabizbaja. Estaba empapada, al igual que él. Sólo que ella temblaba como una hoja a la vez que sollozaba e hipaba sin parar, y lo que más le extrañó al rubio era que no parecía consiente de nada.
Cerró la llave de la ducha y seguidamente se hincó frente a ella, para quedar a su nivel, pero sin hacer cualquier tipo de contacto físico.
– ¿Estás bien? ¿Qué te ocurrió? – preguntó.
Por más que se había propuesto a tratarla con indiferencia, el verla así lo había hecho entrar en pánico.
– ¿Yama? – preguntó ella, parecía temerosa.
La chica alzó la cabeza poco a poco, y fue ahí cuando sus enormes ojos se toparon con los de Yamato, quien la miraba con auténtica preocupación. Y él, al chocar con la mirada de Mimi, sintió como si el piso debajo de él se moviera. Sus ojos color chocolate lo veían como suplicantes y brillaban de un modo diferente al habitual, incluso se veían más grandes y expresivos que nunca…
Sólo que... expresaban mucha tristeza y pesar. Cosa que le rompió el alma.
Pero tenía que mantenerse al margen.
– ¿Qué se supone que hacías? – exclamó tratando de recuperar la compostura y su tono frío. – Con toda la ropa mojada te vas a enfermar.
Al parecer la chica estaba bien, por lo menos no tenía daño físico, así que se dispuso a incorporarse, pero ella lo detuvo, tomándolo del brazo. La miró de nuevo a los ojos, buscando en ellos la razón por la que lo había detenido, pero la castaña no decía nada, simplemente lo miraba.
– Escucha Mimi, no tengo tiempo para esto. – le dolía tener que seguir portándose así con ella, pero era necesario.
– Perdóname… – susurró ella. – Yo… en verdad lo siento.
Yamato frunció el ceño ante las palabras de la castaña. ¿Por qué le estaba pidiendo disculpas? Y… ¿por qué lo miraba de ese modo, con tanto dolor? ¿Acaso… era por él por quién estaba llorando?
Y de pronto, sintió cómo Mimi se lanzaba a él rodeándolo por el cuello y hundiendo su cabeza en su pecho, haciéndolo perder el equilibrio y caer de sentón al piso, que también estaba mojado.
La chica lloraba sin parar y repetía su nombre una y otra vez, pero Yamato permanecía inmóvil, con su vista perdida hacia el frente.
– Sé que… todo es mi culpa, c-cuanto lo siento, yo no quería… – continuó la castaña con dificultad. – Perdóname, escuché lo que hablaste con Takeru… nunca debí exigirte que vinieras…
El rubio se quedó atónito ante dicha confesión. ¿Entonces Mimi había escuchado todo? ¡No podía ser, por eso mismo no quería decirle nada al respecto! Sí, en un principio él también la culpaba de todo lo que le estaba pasando, pero en su tiempo de soledad se había dado cuenta de que él no había hecho nada que no quisiera, no era culpa de Mimi. Y sabía que si ella se enteraba, se iba a sentir culpable, por Dios, la conocía muy bien…
– Entiendo que estés molesto conmigo por eso, pero necesito que me perdones… yo…
– No estoy molesto por eso. – la interrumpió. – Y no tienes que pedirme perdón. Tú no tienes la culpa de lo que me está pasando. – dijo con seriedad.
No, y si había decidido sacarla de su vida era principalmente porque no soportaría el hecho de estar cerca mientras ella estaba enamorada de otro. Era por eso que incluso eso último se lo había dicho con suma frialdad.
La chica entonces se separó con lentitud del rubio, quien en ningún momento había correspondido el abrazo, y lo miró de nuevo, directo a los ojos.
– ¿Entonces por qué? – preguntó ella. – ¿Por qué me tratas así?
Yamato guardó silencio durante unos minutos, sintiendo como las gotas de agua de su húmedo cabello bajaban por su rostro.
– Ya te lo he dicho varias veces. Yo… no quiero que me busques, ni que te cruces en mi camino.
Extraño, sí, ya se lo había dicho más de una vez, pero nunca le había dolido tanto hacerlo. En estos momentos se sentía vulnerable. ¿Qué le estaba pasando?
Mimi bajó la cabeza y después miró al rubio frente a ella, tratando de ser fuerte.
– Yo… lo único que quiero es que sigas tus sueños.
– Creo que te quedó claro que ya no me importan. – replicó. – Escuchaste todo lo que le dije a TK, así que no tengo nada que explicarte.
– Perdóname Yamato, perdóname por dejarte sólo esa noche en Roma, no sabes cuánto lo siento… no sabes…
Pero el sólo recordar la noche en Roma, en la cual Mimi se había ido con Taichi, dejándolo plantado, hizo que su sangre comenzara a hervir.
– ¡No me pidas perdón, ya no quiero escucharte! – exclamó alzando la voz, levantándose del suelo y quedando de pie. – ¡Ni siquiera sé por qué volví! ¡Yo no quería esto, no quería que nadie se enterara de lo que pasó! – hizo una pausa, tratando de calmarse. – No necesito su lástima, ya tengo suficiente con la lástima que yo mismo me doy…
Y de pronto, sintió algo cálido y distinto a una gota de agua rodando por su mejilla izquierda y supo de inmediato que se trataba de una lágrima. ¿Estaba... llorando?
– N-nunca sentiría lástima o pena por ti… yo… entiendo que es difícil y sé que es mi culpa. – dijo la chica mirando hacia arriba. – Lo siento tanto, lo siento… – exclamó tomando la mano del rubio con fuerza e hincándose, recargando su cabeza en las rodillas de este.
Yamato no podía ver a Mimi así, no lo soportaba, pero por más que intentara zafarse del agarre, le era imposible, pues la chica no pensaba soltarlo, solamente lloraba más y más, y lo peor del caso es que ahora también él estaba derramando lágrimas.
Se sentía como un cero a la izquierda, completamente indefenso, como un niño que no tiene idea de qué hacer. El realmente amaba la música y la amaba a ella, y el tener que renunciar a ambas cosas le destrozaba el corazón. Nunca pensó… que sería tan difícil...
– Tú me dijiste… que me sacarías de esto… – habló el rubio, ahora mirando hacia abajo. Sus palabras denotaban dolor. – Que aunque yo me diera por vencido en mí mismo, tú no lo harías…
Mimi alzó un poco la cabeza ante las palabras del rubio, sin soltarlo, pero este al encontrarse con sus ojos desvió la mirada de inmediato.
– Sácame entonces, Mimi… – pidió con dificultad, tragándose su orgullo y evitando que la chica lo viera llorar. – Por favor… sácame de esto… yo… ya no lo soporto.
Te lo suplico...
El rubio apretó los puños y cerró los ojos con fuerza, dejando salir un sonoro sollozo. Mimi también cerró los ojos y dejó sus lágrimas fluir a rienda suelta. ¿Cómo habían terminado en esta situación? No podía… no podía con todo esto, no aguantaba que Yamato estuviera en esta situación por su culpa.
– ¿Qué… qué puedo hacer? – exclamó repetidas veces.
Se sentía como una tonta, pues aunque ella le había dicho que lo sacaría de esto, ahora no tenía idea de cómo ayudarlo y no sólo la culpa la estaba carcomiendo, sino el hecho de que el chico del cual estaba enamorada estuviera sufriendo tanto…
Fuera como fuera, tenía que ayudarlo.
Pero lo que ella ignoraba, era que Yamato no solamente estaba sufriendo por sus sueños y temores, sino que también por ella. Porqué ante la perspectiva de él, el corazón de Mimi nunca sería suyo.
¿Qué cosas, no?
Lo malo de la perspectiva es que se facilita de lejos.
::
Notas de la autora.
:D
Oh sí, oh sí, Gravi ha vuelto a las andadas (?)! HAHA, creo que estas vacaciones sí que les traeré un capítulo cada viernes ;D! A pesar de que me distraigo en otras cosas fácilmente, me estoy esforzando por escribir, escribir y escribir, ya no quiero atrasarme nunca más :B (?). Pero bueno, punto entendido, ahora pasemos al capítulo, que espero les haya gustado.
Hmmm, ya tenía más o menos planeado en mi cabeza cómo quería que sucedieran los hechos, aunque conforme iba escribiendo salía más drama xD... y déjenme les digo que la parte de Mimi y Matt la iba a dejar para el próximo capítulo, pero osh, luego hasta yo los extraño. Y NO, que hayan aclarado un poco las cosas no significa que estén reconciliados, por lo menos no por completo XD, Yama aún se está guardando cosas y le esperan pruebas difíciles.
OH, y espero que ya haya quedado claro que Yamato NO dejó la academia por haber visto a Mimi y a Tai besándose XD! Creo que muchos se quedaron con la idea de que se fue porque tenía roto el corazón y no es así. Él dejo YG porque todo se le vino encima de golpe y no sabe que hacer con respecto a sus temores. Claro que el asunto de Mimi también influyó, pero él ya no la culpa de todo, solamente la quiere lejos para evitarse más sufrimiento.
¿Y qué más? AH, pues ya vieron cuál fue la decisión final de Mimi sobre su debut, después igual y explico su manera de pensar un poco más. También está el hecho de que Joe regresó a la Academia YG, dejando boquiabierto al director Yano (a quien tanto queremos ~). Uhm, y oh, Takeru habló con su Yama y bueno, eso es importante en su crecimiento como hermanos :)! Y ah, pudieron ver los últimos resquicios de Michi por ahí ~ huhuhu.
¡Para el próximo capítulo habrá Takari y un poquito de Taiora! Y obviamente sucederán más cosas XD... pero no spoilers (:
Y ASDF. Les agradezco de todo corazón sus reviews, créanme que ustedes me suben los ánimos con todas sus palabras de aliento y apoyo. OW, no tienen idea de cuantas sonrisas (y risas) me sacan, son un amorsh, gracias, GRACIAS. Ya les contesté a todos. Les mando un súper abrazo.
Y antes de irme, les quiero desear una MUY Feliz Navidad. Espero que se la pasen muy bonito con todos sus seres queridos y que Santa les traiga muchos regalitos :D! ¡Los quiero! Merry Christmas! ~ Por cierto, si lo acabo, mañana subo un OS navideño, para que le den una leída, es mi regalito de Navidad.
Atto. Rolling Girl
aka: Gravi ~
RR's sin cuenta:
Ukime: Pues primero quisiera ver que página es esa, como dije, no conozco otra de fics y me gustaría ver, hehe. Agradezco muchísimo que quieras ayudarme, eres un amor :'D! Y muchas gracias también por escribirme. OH SÍ, arriba el Mimato.
Rach: HAHAHA, ya ves, al final Sora hizo trampa XD, no muchos lo esperaban. Y sí, Takeru es un hermoso, ya se está componiendo (?). Y OW, haha, yo siempre he sentido que mis capítulos son MUY largos, cuando publique mi nuevo fic serán más cortitos, pero en este ya no, ya que todos tienen el mismo promedio de palabras :D! Te agradezco todas tus bonitas palabras de apoyo, mil gracias por leerme y por tu RR! Un beso!
