Disclaimer: Ninguno de los personajes de Fullmetal Alchemist me pertenece.
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¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Bueno, como siempre, y como prometí, acá les traigo el que vendría a ser el último capítulo de esta historia, dado que luego de ésto solo queda el epílogo. He disfrutado mucho escribirla, y espero que ustedes hayan podido disfrutarla en cierta forma también. Y, como no puedo estar mucho tiempo apartada de esto, y odio el sarcástico hotmail diciéndome "¿Sabías que puedes recibir mensajes?" (no, por supuesto que no, abrí una cuenta en Hotmail porque quería verla vacía todos los días) cuendo no tengo mails, decidí que voy a volver con otra historia Royai (!). No puedo evitarlo, y mi hermana me odia por ello, pero soy adicta a la pareja y mi inspiración (si es que tengo algo así) está de momento completamente abocada a esto. Así que lo haré. No sé cuando puede empezar a subirla, eso si, pero estoy (como se diría en mi país) metiéndole pata (esforzándome) para hacerlo lo antes posible. Asi que ya saben, si a alguien le interesa... Habrá otra. Pero, mientras tanto, quisiera agradecerles a todos los que siguieron esta historia. ¡Gracias!
De verdad. A todos los lectores y especialmente a: Rukia Kurosaki-chan (aww... tus palabras me parecieron de los más tiernas, ¡gracias, de verdad! En cuanto a la relación de ellos, tienes razón. Son equilibrados. Por eso encajan tan bien =)), Sangito, Inma, HoneyHawkeye (que descanses =) y me alegra mucho que te haya gustado ¡gracias!), Andyhaikufma (¡gracias! Y si, es cierto que ya no podrán volver a la rutina. En cuanto al capítulo de mi fic ser tu regalo... Me alegro. Yo no creo que reciba u.u Mis "reyes magos" privados creen que estoy muy grande y se hacen los tontos con lo de los regalos. Les voy a poner zapatos -eso es lo que hacemos aquí, no se si allá será igual, ya que es donde los reyes ponen los regalos- en la puerta de su cuarto y hasta arriba de su cama si es necesario. Y, como dije, trataré de terminar el nuevo lo antes posble ¡Gracias por todo!), laura-eli89 (qué bueno que te haya gustado. Y si, obviamente sigue de buen humor. En cuanto a Madame, podía imaginármela haciendo esa clase de comentarios. Se ve que es una mujer bastante áspera y directa, especialmente con Roy =P), fandita-eromena (XD estoy de acuerdo, debe haberse querido morir cuando empezó a dudar y se dio cuenta que era posible. Y no, esas bromas no son nadas graciosas u.u), mariana garcia (qué bueno que consideres el capítulo este y el epílogo un regalo de reyes. Aquí también se celebra, aunque en vez de hacer cartita -nosotros le hacemos caritita a papá noel- dejamos pasto y agua -para los camellos en los que vienen los reyes, que vienen cansados y sedientos- y los zapatos para que dejen los regalos dentro de éstos o al lado. Igual, mi "reyes magos" también consideran que estoy grande y se hacen los tontos con el regalo. pero de todas formas tengo fe =D Pero en serio, me alegra mucho que te haya gustado el capítulo), Lucia991, inowe, Akamaruwolf323 (cada vez que veo uno de tus comentarios, no se que esperar. Y después termino matándome de risa. XD Me imaginé a Riza al mejor estilo Lan Fan y me causó gracias. En cuanto a Madame Christmas, tengo la misma impresión que tu, y lo mismo con las empleadas del bar, quizá eso se vea mejor en mi próximo fic ;). En cuanto a lo del embarazo, yo tendía a pensar lo mismo, pero descubrí que se puede hacer, sin que se torne denso. De hecho, generalmente corto mis fics en el punto en que los personajes se juntan, porque ya después me parece denso =P Pero experimentando se aprende. Lo descubrí escribiendo mis historias y leyendo otras tantas =D), Arrimitiluki, Darkrukia4, pilar, Desahogada (ah, no sabes lo feliz que me hace que te haya gustado tanto el capítulo anterior, y este también. Si, es cierto todo lo que dices sobre ellos u.u. En cuanto a Rebecca usando a Black Hayate, obviamente lo saca a pasear con la excusa de cruzarse con un hombre que tenga también perro y ponerse a hablar. Por alguna razón, la gente con perro tiende a sociabilizar en los parques con los otros que tienen perros. Son como un grupo o una secta =P. Respecto a lo de la canción. Si me encantó. Y debemos estar conectadas porque cuando me sugeriste a Adele justo estaba escuchando Ser fire to the rain. No conozco demasiaod más de esa y Rolling in the deep, que me la mostró mi hermana, pero la primera llevo escuchándola días sin cansarme y es de hecho mi música inspiración para el nueov fic Royai que estoy escribiendo =) Yo también extraño los días en que esperaba nuevos episodios de FMA), Alexandra-Ayanami, Haru D'Elric, Beli y Kisame Hoshikagi. Por sus amables reviews a lo largo de toda la historia, por alentarme y animarme a seguir escribiendo y mejorar. Y por haberme hecho llegar su opinión aún a pesar de que fue nochebuena, navidad, fin de año y año nuevo y seguramente tuvieron muchas cosas que hacer. ¡Muchísimas gracias! A todos.
Gracias a todos. ¡Nos vemos y besitos!
Cosas que dejamos atrás
XXV
"Hasta el final de mis días"
La semana siguiente a su regreso transcurrió tan dolorosamente lenta que Roy empezaba a encontrar la rutina intolerable. Hawkeye seguía a dos pasos de su alcance, como siempre, 63 centímetros había contado en su cabeza, dentro de su rango de alcance, y aún así continuaba estando tan insufriblemente fuera del mismo que empezaba a enloquecerlo. Y a aquellas alturas comenzaba a contemplarlo todo, y cuando decía todo se refería a todo realmente. Desde simplemente extender la mano y establecer un discreto contacto físico ajeno a los ojos de sus demás subordinados (que seguramente ella no aprobaría, no en el cuartel general), hasta saltarle encima como un león al acecho y mandar al demonio todo. Leyes de fraternización incluidas. Sin embargo, había un problema con la segunda opción. Roy Mustang no tenía intenciones de terminar el día en un funeral militar, el suyo propio, y eso sería lo que sucedía si él llegaba a hacer algo así y ella le propiciaba una efectiva bala entre ceja y ceja (si tenía suerte, y no apuntaba más abajo, más al sur) por desacato.
Así que simplemente había optado por hundirse más en su asiento –miserablemente, también- y observarla desde detrás de las torres de papeleo que cubrían la mayor parte de su escritorio. Mientras ella permanecía completamente ajena a sus –quizá no tan discretas- observaciones. O, más posiblemente, pretendía serlo. De todas formas, no importaba. No a aquellas alturas. Si Hawkeye estaba al tanto de que estaba posponiendo su trabajo y procrastinando por memorizarse cada línea del rostro de ella, cuello, hombros y para memorizar también los calmos y constantes movimientos de sus largos y esbeltos dedos, no lo anotició. Así como tampoco se tomó el tiempo o la molestia de recordarle que todos esos –documentos, condenados documentos inservibles- debían estar listos para el final del día. Algunos con fecha de mañana a primera hora, también.
Pero no, su teniente primera continuaba trabajando diligentemente como siempre. Como si nada hubiera cambiado en el rango de los últimos días. Como si no hubiera habido ni siquiera una conducta fuera de lugar entre ambos. De hecho, actuaba tan condenadamente normal que Mustang empezaba a irritarse. Seguro, no esperaba que Hawkeye fuera a actuar como las jóvenes enamoradizas con que solía salir (la sola idea no solo le resultaba irrisoria sino que particularmente perturbadora también) , pero una mirada significativa, discreta y fuera de lugar no mataría a su orgulloso ego. Ni pondría en riesgo su ambición por tan solo mirarlo un segundo más del realmente necesario.
Y aún así, nada. De hecho, no recordaba cuándo había sido la última vez que había fijado su vista en él, así fuera por meras cuestiones de trabajo y profesionalidad. ¿Quizá cuando le había dejado los papeles sobre el escritorio? No, ese había sido Breda. Suspiró. ¿Cuándo le había dicho que esos eran para hoy? No, ese había sido también Breda, que se lo había recordado cuando la teniente primera se había ausentado por unos minutos de la oficina, con una clara expresión severa en su rostro, para entregar los informes al mayor general Hakuro. De hecho, y ahora que lo pensaba detenidamente, ¿siquiera se había dignado a dedicar una mirada en su dirección? Porque no podía recordarlo, no realmente. Bufó, reclinándose en el asiento y cruzándose de brazos.
—Coronel, por favor comience a trabajar. Esos deben ser entregados al final del día —lo amonestó, con calma severidad. Pero sin alzar la mirada de su propio trabajo.
Roy enderezándose, molesto, tomó un papel y lo colocó con mayor fuerza de la realmente necesaria delante suyo. Encorvándose sobre este con una pluma en mano. Sin embargo, tras leer las primeras tres palabras del título, se quedó en blanco. ¿Por qué demonios Hawkeye no lo miraba? ¿Acaso pretendía enterrar el asunto y continuar como lo habían estado haciendo hasta entonces? Conociéndola, probablemente tal era el caso. Pero su teniente primera siempre había sido paciente, y el autocontrol que ejercitaba día a día parecía salirle tan naturalmente que era incluso frustrante. Él no era tan paciente –podía serlo, cuando la situación lo requería, pero no ahora- y ciertamente no podía retomar las cosas como ella parecía haberlo hecho sin el menor inconveniente.
Con todo, parecía incluso más distante y profesional que antes. O quizá era él, que se estaba volviendo codicioso respecto a ella. Pero no podía evitarlo, no realmente. Respecto a Hawkeye, admitía, siempre lo había sido: codicioso y egoísta. Y aún cuando eso había resultado en un inconveniente las más de las veces (para ambos y especialmente para ella), no podía dar un paso al costado. Liberarla de su persona, de su comando, y de cualquier otro tipo de poder que pudiera ejercer sobre ella. Porque la sola idea de no tenerla consigo, a su lado, un paso más atrás, le hacía sentirse completamente débil y desprovisto. Sin ella, se sentía un blanco fácil.
Y se odiaba, en ocasiones, porque la hacía a ella un blanco fácil. Un atajo, para llegar a él y poder dominarlo. Y sabía que la sola idea de ser usada contra él, como había sucedido con Bradley, la mataba. No solo eso, sino que ponía en riesgo su propio bienestar y su propia vida. Y, aún así, no podía dejarla ir. Y ella no parecía dispuesta a apartarse tampoco. Lo sabía, porque se lo había dicho: que no se iría y que no dejaría de cuidar su espalda, hasta ver que hubiera completado su tan ansiado objetivo. Hasta entonces, permanecería a su lado, así le costara su felicidad, y su vida. De una forma u otra, el precio a pagar era siempre alto. Demasiado alto. El de él era ella. Y ya lo había pagado por demasiado tiempo.
Se puso de pie, de golpe, con ambas manos cerradas en puños sobre el escritorio, atrayendo las miradas de todos sus subordinados. Sin embargo, al ver la expresión curiosa de ella, con la boca en una línea, ambas cejas enarcadas y las comisuras ligeramente curvadas hacia abajo, se sentó lentamente una vez más, sin apartar sus ojos de los burdeos de Hawkeye. Por favor, compórtese, coronel. Asintió, más para sí, y se dejó caer en la silla, con la cabeza hacia atrás y la mano cubriéndole el rostro.
Fuery fue el primero en hablar. Su voz amable y preocupada como era propio de su siempre gentil persona —Umm... Coronel, ¿se siente bien? ¿Le duele la cabeza? Si quiere puedo buscar una aspirina del botiquín.
Havoc lo observó también —Eso jefe, no te ves muy bien.
Roy soltó un bufido —No, está bien, sargento. Gracias, de todas formas —apartándose la mano del rostro y observando el techo con expresión vacante. ¿En qué demonios estaba pensando? ¿Actuando como lo hacían habitualmente las mujeres que él despechaba? Después de todo, él había afirmado ser perfectamente capaz de separar su vida privada de su trabajo. Lo había hecho cuando Hughes había sido asesinado, y habían comenzado la investigación de su muerte, y ella había asentido, creyendo que tal era el caso. Y ahora... ahora estaba fallando estrepitosamente, con ella. Su teniente primera había dejado autoritariamente en claro que aquello era y sería una excepción, no una regla. Y nada más. Una ocasión. Un lujo que no podrían volver a darse, y él había aceptado los términos siendo un absoluto conocedor y comprendedor de éstos. La había aceptado, por una noche, y se había tomado el tiempo para disfrutar su compañía en la forma en que sabía no podía hacerlo habitualmente. En la forma en que llevaba deseando por demasiado tiempo. La había besado, en cada cicatriz y curva y línea de su cuerpo sin el menor reparo o arrepentimiento y lo había hecho con sumo cuidado y –si debía usar la palabra- afecto.
Y a cambio, había podido tenerla para sí, por unas horas. Con las defensas bajas como únicamente solía bajarlas con él y en su presencia. La había tenido para sí, sabiendo que nada podría ocurrirle en aquellas horas, mientras la tuviera en su inmediata vista. Y ni siquiera quería comenzar a recordar la vista... porque no creía que su memoria fuera a hacerle justicia. Y porque, ciertamente, aquel no era el lugar y el momento para hacer aquello, evidentemente.
Aclarándose la garganta, con la vista de ella clavada aún en él –que lo miraba con una ceja enarcada-, bajó la cabeza al papel que previamente había intentado leer. Y tomó la pluma entre sus dedos, pero sólo la dejó reposar allí, sin realmente usarla. Sus ojos negros deslizándose sin consentimiento real de él hacia Hawkeye una vez más. Al verla alzar la mano distraída, en un gesto inconsciente de parte de ella, Roy curvó sus labios, satisfecho, viéndola pasarse los dedos por donde él sabía, debajo, se encontraba la marca que él mismo había puesto allí. No una cicatriz, como todas las que había puesto en su cuerpo pues parecía lo único que podía hacer, sino un pequeña y perfectamente redonda mancha morada. Como una mancha de tinta sobre un papel completamente blanco. Algo nimio, aunque Riza no acordaría con él respecto a esto. Y a él no podía importarle menos. Se sentía complacido de haberlo hecho.
Tensando los dedos, percatándose de la distraída inspección silenciosa, su teniente primera bajó la mano, posándola firmemente sobre el escritorio. Y frunció el entrecejo, claramente descontenta con el resultado, y la existencia de dicha marca en su cuello. Roy, rápidamente, retomó su trabajo, sonriendo de forma arrogante. No obstante, al parecer, no fue lo suficientemente rápido, dado que ella se percató de que había estado observándola.
Le dedicó una mirada de reprobación, a pesar de que él continuaba sonriendo ufanamente —Coronel, regrese a trabajar —y negó con la cabeza, retomando su propio trabajo. Sin embargo, la tensión en sus hombros no había desaparecido. Y no lo hizo por el resto de la mañana.
Cuando llegó la hora del almuerzo, todos se pusieron de pie, salvo él mismo y Hawkeye, quien continuaba trabajando en un informe calmamente. Havoc, al ver esto, se volvió a su superior —Jefe, ¿no vendrás?
Roy negó con la cabeza, examinando el papel delante suyo. Sólo había trabajado en unos pocos, y a aquel paso terminaría pasando la noche en el cuartel, si Hawkeye no lo mataba primero. Y ciertamente la idea le parecía todo menos atractiva. De hecho, ambas eran terriblemente malas perspectivas —No, tengo demasiado trabajo que hacer.
El rubio asintió, volviéndose esta vez a única oficial femenina del equipo de Mustang —¿Hawkeye?
Pero la rubia sólo negó con la cabeza también, calmamente —Quisiera terminar estos, dado que la fecha de entrega es hoy, teniente Havoc. Además, el fichero se encuentra desorganizado desde que el suboficial Falman fue transferido a Briggs.
Breda asintió, cruzándose de brazos —Cierto, Falman se encargaba de todo eso —el sargento Fuery asintió, secundándolo. Y tras excusarse de sus superiores, los tres se marcharon en dirección al comedor (la voz de Breda anunciando qué ordenaría, aún oyéndose desde el corredor). Soltando un calmo suspiro, Hawkeye volvió a bajar la vista al documento sobre su escritorio. Sólo para percatarse de la ausencia de sonido en toda la oficina, cuando en realidad debería oírse el irregular rasguñar de la punta de una pluma sobre el papel. Deteniendo su propio trazo, separó a duras penas la punta de la hoja, alzando la mirada a su superior.
—Coronel, ¿acaso sucede algo por lo que no se encuentre trabajando? —inquirió, severa.
Roy dejó la pluma sobre el escritorio, para exasperación de Hawkeye, quien había pretendido lograr el efecto opuesto —Sinceramente, teniente, encuentro muy dificultoso el concentrarme el día de hoy.
Riza espiró pacientemente —Igual que el día de ayer, coronel. Y el anterior —señaló, con precisa exactitud.
—¿Acaso está llevando la cuenta, teniente? —inquirió, curioso, con una ceja enarcada.
Hawkeye negó con la cabeza —Sólo cuando mi superior no deja de observarme lascivamente, coronel.
Él torció el gesto —En mi defensa, teniente, no usaría la palabra "lascivamente". Más bien la estaba admirando artística y objetivamente. Y tampoco puede culparme.
La joven teniente primera enarcó una ceja —No sabía que dibujara, coronel, exceptuando los pobremente dibujados garabatos de Black Hayate que suele hacer en los márgenes de documentos militares —ácido sarcasmo en sus palabras—. Y me temo que no es excusa para no realizar su trabajo apropiadamente.
—¿Acaso siempre insulta las habilidades artísticas de un hombre cuando éste la cumplimenta, teniente? —inquirió, entretenido.
Resignada, dejó su propia pluma sobre el escritorio —Con todo respeto, coronel, sus intentos de cumplidos son tan pobres como sus intentos de dibujos. Y me temo que me veo obligada a hacerlo, cuando dicho hombre falla en realizar su trabajo.
—¿Entonces es una cuestión de calidad, teniente? —presionó, con una sonrisa arrogante en los labios, ignorando deliberadamente la parte relacionada a su ética de trabajo.
Hawkeye frunció el entrecejo —Estoy segura que no afirmé tal cosa, coronel. Simplemente establecía que debería estar trabajando y no dedicando sus horas de trabajo a observarme de forma inapropiada. Realizaría mejor su trabajo si lo hiciera —lo amonestó.
—¿Usted podría concentrarse si tuviera a un hombre atractivo delante suyo, teniente?
—Sin ánimos de ofender, coronel. Trabajo con cuatro hombres y no me ve observando a ninguno lascivamente cuando debería estar realizando mi trabajo —rebatió, estricta, volviendo a tomar la pluma entre sus largos dedos.
—Pero es considerablemente distinto —objetó.
—No veo cómo —debatió, con calma. Intentando retomar la concentración para realizar su trabajo. Sin embargo, la voz de él volvió a hacerse oír.
—No durmió con nadie más salvo conmigo, teniente.
Riza no se inmutó. No realmente sorprendida de la seguridad y certeza con que su superior hablaba, casi arrogantemente. Casi ufanamente. Bajando la vista al papel, negó calmamente con la cabeza. Voz neutral, controlada —No que usted sepa, coronel —no sonrió, ni siquiera curvó las comisuras levemente hacia arriba, ni vaciló a la hora de hablar, sino que permaneció estoica e inexorable. Eso haría el trabajo—. Ahora regrese a trabajar, por favor.
La pluma que Roy había vuelto a sujetar, se resbaló de entre sus dedos y cayó sonoramente sobre la superficie de su escritorio, resonando en toda la extensión de la oficina vacía. Con expresión de ligera curiosidad, Hawkeye alzó la mirada. Aún sin manifestar nada, salvo seriedad y profesionalidad. Su superior parecía completamente descolocado —Coronel, estoy segura que necesitará esa pluma para realizar su trabajo —señaló, con calma. El alquimista de la flama permaneció en silencio por un segundo.
Y, finalmente, se puso de pie, tal y como había hecho con anterioridad. Ambas palmas sobre el escritorio. Expresión terriblemente seria —Con quien durmió, teniente. Le ordeno que me responda.
Riza enarcó una ceja, negando con la cabeza —Con todo respeto, coronel, no puede ordenarme hablar de mi vida privada.
—¿Acaso desobedecerá una orden directa, teniente? Los cargos de insubordinación son altamente sancionados por la milicia y puede incluso recibir una corte marcial.
—No soy Acero, coronel. Así que apreciaría que no use la amenaza de corte marcial en mi contra —respondió, aún estoica, volviendo la vista al informe aún sin tocar delante suyo.
No lo negaría. Encontraba sumamente curiosa la reacción del coronel. Especialmente cuando éste se jactaba constantemente de ser un hombre en absoluto celoso respecto a las mujeres. Algo que constantemente restregaba en el rostro del teniente segundo Havoc cuando éste acababa de ser dejado por una mujer por culpa de su superior. Además, no podía herirle que alguien le desinflara un poco el ego. Y Hawkeye había tomado ésta última como misión personal, en el último tiempo. Dado que nadie más parecía capaz o dispuesto a hacerlo. Y a Amestris ciertamente podría venirle bien un hombre algo más modesto que el último Fuhrer. Por otro lado, no podía concebir que su superior fuera a creer algo semejante, pero suponía que no estaba pensando con claridad, como ocasionalmente sucedía en lo referente a ella.
—Usaré el recurso que deba para que me responda, teniente —voz demandante—. Y luego me aseguraré de incinerar a quien-
Suspiró —Estoy segura que no será necesario, coronel. Y quizá deba recordar que no le sobran subordinados leales para andar incendiándolos.
El alquimista de la flama se detuvo en seco, como si súbitamente hubiera tenido una epifanía o revelación, y se sintiera sumamente idiota tras deducir lo alevosamente obvio. Ésta era Hawkeye, de la que estaba hablando, la soldado perfecta y habilidosa francotiradora que se atenía al código de honor de la milicia y a las leyes y reglamentaciones de la misma estrictamente (cuando no era imperioso no hacerlo, evidentemente). La que había compartido con él la locura de la guerra y aceptado seguirlo hasta el infierno mismo. La que había afirmado que cuidaría su espalda y vigilaría que no se desviara de su honrado camino. Y la que implícitamente y de forma indirecta le había jurado eterna devoción y lealtad aún a costa de su propia vida. Y, por supuesto, la que claramente no arriesgaría su posición en la milicia por un superfluo idilio con uno de sus propios subordinados, a los que no veía más que como camaradas del ejército. Repentinamente, se sintió como un completo idiota. Algo que ella le recordaba a menudo. Quizá lo fuera, realmente.
Con pesadez, se dejó caer en su asiento una vez más. Aclarándose la garganta —Ciertamente, teniente. Nunca lo dudé.
La expresión de ella se suavizó y una tenue y sutil sonrisa apareció en sus labios —Eso pareció, coronel —mientras negaba calmamente con la cabeza.
Frunciendo el entrecejo —Admito que no fue mi mayor momento de lucidez —objetó.
—Evidentemente, coronel —replicó, con igual calma. Aún ligeramente entretenida—. Y parece que tiene varios de esos, ocasionalmente. Especialmente en el último tiempo.
—Tiene un cruel sentido del humor, teniente —señaló, ligeramente fastidiado. Pasando por alto deliberadamente el último comentario.
Riza simplemente permaneció con la calma y tenue sonrisa en los labios —Eso me han dicho, coronel.
Recordando casi súbitamente un comentario que ella le había hecho en una ocasión, cuando él había hecho alusión a los sonidos fingidos que habían realizado para fastidiar a sus curiosos subordinados, frunció el entrecejo: Con todo respeto, coronel. Yo también he tenido mi cuota equitativa de práctica —Lo que me recuerda, teniente. ¿Exactamente con cuántos hombres durmió?
Hawkeye alzó la cabeza, clara señal de advertencia y reprobación en su severa mirada —Me temo que eso no es asunto suyo, coronel. Ahora regrese a trabajar por favor.
—¿Es una lista corta, mediana, larga? —inquirió, ignorando también su orden de que regresara a trabajar.
La teniente primera cerró los ojos con suma paciencia —Depende de sus parámetros, coronel. Y, como afirmé, no es asunto suyo. Así como me temo que no es apropiado tampoco. No me ve cuestionándolo sobre sus conquistas.
Roy sonrió arrogantemente —¿Quiere saber, teniente?
—No, coronel. Estoy segura que no tengo los menores deseos de saber con cuántas mujeres durmió —replicó, mordazmente—. Específicamente cuando afirmé que no es asunto mío tampoco.
—No tengo el menor inconveniente en revelárselo, teniente primera, si realmente lo desea saber —la sonrisa de satisfacción ampliándose un poco más en su atractivo rostro. Su mentón descansando sobre sus manos entrelazadas. Codos sobre el escritorio.
—No lo dudo —retrucó, exhalando larga y tendidamente—. Pero absténgase, por favor. Como dije, no tengo el menor interés en saber dicha información.
—¿Ni siquiera si le dijera que fue la única?
—Sé perfectamente que tal no es el caso, coronel, así que apreciaría que no me mintiera directamente a la cara. Y me temo que no. Incluso entonces, coronel, no me interesa.
—Bien. Admito que no es cierto, teniente.
—No me diga, coronel —retrucó, cínicamente. Sin alzar la mirada de su trabajo, que acababa finalmente de retomar.
—Aún así —prosiguió—, puedo asegurar que fue la única significativa, teniente.
—Es bueno saberlo, coronel. Repentinamente me siento mejor —replicó, con igual acidez y sarcasmo en su tono.
—¿Se arrepiente, teniente? —inquirió, perdiendo la sonrisa.
Dejando la pluma una vez más, espiró, alzando la mirada a su superior. Expresión seria —No, coronel. Pero me temo que comenzaré a hacerlo si no cesa de traer el tema a colación. Como dije, fue una concesión de una sola vez. Y no volverá a repetirse.
—¿Ni siquiera...?
—No, coronel. Ni siquiera entonces —repitió, tajante. Tomando la pluma nuevamente entre sus dedos y acercando la punta de la misma al papel. Sin embargo, la voz de él la detuvo antes de ser capaz de posarla y dibujar aunque fuera un simple trazo.
—¿Es decir que me usó, teniente? —dijo, fingiendo sentirse herido y con su ego ampliamente magullado. No era del todo mentira, por otro lado. Su ego sí había recibido un buen golpe, pero era una fortuna que estuviera acostumbrado a recibirlos de su teniente primera.
Hawkeye inhaló tratando de armarse de mayor paciencia. Su superior no parecía dispuesto a dejar la temática en paz, y pronto estarían regresando los tenientes segundos Breda y Havoc y el sargento mayor Fuery —Está siendo melodramático, coronel. Pero si lo prefiere, siéntase libre de interpretarlo de esa forma.
Las comisuras de sus labios se curvaron en una arrogante sonrisa. No lo negaría, encontraba particular placer en presionar sus botones y trabajar todos y cada uno de sus nervios. Especialmente considerando que era uno de los pocos capaz de enervar a su estoica teniente primera —Es una mujer cruel, teniente, ¿no es así?
—¿Eso cree, coronel? —inquirió, con calma—. ¿No sería cruel continuar usándolo para mi propio placer y luego dejarlo abandonado como todas esas mujeres con que usted suele salir?
Él no se inmutó —¿Es esa una opción, teniente? Porque admito que tiene mi consentimiento para hacerlo.
Finalmente se puso de pie —No, coronel, no lo es —aseguró, firme y severamente—. Y por favor deje de hacer comentarios de esa naturaleza. Con su permiso, me retiraré al campo de tiro.
—No le di mi permiso, teniente —sonrió. Pero ella ya se encontraba bajo el marco de la puerta y de espaldas a él, sujetando el pomo en su mano derecha.
—Espero que haya terminado su trabajo para cuando regrese, coronel. Buenas tardes —y, sin decir más, cerró la puerta de un portazo. Respirando aliviada una vez se encontró afuera. Con paso firme, comenzó a caminar en dirección al campo de tiro. Necesitaba pulir su puntería, dado que no había tenido oportunidad de practicar desde que habían regresado al cuartel y de ésta dependía la vida de su superior. Y llevaba demasiado tiempo sin hacerlo. Además, necesitaba soltar algo de vapor y alivianar la presión, o terminaría explotando inadecuadamente y posiblemente con la persona equivocada también. Algo que claramente no era aceptable. Menos aún estando de servicio.
Tomando su propio rifle de su casillero en los vestidores para oficiales femeninas, retomó su camino hacia el campo de tiro. No sorprendiéndose realmente de ver a Rebecca ya allí, ocupando uno de los cubículos. Posicionándose en el de al lado, sin decir nada –dado que no estaba realmente de humor-, alzó el arma y apuntó. Jalando el gatillo casi al instante. ¡Bang! Y observando el pequeño agujero en el centro de la cabeza del blanco, allí donde la bala lo había perforado, y el casi imperceptible humo blanco saliendo de éste. Alzándola una segunda vez, volvió a disparar. Y otra vez. Inhaló, descendiendo el rifle.
—¡Woah! ¿Quién te puso de ese humor? Déjame adivinar: el coronel —sonrió, observando a su rubia amiga.
Riza tensó la línea de la mandíbula, apuntó y jaló el gatillo. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! Bajó el arma —No sé de qué hablas, Rebecca —replicó, secamente. Sin apartar la vista del blanco.
La morena dejó su propio rifle y se cruzó de brazos, enarcando una ceja —Oh vamos. Sólo hay dos personas en el mundo que logran irritarte. Y dado que estoy aquí y no hablamos en todo el día, es seguro asumir que el coronel hizo algo para exasperarte de esta forma.
Negó con la cabeza, descendiendo el rifle y calibrando la mira. Su tiro estaba algo desviado —El coronel no hizo nada —aseveró, firme. Pero Rebecca la conocía demasiado bien como para no percibir el tono de exasperación subyacente de la rubia.
—¿Y ese es el problema? —inquirió, familiarizada también con la costumbre del superior de su amiga de no realizar su trabajo en tiempo y forma. Tal y como el actual Fuhrer Grumman solía hacer cuando había sido el superior de ella. De hecho, era casi un patrón. Uno que le irritaba—. ¡Cielos!, ¿acaso no hay un hombre que sepa hacer su trabajo como corresponde? O son todos holgazanes o unos buenos para nada.
Riza alzó el rifle, tiró del cerrojo con su mano derecha y jaló el gatillo. Una y otra vez. Llenando de agujeros el blanco, todos y cada uno en los puntos vitales. Rebecca observó el papel con la silueta dibujada de un hombre con una ceja enarcada —Vaya, esta vez sí te hizo enfadar.
—El coronel es un irresponsable —declaró, finalmente, severa. Aunque no realmente para Rebecca, notó la morena, sino para sí misma—. Poniendo en riesgo su ambición innecesariamente...
—Asumo que ya no estamos hablando de papeleo... —musitó, observando la tensión en la mandíbula de la rubia francotiradora y la rigidez de la forma de sus hombros bajo su uniforme y la forma en que presionaba la boca en una línea tirante. Sus ojos clavados en el blanco—. ¿Es por esa marca que te dejó en el cuello? ¡Oh, vamos Riza! Es solo un chup...
Hawkeye se detuvo en seco, dedo congelado en el acto de jalar el gatillo pero sin hacerlo. Su cuerpo se tornó rígido, y con extrema caución descendió el arma entre sus manos. Expresión lo más estoica posible —Me temo que no sé de qué hablas, teniente Catalina.
Rebecca sonrió —Seguro que no, teniente Hawkeye. No te molestes, Havoc me dijo.
Riza enarcó una ceja peligrosamente —¿Y exactamente qué te dijo el teniente segundo Havoc?
—A-Ah... Sólo una suposición suya de que tú y... Y la marca en tu cuello que vi en los vestuarios me lo confirmó —sonrió, complacida—. Eres toda una zorra, teniente Hawkeye.
Frunció el entrecejo —Apreciaría, teniente Catalina, que te abstuvieras de realizar conjeturas sobre mí y el coronel con el teniente Havoc durante sus momentos de fraternización. Así como apreciaría que no vuelvas a designarme de esa forma.
Rebecca ignoró deliberadamente el tono tajante y severo de su amiga y la sutil amenaza subyacente —¿Entonces es cierto? —la sonrisa ampliándose un poco más—. ¿Dormiste de nuevo con él?
Perdiendo la paciencia, soltó un bufido, y se acomodó el rifle contra el hombro —Me temo que debo regresar a la oficina. El coronel no realizará su trabajo si no hay alguien vigilándolo.
La sonrisa de la morena no parecía querer desaparecer. Si Riza pudiera, se la borraría de un certero disparo. Pero era obvio que jamás haría algo de esa naturaleza. Y por irritable que pudiera ser Rebecca en ocasiones (que abarcaban la mayoría de las veces), no dejaba de ser su amiga de la academia —¿Ese es el código, teniente Hawkeye, para clandestino sexo de oficina?
—Estoy segura que fui perfectamente clara, Rebecca, cuando dije "trabajo". Y no, así que apreciaría que te abstuvieras de continuar instigándome.
—Oh, vamos. ¿Ni siquiera me dirás un pequeño detalle? ¿Qué clase de amiga eres? No me presentas un buen macho, no me cuentas nada...
—Del tipo que prefiere mantener su vida privada de esa forma, teniente Catalina —y, sin decir más, dio media vuelta. No sin antes detenerse y aclarar—. Además, pensé que sólo necesitabas uno y estoy segura que el teniente segundo Havoc cumple más que satisfactoriamente esa tarea. Buenas tardes.
Sin embargo, su intento de soltar vapor había resultado en exactamente lo opuesto y ahora se sentía aún más frustrada que antes. Entre el coronel, su pobre ética de trabajo, su constante renuencia a realizar sus obligaciones burocráticos y los constantes comentarios de naturaleza inapropiada y Rebecca, aún más inapropiada que el coronel, sólo había logrado sulfurarse aún más. Y ahora debía regresar a la oficina, y a realizar su propio trabajo, el cual había quedado sin concluir, sobre su escritorio, debido a la constante distracción que había resultado su superior y encima debía hacerlo todo con un punzante dolor de cabeza. De hecho, y en aquellos momentos, sólo deseaba marcharse a su casa, quitarse el uniforme y beber una humeante taza de té con Black Hayate aovillado a sus pies o a su lado. Estaba cansada, y no tenía los menores deseos de trabajar con cuatro hombres militares negligentes y uno especialmente más trabajoso que el resto por las dos horas restantes. Pero sólo le quedaba eso, dos horas de trabajo, y podría regresar a su silencioso apartamento. Algo que estaba ansiando desesperadamente.
Cuando abrió la puerta de la oficina, no se sorprendió de ver –no realmente- a Breda jugando al Shogi con el teniente segundo Havoc y a Fuery observando la partida con curiosidad. Mientras que su superior se encontraba recostado contra el respaldar de su silla, con una mano tras la cabeza y balanceando perezosamente la pluma en los dedos de la otra, delante de sus ojos. Al oír el ruido de la puerta abrirse, no obstante, Fuery se enderezó, acomodándose los lentes con expresión de vergüenza. Y su superior se incorporó rápidamente también, dejando caer por accidente la pluma de entre sus dedos. Havoc, que permanecía de frente a la puerta, palideció. Y aunque no pudo ver la expresión del teniente segundo Breda, supo que claramente había comprendido que ella había regresado a la habitación. Suspirando, negó con la cabeza y se dirigió en silencio a su escritorio. Hoy no. Simplemente estaba demasiado cansada y sulfurada para amonestarlos por no encontrarse realizando su trabajo.
Tomando su propia pluma, aún en completo silencio, se dispuso a retomar el informe que había estado detallando hasta entonces. Conciente, por supuesto, de las miradas de todos sobre su persona. El primero en hablar fue el joven sargento mayor. Que, debido a su amable personalidad, se vio compelido a disculparse. Especialmente porque al parecer, la ausencia de amonestación, había surgido un mayor efecto que cualquier reprensión que pudiera haber dirigido en su dirección —A-Ah... Lo lamentamos, teniente primera. Ahora misma regresaremos a trabajar —Havoc y Breda asintieron, el segundo guardando el tablero y las piezas en la gaveta de su escritorio.
Sin embargo, ella sólo asintió distraídamente y continuó trabajando. No prestando mucha consideración a la sentida disculpa. Realmente sentía que debía abstenerse de decir algo, o de lo contrario terminaría soltando toda la acidez y crudeza de su persona sobre todos ellos (especialmente sobre el coronel y el teniente segundo Havoc). Y ciertamente nada favorable podía salir de ello. No era algo práctico para hacer, evidentemente, y como persona pragmática que era sabía anteponer las opciones racionalmente aprobadas a las dominadas por las emociones.
Además, había sido entrenada para ello, para contener la respiración, no mover un músculo y tener una paciencia casi eterna. Y para controlar adecuadamente sus emociones dependiendo de la situación también. Evidentemente no era una máquina, así la consideraran un soldado ejemplar, y había habido y posiblemente habría excepciones a ello; pero en términos generales Riza Hawkeye se consideraba bastante buena controlando los bordes más afilados de su temperamento. Y en aquellos momento parecía sensato mantener dicho autocontrol.
Era la trayectoria más corta para alcanzar su objetivo, y como francotiradora estaba obligada a pensar de esa forma. En aquellos momento; sólo deseaba regresar a su apartamento.
Sabía que los ojos negros de su superior se encontraban posados en ella. De hecho, podía sentirlos, sentir su habitual intensidad, como siempre —Teniente, ¿se encuentra bien?
Cerró los ojos suavemente. Voz controlada —Así es, coronel. Solo deseo terminar mi trabajo lo antes posible.
Roy no falló en notar la ausencia de observación habitual que su teniente primera haría. Algo que sonaría terriblemente a similar a: "Algo que usted también debería hacer, coronel. Si quiere marcharse al finalizar el día". Pero no la hubo. Y de hecho, Hawkeye parecía algo distinta a cuándo se había marchado. Cuando lo había hecho, se había encontrado molesta, con él, y posiblemente no sin razón. Pero ahora parecía simplemente contenida. Retraída sobre su persona y únicamente concentrada en su trabajo. No que fuera una costumbre del todo inusual en ella, pero ciertamente no era usual la ausencia de reprimendas para mantenerlos a todos ellos en línea.
—¿Tiene algún otro lado en el que estar, teniente? ¿Una cita, quizá? —inquirió, pero sin presionar demasiado el asunto. Sospechaba que estaba ingresando en un campo minado. Y como militar sabía que esa no era evidentemente la más brillante forma de proceder. Pero no podía evitarlo, no con ella.
Suspiró, sin alzar la mirada —No, coronel. Simplemente deseo regresar a mi apartamento temprano, si no es demasiado pedir.
Ante ello, no dijo nada. Sino que asintió y retomó su trabajo sin la menor queja. Se sentía responsable, y sabía que lo era en gran parte. Después de todo, él no le facilitaba nada a su teniente primera. No cuando desatendía constantemente su trabajo, obligándola a ella a recordarle a cada instante que debía realizar su papeleo, que era parte de su ascenso a la cima. No cuando solía involucrarse en asuntos peligrosos, una y otra vez, a pesar de las advertencias de ella de que debía mantenerse al margen y dejarla a ella y al resto de sus subordinados lidiar con ese tipo de situaciones. Y ciertamente no le sacaba ninguna carga de encima tampoco cuando la presionaba en la forma en que llevaba haciéndolo durante el último período. Sabía perfectamente las razones de Hawkeye para tomar la decisión que había tomado, y sabía que ésta había sido tomada tomando en cuenta únicamente su propio bienestar, interés y felicidad. De hecho, Hawkeye vivía más para él que para ella misma. Resignando su propio confort y dejando para después sus propias necesidades en beneficio de él. Una y otra y otra vez, la veía sacrificar pequeños placeres y deseos y ambiciones propias en pos de las de él. En pos de su persona. Como si fuera el centro de su universo, el sol. Flameante y arrogante observándolo todo girar a su alrededor. Y suponía que su conducta no distaba demasiado de ello tampoco. De hecho, no ayudaba. No a ella, ciertamente.
No cuando Hawkeye debía marcharse tarde a su apartamento por su propia negligencia y no cuando disfrutaba de escasas horas de sueño porque él no tenía la capacidad del autocontrol y debía llamarla a mitad de la noche sólo para importunarla un poco más. No cuando era su teniente primera quien recibía las heridas, los cortes, las balas y las cicatrices por él y sus pecados. No cuando toda la vida de Hawkeye se había reducido a atenderlo a él. Y, silenciosamente, llevaba haciéndolo desde hacía demasiado tiempo. Desde la época en que solía prepararle tazas de café para estimularlo a continuar su aprendizaje de alquimia. Así estuviera exhausto. ¿Y él como le había agradecido? Sólo con cicatrices y malos recuerdos. La había convertido en su mano derecha, en su asistente, e indirectamente la había vuelto el blanco fácil de sus enemigos. Su debilidad y, contradictoriamente, la persona que continuaba obligándolo a avanzar. A ascender. La que, así fuera a punta de pistola –literalmente-, lo mantenía siendo la persona que había decidido ser mucho tiempo atrás. La persona en que le había prometido se convertiría.
Y en el proceso, se había vuelto dependiente de ella, suponía. Al punto de absorberla completamente. Todo su tiempo, su atisbo de vida personal, cualquier tipo de escasa normalidad que hubiera podido obtener, se lo había robado. Y aún así, Hawkeye seguía a su lado. Firme y con el mentón en alto, velando por su bienestar y cuidando su espalda. Aún cuando él vivía presionando todos sus botones solo por el simple hecho de ver la expresión tensa, la mirada caoba peligrosa de advertencia y la forma en que torcía sus labios cuando él lograba alborotarle las plumas, una vez más. No lo negaría, obtenía cierto placer en lograr reacciones en ella que sólo unos pocos y privilegiados podían suscitar o ver. Pero en el proceso había olvidado el descomunal sacrificio que todo aquello era para ella, aún cuando su teniente primera asegurara que tal no era el caso. Aún cuando afirmara día a día que aquella había sido su decisión. La conducta de él no ayudaba.
En silencio, la vio suspirar y ponerse de pie, con calma. Caminando con igual firmeza hasta su escritorio. Una vez delante de éste, se detuvo. Ambos brazos presionados firmemente a ambos lados de su torso —Ya terminé mi trabajo, coronel —aseguró, voz constante—. Solicito permiso para retirarme.
Para su sorpresa, su superior asintió y concedió dicho permiso inmediatamente. Sin comentario arrogante o inapropiado efectivamente disimulado. Y sin solicitarle que lo asistiera con ningún documento. De hecho, a duras penas alzó la mirada, clavó sus ojos negros en los de ella y asintió —Concedido, teniente. Vaya a casa y descanse. Nos vemos mañana.
Por un instante, un efímero instante, pudo ver una silenciosa disculpa en sus ojos del color del carbón. Lamento causarte tantos inconvenientes y problemas. Una que inmediatamente desapareció, sin dejar rastro, tras una mirada seria. Firme. Del tipo que solía portar cuando se tomaba las cosas en serio. Y bajó la mirada. Riza asintió, ligeramente dubitativa —Si, coronel. Gracias. Buenas noches —y dio media vuelta, sabiendo perfectamente que el resto de sus subordinados también encontraban ligeramente inusual el que ella fuera una de las primeras en marcharse. Aún así, caminó hasta el perchero junto a la puerta, tomó su abrigo –el cual colgó prolijamente sobre su antebrazo- y abandonó la oficina con un seco saludo, cerrando la puerta tras de sí. Y sólo una vez arribó a su apartamento, se consintió el desmoronarse. Deslizándose con la espalda contra la puerta de entrada, ya cerrada y asegurada con llave, hasta quedar sentada en el suelo. Dedos medio y pulgar pellizcando el puente de su nariz.
Suspiró, cerrando los ojos exhausta. Estaba cansada, demasiado. Y no sólo de la monótona rutina que se había vuelto su vida, o del hecho que había demasiadas cosas que aún se escapaban de su alcance y que ninguno de ellos podía solucionar –no todavía, no hasta que él alcanzara la cima-, sino de todo. De su demandante estilo de vida, que ella misma había elegido y del cual se rehusaba a quejarse, aún a pesar de sus propias emociones. Y de tener que vivir con la muerte pendiendo sobre su cabeza y la de él, a cada instante. Pero, por encima de todo, estaba cansada –Dios, si lo estaba- de estar conteniéndose a cada paso que daba. Moderándose en cada palabra, cada acción, cada gesto. Al punto de haber dominado completamente el arte de reprimirse. No se quejaba, ni pretendía sentir lástima por sí misma –y no lo hacía- porque había sido ella misma quien había cometido las atrocidades que la hacían merecedora de aquello. Había sido ella quien había jalado el gatillo y elegido enlistarse en primera lugar y no pretendía excusarse. No por sus acciones y mucho menos por sus decisiones.
Sin embargo, algunos días eran más duros que los demás. Y Riza sabía que sólo estaba teniendo un mal –terriblemente mal- día. Así como sabía que simplemente se pasaría. Pero, de momento, necesitaba algo para despejarse. Y una taza de té parecía un buen prospecto. Así que, abriendo los ojos, y acariciando a Black Hayate que se había sentado fielmente a su lado, aguardando, se puso de pie. Dedicando una calma sonrisa nostálgica a su pequeña mascota, que ya no era el cachorro que una vez había sido.
—Me encuentro perfectamente —le aseguró finalmente, caminando hasta la estufa y poniendo algo de agua en la tetera para prepararse la infusión. De hecho, se sentía considerablemente mejor. Simplemente había necesitado algo de perspectiva. Y ésta era difícil de alcanzar en la oficina, en el cuartel general, y con el coronel presente y observando cada movimiento y músculo de su cara tensarse o relajarse. Así como los curiosos ojos de los teniente segundos Havoc y Breda y el sargento Fuery sobre ella—. Sólo fue un mal día en el cuartel —afirmó, neutral, relajando sus dedos alrededor de la asidera de la tetera. Sin embargo, un golpe en su puerta volvió a ponerla en estado de alerta.
Removiendo una de las pistolas que llevaba en su zona lumbar, jaló de la corredera con calma, posicionando una bala en la recámara lista para ser disparada, y caminó cautamente en dirección a la puerta, seguida de Black Hayate, el cual olfateó cuidadosamente la rendija bajo la misma. Con igual cuidado, removió el cerrojo y abrió, apuntando el arma en un solo y efectivo movimiento. No obstante, se detuvo en seco al ver de quién se trataba. Frunció el entrecejo —¿Coronel, qué hace aquí?
Mustang, quien había levantado ambas manos en son de paz, habló sin bajarlas, al ver que su subordinada no descendía el arma tampoco —¿Piensa dispararme, teniente? Admito que no fui un superior ejemplar en el último tiempo pero no creí que mi conducta fuera merecedora de una bala...
Riza, al percatarse de que continuaba en guardia, bajó rápidamente el arma, llevándose con igual prontitud la mano a la frente —Lo lamento, coronel. Simplemente me tomó... desprevenida. Me disculpo por mi comportamiento —con cuidado, y asegurándose de que tuviera el seguro, volvió a guardar la pistola en su estuche. A su espalda, y desde el interior del apartamento, se oyó el silbido de la tetera.
Roy enarcó una ceja —¿Está preparando té, teniente? —inquirió, con curiosidad. Sabiendo perfectamente que Riza solía preparar dicha infusión particularmente cuando estaba teniente un mal día. Especialmente si dicho té era de tilo. Y, por el aroma, estaba seguro de afirmar que tal era el caso.
—Así es, coronel.
—¿Alcanza para dos? —preguntó finamente, sonriendo cansado.
Riza descendió la mano que hasta el momento había tenido en la frente, lentamente. Su expresión suavizándose también, en una calma expresión. Comisuras de los labios ligeramente hacia arriba formando una tenue y casi imperceptible sonrisa —Eso creo, coronel.
Él asintió —Bien, porque estoy seguro de que me vendría bien algo para relajarme —devolviendo el seco asentimiento, ella se apartó de la puerta, indicándole que ingresara. Una vez los dos adentro, Riza cerró la puerta tras él, echándole –como era su cauta costumbre- el cerrojo. Roy no dijo nada.
En vez de ello, se removió el abrigo con calma y lo colgó en el perchero junto a la puerta de ella, observándola caminar hasta la pequeña estufa y comenzar a preparar una taza para ambos. Sonrió de lado, preguntándose qué se sentiría llegar cada noche a su actualmente vacío y desolado apartamento y disfrutar el privilegio de su presencia realizando las cosas más mundanas, como preparar una taza de té para ambos o simplemente estar allí, a su lado, como siempre. Cuando el día se tornaba conflictivo o fatigoso o simplemente demasiado largo para tolerar. Me pregunto si esto es lo que sentía Hughes... al regresar a su casa... Negó con la cabeza.
—¿Se encuentra bien, coronel? —la oyó llamarlo, expresión inquisitiva en sus grandes y habitualmente severos ojos caoba.
Pasándose una mano por el cabello, con una sonrisa arrogante en los labios, asintió —Si, lo siento, teniente. Simplemente me distraje —caminando hasta la silla más próxima, en la cual se dejó caer. Hawkeye, en silencio, se sentó frente a él, al otro lado de la pequeña mesa. Ambos con su respectiva taza delante de cada uno. Por unos instante, ninguno dijo nada. Y Riza simplemente se limitó a dar un pequeño sorbo a su té y a observar a su superior acariciar distraídamente a su perro, como si fuera una costumbre o mera rutina. Suspiró, dejando la taza una vez más sobre la mesa.
—Coronel, ¿qué hace aquí? —dijo finalmente.
Los dedos de él se detuvieron en seco sobre la cabeza de Black Hayate, quien bajó las orejas y soltó un sollozo, hociqueando el interior de su palma. Roy negó con la cabeza —¿Me creerá, teniente, si le digo que no tengo la menor idea?
—No, coronel. Me temo que encuentro dificultoso el creer que simplemente vino hasta aquí por mera inercia —replicó, enroscando los dedos índice y medio alrededor de la asidera de la taza—. O para probar mi té de tilo, el cual ni siquiera tocó.
Roy observó la taza de té y asintió —Tienes razón, no es por eso que vine —hizo una pausa—. ¿Te encuentras bien? Hoy en el cuartel parecías... cansada.
Hawkeye soltó un suspiro —Así es, coronel. Lo estoy. Pero estoy segura que mañana me encontraré perfectamente otra vez.
—¿Día largo? —sonrió.
Ella clavó sus ojos en el oscuro líquido —Supongo que podría decirse así, si —afirmó, tensando sus labios.
—¿Acaso no lo son todos?
Alzó la mirada, expresión algo más suavizada —Eso parece, coronel, si. Pero sólo en ocasiones.
—Si... Eso creo, teniente —musitó, dando finalmente un sorbo al té. Sin embargo, por otro instante, permaneció en completo silencio. Finalmente soltó—. Lamento hacerte pasar por tantos inconvenientes.
Pero ella sólo negó con la cabeza —No. Está bien. Yo misma decidí esto.
—Aún así, yo no te hago las cosas fáciles —aseguró, con pesar.
Una pequeña y casi imperceptible sonrisa apareció en su rostro —Nunca pensé que fuera a serlo, coronel. Después de todo, nos conocemos desde hace demasiado tiempo. Y no cambió mucho, no realmente.
—¿Está diciendo que era todo un trabajo incluso entonces, teniente? —sonrió.
Asintió, aún sonriendo tenuemente —Así es, coronel. Siempre fue todo un trabajo, si mal no recuerda.
—Y aún así decidiste seguirme. Y aún lo haces —señaló, con el entrecejo ligeramente fruncido.
Cerró los ojos suavemente —Por supuesto, coronel. Prometí que siempre permanecería a tu lado, y así lo haré.
—"Siempre" es demasiado tiempo, teniente, ¿no crees? —dijo, pensativo, dando un sorbo a su té.
—Si eso cree, coronel, siéntase libre de pedirme que me aparte de su lado cuando lo crea apropiado —susurró. Los ojos negros de él se dispararon a ella. Los nudillos de sus dedos, alrededor de la asidera de la taza, se tornaron blanco.
Sonrió arrogantemente —De hecho, teniente, "nunca" me parece más que apropiado. Después de todo, soy un inútil sin mi valiosa subordinada velando por mi. Y creo que mi subordinada es lo suficientemente masoquista para continuar a mi lado por dicho período de tiempo.
—¿Eso cree, coronel, que soy masoquista por aceptar seguirlo? —inquirió, lentamente.
—No se me ocurre otra explicación, teniente —la sonrisa arrogante se amplió un poco más— para que haya aceptado seguir a un hombre imposible como parezco serlo yo.
Hawkeye enarcó una ceja —¿No se le ocurre, coronel? Quizá deba reconsiderar a la persona a quien decidí seguir, dado que parece ser considerablemente obtusa.
Roy frunció el entrecejo —¿Me llamó obtuso, teniente?
Riza sonrió con calma y asintió, dedos curvados alrededor de la manija de la taza de té —Así es, coronel. Lo hice. ¿Acaso requiere que se lo repita?
—No, está bien, teniente —suspiró, sonriendo de lado—. Aunque me gustaría oír más sobre esa otra razón que tiene para seguirme.
Ella negó suavemente con la cabeza —Me temo que eso era todo lo que tenía para decir, coronel, y fue más de lo intencionado —con habitual calma.
Roy dio un sorbo a su té —Eso parece, teniente —dejando la taza una vez más sobre la mesa, el suave tintineo de la vajilla rompiendo el silencio.
Sin embargo, su sonrisa arrogante permaneció inamovible en sus labios. No era habitual que su teniente primera admitiera cosas de semejante naturaleza, así no hubiera dicho nada realmente. Después de todo, Hawkeye parecía empeñada en mostrarse que estaba por encima de todo eso y en mostrarse reticente a él. Y por mucho tiempo, lo había aceptado. Aceptado el razonamiento proteccionista de Hawkeye: que era por su bien, por el bien de su ambición, que no quería convertirse en un obstáculo en su camino y que había accedido empujarlo a la cima.
Y, si bien sabía que todas esas razones eran perfectamente válidas –aún entonces- y tenían un lugar real en el razonamiento de su teniente primera, no podía aceptarlo más. No quería aceptarlo más, ni oírlo más. Estaba harto de ser denegado una y otra vez. De hecho, Hawkeye debía haberlo rechazado por todas las veces que ninguna otra mujer en su vida lo había hecho. Y estaba harto de tenerla en su inmediato alcance y no poder siquiera mirarla por más de un segundo sin temer que ella fuera a apartar la mirada, temiendo que alguien se percatara del gesto de él. La precaución estaba bien, para quienes tenían tiempo y una larga vida por delante para serlo, pero ellos no estaban haciéndose más jóvenes tampoco.
Tomando la taza vacía, se puso de pie, caminando hasta el lavabo donde depositó la vajilla cuidadosamente, dándole la espalda a Hawkeye. Exhaló —¿No estás cansada? —musitó finalmente.
Sus ojos caoba se abrieron ligeramente y, acto seguido, su expresión seria y severa se suavizó. Poniéndose de pie, con su propia taza, se detuvo junto a él, dejando también la misma en el lavabo. Sin embargo, no lo miró, sino que mantuvo su mirada en sus propios dedos, los cuales aún sujetaban la vajilla en el fondo del lavabo —No creo tener derecho para quejarme a éstas alturas.
Roy, que hasta el momento había permanecido ligeramente encorvado sobre el lavatorio, la observó de reojo, enderezándose, y replicó, volviendo la vista al frente —No, supongo que no —suspiró—. Cometí muchos errores.
Ésta vez, sí ladeó a duras penas la cabeza para observarlo y una pequeña curvatura apareció en sus finos labios, una sonrisa apesadumbrada —Cometimos, coronel —lo corrigió, suavemente—. Si mal no recuerdas, fui yo quien jaló el gatillo y tomó todas esas vidas. Aún cuando lo hice creyendo en la bondad de la milicia, aún entonces...
Asintió y su boca se torció en un gesto aún más amargo. Con calma, se volvió a Hawkeye, ambas manos cerradas en puños. Nudillos blancos —Lo hiciste por mí —concluyó la frase por ella. Por arrogante de su parte que sonara, sabía perfectamente que era cierto.
Riza bajó la cabeza ligeramente —Así es, coronel. Y no me arrepiento de haber elegido seguirte.
Una triste sonrisa apareció en sus labios, la misma que sabía debía haber tenido durante el día prometido, cuando finalmente había sido capaz de sostenerla en sus brazos, viva y respirando. La misma que habría tenido cuando había creído perderla, como lo había perdido a Hughes. Destensando los dedos y alzando la mano, se consintió tocarla. Posicionando sus yemas cuidadosamente sobre la pequeña y blanca cicatriz horizontal que mancillaba ahora su piel —Yo me arrepiento de haberte dejado escapar de entre mis dedos, de haber antepuesto mi ambición a ti, esa primera vez —musitó, como abstraído en la textura ligeramente rugosa de la marca, allí donde su garganta había sido suturada. Y entonces comprendió, con amargura, que nunca había tenido a Hawkeye para empezar. Sólo su incondicional lealtad, su devoción y dedicación, y escasos momentos de plana indulgencia. Sólo eso, solo unas horas de su larga vida, que bien podrían haber sido meros productos de su imaginación. Que bien podrían no haber existido.
Riza soltó un tendido suspiro —Coronel, por favor...
Después de todo, ella siempre había tenido razón. Desde el inicio, nunca había existido un "nosotros" en ellos. Fuera lo que fuera que ellos hubieran sido o fueran, nunca había siquiera alcanzado el estatuto de algo más que una mera eventualidad. Una contingencia, en su camino a la cima. Y Hawkeye merecía más que eso, más que escasas miradas furtivas y gestos que nunca lo eran realmente –mucho más-, aún cuando ella misma afirmara no creerlo —Si planea echarme de su apartamento, teniente, le recomiendo que lo haga ahora. De lo contrario, no respondo por mis próximas acciones.
Tensándose, alzó su mano a la muñeca de él, apartándole los dedos de la herida de su garganta —Creo que debería irse, coronel —afirmó, con voz controlada y firme. No obstante, sonaba tan firme, como un piolín forzadamente tensado, que parecía a punto de cortarse. Algo que evidentemente él percibió. Después de todo, llevaban demasiado tiempo el uno junto al otro como para dejar pasar ese tipo de detalles.
—No lo crees —refutó, serio.
Riza cerró los ojos con suavidad —Me temo que no importa lo que creo, coronel. No a éstas alturas.
Roy dio otro paso a ella, prácticamente colisionando contra su cuerpo. Sus labios a escasos milímetros, su cálida respiración chocando contra la de Hawkeye —En eso discrepamos, teniente —sonrió, sonsacándole una ligera curvatura de las comisuras de su boca—. Y parece algo usual en nosotros.
—Eso parece, coronel —concedió, con calma, sintiendo los dedos de él deslizarse a su nuca y soltarle, con un silencioso "clic", el broche que mantenía su cabello sujeto tirantemente en la parte de atrás de su cabeza.
Se inclinó un poco más, quedando sus labios a la altura del oído de ella —Podemos discutir toda la noche, teniente, si lo prefiere. O puede usarme como le plazca y desecharme en la mañana.
—Coronel, no creo... —comenzó a objetar, sin embargo, él la detuvo una vez más. Deslizando la punta de su nariz por la curva de su cuello y robándole el aliento. Riza inhaló bruscamente.
Sonrió, satisfecho —¿Decía, teniente?
Frunció el entrecejo —Decía que no creo que debamos... —pero, nuevamente, se vio forzada a detenerse en seco, sintiéndolo deslizar cautamente ahora sus labios por su garganta, deteniéndose en el exacto punto bajo la oreja—. Coronel, deténgase.
—Sólo cuando lo diga como si lo sintiera, teniente. De lo contrario, me veré forzado a proceder —susurró, sonriendo arrogantemente y haciendo reverberar su piel con el lento movimiento de sus labios. Sintiéndola ceder poco a poco contra él. No obstante, se vio forzado a detenerse cuando ella volvió a tensarse y presionó firmemente las palmas de sus manos contra su pecho.
—No toleraré volverme un obstáculo para su ambición, coronel.
Roy asintió, comprendiendo, con una arrogante sonrisa —Y yo no permitiré que lo haga, teniente. Así como no permitiré que te aparten de mi lado otra vez. Te necesito, para llegar a la cima e incluso después, para ayudarme a reconstruir este país. Me temo que soy un inútil sin mi valiosa subordinada. Además, estoy seguro que afirmé ser perfectamente capaz de separar mi vida privada del trabajo. Y confío en que mi competente teniente primera, y...¿potencial amante?, será igualmente capaz de hacer lo mismo —sugirió, tentativamente.
Hawkeye frunció el entrecejo —¿Eso quiere que sea, coronel?
El moreno enarcó una ceja —¿Mala elección de palabras, teniente?
Asintió con calma —Terrible, coronel. De hecho, de ser otra mujer, ya le habría propinado una más que certera bofetada por la mera sugerencia.
—¿Y en cambio está contemplando dispararme, teniente...? —sugirió, con igual caución. Y una nerviosa sonrisa en los labios.
—No, coronel. No pienso dispararle —aseguró, con firmeza.
—¿Dormir conmigo?
La expresión severa de Hawkeye retornó a su rostro —Me temo que está haciendo esa posibilidad más y más distante, en la medida en que continúa abriendo la boca.
—¿Y si reformulo todo, teniente?
Enarcando ambas cejas —De hecho, le sugiero que lo haga, coronel. Si no pretende que lo eche en éste instante.
—En mi defensa, teniente, quiero dejar asentado para el registro que no es mi culpa —al verla alzar una ceja en una expresión cínica, se apresuró a continuar—. Es su culpa. Por ser tan despampanantemente intimidante que desmorona mi elocuencia.
Negó con la cabeza —No sabía que continuara considerándome intimidante, coronel —evidente sarcasmo en sus palabras.
Roy sonrió de lado, apartándole con cuidado un largo cabello dorado hacia atrás del hombro —Desde que te conocí. De hecho, teniente, eres la mujer más intimidante que conocí en toda mi vida. Y por alguna razón encuentro eso sumamente atractivo.
—Quizá deba revisar su cabeza, coronel —señaló, con calma.
—Posiblemente —replicó. Inclinándose para finalmente besarla. No obstante, se detuvo a centímetros de sus labios una vez más. Sonrisa arrogante plasmada aún en el rostro—. En cuanto a mi reformulación... ¿Qué le parece "amantes con mutuo acuerdo de exclusividad", teniente?
Suspiró, sonriendo con suavidad —Luego trabajaremos mejor en eso, coronel.
—¿Eso significa que acepta, teniente? —inquirió, satisfecho.
Riza cerró los ojos con calma —Sólo mientras sea capaz de mantener las cosas propiamente separadas, coronel. De lo contrario, y de peligrar su ambición, me veré forzada a dejarlo.
—No será necesario, teniente —aseguró, con calma y la sonrisa aún más amplia—. Seré extremadamente cuidadoso para asegurarme que tal cosa no suceda.
Asintió —Es bueno oírlo.
No obstante, antes de que pudiera siquiera atinar a decir algo más o establecer alguna otra condición al respecto, la besó, presionando sus labios firmemente contra los de ella, silenciándola efectivamente. Sólo separándose un efímero instante para respirar. Y entonces, antes de que volviera a ser capaz de objetar al respecto, la volvió a besar. Una y otra y otra y otra vez, por todos los años que no había podido hacerlo, por todas las veces que lo había deseado y había debido contenerse. Por la condenada ley de fraternización que estaban rompiendo y romperían aún más (otra vez), y por la simple necesidad de hacerlo. Tomándose su tiempo, con calma, cubriendo con sus labios cada corte y marca y cicatriz en todo su cuerpo. Cada escara y cada curva y cada imperfección que le era inherente. Besó sus hombros, por la veces que le adosó la carga de su sueño y ambición, y besó sus manos, ásperas, dedo por dedo, por cada vez que jaló el gatillo en su nombre. Con esmero, con dedicación. Asegurándose de abarcar cada minúsculo detalle. Porque simplemente ella lo merecía.
Y se hundió, completamente, presionando su frente sudada contra la de ella (flequillo negro aplastado contra mechas doradas) y aferrándole la pierna contra su cadera hasta dejar la impronta de sus dedos, apretando su muslo, en su piel. Besándola una y otra vez en los labios entre bocanada y bocanada desesperada de aire. Hasta que la sintió tensarse, bajo suyo, y los dedos de sus pies se arquearon contra su planta y cedió, rendida. Con él besándole la frente una y otra vez y susurrando palabras silenciosas de afecto que nunca antes se había consentido el decirle. Y no, no era perfecto. No era ideal en ninguna forma o sentido. No era estándar, y ninguno de los dos había esperado que lo fuera. Y no importaba tampoco. No mientras pudieran continuar el uno junto al otro, como llevaban años haciéndolo, trabajando por un objetivo. Trabajando por la reconstrucción de Amestris. Y por proteger a los ciudadanos del país.
Y no mientras pudieran consentirse esos pequeños momentos silenciosos y clandestinos, significativos, en la oscuridad e intimidad de sus apartamentos. Mientras pudieran aferrarse a un sentido de remota normalidad, por remoto que fuera. Y pudieran pretender que esa vida sí era para ellos. Que podía serlo. Y entonces él la vería preparar dos tazas de té, o una de té y café, tal y como la había visualizado más temprano aquella noche; y él colgaría su abrigo y el de ella, ambos exhaustos de un largo día de trabajo. Y en silencio se permitirían beber disfrutando la compañía del otro sin necesidad de decir nada al respecto, con Black Hayate aovillado bajo la mesa entre ellos, sintiendo que finalmente comprendía aquello de lo que Hughes había estado hablando todo aquel tiempo.
Y se sentiría satisfecho, también. Y realizado en lo más humanamente trivial como lo era la mera rutina, porque Hawkeye estaba en ella, era parte de ella, y era parte de ambos. Era rutina si, y una ambición tan mundana y humana que parecería insignificante, palidecería, en comparación con su otra ambición; pero no sería esa su perspectiva. No cuando pudiera verla durmiendo a su lado, con la certeza de que estaba viva y allí con él, y pudiera encontrar en los pequeños detalles el más sumo placer.
Y, por supuesto, continuarían trabajando en el sueño de él, porque no hacerlo era no solo inaceptable sino intolerable. Y algún día, quizá, distante o no, lo lograrían. Alcanzarían la cima, y finalmente sería capaz de protegerlos a todos, tal y como había dicho frente a la tumba de Berthold Hawkeye, con sus propias manos. Pero mientras tanto, se contentaba con tenerla a su lado, como siempre, con sus piernas entrelazadas con las de él y respirando suavemente y dormida. Calma. En lo que él prefería ver como una especie de breve exoneración, con la que ella posiblemente no acordaría.
Sonrió, manos detrás de la cabeza, observándola descansar relajadamente a su lado. Viva, y a su lado. No pudiendo evitar repetir la última parte en su cabeza, sólo para cerciorarse de que fuera cierta.
¡He aprendido esto en el campo de batalla! ¡Vivir con la mujer que amas es una felicidad que puede existir en cualquier lugar! ¡Pero es la mayor felicidad que te puedas imaginar! ¡Haré cualquier cosa por conseguir esa felicidad! ¡Voy a sobrevivir! Lo que hecho aquí... ¡Tomaré todo lo que he hecho aquí para mi mismo! ¡Y voy a sonreír cuando esté delante de ella! La voy a hacer feliz...
—Idiota —masculló, alzando la vista al techo.
A su lado, la sintió removerse e incorporarse a duras penas para observarlo, expresión inquisitiva —¿Coronel, con quien habla? —preguntó, deliberadamente haciendo uso de su rango.
Bajando la mirada a su pecho, donde Hawkeye permanecía apoyada, sonrió, deslizando sus dedos por su espalda y apartándole el cabello de la misma —Oh, con nadie, teniente. No me hagas caso.
Entonces, ella hizo una pausa, y frunció el entrecejo —Coronel, si me permite preguntar, ¿qué contenía la carta que quemó?
—Nada que no sepa a éstas alturas, teniente —admitió, volviendo la vista al techo—. Sólo que expresado de una forma considerablemente cursi debido a mi juventud. En todo caso, te hice un favor.
Riza sonrió con suavidad, entretenida, por la confesión —Ya veo, coronel.
—¿Se está burlando de mi, teniente? —cuestionó, observándola una vez más.
—En absoluto, coronel. Simplemente me estaba imaginando el contenido de la misma —replicó, con la misma calma sonrisa en los labios.
Roy soltó un bufido —Ahórreselo, teniente.
—Lo lamento, coronel —se excusó, no de forma realmente sentida y aún con la pequeña sonrisa tenue—. Simplemente intentaba imaginármelo diciendo esas palabras.
Enarcó una ceja —Puedo hacerlo, si lo prefieres —deslizando la yema de su dedo índice en círculos por el hombro de ella.
Pero Hawkeye simplemente negó con la cabeza —Sabes perfectamente que eso no es necesario.
—No —concedió, con una sonrisa. Después de todo, nunca habían tenido la necesidad de usar palabras, no entre ellos, y no antes. Así que no veía el propósito de comenzar ahora—, supongo que no.
Y cuando lo hagas, convertirte en un pilar y proteger el país, necesitarás a una mujer que te apoye.
Sonrió. Hughes había tenido razón.
—Teniente, ¿me acompañarás hasta el final de mis días?
—¿Acaso tienes que preguntar?
Entiendo.
Lo seguiré al infierno,
si así lo desea.
