Ya vestido con ropa seca, Lysandre se acomodó tras la enorme mesa de su despacho y empezó a revisar la documentación sobre su próxima compra de acciones del banco Warwick, documentación que de haber seguido su organizada agenda habría ido a revisar aquella misma mañana con el conde para renegociar ciertas condiciones que ni a Ainsworth ni a su abogado le parecían en absoluto razonables.

«Ya hace más veinte minutos desde que se fue Ambrose» pensó el aristócrata mientras repasaba la misma línea por quinta vez consecutiva, a desgana y tratando sin éxito de prestar atención a cada palabra compleja que encontraba en el texto. «Me pregunto si habrá sido capaz de encontrar a Bonham y de ser ese el caso, ¿habrá tenido dificultades para hacerla entrar en razón? ¿Habría sido mejor que me encargara yo mismo de este asunto?».

A pesar de la fama que se había creado en las altas esferas como hombre inteligente y ambicioso, al viudo no le entusiasmaban los negocios y tampoco le gustaba demasiado dejar sus asuntos en manos de otros, es por ello que de no haber sido por las enseñanzas de Ambrose, habría salido corriendo detrás de Lena sin pensárselo dos veces para zanjar aquel asunto tan molesto, y es que a pesar del tiempo que llevaba instalado en Cardiff, Lysandre seguía viéndose a sí mismo como un campesino o en todo caso, como el hijo de una familia modesta y poco refinada.

Unos golpecitos en la puerta sacaron a Ainsworth de su ensoñación y le devolvieron a la triste realidad de su estudio, borrando la expresión de su rostro de forma casi inmediata.

—Pasad, está abierto —llamó con voz monótona y algo cansada.

Ambrose Teal abrió la puerta con cautela, saludó al caballero con un sutil movimiento de cabeza y acto seguido anunció la presencia de Lena, la cual pasó al estudio a fuerza de empujones.

Lo primero en lo que reparó Lysandre era en que la muchacha llevaba la ropa empapada y más ceñida de lo habitual, tanto que por una vez se intuía la verdadera silueta de la joven bajo aquel holgado uniforme; una silueta sin duda más modesta que la de Samantha o la de su difunta esposa, pero atractiva a su manera.

Aquel pensamiento hizo que el enfado del viudo empezara a diluirse y al mismo tiempo provocó que un escalofrío le recorriera el cuerpo; por suerte para Lysandre, Ambrose no tardó en acudir en su ayuda.

—¿Deseáis que me quede? —preguntó el mayordomo con tono serio.

—No será necesario, acompañad al señor Bonham a casa del conde y hacedle llegar mis excusas. Decidle que me encuentro indispuesto y que por eso no he podido acudir a nuestra cita —habló Lysandre. —Iba a dejar que Matthew se encargara de este asunto pero creo que lo más sensato es que vayáis vos en mi nombre y no un simple chofer, de lo contrario el conde podría ofenderse y eso no sería nada conveniente.

La mirada del viudo se posó de nuevo en la figura de la doncella, que temblaba de frío bajo una inmensa chaqueta de hombre, probablemente la de su hermano Matthew, y sonrió satisfecho al comprobar que el embrujo de la joven ya no surtía efecto.

—Como digáis —asintió nuevamente el mayordomo, todavía con aquella expresión de piedra en el rostro.

—Antes de que os marchéis… —interrumpió el aristócrata, mientras volvía a desviar la mirada hacia Ambrose. —Decidle al señor Bonham que se cambie de ropa, sería negligente salir con el uniforme mojado y os ruego que os llevéis también su chaqueta —hizo un gesto en dirección a Lena y esperó hasta que el mayordomo le hubo quitado la prenda de los hombros para continuar hablando. —El hedor que desprende es insoportable y temo que si permanece un solo segundo más en esta habitación esa peste odiosa acabe por adherirse hasta en los muebles —mintió sin molestarse en disimular sus malas intenciones.

El anciano se limitó a asentir, después hizo una pomposa reverencia y salió de la habitación sin decir una sola palabra más. Como todavía estaba enfadado por el injusto trato que había recibido, no le costó demasiado abandonarle a su suerte con la descarada doncella, después de todo, ¿habría servido de algo ofrecer consejos a alguien que se negaba a escucharlos?

«Algún día tendrá que reconocer lo equivocado que está».

En cuanto Teal se hubo marchado, Lysandre le hizo un gesto a Lena para que se acercara un poco más a la mesa. La joven parecía incluso más indefensa sin la chaqueta y por primera vez parecía estar genuinamente arrepentida por su mal comportamiento, muestra de aquello era la repentina prudencia que de pronto mostraba en presencia de Ainsworth. Sin embargo Lysandre no iba a dejar que volvieran a engañarle, estaba demasiado cansado de sentirse humillado en su propia casa y por ello pensaba castigar a Bonham por el mal rato que le había hecho pasar en la ciudad y de paso, por haberle hecho sentir tan incómodo al presentarse en su despacho con aquel obsceno uniforme.

«Los cielos sabrán entender mis actos y verán que en mi forma de pensar no hay malicia, sino más bien una profunda sed de justicia. A buen seguro comprenderán que con mis decisiones solo pretendo enseñar a esta pobre criatura a comportarse como es debido » pensó para sí mismo mientras contemplaba con fascinación morbosa la mueca de preocupación en el rostro de la sirvienta.

Cross obedeció sin rechistar y una vez que se hubo plantado frente al aristócrata agachó la cabeza y se rodeó el torso con los brazos en un desesperado intento de buscar algo de protección en la empapada ropa que llevaba. Con aquel uniforme se sentía desnuda, vulgar y sucia, pero sabía que no debía quejarse, ya había tentado demasiado a su suerte y temía que si seguía comportándose de aquel modo su empresa nunca lograra llegar a buen puerto.

«Todo sería mucho más sencillo si pudiera tragarme lo que siento y actuar con la falsedad con la que actuó en las fiestas de madre, pero es tan difícil mantener la compostura en presencia de este hombre…».

—¿No tenéis nada que decir? —habló el viudo. —Cualquier persona con un mínimo de sensatez se habría disculpado ya, aunque supongo que vos no sois una persona normal y corriente, ¿verdad? —la miró de arriba abajo con la intención de hacerla sentir peor de lo que obviamente ya se sentía, pero lo único que consiguió fue volverse a fijar en las suaves curvas de la muchacha, una reacción que de inmediato achacó a la maldición de ser hombre.

—Disculpadme.

«Obviamente sigue enfadado, aunque si usara ese cerebro atrofiado suyo, se daría cuenta de que aunque le haya ofendido en algunas ocasiones, esta vez no tiene motivos para enfadarse pues ha sido él quien ha empezado la discusión ¡y para colmo sin razón! Debería comprender que la única que debería estar enfadada aquí soy yo, pero en fin, supongo que de nada sirve que siga indignándome, lo mejor que puedo hacer es abrazar los consejos de Matthew y rebajarme a pedirle perdón».

Con aquella idea en mente, Lena irguió el cuerpo, clavó su mirada en Lysandre y separó los labios, pero para su sorpresa no fue su voz la que escuchó hablar, sino la de su supuesto señor.

—Dejad de temblar de una vez, vuestro incesante bailecito me pone de los nervios y llegados a este punto creo que es sensato afirmar que no os conviene ponerme de peor humor.

—No era mi intención incomodaros, mi señor, es que fuera llueve a mares y como podéis ver llevo el uniforme empapado —replicó algo molesta. —No es la situación más propicia para mí.

—Si no queríais mojaros no debisteis salir corriendo —fue todo lo que respondió el aristócrata antes de volver a centrarse en su documento, aunque por supuesto, aquel desvío de atención no era más que una excusa para aclarar sus ideas y meditar su decisión. Estaba claro que Lena merecía un castigo por sus salidas de tono, por otro lado, no estaba seguro de querer tenerla lejos, no ahora que sabía que podría escapar junto a Conwell y contarle lo que había podido ver y oír en su casa.

Un destello en la habitación sacó a Lysandre de sus pensamientos, pocos segundos después se escuchó el estruendo de un trueno y finalmente todo volvió a caer en el silencio, un silencio que acabaría con las siguientes palabras de Lena.

—He de seros sincera mi señor, yo no soy doncella, no lo he sido nunca y de hecho ya habréis podido comprobar que soy bastante incompetente —repitió las palabras que había ensayado con Matthew con tanta naturalidad que incluso a ella le sonaron sinceras, lo cual no era tan extraño ya que en cierto modo, comparada con cualquiera de sus sirvientes, que sabían hacer tantas cosas con tanta maestría, ella no era más que una inútil. —Como solía decir mi padre antes de enfermar, no soy más que una necia insolente que no sabe hacer nada a derechas, pero podéis creerme cuando os digo que deseo mejorar y que a partir de hoy mismo, de este mismo instante, empezaré a portarme como es debido si vos me lo permitís.

—¿Os parece apropiado hacer esa confesión a estas alturas? —replicó Lysandre sin molestarse a levantar la vista del documento. —¿Os dais cuenta del daño que hacen vuestras palabras a vuestra imagen? Y además, ¿no os dais cuenta de que no es la primera vez que afirmáis que vais a dejar de comportaros como una salvaje? —la miró de reojo un instante, le hizo un gesto para que se alejara con la mano y añadió:

—Alejaos un poco de la luz, veros vestida de forma tan inapropiada me revuelve el estómago.

Lena tuvo que morderse la lengua para no gritarle que había sido él quien la había hecho acercarse y quien había exigido que se presentase en su estudio fuera cual fuese su aspecto, y en lugar de decirle aquello, se limitó a pedirle que la dejara ir a cambiarse.

—No tardaré ni cinco minutos y en cuanto vuelva podréis gritarme tanto como sea preciso.

«¿Gritar?» Ainsworth arqueó una ceja y negó con la cabeza. ¿Cuánto había tardado en decir algo inapropiado, un minuto, dos tal vez?

—Sabéis, no es tan grave el hecho de que hayáis mentido para conseguir un trabajo como el hecho de que seáis una contradicción viviente, ¿es que acaso no sois consciente de las palabras que os salen por la boca? ¿Así es como pretendéis que confíe en vos?

—No pretendo que me concedáis más oportunidades porque sé de sobra cuánto os he ofendido y cuán mal he obrado, y siento mucho si he dicho algo poco apropiado, la verdad es que no pretendía que mis palabras sonaran contradictorias, agresivas o descorteses. Si encontráis en vos la bondad o la compasión para perdonar mis atrevimientos, juro que no volveré a contrariaros y que aprenderé a serviros como es debido.

Lysandre levantó la cabeza del papel que había fingido examinar durante los últimos minutos y de inmediato se puso en pie.

—No os creo.

Lena retrocedió un par de pasos de forma instintiva y trató de aguantarle la mirada al caballero, que la observaba con tanta intensidad que parecía estar intentando hacerla desaparecer de su estudio.

—Entonces supongo que no me queda más remedio que marcharme de vuestra casa.

Ainsworth volvió a tomar asiento, se inclinó hacia adelante, apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó los dedos y dejó descansar su barbilla sobre éstos. —No sois vos quien toma las decisiones en esta casa, creía que eso había quedado claro.

—Lo sé, mi señor.

—Entonces id a cambiaros, tenéis un aspecto patético con ese uniforme.

—¿Mi señor? —preguntó Cross confusa.

—Marchaos —ladró el viudo por toda respuesta. —No quiero volver a veros en una temporada así que fuera de mi estudio, más tarde os enviaré a alguien para que se haga cargo de vos y esta vez pienso asegurarme de que os mantenéis fiel a vuestras palabras, así que por el momento podéis despediros del cielo, del viento y del sol, porque no volveréis a poner un pie fuera de esta casa hasta que seáis un ser humano civilizado.

—Sois un hombre maravilloso —se obligó a decir Lena mientras corría hasta la puerta del despacho. —Sois tan maravilloso como dice Samantha y tened por seguro que no olvidaré vuestra generosidad —acto seguido abrió la puerta, le hizo un gesto de despedida al viudo y antes de que éste volviera a echarla, cerró y se marchó a toda prisa.