Lo que fuese que Yoon le hubiese dado estaba haciendo efecto más rápido de lo que Hak hubiese esperado, Yona sostiene su mano derecha, la preocupación dibujada en su rostro. Y no, Yona no debería preocuparse por él, Yona debería estar celebrando que finalmente han recuperado la corona. Lucha por mantener los ojos abiertos, por decirle que estará bien, pero al final el efecto de la medicina vence.

Los sueños llegan mezclados con recuerdos de la batalla, de las heridas sangrantes de Soo-Won donde su arma lo alcanzó, de la vida de nómadas que han llevado con Yona, Yoon y los dragones durante los últimos años. Y luego, cuando todo parece haberse calmado, y los sueños parecen haber dado paso a la paz y el silencio, una persona a la que no ha visto en años aparece en ellos.

—Su Majestad —llama con sorpresa.

Il sonríe.

—Es bueno verte de nuevo, Hak, gracias por cuidar de Yona. Pero me temo que mi visita es para mostrarte algo más, el pasado, en aras de que engrandezca el futuro.

—No entiendo de qué habla, Su Majestad.

—Lo harás —contesta y todo alrededor de Hak comienza a cambiar. La tormenta ruge sobre sus cabezas y a unos pasos de él unas versiones mucho más jóvenes de los príncipes de Kouka que jamás creyó ver, esperan.

—¿Qué se supone que vea?

—Paciencia —responde Il—, estás a punto de saberlo.

Hak va a replicar cuando una persona más entra en escena, anunciando el nacimiento del príncipe de Kouka.

Hak mira de nuevo a la figura etérea de Il que le acompaña.

—¿Por qué es tan importante que vea la noche del nacimiento de Soo-Won? —escupe.

—Observa —responde Il calmadamente—, y descubre quién eres realmente, Son Hak.